Siglo de Oro - "Kermesse en Bergen"

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Dhwilinel
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Mensaje por Dhwilinel » Vie Dic 09, 2005 3:42 pm

[Nicolás de Buenaventura]

OH! la guerra, pues si señores ahí estaba yo de una pieza todavía y en la ciudad de Amberes, creo que mi padre jamás se creería que su hijo, según él, la encarnación de la debilidad, hubiera llegado hasta donde estaba. Y no sólo eso, sino que los días pasados en Flandes habían sido para mi algo maravilloso, aunque suene raro, tenía compañeros con los que compartir opiniones, pasaba penurias, tenía dolores, vamos que por fin me sentía vivo, no como las aburridas horas de clases interminables en la casa de mis padres, ya que no solía salir mucho de allí porque a mi padre le avergonzaba mi forma de comportarme, no era la propia de un hombre.
En estos días había conocido grandes soldados y aunque algunos eran reacios a entablar amistad con nobles, yo había hecho todo lo posible por hacerme un hueco. Estaba realmente encantado, y ahora en la ciudad podría divertirme con mis compañeros, el caso es que yo les hacía bastante gracia y solían contar conmigo para que las horas no fueran tan largas, será la forma en que me expreso ¡ay no se!, y como yo rodeado de hombres es como mejor me siento siempre intentaba estar a la altura, supongo que ellos no sospechaban más allá de mi forma de ser y yo tampoco quería dar mas pistas porque eso podría hacer que me quedara solo, pero a veces me daban ganas de gritarlo a los cuatro vientos, en fin, lo único que podía hacer es decirlo en confesión y la verdad que me alegró que se recogiera a un cura, en cuanto tuviera un rato iria a hablar con él, era la mejor manera de desahogar mi alma.
Pero por el momento fuimos a la ciudad y nos metimos en una taberna a a apagar nuestras gargantas llameantes (y que gargantas señores).

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Rogorn
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Mensaje por Rogorn » Sab Dic 10, 2005 7:47 pm

[Padre Julián San Martín]

A pesar de haberla perdido de vista, sólo había que seguir el rastro de soldados españoles para volverlo a recuperar. Cuando un grupo de ellos entraron en la taberna la vi componerse un poco a la puerta, erguirse y entrar. Era rubia y con esos ojos claros que hechizan a los varones del sur, como casi todas. Y mejor parecida de lo que debiera, por todos los demonios. Los aullidos que la saludaron me hicieron sacudir la cabeza como quien nunca verá aprender a un pupilo sin interés. Entiendo bien esa llamada, aunque yo ya no la responda. A punto de cumplir la edad de Cristo, hace sólo siete años yo aun vivía en el siglo, y ese de la mesa de la esquina con tanta cerveza por la barba como dentro de la jarra, a quien tuve tiempo de ver justo antes de que se cerrara la puerta rebuscándose el dinero con los ojos como platos podría ser yo perfectamente. ¡Babuinos! Si no templanza, Dios al menos podría conceder prudencia a su hueste.
La certeza de que el de la jarra u otro como él (o varios) obtendría lo que ambos querían en cuanto refulgiera una moneda me hizo desistir del sigilo, y entré detrás de ella, sin ruido, tratando de actuar antes de que el inevitable silencio se fuera extendiendo. Si no eran españoles todos los que estaban dentro es porque las flamencas revoloteando por allí equilibraban el número.
En una de las mesas pude ver de refilón, mientras me hacía cargo de lo que podía, a un grupo donde todos reían menos uno de ellos, más joven y mejor vestido, que parecía molesto con las risotadas y el meneo de caderas y escotes. Niño bien. ¿Os parece basta la mercancía? No os queda nada. Si las buscáis con más estilo, habréis de esperar a que se callen los cañones.
Entonces me quedé un instante sorprendido al ver, o creer que veía, a don Jacobo en una mesa al fondo. Como mi mente estaba puesta en la búsqueda de pecado de cintura para abajo, lo primero que pensé es que seguramente el buen doctor tendría el juicio de abstenerse de conocer bíblicamente a las presentes, teniendo en cuenta lo que habíamos discutido, pero luego imaginé que sin duda estaría allí precisamente para intentar solucionar el tema que nos había tenido ocupados todo el día. Intenté saludarle, pero en ese momento se levantó y se volvió de espaldas.

Aquella mañana, González no había dicho ni so ni arre sobre lo de ayudarle a encontrar la causa del brote de sífilis, así que me puse a ello sin esperar bula ni papel. Decidí desde el principio ignorar a las mujeres que se quedaran atrás, ya que precisamente por quedarse dejarían de ser un problema. De buena amanecida, dolorido más por estar tumbado incómodamente que por los palos recibidos, busqué los efectos del oficio que había dejado el páter anterior y me presenté estola en diestra y biblia en siniestra a las afueras del campo. No había dado dos pasos fuera cuando vi aparecer a una de las mujeres que se arrimaban al campo con las manos entre el refajo. O venía de componérselo o se aprestaba a soltárselo para aliviarse. El caso es que fue verme, dar un bote y empezar a persignarse, mentando a la mare de Deu y a la purísima concepció. No me hizo falta preguntar. Católica y catalana. Bien empezamos.
-Soy el padre San Martín. Decid a las otras mujeres que hoy podrán confesarse conmigo antes de que el campo se mueva.
La mujer parecía paralizada.
-Si us plau - añadí.
Esto pareció hacerla reaccionar y se fue con una rapidez que yo interpreté más como alivio que como presteza. Desde ahí, lo demás había sido un largo día de confesiones, primero en una esquina apartada bajo un árbol donde colgué un crucifijo mientras se recogía la impedimenta, y luego de camino a Amberes. Aunque yo intentaba dirigir la conversación hacia lo que buscaba, las mujeres se inhibían y se metían en otras otras cuitas de las que desahogarse. Por lo visto, mi antecesor no sólo las tenía mal atendidas, algunas de ellas con semanas sin confesión, sino que al parecer tenía menos curiosidad por el fornicio que la que me suponían a mí, lo cual las ponía en guardia. Además, cuando la noticia se fue pasando, algunos de los hombres quisieron venir también, lo cual me complicaba el asunto, así que tuve que decirles que esperaran a que pudiera decir misa como Dios manda en Amberes, con la honra que merecían su condición y esfuerzo. Esto los dejó contentos y ufanos y les hizo aceptar sin excepción.
Resumiendo a vuestras mercedes: entre una cosa aquí y otra allá fui dirigiendo mis pesquisas. Las hispanas no se fiaban de las flamencas y las tenían celos y ojeriza, ya que muchos las preferían por lo exótico, dejando lo conocido para cuando las monedas que restaban en la bolsa fueran más menudas. Había conseguido ir hablando con casi todas, alguna hasta en latín – qué desperdicio de tiempos, Señor – pero esta rubia, a quien había visto pasar de acá para allá todo el día, siempre se me había ido. Fue al entrar en la ciudad cuando finalmente lo noté: tras evitarme la mirada, la alzó y debió de verme algo que la hizo salir corriendo. Yo me contuve para no ir detrás de ella. Eres tú, lo sé. Vete ahora, que arrieritos somos. Entonces tenía que ir al castillo a presenciar el saludo de Don Fadrique a las tropas. Esta noche saldrás de la madriguera, seguro.

