Pérez-Reverte, Duke of Corso del Reino de Redonda

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nexus6
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Mensaje por nexus6 » Dom Sep 21, 2014 11:15 am

Javier Marías en Página 2
21 septiembre, 2014

Hoy domingo, a las 20,45 h, Javier Marías seré entrevistado por Óscar López en el programa Página 2 (La 2 de TVE). Hablarán de la nueva novela Así empieza lo malo (Alfaguara) que se sale a la venta el día 23.
Yo he visto cosas que vosotros no creeríais. Atacar naves en llamas más allá de Orión. He visto Rayos-C brillar en la oscuridad cerca de la Puerta de Tannhäuser. Todos esos momentos se perderán en el tiempo como lágrimas en la lluvia.Es hora de morir

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Ada
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Mensaje por Ada » Dom Sep 21, 2014 12:01 pm

Horroroso, si no habéis visto lo del parking de Soria, mejor que ni lo busquéis. Para arrancarse los ojos
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Ada
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Mensaje por Ada » Mié Sep 24, 2014 1:25 pm

Reseña en Babelia de "Así empieza lo malo":

LIBRO DE LA SEMANA »
La verdad imprudente
Ambientada en la Transición, la nueva novela de Javier Marías utiliza los secretos de un matrimonio para reflexionar sobre la oportunidad de la memoria histórica

JORDI GRACIA 23 SEP 2014 - 20:21 CEST9

Ésta es la historia de dos desgracias y un final feliz: la desdicha de una mujer, la desdicha de un "país sucio" (que es España, y así lo llama un personaje) y la felicidad de un espectador escarmentado, reflexivo y egoísta, que es el narrador de la historia. Pero Eduardo Muriel es el maestro: un prolífico director de cine raro, supongo que con elementos de Jesús Franco o Jess Frank (tío de Javier Marías), y quizá algún reflejo de Juan Benet, que contrata a un joven de 23 años para asesorarlo en tareas de traducción y secretaría en 1980. Mucho tiempo después, ese joven necesita contar esa breve temporada de convivencia con Muriel y su mujer (dos desgracias juntas), tan decisiva en su vida y también en su modo de asumir y entender la madurez. Así empieza lo malo es quizá la novela de Marías con trama más compacta, y quizá por eso se remata con un epílogo que recapitula y acaba la historia: la vida del narrador ha venido a reproducir diabólicamente las condiciones de la vida de Muriel y su mujer, aunque sin los errores ni el dolor de ellos: callando. Pero no hay sermón ni doctrina, obviamente: este Marías es Marías, impávido y suculento, incluidos algunos de sus manierismos (en particular en la primera mitad de la novela) e incluidas esas magistrales suspensiones narrativas que dejan absorto al lector mientras nada sucede pero todo está pasando.

El centro de la novela es la verdad y sus trampas, los secretos y sus desvelos: saberlos y descubrirlos, saberlos y callarlos. Suena a chismografía barata, pero es la vida de cada día, y por descontado la vida de cada día de cada uno de nosotros con sus secretos dispuestos a convertirse, a la mínima oportunidad, en seísmos devastadores: tú no eres quien dices, la razón de aquel acto fue otra, lo hice por lo que no has imaginado nunca, no quise que lo supieras y ya lo sabes. Lo que redime esta dimensión sumisa es el tejido verbal de la novela, su arquitectura desveladora y la conformidad del narrador en ser espía e interlocutor reflexivo de otros, sobre todo de Muriel. Supo lo que no quería saber, y su mujer, una irresistible Beatriz, lamentará hasta su muy próxima muerte haber desvelado, en un ataque de furia, un secreto antiguo. Ese será el motor que amasará de amargura la vida de ella y en gran medida la de su marido. ¿Con los secretos del pasado colectivo sucede lo mismo?

Porque la historia de Muriel y su mujer es sólo el ángulo privado para un enfoque colectivo sobre la España que sale de la dictadura con una reconversión acelerada de múltiples biografías ligadas al franquismo y, de golpe y en apariencia, desligadas de él y hasta prestigiosamente antifranquistas. La novela desvela unos cuantos camelos y camelistas con ensañamiento pero sin nombres propios, aunque sí alusiones. Hacia 1980 se saben demasiadas cosas de demasiados médicos, abogados, arquitectos, profesores como para que todos comulguen con la versión naíf y disfrazada de su pasado. Verdades omitidas y mentiras consentidas fueron parte de la Transición, y no hay reprobación en la novela de ese enjuague. Pero no todos los secretos y silencios fueron iguales ni todos actuaron como ese médico que dota a la novela de una dimensión trágica y maldita que a ratos se hace turbadora: quién sabe dónde está lo más justo en ese caso, en cada caso conocido de primera mano y con detalle.


Con todo, la novela decae hacia la mitad de sus páginas —las que ceden a la pasión cinéfila del autor, las que se acercan al retrato de costumbres, aunque brille de nuevo algún personaje real, como Francisco Rico o, mejor, la caricatura socarrona y fantasiosa que de él saca Marías. Se resiente el engarce entre los motivos iniciales y las 200 páginas últimas, pero éstas son trepidantes narrativa y reflexivamente, con el lector entregado a la agobiante espiral de la verdad y de lo justo: la verdad secuestrada por interés espurio, la verdad oculta por razones legítimas, la verdad callada por los efectos canallescos de revelarla, la verdad protectora, la verdad imprudente. Y el rencor que desata no haber sabido antes. La novela desafía así el ardor juvenil por la verdad a toda costa para cavilar sobre episodios que pueden merecer el olvido, al menos cuando desempolvarlos comporta tantas dosis de venganza o de rencor como de consuelo pacificador.

Por supuesto, Marías no está por silenciar el pasado ni enterrar a los historiadores, sino por sacar de encima de esa pasión su falsa inocencia, su esquematismo o incluso su uso "desaprensivo", como lo llama Mainer en la edición actualizada de Breve historia de la literatura española, a propósito de Ayer no más, de Andrés Trapiello. Por eso Marías narra las condiciones de lo real vivido e íntimo con meditaciones que emparentan esta novela con otras espléndidas y recientes de autores algo más jóvenes que él, como el citado Trapiello, Javier Cercas o Ignacio Martínez de Pisón. Tu rostro mañana ya estaba entre las mejores; hoy lo está también esta desazonante, valiente y a menudo turbadora Así empieza lo malo.

Así empieza lo malo. Javier Marías. Alfaguara. Madrid, 2014. 534 páginas. 21,50 euros (electrónico, 9,99)
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Ada
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Mensaje por Ada » Mié Sep 24, 2014 4:22 pm

En El País

Javier Marías también rechazaría el premio Cervantes

ÁNGEL LUIS SUCASAS

No faltó humor en la presentación de Así empieza lo malo, la novela número catorce en el universo literario de Javier Marías (Madrid, 1951). En el Círculo de Bellas Artes de Madrid, el autor ha hablado de la inesperada chispa que descubrió en Rajoy ayer, de cómo Gallardón, desjusticiado, tal vez busque justicia por su cuenta y de que la gente hoy en día, así en general, "está loca". Pero una de sus sonrisas más genuinas la esbozó cuando llegó la pregunta de si "perdonaría" que le concedieran el premio Cervantes, que se falla en noviembre: "No. Cuando rechazé el Premio Nacional de Narrativa [por Los enamoramientos] ya dije que no aceptaría ningún galardón, ni invitación del Gobierno. ¿Quién paga el Cervantes? Pues ya tiene su respuesta".

