12.06.2003 - El habla de un bravo del siglo XVII

Los artículos de la columna de Pérez-Reverte en ‘El semanal’ y otros escritos suyos

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nexus6
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Mensaje por nexus6 » Mar Nov 10, 2009 7:39 pm

Muchísimas gracias Riqy. :wink:
Yo he visto cosas que vosotros no creeríais. Atacar naves en llamas más allá de Orión. He visto Rayos-C brillar en la oscuridad cerca de la Puerta de Tannhäuser. Todos esos momentos se perderán en el tiempo como lágrimas en la lluvia.Es hora de morir

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vetinari
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Mensaje por vetinari » Mié Nov 11, 2009 10:05 am

Riqy, eres grande. Gracias
"...Efialtes aparecerá finalmente,
y pasarán los persas" Cavafis
"No hay quien pueda comprar el ser marino cuando estás en el mar." APR
"Freedom is just another word for nothing left to loose" Janis Joplin

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remolina
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Mensaje por remolina » Mié Nov 11, 2009 10:58 am

¡Muchísimas gracias Riqy, está genial! :wink:
"Aprecio a esos cabrones" APR

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Siana
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Mensaje por Siana » Mié Nov 11, 2009 11:09 am

Genial! muchas gracias, Riqy :wink:

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Trinidad
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Mensaje por Trinidad » Mié Nov 11, 2009 11:57 am

¡Mil milones de gracias Riqy! :D

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nickname
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Mensaje por nickname » Vie Nov 13, 2009 12:21 pm

Hola

Por si le interesa a alguien, en emule está el vídeo completo del discurso de ingreso en la RAE: A. PEREZ-REVERTE (Discurso de ingreso en la RAE. 2003).

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koora_linax
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Mensaje por koora_linax » Vie Nov 13, 2009 3:49 pm

Gracias Riqy y Nickname :wink:
"Al final lo que está en juego es como vivir con el desorden". Arturo P-R

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Sol_Invictvs
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Mensaje por Sol_Invictvs » Mar Nov 08, 2011 9:48 pm

Muchas gracias Rigy me lo guardo

Bueno y también aporto esto que encontré el otro día, para quien guste de insultar con clase no como se hace hoy día.

El gran libro de los insultos
por Pancracio Celdrán Gomariz
La Esfera de los Libros


12345 Resultados:ononononon | Publicado el 29/05/2008

Bellaco. Pícaro y marrullero, astuto y sagaz; también se predica de quien es desagradecido y traidor, persona que todo lo pone al servicio de su interés por afán de medrar.

Cervantes utiliza así el vocablo a principios del siglo XVII: ¡Oh hi de puta bellaco, y cómo sóis desagradecido, que os véis levantado del polvo de la tierra a ser señor de título, y correspondéis a tan buena obra con decir mal de quien os la hizo! Aunque de origen incierto, podría haber derivado por metátesis del catalán antiguo bacallar: hombre de mala vida, a su vez del celta ¿bacalacos? = palurdo.

En castellano lo utiliza el Arcipreste de Hita en su Libro de Buen Amor en el primer tercio del XIV:

Preguntaron al bellaco quál fuera el su antojo;
diz:'Díxom que con su dedo que m' quebrantaría el ojo;
d'esto ove grande pesar, e tomé grande enojo,
e respondíle con saña, con ira e con cardojo.

Etimología pintoresca da Covarrubias en su Tesoro (1611), derivando el término de la voz hebrea beliahal, de donde se diría beliaco, y luego vellaco o bellaco. De hecho la voz hebrea significa 'cosa inútil y sin valor', siendo asimismo antonomasia del rey del infierno adorado en Sodoma como dios de los degenerados: Belial, enemigo de Dios. Como el diablo, también el bellaco es desagradecido y traidor.

En el Deleitoso (1567) de Lope de Rueda, el ladrón Samadel dice a Cebadón: 'Tomá, bobo, y decilde a vuestro amo que digo yo que es un grandísimo bellaco'.

Coetáneamente, Sebastián de Horozco escribe en su Representación de la parábola de San Mateo:

Dí, vellaco, ¿no comieste
al yantar / hasta querer rebentar?

Y en parecido contexto negativo empleaba unas décadas antes el término el autor de Flores y Blancaflor: '¡Bellaca, sucia! ¿Quiéresme dar enojo? ¿Quieres renovar mis males?'. El término se ha utilizado siempre con el mismo valor semántico insultante, mucho más grave si va dirigido a persona de calidad y respeto, y no entre rufianes o criados. Por lo general acompaña como refuerzo mutuo al término hideputa. Agustín de Rojas escribe en su Viaje entretenido (1603):

¡Hideputa bellacona!
¡Cómo tendrá buen jarrete,
y sabría amartelar
a los hombres con desdenes!

En cuanto a la etimología, lo expuesto por Covarrubias es descabellado. No lo es tanto la ofrecida por los diccionarios enciclopédicos antiguos: el latín bellax: pendenciero; o pellas: pérfido, embaucador falaz. A quien es rústico, zafio y simplón llaman también
bacallar, término valenciano que emplea el primer cronista de esa ciudad Pedro Antonio Beuter (1538).


Berzotas. Sujeto alocado, escandaloso y poco serio; chisgarabís y bocazas con ribetes de chulo; berzas. Es uso figurado de la acepción principal del término: col grande, del latín viridia = verdura; término en uso desde el siglo XII. Como sinónimo de ignorante o necio pudo haberse dicho del refrán del siglo XVI: 'Vos a las berzas, y yo a la carne', porque el berzas consiente en tomar la peor parte y deja a otro la mejor, por lo que se dijo hacer el berzas a consentir el hombre en el adulterio de la mujer, siendo así voz intercambiable con cabrón. A connotar de ofensivo el término debió contribuir también la fama de gente ruin y zafia que tuvieron las berceras, mujeronas del pueblo bajo que competían de forma airada en los puestos, y se ponían de chupa de dómine en los cajones de los mercados. Es variante masculina de la verdulera, y forma parte de frases en las que el individuo aludido peca de tonto:'mezclar berzas con capachos'o traer a cuento cosas inconexas haciéndose un lío y formando el batiburrillo.' Cuando no es por berzas, es por hilo negro', dice el refranero dando a entender la insistencia machacona del tonto que pregunta cosas fuera de lugar. Con el valor semántico de bobo, sujeto crédulo y simplón, se empleó el término en el XVIII relacionado con la expresión rural 'estar en berza', con que se alude a los sembrados tiernos o en cierne, y en sentido figurado se dijo que está en berza el individuo que requiere experiencia. Asimismo se dice del novato, de quien está berza. Los madrileños zaherían a Murat, representante de Napoleón en Madrid cuando la francesada, dándole el nombre de el Berzas, corrupción del título de este personaje: Gran Duque de Berg. Referido a quien carece de habilidad en su oficio,o está empezando, se dijo antaño: está picando la berza. Hay quien nos sugiere que de barzonear, berzonear = rehuir el trabajo, gandulear, derivó berzotas, pero en nuestra opinión el término tiene que ver con el cruce de berza y berzoque, término con el que familiarmente se nombra al diablo, conclusión a la que
hemos llegado por haber escuchado en Teruel (1970) 'Eres más malo que el demonio berzotes'.


Cantamañanas. Sujeto irresponsable mezcla de don nadie y zascandil que llevado de su inconsciencia se compromete a cosas que es incapaz de realizar. En la villa alicantina de Monforte del Cid: persona que no merece crédito, y en la cercana Aspe: 'sabijondo e irresponsable'. En lugares de Toledo: persona de poco seso, y en la villa albaceteña de La Roda y su partido: sujeto irrecuperable para el trabajo.En la villa burgalesa de Tardajos y otras de ese contorno llaman así a quien no merece crédito, tipejo resabiado de quien no es inteligente fiarse. Es voz de creación caprichosa, aunque debe reseñarse que durante los siglos áureos se usó el adverbio mañana para mostrar disentimiento, desacuerdo o expresar la contrariedad que alguna cosa produce, de modo que cuando a uno se le pedía hacer lo que no quería, respondía:

Mañana harélo, a lo que se le replicaba:ya cantó mañana, que es tanto como decir que no lo quiere hacer, ni lo hará. Otra explicación estriba en la expresión cantarlas claras, que denota atrevimiento y descaro por parte de quien habla, variante de cantar a alguien las cuarenta.Ambos usos están documentados y pudieron entrecruzarse en el semantismo de claras del día = amanecer, y claras con el significado de lisas y llanas.Así, el cantamañanas es individuo no exento de osadía, pero inane o vacío de conocimiento, que canta ya de mañana porque está a verlas venir. A la persona informal que no cumple palabra ni es serio llaman también cantanoches, sucedáneo léxico de cantamañanas, de formación posterior. Juan García Hortelano en El gran momento de Mary Tribune (1972) dice: Dándose la madre por mentada, Carlitos llamó bestia a Ramón y entró al despacho, para salir, a paso de carga, embutiéndose la chaqueta, cuando Ramón, contradiciendo a Satur, negaba que fuese Carlitos un susceptible, que Carlitos era, sencillamente, un cantamañanas.



