12.06.2003 - El habla de un bravo del siglo XVII

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elisheva
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12.06.2003 - El habla de un bravo del siglo XVII

Mensaje por elisheva » Sab Jun 04, 2005 6:34 pm

DISCURSO DE INGRESO EN LA REAL ACADEMIA DE LA LENGUA

(Puede verse en vídeo aquí: https://www.youtube.com/watch?v=WKDZQWKafyE)

Señoras y señores académicos:

Estar aquí esta tarde es favor altísimo y honra siempre codiciada, en palabras que son venerables en este recinto. Aunque ese favor y esa honra yo no los hubiera codiciado nunca, ni los imaginara siquiera, hasta que ilustres miembros de esta institución, a la mayor parte de los cuales no conocía sino por su prestigio, trabajo y magisterio, me hicieron el inmenso honor de proponer mi nombre para ocupar el sillón de la letra T.

Eso me ha colocado en una doble incomodidad. Primero, por encontrarme hoy aquí, en lugar de otros escritores cuyo trabajo admiro y respeto. Y también porque quien me precedió en el sillón que hoy ocupo fue el profesor don Manuel Alvar. Cualquier orgullo o satisfacción que yo pueda sentir por hallarme aquí se templa y hace modesto ante su obra y su recuerdo.

Con profundo respeto y agradecimiento, como escritor que trabaja con la lengua española que el profesor Alvar tanto amó, tengo que recordar a mi insigne predecesor en este sillón que me dispongo a ocupar. Y por si no bastara el inmenso caudal de su obra, y mi deuda (nuestra deuda) con ella, tengo el privilegio de que algunos de sus discípulos, de esas decenas de miles que tiene repartidos por el mundo de habla hispana, sean mis amigos; y en boca de ellos obtuve hace tiempo la costumbre de pronunciar siempre el nombre de don Manuel Alvar con veneración absoluta. Es difícil contar todo lo que hizo. Sería más fácil hacer recuento de lo que no hizo, al mencionar la obra de este pionero en la globalización de la filología española. Doctor honoris causa de 25 universidades, adelantado en el estudio del español del sur de los Estados Unidos y en el análisis de la sociolingüística al estudiar el español de las Canarias, el hondo saber de aquel maestro indiscutible de la dialectología española abarcó historia de la lengua, sociolingüística, toponimia, literatura contemporánea, literatura medieval, cronistas de Indias, fonética, poesía popular, lengua y literatura sefardí, y culminó en la titánica obra de los atlas lingüísticos, donde trazó la casi totalidad de la geografía del español; con especial atención a esa América que, en sus propias palabras, fue su ventana, desde el norte del río Bravo hasta la Tierra del Fuego, desde Puerto Rico hasta Ecuador. Y entre sus 40.000 páginas escritas y 859 títulos publicados, dos de esos títulos pueden considerarse un manifiesto oportunísimo para estos tiempos y esta Casa: Variedad y unidad del español, y La lengua como libertad.

Con esa lengua hermosa y libre a la que el profesor Alvar dedicó su vida entera, trabajo como escritor, como novelista, desde hace diecisiete años. Por eso hoy elijo un asunto que me es querido y familiar, desde que en 1995 empecé una serie de novelas históricas ambientadas en el siglo XVII, con intención de explicar, a la generación de mi hija, la España en la que hoy vivimos. Somos lo que somos porque, para bien o para mal (a menudo más para mal que para bien), fuimos lo que fuimos. En ese intento por recuperar una memoria ofuscada por la demagogia, la simpleza y la ignorancia, elegí como protagonista a un soldado veterano de Flandes que malvive alquilando su espada. El trabajo de ambientación histórica y el necesario rigor del lenguaje me llevaron a adentrarme, también, por los vericuetos fascinantes del habla de germanía: esa lengua marginal, paralela a la general y en continua interacción con ella, que ha evolucionado con el tiempo para conservar su utilidad hermética; y que hoy es lo que algunos llamamos golfaray: el argot de los delincuentes y de las cárceles, siempre en transformación. Pues, como ya apuntaban las jácaras del siglo XVI:

Habla nueva germanía
porque no sea descornado;
que la otra era muy vieja
y la entrevan los villanos.

Con cuatro novelas de esa serie escritas y con una quinta a punto de acabar, el asunto me resulta cercano. Por eso decidí que mi discurso de entrada en la Real Academia Española trataría del habla de un delincuente, de un bravo. Un valentón, en este caso, de los que en el siglo de Oro vivían mitad de las mujeres, mitad de alquilar su espada, o su cuchillo: un rufián, o jaque. El habla de esa gente quedó recogida en una abundante literatura contemporánea, incluidas brillantes páginas realistas de los más grandes autores de aquel tiempo; no en vano por la cárcel de Sevilla, por citar sólo una, pasaron Mateo Alemán y Miguel de Cervantes. Han transcurrido cuatro siglos, y esa jerga del hampa, riquísima, barroca, salpicada de rezos y blasfemias, no está muerta ni es una curiosidad filológica. Además de su influencia en el español que hablamos hoy, la germanía del XVI y XVII es un deleite de ingenio y una fuente inagotable, práctica, actual, de posibilidades expresivas. Para demostrarlo, con esa habla quiero contarles una historia.

EL HABLA DE UN BRAVO DEL SIGLO XVII

El bravo, el valentón, se levanta tarde. Ya empieza a bajar el sol sobre los tejados de la ancha, la ciudad (que en este caso es Madrid), cuando nuestro hombre se echa fuera de la cama, que él llama piltra, carraspeando para aclararse la gorja. Se nota que anoche besó el jarro más de la cuenta, y que la borrachera, la zorra, aún está a medio desollar. Nuestro jaque se lava un poco, y luego se compone los bigotes, que son fieros, apuntándole a los ojos. Que entre la gente de la carda, la valentía se estima según el tamaño de los bigotes y el mirar zaino, valiente, de quien es (o parece) capaz de reñir con el Dios que lo engendró. Pues él es uno de esos de quienes dice la jácara:

En ese mar de la Corte
donde todo el mundo campa,
toda engañifa se entrucha
y toda moneda pasa;
donde sin ser conocidos
tantos jayanes del hampa
tiran gajes, censos cobran
de las izas y las marcas;
donde, haciendo punto de honra
esto de la vida ancha,
andan como cazadores
viviendo de lo que matan.

Se viste nuestro bravo, tintineándole al cuello el crucifijo de plata y las medallas de santos. Su indumento es propio de la jacarandaina: un poco a lo soldado, pese a no haberlo sido nunca. A él, las guerras de Flandes y de Italia le pillan demasiado lejos, y es de los que dirían, en palabras de Lope:

Bien mirado, ¿qué me han hecho
los luteranos a mí?
Jesucristo los crió,
y puede, por varios modos,
si Él quiere, acabar con todos
mucho más fácil que yo.

El caso es que se viste con aires de mílite, cosa natural entre la gente de la hojarasca. Aunque al turco y al luterano no los conozca sino de los corrales de comedias, él y sus compadres suelen dárselas de veteranos de los tercios o de las galeras del rey. Y alguno lo es, en efecto; pero como bogavante en gurapas: como galeote. El caso es que el valentón se pone la camisa, que no es lo que en su jerga llama una cairelota, una camisa elegante, sino una lima sencilla, y no muy limpia (nuestro jaque ignora, por supuesto, que esta palabra, lima por camisa, como varias de su parla, seguirá utilizándose en el golfaray que hablarán los delincuentes del siglo XXI). Se pone luego los calzones, o alares, palabra que también ha llegado hasta la jerga rufianesca de nuestro tiempo. Enfunda luego las gambas en las cáscaras, o medias; y después se calza lo que algunos germanes llaman duros, o pisantes, pero que él prefiere denominar calcos, tal vez porque le suena (y así es, aunque no lo sabe) palabra más culta e hidalga (otra, por cierto que llegará también hasta nuestros días), y porque el acto de poner pies en polvorosa, propio de su oficio sobre todo cuando asoma gurullada de alguaciles y corchetes, suena más digno cuando se lo define con la palabra calcorrear. Pues los hombres de hígados como nuestro bravo no se van, sino que se alonan. No corren, sino calcorrean. Nunca huyen, sino que se trasponen, se alargan, redoblan, las afufan o se van al ángel. Sin olvidar la expresión más común en el ambiente: peñas y buen tiempo.

Completa nuestro bravo su indumento con unas grullas, o polainas. Después se pone el apretado, o jubón. Por su oficio debería cubrirse el torso con un coleto de ante o de cuero, o mejor con un jaco o cota de malla, también llamada once mil o cofradía; pero lo prohíben las premáticas del rey nuestro señor. De manera que se conforma con lo que él llama un cotón doble: un jubón forrado de estopilla, que a un arrojado de braveza siempre lo ayuda algo cuando granizan cuchilladas. Así vestido, el valentón mete en la sacocha de la goda (así llama al bolsillo de la derecha) la bolsa, o cigarra, cargada sólo con unos pocos charneles. Y en el puño del jubón, sobre la cerra lerda (la mano izquierda), introduce un mocante de lienzo fino, bordado por su marca, su hembra: una bachillera del abrocho que trabaja en una manfla (una mancebía) de la calle de la Comadre.

El tiempo no es malo; pero a la noche, refresca. Mejor capa que herreruelo. Descarta el bonito y recurre a la abuela, también llamada pelosa. Antes, por supuesto, nuestro rufo se ha ceñido el instrumento propio de su oficio: la espada, que él gusta llamar centella y a veces durindana: esto último porque, aunque apenas sabe escribir (y se le da una higa, porque en España nunca fue de hidalgos leer ni hacer buena letra), nuestro bravonel posee una cultura elemental, popular, procedente de los corrales de comedias y los romances oídos en los mentideros, en las tabernas y en las plazas; aunque su gusto tienda más al lenguaje de la jacaranda, que es su garla, y en la que se encuentra a sus anchas cuando oye eso de:

A la capa llama nube,
dice al sombrero tejado,
respeto llama a la espada,
que por ella es respetado.

O lo de:

Mató a su padre y su madre
y un hermanito el mayor;
dos hermanas que tenía
puso al oficio trotón.

Por aquello de que para ir artillado más vale que sobre y no que falte, completa nuestro bravo el equipo con una ganchosa vizcaína: una daga de ganchos lista para salir como un relámpago. Que, en el oficio de valentía, hombre precavido mata por dos, o por siete. Pues nuestro bravote, al menos de boquilla, es de aquellos a quienes hacía decir Calderón:

¿Y cuántos hombres son estos
que he de matar? Porque vaya,
con que si no son cincuenta,
con menos no hacemos nada.

Y como en materia de precauciones nunca hay nada superfluo, también coge lo que nosotros llamaríamos cuchillo, pero que él prefiere llamar desmallador, conocido también, en su ambiente, por los elocuentes nombres de filosillo, secreto, agujón, barahustador y enano. Luego nuestro rufián requiere el gavión o chapeo, el sombrero, que él llama tejado, y que es ancho, de mucha falda. Se lo arrisca a lo bravonel y sale a la calle con mucho ruido del hierro que carga encima y el andar arrufaldado y zambo (nosotros diríamos chulesco) de los valientes:

Rebosando valentía
entró Santurde el de Ocaña;
zaino viene de bigotes
y atraidorado de barba.
Un locutorio de monjas
es guarnición de la daga,
que en puribus trae al lado
con más hierro que Vizcaya.

Cruza la plaza, y su ojo avisado advierte los trajines de la vida que late alrededor. El sitio es de posadas: bullen buscavidas, ociosos y mendigos, también llamados capachas, con mutilaciones reales o fingidas que, de creerlos, estuvieron en Amberes, en Nieuport y hasta en Lepanto, y que piden limosna de la manera que suelen los mendigos españoles: con muchos fieros y palabras arrogantes, como si el sonante se les debiera por derecho, y la única forma de disculparse con ellos fuese decir: “perdóneme vuesamerced, pero hoy no llevo dineros”. Que en España, hasta los mendigos dicen aquello de:

Entre nobles no me encojo;
que, según dice la ley,
si es de buena sangre el rey
es de tan buena su piojo.

