793 - 14.09.2008 - Una foto analgésica

Los artículos de la columna de Pérez-Reverte en ‘El semanal’ y otros escritos suyos

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Siana
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793 - 14.09.2008 - Una foto analgésica

Mensaje por Siana » Mié Sep 10, 2008 11:32 am

UNA FOTO ANALGÉSICA

Hay una fotografía que me gusta mucho. La tengo delante mientras le pego a la tecla. Fue tomada en París el 26 de agosto de 1944, al día siguiente de la liberación de la ciudad por la 2ª División Blindada del general Leclerc, donde figuraban antiguos combatientes republicanos españoles. El día anterior, la división había entrado en la ciudad llevando en cabeza a la 9ª Compañía, tan llena de compatriotas nuestros que varios de sus vehículos tenían pintados los nombres de Brunete, Ebro, Belchite, Teruel, Guernica, Don Quijote y Guadalajara; y en los partes de combate con las órdenes que el capitán de la 9ª, Raymond Dronne, dio ese día a sus unidades de vanguardia, figuran los nombres de los jefes de algunas de éstas: Montoya, Moreno, Granell, Bernal, Campos y Elías.

La foto a la que me refiero es típica de la Liberación: arco de Triunfo, vehículos con soldados y la multitud entusiasmada. El semioruga que se ve en el centro de la imagen se llama 'Guernica' y lleva a bordo a siete soldados: cinco de pie, el conductor y otro que va a su lado, también de pie. De los siete, este último es el único que no lleva puesto el casco. Es bajito –les llega a los otros, altos y apuestos, casi por los hombros–, lleva la camisa arremangada, y en vez de mirar al frente impasible y marcial como sus compañeros, mira a la gente con una gran sonrisa y un pitillo en la boca. Con esa foto suelo bromear, poniéndosela delante a los amigos: «Ejercicio de agudeza visual. Adivina quién es el español».

Imagen

Hay fotos que queman la sangre y fotos analgésicas. Ésta es de las últimas. Cuando el telediario, el titular de periódico, la mirada que diriges alrededor o el espejo mismo te recuerdan con demasiada precisión en qué infame sitio vives, de qué peña formas parte y qué pocas esperanzas hay de que este patio de Monipodio llegue a ser algún día un lugar solidario, culto, limpio y libre, esa foto y algunas otras cosas por el estilo, que uno guarda en esa imaginaria lata de galletas parecida a la que usaba de niño para guardar tesoros –canicas, cromos, un tirachinas, una navaja de hoja rota, un soldadito de metal–, ayudan a soportar las ganas de echar la pota. Permiten mirar en torno buscando, más allá del primer y desolador vistazo, al fulano bajito y sonriente que, ajeno al protocolo solemne, mira a la gente, orgulloso, feliz de protagonizar tan espléndida revancha, cinco años después de haber pasado los Pirineos con el puño en alto, y en ellos quizá, apretado, un puñado de tierra española.

No sé cómo se llamaba el soldado del 'Guernica'. Sólo sé que fue uno de los que cantaron '¡Ay Carmela!' por las calles de París –el capitán Dronne lo cuenta en sus memorias– tras llegar hasta allí desde Argelia y el Chad, y luego siguieron peleando en Francia, Alsacia y Alemania hasta Berchtesgaden, la residencia alpina de Hitler. Él y los otros, que se echaron al monte al invadir Francia los alemanes o se alistaron en la Legión Extranjera, combatiendo en Narvik, Bir Hakeim, Montecassino, Normandía y la Selva Negra, llenando Francia de lápidas donde todavía hoy se lee 'Aux espagnols morts pour la liberté', consuelan la memoria cuando uno piensa en el modo miserable en que la Segunda República se fue al diablo; no sólo por la sublevación del ejército rebelde, sino también –qué mala información tenemos en este país idiota e irresponsable– por la vileza de una clase política mezquina, sin escrúpulos, capaz de convertir una oportunidad espléndida en un espectáculo siniestro. En una sangrienta cochinera.

