'María de Estrada, la conquistadora de México'

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Riqy
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La olvidada

Mensaje por Riqy » Dom Sep 05, 2010 1:26 pm

Gracias Ro. Ahí que te va:

María de Estrada, la conquistadora de México

(Publicado en el libro de relatos "Los Olvidados", edición limitada, Semana Negra de Gijón 2010)

En la ciudad de Los Ángeles de Puebla hay epidemia de fiebres, matlazahuatl, que la llaman los nativos. Es la primera que tiene la ciudad desde su fundación. Estamos en el año de Nuestro Señor de 1545, y como muchos otros en la provincia, me muero. No me quejo. Curvan mi osamenta sesenta años, y saturan mis sesos suficientes recuerdos como para llenar varias vidas. Que yo soy María, la vieja Estrada tal como decía mi compadre Bernal Díaz del Castillo, la única castellana que conoció Tenochtitlán. María, la que se atrevió a llamar asesino a Hernán Cortés ante un juez. María de Estrada. La que no será recordada.
Estoy macerada en mis propios sudores, amortajada en los empapados lienzos de mis sábanas. Mis ancianas carnes se cuecen despacio, noto cómo se desprenden de los huesos, cómo mil agujas me laceran a traición. Sé que es mi mente, que hierve junto con la calentura. Ello no hace al dolor menos real.
Pero no estoy sola: Los recuerdos brotan de mi maltrecha cabeza, y ellos atraen a los fantasmas de los que conocí, de los que amé y me amaron, de los que odié... y que me odiaron. Los veo ante mí, moverse y hablar, como los vi en su día. Es normal, pienso con esa extraña lucidez que dan las fiebres y la locura, que vengan los muertos a acompañarme en mis últimos momentos. Así ha de ser, pues pocos amigos y enemigos me quedan entre los vivos. El más cercano, Alonso Martín, mi segundo marido, está haciendo antesala, frotándose las manos, pues por fin podrá llamar suya a la encomienda de Tetela. La que tomamos mi Pedro y yo, a punta de lanza y cuajo.
—¿Quién eres, mujer? —me dice el juez Luis Ponce de León. Está frente a mí, con sus rizos blancos enmarcado su rostro sanguíneo, la mirada de hastío, el cuerpo demasiado obeso y poco acostumbrado a las alturas y los malos aires del Valle. Pero no es tiempo de dejarle salir. No, aún no. Lo aparto de mis pensamientos. En este delirio final, hay muchos de los que despedirme, muchos a los que recordar.
Guayucayex. El debería ser el primero. Y allí te veo, indio mío. Eras un cacique, un príncipe entre los yucayos, no por ascendencia sino por méritos. Tenías los ojos grandes, tez aceitunada, torso poderoso, mente ágil, un desafío en la voz, y dos amenazas en las manos. Nos encontraste en la bahía de Guanima, junto al río Caimar. Éramos una treintena de españoles, supervivientes del naufragio de la nao “Buenaventura”, que en mala hora se le puso el nombre. Nuestro destino había de ser La Española, donde tenía que encontrarme con mi marido, Pedro Sánchez Farfán, Tú también estás aquí, mi Pedro. Espera un poco, amor mío. Pronto te llegará el turno.
Yo tenía entonces 15 años, y era una niña ya mujer, casada por poderes y enviada a las Indias a reunirme con mi esposo, para que pariera una nueva generación de conquistadores, pues andaban los frailes muy quejosos, de los ayuntamientos entre indias y españoles, y querían remediar ello antes que les surgiera una generación mestiza, como así fue, Pero me aparto de mi relato. Tened paciencia con esta pobre vieja, fantasmas míos. Decía que tus yucayos, Guayucayex, nos encontraron junto al río, y por señas nos dijeron que nos ayudarían a cruzar al otro lado, que no estábamos lejos de un asentamiento de los nuestros. No sabíamos que estábamos en Juana, o Fernandina, o Cuba, o como quiera que la llamaras, mi indio. Pensamos que habíamos llegado a La Española, aunque de mal modo, así que los hombres bajaron las armas y confiamos en los tuyos. En tu palabra, que demostró ser tan fiable como la nuestra. Pues fue una trampa. Habías escuchado a los que huían de La Española, los que hablaban del sometimiento que hacíamos a los nativos a sangre y fuego, y decidiste no tener piedad, ya que no la teníamos nosotros Nos embarcasteis en frágiles canoas, y en mitad del río las hicisteis volcar, para que se nos mojara la pólvora, perdiéramos las espadas y se nos confundiera el entendimiento. Luego caísteis sobre nosotros, y empezó la carnicería. Sólo dejasteis vivas a dos mujeres, para vuestra diversión, y un hombre, para su escarnio. Yo, mal está decirlo, era hermosa, y te encaprichaste de mí, Fui una de tus esposas durante dos años. Malparí un retoño tuyo, y se me secó la madre, que nunca más he podido tener hijos desde entonces.
Con tus yucayos aprendí a orientarme por los bosques y a no lamentarme por grande que fuera mi infortunio; a que casi todo lo que se mueve o crece se puede comer de un modo u otro y a que la crueldad no es sólo cosa de los españoles, sino patrimonio de todos los hombres y todas las mujeres, sea cual sea su raza y condición; a curar las enfermedades de tu mundo, que no son pocas, y a saber guardarme la ira y el rencor para cuando correspondiera, Que dicen los sabios, y dicen bien, que es la venganza plato que ha de servirse frío. También aprendí a amarte, y a que a tu modo me amaras, indio mío.