Más allá, a la puerta de una bayuca, entre las mesas con jarras de vino, un anciano de pelo blanco y aspecto hidalgo pide por la doncella (un timo tan frecuente en la época como todavía en nuestro tiempo el tocomocho) a la busca de un palomo al que sangrar la bolsa de dineros, o armas reales. También los peinabolsas de la cofradía del agarro hacen su vendimia. Son de ésos a los que don Francisco de Quevedo llama:

Murciélagos de la garra,
avechuchos de la sombra,
pasteles en recoger
por todo el reino la mosca.

Muchas del centenar largo de variantes que en germanía del XVII debe de tener la palabra ladrón (de puta habrá más de ochenta) se dan en la ciudad, en este cuartel y en esta plaza: bailes, caleteros, cicarazates, comadrejas, apóstoles, picadores (que perviven hoy en la palabra piqueros, o carteristas), lechuzas, alcatiferos, golleros, sanos de Castilla, farabustes, ciquiribailes, buzos, cherinoles, doctores del araño, murcios, filateros, águilas de flores llanas. Incluida, entre muchas otras, una que todavía se usa: juanero: ladrón especializado en aliviar de peso, hoy euros como antaño maravedises, los juanes, o juanillos: los cepillos de las iglesias.

Sigamos a nuestro valentón. Y por no salir de Quevedo, digamos que :

Con el fieltro hasta los ojos,
con el vino hasta la boca
y el tabaco hasta el galillo,
pardo albañal de la cholla,
columpiando la estatura
y meciendo la persona,
Zampayo entró, el de Jerez,
en casa Maripilonga.

Llega así el bravo hasta una taberna, la que más frecuenta porque tiene puerta trasera por donde guiñarse si a los vellerifes del Sepan Cuántos, o sea, los alguaciles y corchetes de la Justicia (también llamados alfileres de la gura), se les ocurre asomar por allí. Entra el rufo en la bayuca retorciéndose los bigotes, el aire peligroso, poniendo el baldeo en gavia, o sea, apoyando la mano en el pomo de la espada para que ésta le levante la capa por detrás, a lo bravo. Dándose además mucho toldo, porque nuestro hombre gusta, como todos sus camaradas de la carda (y como todos los españoles en general), de apellidarse hijodalgo, muy Mendoza y Guzmán y cristiano viejo por línea directa de los godos. Que en nuestro siglo XVII (y la cosa estuvo lejos de terminar ahí) hasta los sastres y los zapateros se colgaban espada y eran don Fulano y don Mengano. Asunto sobre el que, entre otros, ya ironizaba Lope de Vega:

Mándame quemar por puto
si no valiere un millón,
imponiendo en cada Don
una blanca de tributo.

Y que tampoco se resume mal en aquellos otros versos lopescos que no han perdido, por cierto, su vigor ni su sentido en cuatro siglos:

¡Oh, españoles fanfarrones,
todos voces y palabras!
Nidos sois de la soberbia,
allí le nacen las alas.

El caso es que entra nuestro matante como quien es, y se para a lo escarramán, las piernas muy abiertas y echada la cadera, mirando alrededor con ese aire entre receloso, fanfarrón y avisado que los de su oficio llaman a medio mogate. Saluda a la amontonada valentía que allí anda bebiendo, o sea, piando de la bufia, y la jábega le responde grave con mucho vuacé y uced y camarada, pronunciando las palabras a lo gayón, muy puestos en garla de jaque. Son de los que cantan:

Vino y valentía,
todo emborracha;
más me atengo a copas
que a las espadas.
Todo es de lo caro,
si riño o bebo,
con cirujanos,
o taberneros.

Se sienta nuestro rufo con otros dos matachines que, como él, viven a lo de Dios es Cristo y, a fe de tales, cargan sobre el hígado más hierro que las rejas de la cárcel de Sevilla, amén de capas fajadas por los lomos, jubonazos de estopa, chapeos con las faldillas altas por delante, bigotazos de ganchos y tatuajes en los dorsos de las manos de uñas tan negras como sus almas. Pide vino para él y aquí, los valentachos, y algo de muquir, que su estómago mocho tiene boque, es decir hambre. El vino se lo traen aguado: bautizado, o cristiano. Protesta el bravo con mucho pardiós y pesiatal, diciendo que esa afrenta no se viera ni entre luteranos. Al cabo traen otro vino, esta vez infiel como arráez de galera turca. La mufla, que llega al poco, consiste en un guiso de gallina, a la que el bravo se refiere como gomarra (aún se llama hoy a los robagallinas gomarreros) y una escudilla de quemantes crudos: de ajos. Embucia con apetito el recién llegado y sorben los tres como para quitarse las pesadumbres, limpiándose los bigotes entre tiento y tiento.

Mientras apiornan, o azumbran, los tres bravotes hablan de la vida y de sus cosas. Que si el perro inglés ronda otra vez Cádiz. Que si el turco baja o sube. Que la coima de Fulano tiene mal francés y le ha pegado las melacotufas a su engibacaire. Que a Zutano le trincharon los aparejos el otro día, por apitonarse con un rajabroqueles que le salió rápido de acero. Que a Mengano, por no sobornar a un alguacil (o sea, por no ensebarle la palma al mayoral de la güerca), le hicieron un jubón de pencas, de latigazos, y salió luego de ajo en la ristra de la chusma y camino del Puerto de Santa María, para muflirse, o comerse, tres años de gurapas (de galeras) cosido al remo, o palo de batanear sardinas. Y todo porque, como en aquella carta famosa del Escarramán a su daifa, la Méndez:

Remolón fue hecho cuenta
de la sarta de la mar,
porque desabrigó a cuatro
de noche en el Arenal.

Luego recuerdan con afecto a Perengano, que andaba escondido, o sea, a sombra de tejados desde que con otros camaradas le afufó el alma a un corchete: a un alano de la gura. Al pobre Perengano lo acerró por fin el árbol seco (la Justa, la Justicia) saliendo de la iglesia donde se había refugiado, o, dicho en valiente, llamado a altana. En el estaribel (palabra que sigue en uso en el golfaray del siglo XXI para designar la cárcel) le pusieron cuerdas y clavijas sin ser guitarra; pero el bravonel se comió tres ansias (es decir, tres tormentos de agua y cordel) como un grande de España, sin berrearse de los camaradas (ese berrear por delatar también sigue hoy en vigor); y allí sigue el león, embanastado pero en soniche. En silencio. Cosa muy de elogiar, por cierto. Que negar cuando se anda en tratos de cuerda es de godos, y para ejemplo, Grullo:

A Grullo dieron tormento,
y en el de verdad de soga,
dijo nones, que es defensa
en los potros y en las bodas.

Amén que tener quieta la sin hueso, aparte de ser punto de honra cuando entras en la casa fosca (la cárcel, otrosí llamada caponera, cesto de culpas, casa de poco pan y bolsón de la horca) es también saludable cuando después uno tiene que dar cuentas a los camaradas de lo que dijo y de lo que no dijo. Pues cuando se es fuelle, ventor o abanico (es decir, delator o soplón), cualquier bramo lo pagas con la gorja. Y puestos a decir algo, las mismas letras tiene un no que un sí.

Bien remojada la palabra, los tres escarramanes tratan de su oficio. Son malos tiempos, por vida del rey de copas. Como dice el baile:

Todo se lo muque el tiempo,
los años todo lo mascan.
Poco duran los valientes,
mucho el verdugo los gasta.

Eso, en cuanto al oficio y los camaradas. En cuanto a las yeguas que cada cual tiene en la dehesa, las cosas tampoco van muy bien. Sus hembras, se lamentan los rufos, apenas rinden resullo (dinero). Últimamente no trotan más que de baratillo, y el poco socorro que aportan con el trabajo de su broquel (o guzpátaro, para entendernos, aunque hay otros nombres; y permitan que me quede ahí), ese dinero se les va a ellos alijando la nao, o sea, gastándoselo con la desencuadernada (los naipes) o con los dados: los huesos de Juan Tarafe. Y del oficio de valentía, para qué hablar. Agua y lana. O sea, fatal. Uno de los jaques se queja de que ayer mismo un cartujo (un marido barbado, es decir, cornudo) pretendía una hurgonada (una estocada) al querido de su legítima por la fardía ledra de veinte míseros ducados. Una vergüenza, se lamenta otro compadre. A él le ofrecieron, explica, veinticinco ducados por trincharle las asas (las orejas, también llamadas mirlas) y treinta por calaverar (cortar la nariz) a un galán que ponía (observen hasta qué punto el golfaray del XVII trabajaba también lo culto) aljófar en alcatara ajena. Por vida de Roque, adónde vamos a parar, se lamentan los tres bravos. Ni entre turcos o herejes viérase tal desprecio por el oficio de valentía. Por ese argén, matiza uno, no hay hombre de bien que desenvaine la fisberta. Lo más que puede ajustarse por veinticinco granos es un chirlo en la cara; un tajo de diez puntos o, como mucho, un beneficio de doce, e incluso una cruzada de oreja a oreja: de aldaba a aldaba. Así se lo dije al bacalario, responde el primer rufo. El hijo de mi madre no trincha una calle del tabaco, o sea, una nariz, por menos de cuarenta cruzados. Se me apitonó el cliente muy Bernardo, echamos verbos y a punto estuve de desnudar la de Juanes y atarascarlo a él, dándole su ajo, pero gratis. Que, como dicen los valientes en los entremeses de Hurtado de Mendoza:

Eso déjolo yo para la zurda,
que con la diestra soy del mundo azote.

En fin. Son malos tiempos, se quejan de nuevo los compadres, besando el jarro. Mundo mundillo; nacer en Granada y morir en Trujillo. Parlan luego de tiempos gloriosos, cuando el Escarramán, y Gonzalo Xeniz, y Gayón el de la mojada (la cuchillada) famosa, y otros bravos respetados, que no cenaban liebre ni gallina, ni temblaron nunca sino de frío. Como, sin ir más lejos, Ginesillo el Lindo, que a primera vista daba astillazo porque parecía alcorza, tan rubio y blanco de piel, de los que cuentan (ahora diríamos de los que entienden), pero que en realidad era caimán probado, con tantos hígados como el que más; y que hizo cecina a un corchete, afufándole el alma porque éste lo llamó puto en público. Pues, como dice Calderón en otro entremés famoso:

Que soy muchísimo hombre
para andar escrito en burlas.

Comentan también el caso de Tomás Mojarra, un arrojado de braveza al que dieron de agudo desabrigándole el resuello con dos palmos de toledana: al verse descosido el cofre de los molletes (la barriga), hecho un eccehomo en un charco de colorada y sintiendo que se iba por la posta, pidió confesión y óleos; pero luego, cuando llegó el dómine con los avíos, viendo que había conocidos cerca, se lo pensó mejor y se negó a cantar en la última ansia, diciendo que no era de hidalgos derrotarle al cura lo que tantas veces había callado en el potro. Aunque, puestos a hablar de hombres crudos, no podía olvidarse a Nicasio Ganzúa, buen tajador, que despachó a su propio padre, y a dos que pasaban por allí, sólo porque el padre le dijo: “mientes por la barba”. Ganzúa era de esos de los que cuenta Cervantes:

Con una daga que le sirve de hoja,
y un broquel que pendiente trae al lado,
sale con lo que quiere o se le antoja.

