Siglo de Oro - "Juegos Bizantinos"

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Targul
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Mensaje por Targul » Sab Ago 13, 2005 12:10 pm

El fuego crepitaba en la chimenea del despacho del sumiller de corps de su majestad, futuro valido y personaje ascendente en la Corte, don Gaspar de Guzmán. Las últimas luces de aquel ajetreado sábado morían detrás de los tejados de pizarra de las numerosas casas, casonas y corralas que conformaban la Villa y Corte.

Iluminada por velas de suave olor, una mesa con tapete rojo y una heráldica bordada en uno de los faldones que caían sobre el enlosado suelo. Tras de ella, con una expresión relajada pero sarcástica, se encontraba un hombre corpulento de melena negra, golilla almidonada y un jubón pasado por una cadena dorada con una cruz de Calatrava bordada al pecho. El conde-duque leía el memorial mientras escuchaba, como si estuviera lloviendo, a don Hernando en su diálogo.

Lentamente, don Gaspar de Guzmán se levantó de la silla, yendo a mirar el mortecino ocaso en la ventana. Don Hernando calló, respetuoso. El prohombre parecía meditar.

-Ha llegado a mis oidos que os habéis visto mezclado en un asunto sin duda excesivo para el propósito de vuestro viaje- comenzó a decir el conde-duque con voz modulada- Tan excesivo que habéis estado expuesto a ciertas confidencias o informaciones de las que, por vuestro propio bien, imagino guardaréis silencio... hasta bajo tortura.

Estas últimas palabras hicieron estremecerse al jerezano. El grande de España no se movió siquiera del sitio, aclarándose la garganta antes de proseguir.

-Es por esto que quisiera ofreceros ayuda a vuestros intereses, una ayuda que debe tener una justa retribución..- En este punto, se volvió a mirar al hombre, esbozando apenas una sonrisa- Son muchos los problemas que afronto en mi escalada hacia la confianza del rey nuestro señor, problemas que es necesario solventar de manera discreta, extraoficial. Razon por la que, como entenderéis, requiero de un grupo de gente dispuesta a llevar a cabo ciertos encargos, digamos de naturaleza maquiavélica o... expeditiva, necesarios para poder llegar a buen puerto tras romper las olas de este mar de juegos bizantinos.

Olivares miró a don Hernando, aguardando una respuesta. Saltaba a la vista que la negativa podría conllevarle muy serios problemas.

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Targul
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Mensaje por Targul » Sab Ago 13, 2005 12:40 pm

Lavapies, 4 de abril de 1621. 20:00

La caravana había llegado, tras muchos sobresaltos, al extrarradio madrileño. Cansados y polvorientos, los escoltas recelaban hasta de su sombra. No tenían claro el destino del viaje, aunque algunos habían sugerido el palacete de Guadalmedina. La respuesta vino al poco cuando, a la altura de la corrala desde donde partieron, les cortaron el paso una docena de corchetes, algunos de ellos con arcabuces.

Uno de aquellos hombres se adelantó, y en su gran barba y su perfil adusto distinguió don Luis al teniente de alguaciles, Martín Saldaña. Este les miraba, extrañado, apoyando la muñeca en la empuñadura de su cazoleta.

-¿Do está Gustavo? ¿Y el italiano?

Don Luis se adelantó, aún a caballo.

-Gustavo cayó, y el italiano se cambió de bando.
-¿De bando?
-Es algo largo de explicar.
-Ya darán las explicaciones pertinentes en el Alcázar Real, despues de la cena. Sugiero que adecenten vuesas mercedes su aspecto- suspiró el guro, cansado- Entretanto, el cargamento queda requisado en nombre del rey.

Asintió don Luis, haciendo una seña a sus compañeros para que bajaran del caballo. El trabajo ya estaba hecho, ahora sólo restaba cobrar y descansar. Pero antes de eso, tenían una cita en el Alcázar Real.

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Lauridssen
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Mensaje por Lauridssen » Mar Ago 16, 2005 12:09 pm

Molereitor "El oso"


Después de dejar el carruaje a buen recaudo decidí que este era el momento de que cambiara mi suerte, aprovechando que gente de calidad podía darnos la oportunidad de conseguir faenas bien remuneradas.
mi primera acción fue gastarme la bolsa requisada al noble holandes que comandaba la escolta del carruaje, me dirigí a una mancebía de calidad y ordené que me dieran un buen baño (voto a dios que no me acordaba de cuando me di el último), me arreglaran el pelo de cabeza y barba...y me hicieran un buen servicio...jajaja
A renglón seguido mandé que me trajeran ropas de calidad para visitar el Alcázar...todo con el firme propósito de aprovechar la oportunidad que nos podía dar aquellos contactos en la corte.
Me coloqué mi botín de guerra, el sombrero del noble holandés previamente cepillado, y salí de aquella tusonería oliendo a principe y pareciendo un auténtico marqués, si todo salía bien sería facil acostumbrarse a todo aquello.
Tengo que aclarar que burro soy un rato pero ni un pelo de tonto.
Busqué a Manolillo y le ofrecí acompañarme, pues grandes dotes tiene el muchacho para ciertos trabajos, tal vez me hiciera falta un mochilero en Flandes, jajaja
Por último localizé a mi buen amigo, Cagafuego, y le encargué que me buscase dos buenas pistolas y una buena espada militar; después de mi última escaramuza pensé en llevar mas hierro que Vizcaya y Flandes juntas...
Me quedaba pendiente un asunto, saber el significado de aquel sello (N y S), tal vez Diego podía mover sus contactos y aclararme un poco todo aquello...
Ya solo quedaba la entrevista en el Alcázar, donde me dirigí con ropas de calidad, el sombrero del holandes, espada y dos dagas (previamente afiladas y maqueadas), recien bañado y maqueado para la ocasión...ni que fuera a visitar al papa, jajaja

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Dhwilinel
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Mensaje por Dhwilinel » Mar Ago 16, 2005 1:09 pm

[Rodrigo de Lozoya "el maltés"]

