Pérez-Reverte, Duke of Corso del Reino de Redonda

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grognard
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Mensaje por grognard » Dom Oct 20, 2013 10:22 am

Y aquí:

http://capitan-alatriste.com/modules.ph ... pic&t=3887

Esto es España, oigan. Donde, como dice mi compadre Carlos Herrera, no cabe un tonto más, pues nos caeríamos al agua.

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Ada
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Mensaje por Ada » Dom Oct 20, 2013 11:22 am

esto m recuerda aquel anuncio d coche del mono con la ballesta
Consuela saber que nadie a quien amas se quema en lo que arde. http://adacaramelada.blogspot.com.es

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MacVamp
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Mensaje por MacVamp » Lun Oct 21, 2013 3:31 pm

Saludos a todos.

Sé que me he alejado mucho del foro, que me 'conformo'con las actualizaciones del FB y todo eso :P Pero hoy quiero compartir con ustedes algo referente a Javier Marías y mi primo Rafael Muñoz Saldaña que falleció el pasado 8 de octubre. Sé que Marías y mi primo fueron muy buenos amigos, aunque no fue una relación muy conocida fuera de la gente allegada a mi primo. Él siempre tan sencillo y tan reservado, no hizo 'alarde' de ser uno de los personajes de la novela Negra espalda del tiempo :)


Un personaje literario


Negra espalda del tiempo, la fascinante nueva novela de Javier Marías, empieza a cobrar su cuota de misterio en los lectores. La obra trata de las ambiguas fronteras entre la realidad y la ficción: "No soy el primero ni seré el último escritor cuya vida se enriquece o condena por causa de lo que imaginó o escribió", afirma el novelista. De modo singular, las recompensas y los castigos por mezclar la literatura con el destino se transfieren a los comentaristas del libro.

Hace un par de semanas escribí en esta columna: "Para recrear el destino (del escritor inglés) Ewart, Marías se apoya en una correspondencia de casi diez años con Sergio González Rodríguez. En complicidad con el autor de El centauro en el paisaje, inventa a otro corresponsal mexicano, Rafael Muñoz Saldaña, quien recorre los archivos de El Universal y Excélsior y aporta pistas, siempre perturbadoras y siempre insuficientes, acerca del escritor inglés. "La frase no admite dobleces: Muñoz Saldaña es un personaje literario. Uno de los juegos predilectos de Marías es el de modificar un hecho auténtico con un personaje ficticio. En su antología Cuentos únicos incluye a un narrador que sólo el lector muy avisado o muy paranoico interpreta como un desdoblamiento del antologador, y los libros Literatura y fantasma y Vida del fantasma son, desde sus títulos, comentarios sobre las invenciones que adquieren irregateable carta de ciudadanía en el cuento o la novela.

Pero había otro dato para suponer que Negra espalda del tiempo era recorrida por un fantasma mexicano. El 17 de mayo Sergio González Rodríguez publicó en el suplemento El Ángel, del diario Reforma, un excelente ensayo sobre el terrible destino de Wilfrid Ewart y una nota sobre la novela de Marías. En ella afirmaba: "Obsesionado por los heterónimos de Pessoa, me dio también por inventarme algunos seudónimos y enviar cartas a los periódicos en que expresaba las opiniones más peregrinas en torno a temas de actualidad. Apenas me publicaron un par de cartas en una revista conservadora. El joven Rafael Muñoz Saldaña dio a luz en esas fechas. ¿Quién iba a pensar que mi doble alcanzaría el estatuto espectral que Javier Marías le asigna ahora en Negra espalda del tiempo?" Entusiasmado por encontrar a un amigo en una novela impar, hablé por González Rodríguez. Su interpretación me pareció tan sugerente como irrefutable: el sagaz Muñoz Saldaña había sido creado por Marías para vigilar y acicatear al otro investigador del caso Ewart.

Al día siguiente de publicado mi artículo, un fax inquietó las oficinas de La Jornada Semanal; Rafael Muñoz Saldaña afirmaba: "Por desgracia mis numerosas ocupaciones me impiden reconstruir la experiencia cartesiana para obtener la certidumbre de mi existencia. Mucho más fácil es recurrir a mi credencial para votar, expedida por el Instituto Federal Electoral, que confirma mi carácter real o las cartas y ejemplares dedicados por el propio Javier a lo largo de una década". Un sentido de la elegancia (o una fidelidad a los fantasmas) llevaba al autor a mencionar su cívico registro en el IFE pero no a ofrecer una fotocopia del documento. Lo único que parecía real en el fax era un número telefónico. Llamé ahí y la respuesta fue digna de un laberinto borgiano: "¿Enciclopedia Británica?" Muñoz Saldaña trabajaba ahí pero había salido a comer. ¿Quién podía ser el enciclopedista que hablaba desde las novelas de Marías y carecía del tiempo para dar una prueba cartesiana de su existencia?

La trama avanzaba hacia una espiral de sombra cuando por fin hablé con Rafael. Le propuse que nos viéramos en un café y me pidió que a modo de identificación llevara un libro. El personaje de Marías resultó ser un prolífico colaborador de Revista de revistas y un acucioso editor de enciclopedia. Con una ironía respaldada por una inteligencia movediza, capaz de hablar en forma casi simultánea de un documental sobre la frontera, el carácter de Proust, una filósofa perversa y un arbitrario manual de estilo que obligaba a cambiar "bebé" por "nene", Muñoz Saldaña disculpó mi equívoco, me mostró las cartas de Marías (los sobres llevaban el sello de URGENTE) y reveló que tiene la doble virtud de existir en la literatura y en la vida que por convención llamamos "real".

Sé que esta historia puede parecer apócrifa. ¿Sirve de algo decir que Muñoz Saldaña y yo tenemos amigos comunes y que, como en cierta trama de Heinrich Mann, las claves de su identidad me quedaban demasiado cerca? Tal vez no hago sino prolongar la cadena de equívocos entre lo real y lo ficticio que dimana de Negra espalda del tiempo; tal vez Muñoz Saldaña existe para reforzar la intrincada urdidumbre de la literatura y convertirme en personaje ficticio.

Cuando hablamos por teléfono, me preguntó por "Yambalón y sus siete perros", un cuento que escribí hace más de veinte años. Ofrecí llevarle un ejemplar de mi primer libro y cedí a la imperdonable curiosidad de releer algunos párrafos. Con precisión asombrosa, el relato me regresó a las circunstancis en que lo escribí, pero no pude identificarme con ninguna de sus palabras. El autor de aquellas líneas había desaparecido, era como leer a un muerto del que, en forma perturbadora, conservaba pertenencias y recuerdos privados. Muñoz Saldaña me demostraba que mi existencia es más borrosa y espectral de lo que supongo. Son las lecciones que dan los fantasmas.


Juan Villoro
La Jornada, México
abril 1998
"Ama a los mortales, pues, y sigue viviendo como lo has hecho, temerariamente, con apetencia por todo y amor por todo, pero llegará el momento en que sólo podrá salvarte el amor de los que son de tu estirpe". A. R.

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nexus6
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Mensaje por nexus6 » Lun Oct 21, 2013 7:58 pm

Bienvenida de nuevo a tu casa, Camarada. :wink:

Gracias por compartirlo.
Yo he visto cosas que vosotros no creeríais. Atacar naves en llamas más allá de Orión. He visto Rayos-C brillar en la oscuridad cerca de la Puerta de Tannhäuser. Todos esos momentos se perderán en el tiempo como lágrimas en la lluvia.Es hora de morir

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remolina
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Mensaje por remolina » Mar Oct 22, 2013 10:07 am

Jo, vaya historia Mac. Rebienvenida. :wink:
"Aprecio a esos cabrones" APR

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nexus6
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Mensaje por nexus6 » Dom Oct 27, 2013 12:04 pm

El negocio de prohibir
27 OCT 2013

Ya no se sabe si la avidez recaudatoria de las actuales autoridades españolas no conoce límites –bueno, saqueadora–, o si la vieja pasión prohibidora de este país emerge al menor pretexto, o si se trata de una mezcla de las dos, lo más probable. En poco tiempo nos han obsequiado con varias medidas, a cual más injusta, demente y desfachatada, todas dictadas por esos dos ánimos: prohibir por prohibir y estrujar aún más al ciudadano, como si no bastaran las enloquecidas subidas de impuestos de Rajoy y Montoro, en contra de sus promesas electorales y, según dijeron, “provisionales”, pero ya prorrogadas uno o dos años más, por lo menos hasta 2015. Como en esa fecha habrá elecciones, bajarán algo esos impuestos a ver si los votan los de su propio partido. Visto lo que podemos fiarnos de su palabra, y de la del PP en general, es seguro que, si redujeran la presión fiscal, sería para incrementarla en seguida en 2016, y de lo dicho nada, y además “no hay otra solución”.