Con Ganzúa, la noche antes de su ejecución en la plaza de San Francisco de Babilonia, Sevilla, ciudad que es Chipre de los valientes, los camaradas echaron tajada (que así se decía a acompañar al amigo que iba a ser ejecutado al día siguiente) confortándolo en el banasto (o trena, como aún decimos después de cuatro siglos) con mucho azumbre y guitarras. Y Ganzúa, como quien era, estuvo jugando a las cartas todo el rato con muchos argamandijos (o redaños) y con mucha flema, hasta el alba (seis granos juego, matantes tengo, voy con la puta de oros, alce vuacé por la mano, envido, malilla y demás lances de la baraja, o catecismo). Y además decía entre naipe y naipe que verse enjaulado no era injuria, pues enjaulados se tenía a los leones. Y en cuanto a la enfermedad de esparto de la que en la siguiente clarea (al día siguiente) iba a verse con la Cierta (la muerte, también llamada la Descarnada o la Chata), a él, a fin de cuentas, quien lo llevaba al finibusterre era la justicia real, o sea, el mismo rey; y a eso, dijo, nada tenía que objetar, pues entruchaba (entendía) que quien lo sacaba del mundo era el rey en persona, como quien dice, y no un calcirroto cualquiera. Que, en tal ilustre marrajo como él, fuera deshonra verse despachado por un don nadie, y que a otro no se lo hubiera consentido en absoluto. Y con ese talante subió al día siguiente al patíbulo, o sea, al cabo de Palos; y mientras le añudaban la calle del trago, aún tuvo alforjas para decirle al bederre (al verdugo) que hiciera su oficio bochándolo con presteza y decoro, porque él no era de los bravos de contaduría que blasonan del arnés y nunca lo visten, sino de los que dicen: tenga yo fama y háganme pedazos. Que en vida nadie se la hizo que no la pagase; de manera que, si no lo despachaba por la posta y como a un hidalgo, el día de la resurrección de la carne iban a verse las caras. Y entonces, voto al coime de las Clareas, o sea, a Dios y a quien lo engendró, daríale tierra hasta el ánima.
Tratan luego de un negocio en curso. Ya saben vuacedes, dice nuestro bravo, que en España no hay más Justicia que la que uno compra. Que, como decía Lope en La noche toledana:

El médico está mirando
cuándo el de a ocho le encajas;
el letrado, cuándo bajas
la mano al párrafo, dando;
el jüez, cuándo le toca
la parte del denunciado;
el procurador no ha dado
paso hasta que el plus le toca;
el que escribe, sólo atiende
cuándo sacas el doblón.
Cualquiera negociación
de sólo el dinero pende.

Y resulta, prosigue, que un amparo (es decir, un abogado) de la plaza de la Providencia, que defiende un pleito complicado y costoso de los llamados sanguijuelas, paga bien si a un testigo molesto le abren una buena boca de tarasca para impedir que declare ante el juez y el escribano (o, para entendernos, ante el Noli me tangere y el lima sorda). Así que una de estas noches, apunta el valentón, cuando todo esté oscuro a boca de sorna, tendremos danza de blancas, con la ventaja casual de que somos tres a uno (que hasta para acuchillar a un manco hay que precaverse), y de que al mayoral de alacranes, el alguacil que estos días vigila este cuartel, se le ha ensebado la palma y no hemos de temer que nos inquiete la Justicia. Pero si algo sale torcido, a ledras, y durante el negocio asoma la zarza (la ronda), cerca tenemos la altana de San Andrés, para trasponernos y amadrigarse en sagrado, hasta que escampe.
Se levanta nuestro jayán y hace tintinear un Juan Platero sobre la mesa: un real de a ocho, también llamado Juan Redondo. Pero los dos amigos le dicen que se guarde el cumquibus, que hoy pechardinan de manga. O sea, que pagan tomando la penchicarda. Dicho y hecho. Alzan la voz los tres y echan verbos como si discutieran, en tono propio de aquella jácara quevedesca:

¿Tú te apitonas conmigo?
¿Hiédete el alma, pobrete?
Salgamos a berrear,
veremos a quién le hiede.

Y en efecto, los tres hampones salen afuera muy atropellados y sin pagar, como dispuestos a reñir acuchillándose las asaduras; y una vez en la calle se despiden y se van cada uno por su lado. Que, como dice el refrán, hombre apercibido, medio combatido.

Una vez solo, camina el bravo por la calle como si fuera suya, contoneando el navío (el cuerpo), el aire feroz, una mano en el pomo de la temeraria y la otra retorciéndose los bigotes. Busca a su coima, que anda en corso tres esquinas más allá. En este punto conviene recordar que la hembra de nuestro bravo es murciélago de moneda, de ésas que saben de coro la cartilla del buscar:

Piensa que somos de aquellas
que infaman este lugar,
que salen a negociar
con la luz de las estrellas.
Que salen, aventureras,
a esta Vega y al Cambrón
a dar público pregón
de sus hermosuras fieras.

Y exactamente así encuentra nuestro bravo a su marca: en tratos con un cliente a la puerta de la manflota, la mancebía (también llamada aduana porque nadie pasa adentro que no pague), y decide quedarse por allí, esperando que el palomo se decida a alojar el caballo en el broquel de la hurgamandera y alcabale los nipos, o dineros. Porque no será nuestro bravote quien impida a su pencuria ganarse la vida, y de paso la de él.
Sin embargo, el cliente no se decide a abrochar. Quizá le parecen caricios los dineros que pide la rabiza por que le troten el anca. El caso es que nuestro rufián se impacienta; de manera que se acerca, arroldanado y bravoso, añusgando (mirando furioso) al mandria muy fijo y muy zaino, con las piernas abiertas al caminar, andando a lo columpio sin apartar la cerra, la mano, de la amenazadora bayosa que carga al costado. El otro parece hombre de paz y poco amigo de reñir. Así que, temiéndose un araño, se acatalina y bate talones tomando calzas de Villadiego. O, dicho de otro modo, peñas de longares. Murmurando tal vez entre dientes aquello que decía Juan Rana:

-¿Y el atajo
que os dije?
-En mi trabajo,
no salir a reñir es el atajo.

O, filosofando, con versos rufianescos cervantinos:

Muerte y vida me dan pena;
no sé qué remedio escoja,
que si la vida me enoja,
tampoco la muerte es buena.

El caso es que allí queda nuestro rufo dueño del campo, y le dice a su gananciosa que palme el cairo de la jornada, que tiene necesidad de socorro. Le entrega la otra el rescate, que no es mucho, lamentándose de la poca paja que últimamente mete en el establo; pero es que, señala en su descargo, estos días está con la camisa, o sea, con la costumbre.

Dices que te contribuya,
y es mi desventura tal,
que si no te doy consejos,
yo no tengo qué te dar.

Pese a las excusas, al engibador le parece poco dinero; se arrufa, y para demostrarlo hace ademán de asentarle la mano. Déjate de tretas y alicantinas, dice, y no le hagas cagar el bazo a este león. Que ya me conoces: hay cosas que no sufro ni en Argel, y cuando se me alborota el bodegón igual atrueno a dos que a doscientos, y soy capaz, pardiez a caballo, de borrajarte el mundo, o sea, cruzarte con un signum crucis, un tajo, esa bonita cara. Así que alonga luengo y gánate tu jornal y el mío. Todo eso se lo dice con la mano levantada, como si fuera a jugar de abejón sacudiéndole el balandrán a la pecatriz, que se amilana y llora (acebolla los columbres) vertiendo abundante clariosa de los lagrimales porque teme una turronada. Pero el jaque amaga y no da. Pese a sus fieros, en el fondo le tiene ley a su cisne. Cuando se pone tierno, cosa que ocurre sólo muy de vez en cuando, le recita junto al asiento de las arracadas, u orejas, aquella vieja jácara:

¡Ay coima la más godeña
de toda la germanía,
reina de todas las coimas
y flor de todas las izas!

La iza es, con perdón, más puta que la Caba Rumía; pero eso sí: cumplidora, limpia, ambladora y muy buena (muy godeña) en el oficio trotón. No como esas calloncos y grofas de todo trance a las que, por decirlo en germán culto, o casi, les aceitan de almendras el alhorce por cuatro maravedís. No. La de nuestro bravo es doctora del arte aviesa; y de tan buen aspecto, en opinión de su hombre, que podría pasar por tusona de categoría, de las que frecuentan condes y marqueses. Y tan dispuesta a lo suyo, además, que de quedarse preñada (cosa que evita una vieja cobertera de la vecindad), podría decirse lo del romance aquel de don Francisco de Quevedo:

Fuimos sobre vos, señora,
al engendrar el nacido,
más gente que sobre Roma
con Borbón por Carlos Quinto.

El caso es que, que, asentada su autoridad, el jaque se guarda la pecunia, le palmea el buz (o retaguardia) a la daifa y la deja seguir ruando, no sin que antes ésta lo llame cherinol de mi corazón, flor de la altana, cosario de mis columbres, abrigo de mis criojas y (en plan más íntimo) ballestazo de mi broquel, califique su boca de arcaduz de mi dicha, y sus ojos de quemantes de mis asaduras. Que, en la España del siglo de Oro, las bachilleras del abrocho no necesitan leer a don Luis de Góngora para enjaezarles las escarpias, o sea, halagarles las orejas, a los gallos (a los caporales) de sus entretelas.

Que, por Dios, así me goce,
que le vi reñir con doce.

Se encamina nuestro bravo a la casa de conversación, es decir al garito, no sin hacer antes viacrucis por las tabernas, o sea, por las alegrías y consolatorias que le pillan de camino, haciendo suyo aquel higiénico y casi filosófico principio de la jácara Las postrimerías de un rufián:

¿Cuándo se vio que muriese
hombre que sin asco sorba?

Seguro de eso, el bravonel escurre el barro, o el estaño, que en todo puede ir el vino, con algunos conocidos piadores que por allí pastan, haciendo la razón, o brindis, o dominus vobiscum. Y al fin, bien remojada la palabra, lo vemos llegar a la casa de tablaje, y:

Entrar de capa caída,
como los valientes andan,
azumbrada la cabeza
y bebida la palabra.

El garito, todo hay que decirlo, no es coima de minoribus, o de poquito, sino coima de maioribus donde se juega a lo grande, y lo mismo ruedan brechas, o dados (también llamados albaneses, hormigas, astas, peste o cuadros), que se ara con bueyes; nombre éste que los germanes dan al libro real: la baraja, también llamada desencuadernada, o catecismo. En el garito se juegan lo mismo quínolas, polla y cientos, que son juegos de sangría lenta, donde un palomo sangra el argento poco a poco, que el siete, el reparólo y otros juegos de los llamados de estocada, por la rapidez con que te dejan sin dinero, sin habla y sin aliento. La comparación no es ociosa, pues ya lo dijo Lope:

Como el sacar los aceros
con quien tuviere ocasión,
así el jugar es razón
con quien trajere dineros.

Sólo que en este lugar, para evitar males mayores, las armas se dejan al portero, pues en gente poco sufrida como la española, y más si es del hampa, los dimes y diretes suelen terminar a cuchilladas. Así, dejando chapeo y capa, y aliviado de hierro, pasea el valentón entre rumor de conversaciones, tahúres, jugadores y mirones que dan coba a los que ganan, en busca de propina, o barato. En las mesas, alrededor de las cartas y de los dados que ruedan, se oyen suspiros, jaculatorias y pardieces. Sobre todo esto último: juramentos de los que alijan el navío. O sea, los que palman; o más bien de aquellos a quienes, en versos lopescos, despalman:

Veinte escudos que tenía
de mi amo le he jugado
con un fullero taimado,
pensando que no sabía.
Por la compuesta le alcé,
y tanto del juego ignoro,
que, de veinte escudos de oro,
con uno me levanté.

En ese ambiente de tipos gariteros (sages, vivandores, coimeros, templones, cercenadores, caballos, astilleros y dancaires), nuestro bravo encuentra a algunos conocidos prestamistas del garito, llamados tomajones, que lo abrazan. Y responde con tiento, recordando que en lugares como ése, españoles todos a fin de cuentas:

Cuando te abracen, advierte
que segadores semejan:
con una mano te abrazan,
con otra te desjarretan.

Se juega nuestro bravo el cumquibus de su daifa, evitando las mesas donde fulleros y doctores de la valenciana expertos en ahuecar el as, el rey, el siete o la sota en forma de teja o boca de lobo, astillarlo con una marca o un raspado o hacerle la ceja para reconocerlo, despluman a chapetones incautos con barajas a las que también llaman huebras. Llevan éstas los naipes (los bueyes) preparados y llenos de trampas, o flores, que son tan infinitas como el ingenio (berrugueta, ballestón, tira, cristalina, alademosca, panderete) y que parecen directamente salidas del popular romance de Perotudo:

Diez huebras lleva de bueyes;
cada cual es con su flor,
con la raspa y cortadillo,
tira, panda y ballestón.