Tras la larga y dura jornada trancurrida y dejar el carruaje, cada uno se dirigió a su sitio a adecentarse y prepararse para la cena en el Alcazar Real. Yo estaba un poco más apartado, ya que estaba en una posada donde también podían atender a mi caballo, así que me di prisa porque también el pobre "Fulgor" necesitaba refrigerio.
Mientras estaba en mi cuarto, me dio tiempo a reflexionar sobre todo lo ocurrido, las consecuencias iban a estar acompañandome en el futuro, porque tener de enemigo a ese tal Malatesta no era precisamente agradable, aunque lo primero es lo primero y si la vida de un compañero estaba en juego por un puñado de oro, sea cual fuese la cantidad, no había prioridades. Me alegre que todos decidieramos lo de devolver el oro, porque problemas con la realeza los justos, además que ya había cogido yo aprecio a estos señores, porque ya sea en un lance o en una batalla lo más importante es la unión entre compañeros y si eso falta todo se malogra.
Cuando termine de cambiarme de ropa y adecentarme y ponerme mi mejor traje, el que llevé a mi visita fallida con el Conde Duque, me dirjí a los establos, allí estaba mi caballo brillando como el ébano, le habián lavado, cepillado y dado una buena ración de heno, le pagué al mozo una propina y despúes de ensillarlo, monté y me fui con presteza al Alcazar, no quería llegar el último, aunque seguro que eso no ocurriría, ya que mi buen amigo Diego me arrebataría ese puesto.

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Viriato
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Mensaje por Viriato » Mar Ago 16, 2005 1:32 pm

"-Ya darán las explicaciones pertinentes en el Alcázar Real, despues de la cena. Sugiero que adecenten vuesas mercedes su aspecto- suspiró el guro, cansado- Entretanto, el cargamento queda requisado en nombre del rey. "

Tras escuchar esto me despedí de mis compañeros y fui rapidamente a un hospital a que me curaran la pierna.

Tras esto me dirigí a comprar una vestimenta nueva, era toda negra, la capa, jubon, botas de caña alta y mis pantalones, hacían un gran contraste con mi gola de encaje almidonada y el penacho blanco de mi sombrero chambrego negro de ala doblada.

Por fin dejé atrás mi aspecto lamentable y aparentaba realmente lo que soy, un buen hidalgo de España.
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"En nuestras mentes conservamos, la grandeza del ayer, tenemos voluntad de imperio, que tendrá que renacer." Alonso de Contreras

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Alixa
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Mensaje por Alixa » Mar Ago 16, 2005 6:27 pm

(Don Hernando de Narvaez, el jerezano)

Me quedé perplejo ante la rapidez con que se propagaban los sucesos en la villa y corte. No era cuestión de hacer perder el tiempo al hombre más poderoso del momento. Mi futuro y el de mi querida hija Isabel estaban en juego. Carraspeé y tan sólo acerté a decir una corta frase:

-Excelencia, haré cuanto me mandeis.-

Aquellas palabras me sonaron en aquel momento a sentencia de muerte.

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Targul
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Mensaje por Targul » Mié Ago 17, 2005 10:02 pm

Alcázar Real, Madrid, 4 de abril de 1621 (22:00)

El conde-duque revisaba papeles de última hora antes de volver junto a su legítima. Había cenado con el rey, comentando ciertos asuntos de la organización de los festejos y otras inquietudes venales del monarca. Ahora, sentado tras la mesa de tapete verde, despachaba varios asuntos. Había olvidado el compromiso, asi que el guardia le hizo recordar.

-Han venido cinco hombres que dicen han sido convocados por vuestra grandeza.
-¿Va con ellos un tipo vestido de negro y con marcas de viruela?- contestó el privado, haciendo memoria.
-No le vi marcas de viruela.

Con un gesto displicente de la mano dio la venia para que pasaran. Apartó una pila de legajos sobre los que dejó un pisapeles. Entrelazó los dedos, mirando a la puerta. Por ella entraron en orden: un sujeto con una cruz de Malta sobre el jubon, Diego de Lorca (lo conocía del teatro), otro fulano muy corpulento (tanto como el conde-duque), uno de los alguaciles de la ciudad y un tipo de aspecto soldadesco y larga melena. Faltaba el tal Malatesta, quizá hubiera muerto. Alguno de los presentes hizo una reverencia innecesaria que el sumiller les detuvo con la mano.

-No son estas horas para protocolos- dijo- Además, será breve.

Levantóse Olivares, apoyando una mano en un billete firmado que había sobre la mesa, el cual apartó en el acto con los dedos. Se le veía dubitativo, como si midiera que contar y que reservarse. Miró a los hombres y se les veía cansados y ojerosos. Un largo viaje, sin duda.

-Estoy esperando...-dijo.

El maltés le puso en antecedentes. La expresión del privado era indiferente, relajada o reflexiva, y sólo la mudo cuando el relato llegó al punto de Malatesta y el oro, asi como el ataque del bandido tuerto. Les miró entonces con más interes tras superar una mueca de fastidio con el labio y una ceja, sonriente.

-Se han desempeñado bien vuesas mercedes. Me han comunicado ya que el cargamento llegó íntegro- recalcó esta palabra- a su dueño, que no es otro que al rey nuestro señor, suceso del que me huelgo sobremanera.

Paseó brevemente por la estancia, meditando. Luego continuó hablando.

-Sin embargo hay varias cuestiones a aclarar- les miró, inquisitivo- la primera es la fuga del italiano, que está en conocimiento de secretos relevantes, fuga de información que me incomoda. Por otra parte, rogaría que me entregaran ese documento y ese anillo que dicen le han sustraido al custodio del dinero real.

Molero y don Luis dejaron sobre su mesa anillo y carta. Olivares tomó el anillo, sonriendo sarcasticamente.

-Ene y ese- dijo como para si- ¿Les suenan a vuesas mercedes los Nassau?

Todo el mundo conocía en España a los Nassau, generales, políticos y artífices de la rebelión flamenca desde que Guillermo de Nassau, apodado "el Taciturno", se rebelara en el año seseinta y cinco del siglo viejo contra la monarquía del buen Felipe II. Hablar de los Nassau era, sin duda, hablar sobre uno de los enemigos más acérrimos de la monarquía. El conde-duque tiró de una cuerda junto a la cortina, y acudió al punto uno de sus secretarios. El amanuense, un sujeto enlutado con cara de ratón, se aplicó a traducir el escrito en otro papel.

