SB 6: El degüello

Comentarios y noticias sobre la saga de novelas ‘Las aventuras del capitán Alatriste’

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Rogorn
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SB 6: El degüello

Mensaje por Rogorn » Dom Oct 15, 2006 10:58 am

Libro 3: El sol de Breda
Capítulo 6: El degüello

Resumen

A veces miro el cuadro, y recuerdo. Ni siquiera Diego Velázquez, pese a que le conté cuanto pude de todo aquello, fue capaz de reflejar en el lienzo (...) el largo y mortal camino que todos hubimos de recorrer hasta componer tan majestuosa escena (...). Yo mismo, años después, aún había de ver ensangrentados los hierros de esas mismas lanzas en carnicerías como Nordlingen o Rocroi; que fueron, respectivamente, último relumbrar del astro español y terrible ocaso para el ejército de Flandes. (...) Una vez, mucho después, Angélica de Alquézar me preguntó en tono frívolo si había algo más siniestro que el ruido de un azadón enterrando una patata. Respondí sin vacilar que sí, que el chasquido de un acero hendiendo un cráneo (...). También recuerdo el orgullo. Entre los sentimientos que pasan por la cabeza, en el combate, cuéntanse el miedo, primero, y luego el ardor y la locura. Calan después en el ánimo del soldado el cansancio, la resignación y la indiferencia. Mas si sobrevive, y si está hecho de la buena simiente con que germinan ciertos hombres, queda también el punto de honor del deber cumplido. Y no hablo a vuestras mercedes del deber del soldado para con Dios o con el Rey, ni del esguízaro con pundonor que cobra su paga; ni siquiera de la obligación para con los amigos y camaradas. Me refiero a otra cosa que aprendí junto al capitán Alatriste: el deber de pelear cuando hay que hacerlo, al margen de la nación y la bandera (...). Hablo de empuñar el acero, afirmar los pies y ajustar el precio de la propia piel a cuchilladas en vez de entregarla como oveja en matadero. Hablo de conocer, y aprovechar, que raras veces la vida ofrece ocasión de perderla con dignidad y con honra.

El caso es que busqué a mi amo. (...) Por todas partes se mataba mucho y bien; más nadie lo hacía ya por el Rey, sino para no dar la existencia de barato. Las primeras filas de nuestro escuadrón eran una sarracina de españoles y holandeses que se acuchillaban con mucho encono abrazados unos a otros (...). Ése fue mi primer combate de verdad, a la desesperada, contra todo aquel que se me antojaba enemigo. (...) Nunca, hasta aquella carga holandesa, habíame visto como ahora me veía, sumido en tal locura, llegado al punto donde cuenta más el azar que el valor o la destreza. (...) Por vida del Rey que parecían lobos. Dentro del caos de las primeras filas, la escuadra de mi amo peleaba agrupada como un minúsculo cuadro, con los hombres de espaldas unos a otros; lanzando en torno golpes de espada y daga tan peligrosos que parecían dentelladas. Ellos no gritaban «España» o «Santiago» para darse ánimos, sino que se batían a diente prieto, reservando el aliento para despachar herejes; y a fe que hacíanlo a conciencia, pues tenían destripados buen golpe alrededor. (...) Diego Alatriste parecía sumido en algo que estuviera más allá de todo aquello. (...) Tenía las piernas abiertas, como sujetas con clavos al suelo, y toda su energía y su cólera concentradas en los ojos, que brillaban enrojecidos, peligrosos, en la cara tiznada de pólvora. Movía las armas con calculada eficacia, a impulsos mortales que parecían disparados por resortes ocultos de su cuerpo. Paraba aceros y moharras de picas, daba tajos, y aprovechaba cada pausa para bajar las manos y descansar un poco antes de pelear de nuevo, como avaro que administrase el caudal de su energía. Me fui arrimando a él, pero ni siquiera hizo ademán de reconocerme; parecía lejos de allí, cual si estuviera al cabo de un largo camino y pelease sin mirar atrás, en el umbral mismo del infierno. (...)
Noté entonces un golpe en la cabeza, ésta me dio vueltas, y ante mis ojos se proyectaron innumerables puntitos luminosos. Me desvanecí a medias, aferrando mi daga y dispuesto a llevármela allí adonde fuera; todo me daba ya igual, salvo que me encontrasen sin ella en la mano. Luego pensé en mi madre y recé. Padre nuestro, musitaba atropelladamente. Gure Aita, repetía una y otra vez en castellano y en vascuence, aturdido, incapaz de recordar el resto de la oración. (...)

