1149 - 12.07.2015 - Una Historia de España (XLVII)

Los artículos de la columna de Pérez-Reverte en ‘El semanal’ y otros escritos suyos

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Ada
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1149 - 12.07.2015 - Una Historia de España (XLVII)

Mensaje por Ada » Jue Jul 09, 2015 4:41 pm

UNA HISTORIA DE ESPAÑA (XLVII)

Para vergüenza de los españoles de su tiempo y del de ahora -porque no sólo se hereda el dinero, sino también la ignominia-, Fernando VII murió en la cama, tan campante. Por delante nos dejaba dos tercios de siglo XIX que iban a ser de indiscutible progreso industrial, económico y político (tendencia natural en todos los países más o menos avanzados de la Europa de entonces), pero desastrosos en los hechos y la estabilidad de España, con guerras internas y desastre colonial como postre. Un siglo, aquél, cuyas consecuencias se prolongarían hasta muy avanzado el XX, y del que la guerra civil del 36 y la dictadura franquista fueron lamentables consecuencias. Todo empezó con el gobierno de la viuda de Fernando, María Cristina; que, siendo la heredera Isabelita menor de edad -tenía tres años la criatura-, se hizo cargo del asunto. Con eso empezó la bronca, porque el hermano del rey difunto, don Carlos (que sale de jovencito en el retrato de familia de Goya), reclamaba el trono para él. Esa tensión dinástica acabó aglutinando en torno a la reina regente y al pretendiente despechado las ambiciones de unos y las esperanzas de buen gobierno o de cambio político y social de otros. La cosa terminó siendo, como todo en España, asunto habitual de bandos y odios africanos, de nosotros y ellos, de conmigo o contra mí.

Se formaron así los bandos carlista y cristino, luego isabelino. Dicho a lo clásico, conservadores y liberales; aunque esas palabras, pronunciadas a la española, estuvieran llenas de matices. El bando liberal, sostenido por la burguesía moderna y por quienes sabían que en la apertura se jugaban el futuro, estaba lejos de verse unido: eso habría sido romper añejas y entrañables tradiciones hispanas. Había progres de andar por casa, de objetivos suaves, más bien de boquilla, próximos al trono de María Cristina y su niña, que acabaron llamándose moderados; y también los había más serios, incluso revolucionarios tranquilos o radicales, dispuestos a dejar a España que en pocos años no la conociera ni la madre que la parió. Éstos últimos eran llamados progresistas. En el bando opuesto, como es natural, militaba la carcundia con solera: la España de trono y altar de toda la vida. Ahí, en torno a los carlistas, cuyo lema Dios, Patria, Rey -con Dios, ojo al dato, siempre por delante- acabaría resumiéndolo todo, se alinearon los elementos más reaccionarios. Por supuesto, a este bando carca se apuntaron la Iglesia (o buena parte de ella, para la que todo liberalismo y constitucionalismo seguía oliendo a azufre) y quienes, sobre todo en Navarra, País Vasco, Cataluña y Aragón, igual les suena a ustedes la cosa, pretendían mantener a toda costa sus fueros, privilegios locales de origen medieval, y llevaban dos siglos oponiéndose como gatos panza arriba a toda modernización unitaria del Estado, pese a que eso era lo que entonces se estilaba en Europa.

Esto acabó alumbrando las guerras carlistas -de las que hablaremos otro día- y una sucesión de golpes de mano, algaradas y revoluciones que tuvieron a España en ascuas durante la minoría de edad de la futura Isabel II, y luego durante su reinado, que también fue pare echarle de comer aparte. Una de las razones de este desorden fue que su madre, María Cristina, enfrentada a la amenaza carlista, tuvo que apoyarse en los políticos liberales. Y lo hizo al principio en los más moderados, con lo que los radicales, que mojaban poco, montaron el cirio pascual. Hubo regateos políticos y gravísimos disturbios sociales con quema de iglesias y degüello de sacerdotes, y se acabó pariendo en 1837 una nueva Constitución que, respecto a la Pepa del año 12, venía sin cafeína y no satisfizo a nadie. De todas formas, uno de los puntazos que se marcó el bando progresista fue la Desamortización de Mendizábal: un jefe de gobierno que, echándole pelotas, hizo que el Estado se incautara de las propiedades eclesiásticas que no generaban riqueza para nadie -la Iglesia poseía una tercera parte de las tierras de España-, las sacara a subasta pública, y la burguesía trabajadora y emprendedora, que decimos ahora, pudiera adquirirlas para ponerlas en valor y crear riqueza pública. Al menos, en teoría. Esto, claro, sentó a los obispos como una patada bajo la sotana y reforzó la fobia antiliberal de los más reaccionarios.

