Siglo de Oro - "Kermesse en Bergen"

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Targul
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Siglo de Oro - "Kermesse en Bergen"

Mensaje por Targul » Lun Nov 28, 2005 7:13 pm

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Última edición por Targul el Mié Nov 30, 2005 4:49 pm, editado 1 vez en total.

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Targul
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Mensaje por Targul » Lun Nov 28, 2005 9:29 pm

-Siglo de Oro-

"Kermesse en Bergen"

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Cercanías de Tienen, Brabante, Flandes. Marzo de 1622.

El fraile caminaba pesadamente por la verde campiña.

Había sucedido hacía unos cuantos días, pero la continua marcha le reavivaba el dolor de huesos y le recordaba, dolor sobre dolor, a su maltrecho cuerpo lleno de heridas. Se permitió maldecir para sus adentros, haciéndose cruces en una disculpa a si mismo y a Dios. Sin duda su mala suerte habría merecido una y mil blasfemias más en boca de alguien sobre el que no pesara la carga del hábito. Paró un momento sobre sus pies lastimados y sandalias raidas, girándose. Ningún jinete a la vista, aunque sabía que si se detenía en demasía, pronto volvería a verlo.

Recordo la razón de su marcha forzada. Los contactos de Buckingham habían dado sobre él en el pueblo donde predicaba, un pueblo de calvinistas. La población, espoleada por el burgomaestre y el pastor, se había hecho a la calle para expulsar a aquel fanático papista (nada menos que un dominico) de sus tierras. Le agredieron y vejaron conforme se alejaba a la carrera, haciéndole caer varias veces. Después de eso, unos misteriosos jinetes estuvieron apunto de capturarle en la posada donde, por compasión, le alojaron.

Un centauro se recortó en el horizonte, embozado con una familiar capa verde. Ya estaba allí otra vez, y ahora estaba a campo abierto y, a excepción de diques y molinos, razonablemente llano. La acción, esperaba, iba a desarrollarse como la caza del zorro en Inglaterra. "Gentlemen. I'll give you today's fox", habría dicho el mismísimo rey Jacobo antes de cabalgar en pos de la apertura de la veda. Sin más, huyó hacia el molino con toda la rapidez de la que fue capaz. La hierba y los tulipanes trotaban con él amedida de que se acercaba al dique.

Haciendo honor a su nombre, la cuesta fue lo más duro para él, atenazando sus músculos cansados y provocándole un punzante dolor en sus moratones, mientras la cabeza se le iba, de puro agotamiento. De súbito, se dió la vuelta en lo alto, incapaz de continuar. El jinete seguía en el mismo sitio, un suave repecho junto a un bosquecillo de hayas. ¿Por qué no cabalgaba hacia él, espada en mano? Lo estuvo mirando largo rato, hasta que el misterioso hombre montado se perdió entre los árboles, alejándose.

El sonido de los tambores le hizo volverse. Poco más allá, sobre la carretera del terraplén de enfrente (que enmarcaba un estrecho y poco profundo canal), se recortaban las figuras de los soldados: mostachos enhiestos, barbas cerradas, picas y arcabuces, cruces de San Andrés en los cuarteles. Católicos y españoles (que es decir casi lo mismo). Dió gracias a Dios y a la providenciaa antes de caer desfallecido por el cansancio, mientras uno de los jinetes que flanqueaba la columna había respondido a sus señales y se aproximaba, chapoteando en las frias aguas del canal.
Última edición por Targul el Lun Nov 28, 2005 11:45 pm, editado 1 vez en total.

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Viriato
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Mensaje por Viriato » Lun Nov 28, 2005 9:58 pm

Divisé unas señas a lo lejos, parecía un sacerdote.

"Se habrá extraviado" - pensé. Y me acerqué hacia él para ver que le pasaba

"Tormenta, veamos de que se trata, ¡Arre!". Tras haberme mojado hasta los huesos con las frías aguas holandesas, Tormenta, mi negro caballo, me llevó hasta lo que pensaba que era el cadavérico cuerpo de un Dominico.

"Parece estar muerto... mas llevémoslo ante Don Jacobo, así saldremos de dudas" Le decía a Tormenta, mientras lo subía a sus lomos con cuidado de no hacerle daño con el garfio.


Tras volver a mojarme hasta el higadillo, conseguí llegar hasta Don Jacobo sin que se cayese del caballo ni una sola vez.

"Aquí tenéis un paciente Don Jacobo, parece estar muerto, mas no es mi trabajo juzgar si a esta persona ya le llegó la hora o no, más bien mi trabajo es... darle este oficio a personas como vos, asi que... si os parece, os lo dejo en esta carreta".

Era la primera buena acción que hacía en mucho tiempo...
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"En nuestras mentes conservamos, la grandeza del ayer, tenemos voluntad de imperio, que tendrá que renacer." Alonso de Contreras

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Rogorn
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Mensaje por Rogorn » Mar Nov 29, 2005 9:35 am

[Padre Julián San Martín]

-My book… Where is it? Give me my book...
-Eh, oíd esto. Está hablando.
-Where… the book… give it to me…
-¡Por todos los santos! Es parla hereje. Creía que era un dominico.
-A saber quién demonios será en realidad.
-Parla hereje como la del libro. Esto no me gusta. Avisad al capitán.
Abro… los ojos. Mmm… Qué dolor de cabeza… Aah… No puedo ni girar el cuello. Tres rostros barbudos sobre mí… Hablan en español… Me perseguían… La iglesia… El libro… ¿Dónde estoy?
-Mi… mi libro. ¿Dónde está? No quiero perderlo…
-¡Vaya! ¿Qué os parece? Ahora habla en cristiano.
-El libro… por favor…
Uno de ellos coge el libro y me lo enseña. Lo tienen… qué alivio.
-Aquí lo tenéis, padre… si eso es lo que sois en verdad. Me pregunto qué hacéis con esto en lugar de llevar un misal en latín. A lo mejor debemos quemarlo.
-Quemarlo… no… dádmelo.
Aah… Qué dolor al moverme…
-Avisad al físico también. No quiero que se nos vaya ahora.
-Yo no me fío ni un pelo. ¿Y si no es de los nuestros?
-Razón de más, ¿no creéis? Habrá que interrogarle.
Mi cabeza… Me desmay-yo.

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ZenSoku
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Mensaje por ZenSoku » Mar Nov 29, 2005 11:24 am

[Diego Vargas de Guzmán]

Demasiado hierro llevaba yo encima, y el arcabuz íbame a provocar un moratón de aquí a nada en el hombro. Todo sea por hacer honor al nombre de mi padre.

