Siglo de Oro - "Kermesse en Bergen"

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Viriato
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Mensaje por Viriato » Mar Dic 20, 2005 2:36 pm

[Alguacil Martínez]

Había estado observando el espectáculo junto a los demás jinetes. Me pareció increíble que nuestros aliados estuviesen en apuros y Don Fadrique no moviese ni un dedo, mas mucho mas increible y humillante me pareció que Don Fadrique me abofetase delante de los demás soldados, realmente... eso me sentó fatal.

Don Julián parecía más atento a mi contenida ira que al espectáculo:
-Menuda bofetada mi sargento, ¿Estáis bien? -preguntó
Mas me limité a responder:
-Sabe Dios que yo nunca olvido.
Imagen

"En nuestras mentes conservamos, la grandeza del ayer, tenemos voluntad de imperio, que tendrá que renacer." Alonso de Contreras

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Targul
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Mensaje por Targul » Mar Dic 20, 2005 4:17 pm

El motín había estallado al levantar el campamento. Don Fadrique quiso ahorcar sumarísimamente a más de 10 "cabecillas" por desobediencia, y solo avandonaron la fila él y sus correveidiles. Todos los demás soldados y oficiales, salvo alguna excepción, se habían amotinado al grito de "¡Fuera guzmanes!". La plana mayor y los entretenidos del maestre habían acampado a cuatro pasos más allá del resto de las tiendas, fabricando una cerca propia. Los soldados alterados votarían al día siguiente un electo.

Alguien despertó aquella noche a don Luis. A simple vista, se trataba de un oficial u hombre de calidad, que vestía buenas ropas y un peto repujado con una cruz de Alcántara grabado en él. Reconoció en su rostro a su salvador en el juicio.

-Imagino que vuesa merced deseará lavar afrentas -dijo con voz neutra y aristocrática.
-Así es, tengo que lavar dos afrentas, y una de ella la lavaré ahora mismo agradeciéndole el favor que me hizo vuesa merced -repuso el sargento de caballos.
-Seguidme pues.

Fueron a visitar al cabecilla de los alemanes, el doblesueldo rubio de gigantesco montante y agrio de carácter. Compuso un gesto suspicaz cuando fue despertado por un español tuerto y con un garfio en la mano. El misterioso gentilhombre u oficial le habló en alemán.

-Creo que vuesa merced recibió hoy mal trato de un oficial español, oficial que ordenó vuestra muerte.

El alemán escupió al suelo con desprecio.

-Ese hünd del demonio -dijo frotándose la cara con ambas manos- No le guardo ningún respeto a tal perro,
god in himmel.
-Entonces tened la bondad de coger vuestras armas y seguidme.
-¿Qué es lo que me está proponiendo, y por qué debería seguirle?
-Traigo órdenes de mi rey para deponer al tirano.
-¿Como dise? !Schliebe!... me ha alegrado la noche. Denme vuesas mercedes un minuto que me pertreche...

Los tres caminaron hasta las afueras del campamento, donde se levantaba la tienda del maestre y las de sus serviles entretenidos. Un sargento montaba guardia en la puerta.

-¿Quién va? -inquirió, alabarda por delante.
-Agustín, apartate o colabora -dijo el hombre.
-Disculpad, señor.

Abierto el paso, salieron de la tienda cuatro entretenidos o lacayos de don Fadrique con malos modos y cargando herreruzas y milaneses.

-¿Qué buscan vuestras mercedes? Váyanse en hora mala.
-Apartad -dijo el misterioso oficial.
-No tal.

Los entretenidos desataron sierpes. Tras sus coletos de ante y sus bigotes retorcidos a la última moda no latía el pulso de Amadís de Gaula. Tres contra cuatro y fue cosa vista. Mientras el oficial se trababa a estocadas con uno de ellos, don Luis hundía la cabeza del primero (que tuvo la torpeza de caer al suelo con el tobillo toracido) y el alemán tajó poderosamente el vientre de otro, dejándole más muerto que vivo. El restante, mientras el duelo singular se resolvía favorable al oficial, fue cruelmente despachado. Albretch le cercenó el brazo derecho, mientras don Luis le atacaba a espada y garfio, con que tardó poco en morir.

Los tres conjurados entraron en la tienda del maestre...

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Targul
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Mensaje por Targul » Mar Dic 20, 2005 4:34 pm

El maestre, como si tal cosa, se encontraba sentado tras una mesa y con toda su panoplia puesta. El yelmo sobre la mesa, descansaba junto a su bastón de mando y una copa de dulcísimo de Málaga. Estaba sentado en pose indolente, como aguardando algo que se esperaba. El sargento mayor Antonio Castells acudió con la mano en la empuñadura de la espada, pero frenó cuando vió quien dirigía a los conjurados.

-Vos sois el electo, supongo -dijo don Fadrique, esnifando rapé por una de sus fosas nasales.
-Suponéis mal.

El guzmán rió, y su risa era como la de una serpiente venenosa.

-Sacadme de mi error... ¿El duque de Alba?
-Vengo a hacerme cargo de vuestro tercio.
-No tal, señor, ¿Traéis órdenes? Hasta donde alcanzo, la archiduquesa es la soberana de Flandes, y ella me puso al mando, señor.
-Hasta donde alcanzo, Spínola es vuestro comandante en jefe, y Olivares el secretario de guerra, señor.

El conjurado arrojó un documento doblado sobre la mesa del maestre, que había trocado su altanería inicial por ira.

-Tened cuidado con vuestro tono, porque yo soy don Fadrique de Mendoza, conde de Bichanegra y maestre de campo de este tercio, MI tercio.
-No, ya no -el hombre sonrió, cogiendo su bastón de mando de la mesa- Y tened cuidado, pues yo soy don Cristóbal Zamudio y Arteaga, marqués de los Vélez, maestre de campo de este tercio, que ahora pasa a llamarse "viejo de Amberes". Ese documento os lo confirma.
-¡Ja! Mentís.

En particular venganza, Zamudio usó aquel bastón de mando para cruzarle la cara a don Fadrique, estropeándole el rizo perfecto de su bigote de puntas vueltas. Aquello le irritó más que si le hubieran mentado a la madre.

-Sargento Mayor, don Fadrique y sus entretenidos quedan desde hoy bajo arresto por traición. Mañana serán entregados al barrichel que dictará la sentencia, y serán escoltados hasta el campamento de Spínola en el cerco de Bergen Op Zoom, donde dispondrán la pena propia para un crimen de alta traición.
-A sus órdenes, excelencia -dijo el hombre.