Catacaldos. En puntos de Toledo: irresponsable que se mete en asuntos de los que no puede salir airoso; persona irreflexiva que emprende muchas cosas y no se centra en ninguna, que abarca mucho y aprieta poco. Es voz expresiva de la actividad de estos individuos inconscientes, que todo lo prueban y a todo se comprometen a sabiendas de que carecen de capacidad para rematarlo. También se dice de las personas fisgonas, catasalsas, cataguisados. Pérez Galdós dice en Bodas reales (1900): El marido de Doña Isabel os dirá:'El liberalismo que yo traiga, que me lo claven en la frente...'. ¡Ja, ja!... ¡Apañados están los catacaldos del Progreso! Ayer conspirabais como topos, y hoy como gallos cantáis en el montón de basura más alto del gallinero... Pero no os hacen caso... saben del pie de que cojeáis.


Chisgarabís. Persona inquieta y de nula entidad social que va de un sitio para otro sin cometido claro. En Andalucía, donde parece que surgió el término, se alude con él a quien es culo de mal asiento, entremetido, bullicioso y malas trazas; llaman también así en Castilla al zascandil y mequetrefe. El madrileño Francisco de Quevedo da este sentido al vocablo en La visita de los chistes: Tenía dos hijos que, como digo, eran pintiparados y no le quitaban pizca al padre. El uno de ellos era la piel del diablo, el otro un chisgaravís.

En 1601 el médico cordobés Francisco del Rosal registra la voz chisgarabís en su Origen y etimología de todos los vocablos. José Castro y Serrano dice en sus Cartas trascendentales: Un chisgarabís sin oficio y sin fortuna arranca brutalmente del seno de sus padres a una pobre muchacha enloquecida. Parece voz de creación expresiva, de uso no anterior al XVI.

Descocado. En general llamamos descocada a la mujer atrevida y ligera de cascos que muestra excesiva libertad y desenvoltura y es capaz de insinuarse al hombre, o de hacer avances por su cuenta provocando al varón; desvergonzada. En la Ribera de Navarra se predica del hombre irreflexivo o alocado que no piensa las cosas. Celedonio Flores escribe (1982):

Si tu vieja, la finada, levantara la cabeza
desde el fondo del cajón y te viera en esa mano,
tan audaza y descocada, se moría nuevamente
de dolor e indignación.

Se dice asimismo de la mujer coqueta a quien no importa mostrarse aligerada de ropa o hablar con libertad de cosas inconvenientes expresándose con desahogo y desvergöenza. Baltasar Gracián advierte mediado el XVIII que en Madrid:'las calles hierven de mujeres tan descocadas cuan escotadas'. El madrileño Agustín Moreto de mediados del XVII pone en boca de una dama:

Que la poca cortesía
hable con ese descoco no me espanta,
porque un loco
es necio de fantasía.

Creen muchos que procede del uso figurado del término coca: cabeza, que a finales del siglo XV ya era vocablo afín a coco, por lo que descocarse es tanto como descabezarse o perder la cabeza. Como también se dijo coco a cada una de las partes en que una mujer dispone su cabello, descocarse equivaldría a soltarse una mujer el pelo,y en sentido figurado: desmadrarse, dejar de guardar la compostura y reflexión que a su sexo conviene. Ricardo Palma escribe, en Tradiciones peruanas (1875):

El cantor llevaba trazas de esperar a que
despuntase el alba para poner punto a
las ponderaciones y extremos de su
amor; pero vino a aguar la fiesta el ruido
estridente de un bofetón y una voz
catarrienta que decía:

-¿Te gustan villancicos, descocada?
Pues sábete que rondador que te requiera
de amores ha de entrar por la
puerta sin escandalizar el barrio. ¡Charquito
de agua, no serás brazo de mar!


Gazmoño. Hipócrita, criatura que finge devoción mostrándose ante los ojos de todos como piadoso, no siéndolo; mojigato que afecta escrúpulos y casos de conciencia no dándosele en su fuero interno nada de todo ello; que finge virtudes de las que carece. En puntos de Cáceres: persona inapetente, que selecciona de manera exagerada lo que come. El religioso y escritor mejicano Juan Martínez de la Parra emplea así el término en Luz de verdades (1691): '¡Miren -dicen- el gazmoño; miren la embustera...! ¿Para qué tanto confesarse y luego...'.Ya a finales del XVIII Leandro Fernández de Moratín escribe:'¡Qué poco me gustan
a mí las mujeres gazmoñas y zalameras!'.

Escribe Corominas: Parece derivado de gazmiar: quitar y andar comiendo golosinas, quejarse y resentirse, que junto con gazmio 'rufián', 'amante', procede de cadmia 'residuos de óxido de cinc que quedan pegados a las paredes de los altos hornos': de ahí 'el que se fija en minucias','escrupuloso', y por otra parte 'el que hace escrúpulos de las comidas'.

El diccionario oficial mantiene como origen etimológico la voz vasca gazmuña, a pesar de que Corominas demostró que se trata de un invento lingöístico de Manuel de Larramendi en
su Diccionario trilingöe del castellano, bascuence y latín (1745) lleno de confusiones e incluso de voces que no existen ni existieron sino en la mente fantástica de este jesuita de Andoain.


Julay. Primo, pringa(d)o, julandras involucrada en asuntos turbios sin su consentimiento o conocimiento pleno. Imbécil que carga con culpas por fiarse en exceso de quien no debe;que se 'come marrones' ajenos y pecha culpas sin motivo. También se dice del homosexual pasivo, maricón paciente o puto, sobre todo en la forma 'julandrón', probable aumentativo de julay. Es insulto que a ofensa une desprecio grande, utilizado generalmente en medios marginales. En La Rioja dicen juliparda al mozo taimado; granuja, pillo. En Cádiz llaman julay o julandrón al sinvergöenza y pícaro. Aunque de difícil comprobación filológica podría derivar de julo: animal que va delante en la recua, generalmente un mulo o un asno grande del que julandrón sería aumentativo-despectivo,con cuyo valor se empleaba a finales del XV. En puntos de la Ribera de Navarra llaman julais a los gitanos, seguramente porque era palabra frecuente en la boca de esas criaturas. Puede ser voz gitana: julay = amo, mesonero, aunque su valor semántico no se aviene con el significado real del término caló, si bien hay que tener in mente la reputación y mala prensa de quienes regentaban esos establecimientos. No es descartable, como decíamos, su derivación del vocablo antiguo julo con cierta sexualización del sentido: fulano que es montado por detrás, arbitrariedad ocasionada por la fuerza de la rima en '-ulo'. De hecho, el término se emplea con ese valor a finales del siglo XV. No obstante lo dicho, el término exige otras explicaciones etimológicas.


Lameculos. Pocos compuestos tan ofensivos como éste, ya que con tan soez y baja práctica se denuncia al adulador impenitente y servil. También se dijo 'lacayo lacayuno': mozo de espuelas en exceso servil, que se ponía a cuatro patas para que lo utilizara el señor de banqueta para subir más fácilmente al caballo o al carruaje. En la comarca leonesa de Ancares al lameculos llaman lambecús: del sintagma leonés 'lambe cu'. En puntos de Alicante: tiralevitas. En Murcia, Cádiz y Málaga: pelota. José Donoso, en El obsceno pájaro de la noche (1970), escribe: ¿Qué me exigía esa figura apocalíptica que llenaba la Casa? En la noche no me dejaba en paz en las galerías, gritándome insultos, cobarde, lameculos, apollerado, vendido, arrastrando todo su séquito revolucionario que recitaba las letanías de las tragedias del mundo


Leño. Familiarmente, se dice de la persona necia y torpe, de poco talento y
ninguna habilidad; zoquete, tarugo. Covarrubias (1611) corrobora esta acepción, en su Tesoro: 'Al que tiene poca habilidad y discurso dezimos ser un leño'.Y antes que él, Juan Rufo, en Las seiscientas apotegmas (1596) describe así a estos zoquetes: Los necios se reducen a tres géneros: los unos son verdaderamente leños, porque discurren poco y hablan menos.
Del latín lignum = trozo de árbol cortado, o tronco sin desbastar. De esta condición ruda y no tratada, o trozo de la madera sin pulir, derivó la acepción figurada de persona no cultivada, o bruto sin desbastar.


Marisabidilla. Mujer que se da aires de intelectual y adopta actitudes de sabio; especie de culta latiniparla presumida que afecta sabiduría y conocimientos grandes. El madrileño Leandro Fernández de Moratín emplea el término a principios del XIX:

¡Que por fuerza he de ser doctora y
marisabidilla,y que he de aprender la
gramática, y que he de hacer coplas!
¿Para qué?