Dos años estuve con tus yucayos. En el 1511 de nuestro calendario los españoles desembarcaron en tu isla. Protegidos con hierro y arrojando fuego con sus armas. Matanzas llaman a esa bahía desde entonces, pues dos matanzas hubo, una por tu pueblo, otra por el mío. Y yo lloré por las dos. No lograste que te mataran honorablemente en combate, indio amado, por mucho que lo intentaste, y finalmente desfalleciste por tus heridas y te capturaron. Pasaste por la humillación del cautiverio, por la farsa de un juicio como asesino de españoles en el que se te declaró indio salvaje, es decir, indio caribe; y del martirio de una muerte lenta. Aún así no te rendiste nunca, y aún te reíste en la cara del buen sacerdote que, mediante intérpretes, quiso convencerte que te bautizaras. Le argumentaste con no poca razón que no querías ir al mismo cielo que los españoles. El infierno con que te amenazaban no podría ser peor. Y por orden de Diego Velázquez, el nuevo gobernador de la isla, te ejecutó el mismo capitán que orquestó la matanza. Alguien que me era a la vez cercano y ajeno.
—¿Me decís que esta india es mi mujer?
Sí amor mío, eras tú, Pedro. Don Pedro Sánchez Farfán, capitán del Rey. Un sevillano más bien alto, de pelo negro y barba rizada, cuerpo delgado y ágil y ojos en los que podía bailar la risa con la misma facilidad que la ira o la determinación. Mi esposo a los ojos de Dios y de los hombres. Y bien sabe Él que no empezamos bien, ni nos dejaron que lo hiciéramos. No había conventos en los que hacerme entrar, pese a ser mujer mancillada, y los buenos misioneros que a las Indias habían venido te dijeron, una y mil veces, que lo que Dios ha unido nada puede separar, salvo la muerte. Y una y mil veces repetiste que ojalá me hubieras matado, la primera vez que me viste, llorando acurrucada en el fondo de una choza. Años más tarde me confesarías que no lo hiciste porque pensaste que era una india hermosa...
Pasaron ocho años. Vivíamos en la misma ciudad, Trinidad, capital de la isla. Pero no compartíamos casa, ni mucho menos cama. Ni siquiera tú sabes, Pedro mío, cuántas indias tomaste, de grado o a la fuerza, rabioso porque uno de su raza hubiera poseído lo que era legítimamente tuyo. Yo, esos años, nunca te dije lo que hice. Los maledicientes y envidiosos dicen que fui puta, que vendí mi cuerpo a los que, cansados de carne india, ansiaban catar un poco de española. Nada te dije en vida, nada te diré ahora que me muero. Si no lo sabes, tú que ya te has ido con la parca, es que nunca mereciste saberlo.
Y un día llamaste a mi puerta. Apenas te reconocí, después de tantos años, y me consta que te costó reconocerme tú a mí, por el modo en que me miraste, que siempre fuiste malo a la hora de disimular. Y fue grande mi regocijo cuando me contaste a qué venías:
—Vengo a reclamaros, señora, como esposa mía que sois, para solicitaros formalmente que me acompañéis a colonizar tierra nueva, que llaman del Yucatán. Que así me lo ha ordenado el capitán de la expedición, que los casados hemos de llevar a nuestras mujeres, pues es voluntad del rey fundar ciudades, y para ello no pueden hacerlo hombres solos.
Esperabas que me negara. Y yo, sólo por fastidiarte, Pedro mío, te dije que sí. Para tu turbación y enojo. Y satisfacción de ese badajo inquieto que era Cortés.
—¡Malhaya tengáis, señora! —grita el fantasma del mentado, que presto acuden los muertos cuando dellos se habla. Lo veo ante mí como era en aquellos años: De mediana estatura, tirando más a bajo que a alto, con la barba clara y el pelo larga, de color tirando a rojizo, que no podía ser de otro modo, pues pelirrojo y zurdo era Judas, y así nos salió el apóstol...
—¡Señora! ¿Cómo osáis?
—¡Oh, callaos, cuevachuelista entintado, que ni militar erais! Algunos estudios de bachiller en Salamanca teníais, con lo que mucho presumíais de letrado, y con ellos labrasteis vuestra fortuna, junto con cierto don de la palabra y de la sonrisa, que lo mismo encandilabais riéndole las gracias a los hombres de poder, que os encamabais con las mujeres de las que os encaprichabais. Con tales méritos por secretario y escribano de Diego Velázquez ejercisteis en Cuba, y su favorito en la pequeña corte de correveidiles y lindicos con que se rodeó erais, y aún ahí seguiríais, si como muchos hombres no pensarais con el cimbrel en lugar de con la cabeza. Que es cosa bien sabida que, harto de empiltraros con todas las indias de vuestra encomienda, y adornar con sendos cuernos las frentes de muchos esposos de la isla, que por cobardía, ignorancia o vergüenza nada dijeron, os fijasteis en la hermana menor de la amante de Velázquez, en Catalina Juárez... Y con ella hubisteis de casaros, cuando vuestro valedor os sorprendió en pecaminoso ayuntamiento. Fue unión para salvar la honra de la dama, pero no fue del agrado de nadie. Ni para vos, que siempre despreciasteis a vuestra primera esposa, ni para Catalina, pues aunque tonta, era evidente hasta para alguien con tan pocas luces que poco era el caso que le hacíais. Y mucho menos fue del agrado de la familia de Catalina, que antes preferían verla viuda que casada con simple escribano. Y tal cúmulo de circunstancias labró vuestra fortuna, cuando tenía que haber sido vuestro descalabro. En el lecho la hermana de vuestra legítima vertía veneno sobre vos en los oídos del gobernador, que al fin y al cabo vuestra encomienda era de las más ricas de Cuba y daba regularmente su cosecha de oro a costa de que se quebrasen el espinazo los indios. Y Diego Velázquez nunca os tuvo en consideración. Os llamaba, a vuestras espaldas, pero lo bastante fuerte para que lo oyerais, “Cortesillo”, o simplemente “mi criado”, y los demás le reían la gracia. A nadie, quizá ni siquiera a Catalina, le molestaba que siguierais acumulando mestizos y rencor.
