1177 - 24.01.2016 -Minutos de silencio y besitos chorras

Los artículos de la columna de Pérez-Reverte en ‘El semanal’ y otros escritos suyos

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aik
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1177 - 24.01.2016 -Minutos de silencio y besitos chorras

Mensaje por aik » Dom Ene 24, 2016 8:28 pm

MINUTOS DE SILENCIO Y BESITOS CHORRAS

A veces uno se pregunta cómo es posible que las cosas sensatas, razonables, tarden tanto en arraigar, cuando lo hacen, o se pierdan de la manera más boba, y sin embargo cualquier gilipollez se imponga con pasmosa facilidad, cunda y se haga moda y costumbre, con todos los cantamañanas del mundo practicándola encantados. Cada cual tendrá su lista, supongo. Ustedes la suya y yo la mía. Menos los tontos, claro. Porque a ésos no hay tontería que se lo parezca, y se apuntan con entusiasmo a lo que sea. Y cuando una estupidez toma cuerpo en ese territorio, ya no hay cristo que se libre de ella; pues, como dijo no me acuerdo ahora quién, cuando un tonto sigue un camino, se acaba el camino pero sigue el tonto. Y como dijo otro -que tampoco me acuerdo ni tengo gana de levantarme a mirarlo-, a un tonto no hay manera de convencerlo de que deje de serlo, porque para eso hay que bajar a su nivel. Y en ese nivel, los tontos son imbatibles. Sobre todo en España.

Los minutos de silencio, por ejemplo. Es costumbre antigua, cuando sobreviene una desgracia, que en determinados lugares o reuniones se guarde un minuto de silencio en memoria de los fallecidos. Eso está bien, porque demuestra sensibilidad, dolor y respeto. En España, sin embargo, eso del minuto se les queda corto a muchos. Sesenta segundos de inmovilidad y silencio, parecen opinar, no expresan de modo adecuado el inmenso dolor y respeto que sienten. Así que ahora está de moda guardar no uno, sino tres o cinco minutos de silencio. Y hace poco, en no sé qué corporación municipal, se guardaron hasta diez. O por ahí. Prueben ustedes a quedarse quietos cinco minutos pensando en algo doloroso, y ya me dirán el resultado. El aburrimiento. Pero da igual. La cosa estriba en demostrar al mundo, a ser posible con cámaras de televisión delante, que puestos a sentir desconsuelo y solidaridad, a los españoles no nos supera nadie en sensibilidad tácita. Que para silencios emotivos, los nuestros. Y así se dan, cada vez con más frecuencia, esas penosas escenas de un montón de concejales, o diputados, o alumnos de tal institución o colegio, callados e inmóviles con los brazos cruzados y las caras serias, mirando el reloj de reojo durante casi un cuarto de hora, mientras los de la segunda o tercera fila, que se les ve menos, aprovechan para echar un vistazo a los teléfonos móviles. Para demostrar que a todos nos duele de cojones.

Otra gilipollez que se ha impuesto de modo aterrador es la de los besos. Desde siempre, uno da la mano a las personas a las que acababa de conocer y reserva el beso para las personas queridas, o para aquellos con quienes les une mucho afecto o confianza. Pero ahora, en cuanto te ponen a alguien delante, vas y lo besas. O viceversa. Generalmente, y eso es lo curioso del asunto, es el varón quien se inclina a besar a la otra persona, si ésta es mujer. Y ella, en vez de extender con firmeza la mano y mantener al imbécil a la distancia adecuada a la que saluda una señora consciente de serlo, se deja besuquear, encantada. O lo parece. No entre gente de confianza, ojo, ni en ambientes juveniles ni amistosos, donde besarse es muy natural, sino entre gente mayor y en cualquier circunstancia. Smuac, smuac. Por no mencionar a los políticos. Y además, eso del osculeo sobreviene en las situaciones más absurdas. Llegas y dices, aquí Fulano, aquí Mengana, y el pavo va y le calza a la señora, automáticamente, un beso en cada mejilla, como si se conocieran del colegio o hubieran tenido rollo antes. O ella, que también, pone la cara para que se la besen aunque sea la farmacéutica y hayas ido a comprarle aspirinas. Me sorprende que las más ultrarradicales feministas, tan sensibles para otras idioteces, no se indignen con eso. Con que al saludar los hombres las besen a ellas, pero se den la mano entre ellos. Más machista, imposible. Creo.

Siempre recordaré la cara de un buen amigo mío, francés de toda la vida, hombre elegante y correctísimo, cuando al llegar a un restaurante madrileño salió a recibirnos un pavo con el nombre bordado en la camisa, que tuteándonos sin habernos visto antes en su puta vida, le estampó a su legítima dos besos sonoros en las mejillas antes de que ninguno pudiéramos evitarlo. «¿Por qué besa usted a mi mujer?», le preguntó el francés, entre molesto y sarcástico. Y el otro, confuso, sin entender un carajo, lo miraba como si fuera un marciano. Entonces me acordé de una frase que solía decir mi abuelo -que era un caballero nacido en 1890- cuando alguien se le dirigía de forma grosera o mal educada: «Debe de creer que hemos guardado juntos cerdos en la misma cochinera».

