18.06.2008 - La mochila de Jim Hawkins

Los artículos de la columna de Pérez-Reverte en ‘El semanal’ y otros escritos suyos

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Rogorn
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18.06.2008 - La mochila de Jim Hawkins

Mensaje por Rogorn » Mié Jun 25, 2008 11:10 pm

Transcripción hecha desde el vídeo colgado aquí:

http://www.elboomeran.com/video/80/artu ... -maestros/

LA MOCHILA DE JIM HAWKINS
18 de junio de 2008
En las jornadas ‘Lecciones y maestros’
Universidad Internacional Menéndez Pelayo, Santillana del Mar, Cantabria

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Antes que nada, una precisión: hay escritores y novelistas. Ambos términos son respetables, pero, a mi juicio, no siempre significan lo mismo. No todo escritor es novelista, aunque algún escritor crea que sí lo es, o que puede serlo. Yo escribo novelas, estoy aquí hoy como novelista, y la función de mi escritura, mi móvil, es contar historias. A través de esas historias, por supuesto, transmito una interpretación del mundo. Lo que cuenta es la confrontación del lector con ese punto de vista, que lo acepte o no lo acepte, que el lector asuma las reglas del viejo contrato: esto es una ficción, más o menos real, más o menos compleja, y de ti depende lo que hagas con ella. Yo suministro materiales narrativos, sociales, estéticos, morales, etcétera. Respondo de la honradez profesional con que han sido estructurados. Ése es mi compromiso: contar una historia de forma eficaz. Pero cuando el lector pasa las páginas y proyecta en mi novela su mundo, su vida, sus lecturas anteriores, su ideología, eso ya no es cosa mía. Mi libro es ahora su libro. Que le divierta un rato o que cambie su vida ya no es asunto mío. Escribí lo que quería porque me gusta escribir, porque así vivo otras vidas además de la mía, porque ajusto cuentas con el mundo, porque me pagan, por lo que sea. Y me leen porque quieren leerme. Mi responsabilidad termina en el momento en que entrego el mejor texto posible a mi editor.

He dicho alguna vez en público que no quiero ser referente moral ni partero intelectual de nadie. Admiro a quienes lo son sin pretenderlo, respeto a quienes lo procuran con merecimientos, y desprecio a quienes lo pretenden sin fundamento, pero yo estoy fuera. Cuento historias, las que me apetecen, las que creo conveniente contar, y lo hago sin sentarme cada día a trabajar con el pesado fardo de la responsabilidad moral de autor o artista sobre los hombros. Soy un leal mercenario de mí mismo, de mis gustos, de mis aficiones, de mis sueños, de mi imaginación, de mis amores y de mis odios. No soy un teórico, ni tengo dogmas que transmitir, ni he sido tocado por la gracia. Escribo novelas y la gente las lee. De momento. Detalle que me permite vivir de esto y seguir escribiendo más novelas. Y debo decir que si estas jornadas se llamaran ‘La literatura ante el nuevo milenio’, ‘El futuro de la novela’ o algo así, yo no estaría aquí. No sé cuál es el futuro de la novela, y la verdad es que me importa un rábano el futuro de la novela. Hay ya suficientes novelas, buenas novelas, escritas, para que yo pueda leer y releer el resto de mi vida sin que nadie, ni yo mismo, escriba una sola línea más. El que quiera, que vaya y las lea, y si no las leen, tampoco pasa nada. Nunca entendí muy bien esa obsesión de algunos por que los demás lean. Tal y como están las cosas, cuanto menos mejor: menos ruido, y menos colas, y menos chicles pegados en el suelo habrá en las bibliotecas. Como dice mi amigo Pepe Perona, maestro de gramática, cuantos menos seamos, más nos reiremos cuando los bárbaros lleguen -o regresen- de una vez. Y los bárbaros llegarán. Como decía uno que hacía versos, 'traen soluciones, después de todo'.

En cuanto al presente, la teoría literaria, la crisis o el auge de la narrativa, de la creación artística y todo eso, también me importan poco. No sé por qué no hay lectores para algunos que se lamentan de no tenerlos, ni sé por qué los hay para otros. Yo tengo lectores, y me alegro. La vida a veces se porta bien, y no me quejo. Pero he dicho varias veces, y quiero repetirlo, que yo no soy más que un novelista accidental. Lo que soy en realidad es un lector contumaz, que incluso cuando escribe lo que hace en realidad es leer una vez más. Leer de un modo particular tal vez, releer los libros que amé y que amo, amueblarme el mundo a la luz de mi vida y de mis sueños con todos aquellos libros que me permitieron precisamente vivir mi vida y avivaron mis sueños, con los libros que son mi verdadera patria y mi memoria, los que me permitieron ordenar el espacio, y el tiempo que me queda.

Aquí, en lo mío, no hay mucho arte. A lo mejor ése es el problema, que hay demasiada gente que se toma la novela como un arte, incluso como una misión sagrada, y no como lo que algunos entendemos que es: un noble oficio, con algo tal vez de inspiración, de arte quizá, o de talento, y una gran parte -la mayor- de disciplina y de trabajo. Crear mundos complejos y verosímiles y ponerlos en circulación.

El lado solemne de la literatura prefiero dejárselo a gente que se pone de perfil ante el espejo de la crítica, las mesas redondas y las tertulias literarias, y a algunos que viven del cuento de contar no cómo son, sino cómo deberían ser los libros que escriben otros. Los libros que ellos, naturalmente, escribirían con suma facilidad si quisieran. Lo que pasa es que no quieren. Yo sí quiero. Cuando no estoy por ahí me levanto a las siete de la mañana, hago ejercicio, me doy una ducha y trabajo entre ocho y diez horas diarias. A mí lo que me preocupa es resolver con eficacia mis propios problemas narrativos, y eso es algo que resuelvo escribiendo, buscándole las vueltas, releyendo y subrayando a la gente que supo hacerlo bien. Eso me ocupa el tiempo suficiente como para no ir por ahí explicando a los demás cómo tienen que hacer las cosas ni al lector lo que debe o no debe leer, entre otras cosas porque no hay un método ni un sistema para escribir ni tampoco para leer. Uno debe leer o escribir o leer lo que le apetezca y como le apetezca, y atenerse a las consecuencias.

Desde mi punto de vista, que a lo mejor no es objetivo ni extraordinario, pero es el único que tengo, escribir una novela es contar una historia, o sea, resolver un problema narrativo buscando el camino más eficaz para conducir al lector del punto A, que es el planteamiento, al punto C, que es el desenlace, pasando por el B, que es el nudo. Asquerosamente clásico, ya sé, pero hasta la fecha no creo que se haya inventado nada mejor, sobre todo si se acompaña con los puntos, las comas y los puntos y coma en su sitio.

Un problema narrativo, decía. Y cuando tengo problemas narrativos que resolver no desnudo mi alma en las entrevistas, ni le echo la culpa al desfallecimiento creativo, ni intento justificarme diciendo que el público es imbécil, ni ataco a Javier Marías o a Mario Vargas Llosa porque en vez de esto escriben aquello, ni me quejo de que el mundo no me comprende. Busco en los libros, en autores como Stendhal, Homero, Conrad, Dickens, Virgilio, Dumas, Mann, Conan Doyle, Dostoyevski, Stevenson -o incluso en gente tan maltratada como Agatha Christie, John Le Carré, y hasta en Ken Follett si me hiciera falta- los recursos, los mecanismos, las herramientas del oficio, que me permitan llevar al papel del modo más eficaz posible la historia que tengo en la cabeza.

No crean que he citado a Follett como provocación. Durante todo un año juvenil viví en casa de un familiar que tenía en su biblioteca todos los best-sellers americanos y toda la novela policiaca de los años 50 y 60: Vicky Baum, Zane Grey, Frank Slaughter, Frank Yerby, Somerset Maugham... Lo leí todo, por supuesto. Ese año fue para mí decisivo en cuanto al aprendizaje de utilísimas técnicas narrativas que, aunque yo no podía imaginarlo entonces, iban a serme muy útiles cuarenta años después. Cuando se llevan, como es mi caso, casi cincuenta años de una vida de 56 leyendo ininterrumpidamente, a uno no le importa citar nombres y estilos y géneros sin el menor complejo. Nada tengo que hacerme perdonar como lector. Habiéndolos leído a todos, debo más a Homero que a Joyce, más a Dumas o a Balzac que a Faulkner, más a Bernal Díaz del Castillo que a Malcolm Lowry, más a Quevedo, Cervantes, Clarín o Dostoyevski que a Cortázar o Ferlosio, y más a un solo libro de Agatha Christie, ‘El asesinato de Rogelio Ackroyd’, por ejemplo, que a la mayor parte de los autores aplaudidos por la crítica oficial en el último medio siglo.

Cuando escucho a un autor quejarse del sufrimiento de la creación literaria siempre digo lo mismo: "Escribir no es obligatorio, déjalo, no sufras, no merece la pena. No te lo van a agradecer, de verdad, tanto esfuerzo, tanta originalidad y tanto sacrificio". El acto de escribir literatura, o novela, como es mi caso, lo entiendo como un acto de felicidad, de diversión, un disfrute para la imaginación propia, y una buena oportunidad de recontar el mundo a mi manera, quizá porque durante veintiún años, en otro tipo de vida que nada tiene que ver con lo que aquí me ha traído, viví en un mundo que no me gustaba en absoluto. Escribo sobre todo porque soy lector, y supongo que a fin de cuentas intento ordenar esos casi cincuenta años de lectura a la luz de mi propia experiencia y de mi propia vida. Allá cada cual con los motivos por los que escribe. Yo no tengo ninguna misión, como dije, educativa ni cultural, ni pretendo hacer al lector más listo, más libre o más sabio. Me parece bien que haya escritores que se dejen la piel, la carne y la sangre, pero ése no es mi caso, y cuando lo es no voy por ahí dándole tres cuartos al pregonero. La piel me la he dejado en lugares que sólo son asunto mío, y a la hora de escribir lo que deseo es ser feliz, y lo soy dentro de lo que cabe. Soy feliz porque me divierto multiplicándome en diversos mundos, vidas y situaciones, y la diversión -creo que eso se lo hago decir incluso en ‘El Club Dumas’ a uno de mis personajes- ya es motivo suficiente para escribir o leer una novela. Si además hay otras cosas, mucho mejor, pero divertirse es imprescindible.

Otra cosa es la dureza diaria de un trabajo a veces agotador, que puede llevarte a veces, si se te va la mano, hasta la locura. Los fantasmas que te acompañan al escribir, por ejemplo, en 'El pintor de batallas'. Pero ése es también sólo asunto mío, y cuando vienen mal dadas no ando por ahí lloriqueando en el hombro de críticos, de lectores y de suplementos literarios. Los andamios de la obra y los albañiles muertos no le importan al que va a habitar el edificio. Lo que cuenta es la casa, construida.

