24.01.2008 - Cólera de un pueblo, certeza de una nación

Los artículos de la columna de Pérez-Reverte en ‘El semanal’ y otros escritos suyos

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24.01.2008 - Cólera de un pueblo, certeza de una nación

Postby Amaranta on Thu Jan 24, 2008 10:21 am

Abro hilo porque no sé donde ponerlo y porque es muy largo.... Chsss, Ro, si no te place, tú mismo. :wink:

CÓLERA DE UN PUEBLO, CERTEZA DE UNA NACIÓN

Pocas fechas han sido tan interpretadas y manipuladas como el 2 de Mayo de 1808. Aquel estallido de violencia en Madrid tuvo consecuencias extraordinarias que hoy marcan todavía la vida de los españoles. Esa es la razón de que, durante 200 años, esa jornada haya venido siendo caudal histórico abierto a diferentes interpretaciones, materia apropiable por unos y otros, instrumento ideológico para las diversas fuerzas políticas implicadas en el proceso de construcción, consolidación y definición del Estado nacional.

El 2 de Mayo es una fecha políticamente incómoda. Lo fue ya desde el primer momento, aquel mismo día. Los madrileños, que como el resto de España habían sido incapaces de reaccionar ante la invasión napoleónica, estaban perplejos, también, ante la invasión de las ideas. Lo único claro para ellos era que las tropas francesas actuaban como enemigas, y que la paciencia ante tanto desafuero y arrogancia desbordaba el límite de lo sufrible por aquel pueblo inculto, sujeto a la tradición monárquica y religiosa. Su ira era más visceral que ideológica.

Como han señalado historiadores lúcidos que vieron más allá del lugar común de la nación en armas, sólo dos minorías perspicaces, la profrancesa y la fernandista -unos mirando hacia el futuro y otros hacia el pasado-, advirtieron lo que estaba ese día en juego; del mismo modo que más tarde, en Cádiz, sólo otras dos minorías inteligentes, la liberal y la servil, comprenderían la oportunidad histórica de aquella guerra y de aquella Constitución. La gran masa de españoles, el pueblo ignorante que peleó en Madrid y luego en toda España durante seis años más, intervenía sólo como actor, voluntario o forzoso, en la cuestión de fondo: no se trataba de la lucha de una dinastía intrusa frente a otra legítima, sino de un sistema político opuesto a otro. La pugna entre un antiguo régimen sentenciado por la Historia y un turbulento siglo XIX que llamaba a la puerta.

La épica jornada de Madrid ha sido trastornada por su propio mito. La gente que salió a combatir lo hizo por su cuenta y riesgo. Fue el pueblo humilde quien se hizo cargo, a tiros y puñaladas, de una soberanía nacional de la que se desentendían los gobernantes. La relación de víctimas prueba quiénes se batieron realmente: chisperos, manolas, rufianes, mozos de mesón, albañiles, presidiarios, carpinteros, mendigos, modestos comerciantes. El 2 de Mayo fue menos un día de gloria que un día de cólera popular que apenas duró cinco horas. Eso limita el ámbito inicial del mito, pero engrandece la gesta. Además, hizo posible lo que vino después: una epopeya nacional extraordinaria. Aquella jornada callejera, con sus consecuencias, dio lugar al 3 de mayo. Y a partir de ahí, de modo espontáneo y solidario, una nación entera se confirmó a sí misma sublevándose contra la invasión extranjera, y arrastró a los tibios, a los indecisos y a muchos de los que, por sus ideas avanzadas, estaban más cerca de los invasores que de los invadidos.

Un hecho singular es que, en estos 200 años, el 2 de Mayo no ha sido patrimonio exclusivo de ninguna fuerza política española; todas procuraron hacerlo suyo en algún momento. En los primeros tiempos, no sin cierta prudencia, la monarquía absolutista y la Iglesia católica lo reclamaron como propio. Luego tomaron el relevo los liberales. La España fiel a la Constitución de Cádiz volvió a hacer suya la insurrección, planteándola de nuevo como hazaña cívica de un pueblo soberano que habría peleado, heroico, para labrar su destino: una nación moderna, responsable, hecha por ciudadanos libres de cadenas.

También resulta esclarecedor el modo en que se han considerado las figuras de los capitanes de artillería Luis Daoiz y Pedro Velarde. Ya desde el primer momento, el absolutismo halló en ellos un argumento que oponer al del pueblo de Madrid como protagonista único de la jornada. Lo paradójico es que, del mismo modo, los militares liberales que durante el siglo XIX se pronunciaron por las nuevas ideas y el progreso también se justificaron mediante Daoiz y Velarde: modelos de oficiales que, poniendo a la nación de ciudadanos por encima de reyes y jerarquías, abrazaron la causa de la libertad y dieron la vida por ella, junto a un pueblo fraterno, protagonista de su destino. Lo mismo harían luego, con opuesto enfoque, Primo de Rivera y el general Franco.

Con el tiempo, la fecha del 2 de Mayo quedó, a menudo, englobada en el marco general de la guerra de la Independencia, como simple primer acto de ésta. Eso era más fácil de asumir por todos, y ahorraba debates. Frente a la realidad de unos pocos madrileños ignorantes, fanáticos del trono y la religión, saliendo a pelear ese día contra los franceses mientras el ejército permanecía en sus cuarteles y la gente de orden se quedaba en casa, el marco general de la guerra, la espontánea solidaridad épica y el esfuerzo común contra los invasores proporcionaban, en cambio, un espacio sólido; una indiscutible certeza de nación en armas y consciente, o intuitiva, de sí misma. De ese modo, hasta los carlistas hicieron suya la fecha. Tranquilizaba recurrir a palabras como abnegación, sacrificio y lealtad al Estado, al trono, a la tradición. Para los conservadores era más conveniente hablar de libertad de la patria que de libertad a secas. Hasta los mismos liberales, una vez alcanzado el poder, procuraron diluir el protagonismo del pueblo, distanciándose a favor de la burguesía en la que ahora se apoyaban. Todo esto habría de plantearse, desde diversos puntos de vista, en la agitada vida política española del reinado de Isabel II, la primera República y la Restauración, en términos de interés partidario. Ni siquiera el primer centenario, en 1908, hizo posible una auténtica conmemoración nacional, más allá de los actos puntuales y la retórica de unos y otros. Sólo los republicanos siguieron confiando en la fuerza del mito popular como ruptura revolucionaria. Y esa interpretación se mantendría, con altibajos y matices diversos, hasta la Guerra Civil.