Don Fadrique miró a Zamudio a los ojos con tanta ira y fijeza como si no fuera a olvidarlo en su vida (o lo poco que quedaba de ella). Una vez fuera, el sargento mayor regresó a la tienda.

-Don Antonio, creo que con esto finaliza el motín. Mañana sacaremos las nuevas banderas de sus fundas y marcharemos contra el enemigo.

Los allí presentes sintieron un júbilo indescriptible.

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Gurthang
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Mensaje por Gurthang » Mié Dic 21, 2005 1:00 pm

LLani.

Las cosas pintaban mal en el tercio,seguía viendo poco a mis amigos y encima,cuando estabamos a punto de echar una mano a unos alemanes aliados,el Maestre de Campo ordenó la orden de disparar contra ellos pero nadie movió un dedo y acabamos amotinandonos.Mas tarde,un misterioso y rico personaje entro con un tudesco y Don Luis en la tienda de Fadrique,al parecer conversaron y saliron satisfechos a los pocos minutos.Cerré los ojos para intentar dormir un poco,ya intentaria conseguir informacion por la mañana.

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BRIVONA
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Mensaje por BRIVONA » Vie Dic 23, 2005 10:41 am

(NUÑO CORTES)


El frío, la maldita humedad y aquel puto cielo gris no nos habían abandonado durante el par de días que llevábamos marchando.
Me ponía de muy mal humor la lluvía fría que nos calaba a cada rato, pero al menos esta vez mis pies ya no me molestaban.

Me había comprado un par de medias de gruesa lana en Amberes que impedían que las botas me lastimasen. Además ,Helga, una de las amigas que había hecho en la ciudad, me había dado un engrudo hecho con vino y el diablo sabe que más, que me curaba las llagas casi milagrosamente y que yo llevaba como oro en paño dentro de mi morral.

¡Hermosa Helga! Me gustan las mujeres morenas de grandes, grandísimos pechos, pero aquellas mujeres rubias y de caras finas que en Amberes se daban como setas, ciertamente habían sido mucho de mi agrado.

Nunca había tocado ninguna piel tan blanca ni unos cabellos tan extrañamente rubios como los de aquellas mujeres.
Helga y sus dos compañeras de la taberna no habían permitido que me faltase de nada en ningún momento, obsequiándome con vino, comida y un lecho caliente en buena compañía donde pasar la noche.

Claro que, aunque no me falta hombría, voto a Cristo, en algún instante dudé de poder "agradecerles" a las tres de forma debida, pero me consta que quedaron plenamente complacidas.

Las imágenes de Helga y las otras dos muchachas desaparecieron de mi mente cuando comenzamos a oír disparos. Todo el tercio pareció ponerse en guardia a la vez y algunos instintivamente llevamos la mano a las armas cuando los disparos se oyeron más cerca.

Casi al instante vi que se acercaban al galope los herreruelos de Don Luís, cubriéndose como podían las espaldas mientras disparaban como podían. Unos jinetes los perseguían, pero al vernos a nosotros, refrenaron sus monturas, dieron vuelta y se perdieron.

Lo que pasó a continuación fue vergonzoso.

El hideputa de Fadrique, le cruzó la cara al alguacil Martínez. Pensé que Don Luís no iba a poder contenerse y que lo iba a atravesar allí mismo con su estoque, pero tuvo la templanza suficiente. Yo mismo no habría podido evitar darle lo suyo a ese hijo de una perra.

El tercio comenzó a marchar y llegamos al campo de batalla. Llevé la mano a mi estoque y esperé la orden de entrar en combate. Me picaban las manos por el ansia de batirme. Los herejes estaban haciendo pedazos a los pocos alemanes que quedaban, pero el maestro de campo no daba la orden de ir a a ayudarles.
Sin embargo, en un visto y no visto, los pocos supervivientes alemanes que quedaban, lograron romper el cerco al que se hallaban sometidos y llgar hasta nuestras filas.

El maestre dio la orden de abrir fuego contra ellos. A él y al hideputa de Fadrique sí que hábría que descerrajarles un tiro. Ninguno de nosotros nos habíamos alistado para matar a los compañeros sean quienes sean y vengan de donde venga, y nos dejaríamos matar antes de acatar semejante orden.

No les disparamos, sino que recibimos de buen grado entre nosotros a los maltrechos supervivientes.

Si Fadrique no era santo de la devoción de ninguno de nosotros, tuvimos ocasión de demostrárselo cuando pretendió impartir la justicia que le salía de los cojones y colgar a diez compañeros. "¡Fuera Guzmanes!", creo que el primero en decirlo, y bien alto, fue el joven Diego ¡ese si que los tiene bien puestos, pardiez!
Puede que yo no pudiera aguantarle, pero debía descubrirme ante su coraje.
Todos lo gritábamos un instante después a voz en grito "¡Fuera Guzmanes!

Fadrique tuvo que joderse y volver a su tienda con su cuadrilla y con el rabo entre las piernas... si es que ese hideputa tiene rabo.
«¡Cuán gritan esos malditos! Pero ¡mal rayo me parta si, en concluyendo la carta, no pagan caros sus gritos!»

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Rogorn
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Mensaje por Rogorn » Lun Dic 26, 2005 1:36 pm

[Padre Julián San Martín]

Mientras me tomaba la cerveza que amablemente Raúl el armero me había ofrecido y establecía un mínimo de conversación con él, notaba que esperaba que yo le contara algo más. Al fin y al cabo, él y un grupo de bravos españoles acababa de salvarme el pellejo por segunda vez en días consecutivos. Así que fui todo lo amable que pude en aquel momento (aunque no sé si a él se lo pareció), pero decliné meterme en motivos y razones de por qué me buscaban. Y ello tanto por mi bien como por el suyo. Lo que no se sabe no se puede contar y a quien no sabe no se le puede sacar nada. Así ninguno de los dos meteríamos al otro en problemas.

Volví a acordarme de Raúl y su grupo el día en que todos salimos para Bergen, viéndole repasar sus armas con aquel oso de hombre que me había llevado a cuestas como si pesara aún menos de lo poco que pesa este saco de huesos. González seguía demasiado ocupado como para tener tiempo para mí (y además se le notaba en el ceño fruncido que don Fadrique le tenía de bastante malas pulgas), e imagino que al verme confesando a la gente al día siguiente de conocernos supuso que yo aceptaba su propuesta de ser el páter de sus hombres. Sin embargo, nada oficial se había puesto por escrito, lo cual me convenía sobremanera, así que continué con mi ministerio como si todo fuera cosa hecha. Antes de salir de Amberes hubo misa solemne como recordatorio para los hombres de por qué se suponía que estaban luchando, por si acaso. Dado el asunto de la holandesa y su sífilis, ya tenía preparado un sermón de padre y muy señor mío, lleno de fuego y azufre, tratando a la tropa de irresponsables para arriba, pero después de mi rescate por parte de aquellos mismos hombres, no parecía lo más apropiado. No dejé de mentar el tema, por supuesto, pero aquella gente necesitaba ahora mismo canalizar su rabia hacia donde debían, y lo que menos necesitaban era a un fraile detrás de ellos diciéndoles cómo debían usar la minga.

