683 - 06.08.06 - Día internacional de Scott Fitzgerald

Los artículos de la columna de Pérez-Reverte en ‘El semanal’ y otros escritos suyos

Moderadores: Targul, Mithrand, Moderadores

Avatar de Usuario
Barles
Mensajes: 368
Registrado: Dom Dic 18, 2005 12:00 am

683 - 06.08.06 - Día internacional de Scott Fitzgerald

Mensaje por Barles » Mar Ago 01, 2006 3:24 pm

DIA INTERNACIONAL DE SCOTT FITZGERALD

Lo bueno que tiene esto de la literatura, o sea, ser lector de libros, es que uno puede celebrar los aniversarios que le salgan de las narices, sin que el asunto dependa de los editores ni de las fotos que le convenga hacerse cada temporada a la titulara de Cultura correspondiente. Y más ahora, que no pasa jornada sin que se entere uno de que está viviendo el día internacional de algo: día del taxista, día de la conducta ecológica, día sin alcohol, día del ciclista, día del peatón, día del capullo en flor. Faltan hojas del calendario, como digo, para tantas nobles causas; y la gente anda por ahí, como loca, buscando un día libre al que endiñársela. No digo que la cosa aburra, claro. Dios me libre de decir que estoy hasta la bisectriz de celebrar sin respiro, uno tras otro, el día internacional de salvamento urgente ya mismo de la Amazonia, el día mundial contra la violencia en las videoconsolas, y el día universal del orgullo del transexual inmigrante de género. Al contrario. Me parece bien. Me parece muy solidario; y, sobre todo, eficaz que te vas de vareta. Lo que pretendo decirles es que, puestos a establecer días conmemorativos, aniversarios y cosas así, los libros permiten montártelo por tu cuenta. Y hoy me lo monto, tal cual. Así que, como este año se cumplen ciento diez del nacimiento de Francis Scott Fitzgerald, y ésa es una cifra tan válida como otra cualquiera, he decidido celebrarlo por mi cuenta.

No tuvo el gancho mediático de Hemingway, su amigo y rival, que lo envidiaba y se burlaba de él, y cuyas fanfarronadas escuchaba Fitzgerald humilde y fiel. Ni tuvo la fama o la adulación de críticos y lectores como Faulkner o Steinbeck. Pero poseyó una mirada extraordinaria, lucidísima, que veía mucho más allá de la música del jazz, los felices veinte, las flappers, la costa Azul, las borracheras, el lujo y la disipación. Ganó dinero y lo gastó en caprichos propios y de su mujer, Zelda, bella y notoria imbécil con la que tuvo la desgracia de casarse. «Cuando estoy sobrio -escribió- no puedo soportar a la gente, y cuando estoy borracho, es la gente la que no me soporta a mí.» Se bebió hasta el agua de los floreros, y tras encarnar el éxito a la americana, encarnó el fracaso y el suicidio alcohólico a la irlandesa. «Toda vida -así empieza La grieta, su libro póstumo de ensayos, notas y cartas- es un proceso de demolición.» Hay una novela que no es suya y que, paradójicamente, debería ser leída antes de enfrentarse a su obra: El desencantado. La escribió Budd Schulberg, que conoció a Fitzgerald en Hollywood e inspiró en él su personaje Manley Hallyday; para quien valdría el epitafio que Dorothy Parker dedicó al propio Fitzgerald cuando vio su cadáver en la morgue, el día que su alcoholismo se resolvió en crisis cardiaca: «Pobre hijo de puta».