Francisco de Quevedo usa el término junto con el de marirrabadilla.Hoy es de uso raro, aunque se oye entre gente mayor referido a muchachas adolescentes que ya quieren sacar los pies del plato y expresarse.



Mercachifle. Despectivamente se dice del buhonero o vendedor callejero de mercancías sin importancia. Por extensión: merodeador y trotamundos de quien no conviene fiar. En puntos de Valencia: persona muy informal. Del latín merx = mercancía + sufijo despectivo /-ife, ifle/ habitualmente utilizado para nombres de trabajos bajos: matarife, alarife. Pudo también producirse cruce con chifla: silbato, menudencia, burla, por ser estos vendedores ambulantes gente de escaso negocio,o dedicarse a mercancías ridículas. Es voz de uso no anterior a finales del XVII. El diccionario oficial la registra en su edición de 1726.


Pitiminí. A quien es extremadamente delicado, flojo de cuerpo y ánimo, y al alfeñique llamamos de esta manera; también al hombre para poco o de poco más o menos; hombrín, como dicen los asturianos, a quien se lleva un soplo de aire; sujeto atildado y compuesto a pesar de su escasa enjundia, con lo que es más evidente lo insignificante de su entidad, lo escaso de su presencia. En la Ribera de Navarra: persona melindrosa, afectada y ñoña. En Málaga: sujeto un tanto afeminado. En su novela costumbrista Las águilas (1911), el sevillano José López Pinillos escribe:'Responde, guasón. Di si eres un macho o un mosito de pitiminí que ar primér tropieso se asusta'. Se alude al rosal de pitiminí, especie trepadora que echa rosas muy pequeñas, rizadas, pulidas, delicadas y de difícil cuidado. Benito Pérez Galdós emplea así el término en su Episodio, de El 19 de marzo y el 2 de mayo (1873):

-Canallas; ¿para qué os ponéis bragas si tenéis almas de pitiminí?
-Mujer -dijo Chinitas cargando su escopeta- quítate de en medio. Las mujeres aquí no sirven más que de estorbo.
-Cobardón, calzonazos, corazón de albondiguilla-dijo la Primorosa pugnando por arrancar el arma a su marido.

Del francés petit = pequeño y menu = menudo, de donde procede la expresión adverbial de pitiminí dicha de aquello que carece de importancia, o la tiene muy escasa.


Zascandil. Hombre enredador y entrometido; persona capaz de prometer lo
que no puede cumplir. Dícese también del pícaro que se mete donde no lo llaman. En cuanto a su uso, se emplea desde principios del siglo XVII.En el Cuento de cuentos de Francisco de Quevedo se lee:'¿No más llegar y zas, candil? A osadas que lo entiendo todo'.
El Diccionario de Autoridades (1726) lo define así: Hombre astuto, engañador, y zascandil que anda de una parte a otra, por lo regular estafando.Hombre de baxa esphera, y que se pretende autorizar entremetiéndose y ofreciendo lo que no puede executar.

Bartolomé José Gallardo en Zapatazo a zapatilla y a su falso buscapié (1851) hace este uso del calificativo: Pero... miente el bellaco, i remiente el bellacuelo que tál le haze dezir; porque yo con tal zascandil jamás atravesé palabra ni media, cuanto mas cruzarse carta mía con carta suya en ningún jénero de correspondenzia: i conociendo- le sólo de leyendas i oídas, i por sus pocas obras i malas, le reconozco por un solemne enredador; i yo soi enemigo jurado de chismes i de chismosos, de falsarios i falsedades.
"Viví, como pude, lo que mi tiempo quiso que viviera; y ningún camino es malo excepto el que te lleva a la horca".

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norrow
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Mensaje por norrow » Mié Nov 30, 2011 11:58 am

Sol,hija,que buen trabajo has hecho,me gusta.¿como va el valenciano?
siendo de Extremadura ¿se te atraganta?
Como una vela inflamada en vientos de esperanza.

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Riqy
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Fullerías de juego

Mensaje por Riqy » Mar Abr 03, 2012 6:20 pm

Dedicado a Nexus, no podría ser de otro modo, tras la charla que tuvimos el sábado antes de la cena...

Fullerías del juego
Hablaremos ahora de floreo y flores, y no nos referimos a las que nacen de la tierra tal y como las ha ideado el buen Dios, sino de las que nacen del ingenio y la malicia de los hombres. Pues en nuestro mundo de la carda se conoce como flor la fullería que se hace con el libro de las cuarenta hojas. Y si voacés no entienden nuestra parla, tranquilos, que se lo diré en buen cristiano: vamos a hablar ahora de las trampas y malicias del juego, de en donde las hacen y quienes son los que gustan de dicha práctica...

Hablando en Germanía
Baraja de cartas: Bueyes, Cartispitis, Cuarenta y ocho, Descuadernada, Maese Lucas.
Baraja española (sin ochos ni nueves): Cuarentena, Libro de las cuarenta hojas.
Baraja con cartas marcadas: Hechizos, Naipes Hechos.
Casa de Juego: Garito, Leonera, Mandracho, Palomar
Cómplice de fullero: Diácono, Enganchador, Guiñón, Macareno, Pedagogo
Dados: Albaneses, Brechas, Huesos de Muerto, Juan Tarafo.
Dados cargados: Brochas, Fustas
Encargado de un garito de juego: Bolichero, Coime, Mandrachero, Tablajero
Guardaespaldas de fullero: Ángel de la guarda
Jugador incauto, inexperto, de buena fe: Bisofio, Blanco, Despellejado, Sencillo
Jugador profesional: Arador, Búzano, Camodador, Cien Sayos, Donillero, Entruchón, Taquín.
Trampa: Flor, Fullería
Tramposo: Albanés (con los dados), Cierto (con las cartas), Florero, Fullero, Negro,


Se llama al juego la “Ciencia de Vilhán”, y los jugadores, que de supersticiosos lo son mucho, dicen que era un hombre maldito, quizá un endemoniado si no el demonio mismo. Unos lo hacen árabe, otros flamenco o francés. Otros, los menos, dicen que nació en Madrid y participó en muchos asuntos siniestros, para luego pasar a Andalucía, y terminar quemado en Sevilla por ejercer de monedero falso. Por otro lado, líbrenos Dios de corregir al muy docto don Juan de la Cueva, que en su obra “Los Quatro Libros de los Inventores de las Cosas” dice así:

“Bilhán, nacido dentro de Barcelona
de humildes padres y plebeya gente,
según dice el autor que de él escribe,
fue solo el que en el mundo dio principio
a la invención de los dañosos naipes,
y por ello acabó debidamente
en poder de unos fieros vandoleros
en un pozo por ellos arrojado”.


Por ello los dineros que en el juego se ganan son los “bienes de Vilhán”, y no han de gastarse en otra cosa que en el juego mismo. Pues de lo contrario, caerá el enojo de Vilhán, sea humano, demonio o simple piel de Barrabás, y nunca volverá a ganar nada en el juego, antes bien, perderá todo lo perdible. Y si el ingenioso lector piensa que el afortunado jugador puede burlar a Vilhán no jugando nunca más en su vida, que se desanime al punto: Que Vilhán no tiene prisa, y si el que ganó no juega, a buen seguro que lo harán sus allegados o sus descendientes, que perderán ciento por cada moneda de ganancia: la cuestión es, y ha de tomarse como ley matemática, que el dinero de Vilhán vuelve siempre a Vilhán.

Este mítico ser puede ser moro, flamenco, francés o catalán, pero las cartas que usen los jugadores han de ser, por ley, castellanas. Que hay real estanco (es decir, que hay que tener sello y licencia de la corona) para la fabricación de las mismas, y aquel que use barajas prohibidas, por ejemplo, catalanas o francesas, se arriesga a tener que pagar una buena multa, y quizá a visitar la Cárcel, que con la Real Hacienda no se juega (Nota de los autores: Ni entonces, ni ahora...)

Los juegos de cartas en el siglo XVII
Los gariteros que se tengan por honrados solamente dejarán jugar en sus casas (al menos, de manera oficial) a juegos de sangrado, en los que se gana y se pierde de poco en poco. No por otra cosa, sino porque el asunto le conviene: Que le interesa tener el local lleno, que el vicio del juego anima a otros vicios, como el del beber, y se puede pagar por un mal vino el doble que lo que se daría a regañadientes por un Valdeiglesias, que entretenidos por el juego, blancos y negros poco distinguen lo que se echan al gaznate. Pero esa razón por sí sola poco valdría si no fuera que, por pragmática Real, los juegos de estocada, en los que de una sola vez se pueden vaciar una bolsa y aún perder un Mayorazgo, están absolutamente prohibidos. Y aunque la mayoría de los coimes hagan la vista gorda y de cuando en cuando dejen que alguna de estas partidas se lleve a cabo en habitación cerrada y con cierto secreto, la corchetería no perdonará al garitero que permita abiertamente tales actividades, por mucho unto que se les ponga en la mano.

