14.07.1996 - La guerra que todos perdimos

Los artículos de la columna de Pérez-Reverte en ‘El semanal’ y otros escritos suyos

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koora_linax
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14.07.1996 - La guerra que todos perdimos

Mensaje por koora_linax » Mié Sep 16, 2009 10:25 pm

LA GUERRA QUE TODOS PERDIMOS

Los niños. Eso es siempre lo peor, en cualquier guerra; pero todavía hoy, cada vez que veo las viejas imágenes en blanco y negro, o las fotos desvaídas de hace sesenta años, me remuevo incómodo en el asiento al verlos pasar ante mí, llorando de la mano de sus padres por la frontera camino del exilio, agazapados en un portal mirando hacia arriba mientras suena el estrépito de las bombas, haciendo cola con ojos grandes de hambre y miedo para conseguir un mendrugo de pan. El cadáver en la cuneta, el soldado que tiembla de frío en el frente de Huesca, el inválido ayudado por los compañeros que es empujado por los gendarmes franceses mientras se le cae la manta raída de los escuálidos hombros... Esos otros personajes son adultos; saben, o al menos deben saber qué diablos está ocurriendo. Por eso me producen menos compasión que esas docenas de ojos de críos que miran sin comprender. Que todavía hoy, medio siglo y una década más tarde, congelados en las sales de plata de la película fotográfica donde ya nunca envejecerán ni morirán, siguen mirándonos con ojos espantados que son una acusación, una denuncia, un insulto, un recordatorio de nuestro oprobio, nuestra vergüenza y nuestra locura.

Esa guerra civil no la viví; pero he vivido otras y sé que siempre son la misma. Esa guerra civil no la presencié, pero me la contaron cuando niño, mientras aún estaban frescas las heridas, la huella de la metralla en los muros de los edificios; cuando todavía había hombres y mujeres en las cárceles, y en el exilio, y cuando el general Franco aún firmaba sentencias de muerte. De las veladas alrededor de la mesa de camilla de mi abuelo recuerdo historias de bombardeos, y de ejecuciones públicas para después, ante los cadáveres, hacer desfilar a las tropas a fin de que tomasen buena cuenta de ello. De héroes y de gentuza, mezclados unos con otros; indiferenciados bajo el mono azul de miliciano, la boina de requeté o la camisa azul de Falange. Relatos escalofriantes de amigos, vecinos y parientes detenidos de madrugada. Sacados de su casa en pijama mientras la mujer y los hijos imploraban en la escalera: juzgados en tribunales sumarísimos, fusilados ante un paredón bajo la bendición de un cura con el yugo y las flechas bordado en la sotana, o asesinados a la luz de los faros de un camión en cualquier carretera. Esas viejas carreteras españolas -las monótonas autovías también nos borraron esa memoria- donde muchos años después aún me estremecía al ver los pequeños monumentos conmemorativos de lugares donde hombres de toda condición e ideología fueron asesinados con las luces del alba, un nombre, una fecha, a veces una cruz y a veces, unas flores secas.