Pero a lo de ahora. Primero se nos comunicó que a partir de pronto se harán pruebas de alcoholemia a los peatones infractores y se los multará. Es decir, si alguien lleva prisa y se salta un semáforo porque no se ve ni un coche en lontananza, habrá que comprobar si ha bebido un vaso de vino o dos, y, de ser así, se la cargará bien cargada. Otro tanto si un transeúnte desciende a la calzada y camina junto al borde, cosa que en Madrid, por ejemplo, nos vemos obligados a hacer todos a menudo porque las aceras están intransitables, llenas de obstáculos puestos por el Ayuntamiento: pivotes de piedra o de hierro, chirimbolos, motos y bicis a las que se permite aparcar, gigantescos contenedores, bandas de pseudojazz, vallas y zanjas de obras inútiles, papeleras desbordadas, andamios por doquier. Así, las autoridades ocupan las aceras hasta impedirnos ir por ellas, y a continuación deciden cobrarle al que las abandona para avanzar. Negocio redondo, el de forzarnos a infringir las reglas para luego multarnos por ello.

Al poco nos enteramos de que la alcaldesa de Fuengirola, del inevitable PP, ha prohibido que en la Feria de su localidad suene música en otra lengua que el español, y –ojo– español de aquí: no sólo no permite “géneros como funk, rap, reggaeton, electrónica, metal, alternativa, hip hop, reggae, heavy metal, country, punk y gótica”, sino tampoco “ritmos latinos en general”, aunque estén cantados en español. Asimismo ha dictaminado sobre la decoración de las casetas, que deberá basarse en “elementos relacionados con Andalucía, su cultura, arte y tradiciones”, y al que no cumpla lo visitará la policía. Que esta tal Doña Oña imponga a sus conciudadanos lo que han de oír y bailar, y hasta cómo deben engalanarse, es sin duda anecdótico, pero delata un espíritu totalitario que ríanse de Stalin. De hecho la aproxima mucho a Franco, que proscribió todos los nombres extranjeros, de cines, hoteles, cafeterías y demás. Oí contar que el cine Colón de mi infancia se había llamado Royalty, hasta que el dictador lo condenó por poco español.

A continuación nos anuncian una nueva ordenanza municipal para Madrid, y a raíz de eso se nos revela que está parcialmente inspirada en las ya vigentes en Sevilla, Barcelona, Málaga, Benidorm, Bilbao, Granada y otras ciudades. Al leer la lista de lo que prohibirá y multará esa ordenanza, uno se pregunta si queda algo que no sea una infracción, y si pronto no nos cobrarán por salir a la calle y transitar. Junto a algunas prohibiciones razonables y ya existentes, pero que no se suelen respetar (orinar en la vía pública, algo que uno ve hacer de continuo con total impunidad; no llevar perros peligrosos sin bozal; encender hogueras, etc.), nos encontramos con que habrá multas de hasta 750 euros por limosnear ante un centro comercial; de hasta 1.500 por intentar limpiar un parabrisas o vender kleenex en los semáforos, por “juegos o apuestas con dinero” (esto en una comunidad que ahora adora a la Virgen Tahúr de Eurovegas y a San Adelson el Turbio, será para que ningún trilero haga competencia a sus casinos), o por “promover la prostitución”. No se aclara qué cae bajo ese verbo ambiguo, guiñarle un ojo a un viandante debe de ser parte de ello. También se pregunta uno cómo pagarán 750 o 1.500 euros un mendigo, un vendedor de kleenex o un limpiador espontáneo, más aún cuando, gracias a la política de recortes y despidos fáciles del Gobierno y la CEOE, cada día más gente se ve empujada a tan miserables menesteres porque no le queda otro remedio. Y luego se pregunta uno qué se hará con los no pagadores, que serán todos: ¿se los meterá en la cárcel, estando todas ya saturadas? ¿Se los expulsará de la ciudad o del país? Todo da la impresión de ser un capítulo más en el proceso de eliminación de los pobres. A usted se lo multa y persigue sólo por eso, por ser pobre, hay que ver. Lo sangrante es que al mismo tiempo este Gobierno hace todo lo posible por incrementar su número, y por que pasen a serlo quienes no lo eran ni lo son. Entre eso y la nueva emigración forzosa de jóvenes y no tan jóvenes, uno empieza a sospechar que a lo que aspira el PP es a despoblar el país y a que en España no queden en libertad más que sus votantes y unos cuantos indiferentes. Sería la única manera de asegurarse la perpetua reelección. El único inconveniente es este: ¿quién quedaría para tributar a Hacienda, esto es, para pagar a sus miembros y “asesores” sus cuantiosos sueldos?
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nexus6
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Mensaje por nexus6 » Dom Nov 03, 2013 11:28 am

¿Por qué nada sirve nunca de nada?
3 de noviembre de 2013

Van a cumplirse dos años desde las últimas elecciones. Sí, sólo dos años, aunque parezca que Rajoy, Sáenz de Santamaría, Montoro, Mato, Wert y demás conmilitones lleven burlándonos una eternidad. Como me considero un hombre común, estoy convencido de no ser el único al que lo siguiente causa perplejidad: en este periodo se han aplicado incontables recortes en todo lo habido y por haber, pero sobre todo en lo que a la gente le importa más, con el consiguiente deterioro en sanidad, educación, ciencia, investigación, cultura, limpieza y transportes públicos. Las partidas presupuestarias han caído en todos los ámbitos; los enfermos “copagan” sus medicamentos (es decir, los pagan dos veces); los “dependientes” se han quedado sin asistencia y algunos pacientes crónicos han de contribuir a sufragar las ambulancias que los transportan para sus tratamientos; la electricidad ha subido varias veces, mientras los sueldos bajan o permanecen congelados desde hace años y en cambio el IPC continúa creciendo; los pensionistas han visto mermado su escaso poder adquisitivo (un aumento del 0,25% anual es una merma salvaje, teniendo en cuenta cuánto más se encarece la vida); en el Ejército empieza a faltar personal de adiestramiento; el mal funcionamiento de los organismos públicos se ha agravado por la reducción de plantillas; se jubila por la fuerza a médicos y sus plazas no se cubren, y lo mismo sucede con los profesores, de secundaria y de estudios superiores; las tasas universitarias están por las nubes, se restringe la concesión de becas. Todos los impuestos nos han sido elevados, en contra de lo prometido por el candidato Rajoy. En vez del 15%, nos retienen el 21%, y esa medida “transitoria” ya está prorrogada para 2014. También el IVA está en el 21% para casi todo, y eso ha conducido al cierre de cines y teatros y a la pérdida de más y más empleos. El presupuesto para bibliotecas públicas fue de cero euros en 2013. Según Sérvulo González, de este diario, “La carga fiscal nunca ha sido tan alta en al menos dos décadas … Rajoy ha impulsado la mayor subida tributaria de la historia reciente … Pero las bases imponibles siguen en caída libre debido a un empobrecimiento de los hogares (hay menos renta que gravar, menos consumo y las empresas ganan menos)”.

No hemos acabado, se rasca hasta el miserabilismo: las gasas, tiritas y demás, que hasta ahora soportaban un IVA del 10%, lo acarrearán en breve del 21%. Los bancos, no se olvide, han recibido miles de millones de los contribuyentes, pero niegan líneas de crédito a la mayoría de pequeñas y medianas empresas, así como a los particulares que los salvaron de la bancarrota. La perplejidad es elemental: ¿cómo puede ser que todos estos brutales recortes y ahorros, y toda esta monstruosa operación recaudatoria (un saqueo, un expolio en regla), no sirvan nunca de nada? Está previsto que el paro crezca aún más, las empresas siguen arruinándose, los comercios echan el cierre, el consumo está por los suelos. El déficit empeora y la deuda apenas mejora. ¿Dónde va a parar todo ese dinero, el que no se gasta en servir a los ciudadanos y el que se les sustrae con variadas triquiñuelas legales? ¿Por qué nada surte efecto? Hay una respuesta obvia: estamos en manos de incompetentes que además carecen de escrúpulos. Pero ¿tan incompetentes? Excede toda verosimilitud. Para la ausencia de escrúpulos no hay límite de verosimilitud.

Lo prueba que, en medio de esta depauperación general, el Gobierno cuente con unos 600 “asesores”, es decir, individuos opacos designados libremente y a los que nadie ha votado, y que, al no ser funcionarios, tampoco ven rebajados ni congelados sus arbitrarios sueldos. El Ayuntamiento de Barcelona, a su vez, cuenta con 262, y el de Madrid no se sabe si con 231 o 254, mientras el de París, con más millones de habitantes, se asesora sólo con 36, según Acosta Vera, lector de este diario. Multipliquen por el número de ciudades de España. Añadan los “asesores” de los 17 gobiernos autonómicos, y les saldrán millares de personas nombradas a dedo, en su mayoría inútiles y parasitarias (ya se ve cómo funciona todo) y que cobran cantidades misteriosas de los Presupuestos del Estado. Lo más sangrante, con todo, es esto: si alguien es Presidente, ministro, alcalde, consejero autonómico o concejal, se supone que posee conocimiento y criterio para desempeñar su cargo y que no necesita de ningún asesor, no digamos de 262. Es como si yo no escribiera mis libros –aunque los firmara– y tuviera a mi disposición un nutrido equipo de “consejeros” y “negros”, por qué no. De la misma manera que si soy novelista se da por descontado que sé escribir mis novelas y decido en ellas sin ayuda de nadie, y me documento si me toca hacerlo, de un cargo público debe esperarse que él o ella sean sus propios “asesores”, y que dimitan si no es así y dejen su puesto a quien sepa de verdad. O bien que el salario de los 262 “asesores” de Barcelona, los 231 de Madrid y los 600 del Gobierno central se reste de los que respectivamente perciben Xavier Trias, Ana Botella y Mariano Rajoy. Al fin y al cabo, el primero tiene el sueldo político más elevado de España. Lo cual, dicho sea de paso, también carece de explicación, e incluso de verosimilitud.
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nexus6
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Mensaje por nexus6 » Dom Nov 10, 2013 11:08 am