Y aquí estábamos ahora, la primera mesa a la derecha nada más entrar. El de la barba remojada había conseguido sacarse unas monedas, de dónde mejor no lo pienso, y sólo por enseñarle su brillo la molinera aquella o lo que fuera ya le estaba echando una sonrisa que brillaba aún más. Me acerqué en dos pasos y se cortaron las sonrisas en seco.
-‘Necesito hablaros, hija. Ahora.
-Ik begrijp het niet...
-Sí que entendéis, sí, que él en flamenco no sabe cortejar.
El solicitante, sorprendido y amostazado a partes iguales, miraba con el ceño fruncido.
-¿Qué es esto, padre, me vais a retirar la compañía para disfrutarla vos?
Le miré severamente, pero él no se dio por reprendido.
-Peste de curas. Peores que los herejes. Lleváosla si queréis. Y tened esto para pagarla.
Se movió sobre una pierna y dejó escapar un sonoro pedo entre las risotadas de los demás de la mesa. Ya lo que me faltaba. Aparté a la chica y me acerqué a la mesa. La concurrencia no esperaba algo así, y se quedaron sorprendidos. Cogí la jarra del bravo y me bebí la mitad de lo que quedaba ante la atónita mirada de toda la compaña. Luego la dejé sobre la mesa, me agaché ligeramente hacia él y le solté un eructo aún más sonoro. Hubo un segundo de silencio antes de que los camaradas del propio fueran un zumbido de murmullos y risas más o menos contenidas. El soldado intentó echar mano al cinto más por reflejo que otra cosa. Yo le agarré la muñeca antes de que la armara y me acerqué a su oído.
-Si habéis de portaros como un animal, para otra vez buscaos una casada. A no ser que queráis mear cuchillas.
El hombre miró a la moza con súbito entendimiento y retiró la mano del arma.
-Está bien... Pero hay formas de decir las cosas, padre.
-Sabias palabras, a fe mía. Aplicáoslas la próxima vez. Decid a todos que mañana hay misa de nueve.
Me volví hacia la chica y la cogí del brazo hacia la puerta.
-Se os acabó el negocio por hoy. Vamos.

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RaulR
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Mensaje por RaulR » Lun Dic 12, 2005 2:51 pm

Raul Rodriguez

Mis sospechas se confirmaron en el almacen principal de intendencia. El nombre del soldado Alonso Vergara constaba en una solicitud de material. Concretamente habia pedido unas tenazas para moldear sus balas, pues le habian robado las suyas.
En cuanto a donde se encontraria exactamente ahora su compañia, eso ya era mas complicado de averiguar. Probablemente en algun lodazal perdido entre Amberes y Bergen Op Zoom...

Compré algunas cosas que necesitaba para la armeria y volvi al campamento. Nunca he sido de los que se divierten emborrachandose en la taberna, y en el banco de trabajo me espera un cañon de mosquete que se resiste a poner las balas donde yo quiero...

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Rogorn
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Mensaje por Rogorn » Mar Dic 13, 2005 12:43 am

[Padre Julián San Martín]

Salí fuera con la chica holandesa, y en cuanto la vi mirar alrededor suyo supe que estaba buscando manera de escaparse a la mínima.
-Como escapes llamo a los soldados. Ya saben lo que has hecho. Ahora mismo sólo yo te separo de que te rebanen el gaznate.
Por si no le quedaba claro, le hice un gesto sobre el cuello que no dejaba lugar a dudas.
-Sólo quiero hablar.
Le indiqué el callejón al lado de la taberna y los dos nos metimos entre sus sombras. No demasiado tampoco, que una navaja cabe en cualquier refajo.
-¿Qué quere de yo?
No tenía mal acento. En este país hasta las criadas tienen el don de lenguas. Lástima que lo usen para extender herejías. ¿Cómo era lo del Cid? Qué buenos vasallos…
-Sólo quiero saber por qué. Y no mientas.
-Españoles matan mi marido. Forzan mí. Dan mal francés. Sólo quiero… erm… cómo es… wraak.
-Venganza.
-Fenjantsa. Sí.
Pocas palabras, pero bastan hasta a mal entendedor, vive Dios. Allí pasamos unos momentos mirándonos el uno al otro pensando qué hacer ahora. Luego intenté hacerle ver en las palabras más simples que pude, ambos usando lo que sabíamos de la parla del otro, que su proceder podía conducirle a muy malas consecuencias más pronto que tarde. Pronto no hizo falta que explicara más.
-Teniente, aquí están.
Había oído ruido de ferramenta un par de veces mientras hablábamos, pero en ambas ocasiones eran más soldados entrando o saliendo de la taberna, así que esta vez me pilló confiado. Eran el teniente barrichel y tres hombres de su guardia, que me miraban de arriba abajo. A los subalternos se les iban los ojos de vez en cuando hacia la chica, pero el teniente no los quitaba de mí.
-Son ellos, Ilustrísima.
De detrás de ellos apareció un hombre mayor, con ropas cubiertas por una gruesa capa. Ahora sí que estaba liada. Incluso sin haber oído el tratamiento ni haber visto sus vestiduras se podía ver a la legua que era un pez gordo de la iglesia local.
-Father Saint-Martin, I presume?
Lo dijo con fuerte acento español, pero lo que ocupaba mi mente ahora es por qué me llamaba por mi apellido en inglés, como hacían en la corte jacobina. Sólo los herejes me lo traducen. En el despiste, uno de los hombres cogió a la chica, que me miraba como preguntándome qué pasaba. Si yo lo supiera, hija...
-Os habéis hecho bien conocido últimamente, padre.
Fruncí el ceño. ¿A qué venía esto ahora?
-Ignoro si así es, pero si es cierto, no era mi intención.
-En verdad que os creo. Tenéis mucho que ganar manteniendo vuestro paradero en secreto. Por eso nos haremos cargo nosotros ahora del… problema. Excelente trabajo, por cierto. Volved a cubierto.
Los cuatro se dieron la vuelta sin más explicaciones, llevándose a la chica en el medio.
-¿Cómo que hacerse cargo? ¿Qué vais a hacer con ella?
El eclesiástico se volvió, entre extrañado y divertido.
-No veo en qué os incumbe eso, pero en fin… ¿Teniente?
-Le dejaremos bien claro que esto no debe repetirse.
-¿Pero cómo?
El teniente me miró como importunado.
-Teniente, simplemente creo que el padre San Martín está preocupado por si vais a conculcar algún mandamiento. Y por la salvación del alma herética de esta mujer. ¿No es así?
No supe qué decir. Después de estar como un perro de presa tras ella todo el día, ¿ahora resultaba que quería volverme perro guardián? Y por qué. El teniente entonces habló, con el tono de quien tiene paciencia sólo porque se lo mandan y dando la conversación por cerrada.
-Le cortaremos las faldas y el cabello y la pasearemos por delante de los hombres para que todos sepan lo que pasa con ella. Después la soltaremos con pena de muerte si se vuelve a acercar a uno de nosotros.
-¿Muerte? Dood? Nee dood!
La chica, cada vez más nerviosa, empezaba a debatirse entre los soldados y me miraba como esperando que hiciera algo. El teniente me miró con muy mala cara. Intenté calmarla.
-No, no muerte. Tranquila. Sólo van a…
-Shut up, you pig! I hate you!
Me escupió con tan buen acierto que me dio en la manga del hábito.
-¡Suficiente! Lleváosla.
¿Ella también hablando en inglés? Los soldados y el preboste echaron a andar mientras el teniente se me quedaba mirando a ver si me atrevía a algo más. Lo primero que pensé fue en seguirlos, claro, pero… ¿por qué?
-Déjelo, padre. Y confórmese. Podría ser peor. Lo sé por experiencia.
Se dio media vuelta, se fue, y allí me quedé, no sabiendo qué hacer a continuación.

