1182 - 28.02.2016 - Un día de felicidad

Los artículos de la columna de Pérez-Reverte en ‘El semanal’ y otros escritos suyos

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Rogorn
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1182 - 28.02.2016 - Un día de felicidad

Mensaje por Rogorn » Dom Feb 28, 2016 11:15 pm

UN DÍA DE FELICIDAD

Les habrá ocurrido muchas veces. En ocasiones, una simple palabra, un aroma, una imagen, desencadenan una sucesión de recuerdos gratos o ingratos. En este caso fueron gratos. Me ocurrió ayer mismo, cuando un amigo dijo que tenía a su hijo de nueve años en la cama, en pijama y sin ir al colegio, porque estaba resfriado. Con un catarro. Y el comentario me salió de forma automática: «Un día de felicidad», dije. Luego, tras un instante, caí en la cuenta de que no para todos es así. Que para muchos no lo fue nunca. Pero mi primera asociación de recuerdos, la imagen que conservo, las sensaciones, responden a eso. Yo fui un niño afortunado, y aquéllas fueron horas dichosas. También fui un adulto afortunado, supongo. Más tarde, la vida iba a darme momentos formidables, buenos recuerdos que conservo junto a los malos y los atroces. Que de todo hubo, con el tiempo. Pero nada es comparable con aquello otro. Un día en casa, griposillo, acatarrado, con nueve años y en pijama, era -lo sigue siendo en mi memoria- lo más parecido a la felicidad.

Estabas resfriado, tenías fiebre. Décimas. Una mano entrañable se posaba en tu frente y escuchabas las palabras mágicas: «Hoy no vas al colegio». Tu hermano, vestido, repeinado y con la corbata puesta -aquellas odiosas corbatas con el nudo hecho y un elástico en torno al cuello-, te miraba con envidia mientras cogía la cartera y se iba camino del colegio. No podías levantarte, ni salir a la calle, ni corretear jugando por casa. Pero en tu cuarto, junto a la cama, había un armario lleno hasta arriba de libros, pues el día de la primera comunión tu madre había pedido a los amigos y la familia que no te regalasen más que eso: libros.

De ese modo, entre los ocho y los nueve años habías reunido ya una primera y aceptable biblioteca propia: 'Quentin Durward', 'Ivanhoe', 'El talismán', 'Un capitán de quince años', 'Robinson Crusoe', 'Dick Turpin', 'Canción de Navidad', 'Los apuros de Guillermo', 'Con el corazón y la espada', 'Cuentos de hadas escandinavos', 'Hombrecitos', 'La isla del tesoro', 'Moby Dick', 'Cinco semanas en globo', 'Corazón', 'La vuelta al mundo de dos pilletes'... Había medio centenar, sobre todo de aquellas estupendas Colección Historias y Cadete Juvenil, y a eso había que añadir los tebeos que cada domingo comprabas con tu pequeña asignación semanal: historietas de personajes que todavía hoy, cuando los encuentras por ahí, regalas a tu compadre Javier Marías, que compartió los mismos territorios: 'Dumbo', 'TBO', 'Hazañas Bélicas', 'El Jabato', 'El capitán Trueno', 'Pumby', 'Hopalong Cassidy', 'El Llanero Solitario', 'Gene Autry', 'Roy Rogers', 'Red Ryder', 'Supermán'... De tanto leerlos tú y tus amigos se rompían, así que tus padres los hacían encuadernar en gruesos volúmenes, para que durasen más. Y toda aquella deliciosa biblioteca, esos libros y tebeos que eran puertas a mundos maravillosos, a viajes, aventuras y sueños, te rodeaban en la cama, hasta el punto de que recuerdas perfectamente tus piernecillas aprisionadas por la presión que todos esos libros, a uno y otro lado, ejercían sobre la colcha.