Fue durante la confesión anterior a la misa cuando vi a mis rescatadores por la parte de atrás de la iglesia (alguno de ellos con más ganas de librarse que otra cosa), cuando me volví a acordar de ellos. Me confiáis vuestros secretos porque sabéis que están seguros conmigo, Raúl. Si te revelo lo que no debo de otros, ¿qué te hace pensar que tendré más cuidado con lo que tú me cuentes? Éste es mi sitio, y es aquí donde me queréis. Aunque no te des cuenta ahora, sabes que hay motivos para que me calle.

Luego, de camino junto a la reata del bagaje, pensaba en lo cómo había llegado adonde estaba. Estaba seguro de que a más de uno debía parecerle raro cómo era posible que el conde de Buckingham, cuya esposa era católica y que estaba intentando enredar para casar a su príncipe con una infanta española, me tuviera un odio tan grande. Muy sencillo, y muy complicado a la vez. Yo me opongo ferozmente a que Carlos se case con una española. Nada bueno pasó cuando el Segundo Felipe se casó con la reina de Inglaterra, y nada bueno pasará ahora. Hay quien está ciego y no puede verlo, pero un matrimonio así echará por tierra el trabajo de los que estamos intentando devolver la verdadera religión a las tierras ganadas por los herejes no a base de bodas y leyes, sino con el trabajo diario y el verdadero seguimiento del ejemplo de Cristo Nuestro Señor.

Pero la historia venía de más lejos. Resulta difícil creerlo viéndome en estos harapos que pasan por un hábito blanquinegro, pero he residido en cortes de media Europa, la inglesa principalmente. Un eclesiástico que domine el inglés y el español vale su peso en oro en según qué círculos, y al volver de mi ordenación en Burgos, uno de los principales católicos de Inglaterra, el conde de Rutland, me tomó a su servicio, como sacerdote de la familia y preceptor de su hija, Catalina. Cuando ésta se casó con Jorge de Villiers aquello fue miel sobre hojuelas: la pareja más rica del reino, y con visos de aumentar su fortuna cuando Jorge fue nombrado conde de Buckingham. Sin embargo, él siempre me miró mal. No le sentó nada bien que Catalina quisiera retenerme entre sus sirvientes, e intentó deshacerse de mí comentando al príncipe Carlos que yo podía enseñarle español ‘for his own betterment’. Así hice, y fue entonces cuando me enteré de los planes del famoso ‘Spanish match’. Luego se metió por medio el conde de Gondomar, embajador español en Inglaterra, interesado en que yo le informara desde mi privilegiada posición, a la que yo no aspiraba en absoluto. En fin, desde entonces no sé qué demonios pasó, pero acabé enemistándome seriamente con Buckingham. Nunca me dio tiempo ni de enterarme de qué pasó antes de poner tierra (y canal de La Mancha) por medio, pero no me sorprendería si alguien le hubiera dicho que tengo ‘embrujada’ a su esposa. O algo peor, ya me entienden vuestras mercedes.

Es por esto, Raúl, que no te puedo contar nada. Esto me supera a mí, conque imaginaos a vosotros. Sólo espero no meteros en más berenjenales, aunque si ocurre, rezaré por la intercesión de Dios y de Santo Domingo de Guzmán con una mano y por la vuestra con la otra. Cada día que espero cómodamente junto a las vituallas mientras veo cómo un grupo u otro se va de misión o al frente, procuro comprobar que todos regresáis. Gracias os sean dadas por hacer la obra de Dios, aunque el medio no sea de mi agrado.

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ZenSoku
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Mensaje por ZenSoku » Mié Ene 04, 2006 2:27 pm

[Diego Vargas de Guzmán]

Mal rayo me parta si sé de dónde me salieron los hígados para gritar "¡Fuera Guzmanes!" como li hice. El caso es que lo sentía (aun siendo el apellido de mi santa madre "de Guzmán"), porque son muchas las vidas que se arriesgan en esta guerra y requieren de gente con semblante y, por qué no, cojones para mandar a tanto soldado, entre los que se cuentan numerosos brabucones y rufianes. Por eso grité como un loco, y por suerte me siguieron mis compadres del tercio. El caso es que ahora el hideputa de Fadrique no sabía dónde estaba, y teníamos nuevo maestre de campo, el marqués de los Vélez, don Cristóbal Zamudio y Arteaga, y nuestro tercio pasaba a llamarse el "Tercio viejo de Amberes", tal y como nos había relatado cortésmente el alguacil don Luis.

Pintaban mucho mejor las piezas, pensé. Ahora toca darles leña brava a los herejes de los huevos.
"Se quitó el sombrero, y con su mirada delataba las ganas de aliñarle el alma con dos palmos de acero toledano..."

Benditas voces de Ultrarumba... ¡¡ESTOPA!!

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RaulR
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Mensaje por RaulR » Vie Ene 13, 2006 3:07 pm

(Raul Rodriguez)
Despues de la destitucion del Fadrique, el tercio acampo y estuvo parado un par de dias. El nuevo maestre queria reorganizar el ejercito a su antojo, lo cual iimplicaba gran trabajo y paciencia para los oficiales, pero mas tiempo libre del habitual para la soldadesca.

Yo empleé ese tiempo libre en lo peor a lo que se puede dedicar un soldado: pensar.

Pensaba mucho en mi mujer, Eulalia, a quien habia recuperado hacia poco meses. Nos habiamos trasladado a Sevilla, donde yo habia abierto una tienda de venta y reparación de armas de fuego. Volvi a recuperar a algunos de mis antiguos clientes, gente de la nobleza, cargos de la corte, que no se conformaban con una pistola vulgar, de las que tienes que cruzar los dedos cada vez que disparas para que la bala salga recta, o peor aun, que no te estalle en la mano.
Las cosas empezaban a ir bien cuando Alonso se alistó.

