Siglo de Oro - "Juegos Bizantinos"

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Viriato
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Mensaje por Viriato » Jue Jul 28, 2005 12:14 am

Esperé a que Saldaña desapareciese totalmente de mi vista, y una vez que ocurrió tal, me di cuenta de que la casa de Guadalmedina iba a estar allí todo el día, no tenia patas ni alas por lo que no podía cambiar de emplazamiento de ningun modo. Así que le hice un gesto a la Juani, para que me pusiese en la mesa otro rico plato de chorizo criollo y otra jarra de valdepeñas.

Mientras la Juani preparaba el chorizo yo jugueteaba, para matar el tiempo, con la pluma de mi sombrero, dándole vueltas con el dedo hasta que llegó con el rico chorizo.

"Aquí tiene vuesa merced, Don Luis, que aproveche"- Dijo la Juani

"Muchas gracias Juani... ¿Que esto, una araña?, Pardiez, Doña Juana no es una actitud muy católica el intentar envenenar a un alguacil, servidor de la ley.,por esto puedo desmontaros el mesón -dije, bromeando.

Cuando Juani le quitó la arañita Luis dijo:

"Pardiez, por que lo has hecho, yo quería carne"- Dije, y acto seguido, solté una carcajada y Juani también rió.

Cuando terminé con este último plato noté que me pesaba el estómago, pero bueno, ya había comido bastante y me sentía muy bien, quizá era por el efecto del alcohol... Pero salí del mesón, una vez me despedí de Juani y del mesonero, en dirección a la casa de Guadalmedina.

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LaLebrijana
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Mensaje por LaLebrijana » Jue Jul 28, 2005 11:03 am

Me ha encantado las fichas de los personajes, sobre todo la mia, jajajajaja.
Ahora, una cosa que no entiendo: ¿el relato posterior es parte del juego o no? Es que no se si tenemos que seguir el relato, o que.
Ya sabes, mi general, que soy nueva en estas lides.

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Quevedo
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Mensaje por Quevedo » Jue Jul 28, 2005 11:32 am

Sí, el relato es el inicio del juego. La cosa va por turnos, y según se vayan desarrollando los hechos, tendrán que ir entrando los personajes en la historia. Por ejemplo, una vez Viriato (Don Luis) dijo lo que él hizo, ahora es el turno de Guadalmedina (llevado por Targul, como todos los personajes que no tengan dueño, y tras esto, el propio Targul irá relatando historias y hechos que darán paso a uno u otro personaje. Cuando lo que se comente deje en el aire lo que Soledad de la rosa hará.... es el momento en que tú entras en juego.

No sé si me expliqué bien, sino, que el gran Targul me rectifique. :wink:

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Targul
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Mensaje por Targul » Jue Jul 28, 2005 12:33 pm

2 de Abril de 1621, Corral del príncipe, Madrid

Después del último entremés, la representación llegaba a su final. El joven rey, en un palco privilegiado junto a varios gentilhombres y algunas damas, miraba con entusiasmo el buen hacer de los actores. Se representaba "El caballero de Olmedo", comedia famosa de Lope, y que el ahora rey y entonces príncipe aplaudió en su estreno, felicitando a varios actores.

Diego de Lorca, el apuesto y extrovertido actor de comedias, se daba buena mano recitando aquellos versos de Alonso, el caballero:

Tello, Tello, ya no es tiempo
más que de tratar del alma.
Ponme en tu caballo presto
y llévame a ver mis padres


Las mujeres, desde la cazuela, se abanicaban ruidosamente cada vez que el galán actuaba. Protegidas por la impunidad del tumulto, algunas de sus miradas parecían saetas moriscas. Acabó el acto y salieron otros actores para dar el broche final a la obra. Entre bambalinas, Diego secó su sudor con un pañuelo perfumado y mordisqueó una manzana. Los festejos acababan de empezar para él, y el dia prometía bastante. Tanto es asi que, colándose discretamente, un ama había dejado una carta de su señora sobre su mesita, donde le expresaba sincera admiración y propuestas de escoltarla galantemente el domingo, haciendo la rúa.

Aplaudía afuera la gente, y salió de nuevo para saludar en grupo, ejecutando una graciosa reverencia junto a sus colegas de escenario. Hubo vítores y felicitaciones de algún prohombre, pero en general no le estorbaron mucho la intención de cambiarse y salir a la calle a requebrar damiselas. En esas estaba, con el ojo echado a cierta manceba de considerable busto cuando, pasando por allí, topose con un joven gentilhombre con el que le unía no poca amistad. Iba vestido de terciopelo verde, chambrego emplumado con diamantes, guantes blancos y una muy rica ropera de lazo al cinto.