Era la felicidad, como digo. Páginas y páginas. Un termómetro bajo la axila, que se caía al hojear los libros. La llegada del médico: un señor mayor que olía a tabaco y siempre llevaba un cigarrillo encendido entre los dedos, y que miraba tu garganta metiéndote en la boca el mango de una cuchara. Luego llegaba el practicante, que hervía la jeringuilla en un fascinante infiernillo de alcohol, hecho con el propio estuche, y te hacía ponerte boca abajo entre los tebeos y libros, apretando los dientes para aguardar el pinchazo mientras te bajaban el pantalón del pijama. Y el pan tostado y el caldo humeante, la carne a la plancha que te subían para comer; y el sabor fuerte azucarado, a fresa excesiva, del jarabe para la tos que debías tomar después, con cuchara sopera, antes de que todos se fueran, al fin, y tú pudieras volver a navegar con el capitán Blood a bordo del 'Arabella', a la melena rubia de Sigrid, reina de Thule, a Batanero, a Phileas Fogg, al primo Narciso Bello, al arpón de Ned Land, a Batman, a la familia Ulises, al Corsario negro, al caballo de Troya, a la estocada de Nevers, a Carpanta, al casco de acero con la palabra "Press" de Donald, reportero de guerra, a los tres mosqueteros y d'Artagnan, todos para uno y uno para todos, cabalgando camino de Calais tras los herretes de la reina, y a tus propias lágrimas oyendo decir a Porthos «Es demasiado peso» en la gruta de Locmaría. A los mejores y más leales amigos que tuviste nunca. Al mundo fascinante que te acompañaba entonces y que, más de medio siglo después, por la magia de una simple frase escuchada al azar, te acompaña todavía.

XL Semanal, 28 de febrero de 2016

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agustinadearagon
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Mensaje por agustinadearagon » Vie Mar 04, 2016 3:00 pm

Bueno, yo creo que ha forzao un poquito porque por que una de dos, o a Arturo cuando era peque le dejaban sin ir al cole ante la más mínima tosecilla, o es que era ya aguerrido para entonces y las fiebres no le afectaban en el estado de ánimo. Porque yo recuerdo que no iba al cole si tenía fiebre de verdad, nada de calentar el mercurio con la bombilla de la lamparita de la mesilla de noche. Y además a los niños suele ser eso, calenturón alto, nada de decimillas, y con fiebre se quitan las ganicas de todo. Yo los días de enfermedad los recuerdo mal, porque tampoco fui una niña que odiase acudir al colegio. Los recuerdo con mucho escozor al tragar y esa madre obligándote a comer aunque cada bocado supusiese un infierno al intentar ingerirlo. Recuerdo olor a alcohol por las fiebras, y al mentol del vicks vaporus, o como se escriba. No lo recuerdo como días especialmente felices la verdad.
Quizá en este recuerdo, la memoria le haya dulcificado el pasado.
"Fuera del perro, el libro es el mejor amigo del hombre. Dentro del perro quizá esté muy oscuro para leer". G.M.

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Rogorn
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Mensaje por Rogorn » Vie Mar 11, 2016 6:38 pm

Lo que no debería tener fin
Edurne Arizti - joiedurnedevivre.blogspot. - 11/03/2016

Pérez-Reverte. Las mañanas dominicales mientras leo sus palabras. Como muchos de vosotros, supongo. Me atrevería a decir, y no creo que exagero cuando digo que han contribuido en parte a que sea la que soy. Le dedico toda mi atención al artículo sin hacer simultáneamente nada más. Es decir, primero desayuno y después viene el premio. En una de sus últimas piezas relataba el escritor la dicha que suponía para él quedarse sin ir al colegio con ocho o nueve años a causa de un catarro que curaba en la cama rodeado de sus queridos libros. Aquello suponía un día de felicidad para don Arturo. El recuerdo de aquel gozo con sabor a jarabe de fresa y a libros todavía le acompaña más de medio siglo después y, me pregunto si llevaré también conmigo, allá donde la vida me lleve, la felicidad que siento al leerle los domingos.