También se adelantó a las chanzas que se quieran hacer si su nueva obra no gusta: "Desde la primera página uno descubre que en vez de Así empieza lo malo debiera titularse Así empieza lo peor. Como es facilón, prefiero hacer el chiste yo". Pero no es su novela precisamente una comedia. En realidad es una prolongación más de esa "gran novela" en temas y a veces hasta en personajes que lleva escribiendo desde que debutó a los 19 años con Los dominios del lobo (1971).


Portada de la nueva novela de Javier Marías, 'Así empieza lo malo'.
En Así empieza lo malo traza un triángulo entre un matrimonio en podredumbre —el de Beatriz Noguera y Eduardo Muriel, cineasta español con parche, como John Ford— y ese personaje testigo de intimidades que tanto explota la literatura. Marías carga al voyeur con el peso de los años, porque la acción que recuerda sucede en la España del 81, antes (y no es baladí para la historia) de que se permita el divorcio, pero el personaje se encuentra en la España del aquí y ahora. "Esta es una novela de personajes. De la vida privada. Como se dice en la obra, cuenta una historia tenue, de las que muchas veces no salen del ámbito íntimo".

Pero Así empieza lo malo también tiene una "posible" lectura política. Muy relacionada con dos períodos clave del siglo XX español: la Transición y la Posguerra. Marías defiende la primera, aunque luego se haya "torcido" y reconociendo lo difícil de asumir la amnistía total para el régimen franquista: "No hay nada perfecto, pero tengan en cuenta que llevamos 40 años con un país normal —con elecciones, con partidos políticos— cuando la normalidad en España se contaba por trienios". De la segunda dice cosas más duras en su novela. Página 46: "Algunos individuos notables que habían apoyado a Franco [...] comenzaron a fraguarse biografías ilusorias, a presumir de demócratas desde la época ateniense y a proclamar que su antifranquismo venía de antiguo, cuando no de siempre". Un poco más adelante, en la página 50, una advertencia desde el pasado al presente de ese cineasta tuerto y larguirucho que prefiere pensar tumbado en el suelo: "Tardará en olvidarse cómo somos o cómo podemos ser, y además con facilidad, basta una cerilla".

Que haya púas en ciertos pasajes no quiere decir que Marías se haya puesto la toga de juez. Porque para el escritor madrileño la "moralina" en los temas es lo que el "adorno" a la prosa: "Es ridículo que en el siglo XXI un escritor se dedique a dar lecciones, tomar partido o algo que se le parezca". Eso sí, bromear no le molesta, como con las declaraciones del presidente Rajoy ayer tras el gran fiasco de su legislatura, la reforma fallida de la ley del aborto: "Por una vez me han parecido chistosas. Una de las razones que adujo para esta retirada fue: 'Hombre es que no se puede tener una ley que un nuevo Gobierno vaya a cambiar al día siguiente de ganar las elecciones'. Pues hombre para eso cambie la de educación, la de tasas judiciales...".
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El_Curioso_Impertinente
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Mensaje por El_Curioso_Impertinente » Mié Sep 24, 2014 7:32 pm

Un día he de atreverme con alguna novela de Javier Marías. Lo intenté con "Negra espalda del tiempo" y me aburrí como una beata en una orgía. ¿Alguna recomendación, Adita? :D
Todos los seres humanos cometen errores, pero algunos seres humanos cometen más errores que otros y a ésos se los llama "tontos" (Fray Guillermo de Baskerville).

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Ada
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Mensaje por Ada » Mié Sep 24, 2014 10:19 pm

Pues este verano me he zampado "Tu rostro mañana" y en su día "Los enamoramientos",conservo buen recuerdo también de mi adolescencia "Mañana en la batalla piensa en mí", no tanto de "Corazón tan blanco", aunque no sabría explicar los motivos. Tendré que releer tooooodos .
Te recomiendo Tu Rostro mañana y Los enamoramientos, creo que son las obras con las que dio un paso más allá en la Literatura.
Esta semana comienzo el nuevo


Cierto lo que dices acerca del amuermamiento en la lectura, recuerdo que estaba en la piscina con el segundo tomo de Tu Rostro Mañana y me estaba empezando a poner un poco nerviosa, le pregunté a una amiga:
- ¿Te puedo pedir un favor?
- Claro
- Pero es un favor que me cuesta a mí tanto pedírtelo como a tí concedérmelo
- ?¿?¿?¿

Pues eso, lleva 60 páginas dando vueltas sobre NADA para resumirlo en esa escueta conversación. Si logras "desprenderte" de la trama, creo yo, se puede disfrutar de veras de los textos, paladear el estilo. Y tampoco es que las tramas no estén bien hilvanadas y no sean originales, no es eso. En mi caso, Marías es tan denso que tengo que elegir, y estoy en un momento en que disfruto mucho con la forma.
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nexus6
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Mensaje por nexus6 » Dom Sep 28, 2014 10:10 am

‘Si yo fuera catalán’
28 de septiembre de 2014

Poco después de la Diada, se me preguntó en una entrevista por Cataluña, y contesté que hasta ahora no le había dedicado aquí una columna entera principalmente por dos razones: una, para no bailar al son de Mas, Junqueras y Forcadell, como lleva haciendo todo el mundo desde 2012; dos, porque me cuesta sentir el menor interés por esa cuestión. Si a mí me daría lo mismo que dejara de existir una nación llamada España en pro de un conjunto más amplio, Europa, no me pidan que comprenda el empecinamiento de una porción de catalanes en tener pasaporte propio, embajadas, selecciones deportivas y un ridículo ejército, como ha previsto la susodicha Carme Forcadell, esa especie de monja a la vez mandona y presumida, elevada a la categoría de “madre de la patria” pese a su inmensa capacidad para soltar sandeces como la siguiente, el 11 de septiembre: “Hoy, 300 años después de la derrota, hemos recuperado Barcelona”. Supongo que quería decir que la Cataluña más cerril se la había arrebatado a los barceloneses peligrosamente cosmopolitas, porque ya me explicarán a quién, si no.

Es cierto que Cataluña posee unas características muy marcadas, una lengua y una tradición cultural muy fuertes, y que su status no debería ser el mismo que el del resto de comunidades. Es respetable que muchos de sus habitantes deseen ser independientes, sin más razón que su voluntad o antojo. Pero uno se pregunta qué ha pasado, de 2012 a hoy, para que todo eso se haya exacerbado. Tras siglos de convivencia –casi nunca forzada–, ¿ha ocurrido algo muy grave? ¿Ha habido, por ejemplo, un amotinamiento de la población brutalmente reprimido por la Guardia Civil? ¿Se ha suspendido el Estatuto de Autonomía? ¿Se ha destituido o encarcelado al Presidente de la Generalitat? ¿Ha sucedido algo tan imperdonable como para prender la mecha, para que se tome una determinación tan tajante como escindirse de España? Uno no lo ve, aunque se esfuerce. Pequeñas afrentas, sí: una no pequeña la inició la tontuna de Zapatero, la prosiguió el PP al impugnar el nuevo Estatut aprobado en referéndum y la remató el Tribunal Constitucional al darle la razón a ese partido incompetente. Gran tacto el de todos ellos. Pero ¿en verdad es eso tan insoportable e irreversible como para crear la contagiosa fiebre, para romper todo vínculo? No olvidemos que ese nuevo Estatut se molestó en votarlo un número más bien exiguo de catalanes. El día de la consulta no pareció importarle tanto al conjunto. Y menosprecio catalán a los demás lo hay a diario.