-Debo felicitaros nuevamente, señor Lorca- dijo el aristócrata, perfilándose bien el bigote con los dedos- Y se de buena tinta que en el palco principal, el rey hizo visos de reirse en unas cuantas ocasiones, éxito bastante loable para vuestra merced.
-Agradecido os quedo, excelencia- repuso el actor, sonriendo al aire pomposo
-Acompañadnos, vamos a tomar un refrigerio allí más abajo

Calle abajó, se sentaron en un bodegón de puntapié a tomar un dulcísimo de Málaga mientras los lacayos del conde jugaban a los dados. Una vez solos y remojadas las golas, Guadalmedina miró al actor, sonriente.

-¿Sabéis? El rey se ha interesado tanto en vuestra merced que, si yo metiera baza, no sería dificil introduciros en círculos cortesanos... y representar en privado para la familia real.
-Suena seductor. ¿Y como podría vuestra excelencia meter baza?
-Tengo cierto problemilla que resolver, una cuestión antagónica con el vizconde de la Encina. Un asunto familiar.
-Vuestra excelencia quiere decir...
-Quiero decir que si sois tan honrado de ayudarme en ese asuntillo, puedo conseguiros muchas puertas abiertas.
-Entiendo.

Pasaron dos damas, o tusonas, o lo que fueran, y ambos galanes dispararon sus requiebros con muchas ganas. Por desgracia, las señoritas iban con prisa y no hubo más. Guadalmedina miró a la puerta del corral de comedias, donde alguien le llamaba o solicitaba. Haciendo visos de levantarse, miró antes al actor por última vez.

-Si os interesara, pasaos mañana por mi casa, después de comer, y os comento los pormenores- se caló el chapeo, ajustándose los guantes con mucha flema- Os deseo un buen dia, caballero de Olmedo.

La sonrisa pícara y cómplice de don Álvaro de la Marca despidió al famoso actor de comedias.

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Quevedo
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Mensaje por Quevedo » Jue Jul 28, 2005 9:13 pm

[Diego de Lorca]:

Me quedé inmóvil viendo cómo mi buen amigo Álvaro de la Marca se alejaba. La verdad, no sabría expresar lo que sentí en ese momento, pero no cabía duda de que fuera el trabajo que fuera el que me propusiera, la recompensa acomodaba a cualquier hijo de vecino.

Permanecí sentado en la misma posición durante hora y media, minuto arriba, minuto abajo, justo hasta el momento en que una voz me despertó del trance:

- Que me cuelguen del palo mayor si no estoy viendo a don Diego de Lorca pensando... ¿qué me quedará por ver ahora?, ¿un puerco volando?.

Cuando alcé la voz, pude observar con alegría, que don Francisco de Quevedo estaba justo frente a mí sonriendo, con la típica ironía acostumbrada en él.

- No, mi buen amigo... lo que le queda por ver es un poeta cuerdo –le dije-.
- Voto a tal que eso también es cierto –respondió don Francisco-.

Y dándome un par de palmadas en el hombro, siguió su camino junto a ese hombre serio y extraño, con el que acostumbraba dejarse ver.

Calle abajo no podía dejar de pensar en la propuesta de Guadalmedina, pero por mucho que meditara, por mucho que intentara convencerme de que aún no había decidido nada, yo sabía que el único destino que tendría mi persona al día siguiente, era la casa del conde.

La mañana posterior a aquella tarde, me desperté al lado de la viuda del marqués de Villamor, mujer famosa por su turgencia delantera y por su afición a los corrales de comedias. No siempre buscaba compañía femenina, y vive Dios que la fama que me he ido forjando en esas lides no era nada premeditado ni creado con intención, pero yo soy así, soy el que soy, y no lo pude, puedo ni podré cambiar jamás.

Después de acicalarme como Dios manda y de hacer mi acostumbrada ronda matinal, me dirigí al Mesón Lardy para comer algo antes de acudir a la cita que el destino había querido anotar en el itinerario de mi vida.

En esto, recordé unos versos que apenas hacía unos días había escrito yo mismo:

<<Hoy se ríe de ti,
mañana se ríe contigo,
nunca nada igual vi,
y por eso gustoso lo digo.

A veces te besa y te ama,
otras veces contigo cruza aceros.
Viene y se va y no te llama,
no es otra, que la vida que tenemos>>.

