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Comentarios y noticias sobre la saga de novelas ‘Las aventuras del capitán Alatriste’

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Bronteana
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Mensaje por Bronteana » Mié Jun 15, 2005 8:33 pm

Algunos de mis pasajes favoritos los han puesto ya, por ejemplo los que han escogido Earelen y Bramante, pero escojo otro momento del "El Pasadizo de San Ginés", perteneciente a Limpieza de Sangre, donde Íñigo habla de la vulnerabilidad del Capitán por el hecho de que tenerle a él bajo su protección, especialmente tras su caída en manos de la Inquisición. El pasaje ilustra muy bien la naturaleza y su concepto de responsabilidad y honor, además de exponer muy claramente sus sentimientos respecto a Íñigo:

Yo era su responsabilidad, le plugiera o no. Y del mismo modo que los amigos y las mujeres no se escogen, sino que te eligen ellos a tí, la vida, mi padre muerto, los azares del Destino, habíanme puesto en su camino y de nada valía cerrar los ojos ante un hecho molesto y muy cierto: yo lo convertía en más vulnerable. En la vida que le había tocado vivir, Diego Alatriste era tan hideputa como el que más; pero era uno de esos hideputas que juegan según ciertas reglas. Por eso estaba callado y quieto, que era una forma tan buena como otra cualquiera de estar desesperado. Y por eso atisbaba los rincones oscuros de la calle, deseando encontrar agazapado a un esbirro, un espía, un enemigo cualquiera en quien calmar aquella desazón que le crispaba el estómago y le hacía apretar los dientes hasta que sentir doloridas las quijadas...

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Dhwilinel
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Mensaje por Dhwilinel » Jue Jun 16, 2005 12:35 pm

Aunque tardo en escribir por motivos ajenos al foro, tenía elegido el capítulo desde hace tiempo, el primero que tuve en mente fue "El degüello", pero mi querido general se adelantó, así que me quedo con otro capítulo del "El sol de Breda" ya que es mi favorito. Elijo "La fiel infantería" y destacó una poesía de Tirso de Molina y un párrafo donde Iñigo Balboa se refiere al valor de los soldados, me llama especialmente la atención, porque define de alguna manera como problemas causados por representantes del pueblo, son siempre solucionados por el pueblo, algo que aún hoy en día sigue sucediendo:

"Mi linaje empieza en mí,
porque son mejores hombres
los que sus linajes hacen,
que aquellos que los deshacen
adquiriendo viles nombres."

"...Que los menguados que hablan de la gloria de la guerra y las batallas deberían recordar las palabras del marqués de Pescara: <<Que Dios me de cien años de guerra y no un día de batalla>>, o darse paseos como el que yo me di aquella mañana para conocer la verdadera trastienda, la tramoya del espectáculo de las banderas, y las trompetas, y los discursos inventados por bellacos y valentones de retaguardia; esos que salen de perfil en las monedas y en las estatuas sin haber oído jamás zumbar una bala, ni visto morir a los camaradas, ni mancharon nunca sus manos con sangre de un enemigo, ni corrieron nunca peilgro de que les volaran los aparejos de un escopetazo en las ingles..."

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Agualuna
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Mensaje por Agualuna » Jue Jun 16, 2005 9:12 pm

Yo voy a poner mi granito de arena aqui. A mí como siempre me gustan los buenos comienzos, os voy a poner más que un capitulo en concreto, dos momentos para mi muy importantes de la narración. Ambos son del primer libro "El capitán Alatriste". En el primer capitulo " La taberna del Turco", Diego hace su aparición de los labios de Íñigo, quien lo describe con claridad : "todavía me parece ver a Diego Alatriste flaco y sin afeitar, parado en el umbral con el portón de madera negra claveteada cerrándose a su espalada. Recuerdo perfectamente su parpadeo ante la claridad cegadora de la calle, con aquel espeso bigote que le ocultaba el labio superior, su delgada silueta envuelta en la capa, y el sombrero de ala ancha bajo cuya sombra entornaba los ojos claros, deslumbrados, que parecieron sonreír al divisarme sentado en un poyete de la plaza. Había algo singular en la mirada del capitán por una parte era muy clara y muy fría, glauca como el agua de los charcos en las mañanas de invierno. Por otra, podía quebrarse de pronto en una sonrisa cálida y acogedora, como un golpe de calor fundiendo una placa de hielo, mientras el rostro permanecía serio, inexpresivo o grave. Poseía, aparte de ésa, otra sonrisa más inquietante que reservaba para los momentos de peligro o de tristeza: una mueca bajo el mostacho que torcía este ligeramente hacía la comisura izquierda y siempre resultaba amenazadora como una estocada...."

El otro momento es cuando Gualterio Malatesta entra en escena en el capitulo dos "Los enmascarados", y lo hace asi:
"Italiano,, dedujo el capitán al oír su acento. Hablaba quedo y grave, casi confidencial, pero de un modo apagado, áspero, que producía una incómoda desazón. Como si alguien le hubiera quemado las cuerdas vocales con alcohol puro. En lo formal, el tono de aqui individuo era respetuoso; pero había un nota falsa en él. Un especie de insolencia no por disimulada menos inquietante. "

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Claire
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Mensaje por Claire » Jue Jun 16, 2005 11:06 pm

Dhwilinel, me encanta el pasaje que has escogido. Otro fragmento de Flandes que me gusta pero que ya no puedo poner bajo mi "tutela". Y es que desde que alguien se me adelantó con lo del molino Ruyter no consigo decidirme y apadrinar algo de una puñetera vez :lol: ¿Cuando sale la nueva entrega del Capitán? :roll:

Por cierto, Chupi, era servidora quien tenía de firma eso de los héroes cansados. Lo que no recordaba era que estaba precedido por esa reflexión acerca del duelo en la alameda, que también es memorable. Y esa frase es el colofón perfecto... Vamos, que ahora me gusta más que antes. :wink:
... y ganar laureles a fin de que un día, narrando mis hazañas entorno a la mesa de una taberna, alguien recitara también, en mi honor, unos versos como aquéllos.