Durante algún tiempo se nos quiso imponer una idiotez victimista que además es mentira: la literatura difícil, minoritaria y poco leída era la única que valía la pena. La otra era prescindible y superficial, culpable de la facilona vulgaridad de contar cosas, como si contar cosas fuera fácil, y de ser bien acogida por el ciego y necio vulgo. Profundidad, amenidad y muchos lectores eran, por tanto, incompatibles. Todavía recuerdo una crítica de los años 80, en el 'Babelia' de entonces, precisamente, afirmando en las últimas líneas, tras demoler a un libro -que no era mío- y a su autor, que si tal novela no fracasaba por completo, era debido, cito, "a que tenía una sólida estructura y unos personajes creíbles". Eso la libraba de fracasar por completo.

Todavía hoy, después de Umberto Eco, de John Le Carré, a estas alturas de la feria -del libro- hay imbéciles que sostienen que lo importante es que el martillo tenga mango de ébano y cabeza de marfil, no que clave clavos. Me refiero a los que ignoran que ya Aristóteles, en la ‘Poética’, advertía de los peligros de mucha ‘elocutio’ y poca ‘dispositio’, entre otras cosas, supongo, porque nunca en su vida leyeron a Aristóteles. Hablo de quienes olvidan o ignoran un principio elemental que ya apuntaba Stevenson: si un presunto novelista no tiene nada que contar, por mucho bello estilo que maneje lo mejor es que se calle. Que cierre la boca, que deje las saturadas mesas de novedades de las librerías en paz y que se vaya a hacer puñetas.

También, fiel a mi costumbre de hacer amigos, detesto con toda el alma a los creadores de opinión literaria cuya memoria empieza ayer por la tarde, los que no se manejan más que de Cortázar para acá. Lo hacía sin complejos hace exactamente veinte años, cuando empecé a publicar, y lo hago ahora: me refiero a algunos cagatintas analfabetos, si tenemos en cuenta a qué oficio se dedican, que de pronto, a causa de una edición reciente de algo, puesta de moda, descubren a Stefan Zweig, a Henry James, a Thomas Pynchon, a Chateaubriand o a Montaigne, a quienes no habían leído antes en su vida, o a los que denostaban directamente. ¿Quién respetaba a Zweig, a Schnitzler o a Joseph Roth hace treinta años en España excepto aquellos que los leíamos? También sobre Conrad, que ahora no se le cae a nadie de la boca, debo recordar cómo algunos le perdonaban la vida en España hace sólo treinta o cuarenta años. "Escritor de mar, ya saben, aventura y todo eso, cosa menor, tipo Stevenson, otro que tal". Me refiero, en fin a ciertos críticos o columnistas culturales que se apresuran a contarnos de un día para otro, con el sospechoso entusiasmo del converso reciente, lo imprescindible -palabra mágica- que son esos autores y cómo se tutean con ellos de toda la vida. Hablo de algunos parásitos iletrados, o esnobs, que con sus recomendaciones estuvieron a punto de dejar a la literatura española sin lectores en los años 80 y 90, aunque por suerte nadie les hizo al fin demasiado caso, y que ahora incluso, sin rubor alguno, se atreven a escribir a veces ellos también novelas vanidosas e infumables, que encima justifican -a la vejez, viruelas- como divertimento o juego de géneros. Hablo de aquellos individuos que en su momento, por citar un ejemplo clásico, leyeron ‘La vieja sirena’, de José Luis Sampedro, y aseguraron tan campantes que se notaba mucho en el libro la influencia de Mika Waltari, olvidando -o mejor dicho, ignorando- que Sampedro leyó desde niño, y trufó el libro con referencias a ellos, a Apolonio de Rodas, Suetonio, Herodoto, Homero y Virgilio, entre otros, autores a los que ese crítico o críticos no habían leído, naturalmente. Tal es el problema cuando un cretino elabora teoría literaria a partir de sus propias limitaciones, juzgando la obra de los demás a la luz mediocre de sus propias limitaciones culturales.

Esa memoria literaria es, desde mi punto de vista, la verdadera patria del lector y del escritor, la matriz de la que parte todo. Hace algún tiempo un buen amigo mío, Julio Ollero -que editó la primera edición de ‘El maestro de esgrima’ en Mondadori, y para quien escribí luego ‘Territorio comanche’- me propuso a modo de juego que elaborase la lista de los cien libros que de una u otra forma más habían influido en mi vida. Me puse a ello por curiosidad, y para mi sorpresa descubrí que de esos cien libros, la mayor parte los había leído antes de los veinte años.

http://www.capitan-alatriste.com/module ... opic&t=871

Y siguiendo con la sorpresa, a la hora de reflexionar sobre ello y establecer relaciones, caí en la cuenta de que en realidad los siguientes años de mi vida -el resto de mi vida- lo que he hecho ha sido buscar en los viajes, en los amigos, en todo lo demás, la huella que esos libros me dejaron, y a reescribirlos como novelista una y otra vez bajo luces diferentes. Todavía ahora, cuando tengo dificultades a la hora de resolver ese problema narrativo al que antes me refería, acudo a ellos con toda la humildad profesional de que soy capaz, como quien acude a casa de un viejo y sabio maestro, a pedirles consejo, a buscar soluciones técnicas, a recobrar ese estado de gracia maravilloso del lector -e insisto en que lo de ‘escritor’ sigue siendo secundario- que abre un libro como quien abre la puerta de un mundo lleno de hermosas posibilidades.

Tuve la suerte de empezar a leer muy pronto. Vengo de una familia con biblioteca grande, y eso facilitó las cosas. Entre los seis y los doce años fueron sobre todo libros de aventuras y de historia. Luego maduré como lector. Ya no leía, como antes, cualquier cosa que cayera en mis manos, sino que empecé a especializarme en géneros, a seleccionar, a buscar ingredientes concretos en los libros, y cuando los encontraba éstos se convertían en lecturas favoritas que releía y que aún releo con un lápiz en la mano, aprendiendo siempre.

Realmente, mi oficio de escritor, mis estructuras novelísticas, la técnica narrativa, la dosificación de efectos profesionales que enganchen al lector provienen en origen de ahí. Me estoy refiriendo a los libros que mayor placer me han causado en la vida. En el folletín del siglo XIX, lleno de defectos pero también de virtudes, aprendí sin quererlo la técnica del oficio. Por esa puerta me introduje en la gran novela europea y norteamericana de finales del XIX y primer tercio del siglo XX. Y sin darme cuenta, esas lecturas, con los clásicos griegos y latinos de mi infancia y los siglos XVI y XVII españoles como herramientas, fueron conformando poco a poco el territorio en el que muchos años más tarde se asentaría el novelista que yo ni siquiera sospechaba entonces.

Quizá por eso para mí escribir es también un ejercicio de nostalgia. Todavía ahora, al leer páginas sueltas de 'La Eneida', 'La cartuja de Parma', 'La montaña mágica' o cualquier otro libro de aquellos puedo recordar sin esfuerzo la ropa que llevaba puesta el día que llegué a aquellas páginas, la voz de mi madre en la terraza, y el olor de la tierra y la lluvia en el jardín. En realidad, igual que, dicen, el hombre intenta volver al regazo materno, yo, tras haber vivido el mundo real, intento ahora con mis novelas tal vez volver a mis libros de juventud, los libros que me llevaron a enrolarme a bordo de la 'Hispaniola' con Long John Silver y viajar con ellos a la Isla de los Piratas, antes de embarcarme en el 'Pequod', que era un barco más serio, a arponear ballenas que matan a los hombres y matan a sus sueños. Libros a los que ahora, de regreso de islas y naufragios, con el saco marino lleno de cosas que pude salvar, intento recuperar y reescribir trufados de mi propia vida, del mismo modo que los viejos marinos varados en tierra narran y recuerdan fabulosas historias junto al fuego de la chimenea de la posada del Almirante Benbow, mientras afuera cae la lluvia y se escucha el ruido del mar. Lo otro, lo original -palabra dudosa a estas alturas- se lo dejo a los artistas, cuyos nombres callo, por respeto, naturalmente. Que inventen ellos, los que no buscan éxitos de ventas ni dinero, sino la sobria y seca gloria inmortal, la alta literatura para paladares exquisitos, planteada como ética, como estética e incluso como sintética. Son esos autores a los que, según ellos, les dicen que han vendido mil ejemplares de un libro y les dan un disgusto de muerte. "¿Qué van a pensar en 'Babelia', o en 'La Vanguardia', o en 'ABC' si tengo demasiados lectores?", se preguntan, o se deben preguntar, desolados, supongo.

Yo apunto más cerca, más elemental, a leer, a escribir y a navegar en mis ratos libres. Y como novelista de infantería, aparte de ganar lo suficiente para publicar lo que me apetece y no tener que darle la mano a nadie que no me guste, me conformo si acaso con dar un pequeño pasito que ponga en circulación de nuevo la vieja materia que sigue estando ahí. No se trata de escribir otra vez lo ya escrito, aunque también hay quien se dedica a eso, sino de quitarle el polvo y ponerlo al día en la medida de mis limitadas posibilidades, contando historias para el lector de hoy sin renegar de la manera en que siempre se contaron: el héroe, el combate, el tesoro, el enigma, la muerte, la traición, la derrota, la venganza, por ejemplo, palabras casi todas literariamente incorrectas para algunos pajilleros de la vacuidad inane, capaces de elogiar, e incluso de escribir, novelas cuyo fascinante argumento es precisamente la imposibilidad de escribir una novela. Lo otro son para ellos asuntos muy trillados, faltaría más. A fin de cuentas, ¿qué escritor es capaz de contar hoy algo importante cuya trama básica, y eso es verdad, no esté apuntada ya en Homero, Sófocles, Eurípides, Cervantes o Shakespeare? Para saber qué siente un don nadie recién divorciado viajando en metro, por ejemplo, no necesito leer trescientas páginas donde un pelmazo juega a ser novelista masturbando a la perdiz: me basta con divorciarme y tomar el metro. Salvo que quien viaje en metro sean Don Quijote o Ulises, por supuesto, y quien me lo cuente sean Cervantes o el barón Corvo, por ejemplo, pero no suele ser el caso.

Antes hablé del mar, y no lo hice como simple imagen literaria. Los libros sobre el mar, y el mar en sí mismo, forman parte importante de ese territorio del que estamos hablando. Fue en el mar donde un día, con diecinueve años, cogí una mochila llena de libros, me enrolé en un barco y me puse a viajar. En un tipo con mis antecedentes literarios, lo del mar como punto de partida era obvio. El mar es el más clásico de todos los clásicos que nutren la novela de aventuras o la aventura en la novela. Tiene todos los ingredientes: el viaje, lo desconocido, el peligro, la furia de los elementos, la libertad, el combate, el tesoro, la Historia... Y además, el mar genera personajes de incalculable riqueza novelesca. El caso es que yo también tuve mi mar, y viví lo que quería vivir. Supe lo que era capear un temporal con las olas barriendo la cubierta y mirando al capitán, agarrado al puente, como quien mira a Dios. Supe lo que era tener en la mano una navaja o una botella rota, y poco a poco todo aquello que había imaginado o que había leído en los libros fue materializándose a mi alrededor: la guerra, los amigos, el amor, la muerte, y todas esas cosas. No he llegado a ver arder naves más allá de Orión, pero he visto arder bibliotecas en Sarajevo, he visto hombres despedirse de sus mujeres en las murallas de Troya, que siempre son las mismas, y un atardecer rojizo toqué fascinado en mitad de un desierto los restos oxidados de los trenes que voló el coronel Lawrence.