-En cuanto a vuesas mercedes, harto servicio me han hecho- sonrió el valido- Espero poder contar con sus personas llegado el momento, ya que también han estado en contacto con secretos relevantes y no me gustaría perderles de vista ni verles frecuentar algunos ambientes. Este es un asunto complejo que aún no ha sido resuelto. De cualquier modo, sería muy considerado que se alejaran durante un tiempo de la Villa y Corte para evitar posibles represalias de nuestros enemigos comunes.

El traductor terminó su trabajo al poco, despidiéndose. Una vez fuera de la sala, el aristócrata tomó el escrito y leyó durante un largo momento. Su rostro se endureció a la luz de los candelabros. Al cabo, comprimiendo el papel en su mano, lo arrojó al fuego. Estuvo mirándolo arder un buen rato, pensativo. Reparó en ellos por última vez, dedicándoles una breve sonrisa.

-Por si tienen curiosidad, he decir que han hecho un magnífico servicio a la monarquía. Viktor van der Voes era sobrino de Mauricio de Nassau y un famoso capitán del ejército rebelde, accionista de la compañía de las Indias Occidentales y otras muchas cualidades que no disimulan lo que es, o mejor dicho, fue, un peligroso traidor y enemigo de España.

El fuego crepitó lentamente, destruyendo la carta. Olivares les despidió con un gesto, cansado. Retuvo a don Luis un momento.

-Decidle de mi parte al teniente de alguaciles que puede comenzar la caza. Se abre la veda de traidores.

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Targul
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Mensaje por Targul » Mié Ago 17, 2005 11:54 pm

El Pardo, 4 de abril de 1621 (14:00)

El lacayo Manuel daba las últimas instrucciones desde el carruaje ya detenido. El viaje había sido largo pero ameno, ya que el gentilhombre se daba buena mañana contando chistes y anécdotas. Realmente era un tipo locuaz y simpático. A la hora del condumio el cochero paró junto al ajetreo del sarao. Aparcados por allí, otros coches eran testigos mudos de la fiesta al aire libre.

Por una parte estaba la gran mesa, de donde todos se servian de las viandas cocinadas allí mismo, entre abundante vino y fino mantel. En el centro de la mesa, que era un rectángulo hueco, unos músicos deleitaban a la concurrencia con sus melodías. En torno a la mesa, los comensales hablaban y charlaban animadamente. También, en corros, damas, caballeros, amas, lacayos y otros géneros de personas hablaban en parejas o grupos, luciendo palmito en aquel día señalado.

En un claro del bosquecillo junto a la mesa, aunque razonablemente apartados, varios gentilhombres se divertían y se lucían en el juego de cañas, caracoleando sus monturas con destreza. Las aguas de un cercano estanque resonaban de vez en cuando algo apartadas de allí. Significativamente, dos hombres armados con aspecto de gente a sueldo montaba guardia en el camino que llevaba hacia una caseta descubierta semi-escondida entre setos y árboles. Manuel la señaló.

-Ese es vuestro objetivo, doña Celia.

Luego, mirando hacia uno de los caballeretes que, tras venir del juego de cañas y limpiándose el sudor en una toalla perfumada, se acercaba a la mesa para comer algo, acompañado por un tipo con aspecto de lacayo o jaque a sueldo. Era un joven de veintipocos, bien parecido, de ropas y modales exquisitos.

-Aquel es don Alberto del Castillo, hijo del vizconde. Yo os lo presentaré, doña Soledad.

Sonrió a ambas, gracioso, mientras abría la puerta del carruaje.

-¡Suerte!

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elisheva
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Mensaje por elisheva » Jue Ago 18, 2005 12:27 am

[Violeta de Casasola]


El domingo desperté más temprano de lo habitual. La necesidad de entrevistarme con el conde de Guadalmedina no había permitido mi reposo nocturno.
Encargué un abundante desayuno que me permitiera pasar el día en el estado de semiayuna que mi corsé y las convenciones sociales me obligarían a mantener.
Mi doncella me esperaba presta para mi arreglo personal, vestido y calzado y por supuesto el difícil arte de domeñar mis rizos rebeldes en ordenadas ondas entrelazadas con mis perlas favoritas.
Sintiéndome bien segura de mí misma y de mi aspecto bajé al salón mientras esperaba a don Hernando a la hora convenida. Apareció puntual. Me cubrí con una capa ligera y subimos al coche. Durante el trayecto al conversación fue tranquila y distendida, aunque el jerezano parecía algo inquieto.
Nos aproximábamos al monte del Pardo, con su impresionante palacio de techos de pizarra al estilo flamenco, recientemente restaurado tras el incendio sufrido en 1604, y sus enormes terrenos colindantes de bosque y jardines.
Bajamos del carruaje y comenzamos a mezclarnos con la representación más nutrida de la corte española. Saludé a uno y otro lado a contados amigos y conocidos, presenté al hidalgo a personas convenientes para sus necesidades, y derroché sonrisas con una mueca encantadora frente a la multitud de parásitos y buscavidas que se denominaban a sí mismos como nobles, y que componían la mayoría del panorama de actualidad.
Al fin me las compuse para encontrar a Guadalmedina y solicitarle, en nombre de la amistad que unió a nuestros padres, el inestimable favor de confirmar mis sospechas, haciéndole entrega de un billete con los datos necesarios para que pudiera iniciar sus gestiones, si tal era su consideración hacia mí. Le recordé la conveniencia de unir nuestros caminos en el mismo propósito frente a enemigos comunes y la calidad de la deuda que adquiriría frente a él Me despedí con una sonrisa y un gesto de mi abanico antes de que algunos invitados más acapararan su atención.
El resto de la fiesta no tenia interés para mí y pensé en retirarme discretamente. Mientras buscaba al jerezano entre los rostros de los asistentes observé como un pequeño grupo de hombres se alejaba por los jardines en dirección al lago. ¡Válgame el cielo!-pensé, pues en dos de los caballeros reconocí al vizconde de la Encina y al Duque de Uceda, valido de nuestro difunto rey. Durante un momento tuve la tentación se seguirlos, pero no quería que el duque me viera aquí. Además pensé que al de Olivares no se le escapaba nada y probablemente tuviera cubierta dicha contingencia.
Don Hernando pareció haber encontrado acomodo entre ciertas familias preclaras y observé con un poco de malicia como introducía las virtudes de su hija en la conversación a la menor ocasión.
Nos despedimos y montamos en el coche. En el trayecto pude comprobar que el hidalgo pareció estar en otro lugar. Preocupada le pregunté:
-Perdonad mi atrevimiento, Don Hernando, pero no puedo dejar de observar que algo preocupa a vuesa merced.
-Disculpad, mi señora si parezco abatido. Simplemente ocupando mi mente en asuntos banales.
La explicación no me satisfizo. Volví a insistir con delicadeza hasta que conseguí que el hacendado me narrara su entrevista con el de Olivares.
-Lamento el atrevimiento, pero no son estas cuestiones para andar con remilgos –le dije.- Debo confesaros mi participación en ciertas actividades relacionadas con el asunto que acabáis de narrarme. Me parece que vos y yo deberíamos de conversar sobre la conveniencia de unir nuestros frentes.
Llegamos al acuerdo de reflexionar sobre ello. Me daría su respuesta en breve.
Mientras entraba en casa recordé la cita pendiente con Malatesta. Dudé de la conveniencia de asociarme con el oscuro espadachín pero, dudé de mi instinto y deseché tales temores, recordando su destreza y sangre fría, cualidades ambas de las que a buen seguro iba a necesitar.