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CGA
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Mensaje por CGA » Jue Jul 07, 2005 2:08 pm

YO APADRINO AL CAPITULO 8 (SOBRE ASESINOS Y LIBROS) DE "EL CABALLERO DEL JUBÓN AMARILLO



SI YA LO TIENE ALGUIEN QUE ME LO DIGA. :roll:

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Bruner
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Mensaje por Bruner » Vie Jul 08, 2005 11:49 am

Mi primer mensaje en el Foro (acabo de descubrir la página hace unos días) va a ser para apadrinar un párrafo de "El Caballero del jubón amarillo". Me impactó y aunque estoy seguro de que releyendo cualquiera de los volúmenes de las aventuras de El Capitán podría encontar otros fragmentos igualmente significativos, éste me gustó sobremanera. Es una reflexión de Iñigo, y aparece en el Cap. II La Casa de la calle Francos:

"Hoy, desde esta vejez interminable en la que parezco suspendido mientras escribo mis recuerdos, miro atrás, y bajo el rumor de las banderas que ondean al viento, entre el redoble del tambor que marca el paso tranquilo de la vieja infantería que vi morir en Breda, Nordlingen, Fuenterrabía, Cataluña o Rocroi, sólo encuentro rostros de fantasmas y la soledad lúcida, infinita, de quien conoce lo mejor y lo peor que alberga el nombre de España. Y ahora sé, tras pagar el precio que la vida exige, lo que encerraban los silencios y la mirada ausente del capitán Alatriste."

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elisheva
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Mensaje por elisheva » Vie Jul 08, 2005 12:13 pm

¡Precioso extracto, Bruner! y bienvenido. Por favor, siéntete libre para escribir todo lo que desees y no dejes de hacerlo
...En tierra, en humo, en polvo, en sombra, en nada...

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juanrahig
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Mensaje por juanrahig » Vie Jul 08, 2005 11:56 pm

Bienvenido Bruner, me ha encantado ese estracto, tiene lo que yo llamo el toque Perez Reverte: ese toque entre melancolico, enfadado, no se si me entendeis.
Es muy habitual en los libros del tio Arturo, yo cuando leo algo de este estilo siempre tengo la sensacion de que estuviera viendo una peli en la que la camara se estuviera alejando del protagonista para mostrar un paisaje .

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mastelerillo
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No se cual escoger....

Mensaje por mastelerillo » Dom Ago 14, 2005 10:37 am

Como la saga de Alatriste esta sembrada de genialidades ,cuesta mucho decidirse por alguna en especial,tambien ya ha salido lo del deguello del holandes que cuenta Targul y la parte de la responsabilidad de Alatriste respecto a Iñigo en el pasaje de San Gines de limpieza de sangre que cuenta Bronteana son para ser enseñadas en las escuelas como poco.
Mi eleccion (he debido coger de nuevo los libros y hojearlos porque sabia que se me escapaban demasiados de la memoria) son partes del final del Caballero del Jubon Amarillo:

-Ese rapaz tiene casta,señor capitan.Podreis estar orgulloso.Os doy mi palabra de que me olgare si escapa bien de esta.
-Eso espero.Asi, puede que un dia os mate el.
Malatesta iba en pos de sus hombres,dejando al otro como custodia del prisionero.
-Quizas-dijo.
De pronto se volvió despacio,y sus ojos sombrios se clavaron en los de Alatriste.
-Al cabo-añadió-, como a vos,alguien tendra que matarme alguna vez.

Chulo,?verdad¿.y hay otra parte mas del final donde acaba comprobando cual es un amigo sincero y quien lo deja en la estacada por salvar su puerco pellejo......

Álvaro de la Marca hizo traer otra jarra,chasqueando los dedos.Cuando un sirviente se la puso en la mano,la levantó en obsequio del capitan.
-Por lo de hoy,Alatriste -dijo sonriente,haciendo la razon-.Por el rey,y por ti.
Bebió,y luego alargó desde arriba una mano enguantada para estrechar la de mi amo,o para ayudarlo a ponerse en pie, esperando que éste se sumara al brindis.Pero el capitan permaneció sentado e inmovil,su jarra en el regazo,ignorando la mano extendida.Miraba caer la lluvia sobre los cadaveres alineados en el barro.
-Quizas...-empezo a decir Gadalmedina.
De pronto callo, y vi desvanecerse la sonrisa en sus labios.Me miro,y desvié la vista.Estuvo así un momento,observándonos.Luego dejo muy despacio la jarra en el suelo y volvió la espalda,alejandose.
Permací callado,sentado junto a mi amo,escuchando el rumor del agua sobre el techo de pizarra.
-Capitán-murmuré al fin.
Solo eso.Sabia que era suficiente.Sentí su mano áspera apoyarse en mi hombro,y luego darme un golpecito suave en el pescuezo.
-Estamos vivos- dijo al fin.

a ver quien se anima y pone otros memorables favoritos.