–¡Se retiran!... ¡Firme y a ellos!... ¡Se retiran!
El tercio había aguantado, con los hombres de las primeras filas muertos en su sitio, hasta el punto de que numerosos cadáveres mantenían la formación del comienzo de la batalla. Ahora sonaban trompetas y el redoble del tambor era más vivo, y había más tambores avanzando en nuestro socorro, y por el dique y el camino del molino Ruyter ondeaban las banderas y relucían las picas del socorro que al fin llegaba. (...)
–¡A ellos, a ellos!... ¡Cierra España!... ¡Cierra!
Clamaba victoria a voces nuestro campo, y los hombres que habían reñido durante toda la mañana en obstinado silencio gritaban ahora enardecidos apellidando a la Virgen Santísima y a Santiago, y los veteranos exhaustos bajaban las armas besando sus rosarios y medallas. Tocaba el tambor a degüello, sin compasión ni cuartel, iniciándose el alcance, la persecución al enemigo vencido, a fin de tomarle despojos y bagajes, y hacerle pagar bien caros nuestros muertos y la áspera jornada que nos había hecho pasar. Rompíanse ya las filas del tercio para correr tras los herejes, dando caza primero a los heridos y rezagados, quebrando cabezas, tajando miembros, degollando muy a mansalva y sin usar, en suma, de piedad con ninguno; que si dura resultaba la infantería española en el asalto y la defensa, crudelísima era siempre en la venganza. (...) Diéronse a ello, como el resto, el capitán Alatriste y sus camaradas, tan en caliente como vuestras mercedes pueden suponer; y fuiles yo a los alcances, aún aturdido (...). Por el camino, del primer muerto enemigo que vi a mano híceme con un muy bizarro estoque corto de Solinguen, y enfundando la daga anduve dando mojadas de buena hojarasca alemana en cuanto vivo o muerto hube por delante, como quien punza morcones. Aquello era al mismo tiempo matanza, juego y locura, y la batalla habíase tornado matadero de novillos ingleses y carnicería de tajadas flamencas. Algunos ni se defendían (...). Se mató mucho, pues teníamos dónde; y habiendo tantos no podían degollarse pocos. La cacería fue de una legua y duró hasta el anochecer, y para entonces ya se habían sumado a ella mis camaradas mochileros, los campesinos de las cercanías que no conocían otro bando que el de su codicia, y hasta algunas cantineras, daifas y vivanderos que iban llegando de Oudkerk atraídos al olor del botín. Avanzaban tras los soldados, rapiñando cuanto quedaba, bandada de cuervos que no dejaba sino cadáveres desnudos a su paso. (...) Estaba –que Dios me perdone si le place– ronco de gritar y tinto en sangre de aquellos desgraciados. (...)