Fue entonces cuando llegaron las nuevas de la expedición de Hernández de Córdoba a la dos veces mal llamada “isla de Yucatán” ...que luego supimos que ni era isla, ni se llamaba así, que los nativos dijeron a los castellanos, cuando les preguntaron por el nombre de esa tierra, “Uh tectán”, que significa en maya “no entiendo”. Pero dejémoslo, que otras cosas hay más importantes que tampoco tienen remedio...
La cosa es que Hernández y sus hombres trajeron buenas noticias: en la “isla” (que no es tal, sino península) encontró ciudad amurallada, indios organizados que atacaron a los españoles con la misma ferocidad que luego otros (o quizá los mismos) los agasajaban con cortesía; trajeron adornos y objetos de oro y plata, pocos, pero muy bien trabajados. Vieron templos donde se adoraba al demonio, lo que daba excusa para traer la buena nueva de la fe verdadera a esas gentes extraviadas: Y lo más importante, dijeron que les habían dicho que había hacia el oeste civilización muy avanzada, sin duda la Katay que tanto buscara Cristóbal Colón. De tres naves volvieron dos, y aún maltrechas, y sólo la mitad de los miembros de la expedición, y aún en su mayoría heridos de poca o mucha gravedad. Velázquez dijo que enviaría una segunda expedición, pero no pondría a Hernández al frente. Éste quiso ir a España para protestar, pero murió (muy oportunamente) de sus heridas. Algo que pasa mucho, aquí en las Indias.
La segunda expedición estuvo al cargo de un sobrino de Velázquez, Juan de Grijalva, hombre fiel en exceso a su tío, pues siguió sus órdenes sin permitirse ninguna alteración, para desesperación de sus capitanes, que no dudaron en llamarlo prudente en exceso, cuando no abiertamente lerdo. Uno de ellos, Juan de Alvarado, (no os apuréis, que ya os invocaré cuando sea oportuno, que mucho y no todo bueno fue lo que hicisteis). Decía que Alvarado volvió con muchas prisas, adelantándose al regreso de Grijalva. No dudó en tildarlo de incompetente, por lo que, antes incluso que éste volviera para dar su propia versión de la expedición, Velázquez encargó una tercera, esta vez a un hombre de su confianza pero a la vez con un poco más de iniciativa que el paniaguado de su sobrino. Y ese otro no fue sino su fiel Cortesillo. Tú, Hernán Cortés, perro traidor y asesino.
—¡Por mi fe que más desafueros no he de soportar de esa mujer!
—Es hidalga y cristiana vieja, y tiene derecho a hablar —tercia el juez. El mismo juez que muy oportunamente murió en vuestra mesa, Cortés, por algo que, sin duda, le sentó mal. Lo mismo sucedió con su sustituto, Marcos de Aguilar. El juicio por el que arriesgué mi reputación y mi fortuna nunca tuvo sentencia, y se suspendió... Logre que en vuestra honra se sembrara la duda a costa de perder la mía, tan duramente ganada.
Pero mi mente va y viene, me alejo de mi relato, mezclo pasado con otros recuerdos más recientes... Os entregasteis, señor capitán Cortés, en cuerpo y alma a la expedición, hay quien dice que para huir de vuestra esposa, de la que estabais más que harto. Reclutasteis gente, empeñasteis lo que teníais y lo que no, pedisteis crédito, robasteis... Incluso mandasteis asesinar a un correo de Velázquez, cuando, alarmado por vuestros preparativos, quiso retiraros el nombramiento.
Y demostrasteis ser hombre de leyes, y por tanto astuto. De ahí lo de mandar traer mujeres. Nunca pretendisteis seguirle el juego a Velázquez, sino hacer el vuestro propio. Una vez seguro que las noticias de un imperio rico y poderoso al oeste eran ciertas, surgió el letrado que había en vos, manipulasteis, comprasteis o silenciasteis a los que os eran contrarios y, apoyándoos en una vieja ley medieval, las siete partidas de Alfonso X, fundasteis una ciudad, la Villa Rica de la Vera Cruz. Por ello, desde el inicio, había sido tanto vuestro afán en traeros mujeres, y mujeres castellanas, que indias, había de sobra. Se nombraron regidores y alcaldes de la nueva población a sus seguidores más fieles, y renunciasteis con fingida humildad a vuestros cargos como jefe de la expedición de Velázquez. Automáticamente las nuevas autoridades os encargaron la empresa de ir en busca de ese emperador, emprender con él relaciones amistosas si era posible, y llevar el evangelio a los pobres paganos sin dios.
—¿Se os han derretido los sesos, mujer, que queréis acompañar a vuestro marido? —me preguntasteis entonces.
—Hasta aquí me he venido, y ¿acaso no nos habéis hecho venir, a las mujeres, diciendo que una esposa debe estar con su hombre? Pues a vuestras palabras me acojo, y por ellas lo sigo.
¿Por qué fui? ¿Para humillar a mi Pedro? No sabría responder, pero no lo creo. Me parece más bien que, tras mis años de trabajos con los yucayos, había perdido el miedo a la muerte. O quizá la visión de la selva, de los bosques vírgenes cuajados de misterio de esta nueva tierra hizo renacer en mí las viejas magias paganas que los yucayos habían incrustado en mi joven alma, y olfateé una aventura tan grande, que mis ojos no quisieron perderse las maravillas que encerraba.
—¡Apártate de mí, mujer pecadora, sucio saco de carne e inmundicia!