Hoy no había representación en Madrid, así que con el gaznate lleno, puse rumbo a la casa donde estaba seguro de que mi vida iba a dar un giro inesperado. Puse rumbo, a la casa de don Álvaro de la Marca, conde de Guadalmedina.

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Targul
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Mensaje por Targul » Jue Jul 28, 2005 10:28 pm

Palacete del conde de Guadalmedina, 3 de abril de 1621

"El palacio de Guadalmedina se alzaba en la esquina de la calle del Barquillo con la de Alcalá, junto al convento de San Hermenegildo. El gran portón estaba abierto, de modo que Diego de Lorca pasó al amplio zaguán. Desde allí, una verja dejaba ver un jardín, frondoso y ciudado, con árboles frutales y de ornamento, amorcillos de piedra y estatuas clásicas entre la hierba y los macizos de flores" (Parcialmente basado en "El caballero del jubón amarillo". APR)

Poco después, un criado ataviado con la librea del conde apareció detras de la maciza puerta, un hombre viejo y protocolario. No era la primera vez que se veían.

-Pase vuestra merced, el señor conde le aguarda.

Franquearon varias estancias de ricos cortijanes y enlosado ajedrezado de blanco y negro, más allá de tapices, cuadros y bustos, hacia la puerta que daba al jardín interior. Allí, bajo la sombra de unos soportales y a la vista del pequeño estanque artificial, Álvaro de la Marca estaba sentado en torno a una mesa cuyos platos vacíos mostraban los restos de una magra pitanza.

-Don Diego, acercaos- dijo el conde, alzando la fina copa de plata que sostenía- Sentaos, hacedme la merced.

Al sentarse, un criado retiró las viandas de la mesa y trajo otra copa, en la que escanció un Burdeos de buena crianza. Tras dejar un plato con fruta sobre la mesa, marchó el criado y, en tomándo una pera y el cuchillo, habló el conde.

-El señor vizconde de la Encina era íntimo del duque de Uceda, valido del difunto rey don Felipe III, que en paz descanse. Fruto de esa amistad entre ambos nació una época de colaboración por la cual el vizconde atrajo a ciertos prestamistas genoveses que bebían de su fructífera empresa de trata de esclavos negros, la cual deja en manos del asentista valón Juan de Voes, del cual no se pronunciar su nombre en flamenco, ni me interesa.

Se removió en la silla, dándole otro tiento al vino. Diego de Lorca estaba con los guantes apilados junto a las manos que reposaban, enlazadas, en la mesa. Asentía de vez en cuando, anotando mentalmente nombres e implicaciones.

-El caso es que después de la caida del de Uceda, y a pesar de que el rey es mozo, ahora parece que se perfila la figura de ese secretario o valido o lo que sea, Olivares, un tipo peligroso y listo como el hambre. Sea como fuere -en este punto se aclaró la garganta- tengo algunas deudas con don Gaspar de Guzmán, el mentado conde-duque, y se ha ofrecido a ayudarme a desprestijiar al vizconde a cambio de ciertos favores que no vienen al caso.
-¿Y donde entro yo?

En ese momento, el criado viejo de la puerta apareció en escena y habló aclarándose la garganta.

-Un tal don Luis Martínez, alguacil, solicita hablar con vuestra excelencia.
-Hacedle pasar- contenstó el aristócrata, comiéndose el trozo de pera que acababa de cortar.

Entró en la sala un hombre bien parecido pero fiero, con un chapeo marrón de ajada pluma en una mano junto a la vara de alguacil y cargando más hierro que espadero toledano. Se reverenció graciosamente y acogió con agrado asiento y vino, más no fruta, por ir bien comido. El actor y el alguacil cruzaron miradas. Se conocían de vista, comiendo en el mesón.

-El negocio, caballeros, discurre de la siguiente manera- prosiguió el grande de España- Son necesarios dos grupos para llevar a cabo dos trabajos de muy distinta índole. Por una parte, don Diego, vos deberéis reclutar a un grupo reducido de damas inteligentes "a sueldo" que no tengan reparos en disfrazarse de verdaderas damas para que las introduzca en cierto sarao cortesano este domingo, en El Pardo. Una de ellas debería seducir a Alberto del Castillo, el joven hijo del vizconde que ha regresado recientemente de su estancia militar como entretenido del capitán general de Sicilia, y robarle de su escritorio cierto documento firmado por Francesco Marozzo, adalid de los intereses de su padre en Génova.
"Mientras tanto, otra dama debería espiar cierta conversación privada entre el vizconde de la Encina, el duque de Uceda y el embajador genoves y sus gentilhombres, en una pequeña lengua de tierra donde tienen una caseta privada junto a un lago artificial. Asimismo, sería necesaria la intervención de un perito en el arte de procurarse lo ajeno para que, mientras la dama que pernocte con el joven don Alberto robe los documentos, perpetre en su casa robos de pequeña cuantía esa misma noche para que el asunto se relacione con un asalto con robo. Para eso sería necesario que dejaran fuera de combate al jovenzuelo, sin matarlo, y huyeran juntos".
-Entiendo, buscaré a esas bachilleras, pero ¿En que puedo serviros yo personalmente?
-Me es indiferente si os unís al robo de la casa, ayudáis a la espía o colaboráis con el señor alguacil, aquí presente.

