Entrevistas con Arturo

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Rogorn
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Re: Entrevistas con Arturo

Mensaje por Rogorn » Mar May 15, 2018 11:00 am

"A mí no me gusta escribir, me gusta imaginar historias"
Entrevista de Hugo Alconada Mon - lanacion.com.ar - 15/05/2018

Gabriel García Márquez, una vez que le preguntaron qué sentía frente a la página en blanco, dijo que le daba ganas de vomitar. Hasta que cierta vez leyó el consejo de Hemingway: hay que escribir y escribir sin pausa, hasta que el autor sienta que lo hace como si alguien le está dictando ese texto al oído y la escritura fluye sin esfuerzo. Los más grandes autores han develado sus estrategias a la hora de escribir. Arturo Pérez-Reverte (Cartagena, España, 1951), el formidable autor de 'Alatriste' que acaba de publicar 'Eva', traza mapas de sus historias, colecciona nombres para sus personajes y se toma muy en serio la investigación. Ahora, abre el arcón donde guarda celosamente su método para alcanzar la excelencia.

-Cuando usted no está promocionando un libro suyo, ¿cómo es un día habitual de trabajo?
-Me levanto temprano, a las siete y media, más o menos, hago ejercicio, nado un poco, corro, camino, saco a los perros. Después me doy una ducha y a las ocho y media he desayunado y a las nueve estoy trabajando ya. Trabajo toda la mañana, hago una pausa a media mañana, quizá. De vez en cuando me tomo una aspirina. Y a mediodía termino. Como. Por la tarde repaso lo que escribo por la mañana. Le hago una primera corrección. Y luego, leo. Eso cuando estoy en Madrid. Leo o veo películas, esa es mi rutina diaria.

-¿Escribe a mano?
-Escribo en ordenador, pero corrijo a mano. En el papel hago una lectura corrigiendo con pluma estilográfica. Corrijo y vuelvo a meter en el ordenador. Doy varias pasadas. Hasta que creo que el contenido es suficiente.

-¿Cuánto del primer borrador ve la luz en las librerías?
-Dos tercios. Del resto elimino mucho. El mejor amigo del escritor, después de la papelera, es el marcador para tachar líneas. Tras escribir un párrafo de diez o quince líneas, si puedo eliminar una o dos, las quito sin compasión. Es duro, a veces esas líneas han llevado hora y media de trabajo. Pero hay una cosa que se desarrolla con los años... Llevo treinta escribiendo novelas. Uno tiene instintos narrativos. Se da cuenta...

-Si funciona.
-Si funciona o no. A veces hay problemas técnicos serios. Cuando era joven pensaba que el español era una lengua formidable. Lo es, sin duda. Pero yo pensaba que tenía soluciones para todo. A veces estoy con un párrafo y en un momento me doy cuenta de que no hay recursos estilísticos adecuados para resolverlo. A lo mejor tengo que repetir tres veces el verbo "haber". No tengo otra solución. O debo meter dos gerundios seguidos o cerca. Uno debe decidir entre el estilo y la eficacia. Y siempre me inclino por la eficacia. Incluso, hay veces que creo que soy más eficaz si vulnero la forma, el estilo; prefiero mantener la eficacia y transgredir un poco el reglamento.

-¿'La reina del sur' conllevó el esfuerzo adicional de escribir con modismos mexicanos?
-Sí, pero fue un placer adicional, un experimento interesante. Viví algún tiempo en Sinaloa, en el norte, con mi amigo el escritor Elmer Mendoza, experto en el habla norteña. Caminaba con un bloc de notas, cada cosa que escuchaba la apuntaba. ¿Oye, qué significa? Lo anotaba. Me hice un glosario personal. Ahí hay un poco, no de arrogancia, pero sí de chulería, como decimos en España, un poco de desafío de autor. A ver si soy capaz de contar una novela en mexicano, que funcione para los mexicanos. Fue un desafío duro, porque el estilo mexicano, el habla, la jerga... También me pasó con Alatriste, llevar el habla del siglo XVII al actual, que se pueda entender sin ser arcaico ni anacrónico. Cada novela es un desafío estilístico diferente.

-¿Cuál fue el mayor?
-¿El más duro de todos? Quizá, técnicamente, 'Un día de cólera'. Es una novela sobre el alzamiento de los españoles contra los franceses del 2 de mayo de 1808. Tenía la relación de todos los muertos y heridos, la conseguí en los viejos archivos. Entonces, quise construir una novela con todos esos personajes. Dotar a la novela de la acción simultánea en cada lugar de Madrid, coordinar a todos esos personajes, con grandes paneles... Estructuralmente, fue la más compleja.

-¿Qué son los paneles? ¿Pizarras en las que volcaba qué ocurría en cada momento con cada personaje?
-Sí, eso es.

-Imagino que tenía un mapa antiguo con las calles de Madrid.
-Lo tenía. Tenía relaciones de testigos de la época. Si sabía que había muerto un personaje en la calle Toledo, buscaba referencias del combate en la calle Toledo. Todo eso lo llevaba al panel. Lo anotaba según las horas del día. Fue un esfuerzo estructural. Pero los desafíos son importantes. Motivan mucho. Me apetece ver si soy capaz. De resolver con eficacia personajes, estilo, tono, punto de vista. Buscar esas novedades que me impidan caer en la rutina. Son desafíos muy interesantes.

-En 'Eva' llega a decir que Falcó siente el peso de los 570 gramos del arma. Usted compró el arma, compró cada uno de los objetos personales de Falcó. ¿Cuál es el sentido de tener...?
-Bueno, aparte del placer... Yo soy escritor porque me la paso muy bien. Mi instinto de coleccionista, de cazador, se completa adquiriendo aquellos objetos en los que hay un placer personal que no tiene nada que ver con la literatura. Pero hay una cosa importante que es que los objetos a veces te hablan. Un arma, una pluma estilográfica, una pitillera de carey, una corbata. Yo recuerdo que cuando escribí 'La piel del tambor' le compré un alzacuello a un cura de Sevilla. No es igual sentirse con un alzacuello que con una camisa con corbata. Estaba en Francia y salí a la calle vestido de cura a ver cuál era la reacción de la gente. Y la actitud de la gente cambiaba. Hay un aspecto lúdico, de juego. Y hay un aspecto práctico. En el caso de Falcó, es importante la pistola. Me decidí por una emblemática: la FN Browning 1910, con la que Gavrilo Princip mató al archiduque Fernando en Sarajevo, con lo que comenzó la Primera Guerra Mundial. La conseguí en un anticuario de pistolas.

-Usted llega a escribir que se cercioró primero de que el seguro del arma estuviera puesto...
-He visto muchas veces golpear a gente con armas. Tengo una ventaja, un privilegio dudoso: he visto esas cosas. Cuando cuento la violencia, un golpe, una tortura, un grito, sangre, como cae un cuerpo al suelo... La gente no cae como en las películas. Cae como si de pronto se desmayara. Lo he visto. Tengo una memoria muy útil. Entonces, cuando tengo que acudir a estas situaciones, recurro a mis recuerdos. Por eso, mi violencia es violencia. Yo no he aprendido la violencia en la barra de un bar. Ni la he aprendido en los libros.

-¿Cuánto le queda del chip de corresponsal de guerra?
-Por mi edad, ya no soy corresponsal de guerra. Pero hay profesiones y experiencias que imprimen carácter. Cuando uno ha sido cura o ha sido prostituta o ha sido presidente o ha sido afinador de pianos, no puede evitar que su vida esté marcada por los tics, los reflejos automáticos que esa vida le dejó. O por la mirada que esa vida le dejó. Yo he sido reportero 21 años, en países y en lugares desagradables. Entonces, no me puedo librar de esa mirada. Para bien y para mal. Cuando escribo, automáticamente eso surge.

-Vuelvo a la metodología y a ese doble sombrero de escritor de textos largos, imagino que sin plazos fijos, salvo que usted mismo se lo imponga, y, por el contrario, de textos cortos, que todas las semanas tienen una fecha de entrega. ¿Cómo funciona con los textos cortos?
-Yo soy muy disciplinado. Lo soy porque la vida que llevé fue muy caótica durante muchísimos años. Sin disciplina, sin método, habría sido imposible trabajar como vivía. Pasaba de una guerra a otra. Si no hubiera marcado muy bien las puertas por las que entraba y salía, me habría perdido. Sigo teniendo esos reflejos. Los viernes toca artículo. Borro de mi cabeza la novela que estoy escribiendo. Y cuando me voy a ir de viaje hago varios para entregarlos y no fallar. Ningún domingo he fallado en la publicación.

-¿Utiliza el método del artículo breve para los libros?
-Sí. Cada noche, antes de acostarme, soy feliz porque ya estoy pensando en lo que voy a escribir al día siguiente. Sea novela o sea artículo. Entonces, a la mañana llego con una idea. Y entonces, mientras nado, mientras corro, mientras me ducho, mientras desayuno, estoy buscando ya la manera de entrar. Me siento a las nueve y empiezo a trabajar. Esos artículos que salen así, aparentemente muy espontáneos, me llevan un día de trabajo.

-Cuando estaba en México anotaba modismos. ¿Lleva un anotador o anota en el teléfono?
-Suelo llevar una libreta pequeña. Mi hábito de reportero me enseñó que cualquier lugar es bueno para escribir. Tomo notas en servilletas de bares, en tarjetas de embarque, en márgenes de periódicos.

-Vamos a Eva y Falcó. Cuando usted se sienta, ¿ya tiene su hoja de ruta, sabe hacia dónde va o hay un momento en que los personajes toman vida y lo llevan hacia otro lado?
-No, a mi ningún personaje se me escapa. Los tengo a todos asustados. Son muy disciplinados. Obedecen. Son como prusianos. Hay muchos tipos de escritor y cada uno tiene su manera. Yo necesito un método antes. Necesito una estructura. La arquitectura es muy importante.

-¿Y el nombre de los personajes?
-Colecciono nombres. Desde hace muchos años.