Aquí estáis, don Gerónimo de Aguilar, pobre loco desgraciado. Os encontramos en la isla por nosotros bautizada como Santa Cruz, que los naturales llamaban Cozumel, digo yo que con algo más de razón que nosotros pues desde siempre habían vivido en ella. Nos salisteis al encuentro en una canoa, y entre muchos lloros y con un castellano vacilante nos contasteis cómo llevabais ocho años entre salvajes, que fue en 1511 cuando con veinte compañeros naufragasteis en estas costas. Nos alertasteis de los indios, que los había caníbales y habían devorado a la mayoría de vuestros compañeros, y que de los veinte sólo quedabais ya vos y un tal Gonzalo Guerrero, por quien mucho se interesó un tal Mateo Sagasta. Pero a diferencia de Gonzalo, que casó con hija de cacique, lucía el rostro tatuado y en nada se diferenciaban sus costumbres de las de los salvajes, vos, Gerónimo, habíais resistido las tentaciones lujuriosas de las indias gracias a mucha beatería. Erais un mentecato bastante loco, pero hablabais el maya, idioma de los indios, y Cortés os necesitaba.
Y aquí estáis vos, mi señora, princesa india de rostro sereno y gran belleza. No habláis, me miráis con ojos tristes cuajados de lágrimas. Nacida como Malinali. Bautizada como Marina por nosotros, cuando os ofrecieron como regalo. Criada libre y privilegiada en la nobleza azteca, convertida en esclava por vuestro padrastro, que al hacerle un hijo a vuestra madre ambicionó para su sangre toda la herencia. De mercader a mercader pasasteis por la vergüenza de diferentes compras y diferentes amos, hasta que el destino os llevó hasta Cortes. ¿Fuisteis consciente entonces de lo que significaba nuestra expedición? A ratos pienso que sí, que ansiabais venganza de una sociedad que os arrojó desde lo más alto a lo más bajo. Otras pienso que, como todos los de los vuestros que apoyaron a los españoles, pensasteis que nada podía ser peor que los aztecas. Sólo el sabio Moctezuma, el huey tlatoani de los aztecas-mexicas, alcanzó a comprenderlo. Y nada pudo hacer para evitarlo. Nada, salvo morir.
—Ni hual choca in, ni hual icnotlamati, zan ca anicnihuan, azo toxochiuh on.
¿Ma ye ic ninapantiuh can on Ximohuayan? Nihuallaocoya.
Aquí venís, fiel a mi llamado. Me dijeron que vuestro nombre significa “el encolerizado”, y nunca mote se aplicó de peor modo. Erais de cuerpo menudo y bien proporcionado, tez oscura, pelo largo y ondulado, nariz aguileña y cabeza ligeramente grande. Teníais fama de ser astuto, sagaz y prudente, y aunque habíais sido guerrero en vuestra juventud, señor Moctezuma, nada pudisteis hacer frente a Cortes. Bien que sabíais por vuestros espías de su llegada. Bien que tratasteis de impedir que entrara en vuestra amada ciudad. Y bien que fracasasteis.
Pues emprendimos la marcha hacia el interior. A vuestro encuentro. Marina traducía del azteca al maya, y el pobre beato y loco de Gerónimo del maya al castellano, aunque con mucho tropiezo, así que me fue encomendada la tarea de irle enseñando a Marina nuestro idioma. Otras cosas le enseñó Cortés, por las noches, pese a que originalmente se la había cedido a otro de sus hombres. Ya dije que Marina siempre fue hermosa. Hasta le dio un hijo a Cortés, Martín, que éste reconoció… pero me aparto de mi relato. Desvaríos de anciana senil y moribunda…
¿Qué he de decir del camino? Que fue un infierno. Dicen que son cuatrocientos kilómetros, a vuelo de pájaro. Pero aunque nos tenían por dioses, teules, que nos llamaban, no teníamos alas. Cruzamos selvas primero, bajo un sol sofocante y abrasador, hasta que la ruta nos hizo subir por entre dos montañas altísimas, como si fueran columnas que sustentan el cielo. Fue el inicio de una llanura desolada, con un lago salado y vegetación tan escasa como abundante había sido la etapa anterior. Además, pasamos por varias cordilleras, y algunas montañas debían de ser respiraderos del infierno, pues soltaban humo en sus cumbres, que bien que lo vimos. Lo bueno es que no íbamos solos: varios cientos de mayas de Cempoallan nos hacían de porteadores, por lo que hasta el más humilde de los soldados tenía paje para cumplir sus necesidades. Además, nos aseguró el caudillo de los cempoalas, pasaríamos en nuestra ruta por territorio de los tlaxcaltecas, enemigos jurados de los aztecas, y Cortés se las prometió muy felices, pensando que, de no avenirse este emperador de los aztecas por las buenas, contaría con aliados para quitarle a la fuerza lo que no quisiera darle de buen grado.
Pero si uno juega a ser dios, ha de demostrarlo.
—Tihui!
Con este grito nos atacaron. Porque así era su costumbre, los tlaxcaltecas nos recibieron con las armas en la mano y sus caras pintadas en forma de una horrible mueca, gritando como si fueran demonios y dando brincos como solían. Los veo ya, en los rincones de mi habitación, en la fiebre de mi delirio, burlándose de mí y mostrando las heridas mortales que les hicimos con nuestras espadas y lanzas. Dicen que nos atacaron cien mil. No lo sé, no me paré a contarlos. Fueron muchos, pero no me creo yo que fueran tantos. Sea como fuere, mucho griterío pero nada: Los caballos y la artillería los amedrentaron, y huyeron enseguida. Luego, como hicieran otros pueblos, nos recibieron con grandes señales de amistad. De hecho, los de Tlaxcala sustituyeron a los de Cempoallan en su tarea de porteadores. Nos explicaros que vivían en perpetua guerra con los aztecas, pues adoraban a un feroz dios, Huitzilopochtli, que se alimentaba de corazones de guerreros capturados en combate, por lo que cada año habían de realizarse ciertas batallas, que llamaban las “guerras floridas” o así tradujo Marina, que empezaba a chapurrear el castellano. También fue entonces cuando les dijeron, con toda naturalidad, que se comían a sus víctimas. ¡Demasiado horror teniendo en cuenta que, a la hora de hacer empastos para curar las heridas de la batalla, y no teniendo grasa ni aceite, usé para darles alivio a sus llagas la grasa de algunos indios muertos, y nadie me preguntó de dónde había salido el ungüento! Ya me llamaban bruja a mis espaldas, aunque nunca delante de mi Pedro, que por mucho que seguía sin hablarme, no me quitaba ojo de encima, y dicen que hasta le plantó cara a Cortés cuando éste habló de ponerme a su servicio… qué ya sabíamos todos los servicios que el capitán requería de las mujeres.