Ése, más o menos, era el paisaje mientras los españoles nos metíamos de nuevo, con el habitual entusiasmo, en otra infame, larga y múltiple guerra civil de la que, tacita a tacita, fueron emergiendo las figuras que habrían de tener mayor peso político en España en el siglo y medio siguiente: los espadones. O sea, el ejército y sus generales.

[Continuará].

XL Semanal, 12 de julio de 2015
Consuela saber que nadie a quien amas se quema en lo que arde. http://adacaramelada.blogspot.com.es

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bowman
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Mensaje por bowman » Jue Jul 09, 2015 5:08 pm

Refuto lo de 'indiscutible progreso industrial, económico y político'. El 'progreso' industrial, económico y político de España en el XIX admite muchos calificativos salvo el de 'indiscutible'. El carácter del 'progreso' industrial, económico y político de España en el XIX es, precisamente, bastante más que discutible. Y la prueba es que aquí estamos, por lo menos servidora: discutiendo.
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Rogorn
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Mensaje por Rogorn » Jue Jul 16, 2015 5:26 pm

Pérez Reverte
informador - network54.com - 15/07/2015

Pèrez Reverte es un curioso personaje. Con vena y tendencias fascistoides (en vertiente petriotera) cultiva (al igual que para vivir hace el pintor Ferrer Dalmau)lo militar en su faceta mas colorista, y ello tal vez por ser de ascendencia chuskera y haber sido corresponsal de guerra.

Pero como tales convicciones no son excesivamente bien vistas en el mundillo de la cultura, al mismo tiempo muestra también una estentorea admiración por la Ilustración que acompaña con anticlericalismo tabernario y adereza, para darle un buscado aire desenfadado, con el empleo a granel de tacos y expresiones de género chico.

Fruto de lo anterior, y también como su complemento, es un anticarlismo con el que se encuadra en la tripleta formada con el resentido buscavidas de Jiménez Losantos y el evangélico Cesar Vidal (ambos firmantes de una "historia" de España en la que se califica de asesino a Zumalakarregi entre otros esputos anticarlistas).

Pérez Reverte escribe también desde hace XLVII ocasiones una "historia" similar a la de Jiménez y Vidal, y que se publica por entregas en el suplemento de ABC. El pasado domingo llegó al Carlismo, y, claro, se pavoneó luciendo su "liberalismo" y echando mano a su anticlericalismo de anís "Machaquito". De tal su insigne aportación a la historiografia es este párrafo:

"Ahí, en torno a los carlistas, cuyo lema Dios, Patria, Rey -con Dios, ojo al dato, siempre por delante- acabaría resumiendolo todo, se alinearon los elementos mas reaccionarios. Por supuesto, a este bando carca se apuntaron la Iglesia (...) y quienes, sobre todo en Navarra, País Vasco, Cataluña y Aragón, igual les suena a ustedes la cosa, pretendian mantener a toda costa sus fueros, privilegios locales de origen medieval, y llevaban dos siglos oponiendose como gatos panza arriba a toda modernización unitaria del Estado."

Pues sí, señor Pérez Reverte, a los carlistas les movilizaba defender sus derechos nacionales en cada pueblo diferenciado, y con ello eran fieles -¡lo reconoce Ud. mismo!- a su particular lucha nacional desde hacía ya "dos siglos" "oponiendose como gatos panza arriba a toda modernización unitaria del Estado".

Solo nos queda, a los carlistas, el darle las gracias porque desde su iracundia cantralista/fascista haya acertado plenamente en el diagnóstico del profundo e inalterable ser carlista, una ideología, además, perenne -¿casualmente?- en los territorios mas avanzados de toda la peninsula.

¡El tiro por la culata señor Pérez Reverte!

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