En el primer tercio del siglo XX, el 2 de Mayo siguió sujeto a interpretaciones varias, tanto de la izquierda revolucionaria como de la derecha defensora de la religión y las tradiciones nacionales. En el País Vasco, donde el discurso reaccionario sabiniano aún no había cuajado en los extremos que alcanzó más tarde, el primer centenario se planteó como parte de un esfuerzo patriótico, incuestionablemente español, con las batallas locales de Vitoria y San Marcial. En Cataluña fue diferente. Allí, carlistas y católicos se ocuparon de los combates del Bruc y de los sitios de Gerona, con una lectura distinta: el somatén luchando en su tierra y por su tierra. Y es significativo que el catalanismo político prefiriera centrarse en la celebración del séptimo centenario de Jaime I el Conquistador.

La Dictadura, la Segunda República, la Guerra Civil y el régimen franquista hicieron también sus interpretaciones particulares del 2 de Mayo. La izquierda radical asumió esa fecha para aplicarla al concepto del pueblo como protagonista de su propia historia -en la defensa de Madrid, un cartel republicano recurrió a la imagen del parque de Monteleón-, mientras el bando nacional también hacía suyo el símbolo, identificándolo con una España tradicional y católica, basada en el tópico de la indomable y valerosa raza.

Los últimos años del franquismo, la democracia y la Constitución de 1978 situaron otros asuntos en primer plano. Contaminado por la fanfarria patriotera del régimen, el 2 de Mayo fue víctima del nuevo discurso político. La insurrección madrileña y la guerra de la Independencia fueron arrinconadas por quienes, olvidando -y más a menudo, ignorando- la tradición liberal y democrática de esos acontecimientos, simplificaron peligrosamente el asunto al identificar patriotismo y memoria con nacionalcatolicismo; atribuyendo además, en arriesgada pirueta histórica, una ideología de izquierda a los ejércitos napoleónicos.

Ahora, al coincidir el segundo centenario con el desafío frontal a la Constitución de 1978 por parte de los nacionalismos radicales vasco y catalán, un interesante debate sobre las palabras España y nación española se anuncia en torno a cuanto el 2 de Mayo hizo posible e imposible. Esa fecha tiene hoy más actualidad que nunca: sugerente para nuevos tiempos y nuevas inteligencias, clave para entender la certeza de esta nación, discutible quizás en su configuración moderna, pero indiscutible en su esencia colectiva, en su cultura y en su dilatada historia. Antes de que la actual clase política convierta, como suele, también la fecha del segundo centenario en pasto de interés particular, mala fe e ignorancia, convendría tener todo eso en cuenta. El 2 de Mayo, con sus consecuencias, a ningún español le es ajeno.

El País, 24 de enero de 2008

http://www.elpais.com/articulo/opinion/ ... opi_12/Tes

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Edit:

(Con casi idéntico título, Arturo escribió otro texto en el libro de la Exposición que organizó, '2 de mayo 1808-2008. Un pueblo, una nación')

LA CÓLERA DE UN PUEBLO, LA CERTEZA DE UNA NACIÓN

Pocas fechas en el largo y complejo avatar de España han sido tan diversamente interpretadas y manipuladas como el 2 de mayo de 1808. Aquel estallido de violencia en Madrid y la cruel reacción de las tropas napoleónicas tuvieron consecuencias extraordinarias que todavía hoy, doscientos años después, influyen en la vida de los españoles. Aquellas jornadas y las que le sucedieron, con su rosario de sangre, crueldad, heroísmo y solidaridad espontánea entre las diversas tierras de España, constituyen hitos fundamentales en la certeza de nuestra Historia. Ésa es la razón por la que, durante dos siglos, la jornada del 2 de mayo, la Guerra de la Independencia y la Constitución alumbrada en Cádiz en 1812, bajo las bombas francesas y en plena contienda, han sido caudal histórico abierto a diferentes interpretaciones, materia apropiable por unos y otros, e instrumento ideológico para las diversas fuerzas políticas implicadas en el proceso de construcción del Estado nacional español. Ya antes de que en 1814, apenas expulsados los imperiales, el joven rey Fernando VII regresara de Francia entre el entusiasmo popular, las diferentes interpretaciones de la jornada madrileña y el levantamiento posterior fueron objeto de vivos y contrapuestos debates entre los constitucionales de Cádiz. Y en los tiempos que habían de venir, a menudo oscuros y amargos, todo eso se pondría de manifiesto en numerosas ocasiones.

El 2 de mayo sigue siendo una fecha políticamente incómoda, como ya lo fue desde el primer momento en aquel mismo día. Los propios madrileños, que como el resto de España habían sido hasta entonces incapaces de reaccionar ante la invasión militar napoleónica, estaban perplejos, también, ante la invasión de las ideas. Lo único claro para ellos era que las tropas francesas, recibidas al principio con curiosidad -por algunos, incluso, con simpatía- actuaban como invasoras y no como aliadas, y que la paciencia ante tanto desafuero y arrogancia desbordaba el límite de lo sufrible por aquel pueblo poco culto, extraordinariamente sujeto a la tradición monárquica y religiosa. Su ira era más visceral que ideológica.

Como han señalado historiadores lúcidos, que supieron ver más allá del lugar común del pueblo en armas con una sola voluntad y un solo corazón, sólo dos minorías perspicaces, la profrancesa y la fernandista -unos mirando hacia el futuro y otro hacia el pasado-, advirtieron lo que realmente estaba ese día en juego; del mismo modo que más tarde, en las Cortes de Cádiz, sólo otras dos minorías inteligentes, la liberal y la servil, habrían de comprender realmente la oportunidad histórica de aquella guerra, de aquel momento y de aquella Constitución naciente. Mientras tanto, la gran masa de españoles, el pueblo ignorante que peleó en la calle el 2 de Mayo y siguió haciéndolo en toda España durante seis años más, quedaba al margen, o intervenía sólo como actor, voluntarioso o forzoso, en la cuestión de fondo que, a medio o largo plazo, inevitablemente se dilucidaba. Una cuestión de la que también fueron dolorosamente conscientes, para su desgracia, los españoles afrancesados que -no siempre por interés bastardo, sino a veces de buena fe- juraron lealtad a José I: no se trataba, en el fondo, de la lucha de una dinastía intrusa frente a otra legítima, sino de un sistema político opuesto a otro. La pugna entre un antiguo régimen sentenciado por la Historia y un turbulento siglo XIX que llamaba a la puerta.

