1167 - 15.11.2015 - Hoy quiero ser francés

Los artículos de la columna de Pérez-Reverte en ‘El semanal’ y otros escritos suyos

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Ada
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Mensaje por Ada » Vie Nov 13, 2015 12:21 pm

HOY QUIERO SER FRANCÉS

Sentado en el café Le Bonaparte, frente a Saint Germain, tomo notas para una novela que llevo por la mitad y que tal vez se publique a finales del año próximo. Se trata de una escena que transcurre exactamente en este café, en la mesa misma en la que estoy sentado: dos personajes, uno joven y otro viejo, dialogando sobre un libro perdido y un misterio. Y estoy en ello, como digo, cuando miro hacia la calle y pienso que hay lugares y ciudades estimulantes, que crean un estado de ánimo favorable para narrar historias. No me ocurre en todas partes, pero sí aquí, en París. Desde que tengo memoria, no hay una sola vez que haya caminado por esta ciudad, entrado en sus librerías, leído en sus cafés, que no me haya sentido vivo y lúcido, con ganas de escribir. Con ánimo de contar. Y eso, que siempre fue importante para mí, lo es más ahora, cuando los años, las cosas y los libros que dejaste atrás podrían entibiarte el ánimo. Aflojar las ganas. Dije alguna vez que sólo se es joven en vísperas de una batalla; al día siguiente, ganes o pierdas, ya has envejecido. Por eso es tan importante disponer batallas nuevas, vísperas tensas en las que engrasar los arneses y afilar la espada, dispuesto de nuevo al combate. A la aventura que te impide, o lo retrasa de modo razonable, envejecer de mala manera. En mi caso, el recurso son el mar y los libros. Y esta vez se trata de libros.

Quizá el influjo se deba a las librerías. A su número y calidad. Aunque muchas han cerrado -la última, a pocos pasos de aquí-, París sigue siendo el paraíso del transeúnte lector que describí hace veinticinco años en 'El club Dumas', territorio habitual del cazador de libros Lucas Corso. Pienso en ello mientras comparo esta ciudad con el desolado páramo en el que la indiferencia gubernamental y la incompetencia municipal han convertido el paisaje librero de Madrid: un centro de ciudad donde no sólo las librerías, sino el comercio tradicional, lo que da vida y carácter a un barrio y a una ciudad, han sido arrasados por las franquicias absurdas y las tiendas de ropa. Un paseo atento por esas calles es desolador: imposible encontrar ya un zapatero, un panadero, un ferretero. Para todo hay que peregrinar a la moderna catedral de nuestro tiempo, que diría el buen Pepe Saramago: El Corte Inglés. Y así, cada viejo comercio de toda la vida que cierra se convierte, automáticamente, en un bar o en una tienda de ropa; lo que es, por otra parte, fiel reflejo de lo que somos y de lo que nos gusta ser. Y de lo que seguiremos siendo.

La verdad es que no deja de tener su retorcida gracia, aunque sea siniestra. Paseo por París viendo escaparates de librerías y viejos comercios que se mantienen, y pienso inevitablemente en la desertificación comercial de Madrid y en el estúpido relaxing cup of café con leche de aquella alcaldesa por fin desaparecida, o en el bajuno concepto que de la palabra cultura tiene la que manda ahora. Y me pregunto si alguna vez habrán oído hablar, ellas o sus colaboradores, de cosas como el proyecto Vital Quartier, por ejemplo, que desde hace años se ocupa en París de mantener vivo el comercio tradicional que anima los barrios principales, facilitando sus alquileres, rehabilitaciones y rebaja de impuestos, favoreciendo que los pequeños negocios subsistan, humanicen las calles y animen en torno otros espacios comerciales gratos al ciudadano, complementándolo todo con una política de salubridad, higiene y seguridad callejera. Un esfuerzo al que se destina dinero, imaginación y buena voluntad en vez de desidia y burdo afán recaudatorio, y que ya ha logrado tener tres centenares de tiendas tradicionales, de diversas actividades, protegidas en seis de los principales barrios de París.