Tengo el orgullo legítimo de poder escribir y decir en voz alta que mis novelas, entre otras cosas, las escribo con todo eso, que nadie me las ha contado. En cierta ocasión, durante una larga conversación con Javier Marías, que es mi amigo en el sentido exacto que la palabra 'amigo' tiene en las palabras que hoy les dirijo, llegamos a una conclusión curiosa, -al menos yo, no sé si él la sigue compartiendo-: son los nuestros caminos muy diferentes como novelistas, habiendo partido sin embargo del mismo territorio lector. Una de las diferencias quizá estriba en que él quiso ser desde muy joven el autor de los libros que había amado, y yo quise ser desde muy niño el personaje de esos mismos libros. Quizá eso defina bien dos formas, ambas entre las muchas honorables de entender la literatura, los libros y la vida. A veces Javier y yo nos imaginamos los dos en el salón del 'Titanic' jugando a las cartas mientras el barco escora, riéndonos de tanto charlatán habitual que de pronto busca descompuesto un bote salvavidas, impasibles, no por coraje, que eso es cosa de cada cual, sino por simple reputación. Y no creo que Mario Vargas Llosa hiciese mal papel en ese 'Titanic', porque Mario es de los que saben ahogarse como caballeros también.

En realidad, como ven, que alguien que se inició como lector apasionado y se hizo reportero por culpa de la literatura regrese a allí de donde vino no sólo no es una paradoja, sino que es lógico, incluso como aventura. No es casual que yo sea un escritor tardío, muy tardío. Hasta entonces estaba demasiado ocupado para sentarme a escribir. No tenía necesidad ni ambición de ello. Recordemos que según los cánones del género, por aventuras entendemos un viaje lleno de peligros o descubrimientos a cuyo término el protagonista encuentra la felicidad o la decepción, pero que en cualquier caso ha progresado en el conocimiento de sí mismo y del mundo en el que ha vivido, y es exactamente eso, como en el juego de la oca, al llegar a la casilla 36, como el peregrino medieval al llegar a Santiago, como el ya curtido Jim Hawkins que desembarca al final de 'La isla del tesoro' más maduro y más sabio, como el Ismael al final de 'Moby Dick' agarrado al ataúd calafateado de su amigo el arponero Queequeg cuando el 'Pequod' se ha ido a pique.

Quizá por todo eso, porque mi memoria conserva vivos todavía esos fantasmas -que dicho sea de paso son queridos compañeros de viaje y de vida, compatriotas y amigos- sea que mis novelas siempre responden a la estructura de movimiento, de un viaje o aventura, aunque a veces sea urbana, o de un juego sobre todo. Puede ser un juego de iniciación o un juego mortal, el descubrimiento de la guerra, el cruce de la línea de sombra por un joven subteniente de caballería, los sucesivos movimientos y estocadas de un asalto de florete, el ajedrez como clave de la vida y de la muerte, los libros como aventura y como patria, las trincheras que los pequeños peones olvidados se inventan para sobrevivir, la mujer como enigma y como respuesta, la pintura de batallas como balance de una vida, los mercenarios honestos, los héroes cansados... Todo eso a la luz de la vida que he vivido: sueños, odios, amores, victorias, derrotas y también mis amigos, los vivos y los muertos. Y cuando me siento a soñar, a leer, a releer, a imaginar una historia, convoco en mi ayuda a la gente que conocí, amigos y enemigos, adversarios y compañeros, pero también a las viejas sombras de Alicia, Holmes, Eneas, Ulises, Aquiles y la tortuga, Scaramouche, Bradomín, Pedro Blood, el capitán Garfio, Sancho, Don Quijote, Patricio del Dongo, Hans Castor, Sam Spade, Hércules Poirot, Lagardère, los Pardellán, Jean Valjean, Ana Ozores, Gabriel o aquellos diez mil compañeros con los que durante todo un curso escolar, mucho antes de vivirlo en propia carne diez años después en Eritrea, me retiré hacia el mar de retorno a Grecia.

Sería de miserables no reconocer públicamente la deuda que tengo con todo eso. Por ello, en estos tiempos en que tan fácil es traicionar a un amigo, encuentro un singular placer, que a veces convierto en desafío abierto sin el menor complejo, en proclamarme alto y claro fiel a esos viejos amigos, mis primeros amigos, que podría seguir citando durante horas: Athos, Edmundo Dantès, Jim Hawkins, Irene Adler, Mowgli, Watson, los hermanos Geste, el príncipe Salina, Nemo, el dinamitero de Jordan, el joven Faversham, Milady, Ruperto de Hentzau, Gulliver, Acab, Ojo de Halcón y tantos otros. Todos ellos siguen vivos mezclados con mi propia vida en cada una de las líneas que escribo, y en ese lugar impreciso de la imaginación y del sueño, en ese Valhalla o Grandes Cazaderos, que es el lugar a donde van cuando mueren -y así no mueren- los valientes.

Mienten como bellacos quienes afirman que el tiempo de esos personajes ha pasado. Lo que ocurre es que quizá tanto autores como lectores han perdido la inocencia de antaño. Escenarios inmóviles han cambiado y la novela ahora exige estructuras diferentes, adecuación a lo que el lector ve y vive por otros medios, provocaciones y sacudidas diferentes, procuradas cuando es necesario con armas tomadas del cine, de la televisión, de internet, de lo que sea, armas arrebatadas al enemigo si hace falta. Pero el estremecimiento ante lo desconocido, el miedo, el combate franco e interior, el enigma cuya solución está en el fondo de uno mismo, el misterio del barco hundido, la amistad, el viento silbando en la jarcia, la verdadera libertad que sólo empieza a diez millas de la costa más cercana, las lejanas y benditas islas adonde nunca llegan órdenes de captura, todo eso sigue vivo en la mente y en el corazón del hombre, hoy como ayer. Si un día los novelistas nos dedicamos sólo a imaginar historias romas y razonables, y nos limitamos a escribir novelas sobre la insoportable levedad de nuestra propia imbécil levedad, que el diablo se apiade de nosotros y de nuestros lectores. Fue Robert Louis Stevenson quien escribió este poema como introducción a ‘La isla del tesoro’ y a mí me sirve hoy como final de lo que les acabo de leer:

"Si los cuentos que narran los marinos hablando de temporales y aventuras, de amores y odios, de barcos, islas, y perdidos robinsones, y bucaneros, y enterrados tesoros, y todas las viejas historias contadas una vez más de la misma forma que siempre se contaron, encantan todavía como hicieron conmigo a los sensatos jóvenes de hoy, ¿qué más pedir? Pero si no fuera así, si tan graves jóvenes hubieran perdido la maravilla del viejo gusto para ir con Kingston, el valiente Ballantyne, o con Cooper, y atravesar bosques y mares, bien, así sea. Pero que yo pueda dormir el sueño eterno con todos mis piratas junto a la tumba donde yacen ellos y mis sueños."

Muchas gracias

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TO THE HESITATING PURCHASER
(Al comprador dubitativo)

If sailor tales to sailor tunes,
Storm and adventure, heat and cold,
If schooners, islands, and maroons,
And buccaneers, and buried gold,
And all the old romance, retold
Exactly in the ancient way,
Can please, as me they pleased of old,
The wiser youngsters of today:
So be it, and fall on! If not,
If studious youth no longer crave,
His ancient appetites forgot,
Kingston, or Ballantyne the brave,
Or Cooper of the wood and wave:
So be it, also! And may I
And all my pirates share the grave
Where these and their creations lie!
Última edición por Rogorn el Lun Nov 10, 2014 12:33 pm, editado 4 veces en total.

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Elur
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Mensaje por Elur » Jue Jun 26, 2008 4:04 am

Muchísimas gracias Rogorn.

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emiwan
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Mensaje por emiwan » Jue Jun 26, 2008 8:24 am

Muy interesante Ro, muchas gracias

(Por cierto, aprovecho para recomendar 'La Vieja Sirena', un libro que me gustó muchísimo. Eso sí, especialmente recomendado a romanticones :lol: )

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Amaranta
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Mensaje por Amaranta » Jue Jun 26, 2008 8:32 am

Gracias, Ro, gran trabajo.

Y yo también recomiendo ese libro, sí. Maravilloso. :wink:
Porque hay cosas que te estallan dentro y comprendes que estaban escritas en tu destino.

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Ina
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Mensaje por Ina » Jue Jun 26, 2008 8:34 am

Me ha encantado.

Gracias Ro, por la currada.

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robles
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Mensaje por robles » Jue Jun 26, 2008 12:48 pm

gracias, Rogorn
1º El camino de las Artes Marciales comienza y termina con cortesía. Por lo tanto se genuinamente cortes en toda ocasión.

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koora_linax
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Mensaje por koora_linax » Jue Jun 26, 2008 1:00 pm

Gracias Rogorn. Buen trabajo :wink:
"Al final lo que está en juego es como vivir con el desorden". Arturo P-R

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lansquenete
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Mensaje por lansquenete » Vie Jun 27, 2008 10:58 am

Gracias Rog por transcribírnos este discurso. Pena no haberselo oido en vivo y en directo.
"El grog es una mezcla secreta que lleva uno o más de lo siguiente: Queroseno, glicol propílico, acetona, ron, endulzantes artificiales, ácido sulfúrico, tinte rojo nº 2, scumm, ácido para baterías, grasa para ejes y/o pepperoni."

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Siana
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Mensaje por Siana » Vie Jun 27, 2008 11:01 am

Muchas gracias, Ro.

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Trinidad
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Mensaje por Trinidad » Mié Jul 02, 2008 9:42 pm

¡Excelente trabajo, Rogorn! Ahora a deborar lo que has transcrito :wink:

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Rogorn
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Mensaje por Rogorn » Lun Nov 10, 2014 12:25 pm

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Los tres mosqueteros
Juan Cruz - elpais.com - 17/06/2008

Mario Vargas Llosa le enseñaba esta mañana a Arturo Pérez-Reverte en el desayuno, en Santillana del Mar, la foto que 'El País' publica en primera, en la que aparecen ellos dos con Javier Marías; los tres son protagonistas de las jornadas 'Lecciones y maestros' que se celebran aquí, y a Mario la foto de Pablo Hojas, que es el fotógrafo juvenil e histórico de 'El País' en Cantabria desde que empezó el periódico, se le antojó que se parecía a la de los tres mosqueteros "malos". La foto, que se complementa con un espléndido reportaje gráfico de Pablo, es un primer plano muy sugestivo, en el que los tres autores muestran una seriedad recia, como de campesinos que acaban de ver cómo se ha arrasado su cosecha, o cómo ha devastado el fuego un bosque que cuidaban. Parece, por otra parte, la foto de tres emigrantes que están recibiendo la orden de expulsión, o la de tres escritores que están a punto de ser sometidos a un tribunal de lectores. Es, en puridad, una foto de después de almuerzo; Pablo había decidido dejar las jornadas, volver a su laboratorio, pero decidió esperar, e hizo esa foto cuando ya los tres escritores se iban a a descansar, o a pasear, a pensar en otra cosa que en estos coloquios en los que han de estar alerta ante tanto lector y tanto crítico y tanto periodista que quiere saber de ellos incluso lo que ellos no saben de ellos mismos. En ese instante en que ya están relajados, tranquilos, Pablo los sometió a la tensión de mirar, y ese, ese aire de mosqueteros malos como dice Vargas Llosa, es el que asoma en su rostro. La fotografía es esperar. Esperando consiguió Pablo esos rostros, y alcanzó la primera de 'El País'. Le vi cuando venía a escribir el blog en la Torre de Don Borja, y lo vi tan feliz de su foto que quise contarle a ustedes cómo es la satisfacción de un fotógrafo cuando ya lo hizo.

