31.05.2018 - La cabellera

Los artículos de la columna de Pérez-Reverte en ‘El semanal’ y otros escritos suyos

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Rogorn
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31.05.2018 - La cabellera

Mensaje por Rogorn » Mié Jun 06, 2018 12:15 pm

LA CABELLERA

[Arturo Pérez-Reverte cuenta en 'La cabellera' la historia de dos guerreros que unen sus fuerzas para intentar salvar el pellejo en la Guerra de la Independencia. Este relato está incluido en el libro 'Bajo dos banderas' —editado por Zenda e Iberdrola—. Doce miradas, doce relatos de España en la Guerra de la Independencia de Estados Unidos, firmados por doce relevantes escritores españoles: Juan Eslava Galán, Espido Freire, Agustín Fernández Mallo, Susana Fortes, Luz Gabás, Juan Gómez-Jurado, Emilio Lara, Cristina López Barrio, José María Merino, Arturo Pérez-Reverte Clara Sánchez y Lorenzo Silva]

No los habíamos visto. Ni olerlos, siquiera, hasta que nos dispararon casi a bocajarro desde ambas orillas del arroyo.

Pam, pam, pam, sonaba. Como lo cuento.

Humo de pólvora y moscardones de plomo zurreaban por todas partes, dando chasquidos siniestros al pegar en carne.

El sargento Ordóñez, que iba de vino hasta las cartucheras, se descuidó él y nos descuidó a todos. Y así le fue, y nos fue.

Que Dios lo perdone, si puede. Yo espero que esté ardiendo en el infierno.

El hijo de mala madre se había negado a atender los consejos de los dos guías indios, Pascualillo y Trancas, que sugirieron otro camino; y como era más cómodo seguir el arroyo que andar desbrozando maleza, nos metió a todos de cabeza en la trampa: once españoles, siete americanos, cuatro morenos y los dos indios.

Veinticuatro, contando el sargento. Todos a la cazuela.

Con los primeros escopetazos se fueron al suelo, o al agua, casi la mitad. Uno de ellos, el propio Ordóñez. Mirándose con cara de alelado, como si no lo creyera, el mondongo que intentaba sujetarse con las manos, después de que un plomazo inglés le abriera la barriga de lado a lado.

Ni España, ni las Trece Colonias, ni pepinillos en vinagre. Fusil a la cara y culo prieto. Allí cada cual luchó por su pellejo como pudo, batiéndose el cobre, buscando la manera de escapar de la encerrona. Lo normal en esos casos.

En lo que a mí se refiere, encaré el mosquete, disparé contra la primera casaca roja que entreví entre los árboles, corrí chapoteando para salir del arrojo y protegerme tras un tronco caído, y allí, con las manos temblándome, le di un tiento al cuerno de pólvora.

Ziaang, ziaang, ziaang, sonaba el plomo sobre mi cabeza.

Ataqué una bala con la baqueta y, por si acaso, le puse la bayoneta al fusil antes de mirar alrededor y hacerme una idea de por dónde me podía largar. Porque si algo veía claro era que nuestro pelotón estaba listo de papeles.

Los rubios nos habían pillado en el introito. Con el calzón por las rodillas.

Pam, pam. Ziaang.

Los compañeros que seguían vivos recargaban y disparaban como podían, pero sólo era cuestión de tiempo. Los ingleses también traían indios, como todo cristo en América, y entre el crujir de los disparos los oía aullar, relamiéndose con la escabechina y el botín que iban a trincar en cuanto se lanzaran a rematar a los que seguíamos vivos.

Entre el zumbar de balazos y el humo de pólvora, que con tanta fusilada casi parecía niebla, tres fulanos de los míos vinieron también a refugiarse tras el tronco del árbol. Uno era Istúriz, un vasco bajito al que en toda la campaña no le había oído decir ni media palabra. El otro, un americano flaco del que ignoro el nombre, así que lo llamaré el Yanqui. El tercero era Trancas, el que quedaba en pie de los dos guías indios, porque al otro le habían vuelto el forro con los primeros escopetazos.

Vinieron hasta el árbol caído, como digo, corriendo agachados para hurtar el cuerpo a los tiros, mientras los cuatro o cinco que quedaban en pie atrás, en el arroyo, vendían caro su pellejo de mala manera, sin tiempo ni ocasión de recargar.

Un moreno quiso unirse a nosotros. Chapoteaba en la orilla y casi llega, el pobre, pero lo tumbaron a medio camino. Pam. Saltó con las piernas y las manos encogidas, como un conejo.

—¿Qué hacemos? —preguntó Istúriz, mirándome con cara de animal acosado.

La verdad es que no sé por qué me miraba a mí. Quizás porque, como ya estaba parapetado tras el árbol cuando él llegó, debía de pensar que tenía una especie de propiedad, o veteranía, respecto al asunto.

—Largarnos —dije—. Largarnos, pero ya mismo.

El Yanqui, que sólo debía de hablar en su parla, nos miraba con ojos desorbitados, pendiente más de lo que hacíamos que lo que decíamos. Crispaba los dedos en torno al mosquete hasta ponérsele blancos los nudillos, de fuerte que lo hacía.