A pesar de haber evitado un buen puñado de sufrimientos, me seguía quedando el sentimiento de que el día no había acabado de ser de provecho. Disgustado, eché a andar calle arriba en dirección opuesta, torciendo para acá y para allá, intentando apartar el tema de mi pensamiento pero por otro lado sin poder dejar de pensar cómo podía volver a hablar con ella, preguntarle, interrogarla…
¡Interrogarla! Por supuesto, un dominico sería bienvenido siempre en una sala de interrogatorio. Me volví y eché a correr detrás del grupo, torciendo para allá y para acá. ¿Era ésta o la siguiente? Huele a río por aquí… Veamos... Vaya, por dónde era, hombre…
Y en éstas me encuentro con que me sigue alguien. Un hombre con una capa verde. Recuerdo aterrorizado una visión parecida el día antes, huyendo dique arriba. Echo a correr por el primer callejón libre y paso de la sartén al fuego, dándome casi de bruces con cuatro tipos armados, obviamente esperando por mí.
-Father Saint-Martin, I presume?
¡Por todos los demonios! Otra vez. ¿Qué pasaba con el inglés hoy?
-Who are you? Who sent you?
-Ha, ha, ha. Maybe you know him... William Stanley, Earl of Uxbridge.
El agente de Buckingham en Flandes. Dios santo…
Uno de los hombres me empuja y caigo al suelo. Veo una espada alzarse. Nooo. Y nunca hasta entonces me había alegrado tanto de oír una voz en español…
Última edición por Rogorn el Mar Dic 13, 2005 1:02 am, editado 1 vez en total.

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Targul
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Mensaje por Targul » Mar Dic 13, 2005 12:48 am

Dos conocidos toparon por las calles de Amberes.

Don Luis había bajado a disfrutar del permiso de un dia que el capitán tuvo a bien concederles. Su intención era ir a remojar la gorja en uno de los muchos tugurios del lugar. Le habían recomendado uno donde, además de beber vino y no cerveza, solía estar frecuentado por bellas daifas. Por su parte, Raul regresaba de sus indagaciones y de la compra de los materiales necesarios para su taller. Se saludaron con mucha política.

-¿Hombre, como va don Raul?
-Bien, bien. Vengo de por unos suministros.

Iniciaron una breve charla y quedó el alguacil en acompanar al armero. Pero, un ruido procedente de una estrecha calleja les hizo callar. Después, el inconfundible sonido de una espada saliendo de su vaina.

-¡Eh, quien va! -dijo don Luis.

Cauto como buen veterano, Raul echó mano a la espada y la pistola, asomando la cabeza. Una bala de plomo zurreó en el aire estrellándose en la pared. Cinco hombres armados acorralaban a un fraile que ahora pedía auxilio, en buen español. Aquello era otra cosa, asi que Martínez desefundó la pistola adaptada para su uso con una mano, asomándose para disparar. Entretando, don Ignacio Etxebarría, atraído por el disparo, vió a dos de sus compañeros de de escuadra apuntar a un callejón, por lo que sacó también espada y pistola. Como el oso a miel, Molero concurrió también allí, desenfundando sendas pistolas al ver a dos de sus amigos en actitud ofensiva.

-¡Ayuda! -gritaba el fraile.

Parapetados en la pared, iniciaron el intercambio de disparos, mientras Raul corría por las callejas aledañas, intentando ganarles la espalda. En los primeros tiros, uno de ellos cayó, desparramando sus sesos contra la pared, mientras otro compañero, que había estrellado un balazo dirigido a Molero en la pared, recibía un disparo del alguacil en el vientre. Tras varios intentos, dos de los ingleses echaron abajo una puerta, mientras un tercero arrastraba al fraile dentro. Poco duró su trayecto, pues fue frenado en seco por dos balazos de Raul, que había salido por el otro lado de la calle, donde nadie le esperaba. El intercambio de disparos ulterior, agotando la munición (don Ignacio, previsor, recargaba su milanés), se saldó con la muerte de todos los ingleses, menos un herido, cuya pierna partida le tuvo entretenido en grandes dolores.

Gritos de la gura, por doquier, hicieron a los soldados tomar las de Villadiego. Raul y Molero, el primero de ellos con el dominico a cuestas, se perdieron con maestria por las callejas. Mientras, los dos hidalgos corrieron con mala fortuna calle abajo, topándose con más de quince valones armados que venían a prenderlos. Por puro nerviosismo y creyendo que asi les contendría, el bilbaíno descargó un tiro a ciegas, huyendo mientras las balas zurrreaban en el aire.

-¡La madre que los..! -blasfemó Martínez, ahora con la capa pasada por dos balazos que casi alcanzaron su objetivo.

Corrieron como gamos hasta pasar dos calles anchas. Después, cuatro muchachos holandeses armados con espadas les cerraron el paso. Don Ignacio, resuelto a abrirse camino, arrojó la pistola descargada sobre la piernaa de uno, doliéndole, y pretendiendo pasar a estocadas. Don Luis, más avispado, tiró de él hasta una cuadra abierta, cuya puerta cerraron. El alguacil, atenazado por la adrenalina, miró a los caballos, pensando en una épica carga.

-Ayudadme a montar uno mientras recargo la pistola -dijo.

La gura, iracunda por el pistoletazo, empujaba la puerta, buscando romper la tranca. Ambos repararon en la puerta del fondo, hacia la cual corrieron poco después de que el portón de la cuadra fuera abierto a empellones. Salieron afuera, a un patio interior con dos puertas: la calle y la casa. Mientras don Ignacio se entretuvo en atrancar la puerta que daba a la cuadra.

Todo fue poco pues, al salir a la calle, diez arcabuceros valones les apuntaban, mientras un alguacil les habló en buen francés.

-Déposez vos armes.

La guardia venía detrás, más de veinte hombres. Habría sido de locos oponer resistencia. Ambos se rindieron, y sus armas fueron confiscadas (a despecho de la honra de don Luis), mientras eran conducidos, con grilletes y cadenas (y un poco de rudeza en el trato), por los enojados guardias holandeses.