Alonso Vergara, hijo del hermano de mi esposa Eulalia, (mi sobrino por tanto), escapó de su casa hace un par de meses. Nadie sabía donde podía haber ido, hasta que su madre se temió lo peor, y mandó mirar las listas de los alistados en el navio que hacia unos dias habia partido con destino a Flandes para renovar con nueva sangre los Tercios.
En efecto allí estaba su nombre.
Durante todo el dia lloró desconsolada, pues conocía bien a su hijo, y el motivo que le habia llevado a cometer semejante locura.
Alonso es un chico inteligente. Devoraba todo conocimiento que sus tutores ponían ante el. Tambien era trabajador. Ayudaba de sol a sol a su padre en la panaderia que regentaban. Pero aquello no era suficiente para su padre. En un par de ocasiones vino a casa lleno de moratones sufridos en riñas con sus "amigos". Eso de por si no seria gran problema, si no fuera porque dias despues se enteró su padre de que quien le propinó los golpes apenas recibió alguno de parte de su hijo.
Meses despues de esto, en otra discusion de estas que se crean sin motivo aparente y acaban trayendo las desgracias a las familias, se acabó mentando al honor y la gallardia de Alonso, retandole a resolver la situación por la blanca, reto que rehusó.
Alfredo, el padre de Alonso siempre se habia considerado un hombre de honor y valentia sin par, y no podia soportar que su hijo fuese menos que el, y que menosacabase con su cobardía el buen nombre de la familia.
Durante los ultimos meses, las discusiones provocadas por esto entre padre e hijo se fueron haciendo cada vez mas fuertes, hasta que un dia Alonso ya no aguantó mas y se fue de casa dando un portazo y gritando "Yo no soy un cobarde, padre, y te lo voy a demostrar".
Alfredo comprendió entonces el error de acosar de esa forma a su hijo, pero el ya estaba a muchas leguas de distancia,... inalcanzable. Y cuanto mayor era esa distancia, mayor desazón sentia su padre por su error, ya que en el fondo quería a su hijo, y a su mujer, que estaba destrozada por lo sucedido.

Querian salvar a Alonso, pero no se les ocurria como, aunque, a los dias, recordaron que Raul Rodriguez, el marido de Lali, habia vuelto de Flandes hacia unos 7 meses. Alfredo no conocia a ningun otro hombre a quien pudiera confiar la tarea. Aunque lo que pedia tambien podia siginificar la perdida del marido de su hermana...

Alfredo tuvo que tragarse todo su orgullo y palabreria vacia, y reconocer que el, al fin y al cabo tampoco habia estado en ninguna guerra, y tampoco se atrevia a ir en persona a buscar a su hijo, pues sabía que a su edad no duraria mucho, no sabria por donde empezar a buscar, y ademas... tenia miedo.

Yo conozco a Alonso. Es un buen chico, pero desde luego Flandes no es lugar para el. Odio profundamente a su cuñado, por haber provocado esta situacion, pero al fin y al cabo, no podia negarme. Lo haria por Alonso, y por su madre, que no hacia mas que llorar al hombro de Lali.

Volveria aqui, lo encontraria y lo traeria sano y salvo costase lo que costase. Y si no podia traerlo vivo, al menos podria contar si al final el pobre Alonso consiguio limpiar su honor con su sangre...

... Otal vez el contase eso de mi.
Dios, que estupido he sido. ¿Como no se me ha ocurrido esto antes. Encamine mis pasos hacia mi tienda, contento pues aun tenia posibilidad de resolver un pequeño cabo suelto.
cogi papel y pluma y escribi mis ultimas voluntades, contando tambien en ellas la apremiente necesidad de encontrar a Alonso y conseguir que vuelva con vida a España.

La cuestion ahora era aquien darle esa responsabilidad. En quien confiar.
Escribi otra carta igual. Ambas con instrucciones de no abrir hasta que me ocurriese algo. Estas cartas no son agradables de recibir. Muchos piensan que trae mal fario, pero no puedo dejar las cosas a medias.

Ya estaba decidido. Una carta seria para el alguacil Don Luis. Tuerto y manco como estaba, seguro que los hados le respetaban por esta vez. ademas era un hombre de probada confianza.

La otra carta seria para el dominico, don Julian.

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Sirenita
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Mensaje por Sirenita » Mar Ene 24, 2006 8:39 pm

¿y???.... :D

¿Para cunado piensan vuesas mercedes proseguir con el relato?


Que han pasado 11 días, por Dios! y hay público impaciente!

:wink:

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Rogorn
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Mensaje por Rogorn » Mar Ene 24, 2006 9:00 pm

(Targul es un general como Dios manda, y como tal, para la guerra durante el invierno :wink: )

En breve, presumo...

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Targul
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Mensaje por Targul » Mar Ene 24, 2006 10:34 pm

Esta misma noche prometo proseguir.

Yo mismo estoy mosqueado por el bajón de ánimo que he atravesado estos días.

Un saludo

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Rogorn
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Mensaje por Rogorn » Mar Ene 24, 2006 11:29 pm

Targul escribió:Esta misma noche prometo proseguir.

Yo mismo estoy mosqueado por el bajón de ánimo que he atravesado estos días.

Un saludo


(No me extraña: algo me dice que el asedio de Bergen va a ser de cagarse. :wink: )

Ánimo, general. Tómate unas tapas a nuestra salud y saca la toledana. :twisted:

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Targul
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Mensaje por Targul » Mié Ene 25, 2006 12:05 am

El caballo relinchó cansinamente al frio aire de la mañana holandesa, produciendo una nubecilla de vaho, imprecisa y fugaz, que emanó de sus grandes fosas nasales. Ricamente ataviado con su peto repujado, gola de encaje, chapeo negro de ala doblada con penacho, la banda roja cruzada al pecho y una muy rica espada de lazo, el maestre levantó un dedo enguantado de ante.

-Señores soldados...Hoy, es día de vengar afrentas -recorrió brevemente las filas escuadronadas en órden de marcha- Demostremos a esos flamencos cúal es el duro precio de la venganza.

Los tambores redoblaron, y los pífanos tocaron con ellos, en armoniosa conjunción, el toque de marcha. La columna, flanqueada por caballería y seguida por la artillería y los especialistas (entre ellos el cirujano y el armero), marchó a paso rítmico y seguro por el tupido manto verde de la campiña holandesa.

Contaba con el honor de formar en las primeras hileras. Albretcht, deseoso de cobrarse en sangre la masacre de sus camaradas, canturreaba una vieja canción de lansquenetes, que hablaba de mujeres de dudosa honra, saqueos, asedios y batallas. Junto a él, lo más granado de la arcabucería española, con nombres como Lope Moscoso, Nicolás de Buenaventura, Ignacio Extebarría, Nuño Cortés, Miguel Molero, Diego Vargas y Jose Antonio Llani, codo con codo. El padre Julián se había interesado, antes de partir, en absolverlos a todos en vista de los muchos pecados que iban a cometer (especialmente en aquel mandamiento que habla de no matar).