Por supuesto, y también a diferencia de Madrid, donde hasta la magnífica Cuesta Moyano y sus librerías se ven olvidadas y maltratadas por el Ayuntamiento, uno de los sectores donde más cuidado ha puesto el plan parisino de apoyo al comercio tradicional es el de las librerías. Sólo a eso, a defender la existencia del comercio cultural que ennoblece el centro de la ciudad y mantiene su carácter, la alcaldía de París acaba de destinar una ayuda complementaria de dos millones de euros, amén de exenciones fiscales si una librería dedica a salarios el 12% de su facturación, así como subvenciones por promoción de libros de fondo -no torpes novedades de aquí te pillo y aquí te mato-, pagos de alquiler a la mitad del precio del mercado y créditos con dos años de carencia. Y ahora piensen ustedes en Madrid, aprieten los dientes y hagan, como yo, un esfuerzo para no blasfemar en arameo y que se los lleve el diablo.

XL Semanal. 15 de noviembre de 2015
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Siana
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Mensaje por Siana » Vie Nov 13, 2015 6:33 pm

La cultura en Francia es Cultura. Y además no necesitan que ningún extranjero les diga que son buenos.

Edito pues este artículo salió una semana, o unos pocos días antes de los nefastos atentados. Yo también les envidio en algo. Su capacidad para usar siempre la primera persona del plural.
Última edición por Siana el Lun Nov 16, 2015 7:22 pm, editado 1 vez en total.

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Jubonamarillo
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Mensaje por Jubonamarillo » Dom Nov 15, 2015 9:56 pm

Hoy quiero ser frances. No puede haber mejor titulo para la patente de hoy que este, aunque sea por otro motivo. Lo cierto es que la incultura conduce al odio y a continuacion viene la barbarie.
Y al finalizar os hiero

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agustinadearagon
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Mensaje por agustinadearagon » Lun Nov 16, 2015 11:08 am

Creo que ya lo he puesto por ahí en otro post. Lo único que nos motiva ahora es la imagen. Tiendas de ropa, ropa, ropa.....no quiebran. Al revés, abren más. Precios bajos, mala calidad. Nos queremos ver guapos, y guapas. Necesitamos sentirnos queridos aunque nuestra capacidad para querer mengüe. Vanitas vanitatis.

Materia prima barata procedente del tercer mundo, y mano de obra barata, idem. Explotación laboral al servicio del exclusivismo. Cada personita del primer mundo es very important, y los recursos del planeta todos, han de estar a sus pies fotografiados una y mil veeeeeces a borde de piscinas y de playas, y subidos a las redes sociales para que todos vean lo bien que vivo con mis uñitas pintadas y mi daikiri en la mano. Ojo, hasta más allá de las fronteras tienen que ser admirados mis pies, y si sientes envidia te joes y aguantas ahí cosiendo para mí, o cavando en minas para mí, pero no se te ocurra venir pacá, que aquí no cabemos más que yo y mis colegas con nuestros móviles last generation.

Y eso de leer ....pufff que rollo. Eso no se fotografía y ni da caché.
"Fuera del perro, el libro es el mejor amigo del hombre. Dentro del perro quizá esté muy oscuro para leer". G.M.

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agustinadearagon
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Mensaje por agustinadearagon » Lun Nov 16, 2015 11:09 am

Ada, gracias guapa por el artículo. Lo de los pies no va por ti ni de lejos, que lo tuyo era otro rollo bien distinto al que me refiero.
"Fuera del perro, el libro es el mejor amigo del hombre. Dentro del perro quizá esté muy oscuro para leer". G.M.