Habíamos salido de territorio maya en agosto, y en octubre entramos en tierra de aztecas propiamente dicha: Cholula. Le dijeron a Cortés que era una trampa, que allí los aztecas los iban a matar a todos: Que las calles estaban bloqueadas y habían proyectiles dispuestos en los tejados planos de las casas, y que los no combatientes habían evacuado la ciudad. Eso dijeron los nuevos aliados, los tlaxcaltecas, y eso afirmó Alvarado, diciendo que se lo había dicho una india bautizada como doña Maria Luisa, en la intimidad de la cama… Como si Alvarado hablara con las mujeres… Pero tenía mucho éxito con ellas, lo llamaban “Tonatiu” por su pelo rubio. Todos los españoles que querían tenían hembra por las noches… y ninguno era ahembrado, salvo por beatería, como Gerónimo. Algunos cogieron mujer fija, otros, como el hermano del paje de Cortés, José Manuel de Cáceres y Guzmán, tenían una y aún dos por noche… ¡Pobre don José, con su cara de niño! Lo cogieron vivo en la Noche Triste, para su desgracia, le arrancaron el corazón y se comieron sus carnes… Pero mi mente divaga de nuevo… ¿era cierta la encerrona? Posiblemente sí, aunque Cortés no lo sabía con certeza. Pero no quiso correr riesgos: mandó reunir a los principales de la ciudad en el patio del templo y los asesinó a todos. Luego, con sus aliados tlaxcaltecas, saqueó la ciudad durante dos días con sus noches. El Dios cristiano podía ser tanto o más sanguinario que los de los aztecas.
—¡Tal parece una ciudad maravillosa como se narran en el Amadís! —dice mi compadre Bernal Díaz del Castillo. Y en verdad era una ciudad hermosa, Tenochtitlán, a la que llegamos el 8 de noviembre, tras tres meses de trabajos, batallas y fatigosas jornadas. Estaba la ciudad en mitad de un gran lago, y se llegaba por una gran calzada, horadada por puentes para que, por debajo, pudieran pasar las canoas y barcos. La ciudad recordó a algunos que habían servido en Italia la ciudad de Venecia, pero mucho más hermosa y más exótica, plagada de maravillas… y de horrores. Las calles principales eran rectas y anchas, y conducían a la zona central de la ciudad, amurallada, recinto sagrado donde se encontraban los palacios del emperador… y los templos. En ellos, que tenían forma de pirámide, encontramos auténticos horrores propios de adoradores del Diablo: Los templos apestaban a sangre, que manchaba el tabernáculo interior, y los sacerdotes tenían el pelo enmarañado y negruzco de tanto frotarse la cabellera con sangre humana. Horribles eran las figuras de sus falsos dioses, mitad hombres, mitad lagartos, a los que aplacaban con sacrificios humanos, como ya se ha dicho:
—¡Lugar diabólico es éste! ¡No os dejéis engañar por las riquezas, las maravillas y las mujeres, que el diablo está detrás! — eso decías, mi buen don Andrés de Tapia, que aunque eras muy exagerado, algo de razón tendrías. Dijiste haber contado 136.000 cráneos que se encontraban dentro de un edificio, y que pertenecían a los sacrificados cuando se inauguró el templo, apenas treinta años atrás. Me cuesta creer que el pobre Andrés supiera contar tanto… Aunque no dudo que viera cráneos, ni dudo que hubiera muchos.
Nos alojaron con gran pompa en uno de sus palacios, el que llamaban Axayacatl, y Cortés, con gran audacia, medio secuestró medio convenció a Moctezuma para que fuera a vivir allí, con sus principales cortesanos y virtualmente prisionero nuestro. Se había conquistado un imperio sin lucha, agarrando la cabeza de la serpiente.
Entonces, el demonio metió el rabo, como suele hacer cuando las cosas les van demasiado bien a los hombres. Llegaron noticias de Veracruz. Velásquez había enviado otra expedición, a las órdenes de uno de sus hombres de confianza, Pánfilo de Narváez, con órdenes de traerse preso a Cortés y encargarse de la conquista y colonización de las nuevas tierras.
—¡Por mi fe que no me van a quitar lo que tan duramente me he ganado! —dijiste airado, señor Hernán Cortés. Eras colérico y despiadado, muy capaz de matar. Pero por aquel entonces, aún no se habían enfrentado en batalla españoles contra españoles. Había habido rencillas, emboscadas, traiciones… Pero nunca una batalla.
Evidentemente, como en tantas otras cosas, tenías que ser el primero.
Pánfilo llevaba consigo más de 900 españoles, muchos de los cuales habían aprovechado la expedición para huir de la epidemia de viruela que estaba azotando Cuba. Eso fue la perdición de los aztecas… pero no dejéis, fantasmas míos, que mi mente divague…
Cortés le salió al encuentro cerca de Cempoallán, con unos trescientos cincuenta hombres. Pidió ayuda a los tlaxcaltecas, peor estos, con mucha prudencia, no quisieron meterse entre los asuntos de los teules, del mismo modo que un hombre sensato antes mete la mano bajo una piedra de molino que se interpone entre un hombre y su mujer. Pero nunca españoles habían luchado contra españoles en las Indias, y Pánfilo confió demasiado en ello… Cortés atacó el campamento de Narváez de noche, entre griterío y confusión, cuando los confiados seguidores de aquel dormían. Dicen algunos insensatos que fue mi Pedro el que cegó con su espada uno de los ojos de Pánfilo, en el ardor de la lucha. No es tal, que fue un piquero llamado Pedro de Sandoval
