1237 - 19.03.2017 - Hoteles inteligentes y la madre que...

Los artículos de la columna de Pérez-Reverte en ‘El semanal’ y otros escritos suyos

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Rogorn
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1237 - 19.03.2017 - Hoteles inteligentes y la madre que...

Mensaje por Rogorn » Lun Mar 20, 2017 12:50 pm

HOTELES INTELIGENTES Y LA MADRE QUE LOS PARIÓ

Les juro a ustedes, con una mano sobre la primera edición de 'El cetro de Ottokar', que cuanto voy a contar es cierto. Acabo de sufrirlo en la habitación de un hotel español nuevo y flamante, dotado con todos los adelantos tecnológicos imaginables. Un lugar de vanguardia tan avanzada que te deja de pasta de boniato.

La primera en la frente fueron las luces. Allí no había conmutadores normales, de ésos que les das, clic, clac, y encienden y apagan. Había unos sensores planos de colorines, que según acercabas un dedo encendían cosas de modo aleatorio, a su rollo. Todas de golpe o una a una, dabas a ésta y se encendía o apagaba aquélla, tocabas la de la mesilla de noche y se iluminaba un armario, o el cuarto de baño, y así todo el rato. No había forma de aclararse. Y para más recochineo, la habitación estaba iluminada a la moda de ahora, con coquetos puntos de luz que dejaban el resto en penumbra; lo que es precioso, pero tiene la pega de que no ves un carajo. Además, las pocas luces estaban situadas en lugares divinos, pero no donde las necesitabas, por ejemplo, para leer. Así que estuve un rato moviendo muebles para colocarlos donde podía verse algo; con el simpático detalle de que al ir y venir en la penumbra, más ciego que un topo, una manija de una puerta, estilizada, larga y bellísima de diseño, se me enganchó en el bolsillo de la chaqueta, rasgándolo.

Blasfemé, lo confieso. Algo sobre el copón de Bullas. Por suerte tenía otra chaqueta, pero al ir a colgarla se le cayó un botón. La alfombra era de las que más detesto en el mundo. Si la moqueta me parece ya una guarrería infame, calculen mis sentimientos ante una alfombra peluda de medio palmo de espesor, con rayas de cebra, entre cuya fronda podría camuflarse una boa constrictor. Por pura ley de Murphy, el botón cayó entre el pelamen; y con la falta de luz estuve diez minutos a cuatro patas, buscándolo con las gafas de leer puestas, mientras mis blasfemias subían de tono, cuestionando ya los más sagrados Misterios. Y de ahí para arriba.

El siguiente episodio fue la tele. Vi un mando, presioné la tecla, y lo que se descorrieron fueron las cortinas de la ventana, que ya nunca pude volver a correr. Al fin, con otro mando que parecía perfecto para abrir cortinas, encendí la tele. «Bienvenido, señor Pérez», dijo una voz cantarina sobre una imagen del hotel. Quise ver el telediario, pero el televisor me exigió una complicada serie de datos que incluían mi nombre, número de habitación y algo así como código Waca Plus –que sigo sin tener ni idea de qué podía ser–. Pese a ello, introducido todo, o casi, la tele se negó a pasar a los canales. Quise apagarla, pero no había manera de apagarla del todo, porque se encendía ella sola cada diez minutos, y cada vez la misma voz repetía: «Bienvenido, señor Pérez».

Les ahorro la noche. La cortina abierta de piernas, con la luz de las farolas de la calle dándome en la cara –con ésa sí habría podido leer–, y el televisor encendiéndose solo, «Bienvenido, señor Pérez», cada diez minutos. Además, cuando quise mirar el reloj en la mesilla debí de tocar algún sensor o algo, porque los pies de la cama se levantaron, zuuuuum, y me quedé con ellos en alto y toda la sangre congestionándome la cabeza. A punto de nieve para el derrame cerebral.