Sopresivamente, a las pocas horas de haber partido, uno de los jinetes que hacía la avanzada de exploración, vino con la sorprendete noticia. Los holandeses marchaban hacia allí. Sin duda, su victoria sobre los alemanes les había confiado, y ahora estaban dispuestos a repetir con los odiados españoles. Con calma y órden, los oficiales transmitieron las órdenes del maestre, y el sargento mayor y los sargentos de compañía comprobaron que el tercio formara un escuadrón perfecto de libro: piqueros en rectángulo, festoneados por arcabuceros. Don Cristóbal, no contento con quedarse a la defensiva, fue a mandar una avanzada de arcabuceros, cuando las voces del enemigo ya se oían por doquier, amén de sus tiros.

Al poco, nuestra caballería avanzada cabalgaba de vuelta, perseguida de cerca por la caballería rebelde, que apenas sufrió un par de bajas por acción de la arcabucería para dar media vuelta y regresar a sus filas. La verde extensión salpicada de turberas entorpecía el avance del enemigo. El maestre de campo había escogido sabiamente el lado del descampado más llano. Aún así, los herejes eran muchos, y venían dispuestos a repetir anteriores éxitos.

Sonaron los primeros tiros y cayó algún español, pero los hombres se mantuvieron firmes, mudos e impasibles como un muro de piedra. El marqués de los Vélez ordenó, para sorpresa de la plática soldadesca, que se avanzara. Se le obedeció al punto, lo que hizo que el tercio quedara más expuesto a la ya seria granizada de balas, pero a cambio de taponar completamente al enemigo el acceso al terreno llano. Los herejes debían batirse en desnivel, desorganizados, con muchos hombres atascados en los hoyos excavados en la tierra.

-¡Tercio Viejo de Amberes! -bramó el maestre de campo- ¡Fuego!

Entonces, un clamor recorrió las filas.

-¡Santiago, Cierra España!

El tercio entró en fuego, y el resto quedaba en manos de Dios.

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elisheva
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Mensaje por elisheva » Jue Feb 02, 2006 1:51 pm

[Jacobo Montero]




Los primeros disparos de arcabuces me sorprendieron mientras comprobaba el filo del instrumental que seguro iba a necesitar al final del día. Asomé la cabeza por la puerta del molino que servía de improvisado hospital para observar el despliegue de la compañía; La pequeña elevación del terreno donde el edificio se asentaba me permitía un excelente campo de visión sobre la batalla que acababa de comenzar. La avanzada cabalgaba de vuelta seguida por parte de la caballería rebelde, algunos de cuyos miembros comenzaron a caer bajo el fuego de nuestros arcabuceros antes de dar media vuelta hacia sus propias filas.

Habíamos levantado el campamento durante la hora fría que precede al alba, marchando por la verde campiña hacia el que ahora era el campo de batalla. Yo avanzaba en retaguardia, y cuando el maestre dio la orden de parar busqué un lugar donde poder celebrar mi oficio en condiciones, pero sabiendo que la premura en recoger vendría condicionada por el resultado del enfrentamiento entre nuestro tercio y las tropas rebeldes.

Un par de criados desplegaban algunos catres y mantas, casi libres de piojos, para atender a los heridos. Ya tenía organizado el sistema para separar los casos más graves de aquellos que podían esperar. Otros ayudantes acarreaban agua del arroyo cercano y Juanele, mi factotum, cortaba lienzos limpios mientras yo comprobaba que durante el viaje ninguno de los frascos de ungüentos y destilaciones había sufrido daño. El material quirúrgico resplandecía afilado en una mesita cercana junto con el cloroformo y la mascarilla para su aplicación. Todos mis libros de medicina habían quedado en la carreta excepto Les dix Livres de la Chirugie” de Ambroise Paré, del que nunca me separaba en mi trabajo.

Ahora sólo nos restaba esperar.

Mi mente regresó a la víspera anterior; Mis fantasmas seguían atormentándome y había intentado ahuyentarlos con una de las botellas de Bourdeaux al que tanto me aficioné durante mi estancia en París. Había consumido ya casi la mitad de la botella cuando un soldado pidió permiso para entrar en mi tienda:
-Traigo órdenes del maestre, señor. Espera a vuesa merced de inmediato.

La disciplina castrense no me era desconocida, así que pedí al soldado que esperara mientras refrescaba mi rostro con un poco de agua y salimos de inmediato.

Don Cristóbal daba órdenes a algunos de sus hombres inclinado sobre un mapa en una mesa sobre la que una bandeja con los restos de la cena competía en espacio con una multitud de manuscritos, pergaminos y bocetos. Sin darse la vuelta ordenó a todos que nos dejaran solos.
Durante un minuto o dos siguió enfrascado en sus asuntos, pero de pronto girose y pude comprobar la seriedad en su rostro.
- Maestro Montero, he de haceros una petición muy particular.
-Decid, excelencia.

El marqués de los Vélez se acercó a mi, caminando a mi alrededor con las manos a la espalda, y terminando su giro con su rostro muy cerca del mío:
-Vos conocéis la guerra y sus consecuencias. Muchos de los buenos hombres que me siguen acabarán mañana muertos, con considerables lesiones o con daños irreversibles...

No conseguía entender a donde quería llegar el maestre, pero seguí sosteniendo su mirada.

-Don Jacobo, seré claro; conozco vuestra debilidad y su origen, y lo entiendo, pero no toleraré que ningún hombre a mi servicio sucumba por negligencia o por falta de atención. Quiero las capacidades de mis hombres intactas y no consentiré ninguna excepción. Ahora podéis retiraros. Mañana os espera un día agotador, presumo.

Recuerdo que salí de la tienda con la rabia y la humillación reflejados en el rostro. La embriaguez se me pasó de golpe. Apenas pude pegar ojo esa noche, pero ahora, tras varias horas de reflexión, el orgullo me hizo tomar una determinación; Por la memoria de mi difunta esposa y mi honor perdido que demostraría al maestre que la confianza que había puesto en mí no sería en vano.