Huele a artificial esa fiebre. Se propaga cuando en España hay un Gobierno del PP del que uno entiende que cualquiera quiera separarse. Cuando hay una aguda crisis económica. Cuando la Generalitat se anticipa a Rajoy en sus recortes, de modo que los catalanes los padecen por partida doble. Todo esto pasa inadvertido porque desde hace dos años no hay más urgencia ni asunto que la independencia. Es como si a los catalanes se los hubiera narcotizado o hipnotizado con eso, y hubieran dejado de existir los demás problemas y abusos, que sufren tanto como el resto. Una gigantesca cortina de humo para tapar que CiU y ERC llevan a cabo políticas tan feroces y derechistas como la del PP. Apenas se diferencian.

Personalmente, me traería sin cuidado que Cataluña se independizara, y me consta que lo mismo les ocurre a no pocos madrileños, que piensan: “Pues bueno, y allá se las compongan”. Ahora bien, si yo fuera catalán estaría aterrado ante la posibilidad. Intento imaginarme un Madrid independiente (ya sé que no es comparable, pero al fin y al cabo somos sólo un millón menos que en Cataluña). Un Madrid aislado, al que no salvarían de vez en cuando Andalucía, Asturias, Aragón o la propia Cataluña. Al que tampoco salvaría nunca la Unión Europea, de la que estaríamos excluidos. Un Madrid que quedaría a merced del PP durante décadas, si no para siempre. En el que el partido gobernante haría lo que le diera la gana sin cortapisas y sin rendir cuentas a nadie. Lo decisivo de una independencia no es el hecho en sí, sino en manos de quién queda uno, sin que nadie pueda venir en nuestra ayuda. El panorama catalán no es mucho mejor, en ese aspecto: una casi segura alternancia de CiU y ERC. El primero con todas las trazas de ser tan corrupto como el que más en España, tan dedicado a los negocios (y no al bienestar de los ciudadanos) como el PP. El segundo, además de calamitoso, frívolo y aventado, parece tener una dificultad congénita para entender la pluralidad y la democracia, así como nula idea de cómo gobernar, y quizá por eso se resiste a entrar en la Generalitat. La única vez que lo hizo, en tiempos recientes, fue en el llamado “tripartito”, con las responsabilidades difuminadas, y aun así su relativo mando resultó desastroso.

Esa es la cuestión. La independencia, muy bien. El aislamiento, lo sobrellevaremos y nos bastamos. Pero ¿en qué manos quedamos? ¿Quién podrá venir en nuestro auxilio si las cosas salen mal o nos arrepentimos? Yo doy gracias a que España no esté sola y dependa no sólo de Europa, sino del conjunto de sus comunidades, lo cual impide dictaduras o que ningún Gobierno se eternice. Eso no sucedería en un Madrid independiente, me temo, ni en una Cataluña independiente, estoy casi seguro. Así que lo dicho: con las perspectivas actuales, si yo fuera catalán tendría pánico.
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grognard
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Mensaje por grognard » Lun Sep 29, 2014 4:21 pm

Es pura casualidad. El otro día puse "camama" y "estafa" en el google y me salió esto.

http://contraperiodismomatrix.com/manuf ... alfaguara/

Manufactura y venta de Javier Marías: la camama cultural prefabricada por PRISA-El País-Alfaguara
LA ESTAFA EDITORIAL DE UN CIEGO Y PARALÍTICO VERBAL

Bla, bla, bla...
El lector pseudoprogre aborregado de Marías solo tiene un nombre: “retropanolis“, lo cual me recuerda a mi hermana mayor, lectora de El InframinisubPaís, que no ha leído un libro en su puta vida -pero va de lectora de tipos com éste- y a la que siempre llamé “neurona estreñida”.
...bla, bla, bla.

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Ada
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Mensaje por Ada » Lun Sep 29, 2014 4:50 pm

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nexus6
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Mensaje por nexus6 » Dom Oct 05, 2014 11:26 am

‘Aventuras criminales’
5 de octubre de 2014

Seré yo el anómalo, como de costumbre. Sin duda por eso la mayoría de las “iniciativas” actuales me parecen imbecilidades, en el mejor de los casos puerilidades. Muchas son inocuas y por tanto carecen de trascendencia, pero, no sé, me cuesta entender que los “cebos” para recaudar fondos y luchar contra enfermedades consistan en que unos corredores barceloneses hagan una carrera por las vías del metro (donde no hay paisaje ni aire), o en que un montón de celebridades mundiales se echen encima cubos de agua helada. Al parecer, la gente paga por verlo (por qué eso atrae, para mí es un misterio) y así hay más dinero para buscar la cura de no sé qué dolencia. Nada mueve tanto a la solidaridad como las maratones, que se celebran todos los domingos del año, arrebatando así las ciudades a los sufridos transeúntes, que ya no pueden pasear jamás por sus centros en día festivo. A esto se añaden las “diversiones”, fomentadas invariablemente por los ayuntamientos cretinos. ¿Qué me dicen de los llamados “perrotones” –el mero nombre merece castigo–, en que los desconsiderados dueños de perros interrumpen el tráfico para trotar, todos juntos, en compañía de sus pobres y desdichados perros (desdichados por padecer a tales amos)?

Pero hay cosas que sí tienen repercusiones, y que cuestan la vida a otros o se la ponen en peligro. Comprendo que al que no le quede más remedio –admirables corresponsales, médicos, ingenieros, alguien a quien obliga su empresa– viaje a países intransitables y feroces, que por desgracia hoy son muchísimos. Ya me resulta más difícil que haya tantos “cooperantes” y “voluntarios” y miembros de ONGs que, ni cortos ni perezosos, se trasladen a regiones árabes o africanas en las que, por su mera condición de occidentales, pasarán a ser codiciadas presas para secuestros, chantajes y –a la postre– financiación de terroristas. Se sabe que gran parte del dinero del que dispuso al principio el autodenominado Estado Islámico procedía de los rescates abonados por España, Francia, Italia y otros países para salvar a compatriotas rehenes. Es fuerte la tentación de pagar lo que sea (todos los Gobiernos niegan hacerlo, pero los únicos que no mienten son los Estados Unidos y el Reino Unido). Y, sin embargo, con cada cesión se está fortaleciendo económicamente a los terroristas y se los anima a seguir recaudando por el mismo procedimiento. Cada vez que un rehén es soltado, respiramos con alivio y nos alegramos, y no solemos pensar que esa liberación va a suponer más secuestros y más armamento con el que se asesinará a mansalva. Sabiéndose todo esto desde hace tiempo, lo que uno no concibe es que los “cooperantes” no refrenen sus ansias de ayudar en zonas impracticables. Cómo no se dan cuenta de que lo más probable es que les salga el tiro por la culata y, en vez de ser útiles a nadie, se conviertan en un gigantesco problema, para sí mismos y para todo el mundo.

