SB 1: El golpe de mano

Comentarios y noticias sobre la saga de novelas ‘Las aventuras del capitán Alatriste’

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Rogorn
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SB 1: El golpe de mano

Mensaje por Rogorn » Dom Ago 13, 2006 10:54 am

Libro 3: El sol de Breda
Capítulo 1: El golpe de mano

Resumen:

Voto a Dios que los canales holandeses son húmedos en los amaneceres de otoño. (…) Era aquel sol un astro invisible, frío, calvinista y hereje, sin duda indigno de su nombre (…). La ciudad, que no era sino un pueblo grande, se llamaba Oudkerk y estaba en la confluencia del canal Ooster, el río Merck y el delta del Mosa, que los flamencos llaman Maas. Su importancia era más militar que de otro orden, pues controlaba el acceso al canal por donde los rebeldes herejes enviaban socorros a sus compatriotas asediados en Breda, que distaba tres leguas. (…) Protegida por baluarte, foso y puente levadizo, resultaba imposible de tomar por las buenas.

Precisamente por eso, aquel amanecer yo me encontraba allí. (…) Por la época de lo que cuento mediaba catorce años, y sin que nadie lo tome por presunción puedo decir que, si veterano sale el bien acuchillado, yo era, pese a mi juventud, perito en ese arte. (…) Los últimos doce meses habíalos pasado junto a mi amo, el capitán Alatriste, en el ejército de Flandes; luego que el tercio viejo de Cartagena, tras viajar por mar hasta Génova, subiera por Milán y el llamado Camino Español hasta la zona de guerra con las provincias rebeldes. Allí, la guerra, lejos ya la época de los grandes capitanes, los grandes asaltos y los grandes botines, se había convertido en una suerte de juego de ajedrez largo y tedioso, donde las plazas fuertes eran asediadas y cambiaban de manos una y otra vez, y donde a menudo contaba menos el valor que la paciencia. En tales episodios andaba yo aquel amanecer entre la niebla yendo como si tal cosa hacia los centinelas holandeses y la puerta de Oudkerk, junto a la joven que se cubría el rostro con una toquilla (…). Y de pronto dejó de reírse porque el campesino flaco del avemaría había sacado una daga del jubón y lo estaba degollando; y la sangre le salió de la garganta abierta con un chorro tan fuerte que manchó mis alforjas, justo en el momento en que yo las abría y los otros cuatro, en cuyas manos también habían aparecido dagas como relámpagos, agarraban las pistolas bien cebadas que llevaba dentro. (…) Con mi propia daga entre los dientes, trepaba como una ardilla por un montante del puente levadizo mientras la joven de la toquilla, que ya no llevaba la toquilla ni era una joven, sino que había vuelto a ser un mozo de mi edad que respondía al nombre de Jaime Correas, subía por el otro lado (…). Entonces Oudkerk madrugó como nunca en su historia (…). De la orilla del dique brotó un clamor ronco: el grito de ciento cincuenta hombres que habían pasado la noche entre la niebla, metidos en el agua hasta la cintura, y que ahora salían de ella gritando «¡Santiago! ¡Santiago!... ¡España y Santiago!» y, resueltos a quitarse el frío con sangre y fuego (…), y luego, para pavor de los holandeses que iban de un lado a otro como gansos enloquecidos, entraban en el pueblo degollando a mansalva.