Le miré de cerca la cara. Tenía los ojos claros y pelillos rubios en la barba. Era joven y con granos, su casaca estaba sucia de barro y llevaba un trapo arrugado en torno al cuello, a modo de corbatín. Los labios le temblaban, nerviosos. De los tres blancos, indio aparte, era el único que aún conservaba puesto el tricornio. Muy formal, con sus bandoleras blancas cruzadas y las insignias en las solapas.

Intenté explicárselo moviendo las manos, una golpeando bajo la palma de la otra.

—Hay que irse, ¿compranpá?… Gou, gou. O sea, irnos. O nos masacran… ¿Undertás o no undertás?

Asintió, pero cualquiera sabía lo que estaba entendiendo. Lo de las manos sí debió de entenderlo bien, porque queriendo ayudar se asomó un poco a mirar por dónde íbamos a irnos y señaló hacia no sé dónde.

No le hice mucho caso, porque en ese momento cesó la mosquetería en el arroyo y empezamos a oír los gritos de los heridos a los que indios e ingleses degollaban, y en realidad me importaba un carajo hacia dónde correr, mientras fuese pronto y rápido.

Me volví hacia Trancas, nuestro indio, que era el único que parecía tranquilo, mirándolo todo con aquellos ojos negros suyos y la piel color de cobre, oliendo a sebo y a Dios sabe qué.

—¡Iallah! —solté.

La verdad es que fue una de las cosas más absurdas que he dicho en mi vida, porque Iallah no es nada en lengua india, que yo sepa, y sí en moro, donde significa vámonos o tira palante. Lo aprendí en un batallón disciplinario, en Orán. Y es una estupidez lo que dije; pero la verdad es que allí, tras el árbol, a punto de que me rebanaran el pescuezo en un pantano asqueroso de Florida, le hablé al indio en lengua morube, como si éste la entendiera.

Lo juro. Ni idea de por qué me salió así. Supongo que por los nervios.

El caso es que Trancas se incorporó a medias, echó un vistazo rápido y salió disparado en la dirección opuesta a la que había señalado el Yanqui, que hablando inglés sería un hacha, o no, pero como explorador de rutas de escape en bosques no valía una mierda.

Salió corriendo nuestro indio, como digo, y lo seguimos los tres sin hacernos de rogar, con los helechos por la cintura y tropezando con las ramas podridas del suelo.

No he corrido tanto en mi puñetera vida.

Lo malo es que en cuanto nos movimos, los ingleses nos echaron el ojo y empezaron a gritar, a perseguirnos y a darnos mosquetazos que pasaban, ziaaang, ziaaang, cerca de nuestras cabezas, que aquello parecía repelón de bautizo.

—¡Esperad, joder! —gritó Istúriz.

Había tropezado con una raíz, una piedra o algo, y se estaba levantado mientras buscaba con urgencia el fusil que se le había caído en la maleza. Pero en el momento mismo en que yo me volvía a mirarlo, llegó un plomazo y pareció que la parte superior de la cabeza le reventaba como si hubiera estallado un petardo dentro de una sandía madura.

Hizo chof, así como suena, en plan fruta pocha, e Istúriz cayó entre los helechos, desapareciendo de mi vista.

Y yo, claro, seguí corriendo.

Nos reagrupamos Trancas, el Yanqui y yo junto a una roca cubierta de hiedra, para recobrar el aliento. Tenía la camisa empapada en sudor bajo la casaca y mis pulmones quemaban como si tuvieran brasas dentro. Alrededor, entre la espesura de los árboles, se oían voces en inglés y gritos de los indios, y de vez en cuando sonaba un mosquetazo o un tiro de pistola disparados a ciegas.

Miré al Yanqui, que seguía con el sombrero puesto y temblaba como una hoja —yo también temblaba, claro— y luego a Trancas, que seguía observando alrededor callado e impasible, como si aquello no fuera con él.

El indio y yo nunca habíamos hablado antes, pues los exploradores nativos y los soldados del rey hacíamos rancho aparte. Su cara y su pinta daban miedo, incluso sabiendo que estaba de nuestro lado. Llevaba al cuello una moneda de plata, una pieza de a ocho con el perfil del rey Carlos III, de la que parecía orgulloso. Vestía un taparrabos sobre las piernas desnudas, una casaca nuestra muy remendada, y llevaba dos plumas en la trenza grasienta, la carabina en las manos y el tomahawk al cinto.

Sonó un tiro muy cerca y oímos pasos en la espesura. El yanqui dio un respingo y apuntó hacia allí el mosquete, pero Trancas se lo apartó con la mano.

—Si tiras, encuentran —susurró señalando un lugar entre los árboles—. Seguir ahora.

El otro lo miró con ojos alelados, aunque supongo que entendió el sentido. Luego anduvimos despacio, sin apresurarnos, para no hacer ruido. Medio agachados y con Trancas delante, que iba como olfateando el aire, atentas las orejas a cualquier sonido que anunciase enemigos cerca.

Recorrimos así unos cien metros, rodeamos un cañizal frondoso que nos cortaba el paso, y en un claro nos dimos de boca con cinco casacas rojas. Cinco hermosos ingleses.