Por eso me gusta tanto esa foto. Como digo, todos necesitamos analgésicos para ir tirando. Cada uno para lo suyo. Algunos, para hilar fino sin que el malestar, la náusea, te hagan meter a todo cristo en el mismo cazo. Es cierto que, en los últimos tiempos, en España ha tomado el relevo una nueva casta política irresponsable, infame sin distinción de ideologías, pegada a la ubre de los aparatos de sus partidos. Gente sin contacto con la vida real, que ni ha trabajado nunca de verdad ni tiene intención de hacerlo en su puta vida. Parásitos de la vida pública, profesionales del camelo y el cuento chino. Los que, amos de un tinglado nacional rehecho a su medida, ya nunca irán al paro. Y es cierto, también, que esa gentuza medra con la complicidad de una sociedad indiferente, acrítica, apoltronada y voluntariamente analfabeta, que sólo se acuerda de Santa Bárbara cuando le afecta a cada cual. Cuando truena. Esto es así, y el impulso, la tentación de mandarlo todo al diablo, ametrallando a mansalva, resulta lógico. Casi inevitable.

Por eso consuela tanto recordar, gracias a esa foto de París, que pese a todo, entre tanta basura y tanta chusma, siempre es posible dar con alguien que no se resigna. Que ni se rinde, ni traga. Tipos como el anónimo español de la División Leclerc: bajito, valeroso, descarado, sonriente. Con su pitillo. Capaz de recordarnos a todos, sesenta y cuatro años después, que siempre son posibles la dignidad y la vergüenza.

El Semanal, 14 de septiembre de 2008

Índice de Patentes de Corso de Pérez-Reverte:
http://capitan-alatriste.com/modules.ph ... pic&t=2902

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vetinari
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Mensaje por vetinari » Mié Sep 10, 2008 11:53 am

Gracias, Siana. Otro alegato pro dignidad y pro España (ese "patio común") de Don Arturo.
"...Efialtes aparecerá finalmente,
y pasarán los persas" Cavafis
"No hay quien pueda comprar el ser marino cuando estás en el mar." APR
"Freedom is just another word for nothing left to loose" Janis Joplin

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Finea
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Mensaje por Finea » Mié Sep 10, 2008 12:19 pm

Esta es de las que me gustan. Me encantaria ver esa foto..jejej

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Mensaje por koora_linax » Mié Sep 10, 2008 12:41 pm

Regresémonos pues:

http://www.capitan-alatriste.com/module ... pic&t=2228

Gracias Siana y Arturo. La leeré despacito y con subrayado, ésta es de las que me gustan :wink:
"Al final lo que está en juego es como vivir con el desorden". Arturo P-R

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adosinda
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Mensaje por adosinda » Mié Sep 10, 2008 7:40 pm

Gracias Siana.

A mi y también me gusta esa foto y la patente. :D
-Eres todo un hombre-añadió al fin-.Capaz de alzar la voz y de matar, por supuesto. Pero también de morir...Procura recordarlo cuando hables conmigo de ciertas cosas. (pag 202. Corsarios de Levante)

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Alberich
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Mensaje por Alberich » Mié Sep 10, 2008 8:10 pm

Esta es de las buenas buenas :lol:
"And now I know how Joan of Arc felt
Now I know how Joan of Arc felt..."

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vetinari
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Mensaje por vetinari » Jue Sep 11, 2008 9:54 am

Gracias Koora, SIana y Trinidad.

Siguiendo el enlace con Icorso que esta última nos da, se puede encontrar la siguiente patente, que nos recuerda Vigilio. Me he impresionado muchísimo, así que la "pego" aquí debajo. Gracias a VIgilio y los colegas de Icorso y espero no estar infringiendo ninguna regla del foro. Pero de verdad que me ha dejado el corazón en un puño, empezando porque lo que dice de los niños al principio es algo que siempre he sentido, y sigo sintiendo, cuando veo imágenes de guerras o similares.