—¡Os he de quemar el culo si no os rendís! — gritaste, Pedro mío, prendiendo fuego a la techumbre de paja sobre la que se habían hecho fuertes el pobre Pánfilo con apenas una treintena de seguidores. A ti se te rindieron. A mi Pedro Sánchez Farfán, capitán de Cortés.
Yo quedé en Tenochtitlán, con los 120 hombres que Pedro de Alvarado comandaba.
—¡Hice lo que debía hacer, y no me arrepiento de nada, que esos indios arteros querían devorarnos!
Aquí estás, alegre, encantador, guapo y cruel. Ya he dicho que los aztecas te llamaban Tonatiu (“el sol”) por tu barba y pelo claros. En verdad debías ser un dios azteca, pues te bañaste en su sangre.
En Tenochtitlan se preparaba la celebración de Toxcatl. Moctezuma había pedido permiso para que se hiciera la fiesta, una de las más importantes entre su gente, y tanto Cortés primero como Alvarado después accedieron, a condición que no se hiciera ningún sacrificio humano. ¿Qué se te pasó por la cabeza, Tonatiu? ¿Tanto miedo tuviste al ver cómo preparaban la imagen de Huitzilopochtli, con grano mezclado con sangre de los sacrificios? ¿Tanto te asustaron las imágenes, embadurnadas de sangre fresca, de Tlácoc y Tezcatlipoca? ¿Se te helaron los huesos al ver a la muchedumbre cantar y bailar, presa de un frenesí a tus ojos diabólico? Dijiste luego que los tlaxcaltecas te dijeron que habían oído que nos iban a sacrificar a todos al finalizar el baile. Prestaste oídos a tu miedo y a los enemigos tradicionales de los aztecas. Y, al igual que hizo Cortés, decidiste anticiparte a los hechos y atacar. Al igual que había hecho tu capitán, bloqueaste el recinto con los españoles y los aliados de Tlaxcala, llegaste armado con hierro en las manos y furia en los ojos, y sin más iniciaste una matanza que hizo que la sangre corriera como si fuera agua…
—¡Mueran! —gritaste, y a tu llamado, la muerte llegó para todos. El castigo ejemplar no surtió el efecto que esperabas. Los orgullosos aztecas empuñaron las armas, y te obligaron a refugiarte de nuevo en tu palacio, ahora tu prisión. Lo conseguiste, Tonatiu. Provocaste la revuelta.
—¿Qué has hecho Alvarado? —gritó Cortés al regresar. Pues los aztecas dejaron que el capitán, con las filas engrosadas por la mayoría de los miembros de la expedición de Pánfilo (sólo 17 se quedaron con él) entrara en la ciudad, silenciosa y vacía como una trampa. Y como tal se cerró. Los españoles, sitiados, hicieron varias salidas tratando de imponerse por la fuerza de su disciplina y superioridad armamentística: fueron rechazados siempre, por pura fuerza de número, perdiendo un lento goteo de soldados muertos y heridos imposibles de remplazar. Se pidió a Moctezuma (o se obligó, nunca me quedó muy claro) que tratara de calmar a su gente: Se asomó al balcón del palacio y lo apedrearon. Murió dos días más tarde, creo yo que porque ya no quería vivir.
El uno de Julio, la situación era tan insostenible que se decidió la retirada. La Noche Triste, la llamamos los españoles. La noche en la que los aztecas nos echaron de su ciudad… y casi nos exterminan. Se cargó el oro con la parte del rey en una yegua, y luego Cortés, señalando con gesto de hastío la montaña de tesoros recogida, dijo a los suyos que quien quisiera, cogiera lo que le apeteciese. Y aquellos que pecaron de avaricia caro lo pagaron, como luego se verá.
Se sabía que los aztecas habían cortado en varios puntos las calles, para mejor dejar encerrados a los españoles: se ideó para ello una plataforma que haría de puente, y que se iría transportado para ir salvando los diferentes “ojos” de la calzada. Algunos pasaron la noche rezando. Otros, como Cortés, le dieron al fornicio, con una de las hijas de Moctezuma, bautizada cristiana, o eso creo. Yo, y ya tengo una edad en la que no me avergüenza decirlo, me entregué por vez primera a mi marido, con la seguridad que sería la última vez, pues íbamos a morir.
A medianoche salimos, y al principio todo fue bien. Hasta que un grito de mujer rasgó el aire, y los Teponachte empezaron a sonar dando la alarma. Loa aztecas salieron de todas partes, y procedieron a masacrarnos, golpeándonos en la nuca, que era para ello la muerte reservada a los peores criminales. Ya ni para hacer sacrificios a sus dioses les valíamos.
La vanguardia pudo pasar. Cortés y los que iban detrás, también. Luego, fue simplemente una matanza. Seiscientos de los nuestros, todos los cañones y la mayor parte del oro se perdieron. Incluido, como no, la parte del rey, que maldito lo que importaba ahora la riqueza cuando uno se jugaba la propia vida. La mayoría de los que murieron, iban cargados con oro o con las pesadas corazas con las que salieron de Cuba. Los que nos salvamos, apenas si llevábamos una camisa de algodón grueso, calzas y poco más.
Aulláis y me aturdís, fantasmas míos, y bien que hacéis, pues todo fue confusión y horror, y así lo recuerdo. Le pedí a mi Pedro una espada y una rodela, y como tantos otros me abrí paso a cuchilladas y estocadas, llevando a mi vera a doña Leonor, una hija de Moctezuma amante, como tantas otras, de Cortes. Doña Ana y Chimalpopoca, también hijos del emperador, no tuvieron tanta suerte: Perecieron bajo la ira de los suyos, todo y que el chico iba prisionero y nunca quiso bautizarse. Tampoco se salvaron los tlaxcaltecas, que de mil, apenas quedaron ciento. Recuerdo un tramo que se hundió por el peso de tanta gente, y para cruzar al otro lado, hubo que hacerlo sobre los cuerpos amontonados de los muertos y agonizantes. Una pesadilla que me sigue acompañando hasta hoy, y que quizá me siga tras mi muerte, que el Infierno no puede ser peor.