Cada uno de nosotros tiene una, veinte historias familiares. Estúpidos aquellos jóvenes que no acuden a sus mayores a que se las cuenten, antes de que estas historias se extingan con ellos y duerman en el silencio sin aportar nada a las generaciones que no vivieron aquello, haciendo imposibles la lucidez, y la experiencia. Mis mayores han muerto, o están muriendo poco a poco; pero el niño curioso que fui logró arrancar un puñado de esas historias al olvido, y ahora lamento que no hubieran sido más. Lamento las horas perdidas sin preguntar a aquellos que ya no están conmigo. Eran -son- las historias de cada uno de nosotros: de nuestros padres y nuestras madres y nuestros abuelos. Así pude saber -así sé- del tío Lorenzo, que cruzó el Ebro con diecisiete años y el agua por la cintura, con dos cojones, un máuser en las manos y los dientes apretados, que recibió un balazo y volvió a casa de sargento republicano con dieciocho años, y que nunca cumplió los veinte. Así pude saber de cuando mi abuelo Arturo pasó cuatro horas bajo un bombardeo, pegado a la pared de un polvorín; o de cuando una noche unos milicianos quisieron llevárselo a dar un paseo porque había cenado a la luz de una vela y eso, decían, eran señales para la aviación nacional. O de cuando sus antiguos compañeros de la Armada quisieron fusilarlo por haber permanecido fiel a la República. Así supe de mi madre con doce años llevándole comida a la cárcel a Pencho, mi otro abuelo, y cómo siempre pedía a los carceleros darle la fiambrera en persona, para así verlo un instante entre las rejas de un portillo y contarle a mi abuela que seguía vivo. O de mi tío Antonio que todavía, con setenta tacos largos, llora cuando recuerda el día que le llevó, teniendo trece años, en bicicleta, una tortilla de patatas hecha por su madre a su hermano, cuya brigada pasó un día a treinta kilómetros de Cartagena. O de mi abuela María Cristina paralizada en mitad de la calle en mitad de un bombardeo alemán. O de mi tío Peque, que aprovechaba los ataques aéreos para ir corriendo por las calles desiertas, llenas de cristales rotos, y ponerse el primero en la cola del pan, antes de que la gente saliera de los refugios. O de mi padre, caminando en una de las filas de soldados a uno y otro lado de la carretera, la manta al hombro y el fusil a la espalda, camino del matadero, salvado de casualidad porque un comisario se detuvo junto a él y preguntó quién de aquella fila tenía estudios y sabía escribir a máquina. O del tío de mi madre fusilado porque un vecino era militar, y los del piquete, que eran analfabetos, se equivocaron de piso. O la cajita de lata que siempre conservó, hasta su fallecimiento, mi abuela Juana, con las cartas escritas desde el frente por su hijo muerto, la bala que le sacaron en su primera herida, y el trozo de madera que, a falta de anestesia, apretó entre los dientes mientras le arreglaban el agujero que le hicieron en Belchite.