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Rogorn
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Mensaje por Rogorn » Mar Nov 11, 2014 9:42 am

Pérez-Reverte reconoce no saber cuál es el futuro de la novela, pero afirma que le importa un rábano.
Gabinete de Comunicación - uimp - 18/06/2008

El escritor Arturo Pérez-Reverte ha reconocido hoy en Santillana del Mar, Cantabria, que no sabe cuál es el futuro de la novela, pero ha afirmado que le importa “un rábano” ya que, según sus propias palabras, no es más que “un novelista accidental”.

Pérez-Reverte, protagonista de la tercera jornada de la ‘II Cita internacional de la literatura en español. Lecciones y maestros’, organizada por la Universidad Internacional Menéndez Pelayo (UIMP) y la Fundación Santillana, aseguró que su compromiso no es otro que contar las historias que le “apetecen” de forma “eficaz”. El autor de obras como ‘El húsar’ (1986), ‘El maestro de esgrima’ (1988) o ‘La tabla de Flandes’ (1990) insistió en su discurso titulado ‘La mochila de Jim Hakins’ que no quiere ser “un referente moral” ni “partero intelectual” de nadie ya que, en su opinión, no es un teórico, no tiene dogmas que transmitir y no ha sido “tocado por la gracia”.

De hecho, aseveró que escribe aquellas historias que “cree conveniente contar”, sin sentarse cada día a trabajar con el “pesado fardo” de la responsabilidad moral de autor o artista sobre los hombros. “Soy un leal mercenario de mí mismo, de mis gustos, de mis aficiones, de mis sueños, de mi imaginación, de mis amores y mis odios”, relató.

El académico de la Lengua confesó ante el público asistente al Encuentro que a él lo que le “preocupa” es resolver con eficacia sus propios “problemas narrativos”, algo que hace escribiendo, “buscando las vueltas”, releyendo y subrayando a la gente que “supo hacerlo bien”. Un trabajo que, según Pérez-Reverte, le ocupa el tiempo suficiente como para “no ir por ahí explicando a los demás cómo tienen que hacer las cosas, ni al lector lo que debe o no debe hacer”.

En este sentido, añadió que cuando escucha a un autor quejarse del sufrimiento de la creación literaria “siempre” le dice lo mismo: “Escribir no es obligatorio. Déjalo, no sufras, no merece la pena”. Pérez-Reverte explicó que, para él, el ejercicio de la literatura es “un acto de felicidad, un disfrute para la imaginación propia y una buena oportunidad de recontar el mundo a mi manera”. Por ello, advirtió que si un “presunto” novelista no tiene nada que contar, “lo mejor es que se calle”.

El escritor, que ejerció durante más de dos décadas como reportero de prensa, radio y televisión, también se refirió a los creadores de opinión literaria “cuya memoria empieza ayer por la tarde”, que definió como “cagatintas y analfabetos” y a los que dijo detestar con “toda su alma”.

Por su parte, el catedrático de Teoría de la Literatura y Literatura Comparada de la Universidad de Murcia, José María Pozuelo Yvancos, encargado de presentar la obra de Pérez-Reverte, se refirió a éste como “un narrador de estirpe”, al que muchos lectores agradecen que les haya “reconciliado” con la “sabiduría vieja y tan rara del contador de historias”. Pozuelo Yvancos elogió también el “compromiso” con el lenguaje de Pérez-Reverte que, a su juicio, tiene tanto peso en su obra como el “cuidado” de la narración, ya que detrás de cada novela hay “una exigencia lingüística, en la indagación léxica, que se llena de vocablos precisos”.

Así, según relata el catedrático, no es extraño encontrar en obras como ‘La piel del tambor’ (1995), ‘La carta esférica’ (2000), ‘La Reina del Sur’ (2002) o ‘El pintor de batallas’ (2006) una “cuidada” forma de reproducir los registros y formas de hablar, ya sean de zonas concretas como los mexicanismos o en el lenguaje de la época, en el caso de que la novela esté ambientada en el siglo XIX o comienzos del XX.

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Pozuelo Yvancos destaca "el compromiso con el lenguaje" de Pérez Reverte
EFE/ecodiario.es - 18/06/2008

El crítico literario José María Pozuelo Yvancos ha destacado hoy "la cuidadosa percepción del héroe cansado" que hay en la narrativa de Arturo Pérez-Reverte y "el peso crucial" que tiene en su obra "el compromiso con el lenguaje". Pozuelo Yvancos, catedrático de Literatura Comparada de la Universidad de Murcia, ha sido el encargado de presentar la obra de Pérez-Reverte en la tercera y última jornada del encuentro 'Lecciones y maestros', organizado por la Fundación Santillana y la Universidad Internacional Menéndez Pelayo.

"El compromiso con el lenguaje tiene en Pérez-Reverte tanto peso como el cuidado de la narración, pero en tanto que esta última cualidad le es generalmente admitida, no ocurre igual con esa otra dimensión", señalaba Pozuelo Yvancos, para destacar "la exigencia lingüística" y "la indagación léxica" que hay en cada novela del escritor y académico murciano.

Si Pérez-Reverte arremetió hoy en su intervención contra los críticos españoles, su presentador también se refirió a "la larga travesía por el desierto de la crítica" que tuvieron que realizar hace años Javier Marías y Pérez-Reverte, dos de los protagonistas de estas jornadas, antes de "los reconocimientos de hogaño". Esa crítica, "cuando no era adversa de radical modo, les perdonaba la vida", señalaba Pozuelo Yvancos, para recordar que ambos escritores, de estilos muy diferentes, suelen recibir más premios fuera de España que en su propio país.

Novelas como 'El pintor de batallas', una de "las cuatro mejores" del escritor, reflejan a la perfección la evolución de su autor, que a medida que ha ido "consiguiendo subir los peldaños de su propia escala literaria, va yendo a lo fundamental que quiere hacer, aunque sea a costa de la perplejidad de quienes no pueden aceptar que Arturo Pérez-Reverte no sea únicamente un escritor de masas". En su opinión, el autor de 'La Reina del Sur' es "un narrador de estirpe a quien muchos lectores le agradecen les haya reconciliado con la sabiduría vieja, y tan rara, del contador de historias". El crítico literario subrayó también "el gran lector" que es Pérez-Reverte y la huella que esas lecturas dejan en su obra, uno de cuyos "rasgos fundamentales" es "la cuidadosa percepción del héroe cansado, como ejemplo de una estirpe, la propia de la literatura, que ha descansado siempre sobre esas vidas truncadas por una lucha desigual con su destino".

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Pérez-Reverte se define como un mercenario de sí mismo, sus amores y odios
Ana Mendoza - EFE - 18/06/2008

Arturo Pérez-Reverte (Cartagena, Murcia, 1951) suele decir siempre lo que piensa, y hoy, en el ciclo de literatura que organiza la Universidad Menéndez Pelayo en Santillana del Mar, no se esperaba menos de él. Ante numerosos críticos literarios, escritores y expertos, el novelista arremetió contra quienes se dedican al "lado solemne de la literatura" y contra los críticos que "viven del cuento de contar no cómo son, sino cómo deberían ser los libros que escriben otros".

El autor de 'La tabla de Flandes' o 'El maestro de esgrima' aseguró que no pretende ser "referente moral ni partero intelectual de nadie". Se considera tan sólo "un novelista accidental" al que le gusta contar historias, pero nunca siente sobre sus hombros "el pesado fardo de la responsabilidad moral del artista".

"Soy un leal mercenario de mí mismo, de mis gustos, de mis aficiones, de mis sueños, de mi imaginación, de mis amores y de mis odios", aseguró en la tercera y última jornada del ciclo 'Lecciones y maestros', que sirvió para profundizar en la obra de Mario Vargas Llosa y en la de dos de los novelistas españoles de mayor repercusión internacional: Javier Marías y él mismo. El novelista fue feroz con la crítica, que le despreció en los inicios de su trayectoria literaria. La cosa cambió cuando Pérez-Reverte, cuya obra está traducida a 35 idiomas, empezó a ganar numerosos premios en el extranjero, como el que le acaban de dar en Italia a la mejor novela extranjera por 'El pintor de batallas'.

En su discurso, titulado 'La mochila de Jim Hawkins', criticó también a aquellos que sólo consideran válida "la literatura difícil y minoritaria" y, fiel a su "costumbre de hacer amigos", lanzó dardos contra "los creadores de opinión literaria", los "parásitos iletrados" y "cagatintas analfabetos" cuya memoria "empieza ayer por la tarde. Los que no se manejan más que de Cortázar para acá".

Declarado como"un lector contumaz que, incluso cuando escribe, lo que está haciendo en realidad es leer una vez más", el novelista ha reconocido su gran deuda con tantos y tantos autores, desde los clásicos grecolatinos hasta los reyes de los éxitos de ventas. ¿Por qué desdeñarlos? El autor de 'La carta esférica' subrayó que no se considera un teórico ni tiene "dogmas que transmitir". Le importa "un rábano" el futuro de la novela, porque hay ya "suficientes buenas novelas" como para "leer y releer" el resto de su vida, y tampoco le importa "la crisis" actual o "el auge de la narrativa".

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Pérez-Reverte: El lector de batallas
Juan Cruz - El País - Santillana del Mar - 18/06/2008

Vestido de oscuro, con camisa blanca, abierta, subió de un salto al estrado, le devolvió a su presentador, el crítico José María Pozuelo Yvancos, su móvil y un bolígrafo que éste se había dejado sobre la mesa, y se lanzó a dar mandobles; no dejó títere con cabeza Arturo Pérez-Reverte. Contra esto y aquello, parecía el capitán Alatriste, aunque alguna vez tuvo ráfagas de ‘El pintor de batallas’, su creación más melancólica y, si esto se puede decir, más tierna, más interior, más reposada.