Hoy, los libros de Historia hablan del asalto a Oudkerk como de una matanza, mencionan la furia española de Amberes y toda esa parafernalia, y sostienen que aquel amanecer el tercio de Cartagena se comportó con singular crueldad. Y, bueno... A mí no me lo contó nadie, porque estaba allí. Desde luego, ese primer momento fue una carnicería sin cuartel. Pero ya dirán vuestras mercedes de qué otro modo toma uno por asalto, con ciento cincuenta hombres, un pueblo fortificado holandés cuya guarnición es de setecientos. Sólo el horror de un ataque inesperado y sin piedad podía quebrarles en un santiamén el espinazo a los herejes, así que a ello se aplicó nuestra gente con el rigor profesional de los viejos tercios. Las órdenes del maestre de campo Don Pedro de la Daga habían sido matar mucho y bien al principio, para aterrar a los defensores (…). Ningún varón holandés mayor de quince o dieciséis años, de los que se toparon nuestros hombres en los primeros momentos del asalto, ya pelease, huyese o se rindiera, quedó vivo para contarlo. Nuestro maestre de campo tenía razón. El pánico enemigo fue nuestro principal aliado, y no tuvimos muchas bajas. Diez o doce, a lo sumo, entre muertos y heridos. Lo que es, pardiez, poca cosa si se compara con los dos centenares de herejes que el pueblo enterró al día siguiente, y con el hecho de que Oudkerk cayó muy lindamente en nuestras manos. (…) Luego empezó el saqueo. Según la vieja usanza militar, en las ciudades que no se rendían con la debida estipulación o que eran tomadas por asalto, los vencedores podían entrar a saco; que con la codicia del botín, cada soldado valía por diez y juraba por ciento. (…) Lo que dio lugar, imagínense, a escenas penosas; pues los burgueses de Flandes, como los de todas partes, suelen ser reacios a verse despojados de su ajuar, y a muchos hubo que convencerlos a punta de espada. (…) No hubo violencia con las mujeres, al menos tolerada. Ni tampoco embriaguez en la tropa; que a menudo, hasta en los soldados de más disciplina, ésta suele aparejar aquélla. Las órdenes en tal sentido eran tajantes como filo de toledana, pues nuestro general en jefe, Don Ambrosio Spínola, no quería indisponerse aún más con la población local, que bastante tenía con verse acuchillada y saqueada como para que encima le forzasen a las legítimas. Así que en vísperas del ataque, para poner las cosas en su sitio y por aquello de más vale un por si acaso que un quién lo diría, ahorcóse a dos o tres soldados convictos, propensos a los delitos de faldas. Que ninguna bandera o compañía es perfecta; e incluso en la de Cristo, que fue como él mismo se la quiso reclutar, hubo uno que lo vendió, otro que lo negó y otro que no lo creyó. (…)

Jaime era como yo mochilero, o sea, ayudante o paje de soldado; y juntos habíamos vivido suficientes fatigas y penurias para considerarnos buenos camaradas. (…) En cuanto a mí, que a esas alturas de mi aventura flamenca ya había decidido ser soldado cuando cumpliese la edad reglamentaria, todo aquello me sumía en una especie de vértigo, de ebriedad juvenil con sabor a pólvora, gloria, exaltación y aventura. Así es, voto a Cristo, como llega a verse la guerra con la edad de los versos de un soneto (…). Nunca olvidaré el modo en que aquellas gentes nos miraban a nosotros, los españoles, allí en Oudkerk como en tantos otros lugares; la mezcla de sentimientos, odio y temor, cuando nos veían llegar a sus ciudades, desfilar ante sus casas cubiertos por el polvo del camino, erizados de hierro y vestidos de andrajos, aún más peligrosos callados que vociferantes. Orgullosos hasta en la miseria (…). Éramos la fiel infantería del Rey católico. Voluntarios todos en busca de fortuna o de gloria, gente de honra y también a menudo escoria de las Españas, chusma propensa al motín, que sólo mostraba una disciplina de hierro, impecable, cuando estaba bajo el fuego enemigo. Impávidos y terribles hasta en la derrota, los tercios españoles, seminario de los mejores soldados que durante dos siglos había dado Europa, encarnaron la más eficaz máquina militar que nadie mandó nunca sobre un campo de batalla. (…) Tras largas décadas de reñir con medio mundo, sin sacar de todo aquello más que los pies fríos y la cabeza caliente, muy pronto a España no le quedaría sino ver morir a sus tercios en campos de batalla como el de Rocroi. Y fieles a su reputación a falta de otra cosa, taciturnos e impasibles, con las filas convertidas en aquellas torres y murallas humanas de las que habló con admiración el francés Bossuet. Pero, eso sí, hasta el final los jodimos a todos bien. (…) Éramos la ira de Dios. Y bastaba echarnos un vistazo para entender por qué: hueste hosca y ruda venida de las resecas tierras del sur, peleando ahora en tierras extranjeras, hostiles, donde no había retirada posible y derrota equivalía a aniquilamiento. Hombres empujados unos por la miseria y el hambre que pretendían dejar atrás, y otros por la ambición de hacienda, fortuna y gloria, y a quienes bien podía aplicarse la canción del gentil mancebo de Don Quijote: A la guerra me lleva mi necesidad; si tuviera dineros no iría en verdad. (…)

