1252 - 02.07.2017 - Mi tío Lorenzo

Los artículos de la columna de Pérez-Reverte en ‘El semanal’ y otros escritos suyos

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Rogorn
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1252 - 02.07.2017 - Mi tío Lorenzo

Mensaje por Rogorn » Dom Jul 02, 2017 6:04 pm

MI TÍO LORENZO

Mencionaba la semana pasada a un personaje del que hace mucho me apetece contar algo; sobre todo en estos tiempos demagógicos y confusos, cuando jóvenes poco informados e historiadores sectarios –Ángel Viñas o Pío Moa, verbigracia, uno en cada punta– se empeñan en contarnos historias de buenos buenísimos y malos malísimos, como si una guerra civil no fuera –se lo dice a ustedes quien cubrió, entre otras, siete de ésas cuando era repórter Tribulete– un complejo territorio donde trazar líneas y adjudicar etiquetas resulta una osadía arriesgada.

Permítanme, por tanto, hablarles de mi tío Lorenzo Pérez-Reverte, a quien nunca conocí. Como mi abuelo Arturo, que estaba en la Armada, o mi padre, que al empezar el conflicto tenía 18 años, el tío Lorenzo hizo la guerra con la República. La diferencia es que mi abuelo estaba en el Arsenal de Cartagena y sólo tuvo que sufrir los bombardeos; y que mi padre, cuando iba camino del matadero con la manta y el fusil al hombro, fue sacado de la fila –«¿Sabes escribir a máquina, camarada?»– por un comisario político que necesitaba alguien con estudios en una batería de defensa antiaérea donde casi todos eran analfabetos. La historia del tío Lorenzo, sin embargo, fue distinta. A él le iba la marcha.

Lorenzo –Chencho, para la familia y los amigos– era lo que antes se decía un chico de buena familia: acomodada y republicana, viajada, educada, liberal. De tener inquietudes políticas, como tantos jóvenes de su tiempo habría militado, tal vez, en alguna de las organizaciones de la época. Pero no las tenía. Lo que lo atraía era la aventura. Así que con 16 años se alistó en una unidad de choque con mandos comunistas, yéndose a la guerra. Cuando yo era pequeño leí sus cartas, que mi abuela conservaba, y en ellas sostenía que estaba en retaguardia, en la seguridad de unas oficinas. Pero cuando todo acabó, mis abuelos descubrieron que había estado combatiendo en primera línea, en las más duras batallas de la guerra.

Sólo tuvo un permiso en aquel tiempo: veinte días en casa de sus padres. Apareció con 18 años recién cumplidos y los galones de sargento ganados en el frente. Y por suerte estaba en casa con mi abuela, sola esos días con otro hijo más pequeño, cuando tres milicianos de los que no vieron la guerra ni en fotos se presentaron una noche para hacer un registro y robar lo que pudieran, dándole a Chencho la satisfacción de ponerse su camisa con galones, meterle a uno de ellos una Astra del 9 largo en la boca y decirles que o se iban a jiñar a una alcantarilla como las ratas que eran, o les pegaba un tiro a cada uno.

Volvió a combatir, acabó la guerra, y tras pasar por un campo de internamiento regresó a casa. Mi padre y mi otro tío continuaron sus estudios, pero a él no le iba eso. Guapo, elegante, era más de tangos, novias y amigotes. Algo más tarde, en plena recluta de la División Azul, a mi abuelo lo llamó un amigo militar: «Arturo, tu hijo está aquí y se acaba de apuntar para Rusia». Mi abuelo salió zumbando para el cuartel. «Es menor de edad», dijo, agarrándolo de un brazo y sacando de allí al ex sargento republicano que había estado, entre otros lugares, en Belchite y en el cruce del Ebro, pero aún no había cumplido los 21. «Sólo sé combatir, papá. No tengo nada que hacer en esta España de miedo y hambre», dijo. Pero mi abuelo se mantuvo firme y logró que lo rechazaran para Rusia. Unos meses después, saliendo de un baile, mojado de sudor, Chencho agarró una neumonía y se murió en pocas semanas. Al entierro, en contra de lo acostumbrado en la época, asistió una docena de chicas. «Los pulmones estaban débiles por la vieja herida», dijo el médico. «¿Qué herida?», preguntó mi abuelo, sorprendido. «La de bala».

Dos años después, yendo mi abuela por la calle, se encontró con un compañero de armas del hijo, su mejor amigo. «Cuánto me acuerdo del pobre Chencho –dijo éste, rompiendo a llorar–. Sobre todo el día que me lo tuve que echar a la espalda, en Belchite, y llevarlo al hospital de sangre, con un tiro en el pecho». Mi abuela comentó que su hijo nunca contó que lo hubieran herido, y entonces recordó que entre sus cosas, al morir, encontraron una bala y un trozo de madera. «Claro –dijo el amigo–. La bala que le sacaron, y el trozo de madera que mordía mientras lo operaban porque no teníamos anestesia».