Mientras andaba absorto en semejantes pensamientos, me pareció ver de refilón como uno de los jinetes se separaba de la columna, regresando más tarde con un hombre a lomos de su caballo. Parecía un fraile Dominico.

-Tie cojones, qué coño hará un cura aquí perdío - me pregunté.
-Jeje, vuestra merced viene del sur, supongo, ¿no? - me dijo un arcabucero que caminaba a mi lado. Parecía del norte.
-Algo así, de Capileira, en la Alpuharra granaína. Vuasé to lo contrario, parece sé.
-En efecto. Me llamo Ignacio Etxebarria, y soy de Bilbao.
-Aaaahn... pue yo soy Diego Vargas, "el Tigre" me llaman los compadre, hijo de padre gitano y buen soldao de Su Católica Majestá, y de madre castellana y santa como ella sóla. He dejao a to los compadre en el Rhin, allí a lo lejos. Un placé habé conosío a vuestra mercé.

Ahí quedó la conversación, pero el bilbaíno me dirigió una mirada a media sonrisa, que yo entendí como aprobación. Aún siendo de puntos opuestos de España, me pareció que haríamos buenas migas el vasco y yo. Incluso siendo de tan diferente clase social, según aprecié en su vestimenta. A propósito de ello decidí preguntarle, y seguir así un poco más la conversación.

-Y con to los respetos, ¿no va vuestra mercé mu peripuesto y elegante, teniendo en cuenta que a lo que vamo e a matá herejes?
"Se quitó el sombrero, y con su mirada delataba las ganas de aliñarle el alma con dos palmos de acero toledano..."

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elisheva
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Mensaje por elisheva » Mar Nov 29, 2005 12:59 pm

[Jacobo Montero]


-¡Don Jacobo, despierte!, ¡por favor, amo!. El páter está hablando...

El que a gritos me despertaba del sopor en el que tan gratamente me encontraba era mi criado y “factotum” Juanele, al que había encargado la vigilancia del paciente tras comprobar que ya no corría peligro.

Esta mañana los gritos de los hombres me alertaron sobre la gravedad del asunto.
El hombre que llevaron a la carreta que haría de improvisado hospital parecía sostenerse con un hilo de aliento.
Presentaba múltiples lesiones y magulladuras que “per se” no hubieran sido motivo de alarma, pero éstas, unidas a la severa hipotermia que había padecido y al estado de consunción en que se encontraba me hicieron temer por la inutilidad de mis cuidados.

Había conseguido restañar la sangre de una herida y aplicado cataplasmas al resto; conseguí que poco a poco, en los escasos segundos de conciencia que presentaba, bebiera vino caliente especiado y algo de caldo de carne que Juanele me preparaba.
El calor de las mantas y el descanso hicieron el resto.

Comprobé su pulso, que había recuperado un ritmo aceptable, aunque pude comprobar que en sus ojos se mantenía el brillo del estado febril.
No era la primera vez que encontraba hombres así en mi camino, en los que la férrea voluntad de la fe o las convicciones que los consumían conseguían doblegar su cuerpo, ya que no su espíritu.

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elurk
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Mensaje por elurk » Mar Nov 29, 2005 8:49 pm

[ Ignacio Etxebarria ]

"Y con to los respetos, ¿no va vuestra mercé mu peripuesto y elegante, teniendo en cuenta que a lo que vamo e a matá herejes?"
La pregunta me pillo desprevenido y me arrancó de cuajo de mis pensamientos, volviendo asi a la cruda realidad.
"Uno debe ir siempre elegante - dije - aun si se va a morir"
- Cierto, dijo riendose a carcajadas, cierto... volvió a decir como para sí, como si estubiese meditando consigo mismo...
Era esta una de las primeras personas con las que hablaba desde nuestra partida, no por que fueramos en silencio sino porque mi timidez natural me impedia iniciar cualquier intento de conversacion con los demas compañeros.
Parecia una buena persona. Uno de los que te podrias fiar.

Se ordenó un alto en el camino y algunos soldados mas se unieron a la conversacion. llebabamos varios dias de marcha forzada y, aunque nadie dijese nada, el rostro de los soldados transmitia una horrible notoria de cansancio. No era la distancia recorrida lo que cansaba a ala tropa, sino esa humedad en el ambiente, esa bruma insoportable. Parecia que el sol nunca iba a salir.

-Espero que no le moleste si le pregunto como ha venido a parar a flandes
"No permitiré injusticias ni juego sucio, pero si se pilla a alguien practicando la corrupción sin que yo reciba una comisión lo pondremos contra la pared... ¡Y daremos la orden de disparar!"
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ZenSoku
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Mensaje por ZenSoku » Mié Nov 30, 2005 12:10 am

[Diego Vargas de Guzmán]

-Espero que no le moleste si le pregunto como ha venido a parar a Flandes...
-¡Digo, digo! Con lo que me gusta a mi hablá... Po verá vuacé, mi padre Don Francisco Vargas Romero, que en gloria Dios lo tenga, se dejó tor pellejo en er campo de batalla lushando por el Rey nuestro señor, y aún siendo esa honorable muerte, a mi se me quedó pa to mi vida un odio de musho cuidao a los marditos herejes. Por eso, en cuanto pude le pedí a mi madre que me mandara a Motril, al puerto, pa que me llevaran a Italia y pudiera algún día haserle el honor al buen nombre de mi padre. Y en esas me veo, Don Ignacio, hartico de andá por estas tierras, y con una herida en el costao de cuando las Querquenes que con esta mardita humedad está consiguiendo haserme blasfemar en varias parlas... la mu condená.
-Jejeje, permítame vuestra merced decirle que tiene un acento muy simpático. Se nota su procedencia sureña...

Mientras Don Ignacio y yo charlábamos, junto a otros soldados que se habían acercado a nosotros, un grueso grupo de la compañía se arremolinaba en torno a la carreta del médico militar. Ya fuese por el frío, por la bruma y la humedad, por el cansancio, o por la madre que los parió a todos juntos, en ese momento no me interesaba mucho el dominico que el jinete al que muchos se referían como "el alguacil Don Luis" había traído a lomos de su caballo. "Los curas no están hechos pa la guerra", como decía mi compadre Miguel Pérez. Pero si, como se decía, ese dominico había aguantado el frío y los ataques de los herejes, a las malas resistencia tiene, el jodío. Y nunca sobra un entregado a la fe, por si los fantasmas del pasado nos amenazan cuando la muerte se acerca.