Nos detuvimos al fin, exhaustos, en un pequeño lugar de cinco o seis casas donde hasta los animales fueron pasados a cuchillo. Un grupo de rezagados se había hecho fuerte allí (...). Por fin, al resplandor rojizo de los tejados que ardían, fuimos sosegándonos poco a poco, llenas las faltriqueras de botín, y los hombres empezaron a dejarse caer aquí y allá, asaltados de pronto por inmensa fatiga, respirando cual bestias agotadas. Sólo el menguado sostiene que la victoria es alegre: vuelto poco a poco el seso, callábamos todos evitando mirarnos, como avergonzados de nuestros cabellos erizados y sucios, los rostros negros, crispados, los ojos enrojecidos, la costra de sangre que cubría ropas y armas. (...) Poco a poco empezaron los comentarios en voz baja, las preguntas por el paradero de este o aquel camarada. Uno preguntó por Llop y le respondió el silencio. Algunos hacían fogatas para asar trozos de carne que habían cortado de los animales muertos, y en torno a esos fuegos fueron congregándose muy lentamente los soldados. A poco se hablaba ya en voz alta, y luego uno dijo algo, un comentario o una chanza, que tuvo como respuesta una carcajada. Recuerdo la profunda impresión que me hizo aquello, pues llegué a creer, después de semejante jornada, que la risa de los hombres habíase extinguido para siempre de la faz del mundo.
Volvíme hacia el capitán Alatriste, y vi que me miraba (...) con una suerte de cavilosa fijeza, como si pretendieran leer algo en mi interior. Yo estaba al tiempo avergonzado y orgulloso, agotado y con la energía batiéndome el corazón, horrorizado, triste, amargo y feliz por estar vivo; y juro a vuestras mercedes que todas esas sensaciones y sentimientos, y muchos más, pueden albergarse a la vez tras una batalla. El capitán seguía mirándome en silencio, más escrutador que otra cosa, hasta el punto de que terminé por sentirme incómodo; había esperado elogios, una sonrisa de ánimo, algo que confirmase su estimación por haberme conducido como hombre cuajado de arriba abajo. Por eso me desconcertaba aquella observación en la que nada podía adivinar salvo la imperturbable fijeza de otras ocasiones; gesto, o ausencia de él, que yo no podía penetrar jamás, ni pude hacerlo hasta que pasó mucho tiempo, y muchos años; y un día, ya hombre hecho y derecho, sorprendí en mí, o creí adivinarme, esa misma mirada. (...)