Ahora si que estaban bien jodidos...

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Dhwilinel
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Mensaje por Dhwilinel » Jue Dic 15, 2005 7:09 pm

[ Nicolás de Buenventura]

Estábamos pasando un rato estupendo en la taberna, lo único que me importunaba de vez en cuando eran esas mujeres que te metían los senos en el vino, claro que a mis compañeros les parecía de lo más cortés.

Así seguimos un rato cuando pude ver al físico, Don Jacobo, que estaba a punto de caerse de la silla, rápidamente pedí una jarra de agua al tabernero, me acerqué a su mesa y se la eché en la cara para desdejarle. Lo saqué de allí sin pararme a dar explicaciones, la verdad que no quería que la tropa viera así a la persona a la que confiábamos nuestras vidas, su reputación podría irse por los suelos. Nos dirijimos hacia el campamento, quería llevarlo a su tienda, para que su estado pasara solo como un mal sueño. Cuando estábamos callejeando por Amberes, me pareció ver a una de las libertinas holandesas que había estado en la taberna, me costó reconocerla porque tenía el pelo cortado y las faldas, la habían avergonzado publicamente, pero sí, era ella, la que había discutido con el cura, algo que me pareció bastante raro la verdad. Me hize el borracho para que no se diera cuenta y pude oir como murmuraba algo para si, menos mal que yo entendía el holandés, algo que fue de agradecer para mi grupo, sobre todo para moverse por la ciudad, soltó algo como:

- Malditos españoles, puercos, sanguinários, pero no importa pagaran por esto y por mucho más.

Así que cuando ya no me oía, susurre al oido de Don Jacobo lo que había dicho la chica, y como un resorte saltó y parecía que estaba de lo más despejado, me dijo que la siguiéramos, yo no le dí tanta importancia al comentario, pero al ver la reacción del físico me entró también curiosidad, así que la seguimos lo más sigilosamente posible.

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elisheva
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Mensaje por elisheva » Vie Dic 16, 2005 1:16 pm

[Jacobo Montero]


-¡....acooooboooo,.....!
-¿Eh?
Mi cabeza aún se encontraba en la bruma artificial inducida por las excelencias de la cerveza holandesa cuando me pareció oír mi nombre. Con mucho cuidado abrí uno de mis ojos a la claridad de la calle. El dolor de cabeza me hizo volver a cerrarlo. Sentí como el contenido de mi estómago pretendía iniciar una ruta de ascenso. Tragué saliva e intenté contener la naúsea.
-¡Por Dios, don Jacobo, señor físico, despierte! ¿Es que no me oye?
-¿Fíhsico?- bramé.-Debeissh shabed que obtuve cuatrdo lichenchiatudas en Parissh, y, y, también el título de magisshter en la Rdeal Esssshcuela de Guadalupe.
-¡Si, si, como vos digáis, don Jacobo, pero si no espabiláis, la chica se nos perderá de la vista.

El que así me hablaba era un joven y atildado soldado, con más aspecto de soñador que de guerrero. Un pensamiento, inesperadamente lúcido, pasó por mi cabeza: “La guerra acabará con él”.
-¿Nosh conocemosssh?
-¡Dios maldiga a las mujeres y a los borrachos! Soy don Nicolás, y la hereje se nos escapa.

Señalaba con el dedo a una moza a la que reconocí como la que había protagonizado la escenita con el padre San Martín en la taberna. Era élla, la portadora, la que había conseguido escapar de mi criba. No tenía buen aspecto. Sus faldas estaban hechas jirones, e intentaba cubrir sus piernas con el manto que se había sacado de encima de sus hombros. Iba tambaleándose por la calle, mientras farfullaba frases en voz queda en ese maldito lenguaje hereje.

-¿Podéis oírla, don Jacobo? Habla sobre venganza y castigo a los españoles.

La borrachera se me pasó de golpe. Ni siquiera pensé en mi honra o la desvergüenza de que me vieran en ese estado.
-¿Estáis seguro? Traducidme.

Las palabras de la moza me inquietaron. Parecían esconder algo de más envergadura que una simple venganza por un contagio venéreo.
Ahora la prisa del joven soldado se me había contagiado. Seguimos a la muchacha atravesando Amberes, lo cual no fue excesivamente difícil ya que la chica no paraba de sollozar, murmurar y en un par de veces escupir con rabia a orillas del camino, pero sin preocuparse por si la seguían o no.

Nuestros pasos nos llevaron a las afueras de la ciudad, por el camino que bordeaba el río. La flamenca pareció dirigir sus pasos a un apartado molino de grano cuya rueda giraba incesante empujada por la corriente. Procuramos escondernos entre las cañas de la orilla mientras observábamos cómo unos brazos salían por la puerta para recibirla.
Dos o tres carros cubiertos con lonas aguardaban junto a la puerta entornada del granero, donde se podía adivinar cierta actividad en su interior. Nos acercamos sigilosamente para comprobar la actividad. Cajas, cofres y baúles se amontonaban contra las paredes, unas cuantas, de aspecto más delicado, se agrupaban sobre un banco, a un extremo. Un par de hombres se afanaban al fondo, sin percatarse de nuestra presencia, por lo que pudimos, sin ningún contratiempo, acercarnos al centro de la estancia.

Un rectángulo de oscuridad se abría ante nuestros pies; una trampilla de moderadas dimensiones. Asomamos las cabezas, pero era imposible distinguir lo que el fondo ocultaba.
Don Nicolás se volvió hacia mí:
-¿Habéis notado el olor?

Ciertamente, un penetrante olor subía de las profundidades de la cripta; olía a especies exóticas, un aroma dulzón y picante a la vez.

De pronto unas luces que se acercaban por el fondo de la cueva comenzaron a iluminar lo que parecía una enorme nave cuya cúpula se sujetaba con una sucesión de columnas terminadas en nervaduras centrales que se cruzaban bajo nuestros pies.
Dos individuos mantenían una conversación en holandés. Uno de ellos parecía un marino, o estibador , o mozo de carga. El otro, un anciano de cuello extremadamente largo, cabello canoso y barba blanca y un anticuado sombrero de piel de castor, hablaba en ese momento y parecía bastante satisfecho.

-¿Qué dicen, Don Nicolás? ¿Podéis entenderlo?
-¡Shhh! ¡Callad, o no podré oir lo que dicen! Esto es lo que dice el mozo de carga:
"Los planes van según lo deseado, a pesar del contratiempo de la mujer. El cargamento llegó ayer y el dinero servirá bien para sufragar la causa"
El hombre mayor le responde:
"El señor quedará complacido. Según sé, Fadrique irá a su cumpleaños, lo cual nos conviene"
El joven responde:
"¿Y que sucede con las tropas del duque?"
"Eso no debe importarnos, no se atreverá a pasar a la ofensiva", dice el anciano.
"Las excelencias del florín" le contesta el joven.

Ambos hombres comenzaron a reír a carcajadas, mientras Don Nicolás y yo nos mirábamos intentando comprender el alcance de lo que acabábamos de presenciar.