Prueba primero nuestro bravote con los dados, a los que él llama brechas. Ruedan en su contra, así que piensa que están cargados o tal vez amolados: Mira mal al brechador, y decide cambiar de aires antes de que lo dejen en cordobán. Se va a una de las mesas de cartas donde se aran quínolas, y cuaja conversación, que así se dice a empezar a jugar. Pero hace agua, o sea, pierde más que gana, y termina jurando a los doctrinales. O, dicho de otro modo, echa mantas y no de lana, renegando del papo de Adán y del broquel de Eva. No se fía del tahúr que lo despluma, y lo observa con mucho cuidado intentando descornarle la flor, o adivinarle la trampa, atento a si hace amarre (que es truco para que salga cierto naipe), o salvatierra reteniendo el siete de matantes, de espadas, que en germanía se conoce como setenil, ronda o cueva del becerro. Carta esa, o buey, que a nuestro bravo le permitiría cambiar su suerte. Pero no lo consigue. Sigue perdiendo, y añusga de mala manera al fullero, que con mucha desvergüenza le sostiene la mirada. Sin duda el otro es brujulero fino, de esos de los que puede decirse:

¡Vive Dios, que no hay mayor
bellaco desde aquí a Roma!
¡Qué bien unos naipes toma,
qué bien sabe cualquier flor!

Viendo su dinero más perdido que el alma de Judas, se enfada nuestro bravote, más por no poder probar la flor que porque se la hagan. Aunque empieza a olerse que se la fragua un doble del fullero, que a su espalda, dándoselas de curioso, puede estarle haciendo el espejo de Claramonte, pasándole al otro señas de los palos vacíos (el cinco de bastos), la calle del puerto (el seis de copas) y la puta de copas (la sota) que nuestro bravo tiene en las manos. Al fin se vuelve el rufo a decirle al apuntador que se quite de ahí. Echan verbos y mentís por la gola, y al cabo hace nuestro león ademán de meter mano a la temeraria que no lleva, porque se la dejó al portero. Dicen de salir a reñir afuera. Tercian los conocidos y también el dueño del garito, pidiendo que no se alborote el aula; y al fin, nuestro bravo observa que el fullero y su contrayente (hoy todavía se usa la palabra consorte para cómplice) no están solos, sino que tienen cerca una camada de cuatro o cinco campeadores de garulla, o padrinos, por si las cosas se complican y hay que darle a alguien en la calle un catorce, o un antuvión de esos que llaman conclusión o mojada de cien reales. El caso es que, como las reglas de los que profesan de braveza dicen valientes pero no tontos (crudos pero no badajos), nuestro Roldán decide que peñas y buen tiempo. De manera que se va hacia la puerta como si tuviera algo importante que hacer, tocándose el cinto cual si lamentara no ir rebozado de hierro hasta las cejas. Y allí, muy arrojado de chanfaina, se vuelve a medias y le dice al mozo de la puerta: “Cuerpo de Mahoma, juro a dix y vive Dux, juro por mis dos y por mis cuatro que si no tuviera un asunto urgente, voto al cinto, desataba la sierpe y le contaba los botones con mi temeraria a más de un bellaco. Por vida del rey de espadas (que de España iba a decir) que no hay bastantes hombres aquí para quien, como yo, ha reñido cien veces y matado a quinientos, y eso en ayunas. A fe de quien soy, y no digo más. Y quien dijese lo contrario, miente.”

...Y luego, encontinente,
caló el chapeo, requirió la espada,
miró al soslayo, fuese, y no hubo nada.

Contestación del Excmo. Sr. Don Gregorio Salvador Caja


MADRID, 12 de junio de 2003

Señores Académicos:

Quiero manifestaros ante todo mi gratitud por haberme designado vuestro portavoz en este acto ritual y siempre emocionante de recibir en nuestra casa a un nuevo compañero, porque me honra y me complace ser yo quien le dé la bienvenida a Arturo Pérez-Reverte, muestre los caminos y los logros que lo han traído a esta corporación y responda al discurso que le acabamos de oír. Sabéis que fui uno de los tres académicos firmantes de su candidatura, con Eduardo García de Enterría y Antonio Muñoz Molina. Para el primero, la Real Academia Española no podía caer en el error de la Francesa, que no incorporó nunca a Alejandro Dumas, con quien tan vinculado se siente nuestro novelista, al que algún crítico ha llamado, afectuosamente, «el quinto mosquetero», y para Antonio Muñoz Molina, «Arturo Pérez-Reverte culmina en la narrativa española un proceso de recuperación del gusto de contar y del reencuentro de la novela con el lector común que venían ya insinuándose desde algún tiempo atrás en algunas otras novelas que usaron las claves de la literatura de género como puntos de partida para contar el mundo y para establecer una complicidad gozosa entre la novela y el lector». Digamos, finalmente, que yo no era sino uno de esos tantísimos, incontables lectores que han disfrutado de sus relatos, a la par que admiraba su fidelidad histórica, su precisión documental, sus pinceladas de humor y la eficaz trasparencia de su prosa. Añádase el conocimiento personal, desde hace nueve o diez años, que sin haber sido frecuente, ha sido bastante para advertir en él una calidad humana, una generosidad intelectual, una independencia de ideas y una claridad de juicio, que han ido ganando, poco a poco, mi aprecio, mi admiración y mi amistad.

Comprenderéis, pues, mi satisfacción por oficiar, con la voz de la Academia, en este acto protocolario pero jubiloso que nos reúne esta tarde para recibir a Arturo Pérez-Reverte. Porque existe aún otra circunstancia para mí particularmente sensible. El nuevo académico viene a ocupar el sillón T mayúscula, el que dejó vacante al morir mi maestro Manuel Alvar, a quien él, que no llegó a conocerlo sino a través de sus discípulos, ha retratado en esbozo, con intuición y tino, en el preámbulo de su discurso. Diré yo ahora que si algún escritor se podía vislumbrar, en el panorama actual de nuestra literatura, que me pareciera adecuado para suceder a mi maestro en ese sillón, no era otro que Pérez-Reverte, andariego como él, igualmente universal, el único que ha pisado, como el inolvidable filólogo, todos y cada uno de los países de nuestra lengua y que ha ido dejando memoria de sus trabajos, que es conocido y alabado en todos ellos. Hasta raro se me antoja que no coincidieran ninguna vez en algún avión, en algún aeropuerto, en algún cruce de caminos. Era en ese sillón académico donde, después de tantas vicisitudes y avatares, del uno y del otro, se iban sus nombres a emparejar.

Arturo Pérez-Reverte nació en Cartagena en 1951. Lector precoz, devora ya en la infancia todas las viejas novelas folletinescas, de misterio o de aventuras o de recreación histórica que acumulaba la biblioteca de su abuelo: Alejandro Dumas, Víctor Hugo, Julio Verne, Daniel Defoe, Salgari, Conan Doyle, Galdós, con sus Episodios Nacionales, lo van ganando para la imaginación y la literatura. Ya adolescente continúa con Galdós y con Baroja, Valle-Inclán, Wells, Melville, Conrad y, en seguida, los clásicos españoles. Su padre lo lleva al teatro, cuando hay ocasión en la ciudad provinciana, y esas representaciones, ese oír los versos de Lope o de Calderón, le mueven los pulsos y le excitan los ánimos. Su padre sabe sembrar en él inquietudes de lectura, ponerle disimulados cebos en lo que piensa que debe leer. Y le abre puertas al mundo clásico. Refuerza con un profesor privado el obligado aprendizaje del latín y el griego que exigía el bachillerato de la época. Y de este modo traduce, con pasión, a César, a Virgilio, a Horacio, luego a Jenofonte y a Homero. Su prosa se va haciendo con esas traducciones de la Iliada, de la Odisea, y su imaginación se va poblando de aquellos héroes del mundo antiguo. Pero es la Anábasis el libro que más lo influirá y que marcará decisivamente toda su obra. Soldados perdidos en territorio enemigo, sin retaguardia que los proteja, es un tema recurrente en sus relatos, porque esa es la gran metáfora de la vida para Arturo Pérez-Reverte. El hombre no es más que eso: un soldado perdido en territorio hostil. Aquel muchacho que traducía el relato de Jenofonte recuerda ahora, recordará siempre, la más fuerte impresión literaria de su vida, desvelando el texto griego, con el diccionario a mano, con la gramática en la cabeza: aquel destacamento de soldados griegos que alcanza la cumbre de una montaña y avista el Ponto Euxino: ¡zalasa, zalasa! ¡El mar, el mar!

Y aquel muchacho, hoy el novelista que recibimos, explica así su literatura: «Mi único secreto es muy simple y está al alcance de cualquiera: planteamiento, nudo, desenlace, las comas en su sitio, y sujeto, verbo y predicado». Y luego lo condensa en tres palabras: «Escribo como lector». Le preguntan por sus temas y dice que acude a los asuntos que literariamente más lo han emocionado, los grandes temas clásicos, y precisa: «El honor, la amistad, la aventura, el mar, el peligro, el tesoro, el laberinto, el enigma». «Utilizo —añade— los mecanismos de la narración clásica: ¿por qué empeñarse en cambiar algo que han hecho tan genialmente Galdós, Stevenson, Dumas o Stendhal? Cuento historias en las que pasan cosas...».

Cuando terminó el bachillerato deseó venir a Madrid a estudiar Periodismo e ingresó en la por entonces flamante nueva Facultad. Su padre opinaba que bueno, pero que debía hacer, aunque fuera a la par, una carrera seria, y se matriculó también en Ciencias Políticas, de la que llegó a concluir tres cursos. Pero en la que se licencia, finalmente, en 1973, es en la que deseaba, en Ciencias de la Información. Entra de reportero en el diario Pueblo y en seguida lo mandan a informar sobre la guerra de Chipre. Trabajará doce años como corresponsal de guerra, en ese periódico, y luego otros nueve en TVE. Será testigo de todas las guerras ocurridas entre 1973 y 1994, que fueron muchas, se pierde la cuenta: la del Líbano, la de Eritrea, la del Sáhara, la de las Malvinas, la de El Salvador, la de Nicaragua, la del Chad, la crisis de Libia, las guerrillas del Sudán, la guerra de Mozambique, la de Angola, el golpe de Estado de Túnez, etcétera, etcétera. Las últimas que cubrió, ya para TVE, con imágenes y reportajes en los telediarios, fueron la revolución de Rumanía, la crisis y guerra del Golfo y las de los Balcanes, la de Croacia y la de Bosnia. También había dirigido, durante cinco años, La ley de la calle, un programa de Radio Nacional de España sobre marginalidad y delincuencia, por el que recibió el Premio Ondas de 1993.

Su mundo no era, pues, el de los círculos literarios y al relativo éxito de su primera novela, El húsar, de 1986, no se le presta demasiada atención; el de la segunda, El maestro de esgrima, 1988, resulta ya más notorio, y con la tercera, La tabla de Flandes, de 1990, y la cuarta, El club Dumas, de 1992, se consagra como novelista arrollador, como autor siempre instalado en las listas de libros más vendidos. Su obra empieza a traducirse y a traspasar fronteras y la crítica española se muestra remisa a reconocerle méritos literarios, considerándolo un escritor de novelas populares cuyo éxito se basa en ser una cara conocida de televisión.

Pero más que cara conocida era un personaje conocido, no un simple busto parlante sino un tipo alto y enjuto, con gafas de concha y chaleco antibalas, que nos contaba, al amparo de una tapia o resguardado por unos sacos terreros, el día a día de las guerras de los Balcanes, entre ráfagas de ametralladora, explosiones de bombas, destrucciones, muertos, heridos, ambulancias, carros de combate y personajes más o menos siniestros, y nos lo contaba directamente, mirándonos a los ojos, con oficio, imperturbable delante de la cámara, con una mochila colgada, en la que, al parecer, llevaba más libros que cualquier otra clase de utensilios, pues sólo la lectura le permitía sosegarse y reponerse de los horrores que se veía obligado a presenciar cada jornada.