Ése era el tío Lorenzo. Soldado de la República. E imagino que, de seguir vivo, hoy sonreiría, guasón, al oír contar ciertas historias de buenos y malos.

XL Semanal, 2 de julio de 2017

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Mensaje por agustinadearagon » Mié Jul 05, 2017 2:01 pm

Arturo lo lleva en la sangre. Dice un proverbio polaco, que la manzana nunca cae lejos del árbol, Pues eso. La aventura, el hambre de emoción, de vida.
"Fuera del perro, el libro es el mejor amigo del hombre. Dentro del perro quizá esté muy oscuro para leer". G.M.

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Rogorn
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Mensaje por Rogorn » Lun Jul 17, 2017 4:30 pm

No es tan sencillo
Pablo Folgueira - queparen.blogspot - 17/07/2017

Hola a todo el mundo. No sé si habéis leído el artículo de Pérez-Reverte del día 2 de julio, en el que habla de la historia de su tío Lorenzo, que durante la Guerra Civil combatió primero en el bando republicano y luego se fue a combatir en la División Azul a Rusia durante la Segunda Guerra Mundial. Con ese artículo, Reverte abunda una vez más en la idea de que los dos bandos eran iguales y que tan buenos o malos fueron unos como los otros. Y eso está muy bien… desde su punto de vista.

De hecho, el otro día estuve tomando algo con un colega historiador, Miguel Menéndez, y estuvimos comentando ese artículo, así que muchas de las cosas que voy a escribir ahora salieron de esa conversación y son tan de autoría suya como mía. Reverte sabe mucho de Historia porque ha leído mucho, pero eso no lo convierte en historiador, porque le falta cierta metodología de análisis que un historiador debe tener, y por eso me decidí a escribir este texto. Voy a pasar por alto el hecho de que llame al historiador Ángel Viñas “sectario” y que diga que está “poco informado”, que llame "historiador" a Pío Moa, o que los ponga a los dos al mismo nivel, y me voy a centrar en la metodología, que para eso yo sí soy historiador.

Para empezar a hablar de cualquier tema de Historia, como la propia Guerra Civil, aparte de las lecturas y las reflexiones, hace falta, como dije hace un momento, una cierta metodología de análisis, que nos lleva a considerar que ser objetivo no es lo mismo que ser equidistante. Poner a su tío Lorenzo como ejemplo de la gente de la época no es un análisis válido, porque como él seguro que hubo muchos, es verdad, pero sobre todo porque debemos recordar (y ya lo decía Marc Bloch precisamente en aquellos tiempos) que los protagonistas de la historia son “los hombres”, los grupos sociales, y no los personajes individuales, y por eso el análisis no es tan sencillo como los adalides de la equidistancia nos quieren hacer creer.

La Segunda República, con todos sus fallos, era un régimen legítimo, y en 1936 hubo unas elecciones en las cuales resultó ganador el Frente Popular. Pero lo que pasó después no fue una riña de aficionados al fútbol, sino algo bastante más grave. Fue que un grupo de personas no aceptó el resultado de las elecciones y dio un golpe de Estado para intentar subvertir el orden político legítimo. A pesar de que los sublevados consiguieron controlar algunas zonas, el golpe fue un fracaso, y por eso después los rebeldes llevaron a cabo una guerra de conquista sobre el resto de los territorios del país. A partir de ese momento, ya podemos darnos cuenta de que, en el estallido de la guerra, no podemos hablar de que los dos bandos fueron iguales.

En lo que se refiere a la represión en ambas zonas, es cierto que se llevaron a cabo verdaderas barbaridades por parte de ambos bandos. Sin embargo, debemos recordar que el bando republicano representaba a un Gobierno legítimo, así que muchas de las ejecuciones que se llevaron a cabo lo fueron de acuerdo a la legislación vigente en ese Gobierno, en la cual se incluía la pena de muerte para los actos de traición. Sin embargo, el bando sublevado (observad que me niego a utilizar el término "nacional” para referirme a los sublevados, porque me parece un término falaz) se acogía a una legislación propia que no era la de Gobierno alguno, así que no podemos considerar que fueran penas legítimas.

La divulgación histórica es muy importante, pero más importante es que sea una divulgación rigurosa y bien hecha. Por eso, a pesar de la utilidad que puedan tener en ocasiones los textos de Reverte sobre estos temas, no siempre vamos a poder aceptarlos, y menos si, como en este caso, se sirve de un caso particular, el de su tío Lorenzo, para intentar convencernos de que todos eran iguales. Porque no es tan sencillo.

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