CJA 4: La calle de los Peligros

Comentarios y noticias sobre la saga de novelas ‘Las aventuras del capitán Alatriste’

Moderadores: Targul, Mithrand, Moderadores

Reglas del Foro
Responder
Avatar de Usuario
Rogorn
Mensajes: 14605
Registrado: Jue Feb 01, 2007 12:00 am
Contactar:

CJA 4: La calle de los Peligros

Mensaje por Rogorn » Dom May 13, 2007 6:19 pm

Libro 5: El caballero del jubón amarillo
Capítulo 4: La calle de los Peligros

Resumen:

Caminábamos sin luz, guiándonos por la claridad lunar (...) y nuestros pasos resonaban en las calles desiertas. (...) Desembocábamos en la plazuela de Santo Domingo, presidida por la siniestra mole oscura del convento de los frailes del Santo Oficio. (...)
—¿Conocéis la taberna del Perro? –inquirió Angélica. (...)
—Nunca imaginé que pudiera oír el nombre de esa taberna en vuestra boca.
—Hay demasiadas cosas que no imagináis, me temo. Pero tranquilizaos. No voy a pediros entrar allí.
Me tranquilicé un poco. Lo justo. El del Perro era un antro poco recomendable hasta para mí: putas, jaques, pícaros y gente de paso. (...) Había estado alguna vez con el capitán Alatriste y con don Francisco de Quevedo, cuando al poeta se le espoleaba la chanfaina y buscaba material fresco para sus jácaras; amén de que el Perro, pues de tan ilustre apodo gozaba el dueño de la taberna, vendía bajo cuerda hipocrás: bebida famosa y cara cuyo consumo estaba prohibido por varias premáticas (...). El único problema, dije, sería que los sitios adecuados estuvieran ocupados por acechonas.
—¿Acechonas?
—Putas.
Sentí un rudo placer en hablarle de ese modo, como si aquello me devolviera la iniciativa que ella parecía empeñada en controlar. Angélica de Alquézar no lo sabía todo, al cabo. Y a fin de cuentas, por muy vestida de hombre y muchas agallas que tuviera, en Madrid y de noche yo estaba en mi elemento, y ella no. La espada que pendía de mi cinto no era un adorno.
—Ah –dijo.
Eso me dio aplomo. Enamorado, sí. Hasta la gola. Pero no menguado. Y no estaba de más, concluí, ponerlo en claro.
—Decidme qué os proponéis, y qué pinto en esto. (...) Contádmelo o seguís sola.
—No seréis capaz.
Se me encaraba desafiante (...). Era mi turno: conté hasta diez y luego volví la espalda y caminé decidido. Seis, siete, ocho pasos. Maldije en mis entrañas, desgarrándome el corazón. Ella me dejaba ir, y yo no podía volver atrás.
—Esperad –dijo.
Me detuve, aliviado. Sus pasos sonaron acercándose, su mano se apoyó en mi brazo. (...). Creí sentir su olor: pan tierno. Por mi vida que olía a pan tierno.
—Necesito escolta –apuntó.
—¿Y por qué yo?
—Porque no puedo fiarme de otro.
Sonó sincero. Sonó a mentira. Sonó a cualquier cosa probable o improbable, posible o imposible; y lo cierto es que me daba igual cómo sonara. Ella estaba cerca. Mucho. (...)
—He de vigilar a un hombre –dijo.
La contemplé, atónito. Qué hacía una menina de palacio en plena noche y peligros de Madrid, vigilando a un hombre. Por cuenta de quién. La siniestra imagen de su tío el secretario real me pasó por la cabeza. Me estaba enredando de nuevo, comprendí. (...)
–Debéis de tomarme por estúpido. (...)
—Una vez os dije que os amo –susurró.
Y me besó en la boca.