Alvarado era el encargado de la retaguardia. Cortés volvió atrás, y lo encontró encaramándose tras un salto imposible, con sólo aullidos y gritos a su espalda.
—¿Capitán, donde está la gente que os dejé? —preguntó Cortés
—Mi señor, todos los que han pasado están acá ya, y si alguno queda al otro lado no vendrá…
Dijeron sus enemigos que Alvarado abandonó a los suyos para salvarse. No lo creo. Era muchas cosas, pero no un cobarde. Simplemente, hay que vivir una situación desesperada para darse cuenta que, a la hora de la verdad, cada perro se lame su pijo. Y no hay más que hablar.
Los aztecas no nos dieron tregua. Siete días más tarde, en la llanura de Otumba, un enorme ejército acudió a rematarnos. Éramos unos trescientos cuarenta. El resto habían muerto de sus heridas. Pero los aztecas ya no estaban furiosos. Querían cogernos vivos, sacrificarnos a sus dioses, purificar con nuestra sangre impura su preciada ciudad. Eso fue su perdición. Atacaron por escuadrones, tratando de capturar más que de matar. Y como lobos heridos, los españoles nos revolvimos. Se lanzaron contra nosotros, adornados con los trajes rituales del Águila y del Jaguar, con sus tocados de plumas de Quetzal. Se arrojaron sobre nuestras espadas y lanzas, y murieron. Y una vez más tomé mi sitio y peleé como un hombre, y nadie lo cuestionó, pues si algo faltaba aquel día, eran brazos que empuñaran armas. Luché junto a mi Pedro, resueltos ambos a morir juntos, cosa que no quiso Dios. Se me cansaron los brazos de tanto matar, y no fui la única, que muchos hombres más recios que yo me confesaron luego haber estado a punto de desfallecer. Dijeron luego que había casi cien mil aztecas contra nosotros. No los conté, peor eran en verdad muchos. Y no teníamos pólvora, ni siquiera la ballestas, que las cuerdas estaban mojadas. Sólo espadas, escudos, lanzas y cuajo. Y la firme resolución de no morir aquel día, pues nada podía ser peor que la Noche Triste.
—¿Y quién os salvó, mujer?
Es de bien nacido ser agradecido, y lo que és es. Hubiéramos muerto todos, si en un acto tan absurdo como desesperado Hernán Cortés no se hubiera lanzado con los pocos caballos que nos quedaban contra el ciuacoatl (general) y su estandarte sagrado. Cinco jinetes lo siguieron: Pedro de Alvarado, Alonso de Ávila, Cristóbal de Olid, Rodrigo de Sandoval y Juan de Salamanca. Los dardos rebotaban en sus rodelas de metal, las espadas de filo de obsidiana se mellaban en los quijotes que guarecían sus piernas. Dicen que fue Juan de Salamanca el que mató al general enemigo y se hizo con el estandarte. Si eso dicen, eso será. Yo estaba demasiado ocupada para saber qué pasaba, restañándome el sudor y la sangre que me cegaba los ojos. Vimos que cedía la presión, nos cogió el ansia de matar y algo les perseguimos, no mucho, pues estábamos agotados tras haber luchado sin parar durante horas. Luego, nos fuimos a Tlascala, donde nos recibieron con los brazos abiertos, nos dieron cobijo… Y preparamos nuestra venganza…
Sin saber que ya la habíamos realizado
Pues los hombres de Pánfilo de Narváez habían traído consigo la viruela, y ésta se cebó en los aztecas mientras se disponían a reconstruir su amada ciudad. Los diezmó y debilitó.
Entonces volvieron los españoles… con diez mil tlaxcaltecas…
Ochenta días duró la conquista y destrucción de la hermosa y terrible Tenochtitlán. Yo no la vi, pues me quedé junto a mi Pedro en Tlaxcala, organizando la intendencia, asegurándome que el ejército conquistador estuviera bien alimentado. Que un soldado con el estómago vacío, mal pelea y bien que se muere.
Y Cortés mandó desecar la llanura, para que todo rastro de la capital de los aztecas desapareciera para siempre. Él creó su pequeña corte en Coyoacán, al sur del lago.
Y allí llegó, en 1522, su mujer legítima, Catalina Juárez.
Y tres meses después murió.
—…no queréis sino ocupar a mis indios en otras cosas de lo que yo les mando, y no se hace lo que yo quiero, y os prometo que antes de muchos días, haré yo de manera que nadie tenga que entender en lo mío… —eso dijo durante su última comida. Y fríamente su marido le respondió:
—¿Con lo vuestro señora? ¡Yo no quiero nada de lo vuestro!
Catalina se sintió ofendida, se levantó y se fue. Lo siguiente, sólo lo saben los muertos, Dios y el Diablo. Dicen que se les oyó discutir. En verdad se oyeron gritos. Llegaron criados y amigos y vieron a Catalina muerta en brazos de Cortés. Éste mostró gran dolor, y daba puñetazos en las paredes, pero se apresuró a enterrar el cuerpo al día siguiente, y tapar el ataúd con clavos.
Ocho años más tarde hubo el juicio de residencia de Cortés, tras finalizar su mandato en el valle de México. Puro formalismo, que compliqué. Pues fue entonces, y sólo entonces, cuando me levanté y hablé:
—Que fui de las que amortajaron a la dicha doña Catalina, y tenía moratones en el cuello, como si hubiera sido estrangulada. Y estando sola con su marido, nadie pudo hacerlo sino él.
Y se me cierran los ojos, pues ya está cumplido el relato de la deshonra de Cortés y de la mía. Se van los fantasmas y queda la oscuridad, y la última en irse es Marina, que por fin abre los labios para hablar:
—Te borraron de la Historia por decir esto, María.
Y yo, apenas en un susurro, le contestó:
—Mejor no aparecer que figurar como lo haces tú.
Y me traga la oscuridad, callan los fantasmas, y no hay más.