Una característica de estos tiempos es que pocos se piensan las cosas dos veces, antes de hacerlas. “Me apetece esto y, si surge un contratiempo, que me saquen las castañas del fuego”, parece ser la divisa imperante. No quisiera estar en la piel de ese montañero que este verano se rompió un tobillo en los Picos de Europa (creo). Un helicóptero de la Guardia Civil fue a socorrerlo, y sus tres ocupantes se mataron en el intento. Hay autonomías que se plantean, o han aprobado, cobrar a los excursionistas negligentes el costo de sus rescates. Es lo de menos, no todo se puede tasar en dinero. Lo grave es que alguien –y hoy son legión– decida correr una aventura que, en el caso de torcerse, puede poner otras vidas en riesgo, y eso sucede en demasiadas ocasiones. Quizá ese montañero no fue imprudente, o acaso lo fueron los tripulantes del helicóptero (lo ignoro, tal vez todo fue pura mala suerte), pero, si yo fuera él, no podría evitar tener sobre mi conciencia, al menos en parte, la muerte de esos tres guardias civiles. “Si no me hubiera subido al monte”, pensaría, “seguirían vivos esos hombres”. En un reportaje de J.A. Aunión en este diario leo unas declaraciones sobre el “auge” del montañismo: “Además, se observó que, cuando los rescatados eran entrevistados por los medios, no eran conscientes de lo que habían hecho y de lo que había supuesto su rescate, dando una sensación de haber tenido una aventura divertida”. Sin duda habrá numerosas excepciones: gente responsable y preparada, que intentará valerse por sí sola y no subestimará la montaña. “El monte ya no impone respeto”, era sin embargo el titular de esa crónica. Y en ella señalaba alguien: “Antes a la montaña sólo iban la gente de los pueblos y los montañeros federados; ahora va todo el mundo”. Sólo en Cataluña hubo 697 rescates en 2013, una media de casi dos diarios, lo cual parece una locura tratándose de actividades para las que no muchos estarán entrenados. Ese es el problema: hay demasiadas personas que lo quieren hacer todo, estén o no facultadas para ello. Personas maleducadas, imbéciles, criminalmente frívolas a menudo. Nada que objetar a que se pongan en peligro si se les antoja. Eso sí, siempre y cuando asuman que es bajo su responsabilidad exclusiva. Que el Estado no tiene por qué pagar una suma millonaria para liberarlas de terroristas, ni otros individuos jugarse el cuello por sacarlas de la cueva en la que se han metido o del risco al que han trepado.
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Mensaje por remolina » Mar Oct 07, 2014 1:08 pm

No me parece comparable un montañero o un ciclista, o una tía vestida de novia, que corren un riesgo en su propio beneficio y para su propio disfrute, que un cooperante o voluntario que va a ayudar a gente que está dejada de la mano de Dios. A mí no me parece lo mismo. :wink:
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Mensaje por Victoria » Mar Oct 07, 2014 3:09 pm

A mí tampoco.
Por cierto, ¿ha olvidado citar a los fotógrafos, corresponsales de guerra y demás?
La única salvación de los vencidos es no esperar salvación alguna.

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Ada
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Mensaje por Ada » Mar Oct 07, 2014 3:46 pm

Victoria escribió:A mí tampoco.
Por cierto, ¿ha olvidado citar a los fotógrafos, corresponsales de guerra y demás?

2º párrafo 3ª línea

Me pregunto su opinión, y ya puestos, la de AP-R en relación al espeleólogo recién rescatado en Perú
Sobre este citado rescate:
http://www.eldiario.es/campobase/notici ... 70011.html
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Mensaje por Victoria » Mar Oct 07, 2014 4:38 pm

Gracias Ada, se me había pasado, estoy fatal hoy.
Eso de que "no les queda más remedio" es relativo, creo yo. No sé, a mí la labor de los cooperantes (educadores, personal sanitario de todo tipo, mediadores en conflictos, abogados, economistas, técnicos especializados... A los que muchas organizaciones no sólo exigen un perfil bastante específico antes de seleccionarlos, tanto a nivel curricular como de personalidad, digamos, sino que además dan formación complementaria antes de mandar a nadie a ninguna zona problemática o caliente), me parece fundamental, qué queréis que os diga.
De hecho, muchos (de entre los pocos) periodistas, no digamos ya fotógrafos, que aún se desplazan para cubrir zonas conflictivas son freelances que van por su cuenta y riesgo, así que van jugándose el pellejo y menos obligados aún, sin cobertura ninguna y sin tener quien les saque de allí si la cosa se tuerce. No sé qué pensará de ellos, ya que no les obliga ningún contrato a desplazarse.
Nadie les obliga. Ni a ellos, ni al turista sin dos dedos de frente que decide que es muy diver hacerse la foto en un tour exótico por una zona de elevada conflictividad, ni al montañero que hay que bajar de 6.000 metros de altura (¿os parece igual de mal el que se queda por pura inconsciencia que el que lleva toda la vida escalando y es consciente de los riesgos y los asume sin poner en riesgo a nadie que el que sube el Everest o el K2 a golpe de talonario y porteadores y cuya subida pone en riesgo a tres o cuatro o cinco personas más como mínimo?), ni al ingeniero que también es libre de dejar ese curro ni al de Médicos sin Fronteras.
Lo que pasa es que unos están prestando un servicio importante a gente bastante desprotegida y que vive en situaciones miserables y otros no. Unos lo hacen conscientes de lo que se juegan y otros tal vez no.
En todas partes hay inconscientes y cosas que pagamos todos. También pagamos los rescates de quien se mete a nadar o con la moto de agua en zonas prohibidas y luego toca enterrar a quien se ahoga intentando sacarle (eso lo he visto yo un par de veces). Y el que se metió a nadar tan campante secándose en el barquito que pasaba por allí y el chaval que se metió o los del equipo de rescate allá en el fondo del mar hasta unos días después si es que se les logra sacar. Por poner un ejemplo. Ejemplos con imprudencias al volante seguro que conocemos todos, pero ésas no suelen ser noticia.
Por cierto, lo de plantearse el cobro del importe total o parte de ciertos rescates en montaña llevo años oyéndolo. Me pregunto si en España se aplica en algún sitio o no.
La única salvación de los vencidos es no esperar salvación alguna.