Las no tan viejas lealtades
10 de noviembre de 2013

Dentro de un rato veré el primer Barça-Madrid de la temporada, y descubro que en gran medida lo voy a hacer por inercia, por costumbre, porque uno ya no tiene edad de cambiar de hábitos ni de despreciar esos partidos. En un pasado no lejano me desesperé en Nueva York el día de este mismo encuentro: recorrí todas las cadenas que me ofrecía el hotel con la esperanza de que alguna –tal vez hispana– se dignara retransmitirlo, pero no hubo suerte. En otra ocasión, en Buenos Aires, me puse ante la televisión a una hora absurda, desatendiendo quehaceres en la ciudad que visitaba. Y una noche maldije a mi antiguo compañero de colegio y médico de cabecera José Manuel Vidal –no me arrepentí, pues son diarias las bendiciones que le envío desde hace catorce años– por habernos convocado a los miembros de nuestra promoción, en su casa, justamente un sábado de Barça-Madrid. Luego recordé que además no tenía culpa, pues ya en los recreos nos había mirado por encima del hombro a los futboleros.

portada-salvajes-sentimentales_grande¿Qué me pasa este año, y me pasó también en los tres anteriores? Aunque escribí hace mucho un artículo titulado ”La recuperación semanal de la infancia”, en el que me asombraba del ánimo pueril con que en plena edad adulta uno se disponía a ver los partidos cruciales, quizá mis años de ahora ya no me permiten volver a los diez u once nunca, ni siquiera cuando saltan al campo los blancos y los blaugrana. Tal vez. Pero curiosamente mi indiferencia coincide con la llegada de Mourinho a mi equipo de toda la vida. Ya no está en él este individuo que era la negación absoluta de lo que para mí había representado el Madrid. Ya no está, pero uno no se recupera de semejante baldón de la noche a la mañana, menos aún cuando su espíritu megalómano y fullero parece haber impregnado a parte de la masa social del club y –todavía más grave– a su presidente, que al fin y al cabo fue quien lo trajo y le otorgó plenos poderes, quien defenestró por complacerlo a alguien que sí entendía al Madrid como Valdano y orilló a Zidane por si acaso, y se puso de su parte en su persecución de Iker Casillas. Y me doy cuenta ahora de que no soy tan distinto del de los diez u once años. Por entonces el Madrid echó a Di Stéfano injustamente, y los niños de la época nos enfurecimos tanto que a punto estuvimos de hacernos del Español (!), al que se marchó nuestro gran ídolo. Los niños son fieles y apasionados y a veces mortalmente serios en sus lealtades. Tienen memoria y son agradecidos, a diferencia de muchos de los adultos que los suplantan. Poseen un fuerte sentido de la justicia y se indignan ante su opuesto. Y Casillas, pese a ser portero, y de la cantera, es hasta cierto punto el Di Stéfano de nuestros tiempos, con el añadido de que, al ser también guardameta de la selección, ya no pertenece sólo al Madrid, sino un poco a todos. Conozco a culés desaforados que le profesan simpatía y respeto, algo apenas visto hacia un jugador del rival máximo. Al parecer, su gran pecado –por el que todavía paga–fue resistirse a las imposiciones de un entrenador ponzoñoso y ególatra que, para colmo, ejerció pésimamente su oficio, como demuestran el feo juego y sus fracasos a lo largo de tres temporadas eternas.

El declive al que todo futbolista está condenado ni siquiera se había iniciado en Casillas cuando lo privó de la titularidad el enfermizo fatuo. Que el insustancial Ancelotti perpetúe su suplencia sin motivo claro hace sospechar que obedece órdenes de arriba, del valedor de Mou­rinho. Lamento que Diego López, un buen y paciente portero, aparezca como “usurpador”. Carece de culpa, y además es hombre discreto. El problema estriba en que, sin negarle sus cualidades, resulta que Iker Casillas es de los que obra milagros. No es lo mismo ver la meta guardada por un jugador competente que por uno capaz de evitar goles en contra que uno da ya como seguros, y que le hace maravillarse de que no hayan entrado. Si algo no perdonan los niños –ni siquiera los niños adultos– es la ingratitud. El paso de Mourinho por este club fue infeccioso, y la infección aún perdura. Ese individuo logró convertir en verdades todas las falacias que los antimadridistas llevaban décadas propalando: un equipo prepotente y desdeñoso, que intentaba intimidar a árbitros y rivales, que ganaba con jactancia y perdía con malos modos. Incluso le añadió un sambenito que nadie le había achacado: un equipo victimista y quejoso. En los últimos años el Madrid ha sido ingrato con Raúl y Guti, jugadores a los que los aficionados deben alegrías sin cuento y proezas inverosímiles, al primero, y toques de distinción, al segundo, como no se recordaban desde Velázquez o casi. Ahora lo está siendo con Casillas, que desde los tiempos en que se lo llamaba “el muchacho” no ha cesado de obrar milagros bajo los palos, y encima se ha comportado siempre con dignidad y compañerismo y una nada demagógica nobleza. No sorprende que lo odien los tertulianos maleantes de la extrema derecha, los mismos que idolatran a Mourinho: Dios los cría y ellos se juntan, en España más que en ningún otro sitio. Esa es una de las razones de mi indiferencia de hoy: no ver saltar al césped a Casillas es como no ver hacerlo a Di Stéfano cuando yo era niño. En eso, al menos –en la fidelidad y el agradecimiento–, compruebo que por fortuna no he cambiado tanto.
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Rogorn
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Mensaje por Rogorn » Dom Nov 17, 2013 12:17 am

Una comicidad irresistible
17 NOV 2013

Si no fuera porque en nuestro mundo sin escapatoria todo trae consecuencias; si no fuera porque muchas de las sandeces se toman en serio y se traducen en prohibiciones y en pérdida de libertades; si no fuera porque cada vez están peor vistos la ironía y el sarcasmo, y acabarán perseguidas la broma y la guasa; si no fuera por todo esto, nuestra época sería de una permanente comicidad irresistible; y, pese a la crisis y la creciente penuria de demasiadas personas, las amenazas terroristas, los inmigrantes que mueren y todo lo que nos oprime y angustia, nos bastaría con hojear el periódico o echar un vistazo a las noticias para recuperar el humor y reírnos un minuto a carcajadas. No descarto ser yo el anómalo, desde luego, pero casi todo lo que sucede me parece ridículo de un tiempo a esta parte. No me refiero, claro está, a las actuaciones de nuestros políticos, que nada tienen de graciosas y en su mayoría son injustas y graves para la población, aunque casi siempre vengan acompañadas de explicaciones en sí mismas hilarantes, por chocarreras, zarrapastrosas, inconsecuentes o directamente imbéciles. Sino a las reacciones de la sociedad ante los hechos “menores”. En la cara amable del mundo (llamémosla así), casi todo es solemne y desmedido.

Veamos algunos ejemplos más o menos recientes. El nefasto Presidente de la FIFA, el suizo Joseph Blatter, que aún no ha hundido del todo el fútbol pese a llevar muchos años esmerándose en ello, se reúne con estudiantes de Oxford y, con cara enrojecida y aspecto de estar muy bebido, hace una parodia sin gracia del jugador Cristiano Ronaldo (ya saben, el famoso humor suizo, que tantas aportaciones ha hecho a la historia de la risa). En vez de limitarse a contemplar su performance con indiferencia y lástima, el Real Madrid envía un comunicado de campanuda protesta, y el propio Cristiano se siente agraviado porque Blatter lo haya “militarizado” comparándolo con un comandante y lo considera un insulto a él, a su club e incluso a su país entero (Portugal, célebre por su belicosidad y sus ejércitos). Y centenares de miles de internautas y tuiteros se abalanzan a manifestar su indignación y a exigir la dimisión del aparente beodo (no que no haya otros motivos, de más peso, como llevar un Mundial a Qatar, sin ir más lejos). Poco después, ese simpático modisto llamado Lagerfeld declara que “Nadie quiere ver gordas en las pasarelas”, lo cual, aparte de intranscendente, puede ser bastante cierto, o si no los desfiles estarían llenos de obesas y obesos, ante la demanda de la concurrencia. La frase, sin embargo, le ha valido ser denunciado ante la justicia francesa por ser “difamatoria y discriminatoria contra la comunidad de mujeres gordas” (sic); aunque éstas estén repartidas por todo el planeta y no se conozcan entre sí, forman una comunidad, por lo visto. Lo más sublime es el nombre de la asociación que llevará al modisto ante los tribunales, a poco que un juez tieso y severo admita a trámite la denuncia: Guapa, Gorda, Sexy y Lo Acepto. En realidad, sólo por lo logrado del nombre (y por sus mayúsculas), merecen esas mujeres que se les haga caso.