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Hernandez
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Mensaje por Hernandez » Dom Ago 14, 2005 4:18 pm

Bueno, yo me parece q voy a incluir un lance de espada, q me parece q no se a puesto ninguno, he estado dudanto entre el del corral de comedias del primer libro o el del principio de El caballero del jubon amarillo...

"A Diego Alatrsite se lo llevaban los diablos. Había comedia nueva en el corral de la cruz, y él estaba en la cuesta de la Vega, batiendose con un fulano de quien desconocia el nombre. Estrenaba Tirso, lo que era gran suceso en la Villa y Corte. Toda la ciudad llenaba el teatro o hacia cola en la calle, lista para acuchillarse por motivos razonables como un asiento o un lugar de pie para asistir a la representación, y no por un quítame allá esas pajas tras un tropiezo fortuito en una esquina, que tal era el caso: ritual de costumbre en aquel Madrid donde resultaba tan ordinario desenvainar como santiguarse. Pardiez que a ver si mira vuestra merced por dónde va. Miradlo vos, si no sois ciego. Pese a Dios. Pese a quien pese. Y aquel inoportuno voseo del otro -un caballero mozo, que se acaloraba facil- haciendo inebitable el lance. Vuestra merced puede tratarme de vos e incluso tutearme muy a sus anchas, había dicho Alatriste pasandose los dedos por el mostacho, en la cuesta de la Vega, que esta a cuatro pasos. Con espada y daga, si es tan hidalgo de tener un rato. Por lo visto el otro lo tenía, y no estaba dispuesto a modificar el tratamiento. De manera que allí estaban, en las vistillas de la cuesta sobre el Manzanares, tras caminar uno junto al otro como dos camaradas, sin dirigirse la palabra ni desnudar blancas y bizcainas, que ahora tintineaban muy a lo vivo, cling, clang, reflejando el solo de la tarde.
Paró, con atención repentina y cierto esfuerzo, la primera estocada seria tras el tanteo. Estaba irritado, más consigo mismo que con su adversario. Irritado de la propia irritación. Eso era poco práctico en tales lances. La esgrima, cuando iban al parche de la caja la vida o la salud, requería frialdad de cabeza amén de buen pulso, porque de lo contrario uno se arriesgaba a que la irritación o cualquier otro talante escapase del cuerpo, junto al ánima, por algún ojal inesperado del jubón. Pero no podía evitarlo. Ya había salido con aquella negra disposición de ánimo de la taberna del Turco –la discusión con Caridad la Lebrijana apenas llegada ésta de misa, la loza rota, el portazo, el retraso con que se encaminaba al corral de comedias–, de modo que, al doblar la esquina de la calle del Arcabuz con la de Toledo, el malhumor que arrastraba convirtió el choque fortuito en un lance de espada, en vez de resolverlo con sentido común y verbos razonables. De cualquier modo, era tarde para volverse atrás. El otro se lo tomaba a pecho, aplicado a lo suyo, y no era malo. Ágil como un gamo y con mañas de soldado, creyó advertir en su manera de esgrimir: piernas abiertas, puño rápido con vueltas y revueltas. Acometía a herir a lo bravo, en golpes cortos, retirándose como para tajo o revés, buscando el momento de meter el pie izquierdo y trabar la espada enemiga por la guarnición con su daga de ganchos. El truco era viejo, aunque eficaz si quien lo ejecutaba tenía buen ojo y mejor mano; pero Alatriste era reñidor más viejo y acuchillado, de manera que se movía en semicírculo hacia la zurda del contrario, estorbándole la intención y fatigándolo. Aprovechaba para estudiarlo: en la veintena, buena traza, con aquel punto soldadesco que un ojo avisado advertía pese a las ropas de ciudad, botas bajas de ante, ropilla de paño fino, una capa parda que había dejado en el suelo junto al chapeo para que no embarazase. Buena crianza, quizás. Seguro, valiente, boca cerrada y nada fanfarrón, ciñéndose a lo suyo. El capitán ignor una estocada falsa, describió otro cuarto de arco a la
derecha y le puso el sol en los ojos al contrincante. Maldita fuera su propia estampa. A esas horas La huerta de Juan Fernández debía de estar ya en la primera jornada.
Resolvió acabar, sin que la prisa se le volviera en contra. Y tampoco era cosa de complicarse la vida matando a plena luz y en domingo. El adversario acometía para formar tajo, de manera que Alatriste, después de parar, aprovechó el movimiento para amagar de punta por arriba, metió pies saliéndose a la derecha, bajó la espada para protegerse el torso y le dio al otro, al pasar, una fea cuchillada con la daga en la cabeza. Poco ortodoxo y más bien sucio, habría opinado cualquier testigo; pero no había testigos, María de Castro estaría ya en el tablado, y hasta el corral de la Cruz quedaba un buen trecho. Todo eso excluía las lindezas. En cualquier caso, bastó. El contrincante se puso pálido y cayó de rodillas mientras la sangre le chorreaba por la sien, muy roja y viva. Había soltado la daga y se apoyaba en la espada curvada contra el suelo, empuñándola todavía. Alatriste envainó la suya, se acercó y acabó de desarmar al herido con un suave puntapié. Luego lo sostuvo para que no cayera, sacó un lienzo limpio de la manga de su jubón y le vendó lo mejor posible
el refilón de la cabeza.
–¿Podrá vuestra merced valerse solo? –preguntó.
El otro lo miraba con ojos turbios, sin responder. Alatriste resopló con fastidio.
–Tengo cosas que hacer –dijo.
Al fin, el otro asintió débilmente. Hacía esfuerzos por incorporarse, y Alatriste lo ayudó a ponerse en pie. Se le apoyaba en el hombro. La sangre seguía corriendo bajo el pañizuelo,
pero era joven y fuerte. Coagularía pronto.
–Mandaré a alguien –apuntó Alatriste.
No veía el momento de irse de una maldita vez. Miró arriba, al chapitel de la torre del Alcázar Real que se alzaba sobre las murallas, y luego abajo, hacia la prolongada puente segoviana. Ni alguaciles –ése era el lado bueno– ni moscones. Nadie. Todo Madrid estaba en lo de Tirso, mientras él seguía allí, perdiendo el tiempo. Tal vez, pensó impaciente, un real sencillo resolviese la cuestión con cualquier esportillero o ganapán ocioso de los que solía haber intramuros de la puerta de la Vega, esperando viajeros. Éste podría llevar al forastero hasta su posada, al infierno, o a donde diablos gustara. Hizo sentarse de nuevo al herido, en una piedra vieja caída de la muralla. Luego le alcanzó sombrero, capa, espada y daga.
–¿Puedo hacer algo más?
El otro respiraba despacio, aún sin color. Miró a su interlocutor un largo rato, como si le costara precisar las imágenes.
–Vuestro nombre –murmuró al fin con voz ronca.
Alatriste se sacudía con el sombrero el polvo de las botas.
–Mi nombre es cosa mía –respondió con frialdad, calándose el chapeo–. Y a mí se me da un ardite el vuestro."