Juegos de sangría (autorizados por la ley):

Cientos:
Juego de naipes para dos personas; gana el que consiga reunir primero cien puntos. Es muy conocido en Francia, donde lo llaman piquet.

Hombre:
También llamado la Polla. Es una variante del actual Tresillo, que se juega entre tres participantes con nueve cartas cada uno. Se discute si su origen es Italiano o Español. Calderón defiende la hispanidad del juego en varias de sus comedias:

De España vino con nombre,
opinión, noticia y fama
a Parma, esto no te asombre,
cierto juego que se llama,
señor, el juego del hombre.
Cesar el juego aprendió,
y un día que le jugó,
teniendo basto, malilla,
punto cierto y espadilla,
la tal pella remetió.


Quínolas:
Juego de naipes que consiste en conseguir tener en la mano cuatro cartas de un mismo palo (a lo que se llama “tener quínola”). Si lo hacen dos al mismo tiempo, ganará la mano que tenga más puntos.

Siete y llevar:
Antepasado directo de nuestro siete y medio actual, se juega usando prácticamente las mismas reglas.


Juegos de estocada (ilegales):

Andaboba:
También llamado Carteta, Juego del Parar. Consiste en sacar primero una carta para los puntos y otra para el banquero, ganando la primera que haga pareja con las que luego irán saliendo de la baraja.

Cargada:
Juego de naipes en el que todos los participantes deben hacer una baza. Todo aquel que no la haga pierde (el llamado Bolo) y si todos la hacen perderá el que tenga más, ya que se ha “cargado” de bazas.

Dobladilla:
Juego de naipes que consiste en doblar la parada a cada suerte.

Otros juegos de cartas:
Juegos poco conocidos, y por lo tanto de legalidad (o ilegalidad, según se mire) no determinada, son:

Malilla:
Juego de naipes en que la carta superior es el nueve.

Primera de Alemania:
Juego en que las cartas tienen otros valores que no son los suyos. Se reparten cuatro cartas a cada jugador y se gana todo con la suerte del flux.

Rentoy:
Juego de naipes entre dos, cuatro, seis u ocho jugadores. Cada uno de ellos recibe tres cartas y se vuelve otra como muestra de triunfo. El dos del palo gana a todas las demás, y el orden es: rey, caballo, sota, siete, seis, cinco, cuatro y tres. Se roba y se hacen bazas como en el hombre (tresillo), se envida y se permiten señas entre los compañeros. Se le supone antecesor del mus.

Nombres de cartas entre los jugadores:
As: Asa Fuerte, Eslabón, Punto, Suerte Sola.
As de Espadas: Espadilla.
Cuatro de Bastos: Palos Vacíos.
Dos de Bastos: Horca.
Ocho de Oros: Tabla de Horno, Tabla de Pan.
Rey: Casa Grande.
Seis de Copas: Calle del Puerto.
Siete: Cueva del Becerro, Ronda, Setenil.
Sota: Cuatro letras, Puta (del palo que sea, Espadas, Bastos, Oros o Copas), Soldado.


Donde jugar: Casas de juego y Casas de conversación
Se juega en todos y cada uno de los rincones de las Españas, que ya se sabe que la nobleza tiene por gran deshonor el trabajar en otra cosa que no sea servir al Rey en la diplomacia o con las armas, y de tanto ocio por fuerza ha de nacer el aburrimiento, que es una de las madres del pecado. Como en muchas otras cosas, son la Villa de Madrid, por ser capital, y Sevilla, por ser la desembocadura del río de riquezas que nace en las Américas. Más de trescientos garitos hay en esa ciudad, y la Villa y Corte no le anda muy a la zaga. Juegan señores y vasallos, nobles y pícaros, se juega en los salones de los Palacios y en las ruinosas covachas de los barrios más bellacos. Juegan hombres y aún mujeres, en cuarteles y en cárceles, en salas de justicia y en mancebías. Pero como hay que distinguir, y aunque cualquier sitio es bueno para echar una baraja, vamos a hablar aquí de los locales exclusivamente dedicados al juego.

Casas de juego
Llamadas por mal nombre Mandrachos, Leoneras y otros aún más germanescos, son locales autorizados por Real Licencia, que se suele dar a soldados lisiados en la guerra, de probada honra, reconocido valor pero escasa bolsa, que tienen así un modo de ganarse honradamente el pan.

No se nos extrañen los lectores, que han de saber que la licencia para montar una mesa de juego en los cuarteles y aún en los cuerpos de guardia es costumbre muy arraigada entre la milicia, que antes habría un motín por prohibir el juego entre la soldadesca que por reducirles la paga.

Tampoco es mala cosa que el amo o encargado de la casa de juego sea hombre bravo, pues ha de lidiar con los que tienen mal perder, que nunca es del agrado de uno irse con la bolsa menguada o vacía, o con los fulleros y sus cómplices, que todo el disimulo que le ponen a ejercer su arte se vuelve bronca y bellaquería, cuando se sienten descubiertos.
Casas de juego las hay de mayor o menor importancia, llamando los jugadores, comúnmente, “Garitos” a las casas más humildes, en los que la clientela suele ser más miserable. Dicen las gentes doctas que tal nombre viene de la palabra “garita”, que así se llaman los estrechos aposentos de las galeras. Es costumbre pagar una pequeña cantidad para entrar en las casas de juego, se juegue luego o no. Este pago recibe el nombre de paila o coima. Y no se extrañen de que haya quien pague y luego no juegue, que aún en los garitos más infectos no falta alguna comodidad con la que atraer al ocioso, ya sea un botijo con agua fría en verano o un braserillo más valiente que eficaz en invierno. Casas con más pretensiones añaden algún vasejo de vino a los que consideran buenos clientes, o un bocado a los que llevan mucho tiempo jugando, para que el rugir de sus tripas no les obligue a alzarse de la mesa. Y aún diré más, que hay que, yendo cada día a una Casa de Juego sin tocar nunca una baraja, sale diariamente de ella con beneficio. Pero tenga paciencia el lector, que primero es uno y luego, lo otro, y pronto a describir esa gente llegaré.

En una casa con licencia solamente se pueden jugar a los juegos de cartas legales, y nunca a los dados, por ser considerados peligrosos, pues como hasta un zagal sabe es en ellos mucho más fácil hacer la flor. De lo cual se lamentan mucho los soldados, que son muy aficionados a ellos. Claro que, como ya se ha mentado, del dicho al hecho, hay demasiado trecho, y hasta la más honrada de las casas de juego tiene algún lugar tranquilo donde la clientela de confianza se puede saltar las normas.

El garito hervía de gente que se jugaba las pestañas y hasta el alma. (…) En la media docena de mesas, naipes, dados y dinero iban y venían cambiaban de manos, provocaban suspiros, blasfemias, pardieces y miradas de codicia.
Arturo Pérez-Reverte: Limpieza de Sangre


Casas de conversación
Pero las personas de calidad prefieren distraer sus ocios en las Casas de Conversación, lugares selectos donde, pese a que no se paga por entrar, no puede colarse cualquiera. En ellos se charla de nimiedades, se debate sobre la política del reino o sobre la última decisión de Olivares, los poetillas recitan a sus amigos más íntimos sus poesías y se establecen, a veces, hasta duelos de ingenio, acertijos y composiciones rimadas improvisadas. Y, por supuesto, también se juega. Y a veces a juegos ilegales, y con apuestas altas, que hay que tener muchos hígados o ser muy insensato para sostenerlas, que al no estar estas Casas tan vigiladas por la ley como las Casas de Juego, pueden ser más peligrosos aún que ellas.

¡Qué le digan sino a un andaluz llamado don Luís de Góngora, que regentaba una de estas Casas, y que de tanto jugar acabó perdiendo su hacienda entera, y se encontró en la calle, arruinado y enfermo!

Ni que decir tiene que garitos ilegales hay ciento y más, y en ellos se juega a todo tipo de juegos, siendo los preferidos los de estocada, ya que puestos a ser deshonesto, mejor pecar por lo alto que no por lo bajo. De cuando en cuando alguaciles y corchetes hacen alguna redada en uno de estos antros, pero no crea el lector que suele pillar a los jugadores con las manos en la masa, que la cosa suele ser al contrario: Que un Mandracho ilegal puede tener una única puerta para entrar, pero a buen seguro tendrá mil y una salidas. Y no faltan ojos y oídos atentos, que den alarma de la llegada de la gurullada, dando tiempo al grueso de la tropa a emprender la huida:

“Si la casa es grande, usan postigos falsos a otra calle; si es pequeña, sobornan a los vecinos para saltarlas paredes y tejados; si tienen, por suerte, alguna iglesia cerca de ella, se valen a costa de su fábrica con muchas tejas quebradas y otros daños. Entiéndense los centinelas y avisos que tienen para este fin con unas metáforas extrañas (...) Sin saber cómo (...) en un momento despachan los fulleros, unos por aquí y otros por otra parte; y apenas cuando entra la justicia halla hombre de los que jugaban (salvo los que tienen vara alta con alguaciles y escribanos)”
Luque Fajardo: Fiel desengaño contra la ociosidad y los juegos.