La ventaja a nuestro favor, si puedo llamarla así, era que fue inesperado para nosotros y para ellos, y los rubios estaban tan desconcertados como nosotros. No esperaban el encuentro, o al menos no de esa manera.

Sin encomendarse a Dios ni al diablo, tan rápido y eficaz como torpe había sido hasta entonces, el Yanqui se echó el fusil a la cara y le descerrajó un tiro al que tenía más cerca, y lo hizo sólo un instante antes de que otro inglés, con pinta de suboficial, me parece, le pegara a él un pistoletazo casi a bocajarro que lo tumbó en el acto.

Pam, pam, pam.

Todo ocurrió tan rápido que en realidad no sé si ocurrió como lo cuento o me imagino la mitad.

Mi fusil estaba cargado, así que sin apenas apuntar, porque estábamos muy cerca unos de otros, le metí al casaca roja más próximo una bala en la barriga. Entre la humareda que se levantó de pronto, un plomo pasó rozando mi oreja izquierda, tanto que me arrancó —eso lo supe luego— el pabellón con un pendiente de oro que llevaba allí por si alguna vez no tenía para pagar una copa, una puta o unas botellas. En ese momento no sentí más que el soplido pegado a mi cara, pero no le puse atención porque estaba cargando, con el coraje de la desesperación, contra el que había disparado, bayoneta por delante, metiéndole el fierro hasta el cañón de mi mosquete.

Lo malo es que al caer atravesado me lo arrancó de las manos, el maldito. Dejándome indefenso, o casi.

Ahora ya no sonaba pam, pam, sino ris, ras, tump, tump y chasca, chasca. Peleábamos cuerpo a cuerpo, Trancas y yo. El indio daba leñazos con la carabina descargada y agarrada por el cañón, muy a lo suyo, y de pronto tiró la carabina porque se le había partido la culata y echó mano al tomahawk, chas, chas, chas, dando unos hachazos que sonaban como los de un carnicero sobre el tajo de cortar.

Por mi parte, para no tener las manos desnudas, yo había sacado de la faja la cachicuerna de siete muelles —un buen acero de Albacete—, y con ella empalmada estaba fajado a navajazos con un rubio, hasta que me fui al suelo sobre él, cosiéndole el cuello a puñaladas mientras me miraba con ojos que se le salían de las órbitas, de puro aterrados, y su sangre me saltaba en chorros a la cara.

Acabado el inglés, me levantaba a ver con quién me tocaba luego, ya muy metido en faena y quitándome la sangre de los ojos con el dorso de una mano, blasfemando en arameo y ciscándome en los muertos del rey de Inglaterra y la puta que lo parió, cuando el suboficial inglés me clavó el sable en la cadera.

Dolió de narices. Vaya que sí. Dolió lo que no está escrito.

Todavía, tantos años después, siento escalofríos cuando recuerdo la hoja de acero entrándome y rechinando al tocar el hueso.

Pegué un grito de dolor; pero sabiendo que cuando el otro sacara el sable me iba a despachar de fijo, me abracé a él y le hundí la navaja en las costillas, removiendo bien cuando la supe dentro. Así me fui al suelo otra vez, ahora encima del inglés, que era pelirrojo y con patillas, y con unos ojos azules que me miraban con odio violento, y olía a sudor hasta apestar como una mofeta.

Chas, chas y más chas. Así sonaba el inglés. O su carne.

De ese modo le estuve metiendo y sacado la navaja sin darle espacio para usar otra vez el sable, hasta que Trancas, que al fin se había desembarazado del último enemigo en condiciones, venía hasta nosotros, me apartaba sin remilgos, agarraba por el pelo al inglés, y con un hachazo en el cuello le cortaba casi entera la cabeza.

Me incorporé como pude, mirándome la herida antes de presionarla con un pañuelo para cortar la hemorragia.

Sangraba poco, pero dolía horrores.

Creí que Trancas me abandonaría, dejándome a mi suerte, pero el indio se quedó a mi lado después de registrar a los muertos, y también al Yanqui, quitándoles cuanto tenían de valor, incluso pendientes y anillos, para lo que no vaciló en cortar algún dedo.

Para mi sorpresa, después, con la mano ensangrentada, me palmeó la cara como se haría con un niño.

—Buena pelea —dijo—. Ingleses cabrones. Tú, bien.

Y me dedicó una especie de sonrisa que daba más pavor —ahora el miedo llegaba otra vez de golpe, tras la locura del combate— que cuando estaba serio. Después se colgó mi fusil, pasó uno de mis brazos sobre los hombros, puso otra mano en torno a mi cintura y me ayudó a caminar.

—Yo ayudo. Tú, tranquilo… No dejo solo.

Dimos unos pasos, alejándonos del lugar de la matanza. Yo aún tenía la navaja en la mano, abierta, así que hice detenerse un momento a Trancas mientras la limpiaba en mi camisa y la cerraba. Pero antes de meterla de nuevo en la faja vi que el indio la miraba, admirado.

—Buena cosa —dijo.

