Siglo de Oro - "Juegos Bizantinos"

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Targul
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Mensaje por Targul » Sab Ago 20, 2005 8:04 pm

Gracias a Throx por su paciencia en el messenger. Con esto dejamos la aventura practicamente acabada.
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A la tercera va la vencida.

Eso pensó el joven Manuel cuando consigió trepar al tercer intento por la pared de la casona. Entreabrió la ventana, apoyado un pie en el poyete. El interior se veía oscuro, pero brotaban los incofundibles ronquidos de una mujer mayor. Accedió a la casa con sigilo, mirando la habitación. El ama dormía a pierna suelta, por lo que resolvió ir a otra sala a cometer latrocinio. Pasó a una despensa llena de sábanas y ropa doblada y luego a un patio interior. A su derecha, escaleras de bajada. A su izquierda y de frente, más hileras de habitaciones. Se asomó, cauto, al claustro. Un sombrero vencido hacia delante y más ronquidos, ahora masculinos. Era un jaque o hombre a sueldo e iba bien armado, pero se había quedado dormido.

Prosiguió sin más dilación el registro de la planta de arriba. En los aposentos de Alberto del Castillo robó tapices, cuadros, plumas y demás objetos que metió en el zurrón. Dentro de la habitación, tras cerciorarse de que nadie dormía tras la cortina de la cama, se hizo con varios objetos del joven aristócrata, entre ellos anillos, collares, algunas piezas de ropa de calidad y una espada de muy rica guarda. Rebuscando en el fondo del arcón topó con un doble fondo donde guardaba una carta y un sello con una N y una S de oro grabadas.

Lleno su macuto de objetos por los que sacaría suficiente dinero como para estudiar bachillerato en Salamanca a cuerpo de rey, bajó peldaño a peldaño las escaleras del patio. A mitad de camino, un tremendo escándalo sacudió la casa. Entrando por la puerta, un hombre de agria voz madura despertó a todo el mundo a voces.

-¡Alberto!- reclamaba.

Trató de esconderse, pegándose al pasamanos de la escalera, que era de sólida piedra. Despertó el guardia de súbito.

-Avisad a mi hijo, debemos irnos ya.

La visión del ama tropezándose con él en la escalera le espantó. La vieja chilló, asustada por topar con aquel pequeño bulto que se movía. Pánico, indecisión. ¿Que hacer? Pesaba demasiado para empujarla escaleras abajo. Un impulso movió la mano hacia su estilete, y la mano armada hacia delante. Hirió un brazo de antuvión, recibiendo una bofetada histérica en el muslo. Aquella condenada no se apartaba, y ya se acercaban los hombres con las espadas en la mano. Acuchilló, esta vez apuntando al cuello. Clavó la daga hasta la guarda, provocando que la mujer cayera de culo y, con las manos en el cuello, rodara escalera abajo, haciendo caer a los otros dos hombres.

Solo quedaba escapar. Algo le movió, un sentimiento de rabia ciega. No quería irse sin despedirse particularmente. Asi que saltó como un felino, aterrizando sobre unos de los bravos cuya pierna dejó maltrecha de una puñalada. Sintió como le cogían las piernas mientras que el herido, revolviéndose, le daba una estocada en el pecho que resbaló de filos, haciéndole un corte de poca gravedad. Se zafó, lleno de miedo, de aquellos hombres que le sujetaban tenazmente. Corrió hasta la puerta, chillando cuando una bala zurreó cerca de él, estrellándose en el marco de la puerta.

Salió, pero tuvo que frenar en seco. La noche estaba iluminada por multitud de antorchas y linternas. Armados hasta los dientes, algunos con arcabuz o rodela, un enjambre de corchetes esperaban en la puerta, creando un semicírculo infranqueable. Respiró, agitado, confuso. Un hombre de gran barba con una cicatriz y una vara de alguacil se adelantó a hablarle.

-Apartate chico- dijo Saldaña.

Aprovechó el pasillo creado para salir corriendo calle abajo con el fruto de su robo a cuestas mientras miraba hacia atrás, curioso. Sus tres perseguidores se detuvieron en la puerta, como él, ante el muro de pistolas que se alzaron, amartilladas, apuntándoles.

-Don Rufino del Castillo, vizconde de la Encina, daos preso en nombre del rey- dijo Saldaña.

El hombre se mostró confuso mientras que sus guardias arrojaron inmediatamente sus armas, levantando las manos. Manuel se paró al fondo de la calle, contemplando la escena.