En 1994 abandona TVE y publica Territorio Comanche, en el que narra, con brevedad y dureza, sin pelos en la lengua, su experiencia de reportero en esa última guerra a la que asiste. Otras dos narraciones breves, novelas cortas más o menos, La sombra del águila y Cachito o Un asunto de honor, publica en 1995 tras aparecer como folletones en El País. De ese mismo año es La piel del tambor, y un año más tarde publica el primer tomo de lo que van a ser las aventuras de El capitán Alatriste, que se irán desarrollando, en años sucesivos, con Limpieza de sangre, El sol de Breda y El oro del rey. La crítica comienza a entregársele y a reconocer que hay mucho más que un simple folletinista o un constructor de novelas de misterio o aventuras en el reportero de Cartagena. Ahora empieza a ser el escritor de La Navata, lugar de la sierra madrileña donde se ha retirado a escribir, que es ya su único oficio: darle a la tecla desde las nueve de la mañana hasta las tres de la tarde sin interrupción. Con reflexión, con documentación irreprochable para sus recreaciones históricas y con «la impecable factura estilística que se gasta en sus narraciones», según apreciación literal de Luis Alberto de Cuenca, que le dedicaba un artículo a la saga del capitán Alatriste en un volumen de quinientas páginas, Territorio Reverte, con treinta y dos ensayos sobre su obra, de otros tantos autores, que publicó hace dos años la Universidad suiza de Berna. De vez en cuando se marcha a navegar en su propio barco, que es su gran afición; afición que le ha inspirado su hasta ahora penúltima narración, La carta esférica. Explica, sin embargo: «No navego por aventura, sino para estar lejos de lo que no me gusta». Pero también suele decir que su patria es el Mediterráneo.

Ya nadie se atreve a poner en tela de juicio su calidad literaria. Su última novela, La Reina del Sur, situada su acción en nuestro tiempo y localizada en Sinaloa, México, y en nuestra Costa del Sol y Zona del Estrecho, con personajes entremezclados de uno y otro país, es un verdadero prodigio de observación lingüística, de matización de las diferencias, de entendimiento de los usos idiomáticos.

Es probablemente hoy el escritor español en activo con más presencia en los territorios americanos de nuestra lengua y esa última novela lo ha acabado de consagrar allá. En el mes de noviembre pasado, en el Congreso de la Asociación de Academias de la Lengua Española que se celebró en San Juan de Puerto Rico, el director de la Academia Costarricense, Alberto Cañas, escritor prestigioso, novelista también, como todos sabemos, me preguntó: ¿No han pensado ustedes en llevar a Pérez-Reverte a la Academia? Le contesté que varios académicos ya lo estábamos pensando. Y así era y justo será recordar que fue nuestro llorado secretario, Domingo Ynduráin, quien primero pronunció su nombre como el de un candidato ineludible.

Las obras del nuevo académico se han editado en muchos países hispanohablantes y la serie de El capitán Alatriste se ha convertido en España en materia de lectura escolar, porque su intención fue desde el principio, al concebir este personaje, que la recreación, con él, del ambiente de nuestro Siglo de Oro, de los hechos, los modos y los acontecimientos, llenara de alguna manera el hueco dejado por el destierro de la historia en los planes de estudio, en algunas naciones de América están cumpliendo idéntica función, pues ellos sienten claramente que esa historia les afecta y les es común. El éxito del personaje en el nivel secundario de enseñanza ha llevado incluso, en España, a traducirlos al catalán y al eusquera, con lo cual suman ya veintiocho las lenguas a las que nuestro autor se ha traducido. En dos naciones tiene muy particular presencia: en Francia y en los Estados Unidos. Ya en 1993 la revista Lire eligió La tabla de Flandes como una de las diez mejores novelas extranjeras traducidas ese año al francés y se le concedió también el Grand Prix de literatura policíaca; en 1997 recibe el Premio Jean Monnet de literatura europea, y en 1998 es nombrado Caballero de la Orden de las Letras y las Artes por el Presidente de la República Francesa, y en 2001 se le otorga el Premio Mediterráneo a La carta esférica en su traducción al francés, que también es galardonada por la Academia de Marina del vecino país. En los Estados Unidos, el Suplemento literario del New York Times consideró, en 1994, La tabla de Flandes como una de las cinco mejores novelas extranjeras publicadas ese año en aquel país y la sigue recomendando a sus lectores en los años siguientes; en 1998 selecciona El club Dumas como uno de los libros de ficción más importantes del año literario y define la novela como «deliciosa y llena de inteligencia»; y en 2000 destaca El maestro de esgrima, tardíamente traducida ante el éxito del autor, como uno de los mejores libros del año y resalta «su espléndida ejecución». La tabla de Flandes en Suecia y El club Dumas en Dinamarca reciben igualmente premios u honores reservados para novelas extranjeras. Estas y otras narraciones de Arturo Pérez-Reverte han sido llevadas al cine: se han realizado ocho películas hasta el momento, tres en los Estados Unidos y cinco en España.

Arturo Pérez-Reverte se ha propuesto en todo momento hacer buena literatura, porque ha sido siempre un entregado amante de ella, un denodado lector. Empieza tarde (tiene 35 años cuando publica su primera novela, en 1986), pero lleva trece años viendo guerras sin cesar y treinta leyendo libros sin parar. Y diez años después, en 1996, ya absolutamente triunfador, cuando salta al ruedo literario su capitán Alatriste, contesta de este modo, en una entrevista, a quien le recuerda esa llegada tardía a la literatura: «Uno publica cuando cree que tiene algo que contar, cuando siente una necesidad casi física de contar historias. Hay que esperar a sentir esa necesidad: hasta entonces podemos aprovechar el tiempo viviendo y leyendo. Pero, fíjese, ni siquiera ahora, cuando llevo diez años publicando libros, me sé escritor: yo soy, ante todo, un lector. Un lector apasionado cuya verdadera patria son los libros que ha amado. Concibo la escritura como una forma, también apasionada, de rescatar todos esos libros que amé, que sigo amando». Y antes ha dicho a su entrevistador, que también había mostrado su asombro ante el hecho de que, salvo Territorio Comanche, en ninguna de sus novelas hubiese utilizado los recuerdos de su intensa experiencia como corresponsal de guerra: «Lo cual no quiere decir que prescinda de mi vida a la hora de abordar una novela. Mi vida está detrás de cada página, de cada personaje. Ahora bien, mi propósito no es contar mi biografía (eso resultaría muy aburrido), sino contar el mundo: intentar trasladar al papel la lucidez o la confusión que la vida me ha dejado. No escribo para contar mi vida, sino para contar los amores que no he tenido, las cuentas que no he saldado, las mujeres que no he amado, los enemigos a los que no he matado, los amigos a quienes no he podido abrazar». Permítanme que incluya aquí una reciente observación personal. Su primera novela, El húsar, yo no la había leído; había entrado en su narrativa por La tabla de Flandes y Territorio Comanche y no me había preocupado de volver la vista atrás; pero ante este deber de recibirlo hoy, que se me encomendaba, consideré obligado completar mis lecturas. Y El húsar me ha dejado atónito: creo que nunca he leído una novela donde la guerra esté descrita tan duramente, sin paliativos, con toda su crueldad y truculencia, con su inevitable desbarajuste, sin escatimar rigores y atrocidades. Es una recreación histórica vista por un subteniente de húsares del ejército napoleónico en la guerra de España, nuestra guerra de la Independencia, pero no desde el recuerdo de los libros leídos, sino desde la inmediata experiencia del corresponsal de guerra que la está escribiendo. Y ese entreverar lo vivido y lo leído creo que es una constante en su narrativa y la razón que la trasciende.

La preocupación por ese ensamblaje de la realidad con la ficción, por escribir para su extenso público manteniendo, por encima de todo, la calidad literaria de su producto y la fidelidad en los detalles de sus recreaciones históricas, es una constante en su quehacer. Se documenta hasta la saciedad y está convencido de que los libros más vendidos igual pueden ser obras deleznables y ocasionales que obras bien escritas, sólidamente pensadas y con esperanza de futuro. «Yo escribo para vivir más y me siento un hombre libre», ha dicho en alguna ocasión. Libre, pero heredero de una larga e imponente tradición narrativa: «Nadie —añade— salvo los soberbios, los cretinos o algunos bobenzuelos a quienes vuelven locos los elogios de algunos críticos cantamañanas, puede creerse de veras capaz de escribir nada que merezca la pena con una memoria literaria o cultural que empieza en Kundera o en la última película de Tarantino. Cervantes, Shakespeare, Tolstoi, Dostoievski, Galdós, Valle, Stendhal, Quevedo, Virgilio, Homero, Dickens, Dumas, Stevenson, Melville y todos los otros, los de siempre, los viejos maestros que nos enseñaron a contar historias como siempre se contaron, siguen siendo necesarios antes de dar el primer teclazo, porque en ellos obtenemos el aplomo y el equipaje y en ellos afinamos las armas de la lengua, el estilo y la estructura».

Cuando escribe de estos asuntos, es un polemista deslenguado, implacable e hiriente. Desde hace diez años, viene publicando, cada semana, un artículo de opinión o de denuncia en El Semanal, suplemento dominical de todos los periódicos del grupo Correo, que llegan a más de cuatro millones de lectores. Reunió los publicados hasta 1997 en un libro, Patente de corso, y los comprendidos entre 1998 y 2001 en otro: Con ánimo de ofender. Vale la pena leerlos y compararlos con sus novelas. Los títulos ya son bastante expresivos de su actitud y de su intención.

Ahora acabamos de oírle su discurso de ingreso, que me parece que ha dejado a sus oyentes entre admirados y estupefactos. Ha sido una especie de alarde lingüístico consciente de convencido narrador. Ha querido demostrarnos hasta qué punto conoce los entresijos idiomáticos de nuestro Siglo de Oro y la seguridad y fiabilidad con que podemos aceptar sus recreaciones. El Diccionario de Autoridades incorporó íntegramente el Vocabulario de germanía de Juan Hidalgo y la Academia lo ha conservado siempre, es decir, la mayor parte de esas palabras insólitas que hemos oído esta tarde en nuestro Diccionario se definen. No todas porque el recipiendario ha utilizado además otras fuentes, siempre de garantía, amén del testimonio apabullante de los clásicos. Llega a esta casa, que concentra sus tareas en el registro y descripción de los empleos de cada palabra de hoy o de ayer, y ha querido mostrarnos que ya trae, a ese respecto, alguna lección aprendida y que podrá ponerse manos a la obra desde el primer día. Es posible que a algunos les haya parecido acumulativo, que lo es, y que lo hayan estimado críptico y se hayan perdido en más de un pasaje sin acabarlo de descifrar. En fin, esto último ocurre con frecuencia en conferencias y discursos sin que podamos atribuírselo al lenguaje de germanía, pero sí a otras jergas que se estilan y se emplean con profusión en la lengua actual, no pocas veces especializada y pedantesca. En el discurso que hemos escuchado la acumulación ha sido evidentemente intencionada y manejada con maestría, pues se ha explicado lo necesario, sin cortar el hilo narrativo, y la situación y el contexto han bastado casi siempre para atribuirles a las voces desconocidas su exacto significado. El bravo del título, el consabido valentón, ha desarrollado ante nosotros su rutinaria jornada, lo que nos ha permitido conocer, paso a paso, los nombres que suele dar a las cosas que utiliza, a las personas con las que se encuentra y a los hechos habituales en su mundo, jalonado todo ello con jácaras y romances de Lope o de Quevedo, y además el personaje queda dibujado, vivo, y finalmente nos resulta ser un viejo conocido, el del famoso soneto de Cervantes al túmulo de Felipe II, con cuyo estrambote ha rematado el nuevo académico su disertación. Sobre la originalidad de esta no creo que le quepa a nadie la menor duda, aunque habrá que reconocer que, evidentemente, se ha salido del canon.