Era, como digo, una cachicuerna albaceteña de hoja reluciente y mango de asta. Una señora navaja española. Y entonces, por algún impulso raro, agradecido al indio por ayudarme a degollar al suboficial y por no dejarme abandonado ahora, se la puse en la mano.

—Para ti —dije ante su sorpresa—. Te la regalo.

Me miró. Primero a mí, incrédulo, y luego el arma, fascinado. La sostuvo en la palma de la mano, contemplándola con arrobo. Cuando volvió a mirarme, sus ojos negros de obsidiana centelleaban agradecidos.

—Tú, amigo —comentó.

Y dejándome solo, volvió sobre sus pasos, al lugar del combate. Regresó a los cinco minutos. Traía en la mano una especie de pingajo ensangrentado, y me lo entregó.

—Tuyo —dijo—. Tú, amigo grande.

Miré estupefacto lo que me había puesto en la mano.

Era un cuero cabelludo fresco, recién arrancado. Los pelos rubios por un lado y el pellejo sanguinolento en el otro. Iba a tirarlo al suelo con repugnancia cuando alcé la vista y encontré la sonrisa ancha y agradecida del indio.

—Buenos guerreros, nosotros —me mostró la navaja, otra vez manchada de sangre—. Trofeo tú, trofeo yo. Ingleses cabrones.

Después volvió a pasarse mi brazo por encima del hombro, me agarró por la cintura y seguimos caminando por la selva.

Llegamos a Baton Rouge un día más tarde.

Todo el tiempo, hasta entonces, Trancas estuvo cuidando de mí. Me limpiaba la herida, buscaba bayas y raíces para comer, y se sentaba a mi lado a descansar, vigilando. En los accesos de fiebre traía un trapo mojado en agua para ponérmelo en la frente.

—Tú, yo, buenos guerreros —repetía abriendo y cerrando la navaja, complacido con el chascar de los siete muelles.

Clac, clac, clac…

Sonreía cada vez y me daba palmaditas en el hombro. Feliz. Le encantaba ese sonido.

Al llegar al campamento, nos separamos. Se alejó sin decir nada y yo fui a que me curaran, cojeando, apoyado en un bastón que el indio me había tallado en una rama seca con la navaja.

Me caía de fiebre.

Antes de tumbarme en la camilla, el ayudante de cirujano que me atendió señaló bajo mi casaca.

—¿Qué diablos es eso? —preguntó.

Miré mi cinturón. Ya no me acordaba. El pingajo estaba colgado allí: un amasijo de pelos rubios revueltos con una costra de sangre seca y parda.

—No es nada —respondí, tirándolo entre la hierba.

Al día siguiente, los nuestros tomaron Baton Rouge. Nunca volví a ver a Trancas.

zendalibros.com, 31 de mayo de 2018

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Re: 31.05.2018 - La cabellera

Mensaje por Rogorn » Mié Jun 06, 2018 12:41 pm

Pérez-Reverte presenta doce miradas sobre Guerra Independencia estadounidense
EFE - 31/05/2018

Doce escritores españoles firman las páginas de 'Bajo dos banderas', un libro coordinado por Arturo Pérez-Reverte que recuerda el papel de España en la Guerra de la Independencia estadounidense. Juan Eslava Galán, Espido Freire, Agustín Fernández Mallo, Susana Fortes, Luz Gabás, Juan Gómez-Jurado, Emilio Lara, Cristina López Barrio, José María Merino, Clara Sánchez y Lorenzo Silva son los escritores que, junto con Pérez-Reverte, han participado en ese volumen que relata la forma en la que se desarrolló la ayuda española a la independencia estadounidense.

"En un momento en el cual España es un concepto tan discutido, tan cuestionado y tan cuestionable por unos y por otros, está bien recordar que España tuvo su peso en el mundo", ha señalado Pérez-Reverte sobre el primer libro que lleva el sello de Zenda, su editorial. El escritor cartagenero ha subrayado, además, la necesidad de dar a conocer un capítulo histórico tan "olvidado".

En el acto de presentación, celebrado en la Casa de América, también han intervenido Julián Martínez-Simancas, secretario del Consejo de Administración de Iberdrola, la empresa que patrocina la obra, y Espido Freire, que ha señalado que los relatos también recorren "todas las grandes virtudes y defectos humanos". La escritora ha desvelado la dificultad de abordar tres conceptos sobre los que, dice, es "difícil" hablar actualmente en España: "La tradición, el legado y la historia".

Con ella coincide Pérez-Reverte, que ha añadido su interés por resaltar el factor humano y homenajear a todos los hombres españoles "lucharon lejos de su patria". Para relatar los distintos pasajes históricos, los escritores se han inspirado en la muestra "Memorias recobradas. España, Nueva Orleans y el apoyo a la Revolución Norteamericana", que se expone actualmente en el Estado de Luisiana, Estados Unidos, en la conmemoración del tercer centenario de la fundación de Nueva Orleans. El autor de 'Falcó' también ha anunciado que 'Bajo dos banderas' no estará a la venta en librerías, sino que se ofrecerá de forma gratuita en versión electrónica y que ya está disponible en la página web de Zenda. Además, los ejemplares del libro impreso se pueden conseguir participando en concursos y sorteos literarios que organiza esa misma plataforma digital de escritores y lectores.