-Ninguna autoridad tenéis sobre mi, soy Grande de España. Esto es un ultraje.
-Esta orden, señor, procede del rey don Felipe, que la ha rubricado- alargó una mano desnuda, como reclamando su espada- Si os resistís, se os tratará como a cualquier criminal. Entregadme vuestras armas.

Finalmente, escupiendo entre sus escarpines, el noble entregó su espada, dejándose maniatar con altivez. Al doblar la calle, unas manos retuvieron a Miguel. Soledad le habló, dulce.

-¿Estas bien?- preguntó.

Realmente no sabía si lo estaba o no, pues todavía no había reparado en el hilillo de sangre que le bajaba por el pecho. Les miró, confuso.

-Necesito que me digas si has encontrado una carta en una de las habitaciones más lujosas, un dormitorio, es lo que estaba buscando.

Extrajo del macuto la carta, la cúal les entregó sin más dilación. Se zafó de las manos del lacayo, perdiéndose en la noche, rumbo a su casa. El peso de lo que había hecho cayó sobre él y sólo tenía ganas de llorar en su jergón. Al fin y al cabo, tan sólo era un niño.

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Lauridssen
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Mensaje por Lauridssen » Dom Ago 21, 2005 11:57 am

Molereitor "el oso de somosierra"

A la salida del alcazar quedé en reunirme con mis nuevos compañeros de travesía en la taberna del turco a la mañana siguiente; podría ser el principio o el final de nuestro camino juntos, todo dependía si a nuestro corpulento Conde-duque le había gustado la faena, está podía ser una buena vía para salir de la mediocridad y quien sabe hasta donde podrían conducirnos tales junteras, hacia la hoguera o la misma gloria en persona...
De camino a la mancebía de "La Roja" me crucé con mi truhan y buen amigo Bartolo Cagafuego:

-Gran Oso, jajaja...tengo lo que me encargaste, aquí tienes tus dos pistolas en buen estado y otra espada, pardiez, llevas mas hierro que Vizcaya y Flandes juntas, tomalas por cortesía de casa Bartolo, ya que tu me has ayudado siempre que te lo pedí y yo no voy a ser menos...

Me despedí de mi buen amigo Cagafuego, habiendo previamente guardado de la vista de indeseables ambas pistolas y me dirigí a la mancebía sin mas dilación...estaba cansado y necesitaba descansar; como hacía todas las noches, colq¡oqué una silla en la puerta por si alguién entraba me despertase el ruido, pistolas y dagas junto a la cama para recibir al mismísimo demonio...jajaja

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quemeplace
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Mensaje por quemeplace » Dom Ago 21, 2005 9:35 pm

(Celia Robles)

Me deshice graciosamente del joven con el que había estado coqueteando y, tras entrar en el palacio y salir por otro lado, para despistar al interesado, me dirigí al camino que llevaba a la caseta. Primero debía observar el terreno, así es que me acerqué con disimulo, paseando tranquilamente, recogiendo alguna flor, fingiendo esperar a algún enamorado. Me acerqué un poco más y, escondida tras un gran árbol, pude estudiar la situación. Era imposible llegar por este lado sin que me vieran los guardias. Tendría que dar un rodeo y llegar hasta la caseta desde el lado del lago. Debía apresurarme. Entonces sentí unas manos en mi cintura y unos labios húmedos en mi cuello. Una voz conocida me susurró al oído:

-Estáis muy guapa, Celia.

Era Álvaro de la Marca, Conde de Guadalmedina. Me volví, sofocada, sin saber qué decir. El conde lucía la mejor de sus sonrisas.

-Casi parecéis una auténtica dama. Podríais engañar a cualquiera de los galanes que rondan por aquí.
-Pero no a vos... -le dije, dolida por el "casi"-. Vos sabéis muy bien que no soy ninguna de esas damas distinguidas a las que dedicáis vuestro tiempo, sino una muchacha rebelde de malos modales, como ya dijisteis en una ocasión.
-Pero, Celia... ¡si mi pasatiempo preferido es domar fierecillas! -dijo riendo, mientras presionaba mi cuerpo contra el suyo y hundía su cara en mi escote. Por encima de su cabeza vi que el Vizconde de la Encina y el Conde de Uceda se reunían con unos gentilhombres.
-No he venido aquí a entretener a nadie -le dije a Guadalmedina con dureza, apartándolo de un empujón-. Debo irme...
-Sé perfectamente a qué habéis venido. Manuel es mi lacayo y don Diego os contrató según mis instrucciones. Sorprendida, ¿verdad? Sólo he venido a desearos suerte y a deciros que Manuel os esperará junto al coche para llevaros a mi casa. Allí me lo contaréis todo. Os ruego que prestéis mucha atención a todo lo que se hable en esa caseta. Es de suma importancia.