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Gurthang
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Mensaje por Gurthang » Jue Feb 02, 2006 3:54 pm

LLani

La batalla había comenzado.Era la primera vez en mi vida que entraba en combate,acostumbrado tan solo de librar a mi difunto amo,que en paz descanse,de un puñado de bravucones de tres al cuarto y como mucho algún que otro asalto en caminos campestres.Me temblaba el pulso cada vez que recargaba el arcabuz,mas por miedo que por frio e instintivamente agachaba la cabeza cada vez que oía un "pum".No había conseguido desayunar nada esa mañana,los nervios me hacían un nudo en el estómago,quería gritar como un loco y deseaba fervientemente tener a esos herejes al alcance de mi espada,que era como mejor me defendía ya que no es que tuviera muy buena punteria con las armas de fuego...Tenía las manos crispadas alrededor del arma..."pum" disparaba al frente...mierda,no le di...casi tenia ganas de llorar de rabia...maldita sea mi pulso...AHHH VENID AQUI CABRONES "PUM" y un hereje cayó al suelo con la tapa de los sesos volando...

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Targul
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Mensaje por Targul » Sab Feb 04, 2006 11:22 pm

El olor sulfuroso de la pólvora inundaba el aire cargado con los estampidos de las detonaciones. Los holandeses, encajonados en las turberas, estaban siendo arcabuceados sin piedad, a bocajarro. Se podían oir los gritos desgarradores de sus oficiales, ordenando sostener el terreno.

El joven Nicolás de Buenaventura sintió la coz del disparo de su mosquete, que le lastimó el hombro. El flamenco, un tipo rubio con aspecto de campesino, dió con sus huesos al suelo, la pierna partida e incapaz de sostenerse en la horquilla de su arma. A su lado, Raúl Rodriguez, el armero, disparó en el pecho a un infortunado holandés, requiriendo otro arcabuz cargado a su paje.

Retrocedieron, dejando paso a otros arcabuceros, para volver a ocupar la primera fila con el arma al punto. Esta vez, Nicolás erró su disparo, pero acertó a otro hereje por lo apretado de su formación. El armero volvió a acertar con el tino de siempre, dejando a un calvinista listo de papeles. Pero esta vez, Rodríguez no retrocedió, sino que pidió su arcabuz de repuesto y encaró a un oficial holandés guapito y que sostenía una alabarda. Sintió un dolor muy agudo en el vientre, que no le impidió disparar y matar a su objetivo. Al darse cuenta de su herida, muy fea y en mal lugar, intentó retroceder en busca del cirujano. No lo halló, desvaneciéndose al cabo de puro dolor. Su paje, asustado, pidió ayuda a otro muchacho, y entre ambos lo llevaron al molino, donde el magister esperaba la llegada de los heridos.

Para Albretch Eisenkrieg la hora de la venganza había llegado. Totalmente fuera de sus cabales, ordenó a sus 15 doblesueldo supervivientes atacar a los holandeses. Saltó como una fiera a la turbera, recibiendo un disparo de pistola que afortunadamente quedó en su peto. Era hora de aumentar su ración de hierro al carbono en su dieta. Con un tremendo golpe de montante, hundió la borgoñota del oficial que le había disparado (con sus sesos debajo), mientras sus hombres daban cuenta de los ateridos piqueros y arcabuceros, que no esperaban aquel ataque suicida.

Mientras, Nicolás y Jose Antonio Llani avanzaron arcabuz en mano, rociando con fuego certero a los pocos supervivientes de la turbera. Rechazada y muerta la línea de vanguardia holandesa, sus regimientos se hicieron atrás con órden, dejando paso a la caballería de los estados. Los caballos corazas y los reiters alemanes se echaron sobre la formación española, buscando explotar su momentánea y aparente desorganización. Más, como un solo hombre, las filas se cerraron y las picas se abatieron, creando un muro de acero aguzado contra el que se estrellaron jinetes y monturas.

Don Ignacio Extebarría apuntó con tiento entre los piqueros, descargando su arcabuz. La mala fortuna quiso que no diera en blanco alguno. De entre las filas de españoles vió surgir a un jinete desmontado con el rostro manchado de turba que blandía una pappenheimer y se le acercaba a todo correr. El asunto era sencillo: o le madrugaba él o el holandés haría los honores. Como un rayo, vació su pistola sobre el peto del coracero, entrando la bala en carne. Desafortunadamente, el acero demoró la bala y esta hizo poco daño, por lo que al poco lo tuvo en las barbas, tirándole un tajo fallido mientras que el hidalgo, soltando la pistola, echaba mano a espada y daga junto. El coracero no era Pacheco de Narváez, y no atinó a parar los certeros ataques de don Ignacio. Tras varias heridas en las piernas que no amilanaron al hereje (era un tipo grandote y resistente), la espada del vizcaíno dió en la cabeza, entrando por el ojo con resolutiva fatalidad.

La caballería flamenca, terriblemente diezmada, se dió a la fuga, impactando en su alocada carrera con su propia infantería. Esta, presa del pánico, corrió en un salvése quien pueda, mientras de las filas de españoles brotó el sonido de los parches tocando a degüello, y un alud de demonios barbudos y cetrinos se les echó encima, degollándoles a mansalva (pues hasta el joven Nicolás degolló un buen golpe dellos).

La caballería del sargento Martínez pasó al galope, rauda y mortal, persiguiendo a los herejes en su huída...

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Viriato
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Mensaje por Viriato » Dom Feb 05, 2006 12:40 am

Continuamente se escuchaba el galope de nuestros caballos, seguido del hendir de los aceros en la carne y del desplome de los cuerpos en la tierra. Mi pappenheimer estaba ensangrentada, y la mano derecha la tenía toda fatigada, apenas podia dar mas golpes. A mi brazo izquierdo estaba acoplada la invención de Raul, la pistola-muñón, que tantas vidas se había cobrado.

"¡Sargento, mire! Pobres desgraciados...estan intentando formar un cuadro de picas"

"Hay que ser muy estúpido o muy valiente para siquiera intentarlo"

"Estimo de unos 60 a 50, mi Sargento"

"Da igual cuantos sean, van a morir...¡CARGAD PISTOLAS!"

Entonces ordené que el regimiento de caballeria se dividiese en dos y que cada division se situase a ambos lados del cuadro.

"¡¡¡CARACOL!!!" "¡¡¡CARACOL!!!"

La caballería comenzó a caracolear a los flancos del cuadro, que ni siquiera pudo encararse porque les costaba mucho encajar disparos y mover las largas picas al mismo tiempo. Dirigí mi disparo a un pobre infeliz que había conseguido encararse hacia nosotros, la bala atravesó su peto e hizo que el pobre se pisase las tripas.

Tras la primera oleada de disparos, el pequeño bosque de picas había sido talado por un grupo de leñadores de las calurosas tierras de Hispania. Poca gente consiguió sobrevivir, los que lo consiguieron no dudaron en poner pies en polvorosa y huir de allí.