Hace un par de años defendí aquí a otro modisto, el pobre Galliano, que fue crucificado y perdió el empleo por encararse en un café, borracho –es decir, en ocasión privada–, con unos pesados y decirles algo así como que Hitler había hecho mal su trabajo por no haberlos exterminado. Como solía saber todo el mundo, la gente suelta barbaridades a menudo cuando está embriagada, y lo normal era no tenérselas demasiado en cuenta. La reacción universal me pareció tan desproporcionada que desde entonces Galliano se ha convertido en uno de mis idolillos: un tipo que acostumbra a aparecer festivamente disfrazado de torero, de gaucho, de marinerito o de zíngara no puede ser, a la fuerza, sino pueril y casi inofensivo. Sigue pidiendo perdón por doquier y haciendo méritos, porque quienes lo filmaron en su exabrupto le arruinaron la carrera. En otro extremo del globo, el Presidente de Venezuela, Maduro, asegura con grandilocuencia que la cara de Chávez se ha dibujado en una pared del metro, y sus feligreses le creen sin esbozar ni una sonrisa; con anterioridad lo había “sentido” convertido en un pajarito (hasta imitó sus silbidos), lo cual es sin duda un fenómeno: dado el grosor que alcanzó el Comandante, resulta milagroso que lo encajara todo en un “pajarito chiquitico”. Me habría parecido más verosímil que formara parte de las Guapa, Gorda, Sexy y Lo Acepto. Francamente.

La Academia de la Publicidad ha obsequiado a la RAE, por su tricentenario, con un anuncio en el que una madre riñe a un niño en un español desastroso, y luego, tras mirar el Diccionario, le vuelve a echar la regañina con corrección gramatical y léxica. También han llovido improperios: ¿por qué ha de ser una mujer la que hable mal? Supongo que tenía que ser una mujer o un varón, una de dos, y que daba lo mismo. Quizá los de la Publicidad deberían haber elegido a un progenitor hermafrodita, transmitiendo así una imagen muy realista. Claro que entonces se habrían soliviantado los escasos hermafroditas, con mayor razón, imagino. La verdad, no hay manera de decir ni hacer nada sin ofender hoy a alguien y ser objeto de denuncia. La vocación inquisitorial es la más extendida, y el mundo está dominado por la susceptibilidad exacerbada. Si no fuera porque ésta trae consecuencias –ya lo dije al principio–, aquél sería un lugar bienaventurado, de una comicidad irresistible.

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bowman
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Mensaje por bowman » Dom Nov 17, 2013 8:41 am

JM escribió: las sandeces se toman en serio y se traducen en prohibiciones .


JM escribió:no hay manera de decir ni hacer nada sin ofender hoy a alguien y ser objeto de denuncia. La vocación inquisitorial es la más extendida, y el mundo está dominado por la susceptibilidad exacerbada.
<div>El último que apague la luz.</div>

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nexus6
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Mensaje por nexus6 » Dom Nov 24, 2013 10:59 am

Un hombre de buen conformar
24 de noviembre de 2013

En mi juventud pasé dos años conviviendo con él a diario, desentrañándolo y reproduciendo en mi lengua las 700 u 800 páginas de su obra maestra, Tristram Shandy, y unos pocos sermones de los que soltaba a sus feligreses en el pueblo de Coxwold, cerca de York, donde vivía cuando no estaba en Londres o viajando por el Continente, esto último sólo tras el gran éxito de esa novela, que resulta innovadora incluso ahora. Aprendí tanto de él, y me divertí tanto traduciéndolo, que, pese a haber hablado de Laurence Sterne otras veces, y aun a riesgo de repetirme, me sentiría un ingrato si no celebrara el día de hoy y le rindiera homenaje, ya que ese escritor jovial y atrevido, ingenioso y compasivo (pero jamás sensiblero), nació el 24 de noviembre de 1713, hace exactamente trescientos años. Sus dos obras principales, la mencionada y Viaje sentimental, se siguen editando y traduciendo a diferentes lenguas. Se reconoce que Joyce sale de él en buena medida, y no son pocos los novelistas actuales que lo veneran y reivindican, entre ellos Kundera y Vila-Matas.

Pero el que nació hace hoy tres siglos no fue el escritor, sino el individuo, y, por cuanto de él conocemos, parece haber estado en consonancia con el literato libre y jocoso. No siempre sucede así: hay textos intensos debidos a hombres o mujeres gélidos; hay libros que inducen a pensar en la generosidad de quien los alumbró, que sin embargo era alguien especulador y mezquino; hay obras encantadoras escritas por seres viles: traidores, delatores, esbirros de dictaduras, megalómanos y hasta homicidas. A veces el autor se vale de la ficción (la poesía lo es, no se olvide) para fingirse lo que no es, para ocultar su cara torva y ofrecer una noble y conmovedora. A veces se trata de algo más complejo, del espejo de las contradicciones. En el caso de Sterne se puede ir sobre seguro. Era un hombre divertido y festivo, capaz de hacer bromas sobre cualquier asunto, y su espíritu era cordial y amable. Claro que tuvo enemigos: irritaba a los solemnes, de los que no podía evitar burlarse cuando incurrían en idiotez supina, pero su sarcasmo solía ser indirecto y suave. Un añoso marqués francés pretendió la mano de su hija Lydia. Lo primero que le preguntó a Sterne fue cuánto podría darle a ella ahora y cuánto le dejaría a su muerte. Sterne le contestó: “Señor, le daré diez mil libras el día del casamiento. Mis cálculos son los siguientes: ella no ha cumplido los dieciocho, vos tenéis sesenta y dos, ahí van cinco mil; … ella tiene muchos talentos, habla italiano, francés, toca la guitarra; y como me temo que vos no tocáis ya instrumento de ninguna clase, … aquí termina la cuenta de las diez mil libras”. Un conocido lo describió así: “Todo adquiere el color de la rosa para ese feliz mortal; y lo que a otros se aparece oscuro y melancólico, para él presenta tan sólo un aspecto jovial y alegre”. Y él mismo anunció: “Cuando muera, se pondrá mi nombre en la lista de esos héroes que murieron bromeando”, la cual, aseguraba, encabezaba Cervantes.

Así, no es difícil imaginar que no habría objetado a los desaires póstumos, empezando por el que sufrió su cadáver. Murió en Londres en 1768 sin molestar a nadie, y fue enterrado sin pompa en una iglesia de Hanover Square. A los pocos días fue robado su cuerpo y entregado al profesor de anatomía de la Universidad de Cambridge. Cuando éste acababa ya la disección, un testigo reconoció al difunto. El profesor, incómodo por haber troceado a una gloria literaria, procuró que al menos se conservara el esqueleto, pero durante muchos años se buscó su calavera sin éxito entre los huesos cantabrigenses. No sé si al final hubo suerte: junto a la iglesia de St Michael, en Coxwold, que visité hace algún tiempo, hay una tumba y una lápida con su nombre, pero vaya usted a saber lo que encierran. Ahora me envían de Shandy Hall (la que fue su casa en Coxwold y ahora es lugar de visita y museo) un opúsculo en el que una tal Erica Van Horn relata brevemente su paso por el lugar natal de Sterne: Clonmel, en Tipperary, en el sur de Irlanda, donde él vino al mundo por mero azar: el regimiento de su padre, un abanderado, se hallaba allí cuando lo dio a luz su madre. Pero en fin, pocos son los pueblos que puedan presumir de haber sido el inicial albergue de un genio de la literatura. En Clonmel, sin embargo, sólo hay una borrosa placa conmemorativa, situada a demasiada altura para que los transeúntes la vean. En 2009 se inauguró un Bar Sterne. Los discursos del alcalde y de ex-alcaldes varios, de un profesor y de dignatarios, se alargaron tanto que a la gente se la desvió a otro bar, hasta que concluyeran. Para cuando por fin lo hicieron, a nadie le apetecía abandonar el segundo bar para pasar al recién inaugurado. Incluso las autoridades se trasladaron al que estaba animado, mientras en el Sterne una banda tocaba quedamente para nadie, o quizá sólo para la calavera y el esqueleto errantes. Tan sólo un año después de esas ceremonias, el Bar Sterne de Clonmel cerró sus puertas a sus doce mil almas.

Laurence Sterne se habría reído. Era hombre de buen conformar, eso que no existe ahora. Cuando la muerte se le venía ya encima, dijo que le “habrían gustado otros siete u ocho meses … pero sea como Dios lo quiera”. Lo conté en otro sitio hace más de veinte años, pero no importa: un testigo relató su ultimísimo aliento. “Ya ha llegado”, se limitó a decir Sterne, y levantó la mano, como para parar un golpe.
Yo he visto cosas que vosotros no creeríais. Atacar naves en llamas más allá de Orión. He visto Rayos-C brillar en la oscuridad cerca de la Puerta de Tannhäuser. Todos esos momentos se perderán en el tiempo como lágrimas en la lluvia.Es hora de morir

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nexus6
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Mensaje por nexus6 » Dom Dic 01, 2013 11:25 am

Tutelas permanentes
1 de diciembre de 2013

Las novelas, se dijo hace ya mucho, cuentan, entre otras cosas, la vida privada de las naciones, y lo más curioso es que a mi parecer la cuentan mejor y más nítidamente las que no nacen con ese ánimo, las que no pretenden ser realistas ni costumbristas ni trazar un “fresco” de su época. Yo veo mejor el Londres del siglo XIX en las obras de Dickens, llenas de personajes estrafalarios e inverosímiles, de casualidades que bordean lo inaceptable y de exageraciones sin cuento, que el Madrid de Galdós, que a menudo me resulta acartonado, sobre todo en tantos diálogos impasables y en tantas estampas apegadas en exceso a la literalidad de su tiempo, es decir, al reportaje. Uno de los reproches más tontos y rancios que se pueden hacer a una ficción (todavía increíblemente frecuente) es señalar que la gente no habla “así”, esto es, como los personajes. Dan ganas de contestar: “Pues claro que no, por fortuna. Una pieza literaria es siempre un artificio, un destilado de la realidad, algo calculado y despojado del soporífero ritmo del habla verdadera. La cortesía del autor es no obligarnos a tragarnos lo que ya conocemos y padecemos en la vida diaria. La reproducción exacta de las peculiaridades verbales de los individuos (eso que tanto elogian los críticos rudimentarios, que cada personaje tenga ‘su voz reconocible’) no deja de ser un abuso y una grosería”.