A través de una ventana, el incendio de afuera iluminaba de rojo las paredes. Todo estaba revuelto en la casa (...). Recuerdo la tristeza inmensa que se desprendía de aquella vivienda saqueada y a oscuras, ausentes las vidas que habían dado calor a sus estancias; desolación y ruina que en otro tiempo fue hogar donde sin duda había reído un niño, o donde alguna vez dos adultos intercambiaron gestos de ternura, o palabras de amor. (...) Fue dando paso, en mi ánimo, a una desolación creciente. Imaginaba mi propia casa en Oñate, desalojada por la guerra; en fuga o tal vez algo peor mi pobre madre y mis hermanillas, holladas sus habitaciones por algún joven extranjero (...) Y con el egoísmo que es natural en el soldado, me alegré de estar en Flandes y no en España. Pues aseguro a vuestras mercedes que, en negocio de guerra, siempre es de algún consuelo que la desgracia la sufran extraños; que en tales lances resulta envidiable quien a nadie tiene en el mundo, y no arriesga otro afecto que la propia piel. (...)
Bajo el tapiz, en el suelo y con la espalda apoyada en el ángulo que formaban la pared y un armario desvencijado, había un hombre (...) soldado (...), y una terrible quemadura que le tenía todo un lado de la cara en carne viva. (...) Fuime a él despacio, ojo avizor, sin soltar la daga y bien atento a sus manos, por si empuñaba algún arma. Pero aquel desgraciado no estaba en condiciones de empuñar nada. Parecía un viajero sentado a la orilla del río de los muertos; alguien a quien el barquero Caronte hubiese dejado atrás, olvidado, en un penúltimo viaje. (...)
La guerra, razoné, tenía extrañas idas y venidas, curiosos vaivenes de la fortuna. Sin embargo, apaciguado tras el horror de la jornada y el alcance de los fugitivos, yo no sentía ya hostilidad ni rencor. Muchos españoles había visto morir aquel día, pero aún más enemigos. De momento mi balanza estaba pareja, aquél era un hombre indefenso, y yo iba saciado de sangre. Así que envainé mi daga. Luego salí afuera, con el capitán Alatriste y los otros.
–Hay un hombre dentro –dije–. Un soldado. (...) Holandés, creo. O inglés. Y está malherido. (...) Pensé –sugerí– que podríamos ayudarlo.
Ahora me miró por fin. Lo hizo muy despacio, y vi girar su rostro en el contraluz del fuego cercano.
–Pensaste –murmuró.
–Sí. (...)
Se volvió a medias hacia Sebastián Copons, que seguía a su lado, la cabeza apoyada en la pared, sin abrir la boca, su ensangrentado cachirulo siempre hacia el cogote. Alatriste cambió con él una ojeada breve y después me observó de nuevo. (...)
–Pensaste –repitió, absorto.
Se puso en pie dolorido, cual si le costara desentumecer los huesos. Parecía de mala gana y muy cansado. Vi que Copons se levantaba tras él. (...) Los guié por las habitaciones y el pasillo hasta el cuarto de atrás. El hereje seguía inmóvil entre el armario y la pared, gimiendo en voz muy baja. (...)
–¿Podemos socorrerlo? –pregunté. (...)
–Claro. (...)
Entonces Alatriste vino hacia mí, y Copons echó mano a los riñones y sacó la vizcaína.
–Vámonos –me dijo el capitán.
Me resistí a la presión de su mano en mi hombro, estupefacto, viendo cómo Copons apoyaba la daga en el cuello del holandés y lo degollaba de oreja a oreja. Alcé el rostro, estremecido. (...)
–Estaba... –empecé a decir, balbuceante.
Callé de pronto, pues las palabras se me antojaron de golpe inútiles. Hice un ademán de rechazo, irreflexivo, para sacudirme del hombro la mano del capitán; pero ésta se mantuvo firme, aferrándomelo. Copons se incorporaba ya con mucha flema, y tras limpiar la hoja de la daga en la ropa del otro, la devolvía a la funda. Luego pasó por nuestro lado y fuese pasillo adelante, sin decir esta boca es mía. Giré con brusquedad, sintiendo al fin mi hombro libre. (...) Parecía aún más solo que antes; una soledad tan estremecedora que produjo en mí una pena intensa, hondísima, como si fuera yo mismo, o tal vez parte de mí, quien estuviera en el suelo, la espalda contra la pared, los ojos quietos y abiertos mirando la noche. Sin duda, pensé, hay alguien en alguna parte que aguarda el regreso de este que ya no irá a sitio alguno. Tal vez haya una madre, una novia, una hermana o un padre que rezan por él, por su salud, por su vida, por su regreso. Tal vez hay una cama en la que durmió de niño y un paisaje que lo vio crecer. Y nadie en ese lugar sabe todavía que él está muerto. Ignoro cuánto seguí allí quieto, mirando el cadáver. Pero al cabo escuché pasos, y sin necesidad de volverme supe que el capitán Alatriste había permanecido todo el tiempo a mi lado. (...)
–Un hombre sabe cuándo ha llegado al final... Ése lo sabía. (...) Es cuanto podíamos hacer por él –añadió Alatriste. (...)
Aún siguió un instante cerca de mí, como si dudara entre hablarme otra vez o no; cual si entre los dos quedasen infinidad de palabras no dichas, que si él salía de allí sin pronunciar ya no se dirían nunca. (...) Fue entonces cuando me revolví. Sentía una cólera sorda y tranquila, que jamás había conocido hasta esa noche. Una cólera desesperada, amarga como los silencios del propio Alatriste.
–¿Quiere decir vuestra merced, capitán, que acabamos de hacer una buena obra?... ¿Un buen servicio?
Nunca antes le había hablado en ese tono. (...)
–Cuando llegue el momento –dijo– ruega a Dios que alguien te lo haga a ti.