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Cuando el Imperio español de Carlos III ayudó a EE.UU. a liberarse de la pérfida Gran Bretaña
Manuel P. Villatoro - abc.es - 01/06/2018

El verano de 1776 fue clave para los futuros Estados Unidos. El 2 de julio, los representantes de las Trece Colonias votaron abandonar la tutela de los británicos y, apenas dos jornadas después, fue aprobada la Declaración de Independencia. A partir de ese momento, los norteamericanos (que habían comenzado un año antes a combatir contra los ingleses) iniciaron un tortuoso camino que les terminó valiendo un país. Esa es la historia oficial. Sin embargo, lo que no se suele contar es que la bandera de las barras y las estrellas acabó imponiéndose gracias a la ayuda de una España que luchó por ella a golpe de real de vellón, de armamento, de recursos y de militares como Bernardo de Gálvez. A España, aquella ayuda le salió cara y no impidió que (un siglo después) los Estados Unidos se aprovecharan de la decadencia de nuestro renqueante imperio para hacerse con las pocas posesiones que nos quedaban al otro lado del Atlántico. Esa puñalada trapera fue, probablemente, una de las causas que provocó que la imborrable participación de la Corona en este suceso quedase olvidada. Al menos, hasta ahora.

Y es que esta tarde se presenta 'Bajo dos banderas', un libro (el primero de la web literaria Zenda) elaborado por doce autores españoles que aúna otros tantos relatos sobre este olvidado episodio. La obra, dirigida por el académico Arturo Pérez-Reverte y coordinada por Leandro Pérez, será distribuida de forma gratuita a través de la Red. 'Bajo dos banderas' ha sido posible gracias al trabajo conjunto de los doce escritores, de los coordinadores y de entidades como Iberdrola. Una organización que ha ayudado (entre otras cosas) sufragando una edición en papel del libro que será repartida en diversos actos culturales. «Cada autor ha elaborado un relato literario ambientado en la época, por lo que la obra muestra doce puntos de vista diferentes sobre el conflicto», desvela Pérez a 'ABC'. Todo ello, como explica Pérez-Reverte, para que la sociedad recuerde que «la ayuda española a la independencia norteamericana es uno de los grandes, épicos y olvidados episodios de nuestra historia que debemos recuperar y dar a conocer».

De la mano de autores como Lorenzo Silva, Juan Gómez-Jurado o Emilio Lara (entre otros), 'Bajo dos banderas' busca demostrar también que hubo héroes españoles que se dejaron la sangre por los Estados Unidos. Algunos de ellos tan famosos como Bernardo de Gálvez, un oficial que marchó en 1779 a lo largo del Misisipi con un ejército formado en buena parte por españoles para expulsar a los ingleses de la determinante posición de Baton Rouge (episodio en el que se inspiró Augusto Ferrer-Dalmau para elaborar el cuadro que ha sido usado para la portada de la obra). A su vez, y con el objetivo de que esta ayuda jamás vuelva a caer en el olvido, el escritor Juan Eslava-Galán ha elaborado una cronología explicando los hechos más destacables de la colaboración de la Corona en la Guerra de la Independencia americana.

En palabras de Pérez, 'Bajo dos banderas' podrá leerse en las próximas jornadas en Zenda de forma totalmente libre. A su vez, el coordinador afirma que, a día de hoy, ya es posible disfrutar de los capítulos uno a uno en la página web del grupo. «Desde hace dos años hemos publicado 3.500 artículos gratuitos en la web, y queremos seguir esta línea. Además, a partir del día 12 inauguraremos un concurso de relatos cuyos finalistas obtendrán un ejemplar y, a lo largo de toda la Feria del Libro, sortearemos varios más entre aquellos que entren al foro y lo recomienden», destaca. 'Bajo dos banderas' también será el primer libro propuesto para el nuevo club de lectura de Zenda. Todo ello servirá para demostrar al fin al mundo que nuestra bandera cruzó el Atlántico para combatir por Washington y compañía.

Arturo Pérez Reverte: «La ayuda a la independencia fue decisiva»

-¿Por qué elaborásteis este libro?
-Es un aspecto de nuestra historia poco conocido, y pensamos que sería útil sacarlo a la luz. Decir a los escritores y a los lectores que ahí tenemos una veta narrativa apasionante, unas historias por contar que pueden dar mucho juego. Reunir a varios escritores para que narrasen aquello, cada cual desde su punto de vista, nos pareció un ejercicio útil y divertido. Una buena forma de llamar la atención sobre el asunto. La ayuda española a la independencia norteamericana fue muy importante, y decisiva a menudo. Por supuesto, ellos nos lo agradecieron muy a la anglosajona, atacando nuestras posesiones caribeñas siglo y medio después. Es paradójico, y asombroso, que compatriotas nuestros como Gálvez, que son héroes venerados en los Estados Unidos, sean ignorados y despreciados en España.