El mito del 2 de mayo

La épica jornada de Madrid se ha visto, a menudo, trastornada por el alcance del mito. Las conspiraciones previas españolas o francesas, de las que tanto se habló en su momento, quedaron en proyectos o fueron desactivadas. Los días anteriores hubo coplillas, pitos, bronca y agitación, e incidentes numerosos entre madrileños y soldados franceses; pero la gente que salió el 2 de mayo a combatir lo hizo por su cuenta y riesgo, de modo espontáneo, a medida que la revuelta inflamaba Madrid como un reguero de pólvora. Monarquía, Gobierno, jerarquía eclesiástica, clases acomodadas, se mantuvieron aquel día al margen de la insurrección -el recuerdo turbador de la Revolución Francesa estaba demasiado próximo-, e incluso notorios agentes fernandistas que habían buscado deliberadamente un motín, rebasados por los acontecimientos, permanecieron a salvo en sus casas. Los pocos militares que intervinieron contravenían órdenes expresas de sus superiores, pues las instrucciones eran quedarse en los cuarteles. Fue el pueblo llano, las capas más humildes de la sociedad madrileña -española, en suma, como prueba la variedad de origen de las víctimas, colonias americanas incluidas- quien se hizo cargo, a tiros y puñaladas, de una soberanía nacional de la que se desentendían los jefes y representantes oficiales.

Basta echar un vistazo a la detallada relación de 413 muertos y 160 heridos españoles con nombres, apellidos, edades y profesiones, para comprobar quiénes se batieron realmente en las calles de Madrid: chisperos, manolas -resulta estremecedor el número de mujeres que lucharon y murieron ese día-, rufianes, mozos de mesón, albañiles, presidiarios, carpinteros, mendigos, niños, modestos comerciantes y pueblo llano, humilde. Corrían por las calles pidiendo armas y gente que los dirigiera al combate, y sólo hallaron a unos cuantos soldados de poca o ninguna graduación que, desertores de sus cuarteles o incumpliendo las órdenes recibidas, se les unieron en la lucha. Es dudoso que ese día, cuando empezó a tronar en serio el cañón francés barriendo calle y plazas con metralla, cuando las navajas se abrieron contra mamelucos y coraceros en la puerta del Sol y en la puerta de Toledo, y el parque de Monteleón se convirtió en heroico último reducto de la jornada, aquella ciudad de 170.000 habitantes viera pelear a más de cuatro o cinco mil madrileños. El resto se quedó en casa, mirando; y la mayor parte de los altos miembros de las instituciones -mandos superiores del Ejercito, miembros de la Junta de Gobierno, nobles, consejeros y obispos- eludieron su responsabilidad, procurando algunos, incluso, congraciarse con los imperiales. Es significativo que el único militar de alta graduación cuyo nombre se vinculó ese día a una actuación oficial directa fuese el general José de Sexti, que formó parte -inhibiéndose de su responsabilidad- del consejo de guerra presidido por su homólogo francés Emmanuel Grouchy para sentenciar a muerte a quienes habían sido apresados con armas, reales o supuestas, en las manos.

Quizá la más acertada descripción que permite comprender la jornada del 2 de mayo, y también cuanto vino después, figura en el siguiente fragmento de 'Granada la Bella', de Ángel Ganivet:

"Los que dieron la cara no fueron en verdad los doctos. Ésos pasaron todo el sarampión napoleónico, y en nombre de las ideas nuevas se hubieran dejado rapar como quintos e imponer el imperial uniforme. Los que salvaron España fueron los ignorantes, los que no sabían leer ni escribir… El único papel decoroso que España ha representado en la política europea lo ha representado ese pueblo ignorante que un artista tan ignorante y genial como él, Goya, simbolizó en aquel hombre o fiera que, con los brazos abiertos, el pecho salido, desafiando con los ojos, ruge delante de las balas que lo asedian."

El 2 de mayo fue menos un día de gloria que un día de cólera popular. Un estallido de furia patriótica que apenas duró cinco horas, protagonizado por la gente más humilde de Madrid. Eso limita el ámbito inicial del mito, pero engrandece la gesta de los protagonistas, peleando solos, sin armas y sin dirección competente, contra el ejército más poderoso de Europa. Lo importante es que esa fecha heroica hizo posible las que vinieron a continuación, de las que fue chispa, detonante, paso decisivo y primero de una epopeya nacional sin precedentes en la historia de Europa; aunque, en ese momento, los protagonistas mismos no tuviesen conciencia de ello, y acabaran la jornada, quienes sobrevivieron, creyendo que todo había sido inútil y la lucha había terminado.

Sin saberlo, aquel pueblo desconcertado y valeroso había encendido la mecha de un estallido que conmovería el mundo. Esa cruda jornada de lucha callejera, con sus consecuencias terribles, dio lugar al 3 de mayo; y es ahí, o a partir de ahí, cuando ya una nación entera, de modo espontáneo y solidario, empezó a tomar conciencia de sí misma y se sublevó arrolladora contra la invasión extranjera, arrastrando a los tibios, a los indecisos, e incluso a muchos de los que, por sus ideas avanzadas, estaban más cerca de los invasores que de los invadidos. Consiguiendo, al fin, el respaldo fundamental de las altas jerarquías de la Iglesia. Las mismas que tras la jornada del 2 de mayo todavía predicaron durante cierto tiempo -algunos obispos josefinos, hasta el final de la guerra- la sumisión al invasor, que representaba el orden formal y establecido. Muy ilustrativas sobre quiénes protagonizaron realmente la jornada del 2 de mayo resultan las pastorales emitidas a los poco días por el Consejo de la Inquisición -"El alboroto escandaloso del bajo pueblo contra las tropas del emperador de los franceses hace necesaria la vigilancia más activa y esmerada de las autoridades"- y por monseñor Marcos Caballero, obispo de Guadix, que tras aplaudir el castigo "justamente merecido por los desobedientes y los revoltosos" calificó a los insurrectos de Madrid de "ciego y necio vulgo".