Fue la última sesión del ciclo ‘Lecciones y maestros’. Pérez-Reverte fue precedido en la serie por Mario Vargas Llosa (que habló de sí mismo como un contador de historias), y por Javier Marías (que al fin y al cabo se calificó de la misma manera). Y Arturo hizo lo propio -"soy un contador de historias"-, cuando le tocó referirse a la pasión que va con él desde que nació para la lectura. Y nació pronto, a los seis años, junto a una biblioteca enorme, la de su familia; fue una suerte y un desafío; se leyó todos los libros, y lo hizo con denuedo, entrando en ellos como si le fuera la vida en la lectura. Hace unos años le pidió su amigo Julio Ollero, editor, que le escribiera una lista con sus cien libros preferidos, "y resultó que casi todos los leí antes de cumplir los veinte años".

Esos libros, en los que están desde Robert L Stevenson hasta Mika Waltari o Agatha Christie, y en fechas más recientes John Le Carré y hasta Ken Follett, hicieron de Pérez-Reverte un lector, y sobre todo un lector de batallas, "un best seller europeo", como dijo el periodista Sergi Vila-Sanjuán. Los especialistas que hablaron de su obra, después de su discurso, ahondaron en esa experiencia del autor de ‘El maestro de esgrima’, como hizo el presentador, Pozuelo Yvancos. Ese bagaje de lector le quitó a Pérez-Reverte la timidez del autor, que en la época en la que él nació a la escritura (y fue, dijo, un escritor tardío) estaba casi obligado a escribir más como Julio Cortázar o como Juan Benet que a escribir batallas como las que había leído.

El discurso de Pérez-Reverte fue una reivindicación de ese origen de su vocación, que tiene su emblema. Cuando aún no había publicado ningún libro, es decir, antes de que se publicaran ‘El húsar’ o ‘El maestro de esgrima’, se encontró que iban apilándose en su biblioteca (la suya ya, atrás quedaba la de la familia) las revistas o los suplementos literarios, que llegaban a la altura física de los Balzac, Dumas o Conrad que tenía entre los libros que leía y releía. Y encima de esos libros, junto a la resma de periódicos o revistas, había clavada una frase que le marcaba un modo de ser: "Dios bendiga las lejanas islas donde nunca llegan las órdenes de captura."

Afrontó el periodismo (que ahora le parece un mal sueño) y se adentró para siempre en la literatura huyendo de las órdenes de captura, sobre todo literarias. Su discurso, que en algún momento recordó algunos de esos instantes de refriega que le dan sentido a las últimas páginas de ‘La Reina del Sur’, constituyó una defensa de esa actitud y de aquellas herencias literarias. Pozuelo Yvancos había dicho que ‘El pintor de batallas’ era un punto y aparte en su dedicación novelística; aunque es una historia como las que Pérez-Reverte reivindica, supone también una inflexión: entra ese Arturo reflexivo, que atiende el eco de los héroes cansados que constituyen, en el fondo, la materia narrativa de su obra completa.

Pero ese Pérez-Reverte, que existe, y que aflora, como dijo su editor italiano Marco Tropea, en la conversación y en la mirada, no fue el que surgió hoy por la mañana en estas jornadas de Santillana; fue más bien el autor de ‘El capitán Alatriste’ o el de ese otro libro, ‘La Reina del Sur’, e incluso el autor de ‘La piel del tambor’ o de ‘Territorio comanche’; él escribe, dijo, sabiendo que el lector está ahí, y quiere una historia, no está para atender los lloriqueos de los escritores que se hacen pajas mentales con los problemas de su ombligo. Él no quiere ser "ni un referente moral ni un partero moral", él es un contador de historias que no tiene nada que ver con el pesado -así lo dijo- que le echa la culpa al mercado de que no exista gusto literario.

La crítica no se libró de su invectiva; demasiado deudora de las modas y de los modos, ha preferido dedicarse al lado solemne de la literatura y se ha centrado en decir cómo se deben escribir los libros que ellos no escriben antes que en atender a lo que realmente se escribe. Ante eso, ante los críticos y ante los pesados, él afronta la vida literaria como un trabajador (y como un lector), trabajando entre ocho y diez horas diarias, y teniendo en cuenta un único método de escritor: escribir una novela, contó, es contar una historia, partiendo de la A para llegar a la C, que es el desenlace, pasando por la B, que es el nudo. "Hasta la fecha no he encontrado método mejor". El método hay que seguirlo, poniendo bien los puntos y las comas, escribiendo y no quejándose luego "de que el mundo no me comprenda".

Más deudor de Quevedo que de Ferlosio o Cortázar, Pérez-Reverte escribe "porque soy lector"; no entiende que haya escritores que se quejan de su sacrifico, "pues no escribas, tío"; él lo hace para divertirse, "divertirse es imprescindible, no lloriquear"; para seguir creyendo en las historias, sigue atendiendo más a las novelas del siglo XIX y principios del XX que lo que luego mandaron las modas; eso fue conformando "el territorio en el que se fue asentando el novelista que yo no tenía ni idea de que un día iba a aparecer". Él iba a contar las historias del héroe, del combate, del tesoro, lejos siempre de "esos pajilleros de la vacuidad inane".

Después de esa diatriba, Arturo recogió sus artes de matar lo que no le gusta, se sentó entre Vargas Llosa y Marías y atendió el coloquio que dirigió Rosa Junquera. Muchos de los especialistas en su obra le arrancaron la risa y la sonrisa, e incluso intervino a veces; hablaron de sus artículos, de sus libros, se refirieron con mucha minuciosidad a ese libro, ‘El pintor de batallas’, como para fijar un Pérez-Reverte más secreto (como ‘Negra espalda del tiempo’ en el caso de Marías): su editor italiano dijo que en ese libro se habían juntado "la gran literatura europea y el testimonio de este tiempo; e incluso se mostró (lo mostró Óscar López, uno de sus más frecuentes entrevistadores) un decálogo para periodistas que quieran entrevistar a Pérez-Reverte y pretendan tener éxito en el empeño... Annie Morvan, su editora francesa, dijo que ahora en Francia el paradigma español ya no es ‘Carmen’ sino ‘Alatriste’, y hablando de sus artículos José Luis Martín Nogales dijo que Pérez-Reverte "es el Larra de nuestro tiempo".

Pérez-Reverte había dicho, en su discurso: "Me importa un rábano el futuro de la novela". No es un teórico, eso dijo también; pero sus libros, dijo su amigo Pepe Perona, son una suma de libros, un punto de partida para leerle a él y para no dejar de leer esa larga bibliografía que le contempla desde que cumplió seis años.

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Pérez-Reverte lanza dardos contra los cagatintas analfabetos
elsemanaldigital.com - 18/06/2008

"Soy un leal mercenario de mí mismo, de mis gustos, de mis aficiones, de mis sueños, de mi imaginación, de mis amores y de mis odios", afirmó Arturo Pérez-Reverte en la última jornada del ciclo 'Lecciones y maestros', celebrado en Santillana de Mar, que servió para profundizar en la obra de Mario Vargas Llosa y en la de dos de los novelistas españoles de mayor repercusión internacional: Javier Marías y el autor de 'La Reina del Sur'.

Ante numerosos críticos literarios, escritores y expertos, como siempre sin pelos en la lengua, Pérez-Reverte arremetió contra quienes se dedican al "lado solemne de la literatura" y contra los críticos que "viven del cuento de contar no cómo son, sino cómo deberían ser los libros que escriben otros". "Esos libros que ellos, naturalmente, escribirían con suma facilidad, si quisieran. Lo que pasa es que no quieren", apostilló el escritor, quien al comienzo de su trayectoria literaria fue maltratado por parte de la crítica.

En su discurso, titulado 'La mochila de Jim Hawkins', criticó también a aquellos que sólo consideran válida "la literatura difícil y minoritaria" y, fiel a su "costumbre de hacer amigos", lanzó dardos contra "los creadores de opinión literaria", los "parásitos iletrados" y "cagatintas analfabetos" cuya memoria "empieza ayer por la tarde. Los que no se manejan más que de Cortázar para acá".

El escritor dice que escribe lo que quiere "porque me gusta hacerlo, porque así vivo otras vidas además de las mías, porque ajusto cuentas con el pasado. Y me leen porque quieren leerme. Mi responsabilidad -aseguró- termina en el momento en que entrego el mejor texto posible a mi editor". Cuando tiene "un problema narrativo" no le echa "la culpa al desfallecimiento creativo" ni intenta "justificarse diciendo que el público es imbécil". Acude "con humildad" a esos libros que son su "verdadera patria y memoria" y busca la solución en autores como "Stendhal, Homero, Dickens, Virgilio, Dumas, Mann, Conan Doyle, Dostoievsky, Stevenson, e incluso en gente tan maltratada como Agatha Christie y John le Carré". Y hasta en Ken Follet, si hiciera falta. Todos le sirvieron para aprender, pero le debe "más a Homero que a Joyce, a Dumas o a Balzac que a Faulkner; a Quevedo, Cervantes, Clarín o Dostoievski que a Cortázar o a Ferlosio".

Al autor de 'La tabla de Flandes' o 'La carta esférica' le importa "un rábano" el futuro de la novela, porque hay ya "suficientes buenas novelas" como para "leer y releer" el resto de su vida, y tampoco le importa "la crisis" actual o "el auge de la narrativa". Pérez Reverte dice desconocer las razones de su éxito e insiste en que no es más que "un novelista accidental" que disfruta, y mucho, con lo que hace.

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Lecciones y maestros: Pérez-Reverte
Edmundo Paz Soldán - elboomeran.com - 18/06/2008

Último día en Santillana del Mar, dedicado a la obra de Pérez-Reverte. En la presentación, el crítico del 'ABC' José María Pozuelo Yvancos señala que Pérez-Reverte trae a la modernidad las viejas historias de los héroes. Importa, además, la creciente indagación en el lenguaje -la cuidada forma de reproducir los registros del habla de una región, una época, una profesión-, y su relación con la historia: el deseo de "devolver la vida", el movimiento, el sentido, a lo que fue. Sigue Pérez-Reverte, con su corte militar, y se nota que escribe novelas de gente en guerra, porque lo suyo es una defensa encendida de la "novela asquerosamente clásica", la que cuenta historias -la literatura "difícil" no es la única que vale la pena, pienso, recordando mi pasión adolescente por Salgari y Agatha Christie-, y un ataque sin cuartel a esos "cretinos" de los críticos, que no lo toman en serio porque vende muchos libros, porque es políticamente incorrecto, porque es apenas un novelista y no un escritor. Y Pérez-Reverte dice, con orgullo, que él sólo quiere ser novelista, no escritor.

De las mesas que siguen, me quedo con las presentaciones de los editores de Pérez-Reverte en Francia e Italia. Marco Tropea recuerda que 'El pintor de batallas' ganó hace muy poco el premio von Rezzori que se da en Italia a la novela extranjera más importante del año. Annie Morvan, de Seuil Editions, menciona que la aparición en Francia, hace algunas semanas, de la traducción de 'Corsarios de Levante', ha merecido la tapa y dos páginas interioes del suplemento literario de 'Le Figaro'. Y señala que el éxito de Pérez-Reverte ha hecho que hoy, en Francia, España no sea tanto Carmen -ese mito que ya dura un siglo y medio- sino Diego Alatriste. En cuanto al éxito de Alatriste en Francia, especula que quizás se deba a que hay un paralelismo entre la España decadente de Felipe IV y la Francia de hoy, que ha perdido poder y se ha vuelto intolerante.