LA GUERRA QUE TODOS PERDIMOS

Los niños. Eso es siempre lo peor, en cualquier guerra; pero todavía hoy, cada vez que veo las viejas imágenes en blanco y negro, o las fotos desvaídas de hace sesenta años, me remuevo incómodo en el asiento al verlos pasar ante mí, llorando de la mano de sus padres por la frontera camino del exilio, agazapados en un portal mirando hacia arriba mientras suena el estrépito de las bombas, haciendo cola con ojos grandes de hambre y miedo para conseguir un mendrugo de pan. El cadáver en la cuneta, el soldado que tiembla de frío en el frente de Huesca, el inválido ayudado por los compañeros que es empujado por los gendarmes franceses mientras se le cae la manta raída de los escuálidos hombros... Esos otros personajes son adultos; saben, o al menos deben saber que diablos está ocurriendo. Por eso me producen menos compasión que esas docenas de ojos de críos que miran sin comprender. Que todavía hoy, medio siglo y una década más tarde, congelados en las sales de plata de la película fotográfica donde ya nunca envejecerán ni morirán, siguen mirándonos con ojos espantados que son una acusación, una denuncia, un insulto, un recordatorio de nuestro oprobio, nuestra vergüenza y nuestra locura.
Esa guerra civil no la viví; pero he vivido otras y sé que siempre son la misma. Esa guerra civil no la presencié, pero me la contaron cuando niño, mientras aún estaban frescas las heridas, la huella de la metralla en los muros de los edificios; cuando todavía había hombres y mujeres en las cárceles, y en el exilio, y cuando el general Franco aún firmaba sentencias de muerte. De las veladas alrededor de la mesa de camilla de mi abuelo recuerdo historias de bombardeos, y de ejecuciones públicas para después, ante los cadáveres, hacer desfilar a las tropas a fin de que tomasen buena cuenta de ello. De héroes y de gentuza, mezclados unos con otros; indiferenciados bajo el mono azul de miliciano, la boina de requeté o la camisa azul de Falange. Relatos escalofriantes de amigos, vecinos y parientes detenidos de madrugada. Sacados de su casa en pijama mientras la mujer y los hijos imploraban en la escalera: juzgados en tribunales sumarísimos, fusilados ante un paredón bajo la bendición de un cura con el yugo y las flechas bordado en la sotana, o asesinados a la luz de los faros de un camión en cualquier carretera. Esas viejas carreteras españolas -las monótonas autovías también nos borraron esa memoria- donde muchos años después aún me estremecía al ver los pequeños monumentos conmemorativos de lugares donde hombres de toda condición e ideología fueron asesinados con las luces del alba, un nombre, una fecha, a veces una cruz y a veces, unas flores secas.
Cada uno de nosotros tiene una, veinte historias familiares. Estúpidos aquellos jóvenes que no acuden a sus mayores a que se las cuenten, antes de que éstas historias se extingan con ellos y duerman en el silencio sin aportar nada a las generaciones que no vivieron aquello, haciendo imposibles La lucidez, y la experiencia. Mis mayores han muerto, o están muriendo poco a poco; pero el niño curioso que fui logró arrancar un puñado de esas historias al olvido, y ahora lamento que no hubieran sido más. Lamento las horas perdidas sin preguntar a aquellos que ya no están conmigo. Eran -son- las historias de cada uno de nosotros: de nuestros padres y nuestras madres y nuestros abuelos. Así pude saber -así sé- del tío Lorenzo, que cruzó el Ebro con diecisiete años y el agua por la cintura, con dos cojones, un maúser en las manos y los dientes apretados, que recibió un balazo y volvió a casa de sargento republicano con dieciocho años, y que nunca cumplió los veinte. Así pude saber de cuando mi abuelo Arturo pasó cuatro horas bajo un bombardeo, pegado a la pared de un polvorín; o de cuando una noche unos milicianos quisieron llevárselo a dar un paseo porque había cenado a la luz de una vela y eso, decían, eran señales para la aviación nacional. O de cuando sus antiguos compañeros de la Armada quisieron fusilarlo por haber permanecido fiel a la República. Así supe de mi madre con doce años llevándole comida a la cárcel a Pencho, mi otro abuelo, y cómo siempre pedía a los carceleros darle la fiambrera en persona, para así verlo un instante entre las rejas de un portillo y contarle a mi abuela que seguía vivo. O de mi tío Antonio que todavía, con setenta tacos largos, llora cuando recuerda el día que le llevó, teniendo trece años, en bicicleta, una tortilla de patatas hecha por su madre a su hermano, cuya brigada pasó un día a treinta kilómetros de Cartagena. O de mi abuela María Cristina paralizada en mitad de la calle en mitad de un bombardeo alemán. O de mi tío Peque, que aprovechaba los ataques aéreos para ir corriendo por las calles desiertas, llenas de cristales rotos, y ponerse el primero en la cola del pan, antes de que la gente saliera de los refugios. O de mi padre, caminando en una de las filas de soldados a uno y otro lado de la carretera, la manta al hombro y el fusil a la espalda, camino del matadero, salvado de casualidad porque un comisario se detuvo junto a él y preguntó quién de aquella fila tenía estudios y sabia escribir a máquina. O del tío de mi madre fusilado porque un vecino era militar, y los del piquete, que eran analfabetos, se equivocaron de piso. O la cajita de lata que siempre conservó, hasta su fallecimiento, mi abuela Juana, con las cartas escritas desde el frente por su hijo muerto, la bala que le sacaron en su primera herida, y el trozo de madera que, a falta de anestesia, apretó entre los dientes mientras le arreglaban el agujero que le hicieron en Belchite.