EL CORRAL DE LA CRUZ. EL CABALLERO DEL JUBÓN AMARILLO.

Bueno, quizas es un poco largo, a mi me impzcto mucho, pero claro me lei los cuatro primeros del tirón mas o menos cuando salio El oro del rey y para este me tocó esperar, a si q empezar a leerlo es lógico q me impactara....

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elisheva
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Mensaje por elisheva » Mar Sep 27, 2005 7:19 pm

Desde aquí lanzo de nuevo la sugerencia para los últimos amigos que se han añadido al foro. ¿Quereis compartir con nosotros vuestros pasajes favoritos?
Mientras tanto aquí va una reflexión de Ïñigo sobre las palabras de Quevedo, pertenecientes al cap. 3º de "El capitán Alatriste":

"Escuchaba yo aquellas razones desde mi asiento en la puerta, maravillado e inquieto, intuyendo que tras las palabras malhumoradas de don Francisco había motivos oscuros que no alcanzaba a comprender, pero que iban más allá de una simple rabieta de su agrio carácter. No entendía aún, por mis pocos años, que es posible hablar con extrema dureza de lo que se ama, precisamente por que se ama, y con la autoridadmoral que nos confiere ese mismo amor. A don Francisco de Quevedo, eso pude entenderlo más tarde, le dolía mucho España. Una España todavía temible en el exterior, pero que a pesar de la pompa y el artificio, de nuestro joven y simpático rey,de nuestro orgullo nacional y nuestros heroicos hechos de armas, se había echado a dormir confiada en el oro y la plata que traían los galeones de Indias. Pero ese oro y esa plata se perdían en manos de la aristocracia, el funcionariado y el clero, perezosos, maleados e improductivos, y se derrochaba en vanas empresas como mantener la costosa guerra reanudada en Flandes, donde poner una pica, o sea, un nuevo piquero o soldado costaba un ojo de la cara. Hasta los holandeses, a quienes combatíamos, nos vendían sus productos manufacturados y tenían arreglos comerciales en el mismísimo Cádiz para hacerse con los metales preciosos que nuestros barcos, tras evitar a sus piratas, traían desde Poniente. Aragoneses y catalanes se escudaban en sus fueros, Portugal seguía sujeto con alfileres, el comercio estaba en manos de extranjeros, las finanzas eran de los banqueros genoveses, y nadie trabajaba salvo los pobres campesinos, esquilmados por los recaudadores de la aristocracia y del rey. Y en mitad de aquella corrupción y aquella locura, a contrapelo del curso de la Historia, como un hermoso animal terrible en apariencia, capaz de saestar fieros zarpazos pero roído el corazón por un tumor maligno, esa desgraciada España estaba agusanada por dentro, condenada a una decadencia inexorable cuya visión no escapaba a la clarividencia de aquel hombre excepcional qie era don Francisco de Quevedo. Pero yo, en aquel entonces, sólo era capaz de advertir la osadía de sus palabras; y echaba ojeadas inquietas a la calle, esperando ver aparecer de un momento a otro a los corchetes del corregidor con una nueva orden de prisión para castigar su orgullosa impertinencia."

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Lenka
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Mensaje por Lenka » Mié Sep 28, 2005 5:42 pm

Bueno, ya veo que la mayoría de mis escenas predilectas han sido citadas, foreros. En realidad, qué difícil resulta escoger un párrafo cuando hablamos de las novelas de Reverte!! Alatriste es el amor de mi vida, el personaje que más me ha entusiasmado en los últimos años (sustituyendo al Aragorn que me enloqueció en la infancia y adolescencia... Santo Dios, si Viggo Mortensen sigue encarnando a mis héroes, voto a bríos que no nos quedará si no batirnos... o que me case con él!! :lol: Ayyyyyssss!!)