-¿Qué significa eso?
-Miro guías telefónicas, bibliografía, para buscar apellidos. Los que pienso que son útiles los apunto y los guardo. Nombres como Ferro, como Corso, como Faulques. Que son sonoros. Estoy convencido de que es muy importante la sonoridad. Casi ninguno de los nombres de mis personajes, incluso los secundarios, es casual. Todos responden a algo. Un cura que se llama Príamo Ferro, un viejo cura preconciliar, sucio, de sotana sucia, es perfecto.

-Usted es muy visual. Hay varios libros, no solo 'El pintor de batallas', en los que alude a la pintura. En 'Eva' alude a un pintor y a una forma de pintar para describir a una mujer que Falcó llevará a la cama. Juega todo el tiempo con esto.

-Yo intento jugar con la enciclopedia visual del lector. La gente ha visto ya mucho cine, mucha televisión. No tengo que describir un escenario para que el lector lo imagine. Pero es importante el escenario porque a veces condiciona mucho la acción. Lo que quiero es que el lector vea lo que yo veo. A lo mejor, si menciono dos detalles, el lector dispara su propia imaginación. Entonces, busco aquellos detalles -una luz, una música, un gesto, un objeto sobre la mesa- que hacen que el lector complete o construya el resto. También trabajo mucho con la luz. El otro día me decía alguien que en mis novelas muchas cosas transcurren en la penumbra. Y es que pasé mucho tiempo en lugares oscuros. En la guerra no había luz. La guerra eran sombras, voces. Tengo una marca en la muñeca, una doble marca. En un lugar llamado Mostar, corriendo de noche en medio de un tiroteo, metí la mano en una ventana y me corté dos venas y empecé a sangrar. No había luz. Pero notaba que sangraba. Un soldado se acercó y me dijo: "¿Qué te pasa?". Estoy herido. Entonces me tapó la herida, me la vendó a oscuras. Recuerdo el olor acre de ropa sucia, de sudor, su voz y sus manos. Pero nunca lo vi. No conocí a ese hombre que quizá me salvó la vida.

-¿Usted se impone algunos parámetros? "Hoy tengo que escribir dos folios". "Hoy tengo que escribir diez mil caracteres".
-No. Tengo una forma de trabajar. Sé que un día malo son dos folios. Un día bueno, cinco folios. Cuatro.

-¿Cuándo huele usted hasta acá llegué, acá se terminó la novela? Me refiero a la edición.
-No hay nunca un final. Desgraciadamente, entrego la novela cuando me aburro de ella. Cuando ya no la soporto. Es como querer divorciarme de esta mujer. Quiero separarme de ella. O de este hombre. Quiero apartarme. Ya se acabó. No tiene nada más que darme... Mi problema es que a mí no me gusta escribir. Me gusta imaginar. Escribir es la parte peor. A mí lo que me gusta es imaginar historias. Pero es que tengo que escribirlas para poder venderlas y poder vivir de eso. Es una condena, digamos, casi económica. El acto mecánico de escribir me molesta. Me gusta imaginar situaciones, personajes, acciones, la trama. Todo eso me hace muy feliz. Pero cuando ya he escrito la novela, cuando ya está terminada, después de meses de corrección, de revisión, de tal, detesto esa parte de mi trabajo. Por eso cuando por fin termino una novela, estoy dispuesto para la siguiente. Es como enamorarse. Me digo: esto va a ser amor. Esto es maravilloso.

Tres claves del método para escribir

1 La arquitectura del estilo. Dice que la estructura de la novela es decisiva. "Hago una estructura casi por capítulos", señala. "Lo aprendí leyendo a gente que conocía el oficio mejor que yo: una novela es una serie de puntos que hay que rellenar".

2 La memoria, aliada incondicional. Dice que tiene una memoria prodigiosa. Sus libros, abundantes en escenas de violencia, son en buena parte el resultado de los recuerdos de sus más de veinte años como corresponsal de guerra. "Por eso, mi violencia es violencia. -dice con énfasis|-. Yo no he aprendido la violencia en la barra de un bar. Ni la he aprendido en los libros".

3 Un coleccionista de historias. Colecciona nombres para sus personajes que encuentra en los lugares más variados, toma a cada paso notas en una libreta pequeña ("Mi hábito de reportero me enseñó que cualquier lugar es bueno para escribir") y, sobre todo, tiene los oídos atentos y los ojos muy abiertos para detectar historias. "Como todo escritor, vivo con un montón de historias a mi alrededor. Son como moscas que me acompañan, que me siguen. Una copa, una voz, una persona que pasa, una risa, una música que suena..."

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Rogorn
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Re: Entrevistas con Arturo

Mensaje por Rogorn » Dom Jul 01, 2018 9:57 am

"Estoy viendo morir a la Argentina que amaba"
Entrevista de Pablo Calvo - clarin.com - 30/06/2018

Echa una pastilla blanca en el agua y las burbujas invaden la copa. Pasa igual con sus palabras: alcanza con arrojar una moneda a esa fuente que es Arturo Pérez-Reverte para que broten las metáforas, los párrafos de suspenso, los relatos bélicos, el murmullo del espionaje, las hazañas de los capitanes.

Él tal vez no habría dicho “pastilla blanca”, sino que se habría tomado el trabajo de explicar su efervescencia: que el carbonato sódico, al tocar el agua, se disocia en dos iones, el ión hidrógenocarbonato y el ión sodio, y que el primero se subleva con el ácido de la pastilla y da lugar al dióxido de carbono, el gas que hace estallar la revolución en la copa. Viene de desayunar en La Biela, su café preferido de Buenos Aires, y de caminar por Recoleta entre racimos de perros que hacen flamear a sus paseadores. A Pérez-Reverte no lo distrae el WhatsApp, porque no tiene WhatsApp, decisión que le regala más tiempo a su vida de explorador de historias. Nacido en Cartagena, junto al mar Mediterráneo, fue periodista y corresponsal de guerra, y su experiencia en lugares cargados de tragedia y dolor aflora en su obra. La última es 'Eva' (Alfaguara) que pertenece a la saga de Lorenzo Falcó, ese agente libre que se mueve en los entresijos del espionaje durante la Guerra Civil Española, un hombre a la vez encantador y peligroso.

La copa de la pastilla blanca se calma, él la bebe y agradece ya no ser periodista en estos tiempos de mentiras burbujeantes y de redes sociales que han dicho varias veces, por ejemplo, que él ha muerto. Sus destrezas de capitán de yates le han permitido continuar la marcha entre las olas traicioneras de las "fake news". Y ante la propuesta de Viva de hacer a un lado la promoción de sus libros (que igual siempre son "best sellers") para hablar de los tesoros que ha rescatado de su cercanía con escritores argentinos, Pérez-Reverte acepta. Y su verba, como la pastilla blanca, se convierte en torrente:

-Arturo, ¿cómo era la voz de Osvaldo Soriano?
-Cuando hablábamos de la Argentina, triste. Yo recuerdo a Soriano hablando por teléfono, de madrugada, conversando sobre libros que habíamos leído. Nunca nos vimos en persona, pero éramos conocidos, nos teníamos respeto. Y él era para mí esa voz. Cuando yo le elogiaba sus libros, él siempre respondía con una especie de tristeza, porque él sabía que ese elogio no estaba en boca de quien debía estar en su país. Me lo hacía saber de una manera muy elegante. Sentía no ser reconocido por otros que, por cierto, hoy le prologan los libros. Esto hay que decirlo: lo despreciaban. Yo he estado aquí en conversaciones donde decían: “Este Soriano, ta, ta, ta”. No quiero decir nombres, pero tampoco quiero callarlo. Esa tristeza que él tenía… El ser argentino implica una tristeza genética, nacional; cualquier argentino lúdico debía ser triste en algún momento a la fuerza, ¿no? Y él lo era, tenía eso de no saberse querido...

-El público lo quería...
-Sí, pero él se refería a la gente que manejaba los resortes de la cultura oficial; eso le dolió siempre. Él sabía que merecía otra consideración. Yo creo que la intelectualidad argentina, la que sabe, tiene una deuda de honor con Soriano, que no se arregla haciendo prólogos. Yo entendí la Argentina gracias a Soriano. Yo le dije un día: “Maestro, es que yo, leyéndolo, he comprendido la Argentina”, igual que ahora la entiendo con los libros de Jorge Fernández Díaz. Hay escritores que te explican un país.

-¿Entonces es correcto decir que Roberto Arlt lo ayudó a contar Buenos Aires?
-Sí, Arlt es otro de esos autores fundamentales. Yo empecé a venir aquí muy temprano. Estuve en la Antártida antes de la guerra de las Malvinas, ahí conocí a algunos marinos que luego me fueron útiles como fuentes periodísticas, aunque supe más tarde que algunos de ellos se dedicaban a otras cosas... Y después cubrí la guerra, es decir, conozco bien el país. Y hay otra cosa: mi padre era muy amigo de la Argentina, le gustaban los tangos, era un magnífico bailarín. Entonces, yo me sé la letra de los tangos desde que tengo 8 o 9 años, porque él los cantaba. Ese de Gardel que dice: “Si los pastos conversaran/ esa pampa le diría/ de qué modo la quería/ con qué fiebre la adoré” ('Tomo y obligo'). Es decir, que el gaucho solo en la pampa inmensa no tiene con nadie más que hablar que con los prados. Esas imágenes me quedaron en la cabeza. Resumiendo, escribo con una gran carga emocional sobre la Argentina. Había leído a Jorge Luis Borges y entonces descubrí a Roberto Arlt, 'Los siete locos', la primera vez que vine, años ‘79, ‘80, y digo: “¡Este tío! ¿Por qué nadie me habló de él?” Porque en aquel momento nadie hablaba de Roberto Arlt. Tenemos muy flaca memoria... Ahora reivindicamos a Manuel Puig, que fue muy despreciado en su momento; a Manucho Mujica Láinez. Ahora todos “ta, ta, ta”, pero recordad que hace 20 años ésos eran “autores menores”, que no eran nada valorados por los grandes capitostes de la cultura argentina. Entonces, cuando descubrí a Arlt, me pareció de una dureza, de una crudeza, de una crueldad, de una amargura, de una violencia contenida extraordinaria. Y me enamoré de Arlt. Para mí vienen Borges y Arlt, en ese orden, en la punta de los dos grandes que me han marcado muchísimo por la manera de concebir el mundo y la literatura.