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quemeplace
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Mensaje por quemeplace » Jue Ago 18, 2005 9:37 am

(Celia Robles)

Manuel nos ayudó a bajar del carruaje con una sonrisa. Su aire despreocupado me tranquilizó. Nos dijo que nos mezcláramos entre la gente y permaneciéramos juntas hasta que él se acercara para presentarle a Soledad a Alberto del Castillo. Entonces yo tendría que ir retirándome con disimulo y estar pendiente de los movimientos del Vizconde de la Encina y el Duque de Uceda. Me señaló quiénes eran. En ese momento no estaban juntos, sino en grupos separados.

Soledad y yo nos miramos, entre divertidas y nerviosas. Nos dirigimos a la mesa, yo con paso tímido, ella con aire decidido. Al instante se acercó un sirviente a atendernos. Por una vez me atenderían a mí. No estaba mal el trueque, no.

Soledad me hablaba, pero yo sólo atendía a medias. Mis ojos y mi mente trabajaban con rapidez. El vizconde y el duque seguían en distintos corros. Observé a los hombres que montaban guardia en el camino hacia la caseta. No había contado con ello. Tendría que acercarme más y buscar una manera de llegar a la caseta sin ser vista. Aguardaría el momento oportuno. Ahora se nos habían unido unos caballeretes. Tuve que interrumpir mis deliberaciones y tratar de concentrarme en una conversación, pero sin perder de vista mis objetivos. Entonces vi a Álvaro. Estaba hablando con una bella dama que le entregaba en ese momento un billete. Casi inmediatamente, y sin saber por qué, empecé a coquetear con el joven que me hablaba. Unos minutos después vi a Manuel acercarse al hijo del vizconde. Tal vez llegaba el momento de ir abandonando el grupo.

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Targul
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Mensaje por Targul » Jue Ago 18, 2005 11:28 am

[Gualterio Malatesta]

Volvió a detenerse, oculto entre las sombras. Algo se movió a pocos pasos de él, cauto. Con la espada en la mano, avanzó suavemente hasta la sombra. Falsa alarma. El sujeto, al ver una negra sombra con un acero en la mano, dió un respingo y caminó más rapidamente, alejándose. El italiano se lo quedó mirando, pensativo, mientras envainaba espada y daga.

La noche había derivado en un concierto de huidas y estocadas cuando, poco después de tomarse un vino en la tasca que frecuentaba, una ingente cantidad de corchetes y alguaciles que recorría las calles irrumpió en el garito, requiriéndole como preso. Tuvo que saltar por una ventana trasera y correr calle abajo. Varios pistoletazos surcaron la calle sin darle. Dos corralas más abajo, la emboscada resultaba insalvable, por lo que tuvo que pasar a uno de una estocada y volarle a otro corchete la cara de un pistoletazo para poder abrirse camino.

Tras mucho deambular por las calles, intentó jugarse la última carta. La dama de los rizos, bella, fria y calculadora, le aguardaba un poco más allá. Tal vez en su casa encontraría refugio, o desahogo. No podía negar que la atraía. Una mujer bella y de personalidad electrizante, pero que se las daba en vano de superior a gustos mundanos. Aguardó en el oscuro callejón, junto a la puerta convenida. Al cabo de un rato que le pareció interminable, una vieja criada le abrió, apartándose sin más trámite. Entró el siciliano, tarareando la sonata entre dientes. Tal vez, pensó, aquella no iba a ser una noche tan solitaria.
Última edición por Targul el Jue Ago 18, 2005 11:32 am, editado 1 vez en total.