Al fin llegó el alba. Yo había notado ya que el grifo del lavabo no era un grifo, sino un caño misterioso que requería ciertos pases mágicos alrededor para que saliera el chorro de agua. Y con la ducha pasaba lo mismo. Me puse enfrente, empecé el abracadabra, y ni flores. Al fin, al hacer no sé qué movimiento, brotó el agua de la ducha. Fría, no, oigan. Ártica. Salté hacia atrás, empapado, y me quedé allí intentando desesperadamente resolver el problema. Entre el mando –que seguía sin saber cómo funcionaba– y yo se interponía el chorro gélido de la ducha. Al fin me dije: vamos, chaval. Sobreviviste a los puentes de Bijela, así que échale cojones. De modo que tomé aire, me metí bajo el chorro –mis blasfemias debían ahora de oírse en la calle– y estuve dando pases mágicos hasta que al fin, al borde ya de la congestión pulmonar, salió de pronto un chorro de agua hirviendo que me abrasó la piel. Y cuando al cabo, exhausto, apoyado en los azulejos bajo un chorro más o menos regulado, miré al suelo, comprobé que el arquitecto, o su puta madre, habían diseñado un plato de ducha sin escaloncito, a ras con el piso, y que por debajo de la puerta de cristal se había ido el agua, que ahora corría alegre por toda la habitación, anegándola. Y mientras, en el televisor, la amable voz femenina seguía repitiendo cada diez minutos: «Bienvenido, señor Pérez».

XL Semanal, 19 de marzo de 2017

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agustinadearagon
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Mensaje por agustinadearagon » Lun Mar 27, 2017 8:46 am

Esto que somo lo que dicen que la inteligencia es cíclica, y que si te pasas de listo vuelves a ser tonto. Pues igual, queremos hacerlo todo tan moderno y práctico, que termina por ser más complicado que antes.
Gracias Ro
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Ada
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Mensaje por Ada » Vie Mar 31, 2017 11:16 am

Los hoteles inteligentes (II)
Ignacio Vasallo - periodicodeibiza.es - 31/03/2017

Recientemente Arturo Pérez-Reverte público un artículo en el dominical XL [sic] titulado 'Los hoteles inteligentes y la madre que los parió', en el que describe, en clave de humor, la penosa noche que pasó en uno de ellos luchando contra las luces, las cortinas, la televisión y, a la mañana siguiente la ducha, que no obedecían sus órdenes y en su autónomo funcionamiento hicieron todo lo posible por arruinarle la experiencia de dormir en un hotel de cinco estrellas.

Las luces estaban situadas en cualquier sitio menos en los lugares donde se debería de poder leer; muy elegantes, eso sí. La televisión se encendía y saludaba, pero no permitida el acceso a los canales sin disponer de una clave que el autor desconocía. Las cortinas se abrieron, pero luego se negaron a cerrarse, inundando la habitación con la luz necesaria para haber podido leer y también suficiente para impedir el sueño, y cuando por la mañana intenta ducharse es incapaz de encontrar esa temperatura tibia que garantiza un saludable despertar.

No pude evitar acordarme de un fantástico artículo escrito por el escritor y periodista Herman Lindkvist, que fue corresponsal en España de la radiotelevisión sueca a finales de los ochenta, en el que describía las nuevas duchas instaladas en varios hoteles que exigían un estudio previo de los mandos a manipular y un cuidado exquisito al manipularlos para evitar escaldarte o resfriarte. Casi me lo aprendí de memoria para conocer las posibilidades de reacción cuando me enfrentaba a una de esas nuevas duchas, algo que no me valió de mucho en una ocasión en la que, colgando en la parte exterior de una de ellas, figuraba un pequeño manual de instrucciones con la letra a un tipo adecuado para no poder leerlo sin gafas, siempre imprescindibles en el cuarto de baño, incluso dentro de la ducha.

En estos últimos treinta años los científicos han conseguido grandes avances en el estudio de la inteligencia artificial y al igual que las empresas tecnológicas en el desarrollo de las aplicaciones prácticas de la misma a la vida diaria, todo ello, por supuesto, con el objetivo de hacernos a todos los que vivimos en países desarrollados la vida más fácil, pero por el camino se han olvidado de hacernos a los humanos también más inteligentes. Hace treinta años un periodista inteligente como Herman Lindkvist tenía dificultades para usar la ducha inteligente, hoy, otro no menos inteligente, Pérez-Reverte, se ve incapaz de manejar la luz, la televisión, las cortinas y por supuesto también la ducha de un hotel mucho más inteligente que hace treinta años, con lo que queda claro que la evolución de los hoteles va más rápida que la de los humanos.