Al rodear el edificio vi que dos individuos amontonaban en el exterior libros y legajos que sacaban apresuradamente por una puerta. Aquello tenía menos visos de pillaje –raro era que en pleno saco alguien se ocupara de conseguir libros– que de rescate obligado por el incendio (…) Le calculé de veinte a veinticinco años.
–Podrías echar una mano –gruñó, al advertir la descolorida aspa roja que yo llevaba cosida al jubón– en vez de estarte ahí como un pasmarote. (…)
De pronto, aquel soldado anónimo me había hecho entender que hay, a veces, cosas más importantes que hacerse con un botín. Aunque éste suponga, tal vez, cien veces tu paga de un año. Así que aspiré cuanto aire pude, y cubriéndome boca y nariz con el lienzo que saqué de mi faltriquera, agaché la cabeza para esquivar las vigas que chisporroteaban a punto de desplomarse y fui con ellos entre la humareda, cogiendo libros de los estantes en llamas, hasta que hubo un momento en que todo fue calor asfixiante (…) y desaparecían tantas horas de estudio, tanto amor, tanta inteligencia, tantas vidas que podían haber iluminado otras vidas. (…) A nuestros pies había, a salvo, dos centenares de libros y antiguos legajos de la biblioteca. Una décima parte, calculé, de lo que se había quemado dentro. (…)
–Algún día –añadió– recordarás lo que hiciste hoy. (…)
Me apoyó una mano en un hombro y con la otra estrechó la mía. Fue un apretón cálido y fuerte; y luego, sin cambiar palabra con el holandés que colocaba los libros en pilas como si se tratase de un preciado tesoro –y ahora conozco que lo era–, echó a andar alejándose de allí. Pasarían algunos años antes de que volviese a encontrarme con el soldado anónimo (…). Se llamaba Pedro Calderón: Don Pedro Calderón de la Barca. (…)

Anduve en busca del capitán Alatriste, a quien encontré bien de salud con el resto de su escuadra (…) junto al muelle. El capitán y sus camaradas habían sido encargados de atacar aquella parte del pueblo, a fin de incendiar las barcas del muelle y poner mano en la puerta posterior, cortando de ese modo la retirada a las tropas enemigas del recinto. (…) Sonreía fatigado y algo distante, con esa mirada que les queda impresa a los soldados después de un combate difícil. Una mirada que los veteranos de los tercios llamaban del último cuadro y que, con el tiempo que yo llevaba en Flandes, había aprendido a distinguir bien de las otras: la del cansancio, la de la resignación, la del miedo, la del toque de degüello. Aquélla era la que te queda en los ojos después que hayan pasado por ellos todas las otras (…). Todos se holgaron de verme bueno y entero, pues conocían mi difícil tarea en el puente levadizo, aunque no hubo grandes aspavientos por su parte; de un lado no era la primera vez que yo olía la pólvora en Flandes, del otro ellos mismos tenían asuntos propios en que pensar, y por demás no eran del tipo de soldados que pregonan en exceso lo que, en el fondo y por oficio, no es sino obligación de todo el que cobra paga de su Rey. (…)
–Después de tres meses ayunos de paga –comentaba Curro Garrote, limpiando los anillos ensangrentados del holandés muerto– esto nos da cuartel.
Al otro lado del pueblo sonaron clarinazos y redobles de trompetas y cajas. (…) Al frente iban caballos y banderas con la buena y vieja cruz de San Andrés, o de Borgoña: el aspa roja, enseña de los tercios españoles:
–Es Jiñalasoga –dijo Garrote.
Jiñalasoga era el apodo que daban los veteranos a Don Pedro de la Daga, maestre de campo del tercio viejo de Cartagena. (…) Nadie que conociese la afición de nuestro maestre de campo a ahorcar a sus hombres por faltas a la disciplina albergaba dudas sobre la oportunidad del mote. (…). Venía por el dique a tomar posesión oficial de Oudkerk con la bandera de refuerzo del capitán Don Hernán Torralba.
–A media mañana llega –murmuró Mendieta, malhumorado–. Y con todo el tajo hecho, o así. (…)
–Los maestres de campo siempre llegan a media mañana –dijo (Alatriste), y en sus ojos glaucos y fríos era imposible conocer si hablaba en serio o de zumba–. Que para eso ya madrugamos nosotros.