-¿Cómo fueron sus charlas de tango con el poeta Horacio Ferrer?
-Ah, fueron magníficas. Yo acudí a él porque necesitaba documentar el libro 'El tango de la Guardia Vieja'. Fuimos a cenar para mi cumpleaños a la cabaña Las Lilas. Él, Lulú, Victoria y yo. Y Horacio fue muy generoso, un hombre maravilloso, extraordinario. Yo no hablaba: sólo le ponía pretextos para que él contara. Escucharlo era repasar la historia de la Argentina, de Buenos Aires, del tango, de la música, de todo. Era un hombre encantador, muy afectuoso. Mi libro le debe mucho a Horacio Ferrer.

-¿Le hubiese gustado a usted ser entrevistado por Joaquín Soler Serrano, el periodista español que consiguió en televisión testimonios únicos de Jorge Luis Borges, Julio Cortázar, Atahualpa Yupanqui, Ernesto Sabato?
-Sí, pero sobre todo porque Soler Serrano era un periodista a quien yo admiraba mucho, de la vieja escuela, que hizo de sus programas extraordinarios, obras maestras. Yo los tengo a todos en casa. Los de Borges son geniales... ¡hace que Borges caiga bien, je, je! Porque él, en el trato, en la conversación, no era un hombre especialmente simpático, pero Soler Serrano logra mostrarlo real, maravilloso. El conocimiento que tenía de sus entrevistados, de sus obras, los detalles de sus vidas. Es un ejemplo de cómo se hace una entrevista: el periodista retirándose, jamás poniéndose en foco, dejando toda la gloria a su entrevistado, haciéndolo hablar, acompañándolo a contar todo lo que suscita interés. Realmente Joaquín Soler Serrano los hacía brillar. El ser brillante retirándose, que es lo más difícil en una entrevista. El respeto con el que encaraba la conversación. Ya no hay gente así. Un talento impresionante. Ni siquiera los mejores son así. Ahora hay otro estilo de hacer las cosas. Es una obra maestra ese programa, por el que pasaron los más grandes escritores. Y yo me temo que no doy la talla para estar en ese elenco.

Pérez-Reverte pide ahora una aspirina. La humedad porteña lo aplasta, como el tránsito y la crispación que percibe en el ambiente. Por un segundo cambia el gesto, transpira.

-¿Qué le pasa?
-Hay algo que me entristece mucho de la Argentina, y es que para mí este país siempre ha sido un referente. Recuerdo viajar 12 horas y encontrarte con una ciudad “europea”. La calle Florida, antes de la guerra de las Malvinas: la gente se paraba a discutir, había debates, era un foro. Y hablaban de política, de fútbol, de economía. Era una ciudad griega, romana, europea, francesa. Magnífica en ese sentido. Y yo a esa ciudad la he admirado mucho, la caminé por sus librerías. Y yo a esa Argentina la amaba. Pero esa Argentina acogedora, culta, tierna, inteligente, viva, rápida, divertida... muere. ¡La estoy viendo morir! Veo cómo la cultura se repliega, veo cómo poco a poco el argentino está renegando de lo que le dio prestigio, que es justamente esa argentinidad mezcla de cultura, de humanidad, de sociabilidad, y me da mucha tristeza. Ojo, a lo mejor la Argentina que nace es otra mejor, ahí no me meto, no la estoy criticando, pero ésa, la Argentina que yo admiré, está muriendo. Vengo todos los años y me da pena ver que poco a poco va desapareciendo ese argentino tolerante, culto, hablador, culto incluso en lo popular, en el parque, en el colectivo, en los bares. Te dejaba fascinado conversar con uno de ellos, tenían una brillantez... Pero ahora están todos tensos, encabronados, me da mucha pena. Las librerías desaparecen; a los niños no se les explica en los colegios la memoria. Está desapareciendo la historia de los colegios.

El dolor de cabeza se le pasa. Ya tiene la agudeza en guardia, la mirada astuta de sus personajes.

-¿Es cierto que una noche fue espía?
-Es una historia divertida. Pues lo decidimos junto a un muy amigo, espía español, que estaba en Guinea Ecuatorial espiando. Había una operación en curso con la Embajada de España. Entonces, el espía y yo decidimos asociarnos: lo que conseguiría yo, lo utilizaría para publicar y él, para reportar a sus jefes. Hicimos una incursión en una fiesta nocturna, en el despacho del embajador, los dos para conseguir una información muy útil con la cual yo hice una exclusiva muy importante como periodista y él pasó a sus jefes lo que no se podía publicar. Cuando uno ha sido reportero como yo, en lugares inestables, siempre tiene acercamientos, siempre hay gente que pide, que quiere intercambiar datos, nunca he querido tener nada que ver con el espionaje, pero en este caso se trataba de un asunto en mi país, gente seria, solvente, una buena causa, así que decidí aprovechar eso para mi propio beneficio.

-Hablando de situaciones irreales, pensemos: ¿Qué pasaría si su personaje Lorenzo Falcó se encontrara algún día con el detective Pepe Carvalho, creado por Manuel Vázquez Montalbán?
-Je. Pues, no sé, porque Carvalho es un personaje distinto, es un detective privado, de finales del franquismo... no se hubieran encontrado nunca. De todas formas, Falcó es mucho más hijo de puta que Carvalho.

-Para las zonas oscuras de circulación de información, el periodismo tenía un antídoto: el chequeo de los datos. Las redes sociales han obstaculizado ese mecanismo, pero la pregunta es: ¿cree que el diario 'La Verdad', donde usted empezó su carrera, ahora se llamaría a lo sumo 'Algo de cierto'?
-Ahora se llamaría “La posverdad”, jaja. Sí. Es que hay un problema importante y es que las redes sociales han suplantado al periodismo riguroso. Y el público se basa cada vez más en lo que la red social dice y no en lo que el periódico publica por la mañana. Es un público impaciente, que no espera la reflexión y va directamente al titular. Entonces eso pone a circular una cantidad de información absolutamente falsa, inexacta, poco fiable, pero es la que está condicionando actitudes. Puede haber una revolución en seis horas por unos tuits, sobre un bulo, algo falso. La crisis económica, que está haciendo desaparecer los medios serios, está dejando ese espacio en manos de redes sociales no fiables y eso crea un flujo de información peligrosamente manipulable.

-Pero también hay un presidente que anuncia un bombardeo en un tuit...
-He sido periodista muchos años, conozco bien los medios, por eso me alegro de estar fuera ya. Ser periodista hoy es una grave responsabilidad. Hacer un periodismo riguroso es muy difícil porque tampoco la gente lo exige. El problema está en que el público no reclama una información fiable. Se contenta con dos titulares de tuits mal pergeñados, fuera de contexto. El público tiene lo que quiere: rapidez, inmediatez y frivolidad, y esto está generando una mala situación. No me gustaría tener ahora 20 años y ser un joven periodista.

-¿Cómo se lleva con su teléfono?
-Mi móvil es uno de esos que sirven para hablar y nada más, ni siquiera lo llevo encima. No tengo WhatsApp, no sé qué es WhatsApp. Apenas uso Twitter para comunicar novedades sobre mis libros. Entro en Twitter, porque es una herramienta muy potente, pero enseguida salgo. Y no vivo pendiente de las redes sociales. El correo electrónico lo miro una vez a la semana. Ahora la gente exige inmediatez y lo terrible es que está exigiendo también que uno corresponda a esa inmediatez, pero no es mi mundo ni me apetece. Me siento desplazado en ese sentido, poco adaptado a esa modernidad. Prefiero pasar tres horas leyendo a tres horas viendo quién me escribe por WhatsApp.

“Cinco minutos”, avisan que falta de la entrevista, pero el escritor leído por millones de personas ya se siente mejor y contesta: “Que sean diez”.

-En 'Eva', la novela que presentó en la última Feria del Libro, suena Gardel en una escena clave en Tánger. ¿Qué hace el Zorzal tan lejos?
-Bueno, porque puso música en los años ‘30. El jazz en los años ‘20 y el tango en los años ‘30. No hay situación social más o menos elegante de esa época, europea u occidental, que no haya tenido un tango de por medio, ¿no? Estaba en los espectáculos, en la radio, en la vida. Si no eras buen bailarín de tango, no tenías éxito social con las mujeres, era imposible, tenías que ser un buen bailarín. Mi padre era un hombre muy apuesto, muy guapo, con bigote, delgado, alto, ¡y un bailarín extraordinario de tango! Así que tuvo un éxito enorme con las mujeres. El tango era la música, la atmósfera. Y Gardel era ineludible. Yo soy un fan de Gardel y de las películas de Gardel. Esa sonrisa blanca, simpática, ese aspecto de bondad, de buen hombre. Tengo todas sus películas.

-Ahí en Marruecos, tan cerca Tánger de Casablanca, ¿es posible imaginar a Lorenzo Falcó parecido a Humphrey Bogart?
-Bueno, Falcó es más guapo que Humphrey Bogart y bastante más elegante. Hay esa atmósfera de cigarrillo y humo, sí, pero pocos saben que la película 'Casablanca' se llamaba 'Tánger' originalmente, lo que pasa es que, por razones políticas de ese momento, Tánger estaba tomada por las tropas franquistas y se cambió el nombre. A la hora de contar una historia de espías y contrabandistas, pensé en Beirut, que la conozco mucho, pero por razones de España, el oro, la Guerra Civil y África más cerca, Tánger me convenía más en cuanto a localización de escenario.

-Pronto publicará en la Argentina una novela de perros, cuente eso, por favor.
-La vida te quita muchas cosas y te deja muy pocas, y una de las que me dejó fue el respeto por la lealtad y por el valor, dos virtudes que tienen los perros. Me gustan mucho, me parecen el mejor compañero posible. Toda la vida he tenido perros, ahora tengo perros, me emociona acariciarlos, así que decidí hacer una novela en la cual fueran protagonistas, un policial negro, duro, clásico, seco, violento y al mismo tiempo con mucho humor. Ahí está la historia, titulada 'Los perros duros no bailan'.