La evolución del mito

Un hecho sin apenas parangón en nuestra Historia es que, en los doscientos años transcurridos desde entonces, el 2 de mayo no ha sido patrimonio partidista exclusivo de ninguna fuerza política española. Todas ellas, en algún momento, procuraron hacerlo suyo como legitimación o argumento ideológico; a lo que contribuyó notablemente el mito heroico de patria y libertad, la construcción emocional que -válida tanto para tradicionalistas, primero, como para liberales, después- el romanticismo literario hizo de esa jornada y sus consecuencias. La moda o fervor patriótico del 2 de mayo, que con el paso del tiempo ha oscilado al compás de las diversas coyunturas vividas por España, conoció momentos de mayor y de menor fortuna; pero es importante señalar que, tanto en los tiempos de entusiasmo como en los de tibieza por parte de las fuerzas políticas, su presencia en el imaginario colectivo nacional ha sido constante. A esta periódica reactivación y permanencia del mito contribuyó en gran medida la literatura del siglo XIX, y sobre todo la poesía popular -de enorme impacto en la época- publicada en diarios y revistas. Gracias a ella, una burguesía que entonces empezaba a ser consciente de sí misma, en pleno desarrollo material e ideológico, encontró un fértil referente sobre el que asentar su identidad.

En lo que se refiere a la evolución del mito y sus interpretaciones, resulta esclarecedor seguir los vaivenes de las sucesivas apropiaciones instrumentales. En sus primeros tiempos, y no sin cierta prudencia, la monarquía absolutista y la Iglesia católica reclamaron esa fecha como propia. Lo cierto es que en su aspecto más elemental no les faltaba razón: lo probó el hecho de que, cuando la segunda intervención francesa en España, la de los 100.000 hijos de San Luis venidos para derribar al régimen liberal y la Constitución y reponer el poder absoluto de Fernando VII, el mismo pueblo que quince años antes destripaba ferozmente franceses cubrió de flores y aplausos el camino de los invasores. Juan Pérez de Guzmán, en su obra magna sobre el 2 de mayo de 1808, publicada con el motivo del primer centenario, resume con exactitud el móvil básico de quienes durante esa jornada combatieron en Madrid, y a partir del día siguiente, en toda España:

"El rey era la patria, la religión, la familia; era el conjunto de todas las glorias, de todas las fatigas, de todos los progresos, de todas las conquistas de la patria; era la suma entera de la nacionalidad con todos sus caracteres peculiares, la representación y la salvaguardia de todos los intereses, la única garantía verdadera de la seguridad, de la integridad y de la estabilidad nacional. Este rey era Fernando VII y no otro, por grande que fuera su nombre, su fuerza o su prestigio. Todo lo que no fuera Fernando era la negación absoluta hasta de la personalidad nacional."

El absolutismo, por tanto, fue el primero en aprovechar sin dificultad la gloriosa fecha. Los españoles, fieles a su rey, a su Dios y a sus instituciones, se habrían echado a la calle por conservar su monarquía legítima y su religión -"la patria", término más grato a oídos conservadores que el de "nación", con sus sospechosas resonancias jacobinas-. Más tarde, a medida que la España fernandina se fue viendo encadenada por el absolutismo, la palabra "pueblo" quedó proscrita desde el punto de vista oficial y el 2 de mayo empezó a ser relegado por el poder, limitándolo a celebraciones de carácter religioso. Fue entonces cuando los liberales tomaron el relevo. La España progresista, fiel a la Constitución de Cádiz, volvió a hacer suya la insurrección, planteándola de nuevo como hazaña cívica, gesta de un pueblo redentor de la vieja, maltrecha patria, prisionera tanto del francés como de una monarquía absoluta y reaccionaria. Un pueblo soberano que, abandonado por las instituciones tradicionales, había peleado heroico para labrar su propio destino. Un argumento, en definitiva, sobre el que construir una nación moderna, responsable, hecha por ciudadanos libres de cadenas.

Independencia de la patria frente a la libertad del pueblo

Con el paso del tiempo, la fecha del 2 de mayo quedó, a menudo, englobada en el marco general de la Guerra de la Independencia, como simple primer acto de ésta. Ese enfoque era más fácil de asumir por todos, y ahorraba debates. Su conveniencia ideológica resultaba evidente: frente a la idea de unos pocos miles de madrileños pertenecientes en su mayor parte a las clases humildes, ignorantes, fanáticos de su rey y su religión, abandonados por el Gobierno y por la monarquía, saliendo a pelear contra los franceses mientras el ejército permanecía en sus cuarteles y las clases acomodadas -la gente de orden- se quedaba a salvo en sus casas, el marco general de la guerra en toda la Península, la espontánea solidaridad épica y el esfuerzo común contra los invasores -pese al caos, descoordinación e indisciplina que caracterizaron la actuación de las Juntas, las fuerzas regulares y la guerrilla-, proporcionaban, en cambio, un marco sólido. Una indiscutible certeza de nación en armas y consciente, o intuitiva, de sí misma.

Hasta los carlistas hicieron suya la fecha. Tranquilizaba mucho recurrir a palabras como abnegación, sacrificio y lealtad al Estado, al trono, a la monarquía legítima, a la tradición. Para los conservadores en general, era más conveniente hablar de libertad de la patria que de libertad en sí misma. Hasta los propios liberales, una vez alcanzado el poder, procuraron diluir el protagonismo del pueblo, distanciándose del él a favor de la burguesía oligárquica en la que ahora se apoyan. Todo esto habría de plantearse, desde diversos puntos de vista, en la agitada vida política española del reinado de Isabel II, la primera República y la Restauración, en términos de interés partidario que terminaron por desviar la atención oficial de la fecha del 2 de mayo, reduciéndola a una celebración limitada, local, con aire de verbena, reservada al pueblo de Madrid. Una conmemoración que ni siquiera el primer centenario, en 1908, logró reavivar más allá de actos puntuales y retórica coyuntural de unos y otros. Sólo los republicanos –algunos de ellos lectores entusiastas de Pérez Galdós y sus 'Episodios Nacionales'- siguieron confiando en la fuerza del mito como movimiento popular y como ruptura revolucionaria: los franceses ya eran lo de menos; Madrid, y luego España, no se habrían levantado sólo por su independencia, sino por su independencia y sobre todo por su libertad. Y esa interpretación revolucionaria se mantuvo, con altibajos y matices diversos, hasta la Guerra Civil. No es casual que, lo mismo que el liberal conde de Toreno, constitucionalista de Cádiz, tituló en 1835 su obra sobre la guerra 'Contra Napoleón: Historia del levantamiento, guerra y revolución de España', el republicano Vicente Blasco Ibáñez diese en 1890 el título de 'Historia de la revolución española' a la obra donde narró -con escaso rigor histórico, y a su manera- los acontecimientos ocurridos entre el 2 de mayo y la restauración monárquica de Sagunto:

"No se vio la casaca del general ni el bordado uniforme del noble palaciego; ésos estaban en aquellos momentos en Bayona, con los reyes padres y Fernando VII, esforzándose en lamer mejor que nadie los pies de Bonaparte, y manifestar el mayor desprecio a la patria… Allí no había más uniformes que los de unos pocos militares que rompían con la ordenanza y la disciplina, comprendiendo que todo buen español, antes que funcionario obediente del Estado, ha de ser buen patriota. Jamás pueblo alguno ha verificado una sublevación contra tan poderosos invasores más espontáneamente y con menos medios de defensa, y nunca historia que no sea la de nuestra revolución ha registrado hechos tan brillantes."