Célebre a los veintitrés años, guapo como un arcángel hasta su muerte a los cuarenta y tres, brillante como la carrocería de un automóvil de lujo, elegante, inculto y superficial, Scott Fitzgerald no creció nunca. Fue irresponsable en su juventud, insoportable en su madurez, patético en su final, y corrió a la catástrofe con los ojos abiertos y pisando el acelerador. Sin embargo, fue el más profundamente poético de los escritores estadounidenses, y el que mejor supo narrar la inmensa desolación, el vacío tras cada símbolo de los grandes logros del sueño americano. Bajo su prosa a veces inacabada, siempre extraordinaria, latía la desesperada lucidez de quien nunca fue, pese a las apariencias, un hombre de mundo ni un triunfador. Sin olvidar el rencor, por supuesto. Fitzgerald fue, y él lo sabía perfectamente, un advenedizo de clase media fascinado por el éxito, pero con las tripas revueltas por sonreír y adular a los ricos que le proporcionaban cuanto él y Zelda -siempre esa maldita majara al fondo- ambicionaban. Algunas páginas suyas, como el relato Un diamante grande como el Ritz, hierven de ese odio desesperado y violento. Y la mirada de Gatsby paseando entre sus invitados en El gran Gatsby, la de Stahr en la inacabada El último magnate, o la de Dick Diver contemplando el fracaso de su matrimonio y de su vida en Suave es la noche -mi favorita entre la obra scottfitzgeraldiana-, además de llevar al lector a través de la más plena y absoluta literatura, lo asoman, estremecido, al corazón sensible del hombre que, con una sonrisa desesperada y un vaso de whisky en la mano, afrontó la certeza de su levedad. Porque el talento inmenso de Scott Fitzgerald es que supo, como nadie, contar el vacío de su propia vida. Novelar la nada.

El Semanal 6 de agosto de 2006

Avatar de Usuario
Corsaria
Mensajes: 7731
Registrado: Vie Dic 02, 2005 12:00 am
Ubicación: Virreinato del Río de la Plata

Mensaje por Corsaria » Mar Ago 01, 2006 4:15 pm

Gracias, Barlés.
Me encantó este artículo...
Había descubierto fascinada, estremecida de placer y de miedo, que todos los libros del mundo hablaban de ella.

Avatar de Usuario
adosinda
Mensajes: 4974
Registrado: Lun Feb 20, 2006 12:00 am

Mensaje por adosinda » Mar Ago 01, 2006 6:52 pm

Gracias Barles.

Trinidad

Mensaje por Trinidad » Mar Ago 01, 2006 8:07 pm

Gracias Barlés. Tan puntual como siempre.

Avatar de Usuario
elisheva
Mensajes: 6903
Registrado: Dom May 01, 2005 11:00 pm
Ubicación: Por ahí...

Mensaje por elisheva » Mar Ago 01, 2006 10:43 pm

Parafraseando al propio Fitzgerald, la llamada Generación Perdida fue aquella que se encontró con "todos los dioses muertos, las guerras combatidas y la fe en el hombre destruida".
Hace años que leí "El gran Gastby", y me sorprendió el fondo de amargura que se esconde bajo tanta opulencia y superficialidad. El propio Fitzgerald fue un arquetipo de su época, y fuente de inspiración de sus propios personajes.
Como dijo en una ocasión, dadme un héroe y construiré una tragedia.

Gracias, Barles, el artículo de esta semana me ha encantado.
...En tierra, en humo, en polvo, en sombra, en nada...

Avatar de Usuario
Corsaria
Mensajes: 7731
Registrado: Vie Dic 02, 2005 12:00 am
Ubicación: Virreinato del Río de la Plata

Mensaje por Corsaria » Mar Ago 01, 2006 10:44 pm

Me encantó tu comentario, Eli... :D
Había descubierto fascinada, estremecida de placer y de miedo, que todos los libros del mundo hablaban de ella.

Avatar de Usuario
Udeis
Mensajes: 745
Registrado: Sab May 06, 2006 11:00 pm

Mensaje por Udeis » Mar Ago 01, 2006 11:17 pm

Gracias Barlés.

Me encanta el primer párrafo. Esta vez no me quejo de los insultos superficiales de los que hace uso a menudo. Pero claro, entiendo que tiene más gancho un "hijo de puta" que un "día del capullo en flor" o un "Faltan hojas del calendario para tantas nobles causas". (Geniales, por cierto).
Pero bueno, cada semana disfruto con su artículo y aprendo mucho de ellos.
Udéis es mi nombre, y Udéis me llaman mi madre y mi padre y todos mis compañeros.