Una ventana iluminada y un hacha de luz sucia, humeante, puesta en una argolla de la pared junto a la puerta de la taberna del Perro, era la única luz de la calleja. (...) Un borracho tambaleante vino a aliviarse a nuestro rincón; le di un susto de muerte cuando, sacando la daga, se la puse entre los ojos y le dije que se fuera enhoramala con su vejiga a otra parte. El borracho debió de tomarnos por gente ocupada en comercios carnales, y sin replicar nada se alejó dando bordos. Terquísima de mí, Angélica de Alquézar sofocaba la risa, divertida.
—Nos toma por lo que no somos –dijo–. Ni hacemos.
Parecía encantada con todo aquello: el lugar inadecuado, la hora, el peligro. Tal vez también conmigo, quise creer. Con mi presencia. (...) El traje de hombre de Angélica no habría superado el escrutinio de los corchetes; y tal suceso, simpático y novelero en el tablado de un corral de comedias, podía tener graves consecuencias en la vida real. El uso de ropas de hombre por las mujeres estaba prohibido con rigor. Incluso muchas veces censuróse representar así en el teatro; y sólo se permitió a quienes interpretaban papeles de mujeres solteras ofendidas o deshonradas; que, como las Petronila y Tomasa de 'La Huerta de Juan Fernández' o la Juana del 'Don Gil de las calzas verdes' de Tirso, la Clavela de 'La francesilla' de Lope y otros sabrosos personajes de ocurrencias semejantes, tenían como excusa ir en procura de su honor y del matrimonio, y no se disfrazaban por vicio, capricho o putería (...). En fin. Mojigatos e hipócritas aparte –luego se llenaban las mancebías, pero ésa es otra historia–, no resultaba ajena a ese celo indumentario la presión de la Iglesia, que a través de confesores reales, obispos, curas y monjas, de los que siempre estuvimos más abastecidos que de chinches y garrapatas una posada de arrieros, procuraba, por la salvación de nuestras almas, que el diablo no hiciese de las suyas; hasta el punto de que ir vestidas de hombre llegó a considerarse agravante a la hora de mandar mujeres a la hoguera en los autos de fe. Pues hasta el Santo Oficio tomaba cartas en este asunto, como lo hacía –y lo sigue haciendo, pardiez– en tantos otros de nuestra desdichada España. (...)

—Contadme algo de vos –dijo de pronto. (...)
Hablé de la primera vez que la vi, casi una niña, en la calle de Toledo. De la fuente del Acero, de las mazmorras de la Inquisición, de la vergüenza del auto de fe. De su carta escrita a Flandes. De cómo pensaba en ella cuando nos cargaron los holandeses en el molino Ruyter y en el cuartel de Terheyden, mientras corría tras el capitán Alatriste con la bandera en las manos, seguro de que iba a morir.
—¿Cómo es la guerra?
Parecía atenta a mi boca. A mí o a mis palabras. De improviso me sentí adulto. Casi viejo.
—Sucia –respondí con sencillez–. Sucia y gris.
Movió la cabeza despacio, cual si reflexionara sobre eso. (...). Eso fue lo que dije, más o menos. Nada de palabras de amor, ni sentimientos. Sólo describí nuestros encuentros, la parte de mi vida que tenía que ver con ella, de la forma más ecuánime posible. Detalle a detalle, como la recordaba. Como no la olvidaría nunca.
—¿No creéis que os amo? –dijo de pronto. (...)
Y ella sonrió a escasas pulgadas de mi boca, con la certeza serena de quien sabe, y aguarda, y convierte el azar del hombre en destino inevitable. Como si todo estuviera escrito antes de que yo naciera, en un viejo libro del que ella poseía las palabras.
—Creo... –empecé a decir.
Entonces su expresión cambió. Los ojos se movieron con rapidez en dirección a la puerta de la taberna, y yo seguí su mirada. Dos hombres habían salido a la calle, calados los sombreros, el aire furtivo, poniéndose las capas. Uno de ellos vestía un jubón amarillo.