Don Luis llevaba rato callado, y no veía la hora de preguntar cúal era su parte en el negocio. Se relajó.

-Vuestra merced, señor alguacil, deberá reclutar a un grupo de bravos y espadachines para llevar a cabo un asunto más ruidoso y contundente. Dentro de tres días pasará, calculo, un correo por la posta de Alcorcón con una escolta de cinco o seis hombres armados, protegiendo un cargamento de palo de brasil que vale su peso en oro y, como no, pertenece al señor vizconde, que de bien seguro dará a sus socios comerciantes para venderlo en la plaza mayor. Ya sabe vuestra merced como cotizan las especias y en especial ésta. Si matan o no a los escoltas y al correo, me es indiferente, pero es importante hacerse con cualquier carta o documento que portaran. Es capital que el negocio se atribuya a bandoleros, por lo que será necesario que vayan con atuendos variopintos y monten escándalo, especialmente si el asalto se lleva a cabo en la posta. Ignoro si algún agente o lacayo del vizconde supervisará la llegada del cargamento a la misma, pero sería conveniente tenerlo en cuenta.
-Entiendo, un negocio relativamente fácil y alejado de las calles de la Corte- repuso don Luis.

Guadalmedina miró a su criado, que asomaba de nuevo anunciando la llegada de un tal Diego Alatriste. Lo contuvo con un gesto, mirando a sus contertulios.

-Los detalles de la misión se los facilitarán mis lacayos, Gustavo y Manuel, que se reunirán con vuesas mercedes en el bodegón que hay más abajo de esta calle. Gustavo es un hombre de unos cuarenta, membrudo y de pelo canoso, que acompañará a don Luis, y Manuel frisa los veintipocos y viste con elegancia, buen talle y fino donaire, acompañará a la dama-espía que viaje a El Pardo y la ayudará con la guardia, si la hubiere. También adelanto los salarios, mitad y mitad, 10 escudos de oro para cada empleado y treinta para vuestras mercedes, por si hubiere que resolver la cuestión de la logística y el equipamiento. Las pagas habrán de solicitarlas a mi contable, que vive en la calle Francos, cerca de la taberna del Turco, y al que pasaré una lista con nombres y la soldada correspondiente, responde al nombre de don Mendo y habrán de mentarle el "negocio del palo" para reclamar los dineros.

Levantóse el conde, sonriente, despidiéndoles con mucha política.

-Y ahora, si vuestras mercedes me disculpan, tengo otros asuntos que atender. Mis mejores deseos para el buen suceso de esta empresa y, excuso decir, aqui no se ha hablado nada ni yo les he encomendado nada, así que espero que no canten coplas en el potro, si se diera el caso. Quedaría muy agradecido de tal, y agilizaría los trámites carcelarios en la medida de lo posile. Queden con Dios.

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(Si gustan los personajes mentados, pueden dedicar brevemente a conocerse entre si o preguntarse cosas, lo dejo a discreción suya, solo ruego que fuera breve para dar paso a los demás)

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LaLebrijana
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Mensaje por LaLebrijana » Vie Jul 29, 2005 11:43 am

Solo queria comentarte, Targul, que me marcho de vacas en breve, por lo que estare ausente un tiempo. Por ello, me gustaria pedirte que te ocuparas de mi personaje en mi ausencia. Que mejores manos que las tuyas.
Gracias por aldelantado. :wink:

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Targul
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Mensaje por Targul » Vie Jul 29, 2005 12:21 pm

Taberna del Ángel, cerca del pasadizo de San Ginés, 3 de abril de 1621

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Las velas de sebo y las hachas encendidas iluminaban el habitáculo. Allí, entre naipes, dados y votos a tal, bebían bravos y gentes de mal vivir sentados en torno a las mesas. Era la taberna del Ángel lugar famoso entre gente perseguida, siendo el tabernero un hombre mayor y discreto llamado Antonio Robles, que ensebaba convenientemente las manos de los alguaciles para evitar molestas rondas.