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Mensaje por elisheva » Jue Ago 18, 2005 11:31 am

[Violeta de Casasola]


La casa estaba oscura y en silencio desde que los criados se retiraron a sus aposentos situados junto a la tapia exterior del patio trasero. La entrevista que iba a mantener se desarrollaría en absoluto secreto a excepción de mi vieja y fiel Socorro que se encargaría de abrir la cancela lateral del jardín, colindante a un oscuro callejón por donde el espadachín podría acceder sin ser visto.
Las horas pasaban mientras yo dejaba vagar mi vista por la decoración de la estancia principal, regalos de mi difunto barón que siempre me trató bien y fue considerado conmigo. Acaricié la tersa superficie de los objetos de porcelana de Delft, observé el resplandeciente pulido de las lámparas de plata de las minas de Potosí, admiré el reflejo multicolor que la luz del fuego de la chimenea arrancaba de las copas de cristal de Bohemia....El sahumerio, sobre las trébedes, impregnaba el aire con su olor de alhucema, relajante, adormecedor...
De repente supe que no estaba sola. La silueta de Malatesta ocupaba el umbral de la puerta de mis aposentos, iluminado de frente por las llamas de la chimenea, intimidante en su negro riguroso, vestido su rostro con una media sonrisa no sé si de placer o de humor. “Violeta, ten cuidado”, me dije, “con este individuo vas a tener que apostar fuerte”.
-Mi señora!- dijo mientras lanzaba el sombrero al vuelo sobre el asiento más próximo, y sin respeto a las normas ni convenciones se sirvió una generosa copa de vino .
Ignoré deliberadamente la grosería y tomé asiento junto al bargueño taraceado de marfil y palo de rosa del que saqué una pequeña nota y una bolsa repleta de monedas.
-El trabajo que os propongo no será fácil. Necesito protección y toda la información posible sobre el paradero y relaciones de una persona cuyo nombre tenéis aquí.-dije tendiéndole el papel.
-¿Qué motivo os impulsa a guardaros de tal personaje?-preguntó.
-El motivo de mis actos es algo que sólo me incumbe a mí. Baste saber que es un viejo enemigo de mi familia y posiblemente un traidor a la patria. Recabad toda la ayuda que necesitéis; el dinero no es problema.
Malatesta ignoró la nota y la bolsa y rodeó el escritorio colocándose a mi espalda .
-El encargo que parece fácil y a fe mía que me complace custodiar a una dama como vos, pero la calle está llena de corchetes en pos de mí y no creo conveniente mostrarme en unos días. Esa bolsa puede contentarme de entrada-Se inclinó sobre mí y enredo en su dedo un mechón rebelde de mi nuca -,aunque, por qué negarlo, no será precisamente vuestro oro aquello que me satisfaga enteramente la deuda. La otra mitad, mi señora, depende enteramente de vos.
Me levanté indignada; la furia hacía temblar mi voz:
-¿Cómo... cómo osáis....?
Levanté mi mano y abofeteé su rostro mientras se reía. Levanté el brazo de nuevo pero una mano de acero sujetó mi muñeca. Así la daga del escritorio pero súbitamente fueron ambos los brazos cautivos. En un movimiento brusco me empujó contra la pared y levantó mis muñecas por encima de mi cabeza , sujetando ambas con una sola mano y arrancándome la daga con la otra.
Cara mia!- Su voz ronca y susurrante vibró en mi oído.- ¿No lo notáis? Bajo todo este lujo y superficialidad vos y yo somos iguales.
Sentí su aliento en mi piel lo que por un momento hizo que me faltara la respiración. De pronto, el frío de su daga (mi daga) bajando como una caricia por mi cuello, provocando un salto en el ritmo de los latidos de mi corazón.
Los gruesos tapices dificultaban mis movimientos, la presión contra mi cuerpo aumentaba, su proximidad física perturbaba mis sentidos y mi conciencia...Noté como temblaba. La daga bajó por mi escote y lentamente, muy lentamente, comenzó a cortar uno a uno los cordones de seda de mi corpiño. Sentí como mis defensas se venía abajo, murmuré unas débiles palabras de auxilio y, yo, que había tenido a mis pies hombres de superior linaje, poder y condición,....perdí totalmente el control de la situación.

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Targul
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Mensaje por Targul » Jue Ago 18, 2005 5:11 pm

[Gualterio Malatesta]

Había acertado. Bajo su aspecto amanerado y hierático latía el corazón salvaje y ladino de una fiera de corazón ennegrecido. Incluso resultaron ser pares en gustos y apetencias. Al cabo de un momento deleitándose con el sabor de sus pechos perfectos, cedió del todo, relajando las manos. Unos suaves gemidos le indicaron lo innecesario de la daga. La arrojó al otro lado de la habitación sin ladearse. Despacio, midiendo sus gestos y miradas, soltó sus manos y, cogiéndola por los muslos, la alzó a su altura para perderse en un largo y húmedo juego de belfos.

Allí estaba, era suya, aquella diosa descendida del Olimpo que enloquecía a los mortales con vanas esperanzas. Y allí la sentía, tersa, caliente y dulce, cada vez que sus labios encontraban piel. Despues de unos breves pero intensos momentos de arrebato contra la pared, llevóla sin dificultad, tal y como la tenía cogida, hasta el elegante lecho cuyo cubrecama apartó de un manotazo, dejándola caer sobre el mullido colchón. Cerró la cortina del dosel, una verdadera obra de arte de alguna abnegada costurera que lleno la tela de estampados y cenefas. Sonrió, divertido, muy brevemente, pues no quería darle ni un respiro para que volviera "su otro yo".

Besó hasta que la respiración se ahogaba, notando sus tibios gemidos de impaciencia. Se deshizo de la engorrosa falda y la maraña que habitaba debajo. A veces se sorprendía de la cantidad de refajos y telas que las damas usaban para proteger, por asi decirlo, su tesoro. Al cabo del juego de la desnudez, notó una mirada juguetona derramándose por su cuerpo curtido y fibroso lleno de cicatrices de dias y aceros que ya murieron en su memoria. Se le cortó la respiración, aunque fuera por un segundo, al ver desnuda a su valkiria. Las uñas de ella arañaban, como a él le gustaba, en esa difusa frontera entre el placer y el dolor, mientras él la sujetó (intuyó para bien que la rudeza pasional la derretía) antes de hollar en su carne húmeda, caliente y acogedora.

Jugó con ella hasta la extenuación. A la rudeza y el sometimiento en mil y un formas le seguían la suavidad, la dulzura y la justa retribución a sus propios placeres. Gemía, ronca, perdida ya toda compostura, desatada (tanto que había veces que se preguntaba si era él realmente el director de aquel juego), cada vez más ansiosa. Hideputa de alma negra, si, pero inteligente. Una mujer satisfecha es siempre mejor que una mujer rencorosa. Por ello se complació, por espacio de hora y pico, en hacerla gritar provocándole esas convulsiones que le indicaban, sin duda alguna (demasiado fuertes para ser fingidas), que había llegado al clímax. Al cabo, ahíta y relajada, pero con la piel todavía ardiendo, cubierta por una ligera película de sudor, se dió al italiano, que la montó con sorprendente suavidad hasta que él tambió visitó el cielo.