Tahúres, Fulleros y Barateros.
Hablado ya del continente y de lo que se hace en él, hablemos ahora del contenido. Tres son los habituales de las casas de juego:

Los tahúres no son en el siglo de oro jugadores de ventaja, pese a que con tal nombre se les conozca en el siglo XXI. En el siglo XVII se conoce con este nombre a los jugadores compulsivos, los que hoy en día llamamos ludópatas, y que en ese tiempo simplemente se decía de ellos que estaban poseídos por el vicio del juego. Ya se ha comentado que el juego estaba muy extendido en la época, pero los escritores contemporáneos dan datos realmente alarmantes: Barrionuevo, en sus célebres “Avisos” afirma que solamente en la Villa y Corte viven unos 378 “caballeros tahúres”, perdidos por el juego. Unos años antes el sacerdote francés Jean Muret, agregado a la embajada del arzobispo de Embrum, se queja en una carta del abuso del juego en la Corte, citando el caso de un grande de España que se jugó (y perdió) una lujosa cama con adornos de oro, que se había hecho traer unos días antes desde Génova. De la misma fuente tenemos noticia de otro jugador compulsivo que, tras jugarse el coche y las mulas que tiraban del mismo, se jugó al cochero, engañando a su oponente asegurándole que era esclavo, y no criado y libre, que tal era su verdadera condición.


“Ya sabéis lo que pasa cuando a algún desdichado dan una estocada, sin que haya lugar de decir ¡Dios, valme!...; esto es a la letra del perder en estos juegos... en un cerrar y abrir de ojos dejan al hombre sin habla, sin dinero y sin aliento...”
Luque Fajardo: Fiel desengaño contra la ociosidad y los juegos


Mezclados con estos tahúres y de los que, sin tener el vicio del juego, gustan a veces de calmar sus ocios con el mismo, están los fulleros, que son, estos sí, jugadores profesionales, amantes de la trampa, que ellos llaman flor, y de la más mínima ventaja. Sus usos y maneras merecen relación aparte, y eso haremos enseguida. Baste de momento al lector que pocas veces suelen actuar solos, que es lo normal que actúen en buena compañía. Con uno o dos fulleros suelen actuar igual número de valentones o rufianes, por ellos llamados “ángeles de la guarda”, encargados de echar mano a la toledana si algún blanco esquilmado protesta de la buena suerte de su compadre, y de hacer desaparecer las pruebas del delito (por ejemplo, las cartas marcadas o los dados cargados) antes que algún curioso, atraído por el escándalo, tenga ocasión de examinarlas de cerca. Otros que andan en cuadrilla con los fulleros son los enganchadores, que atraen con mil y una promesas a los incautos para que se sienten a la mesa en la que han de ser desplumados como pollos. Estos pueden actuar también como pedagogos, ofreciéndose, como de buena fe, a los incautos que desconocen el juego, restándole dificultad al negocio y sentándolo con buenas maneras en la tabla de juego donde se encuentra su cómplice.

No confundan vuesas mercedes a estos pícaros compinches de fulleros con los verdaderos pedagogos, los que conocen el juego y las tretas del mismo y enseñan al que lo desconoce, que ambos personajes tienen en común solamente el nombre… Aunque a veces no es fácil separar el grano de la paja…

Para finalizar, tengan buen cuidado vuesas mercedes, si a pesar de todo quieren jugar en garitos extraños, de quién tienen a la espalda, que no es raro que los cómplices del fullero actúen como apuntadores o guiñones, procurando ver las cartas de la mano del otro y diciéndoselo luego a su compadre con señales secretas disimuladas.

Hay aún un tercer grupo de gentes que van a los locales de juego, aquellos que, como antes se ha dicho, pagan gustosos para entrar sin tener la menor intención de jugar ni una sola vez, y que aún salen del local más ricos que cuando entraron: Para empezar, están los pícaros y gente de la carda, que de encontrarse a algún fullero o descuidero ejerciendo en el local le alargan la mano, para que su compañero de germanía deje en ella algunos reales (normalmente, ocho o diez) a cambio de no denunciarlo al garitero o al responsable del local.
Luego están los entretenidos, aquellos que se dedican a servir a los jugadores en mil y un menesteres: Para empezar, acuden bien temprano a las casas de juego a ocupar las mesas, no para jugar, sino para cederles el asiento a los jugadores a cambio de la primera propina. Luego se mantienen bien cerca de las mesas, para apresurarse en los recados que los jugadores les soliciten: traer de beber, a veces algo para comer, o incluso un orinal, si la urgencia es grande pero el vicio del juego (o la apuesta que se juega) lo son aún más. Estos individuos serviles suelen ser aceptados por el garitero, pues aparte de no dar nunca problemas también procuran ganarse su aprecio realizándole algunos trabajillos menores, como limpiar el suelo, traer naipes nuevos o espabilar las velas.
Y es que estar cerca del que gana puede tener su beneficio, y no poco. Que es costumbre que el que gana una baza ceda parte de su beneficio, en forma de propinilla, a los que están a su alrededor. Así, repartiendo un poco de su suerte, ésta no se aparta de su lado, que ya se ha dicho que no hay nadie más supersticioso que un jugador. A esta propina se la llama “el barato”, y aunque suele limitarse a uno, o como mucho dos reales, es un insulto rechazarla, por muy rico y poderoso que se sea y muy escasa la cantidad que se dé. Mirones hay que viven exclusivamente de estas propinas, y por ello reciben el nombre de Barateros. Con el mismo nombre se conocen, y no deja de ser malicia germanesca, a los matones que, avisados que sale un jugador con abundante ganancia, lo esperan en las cercanías del garito para emboscarle y quitarle la bolsa, sino la vida...

Las fullerías más al uso.

Como ha dicho el escribano, que a pesar de ser más lindico que germano es hombre de palabra, aquí están las flores que más se cultivan en el jardín de los ciertos...

Fullerías de cartas marcadas:
A la acción de marcar las cartas se le suele llamar comúnmente Raspadillo, y se suele hacer con una navaja, a veces simplemente con arañazos o rasguños (en tal caso, se le llama también Uñada, y fulleros hábiles hay que hacen esta fullería en juegos de sangrado, con partidas largas, que tras un par de vueltas los naipes buenos se han vuelto todos marcados). En ocasiones, cuando las marcas son especialmente sutiles y difíciles de distinguir, se le llama a esta fullería Ala de Mosca. Por el contrario, las marcas groseras y evidentes se llaman Colmillo, pues parecen hechas con un colmillo de cerdo. Marcar los naipes con pequeños bultos (frotándolos en determinados puntos contra un grano de arena gruesa, por ejemplo) se le llama Bastilla, Barriguilla o Verruguilla. Otra manera de ciertas cartas para que el fullero las reconozca luego en la mano del contrario consiste en rozarlas mucho para que adquieran brillo en un punto determinado. A esto se le llama Bruñido. Las marcas también pueden hacerse con un simple lápiz o manchándolas con un poco de hollín (Humillo).
La forma más simple de marcar una carta, ya para finalizar, es doblarla para reconocerla luego. A una carta marcada de esta manera se le llama Cayada, Guión o Maestra.

Fullerías al barajar las cartas
Ni que decir tiene que son fullerías que pueden hacerse conjuntamente con las anteriores.
Se llama Alabardilla o Empanadilla al juntar cinco o seis cartas, ponerlas en la parte superior de la baraja y luego barajar por el medio de tal forma que esas cartas no se separen y vayan a manos del fullero; Amarre es disponer la baraja de tal forma que salga la carta que le es más favorable al fullero; Astillazo es meter solapadamente una carta mala entre las del contrario para perjudicarle el juego y evitar de esa forma que tenga una buena mano, y Paquete cuando al repartir las cartas de la baraja, el fullero se queda con un naipe o más y luego los pone sobre el que está encima. Para terminar, se llaman Cartas picantes la baraja que tiene los naipes disparejos, de tal forma que salen más a menudo las cartas que el negro desea.

Otros trucos de fullero:
Dar Lamedor: Fingir que se pierde para animar al contrario a seguir jugando y así ganarle todo lo apostado.
Dar Luz: Enseñar, como al descuido, alguna carta al contrario para que crea que tenemos lo que no tenemos.
Espejo de Claramonte o Cepolería: Mirar las cartas del contrario, normalmente utilizando algún espejo o cristal.
Hacer Burros: Cuando el negro deja que su contrincante cometa todo tipo de descuidos y errores sin advertirle de nada.
Hacer la Feila: Cuando un fullero es cogido haciendo alguna trampa, se finge desmayado o con algún ataque al corazón.
Palma: Trampa que se hace con los dados, consistente en cambiar en el cuenco o palma de la mano un dado bueno por un dado cargado o fusta.