Al momento siguiente, la mujer a la que habíamos seguido apareció junto a los dos hombres. Se había cambiado de ropa y parecía estar más tranquila. Murmuró algo que no pudimos oír, y los tres desaparecieron de nuestra vista llevándose las luces y dejando de nuevo la nave a oscuras, no sin que antes hubiéramos podido comprobar la presencia de montones de productos procedente de las Indias Occidentales, como cacao, patatas o especias muy caras, productos que en ningún caso debieran haber estado aquí.
Salimos sigilosamente y en cuanto estuvimos en terreno descubierto echamos a correr hacia el campamento.

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Targul
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Mensaje por Targul » Vie Dic 16, 2005 1:55 pm

Amberes, 30 de marzo de 1622.

-Comida -dijo el carcelero en un elemental castellano.

El plato de inmundas gachas cayó entre los barrotes de la celda, estrellándose en el suelo. Su continente se derramó en parte sobre el sucio empedrado. Su compañero de celda, un italiano que llevaba más presidio que la princesa de Éboli, se agachó a comerlas como un cerdo, directamente del suelo.

Don Luis se mantuvo quieto. Tenía demasiada honra como para rebajarse a aquel gesto desesperado, y todavía podía soportar el hambre. Le habían quitado todo: ropas, armas e incluso el garfio. Por eso se tenía con sus calzas y una sucia camisa en una esquina, tocándose el muñón. De sus pertenencias, tan solo el parche le quedaba. En la celda de enfrente, don Ignacio miraba la luz que entraba por el estrechísimo ventanuco enrejado que daba a la calle. Hacía un rato, un arriero había orinado en él, mojándole.

Un hombre enlutado fue a verles. Desde el pasillo y con un libro de horas en las manos, el leguleyo flamenco les miró, hablándoles en un español lleno de resonancias nórdicas.

-Les comunico que mañana se les dictará juicio y setencia. Para el asesinato, la pena es la horca.
-Decidme algo que no sepa -dijo don Luis, aplastando entre los dedos a un piojo del italiano que le subía por una pierna.

El holandés rió, abandonando el lugar.

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RaulR
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Mensaje por RaulR » Vie Dic 16, 2005 3:49 pm

Raul Rodriguez


El dominico y yo tomamos algo de cerveza en la armeria, mientras me contaba muy escuetamente lo ocurrido. Y lo cierto es que fue escueto, pues poco mas me dijo, aparte de darme las gracias y de que tenia muchos y poderosos enemigos en Inglaterra.
No quise profundizar mas en el motivo de tal ataque, pues no se le vea muy dispuesto a soltar prenda, aunque pense que no es de personas agradecidas el andarse con secretos con aquellos que te salvan la vida.
Pero bueno, al fin y al cabo, todos tenemos nuestro pasado, y no es facil a veces removerlo. durante un instante pense en mis propios fantasmas, y entonces vi al dominico con otros ojos. Ya habría tiempo de hablar. De momento estábamos vivos que era lo importante.

Eso era algo de lo que no todos podian presumir. Un par de compañeros se encontraban ahora en situacion comprometida.
Un soldado con aspecto de viejo aristocrata se me acercó cuando salia de la tienda acompañando al fraile.

-Perdonenme vuesas mercedes, les he visto llegar un poco alterados, y estan llegando rumores de un altercado en la ciudad. ¿No sabran vuestras mercedes por casualidad que ha ocurrido?
-Unos bandoleros intentaron atacar a Don Julian. -Me quede estudiandole, pensando en si seria prudente dar o no detalles. No le habia visto antes, pero su cara me sonaba- Hubo disparos señor, y tuvimos que huir. Había un par mas de compañeros, pero no se que ha sido de ellos. Ahora me disponia a volver a la ciudad y averiguar algo.

En eso llegaron un par de soldados, y dirigiéndose al maestre que paseaba cerca de alli le informaron de una trifulca en la ciudad, y de dos soldados del tercio que habian sido detenidos por los guardias del gobernador. El maestre rió de buen grado y solto un duro "les esta bien empleado".
Observe a los arcabuceros que habian escuchado la conversacion. Referirse asi a unos soldados no era algo agradable de escuchar para sus camaradas, pero evidentemente nadie dijo nada ni mostro malos rostros. Soldados duros, aguantaron el tipo, y eso que les daba donde mas dolia, en la honra.
Yo giré el cuerpo, pues aún me costaba un poco aguantar ese tipo de cosas. Mi mirada se cruzó con la del soldado con el que hablaba. Su semblante tambien mostraba preocupacion, lo cual me tranquilizo un poco. Parecía ser de los cuerdos.

-No es necesaria ya la averiguacion, parece. -Me dijo.- Vos sois el armero de la compañia, ¿No, maese Rodriguez?
-A su servicio señor. ¿Y V.M es? no me suena haberle visto en el tercio, pero si su rostro.
-Zamudio. Me han trasladado hace poco.
-Ahá. Bueno, en cualquier caso, voy a acercarme al ayuntamiento a ver si averiguo algo. Me alegro de conoceros, don Zamudio -dije mientras estrechaba su mano- ¡Ya nos veremos por ahi!, le grite ya alejandome de vuelta a Amberes.
-Descuide -dijo, viendo como desaparecia entre las hileras de tiendas. Su mirada se volvio hacia el maestre, que tambien se alejaba riendo algun chiste de sus adlateres. Hizo un gesto de resignacion, sa ajustó el coleto, y echó a andar

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Viriato
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Mensaje por Viriato » Vie Dic 16, 2005 11:28 pm

[Alguacil Martínez]


-¡Mierda de Cristo! -Dijo Don Luis, quitándose el parche y tirandolo al suelo, dejando mostrar su ojo, cuya cuenca vacía estaba oculta por el párpado cerrado- Tengo que salir de aquí, No puedo morir de esa manera...¡Soy hidalgo! ¡A los nobles no se les puede matar así! y...¡ pardiez !... ¡Este sitio apesta!. Y para colmo esos bastardos me han robado mi espada... no pienso abandonar este páramo sin recuperarla...esta espada vale mas que mi honra y mi vida juntas.

Don Luis echó una mirada al italiano, el cual se asqueó cuando vió el muñón, mas no le dió importancia y continuó hablando a "gritos" con Ignacio.

-¿Me oyes Ignacio?, lo primero que haré cuando salga de este asqueroso lugar será enseñarles unas clases de esgrima...¡Y eso lo sabe Dios! -

Al cabo de unos segundos, Don Luis se tranquilizó un poco y dirigió su atención, una vez más, hacia el italiano, (que ahora se fijaba en el ojo tuerto), al que preguntó :

-¿Y vos?¿Por qué estáis vos encarcelado?
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"En nuestras mentes conservamos, la grandeza del ayer, tenemos voluntad de imperio, que tendrá que renacer." Alonso de Contreras

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Targul
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Mensaje por Targul » Vie Dic 16, 2005 11:38 pm

-Io holgué con la hija del signiore juez.