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Rogorn
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Mensaje por Rogorn » Lun Nov 23, 2015 5:58 pm

Preocupaciones inmediatas
D Fopiani - andaluciainformacion.es - 23/11/2015

Ya me gustaría a mí ser una de esas personas que disfrutan de tiempo libre. Y no es que me queje de ser un tío con trabajo y obligaciones, para nada. Me quejo de mí mismo, de lo torpe que soy con esto de manejar la vida. Que yo también tengo horas libres, lo único que no sé disfrutarlas. Sí, creo que esa es la palabra, aunque se repita dos veces en el mismo párrafo.

De vez en cuando me regalo un café en alguna terraza con la intención de relajarme y desconectar, pero los remordimientos por no estar aprovechando el tiempo afloran. Como si mirar la calle, y punto, fuese un tiempo improductivo. Por eso yo siempre llevo encima mi libreta de escritor. Una negra, con hojas ahuesadas y un pequeño marcapáginas con la silueta de Edgar Allan Poe (el que la lleva la entiende). Tener material para tomar apuntes siempre encima ofrece la posibilidad de saciar el ansia enfermiza que nos caracteriza a aquellos que vivimos con la eterna sensación de estar dejando el tiempo pasar de largo. Como si anotar algunas ideas o escribir cuatro frases justificara el tiempo que voy a pasar aquí sentado, sin más, observando la calle Real.

Pero dejando enfermedades obsesivas aparte y dando pie a esto de sentarse, con un café, mientras se goza del panorama que presenta la vida urbanita, traigo a colación algo que he leído en el artículo de esta semana de don Arturo Pérez-Reverte. En él decía que hay lugares y ciudades estimulantes, que crean un estado de ánimo favorable para narrar historias. Yo, sentado en la terraza de la cafetería La Buhardilla, miro hacia la calle Real y pienso que sí, que debe de haber lugares con encanto que inciten a la reflexión y al viaje interior, pero que desgraciadamente no es el caso. Y os juro que hago todo lo posible por recrearme, por relajarme en la calle principal de esta ciudad mientras muevo la cucharilla para que se disuelva la sacarina (un hombre que se cuida), con la esperanza de que llegue alguna inspiración, alguna idea profunda, brillante que pueda sacarme del anonimato y me convierta en un superventas de las librerías. Pero joder, si uno lo piensa bien, el escritor que se sienta en la Rue Mouffetard (París), en la plaza de San Marcos (Venecia) o por decir alguna otra, en el Retiro (Madrid) juegan con ventaja. Yo me veo aquí, subiendo la mirada de la taza y viendo las losas de la calle Real levantadas, visualizando en mi imaginación un tranvía que sabe la Tutú si algún día existirá. Incapaz de escribir tres líneas seguidas sin que el señor de todos los días me de las buenas tardes y me pida un cigarro, sabiendo que no fumo, (porque yo también soy el de todos los días) supinando con la palma de la mano para que le suelte algunas monedas. Las vallas amarillas de las obras, el perro que se caga allí en medio y el dueño que le sopla un huevo. El viejo que se suena los mocos y el niño que anda como un autómata mientras todos sus sentidos están atrapados en la pantalla de un móvil. Así no hay manera de ganar un premio nacional de literatura. Digo yo.

Le doy un sorbo al café y me acuerdo de la camarera, preguntándome cómo pudo traerme la taza hasta la mesa sin usar unas tenazas de herrero. Entonces, en unas de estas idas y venidas de introspección, me digo que quizás no todo en nuestra ciudad sea tan malo ni tan triste. Que la calle Real también tiene su aquel. Que soy yo el desgraciado que, como la mayoría de las veces, no sabe disfrutar de las cosas. Reconozco que de alguna manera yo también me encuentro algo desorientado, trastornado esta semana. Es probable que la calle Real no sea tan gris, y que sea yo el que haya perdido la capacidad de apreciar sus colores. Que aunque intente hacer como el que no ha ocurrido nada, las noticias de estos días han agotado las pocas reservas de energía y optimismo que me quedaban en el bolsillo. Lo ocurrido en Francia no se puede esconder, por mucho que se quiera. Por más que uno intente tomarse el café de todos los días o seguir escribiendo sobre otro asunto, el subconsciente vuelve a lo mismo.