Expresiones propias del mundo del juego:
Alzarse en el Juego: Retirarse de la mesa de juego cuando todavía se está ganando, sin dar tiempo a los contrincantes a que se puedan desquitar. También se llama “Sacar el dinero del reino”
Baldar: Ganarle todo el dinero a un contrincante. También se llama “Dar muerte a la bolsa”
Bienes de Vilhán: El dinero que se apuesta en un juego.
Caer la Casa Encima: Cuando un fullero termina arruinándose al haber sido engañado por las trampas que, paradójicamente, le ha hecho otro fullero. También se llama “dar revesa”
Cantar Flor: Descubrir una trampa en el contrario.
Conservari Dineris: Frase que se le cantaba al que estaba perdiendo en el juego. Es un cultismo basado en el salmo de “Conserva me Domine”.
Cuajar la Conversación: Iniciar el juego.
Encierro para la Muerte: Cuando dos o más fulleros se ponen de acuerdo para desplumar al resto de jugadores.
Encuentro: La jugada más valiosa en un juego de dados, cuando en los dos salen los puntos más altos.
Errada: Nombre que recibe una superstición que tienen muchos jugadores, y es que piensan que cuando pierden una vez, perderán siempre.
Espantar la Caza: Ganar muchos lances sin presumir para que el contrario no se dé mucha cuenta.
Gotera en Paila: Ganar en el juego, pero de forma lenta y continuada.
Juegos de estocada: Juegos en los que las apuestas son muy fuertes
Juegos de sangría: Juegos en los que se gana (o pierde) lentamente
Mesa Gallega: Ganar todo lo que hay en la mesa de juego.
Sacar la bomba: Cuando el coime echa del garito a los negros por temor a la justicia.
Tabla de tocino: Mesa en la que se juega a juegos de poca ganancia, o con apuestas bajas.
Tomar una naranja: Empezar a jugar de buena mañana
Ricard
Los viejos roleros... nunca mueren

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nexus6
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Mensaje por nexus6 » Mar Abr 03, 2012 6:54 pm

Muchísimas Gracias, Riqy.

Que lujo Amigo mío. Gracias. :wink:
Yo he visto cosas que vosotros no creeríais. Atacar naves en llamas más allá de Orión. He visto Rayos-C brillar en la oscuridad cerca de la Puerta de Tannhäuser. Todos esos momentos se perderán en el tiempo como lágrimas en la lluvia.Es hora de morir

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vetinari
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Mensaje por vetinari » Mié Abr 04, 2012 7:27 pm

Gracias, Riqy!
"...Efialtes aparecerá finalmente,
y pasarán los persas" Cavafis
"No hay quien pueda comprar el ser marino cuando estás en el mar." APR
"Freedom is just another word for nothing left to loose" Janis Joplin

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Victoria
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Mensaje por Victoria » Lun Abr 16, 2012 4:51 pm

Riqy, geniales tus aportaciones.
Estoy por hacerme un diccionario casero.
La única salvación de los vencidos es no esperar salvación alguna.

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Siana
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Mensaje por Siana » Lun Abr 16, 2012 5:27 pm

Ese Ricard :wink: ! muchas gracias :)

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Violette
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Mensaje por Violette » Dom Abr 22, 2012 8:09 pm

Madre mía Riqy... me lo he llevado a un word para leerlo tranquilamente ¡y ocupa 9 páginas! ... muchas gracias por la información...
¿Para qué sirve un libro sin imágenes ni diálogos?

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Ada
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Mensaje por Ada » Mié Jul 04, 2012 9:07 am

Contestación del Excmo. Sr. Don Gregorio Salvador Caja
MADRID, 12 de junio de 2003

Señores Académicos:

Quiero manifestaros ante todo mi gratitud por haberme designado vuestro portavoz en este acto ritual y siempre emocionante de recibir en nuestra casa a un nuevo compañero, porque me honra y me complace ser yo quien le dé la bienvenida a Arturo Pérez-Reverte, muestre los caminos y los logros que lo han traído a esta corporación y responda al discurso que le acabamos de oír. Sabéis que fui uno de los tres académicos firmantes de su candidatura, con Eduardo García de Enterría y Antonio Muñoz Molina. Para el primero, la Real Academia Española no podía caer en el error de la Francesa, que no incorporó nunca a Alejandro Dumas, con quien tan vinculado se siente nuestro novelista, al que algún crítico ha llamado, afectuosamente, «el quinto mosquetero», y para Antonio Muñoz Molina, «Arturo Pérez-Reverte culmina en la narrativa española un proceso de recuperación del gusto de contar y del reencuentro de la novela con el lector común que venían ya insinuándose desde algún tiempo atrás en algunas otras novelas que usaron las claves de la literatura de género como puntos de partida para contar el mundo y para establecer una complicidad gozosa entre la novela y el lector». Digamos, finalmente, que yo no era sino uno de esos tantísimos, incontables lectores que han disfrutado de sus relatos, a la par que admiraba su fidelidad histórica, su precisión documental, sus pinceladas de humor y la eficaz trasparencia de su prosa. Añádase el conocimiento personal, desde hace nueve o diez años, que sin haber sido frecuente, ha sido bastante para advertir en él una calidad humana, una generosidad intelectual, una independencia de ideas y una claridad de juicio, que han ido ganando, poco a poco, mi aprecio, mi admiración y mi amistad.

Comprenderéis, pues, mi satisfacción por oficiar, con la voz de la Academia, en este acto protocolario pero jubiloso que nos reúne esta tarde para recibir a Arturo Pérez-Reverte. Porque existe aún otra circunstancia para mí particularmente sensible. El nuevo académico viene a ocupar el sillón T mayúscula, el que dejó vacante al morir mi maestro Manuel Alvar, a quien él, que no llegó a conocerlo sino a través de sus discípulos, ha retratado en esbozo, con intuición y tino, en el preámbulo de su discurso. Diré yo ahora que si algún escritor se podía vislumbrar, en el panorama actual de nuestra literatura, que me pareciera adecuado para suceder a mi maestro en ese sillón, no era otro que Pérez-Reverte, andariego como él, igualmente universal, el único que ha pisado, como el inolvidable filólogo, todos y cada uno de los países de nuestra lengua y que ha ido dejando memoria de sus trabajos, que es conocido y alabado en todos ellos. Hasta raro se me antoja que no coincidieran ninguna vez en algún avión, en algún aeropuerto, en algún cruce de caminos. Era en ese sillón académico donde, después de tantas vicisitudes y avatares, del uno y del otro, se iban sus nombres a emparejar.

Arturo Pérez-Reverte nació en Cartagena en 1951. Lector precoz, devora ya en la infancia todas las viejas novelas folletinescas, de misterio o de aventuras o de recreación histórica que acumulaba la biblioteca de su abuelo: Alejandro Dumas, Víctor Hugo, Julio Verne, Daniel Defoe, Salgari, Conan Doyle, Galdós, con sus Episodios Nacionales, lo van ganando para la imaginación y la literatura. Ya adolescente continúa con Galdós y con Baroja, Valle-Inclán, Wells, Melville, Conrad y, en seguida, los clásicos españoles. Su padre lo lleva al teatro, cuando hay ocasión en la ciudad provinciana, y esas representaciones, ese oír los versos de Lope o de Calderón, le mueven los pulsos y le excitan los ánimos. Su padre sabe sembrar en él inquietudes de lectura, ponerle disimulados cebos en lo que piensa que debe leer. Y le abre puertas al mundo clásico. Refuerza con un profesor privado el obligado aprendizaje del latín y el griego que exigía el bachillerato de la época. Y de este modo traduce, con pasión, a César, a Virgilio, a Horacio, luego a Jenofonte y a Homero. Su prosa se va haciendo con esas traducciones de la Iliada, de la Odisea, y su imaginación se va poblando de aquellos héroes del mundo antiguo. Pero es la Anábasis el libro que más lo influirá y que marcará decisivamente toda su obra. Soldados perdidos en territorio enemigo, sin retaguardia que los proteja, es un tema recurrente en sus relatos, porque esa es la gran metáfora de la vida para Arturo Pérez-Reverte. El hombre no es más que eso: un soldado perdido en territorio hostil. Aquel muchacho que traducía el relato de Jenofonte recuerda ahora, recordará siempre, la más fuerte impresión literaria de su vida, desvelando el texto griego, con el diccionario a mano, con la gramática en la cabeza: aquel destacamento de soldados griegos que alcanza la cumbre de una montaña y avista el Ponto Euxino: ¡zalasa, zalasa! ¡El mar, el mar!