Daoíz y Velarde: las múltiples interpretaciones

El modo en que se ha venido considerando, en estos doscientos años, las figuras de los capitanes de artillería Luis Daoíz y Pedro Velarde -y en menor medida el teniente de infantería Jacinto Ruiz-, resulta muy ilustrativo de todo el proceso. Ya desde el primer momento, el absolutismo fernandino encontró en esos militares un elemento de extrema conveniencia, pues su actuación, pese a que ambos capitanes actuaron junto al pueblo contraviniendo órdenes expresas, daban una estructura jerárquica, institucional, a lo que en realidad había sido un espontáneo movimiento popular. Esa interpretación fue muy del gusto del ejército, que con eso y su actuación posterior en la Guerra de la Independencia hacía olvidar así su pasividad durante el 2 de mayo. También convino a los sectores conservadores, que encontraron en Daoíz y Velarde un argumento poderoso que oponer al pueblo de Madrid como protagonista único de la jornada. Lo paradójico es que, del mismo modo, los militares liberales que durante el siglo XIX se pronunciaron por las nuevas ideas y el progreso supieron encontrar en Daoíz y Velarde dignos pretextos: honrosos modelos de oficiales que, poniendo a la nación de ciudadanos por encima de reyes y jerarquías, abrazaron la causa de la libertad y dieron la vida por ella, junto a un pueblo fraterno, protagonista consciente de su destino. De cualquier modo, la historiografía oficial, tras utilizar sus nombres para lo estrictamente imprescindible, conscientes de que, en el fondo, las razones por las que esos militares murieron peleando junto al pueblo -y no guiándolo- eran discutibles, tampoco hizo gran cosa por reivindicar la gesta del parque de Monteleón, cuyo edificio fue derribado a finales del siglo XIX entre la indiferencia general, y sólo el arco de entrada -que hoy se conserva, restaurado, en la plaza llamada del 2 de mayo- pudo ser salvado in extremis.

En el primer tercio del siglo XX, las figuras de los dos capitanes y el combate del parque de artillería siguieron a disposición de interpretaciones diversas y partidarias, siendo utilizados tanto por la izquierda revolucionaria como por la derecha defensora del orden, la religión, la unidad, la raza española y las tradiciones nacionales. “Se demostró entonces -afirmaba de modo inquietante 'La Correspondencia Militar' el 2 de mayo de 1908- que sólo las instituciones militares pueden salvar una nación en peligro”. No es en absoluto casual que, en ese primer centenario, la conmemoración se insertase oficialmente en el marco general de la Guerra de la Independencia, privando así a la mítica jornada de su carácter local y específico. También es revelador que en ese momento la prensa conservadora o moderada sacara de nuevo a relucir los conceptos de independencia, lealtad y religión, y fuese, en cambio, la prensa liberal y republicana la que más resaltó la importancia política de la fecha, el protagonismo del pueblo en armas y la palabra libertad. Y que las celebraciones de 1912, con motivo del primer centenario de la Constitución de Cádiz, enfrentasen de nuevo no sólo a conservadores y liberales, sino también a las diversas facciones de éstos entre sí.

El primer centenario en el País Vasco y Cataluña

Carlismo aparte, en lo que se refiere a la actitud del nacionalismo regionalista emergente ante las conmemoraciones del primer centenario del 2 de Mayo, es interesante considerar algún caso significativo. En el País Vasco, donde el discurso sabiniano-localista aún no había cuajado en los extremos que alcanzó más tarde, esa fecha nunca se planteó como realidad específica y aislada, como ocurrió en Cataluña -allí fue y es llamada "guerra del francés"-, sino como parte de un esfuerzo colectivo patriótico donde se insertaban, en el conjunto del conflicto bélico y para gloria de los naturales, las batallas de Vitoria y San Marcial. También se destacó singularmente -con tintes gloriosos que lo reivindicaban como precedente histórico del 2 de mayo- el intento del pueblo alavés por retener y liberar a Fernando VII el 14 de abril de 1808 en Vitoria, cuando el joven rey pasaba por esa ciudad camino de Francia. Y no resulta menos ilustrativo que el estreno de la obra teatral 'Ingeniosa caridad', del alavés Manuel Díaz de Arcaya, basada en la Guerra de la Independencia, estrenada primero en Zaragoza y luego en el teatro Gayarre de Bilbao –precisamente el 2 de mayo de 1887-, hubiera sido aplaudida clamorosamente al caer el telón tras sus versos finales:

Que el perdón de las traiciones
sea el fin de esa campaña;
y que sepan las naciones
que en la lid somos leones,
y al vencer, hijos de España.

En Cataluña, el caso fue diferente. La conmemoración del primer centenario del 2 de mayo pasó casi inadvertida. Después de la guerra contra Napoleón, el somatén se había señalado en la represión de las nuevas formas de protesta de obreros y campesinos, por lo que los sectores conservadores, católicos y carlistas se centraron en glosar el protagonismo de esas milicias locales catalanas en la sublevación contra el francés. El liberalismo político local no supo, no pudo, o no quiso evitar esa patrimonialización del asunto por parte de los conservadores; de modo que en 1905 Cataluña se ocupó más de los dos combates del Bruc y de los sitios de Gerona -acontecimientos que también la dictadura de Primo de Rivera y el franquismo incorporarían sin complejos a las claves de identidad española del momento- que del alzamiento de Madrid o el conjunto de la guerra, con una lectura por completo opuesta a la de nación española de ciudadanos: los buenos y fieles artesanos catalanes luchando en su tierra y por su tierra, en palabras de monseñor Torras i Bages, obispo de Vic, por “la dignitat i la santedat del seu país i de la seva familia, la llibertat de la pàtria y de la religió”. En cuanto al catalanismo político, que se proclamaba tan contrario al carácter nacional español de la Guerra de la Independencia como a la francofobia implícita en ella, prefirió centrarse en la celebración del séptimo centenario de Jaime I el Conquistador.