Dijo estas últimas palabras con seriedad, mirando hacia el grupo de hombres, pero luego volvió su rostro hacia el mío y su sonrisa apareció de nuevo. Me empujó suavemente contra el árbol, mirándome fijamente. Parecía disfrutar haciéndome enrojecer.

-Tened mucho cuidado.

Tras decirme esto, me dió un rápido beso en los labios y se alejó con rapidez hacia el palacio. Poco tiempo tuve para reponerme del encuentro, puesto que el grupo ya hacía ademán de dirigirse hacia el camino. Me alejé despacio y con cautela de la zona en la que todavía podrían verme y desaparecí tras los matorrales. Sin pensarlo dos veces, me deshice de mi aparatosa vestimenta, incluidos los incómodos zapatos. Me quedé con las ropas negras ajustadas que tuve la precaución que ponerme bajo el vestido. Eché a correr con toda la rapidez que me permitían mis piernas y la maleza del terreno. Tras dar un gran rodeo, llegué hasta una zona pantanosa. Ya veía la parte posterior de la caseta. Me arremangué hasta las rodillas, hundí mis pies desnudos en el barro y, con mucho cuidado, me dispuse a bordear la ciénaga. No era tarea fácil. No sólo no veía dónde pisaba, sino que el suelo era tremendamente resbaladizo. Estuve a punto de caerme en una ocasión, pero conseguí mantener el equilibrio. Voto a Dios que no era difícil partirse la nuca en ese lugar. Al acercarme a la caseta, escuché unas voces que salían de una pequeña ventana. ¡Ya estaban dentro! Me tiré al suelo y, arrastrándome con todo sigilo, me escondí entre los matorrales que estaban bajo la ventana. Para ello tuve que atravesar unas zarzas que se quedaron con parte de mi camisola y de mi piel. Casi podía tocar la pared de la caseta. Una oleada de orgullo curó el dolor de mis arañazos. Agucé mi oído. No parecía que hubieran comenzado con el asunto principal. Pasaban de un tema a otro. Hablaron de los holandeses, del fin de la tregua, del azúcar, de las colonias, de la corte... Parecía que estaban haciendo tiempo. Tal vez esperaban a alguien más. Hubo un silencio y luego habló el vizconde...

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Targul
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Mensaje por Targul » Dom Ago 21, 2005 9:44 pm

-Caballeros, caballeros, calma- decía el vizconde- El retraso de Marozzo es normal, esperemos.

En ese momento unos pasos asustaron a Celia, aunque no se descubrió. Un mensajero entró a la caseta, portador de un billete. Luego se retiró con otra misiva más larga, escrita apresuradamente, con istrucciones de llevarla a Sevilla sin detenerse. El destinatario era el duque de Medina-Sidonia. Partió el correo cuando ya anochecía, dejando a los nobles profundamente alterados.

-¡Ese Olivares, maldito sea!- dijo Uceda- Nos ha jodido bien.
-¿Y no se sabe nada de Viktor?- preguntó uno de los genoveses con evidente acento.
-Murió, al igual que el bandido que contratemos. Olivares tendrá en su poder la carta, lo cúal nos coloca la soga al cuello.
-¡Hay que huir!- replicó uno de los genoveses- Nos van a cortar a todos la cabeza.
-Vuestras mercedes si. Es más, les insto a que se reunan en Sevilla con el catalán y fleten pronto un buque camino de Amberes.
-Pero nuestros intereses, señor vizconde, están en Génova.
-Sus intereses serán pronto confiscados y vuesas mercedes encarcelados y procesados. Regresar a Génova sería meter la cabeza en la boca del lobo.

Uceda se removió en el asiento, inquieto.

-Yo no me voy- dijo- Que me procesen. Mi honra está en juego y prefiero afrontarlo en vez de huir.

El vizconde asintió, comprensivo. Se levantó, como dando por zanjada la cuestión.