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Presentación de 'Bajo dos banderas' con Arturo Pérez Reverte
Tamara López - chica-sombra.com - 01/06/2018

Hoy es uno de esos días en los que un servidor acude presto a servir y redactar con humildad e ilusión, un evento que destilaba glamour, solera y literatura del mas alto nivel. El lugar de la cita, es ya de por sí un recinto que he visitado en muchas ocasiones, como buen madrileño de pro, debido a todo el halo de misterio e historia que le rodea. Me refiero, sin duda, al inquietante palacio de Linares, actual residencia oficial de la Casa de América.

Este jueves se presentaba 'Bajo dos banderas', una antología de relatos ambientados en españoles que participaron en la guerra de la independencia de Estados Unidos, por la autodeterminación de las colonias británicas en América. Los relatos han sido escritos por doce escritores españoles de gran relevancia, con Arturo Pérez-Reverte a la cabeza que, por cierto, ha sido el impulsor de esta interesante iniciativa además de encargarse de presentar el evento, junto a Espido Freire, otra gran escritora que ha colaborado en el libro. Me gustaría citar también a Juan Gómez-Jurado, autor que leo con mucha frecuencia y que me ha resultado muy gratificante descubrir que se encuentra dentro de los participantes.

Desde hace años, he notado que existe una fuerte iniciativa por rescatar a ciertos personajes olvidados de nuestra historia y sacarlos a la luz, en pro de alejarnos de ciertos prejuicios o miedos que teníamos de antaño para hablar sin tabú alguno sobre nuestra historia, llena de luces y de sombras como todas, pero que desde mi humilde opinión, quizás haya necesitado con urgencia un nuevo revisionismo con más criterio y objetividad. Quizás yo no sea el mas indicado para tratar este tema, pero debido a mi presencia en la cita he creído necesario resaltarlo. Sinceramente, pienso que los escritos sobre historia son complejos, manipulables y nada objetivos, el rigor histórico es un trabajo arduo y en ocasiones inalcanzable, debido a la subjetividad de quien lo escribe. Pero, en este caso, veo estimulante y en parte divulgativo que se escriba sobre personajes como Blas de Lezo, totalmente revindicado en la actualidad, que ha llegado a convertirse en una suerte de figura legendaria contemporánea o el álter ego del almirante Nelson inglés o de Bernardo de Gálvez, que por cierto participó con tesón y heroicidad en la guerra que trata el libro.

La antología de relatos resume historias de españoles que lucharon en tierras lejanas, que sangraron y perdieron su vida por la honra y el honor de antaño y también por la necesidad de ganarse un sustento, y buscar una vida mejor allende los mares. Sinceramente, pienso que este libro será muy disfrutable para los apasionados de la historia de España, donde en muy pocas ocasiones tenemos el lujo de leer relatos escritos por personalidades de este nivel. La obra ha sido publicada por Zenda, una publicación digital que aglutina a un gran elenco de personalidades, ya sean escritores, artistas, periodistas o, en general, gente ligada a la cultura. También es importante detallar que ha sido financiada y apoyada por Iberdrola.

Un punto muy sorprendente de esta publicación es que se expondrá en Nueva York, Nueva Orleans, Washington DC y Miami en la exposición Memorias Recobradas: España, Nueva Orleans, y la ayuda a la Revolución Norteamericana que conmemora el tercer centenario de Nueva Orleans. 'Bajo dos banderas' es una publicación que no se encontrará a la venta en librerías, sino que se ofrecerá gratuitamente de forma electrónica, aunque existe una edición en papel que se irá distribuyendo paulatinamente en diferentes eventos, como por ejemplo, durante la feria del libro, donde se sortearán 100 de estos ejemplares (ojo cuando pasen unos años para los coleccionistas). Quería informar a todos los escritores que lean este articulo que se ha abierto un concurso de relatos bajo el mismo título, que posee el suculento premio también ofertado por Zenda. Como punto final, informar que la portada es una pintura de Augusto Ferrer-Dalmau, un artista que está destacando por su impresionante realismo en sus obras y su temática sobre acontecimientos importantes de nuestra historia.

Estoy convencido de que la publicaciones que realice Zenda van estar muy presentes en el universo literario, por lo que esto ha sido un pistoletazo de salida para una iniciativa novedosa y divulgativa.

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Re: 31.05.2018 - La cabellera

Mensaje por Rogorn » Mié Jun 06, 2018 12:53 pm

Banderas de nuestros tatarabuelos
Javier Ors - larazon.es - 02/06/2018

España es una nación proclive a la amnesia, al olvido como enfermedad, algo así como esos atormentados pacientes de las películas de Alfred Hichtcock que sienten un miedo cerval, algo más instintivo que irracional, a indagar en sus recuerdos. Esa falta de memoria, junto a esa diosa menor que es el desconocimiento o la ignorancia, ha convertido el pasado para este país en un pozo ciego, una acumulación de tópicos, lugares comunes, leyendas espurias o, regresando a un marco cinematográfico, fundidos en negro. De la participación española es la Guerra de Independencia de Estados Unidos (1775-1783) queda poca o nula constancia en la cultura popular, algo extraño si se tiene en cuenta que se trata del nacimiento de la que posteriormente sería la primera potencia mundial. Una posible explicación de que esta omisión o inaudito descuido puede residir en que España perdió Cuba a manos de los americanos, una derrota que desencadenó un vendaval de pesimismo entre intelectuales y escritores de la generación del 98. Pero, probablemente, hay más. «Es probable que también tenga que ver con el hecho de que la independencia de EEUU también fue un aliciente inspirador para las colonias españolas en América, aparte de la influencia que ejercería en Europa, sobre todo a través de la Revolución Francesa y las guerras napoleónicas. España no tuvo tiempo de digerir nuestra colaboración», comenta el historiador Álex Claramunt, director de la revista de Historia Moderna de 'Desperta Ferro'.