Cuántos muertos, y cuánto horror, y cuántos sueños, y cuánto heroísmo, y cuánta sangre, y cuánta mierda acumulados en sólo tres años. Curas santificando balas y justificando ejecuciones o siendo torturados como animales, hasta morir. Generales, comandantes, soldados; heroicos y abyectos, y a menudo ambas cosas a la vez. Épica y barbarie, la mejor infantería del mundo contra la mejor infantería del mundo; Caín en plena forma, lo más hermoso y lo más miserable de nuestra tierra y nuestra raza maldita. Chusma acuchillando a los desvalidos, miserables aprovechándose del río revuelto, cambiando de chaqueta, congraciándose con el poderoso. Hombres honrados poniéndose en pie para pelear. Ojos de miedo y desesperación, balazos y bayonetas, casa por casa en Teruel, en la Ciudad Universitaria, monte arriba en Somosierra, Arriba España entre los escombros del Alcázar de Toledo, Viva la República en el Valle del Jarama. Moros, legionarios, milicianos, héroes y cobardes, vivos y muertos. El patio del Cuartel de la Montaña en esa foto terrible, el suelo lleno de cadáveres, España eterna que se repite a sí misma en el ritual de la muerte y la tragedia. Plaza de toros de Badajoz, barcos prisión, españoles fusilados por comisarios húngaros o franceses, o por legionarios alemanes o fascistas italianos, por hijos de puta que ni siquiera sabían hablar español y vinieron aquí a mojar en la sangre y en la muerte que sólo era de nuestra incumbencia, sin que a ellos les hubiera dado nadie maldita vela en nuestro entierro. Mujeres rapadas al cero, hombres humillados ante sus familias y sus vecinos, pidiendo clemencia o escupiendo a la cara de sus verdugos. Y esa foto que tanto me impresiona, la del español bajito y moreno con camisa blanca, que acaba de rendirse y al que llevan a fusilar, y que levanta los brazos resignado, fatalista, con una colilla en la boca. Esa colilla, ya lo escribí una vez, qua siempre tenemos en la boca los españoles cuando nos llevan al paredón. Dios. Cómo amo y cómo detesto a este país nuestro, cada vez que miro esas fotos. Cómo me enternecen esos rostros que son el rostro de nuestra tragedia, de nuestra desgracia. Pobre gente y pobre España. Qué guerra tan atroz, y tan española, o tan española por atroz, o tan atroz por española. Una guerra civil como Dios manda, guerra civil de la buena, la que enfrenta a hermano contra hermano, a hijo contra padre, a vecino contra vecino. En ninguna guerra como en ésa -la que tuvimos, las que tuvimos antes, y las que a unos cuantos desalmados e irresponsables no les importaría que volviésemos a tener- aflora toda la ruindad que albergan los rincones oscuros del corazón del hombre. Los viejos rencores, la envidia, el odio vecinal tan propios de la condición humana y tan nuestros; tan españoles. Tú me quitaste la novia, tú desviaste el agua de la acequia, tú mataste un conejo en mis tierras, tú me negaste el pan, tú publicaste aquel libro, tú fuiste feliz y yo no. Delaciones, chivatazos, ajustes de cuentas, canallas que medran con el dolor, y el sufrimiento de los otros, desgraciados que se humillan para comer, o para sobrevivir. Cárceles, campos de batalla, cementerios, exiliados, Machado muriéndose enfermo de pena en el extranjero, Max Aub, Sender, tantos pobres hombres, mujeres y niños anónimos, perdidos. Españoles detenidos en Rusia y enviados a Siberia, niños de la guerra que luego morirán peleando en Stalingrado, franceses miserables que humillan a los vencidos, a los fugitivos, en la frontera, y que después los entregarán atados de pies y manos a los carniceros nazis. Cielo santo. Cómo nos dio bien por el saco todo Dios, todo el mundo, toda Europa. Cómo se cebaron y nos descuartizaron entre todos, humillando, estrangulando a este pobre, entrañable, desgraciado y viejo país. A esta pobre, entrañable, desgraciada y vieja gente nuestra. No es cierto que nos ayudaran; déjenme de milongas pamperas, de camelos retóricos, de demagogia. El arriba firmante se cisca en la solidaridad internacional de las derechas y las izquierdas, en los discursos y en la mandanga. Aquí, a la España en guerra, se asomó todo cristo a ver qué podía mojar en la salsa, a fumarse nuestro tabaco y a quemarnos los muebles. Comprendo que fuéramos un espectáculo apasionante: sangre, vino, mujeres guapas, guerra, romanticismo, intereses estratégicos, barbarie ancestral. Pero que no me vengan con historias de hermandades solidarias. Yo he pasado veintiún años yendo a guerras que no eran mías, y sé de qué iba Hemingway. Por eso me cago en Hemingway y en la madre que lo parió.

El Semanal, 14 de julio de 1996

(No es la patente de esa semana, sino un articulo suelto dentro del suplemento, sobre la Guerra Civil)
"Al final lo que está en juego es como vivir con el desorden". Arturo P-R

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El_Curioso_Impertinente
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Mensaje por El_Curioso_Impertinente » Lun Oct 05, 2009 6:09 pm

Acabo de leer "El día D", de Antony Beevor, sobre el desembarco de Normandía y en él se cuentan un par de anécdotas sobre el ínclito e irrepetible Ernest Hemingway. Por lo visto entre los periodistas era una leyenda, se las daba de tipo duro, de tragasables que se come las balas crudas, pero pero los militares lo consideraban un auténtico payaso bocazas. El muy fantasma iba por ahí armado y enseñando su pistola, seguramente para que lo fusilaran los nazis si caía prisionero. En cierta ocasión incluso pretendió torturar a un prisionero alemán aterrorizado que evidentemente no sabía nada... sin duda porque vio que estaba aterrorizado. Y atado.