Celia Robles, moza de la taberna, era una muchacha muy bien parecida que frisaría los veintiuno. Aquel día estaba agobiada, pues la lluvia que caía fuera traía consigo el barro de las botas de los bravos que entraban y salían, poniendo el suelo hecho unos zorros. Sopló a su flequillo, tomó aire y salió de la cocina, sirviendo un plato de alcaparras a unos tipos que jugaban a las cartas. Notó, como siempre, algunas miradas dirigidas a su trasero cuando, tomando la bandeja, recogió unos platos y volvió a la cocina.

-Oid, chica- dijo una voz femenina.

Se giró, y vió a una mujer de unos treinta, tapada con un gran manto, que se descubría el rostro. Había aparecido por la puerta que daba al pasadizo de San Ginés, y posiblemente venía huyendo, para variar, de la justicia.

-¿Si?
-¿Se puede comer aquí?
-Si señora, pero está todo lleno de hombres, ya me entendéis.
-No me importa. Preparadme algo de comer, si sois tan amable.

Soledad de la Rosa, en mal nombre "la Gata", se sentó en un taburete junto a la puerta de la cocina, en torno a una minúscula mesa redonda vacía. Miró derredor, con ojo plático, a los hombres allí congregados. Estaba todo lleno, como era de sospechar, de bravos y gente de la carda, con espadas y dagas al cinto abultando en sus capas, chambregos de gran ala y bigotes retorcidos. Alguno la miraba, con evidentes intenciones. Estaba ya acostumbrada a esas miradas por parte de los hombres, quizá porque vivía de ellas, aunque esa noche no estaba allí por eso. Había matado a un hombre que la intentó violar con muy malos modos, y lo había dejado tieso, con un calambre en la pierna, en la esquina de Puerta Cerrada.

Un zagal entró por la puerta con un zurrón sobre el hombro. Se le veía sonriente, aunque sucio, y parecía conocido de algunos bravos, que le llamaron afectuosamente Manolillo. Venía mojado pero feliz, y más cuando el tabernero se le acercó y examinó el contenido del zurrón, riendo con ganas. Sacó del mismo unas enaguas de mujer, blancas, y un collar con la cruz de Caravaca, asi como un candelabro y una copa de cristal de bohemia.

-Te has portado como godo, Manuel- dijo Antonio Robles, pagándole al pícaro dos reales.
-Fue fácil señor Antonio, la gorda dormía a pierna suelta, y el marido en el limbo, oyendome sin menearse.

Ramón Zárate, ex-arcabucero del rey, miraba al chico, y de vez en cuando a la mujer madura que acababa de entrar y se tenía aparte, sentada junto a la pequeña mesa mientras comía un poco de queso y pan. Su viaje a Madrid había sido extraño, sin rumbo ni futuro, y tras unos encargos de poca monta con la espada, se encontraba en San Ginés, con el cristo en la boca y los alguaciles en la chepa, huyendo de un proceso pendiente en el que le cortó las corvas a un pisaverde que ya cojearía para el resto de su vida. Jugaba a las cartas con dos tipos bastante curiosos que no conocía de nada, pero que por veteranos de guerra le habían invitado a remojar la gola y hablar de los viejos tiempos militares, a la luz de las velas. Suspiró, despreocupándose, dándole otro tiento al vino con una mano mientras miraba sus cartas.

A Miguel Molero, alias "Oso", no se le daba muy bien el "siete sobre par", pero parecía el jugador más experto de los presentes. Se rascó el pecho peludo y la barba, ya que tenía la valona abierta y sucia. Había derramado un par de miradas sobre la moza de la taberna y, sobretodo, sobre la mujer con aspecto de daifa o tusona que estaba sentada aparte. Menudo trasero se marcaba la señora, vive Roque. Sonrió para si, tirando el as de bastos sobre la mesa. La cosa estaba igualada, y la velada prometía. Después de desplumar a esos pollos iba a probar suerte con la señora del mantón, a ver si la convencía con unos cuantos escudos de oro. Las dos pistolas que cargaba se le atravesaban en los riñones, asi que tenía algo de prisa por acabar la partida y buscar alivio entre aquellas posaderas anchas y firmes.