Anduvimos tras ellos con cautela, a través de la ciudad en tinieblas. (...)
—Se diría gente de cuidado –le susurré a Angélica.
—¿Y eso os preocupa?
Guardé un silencio ofendido. Los dos hombres siguieron su camino, con nosotros detrás. (...) Oyóse dentro ruido de aceros: alguien reñía muy empeñado, y los dos hombres se detuvieron a escuchar; mas no debió de interesarles el lance, pues reemprendieron camino. Cuando Angélica y yo llegamos al callejón, una sombra embozada pasó corriendo, espada en mano. Me asomé con precaución (...) y quise ir en socorro del doliente; pero Angélica me agarró del brazo.
—No es asunto nuestro.
—Alguien puede estarse muriendo –protesté.
—Todos moriremos un día.
Y dicho eso anduvo decidida tras los dos hombres que se alejaban, obligándome a seguirla por la ciudad en tinieblas. (...) Los seguimos hasta que entraron en una casa de la calle de los Peligros (...). Fuimos a sentarnos en un poyete disimulado tras una columna de piedra. Como refrescaba un poco le ofrecí mi capa, que había rechazado en dos ocasiones. Ahora aceptó, a condición de que nos cubriera a ambos. Así que la extendí sobre sus hombros y los míos, lo que hizo que nos acercáramos más. Yo estaba como pueden imaginar vuestras mercedes: apoyaba las manos en la guarnición de mi espada, con la cabeza aturdida y una exaltación interior que me impedía hilar dos pensamientos seguidos. Ella, con lindo despejo, se mantenía atenta a la casa que vigilábamos. La sentí más tensa, aunque serena y dueña de sí; algo admirable en una moza de su edad y condición. (...) Me sentía como quien pone el cuello en la soga del verdugo, pero se me daba un ceutí. Angélica estaba conmigo, y yo no habría trocado papeles con el hombre más seguro y feliz de la tierra. (...)
—Os creía un mozo alentado y valiente, señor Balboa. ¿Acaso no confiáis en mí?
Dudé antes de responder. Es lo que hace el diablo, pensé. Jugar con la gente. Con la ambición, la vanidad, la lujuria, el miedo. Hasta con el corazón. Está escrito: Todo será tuyo si, postrándote, me adoras. Un diablo inteligente ni siquiera necesita mentir.
—Pues claro que no confío –dije. (...)
—Sois un bobo –concluyó con muchísima dulzura.
Y me besó otra vez. O para ser exactos: nos besamos el uno al otro, no una sino muchas veces; y yo pasé un brazo por sus hombros y la acaricié con cautela, sin que ella mostrara oposición, primero el cuello y los hombros y después buscando con suavidad sus formas de jovencita, bajo el terciopelo del jubón. Ella reía quedo, en mis labios, acercándose y retirándose cuando el deseo me subía demasiado a la cabeza. Y juro a vuestras mercedes que, aunque entonces hubiera visto delante las llamas del infierno, habría seguido a Angélica sin vacilar, espada en mano, a donde quisiera arrastrarme consigo, dispuesto a defenderla a cuchilladas de los mismísimos brazos de Lucifer. A riesgo, o certeza, de mi condenación eterna.