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nexus6
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Mensaje por nexus6 » Dom Oct 12, 2014 11:01 am

‘Hasta cuándo esperan los libros’
12 de octubre de 2014

Algunos agostos aprovecho para echar un vistazo a los numerosos Babelias –suplemento cultural de este periódico– que durante el resto del año no he tenido tiempo de leer, ni de hojear siquiera. Como no descarto hallar algo interesante en ellos, los aparto para mejor ocasión, ahora llegada. Todos sabemos que la lectura de diarios atrasados provoca melancolía. Cuán grave parecía tal noticia en el momento de producirse, pensamos, y al poco se quedó en nada, una gran falsa alarma. O bien: nada ha cambiado, los políticos –sobre todo ellos– siguen hoy exactamente igual que hace un año, con sus sandeces, sus falacias, sus frases inconexas y vacuas, sus minúsculas querellas que a casi nadie importan pero a las que la prensa presta atención desmesurada. O bien: qué ingenuos y optimistas fuimos, al creer que tal o cual cuestión estaba ya arreglada o amansada, y ahora está más virulenta que nunca. O bien (lo más evidente): qué nuevo era esto o aquello, y qué viejo se ha hecho en muy poco tiempo. Qué novedosos resultaron Obama o Francisco I, y cuán velozmente nos saturamos de ellos; la anhelada independencia de Cataluña se ha convertido en asunto vetusto, como las ya descoloridas y casi raídas esteladas que proliferaron en los balcones en 2012: si algún día se alcanza esa independencia, parecerá un hecho anacrónico, anticuado, y es probable que la población lo acoja con indiferencia, si es que no con cansancio. Hasta Felipe VI empieza a semejar rutinario, y en breve lo será Pedro Sánchez, flamante secretario general del PSOE.

Un suplemento literario, sin embargo, debería estar más a salvo de la fugacidad y del rápido envejecimiento de cuanto acontece. Los libros siempre esperan, suelo decir a los lectores que se “disculpan” por no haber leído “todavía” tal o cual novela mía; los libros son pacientes y están acostumbrados a aguardar su turno, que a veces llega al cabo de décadas y a veces no llega nunca. Así solía ser tradicionalmente, pero quizá ya no. Uno va mirando las críticas que aparecieron hace seis o doce o más meses. Lamento decir que la mayoría no son en sí mismas atractivas: en poquísimas hay una idea, o una consideración llamativa sobre algún aspecto literario o sobre la literatura en su conjunto. Tampoco logran invitar a asomarse a las obras objeto de su comentario. En este agosto de Babelias esperaba elaborar una nutrida lista de títulos que me hubieran pasado inadvertidos o de cuya existencia no me hubiera enterado. Lo cierto es que no he anotado ni uno. Apenas ha habido reseñas (con excepción de las que escribía Guelbenzu acaso, pero él hablaba casi siempre de obras traducidas y más bien clásicas que ya conocía; con la de algunas de Manguel y quizá de alguien más) que me hayan incitado a salir corriendo a la librería, sólo fuera por la curiosidad despertada. Los apabullantes elogios que han recibido demasiadas novelas, poemarios y ensayos me han producido un efecto anestesiante, por sonarme a maquinales, o a “obligados”, o a insinceros, o a gratuitos, o a convenientes. Alabanzas sin alma, por decirlo de manera cursi; palabras apasionadas escritas sin pasión reconocible, como si nos hubiéramos acostumbrado en exceso a manejar sólo envoltorios.

En esos Babelias ya viejos veo una desproporcionada atención a lo que viene de las dos principales Américas, la de nuestra lengua y la anglosajona. En lo que respecta a la primera, da la impresión de que haya un voluntarismo rayano en la adulación, como si fuera forzoso insistir en que hay cien “genios” en México, en la Argentina, en Colombia, en el Perú, en Chile, en cada país de habla española. Y no hay ni nunca ha habido cien genios a la vez, ni siquiera en el mundo entero. En cuanto a lo procedente de los Estados Unidos, se trata casi todo ello con una especie de beatería, o de provincial papanatismo, cuando la literatura de ese país (con sus salvedades) lleva decenios alumbrando a menudo obras parecidas entre sí, repetitivas, casi clónicas. Anticuadas para mi gusto, y sin embargo saludadas una y otra vez como lo más innovador del planeta. Los genios estadounidenses no son cien, sino mil por lo menos. Lo más desasosegante de este repaso es comprobar qué se ha hecho de todas esas obras maestras al cabo de unos meses. La inmensa mayoría ha pasado sin pena ni gloria; sólo los exaltadores críticos han visto su importancia, y sus consejos han caído en el vacío para la población lectora. Ni siquiera da la impresión de que esos libros esperen, como lo hacían antaño todos. Más bien parece que la oportunidad se les haya pasado, para siempre. O hasta que una película de éxito basada en ellos vuelva a señalarlos, pero contar con eso es como jugar a la lotería. Al leer todo seguido sobre esos libros jaleados y encumbrados, que no obstante es como si no existieran, uno se pregunta por qué escribimos tantos y no puede por menos de acordarse de los casos contrarios: de Moby-Dick, por ejemplo, se imprimieron menos de tres mil ejemplares en 1851, y a la muerte de Melville, en 1891, era un título inencontrable, al que gran parte de la crítica había puesto verde. Casos como el suyo son la única esperanza inútil a la que nos podemos aferrar los que hoy escribimos: a que un día un libro logre elevarse por encima de la confusión de denuestos y elogios y del magma siempre creciente. Lo malo es que, si se produce, no lo veremos ni sabremos, como no lo vio ni supo Melville con su enorme ballena blanca.
Yo he visto cosas que vosotros no creeríais. Atacar naves en llamas más allá de Orión. He visto Rayos-C brillar en la oscuridad cerca de la Puerta de Tannhäuser. Todos esos momentos se perderán en el tiempo como lágrimas en la lluvia.Es hora de morir

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nexus6
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Mensaje por nexus6 » Dom Oct 19, 2014 9:50 am

‘Por qué no están en el manicomio’
19 de octubre de 2014

Hace ya años que vengo observando una extraña costumbre de la prensa española que no me explico y que da que pensar. Que los periodistas mienten y manipulan es sabido desde hace siglos; que a veces inventan noticias inexistentes, y que ocultan o callan otras, según su conveniencia o sus órdenes y consignas. A estas alturas, nadie debería ser tan ingenuo para creer sin más lo que se nos cuenta en un diario, la radio o la televisión, no digamos en Internet. Obviamente, hay medios más tendentes a tergiversar que otros, o a falsear, y algunos resultan transparentes hasta la puerilidad. Uno diría que los lectores, oyentes o espectadores de éstos se han tenido que dar cuenta y los habrán abandonado, o por lo menos habrán aprendido a poner entre paréntesis o en cuarentena cuanto procede de ellos. Sin embargo no es frecuente que sea así. También sabemos que muchos individuos desean enterarse sólo de lo que previamente les gusta o aprueban, pretenden ser reafirmados en sus ideas o en su visión de la realidad nada más, y se irritan si su periódico o su canal favoritos se las ponen en cuestión. Sólo aspiran a ser halagados, a cerciorarse de lo que creen saber, a que nadie les siembre dudas ni los obligue a pensar lo que ya tienen pensado (es un decir). Nuestra capacidad para tragarnos mentiras o verdades sesgadas es casi infinita, si nos complacen o dan la razón. El autoengaño carece de límites.