Rodrigo de Lozoya blasfemaba por lo bajini, como para si. Los naipes se le daban mal, pero ese no era el motivo de su irritación. Había ido a Madrid para entregarle a quien procediera un extenso memorial reclamando sencillamente la merced de pasar a las Indias tras una larga vida de servicio como caballero de Malta, desorejando turcos, alárbes y berberiscos. Y, vive Dios, que le costó llegar a la corte y entregarle el memorial a uno de aquellos funcionarios, que prometió entregárselo al conde-duque, sin poder prometer nada por ser el luto de Felipe III asunto de estado prioritario. El mismo gesto de rabia que contraía ahora su sonrisa se le había quedado cuando, escuchando detras de la puerta por donde había desaparecido el funcionario, la voz de Olivares dijo "¿Otro memorial?", no más, echadlo al fuego". Asi que, sin un ardite en la bolsa (se había gastado todo en viaje, galas y sobornos), intentó trabajar como espadachín a sueldo para ahorrar lo suficiente y volver a Cádiz, para intentar volver a embarcar rumbo a Malta. La mala fortuna, empero, lo tenía retraido en San Ginés después de una persecución con la gura en los talones, aunque ahora parecía que las aguas se iban calmando.

Todos vieron como, atusándose las capas mojadas, cuatro hombres entraban en la taberna. Uno de ellos, bien vestido, era asombrosamente parecido a un famoso actor de comedias. El otro, aunque disimulado, tenía aspecto de hombre de la carda, bravo, o lo que fuese, especialmente por la pistola que cargaba sin ningun amago ni empacho. Sus dos acompañantes eran un hombre fornido de pelo algo cano y un pisaverde o gentilhombre que parecía venir a juego con el fulano bien vestido de los guantes. Analizaron a la concurrencia con la mirada, antes de pedir asiento y vino. Poco a poco, la tensión disminuyó, a pesar de que algunos bravos no quitaban ojo a los recién llegados. ¿Que querrían aquellos tipos?

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De aquí para alante es cosa vuestra, yo solo voy a intervenir en ocasiones o cosas de importancia. Venga, a divertirse :wink:

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Targul
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Mensaje por Targul » Vie Jul 29, 2005 12:44 pm

LaLebrijana escribió:Solo queria comentarte, Targul, que me marcho de vacas en breve, por lo que estare ausente un tiempo. Por ello, me gustaria pedirte que te ocuparas de mi personaje en mi ausencia. Que mejores manos que las tuyas.
Gracias por aldelantado. :wink:


Tu me dices apartir de que fecha te vas y yo me hago cargo. Gracias por avisar.

Un besote

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Targul
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Mensaje por Targul » Vie Jul 29, 2005 1:47 pm

Me olvidé de pasaros a todos el programa de las tiradas, aquí tenéis el enlace:

http://es.geocities.com/losconquistador ... iradas.zip

Está comprimido en .zip, asi que tendréis que descomprimirlo con el winzip, winrar y derivados.

Imagen

Aquí tenéis el ejemplo de la tirada más común, la d100. Es la que tendréis que hacer si queréis hacer algo que revista dificultad y venga expresado como una habilidad de la lista. Simplemente seleccionáis "Tipo de dado: d100" y le dáis a tirar, me ponéis el resultado entre paréntesis.

El sistema es así: Quiero seducir a fulanito de copas o pegarle un espadazo, lo que sea. Describís un poco la acción tal que así: lancé una estocada a su cara intentando meterle la punta por el ojo (tirada de esgrima 64%). Ya os diré yo lo que pasa con esa acción, si acertáis, falláis o lo que es.

Pos eso, espero que quede claro, pero ante la duda ya avisaré yo o meteré tijeras donde vea que os pasáis.

Un saludete

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quemeplace
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Mensaje por quemeplace » Vie Jul 29, 2005 2:06 pm

Yo lo que no entiendo es cómo funciona a partir de ahora. Se supone que los personajes van a llevar a cabo los encargos y tienen que hablar entre sí. ¿Cómo funciona eso? Por ejemplo, si entra el alguacil y se pone a reclutar a los bravos, tendrá que hablar con ellos: ¿hace él los diálogos de los otros personajes "que tienen dueño" o qué? ¿Y quién se supone que interviene ahora? ¿Quien quiera? ¿El que entra decide la trama? Me lo explique, que no me entero :(

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Targul
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Mensaje por Targul » Vie Jul 29, 2005 2:09 pm

Una cosa tan sencilla como:

Me acerco a estos tipos y les propongo un trabajito bien pagado, se les dice algunos pormenores, sin ponerse para nada en la piel del otro ni hablar por él (eso solo lo hago yo que soy el master, y en ciertas ocasiones). Entonces acaba el mensaje y deja a los mentados contestar.