De pronto se apartó de mí. Uno de los embozados había salido a la calle. (...) Vislumbré la silueta de alguien que se acercaba (...). Algo en la forma de moverse del recién llegado me era familiar, sobre todo su manera de echar atrás la capa para desembarazar el puño de la espada. Me adelanté un poco, pegado a la columna del soportal, a fin de verlo mejor. Y a la luz de la luna reconocí, estupefacto, al capitán Alatriste.
El desconocido estaba en mitad de la calle, embozado casi hasta el ala del fieltro, y no parecía tener intención de moverse. De modo que Diego Alatriste se apartó el lado izquierdo de la capa, volviéndola sobre el hombro. (...)
—Ruego a vuestra merced –dijo el desconocido– que no pase adelante.
Sorprendía el tono. Educado y muy cortés, sofocado por el embozo.
—¿Y quién lo dice? –preguntó Alatriste.
—Uno que puede.
No era buen comienzo. (...) Prolongar la parla parecía de más. La única cuestión era si el marrajo estaba solo o no. Echó otro vistazo disimulado a diestra y siniestra. Había algo muy raro en todo aquello.
—Al asunto –dijo sacando la espada. (...)
—No quiero batirme con vos.
Apeaba el tratamiento. Del vuestra merced al vos. O era alguien que lo conocía bien, o estaba loco al provocar así.
—¿Y por qué no?
—Porque no me acomoda. (...)
—Meted mano de una puta vez. (...)
El otro retrocedió un paso abriéndose la capa. El rostro seguía en sombra bajo el ala del chapeo, pero las armas quedaron a la vista: no llevaba una pistola al cinto, sino dos. (...)
—No voy a reñir contigo –dijo el otro.
Me lo pone fácil, decidió el capitán. Ahora, del voseo al tuteo. Me lo pone divino para ensartarlo, salvo que ese tono familiar que advierto en su voz tenga alguna justificación, y yo lo conozca lo bastante para que meter su hocico en mi vida y en mis noches no le cueste la piel. De cualquier modo se hace tarde. Acabemos. (...)
—Maldita sea, Alatriste –masculló–. ¿Todavía no me reconoces? (...)
—¿Señor conde?
—El mismo. (...)
—¿Y qué diablos –preguntó al fin– hace aquí vuestra excelencia?
—Evitar que te compliques la vida. (...)
—Mi vida es cosa mía –replicó.
—Y de tus amigos.
—Veamos entonces por qué no debo pasar adelante.
—Eso no puedo contártelo.
Alatriste movió un poco la cabeza, pensativo, y luego miró su espada y su daga. Somos lo que somos, pensó. Obligados por nuestra reputación. Y no hay otra.
—Me esperan -dijo. (...)
—La plaza está ocupada –dijo Guadalmedina
—Prefiero comprobarlo yo.
—Antes tendrás que matarme. O dejar que te mate.
Había sonado sin jactancia ni amenaza: sólo como algo evidente. Inevitable. Un amigo confiándose en voz baja a otro amigo. También el conde era lo que era, con reputaciones propias y ajenas que sostener. Alatriste repuso en el mismo tono:
—No me ponga vuestra excelencia en ese disgusto. (...)
—Sólo es una mujer –insistió Guadalmedina–. En Madrid las hay a cientos –su tono aún era amistoso, conciliador—... ¿Vas a arruinar tu vida por una comedianta? (...)
—Quien sea ella –dijo al fin– es lo de menos.
Como si hubiera conocido de antemano la respuesta, el otro suspiró con desaliento. Después sacó la espada y se puso en guardia mientras arrimaba la zurda a la culata de una pistola. Entonces Alatriste levantó los aceros, resignado. Consciente de que con aquel gesto la tierra se abría bajo sus pies.