Pero cuanto más maduro se hace el mundo cronológicamente, más parecen crecer el infantilismo y la credulidad. Alguien suelta un bulo en Internet y de inmediato se le da carta de naturaleza y corre como la pólvora, pocos se cuestionan su veracidad. No son raras las ocasiones en que dichos bulos alcanzan hasta a la prensa “seria y responsable”, la cual se molesta a veces en rectificar y a veces no. En todo caso el rumor ya queda ahí, “flotando”, y es difícil que no prospere, demasiadas personas se quedan sólo con la primera versión, que pasa a formar parte de lo “acontecido”. Los únicos que acaban por ser desmentidos son los relativos a la muerte de alguien que continúa vivo. Al ver imágenes posteriores del personaje, en movimiento y hablando, la gente acepta que su fallecimiento no tuvo lugar. Es una de las ventajas de las imágenes, que desmienten una falacia o demuestran una verdad.

De ahí que lo que vengo observando en nuestra prensa me resulte tan inexplicable como alarmante, una tentativa de ahogar la fuerza de esas pruebas, de negarlas, de presentarlas con unas palabras previas que “anulen” lo que el espectador va a ver a continuación, o con un titular que no se corresponde con la información. Pondré ejemplos inocuos, no de política (ámbito en el que la cosa clama al cielo), sino de fútbol. Uno está viendo un partido más bien malo y aun soporífero, pero los comentaristas –seguramente porque es su cadena la que lo está ofreciendo– no paran de insistir en el “impresionante duelo” al que estamos asistiendo; repiten que la actuación de tal o cual jugador es “de escándalo” mientras uno no le ve más que vulgaridades, o que ha metido “un golazo para quitarse el sombrero” cuando se ha limitado a empujar el balón tras un rebote. Uno se pregunta si no entienden nada de ese juego en el que presumen de “expertos” o si se han vuelto locos. Pero, si incurren en semejantes despropósitos, debe de ser porque han comprobado que su palabra demente logra convencer a no pocos de que ven efectivamente lo que ellos les aseguran que ven. Aún más llamativo este ejemplo reciente: el locutor del telediario de TVE (cadena hoy falaz donde las haya) anuncia que Mou¬rinho ha “arremetido contra Cristiano” y además ha manifestado su deseo de regresar al Real Madrid. Acto seguido aparece el vídeo de Mourinho, y uno descubre que nada de lo anunciado es cierto. Lo que ese técnico dice es que ahora no tiene relación con Cristiano, puesto que éste es jugador del Madrid y él entrenador del Chelsea. Lo cual es normal (cada uno vive en un país), y la “arremetida” no se ve ni oye por ningún lado. Tampoco expresa ganas de volver al Madrid, sino que dice que no se arrepiente de su experiencia en este club y que, de retroceder en el tiempo, volvería a aceptar el puesto, como hizo en su día. Su deseo de “regresar” no se manifiesta en absoluto. Al día siguiente, no obstante, numerosos medios repiten no lo que han tenido oportunidad de ver y oír, sino lo que el torticero locutor de TVE (ya sé que esto es redundancia) anunció que había pasado. ¿Cómo es que se miente con tamaño descaro, y además justo antes o después de mostrar lo que desenmascara el embuste? No me cabe duda de que la operación está estudiada. Al mundo se lo toma por tan tonto (quizá haya llegado a serlo) que los responsables de los medios saben que una imagen, lejos de valer más que mil palabras, es fácilmente descalificada y anulada por unas cuantas frases, deslizadas antes o después de la contemplación de aquélla. Y si esto se da en el deporte y el entretenimiento, ¿qué no sucederá en la política y en la economía, esferas más opacas y las que de verdad importan? Es grave que hayamos alcanzado un grado de idiotez en el que pueda prevalecer lo que nos aseguran que ocurre sobre lo que vemos que ocurre. Es indudable que hay multitud de personas expuestas a esto, o si no los desfachatados tergiversadores no se arriesgarían tanto a hacer el ridículo, quedar en evidencia, perder todo crédito y ser conducidos al manicomio.
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nexus6
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Mensaje por nexus6 » Dom Oct 26, 2014 11:09 am

‘Las vanidades heridas’
26 de octubre de 2014

No suelo hablar aquí apenas de libros, así que hoy va a ser casi una excepción. No se trata de ninguna novedad: The Honoured Society se publicó hace cincuenta años, en 1964, y la edición española (La Honorable Sociedad, Alba) salió en 2009, si no hubo una anterior que desconozco. Es por tanto una obra anticuada en su información, inútil para quien quiera estar al día y enterarse del estado actual de la Mafia siciliana (The Sicilian Mafia Observed es su subtítulo). Su autor, Norman Lewis, es y no es uno más de los incontables escritores británicos de viajes. Si no lo es, es debido a la agudeza de su pupila, y su Naples ’44 está sin duda a la altura de las mayores joyas del género. Pero, anticuado y todo, The Honoured Society está lleno de relatos y anécdotas, de explicaciones y consideraciones que le permiten a uno formarse una idea de cómo fue, en gran parte del siglo XX, un país ensimismado e impermeable a todo lo exterior, sin ningún interés por el Estado y deseoso de permanecer aislado con sus propios códigos y su falta de leyes, o más bien con el incumplimiento sistemático de éstas; quiero decir de las que regían para el resto de Italia.

La época en que más padeció la Mafia, en que estuvo más perseguida y acorralada, fue la de Mussolini, que la combatió ferozmente a través de su prefecto Cesare Mori, y si esa organización volvió a levantar cabeza y hacerse fuerte fue gracias a la victoria de los Aliados en la Segunda Guerra Mundial. Que quien más hiciese sufrir a una sociedad tan coriácea fuese un dictador no tiene, bien mirado, nada de particular: todas las dictaduras se construyen como mafias o acaban siéndolo, luego en el fondo se trataba de la lucha de una contra otra. Y una dictadura, además, no respeta derechos y se salta hasta su propia “legalidad”, y actúa sin trabas si decide eliminar a una parte de su población. Mussolini y Mori hicieron detener por las bravas a millares de sospechosos, los mantuvieron encarcelados sin juicio, practicaron la tortura heredada de la Inquisición: se latigaban los torsos previamente rociados con salmuera, se arrancaban uñas y tiras de piel, se inundaban los estómagos con litros de agua salada, se retorcían y aplastaban genitales.