No sé qué se opina por aquí de Hemingway, pero cuando leí "El viejo y el mar", con sólo 14 años, ya noté que chirriaba algo. Cuando leí "Por quién doblan las campanas" entendí qué chirriaba: la superioridad del anglosajón que ve y juzga pero no entiende nada. Cuando leí "Adiós a las armas" lo detesté por completo: aquel mamarracho se había ido a la guerra de visita, se pasaba los permisos de visita turística por Italia visitando monumentos y ligándose enfermeras, cuando se le tuercen las cosas se larga a Suiza a vivir de los cheques de papá... ¡¡y luego lo cuenta presumiendo de ello!!

La guerra de mi amigo el señor Paco sí que fue para contarla. Eso sí, no se ligó a ninguna enfermera, entró en Francia sin dinero para ginebra, y los piojos no tienen ningún glamur. Y nunca tenía ganas de hablar del tema.
Todos los seres humanos cometen errores, pero algunos seres humanos cometen más errores que otros y a ésos se los llama "tontos" (Fray Guillermo de Baskerville).

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agustinadearagon
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Mensaje por agustinadearagon » Mar Oct 06, 2009 6:58 pm

Ya sabemos que el perfil intrépido de Don Arturo lo sacó de su tio Peque. Hay que ser muy valiente o tener mucha hambre para aprovechar un aviso de bombardeo para ponerse el primero en la cola del pan. :wink:
"Fuera del perro, el libro es el mejor amigo del hombre. Dentro del perro quizá esté muy oscuro para leer". G.M.

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Rogorn
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Mensaje por Rogorn » Mar Jun 24, 2014 8:56 pm

Me cago en Pérez-Reverte: ¡Vivan las brigadas internacionales!
Rafael Narbona - rafaelnarbona.es - 24/06/2014

Siempre he considerado a Arturo Pérez-Reverte un macarra envalentonado por el éxito de su mediocre literatura. En una época que impide permanecer al margen de la historia, sin convertirse en cómplice de la ofensiva neoliberal contra los derechos y libertades de los ciudadanos, no está de más recordar su deleznable artículo 'La guerra que todos perdimos' (19-04-11) [sic], donde mete en el mismo saco al “mono azul de miliciano, la boina de requeté o la camisa azul de Falange”. Pérez-Reverte tampoco establece distinciones entre los voluntarios de las Brigadas Internacionales y los voluntarios de la Italia fascista o la Alemania nazi. Todos eran “hijos de puta que ni siquiera sabían hablar en castellano y vinieron aquí a mojar en la sangre y en la muerte que solo era de nuestra incumbencia, sin que a ellos les hubiera dado nadie maldita vela en nuestro entierro”. Al releer esta miserable frase, he recordado el homenaje de Luis Cernuda a los brigadistas en su hermoso poema '1936': “Gracias, compañero, gracias / por el ejemplo. Gracias por que me dices / que el hombre es noble. / Nada importa que tan pocos lo sean: / uno, uno tan solo basta / como testigo irrefutable / de toda la nobleza humana”.

59.380 brigadistas de 54 países diferentes lucharon en la guerra civil española (sería más correcto decir “guerra de clases”). No eran soldados profesionales, sino trabajadores, intelectuales o ex combatientes de la Gran Guerra reclutados por la Internacional Comunista. 15.000 perdieron la vida en el campo de batalla, muchas veces con edades que apenas rozaban los veinte años. Los primeros brigadistas llegaron a Albacete el 14 de octubre de 1936. Entre ellos había escritores de notable talento como Ralph Winston Fox y John Conrford. De nacionalidad británica, ambos murieron en la batalla de Lopera, una estrepitosa derrota que no obstante frenó el avance franquista hacia Andújar y Jaén. En la batalla del Jarama cayó el poeta irlandés Charles Donnelly, que se refugió en unas olivas, huyendo del fuego de las ametralladoras franquistas instaladas en el cerro El Pingarrón. Poco antes de morir, susurró: “Incluso las olivas sangran”. El poeta inglés Christopher Caudwell también falleció en el frente del Jarama. La presencia de numerosos escritores, poetas, médicos, artistas y científicos en las Brigadas Internacionales explica que algunos historiadores hayan descrito a los voluntarios como “la unidad militar más intelectual de la historia”.