La miró mientras dormía, relajada y satisfecha. Sonrió, muy despacio, todavía con una mano apoyada en su cálido vientre. Definitivamente le iba a gustar ese trabajo.

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Targul
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Mensaje por Targul » Jue Ago 18, 2005 5:33 pm

[Soledad de la Rosa]

Se acercó al joven justo despues de que un caballero de edad, que parecía ser su padre, le palmeara la espalda, diciéndole un par de cosas antes de irse en dirección a la caseta. Miró hacia allí, por donde discretamente y de uno en uno, varios tipos de aspecto nobiliario se encaminaron sin que los guardias hicieran el más leve gesto de detenerles. Miró a Celia, la muchacha, guiñándole un ojo. Aquella era su parte del trabajo.

Don Alberto del Castillo, así se lo presentó el lacayo Miguel. Los ojos del joven relucieron especialmente cuando oyó su nombre, doña Soledad de la Rosa. Sonrió, galante.

-He de decir que vuestro apellido os hace justicia, mi señora.
-¿Y puedo preguntar por qué?
-Sois comparable en belleza a una solitaria rosa invernal.

Ahora sonrió ella, procurando aparentar sorpresa. Lo consiguió y con creces. Tanto fue así que el joven le invitó a tomar un refrigerio mientras daban un paseo. Durante el mismo, ella habló con él de cosas aparentemente venales como los caballos y gustos por la poesía y la lectura. Las miradas, los gestos con el abanico y las insinuaciones sutiles aunque evidentes que le dirigió durante todo el paseo surtieron su efecto. Lo tenía en el bolsillo, tanto fue asi que, vergonzoso, alabó sus labios en un poema improvisado de evidentes intenciones.

-Si queréis besarme, no hace falta tanto juego-susurró ella cerca de su oido.

Seguro de su triunfo, el joven y apuesto caballerete la besó a la sombra de un sauce llorón. La velada iba a ser larga, pero con algo de astucia conseguiría que, al caer la noche, el joven no hiciera el viaje de vuelta a su casa en solitario. Sonrió tras el beso, no de felicidad ni porque hubiera sentido nada, sino porque sus planes se estaban cumpliendo a la perfección.

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elisheva
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Mensaje por elisheva » Jue Ago 18, 2005 11:29 pm

[Violeta de Casasola]


La noche se llevó mi conciencia y mi pensamiento, arrastrados en un juego donde el goce y el dolor se confundían en mi memoria, una, y otra, y otra vez. El oscuro espadachín alardeaba de la pericia con que manejaba todas sus armas y, vive Dios, que yo podría dar fe de ello tanto en duelo público como absolutamente privado.
Desperté con la primera claridad. Lánguidamente me estiré sobre las sábanas y volví la cabeza. El italiano, a mi lado, observaba mi rostro, la cabeza apoyada sobre la mano, el codo sobre la almohada. Parecía el gato que atrapó al ratón. La luz del día hizo que recobrara la lucidez y arrogancia de la que suelo presumir.
Me incorporé y me mostré erguida ante él, sin auxilio de cobertura alguna que me ocultara, excepto el relicario, regalo de mi padre, del que no me desprendo en ninguna ocasión. Dejé que su mirada recorriera a su antojo lo que hasta la saciedad había tenido ocasión de contemplar.
-De acuerdo. Podéis quedaros un par de días - le devolví el tratamiento del que horas antes habíamos prescindido – incluyendo sus noches. Pero no debéis olvidar que las órdenes las sigo dando yo.
-¡Ah, mi altanera dama! - ¿Acaso era sarcasmo lo que su voz dejaba traslucir?- No seré yo quien derroche tu generosa hospitalidad.
-Os lo advierto. Un solo gesto desleal y desearíais no haberme conocido.
Y tras tamaña declaración de orgullo tomé un manto y me cubrí.

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Dhwilinel
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Mensaje por Dhwilinel » Vie Ago 19, 2005 5:13 pm

[Rodrigo de Lozoya "el maltés"]

Tras salir del Alcázar y de la entrevista con el conde duque de Olivares, propuse a mis compañeros que al día siguiente madrugaramos y fueramos a tomar un buen desayuno a La Taberna del Turco, así luego podíamos acercarnos a ver a "Don Mendo" contable del conde de Guadalmedia y cobrar nuestros merecidos escudos, ya que vivía cerca de allí.

A mi nada me ataba en Madrid y quería partir cuanto antes hacia Malta o hacia donde mi destino me llevase, porque mi verdadera ambición era ir a las indias, pero con el dinero conseguido todavía no era suficiente, además después de lo que dijo el conde duque, no estaría de más hacerle caso y alejarse una temporada de la villa y corte del reino.

Así que después de una ligera cena y un sueño bien merecido, me dirijí hacia La Taberna del Turco, esperando poder ver antes de mi viaje, sino a todos, a alguno de mis compañeros de esta curiosa aventura vivida en estos días. No se, pero tenía la estraña sensación de que mi viaje iba a ser más largo de lo que pensaba.

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Viriato
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Mensaje por Viriato » Vie Ago 19, 2005 8:08 pm

Acepté la proposición de el Maltes.

Yo pensaba regresar a Cartagena con mi familia y vivir en paz, aunque lo que pretendía era alistarme en el Tercio para ir a luchar contra los holandeses y demás enemigos de las españas. No obstante no quería alistarme a los tercios como un simple soldado raso, al menos quería llegar como Sargento... pero la cosa, tal y como está, esta muy mala...
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"En nuestras mentes conservamos, la grandeza del ayer, tenemos voluntad de imperio, que tendrá que renacer." Alonso de Contreras

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Targul
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Mensaje por Targul » Sab Ago 20, 2005 3:38 pm

[Soledad de la Rosa]

La velada fue larga y aburrida. Muchos paseos, muchos besos arrancados a la impaciencia, demasiadas conversaciones, comida y bebida. No estaba acostumbrada a aquellos excesos nobiliarios. Durante el largo día se perdió el encanto entre ambos, y Soledad se distanciaba más de ese jovenzuelo amanerado y de odiosos vicios.