De Pérez-Reverte sólo he leído 'La tabla de Flandes', a principios de los noventa. Recuerdo que la pasé muy bien. Me pregunto si en España pasará con Pérez-Reverte lo que en Estados Unidos pasó con Philip Dick y Lovecraft, escritores de géneros populares recientemente canonizados por The Library of America, y está comenzando a pasar con Stephen King, un escritor cuyos cuentos se publican ahora en una revista tan prestigiosa como 'The New Yorker'. Si Pérez-Reverte ya fue admitido a la Real Academia de la Lengua hace cinco años, entonces tan mal no está. Pero lo cierto es que la crítica todavía es reacia a reconocer sus méritos. Quizás este encuentro sea el principio de la revalorización de su obra. A mí, por lo pronto, me ha despertado la curiosidad, y planeo leerme un par de sus novelas este verano.

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Rogorn
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Mensaje por Rogorn » Jue Nov 13, 2014 5:52 pm

Arturo Pérez-Reverte se enrola en la tropa literaria de infantería
Jesús Ruiz Mantilla - El País - Santillana del Mar - 19/06/2008

Después de que Mario Vargas Llosa desnudara los secretos de contar una historia y Javier Marías ahondara en la fina línea de la realidad y la invención, Arturo Pérez-Reverte (Cartagena, 1951) tomó ayer la plaza de Santillana del Mar. Y lo hizo con sus propias armas y bagajes. Al grito de una proclama que le define: "Soy un novelista de infantería", aseguró.

Después de escucharle nadie lo dudó. Fue directo. Provocador. Anduvo entre el público sin medias tintas y sedujo con su franqueza a los asistentes del seminario ‘Lecciones y maestros’, que concluyó ayer con una intervención de los tres participantes juntos en el paraninfo de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo (UIMP).

El creador de Alatriste reivindicó con pasión de soldado la felicidad de escribir novelas, el gozo de salir de la rutina y fantasear pese a que a algunos les resulte, dijo, "asquerosamente clásico". No fueron fáciles sus comienzos. Allá por 1986, cuando publicó ‘El húsar’, el panorama literario español estaba lobotomizado por críticos y grupillos a los que el escritor dedicó una rica lista de epítetos: "Imbéciles y cagatintas analfabetos cuya memoria empezaba ayer, que perdonaban la vida a Conrad y Stevenson, parásitos iletrados y esnobs que estuvieron a punto de haber dejado España sin lectores por los años ochenta".

Eran los tiempos en los que se valoraba la pedantería y la paja mental intensa. Todavía impermeables al eclecticismo que empezaron a romper autores como él. Hijos de otras madres, amantes lujuriosos de otros libros: "De los de aventuras, del folletín, de los clásicos y los espadachines", decía Pérez-Reverte. Contrabandistas en bibliotecas donde se hallaban lecturas menospreciadas y mal vistas. Que mezclaban a los grandes clásicos con sus hijos bastardos: "Busco en Stendhal, Homero, Conrad, Dickens, Virgilio, Dumas, Mann, Conan Doyle, Dostoievski, Stevenson, pero también en gente tan maltratada como Agatha Christie y John Le Carré. Y hasta en Ken Follett buscaría si me hiciera falta", aseguró. Son el tronco del que nació Alatriste, el Faulques de ‘El pintor de batallas’, el bibliófilo Lucas Corso o todo el mosaico de gallardos desharrapados de ‘Un día de cólera’.

Son sus héroes cansados, como apuntó en la presentación José María Pozuelo Yvancos. Seres crepusculares, dignos y de fiar. Pero que no sólo salen de los libros. También son producto de su experiencia en todas las trincheras del periodismo. Algo que le diferencia de su amigo Javier Marías, presente ayer, como Vargas Llosa, en su disertación: "Javier quiere ser el autor de todas las lecturas que nos apasionan. Yo quiero ser el personaje".

Él busca la acción, el tesoro, el enigma por todos los medios: "Mis novelas siempre responden a una estructura de movimiento, de un viaje, una aventura, de un juego". Y a todo eso, le planta encima los genes de su propia vida: "Con sus sueños, odios, amores, victorias y derrotas. Cuando me siento a soñar, a leer, a releer, a imaginar una historia, convoco en mi ayuda a la gente que conocí, amigos y enemigos, adversarios y compañeros".

Tampoco busca vueltas de tuerca ni piruetas sensacionales. "El único objetivo es contar una historia. Resolver un problema buscando el camino más eficaz para conducir al lector del punto A, que es el planteamiento, al punto C, que es el desenlace, pasando por el punto B, que es el nudo".

Pero Arturo Pérez-Reverte -que ganó recientemente el premio Vallombrosa Gregor Von Rezzori a la mejor obra de narrativa extranjera por ‘El pintor de batallas’- no quiso salir ayer de su refriega sin dar un coscorrón al novelista atormentado. "Que lo deje, que no lo haga. A la hora de escribir, yo lo que deseo es ser feliz. Y lo soy. Porque me divierto. Y la diversión es suficiente motivo para escribir una novela".

Tampoco le gusta dar lecciones. "Cuento historias, las que me apetecen. Soy un leal mercenario de mí mismo, de mis gustos. No soy un teórico, ni tengo dogmas, ni he sido tocado por la gracia. Escribo novelas y la gente las lee, de momento". Si para eso tiene que apropiarse de cualquier herramienta, lo hará: "La novela exige ahora estructuras diferentes. Procuradas, cuando es necesario, con armas tomadas al cine, a la televisión, Internet. Armas arrebatadas al enemigo". Todo vale para contar anhelos que habitan cualquier sueño. Eso no cambia: "El estremecimiento ante lo desconocido, el miedo, el combate franco o interior... Todo eso sigue vivo en la mente y en el corazón del hombre, hoy como ayer". Llamó "imbéciles y analfabetos" a los críticos de los ochenta, cuando él empezó.

Jugaba ayer España contra Grecia con los suplentes. Pero el partido que se vio en el Paraninfo de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo de Santander contaba con una delantera literaria titular, arbitrada por el periodista Juan Cruz. Mario Vargas Llosa, Arturo Pérez-Reverte y Javier Marías despedían el seminario ‘Lecciones y Maestros’ que les había reunido tres días en Santillana del Mar. El campo santanderino estaba lleno, con gente fuera siguiéndolo por pantalla. Los tres escritores se pasaban la pelota con centros precisos. Marías confesó que empezó a escribir cuando terminó de leer los libros de Guillermo Brown: "Así que me puse a hacerlos yo para leerlos". Vargas Llosa rememoraba la violencia de la academia militar de Lima en la que se fraguó ‘La ciudad y los perros’: "Allí me hice escritor profesional. Redactaba cartas de amor e historias pornográficas que cambiaba por cigarrillos". Y Pérez-Reverte, caballero donde los haya, cerró con un homenaje: "Aquí lo que ha habido son muchas lecciones y un solo maestro. Mario Vargas Llosa". El autor de ‘Alatriste’ recordó cómo le había impactado en su adolescencia ‘Conversación en la catedral’. Mientras que Marías aseguró que, entre las lecturas que al final le convirtieron en escritor, se encontraba ‘La ciudad y los perros’. Don Mario se sonrojó y achacó los halagos a la edad. Luego, el maestro les amenazó: "Como sigáis así me levanto y me voy".

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Arturo Pérez-Reverte: «Me importa un rábano el futuro de la novela»
Irene G Vara - abc.es - 19/06/2008

Arturo Pérez-Reverte realizó una reflexión sobre el oficio de escritor y de novelista, que a su juicio «son cosas distintas», y aseguró que «hay demasiada gente que se toma la novela como un arte». Escribir es un noble oficio que tiene algo de arte, opinó, pero que sobre todo se basa en «la disciplina y el trabajo». El escritor y académico pronunció ayer un discurso titulado 'La mochila de Jim Hawkins', en la tercera y última jornada del encuentro literario 'Lecciones y maestros', organizado la Fundación Santillana y la Universidad Menéndez Pelayo, en la localidad de Santillana del Mar.

«Hay suficientes buenas novelas escritas para que yo pueda leer y releer el resto de mi vida sin que nadie, ni yo mismo, escriba una sola línea más», aseguró Pérez-Reverte. Y, aunque no sabe cuál será el futuro de la novela, dice que le «importa un rábano». El autor afirmó que su función como novelista es contar una historia de manera eficaz. Y explicó que escribe porque le «gusta escribir, porque así vivo otras vidas además de la mía o porque ajusto cuentas con el mundo».

El escritor admitió que ha aprendido a escribir leyendo y reveló que para enfrentarse a un problema narrativo acude a «la gente que supo hacerlo bien». Stendhal, Conrad, Dickens, Dumas o Mann son los clásicos que Pérez-Reverte relee para escribir. Y aseguró que la «diversión» es un argumento más que suficiente para leer una novela. «Si hay algo más, mejor», pero no es necesario. A lo largo de su discuso el autor repasó su vida como lector («tuve la suerte de empezar a leer pronto») y habló del mar («es el más clásico de los clásicos en la literatura de aventuras»). Pérez-Reverte se refirió a Javier Marías, que también ha participado en estas jornadas literarias: «Él quería ser el autor de los libros que había amado. Y yo quería ser un personaje de esos libros».

Arturo Pérez-Reverte se definió como un «novelista accidental» y aseguró que no quiere ser referente moral ni partero intelectual de nadie. «Escribo novelas y la gente las lee, de momento -bromeó el autor-. Lo que me permite seguir escribiendo». Y criticó a los escritores «elitistas» que, cuando descubren que han vendido miles de libros, «se llevan un disgusto de muerte».

La presentación de Arturo Pérez-Reverte corrió a cargo de José María Pozuelo Yvancos, catedrático de Teoría de la Literatura en la Universidad de Murcia y crítico literario de 'ABC', que definió como los rasgos más característicos del autor la «cuidadosa percepción del héroe cansado, la tensión dialéctica, la creciente indagación sobre el lenguaje y el riguroso trabajo de documentación previo».

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Vargas Llosa, Pérez-Reverte y Marías reivindican el verdadero gusto y el afán por contar historias
iblnews - 19/06/2008

Los escritores Mario Vargas Llosa, Arturo Pérez-Reverte y Javier Marías han reivindicado hoy el verdadero gusto y el afán por contar historias como "impulso" frente a quienes "no les gusta escribir", pero quieren ser escritores "por estatus" y a los "charlatanes" que pueblan la literatura. En un encuentro abierto al público con motivo de su participación en el ciclo 'Lecciones y maestros' de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo (UIMP), estos autores han reflexionado sobre su obra, el papel del escritor y la literatura, que "enseña a vivir" y muestra "que la vida real está mal hecha", según Vargas Llosa, autor de 'La ciudad y los perros'.