Pero me he ido por las ramas. Quizá una de las razones por las que hoy vemos tantas series televisivas es que son éstas las que mejor nos muestran cómo son las sociedades actuales, sobre todo –de nuevo– las que no aspiran a ser “documentos”. Al fin y al cabo la realidad se cuela por todas partes, querámoslo o no, por lo que empeñarse en meterla con sus pormenores es una redundancia que además condena a la obra en cuestión a envejecer a velocidad de vértigo. Está más viva y nos dice más de Francia la estilización de Proust que el naturalismo de Zola, con todas sus “comprobaciones”. Ahora veo 'House of Cards', esa serie política con Kevin Spacey, y me llama la atención un pequeño episodio que revela mucho: una joven va en su coche; al pasar junto a un depósito de agua con forma de melocotón inmenso, envía un SMS a su novio con la gracia que se le ha ocurrido (“Cuando lo ves, ¿no te recuerda a un culo gigante?”), y se estrella. Un político rival primero, pero luego también los padres de la joven y la comunidad en pleno se lanzan a culpar del accidente a Spacey, por haberse opuesto en su día a que se derribara “el melocotonoide”, como es llamado. La responsable de su muerte no es en modo alguno la joven, por haberse distraído y puesto a manipular el móvil mientras conducía. La culpa es del depósito, por estar ahí, tan llamativo, y de quien impidió que se demoliera, y a nadie parece caberle la menor duda de eso. Sólo a Spacey, que sin embargo no osa argumentar públicamente lo que es de sentido común. De hacerlo, habría sido linchado o poco menos.

Me temo que ese episodio refleja, sin subrayados, lo que está aconteciendo en nuestras sociedades, que reclaman una minoría de edad y una tutela permanentes para los ciudadanos. Hace más de veinte años (he utilizado ese ejemplo en otros artículos) leí en 'Time' lo siguiente: un ladrón se cuela en un aparcamiento, roba un coche, sale a toda pastilla y se empotra en un árbol; queda malherido y ha de pasar en el hospital varios meses; entonces demanda al aparcamiento por no haber tenido la vigilancia suficiente para haberle impedido robar el automóvil; de haber sido más cuidadosos, él no lo podría haber afanado, no habría salido escopetado ni habría sufrido roturas múltiples. El juez de turno admite a trámite la demanda, lo cual ya es asombroso. Todo lo estadounidense nos acaba llegando, sobre todo lo pésimo. Leo una carta en el diario que, a propósito de la tragedia del Madrid Arena, dice esto: “Ayer escuché por radio los testimonios de algunos jóvenes que denunciaban indignados que nadie les pidió el DNI a la entrada ni les pusieron trabas para pasar con recipientes de bebidas de hasta cinco litros…” Hay motivos para estar “indignado” con la organización de aquella fiesta y con la alcaldesa Botella. Pero la palabra choca en ese contexto, porque me imagino que en su momento esos jóvenes se frotaban las manos ante tantas facilidades y negligencias, y también choca que al redactor de la carta le parezca natural esa indignación a posteriori. ¡Tenían que habernos pedido el DNI y habernos prohibido el acceso! ¡Y habernos obligado a dejar fuera nuestros cinco litros! Recuerda demasiado a la actitud del ladrón americano: ¡cómo es que se me permitió robar un coche! A este paso, y salvando las insalvables distancias, los violadores excarcelados tras la invalidación de la doctrina Parot mal aplicada, podrán exclamar airados: ¿cómo es que no me pararon cuando forcé a dieciocho mujeres? La culpa no es mía. Si acaso de ellas, por existir y salir a la calle. Y lo mismo los terroristas de ETA: ¿cómo es que la policía no estuvo atenta y pude colocar una bomba? ¡Tenían que haberme interceptado! Si yo fuera Director de Tráfico, estaría temblando, porque cualquier individuo siniestrado podría espetarme: ¿cómo es que colocaron ustedes un cartel que ponía “Madrid 50 km”? Me distraje intentando dilucidar qué significaba esa misteriosa abreviatura, “km”. A quién se le ocurre tamaña imprudencia, ponernos jeroglíficos mientras conducimos.
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nexus6
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Mensaje por nexus6 » Dom Dic 08, 2013 1:33 pm

Es cosa nuestra
8 de diciembre de 2013

Lo malo de la democracia es que uno no puede encogerse de hombros ante las acciones de sus gobernantes, no enteramente. Aunque no los haya votado y no se sienta responsable directo de sus tropelías, sabe que otros como él los eligieron y que por desgracia, hasta la próxima llamada a las urnas, nos representan a todos, en contra de lo que proclama ese slogan optimista y desiderativo que a menudo se corea. La vergüenza que el actual Gobierno nos causa es así mucho mayor que la que nos provocaba el franquismo a quienes lo vivimos. Éste se había impuesto por la fuerza y por ella seguía mandando. A sus oponentes los había fusilado, encarcelado, enviado al exilio o represaliado; en el mejor de los casos los mantenía en las catacumbas. Los que estábamos en desacuerdo podíamos desentendernos íntimamente de sus crímenes y abusos: éramos meras víctimas de ellos, sojuzgadas por una tiranía que nadie había votado (aunque demasiados españoles la abrazaran, sobre todo una vez victoriosa), que prohibía los partidos políticos y las elecciones, ejercía una censura total y minuciosa, castigaba con prisión cualquier opinión disidente o “tibia”, o verdad que no le gustara. A ese régimen, durante muchos años, le trajo sin cuidado la imagen de España en el exterior. “Que hablen. Nos tienen envidia por ser la reserva espiritual de Occidente”, era el lema, de clara inspiración eclesiástica. Y nosotros podíamos sacudirnos toda responsabilidad, en lo que respectaba a esa visión que ofrecíamos: “Nada tenemos que ver, somos los primeros damnificados, los que la padecemos sin tener arte ni parte”. Y a los de mi generación nos cabía añadir: “Esta dictadura estaba ya cuando nacimos”.

En ese aspecto, la cosa es ahora más peliaguda. Hemos tenido arte y parte. Hemos votado, aunque lo hiciéramos sometidos a engaño: el PP y Rajoy han incumplido con desfachatez casi todas sus promesas electorales, sobre todo las que les permitieron ganar por mayoría absolutísima. Aun así, no podemos intentar derrocarlos, porque, bajo engaño y todo, les dieron su confianza nuestros conciudadanos. Entre tantas otras cosas que aproximan cada vez más a este Gobierno al franquismo, está la indiferencia con que arrastra en el extranjero la imagen de España. Dicen sus representantes que les importa mucho, pero no es cierto. Se les llena la boca con la ridícula expresión “marca España”, pero hacen todo lo posible por que el nombre del país vaya unido al bochorno. En lugar de abstenerse de mancharlo, tratan de convencer a los medios internacionales de que no lo cuenten: Rajoy pidió a una cadena estadounidense que suprimiera de una entrevista lo relativo al caso Bárcenas; ahora nos enteramos de que, en plena fase de recortes salvajes, el Gobierno invitó con los gastos pagados a un grupo de responsables de prensa alemanes para explicarles in situ las maravillas económicas (!) de su gestión y atajar las críticas que casi a diario le dedica esa prensa. El propio Rajoy apareció en la reunión, a ver si les lavaba el cerebro. En honor a los alemanes, hay que decir que se sintieron ofendidos porque se pretendiera sufragarles el viaje y la estancia. Si la sesión de propaganda no nos costó dinero, no fue gracias a Guindos ni a Montoro, sino a la honradez extranjera.