Asi de simple. Solo un poco de valor mi señora :wink:

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Lauridssen
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Mensaje por Lauridssen » Vie Jul 29, 2005 2:15 pm

Miguel Molero, "el oso"


La recién llegada poseía más que generosos atributos para aligerar la partida entre manos, perdí algunas monedas por acabar pronto con la misma (aún así saqué algún provecho de aquellos pollos); a continuación me levante de la vieja silla y me rasqué el pecho de forma ostensible sin apenas dirigir una mirada a mis excompañeros de juego.
Antes de aquello me crucé en el camino a la taberna con Bartolo Cagafuego, bravo buscavidas casi tan grande como yo aunque mucho más fanfarrón, jajaja
yo buscaba entonces a algún rufian al que macizar a mano denuda (para desahogar el mal sabor de boca a la salida de la recién visitada mancebía de la esquina, os juro que las rameras olían peor que yo mismo); el propio Bartolo dio un salto hacia atrás al ver mi reflejo en la penumbra, de esta forma nos juntamos mas de160 kilos de malos modales y peores pulgas. Le escuché sus últimas correrías ensimismado en mi próxima parada, la taberna mas próxima…
Volviendo a la taberna, después de levantarme de la silla me dirigí a la mujer con ese calido trasero:
-Buena moza, vente pa mi lao, que te voy a enseñar como se las gasta Miguel…

En ese instante me parecio ver que entraba en la taberna un viejo amigo, Diego de Lorca, al que siempre tenía que hechar una mano con sus líos de faldas; pero ahora tenía cosas entre manos, o esa era mi intención...(ya lo saludaré mas tarde), jajaja

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Dhwilinel
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Mensaje por Dhwilinel » Vie Jul 29, 2005 2:35 pm

Rodrigo de Lozoya, "el maltés"

Mi cabeza seguía dando vueltas sobre la mala suerte de mi viaje, no me podía creer que después de tantos esfuerzos, todo quedara en nada, yo un caballero de la orden de malta y que ahora me tuviera que buscar la vida como un vulgar espadachín a sueldo, solo porque no tenía ni un real para volver. Sabía que la partida solo conseguiría que perdiera más dinero, pero a decir verdad, la partida no era lo que yo buscaba, en realidad había odio hablar de esta taberna y de algún modo pensé que podría encontrar algún trabajillo para ir recuperandome un poco. En esto estaba pensando, cuando de repente me sobresalte por la entrada de cuatro caballeros, raro me pareció su presencia allí, sobre todo por la vestimenta que gastaban dos de ellos, no era la más adecuada para este lugar, así que mire con curiosidad, quizás ahí estaba la respuesta para mi situación.

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quemeplace
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Mensaje por quemeplace » Vie Jul 29, 2005 3:13 pm

(Celia Robles)

Salí de la cocina con un humeante plato de guiso y se lo llevé a la señora. Me miró con ojos cansados y me dio las gracias. Algo me dijo que esta supuesta tusona había vivido mejores tiempos.

Me dirigía a retirar unas jarras vacías de la mesa donde jugaban a las cartas, cuando vi entrar a cuatro hombres chorreando agua. Más vino que servir y más barro que limpiar. ¡Mal rayo los parta a todos ellos! Los días de lluvia no cabe un alfiler en la taberna.

Dos de los recién llegados parecían lacayos y los otros gente de calidad, sobre todo el mejor parecido, cuya cara me sonaba. ¡Pardiez! El otro es el alguacil Martínez. Estos quieren algo.

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Viriato
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Mensaje por Viriato » Vie Jul 29, 2005 7:40 pm

En cuanto abrí la puerta, vi a unos hombres jugando a las cartas que me parecieron estupendos para la empresa, así que me senté sin pedirles permiso y pedi una ronda de tinto para ellos.

"Me gustaría que las vuesas mercedes me ayudasen en una empresa muy importante, por supuesto, la paga es buena"

Asintieron con la cabeza en señal de que entendían, y proseguí.

"No puedo decirles de que se trata aún, pero os adelanto que no es una empresa muy dificil."

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Quevedo
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Mensaje por Quevedo » Vie Jul 29, 2005 8:37 pm

[Diego de Lorca "Don Olmedo"]

El lugar no era como los que yo solía frecuentar... La Taberna del turco, el Mesón Lardy o la Taberna del Rubí eran el cielo mismo comparado con esto. No me hizo falta abrir mucho los ojos ni agudizar mis sentidos para ver que varios pares de ojos se posaban en mí y en mis acompañantes, pero haciendo un esfuerzo tan grande como pude, me centré en la tarea que me había llevado a aquel sitio apartado de la mano de Dios.