Avatar de Usuario
Lenka
Mensajes: 17824
Registrado: Mar Sep 20, 2005 11:00 pm
Ubicación: Reino Astur
Contactar:

Mensaje por Lenka » Mié Ago 02, 2006 1:30 am

Está claro que al Profesor le van los fracasados más que los héroes. En eso sí que estamos de acuerdo. Resultan mucho más interesantes, sin duda.

Gracias, Barles. Siempre es un placer!
Me alegro de no haberte matado todavía...

Avatar de Usuario
Corsaria
Mensajes: 7731
Registrado: Vie Dic 02, 2005 12:00 am
Ubicación: Virreinato del Río de la Plata

Mensaje por Corsaria » Mié Ago 02, 2006 2:58 am

Si, es muy cierto. Son más interesantes los que fueron y volvieron y tienen cosas para contar.
Había descubierto fascinada, estremecida de placer y de miedo, que todos los libros del mundo hablaban de ella.

Avatar de Usuario
Lenka
Mensajes: 17824
Registrado: Mar Sep 20, 2005 11:00 pm
Ubicación: Reino Astur
Contactar:

Mensaje por Lenka » Mié Ago 02, 2006 3:03 am

La vida de los Santos y los Intachables suele ser un coñazo insufrible.
Me alegro de no haberte matado todavía...

Avatar de Usuario
Corsaria
Mensajes: 7731
Registrado: Vie Dic 02, 2005 12:00 am
Ubicación: Virreinato del Río de la Plata

Mensaje por Corsaria » Mié Ago 02, 2006 3:06 am

Jajajaja... pobres Santos... la vida de San Agustín no fue taaaaaaaaaaaaan aburrida (pero sus Confesiones me provocaron mucho sueño).
Había descubierto fascinada, estremecida de placer y de miedo, que todos los libros del mundo hablaban de ella.

Avatar de Usuario
Sirenita
Mensajes: 1304
Registrado: Dom Sep 04, 2005 11:00 pm
Ubicación: A Coruña (sin L)

Mensaje por Sirenita » Mié Ago 02, 2006 8:22 am

Gracias Barlés :D

Avatar de Usuario
Matasiete
Mensajes: 119
Registrado: Lun Mar 07, 2005 12:00 am
Ubicación: Villa y Corte de las Españas

Mensaje por Matasiete » Mié Ago 02, 2006 1:05 pm

Lenka escribió:Está claro que al Profesor le van los fracasados más que los héroes. En eso sí que estamos de acuerdo. Resultan mucho más interesantes, sin duda.

Gracias, Barles. Siempre es un placer!


Debe ser porque la vida esta llena de fracasados y los perfectos heroes no existen :wink:
...de la que pendía una larguísima tizona, iba tachonada
de reales antiguos de plata; porque también se las daba
de matasiete, de los que se pasean con mucho voto a Dios y pese a tal, retorciéndose el bigote y metiendo ruido de acero.

Avatar de Usuario
CristinaOvede
Mensajes: 2459
Registrado: Mié Sep 14, 2005 11:00 pm
Ubicación: Zaragoza

Mensaje por CristinaOvede » Mié Ago 02, 2006 2:12 pm

Gracias Barles.
"No era el hombre más honesto ni el más piadoso, pero era un hombre valiente".

Avatar de Usuario
Corsaria
Mensajes: 7731
Registrado: Vie Dic 02, 2005 12:00 am
Ubicación: Virreinato del Río de la Plata

Mensaje por Corsaria » Mié Ago 02, 2006 2:30 pm

Matasiete escribió:Debe ser porque la vida esta llena de fracasados y los perfectos heroes no existen :wink:



¿No existen? ¿o sea que mejor dejo de esperar a mi príncipe azul? ¿O es que era azul por que estaba cianótico? :wink:
Había descubierto fascinada, estremecida de placer y de miedo, que todos los libros del mundo hablaban de ella.

