36 - 13.03.1994 - Odio a ese niño

Los artículos de la columna de Pérez-Reverte en ‘El semanal’ y otros escritos suyos

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Rogorn
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36 - 13.03.1994 - Odio a ese niño

Mensaje por Rogorn » Lun Mar 20, 2017 12:43 pm

ODIO A ESE NIÑO

Es una cuestión de pura estética, lo sé. Quizá lo mío se trate de un trauma inconfesable, de un síndrome de modernidad no asumida. Pero odio a ese niño. Se lo tropieza uno en cualquier cadena de la tele, cada vez que la publicidad campa por sus respetos. Es un enano de aspecto anglosajón, vestido con camisa a cuadros, tejanos, zapatillas deportivas y una de esas absurdas gorras americanas de béisbol que, desde hace tiempo, uno encuentra hasta en la sopa. La lleva, por supuesto, como la debe llevar un niño de ahora, o al menos la imagen de niño de ahora que se empeñan en colocarnos los que saben de imágenes y de niños: con la visera no hacia adelante, sino hacia atrás, o preferiblemente ladeada, tal que así, como el que no quiere la cosa. Cuidadosamente informal, cual corresponde a esos vástagos de papás dinámicos y guapos que bailan en el garaje junto al supercoche o viajan felices -permitan que me parta de risa- en la nueva Business Class de Iberia.

Pero de un tiempo a esta parte, ese infante de mis pesadillas que antes sólo me perseguía al hacer zapping de una cadena a otra, empieza a aparecérseme en los lugares más insospechados. En las telecomedias españolas, por ejemplo, cada vez que el guión requiere la aparición de un niño entre los siete y los catorce años, allí está él, inasequible al desaliento, con su calzado deportivo y los faldones de su camisa a cuadros por encima de los tejanos. Y por supuesto, con esa gorra para atrás o ladeada, al bies, sin la que hoy en día ningún dinámico jovencito es dinámico, ni es jovencito, ni es nada de nada. A veces, para reforzar su carácter infantil o juvenil, no sea que los telespectadores vayan a confundirlo con un adulto o un chico fuera de onda, lleva bajo el brazo alguno de los instrumentos imprescindibles al efecto: un monopatín, un radiocasete, un balón de baloncesto e incluso un bate de béisbol, que como todo el mundo sabe es un deporte popular y ampliamente extendido en Europa. (No sé si captan la fina ironía. Béisbol. Europa. ¿Entienden?)

En fin. Capten o no capten, lo grave es que el niño de las narices empieza a aparecérseme también por la calle, y eso es algo más de lo que están acostumbrados a soportar mis nervios. El otro día me lo encontré en un semáforo, cruzando por delante con la maldita gorra, una mochila color verde fosforito a la espalda y una cazadora naranja y azul cobalto rotulada "Arkansas Lakers", "Bullshit Brokers", o algo por el estilo. Y he de confesar que sólo la presencia próxima de una pareja de la Policía Nacional me disuadió de saltarme el semáforo en rojo y llevármelo por delante. Menos mal que al día siguiente pude desquitarme, un poco, cuando volví a encontrarlo en la cola de Pryca. Esta vez era mucho más bajito, y la gorra de color butano iba rotulada "US Marine Corps", pero estoy dispuesto a jurar que de él se trataba. El caso es que mientras la madre pagaba con la tarjeta de crédito, aproveché para darle media docena de collejas disimuladas justo debajo de la visera, y eso tuvo la virtud de relajarme un poco.

Todo el mundo sabe, a estas alturas, que para ser feliz en la vida hay que tener físico y estilo anglosajón estadounidense de América. Los papás deben parecerse a Kevin Costner -Mario Conde ha dejado de ser una buena referencia- y las mamás han de optar entre el modelo rubia elegante y el de morena atractiva. En todo caso, cualquier tipo de felicidad resulta impensable si el papá mide 1,60 y usa boina con rabito, o si ella tiene aspecto de haber nacido en Triana en vez de en el seno de una familia acomodada de Nueva Inglaterra o entre limones salvajes del Caribe. En cuanto a los niños, hasta ahora los modelos válidos eran dos: nórdicos para bebés, rubios y con ojos azules, y travieso-pecoso-anglosajón para los más creciditos. Todo iba bien, e incluso habían logrado acostumbrarnos a eso, hasta el punto de que conozco familias de yuppies, o como se diga ahora, que consideran una auténtica desgracia tener hijos con aspecto meridional, porque el fin de semana, junto a la barbacoa, desentonan.

Pero lo de la gorra es excesivo. Tanto, que a veces sospecho –es imposible, lo sé, pero lo sospecho- que ese niño de mis pesadillas no es uno, sino varios. Es decir, que no se trata de un solo pequeño cretino haciendo oposiciones a futuro gran cretino cuando sea mayor, sino de varios niños, todos y cada uno con su gorra de béisbol, atravesada con idéntica, desenfadada, informal y picarona gracia. Una gracia sólo comparable a la de la madre y el diseñador que los parió.

El Semanal, 13 de marzo de 1994

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agustinadearagon
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Mensaje por agustinadearagon » Lun Mar 27, 2017 11:23 am

Me imagino a Arturo que le salga el nietecillo así, y tenga que aguantar llevarlo de la mano de esa guisa... :lol: :lol:
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