-Yo también me quedo, pero debo avisar a mi hijo para que escape antes de que lo torturen para declarar contra mi.
-Soñáis, excelencia- repuso el de Uceda, calándose el chapeo- A estas alturas ya lo sabrán todo.
-Entonces el catalán debería largarse también- comentó el genovés más vetusto.

Uceda sonrió, sarcástico. Comenzaban a andar en dirección a sus coches de caballos.

-No, Ribadesella sabe cuidarse él solito. Es intocable.

Los guardias de la puerta del jardincillo pasaron de largo, escoltando al vizconde. El camino de vuelta quedó libre.

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quemeplace
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Mensaje por quemeplace » Dom Ago 21, 2005 10:48 pm

(Celia Robles)

En cuanto dejaron de escucharse voces y pasos, salí de mi escondite con precaución. La salida de las zarzas no fue menos dolorosa que la entrada, pero cierto es que los arañazos quedaban bien pagados con los diez escudos de oro. Las piernas se me habían dormido, y me costó caminar. Rodeé la caseta despacio y me asomé con precaución. No se veía a nadie. Los guardias ya no estaban en el camino. Podría volver por este lado y ahorrarme la ciénaga, pero tendría que encontrar desde allí el sitio donde dejé mis ropas. Caminé por la vereda izquierda del camino, pegada a los arbustos y sin dejar de vigilar a mi alrededor. Cuando me pareció llegar a la altura del lugar donde dejé el vestido, me interné en la maleza. Caminé un rato, mirando hacia el palacio y calculando el sitio por el que tomé el camino anterior. Gracias a Dios, no tardé mucho en encontrarlo. Ya estaba anocheciendo. Antes de ponerme el vestido, limpié el barro de mis pies y la sangre de mis brazos con la enagua. Ponerme los zapatos fue un suplicio, ya que mis pies estaban heridos e hinchados, pero yo sonreía, contenta. Todo había salido bien. Una vez vestida, me arreglé el peinado como pude y volví por el primer camino hacia el palacio. Todavía quedaba gente por allí, pero la mayoría se habían retirado. Intenté no tropezarme con nadie y me dirigí al lugar donde estaba aparcado el carruaje. Manuel estaba dentro, echando una cabezada. Lo desperté dándole un susto. El éxito de la empresa me había puesto de muy buen humor. Reí al ver a Manuel echar mano a su daga. Al ver que era yo, respiró tranquilo, pero cuando descubrió las heridas de mis brazos y mi cuello, se asustó por segunda vez:

-¿Qué os ha pasado? ¿Os descubrieron?
-No, no os preocupéis. Todo fue bien. Llevadme a ver al conde.

Llegamos al palacete y nos dirigimos juntos al despacho de Guadalmedina. Llamamos a la puerta y nos hizo pasar. Álvaro estaba de pie junto a una ventana. Su rostro estaba serio, y las velas de un candelabro le daban un aspecto extraño. Su mirada preocupada se clavó en mí.

-¿Estáis bien?
-Sí.
-Sentaros y contadmelo todo sin omitir detalle.
-¿Desea vuestra merced que me retire? -dijo Manuel.
-No, esperad a que Celia termine y llevadla a la taberna. Yo tengo asuntos urgentes que resolver.

Me tragué la desilusión y comencé a relatar todo y cuanto había escuchado desde mi escondite de las zarzas. Álvaro estaba muy serio, parecía un hombre totalmente distinto al que me había besado hacía unas horas. Al fin, sonrió.

-Habéis hecho un buen trabajo, Celia. Ahora Manuel os llevará a casa. Cuidaros esas heridas.

Traté de sonreír y me levanté. Cuando estaba a punto de salir, Álvaro me llamó:

-Celia...

Me volví.

-Espero veros pronto...

Ahora mi sonrisa era más sincera, aunque mi esperanza no fuera mayor.

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Targul
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Mensaje por Targul » Lun Ago 22, 2005 12:15 pm

11 de abril de 1621, el ajusticiamiento

Tañían campanas en Madrid. Llegaba la hora de las ánimas.

"Se comunica a los vecinos y moradores de la Villa y Corte que el domingo se realizará en la Plaça Mayor un ajusticiamiento público para los encausados de alta traición"

Aquel cartel, colgado en la puerta de avisos y noticias, llevaba media semana expuesto a pública vista. Había bastado, pues la noticia corrió como la pólvora. Todo estaba dispuesto: patíbulo, tocones, cestas y sillas de garrote. También habían preparado una pequeña barrera de madera y un palco a ocupar por los prohombres. Poco a poco, el pueblo de Madrid se fue congregando en la plaza.