Los que me conocen saben que no suelo aprovechar la coyuntura para escribir sobre lo que la gente quiere leer. Odio el morbo, y nunca me he aprovechado de él (hasta el día que me paguen por ello, claro). El caso es que no soy de ese tipo de escritores oportunistas que publican entradas por Facebook a ritmo de tambor, pero en estos días no puedo evitar pensar en el sufrimiento de tantas personas, en la fugacidad de la vida, en la complejidad de la sociedad humana. Miles de personas mueren al día en el mundo, y muchas por culpa de otras. Pero no pasa nada. Qué más da. La gente sigue paseando por la calle Real, aguantando las bolsas de la compra, con sus carritos de bebé o con la mirada fija en la espalda baja de la que va delante.

Vuelvo a tomar otro trago de café y me apetece cerrar los ojos e imaginar que estallo en pedacitos. Que por un momento alguien hubiese decidido poner una bomba en la cafetería y mi vida, como la de todos los que me rodean, acabase en ese mismo instante. Fuego, incertidumbre, destrucción, escombros, caos, llantos, muerte, sirenas de bomberos. Pero al abrirlos me doy cuenta que sigo aquí, sentado en la silla, que ese tipo de cosas tan desagradables les ocurren a otros. Que eso no pasa aquí. Y que el café se me enfría.

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endeavour
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Mensaje por endeavour » Mar Dic 01, 2015 3:54 pm

Gracias por la patente.
Un saludo.

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Ada
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Mensaje por Ada » Mié Dic 02, 2015 11:37 am

Agustina, no me he sentido identificada con lo que comentabas más arriba


En LA VOZ DE GALICIA:

Quiero ser de Compostela
02 de diciembre de 2015.

He ahí el notición: «El gobierno local va a aplicar mano dura contra los establecimientos del casco histórico que invaden el espacio público con elementos publicitarios, exhibición de mercancía, etc.». Al fin nuestra ciudad histórica volverá a ser estimulante de estados de ánimo favorables para que ocurran historias entre personas.

Quiero dar mi más sincera enhorabuena a este gobierno local que declara la batalla a estas malas prácticas de una parte del comercio y hostelería que, en lugar de contribuir a dar vida y carácter a Compostela, adoptan las actitudes de muchas franquicias absurdas que invaden las fachadas y calles con groseros carteles y luminarias. Me resisto a creer que esto sea un «fiel reflejo de lo que somos y nos gusta ser». No, no somos eso y tampoco queremos que la actividad comercial desaparezca, pues ello iría en contra de una zona histórica residencial. Deseamos convivir sin ser agredidos por esos estúpidos «estaribeles» que ocupan el espacio público. Señores empresarios, con lo bonito que es pasear por Compostela e ir viendo escaparates.

Hace unas semanas, Pérez Reverte mencionaba el proyecto Vital Quarter que desde hace años se ocupa en París de mantener vivo el comercio. Me permito recomendar a nuestros gobernantes que sigan esa senda y favorezcan que subsistan los pequeños negocios facilitando sus rehabilitaciones y rebajas de impuestos, promoviendo aparcamientos y seguridad e, incluso, protegiendo y mimando iniciativas como la de la Rúa Nova, donde, sin saber cómo, han logrado establecerse tiendas tradicionales de diversas actividades que ennoblecen nuestro casco histórico y contribuyen a mantener su carácter.

http://www.lavozdegalicia.es/noticia/sa ... C12992.htm
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Ada
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Mensaje por Ada » Lun Dic 07, 2015 12:10 pm

Los libreros de la cuesta de Moyano piden una regulación como la de París
Los vendedores denuncian estar "al límite" por la indiferencia de las Administraciones
BEATRIZ GUILLÉN Madrid 5 DIC 2015 - 23:30 CET