-Ahí se hubiera trenzado con Soriano, fanático de los gatos.
-Bueno, los gatos no me gustan tanto. Se parecen demasiado a los humanos.

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Re: Entrevistas con Arturo

Mensaje por Rogorn » Mar Jul 17, 2018 10:38 pm

“Desprecio a aquellos que no leen”
Entrevista de Carlos Barragán, Ángel Plasencia y Gonzalo Sevilla - eloficiodelescritor.com - 05/2016

Arturo Pérez Reverte (Cartagena, 1951) es uno de los escritores españoles con más reconocimiento internacional. Ha escrito casi 30 novelas, es miembro de la Real Academia Española y columnista en 'XL Semanal'. A pesar de ser un personaje polémico, es innegable que su Capitán Alatriste ha enseñado a leer a más de una generación de españoles. En esta entrevista nos explica cómo ha llegado hasta aquí: sus influencias literarias, su pasado como periodista y por qué se debe leer para llevar una vida mejor.

-Usted ha fundado Zenda [nota del editor: la entrevista se produjo hace dos años], un espacio donde conversan artistas, lectores o editores. ¿Cree que los escritores y los intelectuales deberían agruparse con más frecuencia y crear plataformas culturales como la suya?
-Hay dos tipos de hombre en el mundo de la cultura: el apóstol, que cree que hay que salvar a la humanidad, y el artista, que hace el arte y luego si la humanidad se salva bien, pero no es cosa suya. Ese soy yo. Yo no escribo para hacer mejor el mundo o para que la gente sea más feliz. Yo escribo porque me lo paso bien, gano pasta y es un mundo en el cual estoy a gusto. No se trata de que el artista deba o no deba involucrarse. El que es egoísta, ególatra, cerrado en sí mismo o asocial puede ser tan buen artista o más que el otro. El arte como utilidad está bien, ya decían los clásicos que lo útil es bello, pero es cierto también que lo bello es útil.

-¿Cree que parte de su éxito se debe a la combinación de la lectura de los clásicos con las estructuras de los best-seller norteamericanos de los años cincuenta y sesenta?
-Yo tuve mucha suerte como lector porque crecí en una casa con biblioteca grande. Mi abuelo tenía una biblioteca de las clásicas: Balzac, Tolstoi, Dostoievski, Conrad… Pero tenía una abuela que era muy lectora de novela moderna. Leía narrativa policíaca americana: Irving Wallace, Frank Slaughter, Frank Yerby… Allí leí muchísimo best-seller americano con los que no descubrí la literatura nutritiva, sino la forma de contar historias y atrapar al lector: lecciones de cómo empezar un párrafo, cómo terminarlo o cómo cortar un capítulo y hacer que el lector siga queriendo pasar las hojas. En definitiva, aprendí las técnicas del best-seller que son muy buenas, muy útiles y muy importantes. Mi manera de contar la extraje de una combinación de fondo clásico unida a esa otra literatura operativamente moderna. Por eso en mis novelas coexiste el mundo más reflexivo con fórmulas muy americanas. Quizás ha sido esa combinación lo que ha hecho que mi público sea tan amplio.

-¿Falta hoy día una mayor lectura de los clásicos?
-Hay una cosa que es muy importante para un escritor: la formación. Yo tuve la suerte de tener una preparación buena y eso se nota en la obra. La gente, aunque no lo vea, lo huele, lo intuye. Un escritor joven lo primero que necesitaría es nutrirse de los clásicos griegos y latinos. ¡De ahí venimos! Los grandes mitos y los grandes temas: la mujer, el adulterio, el hijo no querido, la muerte, el viaje, el regreso… Después el Siglo de Oro: Quevedo, Lope, Calderón, Cervantes… Ahí es donde un escritor español aprende a afilar la espada, donde coge las herramientas técnicas, el vocabulario, el lenguaje y la riqueza. A ese poso clásico se añaden unas herramientas técnicas y un aprendizaje del manejo de la lengua. Y después, la gran novela del XIX y XX: Balzac, Galdós, Tolstoi, Dostoievski, Conrad. Aquellos que enseñan a estructurar una novela. Con lo cual, un joven escritor que no ha leído a Homero, ni a Quevedo ni a Thomas Mann ni a Balzac se puede ir a hacer puñetas, porque no tiene nada. Que ni se moleste. Por muy listo que sea y mucho talento que tenga, no tendrá las herramientas, la educación técnica ni la formación intelectual suficiente para poder contar novelas como dios manda. Aunque fuese una novela contra todo eso, aunque después se dedique a romperlo. Picasso llegó a ser lo que es siendo primero un pintor extraordinariamente clásico. Después fue rompiendo ese clasicismo, pero hasta para romper primero se debe conocer.

-En su obra hay tres arquetipos. El héroe que, como le define usted, es un soldado en territorio enemigo: solitario y triste como Faulques, Pepe Lobo o incluso Alatriste; el malo, como Raposo y Malatesta; y la mujer, que la define usted como más lúcida: Tánger o Mecha. ¿Cuál de los tres se acerca más al concepto revertiano?
-Lo revertiano es un territorio: todo es revertiano. Hay escritores que construyen su mundo narrativo a base de lecturas o de imaginación. Otros tenemos la suerte de que podemos añadir vida. Este territorio está hecho de mis viajes, mis guerras, mis amores, mis odios, mis filias, mis canas… Por ello, todos los personajes tienen un parentesco y son consanguíneos, pero los desarrollo según las necesidades. Hay novelas que me exigen un personaje más revertiano, es decir, que tenga de los ingredientes más manifiestos; otras me piden menos. Una novela es un artefacto que se construye con herramientas y los personajes son una más. En ese sentido no podría decirte si Alatriste es más revertiano que Pepe Lobo. Todos lo son. Pero según el territorio en el que estoy contando, la dosis es mayor o menor. Por ejemplo, en 'La tabla de Flandes' aparece un personaje, César, que es homosexual. Teóricamente mis personajes son tíos muy machotes, no son homosexuales. Pero no. Porque ese personaje es muy revertiano por la lealtad, las ideas, su disposición a matar… aunque sea homosexual. Es tan revertiano como puede serlo el capitán Alatriste.

-Sobre ese héroe revertiano, usted muchas veces explica que el suyo es un héroe más parecido a Ulises que a Aquiles. Y es extraño porque, al menos en la actualidad, la gente prefiere un héroe invencible como Aquiles.
-Sí, pero yo no. Yo escribo por mi placer y a mí la vida me ha quitado la inocencia. Cuando tenía veinte años podía ser Aquiles, pero ya no puedo. Ahora soy Ulises. Yo he estado en Troya, he degollado a troyanos dormidos, me he follado a las mujeres de los troyanos en la cama donde estaba la sangre de sus maridos, he vuelto con la sangre en las uñas… Tengo un concepto muy malo del ser humano. El ser humano es un cabrón con pintas. La vida luego te hace manifestarlo o no, pero lo eres. Y en mis novelas se transmite esa fatiga.

-En cuanto a Alatriste, más allá del personaje, se ha convertido en un arquetipo de la sociedad española. ¿Cómo se consigue técnicamente no desgastar a un personaje durante siete libros?
-He dejado de hacerlo porque he visto que se estaba desgastando. No para el lector, sino para mí. Todo personaje de serie tiene un desgaste. Alatriste es un personaje muy potente, que explica muchas cosas. El lector que lee Alatriste comprende España muy bien, para eso lo escribí. Tú lees Alatriste y sabes por qué somos así. Somos como somos porque fuimos como fuimos. Esa función social o de tipo didáctica está cumplida ya, con siete novelas basta. Cuando vi que estaba repitiéndome a mí mismo, paré. Pero estoy muy contento, Alatriste es mi mayor satisfacción. ¡Está en los colegios! Que mis sobrinos y mis nietos me digan “ese libro es del abuelo” me hace una ilusión tremenda.

-Usted ya ha citado algunos autores, como Galdós, que le interesaron durante una época de su vida pero que ahora le aburren…
-¡Pero no por culpa de ellos!

-Sin embargo, otros autores como Conrad nunca se ha cansado de leerlos. ¿La obra de Pérez-Reverte qué tal va a envejecer?
-Hay autores que han sido fundamentales durante tu adolescencia pero que a los veinte ya te han dado todo lo que te tenían que dar. No porque sean malos, sino porque ya te han llevado por donde te tenían que llevar. Otros autores sí que envejecen contigo y te acompañan. Me pasa con Conrad, pero ya no me ocurre con Dumas, ni con Stendhal ni con Galdós. Yo tengo una ventaja grande. Al tener una obra tan dilatada, tengo desde un libro elemental y divertido como 'La sombra del águila' o 'Cachito' a libros gamberros, novelas complejas como 'Hombres buenos' o de aventuras como 'La Reina del sur', 'La carta esférica', 'Alatriste'…Tengo un libro para cada momento. Por ejemplo, 'Hombres buenos' puedes leerla con sesenta años. De hecho, ¡la entiendes mejor con esa edad! Pero todos caducamos, como los yogures. Al final, el lector es el lector, una vida que se va moviendo. Y no puedes seguirle. Encontrará otras cosas que le llenarán más que mis libros. No tiene nada de dramático ni de trágico. La vida es así.

-Como aquello que decía Patrick O’Brian de que es mucho más importante el contenido de la obra que el autor. Es decir, el escritor no importa.
-¡Claro! O’Brian era un tramposo, un tío que mintió y se puso un nombre que no era el suyo. Pero como escritor era inmenso. ¡Inmenso! Nadie ha hecho una serie de novelas navales como la suya. Por eso, es muy importante no conocer al autor. Yo siempre lo recomiendo.