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elisheva
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Mensaje por elisheva » Mar Ago 15, 2006 3:22 pm

Y de repente...la acción.
Han pasado doce meses, e Íñigo se ha convertido en todo un veterano al que la visión de la sangre no altera:
Hoy, los libros de Historia hablan del asalto a Oudkerk como de una matanza, mencionan la furia española de Amberes y toda esa parafernalia, y sostienen que aquel amanecer el tercio de Cartagena se comportó con singular crueldad. Y, bueno... A mí no me lo contó nadie, porque estaba allí. Desde luego, ese primer momento fue una carnicería sin cuartel. Pero ya dirán vuestras mercedes de qué otro modo toma uno por asalto, con ciento cincuenta hombres, un pueblo fortificado holandés cuya guarnición es de setecientos.

Y no sólo eso, sino que además la idea de ser soldado ya se ha asentado en su cabeza: la excitación de los vencedores, la gloria compartida, la euforia que embriaga los sentidos y altera las percepciones...El sueño del héroe, en resumen.
En cuanto a mí, que a esas alturas de mi aventura flamenca ya había decidido ser soldado cuando cumpliese la edad reglamentaria, todo aquello me sumía en una especie de vértigo, de ebriedad juvenil con sabor a pólvora, gloria, exaltación y aventura. Así es, voto a Cristo, como llega a verse la guerra con la edad de los versos de un soneto

Pero Íñigo no ha olvidado las horas que su mentor le ha hecho pasar en compañía de los libros y las letras; la gloria es efímera si no se conserva la historia.
De pronto, aquel soldado anónimo me había hecho entender que hay, a veces, cosas más importantes que hacerse con un botín. Aunque éste suponga, tal vez, cien veces tu paga de un año. Así que aspiré cuanto aire pude, y cubriéndome boca y nariz con el lienzo que saqué de mi faltriquera, agaché la cabeza para esquivar las vigas que chisporroteaban a punto de desplomarse y fui con ellos entre la humareda, cogiendo libros de los estantes en llamas, hasta que hubo un momento en que todo fue calor asfixiante

Y de nuevo un personaje histórico al que Íñigo tiene la suerte de conocer: he aquí la presentación de Calderón de la Barca, y sus palabras, proféticas, al joven mochilero:
Algún día recordarás lo que hiciste hoy
...En tierra, en humo, en polvo, en sombra, en nada...

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juanrahig
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Mensaje por juanrahig » Mar Ago 15, 2006 11:34 pm

una de las cosas que me gustan de este capítulo es la aparcicón de Calderon de la Barca, haciendo algo que seguro que muchos de nosotros hariamos en esa circunstancia: salvar los libros.
Me da la impresión de que alguna vez he leido u oido comentar algo ( creo que en una conferencia de Arturo en mi facultad) sobre este pasaje. No recuerdo muy bien si forma parte de una vivencia real de Arturo en alguna guerra o era una alegoría sobre algo más profundo. No se, ya lo pensaré mañana.

Otra cosa que me llama la atención de el capítulo es como inicia la aventura ya inmerso en ella ( in media res?) algo que vuelve a hacer en el Caballero del Jubón... Tal vez este libro sea muy adecuado para iniciarlo así en tanto que no tiene una estructura tan bien definida como otros en tanto que no cuenta una historia tan bien delimitada.

En cualquier caso este es uno de los libros menos "alatristero" o "alatristesco" de los cinco, al menos en mi opinión es un libro de transición , una forma de hacer a Iñigo un hombre y dotarlo de vivencias fuera de la Villa.

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Ina
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Mensaje por Ina » Mar Ago 15, 2006 11:48 pm

juanrahig escribió:
No recuerdo muy bien si forma parte de una vivencia real de Arturo en alguna guerra o era una alegoría sobre algo más profundo. No se, ya lo pensaré mañana.


Yo también se lo he oido, referido a la biblioteca de Sarajevo, lo que ya no se es si Arturo estaba allí.

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Rogorn
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Mensaje por Rogorn » Mar Ago 15, 2006 11:50 pm

Pues a mí SB es el que más me gusta de toda la serie hasta ahora (aunque en el concurso de las entradas voté por el primero), precisamente porque no está construido como una misión estilo 007 o juego de rol. Todos los demás tienen un objetivo, con su planteamiento, nudo y desenlace, su Angélica, su Malatesta, su resolución final que deja las cosas más o menos como estaban, etc. En este ese corsé queda suelto, porque el asunto es completamente distinto.