XL Semanal, 24 de enero de 2016
"Son Españoles los que no pueden ser otra cosa". (Cánovas)

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Mensaje por agustinadearagon » Dom Ene 24, 2016 9:29 pm

Recuerdo la primera reunión que tuve, cuando formaba parte del sindicato de la empresa, con RR.HH. Vinieron los representantes de la compañía a darme dos besos y yo extendí mi mano. La mirada de desprecio que recibí no se me olvidará. Mi gesto altanero y otras cosillas más las pagué durante mucho tiempo. Ser sindicalista y altanero no cae bien.
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Siana
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Mensaje por Siana » Dom Ene 24, 2016 10:21 pm

Descomponer la pose de alguien es lo que no cae bien...Pero sí, se estilan este tipo de cosas. A mi me gusta más dar la mano también cuando me presentan a alguien. Además no todo el mundo sabe estampar bien dos besos, ni dar la mano, ya que estamos.

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Ada
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Mensaje por Ada » Lun Feb 01, 2016 5:37 pm

Me encanta cortar a la gente extendiendo la mano y descolocar a alguien que me cae regular lanzándome a besarle la yugular. Jajaja. Muy bueno el artículo!!
la verdad que pedir a un español que esté un minuto sin quejarse o sin tuitear es un poco complicado
Consuela saber que nadie a quien amas se quema en lo que arde. http://adacaramelada.blogspot.com.es

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endeavour
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Mensaje por endeavour » Sab Abr 16, 2016 4:02 am

Gracias aik.
Un saludo

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Rogorn
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Mensaje por Rogorn » Lun Abr 25, 2016 8:47 am

Vivir en Disneylandia
Carmen Posadas - finanzas.com/xlsemanal - 24/04/2016

"¿Seguimos a salvo en Disneylandia?" -se preguntaba Arturo Pérez-Reverte después de los últimos atentados terroristas. La suya ha sido una de las pocas voces discordantes en el mirífico coro que suele acompañar este tipo de horrores y que se caracteriza por rituales de parte de los buenos ciudadanos como cambiar su icono de Facebook o Twitter por un lazo negro; repetir mucho «Yo soy Charlie», «Yo soy París» o «Yo soy Bruselas»; o tapizar los lugares del atentado con ramos de flores, cartas y velitas.

Hablando de velas, tal vez ustedes recuerden un vídeo que se hizo viral después del 13N. En él, un padre intentaba explicar a su hijo de cuatro años lo sucedido en París y convencerle de que lo importante no son las armas. «Ellos son muy malos -argumentaba el niño-, no son gente agradable, hay que tener mucho cuidado y cambiar de casa». «Oh, no, no te preocupes, no tendremos que irnos; Francia es nuestra patria» -lo tranquilizaba el padre, pero la criatura seguía dudando-: «Son malos, papá, tienen pistolas y nos pueden disparar». «Pero nosotros tenemos flores» -insistía el padre, con aire tranquilizador, a lo que el niño, después de mirarle como si fuera un poco lelo, añadía con sentido común admirable-: «Pero las flores no sirven para nada, papá...». «Claro que sirven -porfiaba su irredentamente optimista progenitor-. Mira toda esa gente poniendo flores. Son para combatir a las pistolas». «¿Y las velas?» -preguntaba el niño-. «Las velas son para recordar a los que se han ido». «Ah, las flores y las velitas son para protegernos» -repetía la pobre criatura sin mucha convicción-. El vídeo ha tenido no sé cuántos millones de descargas en el mundo entero desde entonces y casi otros tantos comentarios positivos y entusiastas: qué bonito mensaje, qué hermoso modo de explicar a los pequeños lo que está pasando en el mundo. Por lo visto, nadie se para a pensar si a los niños se les hace o no un favor contándoles la milonga de que las flores y las velas nos protegen «de los malos».

Habrá quien argumente que aquel niño era demasiado pequeño como para darle otra explicación, pero me temo que, de ser mayor, también le habrían contado similar cuento de hadas. Es lo que hoy hacemos todos, intentar evitar a los niños la visión del lado más 'feo' de la vida. Hasta los cuentos clásicos han sido tuneados. El lobo ya no se come a la abuela de Caperucita, la bruja de Hansel y Gretel jamás tuvo intención de zampárselos, solo hizo la casita de chocolate para invitarlos a merendar; y Pete, el malo de las películas de Mickey, se ha vuelto un santo varón. Hace unos meses, educadores, escritores y médicos se reunieron para examinar este fenómeno bajo el lema 'Maldad, perfidia y espanto en la historia de la literatura', y llegaron a una sorprendente conclusión. Mientras los niños, incluso los más pequeños, son capaces instintivamente de diferenciar el bien del mal cuando se les cuenta una historia, los adultos parecen haberse infantilizado. El niño distingue a la perfección lo uno y lo otro, mientras que los mayores se interesan por historias maniqueas en las que los buenos son buenísimos y los malos, malísimos. Historias planas que no aportan nada al debate intelectual o moral.

¿Se han fijado en la cartelera de cine? Años atrás, más de la mitad de las películas que se exhiben habrían sido consideradas infantiles. ¿Qué hace que dos adultos queden para ver 'Caperucita roja', 'Blancanieves' o 'Shrek'?, y ¿qué indica este dato sobre la sociedad actual? Decía Bruno Bettelheim, en su célebre 'Psicoanálisis de los cuentos de hadas', que los cuentos clásicos en los que están presentes la crueldad, la violencia y hasta la injusticia cumplen una misión pedagógica fundamental, como preparar al niño para el mundo que se encontrará cuando crezca, mientras que pintar un mundo idílico e irreal lo único que consigue es criar personas inmaduras. ¿Será esa una de las razones por las que de un tiempo a esta parte vivimos en esa Disneylandia de la que hablaba Pérez-Reverte? Ojalá la realidad no nos expulse de un guantazo de tan lindo paraíso.

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