Pero bueno, si hay que participar, se participa, qué demonios! Aquí os dejo mi pequeña contribución:

Angélica de Alquézar habíame enajenado el alma, y la retuvo durante toda su vida. Y yo, que le hubiera dado mil veces la muerte y otras mil hubiera muerto sin pestañear por ella, no olvidaré jamás su inextricable sonrisa, sus fríos ojos azules, su piel blanquísima, suave y tersa, cuyo tacto delicioso aún recuerda la mía, cubierta de antiguas cicatrices, alguna de las cuales, pardiez, hízome ella misma. Como la que llevo en la espalda, larga, de daga, indeleble igual que aquella noche, mucho después del tiempo que ahora narro, cuando ya no éramos niños y la abracé amándola y odiándola a un tiempo, sin importarme amanecer vivo o muerto. Y ella, mirándome muy de cerca, en un susurro, con los labios rojos de sangre tras besar mi herida, pronunció unas palabras que no olvidaré ni en esta vida ni en la otra: «Me alegro de no haberte matado todavía».

Este fragmento pertenece a Limpieza de Sangre, concretamente al capítulo VIII. titulado "Una visita nocturna". Me fascina la manera en la que el amor y el odio pueden ir de la mano. Así lo dice el propio Íñigo: "Era como amar al diablo aun sabiendo que lo es".

Sé que la habéis puesto ya, pero no puedo resistirme...
–Mira –dijo.
Le mostraba el antebrazo, donde una cicatriz delgada y larga subía entre el vello por la piel curtida, hasta el codo. Y luego, ante la nariz del espantado genovés, el capitán Alatriste acercó la llama de la vela a su propia carne desnuda. La llama crepitó entre olor a piel quemada, mientras apretaba las mandíbulas y el puño, y los tendones y músculos del antebrazo se endurecían como sarmientos de vid tallados en piedra. Frente a sus ojos, que seguían mirando glaucos e impasibles, los del genovés estaban desorbitados por el horror. Aquello duró un momento que pareció interminable. Después, con mucha flema, Alatriste dejó la palmatoria sobre la mesa, volvió a ponerse ante el prisionero y le mostró el brazo. Una atroz quemadura, del tamaño de un real de a ocho, enrojecía la piel abrasada en los bordes de la llaga.
–Jerónimo... –repitió.
Había acercado otra vez su cara a la del otro, y de nuevo le hablaba en voz baja, casi confidencial:
–Si esto me lo hago yo, imagina lo que soy capaz de hacerte a ti.


Sólo de pensarlo me tiemblan las piernas. Mi parte más sádica se desvanece de puro amor, ay, Alatriste, cómo quedaría tal escena a través de los ojos de Mortensen...

También me enternecen las escenas "padre-hijo" entre Alatriste e Íñigo. Sobre todo cuando hablan del valor, del miedo, del amor... de las trampas del oficio, de las cuentas pendientes...
–Estuviste bien antes, en la Alameda.
Me sonrojé de orgullo. En boca del capitán Alastriste, aquellas palabras valían el rescate de un genovés. El cubríos de un Rey.
–Sabía que era una trampa –dije.
Por nada del mundo estaba dispuesto a que creyera que había ido a meterme en la celada como un mochilero pardillo. El capitán movió la cabeza, tranquilizándome.
–Sé que lo sabías. Y sé que la trampa no era para ti.
–Angélica de Alquézar –dije, con cuanta firmeza pude– sólo es asunto mío.
Ahora se quedó callado mucho rato. Yo miraba por la ventana, el aire obstinado, y el capitán me observaba en silencio.
–Claro –volvió a decir al fin.
Las escenas recientes de aquella jornada se agolpaban en mi cabeza. Me toqué la boca, donde ella había apoyado sus labios. Podrás cobrar el resto de la deuda, había dicho. Si sobrevives. Luego palidecí al recordar las siete sombras saliendo de la oscuridad, bajo los árboles. Aún me dolía el hombro de la cuchillada que habían parado el coleto del capitán y mi juboncillo de estopa.
–Algún día –murmuré, casi pensando en voz alta– mataré a Gualterio Malatesta.
Oí reír a mi lado al capitán. No había burla de por medio, ni desdén por mi arrogancia de mozo. Era una risa contenida, en voz baja. Afectuosa y suave.
–Es posible –dijo–. Pero antes debo intentar matarlo yo.

Este fragmento es de El oro del Rey, del capítulo V, titulado "El desafío".
Me alegro de no haberte matado todavía...

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Lenka
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Mensaje por Lenka » Mié Sep 28, 2005 5:43 pm

Hablemos del italiano...
–Cuéntale al capitán –dijo el italiano– que Gualterio Malatesta no olvida la cuenta pendiente entre ambos. Y que la vida es larga, hasta que deja de serlo... Dile también que nos encontraremos de nuevo, y que en esa ocasión espero darme más maña que hasta ahora, y matarlo. Sin acaloramientos ni rencores: con calma, espacio y tiempo. Se trata de una cuestión personal. Profesional, incluso. Y de profesional a profesional, estoy seguro de que él lo entenderá perfectamente... ¿Le darás el mensaje? –de nuevo el destello blanco le cruzó la cara, peligroso, como un relámpago–. Voto a Dios que eres un buen mozo.
Se quedó absorto, mirando de nuevo un punto indeterminado de la plaza llena de veladuras grises. Hizo después un gesto como para irse, pero se detuvo antes.
–Por cierto –añadió, sin mirarme–. La otra noche, en el Portillo de las Ánimas, estuviste muy bien. Aquellos pistoletazos a bocajarro... Pardiez. Supongo que Alatriste sabrá que te debe la vida.
Sacudió las gotas de agua de los pliegues de la capa y se embozó con ella. Sus ojos, negros y duros como piedras de azabache, se detuvieron por fin en mí.
–Imagino que nos volveremos a ver –dijo, y echó a andar. De pronto se detuvo, vuelto a medias–. Aunque, ¿sabes? Debería acabar contigo, ahora que aún eres un chiquillo... Antes de que seas un hombre y me mates tú a mí.
Después volvió la espalda y se fue, convertido de nuevo en la sombra negra que siempre había sido. Y oí su risa alejándose bajo la lluvia.