2 de mayo republicano, 2 de mayo franquista

La Dictadura, la Segunda República, la Guerra Civil y el régimen franquista hicieron también, como no podía ser de otro modo, sus interpretaciones particulares del 2 de Mayo. La izquierda radical, que durante las conmemoraciones del primer centenario se había mantenido al margen por considerarlo patrimonio casi exclusivo de la derecha, asumió entonces, por necesidades tácticas, esa fecha para aplicarla al concepto del pueblo como protagonista de su propia historia. La Guerra de la Independencia se convirtió así en un precedente de la lucha por la libertad. Es muy elocuente que uno de los carteles de propaganda republicana, para alentar al pueblo de Madrid a defenderse frente a las tropas nacionales, recurriera a la imagen de milicianos sobre el fondo del arco del parque de Monteleón y sus combatientes del 2 de Mayo. Del mismo modo, y en el extremo opuesto, el bando nacional también hizo suyo el símbolo, relacionando las fechas del 2 de mayo de 1808 y el 18 de julio de 1936: comienzo de sendas guerras de independencia -frente a Francia y frente al comunismo- por la unidad de una España leal, tradicional y católica, basada en la vieja, indomable y valerosa raza. Y de nuevo, en los libros de texto de los colegios, con el fondo del arco de Monteleón, campeó la imagen gloriosa de Daoíz y Velarde: los militares guisando al pueblo.

Los últimos años del franquismo, la democracia y la Constitución de 1978 situaron otros asuntos en primer plano. Contaminado, como tantas cosas, por la fanfarria patriotera del régimen y sus secuelas, el 2 de Mayo fue víctima del discurso hostil hacia todo lo utilizado hasta entonces como símbolo nacional. Entre algunos daños colaterales que trajo consigo el desmantelamiento indiscriminado de cuanto se había apropiado el aparato ideológico franquista, está que esa fecha adquiriese mala prensa y peor reputación. En el nuevo discurso político, la insurrección madrileña y la Guerra de la Independencia quedaron arrinconadas por quienes, olvidando -y más a menudo, ignorando- la tradición liberal y democrática de esos acontecimientos, como otros en la Historia de España, simplificaron peligrosamente el asunto al identificar patriotismo y memoria con nacionalcatolicismo; atribuyendo además, en arriesgada extrapolación histórica, una ideología de izquierda a los ejércitos napoleónicos. En la ignorancia, por ejemplo, de que el 2 de mayo de 1952, los republicanos españoles exiliados en Argentina habían celebrado como propia la fecha del 2 de mayo, y que la España Republicana de Buenos Aires, trece días después, publicó un comunicado en el que los veteranos combatientes españoles afirmaban:

"Recordando la fecha del 2 de Mayo sentimos recrecida nuestra ansia de independencia y nuestro anhelo de liberación. Por la una y por la otra, trabajamos y trabajaremos denodadamente hasta el último momento. Con independencia de todos los imperialismos, absolutamente de todos. Nuestro credo es esencialmente español, auténtica y originariamente español."

En nuestra joven democracia de finales de los años 70, a veces más absorta en el futuro que atenta a las lecciones del pasado, las palabras llenas de emoción de aquellos viejos exiliados quedaban demasiado lejos. El 2 de mayo resultaba incómodo, de nuevo. Limitada a conmemoraciones municipales de carácter festivo, a escuetos actos simbólicos y a pintorescas movidas populares en el barrio del antiguo parque de Monteleón, hoy Malasaña -a veces con violencia antisistema, lo que no deja de constituir un singular homenaje histórico-, la epopeya de los madrileños quedó en la zona de sombra oficial proyectada por el también oscurecido conjunto de la Guerra de la Independencia. De todo ello sólo emergió, afortunadamente, otra fecha mítica: el 19 de marzo de 1812, fecha de la Constitución de Cádiz, alumbrada en esa ciudad andaluza durante la guerra contra los franceses. En cuanto al día de la épica insurrección popular, ni siquiera figura ya como fecha destacada en los textos escolares; y el obelisco del campo de la Lealtad, bajo el que yacen las cenizas de las víctimas del 2 de Mayo, es desde 1985 un monumento nacional extensivo, con honores militares anuales, a cuantos dieron su vida por España.

El segundo centenario: 1808-2008

Sin embargo, pese a todo, la gesta del pueblo madrileño ha permanecido viva, casi relegada en lo institucional pero presente en el imaginario colectivo de una nación española que, con frecuencia, demostró tener mejor memoria y más sutil juicio que sus dirigentes y su clase política. Al coincidir la proximidad del segundo centenario del 2 de Mayo con el desafío frontal a la Constitución de 1978 por parte de los nacionalismos radicales vasco y catalán, un animado debate sobre las palabras España y nación española se abre en torno al 2 de Mayo, la Guerra de la Independencia y todo cuando ésta hizo posible e imposible. Por fortuna, tan decisivos acontecimientos vuelven a estar de actualidad, abordándose desde muy diversos, nuevos y apasionantes puntos de vista. Prueba de ese interés son los artículos de prensa, los ensayos y libros que llegan a las mesas de novedades a medida que se acerca la fecha clave, las conferencias, actos y exposiciones programados en diversos lugares de España, las numerosas asociaciones de recreación histórica, los preparativos ciudadanos de Cádiz para la magna fecha de 2012, y el interés de ciudades y poblaciones protagonistas de episodios destacados de la Guerra de la Independencia por recordar, localmente, fechas clave de asedios y batallas.