El italiano sonrió un poco, limpiándose la comisura de los labios. Parecía disponer de todo el tiempo del mundo, asi que se sentó a matar piojos relatando las excelencias de los muslos de la bella Frida y el lance que tuvo con los guardias de la ciudad hasta ser apresado a la altura del puente de barcas. Una buena persecución.

Hablaron del carcelero, las gachas, la rata que cada día recorría el pasillo al amanecer y otras experiencias carcelarias en las que el italiano parecía sumamente plático. Al menos así, la espera se hizo menos tensa.

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elurk
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Mensaje por elurk » Sab Dic 17, 2005 12:01 am

En una cosa sí que tenía razón Don Luis: En verdad apestaba aquel sitio.
Las inmundicias de aquel sitio me hubieran hecho vomitar en otros tiempos, pero bueno, a todo se termina acostumbrando uno, menos a la muerte.
Las palabras que habian salido de la boca del leguleyo holandés hacía un par de horas seguian rondando por mi cabeza.

“Les comunico que mañana se les dictará juicio y setencia. Para el asesinato, la pena es la horca.

No tenia maldita la gana de acabar mis días bailando al final de una soga. No era mi estilo ni el de Don Luis, el cual habia comenzado una amena conversación hacía un rato con un hombre que, por la pinta, debía llevar aquí más tiempo que el recomendable.
Nadie se merece pasar ni un solo de sus minutos en un habitáculo, por llamarlo de alguna manera, como este. Un cuchitril de tan solo unos metros cuadrados, que apestaba a podredumbre y a deshechos humanos, con un ventanuco que daba a la calle, privilegio con el cual no contaban mis compañeros de penas.

Como decía antes, llevaba un rato ya con las funestas palabras rondando por mi cabeza, intentando recordar leyes, artículos y fragmentos que sin duda podría haber usado ante la justicia española, los cuales, unidos a unos cuantos dineros nos habrían sacado de esta mal sueño por la puerta grande. Sin embargo carecíamos de ambas cosas: nos las veíamos ante una justicia estrajera, amén de vernos sin un real en el bolsillo.

Sigue pensando, ignacio – me decía a mi mismo – si no quieres terminar el cuento hoy mismo, sigue pensando!
"No permitiré injusticias ni juego sucio, pero si se pilla a alguien practicando la corrupción sin que yo reciba una comisión lo pondremos contra la pared... ¡Y daremos la orden de disparar!"
Groucho Marx.

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Targul
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Mensaje por Targul » Sab Dic 17, 2005 12:26 am

Allí no falta nadie.

Los tres jueces y el público ansioso. Se congregaba allí lo más granado de la burguesía holandesa, complacida ante la espectativa de ver ajusticiados a dos españoles, personajes harto aborrecibles entre los holandeses, solo tolerados por el sector valón. Este sector no era grande en Amberes, pues había que recordar que en siglo viejo, la ciudad fue salvajemente saqueada en el 74, cayó y fue reconquistada en el 85, tras un largo asedio en el que las gentes de la ciudad dieron lo mejor de si mismas, en vano.

Aquel tribunal era poco más que una farsa. El inglés tullido se tenía allí, sentado en una silla con la pierna entablillada. Fuera, en la plaza, un cadhalso con dos sogas se herguía en mitad de la concurrencia. El juez, un viejo afeitado de cara agria, dió un par de martillazos en la mesa, rogando silencio. Entraron los encausados con grilletes y vestimenta patibularia, con que fueron conducidos en presencia de los jueces. Por no haber, ni intérprete se les facilitó. Imposibilitados para defenderse, no siendo necesario (según dijo el relator en un comentario jocoso), el respetable fue a dictar sentencia.

En ese momento, entró un hombre con aspecto de soldado viejo, pelo cano y facciones aristocráticas, que ni corto ni perezoso, se acercó hasta el estrado (diciéndole algo en holandés a los guardias), y dejó sobre la mesa del juez un documento. Intercambiaron unas breves palabras, y el relator tomó el documento, leyéndolo en voz alta. Aquellas palabras en holandés provocaron al viejo juez un progresivo enrojecimiento facial. Al cabo de un larguísimo silencio, tomó el martillo y dictó sentencia.

Los guardias se llevaron nuevamente a los reos de vuelta a la prisión. Allí, en vez de pernoctar de nuevo en las celdas, fueron guiados a un almacén, donde recuperaron sus efectos personales (que iban a ser revendidos aquel mismo día). Una vez vestidos, les echaron (literalmente) del paredón. El viejo soldado estaba allí fuera, mirándoles con una media sonrisa.

-Creo que basta decir que vuesas mercedes han aprendido el precio de enturbiar a los flamencos, así como el pago por la lealtad. Esos ingleses no son trigo limpio, y el gobernador lo sabía. Considérense afortunados.
-¿Quién es vuesa merced? -preguntó don Ignacio.
-Un soldado, como vuestras mercedes. Nos veremos en la fila de la compañía.

Los liberados iban a decirle algo más, pero el hombre se marchó del lugar, argumentando prisas por otros menesteres. Sea como fuere, les había salvado el pellejo.

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Gurthang
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Mensaje por Gurthang » Sab Dic 17, 2005 12:30 am

LLani.

¡Ah Amberes! ¡cuanta riqueza! ¡y cuantas rubias! disfrutaba de mi poco tiempo libre paseando por las calles y gracias a que no era hombre dado a muchos gastos me contentaba de vez en cuando con algun pastel o dos y el resto pa la saca.
Por muy bonita que fuera la ciudad no se parecía ni de lejos a mi bella Sevilla,aish como echaba de menos el olor de huertos en flor,los jardines con árboles frutales,el puerto lleno de agetreo y mercancias de mil mundos y el sol,mucho sol,un sol dorado,enorme,calido y luminoso y no comoe este maldito vidrio opaco que asomaba de vez en cuando entre nubes grises y húmedas.En fin,paseaba yo por la ciudad viendo una y otra vez jaurías de soldados borrachos,jugando a los dados o a las cartas en las esquinas o agarrados a la cintura de una o varias mozas,pero no vi a ninguno de mis amigos,ni a Molero,ni a Raúl,ni a Don Luis...la última vez que los vi estabamos todos en la tieda de Raúl bebiendo algo y charlando pero hacia ya un tiempo que no les veía el pelo ¿dónde se habían metido? me paré en seco y aspire profundamente...mmm...bollos de crema recien horneados...me meti en la pasteleria y di buena cuenta de mis dineros y del hambre.

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Targul
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Mensaje por Targul » Sab Dic 17, 2005 3:29 pm

-Buenos días, don Leovigildo -dijo don Fadrique de Mendoza.

El mismo ritual se había repetido, y los soldados formaban en perfecto órden en la patio de armas de la fortaleza. La plana mayor formaba junto a la puerta de donde el maestre de campo había salido, como todas las mañanas. Esta vez, empero, uno de sus correveidiles sostenía las riendas de su corcel ensillado.

Con gallardía y envidiable presencia de ánimo, don Fadrique montó según lo instituían los manuales de protocolo al uso: ligeramente vencido hacia atrás, componiendo un ángulo perfecto con el caballo, una mano en la cintura y otra en las riendas.