Anochecía cuando, demasiado bebido para enterarse de la súbita desaparición de su padre y los gentilhombres que le acompañaban, Alberto del Castillo decidió regresar a casa. Ella debía jugarse la última carta antes de tener que perseguir al joven. Le aguardó junto a su coche de caballos, sonriente y mojigata, mirándole con ojos juguetones.

-¿No vais a acompañarme a Madrid?- preguntó, modosa.

Tal vez porque iba muy mamado o porque le agradaba la idea de escoltarla, sobretodo hasta su lecho, el joven consintió con una sonrisa, ayudándola a subir con un gesto caballeroso que el vino le empañó en tropezón. Subió al carruaje y él se sentó a su lado con mucha desvergüenza. Movióse el coche, iniciando el trayecto de regreso. Las manos del caballerete se desparramaban por todo el vestido de ella, ansiosas. Ella intentó contenerlo con sonrisas.

-Ssshhh- puso un dedo en su boca cuando lo iba a besar- No seais impaciente, mi señor.
-Apuesto a que nunca...hip...habéis jugado en un carruaje.

Rió ella, separándose. Asintió con la cabeza, comprensiva.

-Prefiero un lecho mullido, si no es pediros demasiado...

El joven se amostazó, perdiéndosele parte de los vapores del vino.

-¿Es cuestión de dinero? No soy lerdo, huelo vuestra condición a la legua y se que sois el regalo de cumpleaños de mi padre.

No sabía que fuera su cumpleaños, pero eso no la descolocó. Estaba visto que el joven no iba a aguardar a llegar a su casa para tomarla. Era una situación crítica, asi que intentó calmarle dándole alguna clase de anticipo. Pensó rapidamente, apesar de que las manos del joven recorrían su cuerpo. Todo fue inútil, pues él tenía ya la mano metida por sus faldas, echado encima. Gimió de desesperación, intentando apartarlo. No pensó en su misión, que ya había olvidado, sólo en evitar ser violada. Con fuerza inaudita, le empujó al otro lado del carruaje, cruzándole la cara.

-¡Sois un cerdo!
-Callad, puta.

Blandió la daga, interponiéndola entre ambos. El joven se rió, muy fuerte. Se le había pasado la borrachera con el guantazo y se tomaba la hoja de la mujer más como un juego que como una amenaza.

-¿Que me vas a hacer con eso, mmm?
-Mataros si os acercáis más.
-Hay dos jinetes fuera, hombres a sueldo de mi padre. Si me hacéis algo os matarán en cuanto abandonéis el carruaje.

Pensó rapidamente. Si consentía llegaría a su destino, si se resistía posiblemente acabaría muerta, pero no le apetecía nada dejarse montar por ese cerdo despreciable. Apretó la daga en su mano, apuñalándole. Apuntó bien, empero, tomándose su tiempo ante las risas del joven, que prestaba poco caso a su mano armada. Bajo la barbilla y hacia arriba, hasta la guarnición. Sintió la sangre fresca bajar por sus dedos, y el gorjeo apagado del joven ahogándose en sangre. Demasiado profundo como para resistirse a la visita de la parca. Tuvo una convulsión, breve e intensa, y se quedó tieso en el asiento con los ojos abiertos. Soledad respiró fuerte, componiéndose la falda. Escupió sobre el cadáver, rencorosa, dejándole la daga clavada un rato para cerciorarse de su muerte. Al cabo desclavó y la limpió. Intentó parar la hemorragia del joven atándole un pañuelo al cuello, cosa que resultó inútil. Tardaría poco en mancharse con su sangre o que esta resbalara por la portilla del coche.

"Piensa Soledad, piensa, o estás bien jodida". Revisó el cinto del joven, en busca de algo que pudiera usar. Le arrebató su daga y una pistola que encontró bajo el asiento. No sabía usarla muy bien, pero apuntaría cuidadosamente al primer jaque y luego echaria a correr en dirección al bosque. Se persignó, apartando la cortina de la puerta lo justo para ver a uno de los escoltas a caballo, un tipo de aspecto fiero que andaba mirando distraidamente el ocaso mortecino de la lontananza. Amartilló suavemente el arma, tomándose todo el tiempo del mundo en apuntar. Sonó un tiro, fallido. La pistola era muy grande y tenía demasiado retroceso. La empujó hasta el otro lado del carruaje, tropezándose con el muerto. El carruaje se detuvo de repente y la puerta se abrió. El hombre la estaba apuntando con una pistola.

Ahora si que estaba bien jodida...
Última edición por Targul el Sab Ago 20, 2005 4:31 pm, editado 1 vez en total.

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Targul
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Mensaje por Targul » Sab Ago 20, 2005 4:12 pm

[Soledad de la Rosa]

-Como te muevas, te mato- dijo el jaque.

La otra puerta se abrió, y su compañero tenía también la pistola amartillada. La cacheó, desarmándola. Mientras, su compañero certificaba el fallecimiento del joven aristócrata.

-Se ha cargado al señor- resumió el espadachín.

Una mano la cogió del pelo, fuerte y sin miramientos, sacándola del coche. Se contuvo el chillido de dolor. No era una mujer blanda y no les iba a dar la satisfacción de verla pedir por su vida.

-De rodillas, zorra- dijo el hombre que la sujetaba, pateándole las corvas.

Cayó de rodillas y sintió el frio acerado del cañón de una pistola en su cabeza. Hubo un instante de silencio. Ella apretó los ojos cerrados y los dientes. Iba a visitar al demonio antes de lo previsto.

-Esperad- dijo el hombre al que intentó disparar con voz jugetona- Sería una pena matar a un ser tan bello antes de pasar un buen rato.