Iba a dar la orden de perseguirles, tal osadía me molestó mucho y quería acabar con todos esos herejes, pero otro acontecimiento llamó mi atencion.

"¡Gracias!" - Dije mirando al cielo, sentí mi corazon bombear mas rápido que nunca, estaba feliz, la suerte a veces me habia quitado miembros, pero esta vez me había concedido un pequeño grupo de oficiales, entre los que parecía que se inclúa el general y el alferez. Si los capturaba mi honra se crecería y probablemente lo mismo ocurriría con mi rango.

Nos acercamos a ellos y un alferez se voló la cabeza y dejó la bandera caer al suelo. El general, que iba vestido muy ricamente, llevaba un peto repujado con damasquinos y filigranas doradas, una pappenheimer parecida a la mía, un sombrero negro con penacho blanco, guantes de ante, botas de caña doblada, un bastón de mando, puños y gola de muy rico encaje flamenco. Era rubio y tenía una barba y bigotes puntiagudos, los ojos verdes. Me daba la sensación de haberle visto antes, ¡Pero era imposible!. Éste, un poco tembloroso, tomó la espada por el filo, en señal de rendición.

"No sintáis vergüenza por haber sido hecho prisionero por un lisiado"

"A quien tengo el honor de rendirme?" - Dijo, en un cerrado y callado acento holandés

"A Su Majestad Felipe IV de España" - repliqué como restregandole que se rindiese a su odiado enemigo

"y en su nombre, vuestra merced...?"

"Mi nombre no es de importancia, aunque si tanto deseáis saberlo, sabed que soy Don Luis Martínez, sargento de Caballería del Tercio Viejo de Amberes"

"Yo soy Jaan van der Voes"

"¿Bandervoes decís? "-Dije asombrado, al fin descubrí por que me sonaba su rostro

"Entonces, reconocéis esto " le dije enseñandole mi pappenheimer

"No entiendo, es una espada... mas si reconozco su anillo"

Uno de los oficiales aprovechó el momento para echar mano a su pistola, pero uno de mis jinetes le voló la cabeza.

"¡Desarmadles a todos! ¡Maldita sea! ¡Pero tened cuidado los quiero vivos!"

"¿A que es debido tanto interés en la salud de estos herejes, mi sargento?"

"Los holandeses pedirán un buen rescate por ellos..."

Mientras tanto, los demás oficiales parecían mas tranquilos y no opusieron resistencia al apresamiento

"Así que mis hermanos están muertos..." - Dijo Van Der Voes, tras echar un buen escupitajo al suelo.

"Paréceme que mis aceros sienten atracción por los de su estirpe"

Tras estas palabras, se lo llevaron junto con los demás oficiales al campamento español.
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"En nuestras mentes conservamos, la grandeza del ayer, tenemos voluntad de imperio, que tendrá que renacer." Alonso de Contreras

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elurk
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Mensaje por elurk » Dom Feb 05, 2006 9:12 pm

Aquel maldito hereje se fue al infierno, o a donde quiera que vayan esos condenados, con la marca de Etxebarria en la cara.
Todo termino para ellos aquella fría mañana. Perseguidos por demonios de piel morena, fueron cayendo uno a uno hasta que el cansancio cayó sobre nosotros.
Los más avispados o, mejor dicho, los más veteranos en el oficio de la guerra, se dispusieron rápidamente a saquear los alfileteados cadáveres, los cuales, de no ser por orden del maestre, hubieran quedado sin nada de valor.
Por mi parte, estaba demasiado cansado y demasiado sediento como para ponerme, daga en mano, a tomar prestadas las pertenencias de los difuntos.
Limpié la sangre que resbalaba hasta las empuñaduras de mis aceros en un cuerpo inerte que yacía en el suelo. El casco que llevaba no le sirvió para detener la alabarda que le vino encima abriendolo en dos como a una manzana.
Busqué entre los soldados para saber de la fortuna de mis compañeros y, salvo un par de rasguños o heridas sin importancia, parecía que todos ellos habían salido bastante bien parados del enfrentamiento.
Me acerqué a un corro de compañeros que hablaban sobre las hazañas del momento, como no podía ser de otra manera. Allí se encontraba, entre otros Diego Vargas.

- Me alegro de veros con vida, Don Diego. ¿Como se le ha dado la mañana?
Espero que esa sangre no sea vuestra.
"No permitiré injusticias ni juego sucio, pero si se pilla a alguien practicando la corrupción sin que yo reciba una comisión lo pondremos contra la pared... ¡Y daremos la orden de disparar!"
Groucho Marx.

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RaulR
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Mensaje por RaulR » Lun Feb 06, 2006 3:14 pm

Raul Rodriguez

El humo de la pólvora se arremolinaba a nuestro alrededor con cada salva de la línea de arcabuceros. No me agradaba aquello en absoluto, y participaba mas por ayudar a un pronto desenlace que por convicciones o por odio a aquellos holandeses.

Les teníamos bien cogidos, y nuestras potentes descargas diezmaban sus desordenadas filas de un modo pavoroso.
Llamé a mi paje, para que estuviera dispuesto a mi lado con mosquetes cargados y con suficiente pólvora y munición para cargar los que yo vaciase. Cogí mi mejor pieza, la arrimé a mi hombro con decisión, y busqué mi objetivo. Habían muchos, casi te hacían perder tiempo decidiendo a cual de todos dirigir tu bala. Así que simplemente esperé a que uno cruzase mi línea de tiro y en ese momento apreté el gatillo.
Casi sin detenerme a mirar si había acertado, solté el arcabuz y cogí el que mi paje ya me tendía, conocedor de que iba a sudar tinta gruesa recargando a la velocidad a la que yo despachaba la municion.

Buscar otro blanco, apuntar, disparar. Coger otro arcabuz, y repetir la operación. El tiempo parece ralentizarse, ...la tensión agudiza la vista, ...el disparo es algo intuitivo, ...casi innato...

Pasan segundos que se hacen minutos. Disparo sin pensar, aleatoriamente. No pienso que sean personas, que tienen familia, ... que sienten dolor... , eso rompería la concentración, y yo solo quiero acabar lo antes posible con esto.

De repente, empiezo a intuir un patron en los movimientos de los holandeses. Se están reorganizando. La sección de piqueros frente a nosotros avanza y se cubre en las turberas al ritmo de nuestros disparos, y demonios, lo hacen condenadamente bien, y van a llegar al cuerpo a cuerpo en breve.

El maestre también advierte esa mejora en el bando holandés, y ordenar replegar a los arcabuceros y avanzar las picas. Voy a retroceder, pero en ese momento veo al causante de tan harmonioso envite.