-Señores soldados -comenzó a decir en voz alta- Hijos míos. He recibido órdenes de nuestro capitán general para guarecer el pueblo de Bergen con mi tercio. Espero lo mejor de vuesas mercedes al acercarnos a la frontera enemiga.

Uno de los pajes le entregó una copa de cristal de la que bebió un suave sorbo, estrellándola en el suelo mientras los tambores redoblaban. El sargento mayor y los capitanes fueron repitiendo la órden.

-¡Tercio de Fadrique, marchen!

Compañía a compañía, el tercio abandonó la plaza, a cuyo pie esperaba un tercio de italianos, los cuales rindieron honores a los españoles antes de reemplazarles como guarnición en la fortaleza.

Los soldados marcharon a paso lento como un solemne bosque de picas, fundiéndose con la verde campiña flamenca.

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Targul
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Mensaje por Targul » Sab Dic 17, 2005 5:03 pm

Albretch Eisenkrieg se tocó la visera de la borgoñota. Eran muchos enemigos.

-¡En ordenanza! -gritaron los sargentos.

Redoblaron cajas y la coronelía tudesca de Gaspar von Stauben, que llevaba diez días de marcha en pos de ocupar una cómoda posición de retaguardia en el asedio católico de Bergen-Op-Zoom, se dispusó en cuadro, compañía a compañía.

El rotten (compañía) de Eisenkrieg lo formaban soldados viejos, la mayoría de ellos expertos tiradores o temibles doblesueldos, como él. La bandera con el águila bicéfala hondeaba cansinamente en un viento impreciso y frío, mientras las fuerzas holandesas iban hilándose frente a ellos. Dos coronelías de infantería (una francesa y otra zelandesa) y un nutrido contingente de caballería (sobretodo reiters, compatriotas alemanes que, como ellos, se vendían al mejor postor), impresionaron a los exiguos 1.000 tudescos que combatían por los católicos.

No se esperaba parlamento ni soborno, pues el coronel Gaspar era amigo personal de Spínola y un católico convencido. Con la seriedad de quien cobra por hacer su trabajo, los tudescos comenzaron a recibir las descargas de los reiters, que caracoleaban yéndose hacia atrás después de vaciar el contenido de sus pistolas en el cuadro. Respondidos por arcabuces y mosquetes, no cesaron hasta que la infantería holandesa, a ritmo de órdenes y tambores, se acercaba ya a distancia de fuego.

El capitán Friedrich dió la órden, y la bandera roja de los "verlorene haufe" (esperanza desesperada) tremoló, avanzando en pos del enemigo. El doblesueldo se escupió en ambas maanos, aferrando su montante. Era la tradición familiar, desde tiempos del emperador Maximiliano, que su familia fuera una inagotable dinastía de hombres valerosos que, sin apego ninguno a su vida, se jugaban en cada combate el pello, abriendo con su demoledora carga una brecha entre las filas enemigas, abatiendo sus picas con montates y alabardas.

Las balas zurrearon en el aire, acabando con las vidas de muchos valientes alemanes. El capitán había recibido un disparo en el hombro, pero seguía avanzando tras despachar a un arcabucero pelirrojo que había tardado demasiado en refugiarse detrás del erizo de puntas de lanza. El olor sulfuroso de la pólvora se mezcló con los cuerpos de los alemanes, que gritaban el viejo apellido de tiempos del duque de hierro, Gotz von Berlitzchingen.

-¡Lick mein arse! (besad mi culo).

Y el doblesueldo se perdió entre la formación enemiga, repartiendo la muerte con su montante en una orgía de sangre que parecía no tener final... Como siempre.

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AlbretchEisenkrieg
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Mensaje por AlbretchEisenkrieg » Sab Dic 17, 2005 5:58 pm

Ante la formación de sus enemigos, Albretch piensa... "Son muchos enemigos..." Pensativo busca tocar la visera de su borgoñota para ajustársela levemente... "Vamos a ponerle música a 1000 años de arte..." pensó... mira su acero de Solingen sin inclinar la cabeza y lo carga sobre su hombro. Le dedica un momento a mirar el cielo y dice en voz baja -"Sálvame de las balas, señor."- uno de sus compañeros le mira al escucharle, y mira seguidamente también al cielo como pidiendo su oportunidad de volver a beber tras la batalla.

-¡En ordenanza!- tambores, y todos formados. "De peores he salido", pensó, como queriendo tranquilizarse.

Llegó la hora, la bandera avanza, y Albretch, que inspira profundamente, se dispone a cargar junto a sus compañeros contra la maraña de picas que le llaman como una sirena a un marinero perdido.

- ADLEEEEEEEEERRRRRRRRR!!!!!!!- Como otras muchas veces el fragor de la batalla le hace perder el sentido común, y se lanza desesperado apretando los dientes; agarrando la zweihander con fuerza tumba una pica de un golpe ganando el paso hacia la formación, superadas las puntas, abre los ojos en gesto de esfuerzo y enarbola su arma arrojando un fuerte mandoble de derecha a izquierda contra cuatro hombres; el primero recibe tal golpe en el pecho que cae de inmediato sin dar ni un suspiro, siguiendo la trayectoria, los otros tres reciben diversas heridas en el torso, y brazos haciéndoles recular. Albretch sabe que no va a tener que preocuparse por ellos y escupe al suelo - Beschädigt hunde!-

El silbar de una bala le hace encoger los hombros, y mirar de lado viendo como dos hombres en huida intentan hacer una baja mas de el. Albretch agarra el montante de la segunda guarda y esquiva a uno que pasa de largo, mientras le presenta la punta al otro, al que tiene la certeza de parar para dejarle continuar.

Algo no va bien, hay demasiados de sus compañeros muertos, o arrastrándose con terribles heridas, uno de ellos, a su lado, mira al cielo y le dirige una mirada con los ojos pero no pide auxilio, sabe que ha llegado su hora. -Scheiße!!- Toca retirarse.

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Viriato
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Mensaje por Viriato » Sab Dic 17, 2005 9:26 pm

[Alguacil Martínez]

Llevábamos un par de días cabalgando como avanzadilla del tercio, eramos quince herreruelos, nuestra misión - según Don Fadrique- era explorar el camino y asegurar la zona de posibles celadas. Cabalgábamos tranquilamente, yo andaba sumergido en mis recuerdos, hasta que la grave voz de Don Julián y unos lejanos griteríos me interrumpieron.

-¿Escucháis eso, mi sargento?
-Mmm pues sí...parece una batalla, ¡Al galope!, veamos de que se trata.

Cabalgamos unos minutillos y estaba en lo cierto...se trataba de una batalla:

-¿Parecen holandeses y franceses, verdad mi sargento?- Dijo "el joven"
- Así es...y esos parecen alemanes...creo que son los lansquenetes que mencionó Don Fadrique.
-¿Y si les echamos una mano, Don Luis?
-¿Vos no andáis muy bien de la azotea, verdad? Atacar sin la orden de Don Fadrique me supondría la horca, además, sería un suicidio... Yo creo que lo mejor sería dar parte de esto a Don Fadrique...pero alguien se quedará aqui por si hay nuevas...¿Algún voluntario?
....
-Pues si no hay voluntarios, pues tu mismo -dije, señalando hacia el elegido.