Discutieron brevemente sobre si era de recibo violarla antes de pegarle el tiro o volarle directamente la tapa de los sesos. Mientras que el que la apuntaba se mostraba rehacio, su compañero mostraba interés en montarla. El cochero, que resultó ser un hombre rechoncho y de apetitos insanos, terció en el asunto, ansioso. Le ataron las manos a las ruedas del carro. El cochero se desabrochó enseguida el pantalón, relamiéndose.

-Yo primero- dijo.

Ni siquiera intentó resistirse, consciente de que eso acortaría su vida. Dejó que el gordinflón se deshiciera de sus enaguas y la ropa interior, echándole la falda sobre la cara. Ni siquiera le importaba mirarle el rostro. Sonó un disparo, que le provocó un calambre nervioso. No sintió nada en sus ingles, ni siquiera en la entrepierna. Solo las botas del cochero dándose la vuelta. Oyó otro disparo, y luego otro. Alguien corrió y otras pisadas fueron tras suya, dándole el alcance. Cabeceó para liberarse de la falda, cosa que consiguió. Su mirada se topó con los cuerpos de los escoltas en el suelo. Un hombre de oscura capa forcejaba en el suelo con el cochero, dándole puñetazos. Dióle al cabo uno bien fuerte, dejándolo aturdido. El asesino llevaba la cara tapada por el sombrero de ala ancha y no pudo verlo bien en la oscuridad. Arrastró al cochero hasta el carro, atándole a la otra rueda.

Se puso en tensión cuando el hombre, acercándose a ella, reparó en su lamentable estado y en su pubis desnudo. Se quedó quieto un momento, como reflexionando.

-Hideputas- dijo una voz que le era muy conocida- Sádicos hideputas.

El hombre se agachó, cortando sus ligaduras con una daga. Reconoció su olor, o más bien, su perfume. Manuel, el lacayo. Jamás se alegró tanto de reconocer a un hombre. La ayudó a levantarse, cubriendo sus ropas desgarradas con su propia capa. Ella todavía estaba conmocionada por lo sucedido. El lacayo se asomó al carruaje, silbando, impresionado.

-Más tieso que la mojama.

Trocó una de sus pistolas descargadas por las del muerto que no llegó a usarla. El otro fallaría el tiro, supuso ella. Miró los ojos de su salvador. No parecía muy orgulloso de lo que había hecho. Era un buen hombre, pensó, y ella le había rechazado en la sala de esgrima. La de vueltas que da la vida. Sonrió mientras recuperaba las prendas que le había arrebatado y su daga.

-Gracias.

El lacayo miró al camino con desconfianza. Se le notaba nervioso. Ella se había inclinado ahora ante el cochero, sosteniendo la daga. Le abofeteó para que despertara. El gordinflon la miró, aturdido.

-¿Que?
-Esto es para que no vuelvas a tocar a una mujer, cerdo.

Hubo un grito desgarrador, y al cabo de un momento ella lanzó con asco un trozo de carne sanguiolento. Sonrió, macabra, viéndole sufrir antes de desangrarse por la entrepierna cercenada. Cuando dejó de gritar, muerto o medio muerto, lavó su mano y la daga con un zaque de agua, tomándose un rato para ordenar sus pensamientos y su ánimo. Demasiado horror en tan poco tiempo.

-Debemos largarnos, vendrán- dijo el lacayo, impaciente.

No preguntó quienes, pues eso daba igual. Más espadachines, el vizconde de la Encina y sus gentilhombres, los archeros de la guardia, el Gran Capitán y sus soldados o el copón de bullas. Lo cierto era que estaba viva y él la había salvado. Le siguió hasta su caballo, en el que él montó primero.

-Hay que ir a la casona del vizconde, el chico no sabe que hay que robar el documento.
-Habrá que darse prisa entonces.

La ayudó a subir, caballeroso. Cualquier cerdo la habría dejado tirada allí atada para que la violara un arriero que pasara por allí al dia siguiente, o lo habría hecho él mismo. Se había portado como un caballero de novela y aquello merecía su recompensa.

-Manuel...-susurró.

El hombre giró la cara, mirándola. Ella le dió un beso, uno sincero y dulce. Le miró un momento, antes de separarse.

-Quizá al final de esta noche, si salimos vivos, puedas reclamar el resto.

El jinete sonrió, picando espuelas. Y un caballo surcó, raudo como el viento, la oscura noche en dirección a Madrid.

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Targul
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Mensaje por Targul » Sab Ago 20, 2005 5:15 pm

Callejón de los suspiros, Madrid. 4 de abril de 1621 (1:00)

El pillo de Antequera aguardaba un momento, oculto en el callejón. Hacía más de una hora que el ama había tirado un cubo por la ventana a la voz de agua va. Dos dias observando los movimientos de esa casa le habían familiarizado con sus costumbres. Sin embargo, había algo que le inquietaba. Por la mañana, los hombres de la casa, uno mayor y otro joven, salieron en sus respectivos carruajes y aún no habían regresado. ¿Les esperarían? No quería arriesgarse a cogerles despiertos y que le descubrieran. Era joven, pero no tonto.

Algo se movió a su espalda, unas sombras. Había un señor armado y un bulto con capa. Se escondió en un portal, mirando desde las sombras. Aquella gente parecía buscar algo, o a alguien. Reconoció una voz de mujer que le fue familiar de dos o tres dias atrás.

-Chico.

Era la tal Soledad, la que se suponía que iba a huir con él de la casa, salió del portal mostrándose.

-¿Señora?- susurró.

La mujer se acercó, palpándole la mejilla. Había algo rugoso en su tacto, como de unas manos mal lavadas de algo pringoso o aceitoso. Miró sus ojos en la penumbra.

-Abreme la puerta una vez que entres, tengo que buscar una cosa.

Asintió el joven, ajustándose el morral sujeto al cuello que colgaba de su espalda. En sus bolsillos guardaba una ganzúa y ataderos, asi como otros utensilios propios de su oficio. Palpó la trasera del cinto donde cargaba el stileto y respiró hondo dos o tres veces antres de trepar como una ardilla en dirección a la ventana del último piso, la que tenía los postigos abiertos.

Cerrado