-Usted no querría conocer a Thomas Mann.
-Lo decía con todos, pero es que Mann era un pedazo de capullo. Siempre digo que es un error acercarse demasiado al autor porque puede caer bien o mal. Y si cae mal resulta que ya no lo lees igual. Al final lo que cuenta de un autor es su libro. Si la obra es buena… ¡Es buena! Siempre hay que separar vida y literatura.

-Centrándonos en el proceso de escribir, ¿Alguna vez se ha planteado cambiar el género?
-Bueno, cada domingo hago una columna en el 'XL Semanal' y ahí escribo de todo.

-La pregunta iba dirigida más a si alguna vez usted ha escrito poesía o teatro.
-Soy de poesía, pero no soy lector de mucha poesía. Me gusta mucho Quevedo. Es el mejor poeta español de la historia, por encima de cualquiera, de Miguel Hernández o de Machado que son inmensos. Mis cuatro poetas de cabecera son Quevedo, Hernández, Machado y Jorge Manrique. Las 'Coplas a la muerte de mi padre' es lo mejor que se ha hecho en la literatura española probablemente. Esos versos son extraordinarios tanto por la forma como por el contenido. Quevedo es fundamental. Al leer un soneto de Quevedo parece que habla de la España actual. Nadie entendió este país como Quevedo. Y el lenguaje es extraordinario. Fuera de esos cuatros grandes poetas, aunque haya otros que me gusten, a ninguno de ellos le pongo a la misma altura. Me gustaría aclarar que a mí los poetas me gustan por el concepto, no tanto por la forma, sino por lo que tienen dentro. La forma poética no me importa. Me seduce, me gusta… pero un poeta que hace magníficos versos y no dice nada, un poeta surrealista, dadaísta… para mí no tiene el menor interés, con todo el respeto.

-La estética no le importa.
-Claro, es como las canciones. Yo no soy muy musiquero, pero a mí me gusta la copla, el tango y el bolero porque me cuentan historias. Ojalá pudiera hacer eso yo, contar mis historias en tres minutos de música. Me gusta que me cuenten historias. ¿La forma? Poesía, canción, novela, relato… me da igual. Por eso aquel poeta que es más intimista, intuitivo o más hermético no me interesa. Lo respeto y pienso que es bonito, pero no me produce ningún tipo de emoción sensible.

-¿Nunca, ni siquiera en la intimidad, ha pensado en componer unos versos?
-En mi vida he hecho seis poemas que yo recuerde. Que nunca han salido a la luz. ¡Ni saldrán a la luz! (risas). Estaban escritos para mujeres, era demasiado joven.

-Parafraseando a Ivo en 'El pintor de batallas', ¿nada de lo que escribe usted es por remordimiento o expiación?
-'El pintor de batallas' es una novela, es ficción y es mentira. Lo que pasa es que está sostenido en hechos reales, el 80% de lo que se cuenta es real. Yo no tengo remordimientos. Tengo fantasmas, como todo el mundo. Hay cosas que hice mal, sobre todo en la época que estaba en la televisión. Por entonces vendías a tu madre o a tu hermana con tal de transmitir y salir en primera, lo que hubiera a tu alrededor no te importaba. Generaba una especie de indiferencia técnica hacia el lector. Útil, porque si no no habría sido buen reportero, sería una hermana de la Caridad o de Médicos Sin Fronteras. Ayudar a la gente es otro trabajo distinto. Eso sí, mirar el reloj tanto me hizo no fijarme en las personas. Hubo gente a la que no ayudé y a la que dejé atrás porque tenía que retransmitir. Yo recuerdo a esos niños, a esas mujeres o a esos ancianos y me siento mal, triste y amargo porque no los ayudé o no pude hacerlo. Pero mi trabajo era contar lo que estaba pasando, era mi única forma de ayudar. Es un tema que los reporteros siempre discutimos cuando nos tomamos una copa. Tengo fantasmas y quizá también remordimientos, pero nunca me quita el sueño.

-Decía Houellebecq que para escribir hacen falta altibajos. ¿A usted le ocurre?
-No. Cada escritor es un mundo distinto. Hay algunos, como yo, que somos muy lineales. Otros que necesitan deprimirse para escribir. Otros como Javier Marías que son unos agonías y siempre están diciendo: “No sé si voy a terminar la novela” o “no sé si lo haré”. A mí no me ocurre. Eso de la angustia como móvil creativo puede ser positivo, pero otras veces te impide crear. No hay una norma. En mi caso yo soy de los estables, necesito estar sereno, tranquilo.

-Usted planifica la elaboración de sus novelas mediante esquemas. ¿Nunca ha improvisado y ha acabado escribiendo una novela distinta a la pensada inicialmente?
-Trazo un plano que cumplo disciplinadamente, pero siempre dejo un margen razonable a la improvisación para los capítulos que puedan surgir. Un 30% de mis novelas queda sujeto a situaciones que voy descubriendo mientras escribo el libro. Durante el desarrollo de la novelas se van abriendo puertas por las que me interno que no había visto al principio.

-El final de un libro, ¿está planeado desde un principio?
-El final suelo tenerlo previsto. Yo soy marino, paso mucho tiempo navegando. Para navegar ahora existen aparatos como los plotter y esas boberías, pero cuando empecé todavía se empleaba el sextante para tomar la posición y aún no se aplicaba el GPS. Entonces había que planificar el viaje estableciendo una ruta, unos horarios y unos paisajes por los que ibas a ir pasando hasta llegar a tu destino. Después de hacer todo lo planificado, el día establecido a la hora calculada mirabas por los prismáticos y, de pronto, veías una luz a lo lejos. Contabas con el cronómetro el número de ocultaciones y destellos y, tras consultar la carta de faros, confirmabas que habías llegado a tu destino. Llegar al punto que trazaste al salir es muy hermoso y agradable, seas marino o escritor. Cuando escribo, el faro lo tengo ya localizado y hay veces que sé hasta las palabras exactas con las que quiero terminar el libro. Esto me ocurre muy a menudo, pero no siempre. Me pasó con 'La carta esférica', 'El tango de Guardia Vieja', 'Hombres buenos'… Otras veces llegas y dices: “¡Coño, si este es el final!”. Me sucedió con la redacción de 'Cachito: un asunto de honor'. Es un relato corto y cuando lo estaba escribiendo, de pronto, en la escena en la que el protagonista se enfrenta a su enemigo con una navaja, dije: ¡Ah, pero si he llegado al final! No tuve siquiera que contar la pelea porque sabía que ya había terminado.

-En cuanto al lugar y al momento, ¿cuáles son las condiciones idóneas para que Pérez-Reverte escriba?
-Siempre escribo por las mañanas en mi casa. Si no estoy ahí, solamente corrijo. Las correcciones las hago sobre manuscrito y, después, paso todos los cambios al ordenador. Yo necesito escribir en la bodega de libros de mi casa porque no hay ruidos, ni nadie que me moleste. Trabajo más o menos hasta las tres de la tarde durante todos los días de mi vida, menos aquellos en los que estoy navegando. Siempre escribo en silencio, sin música ni nada que me incite a la distracción.

-Usted ha dicho que cuando alguien termina de escribir no tiene que enseñar su trabajo nunca a nadie que le quiera.
-Claro, eso yo no lo hago jamás. Quienes te quieren no te dicen nunca la verdad. No hay que enseñárselo a nadie de tu entorno, a no ser que te quieras follar a una chica. ¡Entonces lo entiendo! El que no te aprecia siempre será mucho más sincero en la valoración de tu trabajo.

-¿Usted sabe cuándo ha escrito algo de calidad?
-Sí. La primera fase de valoración es de uno mismo y hay que asumirlo con dos cojones. Otra cosa es que cuando la novela ya está hecha, la empieces a enseñar. Entonces sí te interesa saber qué dicen de ti el crítico y el editor. Decía Raymond Chandler que el escritor no tiene más que sus cojones. Un escritor solamente tiene las ideas de su cabeza y una máquina de escribir o un ordenador. Con esas dos herramientas debe convencer a la gente de que esa historia es interesante, buena y, por supuesto, de que se gaste el dinero para que él pueda vivir de ello. Entonces, solo tiene su imaginación y sus cojones. No tiene nada más. Escribir de verdad es muy duro. Todos los días, tengas o no tengas ganas, tienes que vivir sabiendo que todo lo que haces (comer, beber, reír…) vale para la novela. El escritor de verdad vive todo el tiempo, hasta mientras duerme, pensando en qué va a escribir al día siguiente. Eso es un esfuerzo tan duro… Oriana Fallaci, amiga mía en la Guerra del Golfo, me decía: “Arturo, escribir mata más que las bombas”. Y tiene razón, supone un destrozo físico muy importante. Durante el proceso de escritura estás en soledad, con tu bolígrafo y tu papel, sin ningún espejo que te diga qué bonito eres. Eso se traduce en un año o dos años de tu vida. A mi edad, ese tiempo es oro puro. Por eso yo admiro tanto a los escritores. Hasta ser mal escritor es muy duro. Hay escritores profesionales que son mediocres en su oficio. Nunca hablo mal de los escritores, salvo que se metan conmigo.