Fuera de estas tentativas, que oscilan entre la censura, el adoctrinamiento y el soborno poco encubiertos, el Gobierno no cesa de ensuciar el país, a veces literalmente. La capital ha estado emporcada por una huelga de limpiadores justificada, mientras el Ayuntamiento, culpable último de la situación (es a él al que abonamos los impuestos, no a las tacañas concesionarias subcontratadas), se lavaba las manos frívolamente durante días: yo he visto cómo un indigente de la Plaza Mayor aplastaba de un pisotón a una relaxing rata gorda que, para estupor de turistas, se paseaba no de noche, sino a las 6.30 de la tarde. También se nos conoce últimamente porque el Ministro del Interior, hombre que presume de piadoso, vuelve a tapizar de cuchillas la verja de Melilla (una medida canallesca de Zapatero en 2005, rectificada en 2007), para rajar a lo vivo a los inmigrantes que osen saltarla. Ante la declaración de Rajoy al respecto, se hace difícil saber si el Presiente es tonto o se lo finge: “No sé exactamente si eso puede producir daños a las personas. Tendremos que verlo, he pedido un informe”. El misericordioso Fernández Díaz ha corrido a tranquilizarlo: “Sólo heridas leves, jefe”. Me gustaría que los dos se fueran a la verja e hicieran ellos mismos la prueba: el uno sabría “exactamente” y “vería”, y el otro comprobaría en su piel la “levedad” de las sangrías. Aparte de esta crueldad infame, España también es hoy famosa por la sentencia del Prestige: todo el mundo, incluido el Gobierno del PP de entonces, tuvo una actuación “correcta” y gracias a eso no se extendió el vertido del barco por el entero Océano Atlántico. ¿A santo de qué va a tener que pagar nadie? Añadan que en numerosas comunidades (Madrid, Cataluña, Valencia, y las que seguirán) han dejado de ser gratuitas las vacunas del neumococo y del retrovirus para bebés. Los padres que carezcan de 600 euros pueden prepararse a ver cómo sus críos más tiernos pillan una meningitis o una neumonía, o se deshidratan de gastroenteritis. Hay más, pero por hoy ya se nos cae la cara de vergüenza lo suficiente. Sin que ni siquiera podamos decirnos: “Pero esto no es cosa nuestra”.
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nexus6
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Mensaje por nexus6 » Dom Dic 15, 2013 11:27 am

Neofranquismo
15 de diciembre de 2013

Por si no bastara con cuanto comenté hace una semana, y que lleva a gran número de españoles a avergonzarse de su país y a no poder defenderlo, el Gobierno de Rajoy, a través de su Ministro del Interior Fernández, planea una nueva Ley de Seguridad Ciudadana de inspiración innegablemente franquista. Ya se ha hablado mucho de ella: de cómo va a penalizar y limitar las protestas, el derecho de manifestación y cuanto moleste a los gobernantes y a la policía mandada por ellos; de las multas demenciales con que va a castigarse casi cualquier insumisión o desacuerdo, o lo que las propias fuerzas del orden consideren “amenazas, insultos, coacciones, injurias o vejaciones” contra los agentes. Es decir, éstos podrán moler a palos a los manifestantes, arrastrarlos, soltarles barbaridades y detenerlos con o sin motivo, y los manifestantes no podrán responder de ningún modo, ni siquiera verbalmente, bajo riesgo de perder mil euros si, por ejemplo, llaman “bestia” al uniformado galáctico que les propina una paliza. Fernández había decidido inicialmente que eso pudiera costar hasta 600.000 euros (sic), lo cual nos da idea de la “seguridad” que esta Ley brinda: con ella se echa a los ciudadanos a los pies de los caballos y se blinda a los policías y a los políticos que se sirven de ellos. Lo propio de un Estado policial, sin duda.

Con todo, lo más indisimuladamente franquista del proyecto es lo siguiente, según Jesús Duva en este diario: “Las denuncias de los policías tienen presunción de veracidad y, por tanto, es el denunciado quien debería demostrar que lo dicho por los agentes es inveraz”. Era así exactamente como funcionaba la represión durante la dictadura, o en todas las dictaduras, mejor dicho. De todo el mundo es sabido que la mayor perversión de la justicia, lo que la hace impracticable, es dar crédito al denunciante y eximirlo de aportar pruebas, y cargar al acusado con la tarea de demostrar su inocencia. Esto último es simplemente un imposible: si yo sostengo que Rajoy y Fernández han asesinado a una mujer el 30 de noviembre, y no me veo obligado a demostrarlo porque tengo “presunción de veracidad”; si Presidente y Ministro carecen de coartada en esa fecha y se los emplaza a probar que no mataron a esa mujer, ya me dirán cómo podrían lograrlo. Demostrar que uno no ha hecho algo, si se parte de la base de que sí (si la mera acusación equivale en principio a condena), es enteramente imposible. Es la justicia al revés y la negación de ésta, lo mismo que regía en tiempos de Franco, cuando un gris podía detener a cualquiera porque no le gustaba su aspecto, y acusarlo impunemente de la felonía que se le antojara. La práctica la consagraba la Ley de Vagos y Maleantes, nombre que no sé por qué no recupera también el proyecto de este Gobierno, en vista del parecido.

Pero ojo, a esto se añade que a partir de la Ley nueva estarán castigadas la grabación y difusión de fotos o imágenes de policías “que supongan mofa para ellos o algún riesgo para la seguridad”. Como serán los propios polis quienes decidan cuándo hay mofa o riesgo, lo que de hecho quedará sancionado será la captación y utilización de cualquier imagen de guardias, de manera que los denunciados tampoco podrán probar su inocencia mediante documentos visuales. Veamos un caso reciente, el de los ocho mossos d’esquadra que apalearon en masa al empresario Benítez y le causaron la muerte –todo supuestamente–. Pese a que una mossa se presentó más tarde en casa de una vecina y la obligó a borrar lo que había filmado con su cámara, salieron a la luz otras grabaciones en las que se ve cómo ocho valientes le dan una tunda al empresario (según ellos, “lo reducen”). Este presunto homicidio ha sido calificado por el jefe de ese cuerpo, Prat, de “actuación más o menos correcta”, y el conseller de Interior, Espadaler, lo ha respaldado. (El Gobierno de la Generalitat, de CiU con el apoyo de Esquerra escondiendo siempre la mano, es idéntico al de Rajoy, lo cual hace cada vez más ridículo que el primero se quiera independizar del segundo; se entendería algo si fueran opuestos, pero es que resultan gemelos en su totalitarismo neofranquista.) Imaginen por tanto en qué habría quedado el episodio si no hubieran existido imágenes. Los bravísimos mossos habrían gozado de la “presunción de veracidad”, podrían haber inventado una patraña a su gusto (que el empresario empuñó una metralleta, que era Hulk y se puso verde y atacó él solo a los ocho poniéndolos en grave peligro) y haberse ido de rositas a casa. Está por ver que no lo consigan, pese a todo. Ya se encargaron, en el momento, de borrar el rastro de sangre que habían dejado, “por higiene”, y de destruir las grabaciones de su “actuación correcta” que localizaron.

La nueva Ley de Seguridad Ciudadana, así pues, invalidará toda imagen de agentes del orden delinquiendo o abusando o sobrepasándose. Fotografiarlos o filmarlos en la comisión de un exceso o un crimen será una infracción castigada por dicha Ley. Ésta los declara por definición honrados, veraces, impolutos e infalibles. Ante semejantes ángeles por decreto, está claro quiénes serán los culpables y los mentirosos en cualquier conflicto con ellos: los desprotegidos ciudadanos. Esta Ley supone la definitiva vuelta del franquismo descarado, por si no teníamos ya bastantes indicios.
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Rogorn
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Mensaje por Rogorn » Dom Dic 22, 2013 10:22 am

Las bandas de la banda ancha
22 DIC 2013

Cada aparato kindle, o e-book, o de libro electrónico existente en Francia, compra una media de 4,6 libros al año. En Italia, país con fama de no muy honrado, son 4,4 los que adquiere legalmente cada usuario. En España, el porcentaje es de 0,6. Cada individuo con uno de esos dispositivos de lectura en pantalla paga más o menos medio libro en el plazo de doce meses. ¿Quiere esto decir que los españoles que se han hecho con un e-book (o como finalmente se llamen) lo tienen de adorno en sus casas y no lo utilizan para su función lectora? En absoluto. Lo que significa es que casi cuanto se lee en ellos es pirateado, robado con total impunidad y con el beneplácito vengativo de nuestro Gobierno.

Fue a partir de la Navidad de 2011 cuando el juguete llegó aquí de veras y se puso de moda. El resultado es que las ventas de libros en papel han disminuido brutalmente. Tengo un informe en el que se comparan las de las novelas última y penúltima de varios autores de best-sellers como Dan Brown, Ken Follett, Paulo Coelho y unos cuantos españoles cuyos nombres omitiré para no darles “mala prensa”. Sus últimas obras respectivas han vendido un 52%, un 62%, incluso un 70% menos que las anteriores. Cierto que no hay dos libros iguales, aunque sean del mismo escritor: unos caen más en gracia que otros; el público se cansa fácilmente (“Ya he leído dos de éste, me da pereza un tercero”), las modas son efímeras. Y, por supuesto, está la crisis, pero ésta ya llevaba varios años antes de la Navidad de 2011. Últimamente los editores, las agentes, los libreros –independientes o de grandes superficies–, hasta algunos autores, todos me aseguran que la salvaje caída de las ventas se debe mucho más a la piratería que a la situación económica que el Gobierno de Rajoy nos agrava día tras día.

Me disculpo por utilizarme como ejemplo y por resultar didáctico, pero en este país lo segundo es recomendable siempre. De aquí a un par de meses espero haber terminado una nueva novela que rondará –calculo– las 500 páginas. Habré empleado en ello dos años y pico, con unos veinte meses de muy intenso trabajo (al principio hay mucho tanteo). Lo que ganaré con esta novela dependerá de sus ventas, exclusivamente. Si su precio es de 20 euros, a mí me llegarán unos 2 por cada ejemplar despachado. Eso en papel. En libro electrónico costará unos 8 euros, luego percibiré alrededor de 0,80 por cada uno comprado legalmente. Así, si se venden 10.000 ejemplares en papel, mi tarea de dos años largos se remunerará con 20.000 euros. Si se venden 100.000, multipliquen por diez. Todos dependemos del interés de los lectores; nada se nos regala; si ellos deciden no asomarse a nuestro texto, no cobramos, o muy poco. Cada individuo que piratee esa novela futura mía me estará robando –o me privará de ganar– 0,80 o 2 euros, según el soporte. Si 5.000 personas hacen eso, me habrán restado 4.000 o 10.000 euros (a los editores y libreros más, naturalmente).