Avatar de Usuario
Barles
Mensajes: 368
Registrado: Dom Dic 18, 2005 12:00 am

Mensaje por Barles » Mié Ago 02, 2006 3:47 pm

Mujer, tu mejor que nadie debería saber que los que molan son los héroes cansados. Aunque den un laburo macanudo :lol: :lol: :lol:

Avatar de Usuario
Corsaria
Mensajes: 7731
Registrado: Vie Dic 02, 2005 12:00 am
Ubicación: Virreinato del Río de la Plata

Mensaje por Corsaria » Mié Ago 02, 2006 4:16 pm

¿Te pasaste por el hilo del héroe cansado? ¡Hay novedades! Le estamos imprimiendo un poco de velocidad a los héroes cansados (de nuevo el nos mayestático, mis muchas personalidades, todas hablando a la vez). :D Todo era cuestión de que mi profesora querida se dignara darme alguna indicación de qué hacer...

¿Y esta Patente de Corso no les trajo a la memoria las otras Patentes donde hablaba sobre los escritores que a él le gustan?
Había descubierto fascinada, estremecida de placer y de miedo, que todos los libros del mundo hablaban de ella.

Avatar de Usuario
Corsaria
Mensajes: 7731
Registrado: Vie Dic 02, 2005 12:00 am
Ubicación: Virreinato del Río de la Plata

Mensaje por Corsaria » Mié Ago 02, 2006 5:07 pm

Yo cuelgo una que a mi me emocionó la primera vez que la leí...


Viento en las velas

Hace unos días palmó Alejandro Paternain. La mayor parte de ustedes no sabrá quién carajo era ese tío; pero algunos, entre los que me cuento, le deben –le debemos– maravillosas páginas con olor a mar y a pólvora, noches de guardia bajo las estrellas, rumor de velas henchidas por la brisa allí donde de verdad empieza la única libertad del hombre: a cincuenta o cien millas de la costa más cercana. Como habrán adivinado, Alejandro Paternain era escritor. Novelista, para ser exactos. Lo conocí hace años, y sé que le habría ofendido en extremo que lo confundiesen con alguno de esos soplapollas vivos o muertos –él, uruguayo, habría pronunciado soplapochas, pero no lo hacía porque era hombre correctísimo– que llenan páginas masturbándose con fascinantes reflexiones sobre su propia caspa. Alejandro Paternain no era de ésos, sino de los otros: Stevenson, Conrad, Melville, O’Brian. Ya saben. Los hermanos de la costa. Contaba historias de aventuras, casi siempre con el mar como fondo, con deliberada y sobria eficacia. Yo le llamaba respetuosamente profesor, y él sonreía al oírlo, con benevolencia cortés. Era alto, anciano, apuesto, tan elegante como su nombre y apellido. Setenta y un tacos de almanaque. Un auténtico cabachero.

Lo conocí de forma singular. Un día entré en una librería de Montevideo –estaba siguiendo la huella de los marinos del Graf Spee– y encontré una novela llamada La cacería. Me gustó el título, me gustaron las páginas que leí por encima, me llevé el libro al hotel y me lo fumigué completo en tres horas. Entusiasmado. A la mañana siguiente cogí el teléfono, hice unas pesquisas editoriales y llamé a Alejandro Paternain a su casa. Oiga usted, dije. No tengo el gusto de conocerlo, pero olé sus huevos. Ya no se escriben novelas como ésa, y me habría encantado firmarla yo. Me dio las gracias, charlamos un rato, quedamos en vernos alguna vez. Cuando volví a Uruguay ya había leído otras dos historias suyas, y lo llamé. Me reafirmo en lo dicho, sostuve. Maestro. Nos vimos, claro. No me esperaba a ese profesor de Literatura jubilado, leidísimo, modesto, buen tipo. Hablamos mucho de barcos, de naufragios, de libros, de viajes. Nos hicimos amigos. Tiempo después, cuando La cacería se editó en España, Paternain vino a Madrid para presentar el libro, feliz por verse publicado, a sus años y sus canas, en la madre patria. Volvimos a vernos y a intercambiar nombres de libros y de barcos, vientos, latitudes y longitudes como dos chicos que cambiasen cromos. Él no era de ninguna mafia literaria, ni tenía editores de ésos que sólo publican obras maestras imprescindibles para la cultura occidental, ni escribía novelas sobre la imposibilidad de escribir una novela. Así que en la mayor parte de los suplementos literarios españoles importantes, los mismos tontosdelculo que por aquella época jaleaban con entusiasmo cualquier obviedad publicada por cagatintas indocumentados y mediocres, pasaron por completo de La cacería, ninguneando clamorosamente al libro y al autor. Ni una maldita línea. O casi nada. Aun así, circulando la consigna de lector en lector, la novela se vendió muy bien. Y lo que es más importante: se convirtió en libro cómplice para iniciados, en signo de reconocimiento de los lectores especializados en el mar y la aventura.