Así fue como ocurrió todo, la noche en que Sebastián Copons degolló al holandés herido y yo aparté de mi hombro la mano del capitán Alatriste. Y así fue también como franqueé, sin apenas darme cuenta, esa extraña línea de sombra que todo hombre lúcido termina cruzando tarde o temprano. Allí, solo y de pie ante el cadáver, empecé a mirar el mundo de modo muy diferente. Y vime en posesión de una verdad terrible, que hasta ese instante sólo había sabido intuir en la mirada glauca del capitán Alatriste: quien mata de lejos lo ignora todo sobre el acto de matar. Quien mata de lejos ninguna lección extrae de la vida ni de la muerte: ni arriesga, ni se mancha las manos de sangre, ni escucha la respiración del adversario, ni lee el espanto, el valor o la indiferencia en sus ojos. Quien mata de lejos no prueba su brazo ni su corazón ni su conciencia, ni crea fantasmas que luego acudirán de noche, puntuales a la cita, durante el resto de su vida. Quien mata de lejos es un bellaco que encomienda a otros la tarea sucia y terrible que le es propia. Quien mata de lejos es peor que los otros hombres, porque ignora la cólera, y el odio, y la venganza, y la pasión terrible de la carne y de la sangre en contacto con el acero; pero también ignora la piedad y el remordimiento. Por eso, quien mata de lejos no sabe lo que pierde.

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juanrahig
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Mensaje por juanrahig » Dom Oct 15, 2006 11:38 pm

Este es a mi gusto uno de los capítulos más brillantes de este libro, y me atrevería a decir de la obra de Perez-Reverte. Y eso que no es uno de mis libros favoritos, pero en este pasaje reconozco que el Tio Arturo estaba inspirado .
Yo destacaría el final:
Quien mata de lejos ninguna lección extrae de la vida ni de la muerte: ni arriesga, ni se mancha las manos de sangre, ni escucha la respiración del adversario, ni lee el espanto, el valor o la indiferencia en sus ojos. Quien mata de lejos no prueba su brazo ni su corazón ni su conciencia, ni crea fantasmas que luego acudirán de noche, puntuales a la cita, durante el resto de su vida. Quien mata de lejos es un bellaco que encomienda a otros la tarea sucia y terrible que le es propia. Quien mata de lejos es peor que los otros hombres, porque ignora la cólera, y el odio, y la venganza, y la pasión terrible de la carne y de la sangre en contacto con el acero; pero también ignora la piedad y el remordimiento. Por eso, quien mata de lejos no sabe lo que pierde.


A eso llamo yo inspiración, y me llama la atención esa última frase " quien mata de lejos no sabe lo que pierde."
Esa asimilación de el acto de matar como acto de piedad y remordimiento, es simplemente bestial.

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Corsaria
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Mensaje por Corsaria » Dom Oct 15, 2006 11:52 pm

Varias cosas de esta joya, digo de este capítulo:

También recuerdo el orgullo. [...]. Mas si sobrevive, y si está hecho de la buena simiente con que germinan ciertos hombres, queda también el punto de honor del deber cumplido. Y no hablo a vuestras mercedes del deber del soldado para con Dios o con el Rey, ni del esguízaro con pundonor que cobra su paga; ni siquiera de la obligación para con los amigos y camaradas. Me refiero a otra cosa que aprendí junto al capitán Alatriste: el deber de pelear cuando hay que hacerlo, al margen de la nación y la bandera (...).

En este párrafo, para mí, está parte del código de mi estimado héroe cansado: el honor del deber cumplido. No hay Dios ni Rey ni paga, el soldado debe luchar y es lo que hace. Me encanta este párrafo.

Y concuerdo con el Jinete... Quien mata de lejos no prueba su brazo ni su corazón ni su conciencia, ni crea fantasmas que luego acudirán de noche, puntuales a la cita, durante el resto de su vida. ¿Cuántos fantasmas pueblan la vida de Diego? ¿Cuántos poblarán la de Íñigo? ¿Y cuántos las de d. Arturo?
Había descubierto fascinada, estremecida de placer y de miedo, que todos los libros del mundo hablaban de ella.

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Corsaria
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Mensaje por Corsaria » Dom Oct 15, 2006 11:55 pm

Otra cosa... por mucho que se haya quedado mudo Íñigo cuando Copons y Diego matan al holandés, yo estoy de su lado... ojalá alguien nos permitiera morir con dignidad y sin sufrimientos cuando ya no hay más posibilidades. Me parece un gesto de "cuasi" caridad para con el moribundo sin solución posible.
Había descubierto fascinada, estremecida de placer y de miedo, que todos los libros del mundo hablaban de ella.