Pero ¿qué es el canon?, ¿quién lo fija?, ¿quién lo establece? Con motivo de su elección para la Academia no faltó quien se lamentara por ahí, en privado o en público, de que se hubiera elegido un escritor popular, cuyos libros se vendían copiosamente y se leían con placer por gente muy diversa, pero que no se ajustaba al canon. Como llevamos algún tiempo en que se ha puesto de moda la protesta callejera, el jueves de su elección se convocó por Internet una manifestación de rechazo ante las puertas de la Academia. Aunque los organizadores probablemente cuenten ahora, como es habitual, que acudieron doscientas personas, si no quinientas, lo cierto es que sólo vinieron diez con sus pancartas y su desacuerdo, que manifestaron con ruidos de hojalatas. Con ese débil y desangelado fondo acústico de charanga o de cencerrada se celebró la votación, que bastó con una, con la primera. Cuando yo salí quedaban nueve contestatarios de los diez: alguien se había cansado o tenía otras urgencias. Dejo constancia aquí del anecdótico episodio, uno más en la historia lateral de la Academia. Probablemente, en el grupo habría alguien que quizá me hubiera podido explicar lo del canon. Aunque lo que dudo mucho es que alguno de sus componentes hubiera leído alguna vez alguna línea del escritor que rechazaban.

Arturo Pérez-Reverte llega a la Academia cargado de lecturas, de saberes y de experiencias, y con una ya extensa obra literaria de amplísima aceptación e indiscutible calidad. Es además un hombre serio, estricto en el cumplimiento de sus obligaciones y de una asombrosa puntualidad, una virtud tan infrecuente. Tiene un certero instinto lingüístico y un declarado amor a la lengua en que se expresa. Me atrevo a pronosticar que su actividad académica ha de ser valiosa y relevante, porque posee todas las condiciones necesarias para que eso ocurra: lo veo como un académico cabal.

Estás ya en tu sitio, Arturo, estás donde debías, en la Real Academia Española. El camino ha sido arduo, los trabajos muchos, duro el vivir. Pero has alcanzado la cumbre, como los soldados griegos de Jenofonte (¡zalasa!, ¡zalasa!), y has llegado a esta casa, que va a ser la tuya, y aquí estamos tus amigos, tus nuevos compañeros, con los brazos abiertos, anchos acaso como la mar, para darte la bienvenida.
...En tierra, en humo, en polvo, en sombra, en nada...

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Targul
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Mensaje por Targul » Sab Jun 04, 2005 7:13 pm

Es la repera. Duro de leer pero una tarea de investigación para mear y no echar gota.

Un saludo

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Breda
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el discurso

Mensaje por Breda » Dom Jun 05, 2005 2:09 am

Si queréis leerlo sin utilizar el formato pdf, que a veces es bastante engorroso de manejar con tanta página y no permite copiar y pegar, podéis ir a:

http://www.rae.es/

De ahí no tenéis más que ir abajo a la izquierda Imágenes de la vida académica,
buscar la entrada 12 de junio de 2003 Discurso de ingreso de D. Arturo Pérez-Reverte
y pinchar en texto del discurso
donde está el discruso íntegro, incluso podéis ver el vídeo y hasta la contestación a cargo de D. Gregorio Salvador.




De paso hasta podéis instalar el diccionario de la Real Academia en vuestra barra de herramientas y haceros con una edición de ortografía de la lengua española, entre otras cosas (éste en pdf). La página de la Real Academia Española no tiene desperdicio.
–¡España!... ¡Cierra España! –gritaron algunos, yéndole detrás.
–¡Ni España ni leches! –masculló Garrote, levantándose renqueante con la espada en la mano sana–... ¡Mis cojones!... ¡Cierran mis cojones!
(El Sol de Breda)

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Kaken
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Mensaje por Kaken » Lun Jun 06, 2005 12:28 am

Gracias mil, elisheva,Breda, tomo nota de todo :-)

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loukubes
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Mensaje por loukubes » Lun Jun 06, 2005 12:09 pm

Gracias Breda!!!!!!!!!!!,tomo nota....por cierto se te echa de menos,anda no te hagas de rogar. :wink:
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Guaja
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Mensaje por Guaja » Jue Feb 01, 2007 10:59 am

Gracias chicas. :wink:
<div>Somos lo que hacemos para cambiar lo que somos.</div>

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juanrahig
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Mensaje por juanrahig » Jue Mar 22, 2007 3:49 pm

esto no lo había leido.

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Lenka
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Mensaje por Lenka » Jue Mar 22, 2007 4:37 pm

Muchas gracias!!! Breda, chica, que no se te ve el pelo!!!
Me alegro de no haberte matado todavía...

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Rogorn
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Mensaje por Rogorn » Jue Mar 22, 2007 4:38 pm

Total, esto sólo lleva dos años casi ahí.

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Mensaje por Lenka » Jue Mar 22, 2007 4:42 pm

A ti nunca te han dicho que nunca es tarde si la dicha es buena?? Eh? Eh?? Se le dan las gracias a la pobre chica y punto!!! Hombre ya!!!! :evil:
Me alegro de no haberte matado todavía...

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Mensaje por Rogorn » Jue Mar 22, 2007 4:43 pm

Gracias pues.

Es jodidillo lo de los dos minutos, ¿eh?

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Mensaje por Lenka » Jue Mar 22, 2007 4:45 pm

Sobre todo si no te estás quieto un momentooooooooooo!!!!!! :evil:
Me alegro de no haberte matado todavía...

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Mensaje por Rogorn » Jue Mar 22, 2007 4:47 pm

¿Qué haré, la dejaré, no la dejaré? Imagen

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Mensaje por Lenka » Jue Mar 22, 2007 4:49 pm

Sabes que si me dejas te lo agradeceré, no???? :twisted:
Me alegro de no haberte matado todavía...

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Mensaje por Lenka » Jue Mar 22, 2007 4:57 pm

Te debo una!!! :wink:
Me alegro de no haberte matado todavía...

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Mensaje por Rogorn » Jue Mar 22, 2007 5:00 pm

Umm, yummy
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Mensaje por Lenka » Jue Mar 22, 2007 5:01 pm

Y tiene que ser esooooooooooo?????

JAAAAAAJAJAJAJAJAJAAAAAA!!!
Me alegro de no haberte matado todavía...

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Mensaje por elisheva » Jue Mar 22, 2007 7:52 pm

También lo tenemos aquí desde hace bastante.
...En tierra, en humo, en polvo, en sombra, en nada...

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Mensaje por Redsonja » Jue Abr 12, 2007 1:47 pm

Rogorn escribió:Umm, yummy
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:lol: :lol: :lol: :lol: :lol:

moolaaaaa!!!
yo pongo una espada y una mirada.. y vosotros ponéis el resto...

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Riqy
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Mensaje por Riqy » Mar Nov 10, 2009 2:48 pm

Por si a alguien le sirve de ayuda para entender el mensaje del Maestro:

(Yo lo uso desde los tiempos en que escribí el juego de rol):

Diccionario de Habla de Germanía:

Abad: Raso.
Abanico: Ventayo.
Abogado: Brequensor, Buscarruidos, Santo.
Acariciar: Tornear.
Acompañar: Cercar.
Acechar: Avizorar.
Adiós: Vale.
Afeitar: Talar.
Afeminado: Ahembrado, Almidonado, Barbolo, Lindo, Marigalleta, Pandero.
Afrenta: Contumelia.
Agarrar: Acerrar.
Agua: Clariosa.
Agujero: Cala, Guzpatero.
Ahorcar: Desjarretar el tragar, Empicotar, Escurrir, Esterar el tragar, Pernear, Poner al sol, Santiguar el pueblo con los talones.
Alboroto: Trisca.
Alcahueta: Aguzadera, Bizmaca, Candelera, Cobertera, Cubijadera, Engarzadora, Madre, Rufiana, Tratante de gustos, Trotaconventos.
Alemán: Flinfón, Tudesco.
Alforja: Ballena, Ballesta, Giba.
Alguacil: Abrazador, Apuntador, Barrachel, Bellerife, Envarado, Guro, Oficial de la palma, Posta, Sastre, Sobresalto, Terror, Vara inhiesta, Zafo.
Alguacil Sobornado: Alguacil de manga.
Alto: Arbolado.
Alumbrar: Clarear.
Amenazar: Echar las cabras, Decir fieros, Echar ronca.
Amistad: Liga.
Amor: Dios Machín, Ojal.
Amuleto: Nómina.
Andar: Calar, Calcar.
Anillo: Amigo, Dedil, Torzuelo.
Apalear: Menear el bálago.
Apresar: Trinchar.
Apuñalar: Barahustar, Coser, Puntear, Soterrar.
Arañar: Arpar.
Arca: María.
Armarse: Artillarse, Cargarse de yerro.
Arruga: Alforja.
Asaduras: Coradas.
Asno: Cuatro de menor, Rozno.
Astrólogo: Estrellero, Judiciario de las causas.
Astuto: Conchudo, Marrajo, Pardal.
Atacar: Entrar a por uvas, Tarascar.
Atrevido: Sobrado.
Avaro: Apretado.
Azotar: Envesar, Frisar, Mosquear, Palmear, Pencar, Sellar, Varear.
Azotes: Aderezos, Caireles, Colorados, Dátiles, Disciplinas, Escogidos, Frisos, Jubón, Ojetes, Sayos, Tocinos.
Banda de Delincuentes: Cofradía, Monipondio.
Bandera: Sábana pintada.
Bandolero: Ermitaño de camino, Pedigüeño en caminos.
Banquete: Gaudeamus, Tajada.
Baraja de Cartas: Bueyes, Cartispitis, Catecismo, Descuadernada, Espillantes, Gaita, Huebra, Libro de cuarenta y ocho, Libro de Juan Bolay, Lucas, Pierres Papín.
Baraja de Cartas Trucada: Hechizos.
Barba: Bosque, Zalea.
Barco: Burra de palo.
Barriga: Arca del pan, Barrio de los cuajares, Garipas, Grosura, Mondongo.
Barrios Bajos: Barrio de la Heria, Carda, Germanía, Jacarandina, Tramontanas.
Batalla: Santiago.
Beata: Roesantos.
Beber: Azumbrar, Besar el jarro, Chiflar, Echar una gotera, Jarrear, Piar, Rezar laudes.
Bellaco: Coral, Maco.
Besar: Hocicar.
Beso: Buz (el que se da en las manos).
Bigote: Criminal.
Blanca (Moneda): Blanquilla.
Blasfemar: Bramonar, Cristear, Desgarrar de la oseta, Jurar a los doctrinales.
Boca: Cámara de popa, Garlona, Poste.
Boda: Melonada.
Bodegón: Casa de gula, Estado, Figón, Pensamiento, Recambio, Registro, Tabanco, Tabernáculo de la gula.
Bodegonero: Figonero, Tabanquero.
Bolsa de Dinero: Cica, Cigarra, Esquero, Gato, Mochila, Pella, Sica, Zaina.
Borceguí: Estival.
Borrachera: Lobo, Zorra.
Borracho: Azumbrado, Brindado, Calamocano, Cuco, Jarro, Mono, Moscovita, Pellejo, Saludador, Uva, Zaque.
Bota de Vino: Bufia, Pipa.
Botas: Ilustres, Tobas.
Botella de Vino: Limeta.
Brazo: Alón.
Bribón: Cofrade.
Broquel: Barcelonés faldudo, Campanudo, Concha.
Bufón: Entretenido, Trástulo.
Buhonero: Gorgotero.
Burla: Almagre, Brega, Criada, Mamona, Tiro.
Burlarse: Jugar de abejón.
Buscar: Farabustear.
Caballo: Almifor, Cuatro, Dromedario, Postillón.
Cabellos: Aires, Borra, Columpio de las liendres, Hebras.
Cabeza: Campanario, Capitel, Casco, Chola, Coca, Modorra.
Cadáver: Depósito, Vasido.
Cadena: Cereceda, Madrastra, Tiradera.
Caer: Bolear.
Cagar: Ciscar, Corruscar.
Caída: Barquinazo.
Calabozo: Horado, Tristura.
Calvicie: Lupicia.
Calle: Carrera, Estrada.
Calvo: Calavera.
Calzas: Follosas, Leonas, Taleguilla.
Calzones: Alares.
Cama: Blanda, Ovil, Piltra, Sufrida.
Caminar: Martillar.
Camino: Calca, Cárcamo, Cruz, Martillado, Polvorosa, Tira.
Camisa: Alcándora, Blancante, Carona, Certa, Lima, Prima.
Campana: Espanta-albures.
Campo: Verdón.
Capa: Abuela, Nube, Pelosa, Piso, Red, Rodrigo.
Capitán: Maese.
Cara: Coram vobis, Facha, Frontispicio, Mundo, Retablo.
Cárcel: Angustia, Bolsón de la horca, Casa de poco pan, Cesto de culpas, Estaribel, Piscina, Temor, Tranco.
Carcelero: Banquero.
Carnicero: Criojero.
Carrera: Estivón.
Carreta: Galea.
Carruaje: Barroche.
Carta: Palmenta.
Casa: Castillo, Caverna, Nido.
Casa de Juego: Casa de Conversación, Casa de Ginebra, Casa de Tablaje, Coima, Garito, Hospital, Leonera, Mandracho, Tahurería.
Casa de Ladrones: Aduana, Atarazana.
Casco: Gavia.
Cementerio: Cotonia.
Cepillo de Iglesia: Juan.
Cerdo: Gruñente, Jareto.
Cerradura: Cerralla, Juan Díaz.
Cerrojo: Cerro, Pedro.
Charlatán: Echacuervo.
Chapines: Corchos.
Chismoso: Correo, Gismero.
Chiste: Verso.
Chulo (Proxeneta): Cairo, Engibacaire, Gancho, Gazmio, Mancebito, Pagote, Rufián.
Cicatriz: Alforza, Zanja.
Cicatriz en la cara: Beneficio, Calvario, Dios os salve, Per signum crucis.
Ciego: Anublado, Nodo.
Cielo: Alto, Máquina astrologal.
Cinto: Tachonado.
Cintura: Cinta.
Ciudad: Ancha, Taragozajida.
Clérigo: Alfaquín, Dómine, Farfaro, Gurullape, Sacrismocho.
Cliente: Correspondiente.
Cobarde: Aguado, Calandria, Calcirroto, Gomarra, Mandilón, Menguado.
Cobre: Mina ludia.
Cocinero: Botillero.
Cojo: Gambo.
Colmillo: Presa.
Comer: Atarazar, Cortar la cólera, Desvedar la bellota, Embuciar, Esguazar, Gandir, Jugar de colmillo, Muquir, Rozar.
Comida: Bocudo, Bucólica, Cibo, Mufla, Muquición, Pasto, Rozo.
Cómplice: Alquivio, Pala.
Confesar bajo tortura: Berrear, Cantar, Desbrochar, Gargantear.
Confusión: Babilonia.
Copular: Ahoyar, Batir el cobre, Calzar, Colar el embudo, Correr una lanza, Culear, Dar a la bomba, Encañutar, Hacer agujero, Hilar, Jugar al choclón, Machacar, Tomar.
Corazón: Garlochín.
Corchete: Alacrán, Alfiler, Belleguín, Borce, Corchapín, Galafate, Garfio, Harpía, Motil, Porquerón, Sabueso, Soldado de la muerte, Ventor, Zarza.
Corchetería (Tropa de Corchetes): Gurullada.
Cornudo: Barbado, Buey, Cabestro, Cabrón, Cartujo, Cortés, Estadista, Manso, Maridillo, Paciente, Siervo.
Corregidor: Imagen, Mayoral.
Correr: Calcorrear.
Criado: Estribo, Fantesco, Gandalín, Platero, Sacoime.
Criado de Cocina: Marmitón, Sollastre.
Criado de Ladrón: Alatés, Azorero, Cestamandil.
Criado de Iglesia: Cachopo.
Criado de Prostituta: Burdelero, Mandil, Trainel, Urgamendal.
Cristo: Reverberado.
Cruel: Sayón.
Cubrir: Anublar.
Cuchilla de Matarife: Jifero.
Cuchillada: Bergantín, Cruz, Honda, Renglón, Trasquilón.
Cuchillo: Baldeo, Barahustador, Cerda, Desmallador, Enano, Filoso, Flamenco, Secreto, Tajamar.
Cuerpo Humano: Árbol, Bajel, Gargamillón, Nave.
Culata de Arma: Mocho.
Culo: Ancas, Buz, Cerradero, Conjunción, Envés de la barriga, Napas, Ojo, Salvonor, Trancahílo.
Culto: Ladino.
Curiosear: Mosquetear.
Dados: Albaneses, Brechas, Cuadros, Gañices, Hormigas, Huesos de muerto, Juanes, Pestes, Tarafes.
Dados Cargados: Fustas.
Daga: Brillante, Estaca.
Daga Rompepuntas: Ganchosa.
Dar: Lomar.
Dedos: Mandamientos.
Degollar: Abrir el gaznático.
Delatar: Bramar, Buhar, Dar el cañuto, Pasar la palabra, Soplar.
Delgado: Amolado, Magrujo.
Demonio: Dianche, Malo.
Descubrir: Descornar.
Desenvainar: Aflojar, Arrancar, Desabrigar, Meter mano.
Desertor: Tornillo.
Desgraciado: Tumbaollas.
Desnudar: Desmotar, Desollar.
Desnudo: Corito, En cordobán, En pelete, In puribus.
Destierro: Mando, Romería.
Destrozo: Riza.
Desván: Sotambano.
Detenido: Apiolado.
Día: Clarea.
Dientes: Clamos, Lumaderos.
Dinero: Amigos, Charneles, China, Cumquibus, Guelte, Moa, Montante, Morusa, Nipos, Numo, Piojo, Resuello, Sangre, Sustancia.
Dios: Alto coime, Coime de las clareas, Dux.
Disimular: Cantar la sorna.
Disparar: Afeitar.
Disparate: Bernaldina, Borrachera.
Dolor: Tripas.
Dormir: Sornar.
Ducado (Moneda): Amarillo, Grano, Juan Dorado.
Dueña: Corralario.
Embarazo: Balsa.
Emborracharse: Cargar delantero, Envinar, Jugar copas.
Emboscada: Zalagarda.
Embustero: Pendolista, Tragamallas.
Enamorado: Feligrés, Penante.
Encarcelar: Embolsar.
Enfadarse: Amohinarse, Amostazarse, Atufarse, Cagar el bazo.
Enfermedad: Clamo.
Engañar: Calvar, Echar mucho clavo, Encajar, Maullar, Sacaliñar.
Engaño: Alicantina, Embeleco, Garatusa, Maula.
Enseñar: Bedar.
Entender: Entrujar.
Enterrar: Glosar un cementerio, Muquir la tierra, Perseguir hasta la mata, Plantar.
Entrañas: Precordias.
Escapar: Casar.
Esconder: Sepultar.
Esgrimir: Cintarear, Jugar la negra, Mover la hoja.
Espada Corta: Terciado.
Espalda: Corcova, Entrecuesta, Papel blanco, Tolba.
Espía: Escolta.
Espiar: Andar haciendo la acechona, Ir en columbrón.
Espinazo: Cierro.
Esposa: Coyunda.
Espuelas: Ferronas.
Esqueleto: Notomía.
Esquina: Cantillo.
Establo: Estala.
Estafador: Birlador, Cordobés.
Estocada: Corva, Embocada, Hurgón, Mojada, Salto.
Estómago: Cuero, Olla.
Espuela: Aguijón.
Extranjero: Bretón.
Falso: Rubio.
Fanfarrón: Baladrón, Bravote, Matasiete, Rodamonte, Tragaollas.
Fanfarronear: Blasonar del arnés, Campanear, Cantar de la cherinola, Echar de vicio, Triscar.
Felación: Bebedardo, Tragacaramillo.
Feo: Carantamaula, Carantoña, Tocho.
Feria: Bola.
Flecha: Cometa.
Fingir: Doblar.
Francés: Franchote, Gabacho.
Freno del Caballo: Gobierno.
Frío: Gris.
Fuego: Brasas.
Galeote: Apaleador de sardinas, Caimán, Cochero naval, Escribano, Forzado, Letrado de sardinas, Organista de palos.
Galeras: Escribanía, Galilea, Gurapas, Pesca de los atunes, Reino de las ansias, Rincón, Yeguas de Neptuno.
Ganapán: Mercader de la costilla.
Ganar en el Juego: Andar en vuelta, Cañonear monago.
Ganzúa: Calabaza, Clauca, Llave universal, Pescada, Varal.
Garganta: Calle, Canal, Cerro, Garguero, Gola, Gorja, Moflidera, Pasapán, Tragapán.
Garrote: Fustanque.
Golpear: Menear el cofre, Santiguar, Sobar, Solfear.
Gonorrea: Achaque de los hombres.
Gordo: Bada, Cangilón, Carillena, Diego Mazorca.
Gorrón: Caballero de la Tuna, Esponja, Pegote, Sabañón de mesa ajena.
Gota (Enfermedad): Mal de los ricos.
Grilletes: Antojos, Botinicos vizcaínos, Cascabeles.
Gritar: Alzar el garlo, Bufetar, Encender el bramo.
Griterío: Herrería, Lelilíes, Trulla.
Grito: Bramo, Bufo.
Guante: Lúa.
Guía: Lengua.
Hablar: Chirlar, Garlar.
Hambre: Agonía, Boque, Gazuza.
Harapos: Argamandeles.
Herir: Espichar, Signar.
Herida: Chirlo, Giro, Jeme, Mojada, Portillo.