En ese momento, me llamó la atención ver a un jamelgo corpulento que se levantaba de su silla y atravesaba la estancia... como hipnotizado por algo o alguien... era mi buen amigo Miguel Molero, aquel que tantas veces me ayudó, y que otras tantas me pidió dineros salvadores de cuellos o traseros.... luego le iría a saludar.. ahora iba a empezar mi componenda.

Me fijé entonces en la tabernera... bella, y con una expresión en su rostro que mezclaba el agobio y la viveza de alguien que sin duda era más inteligente de lo que su mundo le dejaba expresar. Acababa de volver a la barra tras recoger jarras de vino y platos con sobras de guiso cuando me acerqué a ella... había notado anteriormente que de reojo se había fijado en mi presencia, pero la mirada con la que me recibió, no era una bienvenida alegre precisamente, sino que se mostraba muy a la defensiva. No obstante, no era momento para echarse atrás por la mirada de una mujer... no lo era nunca... pero en ese momento, menos.


- El ambiente es oscuro por estos lares –le dije- menos mal que entre tanto rufián, una estrella brilla, aunque sea tras una barra... y logrando acercarme a su oído (no sin esfuerzo, ya que su desconfianza aún era palpable) para hablarle en voz baja, le recité unos versos, que una vez escribí junto al gran Quevedo:


<<Puede resultarle osado,
porque para vos soy ajeno,
y no sabe si malvado o bueno,
seré pese a lo afirmado.

Pero cierto es pues,
como frío es el invierno,
que me tendría a sus pies,
hasta en el mismo fuego del infierno>>.

(Tiro dado de seducción: 100)

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Targul
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Mensaje por Targul » Vie Jul 29, 2005 10:27 pm

Quemeplace, una tirada de 100 puntos es una pifia crítica, asi que no te seduce ni harto de vino. Es más, te quedas con una imagen un poco rara de él. Exprésalo como más te guste.

Saludete del master

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quemeplace
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Mensaje por quemeplace » Vie Jul 29, 2005 11:09 pm

(Celia Robles)

Me dirijo hacia la barra cargada con las jarras, más el peso de varios ojos sobre mi espalda. Dos de ellos son los del galán mojado, que se acerca con evidentes intenciones. No pierde tiempo. Sonríe y se inclina sobre mí, soltando una serie de florituras que ni me van ni me vienen. No tardo en contestar:

-Guardaros vuestros versos para quien los sepa apreciar, caballero, que a la hija de mi madre no le han entrenado el oído con palabras dulces, sino el corazón a palos. ¿Habéis venido a recitar o son otros menesteres los que os traen a esta taberna?

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Throx
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Mensaje por Throx » Vie Jul 29, 2005 11:50 pm

Allí estaba yo, ya me había ganado el jornal del día gracias a aquella enorme señorona que tan amablemten me permitó, sin saberlo ella, indagar por los rincones de su casa y tomar algunos objetos prestados.

Me empezaba a recorrer el gusanillo del hambre por el estómago y, para colmo, el olorcillo de la taberna hacía que fuera in crescendo, o como sea lo que dicen los italianos. Aprovechando que conocía a algunos de los bravos que allí frecuentaban me acerqué a saludarles y, ya de paso a ver si caía alguna miguilla.

Acerqué un taburetillo la mesa en la que se encontraba Miguel, muy asiduo por allí y con el que tenía más relación. Miguel pasó su brazo por detras de mi hombro mientras, ya un poco contentito, me arrimó un chusco de pan y un vaso con dos dedos de vino dulce. Mientras me lo comía observaba como jugaba a las cartas, yo no entendía el juego, pero ponía cara de conocer todos los movimientos.

Poco después me dio un cachete de despedida y se dirigió hacia una señorita con aires un tanto extraños al otro lado de la taberna. Yo me quedé rondando la entrada a la taberna, era un buen sitio para trapichear con un choquecito y el típico "perdone vuestra merced". Casualmente entraron 4 hombres de muy bien ver, que día, primero la gorda dormilona y ahora unos señoritos, así que sin dudarlo forcé el encontronazo y como ya estaba acostumbrado, agarré disimuladamente la bolsita que uno llevaba colgada del cinto con los dineros. "Disculpe vuestra merced" y sin prisa pero sin pausa salí de la taberna y me quedé a unos metros observando a la gente pasar...


(perdon por el retraso)

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