-¿Por qué es importante leer?
-Como he dicho antes, a mí los apóstoles no me gustan. Que lea la gente me importa un carajo. Yo leo y tengo libros. Pepe Perona, catedrático de Literatura en Murcia, decía en una conferencia: “No leáis, no merece la pena. Si leéis vais a ser bichos raros. Follad con vuestras novias. No vayáis a bibliotecas, que me pegáis los chicles en las mesas. Dejadme tranquilo. La lectura no produce más que infelicidad a los tontos y, como casi todos sois tontos, no vais a ser felices”. Sin llegar a ese extremo de caricatura, le doy la razón. Quien quiera que lea, aunque lo que haga la gente me importa una mierda. Lo único que me preocupa es que al no haber lectores se publican menos libros, pero que la gente sea más culta me importa un carajo. Yo escribo para mí, para mis amigos, para la gente que quiero y para mis lectores. En ese sentido, no estoy dispuesto a hacer ningún alegato a favor de la lectura. Pero… te diré una cosa: hay que ser imbécil para, pudiendo ser soldado de Napoleón, guerrero en las Termópilas, prisionero de Zenda, pudiendo follarte a Milady en 'Los Tres Mosqueteros', viajar a la luna con Verne, ser pirata en el Caribe, ser un viejo homosexual músico en Venecia o ser un Miguel Strogoff… ¡y no hacerlo por diez putos euros en la cuesta de Moyano! Un libro te permite ser todo eso en tu casa, sólo con pasar las páginas. Hay que ser idiota para teniendo la posibilidad de vivir mil vidas que nunca vivirías ni de coña en la mierda de vida que llevas, desaproveches esa oportunidad. No animo, ¡desprecio a aquellos que no leen! Por ejemplo, esa mujer que está todo el día planchando en su casa, esperando a que el marido, que es una mala bestia, se la folle los sábados. Con sólo abrir un libro ¡es Heidi!, ¡es Sisí Emperatriz! ¡o es la Reina del Sur! ¿Qué mejor compensación por una vida mediocre o frustrada que un buen libro que te haga soñar? Ese es el argumento, pero allá cada cual.

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Re: Entrevistas con Arturo

Mensaje por Rogorn » Sab Sep 08, 2018 2:47 pm

Portavozas y pilotas: últimas tentaciones de caer en el absurdo
Entrevista de Matilde Sánchez - clarin.com - 07/09/2018

Quizás él lleva en sí mismo la solución de todos los problemas idiomáticos. Su karma -las es de su doble apellido- es la vocal que más se reitera en el español y el recurso propuesto por las jóvenes generaciones para sortear los plurales masculinos que absorben la diferencia con la terminación femenina. Para algunos estudiosos, sin embargo, el nuestro sigue siendo el idioma con más carga de tradición autoritaria. Hace cinco años el peruano Julio Ortega alertaba que se trata de “la lengua con más peso de ideología conservadora”, y con mayor “incidencia de las pestes ideológicas” del machismo, el racismo y la xenofobia. “En el uso –escribe Ortega- estamos eximidos de dar la fuente de verificación: su validación tiene al yo como centro de autoridad (“Porque lo digo yo”, anuncia un puño en la mesa)”.

El consenso en la Real Academia Española no comparte esta crítica. Ante la iniciativa revisionista de la vicepresidenta del Gobierno, Carmen Calvo, en julio el narrador Arturo Pérez-Reverte, autor de decenas de novelas, entre ellas la saga con el capitán Alatriste, prometía renunciar a su plaza T en la RAE si el Ejecutivo les instruyera depurar de incorrección de género la Constitución del país, en pos de fórmulas inclusivas. Acotemos que fue la inmensa popularidad de su obra narrativa la que catapultó a Pérez-Reverte a la RAE, convirtiéndolo en una suerte de “miembro del público”, el único integrante “votado”, por así decir, en una institución históricamente autocrática. En ese sentido, Alatriste parece haber optado por abrazar la tradición en lugar de buscar la influencia de los aires renovadores.

Pocos días después de esta conversación telefónica, a fines de agosto, la RAE precisó por Twitter su definición de dos palabras de gran circulación en 2018. "Machirulo" y "feminazi" quisieron conformar los campos de la polémica por el lenguaje inclusivo. El acrónimo de «feminista» + «nazi», explicó la Academia, nombra con intención despectiva a la “feminista radicalizada”, mientras que “machirulo” se usa como intensificación de la palabra "machista", al casarla con "chulo". Así respondió Pérez-Reverte.

-El lenguaje surge para nombrar las cosas. Y las cosas han cambiado. ¿Estamos perdiendo algo con la falta de evolución de la lengua?
-No hay falta de evolución de la lengua, al contrario. La lengua, todas las lenguas, evolucionan continuamente de forma natural. Eso es imparable. Y precisamente las academias, los diccionarios, sus filólogos y estudiosos están ahí para seguir esa evolución y tomar nota de ella en esos registros de uso a los que llamamos diccionarios, ortografías y gramáticas. Pero no puede ponerse el carro delante de los bueyes. Una lengua no se transforma en dos días por la voluntad de un colectivo concreto, sino porque la sociedad en común asume los cambios y los refleja en su habla. Cambien ustedes la sociedad y ya verán cómo la lengua y los diccionarios -que son sus notarios y no sus policías- reflejan ese cambio.

-Usted amenazó con dejar la RAE si esta se pronuncia a favor de una reestructuración del género: ¿cuál de las correcciones propuestas le parece la más inviable o risible (el doble plural es inmemorial, es el “damas y caballeros”, "todas y todos")?
-Es una estupidez culpar de la desigualdad al diccionario o la gramática, que se limitan a reflejar el uso que la sociedad da a la lengua en cada momento de su historia. Gracias a ello podemos comprender a qué se referían hace siglos al usar tal o cual palabra, o qué pretendemos decir al construir ahora tal o cual frase. Si cambiamos la sociedad, la lengua la reflejará. El diccionario no es un manual de ética sino una guía técnica.

-La iniciativa a partir de la “e” neutra en verdad busca superar el recurso de la equis y la arroba (el todxs y tod@s, por ejemplo), que son impronunciables; pero también para evitar el engorroso desdoblamiento, el "todos y todas".
-Hay desdoblamientos útiles e incluso necesarios y otros que no lo son. Los útiles han existido siempre y dependen del contexto en que se emplean. Lo que resulta absurdo es meterlos a la fuerza donde no son necesarios. Otra cosa es que el uso acabe haciendo necesarios algunos de ellos, y entonces deben, sin ninguna duda, incorporarse. Decir que en un colegio hay niños y niñas es de lo más normal. O que una familia con dos niños y dos niñas tiene hijos e hijas. Pero decir que los niños y las niñas deben asistir a la fiesta de fin de curso vestidos y vestidas de fiesta con sus padres y sus madres y sus abuelos y abuelas para que éstos y éstas, aquellos y aquéllas, conozcan a los profesores y profesoras… Me parece una gilipollez excesiva. O una boludez, como dicen allá. Ahí, en la frontera de lo que es necesario, radica la cuestión.

-¿Lo más urgente no sería ocuparse de sortear formas discriminadoras? Los diccionarios deberían actualizar lo que hoy resulta peyorativo y antes era naturalizado, palabras como "mujerzuela", "mariconería"...
-Me parece muy bien que se eviten las fórmulas peyorativas. Debe hacerse, sin duda. Pero es que en realidad eso ya se hace, o se intenta, marcando usos como poco aconsejables. Pero los diccionarios creados durante tres siglos no pueden cambiarse de un día para otro. Tengamos presente que no todo vale… El lenguaje lleva siglos fraguándose; su economía requiere de tiempo. Y no es verdad que cambiando el lenguaje se eliminará la discriminacion. La exageración, el ridículo y la artificialidad nunca cambian nada para mejor sino que envilecen y estropean argumentos perfectamente legítimos. De todas formas, una cosa es adecuar todo eso y otra, como piden algunos colectivos disparatados, eliminarlo por decreto. Hay formas discriminatorias y despectivas que deben mantenerse, pues sólo de ese modo pueden interpretarse los textos en los que antes esas formas aparecían. Si Cervantes usaba la palabra “fregona” como término despectivo, no podemos borrarla, pues sin ella en el diccionario no podríamos comprender el 'Quijote'. Lo que se hace es poner la marca peyorativa en el diccionario. Pero a muchos bobos eso no le basta. Exigen censurar siglos de literatura. Exigen amordazar a Cervantes. Lo que de verdad hay que hacer es que la gente deje de usarlas. Pero ésa ya es misión de los educadores.

-El campo de las profesiones y oficios, por ejemplo, es de los más atrasados... En Argentina se feminizaron algunos –presidenta, jueza-, mientras en España y América Latina se emplean fórmulas como “la juez”, “la piloto”.
-Adaptar palabras tradicionalmente masculinas a las mujeres que ahora desempeñan esas funciones es necesario y oportuno. Ocurre que no se puede forzar ni obligar a la gente a cruzar el umbral del disparate. Decir jueza, feminizando una palabra neutra, puede ser comprensible, y hasta aceptable en estos tiempos. Pero decir "portavoces y portavozas" es una barbaridad.

-Sin embargo, sería interesante que las instituciones más tradicionales pudieran dar respuesta al fuerte compromiso generacional.
-Son el sentido común y los lingüistas profesionales los que deben establecer las referencias para que los hablantes sepan a qué atenerse. Pero pasa es que los políticos y ciertos colectivos, unos deliberadamente y otros por simple ignorancia de las mínimas normas, han hecho de la lengua un arma de guerra, sin importarles los daños causados.

-¿No teme que se fosilice el español? Hoy ha cambiado el “sensor”; registramos corrientes infinitesimales de machismo apenas percibidas hace cinco años…
-No lo temo, dado que mi herramienta evoluciona. Pero otra cosa es que me obliguen a emplear giros ridículos o fuera de toda lógica. Hay académicas que también piensan así. Pensemos, por ejemplo, en la inclusión de la palabra machirulo. Yo estoy de acuerdo con que se incluya, al igual que académicas como Soledad Puértolas. Toda palabra que se usa con frecuencia debe incorporarse, pues se ha ganado el derecho. No se trata de una sublevación sino de un lógico reajuste, propio del tiempo en que vivimos. Un reajuste que era necesario. Pero justamente lo que pone en peligro que ese reajuste sea positivo es la difusa frontera que algunos colectivos están deshaciendo entre lo necesario y razonable y lo disparatado y ridículo. El feminismo inteligente, culto y con claridad de ideas, el realmente necesario, se ve perjudicado por esos grupúsculos radicales o esos políticos analfabetos que envilecen la lucha por la igualdad y que, paradójicamente, generan reacciones contrarias a lo que se busca. Las primeras que deberían procurar que no las mezclaran con esa gente son las verdaderas feministas. Las que tiene conocimientos y cerebro, y saben dónde acaba lo razonable y dónde empiezan la demagogia y la estupidez. Lo que ocurre es que como académico, y también como escritor, para quien la lengua es una muy seria herramienta de trabajo, no puedo tolerar que la ignorancia, el oportunismo, la demagogia, la estupidez y a veces la mala fe me manoseen y envilezcan aquello con lo que me gano el pan. Necesito una lengua limpia y eficaz para ganarme dignamente con ella la vida. Por eso me enfurece tanto que me la quieran enturbiar. En la Real Academia Española hay académicos, sobre todo los escritores (Marías, Vargas, etc, y también escritoras mujeres como Soledad Puértolas o Carmen Iglesias) que pensamos de modo parecido y creemos que hay que defender ciertas normas mínimas, con las que nos enfrentamos cada día al folio en blanco.