Ahora Alejandro Paternain largó amarras. Desde la muerte de su esposa ya no era el mismo, cuentan. Trabajaba poco. Había perdido las ganas de casi todo. Me dieron la noticia cuando –cosas de la muerte y de la vida– yo estaba cerca de Montevideo, en la otra orilla del Río de la Plata, en Buenos Aires. Al enterarme le dediqué mentalmente un brindis: una pinta de ron. A tu salud, profesor. A tu memoria y a la de los hermosos libros que escribiste. Luego me propuse teclear estas líneas en cuanto regresara a España, donde apenas se ha publicado alguna mezquina reseña sobre su muerte. Para hacer justicia al novelista uruguayo que fue uno de los últimos clásicos vivos del mar, la historia y la aventura. Para agradecerle una vez más las páginas vividas con todo el trapo arriba, el viento silbando en la jarcia, y en la boca el sabor de la sal y el aroma del peligro. Por Alejandro Paternain dobla hoy aquí a muerto la campana de la inmortal goleta Intrépida, mientras él descansa junto a todos los corsarios y todos los piratas que surcaron los mares en busca de gloria o de fortuna. En la tumba donde yacen ellos y sus sueños.


Del 6 al 12 de junio de 2004
Había descubierto fascinada, estremecida de placer y de miedo, que todos los libros del mundo hablaban de ella.

Avatar de Usuario
Corsaria
Mensajes: 7731
Registrado: Vie Dic 02, 2005 12:00 am
Ubicación: Virreinato del Río de la Plata

Mensaje por Corsaria » Mié Ago 02, 2006 5:09 pm

Y esta, sobre su amigo Montero...

Esa manteca colorá

| El Semanal | 20 de noviembre de 2005

Acabo de calzarme en una tarde Manteca colorá, de Montero Glez, antes Roberto del Sur, de quien tengo el gusto de llamarme amigo aunque hace tiempo que no lo veo, o lo frecuento, porque se arrimó al moro, con su pava, y allí sigue, dándole a la tecla y comiéndose la vida a puñados, y a Madrid sube de uvas a peras. Se trata de una novela corta, obscena y muy salvaje, de interés teóricamente limitado, pues la acción transcurre en Conil de la Frontera, un lugar del Estrecho con viento y mar, allá muy debajo de lo más abajo, entre traficantes y chusma bajuna, y en tono adecuado a las circunstancias: jerga costumbrista y local, poco exportable y, por supuesto, imposible de traducir al guiri. Y la verdad es que, en cuanto a asunto, estructura y personajes, la cosa no es deslumbrante: un contrabandista de hachís, una hembra de bar, unos cuantos malos. Por ahí no deben ustedes esperar maravillas, a menos que sean aficionados al género, o a las escenas de sexo duro que Montero Glez, como de costumbre, borda con la artesanía perfecta y la mala leche de quien sabe bien de qué está hablando. «Y fue entonces que la Sole se aupó sobre él y que él sintió el calor nutritivo de la entrepierna y dijo que no, Sole, que no, que esta noche salgo a la mar. Y apretó los ojos hasta contener el desbordamiento y renunció a seguir, que no, Sole, que no, abandonándola al antojo de las tormentas.» Por ejemplo.