Para facilitar las cosas, los hoteles inteligentes deberían sustituir el cóctel por una breve charla de bienvenida con las instrucciones de uso, dada, por supuesto, por el robot jefe de recepción.
Última edición por Ada el Vie Mar 31, 2017 11:25 am, editado 1 vez en total.
Consuela saber que nadie a quien amas se quema en lo que arde. http://adacaramelada.blogspot.com.es

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Rogorn
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Mensaje por Rogorn » Lun May 01, 2017 8:52 pm

¿Hoteles inteligentes sí? u ¿hoteles inteligentes no? según Arturo Pérez Reverte
futurismocanarias.com - 30/04/2017

'Hoteles inteligentes y la madre que los parió' es un artículo redactado por el encantador Arturo Pérez-Reverte. Un muy conocido reportero desde hace más de dos décadas, con experiencias únicas, siendo partícipe del grupo de periodistas de guerra. Actualmente pone su alma en la literatura, siendo editor y cofundador de la web de libros y autores Zenda desde abril de 2016.

Este artículo tan carismático relata una experiencia personal; la fatídica noche en la que el señor Pérez-Reverte se hospedó en un hotel inteligente, lleno de últimas tecnologías, desde la ducha, pasando por las cortinas hasta la televisión, que para él no resultaron nada fáciles de manejar, las cuales conllevaron a ser una estancia incómoda. Tras leer la experiencia del escritor surgen varias dudas acerca de estos hoteles tan futuristas, que ya son una realidad. ¿Realmente los hoteles inteligentes nos facilitan la estancia o en cierta forma la dificultan? ¿Es un avance hacia el confort o un atraso hacia la incomodidad? ¿Dónde queda el face to face?

Pérez-Reverte deja entrever que estamos sobrecargados de tecnologías. Realmente, para nuestro día a día o para los hoteles, no es necesaria tanta para subir las ventanas o algo tan simple como encender o apagar las luces. Su experiencia en el hotel no fue nada fácil, parecía que todos los aparatos eléctricos de la habitación se ponían en su contra. En primera instancia, las luces que no se encendían con interruptores, sino con sensores de colores, los cuales no pudo controlar. A continuación, la televisión, que consiguió encender pero no apagar. Por último, la ducha, que obviamente no tenía un sistema que se ve a plena vista. A pesar de que la tecnología aporta avances, parece que en este caso resta comodidad, puesto que se prioriza la apariencia innovadora que la infraestructura ofrece, antes del confort y satisfacción del cliente. Sí, en lo que a aspecto se refiere, tiene una estética muy agradable y atrayente a los ojos. Pero no todo se reduce eso, pues realmente el principal objetivo de ir a un hotel es el descanso.

Actualmente, la domótica y la motorización es un tema candente entre los directivos del sector hotelero. Pocos son los hoteles considerados inteligentes, y ser reconocido como uno de ellos es una forma de hacer branding muy atractiva. Claramente es el cliente quien comienza a demandar este tipo de servicios y productos en los alojamientos. Estas tendencias para mejorar la experiencia del cliente en el hotel con una cantidad sin número de necesidades son: aplicaciones para smartphones, robot y androides, las redes sociales, habitaciones sin llaves, habitaciones inteligentes, upselling y cross-selling personalizado, ahorro y consumo responsable.

Hoy en día, cada vez son más los hoteles y cadenas hoteleras las que aplican estas tecnologías es sus alojamientos. Pero desarrollar estas herramientas es un trabajo muy complejo y costoso en el que se olvida en cierta forma al cliente, y él es el motivo de avanzar en lo que a satisfacción se refiere. Los huéspedes buscan algo más que un alojamiento alucinante, quieren ser tratados como si estuvieran en su casa, con un servicio personalizado, que contagie alegría y felicidad. Los viajeros desean encontrar en los hoteles experiencias en las que sentirse únicos, y ser únicos no significa tener a mano más tecnologías que otros. Ser únicos se refiere a ser tratados como reyes, en un lugar singular, con un servicio exclusivo.

Tras conocer la fatídica experiencia del escritor/periodista sacamos diferentes cosas en clave, primero, que la tecnología no es sinónimo de confort. Segundo, que esta puede ir en tu contra si no sabes manejarla. Tercero, los clientes demandamos comodidad y descanso ante todas las cosas, y por último, que hace falta un manual de instrucciones en todo hotel inteligente.

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