Ese Gualterio Malatesta... un cabrón de lo más encantador. Así finaliza, como todos sabréis, la primera aventura de Alatriste.

Final del capítulo VI de El Sol de Breda, titulado "A degüello":
Y vime en posesión de una verdad terrible, que hasta ese instante sólo había sabido intuir en la mirada glauca del capitán Alatriste: quien mata de lejos lo ignora todo sobre el acto de matar. Quien mata de lejos ninguna lección extrae de la vida ni de la muerte: ni arriesga, ni se mancha las manos de sangre, ni escucha la respiración del adversario, ni lee el espanto, el valor o la indiferencia en sus ojos. Quien mata de lejos no prueba su brazo ni su corazón ni su conciencia, ni crea fantasmas que luego acudirán de noche, puntuales a la cita, durante el resto de su vida. Quien mata de lejos es un bellaco que encomienda a otros la tarea sucia y terrible que le es propia. Quien mata de lejos es peor que los otros hombres, porque ignora la cólera, y el odio, y la venganza, y la pasión terrible de la carne y de la sangre en contacto con el acero; pero también ignora la piedad y el remordimiento. Por eso, quien mata de lejos no sabe lo que pierde.

Y para terminar (que ya me vale el abuso), final del capítulo VII de El Sol de Breda, titulado "El asedio".

Alatriste callaba. A veces, se dijo para sus adentros, Dios parece saciado. Entonces, ahíto de dolor y de sangre, mira hacia otro lado y descansa.

Y lo dejo ya, porque capaz soy de transcribir las cinco novelas!!! No puedo decidirme, bravos y damas. Tanta belleza me supera.
Me alegro de no haberte matado todavía...

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elisheva
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Mensaje por elisheva » Mar Nov 15, 2005 2:58 pm

Una nueva reflexión de Íñigo, esta vez acerca del inquisidor Fray Emilio Bocanegra, "presidente del consejo de los seis jueces, el más temido tribunal del Santo Oficio. Tambien , según lo que había oído al capitán y a sus amigos, uno de los más encarnizados enemigos de mi amo".
El siguiente pasaje corresponde al cápitulo titulado "Gentes de un sólo libro" de "Limpieza de sangre", donde Íñigo ha sido capturado e interrogado por los inquisidores, y donde conoce a Fray Emilio Bocanegra:

"...En cuanto a mí, aunque resulte poco gentilhombre alardear de ello, no me habían arrancadouna sola de las palabras que deseaban. Ni siquiera cuando uno de los verdugos, el pelirrojo, se encargó de medir cumplidamente mis espaldas con un vergajo de toro. Pero aunque estaba lleno de cardenales y tenía que dormir boca abajo- si dormir puede llamársele a una duermevela angustiosa, a medio camino entre la realidad y los fantasmas de la imaginación-, nadie pudo sacarme de los labios, secos y agrietados, llenos de costras de sangre que ahora sí era mía, otras palabras que gemidos de dolor o protestas de inocencia. Aquella noche yo sólo pasaba por allí camino de mi casa. Mi amo el capitán Alatriste nada tenía que ver. Nunca había oído hablar de la familia de la Cruz. Yo era cristiano viejo y mi padre había muerto por el rey en Flandes...Y vuelta a empezar: aquella noche yo sólo pasaba por allí camino de mi casa...
No había piedad en ellos, ni siquiera esos ápices de humanidad que a veces uno vislumbra incluso en los más desalmados. Frailes, juez, escribano y verdugos se comportaban con una frialdad y un distanciamiento tan rigurosos que era precisamente lo que más pavor producía; más, incluso, que el sufrimiento que eran capaces de inflingir: la helada determinación de quien se sabe respaldado por leyes divinas y humanas, y en ningún momento pone en duda la licitud de lo que hace. Después, con el tiempo, aprendí que, aunque todos los hombres somos capaces de lo bueno y de lo malo, los peores son siempre aquellos que, cuando administran el mal, lo hacen amparándose en la autoridad de otros, en la subordinación o en el pretexto de las órdenes recibidas. Y si terribles son quienes dicen actuar en nombre de una autoridad, una jerarquía o una patria, mucho peores son quienes se estiman justificados por cualquier dios. Puestos a elegir con quien habérselas a la hora, a veces insoslayable, de tratar con gente que hace el mal, preferí siempre a aquellos capaces de no acogerse más que a su propia responsabilidad. Porque en las cárceles secretas de Toledo pude aprender, casi a costa de mi vida, que nada hay más despreciable, ni peligroso, que un malvado que cada noche se va a dormir con la conciencia tranquila. Muy malo es eso. En especial, cuando viene parejo con la ignorancia, la superstición, la estupidez o el poder; que a menudo se dan juntos. Y aún resulta peor cuando se actúa como exégeta de una sola palabra, sea del Talmud, de la Biblia, el Alcorán o cualquier otro escrito o por escribir. No soy amigo de dar consejos- a nadie lo acuchillan en cabeza ajena-, más ahí va uno de barato: desconfíen vuestras mercedes de quien es lector de un solo libro.