El Premio Cervantes ha asegurado que, en su caso, la vocación literaria no fue premeditada, sino que, en cierta manera, fue "un refugio" frente a la mala relación con su padre, y ha contrapuesto estas circunstancias con la idea del escritor que quiere serlo porque "tiene buena imagen", algo que de niño veía "impensable". "En mi casa, mi padre asociaba dedicarse a la literatura con la vida bohemia, poco recomendable, con las noches en las cantinas...", ha señalado Vargas Llosa, que ha reflexionado sobre "cuánto ha cambiado la vida" y la forma de pensar, dado que ahora los escritores están "bien considerados".

En este sentido, Javier Marías ha expresado su preocupación por la existencia de autores jóvenes que "más que escribir quieren ser escritores" y "figurar como tales". Sin embargo, ha subrayado que para dedicarse a la literatura, "es fundamental que a uno le guste escribir".

Arturo Pérez-Reverte ha ironizado sobre ese tipo de autores que, según ha relatado, llegan a enviar manuscritos con una tarjeta en la que, bajo su nombre, puede leerse "escritor". El autor de 'El maestro de esgrima' ha considerado que en el mundo literario "quizás" hay "demasiados charlatanes" que "hablan más que escriben", una situación que, según ha confesado, le produce miedo. Ha indicado que, en su caso, trata de "poner distancia", porque se ve como "un tío que escribe". "Podría pasar el año haciendo bolos y conferencias, pero no es mi trabajo", ha apostillado el creador de Alatriste, para quien "el escritor se justifica escribiendo". Pérez-Reverte ha comentado que, a pesar de que inició tardíamente su labor literaria, se dio cuenta de niño de cómo los libros conforman "un territorio más allá de la vida normal" en el que ocurren "cosas interesantes" y "con demasiado peso" como para dejarlas escapar. Por eso, él decidió "salir de casa" y marchar "a buscar esas ensoñaciones" y hacer suyos "esos mundos y personajes".

Javier Marías ha explicado que él empezó a escribir cuando se le acabaron las historias que le gustaba leer, en una especie de "emulación" que fue el impulso inicial para comenzar a "hacer cositas".

Vargas Llosa ha indicado que, en su caso, sus obras han partido de experiencias personales que han sido "el trampolín" que "despierta la imaginación" para crear sus novelas. El autor de 'Pantaleón y las visitadoras' ha reivindicado la literatura como un instrumento que "enseña a vivir" y "prepara para distintas experiencias", al tiempo que muestra "que la vida real está mal hecha" y "es inferior a la ficción". Por ello, ha rechazado que las historias sean sólo una forma de "esparcimiento" que no deja "secuelas", sino que, a sus ojos, pueden hacer aflorar sentimientos y emociones que el ser humano ignora que tiene.

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Pasiones de escritor, verdades literarias
José Carlos Rojo - eldiariomontanes.com - 19/06/2008

Hubo tres asientos para un trío de ases. La sede santanderina de la universidad no podía dejar escapar la oportunidad de reunir en una misma sala al grupo de primeros espadas de la literatura. Y lo consiguió, Mario Vargas Llosa, Arturo Pérez-Reverte y Javier Marías hicieron balance de lo que han sido estos tres días de encuentros en la Torre Don Borja de Santillana del Mar. Horas hablando de la propia obra, escuchando la manera en la que los compañeros ilustraban sobre la suya y, «corrigiendo el título de lo que ha sido esta actividad - 'Lecciones y maestros'- aprendiendo del único y verdadero maestro, que es Mario Vargas Llosa», afinó Reverte.

Los tres autores, conducidos por los interrogantes del periodista y también escritor Juan Cruz, reflexionaron sobre su obra, el papel del escritor y «la literatura, que enseña a vivir y revela que la vida real está mal hecha». Todos coincidieron en lo enriquecedor de estos encuentros, pero también en lo embarazoso que puede resultar una cita en este tono, en la que el escritor es sacado de su ambiente natural, «las teclas», para abordar otro que le queda un poco lejano, el comentario de la propia obra. Una situación que, tras las palabras elogiosas de Reverte, encontraron la réplica irónica del maestro Vargas Llosa: «A esto me refiero cuando hablo de la servidumbre de las humillaciones que sufre la vejez».

A lo largo de las dos mágicas horas por las que se extendió el coloquio moderado hábilmente por Juan Cruz, cada literato encontró un espacio para confesar el origen de su oficio. «Aún recuerdo aquel libro de poesía erótica de Neruda, que mi madre escondía con cuidado de que no acabara en mis manos. Era un libro prohibido. Precisamente la prohibición fue el principio de la pulsión que me hizo esclavo de la literatura», recordó Vargas Llosa. El autor de 'La fiesta del chivo' reivindico la literatura como «un instrumento que enseña a vivir y prepara para distintas experiencias, al tiempo que revela que la vida es inferior a la ficción».

Más reflexivo se mostró Marías, que explicó la equivocada motivación que lleva a muchos jóvenes escritores al oficio. «Antes, los que nos queríamos dedicar a esto era porque realmente lo sentíamos. Ahora parece que prima más la importancia de la figura del escritor como tal, muy bien considerado culturalmente, sobre la verdadera vocación, y el gusto por escribir libros». Quién no tenga esto «es mejor que se dedique a otra cosa, y de esta forma ayudará a liberar un poco de espacio en la mesa de novedades de las librerías», apuntilló Reverte.

Los novelistas de generación «casi» compartida, hablaron de la diferente reacción que la literatura suscitó en sus vidas. «Marías y yo -afirmó Reverte- hemos crecido devorando los mismos libros, lo que nos diferenciaba eran las aspiraciones. Mientras él soñaba con describir esas historias que tanto le apasionaban, yo imaginaba convirtiéndome en su protagonista», lo que más tarde condicionaría el curso de sus carreras.

Cruz se mostró incisivo e invitó a los narradores a explicar aquello que los llevaba a mantener esa pasión por lo que hacen, esa necesidad de contar historias. «En ocasiones creo que todo esto es cuestión de no encontrar otra cosa mejor con la que pasar el rato», remató agudo Reverte. Más profundo se mostró Vargas Llosa: «Realmente son las historias las que permiten continuar con esto. La experiencia que aporta la ficción, mucho más ordenada, mucho más bella que la realidad que nos rodea, es lo que posibilita al escritor, y también al lector, vivir vidas ajenas, experiencias que nunca imaginaría en su propia existencia. Os hablo de esa evasión de la realidad para emocionarnos con otros mundos, aventuras y todo aquello que conforma el hermoso mundo que es la literatura. Sencillamente por eso, merece la pena», concluyó Vargas Llosa.

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“No quiero ser referente moral ni partero intelectual de nadie"
Guillermo Balbona - eldiariomontanes.es - 19/06/2008

Y Arturo Pérez-Reverte cogió su fusil. Se definió como un «novelista accidental y lector contumaz». Dejó claro que no sabe cuál es el futuro de la novela y además le importa «un rábano»; confesó que su compromiso es «contar una historia de forma eficaz»; y prologó su travesía de libros, lecturas, mares y naves quemadas con una precisión y distinción contundentes: «hay escritores y novelistas. Ambos términos son respetables, pero no siempre significan lo mismo. No todo escritor es novelista, aunque algún escritor crea que sí los es. O que puede serlo».

El creador de 'Las aventuras del capitán Alatriste' y autor de 'El pintor de batallas' protagonizó ayer la última jornada del segundo foro 'Lecciones y maestros' que la Fundación Santillana y la Universidad Internacional Menéndez Pelayo han organizado en la Torre don Borja como preludio del curso 2008. La fiesta literaria convocada en Santillana, aunque tuvo su colofón en la tarde de ayer en el Paraninfo de La Magdalena ante el público, vivió en su sesión matinal el viaje literario de Pérez-Reverte, cargado con su 'mochila de Jim Hawkins' -epígrafe de su intervención- a través de un itinerario de reflexiones, devociones, definiciones y algunos ajustes de cuentas.

El Pérez-Reverte corsario, más ácido, crítico y vitriólico descargó su munición sobre algunas de las dianas que configuran el entramado oficial de la literatura. Así, el autor de 'El club Dumas', quien se declaró un «novelista de infantería», «leal mercenario de mí mismo, de mis gustos, mis aficiones, de mis sueños, de mi imaginación, de mis amores y mis odios», arremetió contra «algunos que viven del cuento de contar no cómo son, sino como deberían ser los libros que escriben otros»; «ciertos críticos o columnistas culturales»; «algunos parásitos iletrados o snobs»; y los «pajilleros de la vacuidad inane».

Pérez-Reverte abrió y cerró su mochila con Stevenson y 'La isla del tesoro' y, entre la partida y la llegada al destino, cruzó un particular campo de minas literario, trufado de ataques demoledores, querencias de autor/lector y un ejército de referencias que constituyó su inventario de libros, títulos, autores, personajes y aventuras en una sucesión ingente de memoria literaria, la cual configura «la verdadera patria del lector».

En su equipaje no faltaron provocaciones e ironías, pero también asomaron juicios de futuro y augurios constructivos: aseguró que la novela de hoy exige «estructuras y sacudidas diferentes», y planteó con firmeza la posibilidad de que «si un día los novelistas nos dedicamos sólo a imaginar historias romas y razonables, y nos limitamos a escribir novelas sobre la insoportable levedad de nuestra propia imbécil levedad, que el diablo se apiade de nosotros. Y de nuestros lectores».

En su discurso, habitado por "fantasmas literarios, amigos y adversarios", Pérez-Reverte puso el énfasis en la diversión como una de las sensaciones que sustenta su escritura; ironizó sobre los sufrimientos de la creación, los lugares comunes y los autores que se miran el ombligo o se ponen de perfil ante la crítica, el mercado editorial y el lector; y se confesó ante la audiencia de esta edición de 'Lecciones y maestros': «no pretende ser referente moral ni partero intelectual de nadie» y nunca siente sobre sus hombros «el pesado fardo de la responsabilidad moral del artista».

El escritor y académico, ayer mismo distinguido por el Ejército de Tierra que anunció la concesión al autor de 'Un día de colera' de un premio especial «por su dedicación y por el tratamiento que otorga a todos los temas militares», apuntó que cuando escucha a un autor quejarse del sufrimiento de la creación literaria, «siempre le digo lo mismo. Escribir no es obligatorio. Déjalo, no sufras, no merece la pena. No te lo van a agradecer, de verdad, tanto esfuerzo, tanta originalidad y tanto sacrificio».

Una declaración de principios que le condujo hasta la esencia del acto de escribir literatura, «algo que entiendo como un acto de felicidad, de diversión, un disfrute para la imaginación propia y una buena oportunidad de recontar el mundo a mi manera, quizá porque durante veintiún años viví en un mundo que no me gustaba en absoluto».

«Escribo -añadió- sobre todo porque soy lector, y supongo que a fin de cuentas intento ordenar esos casi cincuenta años de lectura a la luz de mi propia experiencia y de mi propia vida». El autor de 'La Reina del Sur', fiel a esa voz crítica, sin pelos en la lengua y muy directa que asoma, por ejemplo, en sus artículos de 'XL Semanal', se situó en la orilla opuesta al «lado solemne de la literatura», criticó también a aquellos que sólo consideran válida «la literatura difícil y minoritaria» y atacó a «los cagatintas analfabetos cuya memoria empieza ayer por la tarde. Los que no se manejan más que de Cortázar para acá».