Cuántos muertos, y cuánto horror, y cuántos sueños, y cuánto heroísmo, y cuánta sangre, y cuánta mierda acumulados en sólo tres años. Curas santificando balas y justificando ejecuciones o siendo torturados como animales, hasta morir. Generales, comandantes, soldados; heroicos y abyectos, y a menudo ambas cusas a la vez. Épica y barbarie, la mejor infantería del mundo contra la mejor infantería del mundo; Caín en plena forma, lo más hermoso y lo más miserable de nuestra tierra y nuestra raza maldita. Chusma acuchillando a los desvalidos, miserables aprovechándose del río revuelto, cambiando de chaqueta, congraciándose con el poderoso. Hombres honrados poniéndose en pie para pelear. Ojos de miedo y desesperación, balazos y bayonetas, casa por casa en Teruel, en La Ciudad Universitaria, monte arriba en Somosierra, Arriba España entre los escombros del Alcázar de Toledo, Viva la República en el Valle del Jarama. Moros, legionarios, milicianos, héroes y cobardes, vivos y muertos. El patio del Cuartel de la Montaña en esa foto terrible, el suelo lleno de cadáveres, España eterna que se repite a sí misma en el ritual de la muerte y la tragedia. Plaza de toros de Badajoz, barcos prisión, españoles fusilados por comisarios húngaros o franceses, o por legionarios alemanes o fascistas italianos, por hijos de puta que ni siquiera sabían hablar castellano y vinieron aquí a mojar en la sangre y en la muerte que sólo era de nuestra incumbencia, sin que a ellos les hubiera dado nadie maldita vela en nuestro entierro. Mujeres rapadas al cero, hombres humillados ante sus familias y sus vecinos, pidiendo clemencia o escupiendo a la cara de sus verdugos. Y esa foto que tanto me impresiona, la del español bajito y moreno con camisa blanca, que acaba de rendirse y al que llevan a fusilar, y que levanta los brazos resignado, fatalista, con una colilla en la boca. Esa colilla, ya lo escribí una vez, qua siempre tenemos en la boca los españoles cuando nos llevan al paredón. Dios. Cómo amo y cómo detesto a este país nuestro, cada vez que miro esas fotos. Cómo me enternecen esos rostros que son el rostro de nuestra tragedia, de nuestra desgracia. Pobre gente y pobre España. Qué guerra tan atroz, y tan española, o tan española por atroz, o tan atroz por española. Una guerra civil como Dios manda, guerra civil de la buena, la que enfrenta a hermano contra hermano, a hijo contra padre, a vecino contra vecino. En ninguna guerra como en ésa -la que tuvimos, las que tuvimos antes, y las que a unos cuantos desalmados e irresponsables no les importaría que volviésemos a tener- aflora toda la ruindad que albergan los rincones oscuros del corazón del hombre. Los viejos rencores, la envidia, el odio vecinal tan propios de la condición humana y tan nuestros; tan españoles. Tú me quitaste la novia, tú desviaste el agua de la acequia, tú mataste un conejo en mis tierras, tú me negaste el pan, tú publicaste aquel libro, tú fuiste feliz y yo no. Delaciones, chivatazos, ajustes de cuentas, canallas que medran con el dolor, y el sufrimiento de los otros, desgraciados que se humillan para comer, o para sobrevivir. Cárceles, campos de batalla, cementerios, exiliados, Machado muriéndose enfermo de pena en el extranjero, Max Aub, Sender, tantos pobres hombres, mujeres y niños anónimos, perdidos. Españoles detenidos en Rusia y enviados a Siberia, niños de la guerra que luego morirán peleando en Stalingrado, franceses miserables que humillan a los vencidos, a los fugitivos, en la frontera, y que después los entregarán atados de píes y manos a los carniceros nazis. Cielo santo. Cómo nos dio bien por el saco todo Dios, todo el mundo, toda Europa. Cómo se cebaron y nos descuartizaron entre todos, humillando, estrangulando a este pobre, entrañable, desgraciado y viejo país. A esta pobre, entrañable, desgraciada y vieja gente nuestra. No es cierto que nos ayudaran; déjenme de milongas pamperas, de camelos retóricos, de demagogia. El arriba firmante se cisca en la solidaridad internacional de las derechas y las izquierdas, en los discursos y en la mandanga. Aquí, a la España en guerra, se asomó todo cristo a ver qué podía mojar en la salsa, a fumarse nuestro tabaco y a quemarnos los muebles. Comprendo que fuéramos un espectáculo apasionante: sangre, vino, mujeres guapas, guerra, romanticismo, intereses estratégicos, barbarie ancestral. Pero que no me vengan con historias de hermandades solidarias. Yo he pasado veintiún años yendo a guerras que no eran mías, y sé de qué iba Hemingway. Por eso me cago en Hemingway y en la madre que lo parió.
Arturo Pérez-Reverte, 14 de Julio de 1996.
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merimeit
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Mensaje por merimeit » Dom Sep 14, 2008 2:59 am