Ésos son los antecedentes y el marco general donde España conmemora los doscientos años transcurridos desde que estalló, en Madrid, la insurrección contra el invasor napoleónico. Lo que el 2 de mayo significó en el octavo año del siglo XIX permanece hoy más actual que nunca, sugerente para nuevos tiempos y nuevas inteligencias. Otra vez fresca, polémica, siempre fascinante pese a los altibajos, olvidos, reivindicaciones y vaivenes del tiempo y la política, esa fecha sigue siendo clave para entender la certeza de España, discutible tal vez en su conformación moderna, pero indiscutible en su esencia, en su cultura y en su dilatada historia. Como hemos comprobado, hay algo singular, extraordinario, en esa fecha del segundo día de mayo: desde su primer día ha venido siendo para los españoles patrimonio común, símbolo de identidad a disposición de quien quiso, de buena fe o por simple necesidad táctica, coyuntural, asumirlo como propio. Un símbolo olvidado a veces, o a menudo, por unos u otros; pero pocas veces rechazado. Rara es la facción política española que en algún momento de nuestra historia no hizo suyo el mito del pueblo leal a su tradición o el de la nación libre e indomable. Esto hace lamentar, quizás, que esa fecha potente y disponible para todos, el 2 de mayo y la posterior Guerra de la Independencia, no hayan servido nunca de punto de partida para un proceso profundo, razonado, común, de esclarecimiento y afirmación colectiva.

En cualquier caso, tal debate no es objeto de este texto, ni de esta exposición. Ni siquiera los seis años de guerra contra las tropas napoleónicas lo son: afortunadamente, voces autorizadas y conmemoraciones adecuadas se ocuparán de eso en Madrid y en diversos lugares de España. La exposición '2 de mayo 1808-2008. Un pueblo, una nación' responde a una ambición concreta y limitada: despojar a esa jornada, en lo posible, de dos siglos de interpretaciones diversas, partidistas, contradictorias y discutibles, recobrando a cambio la narración limpia y escueta, el pulso de la hazaña de un pueblo indefenso que creyó su deber y su dignidad alzarse en armas. Aquí se trata sólo de hechos y protagonistas, de héroes y de tibios, de víctimas y de verdugos. De un pueblo humilde con nombres y apellidos, ingenuo, orgulloso y exasperado ante la infamia, que aprieta los dientes, abre la navaja y pelea por lo que estima es noble y es justo. Incluso aunque fuera cierto que los madrileños de 1808 lucharon, en términos históricos, contra el enemigo equivocado, y aunque sean extraordinariamente complejas las lecturas que pueden hacerse de ese día y de sus consecuencias, el 2 de mayo fue y será siempre una fecha objetivamente honorable. Un alarde cívico de valor y de dignidad.

En ese contexto, la idea que inspira esta exposición es poner en pie una intensa recreación histórica que, con el soporte de las más modernas técnicas audiovisuales, se baste a sí misma para explicarse mediante objetos de época, maquetas, armas, reproducciones, cuadros, grabados, uniformes y testimonios directos de los protagonistas de aquella jornada. Se trata de exponer, ordenadamente, el mayor número posible de hechos, personajes, material e información, con las explicaciones imprescindibles y sin interpretaciones. El objetivo es construir, para el visitante, un mecanismo eficaz que lo haga viajar en el tiempo, moviéndolo de modo virtual por aquel Madrid apasionante y terrible, durante las veinte horas transcurridas entre las 8 de la mañana del 2 de mayo y las cuatro de la madrugada del día siguiente. Teniendo siempre en cuenta que el planteamiento general apunta a lo narrativo y didáctico, esta exposición procura distanciarse en lo posible de la concepción académica tradicional -muy respetable, por otra parte-. Se trata aquí de combinar la presentación de elementos clásicos con la construcción de un espacio dinámico, intenso y casi físico, destinado al gran público: un recorrido riguroso, cronológico, lleno de sorpresas y sensaciones, que obligue en cierto modo al visitante a convertirse, él mismo, en protagonista de la propia Historia. Quizás así podamos comprender mejor las dimensiones de la gesta del 2 de mayo; la epopeya desesperada de tantos hombres y mujeres que abandonados por sus reyes y gobernantes, invadidos por un ejército extranjero, sin otras armas competentes que su coraje y su cólera, hicieron posibles las palabras que el emperador Napoleón, confiando en la isla de Santa Helena, confiaría más tarde a su asistente Les Cases:

"Desdeñaron su interés sin ocuparse más que de la injuria recibida. Se indignaron con la afrenta y se sublevaron ante nuestra fuerza. Los españoles en masa se condujeron como un hombre de honor."

Arturo Pérez-Reverte.
De la real Academia Española.
Comisario de la Exposición.
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Porque hay cosas que te estallan dentro y comprendes que estaban escritas en tu destino.
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Postby koora_linax on Thu Jan 24, 2008 11:08 am

Esa fecha tiene hoy más actualidad que nunca: sugerente para nuevos tiempos y nuevas inteligencias, clave para entender la certeza de esta nación, discutible quizás en su configuración moderna, pero indiscutible en su esencia colectiva, en su cultura y en su dilatada historia. Antes de que la actual clase política convierta, como suele, también la fecha del segundo centenario en pasto de interés particular, mala fe e ignorancia, convendría tener todo eso en cuenta. El 2 de Mayo, con sus consecuencias, a ningún español le es ajeno.


Un análisis magistral para la reflexión del presente. Gracias d. Arturo :wink:
"Al final lo que está en juego es como vivir con el desorden". Arturo P-R
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Postby Trinidad on Thu Jan 24, 2008 4:28 pm

Mi hermana me ha comprado El País y acabo de leer el artículo.
Aparte del fragmento que ha citado koora, me quedo con éstos:

"[...]Los madrileños, que como el resto de España habían sido incapaces de reaccionar ante la invasión napoleónica, estaban perplejos, también, ante la invasión de las ideas[...]".

"[...]Fue el pueblo humilde quien se hizo cargo, a tiros y puñaladas, de una soberanía nacional de la que se desentendían los gobernantes[...]".

"[...]La gran masa de españoles (...) intervenía sólo como actor, voluntario o forzoso, en la cuestión de fondo: no se trataba de la lucha de una dinastía intrusa frente a otra legítima, sino de un sistema político opuesto a otro. La pugna entre un antiguo régimen sentenciado por la Historia y un turbulento siglo XIX que llamaba a la puerta[...]".
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Postby Jubonamarillo on Fri Jan 25, 2008 11:53 am

Pequeño articulo en el pais sobre APR con motivo de discurso en RAE:

http://www.elpais.com/articulo/cultura/ ... icul_4/Tes
Y al finalizar os hiero
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Postby Trinidad on Fri Jan 25, 2008 1:48 pm

Gracias Jubonamarillo. A lo mejor cuelgan el discurso íntegro en la página de la RAE.
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Postby Rogorn on Sun May 04, 2008 4:48 pm

Pocas fechas han sido tan interpretadas y manipuladas como el 2 de Mayo de 1808. Aquel estallido de violencia en Madrid tuvo consecuencias extraordinarias que hoy marcan todavía la vida de los españoles. Esa es la razón de que, durante 200 años, esa jornada haya venido siendo caudal histórico abierto a diferentes interpretaciones, materia apropiable por unos y otros, instrumento ideológico para las diversas fuerzas políticas implicadas en el proceso de construcción, consolidación y definición del Estado nacional.