Nos pusimos en marcha, el tercio de Don Fadrique apenas estaría a unos veinte o quince minutos. Cuando nos alejamos bastante de la batalla, unos treinta reitres cabalgaban hacia nosotros, parecía que pretendían cortarnos el paso:

-No parece que vengan a saludar mi sargento...
-No, ahí tienes razón, por esa armadura negra yo diría que son alemanes...¡Galopad, galopad todo lo que podáis y disparad!.

Galopábamos en columna, cuando torcí para disparar a los reitres, me fijé en que todos los caballos estaban bastante fatigados...el del joven tenía la lengua por las herraduras...

-¡Vamos, vamos, disparad!

Pensé que si nos dispersabamos un poco absorberíamos menos disparos, así que di la orden...El intercambio de disparos resultó algo ventajoso para nosotros, nosotros perdimos dos jinetes, uno de ellos, el pobre joven, que calló aplastado por su montura, y ellos, sin embargo, perdieron tres jinetes...

El intercambio de balas duró poco, ya que enseguida llegamos al grueso del ejército, mas los alemanes se acojonaron al ver tanto español junto y recularon.

-Don Fadrique, el escuadrón de lansquenetes está en apuros...
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"En nuestras mentes conservamos, la grandeza del ayer, tenemos voluntad de imperio, que tendrá que renacer." Alonso de Contreras

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ZenSoku
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Mensaje por ZenSoku » Lun Dic 19, 2005 12:28 am

[Diego Vargas de Guzmán]

- Mardita sea mi sangre, don Ignasio. ¿Ha estado vuacé en los calaboso y no me'nterao?. Si ya dijéralo la santa de mi madre, que soy toíco despiste. Como espía un siego y sordo me superaría varias veses seguías. ¿Y cómo fue?
- Cosas que pasan, don Diego. Escuchaé un grito en español y ruido de espadas y salí corriendo, venía de un callejón, y era el cura rodeado de ingleses. Nos dieron la bienvenida con balas y respondimos, don Luis, don Raul, Molero y yo. Pero se nos echaron encima los guardias del gobernador, y sabe Dios por qué no nos ahorcaron. Aún tengo que preguntarle al soldado que nos salvó...
- Jodía forma de empesá la aventura en Flandes, don Ignacio. Ma'legro de verlo de una piesa y desente.
- Hehe... muchas gracias, don Diego.

Me cagué en todos los pelos de la barba del Señor, cómo podía haber dejado a su suerte a cuatro camaradas. El maldito vino, pardiez. Cómo coño ponen vino en una taberna holandesa. Si fuera cerveza habría bebido menos, pero vino... aay, el día que aprenda...

El caso es que ya estábamos en marcha. El frío otra vez, y la humedad calándome hasta los mismísimos. Odiaba ese clima, por todos los santos. Aguantaba el frío, pues venía de la alpujarra granadina. Pero esa humedad no permitía ni respirar en paz. En fin, es lo que había. Como ya había dicho cerca de ochenta veces en mi corta pero intensa vida militar, "todo sea por el buen nombre de mi padre". Y en esas estaba, como tantas veces ya...

Los más finos de oído decían que podría haber una batalla a lo lejos, por delante de nosotros. Yo había escuchado demasiado arcabuz en mi vida y mi tímpano no estaba pa tales menesteres. Pero bueno, tampoco me incomodaba la idea. Ya iba siendo hora. Empezaron a oírse disparos, cada vez más cerca. Los más veteranos se llevaban instintívamente la mano al pomo de la espada. Al poco llegaron los jinetes del tercio, los herreruelos de don Luis, con mucho brío y mucha prisa, tirándo de pistola a otro grupo de jinetes que les seguían. Pero poco pude ver desde mi posición, ya que en seguida recularon y se fueron cagando leches. Don Luis informó a don Fadrique de lo que pasaba. Según la alteración entre los soldados del tercio, la cosa iba a ponerse a mil en poquito tiempo.

-Téngase a Dios, o a lo que más apresie, don Ignacio. Lo de Amberes habrá sío un vulgar entrenamiento comparao con lo que se nos viene ensima. Deseo que vuestra mercé tenga los mismos hígados, pues los vamos a nesesitar...
- Délo por hecho, don Diego.
"Se quitó el sombrero, y con su mirada delataba las ganas de aliñarle el alma con dos palmos de acero toledano..."

Benditas voces de Ultrarumba... ¡¡ESTOPA!!

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Targul
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Mensaje por Targul » Mar Dic 20, 2005 2:21 pm

El maestre de campo siquiera demudó el semblante.

-¿Lansquenetes decís?
-Católicos y aliados, excelencia -repuso don Luis.

Don Fadrique se llevó un pañuelo a la nariz, asqueado.

-Oléis a pólvora y sangre. ¿Habéis entablado combate sin mi autorización?
-Solo me defendí de unos rei...
-¡Callad os digo! -el maestre abofeteó insolentemente al sargento de caballos.

Don Luis temblaba de ira, y había apoyado la mano en la empuñadura de su espada. Más de un correveidile del maestre se acercó, dispuesto a batirse por su mayoral. El sargento mayor medió con buen criterio.

-Su excelencia disimule, pero creo que nos urge el asunto de los tudescos.
-Bien, bien -el maestre hizo un gesto deferente y ahembrado con la muñeca- Vayamos pues al lugar.

El tercio, con paso sorpresivamente cansino, llegó en unos minutos al lugar de la matanza. Allí, desesperados, los últimos alemanes aguantaban en un cuadro, acometidos por sus cuatro costados. Los españoles se mantenían en silencio, aguardando la órden del maestre. Pasaron largos minutos y esta no se produjo.

-Excelencia -intervino Castells- ¿Ordeno el avance?
-Son protestantes -dijo este.

El ejército enmudeció de rabia y vergüenza. El sargento mayor se atrevió a levantar la voz.

-Señor, son católicos y nos están haciendo señas. Por órden de Spínola debemos entablar combate con cualquier fuerza enemiga que amenace su retaguardia.

Don Fadrique fulminó con la mirada al sargento mayor, mientras uno de sus correveidiles se acercaba, dispuesto a mediar. En ese momento, el cuadro de alemanes se deshizo, y solo un pequeño grupo al mando de un doblesueldo consiguió abrirse paso y llegar hasta las filas españolas. El maestre de campo comenzó a vociferar.

-¡Tercio de Fadrique, órden de fuego, a mi voz! -dijo el maestre.

Pero nadie movió un dedo.

-¡Sargento mayor, discipline a los hombres!

Este se permitió sonreir de medio lado, señalando al campo holandés. El general enemigo se había quitado el sombrero, guasón.

-Excelencia, creo que os están saludando.

Mientras, Albretch Eisenkrieg y los supervivientes alemanes fueron acogidos dentro de la formación española.

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