Y aquel muchacho, hoy el novelista que recibimos, explica así su literatura: «Mi único secreto es muy simple y está al alcance de cualquiera: planteamiento, nudo, desenlace, las comas en su sitio, y sujeto, verbo y predicado». Y luego lo condensa en tres palabras: «Escribo como lector». Le preguntan por sus temas y dice que acude a los asuntos que literariamente más lo han emocionado, los grandes temas clásicos, y precisa: «El honor, la amistad, la aventura, el mar, el peligro, el tesoro, el laberinto, el enigma». «Utilizo —añade— los mecanismos de la narración clásica: ¿por qué empeñarse en cambiar algo que han hecho tan genialmente Galdós, Stevenson, Dumas o Stendhal? Cuento historias en las que pasan cosas...».

Cuando terminó el bachillerato deseó venir a Madrid a estudiar Periodismo e ingresó en la por entonces flamante nueva Facultad. Su padre opinaba que bueno, pero que debía hacer, aunque fuera a la par, una carrera seria, y se matriculó también en Ciencias Políticas, de la que llegó a concluir tres cursos. Pero en la que se licencia, finalmente, en 1973, es en la que deseaba, en Ciencias de la Información. Entra de reportero en el diario Pueblo y en seguida lo mandan a informar sobre la guerra de Chipre. Trabajará doce años como corresponsal de guerra, en ese periódico, y luego otros nueve en TVE. Será testigo de todas las guerras ocurridas entre 1973 y 1994, que fueron muchas, se pierde la cuenta: la del Líbano, la de Eritrea, la del Sáhara, la de las Malvinas, la de El Salvador, la de Nicaragua, la del Chad, la crisis de Libia, las guerrillas del Sudán, la guerra de Mozambique, la de Angola, el golpe de Estado de Túnez, etcétera, etcétera. Las últimas que cubrió, ya para TVE, con imágenes y reportajes en los telediarios, fueron la revolución de Rumanía, la crisis y guerra del Golfo y las de los Balcanes, la de Croacia y la de Bosnia. También había dirigido, durante cinco años, La ley de la calle, un programa de Radio Nacional de España sobre marginalidad y delincuencia, por el que recibió el Premio Ondas de 1993.

Su mundo no era, pues, el de los círculos literarios y al relativo éxito de su primera novela, El húsar, de 1986, no se le presta demasiada atención; el de la segunda, El maestro de esgrima, 1988, resulta ya más notorio, y con la tercera, La tabla de Flandes, de 1990, y la cuarta, El club Dumas, de 1992, se consagra como novelista arrollador, como autor siempre instalado en las listas de libros más vendidos. Su obra empieza a traducirse y a traspasar fronteras y la crítica española se muestra remisa a reconocerle méritos literarios, considerándolo un escritor de novelas populares cuyo éxito se basa en ser una cara conocida de televisión.

Pero más que cara conocida era un personaje conocido, no un simple busto parlante sino un tipo alto y enjuto, con gafas de concha y chaleco antibalas, que nos contaba, al amparo de una tapia o resguardado por unos sacos terreros, el día a día de las guerras de los Balcanes, entre ráfagas de ametralladora, explosiones de bombas, destrucciones, muertos, heridos, ambulancias, carros de combate y personajes más o menos siniestros, y nos lo contaba directamente, mirándonos a los ojos, con oficio, imperturbable delante de la cámara, con una mochila colgada, en la que, al parecer, llevaba más libros que cualquier otra clase de utensilios, pues sólo la lectura le permitía sosegarse y reponerse de los horrores que se veía obligado a presenciar cada jornada.

En 1994 abandona TVE y publica Territorio Comanche, en el que narra, con brevedad y dureza, sin pelos en la lengua, su experiencia de reportero en esa última guerra a la que asiste. Otras dos narraciones breves, novelas cortas más o menos, La sombra del águila y Cachito o Un asunto de honor, publica en 1995 tras aparecer como folletones en El País. De ese mismo año es La piel del tambor, y un año más tarde publica el primer tomo de lo que van a ser las aventuras de El capitán Alatriste, que se irán desarrollando, en años sucesivos, con Limpieza de sangre, El sol de Breda y El oro del rey. La crítica comienza a entregársele y a reconocer que hay mucho más que un simple folletinista o un constructor de novelas de misterio o aventuras en el reportero de Cartagena. Ahora empieza a ser el escritor de La Navata, lugar de la sierra madrileña donde se ha retirado a escribir, que es ya su único oficio: darle a la tecla desde las nueve de la mañana hasta las tres de la tarde sin interrupción. Con reflexión, con documentación irreprochable para sus recreaciones históricas y con «la impecable factura estilística que se gasta en sus narraciones», según apreciación literal de Luis Alberto de Cuenca, que le dedicaba un artículo a la saga del capitán Alatriste en un volumen de quinientas páginas, Territorio Reverte, con treinta y dos ensayos sobre su obra, de otros tantos autores, que publicó hace dos años la Universidad suiza de Berna. De vez en cuando se marcha a navegar en su propio barco, que es su gran afición; afición que le ha inspirado su hasta ahora penúltima narración, La carta esférica. Explica, sin embargo: «No navego por aventura, sino para estar lejos de lo que no me gusta». Pero también suele decir que su patria es el Mediterráneo.

Ya nadie se atreve a poner en tela de juicio su calidad literaria. Su última novela, La Reina del Sur, situada su acción en nuestro tiempo y localizada en Sinaloa, México, y en nuestra Costa del Sol y Zona del Estrecho, con personajes entremezclados de uno y otro país, es un verdadero prodigio de observación lingüística, de matización de las diferencias, de entendimiento de los usos idiomáticos.

Es probablemente hoy el escritor español en activo con más presencia en los territorios americanos de nuestra lengua y esa última novela lo ha acabado de consagrar allá. En el mes de noviembre pasado, en el Congreso de la Asociación de Academias de la Lengua Española que se celebró en San Juan de Puerto Rico, el director de la Academia Costarricense, Alberto Cañas, escritor prestigioso, novelista también, como todos sabemos, me preguntó: ¿No han pensado ustedes en llevar a Pérez-Reverte a la Academia? Le contesté que varios académicos ya lo estábamos pensando. Y así era y justo será recordar que fue nuestro llorado secretario, Domingo Ynduráin, quien primero pronunció su nombre como el de un candidato ineludible.

Las obras del nuevo académico se han editado en muchos países hispanohablantes y la serie de El capitán Alatriste se ha convertido en España en materia de lectura escolar, porque su intención fue desde el principio, al concebir este personaje, que la recreación, con él, del ambiente de nuestro Siglo de Oro, de los hechos, los modos y los acontecimientos, llenara de alguna manera el hueco dejado por el destierro de la historia en los planes de estudio, en algunas naciones de América están cumpliendo idéntica función, pues ellos sienten claramente que esa historia les afecta y les es común. El éxito del personaje en el nivel secundario de enseñanza ha llevado incluso, en España, a traducirlos al catalán y al eusquera, con lo cual suman ya veintiocho las lenguas a las que nuestro autor se ha traducido. En dos naciones tiene muy particular presencia: en Francia y en los Estados Unidos. Ya en 1993 la revista Lire eligió La tabla de Flandes como una de las diez mejores novelas extranjeras traducidas ese año al francés y se le concedió también el Grand Prix de literatura policíaca; en 1997 recibe el Premio Jean Monnet de literatura europea, y en 1998 es nombrado Caballero de la Orden de las Letras y las Artes por el Presidente de la República Francesa, y en 2001 se le otorga el Premio Mediterráneo a La carta esférica en su traducción al francés, que también es galardonada por la Academia de Marina del vecino país. En los Estados Unidos, el Suplemento literario del New York Times consideró, en 1994, La tabla de Flandes como una de las cinco mejores novelas extranjeras publicadas ese año en aquel país y la sigue recomendando a sus lectores en los años siguientes; en 1998 selecciona El club Dumas como uno de los libros de ficción más importantes del año literario y define la novela como «deliciosa y llena de inteligencia»; y en 2000 destaca El maestro de esgrima, tardíamente traducida ante el éxito del autor, como uno de los mejores libros del año y resalta «su espléndida ejecución». La tabla de Flandes en Suecia y El club Dumas en Dinamarca reciben igualmente premios u honores reservados para novelas extranjeras. Estas y otras narraciones de Arturo Pérez-Reverte han sido llevadas al cine: se han realizado ocho películas hasta el momento, tres en los Estados Unidos y cinco en España.