Cuentan los libreros de la cuesta de Moyano que en sus 90 años de historia solo 15 días han permanecido cerrados. Fue en el verano del 39, tras la victoria de las tropas franquistas. Cuando requisaron las obras que iban en contra de la moral del régimen. “Desde entonces, no ha habido una jornada en la que no hubiera aquí algún librero”, asegura Paco Moncada, presidente de la Asociación de Libreros de la Cuesta de Moyano. Recuerda con nostalgia los buenos tiempos, ahora que son ya exiguos los clientes y precarias las ventas. Los vendedores de los 30 puestos quieren recuperar el “gran centro cultural que fue la feria permanente de libros de Moyano” y ven en la normalización la solución a sus problemas. “Necesitamos una regulación estándar y oficial para todas las casetas, como la que tienen en París”, argumenta Moncada, “que recoja la idiosincrasia de este lugar tan especial”. Esto incluye que les quiten el alquiler o que les pongan un canon cultural.

Los buquinistas franceses —se llaman así específicamente aquellos libreros que venden en los márgenes del río Sena— tienen desde 2011 un reglamento estricto que deben cumplir y que les permite no pagar tasas ni alquiler (tampoco pueden recibir subvenciones). Están obligados a abrir sus puestos un mínimo cuatro días a la semana, a vender esencialmente libros antiguos, de ocasión o grabados y a comprar o construir los cajones de venta en unas dimensiones concretas e iguales para todos ellos, entre otras medidas.

La equidad para todas las concesiones es una de las demandas de los libreros de Moyano: denuncian que cada caseta paga un canon distinto en función del año de su instalación. Así, mientras aquellos que empezaron en 1985 abonan alrededor de 1.400 euros al semestre, los de 2005 llegan a los 6.000. “Son concesiones que se dan al alza; es decir, que cada vez que se renuevan el precio es superior a la vez anterior. Esta discriminación hace muy difícil la supervivencia a los nuevos libreros”, constata el presidente de la Asociación. Ángela Barrios, que lleva 15 años en Moyano y tiene uno de los canon más caros, afirma: “No podemos mantener a las familias así, pagando lo que pagamos”.

El precio de alquiler de las casetas es solo una de las numerosas dificultades que los libreros engloban bajo un problema general: la indiferencia de las Administraciones. “Nos limitan cada vez más. Y nosotros sí que estamos al límite, pero de la supervivencia”, explica el vendedor Armando Castillo, que heredó el puesto de su padre —“llevamos aquí desde los sesenta, de sol a sol”—.Una gran parte de sus obstáculos se derivan del proyecto de peatonalización del entonces alcalde del PP Alberto Ruiz-Gallardón en 2007. “Desde que hicieron la calle peatonal hemos perdido muchísima visibilidad”, razona Moncada. “Antes venía mucha más gente”. Además, la reforma de la cuesta trajo, según los libreros, un suelo de granito que “arde en verano y enfría en invierno” y un paseo sin sombras ni bancos. “Lo único bueno que nos iba a traer era una terraza para dinamizar la zona y todavía no ha llegado”, se quejan los vendedores.

Sin aparcamientos
La falta de sitio para dejar los vehículos es otra de sus preocupaciones. “En esta calle no se puede entrar con el coche, pero tampoco podemos dejarlo en los alrededores para cargar porque tenemos el límite horario de 09.00 a 11.00. ¿Cómo hacemos para traer y descargar el género?”, explica Moncada. Esta limitación ha reducido la llegada de vendedores particulares: “No reponemos, no vendemos”.

“Somos conscientes de que existe voluntad política para dar soluciones a nuestras demandas”, reconoce el presidente. Ya han tenido una reunión con la alcaldesa y otra con la directora general de Patrimonio. Ambas con resultados. “Ahora solo falta que se trasladen a decisiones prácticas”. Mientras, ellos recuerdan que son la única calle de Madrid en la que de principio a fin —200 metros— solo se venden libros.
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