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Lenka
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Mensaje por Lenka » Lun Oct 16, 2006 12:22 am

Uno más de los elementos del código no escrito del soldado viejo, supongo.

Fantasmas?? Cientos, imagino. Y esto lo ha escrito un hombre que no fue capaz de rematar a un perro herido en los Balcanes. Curiosas debilidades las que tienen ciertos hombres supuestamente curtidos que ya lo han visto todo, verdad?

Me encanta este capítulo!
Me alegro de no haberte matado todavía...

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Celadus
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Mensaje por Celadus » Lun Oct 16, 2006 11:14 am

Siempre he dicho que el pensamiento de Íñigo es hijo del de Reverte, y esto no porque yo sea especialmente listo, sino porque el mismo Arturo lo ha dejado ver en varias ocasiones más o menos explícitamente. En este caso concreto creo que tenemos una prueba evidente porque en alguna entrevista le he oído decir que más que a los asesinos odia a quienes ordenan matar desde lejos. Y yo estoy de acuerdo con él.
Volvemos al tema recurrente de la saga de Alatriste: el código ético. Asesino, sí, pero con principios. No es lo mismo matar de frente y en corto que por la espalda o de lejos (quizá esa es la principal diferencia entre el capitán y Malatesta). Aunque esta filosofía podríamos aplicarla a todas las facetas de la vida de Alatriste, me parece a mí, la de hombre por derecho en la guerra, en la amistad, en el amor...Decía Napoleón que en la guerra, igual que en el amor, para terminar bien el trabajo hay que acercarse.
Lo paradójico del tema es que con esta visión del mundo, Diego no hace sino estar siempre bajo las órdenes de este tipo de personas: Olivares, Felipe IV, los que le encargan alguna mojada o despachar a alguno (como el mismo Alquézar por ejemplo que parece tener menos hígados que su propia sobrina). Quizá de ahí parte de esa profunda melancolía que parece acompañar siempre al capitán, esos pensamientos oscuros que nunca vemos más que a través de la expresión de sus ojos glaucos.
Y quizá también de ahí nazca una nueva forma de mirar al rey, al verle batirse -al doble- o mantener la compostura, apuntar y disparar sin inmutarse al verde rodeado de enemigos al final de ECDJA (aunque me salga un poco del tema). Habrá que estar atento a futuros libros para ver si en efecto este descubrimiento del valor del rey cambia en algo su persepectiva de la realeza. Por lo pronto creo que eso fué decisivo para que le salvase la vida -"A mí esa bala"- jugándose el propio pellejo.
Y ya lo dejo aquí que me caliento :wink:
Última edición por Celadus el Lun Oct 16, 2006 12:01 pm, editado 1 vez en total.
"Morir, ¡que cosa tan estúpida! Yo ya estuve muerto antes de nacer, ahora respiro."

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Redsonja
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Re: SB 6: El degüello

Mensaje por Redsonja » Lun Oct 16, 2006 11:55 am

Rogorn escribió: Parecía aún más solo que antes; una soledad tan estremecedora que produjo en mí una pena intensa, hondísima, como si fuera yo mismo, o tal vez parte de mí, quien estuviera en el suelo, la espalda contra la pared, los ojos quietos y abiertos mirando la noche. Sin duda, pensé, hay alguien en alguna parte que aguarda el regreso de este que ya no irá a sitio alguno. Tal vez haya una madre, una novia, una hermana o un padre que rezan por él, por su salud, por su vida, por su regreso. Tal vez hay una cama en la que durmió de niño y un paisaje que lo vio crecer. Y nadie en ese lugar sabe todavía que él está muerto. Ignoro cuánto seguí allí quieto, mirando el cadáver. ..


Cuando leí esto me olvidé completamente de Iñigo... lo recuerdo perfectamente, solo veia a Reverte escribiendo las líneas como si fueran autobiográficas... le imaginé con una reflex en la mano apoyado contra esa pared.
yo pongo una espada y una mirada.. y vosotros ponéis el resto...