Las Brigadas Internacionales desempeñaron un papel esencial en la Batalla de Madrid. 1.550 hombres y 78 mujeres establecieron su cuartel general en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Complutense. Gracias a su enorme despliegue y a sus abundantes bajas, pudieron frenar a los golpistas en la Casa de Campo, la carretera de Valencia y la sierra de Guadarrama. Las Brigadas Internacionales no resultaron menos cruciales en la Batalla del Jarama y en la Batalla de Guadalajara. No tuvieron tanto éxito en la Batalla de Belchite y en la Batalla de Teruel sufrieron muchas bajas, intentando evitar que las tropas franquistas reconquistaran la plaza. Su sacrificio no fue menor en la Batalla de Caspe y en la Batalla del Ebro, donde intervinieron como tropas de choque. Su actividad como guerrilla fue particularmente meritoria, pues se infiltraron en pequeños grupos en las líneas enemigas para sabotear su red de comunicaciones. En 1938, el número de voluntarios se había reducido a un tercio. El 21 de septiembre, Juan Negrín, Presidente del Gobierno, anunció la retirada inmediata e incondicional de los combatientes extranjeros del bando republicano, con la ingenua esperanza de que el bando sublevado respondiera con un gesto semejante. El 28 de octubre de 1938 se organizó un homenaje de despedida en Barcelona. Las Brigadas Internacionales desfilaron por última vez. Manuel Azaña, Negrín, Companys y Vicente Rojo encabezaron un acto que reunió a 250.000 personas bajo el lema: “Caballeros de la libertad del mundo: ¡buen camino!”. Dolores Ibarruri, Pasionaria, pronunció un discurso emotivo y vibrante: “¡Podéis marcharos orgullosos! Sois la historia, sois la leyenda, sois el ejemplo heroico de la solidaridad y de la universalidad de la democracia!”. No suele mencionarse que el 15% de los voluntarios eran de origen judío. La mayoría eran comunistas o anarquistas sin convicciones religiosas. Muchos de los brigadistas no pudieron volver a sus países de origen, pues les esperaban dictaduras fascistas (Alemania, Austria, Italia, Bulgaria). Otros, se enfrentaron a gobiernos que perseguían al comunismo o les exigían cuentas por haber combatido en las filas de un ejército extranjero (Canadá, Suiza). Algunos acabaron en campos de concentración franceses. Otros se incorporaron a la resistencia. Cuatro brigadistas yugoslavos organizaron el Ejército Partisano de Liberación: Peko Dapcevic, Koca Popovic, Kosta Nad y Petar Drapsin. Todos son considerados grandes héroes nacionales. Entre los brigadistas ilustres, puede mencionarse a Willy Brandt, el pintor mexicano David Álvaro Siqueiros o el mariscal Tito. Los voluntarios de la Brigada Abraham Lincoln regresaron a Estados Unidos sin problemas, pero durante los años del macartismo sufrieron el hostigamiento del gobierno, que les consideraba simpatizantes de la Unión Soviética. El 26 de enero de 1996 el Congreso de los Diputados les concedió la nacionalidad española, a cambio de renunciar a su propia nacionalidad. La Ley de Memoria Histórica eliminó este ofensivo requisito en 2006 y en junio de 2009 la embajada española en Londres entregó varios pasaportes. La derecha española nunca ha ocultado su odio hacia las Brigadas Internacionales y ha boicoteado sistemáticamente cualquier clase de homenaje o reconocimiento.