Lo más curioso y significativo es saber qué desató esa furia fascista, y, según Lewis, todo fue cuestión de orgullo herido y de vanidad. Mussolini visitó Palermo en 1924, y en medio de su recorrido triunfal por Via Maqueda, se le antojó acercarse a una localidad vecina, Piana dei Greci, famosa por la música exótica y los bailes absurdos que ofrecían allí sus pobladores, la mayoría descendientes de albaneses huidos de los turcos. Unos años antes habían llevado a contemplar el folklore al Rey Vittorio Emanuele. A éste lo habían aburrido las danzas y lo había irritado la estridencia de la salvaje música, así que fue trasladado confusamente hasta la iglesia ortodoxa del pueblo. Con habilidad se lo separó de su séquito y se lo acercó, casi a empujones, a la pila bautismal, y, sin poder reaccionar, de pronto se encontró en los brazos con una criatura de la que, en un abrir y cerrar de ojos, se convirtió en inesperado padrino. La criatura era un hijo del alcalde mafioso, Don Ciccio Cuccia, al parecer un megalómano de cuidado y aspecto entre malévolo y batrácico. En la excursión del Duce al mismo lugar, éste accedió a montarse en el coche de Don Ciccio y a recorrer el trayecto en su compañía, pero rodeado de su escolta motorizada. El alcalde le espetó: “Perdone, Jefe, pero ¿a santo de qué tanto poli? No hay de qué preocuparse mientras esté usted conmigo. ¡Por aquí soy yo el que da las órdenes!” Mussolini, prudente, se negó a prescindir de su escolta y Don Ciccio se lo tomó como una falta de respeto. No se sabe ni cómo, dio instrucciones de que, cuando el Duce llegara a la plaza y se dispusiera a soltar su habitual soflama en cuantos sitios pisara (siempre con multitudes organizadamente entusiastas), ningún lugareño de Piana dei Greci acudiera a oírlo, con la excepción de una veintena de escogidos: los idiotas del pueblo, los mendigos tullidos o cojos, unos limpiabotas y unos vendedores de lotería. Y, en efecto, ese fue el público con que contó Mussolini para su arenga, mientras Don Ciccio Cuccia, a su lado en el balcón, le tocaba la manga de la chaqueta y le sonreía con sus fauces ennegrecidas. El individuo estaba tan satisfecho de su venganza que posiblemente ni prestó oídos al discurso de Mussolini ni se fijó en cómo a éste se le afilaba su mandíbula célebre, signo inequívoco de su furor. Las palabras que casi nadie escuchó en aquella localidad pintoresca se parecieron mucho a las que el Duce pronunció semanas después en el Parlamento Fascista: una declaración de guerra contra la Mafia. Para entonces Don Ciccio ya estaba entre rejas, y no a su lado en ningún balcón. No en balde al prefecto Mori, durante la accidentada visita a su feudo, lo había apartado de un empellón y lo había llamado “esbirro”.

El comportamiento insolente de un alcalde de tercera hizo comprender a Mussolini hasta qué punto los mafiosos se sentían los amos de su tierra. Pero, sobre todo, se sintió herido en su orgullo, lo mismo que Don Ciccio Cuccia por su negativa a prescindir de su escolta. En la guerra que se desencadenó, los dos bandos subestimaron al oponente, lo peor que se puede hacer. Pero esa ya es otra historia, y está también en el admirable libro de Norman Lewis.
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nexus6
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Mensaje por nexus6 » Dom Nov 02, 2014 11:41 am

¿Sólo antaño?
2 de noviembre de 2014

De entre la multitud de corrupciones, saqueos y aprovechamientos que ya han salido a la luz en los últimos tiempos en España, quizá ninguno resulte tan repugnante como el más reciente, el de las tarjetas VISA que Caja Madrid y Bankia pusieron a disposición de sus consejeros y directivos a lo largo de dos decenios. A casi ninguno nos cabe duda, por lo demás, de que lo salido a la luz debe de ser una pequeña parte del total, por lo que no es descartable que el futuro nos revele hechos aún más repugnantes. La circunstancia de que entre esos consejeros y directivos hubiera políticos de tres partidos principales (sobre todo del PP –veintiocho–, pero también del PSOE –quince– y de IU –cuatro–, amén de diez sindicalistas y varios empresarios) agudiza la tentación de pensar y decir que todos son iguales, cuando en su conjunto no lo son. Es fácil extender la mancha a todos, lo cual no sólo es injusto, sino sumamente demagógico y peligroso. Son numerosos los políticos a los que no se ha pillado “trincando” del erario público ni de nadie, pero de esos no llevamos la cuenta ni salen en las noticias, porque al fin y al cabo su proceder nada tiene de excepcional: lo que se espera de ellos es eso, que no “trinquen”, y así pasan inadvertidos. Pero la tentación de generalizar es comprensible, dada la ya enorme cantidad de individuos con responsabilidades sobre los que existen pruebas de delito o malversación o abuso, o cuando menos indicios y sospechas fuertes. La acumulación es tan desmoralizadora que habría que empezar a hacer la lista de los “limpios”, para contrarrestar el desaliento y creer que hay esperanza de encontrar “hombres y mujeres justos” entre los políticos, los banqueros y los grandes empresarios de nuestro país, de Madrid a Galicia, de Andalucía a Cataluña, de Valencia a Baleares.

Lo que hace especialmente repugnante el caso de esas tarjetas “opacas” de Caja Madrid y Bankia es la gratuidad y la superfluidad del asunto. Hablaba yo el otro día del caso con una persona tan inteligente como querida, y me decía que lo de menos era en qué habían gastado esos consejeros las fabulosas sumas (436.700 euros Miguel Blesa, 448.300 Ricardo Morado, 255.400 Estanislao Rodríguez-Ponga, ¡ex-Secretario de Estado de Hacienda!, 99.000 Rodrigo Rato, 575.000 Sánchez Barcoj, por mencionar a unos pocos), sino el hecho en sí. Y no le faltaba razón. Pero, no sé cómo decir, para mí hay una diferencia, aunque sea sólo estética, entre emplear un dinero ajeno en los plazos de la hipoteca o el colegio de los niños o gastarlo en lujos y chorradas para deslumbrar al “pueblo llano” –expresión de Barcoj–, tales como safaris, tiendas de vinos, ropas de marcas caras, joyas, maletas, restaurantes y hoteles prohibitivos, ¡armas!, masajes, lencería fina, viajes horteras y efectivo a discreción. El último sueldo conocido del señorito Blesa era de 3.500.000 euros anuales; el del señorito Morado, de 1.550.000; el del señorito Rato, de 2.760.000; el del señorito Moral Santín, de 526.000; y el del señorito De la Torre, de 830.000, de nuevo por mencionar sólo a unos cuantos. Se puede decir que el dinero les salía por las orejas, sobre todo si comparamos esos salarios con los que en plena crisis percibe la mayoría de la gente… que percibe alguno. Y, no obstante, a todos esos señoritos no les alcanzaban para sus caprichos y sisaban de la VISA que, para “gastos de representación”, les había regalado una entidad financiera que los tenía contratados poco menos que como adorno y cuyo rescate costó a las arcas públicas 22.400 millones de euros, es decir, inconcebibles millones de ustedes todos. Había una antigua máxima que decía: “Los vicios se los tiene que costear uno mismo”, y aquí “vicios” equivale a “lujos” y “antojos”. Esa máxima, como tantas otras, está, más que olvidada, deliberadamente arrumbada al desván de los trastos inútiles.