Ricard Ibáñez
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El_Curioso_Impertinente
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Mensaje por El_Curioso_Impertinente » Dom Sep 05, 2010 3:48 pm

Esto me lo imprimo para leerlo a gusto en el sofá. No me mandes a la SGAE :wink: .

Molt agraït.
Todos los seres humanos cometen errores, pero algunos seres humanos cometen más errores que otros y a ésos se los llama "tontos" (Fray Guillermo de Baskerville).

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Alberich
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Mensaje por Alberich » Mar Sep 07, 2010 1:30 pm

Me ha encantado!
Muy mucho,lo juro.
Genial.
"And now I know how Joan of Arc felt
Now I know how Joan of Arc felt..."

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lansquenete
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Mensaje por lansquenete » Mar Sep 07, 2010 8:36 pm

Me ha encantado, Riqy. Muchas gracias. :D
"El grog es una mezcla secreta que lleva uno o más de lo siguiente: Queroseno, glicol propílico, acetona, ron, endulzantes artificiales, ácido sulfúrico, tinte rojo nº 2, scumm, ácido para baterías, grasa para ejes y/o pepperoni."

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nexus6
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Mensaje por nexus6 » Mié Sep 08, 2010 10:01 am

Qué bueno. Gracias, Riqy.
Yo he visto cosas que vosotros no creeríais. Atacar naves en llamas más allá de Orión. He visto Rayos-C brillar en la oscuridad cerca de la Puerta de Tannhäuser. Todos esos momentos se perderán en el tiempo como lágrimas en la lluvia.Es hora de morir

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Finea
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Mensaje por Finea » Vie Sep 10, 2010 11:28 am

Me ha encantado de verdad, muy bueno, emocionante y bien escrito.

No tienes nada editado Riqy?

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Riqy
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Mensaje por Riqy » Vie Sep 10, 2010 11:33 am

¿Editado? Dos juegos de rol, una veintena larga de suplementos de ellos y cuatro novelas:

La Monja Alférez
Mesnada
La última Galera
Mío Sidi

María de Estrada tenía que ser otra novela histórica, pero la crisis fastidió el invento. Una pena, porque el personaje se merece trescientas páginas y 120.000 palabras.
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Rogorn
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Mensaje por Rogorn » Vie Sep 10, 2010 12:22 pm


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Riqy
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Mensaje por Riqy » Vie Sep 10, 2010 12:33 pm

Rogorn escribió:...aparte de otro par de relatos aquí en la Editorial 'Alforoguara'


:D :D :D :D

Me ha gustado, eso...
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Siana
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Mensaje por Siana » Dom Sep 12, 2010 1:25 pm

Riqy, en cuanto acabe el tema 60 de las opos pienso leer tu relato. Gracias por ponerlo aquí :D !

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Costillo
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Mensaje por Costillo » Lun Sep 13, 2010 9:42 am

Joder Riqy, eres una hacha. Me ha encantado.

Enhorabuena.
Cuando hay intención de condenar, siempre terminan apareciendo pruebas.<br>http://picasaweb.google.es/juan.povedan ... ovedano<br>

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Finea
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Mensaje por Finea » Lun Sep 13, 2010 5:10 pm

Pues voy a hacerme con ellas, si son tan estupendas como el relato me van a encantar, Enhorabuena!!!!

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Mensaje por vetinari » Mar Sep 14, 2010 2:33 pm

Grande, Riqy!!!!!!
"...Efialtes aparecerá finalmente,
y pasarán los persas" Cavafis
"No hay quien pueda comprar el ser marino cuando estás en el mar." APR
"Freedom is just another word for nothing left to loose" Janis Joplin

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Mensaje por remolina » Mar Sep 14, 2010 3:03 pm

A mí también me ha gustado mucho Riqy. Gracias por ponerlo. :wink:
"Aprecio a esos cabrones" APR

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Mensaje por Riqy » Mar Sep 14, 2010 3:11 pm

Jo chic@s, vais a hacer que me sonroje :oops:

O que me plantee escribirla en serio y comerme luego los mocos buscando editor (cosa que me ha tocado hacer alguna que otra vez)

Que no todos los que le damos a la tecla somos el Jefe, y hasta él tuvo que pasar lo suyo hasta llegar donde está... La mayoría nos quedamos en el camino, y yo no soy de los que se pueden quejar demasiado :roll:
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Mensaje por lansquenete » Mar Sep 14, 2010 4:27 pm

Coño tío, pues si tienes la novela en la cabeza no tardes demasiado en escribirla, no sea que se pierda. Lo importante es ponerla en negro sobre blanco. Y que disfrutes (y sufras) lo que dice Arturo que disfrutáis (y sufrís) los escritores pariéndola. Que así ya se queda hecha forever and ever. Luego ya, si eso, yaaaaa... :wink: Y que te quiten lo bailao.
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Mensaje por Ada » Mar Sep 14, 2010 5:04 pm

Riqy, probaste con Ediciones B o Evohé?
Consuela saber que nadie a quien amas se quema en lo que arde. http://adacaramelada.blogspot.com.es

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Mensaje por Riqy » Mié Sep 15, 2010 12:19 pm

Estaba apalabrada con Militaria, un sello de Planeta con el que he publicado dos novelas... Pero el selllo se fue al guano con lo de la crisis (aparte que no les gustaba mi planteamiento de la conquista ni de Cortés).
Ricard
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Mensaje por Ada » Mié Sep 15, 2010 5:11 pm

Ediciones B está haciendo novelas chulas con Santiago Posteguillo
Evohé está muy bien, considerando sobre todo el empuje que tienen en promoción en la web (Hislibris y cía)
Consuela saber que nadie a quien amas se quema en lo que arde. http://adacaramelada.blogspot.com.es

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Mensaje por Riqy » Mié Sep 15, 2010 5:33 pm

Conozco la triología de Escipión de Porteguillo.

¡Al cuerno! Como me dijo Paco Ignacio Taibo II (un cabroncete al que tendríais que leer) escribe la novela primero y véndela después (aunque Mateo sagasta afirmó que, si daban un adelanto, mejor que el dinero estuviera en tu bolsillo y no en el de la editorial)

Voy a escribirla... Pero será culpa vuestra, y a vosotros os citaré si la publican.

Quien avisa no es traidor... :P
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