-¿Usted ve extenderse estos reclamos a la revisión del canon literario, históricamente centrado en los escritores varones?
-Esto de que el canon literario está históricamente centrado en escritores varones no es cierto. Pudo serlo en el pasado, pero hace mucho que no. Y tampoco lo del pasado es del todo exacto. Por ejemplo, el canon presente en mi biblioteca incluye a María de Zayas, Sor Juana Inés de la Cruz, Madame de Staël, Emilia Pardo Bazán, Silvina Ocampo, las hermanas Brontë, Mary Shelley, Simone de Beauvoir, Agatha Christie, Patricia Highsmith, Vicky Baum, Dorothy Parker, Virginia Woolf, Almudena Grandes, Claudia Piñeiro… En cuanto al presente, dese una vuelta por las librerías y verá que hay publicadas ahora más mujeres que hombres. Y es más, en este momento en España se conocen más escritoras vivas hispanoamericanas que escritores hispanoamericanos: Elena Poniatowska, Laura Restrepo, Mayra Santos-Febres, Dulce Chacón, Claudia Piñeiro, Marcela Serrano y tantas otras… Por no hablar ya de lo que está llegando en el siglo XXI, donde la mujer como escritora y protagonista se está adueñando de todo. Felizmente, porque ya iba siendo hora.

-Estas enumeraciones -tediosas pero necesarias- son una práctica muy reciente; ¿cree que el cambio será perdurable?
-El hombre como material narrativo, está agotado ya. Desde Homero hasta el siglo XX, fue exprimido como un limón, apenas da de sí. Ahora, la heroína narrativa, la escritora, la protagonista, es la mujer. Se enfrenta a desafíos antes desconocidos para ella; es una mujer nueva, que no se había dado hasta ahora. Eso va a generar una literatura nueva y fascinante. Sin duda la mujer será el gran personaje, la protagonista indiscutible de este siglo que hemos empezado. Pero no porque se haya buscado artificialmente, sino por natural desarrollo de las cosas. Y lo mismo ocurrirá con la lengua. Tenemos un gran surgimiento del héroe femenino. Es el personaje del siglo XXI.

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Re: Entrevistas con Arturo

Mensaje por Rogorn » Lun Oct 22, 2018 11:19 am

"El cáncer del mundo es la estupidez, no la maldad"
Entrevista de Jorge Dávila - eldia.es - 21/10/2018

"Es su entrevista, usted manda". Con esa frase autoriza el fuego cruzado un escritor curtido en mil batallas. Las últimas asociadas con la tercera entrega de la serie protagonizada por Falcó ('Sabotaje'), novela que trajo a Arturo Pérez-Reverte a la isla de Tenerife ocho años después de su última visita. "Con Falcó busco el lado oscuro y luminoso del ser humano", asegura el excorresponsal en varios conflictos bélicos que se desataron en las últimas décadas del pasado siglo: "A mí no me gustaba ir a la guerra, lo que yo quería era contemplarla desde dentro para analizar a las personas que acudían a ella".

-¿Habrá una cuarta entrega de la saga de Lorenzo Falcó?
-Sí, pero hay cosas que quiero hacer antes... Como no sé el tiempo que me queda de vida y de escritura prefiero aclarar unas historias que tengo pendientes y que no quisiera dejar de escribir. Si vivo lo suficiente volveré a él, también a Alatriste.

-¿Si hacemos caso a cómo ha evolucionando esta ficción, la historia hubiera cambiado varias veces?
-Si hubiera salvado a José Antonio (Primo de Rivera) y se dan otro tipo de situaciones ya estaríamos hablando de otra cosa. Esa es la parte divertida de una novela. A diferencia del historiador, el novelista puede llegar a hacer trampas con la historia. Eso lo aprendí siendo un niño mientras leía a Dumas... Un novelista tiene derecho a entrar a saco en la historia sin ningún escrúpulo. Conservando un marco de rigor general, y advirtiendo al lector de que lo que tiene entre sus manos solo es una ficción, uno puede llegar a hacer cualquier cosa. A partir de ahí, existe la posibilidad de que Hitler gane la Segunda Guerra Mundial o defender incluso que Stalin era un buen hombre.

-¿'Sabojate' es tan crudo como 'Falcó' o 'Eva'?
-La vida es cruda: el mundo de los espías y las guerras clandestinas también lo son. Falcó es un tipo muy peligroso y por eso lo utilizan. En esta novela hay lo que hubo en las otras, es decir, acción, aventura, crueldad, dolor, humor...

-¿Si rascas un poco en el alma del personaje principal aparece un tipo que no tiene tan mal corazón?
-El desafío era ese; el reto era que el lector se tragara a un personaje que es un torturador, un asesino, un depredador, un machista... Quería probar si funcionaba y para compensar todo eso lo hice elegante, encantador, guapo, simpático y, por supuesto, le di unos códigos y unas lealtades personales que él explota. En esta vida he conocido a malos de verdad, pero malos auténticos de los que torturan y matan de verdad. Algunos han llegado a ser amigos míos porque la vida de un reportero te hace ser amigo de gente compleja. Lo del malo, malo y el bueno, bueno nunca lo tuve claro. El ser humano es una trama de grises. La misma persona puede hacer cosas maravillosa y crueles no solo en una vida, sino en un solo día. Yo lo he visto. Con Falcó busco el lado oscuro y luminoso del ser humano.

-¿Esos malos han sido inspiratorios?
-Para todas, no solo en el caso de Lorenzo Falcó... De un malo casi siempre aprendes más que de un bueno. Un bueno te enseña, pero un malo te enseña tanto en positivo como en negativo. A toda esa gente ruin que he tenido la oportunidad de conocer en situaciones límite, tipos con sus ángulos y que no eran totalmente redondos, le debo muchas lecciones de vida. El francotirador de Sarajevo, el torturador de Angola, el oficial de Abu-Haidar de Beirut... A todos ellos los vi cometer barbaridades que posibilitaron que yo obtuviera de la crueldad y el dolor unos beneficios personales e intelectuales interesantes.

-¿Esos sótanos de la vida fueron determinantes a la hora de completar el tránsito del periodismo a la literatura?
-Yo escribo desde mi memoria y cuando hablo de crueldad o violencia no estoy exponiendo algo que aprendí en el cine, en la barra de un bar o leyendo un libro. Ese horror lo he vivido en directo. Mis novelas están escritas a partir de mis memorias. Ese capital personal me lo he generado yo: he pagado un precio alto por tenerlo; nadie me ha regalado nada. Cuando le hablo de costes no me refiero solo a un desgaste físico, sino también personal, pero he sobrevivido. Ese capital me lo he currado. Fui donde quise, pagué la tarifa correspondiente y me lo traje. Mi mirada es mi botín de vida y con él escribo novelas...

-¿España, Marruecos, Francia... Ya ha elegido el escenario de la próxima entrega de Falcó?
-Sí algún día vuelvo con Falcó, que eso es algo que no depende de mí sino del tiempo que me resta de vida, tengo varios destinos preparados para él en América o en Italia.

-Al igual que en su día ocurrió con el capitán Alatriste, este es uno de esos personajes que un escritor se "saca de la chistera", con todo el respeto del mundo, para convertirse en un compañero de viajes de largo recorrido.
-Los míos no salen de una chistera... En mi caso, todos los personajes son acumulativos: tú vas viviendo y leyendo. De esa forman se sedimentan una serie de conocimientos que resultan determinantes a la hora de planificar una historia y sus personajes. Yo soy un cazador de historias, pero no un cazador que hace "pum" y se conforma con lo primero que se cruza en mi imaginación. Todo lo que aparece en mis libros me resulta familiar. No son inventos. Lo que pasa es que hay algo dentro de mí (una música, una luz, un paisaje, una persona o una voz) que dispara una idea que ronda mi cabeza para hacer una historia con ello. Pero eso estaba conmigo, yo no descubro nada nuevo sino que lo ordeno... Con esto no le quiero decir que me lo sepa todo, pero cuando decides escribir una novela progresas en su conocimiento a partir de las vivencias personales. Yo no soy uno de esos escritores que van dando salida al material que está pendiente de una publicación, soy un autor que se alimenta de su propio trabajo. Cada novela me estimula para salir adelante porque me siento un escritor activo y vivo.

-¿Cómo se logra ese equilibrio entre el protagonista y el resto de los personajes?
-Eso no es casual. Soy un novelista que acumula 30 años viviendo de esto... Yo no me siento un novelista inocente. No lo puedo ser porque en esas tres décadas he trabajado y leído mucho. Ese equilibrio del que habla es deliberado y profesional. Una novela es un problema narrativo que debo resolver para que el lector viva en mi mundo, vea lo que yo veo y comparta mi aventura. Para que eso suceda debo convencerlo. ¿Cómo lo hago? Con un estilo, una estructura, unas herramientas, un lenguaje, una trama, unos puntos de vistas... Eso es experiencia, es oficio y es trabajo. Yo no me pongo a escribir en base a si llega o no ese momento de inspiración, yo me levanto con el mismo deseo del que va todos los días a la oficina para organizar sistemáticamente cómo quiero que evolucione la historia en la que estoy trabajando. En mis novelas no hay nada casual desde hace muchos años.