Porque lo que de verdad importa en Manteca colorá, y a eso voy, es el lenguaje. El estilo literario, que dirían algunos críticos soplacirios. La manera de contar, o sea. El modo en que Montero Glez, al que la primera vez que le pones la vista encima, y lo oyes, y te tomas una caña con él, y concluyes que está muy para allá –equivocándote, pues en realidad el jambo está muchísimo más para acá de lo que parece–, narra las cosas, con esa forma de escribir que podríamos situar, sin pasarnos ningún pueblo, entre el Cela magistral y lamentablemente único, o casi, del Pascual Duarte y el Valle-Inclán del Ruedo Ibérico, aliñado todo con miles de horas de lectura humilde, sabia y bien aprovechada. Una vida lectora guiada por la fiebre de contar a su manera, por la certeza de la misión literaria personal, intransferible y fanática, que desde que tiene uso de razón –hay más libros robados que comprados en la biblioteca de su memoria– lleva a ese asendereado personaje, flaco, chupado, tierno a ratos, violento y bronca que te rilas, leal como un doberman y peligroso como un rotweiler majara, a través de la literatura como forma de vida, como aire para respirar, como angustia y como éxtasis. A ver, si no, cómo pueden tenerse los huevos de escribir aquellas líneas inmortales, el inicio glorioso de Sed de Champán, que ya cité en esta misma página hace tiempo: «El Charolito sólo se fiaba de su polla. Era la única que nunca le daría por culo».

Le envidio la prosa a ese hijo de puta. Lo juro. Lo dije alguna vez y lo repito. Soy académico de la Real y me gano bien la vida, pero lo cierto es que hay párrafos de Montero Glez que dejan sin aliento. Que me obligan a volver atrás despacio, casi cabreado, para estudiar palabra a palabra el mecanismo genial que las articula y dispone. Páginas contundentes como un puñetazo o un golpe de navaja en la entrepierna. Me ocurre eso desde hace muchos años, cuando nos conocimos en el quiosco de tabaco de Alfonso, en el Gijón, y leí unos folios que me pusieron la piel de gallina. Después se lo conté a Raquel, mi agente, y a Daniel Fernández, el editor de Edhasa, un buenazo que publicó Sed de Champán; pero la cosa terminó como el rosario de la Aurora porque Montero Glez, fiel a su estilo, les montó una serie de pajarracas, amenazas de posta lobera incluidas, que todos quedaron aliviadísimos cuando se largó con su contrato a otra parte. Eso me tuvo un tiempo sin dirigirle la palabra, me has dejado fatal, cabrón, etcétera. Pero las cosas pasan, y cada cual es cada cual, y me llama de vez en cuando, y esta vez publica con Mario Muchnik, y todo va como una malva, y en la dedicatoria manuscrita del último libro, el fulano ha tenido el detalle de poner: «Para A.P-R, que me indultó». Pero a ver cómo no indulta uno, díganmelo ustedes, a alguien capaz de escribir: «El Roque se conocía al dedillo el idioma de las porquerizas de la vida y bien sabía lo que para un cerdo con las hechuras del coronel significaban las noches de luna negra y viento de la mar: bellota».
Había descubierto fascinada, estremecida de placer y de miedo, que todos los libros del mundo hablaban de ella.

Avatar de Usuario
adosinda
Mensajes: 4974
Registrado: Lun Feb 20, 2006 12:00 am

Mensaje por adosinda » Mié Ago 02, 2006 7:07 pm

Gracias Corsaria. Gracias a Viento en las velas conocí a Alejandro, y me compré el libro de la Cacería, liibro que me encantó.

matasiete escribió:Debe ser porque la vida esta llena de fracasados y los perfectos heroes no existen


¿Entonces no existe superman?
8O

Responder