Algunos de esos consejeros y directivos (entre ellos Díaz Ferrán, ex-presidente de la CEOE, Arturo Fernández, jefe de la patronal madrileña, y Romero de Tejada, alto cargo del PP en su día) han aducido ahora que creían “enteramente legal” el uso indiscriminado de dichas tarjetas. Está por ver si lo era, pero ampararse en la “legalidad” de las prácticas no solía significar mucho en el pasado. Legal o no, las personas solían saber lo que estaba bien o mal hecho, lo que era “recto” o “torcido” (por utilizar términos adecuadamente anticuados), y a nadie se le escapaba que permitir que alguien difuso o abstracto pague nuestros gastos particulares y nuestros excesos, jamás es algo bien hecho. De algún sitio sale el dinero, lo cual significa por fuerza “de otras personas”. En el caso de una entidad financiera está claro que lo que los bolsillos de estos sujetos se ahorran viene de los clientes, de los depositantes, a quienes se esquilma. Si además esa entidad había estafado con preferentes a modestos ahorradores, y había debido salvarse con los impuestos de los ciudadanos, sin arte ni parte en el desaguisado, el uso frívolo e innecesario de esas tarjetas se convierte en algo obsceno, indecente. Tan obsceno como la fortuna amasada por la familia Pujol-Ferrusola mientras carezca de explicación y no case con los sueldos de sus miembros. A todos esos señoritos la sociedad debería negarles el saludo como mínimo, por codiciosos y avaros, lo peor que se podía ser si se poseían caudales. Claro que eso también era antaño.
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remolina
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Mensaje por remolina » Lun Nov 03, 2014 12:25 pm

Legal o no, las personas solían saber lo que estaba bien o mal hecho, lo que era “recto” o “torcido” (por utilizar términos adecuadamente anticuados), y a nadie se le escapaba que permitir que alguien difuso o abstracto pague nuestros gastos particulares y nuestros excesos, jamás es algo bien hecho


Mira, de eso precisamente se hablaba en el Salvados de anoche, que salían Daneses diciendo que en Dinamarca no es tanto la "legalidad", como la "moralidad". Pocas normas y muy básicas, pero muy claras (y un control férreo, también hay que decirlo).

No como aquí, que tenemos tropecientas mil, leyes, proyectos de ley, ordenanzas, etc, etc, para cualquier chorrada. Al final, no te enteras de qué es legal y qué no.
"Aprecio a esos cabrones" APR

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nexus6
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Mensaje por nexus6 » Dom Nov 09, 2014 11:37 am

‘Una asfixia más’
9 de noviembre de 2014

Quizá haga mal en hablar de esto, y lo hago a título particular, por mi cuenta, aunque desde hace unos años sea miembro de la Real Academia Española. Es ésta una institución muy discreta y digna, como corresponde a su antigüedad de tres siglos recién cumplidos; y así, es reacia a la queja y posee virtudes que hoy no están vigentes, como el pudor y la elegancia. Me da la impresión, por tanto, de que, a diferencia de lo habitual en nuestro tiempo, en que todo el mundo se lamenta públicamente y pide ayudas de todo tipo, siente aversión a airear sus miserias y aún más a aparecer como “limosnera”. En su momento los responsables del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) dieron la voz de alarma en la prensa y anunciaron que, con los recortes del actual Gobierno, esa institución fundamental no podría seguir funcionando y se vería obligada poco menos que a cerrar sus puertas. Se montó un pequeño escándalo y el Gobierno rectificó, no sé cuánto, pero “algo”. La RAE se ha abstenido de manifestar que su situación económica es ya muy parecida, por vergüenza torera, supongo. Pero yo no veo desdoro en exponer –a título individual, insisto, sin “encargo” ni “mandato” alguno, y acaso contraviniendo el deseo de muchos de mis colegas– que esa situación es ya crítica y amenaza los puestos de las 78 personas (no académicos) que hacen posibles las tareas de la casa. Sobre ellas se ciernen despidos o reducciones de salarios, y, sobre la Academia misma, su conversión en algo simbólico y vegetativo. Los Presupuestos del Estado para 2015 mantienen la paupérrima cantidad asignada el año anterior, tras varios de mermas, mientras que otras entidades importantes, como el Prado o el Cervantes, las han visto por fin incrementadas.

La Real Academia Española tiene defectos y limitaciones, pero fue digna e independiente incluso cuando más costaba serlo. Por remontarnos sólo a lo reciente, fue casi la única institución que mantuvo a raya al franquismo (y a sus ansias de invadirlo y dominarlo todo) durante su larga dictadura. Se negó a desposeer de sus sillones a los académicos exiliados y considerados “enemigos del régimen”; continuó eligiendo a quienes le parecía, sin permitir que los ministros de Franco le vetaran o impusieran a nadie. Ha aguantado trescientos años, y hoy es difícil negar que presta un gran servicio a la sociedad, a la española y a la de los demás países que hablan la lengua. Prueba de ello son los 50 millones de entradas mensuales que recibe su página web, la mayoría consultas del Diccionario, pero también de la Gramática, la desdichada Ortografía y demás. Esas consultas son gratuitas y, como ha dicho hace poco Pedro Álvarez de Miranda, encargado del nuevo Diccionario que acaba de aparecer: “Es difícil cobrar por algo que ha sido gratuito … Se están barajando posibilidades como incluir publicidad en la página web. No sé si eso nos sacaría de pobres. El mejor diccionario del mundo, el Oxford, cobra por consulta y todo el mundo lo ve como muy natural. Eso estamos estudiando, porque la situación económica es muy preocupante”. Quizá bastaría, sugiero yo, con que los usuarios frecuentes pagaran una mínima cuota anual

Pero en España, ya lo sabemos, la gente exige que todo lo cultural sea gratis. No se tiene en cuenta, en este caso, que la existencia y el funcionamiento de esa página web (pero también la del propio Diccionario) dependen no ya de la cuarentena de académicos, que poco cobramos, cuando asistimos a las sesiones y comisiones, sino de esos 78 trabajadores cuya suerte hoy peligra. La RAE atiende, además, multitud de consultas específicas (dudas jurídicas y notariales, redacción de leyes, certificaciones y peritajes, corrección de documentos, asesoramiento lingüístico, servicios de formación, infinitas preguntas de enseñantes y traductores y editoriales y medios de comunicación, etc), y recibe efusivas muestras de agradecimiento por ellas. Pero sólo de gratitud no subsiste nadie, y la RAE no es una excepción. Muchos de ustedes deben de dar por descontado que, aparte de los patrocinios de entidades y particulares, alguna subvención o ayuda percibirá del Estado. Y sí, alguna le llega, ya lo he dicho, pero su mengua con el actual Gobierno ha sido tal que la casa está amenazada. Habrá quienes opinen que eso no es grave, al lado de tantas personas en paro, o desahuciadas, o que han debido cerrar sus comercios o empresas. No se lo discutiría. Cabe que una institución como la RAE se juzgue superflua o secundaria; cabe incluso sacrificarla o mantenerla sólo como ornamento inoperante. Lo grave es que este Gobierno no protege a los parados ni a los desahuciados (todo lo contrario), ni tampoco a las instituciones culturales que rinden servicios a nuestra sociedad. No es que esté sacrificando unas cosas en favor de otras, es que las sacrifica todas. Cuando por fin salgamos de nuestras cotidianas cuitas y levantemos la cabeza, nos encontraremos con un país despojado, desolado, con un erial en todos los ámbitos, incluido el de nuestra lengua con la que tanto se llenan la boca esos mismos políticos en las ocasiones de relumbrón. No se trata de pedir limosna, pero les aseguro que cualquier presión a ese Gobierno, como cualquier aportación financiera, serán pequeños balones de oxígeno para esa institución tricentenaria que ya lleva tiempo asfixiándose.
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