-Bosnia, Chipre, Croacia, El Salvador, Libia, Líbano, Mozambique... Usted ha ejercido de corresponsal en muchos conflictos bélicos, pero hay uno que le dejó una huella imborrable: ¿la guerra de Eritrea?
-Eritrea fue duro en lo personal. Yo tenía 25 años y fue una campaña extremadamente compleja que se desarrolló en medio de unas condiciones extremas: hubo calor, hambre y sufrimiento. Vi matar a prisioneros y vi violar a mujeres. Lo bueno y lo malo de la vida se juntó en Eritrea. Me tocó ser testigo directo de cómo la misma gente era capaz en un solo día de hacer cosas realmente maravillosas y otras deleznables. Esa guerra fue una lección personal importante.

-¿Pero esa guerra no le cogió sin experiencia?
-Sí, ya era un veterano en ese tipo de conflictos. Había estado en la guerra de Chipre, la del Líbano, Las Malvinas, el conflicto militar del sur de Palestina, el Sáhara, El Salvador... Yo fui veterano demasiado pronto.

-¿Colocarse en primera línea fue una decisión personal?
-Decidí ir a la guerra deliberadamente porque quería conocer esa realidad... De niño fui un lector apasionado y quería saber si todo lo que había leído era verdad. Si ese mundo existía y cómo me iba a sentir yo dentro de él. Primero estuve navegando en un petrolero y después fui a la guerra. Se suponía que allí se concentraba la adrenalina, la aventura y la experiencia personal de un joven de 22 años. A mí no me gustaba ir a la guerra, lo que yo quería era contemplarla desde dentro para analizar a las personas que acudían en ella... La guerra es algo horrible, pero me interesaban los seres humanos que se mueven en ella. Ahí aprendí a contrastar mis lecturas con la realidad.

-¿Esos escenarios hubieran sido ideales para Lorenzo Falcó?
-Falcó existe para la literatura porque su autor visitó esos escenarios; yo conocí a muchos Falcó en zonas de guerra.

-¿Se aburrió o lo aburrieron del periodismo?
-No, me hice mayor... Pasaron dos cosas. Primero, yo tenía 44 años y notaba que envejecía: no es lo mismo estar todo el día caminando por el desierto bajo el sol con la única sombra de tu sombrero y con 20 años, que pasar unos cuantos días sin comer y sin dormir a los 44. Entendí que el físico ya no me acompañaba. Pero, además, después de cubrir la primera Guerra del Golfo y la de los Balcanes me di cuenta de que el periodismo que venía no me gustaba. Llegó el teléfono satélite y unos directos que no tenían nada que ver con vivir la lucha en primera línea. Recuerdo estar en Sarajevo y pedirme tres directos. Lo único que piensas en ese momento es: si quieren tres directos ¿cuándo demonios voy a ir al frente para verificar lo que está pasando? Ellos contestaban que me lo contaban con la información que les habían llegado por las agencias. Yo era un reportero honrado, un "mercenario" de la información que no podía admitir una injerencia de ese gravedad y mantenerme callado. Me la jugaba persiguiendo los mejores datos que le podía trasladar a los espectadores. Además, comencé a percibir que molestaba... Hubo jornadas en las que me llamaban para reprocharme que les había enviado imágenes en las que había muchos muertos. Yo les decía que hoy habían matado a 27 personas haciendo la cola para comprar el pan. Venía un periodismo mucho más blandito y conciliador que no era el que yo hacía... Buscaban otro rollito con directos que se hacían a cientos de kilómetros de donde se estaban matando dos bandos. Hasta entonces yo era mi jefe y el dueño de mis actos, pero cuando aparecieron los teléfonos vía satélite se acabó mi autonomía. Un reportero en manos de un jefe que está en una redacción de Madrid no es un reportero. Hice 'Territorio comanche' y me fui.

-¿Reconoce el modelo periodístico de 2018?
-Es otro periodismo. No digo que sea mejor ni peor, pero es algo distinto al que yo conocí. Evidentemente, es peor. Antes informar tenía un componente de verdad que hoy está anulado por el mundo virtual. Ahora con un móvil y Twitter te puedes convertir en algo que no eres. Durante la Guerra de los Balcanes yo era el único tío que estaba en Sarajevo. Hoy, en cambio, tienes mil intermediarios que falsean, manipulan o mienten a golpe de tuit. En la actualidad hay un caudal informativo desmesurado en el que resulta complicado distinguir lo fiable de lo no fiable. El problema de internet es que no discrimina y si no tienes una gran cultura o una sólida formación intelectual es relativamente sencillo caer en una de sus millones de trampas. Yo no soy demasiado listo, pero era evidente que era el periodismo que venía y decidí marcharme a casa.

-¿Las redes sociales han matado a la vieja escuela?
-A la vieja y a la nueva... Las redes sociales han matado al periodismo; ahora hay otra cosa. El periodismo ha muerto. Murió. Lo mataron las redes sociales, sin duda, y lo que tenemos hoy en día lo podemos llamar flujo de información. Vamos a ver. Un periodista serio que trabaja en un medio de comunicación solvente ante la ciudadanía tiene el mismo peso social que un desgraciado con una cuenta de Twitter que va pegando tortas a la gente por la calle. Cualquier analfabeto con un tuit puede tener muchos más seguidores que un profesional de la comunicación honrado. Además, ese descerebrado no se contenta con eso sino que encima se atreve a manejar la información. Eso hace que el rigor de un buen periodista quede oscurecido por el barullo: estoy seguro que un tío que sale en 'Operación Triunfo' tiene más seguidores que yo.

-¿Eso sí que es transitar por un "territorio minado"?
-El problema es que es relativamente sencillo caer en una de esas trampas... Hasta los viejos zorros como yo se nos puede ir un día la cabeza con un tuit que borras de inmediato porque percibes que ese no es el espacio en el que debes exponer tu opinión. Incluso a los medios de comunicación serios, que únicamente persiguen "clicks" para lograr una rentabilidad publicitaria, les importa un carajo el rigor y prefieren jugar con la ambigüedad de un "fake" para obtener el mayor número de entradas.

-¿Qué culpa se le puede achacar a la "postverdad"?
-Esto no es culpa de nadie, son los tiempos que han cambiado... Hay una cosa que debemos entender de una vez por todas y que está en relación a que no siempre hay culpables. El mundo se mueve en una dirección. Durante de la Ilustración se movió en dirección a la luz y la cultura, en los años 30 en torno a la oscuridad y la barbarie, en los 70 hacia la democracia... Las dinámicas de la historia y de la vida son así. A partir de ahí, cada uno debe decidir si participa o no de esos cambios porque en la vida no hay soluciones, solo hay que vivirla.

-¿Alguna vez ha sido "tentado" por la política?
-Tentado no... Me vinieron a buscar muchas veces, pero nunca me sentí tentado porque siempre los mandé a hacer puñetas a todos. Una vez, incluso, se empeñaron en convencerme de que podía llegar a ser el alcalde de Cartagena. Hoy todavía me estoy riendo de aquella oferta. La política contamina todo lo que toca. A veces coincidido con ellos en una exposición y al día siguiente, cuando veo la información en un periódico, digo: "¡Mira este/a, fue para salir en la foto!"

-Las malas lenguas apunta que tiene tantos enemigos como el capitán Alatriste.
-Yo creo que más... Pero desconfía de aquel que no tiene enemigos, eso significaría que se ha movido poco. Caminar es elegir y cuando eso ocurre ya te has ganado unos cuantos enemigos. En este país la gente se ha acostumbrado a estar conmigo o contra mí. Está prohibido ser indiferente porque solo existen aliados y enemigos... Los enemigos son buenos. Gracián, que es un autor que recomiendo que se lea y nadie lee, dice que "un sabio aprovecha más los enemigos que los amigos", porque los enemigos son los que te permiten estar en alerta. Saber que estás entre enemigos es lo que te mantiene despierto, vivo y, sobre todo, lúcido. ¡También tengo unos cuantos amigos!

Arturo Pérez-Reverte dice no sentirse un justiciero cuando pone su firma al servicio de 'A sangre fría' o 'Patente de corso'. "Yo no creo en la justicia... Esas opiniones suenan a desahogo o ajuste de cuentas. Eso no es lo mismo que ser un justiciero. Yo no estoy dispuesto a morir llevándome las amarguras que me causan los tontos, los irresponsables o los malvados", enumeró sin obviar que le gusta "ajustar públicamente mis cuentas cada semana".

El autor de la serie del capitán Alatriste señala que "de joven me indignaba la maldad, pero ahora me indigna la estupidez. Es mucho peor un tonto que un malvado", añadió antes de aclarar esa reflexión. "Con un malvado, incluso, puedes negociar o contarle que lo vas a matar por malvado, pero con un tonto la cosa cambia. Ahí no hay nada que negociar y, encima, cuando lo quieres matar te pregunta. ¿Por qué me matas, por qué me matas...? Pues te mato por tonto".

El autor de 'Territorio comanche', entre otros títulos, declara que siempre ha hablado claro. "No es que ahora no tenga pelos en la lengua. En realidad, nunca los tuve... Una vez tuve una enganchada con un ministro en directo que trataba de explicarme desde Bruselas cómo estaban las cosas en Sarajevo, que era donde yo estaba. ¡Véngase para acá, déjese de reuniones con los generales serbios y meta los pies en los charcos de sangre, que es donde los tengo yo metidos ahora mismo", rescata de un episodio que vivió en RTVE.

El novelista cartagenero sostiene que hay que estar alerta cuando "el tonto se convierte en cómplice del malvado por interés, por incultura, por miedo o, simplemente, porque es tonto. Cuando se alían la estupidez y la incultura las consecuencias son devastadoras. En mis artículos semanales puedo coquetear o tomarme una copa con un malvado, pero la incultura me cabrea", añadiendo que el cáncer del mundo es la estupidez, no la maldad", sentenció.

El miembro de la Real Academia Española (RAE) admite que en la actualidad disfruta de los privilegios que me ha proporcionado la vida. "Nadie me ha regalado nada; todo me lo que ganado a pulso. Son el resultado de una larga vida de trabajo, No soy un llorón. Como mucho, me verán cabreado o atacando a alguien, pero yo no soy uno de esos periodistas o novelistas que van llorando por las esquinas", concluyó.

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