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Rogorn
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Mensaje por Rogorn » Mar Oct 31, 2006 8:12 pm

La escena del holandés asesinado en el molino me parece uno de los ejemplos más importantes de la fina línea que debe negociar APR cada vez que Alatriste hace algo. Como sabemos tiene sus reglas, que aquí vuelven a entrar en juego. Y cada matiz es importante.

La cosa hubiera cambiado mucho si el holandés oculto hubiera estado sano, o hubiera sido un niño, o hubiera habido en general cualquier otra salida en vez de matarle. Es importante que tome la decisión. Es importante que no sea él quien lo haga, sino Copons. Es importante que Alatriste intente llevarse a Íñigo para que no vea lo que pasa, pero que no lo logre. Es importante que la primera reacción del chaval sea rebelarse incluso ante su ídolo. Y también es importante que todo comience con un 'pensaste' que habla más que mil palabras. Ese pensaste significa qué verde estás muchacho... y qué podrido estoy yo ya. Y no sé cuál de las dos cosas es peor.

Pero no, el holandés está quemado y moribundo. Algo probablemente se puede hacer por él aún, pero Alatriste ve la situación con bisturí, y corta por lo sano, convirtiéndo la escena incluso en 'una buena obra, un buen servicio'. Ruega para que un día alguien te quite el sufrimiento así, le dice a Íñigo. Y seguro que es porque él lo desea también.

Resulta al final una escena muy bien calculada y aquilatada, donde Alatriste puede mostrarse duro pero no impío e Íñigo no del todo estropeado por la sed de sangre que les acaba de poseer. Ambos personajes crecen en su camino y en el ánimo del lector. Para el chico es todo un rito de paso, que al fin y al cabo, aun rodeado de gente, uno ha de afrontar en solitario. 'Así fue como ocurrió todo, la noche en que Sebastián Copons degolló al holandés herido y yo aparté de mi hombro la mano del capitán Alatriste. Y así fue también como franqueé, sin apenas darme cuenta, esa extraña línea de sombra que todo hombre lúcido termina cruzando tarde o temprano. Allí, solo y de pie ante el cadáver, empecé a mirar el mundo de modo muy diferente.'

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Mensaje por Riqy » Mar Dic 02, 2014 10:15 pm

Me pide Rogorn que haga copy and paste del texto en el que se inspiró el Jefe:

Pertenece a la obra de Ambroise Paré "Viajes por diferentes lugares", en la que describe su vida como cirujano militar:


«...entramos en la ciudad marchando sobre los cuerpos muertos, y algunos no muertos todavía, escuchándolos gritar bajo los cascos de nuestros caballos; y el escucharlos hacía doler mi corazón. Verdaderamente me arrepentí de haber abandonado París para
ver tan penoso espectáculo». «Entré en un establo pensando alojarme en él con mi caballo y encontré cuatro soldados
muertos y tres que se acurrucaban contra una pared, sus rasgos desfigurados por completo, incapaces de ver, oir, hablar, con sus ropas aún calientes por la pólvora que las había quemado. Mientras los miraba piadosamente, un viejo soldado me preguntó si
habría algún modo de curarlos. Dije que no. Él entonces se les acercó y cortó sus gargantas, con ternura, sin ninguna mala voluntad hacia ellos. Viendo esta gran crueldad le dije que era un villano: me contestó que le rezaba a Dios para que, cuando él se encontrara en esa situación, alguien hiciera con él lo mismo y no lo dejara acabarse miserablemente».
Ricard
Los viejos roleros... nunca mueren

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Siana
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Mensaje por Siana » Mar Dic 02, 2014 10:37 pm

:!: 8O

Gracias Maese Riqy.

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El_Curioso_Impertinente
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Mensaje por El_Curioso_Impertinente » Mié Dic 03, 2014 10:02 am

Lo que no encuentre el gran Riqy... :O
Todos los seres humanos cometen errores, pero algunos seres humanos cometen más errores que otros y a ésos se los llama "tontos" (Fray Guillermo de Baskerville).

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remolina
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Mensaje por remolina » Mié Dic 03, 2014 10:45 am

Muchísimas Gracias Ricky. Qué potencia tiene ese párrafo ¿no?
"Aprecio a esos cabrones" APR

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