-Además, parece ser que tiene experiencia a sus espaldas. Ha de ser hombre de hígados, Don Diego, para verse en estos trances todavía y no haber vuelto a España.
-No sé si hígados, Don Ignacio, pero corahe sí que tengo, seguro. Tampoco puedo pedirle menos al hijo de mi padre. Er tiempo me pondrá en mi sitio, tenga o no tenga hígados.

Don Ignacio parecía un hombre amable, aunque hablaba poco. Además, a pesar de mi corta edad, me miraba con el respeto con que se mira a un veterano. Y por los clavos de Cristo que si con lo que había pasado aún no podía considerárseme veterano, la guerra no era para mí. Ni para nadie. Pero el caso es que Don Ignacio me agradaba, y eso era mucho decir entre bravos, rufianes y valentones. Precisamente porque él no parecía nada de eso, y yo no lo era.

-Bueno, pero cuénteme vuestra mercé argo de su vida, que la mía ya la conoce...
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Targul
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Mensaje por Targul » Mié Nov 30, 2005 6:11 pm

El capitán González mandó dar el alto.

Llevaban marchando mes y pico desde que habían salido de Milán através del Camino Español. Sus órdenes eran las de personarse en el castillo de la ciudadela de Amberes para reunirse al grueso de la tropa del Tercio de Fadrique como compañía de arcabuces y mosquetes. Les acompañaban en el camino varias compañías recién reclutadas de los tercios de Cartagena y Figueroa, que pararían en la ciudad un día escaso antes de marchar al frente, establecido frente a los muros de Bergen-op-Zoom, ciudad asediada por Spínola.

Los gastadores ayudaron a los soldados a montar el campamento, con sus tiendas de lona, foso y empalizada. Los soldados, contentos por la cercanía de Amberes (llegarían mañana por la tarde a la ciudad), charlaban en corros o jugaban a las cartas en el cuerpo de guardia (donde esta penado con la muerte desenvainar la espada sin motivo), mientras los especialistas, herreros, artilleros y putas se tenían en sus propias tiendas, comenzando los menesteres propios de sus respectivos oficios.

En la tienda del armero Raul, unos conocidos entraron.

-A la paz de Dios -dijo Miguel Molero.

Don Luis, el Oso y Llani se congregaron allí, felicitando a Rodríguez por sus útiles armas de llave de chispa, toda una innovación bien acogida por el capitán, que les había convertido en poco menos que miembros de élite en sus respectivas escuadras. Tomaron un poco de cerveza holandesa, lamentándose por la falta de vino, mientras hablaron de los viejos tiempos.

González se quitó el sombrero, entrando en la tienda del cirujano. El pater ya estaba despierto, y miraba la lona del techo con abstracción. Jacobo Montero se lavaba las manos en una jofaina, entretenido tras diagnosticarle sífilis a uno de los hombres que había ido a verle. Este estaba hecho un ovillo sobre la camilla, avergonzado por la mala muerte que le esperaba, fruto de sus relaciones con las prostitutas. Suponía que no era el acto lo que le avergonzaba, sino terminar sus dias de una manera tan innoble.

-Tendré que examinar de nuevo a las mujeres para encontrar a la portadora -dijo el cirujano al capitán- Si no se ataja pronto, los hombres podrían contagiarse por docenas.
-Me hago cargo -repuso este- ¿Cómo está el fraile?
-Puede preguntárselo vuesa merced, está plenamente consciente.

Se acercó. El capitán González era un burgalés de cuarenta y pocos, bajito y con un gran mostacho. Tenía una cicatriz que le cruzaba la mejilla, recuerdo de Ostende, y era un hombre franco y recto, aunque parco en palabras. El dominicio se lo quedó mirando, e hizo gesto de incoporarse, aunque el cirujano lo retuvo.

-Mejor reposad -intervino este.
-¿Como se encuentra? -preguntó el capitán.
-Bien...O eso creo.
-Soy el capitán Adolfo González del Tercio de Fadrique. No tengo el gusto de conoceros...
-Julián -tosió un poco- fray Julián San Martín.
-Tanto gusto -estrechó su mano- ¿Puedo preguntaros que hacéis en Flandes?
-Vengo de Inglaterra, de predicar. Los protes...-carraspeó- Los herejes me echaron a patadas de un pueblo más allá del frente, por propagar la verdadera religión.
-Lamento oirlo. Me dijeron mis soldados que habíais reclamado un libro, en parla hereje -se lo entregó- Helo aquí.
El hombre de Dios sonrió, agradecido.
-Muchas gracias capitán, temí perderlo.
-No logré leer nada, creo que está en otro idioma.
-Es la primera edición inglesa del Quijote. Siempre la llevo encima.
González rió, amistoso.
-Huíais de alguien, según me dijo vuestro rescatador, un jinete.
-Ya os dije que me buscan por predicar, capitán.

El sifilitico había salido ya de la tienda, y el cirujano se entretenía enciendo una vela, dispuesto a leer sus libros, que transportaba en un pesado arcón. Julián lo miró, distraído.

-¿Tenéis algún sitio donde ir? -preguntó el capitán.
Nego con la cabeza, aclarándose la garganta.
-Soy andariego, predico aquí y allá.
-Se lo digo porque andamos sin servicio religioso. Nuestro anterior fraile se emborrachó tanto una noche que terminó en compañía de una daifa y colgó los votos a la mañana siguiente. Estaría muy honrado si nos acompañara, sin compromiso, solo hasta que nos vuelvan a asignar otro capellán.
-Lo consideraré. Gracias por todo.
Sonrío, franco.
-Ahora intente descansar, mañana llegaremos a Amberes.

El capitán se despidió con un asentimiento, dejándolos solos. La noche cayó sobre el campamento, y los soldados fueron a dormir mientras los guardias, mal que bien, aguantaban de pie el famoso "cuarto de la modorra".

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elurk
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Mensaje por elurk » Mié Nov 30, 2005 10:58 pm

[ Ignacio Etxebarria ]

- De veras que lo siento, Don Diego. lo siento por usted y por su padre. Nadie merece un final asi.
-No me cabe ninguna duda de que su padre fue un buen soldado, y murio como tal: con un enemigo caido a los pies. - Parecio entornar los ojos en busca de algun vago recuerdo-
- Mi presencia en estas tierras no proviene de una causa tan digna como la vuestra, la de honrar la muerte de un padre.

Subitamente, los fantasmas del pasado, aquellos a los que creí olvidados volvieron a aparecer, en forma de recuerdo, por mi cabeza.