Imaginen ustedes, se dediquen a lo que se dediquen, que les quitaran esas cantidades de sus sueldos o ganancias, simplemente porque quienes se benefician de su trabajo pueden hacerlo sin que pase nada. Pueden disfrutar de él gratuitamente. Bueno, no del todo: pagan una buena cantidad a las empresas de telefonía por una banda muy ancha que les permite “descargarse” el producto del esfuerzo de ustedes. El escritor en España (como el músico y el cineasta) no hace negocio con eso, no percibe nada (recuerden: 0,6 libros vendidos al año por dispositivo electrónico). Pero las telefonías sí lo hacen, y perciben muchísimo “ofreciendo” tácitamente el goce del trabajo ajeno. Lo que no se le dice al usuario, pero se le insinúa, es: “Si se compra un e-book y contrata una banda anchísima, leerá gratis lo que se le antoje. Usted no le pagará al autor ni al editor, ni yo tampoco. Usted me pagará a mí por el mecanismo que lo facultará para robar tranquilamente. El autor, el editor y el librero, que se fastidien”.

Yo no sé hasta qué punto la gente es consciente de lo que se trae entre manos, con la connivencia inconfesada de las telefonías, que son las que cobran y sacan tajada de mis dos años largos ante la máquina (el talento posible es otro asunto y no voy a presumir de poseerlo, pero es algo que también merece recompensa en los casos indudables). Cada novela corre su suerte, ya lo he dicho. Pero, si cuando salga la que estoy cerca de acabar (no creo que antes de septiembre, y si le doy el visto bueno), sus ventas respecto a la anterior bajan tanto como un 70%, deberé plantearme si valdrá la pena acometer otra más adelante, a sabiendas de que mis posibles ganancias me las estarán esquilmando a lo bestia. Figúrense a un profesor al que no se le abonan muchas de sus horas de clase; a un banquero que debe dar gratis parte de sus servicios; a un empleado al que sólo se le pagan cinco horas de las ocho que trabaja a diario; a un zapatero que debe entregar por nada un porcentaje del calzado que crea y produce; a un ministro que ha de regalar sus conocimientos y su gestión parcialmente. Y así con cualquier oficio. Repito: yo sólo cobro si a los lectores les da la gana de leer lo que escribo. Si se la da, pero muchos no pagan nada por ello, ya me dirán qué clase de tonto sería si continuara atado a la silla, devanándome mis pocos sesos para llenar, línea a línea, 500 páginas supuestamente interesantes o turbadoras o placenteras. Uno no debería estar dispuesto a que lo perjudiquen quienes lo aprecian. Como si no bastara con los otros.

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nexus6
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Mensaje por nexus6 » Dom Dic 29, 2013 12:19 pm

Castigar lo inexistente
29 de diciembre de 2013

Siempre me ha sorprendido que algunas personas inteligentes, además de infinidad de idiotas, puedan soltar frases del tipo “Amo a mi país”
–recientemente el escritor Stephen King, en estas páginas–. Me temo que no hay país en el mundo que se libre de ser “amado”, bien por sus ciudadanos, bien por extranjeros de visita que quieren hacer la pelota momentáneamente. Aquí, por supuesto, la frase se repite hasta la saciedad, sobre todo con Cataluña como objeto en los últimos tiempos. En toda ocasión son variantes de aquel famoso escrito de Tejero (recuerden, el guardia civil que asaltó el Congreso e intentó dar un golpe de Estado) en el que especificaba cómo amaba la paella y no sé qué otros folklorismos. En cuanto alguien trata de explicar la frase, cae en el más barato lirismo, la cursilería y el ridículo. Resulta inevitable, porque es un enunciado que no sólo es hueco, sino además un imposible. Un país –no digamos su nombre– es una abstracción, más allá de su geografía, sus fronteras estipuladas y su organización administrativa, una vez constituido como Estado, nacionalidad, región o lo que quiera que sea. En el mejor de los casos, es una convención, como lo son “la literatura” o “la ciencia” y casi todo lo susceptible de ser escrito con mayúscula a veces. Cuando alguien asegura “amar la literatura”, está diciendo, a lo sumo, que le gustan ciertas obras literarias, lo cual implica que le desagradarán muchas otras, aunque todas ellas sean “literatura”. Si alguien asevera “amar a España”, su afirmación está vacía de contenido, porque en España, como en todas partes, hay gente, y ciudades, y barriadas, y no digamos urbanizaciones costeras, que por fuerza le parecerán abominables. La frase es, así, indefectiblemente grandilocuente, oportunista y falaz; y a menudo demagógica, pronunciada para halagar a los patrioteros. Más honrado y veraz era aquel sargento de Juan Benet que arengaba a sus reclutas así: “Os voy a decir qué es el patriotismo. ¿A que cuando veis a un francés os da mucha rabia? Pues eso es el patriotismo”.

De la misma manera, es imposible “ofender” a un país, ni siquiera a través de sus símbolos, justamente porque éstos sólo son eso, figuraciones, símbolos, desde el himno a la bandera, pasando por la paella para Tejero y me temo que también para el Ministro del Interior Fernández Díaz y su jefe Rajoy, que es quien le da las órdenes. Pues bien, ese imposible ha sido elevado por estos dos sujetos a la categoría de “infracción grave”, sancionable con hasta 30.000 euros. Fue el estrambote a la Ley de Seguridad Ciudadana de la que hablé hace dos semanas. Serán multadas, proclamó el opusdeísta Fernández, “las ofensas o ultrajes a España”, y también “a las comunidades autónomas y entidades locales o a sus instituciones, símbolos, himnos o emblemas, efectuadas por cualquier medio”. Habrá que ver cómo definen “ofensas” y “ultrajes”, pero, dada la incapacidad de ese individuo para comprender la libertad de expresión, e incluso la democracia, hay que ponerse en lo peor; y como además no va a dejar nada fuera (imagino que en “entidades locales” entran hasta los municipios deshabitados), seguramente de aquí a poco será punible decir “Vaya mierda de pueblo”, o “Qué ciudad más espantosa”, o “Este país es un asco”. Hasta 30.000 al canto, si lo oye a uno un guardia; o un portero de discoteca, que ahora van a poder detenernos.

Ese pupilo de Escrivá de Balaguer se preguntó a sí mismo en su comparecencia: “¿Y qué es una ofensa a España?” Y como no había respuesta, ya que no puede existir tal cosa, vino a contestarse tautológicamente (como si hubiera aclarado: “Pues una ofensa a España es una ofensa a España”): “Por ejemplo, una manifestación en la que haya consignas o pancartas claramente vejatorias con España o una de sus comunidades, o sus símbolos, sus instituciones, la bandera de España, será considerada una infracción grave”. Es como si el diccionario, en vez de definir cada palabra, resolviera: “Agua: agua”, u “Orgullo: orgullo”. Muy útil. Pero algo quedó meridiano: si usted acude a una manifestación con una pancarta que rece “El Parlamento está lleno de sinvergüenzas”, le pueden caer hasta 30.000 del ala, por vejar a las instituciones. Lo mismo si corea “Madrid es un putiferio” o “La alcaldesa es una inepta”. No hablemos si llama “franquistas” a los miembros de este Gobierno, aunque crea usted estar haciendo una mera descripción objetiva y basada en las semejanzas, no ultrajando. Pero, como de costumbre, lo más alarmante está en la letra en la que no se repara: las ofensas infractoras serán las “efectuadas por cualquier medio”. Eso ha de incluir, por fuerza, radio, televisión y prensa escrita. Nuestro Gobierno avanza velozmente en su proceso “bolivariano”, por no volver a hablar de neofranquismo. No les extrañe que dentro de poco el iluminado Fernández y su jefe Rajoy saquen una nueva Ley de Prensa que deje en liberal la hoy vigente en Venezuela. El titular de Hacienda, Montoro, ya ha apuntado veladamente –si eso es posible, con su vocezuela– a los periódicos críticos con la purga desatada por él en la Agencia Tributaria contra los inspectores y cargos que, aun nombrados por su partido, eran demasiado honrados. El día en que un artículo como este se vea como “ofensa punible”, tendremos que hablar otra vez de prácticas dictatoriales, tras treinta y tantos años de democracia. Ojo, que estamos ya a pocos pasos.
Yo he visto cosas que vosotros no creeríais. Atacar naves en llamas más allá de Orión. He visto Rayos-C brillar en la oscuridad cerca de la Puerta de Tannhäuser. Todos esos momentos se perderán en el tiempo como lágrimas en la lluvia.Es hora de morir

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grognard
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Mensaje por grognard » Dom Dic 29, 2013 6:16 pm

“La alcaldesa es una inepta”


Aik, ve rectificanto la letra de la cansión, que nos metes en un marrón.
Y si te sirve el ripio, lo añades.