Ha llovido mucho desde el 11 de septiembre de 2001 y aún me acuerdo de la historia narrada por Pérez-Reverte en un artículo inspirado en el atentado de Nueva York. Un hombre enamorado que había llegado a alcanzar su sueño y que quería compartir telefónicamente esa alegría con su mujer. Una llamada en una de las torres en la que se veía a la vez que un avión volaba muy bajo. Este atentado no lo retransmitió don Arturo como periodista en la televisión pero la huella de los largos años como reportero de guerra se respira en muchos de sus artículos. Ya está amarillenta una página del 12 de noviembre de 2006 que guardo en mi habitación en la que Pérez-Reverte escribía sobre una chica valiente de cuya audacia me quería, al parecer, dejar contagiar. Conoció Pérez-Reverte a esta chica en Mostar y lamentaba no haberle mostrado más simpatía mientras iban juntos en un blindado. Un reciente artículo del escritor de Cartagena también tenía como escenario la guerra. En este caso, el homenaje iba para Gervasio Sánchez, cuyas andanzas con Pérez-Reverte recordadas en el artículo me sacaron una gran sonrisa. El mar es otra constante en los pensamientos y palabras del escritor cartaginés. Sus lectores conocemos la bibliografía marítima imprescindible, la literatura con olor a salitre. Guardé en su día aquel memorable artículo titulado 'Borrascas perfectas' en la que el mar es una metáfora de la vida. Pero entre sus artículos hay uno en el que algún día me gustaría ver mi rostro reflejado. Se trata de la carta dirigida a una hija llamada María. Una inolvidable oración sobre la patria que más merece la pena: la cultura.

Aparte de sus artículos, Pérez-Reverte me ha contagiado muchas expresiones y maneras de mirar. Guardo para mí esa imagen tan suya del romano sereno en la ventana de su biblioteca mientras los bárbaros saquean Roma. Le debo a él también la expresión “llenar la mochila” cuando habla de los clásicos como los grandes maestros que alimentan los estómagos que no se llenan con pan. Llevo conmigo su adoración por Roma o por París y cuando le saliva el colmillo antes de escribir un artículo. Recuerdo sus días en los que saludaba en la revista a su vecino “el perro inglés” cuando se refería a Javier Marías, al que también leo gustosamente los domingos. No soy amiga de los “buenos días a todas y a todos”, ni de la desmemoria, Disneylandia, ni tampoco de los lameculos. Se lo debo en parte a él.

En muchos de sus artículos leerás que las ardillas cruzarían la península saltando de idiota en idiota. Sentirás la cultura como analgésico. Te reirás con el bar de Lola y las piernas o el escote de la camarera. Las librerías y a la Plaza Mayor de Madrid. Dumas, Lope de Vega o Thomas Mann. Pérez-Reverte y mis gozosas mañanas de domingo que son una prolongación de los suyos de niño enfermo en casa rodeado de libros. Algo que no debería tener fin.

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Ada
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Mensaje por Ada » Lun Mar 14, 2016 1:57 pm

Bonito artículo de homenaje
Consuela saber que nadie a quien amas se quema en lo que arde. http://adacaramelada.blogspot.com.es

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endeavour
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Mensaje por endeavour » Dom Abr 17, 2016 7:10 pm

Pues a mi si me hace evocar recuerdos similares. Porque imagino que no era sólo por un catarro que se quedaría en casa algunas veces. Recuerdo haber pasado más de una enfermedad de niño como por ejemplo las paperas que te dejaban en casa toda la semana. Y eso sí es mucho tiempo. Mis hermanas por ejemplo no han pasado esas enfermedades.

Y si vieras a mi hija con 38 o 39 de fiebre jugando por casa alucinarias Agus. Yo con eso estoy en cama durmiendo profundamente.

Gracias.
Un saludo.

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