Doña Violeta de Casasola, acompañada por un oscuro espadachín que le hacía de escolta a pie de grada, ocupaba un asiento junto al conde de Guadalmedina, que parecía disfrutar con lo que se avecinaba. Estaban allí también otros actores de aquella curiosa historia: Soledad, que paseaba del brazo del apuesto lacayo Manuel (por sus gestos se notaba algo íntimo entre ambos), Celia, la tabernera, acompañada por su agrio tio, Miguel Molero y Diego de Lorca, que se tenían juntos (como siempre) enmedio de la concurrencia. También se dejaron ver dos veteranos: el maltés y Ramón Zárate, que observaban junto a uno de los soportales de la plaza, soportando las voces de unos vendedores de altramuces. A pie de grada, cerca pero no demasiado de Malatesta, don Hernando de Narváez miraba el proceso. Picando un poco de cada faltriquera, el escurridizo pillo de Antequera disfrutaba, a su manera, del espectáculo.

Llegó la comitiva con los reos montando en tristes mulas, vistiendo camisas y sombreros infamantes. Los escoltaba un flamante alguacil Martínez y sus corchetes, armados hasta los dientes. Saludó el guro con el sombrero, tan espontáneo como siempre. En ese momento, ocuparon sus lugares en el palco el austria, don Felipe IV, y su sumiller de corps, el conde-duque de Olivares. Las guardias tudesca y española habían ocupado lugares de protección para el monarca con celeridad profesional. Poco después, los encausados bajaban de las mulas y subian los peldaños de su última escalera. Calló la gente y aclarose el justicia la garganta, leyendo en voz alta.

-En nombre de su católica majestad, don Felipe IV, rey de España...-enumeró la retahila de títulos- Yo, en calidad de Justicia Mayor de la Villa y Corte dictamino que...

Alta traición, conspiración y evasión del quinto real fueron unos pocos de tantos cargos. El pueblo disfrutaba visiblemente ante la expectativa de que el antiguo valido, el duque de Uceda, y su favorito el vizconde de la Encina fueran ajusticiados publicamaente. Los italianos fueron primero. Las malas lenguas decían que, huyendo como los conejos, fueron cazados en mitad del campo por la Santa Hermandad. Sus escoltas, como no podía ser menos, fueron ejecutados por el doloroso mecanismo del disparo de cuadrillo en las tripas, especialidad de la cofradía. Como los genoveses no tenían título ni abolengo, fueron atados a la silla de garrote y encapuchados antes de que el verdugo diera las vueltas de cordel necesarias para el trámite del viaje al otro mundo (al genoves más anciano se le partió el cuello, cosa muy fea de ver y oir).

La blanca mano del rey se movió brevemente desde el palco. Era la señal. El verdugo instó a don Rufino del Castillo a poner la cabeza sobre el tocón. Éste, escupiendo al encapuchado, miró con rabia infinita al rey, que sostuvo su mirada sin levantar una ceja. Zafándose de los empellones del verdugo, se agachó de propia voluntad, agarrando el tocón con los brazos. El matarife se escupió en ambas manos, requiriendo el hacha que alzó perpendicular a la cabeza del vizconde...¡Chas! Un corte limpio y una exclamación ahogada del público. Retiraron el cuerpo del difunto, cuya cabeza sería expuesta publicamente colgada en el puente del Manzanares. Guadalmedina sonreía de oreja a oreja. Le tocaba el turno a Uceda. Este, con mucha más presencia de ánimo, llamó amigo al verdugo y pidió la venia para hablar unas palabras. Olivares, que no estaba dispuesto a que el duque enterneciera a las masas con un sus palabras de arrepentimiento, negó.

Enfadado por el desaire, el ex-valido dobló las rodillas, apoyando la cabeza en el tocón.

-Pérdoneme, hermano, que sólo hago mi trabajo- dijo el verdugo.
-Perdonado quedáis, solo aguardad mi señal.

Respiró hondo el duque, cerrando los ojos. Acarició el vetusto tocón con los dedos, apoyándose momentáneamente en él. Abrió los ojos de golpe.

-Ya.

El hacha silbó en el aire hasta dar en carne, separándolo en dos mitades. Todo había terminado.

Cerrado