La tercera jornada de la cita literaria se abría con el último perfil de este foro, el que dedicó el catedrático y estudioso José María Pozuelo Yvancos a la figura y la obra de Pérez-Reverte, «un narrador de estirpe a quien muchos lectores agradecen les haya reconciliado con la sabiduría vieja, y tan rara, del contador de historias». Entre 'El maestro de esgrima' y 'Un día de cólera', el profesor dibujó varios rasgos fundamentales del estilo revertiano, «en cuanto dictan los pentagramas fundamentales de su arte literario». Pozuelo Yvancos se refirió así a «la cuidadosa percepción del héroe cansado, como ejemplo de una estirpe, la propia de la literatura, que ha descansado siempre sobre esas vidas truncadas por una lucha desigual con su destino»; «la tensión dialéctica, el ejercicio de una lucha ordenada en diálogos entre el protagonista y su antagonista, que van desarrollando una precisa esgrima argumental»; y «la creciente indagación sobre el lenguaje, el compromiso con el lenguaje» que, en su opinión, tiene en Pérez-Reverte «tanto peso como el cuidado de la narración». Esa dimensión se manifiesta, dijo el estudioso, en que «hay detrás de cada novela una exigencia lingüística, en la indagación léxica, que se llena de vocablos precisos». También se refirió a su «cuidada forma de reproducir los registros y formas de hablar». Finalmente, elogió «el sentido muy agudo de la manipulación» que Pérez-Reverte aplica «en cada caso de los distintos registros del habla de los personajes, según sea su procedencia o cultura».

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Rogorn
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Mensaje por Rogorn » Dom Nov 16, 2014 9:49 am

"Soy un leal mercenario de mí mismo", se definió Pérez-Reverte"
Silvia Pisani - lanacion.com - 20/06/2008

Cuando el río suena, agua trae, y lo que sus aguas decían era que no iba a quedar títere con cabeza. De eso se encargó Arturo Pérez-Reverte, el caballero vestido de negro y pelo cortado a cepillo que sacó las hojas del discurso que había preparado y, como si fuera la espada de su capitán Alatriste, empezó a repartir sablazos aquí y allá. Se lo veía feliz en su salsa guerrera, divertido como el personaje de una de las miles de novelas de aventuras que leyó antes de llegar a los veinte años; condición ésa, la del personaje, que siempre le atrajo más que la del autor.

"¿Sigues buscando batalla, Arturo?", le preguntó 'La Nación' cuando todo había terminado. "¿Qué quieres que haga? Es que, si no, me aburro", confesó el novelista y miembro de la Real Academia Española (RAE). Fue cuando se recogían ya las sillas de lo que fue el campo de batalla: un salón en la torre medieval que albergó a la Fundación Santillana, organizadora del ciclo 'Lecciones y maestros', en este pequeño poblado de calles empedradas.

Escuchaban a Pérez-Reverte un puñado de invitados cuidadosamente elegidos. Los estudiosos de su obra -18 novelas y 15 millones de ejemplares vendidos-, gente de universidades de EE.UU., Francia, Italia, Alemania y el Reino Unido. Lo escuchaban también sus editores, sus críticos y ellos, la banda apodada "los Piratas", que no son otros que sus amigos. Y estaban Mario Vargas Llosa y Javier Marías, quienes ocuparon las jornadas previas del ciclo de tres días.

Empezó el autor más vendido de España con una definición de sí mismo. "Yo no pretendo ser referente moral ni partero intelectual de nadie. Soy un novelista accidental al que le gusta contar historias, pero que nunca siente sobre sus hombros el pesado fardo de la responsabilidad moral del artista porque soy, básicamente, un leal mercenario de mí mismo."

¿Un mercenario? Sí, un mercenario "de mí mismo, de mis gustos, de mis aficiones, de mis sueños, de mi imaginación, de mis amores y de mis odios", sentenció. Y ahí empezó el descabezamiento, a párrafo limpio, de aquellos que se dedican al "lado solemne de la literatura" y de los críticos que "viven del cuento de contar no cómo son sino cómo deberían ser los libros que escriben otros". Sangraba, todavía, Pérez-Reverte, por la herida de esos años iniciales, en que su trabajo literario fue perseguido y maltratado por buena parte de la crítica española. Las cosas cambiaron cuando sus libros, traducidos a 35 idiomas, empezaron a ganar premios en el extranjero, como el que le acaban de dar en Italia por 'El pintor de batallas'. Cargó contra quienes sólo consideran válida "la literatura difícil y minoritaria" y, fiel a su costumbre de hacer amigos, lanzó dardos contra los creadores de opinión literaria, los "parásitos iletrados" y "cagatintas analfabetos".

Frente a los que pretenden "sentar cátedra", exaltó a la escritura como un mero "acto de felicidad" que emprende no para dar lecciones morales a nadie, sino para satisfacción propia y de los lectores. Leer, escribir y navegar son los paraísos de felicidad en los que se refugia Pérez-Reverte. Y siguió: "Escribo porque soy lector y busco contar historias de la forma más eficaz posible, que la gente se sienta proyectada no es cosa mía. Escribo porque me gusta escribir, así vivo otras vidas además de la mía. Escribo porque sí, porque me pagan, por lo que sea". Se proclamó "novelista accidental, lector contumaz" y aseguró que en lo suyo no hay mucho arte, sino mucha disciplina y horas de trabajo. Y la suerte, dijo, de haber nacido en una familia con "biblioteca grande". Porque eso "facilitó mucho las cosas".

El coloquio cerró entre aplausos. Hasta el año que viene.

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Pérez-Reverte, el peleón
Javier Rioyo - elboomeran.com - 20/06/2008

Conozco a Arturo Pérez-Reverte hace décadas. No ha cambiado en lo fundamental. Es más rico, más famoso, más universal, más escritor pero sigue teniendo un mecanismo defensivo con una cierta chulería. Y le gusta desnudar las palabras. No usarla para el encubrimiento sino para quitar la capa de las cobardías, de los tapados, de las tapadas de nuestra historia. Sabe contar historias. Algunas de nuestra propia historia, de ese país de todos los demonios que llamamos España. Otras historias de otros mundos, otros hábitos. Una vez más, ahora en estos encuentros de Santillana, demuestra ser un escritor que no se arrepiente de ser "leal mercenario" de sí mismo. Eso es lo que debe hacer un novelista, saber contarnos sus sueños, sus aficiones, sus fobias, sus amores y hacerlo de la manera más eficaz, más verdadera. Una aventura literaria, la "arturiana", en la que siguen vivos Alicia, Colmes, Ulises, Bradomín, el capitán Garfio, Sancho y el Quijote, Sam Spade, Ana Ozores, Jim Hawkins, Achab y también, como no, Rogelio Ackroyd. Se puede tener éxito, se puede ser popular, se puede vender y ser un excelente escritor.

El otro día, en mi barrio, un tipo bastante colgado, uno de esos que puede vivir durmiendo algunas noches en compañía de sus perros, de su tetrabrick de vino peleón y de otras maneras de evasión, se paraba cada poco en la acera. Pensé que llevaba su habitual colocón. No lo noté, pero sí pude ver que se paraba porque estaba leyendo un muy usado libro de las aventuras del capitán Alatriste. Se me olvidó contárselo a Arturo Pérez-Reverte, ese chulo, ese peleón, ese escritor, tan cercano. Tan necesario.

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Todos somos peores
Manuel Rodríguez Rivero - El País - 28/06/2008

Bueno, pues Et in Santillana Ego. Canta un poco lo de la ausencia de maestras: yo creo que es hora de incorporar a alguna, que no faltan. Quiero decir que yo también estuve allí, con los maestros y sus lecciones, en ese segundo encuentro del que todos salimos satisfechos. Los maestros estuvieron mejor que sus glosadores, como era de rigor.

En sólo dos convocatorias han pasado por la Torre de don Borja, a) Goytisolo (Juan), Fuentes y Saramago, y b) Vargas Llosa, Marías y Pérez-Reverte, en su mayoría autores "de la casa". Han colocado el listón muy alto, de modo que los organizadores tendrán que hacer un pensamiento si no quieren que les suceda como a los de los premios Cervantes, que agotaron pronto a los "literary galácticos" (así llama ‘The Guardian’ a los primeros espadas en los que coinciden excelencia literaria y reconocimiento popular) y durante un tiempo tuvieron que conformarse con las Dulce María Loynaz o los José García Nieto.

Y, ya puestos a sacar punta, canta un poco lo de la ausencia de maestras: yo creo que es hora de incorporar a alguna, que no faltan. Al menos hay bastantes más que en la ridícula proporción en que están representadas en ese androceo que es la RAE, con sus simpáticos cancerberos fijando y dando esplendor displicentemente a las esencias (con frecuencia falócratas) de una lengua que es también la de usted, improbable lectora.

Por lo demás, todo estuvo bien. Quizás sorprendió un poco por su agresividad (aviso: en lo que sigue me la cojo con papel de fumar) la parte central del discurso de don Arturo Pérez-Reverte, que parecía redactado desde una herida infligida por quién sabe qué crítico quién sabe cuándo (pero, en todo caso, hace mucho). Quizás el autor de ‘La tabla de Flandes’ redactó esa parte de su -por lo demás- bien construida exposición en un "día de cólera", pero lo cierto es que me dio la sensación (sólo hablo por mí) de que su diatriba contra los "cagatintas analfabetos" o los "parásitos iletrados o esnobs" era un desahogo excesivo justo cuando el autor ha conseguido casi todo lo que se había propuesto: escribir lo que le da la gana, venderlo abundantemente en todo el mundo y, además, gozar del reconocimiento del público, de la Akademia, y de gran parte de la crítica. Mutatis mutandis, el tronante Pérez-Reverte y sus "cretinos" implícitos se me antojaban en mi turbia imaginación actores contemporáneos del drama gore de Santa Juliana, patrona de Santillana, cuyo martirio a cargo de su ofendido marido, el prefecto Eluzo, viene así descrito en un texto que pude leer ante el retablo del altar de la hermosísima Colegiata, en el que el suplicio de la santa está representado con un naturalismo que venga Rouco y lo pinte: "Mandó despedazar el cuerpo de Santa Juliana con azotes tan fuertes, que se fatigaron las fuerzas de seis verdugos. Después la mandó suspender de los cabellos, quedando su semblante enteramente desfigurado. Hizo destilar sobre su cuerpo desnudo estaño derretido y que al mismo tiempo le abrasasen con hachas encendidas". Y como, a pesar de todo, Juliana no daba su brazo a torcer, Eluzo (otras fuentes lo llaman Evilasio, pero ninguna Arturo) mandó que la trajesen a su presencia y hallándole cada instante más firme, la sentenció a que la (sic) cortasen la cabeza...". Un poco de piedad, maestro.

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