Impresionante patente! No la conocía.
Gracias Vetinari
Nada es veneno, todo es veneno: la diferencia está en la dosis.

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Mensaje por koora_linax » Dom Sep 14, 2008 9:04 pm

"Al final lo que está en juego es como vivir con el desorden". Arturo P-R

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Siana
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Mensaje por Siana » Dom Sep 14, 2008 9:40 pm

Muchas gracias Vetinari por la Patente y Koora por los enlaces :wink: . Qué completo!

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Gabriel
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Mensaje por Gabriel » Jue Sep 18, 2008 7:41 pm

Arturo escribió:

Los niños. Eso es siempre lo peor, en cualquier guerra;

Oh sí, también me entristece mucho que esos inocentes sean víctimas de tanta crueldad. Me vienen a la mente los niños soldados, en África, Sudamérica, ¿que clase de perverso puede enseñarles tanta maldad.
Espero nunca vivir una guerra. Alguien a quien respeto y por cierto español, me dijo alguna vez que las guerras despiertan lo mejor y lo peor de cada individuo.
Lo malo es que hay mas de los peores entre nosotros, y sí nos sorprenden las mezquindades que hace la gente común sin peligros ni hambre es de espantar, lo que haría la gente en un escenario de guerra.

Me despido con una frase celebre.
"Amo a la humanidad, lo que no soporto es a la gente".
Susanita, la de Mafalda.
Las piezas blancas y negras parecían representar divisiones maniqueas entre la luz y la oscuridad, el bien y el mal, en el mismo espíritu del hombre.
G. Kasparov.

Epígrafe en La tabla de Flandes, capítulo VII.

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Rogorn
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Mensaje por Rogorn » Sab Ago 23, 2014 3:13 pm

-perezreverte: Hoy hace 70 años: "Una foto analgésica" (viejo artículo)

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El_Curioso_Impertinente
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Mensaje por El_Curioso_Impertinente » Sab Ago 23, 2014 4:54 pm

Reverte escribió:No sé cómo se llamaba el soldado del 'Guernica'.


Tal vez Miralles. Antoni (o Antonio) Miralles.

En algún sitio dijo Arturo que no le había gustado Soldados de Salamina... A mí me encantó, tal vez porque en vez de fijarme en la historia del escritor que no escribe y está deprimido, divorciado y liado con una choni ignorante pero alegre y llena de vida, me fijé en la historia del miliciano Antoni (o Antonio) Miralles.

Eso sí, la peli que hizo el pequeño de los Trueba me pareció infumable. Como si no se hubiera leído el libro o no se hubiera enterado de nada. Muy bien hecha, muy bien actuada, pero un churro. Esa periodista deprimida con sangre de horchata, ese chaval argentino que sigue filmando en súper-8, esa simpática pitonisa lesbiana que te cae como un tiro cuando la ves estafando a los abuelos con alzheimer... y la historia de Miralles, de fondo, como un paisaje.
Todos los seres humanos cometen errores, pero algunos seres humanos cometen más errores que otros y a ésos se los llama "tontos" (Fray Guillermo de Baskerville).

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grognard
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Mensaje por grognard » Lun Sep 29, 2014 7:48 pm

Los españoles que liberaron París te reconfortan con lo que eres, si es que ser español significa algo

http://www.jotdown.es/2014/09/paco-roca ... fica-algo/

Pérez-Reverte habla muchas veces de los trenes perdidos del progreso en España, como la vuelta del absolutismo tras la constitución de la Pepa, por ejemplo. Puede que uno de los trenes perdidos fuese que los aliados no entrasen en España y acabasen con el franquismo. Nuestro presente sería muy diferente y tendríamos una normalidad en la que podríamos condenar el fascismo. Y todos los partidos demócratas, tanto de derechas como de izquierdas, como ocurre en Alemania, afirmasen que el fascismo era algo malo.

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