- Tras una temporada "apaleando sardinas" en el Mediterraneo por una mala jugada del destino, volvi a Madrid a terminar mis estudios de leyes. No paso ni un mes antes de que me viera sin trabajos ni peso en la bolsa. jajaja
Hubo una risotada general, como dandose cuenta ,los compañeros, de que todos habiamos estado de esa curiosa manera en algun momento antes de venir a parar aqui...
- Asi que vi en el el ejercito una manera, como otra cualquiera de ganarme la vida.

Se habian ido uniendo al grupo varios hombres mas, entre los que estaba un tal Don Lope, asi como tambien Don Nuño Cortés.
Este ultimo no habia hablado mucho en toda la tarde, sino que se habia limitado a escuchar y observar.

Habiamos estaba hablando buena parte de la tarde hasta bien entrada la noche y el cansancio estaba haciendo mella en mi. No paso mucho mas tiempo hasta que me dormí.
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Rogorn
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Mensaje por Rogorn » Jue Dic 01, 2005 12:44 am

Adolfo González escribió: Estaría muy honrado si nos acompañara, sin compromiso, solo hasta que nos vuelvan a asignar otro capellán.
-Lo consideraré. Gracias por todo.
Sonrío, franco.
-Ahora intente descansar, mañana llegaremos a Amberes.


[Padre Julián San Martín]

Me incorporo con menos trabajo del que esperaba. El problema parece ser tanto el cansancio como los golpes, y se va pasando.
-Quizá pueda ayudaros con vuestro asuntillo, capitán.
-¿Qué asuntillo?
-El de las putas que os siguen.
González enarcó ambas cejas, sorprendido por varios motivos. Primero, por la crudeza de la palabra, y más en boca de un fraile. Y segundo, maravillándose cómo demonios le podía ayudar con el ‘asuntillo’. Echó una ojeada rápida hacia don Jacobo, que miraba a ambos e silencio más con cara de sorpresa divertida que con incomodidad. ¿Cómo iba a estar incómodo tras haber examinado la ‘evidencia’ del asuntillo personalmente?
-Padre, ¿qué decís? Primero, que no todas las mujeres que nos siguen se merecen el nombre. Y segundo, que no veo cómo podríais… en fin.
-Secreto de confesión.
Don Jacobo lo cazó al vuelo, y movió la cabeza apreciativamente. Sin embargo, el capitán parecía necesitar mayor claridad.
-Don Jacobo dice que ya las ha visto, y sin resultado. Pero si tanto llevan sin atención adecuada para sus almas, agradecerán la oportunidad de contar al confesor lo que no muestran al físico. Además, si la causante lo está haciendo a propósito, puede que ni se haya presentado al buen doctor. Pero si no sabe que yo persigo averiguar tal cosa, puede que alivie sus cuitas conmigo.
González frunció el ceño. No parecía muy convencido.
-No tenemos tiempo, padre. Salimos mañana.
-No necesito reclinatorios, capitán. Pueden ir hablando conmigo a la cola de la caravana. Entiendo vuestros escrúpulos de todas formas. Pero si en verdad buscáis mis servicios para vuestros hombres, mal puedo salvar sus almas si sus cuerpos enferman cuando no deben. Pensadlo y decidme algo por la mañana. Supongo que no pasaréis por Grimbergen en vuestro camino.
-Puede que sí y puede que no. ¿Por qué?
-Espléndida cerveza. La recuerdo de mis años en Lovaina. Pero supongo que no están los tiempos.
González esta vez frunció el ceño. ¿A esto llegan los que tratan con herejes? Mientras, don Jacobo tenía una sonrisa cada vez más amplia. Me recuesto de nuevo. Qué alivio.
-Gracias otra vez, capitán González. Debo a sus hombres mi pobre existencia. Nunca lo olvidaré.

Targul escribió: El capitán se despidió con un asentimiento, dejándolos solos. La noche cayó sobre el campamento, y los soldados fueron a dormir mientras los guardias, mal que bien, aguantaban de pie el famoso "cuarto de la modorra".

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elisheva
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Mensaje por elisheva » Vie Dic 02, 2005 8:50 pm

[Jacobo Montero]


El padre Julián se revolvía incómodo en la cama. Me quedé mirándole aún con mayor curiosidad que cuando me lo habían traído hace unas horas, con más rotos que remendar en el cuerpo que en el gastado hábito blanco y negro que llevaba. El fraile abrió los ojos otra vez.

-¿Cómo de mal estoy, doctor? Mucho no voy a poder parar en este camastro.
-No tiene de qué preocuparse, padre; el reposo y un poco de alimentación han obrado maravillas sobre vos. Aunque yo os recomendaría quedar bajo mi cuidado un par de días más.
El fraile se rio a pesar de que le dolía todo el costillar al hacerlo.
-Me parece que ya habéis oído al capitán. El reposo no entra en los planes.
-¡Ya, el capitán! Bien, veo que sois hombre inquieto y no podré reteneros en cama más tiempo. Al menos procurad que la marcha no os agote. He oído la conversación que habéis tenido con don Adolfo, y creo que es una idea razonable. Si vos sois capaz de llegar donde yo no pude, es posible que podamos atajar la enfermedad que amenaza con extenderse entre nuestras filas.
-Haré lo que pueda. No soy lego en estos temas precisamente. Contadme algo más. ¿Habéis visto a todas las mujeres de los alrededores? Por pequeña que sea la compañía, no parece posible tener controladas a todas.
Negué con la cabeza, compungido.
-No, por supuesto. La población que sigue a los soldados ocupa un espacio equivalente a un pequeño pueblo, y la revisión de las mujeres que ya he hecho ha sido sólo contando con su colaboración. Es posible que algunas de ellas hayan escapado mi criba.
-¿Cuántas de ellas son católicas?
Me encogí de hombros, sorprendido por la pregunta.
-Padre, de las que hablan alguna lengua de las Españas se diría que todas, pero de entre las flamencas, las hay de todas las religiones, la nuestra incluida. Yo diría que alrededor de las tres cuartas partes, habiendo en cuenta que nos siguen desde España y que se han ido uniendo más por el camino. Desde luego, no les he preguntado por ello especialmente.
-Entiendo. Porque mi alcance va a ser limitado. Una cosa es que accedan al conocimiento carnal, hasta con el enemigo si se tercia, y otra que luego se confiesen con sus clérigos. Por lo que ha dicho el capitán, no ha habido atención adecuada a las necesidades espirituales últimamente por aquí, así que muchas agradecerán ser oídas en confesión. Además, tampoco he prometido resultados. El camino a Amberes será largo, y de esta forma tendré algo que hacer para al menos intentar ayudar.
-¡Pardiez! La solución no parece fácil. Vais a tener que demostrar un gran talento para ganaros su confianza, ya que no la salvación de su alma. Mientras tanto, volveré a interrogar a los hombres a ver si consigo descubrir una pauta común.
-Ya que lo decís, la clave puede estar más en los hombres que en las mujeres. Esos sí que son todos de los nuestros, y dueños de sus actos. Pero no creo que les siente muy bien que el capitán les ordene confesión forzosa. ¿Os imagináis el cuadro?
¡Por supuesto que lo imaginaba! Una risilla breve escapó de mis labios.
-¡Bien! Pero no podemos demorarnos mucho. El contagio de sífilis tarda de dos a seis semanas en manifestarse. En ese tiempo otros muchos casos pueden aparecer. Ya he empezado el tratamiento con mercuriales. Espero que los casos más leves se repongan en breve. Mientras tanto enviaré a mi criado Juanele a que vigile entre los campamentos; el rapaz es listo y capaz de colarse como un ratón entre los huecos más pequeños.
-De acuerdo. Esperaremos a ver qué dice González mañana.