José Eduardo Almudéver nació en Marsella durante una gira del circo donde trabajaba su madre, natural de Valencia. Falsificó su edad para alistarse en las Brigadas Internacionales y no obedeció la orden de retirarse al extranjero, lo cual le costó ser capturado y recluido en los durísimos campos de concentración de Los Almendros y Albatera. Al ser liberado, se enroló en el maquis hasta 1947. Hace poco, con 94 años, evocó su primera experiencia en el frente: “Íbamos doscientos con fusiles, pero sin balas. Había que tener corazón para ir a la primera línea a luchar sin una bala”. No puedo evitar pensar en mi madre, que solo era una niña de doce años cuando le cayó una bomba de la aviación nazi en la calle de la Palma en el Madrid de 1937. Milagrosamente, el artefacto no explotó, pero una lluvia de cristales cayó sobre su cuerpo desnutrido. Mi abuelo era contable del Ministerio de Hacienda y ese mismo año fue trasladado a Barcelona, gracias a lo cual mi madre pudo contemplar la despedida de las Brigadas Internacionales y escuchar a la Pasionaria. No ha olvidado que los voluntarios se marcharon entre abrazos y flores arrojadas por una multitud conmovida por su valor y altruismo. Tampoco ha olvidado el miedo que estremeció a Barcelona cuando la Legión y los Tabores de Regulares pisaron la Avenida del Catorce de Abril, más tarde Avenida del Generalísimo y, en la actualidad, Avinguda Diagonal.

Con su estilo de rufián familiarizado con las reyertas y las puñaladas traperas, Pérez-Reverte finaliza su detestable artículo con un exabrupto: “No es cierto que nos ayudaran; déjenme de milongas pamperas, de camelos retóricos, de demagogia. El arriba firmante se cisca en la solidaridad internacional de las derechas y las izquierdas, en los discursos y en la mandanga”. No establecer diferencias entre un nazi de la Legión Cóndor y un brigadista como José Eduardo Almudéver constituye una infamia. Sin embargo, Pérez-Reverte considera que no es suficiente y cita su experiencia como corresponsal para vomitar más insidias: “Yo he pasado veintiún años yendo a guerras que no eran mías, y sé de qué iba Hemingway. Por eso me cago en Hemingway y en la madre que lo parió”. No esperaba menos de un meapilas que ha adquirido una fama abocada a disiparse tan deprisa como de José María Gironella, autor del lamentable best-seller 'Los cipreses creen en Dios' (1953), uno de los grandes éxitos de la literatura franquista. Hemingway nunca me ha inspirado demasiada simpatía. De hecho, creo que se parece bastante a Pérez-Reverte: fanfarrón, pendenciero, bocazas. Pienso en la infancia de mi madre, rota por la sublevación de Franco, y reparo en que Almudéver y otros jóvenes como él combatieron a los fascistas con mucho corazón y pocas balas. Arrojar porquería sobre su memoria me parece una inexcusable indignidad. Por eso, me cago en Pérez-Reverte y en los gilipollas que le han encumbrado. ¡Vivan las Brigadas Internacionales!

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Rogorn
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Mensaje por Rogorn » Mié Jul 02, 2014 3:28 pm

Pérez Reverte, tomatelás
Germán Vidal - pcr.org.ar - 02/07/2014

Augusto [sic] Pérez Reverte, conocido escritor español, que se vanagloria de ser de los más vendidos en su país, de paso por Buenos Aires presentando su novela 'El francotirador paciente', afirmó “la humanidad se va a ir al carajo”. Esto lo dijo en una charla en la Feria del Libro. Reverte, que fue muchos años corresponsal de guerra, es uno de los escritores mimados por ciertos sectores de la intelectualidad porteña, que disfrutan su “nihilismo”, como describió la Agencia oficial Télam esta charla. Reverte, quien se hizo conocido por su serie del capitán Alatriste, con su aire arrogante afirmó que “el mundo es un lugar peligroso. Poquito a poquito nos vamos suicidando”. Y que “de cada mil personas hay un malvado y el 99.9% restante son imbéciles, estúpidos”.