Arturo Pérez-Reverte se ha propuesto en todo momento hacer buena literatura, porque ha sido siempre un entregado amante de ella, un denodado lector. Empieza tarde (tiene 35 años cuando publica su primera novela, en 1986), pero lleva trece años viendo guerras sin cesar y treinta leyendo libros sin parar. Y diez años después, en 1996, ya absolutamente triunfador, cuando salta al ruedo literario su capitán Alatriste, contesta de este modo, en una entrevista, a quien le recuerda esa llegada tardía a la literatura: «Uno publica cuando cree que tiene algo que contar, cuando siente una necesidad casi física de contar historias. Hay que esperar a sentir esa necesidad: hasta entonces podemos aprovechar el tiempo viviendo y leyendo. Pero, fíjese, ni siquiera ahora, cuando llevo diez años publicando libros, me sé escritor: yo soy, ante todo, un lector. Un lector apasionado cuya verdadera patria son los libros que ha amado. Concibo la escritura como una forma, también apasionada, de rescatar todos esos libros que amé, que sigo amando». Y antes ha dicho a su entrevistador, que también había mostrado su asombro ante el hecho de que, salvo Territorio Comanche, en ninguna de sus novelas hubiese utilizado los recuerdos de su intensa experiencia como corresponsal de guerra: «Lo cual no quiere decir que prescinda de mi vida a la hora de abordar una novela. Mi vida está detrás de cada página, de cada personaje. Ahora bien, mi propósito no es contar mi biografía (eso resultaría muy aburrido), sino contar el mundo: intentar trasladar al papel la lucidez o la confusión que la vida me ha dejado. No escribo para contar mi vida, sino para contar los amores que no he tenido, las cuentas que no he saldado, las mujeres que no he amado, los enemigos a los que no he matado, los amigos a quienes no he podido abrazar». Permítanme que incluya aquí una reciente observación personal. Su primera novela, El húsar, yo no la había leído; había entrado en su narrativa por La tabla de Flandes y Territorio Comanche y no me había preocupado de volver la vista atrás; pero ante este deber de recibirlo hoy, que se me encomendaba, consideré obligado completar mis lecturas. Y El húsar me ha dejado atónito: creo que nunca he leído una novela donde la guerra esté descrita tan duramente, sin paliativos, con toda su crueldad y truculencia, con su inevitable desbarajuste, sin escatimar rigores y atrocidades. Es una recreación histórica vista por un subteniente de húsares del ejército napoleónico en la guerra de España, nuestra guerra de la Independencia, pero no desde el recuerdo de los libros leídos, sino desde la inmediata experiencia del corresponsal de guerra que la está escribiendo. Y ese entreverar lo vivido y lo leído creo que es una constante en su narrativa y la razón que la trasciende.

La preocupación por ese ensamblaje de la realidad con la ficción, por escribir para su extenso público manteniendo, por encima de todo, la calidad literaria de su producto y la fidelidad en los detalles de sus recreaciones históricas, es una constante en su quehacer. Se documenta hasta la saciedad y está convencido de que los libros más vendidos igual pueden ser obras deleznables y ocasionales que obras bien escritas, sólidamente pensadas y con esperanza de futuro. «Yo escribo para vivir más y me siento un hombre libre», ha dicho en alguna ocasión. Libre, pero heredero de una larga e imponente tradición narrativa: «Nadie —añade— salvo los soberbios, los cretinos o algunos bobenzuelos a quienes vuelven locos los elogios de algunos críticos cantamañanas, puede creerse de veras capaz de escribir nada que merezca la pena con una memoria literaria o cultural que empieza en Kundera o en la última película de Tarantino. Cervantes, Shakespeare, Tolstoi, Dostoievski, Galdós, Valle, Stendhal, Quevedo, Virgilio, Homero, Dickens, Dumas, Stevenson, Melville y todos los otros, los de siempre, los viejos maestros que nos enseñaron a contar historias como siempre se contaron, siguen siendo necesarios antes de dar el primer teclazo, porque en ellos obtenemos el aplomo y el equipaje y en ellos afinamos las armas de la lengua, el estilo y la estructura».

Cuando escribe de estos asuntos, es un polemista deslenguado, implacable e hiriente. Desde hace diez años, viene publicando, cada semana, un artículo de opinión o de denuncia en El Semanal, suplemento dominical de todos los periódicos del grupo Correo, que llegan a más de cuatro millones de lectores. Reunió los publicados hasta 1997 en un libro, Patente de corso, y los comprendidos entre 1998 y 2001 en otro: Con ánimo de ofender. Vale la pena leerlos y compararlos con sus novelas. Los títulos ya son bastante expresivos de su actitud y de su intención.

Ahora acabamos de oírle su discurso de ingreso, que me parece que ha dejado a sus oyentes entre admirados y estupefactos. Ha sido una especie de alarde lingüístico consciente de convencido narrador. Ha querido demostrarnos hasta qué punto conoce los entresijos idiomáticos de nuestro Siglo de Oro y la seguridad y fiabilidad con que podemos aceptar sus recreaciones. El Diccionario de Autoridades incorporó íntegramente el Vocabulario de germanía de Juan Hidalgo y la Academia lo ha conservado siempre, es decir, la mayor parte de esas palabras insólitas que hemos oído esta tarde en nuestro Diccionario se definen. No todas porque el recipiendario ha utilizado además otras fuentes, siempre de garantía, amén del testimonio apabullante de los clásicos. Llega a esta casa, que concentra sus tareas en el registro y descripción de los empleos de cada palabra de hoy o de ayer, y ha querido mostrarnos que ya trae, a ese respecto, alguna lección aprendida y que podrá ponerse manos a la obra desde el primer día. Es posible que a algunos les haya parecido acumulativo, que lo es, y que lo hayan estimado críptico y se hayan perdido en más de un pasaje sin acabarlo de descifrar. En fin, esto último ocurre con frecuencia en conferencias y discursos sin que podamos atribuírselo al lenguaje de germanía, pero sí a otras jergas que se estilan y se emplean con profusión en la lengua actual, no pocas veces especializada y pedantesca. En el discurso que hemos escuchado la acumulación ha sido evidentemente intencionada y manejada con maestría, pues se ha explicado lo necesario, sin cortar el hilo narrativo, y la situación y el contexto han bastado casi siempre para atribuirles a las voces desconocidas su exacto significado. El bravo del título, el consabido valentón, ha desarrollado ante nosotros su rutinaria jornada, lo que nos ha permitido conocer, paso a paso, los nombres que suele dar a las cosas que utiliza, a las personas con las que se encuentra y a los hechos habituales en su mundo, jalonado todo ello con jácaras y romances de Lope o de Quevedo, y además el personaje queda dibujado, vivo, y finalmente nos resulta ser un viejo conocido, el del famoso soneto de Cervantes al túmulo de Felipe II, con cuyo estrambote ha rematado el nuevo académico su disertación. Sobre la originalidad de esta no creo que le quepa a nadie la menor duda, aunque habrá que reconocer que, evidentemente, se ha salido del canon.

Pero ¿qué es el canon?, ¿quién lo fija?, ¿quién lo establece? Con motivo de su elección para la Academia no faltó quien se lamentara por ahí, en privado o en público, de que se hubiera elegido un escritor popular, cuyos libros se vendían copiosamente y se leían con placer por gente muy diversa, pero que no se ajustaba al canon. Como llevamos algún tiempo en que se ha puesto de moda la protesta callejera, el jueves de su elección se convocó por Internet una manifestación de rechazo ante las puertas de la Academia. Aunque los organizadores probablemente cuenten ahora, como es habitual, que acudieron doscientas personas, si no quinientas, lo cierto es que sólo vinieron diez con sus pancartas y su desacuerdo, que manifestaron con ruidos de hojalatas. Con ese débil y desangelado fondo acústico de charanga o de cencerrada se celebró la votación, que bastó con una, con la primera. Cuando yo salí quedaban nueve contestatarios de los diez: alguien se había cansado o tenía otras urgencias. Dejo constancia aquí del anecdótico episodio, uno más en la historia lateral de la Academia. Probablemente, en el grupo habría alguien que quizá me hubiera podido explicar lo del canon. Aunque lo que dudo mucho es que alguno de sus componentes hubiera leído alguna vez alguna línea del escritor que rechazaban.

Arturo Pérez-Reverte llega a la Academia cargado de lecturas, de saberes y de experiencias, y con una ya extensa obra literaria de amplísima aceptación e indiscutible calidad. Es además un hombre serio, estricto en el cumplimiento de sus obligaciones y de una asombrosa puntualidad, una virtud tan infrecuente. Tiene un certero instinto lingüístico y un declarado amor a la lengua en que se expresa. Me atrevo a pronosticar que su actividad académica ha de ser valiosa y relevante, porque posee todas las condiciones necesarias para que eso ocurra: lo veo como un académico cabal.

Estás ya en tu sitio, Arturo, estás donde debías, en la Real Academia Española. El camino ha sido arduo, los trabajos muchos, duro el vivir. Pero has alcanzado la cumbre, como los soldados griegos de Jenofonte (¡zalasa!, ¡zalasa!), y has llegado a esta casa, que va a ser la tuya, y aquí estamos tus amigos, tus nuevos compañeros, con los brazos abiertos, anchos acaso como la mar, para darte la bienvenida.
Consuela saber que nadie a quien amas se quema en lo que arde. http://adacaramelada.blogspot.com.es

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Mensaje por Ada » Vie Nov 02, 2012 11:50 am

¿De veras tiene un sillón en el Gijón? ¿Con su nombre como las famosas butacas del Teatro Lara?
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