El padre San Martín se tocó un hombro bajo su manta. Le miré con preocupación.
-Hay algo que me inquieta, padre Julián. El desgaste de vuestra salud me indica que habéis caminado bastante a la intemperie, sin descanso y sin alimentos. ¿Que lleva a un hombre a huir de esa manera hasta la extenuación?
-Ja, ja. La historia completa de mis andanzas puede llevarnos hasta la Pascua y más allá. ¿De verdad queréis saberla?
-En verdad, mis ocupaciones aquí no me llevan demasiado tiempo – por ahora. Podéis disponer de mi atención.

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Rogorn
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Mensaje por Rogorn » Vie Dic 02, 2005 8:52 pm

[Padre Julián San Martín]

-Empezando por el final, no son los holandeses quien me han dejado hecho un ecce homo, sino los ingleses, que entraron en el pueblo esta mañana. Por lo que veo, hay quien es capaz de llevar sus rencores más allá del mar traidor y de sus tormentas.
-¿Huís de la intolerancia contra los católicos?
-Intolerancia... En estos dias la hay en todos los bandos. Tengo enemigos en la Albión, sobre todo uno muy poderoso. Llegó un momento en que me vi obligado a irme de Londres por su causa. Mi padre es español, de Galicia y las Asturias, naufragado en la Empresa de Inglaterra el año ochenta y ocho del siglo viejo. Nunca pudo volver a la patria – o no quiso – y acabó casando con una escocesa, mi madre. Pero no os confundáis, que no es una de las erradas seguidoras del hereje Juan Knox: era católica como él y como su dueña, la nunca suficientemente llorada María Estuardo, a la que sirvió hasta que la maldita Isabel de Inglaterra la hizo decapitar. Yo nací en Edimburgo, donde ambos encontraron acomodo mientras profesaban su fe ocultamente, como los mismísimos apóstoles se vieron obligados a hacer en sus tiempos. Cuando la Jezabel pelirroja por fin murió el año tres, Jacobo de Escocia tomó su trono, y mi familia mudó asiento con él, llevándome a Londres. Mi vida da muchas vueltas y revueltas desde entonces, pero lo que os interesa saber es que tomé el hábito de la Orden de Predicadores durante mis años en España tras estudiar a tiro de piedra de aquí, en Lovaina, con los jesuitas. Después, con el interés de Jacobo en los asuntos españoles, pude ser de utilidad a su familia, y tras una cosa llevar a la otra, últimamente me he visto envuelto en los planes reales para casar a su hijo Carlos con nuestra infanta. Sin embargo, habiendo estado cercano al conde de Buckingham en un tiempo, ahora mis intereses corren contrarios a los suyos. Por eso hube de huir, y gracias a mis antiguos conocidos de la Compañía de Jesús pude encontrar acomodo en una parroquia de frontera aquí cerca, en Tienen. Hasta hoy. En verdad que no pensé que fueran a buscarme personalmente al otro lado del canal, pero escarmiento ahora en cabeza propia: uno nunca debe subestimar el amor propio de nadie.
-Por lo que decís, más parece un asunto personal que de religión.
-¿Qué hay más personal que la religión, don Jacobo? Pero sí, el motivo es más personal que otra cosa.
-Tenía entendido que a los papistas se limitaban a expulsarlos, pero veo que con vos han iniciado una persecución sin tregua. ¿Pensáis que estaréis a salvo refugiado entre un puñado de hombres que se dirigen a un destino incierto?
-Cualquier lugar es incierto en estos tiempos.
-Aunque en cierto modo tiene su lógica.
Le interrogué con la mirada. Don Jacobo continuó.
-Don Adolfo tiene razón. Aceptad la propuesta del capitán y el mismo ejército se convertiría en vuestro ocultador.
Lo pensé unos momentos mientras bebía el agua que tenía cerca.
-No es poca cosa en los tiempos que corren... Pero temo que, a poco que me descuide, me acaben asignando definitivamente a un puesto fijo en los tercios. Los puestos religiosos militares están estrictamente reglamentados, y no es eso lo que busco. - Volví a reírme - Para eso podria haber entrado en los jesuitas.
-Al menos acompañadnos hasta nuestro destino.
-De eso al menos estoy seguro, no os preocupéis. Me viene bien, tengo vuestros cuidados a mano, y barrunto que no podré volver a poner pie en Tienen durante un tiempo de todas formas.
El físico cogió el libro que estaba en el suelo.
-Observo, padre, que poseeis una edición inglesa de uno de mis libros favoritos.
Le miré, interesado.
-¿Entendéis la parla inglesa?
-No necesito conocerla para reconocer el nombre que aparece en el título.
-Bien cierto. Pero eso no parece servir para todos, por lo que veo. Alguno de los soldados amenazó con quemarme el volumen. Y por eso no paso. Una biblia se puede conseguir donde sea, pero este libro es algo de mucho valor para mí. Tratado de gran provecho, aunque no todos lo reconozcan. Por eso fue un gran orgullo ayudar a maese Tomás Shelton a traducirlo al inglés. Varias semanas de mi vida están en estas páginas.
Era ahora el turno del médico en mostrar vivo interés.
-Celebro reconocer en vos a alguien erudito y amante de las bellas letras. Me acompañan algunas de las obras que tengo en más alta estima. Sería un honor poder comentarlas con vos, si así lo deseais.
-¡Ah, don Jacobo, qué pena no haberos conocido años ha! Hace desde mi mocedad que no tengo tiempo para leer obras llenas de tan buenas razones y motivos como la de don Miguel. Si queréis que el comentario sea monologado en vez de a dos voces, tendré gusto en oír buena prosa y poesía castellana de vuestros labios. A cambio, si lo deseáis, sólo puedo ofreceros discutir cualquier enredo, tejemaneje o engaño de la política de todas las Españas, y sus aliados y sus enemigos por todas las cortes de Europa.
-Entonces obtendreis de mí un oído atento, ya que hace tiempo que dejé de interesarme por las políticas, y ya veis, mi nueva situación me obliga a ponerme al día.
-¡No me digais que empiece o no me haréis parar! Será como cuando los holandeses rompen uno de los diques que nos rodean para enfangar nuestro paso: manará tanta agua que querreis huir de ella despavorido.
-Ja ja ja ja. Está bien, padre. Ahora, como médico vuestro os ruego que descanséis y comencéis vuestra labor a partir de mañana.
-Le agradezco sus cuidados sobremanera, doctor, pero seguramente los ha visto peores, y con frecuencia. ¿Tengo algo roto? Es todo lo que necesito saber.
-No, ya os dije que sólo era extenuación e hipotermia debido a la exposición a los elementos, aunque algunas de esas magulladuras que presentáis en el costado os dificultarán la respiración. Continuad usando los emplastos que os he aplicado y en un par de días caminaréis como nuevo.