Este personaje, que la va de estar de vuelta de las ideologías mientras se vanagloria que Esperanza Aguirre, una de las políticas más conservadoras del Partido Popular y condesa, por añadidura, le haya financiado una exposición, ha denostado en varias oportunidades a la Guerra Civil Española “un tema narrativamente agotado”, y hasta injurió a los brigadistas internacionales que pelearon del lado de la República, diciendo que eran iguales a los fascistas italianos y los nazis que pelearon del lado de Franco. Para Pérez Reverte todos eran “hijos de puta que ni siquiera sabían hablar en castellano y vinieron aquí a mojar en la sangre y en la muerte que solo era de nuestra incumbencia, sin que a ellos les hubiera dado nadie maldita vela en nuestro entierro”, y agrega en este artículo de 2011 [sic]: “No es cierto que nos ayudaran; déjenme de milongas pamperas, de camelos retóricos, de demagogia. El arriba firmante se cisca (se caga) en la solidaridad internacional de las derechas y las izquierdas, en los discursos y en la mandanga”.

No vale la pena enumerar la larga lista de ejemplos de heroísmo por parte de esos brigadistas venidos de los cinco continentes, muchos de los cuales dejaron sus vidas en suelo español, para contestarle a este reverendo hijo de su madre. Sólo permítannos recordar las estrofas de un poema de Rafael Alberti dedicado a las Brigadas Internacionales, escrito en Madrid en diciembre de 19136 [sic], y con él decirle a Pérez Reverte, en buen argentino, “andate al carajo”.

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Rogorn
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Mensaje por Rogorn » Mié Jul 02, 2014 3:34 pm

Pseudoescritores y mercenarios de la pluma
Enrike [sic] García Francés - arainfo.org - 02/07/2014

Hace unos días cayó en mis manos un artículo de Arturo Pérez Reverte titulado 'La guerra que todos perdimos', y que publicó hace ya bastante tiempo. Lo leí con un retraso considerable debido a que no suelo leer nada de este mediocre escritor, que se cree el Quevedo del siglo XXI criticando la decadencia de su “España en crisis”, pero lo cierto es que lo leí por una contestación airada a dicho artículo.

El artículo, por llamarlo de alguna manera, del Sr Reverte adolece de las características que han acompañado a su obra; su exacerbado nacionalismo español, su falta de rigor y conocimiento histórico, como reflejan alguna de sus obras, y su recurso al insulto, al “taco” y al lenguaje soez, también reflejado en obras como 'Territorio comanche' o 'Bajo la sombra del águila' [sic].

Pero el artículo en cuestión adolece de unas graves carencias, cuando no errores, históricos. En concreto en las tres premisas de las que habla el Sr Reverte; que la Guerra Civil era un conflicto exclusivamente interno de la República, al equiparar a los dos “bandos extranjeros” que vinieron a la Guerra a luchar y por último, cuando equipara a los dos bandos en represión, violencia y barbarie.

La Guerra Civil no puede entenderse ni estudiarse como un conflicto interno, incluso en los centros educativos se enseña su dimensión europea. La República española se vio inmersa en las luchas europeas entre fascistas y comunistas, hacía dos décadas que los bolcheviques habían llevado a cabo su revolución, y sus ideas se expandían por toda Europa, que en ese momento se hallaba inmersa en la estrategia de la creación de los llamados Frentes Populares, que triunfaron en las elecciones de febrero de 1936 en el Estado español y también en Francia. Pero en el otro arco ideológico, Mussolini se había hecho con el poder en Italia, Hitler había iniciado la persecución de comunistas en Alemania, Salazar se había hecho con el poder en Portugal, y en el Estado español, Gil Robles, el presidente del partido que ganó las elecciones en 1934 se declaraba admirador de Hitler mientras más a su derecha se creaba la Falange, a imitación de los Fascios italianos. Por si fuera poco situar este contexto para comprender que no fue un conflicto interno, aclararle al Sr Reverte que los golpistas ya se habían reunido, meses antes del Golpe que daría inicio a la Guerra, con Mussolini para lograr apoyo militar y con financieros europeos, de hecho durante la Guerra empresas como la Texaco ayudaron a Franco lo mismo que importantes empresarios británicos ante el temor de una revolución que les hiciera perder sus inversiones.