Cuando vi desenvainar al desconocido –de lejos no podía saber quién era, pese a que estaba al fin desembozado–, di un paso adelante; pero las manos de Angélica me retuvieron junto a la columna.
—No es asunto nuestro –susurró. (...) Si salís, me delatáis. Vuestro amigo Batiste es capaz de resolver sus propios asuntos. (...)
Se me nublaba el seso. Seguía aferrada a mi brazo, tan cercana que sentía su aliento en mi rostro. Yo estaba avergonzado de no acudir junto a mi amo; pero si abandonaba a Angélica, o la descubría, mi vergüenza iba a ser otra. (...) Mi amo dio al fin un paso adelante y se trabaron de aceros. Entonces me zafé de las manos de Angélica, desenvainé mi espada y fui en socorro del capitán. (...) Diego Alatriste oyó los pasos que se acercaban a la carrera y se dijo que, después de todo, Guadalmedina no estaba solo; y que, aparte la pistola que Álvaro de la Marca ya tenía en la mano, las cosas iban a ponerse turbias de allí a nada. Así que madruguemos, decidió, o soy historia (...), mientras meditaba la forma de herir y a ser posible no matar. (...) El capitán le largó una mojada al brazo que vino a dar con la pistola en tierra, e hizo al de la Marca irse atrás dando traspiés entre un pardiez y un voto a Cristo. (...)
—¡Capitán! –grité. (...)
—Por el amor de Dios, Alatriste –dijo– ¿Cómo metes al chico en esto?
Me quedé de piedra al reconocer la voz. Bajé la temeraria, mirando de cerca al adversario de mi amo, cuyo rostro adiviné al fin a la luz de la luna.
—¿Qué haces aquí? –me preguntó el capitán.
El tono era seco, metálico como su espada. (...)
—Creí... –balbucí.
—¿Qué carajos creíste? (...)
El tono aún era de matar. Juro a vuestras mercedes que tuve miedo.
—Os he seguido –mentí. (...) Temí que tuvieseis un mal lance.
—Estáis locos los dos –apuntó Guadalmedina.
Su tono, sin embargo, parecía aliviado. Como si mi presencia diese una salida inesperada al episodio. Una solución honrosa donde antes no había otra que hacerse pedazos. (...)
—Dejemos esta noche las cosas como están.
Aquel «esta noche» era elocuente. Comprendí apenado que, para Guadalmedina, la casa de la calle de los Peligros o el motivo de la querella eran lo de menos. Diego Alatriste y él habían cambiado estocadas, y eso incluía ciertos compromisos. Rompía unas cosas y obligaba a otras. Llegados a ese extremo, el lance quedaba aplazado, pero no olvidado. Pese a la antigua amistad, Álvaro de la Marca era quien era, y su oponente no pasaba de simple soldado que, aparte la espada, no tenía bajo las botas ni tierra propia donde caerse muerto. Después de lo ocurrido, cualquier otro que se hallara en la posición del conde habría puesto al capitán al remo de una galera o con grilletes en una mazmorra. Eso, si lograba resistirse al impulso de hacerlo asesinar. Pero Álvaro de la Marca era de otra pasta. Quizá creía, como Alatriste, que una vez fuera verbos y aceros no es posible volverlos sin más a la vaina. Así que todo podría solventarse más adelante, con calma y en el lugar adecuado; donde ni uno ni otro tuvieran que cuidar más que de sí mismos.
El capitán me miraba (...). Al cabo enfundó espada y daga muy despacio, cual si reflexionara. Cambió una ojeada silenciosa con Guadalmedina, y después me apoyó una mano en un hombro.
—No vuelvas a hacer eso –dijo al fin, hosco.
Sus dedos de hierro se clavaban con tanta fuerza que me hacían daño. Acercaba el rostro y me miraba muy próximo, su nariz aguileña perfilada sobre el mostacho. Olía como siempre: cuero, vino y metal. Hice un esfuerzo por liberar mi hombro, pero él seguía asiéndome con dureza.
–No vuelvas a seguirme –repitió– nunca.
Y yo me retorcía por dentro de vergüenza y remordimiento.

Avatar de Usuario
elisheva
Mensajes: 6903
Registrado: Dom May 01, 2005 11:00 pm
Ubicación: Por ahí...

Mensaje por elisheva » Dom May 13, 2007 6:22 pm

Qué casualidad. Justo acabo de terminar ese capítulo para los términos de la enciclopedia :P
...En tierra, en humo, en polvo, en sombra, en nada...

Avatar de Usuario
juralue
Mensajes: 1566
Registrado: Jue Oct 12, 2006 11:00 pm

Mensaje por juralue » Lun May 14, 2007 3:53 pm

en este capitulo es como si nuestro dios tiene los pies de barro, es terrenal y por una vez pierde los papeles de lo que de verdad le conviene
llame al cielo y no me oyo
pues sus puertas me cierra
de mis pasos en la tierra
responda el cielo y no yo

Avatar de Usuario
varoborja
Mensajes: 4
Registrado: Vie Feb 04, 2011 12:00 am

comentario acerca del capítulo

Mensaje por varoborja » Vie Feb 04, 2011 12:58 am

bueno amigos
en sí el libro es bastante novelesco, conectándose muy bien con el anterior.
en particular este capítulo me genera, al igual que los que están relacionados con aangélica, cierta descolocación y identificación con Iñigo. ver que ella es la persona amada, quien a la vez tiene una manera singular de amar, porque es indiscutible que es raro que alguien ame queriendo que matar a su correspondiente. ¿ será algo simbólico eso de que angélica quiera matar a iñigo?. una vez un amigo me dijo que el desear a una persona era la complementación entre amor y odio...
tambien es divertido ver cómo iñigo en plena adolescencia, atestado de hormonas, enfrenta sus miedos con sus ideales de valiente soldado.

Responder