Y la cosa continúa:

Dos de Mayo, 200 años después: la recepción oficial
Del Día de la Comunidad al de la nación
Aguirre defiende en su discurso el patriotismo y la unidad de España
Soledad Alcaide, El País

Que Luis Daoiz, Pedro Velarde, Manuela Malasaña, Clara del Rey y los otros más de 400 héroes del 2 de mayo de 1808 se alzaran contra los franceses con la intención expresa de proteger la unidad de España, más que en defensa propia y contra el invasor, es una interpretación que hasta ahora no habían abanderado los historiadores. Pero ayer la presidenta de la Comunidad de Madrid, Esperanza Aguirre, dio un paso más allá en las teorías del levantamiento del 2 de mayo como germen de la nación española, en el discurso que pronunció en la fiesta del Día de la Comunidad, que precisamente celebraba los 200 años del alzamiento contra el Ejército francés. "Tenían claro que eran españoles y no tenían dudas de lo que era España", sentenció la presidenta.

Le valió el ejemplo de los héroes que dieron su vida el 2 de mayo para abundar en su encendida defensa del patriotismo y la unidad de España, que es ya marca de la casa. Según ella, aquéllos "sabían que España era una nación muy antigua, que era su patria y que compartían una cultura, unos valores y unas creencias con los otros 12 millones de los entonces españoles". Y, por tanto, prosiguió, "su sacrificio fue la chispa que encendió la llama del levantamiento de todos los españoles por su independencia y su libertad". Esa gesta es la que, según sus argumentos, está directamente relacionada con la democracia española actual. "Por aquel levantamiento, los sujetos de la soberanía nacional son [hoy] los ciudadanos españoles libres e iguales", afirmó.

La presidenta regional, que se dirigió a un auditorio de unas 2.000 personas, en la sede de su Gobierno, en la Real Casa de Correos, sostuvo que "recordar a estos patriotas es un deber" para los que, como ella, dijo, "nos consideramos sus herederos". Por eso, afirmó que es un honor celebrar el 2 de mayo el Día de la Comunidad y que eso obliga a transmitir el respeto por los héroes de esa fecha. "Y al reconocer nuestra deuda con los que dieron su vida por la libertad y por España nos hacemos responsables, nosotros también, de defenderlas siempre", apostilló. Por la mañana, durante la ofrenda floral en el cementerio de la Florida, Aguirre había comparado también la "defensa de la libertad" de los héroes del 2 de mayo con la de "las víctimas del terrorismo", informa Efe.

Como ella, también el presidente del PP, Mariano Rajoy, aprovechó la recepción para abundar en la defensa de la nación española, a partir de la lucha del 2 de mayo, aunque fue más templado en sus tesis que Aguirre. "1808 nos une y nos recuerda que la nación es un proyecto común que está vivo", afirmó Rajoy, que se remitió al discurso que ofreció el 3 de diciembre de 2005 en la celebración del Día de la Constitución en el mismo lugar, en el que defendió los mismos argumentos. "Nos recuerda la libertad, la dignidad española, la igualdad, que es lo contrario de la arbitrariedad, y los derechos individuales", agregó Rajoy para remachar su discurso con la idea de que el 2 de mayo une a los españoles en torno a "una nación, la más vieja de Europa, con 500 años de historia".

http://www.elpais.com/articulo/madrid/D ... pmad_6/Tes
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Postby Fede on Sun May 04, 2008 8:36 pm

Por no hablar del discurso del Rey...
Somos la vieja y parcheada piel del tambor donde aún redobla la gloria de Dios.<br>

http://prombaenr.blogspot.com
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Postby Alberich on Mon May 05, 2008 4:59 pm

A lo mejor cuando Bernardo López Gª escribía aquello de "...hasta que España sucumba..." se refería a Rusia.O a Brasil,no?

Yo es que hay cosas que no entiendo por qué se les quiere dar la vuelta tantas veces...para que luego llegue la derecha/mierda de este pais a terminar de estropearlo todo.

Que pena penita pena.
"And now I know how Joan of Arc felt
Now I know how Joan of Arc felt..."
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Postby Rogorn on Wed May 02, 2012 1:45 pm

Recordando...
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Postby Adeletheresa61 on Wed May 02, 2012 4:50 pm

Gracias por la patente y enlaces.

Corrían por las calles pidiendo armas y gente que los dirigiera al combate, y sólo hallaron a unos cuantos soldados de poca o ninguna graduación que, desertores de sus cuarteles o incumpliendo las órdenes recibidas, se les unieron en la lucha.



Sólo los republicanos –algunos de ellos lectores entusiastas de Pérez Galdós y sus 'Episodios Nacionales'- siguieron confiando en la fuerza del mito como movimiento popular y como ruptura revolucionaria



Jamás pueblo alguno ha verificado una sublevación contra tan poderosos invasores más espontáneamente y con menos medios de defensa, y nunca historia que no sea la de nuestra revolución ha registrado hechos tan brillantes."



Sobrecogedora la historia de lo que paso en Madrid aquel día hace 204 años
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Re: 24.01.2008 - Cólera de un pueblo, certeza de una nación

Postby grognard on Wed May 02, 2012 5:20 pm

Gracias Rogorn.

AP-R wrote: Esa fecha tiene hoy más actualidad que nunca: sugerente para nuevos tiempos y nuevas inteligencias, clave para entender la certeza de esta nación, discutible quizás en su configuración moderna, pero indiscutible en su esencia colectiva, en su cultura y en su dilatada historia.


Me lo apunto.
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Postby agustinadearagon on Thu May 03, 2012 9:58 pm

A ver si un día de estos nos rebelamos a base de bien contra los especuladores y los cañallas, los explotadores, y los sinvergüenzas, contra los políticos corruptos, concejales, etc. Que los grave no es que nos quisieran someter unos señores de otra nación, lo grave es dejarnos someter por la injusticia.
"Fuera del perro, el libro es el mejor amigo del hombre. Dentro del perro quizá esté muy oscuro para leer". G.M.
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