El libro 'Bajo dos banderas', el primero que sale con el sello de Zenda, reúne doce relatos ambientados en este conflicto. Los escritores Arturo Pérez-Reverte, Lorenzo Silva, Juan Eslava Galán Espido Freire, Agustín Fernández Mallo, José María Merino, Luz Gabás, Clara Sánchez, Susana Fortes, Cristina López Barrio, Emilio Lara y Juan Gómez-Jurado prestan su imaginación a unos relatos que reviven, desde diferentes ópticas y estilos, la aventura que los españoles vivieron en esa campaña. «Al ser el caso de EE UU, nos tendría que gustar conocer qué hicimos allí. Muchos no lo saben y cuando se enteran, les llama la atención. Vamos con retraso. Quizá ahora es el momento», comenta Luz Gabás, autora de 'Palmeras en la nieve'. El historiador Juan Eslava Galán, que además de participar con una historia (que entronca con uno de los personajes por los que siente debilidad: Goya), redacta la cronología del conflicto que cierra el volumen, comenta por qué intervenimos: «Hay que tener en cuenta que los ingleses nos habían fastidiado bastante. Al principio nuestra ayuda a las trece colonias que se independizaban de Londres, fue encubierta, a través de nuestros diplomáticos en París. La participación de Francia, en cambio, resultó más clara».

Claramunt concreta en qué consistió la contribución española: «Por lado, prestamos ayuda económica y luego dimos apoyo militar indirecto. Si los británicos hubieran podido concentrarse en las 13 colonias, no habrían tenido problema en derrotarlas. Lo que hizo España es abrir diferentes frentes, como fue el caso de Menorca y Gibraltar. Este último asedio fue un fracaso, pero para apoyar a los sitiados, los ingleses tuvieron que desviar recursos navales. Otro frente importante fue el de la Florida. Este territorio se había perdido en la Guerra de los Siete Años. Fue una cesión española para recuperar Manila y La Habana. Otro frente norteamericano con tropas españolas fue en Misisipi, que aunque era un territorio poco poblado y sin valor económico elevado, envolvía las colonias. Los británicos, con tribus aliadas, montaron combates con los españoles en San Luis, la ciudad más importante».

El escritor Leandro Pérez, una de las firmas de Zenda, comenta que este es un paso más para esta página web. «No queremos ser una editorial. No existe esa intención. Este libro tiene dos versiones: una electrónica y otra impresa. En ambos casos es gratuito. Como no se puede regalar la impresa, porque sería una ruina, la versión electrónica estará disponible en Zenda para cualquier que se la quiera descargar y leer. La versión de papel es una edición corta, pero se podrá adquirir a través de varios concursos literarios». El motivo que ha impulsado esta iniciativa, comenta Leandro, es dar relevancia a un episodio que había quedado bastante orillado por la historia. «Nuestro punto de vista es literario. Pero los escritores, cuando cuentan algo, lo hacen con una visión entretenida, interesantes».

Durante este conflicto, España volvió a recobrar parte de su pujanza naval y derrotó a la famosa «navy» británica en distintos momentos. «Aquí lo interesante fue la captura de un convoy inglés de 50 barcos mercantes y cuatro de la Compañía de las Indias Orientales, que eran de guerra, y la captura de 3.000 hombres, varios regimientos que iban a luchar contra los norteamericanos en 1780. Sucedió en el Cabo de San Vicente», detalla Álex Claramunt. Para Eslava Galán está claro que «los ingleses han sido patriotas y han estado siempre muy orgullosos de su armada, que es lo que les dio su grandeza y sobre la cual cimentaron su imperio. Su orgullo patrio, de alguna manera, se fundamenta en la derrota de la armada española. Ellos sufrieron derrotas, y muchas de ellas muy severas, pero luego emplearon la propaganda. Hay que tener en cuenta que hablamos de un país que han convertido en héroes a sus piratas. Ahora lo que ocurre es que estamos recobrando estos momentos olvidados. La historiografía está rescatando las derrotas inglesas, porque los españoles perdimos la de la propaganda».

Entre todos los españoles involucrados en las batallas sobresalió uno: el malagueño Bernardo de Gálvez, gobernador de la Luisiana española. «Ha caído en el olvido –asegura Juan Eslava Galán–, pero fue un hombre relevante por su acción en América. Derrotó a los ingleses incluso en circunstancias adversas. Sacaba provecho de su debilidad y habría que considerarlo un héroe nacional, pero la bibliografía no tiene en cuenta a hombres como él». Para el escritor, el éxito de Gálvez, provenía de que «era un militar de época. Los militares españoles de entonces eran gente preparada, sobre todo los marinos. Tenía mucha experiencia porque había combatido contra los franceses y también en Portugal. Como gobernador de la Louisiana fue importante». Para Claramunt el problema de que no se haya reconocido antes su figura reside en el hecho de que «tuvo una muerte prematura».