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BRIVONA
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Mensaje por BRIVONA » Vie Dic 02, 2005 10:10 pm

(Nuño Cortés)

Las malditas botas me lastimaban como el demonio. Tenía la planta y los dedos de los pies llenos de ampollas. Algunas se estaban curando pero casi todas supuraban.

Agradecí el momento en que nos ordenaron formar el campamento ¡por las barbas del diablo! Cuando por fin terminamos, me senté sobre un tocón de un arbol caído y me saqué las botas. ¡ voto a bríos! aquello tenía muy mal aspecto, los pies parecían corrompidos de podredumbre.

Habían sido muchos días de penosa marcha, con todo el peso de las armas a cuestas y yo no tenía ninguna costumbre de aquellos paseos.

Algunos compañeros se habían puesto a jugar a las cartas y a los dados en corrillos allí al lado. El tal Etxebarría y el joven Diego Vargas seguían dándole a la sin hueso mientras daban largos tragos de un pellejo que el tal Diego había sacado de alguna parte. Todos parecían tan frescos ¡pardiez! ¿Es que era yo solo el único que estava reventado por la marcha?

- ¡Don Nuño! - me llamó el andaluz Vargas - ¡Véngase pa acá a eshar unos traguillos, hombre!

Negué con la cabeza. No quería que el rapaz me añadiese además un dolor en la testa con su charlatanería ¡por los clavos de Cristo! no se callaba. Llevaba días hablando sin parar mientras caminabamos. A buen seguro el Etxebarría tenía que sufrir de sordera para poder aguantar la marcha a su lado.

Por olvidar un rato el dolor que sentía en los pies y que empezaba a aliviarse ahora que los había puesto al fresco, traté de pensar en otra cosa.
Me centré en mi cariñosa Doña Elvira, a la que había dejado tan lejos en Mérida, una de las damas que me invitaba tan frecuentemente a su casa, incluso antes de que su viejo marido fuese a visitar a San Pedro. ¡Buena hembra!
Recordé sus hermosas tetas, que no cabían en las manos de un hombre, en su gran trasero que siempre meneaba ante mis narices para provocarme, en su...

- ¡Don Nuño! - me llamaron. A mi lado estaba el rapaz andaluz tendiendome el pellejo con el vino. - Dele un trago a este caldo.... ¡pardiez! - exclamó mirando mis pies - He visto morir a hombres con heridas menos malas que esas.

Antes de que pudiera responderle se puso a hablar sini parar sobre los malos humores de las llagas que acabarían conmigo y que si había visto morir a hombres de calenturas y a continuación empezó a hablarme de un tal Martín que la había espichado de una herida que también supuraba como las mías.

Le tendí el pellejo del que había dado unos buenos tragos.

- Voy a ver al físico . Con Dios - y allí lo dejé sentado. ¡pardiez!
«¡Cuán gritan esos malditos! Pero ¡mal rayo me parta si, en concluyendo la carta, no pagan caros sus gritos!»

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ZenSoku
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Mensaje por ZenSoku » Sab Dic 03, 2005 12:02 pm

[Diego Vargas de Guzmán]

-... y a mi compadre Martín Gómez se lo llevaron los malos diablos por una herida mu paresía, aunque en otro lao más comprometío. Era un buen hombre de la...
-Voy a ver al físico . Con Dios.

Y así me dejó el elegante Nuño, con la palabra en la boca, después de ofrecerle como buen camarada un trago de mi mejor vino de fatigas, capaz de resucitar al más muerto de los muertos. Yo no era noble, ni muy educado, pero voto a Dios si no me pareció contradictoria su conducta viéndo su pose, semblante y presencia, con esas ropas de soldado "rico". Por menos le tajé la cara a un viejo compadre del Palatinado. Que sin respeto no somos nada, menos aun en la guerra. Y esa actitud no sé si era propia de turcos o luteranos, pero de españoles no, seguro. De todas formas, me pesaban hasta las manos después del duro viaje, y con esas ampollas que me llevaba Don Nuño se entendía un pellizco de mal humor. Por esta vez pasaría. El tigre se va a quedar dentro por hoy, que lo mejor es sacarlo contra herejes y no contra camaradas...
... pero que no se pase un pelo. La segunda no la va a consentir el hijo de mi madre.

Después, volví al corrillo con el buen Don Ignacio y les despedí con mucha política alegando que me pesaba el sueño más que el alma. Me fui a dormir, rezando una oración para alejar un poco los malos fantasmas. Mañana sería otro día...
"Se quitó el sombrero, y con su mirada delataba las ganas de aliñarle el alma con dos palmos de acero toledano..."

Benditas voces de Ultrarumba... ¡¡ESTOPA!!

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RaulR
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Mensaje por RaulR » Dom Dic 04, 2005 11:58 am

(Raul Rodriguez)


Ya estamos otra vez aqui, pensé. Calandonos con este frio humedo hasta los huesos. Marchando sin descanso por estas tierras abandonadas de Dios. ¿A quien cojones le importaran estos malditos cenagales para verter tanta sangre en ellos? Desde luego no a mi.
Supongo que podrian colgarme si dijera esto en voz alta, pero ya me cuidaré yo de ello. Je je. Tiene gracia. Esta guerra nunca me interesó en absoluto. Ni esta ni ninguna. Y resulta que ya es la segunda vez que piso estas tierras. Que ironico es el destino. La primera vez que estuve aqui fue para matar a un hombre. Y maté a muchos, pero no al que buscaba. Y ahora estoy aqui para salvar a un chico, que quiere convertirse en hombre y huye desesperadamente e su pasado.