Aún denota más la falta de conocimiento histórico del Sr Reverte el comparar las Brigadas Internacionales con la Legión Cóndor o con los soldados italianos mandados por Mussolini. Cuando los fascistas se levantaron contra el gobierno democrático de la República una ola de solidaridad recorrió el mundo y miles de personas, estudiantes, obreros, escritores de verdad… se alistaron para venir voluntarios a luchar contra el fascio, porque consideraban que ante el avance del fascismo en Europa en algún sitio había que poner el límite y valoraron que ese límite era la República española. Se calcula que fueron unos cuarenta mil los Brigadistas, que desinteresadamente, llegaron hasta aquí en defensa de la democracia, gentes que no tenían formación militar y que dieron su vida por una tierra que no era la suya. Se cifra en casi el 50% de mortandad entre los Brigadistas. Es, cuando menos, estúpido comparar a estos trabajadores y estudiantes con los setenta mil soldados fascistas, bien disciplinados y pertrechados, enviados por Mussolini, que causaron auténticas barbaridades como las ocurridas tras su conquista de Málaga, pero que también recibieron su “castigo” cuando ese ejército de soñadores los derrotó en Guadalajara. Y aún más estúpido compararlos con la Legión Cóndor enviada por Hitler.

Los errores históricos son lógicos, y más en un país donde a la gente le gusta hablar de lo que no sabe, pero lo alarmante es la alineación del Sr Reverte con el llamado revisionismo historiográfico que encabezan pseudohistoriadores como César Vidal y Pio Moa. ¿Cómo se puede equiparar los dos bandos en cuanto a violencia o represión?, ¿cómo se puede caer en el topicazo de equiparar Paracuellos a todas las matanzas realizadas por los franquistas y que convierte a ‘España’, a ‘la España’ con la que se llena la boca y se hincha de orgullo el Sr Reverte, en el 2º país del mundo, tras Camboya, en número de desaparecidos por conflictos bélicos? ¿No ha oído hablar el Sr Reverte de los bombardeos sobre población civil de Alcanyiz [sic], Gernika, Barcelona, Madrid, los bombardeos sobre las columnas de civiles que huían de la caída de Málaga o los que intentaban llegar a Francia, no ha oído hablar de los Pozos de Caudé, de la matanza de Badajoz, de los miles de muertos en el cementerio de Zaragoza, de València [sic], de los más de 200 campos de concentración franquistas…?

Qué fácil es coger una pluma y escribir mil barbaridades y estupideces a sabiendas que los focos de atención están puestos en ti. Pero eso no convierte una mentira en verdad ni a un tonto en inteligente. Hoy Quevedo volvería a escribir de la decadencia de ‘esa España’ que es capaz de nombrar académico de la Real Academia de la Lengua a alguien como al Sr Reverte, que incluso ha sido condenado por plagio. Sería muy sencillo terminar este artículo al más puro estilo Reverte, con insultos, tacos y frases soeces pero creo que más ético despedirme recordando que no hay mayor ignorancia que la de aquellos que tratan de ocultar sus miserias insultando y atacando las heroicidades de los demás.

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julito
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Mensaje por julito » Jue Jul 03, 2014 10:32 am

:lol: :lol:

Menos mal que viene alguien a iluminarnos.
Y pues quien le trae al lado
es hermoso, aunque sea fiero,
poderoso caballero
es don Dinero

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