Pero la intervención española hay que valorarla como una anécdota o algo relevante. Álex Claramunt es contundente: «Hay que reivindicarla porque supone el nacimiento del país que ha dominado el mundo. No deja de ser una guerra del Antiguo Régimen en el escenario de sus colonias, pero España desempeñó un papel en este suceso. Su intervención no estuvo al mismo nivel que Francia, pero los franceses salieron perdiendo de la guerra, sin ganancias territoriales, mientras que para España tuvo consecuencias beneficiosas: recupera Florida, Menorca y afianza su posición frente a los británicos». Claramunt añade: «El Conde de Floridablanca fue consciente de que España podía influir. El objetivo principal era resarcirse de la derrota de la Guerra de los Siete Años y recobrar territorios perdidos. En este caso se hicieron bien las cosas. Se revolvió el conflicto con Portugal en Suramérica antes de entrar en juego. En esta victoria, España logró algo relevante: asegurarse que Portugal, un aliado de Inglaterra, se mantuviera neutral».

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Re: 31.05.2018 - La cabellera

Mensaje por Rogorn » Mié Jun 06, 2018 12:58 pm

Arturo Pérez-Reverte presenta 'Bajo dos banderas' durante el segundo aniversario de Zenda
JM Plaza - elmundo.es - 01/06/2018

El apoyo de España a las 13 colonias norteamericanas, que se querían separar de Inglaterra, es un asunto poco conocido de nuestra historia. Ahora este episodio, la lucha de los españoles en la Guerra de la Independencia de los Estados Unidos, ha sido el punto de partida e inspiración para doce relatos que recrean aquel mundo y aquella época, agrupados en el volumen 'Bajo dos banderas'. El libro, tutelado por Arturo Pérez-Reverte, incluye historias de Juan Eslava Galán, Espido Freire, Agustín Fernández Mallo, Susana Fortes, Luz Gabás, Juan Gómez-Jurado, Emilio Lara, Cristina López Barrio, Clara Sánchez, Lorenzo Silva y el propio Reverte, quien señaló, en la presentación, que sin pretenderlo se ha logrado una selección casi paritaria.

"Los escritores incluidos", confesó Espido Freire, "nos hemos movido con total libertad en cuanto al enfoque del tema o la anécdota que nos interesaba contar. Y hemos tenido que lidiar con tres palabras, que hoy parece que pueden resultar molestas pero son muy importantes: tradición, legado e historia". Los autores, a la hora elegir su enfoque, se han movido dentro de tres planteamientos: militar, diplomático o comercial, y entre la lucha épica o a la anécdota costumbrista. La lucha por la Independencia de Estados Unidos fue para España y Francia (las dos banderas) una excusa para minar el poder de Inglaterra, que estaba en plena expansión.

Para Pérez-Reverte, en estas historias se palpan y recorren todas las virtudes y los defectos humanos. El libro pretende ser un recuerdo a aquellos hombres que, bajo el nombre de España, estaban luchando hace dos siglos y medio en el continente norteamericano, y un homenaje a aquellos tiempos en los que España tuvo su peso en el mundo. El autor de 'Falcó' recordó que la idea de este libro se gestó en una comida con Julián Martínez-Simancas, secretario del Consejo de Administración de Iberdrola, "el verdadero impulsor de libro", y coincide con la exposición 'Sombras recobradas', inaugurada en Luisiana sobre Francisco Saavedra, ministro de Carlos III, comisario plenipotenciario en México que vivió en primera persona la Independencia americana, cuyo comisario es José Manuel Guerrero.

'Bajo dos banderas' está editado por Zenda, una revista literaria en la web, fundada por Arturo Pérez-Reverte y coordinada por Leandro Pérez, al cumplirse los dos años de esta aventura cultural. En este tiempo, Zenda ha publiado 4.000 artículos de 400 escritores y periodistas, y se ha convertido en una referencia internacional en lengua española. Se han editado miles de ejemplares del volumen de relatos, que no se venden al público, pero que se obsequiaron en la fiesta del segundo aniversario y se regalan a los lectores en los numerosos concursos de Zenda. También se pueden leer estos doce relatos en la web de la revista. La portada de 'Bajo dos banderas' es un fragmento de 'La marcha de Gálvez', del pintor Agusto Ferrer-Dalmau, que estuvo en la fiesta de conmemoración de los dos años de Zenda, en la Casa de América, al igual que académicos y escritores, como José María Merino, Clara Sánchez, Luz Gabás, Emilio Lara, Juan Eslava Galán y los presentadores del libro, Espido Freire y Pérez-Reverte.

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Re: 31.05.2018 - La cabellera

Mensaje por Rogorn » Sab Ago 04, 2018 10:16 am

https://elretohistorico.com/resena-bajo-dos-banderas/

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Mensaje por agustinadearagon » Lun Oct 15, 2018 3:02 pm

Gracias Ro

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