Raul observó el mecanismo de chispa del mosquete en el que estaba trabajando. disparó el gatillo y escuchó el sonido metalico de la llave. Llevaba un buen rato repitiendo la operacion. Su ayudante, muchas veces acaba de los nervios, pues no entendia bien para que narices movia tanto el mecanismo en vez de atacarlo de una vez con las herramientasy reparar lo que tuviera que reparar. Pero ya no habia vuelto a comentar nada al respecto, despues de la vez anterior, en la que le habia dicho que porqué se entretenia tanto en cada arma. Raul cogio ese mosquete, salio de la tienda, puso un naipe sobre un seto y se alejó de el 300 pasos. Se giró, y sin dedicar mas de unos segundos a encarar el cañón, disparó y acertó en el centro del naipe.
Despues de aquello nadie volvió a recriminarle su lentitud a la hora de trabajar las armas de fuego. Aunque los veteranos ya sabian eso de sobras. Entre los del tercio de mosqueteros habia una apuesta en marcha desde aquello, para ver quien conseguia superarlo. El acierto se cotizaba ya en 40 reales.

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elurk
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Mensaje por elurk » Mar Dic 06, 2005 9:07 pm

A la mañana siguiente todo parecia haber cambiado; no me encontraba cansado ni somnoliento. Parecia que toda una vida habia pasado desde que me acosté la noche anterior.
Sali de la tienda de campaña, con la intencion de estirar un poco mis agarrotadas piernas. En torno al campamento, grupos de soldados tomaban su racion matutina a modo de desayuno agradeciendo tener algo que llevarse a la boca, aunque maldiciendo por dentro por el hambre que iban a pasar.
Un aire fresco me golpeaba la cara mientras observaba el verde paisaje. Cerré los ojos y recordé las verdes praderas cercanas a mi casa.
Me acerqué a un grupo de compañeros para tomar asiento y desgustar mi escasa racion mientras cada uno contaba sus proezas y heroicidades, algunas vedaderas, otras mas falsas que una moneda de madera. Entre ellos se encontraban Miguel Molero, apodado “El Oso”y Lope de Moscoso, charlando amigablemente de sus hazañas como si se conociesen de toda la vida.
Por mi parte, tras terminar el escueto desayuno, me despedí de la gente como es debido y me encaminé hacia la tienda del armero.
Hacia ya un par de dias que me habia dado cuenta de que mi arcabuz no funcionaba todo lo bien que quisiera. No se que le pasaba pero debia ser algo interno del mecanismo. Lo intenté una y otra vez pero no conseguia arreglar el condenado artefacto.

- De hoy no pasa,– me dije a mi mismo.—no vaya a ser que nos pongamos a dar tiros, se me encasquille y no termine el dia como dios manda, es decir de una sola pieza.

No hice nada mas que levantarme y ponerme en direccion a la tienda del armero cuando sonó un trueno que hizo que todos los presentes metieran mano a la toledana. El disparo provenia de la tienda del herrero, lo cual los tranquilizó, dado que éste habia estado estos dias perfeccionando su último encargo.

Me acerqué hasta la tienda y allí ví a Don Raul y a su ayudante con el arma de delito.
- Buenos dias tenga usted Don Raul, ¿ Que tal le trata la vida? ¿mucho trabajo?
- Buenos dias Don Ignacio, - dijo- la verdad es que no me puedo quejar ¿Qué le trae por aquí?
- Pues verá usted…
Le conté el problema que desde hacia varios dias rondaba por mi cabeza.
- No se preocupe usted; lo tendrá para mañana, dos dias a lo sumo.
- Muchas gracias pues; Nos vemos mañana.
"No permitiré injusticias ni juego sucio, pero si se pilla a alguien practicando la corrupción sin que yo reciba una comisión lo pondremos contra la pared... ¡Y daremos la orden de disparar!"
Groucho Marx.

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Targul
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Mensaje por Targul » Mar Dic 06, 2005 10:12 pm

Amberes, marzo de 1622.

Algunos hombres blasfemaron. Una de las ciudades más grandes del mundo se extendía ante ellos: rica, pujante, comercial, majestuosa tras su circuito de murallas y fuertes bastiones. Cruzaron el ancho Escalda sobre el puente de barcas construído por Alejandro Farnesio en el año 85 del siglo viejo, cuando las esperanzas orangistas cayeron en picado tras la conquista de esta rica ciudad. Felipe II, según contaban, había entrado en plena noche en la habitación de su hija para darle la nueva, con la brevedad que le era característica. "Nuestra es Amberes". Y, desde entonces, lo seguía siendo.

Las lanzas refulgieron en el mortecino sol del Brabante, sobre las frías aguas del río, mientras los sargentos que encargaban que nadie rompiera la fila, através de las calles más anchas y principalees de la ciudad. Los valones se asomaban a verlos desfilar, siempre impresionados o temerosos de su fiero aspecto fiero y cetrino, meridional.

En el castillo de Amberes, don Fadrique de Mendoza repitió el ritual de todos los días. Sentado en una silla y con una manta tapándole la rica armadura pavonada en la que lucía la banda de seda roja, echaba la cabeza para atrás, respirando suavemente mientras el barbero retocaba las puntas vueltas de su bigote aristocrático después del afeitado y recorte del bozo y barbita puntiaguda. Al término, uno de sus criados le daba a una órden su espada envainada, la cual procedía a revisar ceremonialmente dejándola correr arriba y abajo tres veces. Finalmente, y mientras el criado le colocaba el arma en el tahalí, requería el bastón de mando, aclarándose la garganta, y apartaba con él al barbero, siempre colocado delante del espejo, donde daba un último repaso ocular a su impecable aspecto (guantes de ante, carísimo cuello valón, y botas de piel, asi como un gracioso chapeo de ala plegada, empenachado de rojo y azul). Con paso ceremonial, cúal si fuera el papa de Roma, salíó al patio de armas.

-Buenos días, don Leovigildo -dijo con mucha política a uno de sus entretenidos.
-Buenos días, señor -respondía este, con su clásica reverencia.
-¿Hay novedades, don Antonio?
-Una compañía de arcabuces al mando del capitán González ha venido para reforzarnos por órden real, gente plática, según se nos ha comunicado.