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Breda
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Mensaje por Breda » Vie Nov 18, 2005 2:11 am

Hoy es el cumpleaños de mi padre y en su honor voy a apadrinar un capítulo de El Sol de Breda. Mi padre empezó a leer Alatriste este verano, más que nada empujado por mí y a sabiendas de que le iba a gustar, aunque él andaba muy remolón por los 5 libritos que se le venían encima y sus 83 años próximos. Hace poco vino a devolvérmelos absolutamente fascinado con los personajes, la narrativa, la descripción del momento histórico... vamos, que lo convertí en un fan-abuelo de lo más entusiasta. Mi padre quedó "atrapado" por Alatriste.

El capítulo es El Maestre y la Bandera (aunque yo no soy muy de banderas, dicho sea de paso) y el fragmento es donde se resuelve el final de la batalla, de dónde forma parte mi firma. ¡Para ti, papá, y felicidades! :P

Nos mirábamos unos a otros, indecisos, con los gritos de los ingleses sonando cada vez más cerca, en la ladera. Aquel griterío me producía un gran pavor, un infinito desconsuelo. Nos quedaba menos tiempo que el necesario para un credo, sin otra opción que ellos o las aguas del pantano. Algunos empezaron a sacar las espadas.
–La bandera –dijo Alatriste.
Varios lo miraron como si no entendieran sus palabras. Otros, Copons el primero, se incorporaron acercándose al capitán.
–Razón tiene –dijo Mendieta–. Mejor con bandera, pues.
Lo entendí. Mejor junto a la bandera, peleando en torno a ella, que allí arriba tras los cestones, como conejos. Entonces ya no sentí más el miedo, sino un cansancio muy hondo y muy viejo, y ganas de terminar con todo aquello. Quería cerrar los ojos y dormir durante una eternidad. Noté cómo se me erizaba la piel de los brazos cuando eché mano a mis riñones para desenfundar la daga. Mano y daga me temblaban, así que la apreté muy fuerte. Alatriste vio el gesto, y por una brevísima fracción de tiempo sus ojos claros relampaguearon en algo que era al mismo tiempo una disculpa y una sonrisa. Luego desnudó la toledana, se quitó el sombrero y el correaje con los doce apóstoles, y sin decir una palabra fue a encaramarse al parapeto.
–¡España!... ¡Cierra España! –gritaron algunos, yéndole detrás.
–¡Ni España ni leches! –masculló Garrote, levantándose renqueante con la espada en la mano sana–... ¡Mis cojones!... ¡Cierran mis cojones!
Ignoro cómo ocurrió, pero sobrevivimos. Mis recuerdos de la ladera del reducto de Terheyden son confusos, igual que lo fue aquella acometida sin esperanza. Sé que aparecimos en lo alto del parapeto, que algunos se persignaron atropelladamente, y luego, como una jauría de perros salvajes, echamos todos a correr cuesta abajo gritando como locos, blandiendo dagas y espadas, cuando los primeros ingleses estaban a punto de coger del suelo la bandera. Se detuvieron en seco éstos, espantados por aquella aparición inesperada cuando daban por rota nuestra resistencia; y aún estaban así, mirando para arriba con las manos alargadas hacia el asta de la enseña, cuando les fuimos encima, degollándolos a mansalva. Caí sobre la bandera, apretándola entre mis brazos y resuelto a que nadie me quitara aquel trozo de lienzo si no era con la vida, y rodé con ella terraplén abajo, sobre los cuerpos del oficial muerto, y del alférez Chacón, y del buen Rivas, y sobre los ingleses que Alatriste y los demás iban tajando a medida que descendían la ladera, con tal ímpetu y ferocidad –la fuerza de los desesperados es no esperar salvación alguna– que los ingleses, espantados por la acometida, empezaron a flaquear mientras eran heridos, y a caer, y a tropezar unos con otros. Y luego uno volvió la espalda, y otros lo imitaron, y el capitán Alatriste, y Copons, y los Olivares, y Garrote y los otros, estaban rojos de sangre enemiga, ciegos de matar y de matar. E inesperadamente los ingleses echaron a correr, tal como lo cuento, echaron a correr por docenas, se fueron para atrás y los nuestros seguían hiriéndolos por las espaldas; y llegaron así junto al cadáver de Don Pedro de la Daga y siguieron más allá, dejando el suelo convertido en una carnicería, en un rastro sanguinolento de ingleses acuchillados sobre los que yo, que tropezaba y rodaba con la bandera bien sujeta entre los brazos, los seguía aullando con todas mis fuerzas, gritando a voces mi desesperación, y mi rabia, y el coraje de la casta de los hombres y mujeres que me hicieron. Y vive Dios que yo había de conocer aún muchos lances y combates, alguno tan apretado como ése. Pero todavía me echo a llorar como el chiquillo que era cuando recuerdo aquello; cuando me veo a mí mismo con apenas quince años, abrazado al absurdo trozo de lienzo ajedrezado de azul y blanco, gritando y corriendo por la sangrienta ladera del reducto de Terheyden, el día que el capitán Alatriste buscó un buen lugar donde morir, y yo lo seguí a través de los ingleses, con sus camaradas, porque íbamos a caer todos de cualquier manera, y porque nos habría avergonzado dejarlo ir solo.
–¡España!... ¡Cierra España! –gritaron algunos, yéndole detrás.
–¡Ni España ni leches! –masculló Garrote, levantándose renqueante con la espada en la mano sana–... ¡Mis cojones!... ¡Cierran mis cojones!
(El Sol de Breda)