Un sargento holandes, con una alabarda que usa para dirigir el movimiento de sus tropas se perfila perfectamente en la mira de mi arma. Puedo ver bien su rostro, enrojecido por el grito constante de ordenes, y lo fatigoso de su avance entre las turberas. Su mirada no muestra odio, sino determinación y voluntad. Este hombre es sargento, pero a su alrededor los soldados se mueven con tal brio que bien podría ser maestre de campo.

Requiero un nuevo arcabuz, al tiempo que los demás se retiran, y las picas empiezan a aparecer a mi alrededor. Mi paje, con el rostro pálido de terror, intenta decirme algo, pero no consigo escucharle. Solo se que ese sargento no debe alcanzar nuestra posición.

Disparo.

La alabarda deja de moverse y cae.

El sargento, de rodillas, mira al frente y ve cientos de picas y un mosquete humeando entre ellas. Me mira. Me ve, y siento un increíble dolor en mi vientre. Durante unos instantes, pienso aterrado en como puede haber tan férrea voluntad sobre la faz de la tierra capaz de herir con tal fuerza con la mirada. Mis tripas arden, y siento horror por haber matado a ese hombre. Suelto el fusil y miro hacia abajo. Mi jubon se enrojece rápidamente con mi sangre.

Empiezo a retroceder, tambaleándome, sujetándome la herida. Las picas ocupan rápidamente mi lugar cerrando para siempre el paso a los holandeses a esa zona del campo. Todos saben que esa linea no se movera de allí, asi carguen sobre ella cien o cien mil. Oigo levemente a mi paje, pidiendo ayuda, unos metros por delante de mi.

Caigo al suelo, y quedo tendido cuan largo soy, mirando al cielo, intentando comprender.

Solo ha sido un disparo.

Doy gracias a Dios, pues no ha sido una manifestación divina, ...sino un simple disparo. Tiene gracia,... por un momento pense,... al fraile le haría gracia esta historia,... no se si se la llegaré a contar...

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elisheva
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Mensaje por elisheva » Lun Feb 06, 2006 5:22 pm

[Jacobo Montero]


La batalla parecía hallarse en su momento álgido. Los heridos eran cada vez más numerosos, y ya había dejado de prestar atención a los muertos. Mi concentración se debía sobre todo a la importancia de seleccionar para mí mismo los casos más graves y dejar a mis ayudantes aquellas lesiones con las que se podrían defender bien. Todos habían sido aleccionados sobre la importancia de una limpieza exhaustiva de las heridas, tenían nociones de sutura y sabían aplicar las pomadas y emplastos que yo, previamente, había preparado.

La sala principal del molino parecía el escenario de una carnicería; hombres destrozados, miembros amputados, la sangre ocupaba todo el suelo y corría por los huecos entre los tablones...

Trabajaba febrilmente, vendando, limpiando, cosiendo, cortando...Mis manos pasaban del interior de un cuerpo a otro, evitando a toda costa que la falta de sangre, la gangrena o la fiebre se llevaran a un solo hombre más.

Pareciome de pronto que el ritmo con el que llegaban los heridos menguaba. Me senté a descansar mis miembros doloridos y a reponerme con un vaso de agua cuando dos jóvenes mochileros aparecieron gritando. Traían a un hombre entre los dos, que se apretaba el vientre. La sangre se filtraba por entre sus dedos y parecía preso de un dolor lacerante. Me acerqué a él y pude reconocer en sus rasgos al maestro armero. Éste abrió de pronto los ojos, sujetándome con inesperada fuerza por el brazo:
-¡Os lo ruego, maese, no permitáis que muera!....¡Mi sobrino!...Se lo prometí a mi Lali...

La fiebre le hacía delirar. Farfullaba palabras carentes de sentido para mí, pero a las que parecía aferrarse. Rápidamente lo instalé sobre una mesa de tablas para su inspección.

Tenía una herida de bala en el abdomen, cerca de la fascia media. Sus bordes eran irregulares y presentaba incrustadas alrededor restos de pólvora. El taraceo alrededor de la herida no desapareció al frotarlo, lo que me indicaba que el disparo se hizo bastante cerca. Una cosa que me llamó rápidamente la atención fue que la trayectoria del proyectil parecía seguir un camino oblicuo. Con cuidado le dimos media vuelta y ¡sí! allí estaba el orificio de salida, a un costado.
-Bien. –dije –Vamos a prepararlo para la intervención.

Cubrí su nariz y boca con una mascarilla de tela sobre un soporte de alambre, e indiqué a Juanele que vertiera unas pocas gotas de éter sobre ella. Para esta tarea sólo confiaba en el pequeño picaruelo que me acompañaba, ya que unas gotas de más podrían tener fatales consecuencias.

Raúl Rodríguez comenzó a balbucear cada vez más despacio hasta que su cabeza cayó hacia un lado.
-Deprisa, antes de que despierte.

Introduje una sonda acanalada por cada uno de los orificios de la lesión, y pude comprobar que ambas convergían en la cadera. La herida tenía pues menos riesgo del que temí en un principio. Sin embargo, por la herida trasera colgaba un trocito de camisa. Tendría que abrir y limpiar concienzudamente para evitar la gangrena.

La bala había entrado por el centro del abdomen, en dirección oblicua, yéndose a estrellar con el ala del isquion, el hueso de la cadera. Allí impactó separando pequeñas esquirlas de hueso, y se desvió saliendo por el costado.

La limpieza no fue problema. Encontré un vaso que sangraba de forma considerable, pero tenía clara en mi cabeza las lecciones del maestro Paré y rápidamente hice una ligadura con suturas de tripas de intestino de ovejas tratadas con un líquido especial.

La intervención estaba yendo bien. Todos los restos habían sido limpiados y el hueso no había sufrido una afectación importante: no le quedarían secuelas.

Mientras terminaba de cerrar la piel ( Raúl podría presumir del tamaño de su cicatriz), una figura oscura se acercó a mí. Sin prestarle atención traté de que se alejara, pero alcé la cabeza al reconocer su voz
-¡Vive Dios! Si es el maestro armero...¿Qué le ha pasado? ¿Vivirá?-dijo el Padre San Martín.
-Si habéis terminado de hacer preguntas estúpidas, padre –bramé enojado por la interrupción – tal vez pueda terminar de ayudar a este hombre.
-Mmm, tenéis razón, disculpad. ¿Puedo ayudaros en algo?
-Por supuesto. Otro par de manos siempre viene bien. ¿Os asusta la vista de la sangre ajena?

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