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aik
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Mensaje por aik » Lun Dic 30, 2013 2:38 pm

grognard escribió:
“La alcaldesa es una inepta”


Aik, ve rectificanto la letra de la cansión, que nos metes en un marrón.
Y si te sirve el ripio, lo añades.

¿Qué alcaldesa?
Que yo sepa, sólo hablamos de PePe Botella... 8)
"Son Españoles los que no pueden ser otra cosa". (Cánovas)

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Ada
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Mensaje por Ada » Mar Dic 31, 2013 5:46 pm

Javier Marías y la piratería
Dejará de escribir si su próxima novela vende menos que la anterior.
26 de diciembre de 2013. Estandarte.com

Qué: Javier Marías culpa a la piratería, los lectores de libro electrónico y las compañías telefónicas del descenso en la compra de libros, y anuncia que dejará de escribir si su próxima novela vende menos por estos motivos.

Para Javier Marías cualquier lector es un pirata hasta que se demuestre lo contrario. Cualquier lector pertrechado de libro electrónico en lugar de pata de palo y conexión a internet para navegar más rápido que en un velero bergantín, eso sí, según entendemos tras leer Las bandas de la banda ancha, el artículo sobre libro digital y piratería que el autor de Mañana en la batalla piensa en mí publicó el pasado domingo en su habitual espacio en El País Semanal.

En Las bandas de la banda ancha, Javier Marías anuncia que en un par de meses finalizará la escritura de su nueva novela, y desgrana las cifras que espera obtener con su venta: si su precio es de 20 euros, imagina que le corresponderán unos 2 por ejemplar vendido en papel, y si en libro electrónico cuesta unos 8 euros, percibiré alrededor de 0,80 por cada uno comprado legalmente, sigue calculando. Apunta posibles ventas iniciales, multiplica...

Antes habrá utilizado, también, las matemáticas: en este caso, para asombrarse ante la media de libros descargados según unas estadísticas cuya fuente no especifica. Tras una confusa metonimia —identifica Kindle con ebook de manera automática, como si el único lector de libros digitales fuera el comercializado por Amazon—, nos advierte que no cree que en un país como España —con tan bajos índices de lectura, añadimos nosotros—, el porcentaje de libros adquiridos legalmente sea de 0,6, frente a los 4,6 de la culta Francia o el 4'4 de Italia, país con fama de no ser muy honrado, según puntualiza. Estos números tampoco agradan a Javier Marías.

Pero tranquilo, lector de Javier Marías que quizá combina esta afición con la del libro electrónico, porque la reprimenda también se detiene en las compañías telefónicas, que son las que cobran y sacan tajada de mis dos años largos ante la máquina. Y es que Marías defiende que nadie trabaje gratis, recuerda que él sólo cobra si a los lectores les da la gana de leer lo que escribe, y tiene parte de razón, aunque los argumentos más sólidos los camufla entre presunciones de culpabilidad, ataques a unos y a otros y amenazas de retiro de la escritura: deberé plantearme si valdrá la pena acometer otra más adelante, a sabiendas de que mis posibles ganancias me las estarán esquilmando a lo bestia.

Puedes leer el polémico artículo de Javier Marías sobre el libro electrónico y la piratería aquí.

http://elpais.com/elpais/2013/12/19/eps ... 39474.html
Consuela saber que nadie a quien amas se quema en lo que arde. http://adacaramelada.blogspot.com.es

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nexus6
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Mensaje por nexus6 » Dom Ene 05, 2014 12:04 pm

Noches armadas de Reyes
5 de enero de 2014

Pérez-Reverte me está armando. Literalmente. Me está llenando la casa de armas, y la cosa, poco a poco, me va trayendo consecuencias. Para que nadie se escandalice con el puritanismo habitual de esta época, aclararé que se trata de réplicas inofensivas, pero tan bien hechas que parecen de verdad. Desde hace siete años, adoptó la amable costumbre de regalarme algo cada Navidad, quizá a raíz de la consulta que hube de hacerle sobre el funcionamiento de una vieja pistola Llama, para una de mis novelas. Él, ya saben, anduvo una larga temporada como corresponsal bélico, y entiende de estas herramientas. De hecho, por las descripciones que he leído en entrevistas, su casa debe de parecer, a estas alturas, un anexo del Museo de la Guerra. Así que, como casi todo coleccionista, me va inculcando su afición a golpe de cuchillos –moneda siempre por medio– y pistolas. La primera pieza, con todo, fue sólo un complemento: un bonito y favorecedor casco de los que llevaban los ingleses en la India, en Zululandia y en otros lugares, que se unió al salacot que ya tenía, heredado de mi padre. Como imaginarán, es imposible disponer de algo así sin caer en la tentación de ponérselo de vez en cuando. En una ocasión una periodista extranjera me pilló con el casco en la cabeza, le abrí la puerta sin acordarme de que me lo había encasquetado hacía un rato. “De expedición, veo”, no pudo resistirse a decirme. Luego vino una bayoneta de Kalashnikov, y a continuación un puñal Fairbairn-Sykes, inspirado en los de los gangsters chinos de los años 30 y que fue el utilizado por los comandos británicos de la Segunda Guerra Mundial. Y después otro, el de los marines americanos (los dos últimos de hoja pavonada, para que no reluzca en la oscuridad y delate al que los empuña). Y ahora llevamos tres Navidades con armas de fuego: primero un Colt, yo diría que el modelo de 1873, pero que Jacinto Antón no me haga caso. Le siguió una Webley & Scott de 1915, también británica, con su correa y todo, y que no desentona lo más mínimo con el casco colonial (llamémoslo así) que inició esta tradición.

No hace falta decir que le correspondo con alguna antigüedad, si la encuentro: un larguísimo catalejo que perteneció a un ballenero de Hull, un abrecartas forjado por un soldado de la Primera Guerra Mundial, pone “Yser”, así que debió de hacerlo alguien que detuvo a los alemanes en ese río, en octubre de 1914. Como ven, mis regalos son más civiles. Pero claro, a medida que se ha producido la escalada armamentística en mi piso, noto que Aurora, mujer alegre y encantadora que viene a trabajar tres mañanas por semana, me mira de vez en cuando con una mezcla de preocupación y lástima. Como es también muy discreta, nunca me ha dicho nada ni me ha preguntado por la paulatina proliferación, pero, según crece el arsenal aparente, debe de pensar: “¿Pero qué le está pasando a este hombre? Si antes era de lo más apacible”. En cuanto a Mercedes, asimismo encantadora y que trabaja conmigo otras tres mañanas, advierto que a veces lanza miradas aprensivas, primero a mí, luego a las armas expuestas sobre una mesa, luego a mí de nuevo, como si temiera que un día me voy a abalanzar sobre ellas y a organizar un estropicio. Y cuando viene la risueña Carme unos días, ella sí enterada de la procedencia, cada vez que descubre una nueva le entra un ataque de risa y no puede evitar burlarse: “Pero dónde vas con tanta pistola. Sólo te faltan unas cartucheras cruzadas y un sombrero en la nuca para parecer Pancho Villa”. En suma, me he convertido en motivo de preocupación, temor y befa para quienes me rodean. No quiero ni imaginarme cuál será el veredicto de los periodistas que por aquí aparecen. Concluirán que soy un fanático.

Este año ha tocado una Luger, la icónica pistola alemana de 1908, y a Arturo no se le ocurrió otra cosa que llevármela hace cuatro jueves a la Real Academia Española. Aprovechando el “recreo” –el intervalo entre sesiones, en el que nuestros colegas departen civilizadamente en la Sala de Pastas–, nos fuimos a un pasillo alejado para que me enseñara el funcionamiento. Así que allí estábamos los dos, jugando con la réplica de la Luger y probándola como críos (“¿Te imaginas que hubiéramos tenido una tan perfecta de niños?”, me decía Pérez-Reverte, y yo le contestaba: “Habríamos tenido que esconderla, nos la habrían confiscado”), cuando hubo un inesperado desplazamiento de venerables –bueno, la mayoría–, y nos pillaron con las manos en la masa, apuntando a los techos, amartillando y dándole una y otra vez al gatillo. Algunos nos miraron con reprobación (los más pacifistas), otros con severidad (filólogos y lingüistas sobre todo, varios no suelen estar para bromas), otros con sobresalto (los más aprensivos, debieron de creer que era de verdad la pistola y que podíamos soltar un tiro en la docta casa, profanándola), y unos pocos se acercaron a participar del juego. El Profesor Rico, para variar, nos soltó una impertinencia: “¿Leoncitos a mí?”, nos dijo. “Vaya par de macarras estáis hechos, tratando de amedrentar a las lumbreras”. En fin, no sólo ha fomentado el Capitán Alatriste la desconfianza de mis allegados en casa, no sólo ha conseguido que los periodistas me tengan por un maniaco, sino que ha echado por tierra el poco respeto que pudieran dispensarme mis colegas académicos, que ya me verán para siempre como a un pueril irresponsable, un inconsciente. Eso sí, las armas son todas preciosas.
Yo he visto cosas que vosotros no creeríais. Atacar naves en llamas más allá de Orión. He visto Rayos-C brillar en la oscuridad cerca de la Puerta de Tannhäuser. Todos esos momentos se perderán en el tiempo como lágrimas en la lluvia.Es hora de morir

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