El que había hablado era el sargento mayor Antonio Castells, un catalán magro y membrudo que delataba en sus canas largos años de victorias y derrotas en servicio de dos reyes distintos, ahora tres. Los hombres formaban por compañías en la explanada, bajo la bandera flameante del Tercio en las alturas del bastión, cuyos amenazantes muros se adentraban en la ciudad y discurrían paralelos al río, erizados de cañones, formando una graciosa forma geométrica similar a una estrella. Don Fadrique se acercó, con una mano apoyada en la cintura y otra sobre la empuñadura de su rica espada de conchas. Al pasar delante del capitán González, este se tocó mecanicamente el ala del sombrero en un respetuoso saludo.

-Vos debéis de ser el tal González, asupongo -dijo en tono pedante.

Algunos de los arcabuceros se amostazaron un poco, retorciendo el mostacho por aquel "vos". Nada bueno presagiaba aquella falta de respeto.

-Capitán Eustaquio González, señor maestre. A vuestras órdenes.
-Claro...claro -repuso el maestre, llevándose un pañuelo perfumado a la nariz- ¿Y me dicen que vuestros hombres son pláticos?
-Gente vieja y del oficio, señor maestre, pocos bisoños pero bien adiestrados por sus mejores.
-¿Como, bisoños decís? -don Fadrique simuló amostazarse un poco, como picado en el orgullo- Entonces vuestra compañía no es de soldados viejos.
-Yo mismo instruí a los pocos mozos que no han visto combate, y tras un mes por el Camino Español os puedo certificar que sabrán estar a la altura de los miembros más vetustos.
-Sonáis arrogante, estimado Gutiérrez, para haber llegado aquí hoy mismo -le dió ahora el lado, mirando el horizonte- Largo tiempo llevo en Flandes guardando Amberes, durante la paz. Ahora me envían más soldados, y Dios sabe si no tendremos que entrar en combate.
-Con todo respeto a usía, señor maestre, creo que para eso nos alistemos todos.

Alzó una mano como para pegar, pero el capitán tomó igual de rápido la empuñadura de su cazoleta, haciendo visos de desenvainar. El maestre retorcía el mostacho, de pura ira.

-Maldita sea vuestra arrogancia, señor. Durante más de cinco años he mantenido excelentes relaciones con valones y holandeses, hasta que la tregua expiró. No consentiré que se me tache de cobarde, cuando cumplí mi deber con pundonor.

Lejos de esta discusión, un arcabucero maduro y con evidente aspecto de veterano canoso, habló en voz baja al oído del joven Nicolás de Buenaventura:

-Muy amigo debía de ser de los holandeses, a fe mía.
-¿Quién ha roto el silencio? -bramó el maestre de campo.

Al poco, túvolo delante, muy cómico en su ira petulante. El veterano no tuvo menos que sonreirse, al aire casual.

-¿De que demonios os reís? -gritó don Fadrique a pleno pulmón, cruzándole la cara con el bastón de mando. Se volvió luego al sargento de la compañía -Castigue a este hombre inmediatamente.

El maestre regresó a sus amadas estancias, mientras el sargento vacilaba entre cumplir o no la órden. El capitán Gutiérrez detuvo su mano, que iba a pescar el jubón del entrometido veterano.

-Ya está bien por hoy, sargento.

Él y el canoso soldado viejo intercambiaron una significativa mirada de condescendencia, mientras el resto de los hombres quedó convencido de que tal vez el peor enemigo no llevara la banda naranja de los Estados...

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RaulR
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Mensaje por RaulR » Mié Dic 07, 2005 7:58 pm

(Raul Rodriguez)

Al fin en Amberes. Eso significaba una notable mejoria en las comodidades del campamento, asi como una hermosa ciudad en la que adquirir suministros... e información.

Amberes es un punto de paso fundamental de nuestras tropas. Aqui podria encontrar algo de informacion.
Una vez montada la armeria y dadas las instrucciones pertinentes a mi ayudante, tenia unas horas hasta la cena para indagar un poco por ahi.

Preguntando en las tabernas pude averiguar que en efecto, hace un par de semanas estuvo acampada aqui una compañia al mando del Capitan Santiago Barbero. Esta compañia iba con destino a Berger Op Zoom, a reforzar la posicion y asegurar la linea de abastecimiento del grupo principal del ejercito. Segun mis calculos era muy problable que Alonso estuviese alistado en esa compañia, pero habia que encontrar el modo de saberlo con certeza.

Probaria preguntando en par de sitios mas: las lavanderias y en intendencia general. Si habia dejado o recogido algun paquete a su nombre, este figuraria en los libros de registro.

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elisheva
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Mensaje por elisheva » Jue Dic 08, 2005 2:18 pm

[Jacobo Montero]


La vida castrense me mantenía ocupado en su inevitable cotidianeidad. Todo bastante previsible: un par de narices rotas, las inevitables flictenas producidas por el roce de las botas, un brote de paludismo cogido a tiempo y dos o tres casos de fimosis empeoradas tras la recién estrenada virilidad.
Después de haberme asegurado la reposición de los suministros y darle licencia a mi criado, pensé en acercarme a la ciudad para proveerme de algunas de las sustancias más especiales o delicadas para mi oficio, y con el pensamiento de perderme por el barrio de los boticarios y herbolarios tomé un par de alforjas y salí.

Durante algunas horas pude comprobar el extenso surtido de elementos que el incesante comercio favorecía. Obtuve una inusitada variedad de plantas y minerales e incluso algunas sustancias desconocidas por mí cuyas propiedades me cuidé muy bien de anotar.

Terminé mis compras y me dispuse a conocer un poco la ciudad. Mis pasos, erráticos, me llevaron al corazón de la urbe, donde pude comprobar la animada vida social de la que hacía gala.

¡Amberes! Ciudad cosmopolita; su visión me hizo añorar, una vez más, la opulencia de la corte de Madrid, su riqueza social y cultural, su condición de capital del mundo que tan al alcance de mi mano tuve y que perdí. En momentos como éste era cuando se acentuaba la sensación de hundirme que arrastraba desde hacía ya tiempo, y de la que no lograba sobreponerme.

Un corro de voces estruendosas que cantaban a carcajadas algo obsceno en español me hizo detenerme: una taberna de la que emanaba el olor penetrante y dulzón de la cerveza holandesa. Vacilé en la puerta, inicié el gesto de dar media vuelta pero mi debilidad se impuso a mi voluntad. Apartando los escrúpulos que atormentaban mi conciencia entré.

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