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Mensaje por Soldado-Viejo » Vie Nov 18, 2005 11:16 am

Es muy dificil apadrinar alguna escena porque hay muchicimas y buenisimas. Yo apadrinare la siguiente aunque no creo que la pongan en la pelicula porque para el cine quiza no sea demasiado relevante, pero demuestra muy bien lo que eran esos tiempos y hasta que punto las cuestiones de honor llevaban a un dramatico final aunque fuera entre amigos
Me refiero al punto en el que el Capitan se bate con su antiguo compañero Martin Saldaña en El Caballero del Jubon Amarillo y le deja mal herido. He ahi un pequeño extracto

"Suspiró Alatriste, pasandose dos dedos por el mostacho. Los dos se conocian demasiado bien. Aquello, concluyo, era cosa hecha. Se puso en guardia y el otro retrocedio un paso, afirmandose. Habia muy poca luz, pero bastaba para adivinarse los aceros. Casi tan poca, recordo melancolico el capitan, como la de aquella madrugada, cuando Martin Saldaña, Sebastina Copons, Lope Balboa, él mismo y otros quinientos soldados españoles gritaron -España, cierra, cierra- y luego de persignarse dejaron las trincheras para subir terraplen arriba, al asalto del reducto del Caballo, en Ostende, y solo volvieron la mitad"
¡Por España, y el que quiera
defenderla, honrado muera;
y el que, traidor, la abandone,
no tenga quien le perdone,
ni en tierra santa cobijo,
ni una cruz en sus despojos,
ni las manos de un buen hijo
para cerrarle los ojos!

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Lenka
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Mensaje por Lenka » Dom Feb 12, 2006 6:35 pm

Ay, que me emociono... :cry:

Nunca me cansare de leer estas novelas... es más, pienso llevármelas al asilo!!!!
Me alegro de no haberte matado todavía...

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elisheva
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Mensaje por elisheva » Mar Feb 14, 2006 1:41 pm

¡Dios! Espero que para entonces existan en formato de audiolibro, porque entre las cataratas, el glaucoma y el parkinson, no habrá quien sea capaz de leer una sola línea...

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Corsaria
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Mensaje por Corsaria » Vie May 12, 2006 3:48 pm

Yo no puedo, ni quiero, apadrinar un solo capítulo... Así que voy a ir, con tiempo, pegando mis partes favoritas... y ustedes me permitirán saltearme las reglas claras y precisas que dio Elisheva, allá por la página uno de este hilo.

Hasta donde yo alcanzo, lo de capitán era más un apodo que un grado efectivo. El mote venía de antiguo: cuando, desempeñándose de soldado en las guerras del rey, tuvo que cruzar una noche con otros veintinueve compañeros y un capitán de verdad cierto río helado, imagínense, viva España y todo eso, con la espada entre los dientes y en camisa para confundirse con la nieve, a fin de sorprender a un destacamento holandés. [...] Más perdidos que la Armada Invencible del buen rey don Felipe el Segundo. Fu un día largo y muy duro. Y para que se hagan una idea vuestras mercedes, sólo dos españoles consiguieron regresar a la otra orilla cuando llegó la noche. Diego Alatrsite era uno de ellos, y como durante toda la jornada había mandado la tropa -al capitán de verdad lo dejaron listo de papeles en la primera escaramuza, con dos palmos de acero saliéndole por la espalda-, se le quedó el mote, aunque no llegara a disfrutar ese esmpleo. Capitán por un día, de una tropa sentenciada a muerte que se fue al carajo vendiendo cara su piel, uno tras otro, con el río a la espalada y blasfemando en buen castellano.
Había descubierto fascinada, estremecida de placer y de miedo, que todos los libros del mundo hablaban de ella.

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Sergiolo
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Mensaje por Sergiolo » Mar Jun 06, 2006 6:21 pm

Pues hay tantos capítulos tan buenos que se hace difícil la elección, pero yo me decanto por uno de los que más me tocó esa pequeña fibra sensible que tengo escondida en algún lugar en mi interior: se trata de "Sobre asesinos y libros", de "El caballero del jubón amarillo", en el que Alatriste no tiene más remedio que batirse con su hasta entonces amigo Martín Saldaña, dejándolo ¿muerto?

"Retiró la espada, y mientrasla limpiaba en el ruedo de la capa, se quedó mirando el bulto de Saldaña tirado en el suelo. Luego la envainó y fue a sentarse junto al que había sido su amigo. (...) Mierda de Dios. Acercó la oreja. Oía la respiración irregular y débil del otro, y un ruido que no le gustó: elburbujeo de la sangre y el silbido del aire al entrar y al salir de los pulmones por la herida. (...)
Alatriste se incorporó arrebozándose en su capa. Después de la acción, al calmársele la sangre, sentía el frío de la noche. O tal vez no fuera la noche.
-Buena suerte, Martín.
-Lo mismo digo...capitán...Alatriste." :cry: :cry: :cry:

Saldaña es uno de mis personajes favoritos, desde el primer libro. No se...me cae bien... E ir viendo cómo Alatriste se ve envuelto en una espiral que le hace tener que enfrentarse a sus antiguos amigos, llegando incluso hasta matar... ¡Jo!, a mí me puso la piel de gallina. Sobre todo cuando se despide del pobre Saldaña, dejándolo en brazos de la muerte, pero con el remordimiento y la impotencia de saber que es lo único que podía hacer... !Vamos, MARAVILLOSO!

PLAS! PLAS! PLAS!
"¿Eres capaz de dar tu mano a quién,
con la suya te señaló?"

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