Herreruelo: Bonito, Herrero.
Hipócrita: Colotorto, Santochada.
Holgazán: Albardán, Cascavanco, Don Sangual, Guillote, Poltronazo, Rompepoyos.
Hombre: Brone, Lombre.
Hombro: Chueca.
Homosexual: Bardaje, Bujarrón, Comadrero, Horadado, Marión, Ninfo, Puto, Somético, Traidor de zaragüelles.
Horca: Balanza, Bendición con los talones, Borne, Cabo de palos, Columpio de valientes, Enfermedad de Cordel, Estiracuellos, Paletoque, Viuda.
Hospital: Coto, Espino.
Hostia: Consagrada.
Huir: Afufar, Alargar, Aventarse, Batir talones, Enseñar la herradura, Irse al ángel, Peñarse, Ponerse en calca, Quiñar, Redoblar, Tomar calzas de Villadiego, Trasponer.
Idiota: Majagranzas.
Iglesia: Antana, Estrella, Salud.
Ignorante: Intoso, Mostrenco.
Incauto: Besugo, Blanco, Bueno, Palomo.
Inexperto: Bisoño, Chapetón.
Infierno: Huerco.
Insultar: Decir los nombres de las Pascuas, Jabonar.
Insulto: Mote.
Jarra de Vino: Barrosa, Esquilón, Hoja de vidrio, Pichel.
Joven: Babosillo, Barbiponiente.
Jubón: Apretado, Cota, Justo, Primo.
Judío: Enjuino.
Juego de Cartas: Carro.
Juego de Manos: Tropelía.
Juez: Avisado, Baldo, Equinoctial, Noli me tangere, Señor de la Garnacha, Zapatero de culpas.
Jugar: Espillar, Ficar.
Jurar: Fiar sobre un tazón, Revodar.
Lacayo: Gallego.
Ladrón: Agarrante, Araña, Bailador, Birlo, Brasero, Calcatifero, Descuidero, Discreto, Gaitero, Garduño, Gavilán, Lechuza, Mayordomo, Murcio, Palanquín, Sacre, Volador.
Ladrón de Bolsas: Aliviador de sobaco, Cicatero, Cigarrero, Masicoral, Sicatero.
Ladrón de Capas: Capeador, Rapa nubes.
Ladrón de Casas: Comadreja, Escalador, Grumete.
Ladrón de Iglesias: Devoto, Juanero.
Ladrón de Ganado: Almiforero, Cuatrero.
Lágrima: Nilo, Perla, Zupia.
Lanza: Astil, Bohordo.
Lasciva: Verrionda.
Látigo: Baqueta, Cardo, Corbacho, Palma, Penca, Pincel de baqueta, Ristra.
Leche: Lebeni.
Lengua: Desosada, Maldita, Sierpe.
Libertad: Calle.
Lima: Culebra.
Lisiar: Mancar.
Llaga: Fuente.
Llave: Aella.
Llorar: Plaguear.
Loco: Cascafreno, Convaleciente, Estravo.
Luchar: Amartar, Brigar, Contar los botones, Envedijar.
Madrugada: Niebla.
Maestro de esgrima: Travo.
Malicioso: Turno.
Maltratar: Guindar.
Malvado: Fierabrás.
Manco: Gafo.
Mandíbula: Quijar.
Mano: Ancla, Cerra, Cinco, Garra, Labradora.
Manta: Tamba.
Manto: Cernícalo, Ligero.
Mar: Charco de los atunes.
Marimacho: Virago.
Masturbarse: Hacer la puñeta.
Matar: Casar (o cenar) con Jesucristo, Cazurrar, Dar modorra, Dar tierra, Dejar a las buenas noches, Despabilar, Despachar por la posta, Hacer cecina, Vendimiar.
Matón: Bernardo, Bravo, Cid, Comesiete, Crudo, Desuellacaras, Escarramán, Hijo de vecino, Hurgonero, Jaque, Lindo, Macareno, Oficial de la muerte, Punteador, Rajabroqueles, Rufo, Valentón, Zaque.
Medias: Cañas, Cáscaras.
Medicina: Farmacopol.
Médico: Algebrista, Gastapotras.
Mejilla: Juanete.
Mendigar: Andar a la brivia, Apolillar, Bribar, Picardear.
Mendigo: Agosto, Borgoñón, Caballero del Milagro, Capacha, Clamista, Demandante, Estantigua, Gallofero, Pobre del Ave María, Sopón, Zampalimosnas.
Mensajero: Faraute, Palmentero.
Menstruación: Achaque, Camisa, Defeto ordinario.
Mentir: Levantar caramillos, Mentir por la gola.
Mentira: Verlandina.
Mentiroso: Baratón.
Mesa: Tabla.
Mesón: Escalón, Sospecha, Tajón.
Mesonero: Architeclino, Comporte, Huesped, Talonero.
Mirar: Columbrar, Desmicar.
Miserable: Teniente.
Mochila: Burjuleta, Peltraba.
Morir: Escurrir la bola, Estar con el candilón, Estirar las corvas, Tañer campana, Trasponer, Vasir.
Muchacha: Chula, Garda.
Muchedumbre: Maraña, Runfla.
Muerte: Chata, Cierta, Descarnada, Güesa.
Mujer: Gente de corcho, Luda.
Mula: Almifora, Machuela.
Mulato: Azambuja.
Murmurar: Descoser la talega, Roer los zancajos.
Nariz: Asiento, Calle del tacaco, Chimenea, Pija, Sonaderas.
Negro (Color): Loro, Morcillo.
Negro (Hombre): Juan Blanco, Quemado.
No: Nexo, Ni, Nones, One.
Noche: Capa, Nis, Sorna.
Noticia: Fresca.
Novio: Velado.
Obispo: Obispeso.
Ocultar: Toldar.
Ojo: Arcaduz, Candil, Cliso, Linterna, Visante.
Olla: Ordinaria, Picoa, Piñata.
Oreja: Aldaba, Asa, Campana, Escarpia, Mirla.
Orgasmo: Llegar a Francia, Pasamiento.
Orinal: Mortero puerco, Potro.
Orinar: Jar.
Oro: Cachucho, Mina mayor.
Oscuridad: Escurana.
Pagaré: Hoyo.
Pan: Artife, Hartón.
Pañuelo: Fazo, Mocante.
Pared: Plomada.
Partida de Cartas: Mano.
Pasear: Dar un cerco, Ruar.
Paseo: Tur.
Patada: Cabriola, Puntillazo.
Pecho: Chepo.
Pechos: Pulpones.
Pedir Auxilio: Aclamar, Cantar triunfo de espadas.
Pedrada: Turronada.
Pelea: Escarapela, Rifa, Ruido.
Peligro: Rumbo.
Peluca: Ladera.
Pene: Aparejo, Badajo, Bastón, Bombarda, Botijón, Cañuto, Carajo, Caramillo, Címbalo, Cirio, Garrocha, Hisopo, Lanza, Mano de mortero, Non del empreñar, Padre, Rabo, Vellota.
Perder en el Juego: Alijar la nao, Callar como en misa, Hacer agua el navío.
Pérdida: Trasquilimocho.
Perseguir: Guindrar.
Persuadir: Cantar la soya.
Peste (Enfermedad): Catarro.
Pícaro: Belitre, Caballero de la Tuna, Cañón, Juan Francés, Patife.
Picota: Rollo.
Pie: Chanco, Pinrel, Pisante.
Piedra: Arista, Turrón.
Pierna: Calcurria, Carranca, Gamba, Greva, Pirámide.
Piojo: Gao, Guilfe, Juan de Garona, Picón.
Pistola: Boca de fuego, Turquía.
Pistolete: Milanés.
Plata: Mina menor.
Pleito: Sanguijuela.
Pobre: Agosto.
Pregonero: Bramador, Calandría.
Preso: Abrazado, Apiolado, Buhado, Enrejado, Treno.
Preso Ajusticiado: Bochado.
Préstamo: Prestido.
Presumido: Avechucho, Baranda, Cazahampo, Pisaverde.
Presumir: Entonarse.
Prometer: Echar una ese y un clavo.
Propina: Bragas.
Prostíbulo: Berreadero, Compás, Dehesa, Gualtería, Laguna, Mancebía, Manfla, Mesón de la ofensa, Tienda.
Prostituta: Arrepentida, Badana, Berrionda, Buharras, Bullidora del deleite, Buscarroldanes, Cantoras de cadira, Cisne, Dama de medio manto, Daifa, Gabasa, Gualdrapa, Marcada, Marquesa, Puta, Ramera, Solapada, Trotona.
Prostituta Callejera: Andorra, Buscona, Cotorrera, Descosida, Gusarapa, Piltrafa, Saltabardales, Tapada, Zurrapa.
Prostituta Cara: Goda, Marca de cuenta, Mujer de encarama, Puta de empanada, Trucha.
Prostituta Vieja: Cimitarra, Lechuza de medio ojo, Mujer pasante, Pandorga, Putañona, Sellenca.
Proteger: Hacer espaldas.
Pueblo: Garo, Mato.
Puerta: Golpe.
Pulmonía: Mal de ijada.
Puñal: Agujón, Calete, Corte, Desmallador, Navajón.
Puñetazo: Tabalada.
Puño: Pasamano.
Putero: Bordión.
Queso: Formage.
Real (Moneda): Carlín, Coba, Contento, Juan Platero, Rucio.
Recompensa: Pecunia.
Refugiarse a sagrado: Arrimarse a Cristo, Llamarse antana.
Reloj: Demonstrador.
Remar: Escribir en el agua.
Remiendo: Capillada.
Remo: Péndola, Pino, Pluma.
Rendirse: Hacer ceribones.
Reñir: Berrear.
Rico: Florido, Godo.
Riña: Baraja, Pelaza, Quimera, Revuelta, Zacapela.
Risa: Riso.
Robar: Afanar, Aliviar, Arañar, Bailar, Calcorrear, Desgafar, Engarrafar, Fatigar, Gafar, Garramar, Mariscar, Perchar, Pescar, Rascar, Saldudar, Tentar, Tirar de puño, Volatear.
Robar Bolsillos: Calar, Cortar, Meter el dos de bastos.
Ronda (la): Duende, Gura, Zarza.
Ropa: Jaez.
Ropera (espada): Abanico, Barrabasa, Centella, Conclusión, Doncella (si nunca se desenfunda), Durindana, Filosa, Fisberta, Herrada, Hoja valenciana, Hojarasca, Joanes me fecit, Joyosa, Lengua de acero, Matapecados, Respeto, Sacabucha, Siete palmos, Temeraria, Toledana
Ruín: Tomín.
Sábana: Paloma.
Salario: Gaje.
Salto: Boleo.
Sangrar: Batir catarata.
Sangre: Colorada, Pebre, Sanguina.
Seda: Alcatife, Babosa.
Seducir: Armar.
Sentencia: Consolatoria.
Sentencia de muerte: Tristeza.
Señor: Seor, Sor.
Sepulturero: Plantador.
Sí: Iso.
Sien: Sierra.
Sífilis: Bubas, Carreta, Catalinas, Chichones, Domapotros, Grillimón, Lazarino, Mal francés, Romadizo, Sarampión indiano.
Silencio: Soniche.
Silla: Cadira, Sillene.
Silla de Caballo: Estanque.
Sobaco: Islilla.
Sobornar: Amansar, Ganar el diezmo, Negociar, Untar cerra.
Sol: Juan Claro.
Soldado: Belerbey, Golondrino, Levante, Zorizo.
Sombrero: Capelo, Chapeo, Fieltro, Gavión, Poniente, Quita y pon, Tejado.
Soplón: Bostezo, Bramador, Canario, Cañuto, Céfiro, Fuelle, Judas, Malsín, Papagayo, Silbato, Viento.
Sospecha: Espina.
Sospechar: Escarbar.
Sospechoso: Abisado.
Sotana: Loba.
Sucio: Almidonado, Cairelado, Cazcarioso, Macarrón, Pancho.
Taberna: Bayuca, Casa de gula, Contaduría, Ermita, Moscovia, Perdón, Tablado, Vayunca.
Tabernero: Artante, Bufiador, Contador, Ermitaño, Perdonero.
Tacaño: Espilocho, Guardón, Midas.
Tafetán: Liso.
Tahúr: Cien sayos, Diestro, Griego, Juan Valenciano, Maestro Mayor, Negro, Pandillador, Taquín, Templón.
Tajo: Resbalón.
Tambor: Atabal.
Tantear: Ondear.
Tapiz: Carpeta.
Temblar: Tremolar.
Tenazas: Dentones.
Terciopelo: Vellido.
Tijeras: Hermanas, Mordientes.
Tinaja: Nassa.
Tocino: Murceo.
Tonto: Bambarria, Cariharto, Mamacallos, Soca.
Tortura: Ansia, Jarope, Presa, Torneo.
Torturar: Apretar la cuerda, Engarruchar, Peligrar.
Trabuco: Pedreñal.
Trago: Colana, Taco.
Traición: Casquetada, Revesa.
Traidor: Dupla, Magancese, Marfuz, Zaino.
Trampa en el Juego: Flor, Fullería, Herida mortal, Ida.
Trato: Feria.
Treta: Agachada, Leva.
Triste: Maganto.
Tristeza: Noche.
Tuerto: Ojinón.
Tumba: Comba.
Usurero: Logrero.
Vaina: Aljaba, Fodro.
Valiente: Arroldanado, Guzmán, Paisano, Roldán.
Valor: Aliento, Cuajo, Hígados.
Vendedor Ambulante: Merchante, Montambanco.
Venta (Posada): Confusión, Percha, Puerto, Tirana.
Ventana: Luminaria, Ventosa.
Verdugo: Boche, Boya, Confesor de historias, Cuño de penas, Falso, Gurrea, Jinete de Gaznates, Jubetero, Mal vecino, Oficial de la palma, Rompenueces, Trinchante de gargueros.
Vergüenza: Paseo.
Vestido: Adorno, Jaez.
Vientre: Fondo, Jergón, Pancho.
Vino: Azumbre, Calepino de tragos, Cáramo, Pío, Pólvora, Tiple, Turco.
Violar: Afrentar.
Vomitar: Revesar, Trocar.
Vómito: Basca.
Vulva: Alquitara, Arca, Babil, Buzón, Candil, Crica, Fruta, Haba, Hendedura, Lana, Majuelo, Papo, Serralla.
Zapato: Calco, Duro, Estivo, Pisante, Ramplón, Suela.
Zaragüelles: Alares.

“Duecientas mojadas vamos a tarascarles a estos señores en los cuajares, camaradas. Que aquí, el que no se va en uvas se va en agraz”
Arturo Pérez-Reverte: Limpieza de Sangre
Ricard
Los viejos roleros... nunca mueren

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