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juanrahig
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Mensaje por juanrahig » Jue Ago 17, 2006 12:07 am

Tienes razón Rogorn, yo no digo que sea el que menos me guste, yo digo que se sale un poco del "CAnon Alatristero".
Si no fijaté en los esfuerzos que hace APR introduciendo cartas de Quevedo en la trama para mantener vivos los otros hilos argumentales. Da la sensación de que era un libro muy necesario y muy bien llevado pero que interrumpe en cierta manera la trama.

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Lenka
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Mensaje por Lenka » Jue Ago 17, 2006 12:14 am

Esa sensación tuve yo al leerlo la primera vez. Aunque, ciertamente, se imponía un cambio de escenario. Gracias a El Sol de Breda, conocemos a fondo al Capitán, al soldado, la crudeza del frente, lo poco que vale una vida y la manera ardiente, demencial y muchas veces suicida en que los soldados defendían un trozo de tela, a un compañero del que quizá no sabían ni el nombre, a un Rey al que con toda probabilidad le importaba un carajo, a la España esa tan corrupta y maleada que tan bien pinta Reverte. O quizá sólo defienden su honor, su pasado... ya sabéis... "si salimos de esta, cuenta lo que fuimos". Y si no salimos... al menos lo intentamos!!

Creo que es vital conocer esa otra parte de Diego, la esencial, la de soldado viejo. Sabiendo lo que fue entendemos mejor lo que es. Digo yo...
Me alegro de no haberte matado todavía...

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Ina
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Mensaje por Ina » Jue Ago 17, 2006 12:14 am

Pues a mi también es el que más me gusta, a lo mejor por eso mismo, porque rompe el ritmo de folletín y da el mejor Reverte.

Me recordó un poco a Territorio Comanche, aparte de la obviedad de que la temática es la guerra, el tono descreido con que se narra y las descripciones de las batallas, y de las pre y post batallas sobre todo, tienen cierto aire de documental, sin banda sonora, sólo el silencio que debe quedar después de la contienda. Y es curioso, porque a los demás Alatristes si les iba poniendo música a medida que los leía.

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Mensaje por elisheva » Jue Ago 17, 2006 12:24 am

Entiendo todo lo que decís, pero yo tuve que empezarlo cuatro veces antes de poder acabarlo.
Ya no podía soportar tanta descripción de guerra, de tropas, de asedios, de cansancio, suciedad...
Y eso una y otra vez, y sin nada que avance en la historia general, excepto el valor del joven mochilero.
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Mensaje por Lenka » Jue Ago 17, 2006 12:31 am

A mí también me resultó cansado, me deprimía tanta guerra y tanta penuria... pero es indiscutible que es parte de Alatriste, es su mundo.
Me alegro de no haberte matado todavía...

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Mensaje por rheya » Jue Ago 17, 2006 10:33 am

Es mi libro preferido. Me gusta porque, por fin, Diego Alatriste está en su elemento y, por primera vez, Iñigo toma conciencia de lo que es una guerra y de hacia donde quiere dirigir sus pasos a partir de ese momento.

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Mensaje por elisheva » Jue Ago 17, 2006 6:07 pm

Se nota que a don Arturo le gusta la guerra y su temática. Y comprendo la necesidad de un episodio épico pero, para mi gusto, es excesivamente largo.
Sin embargo algo que me llamó mucho la atención es que Íñigo se convierte en el verdadero protagonista de esta historia, sobresaliendo sobre la figura del capitán, que mira y calla, y a quien Íñigo observa durante sus largos silencios comprendiendo que ésto ya no le sirve para disipar sus dudas.
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adosinda
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Mensaje por adosinda » Vie Ago 18, 2006 7:50 pm

Pues yo me lo leí de un tirón (como los otros :D ). Me encantó. Además aqui sale uno de mis personajes favoritos: Sebastian Copons. Y si que es cierto que sólo hay guerra, batallas y demás, pero ves como van creciendo los personajes (especialmente Iñigo). Es uno de los que más me ha gustado.

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Targul
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Mensaje por Targul » Dom Ago 20, 2006 12:28 am

¿Que decir sobre el Sol de Breda aparte de que es mi favorito?

De este primer capítulo me gusta, sobretodo, el planteamiento del golpe de mano y las primeras descripciones del paisaje, totalmente tétricas y calmas, que se rompen en una vorágine desencadenada por las acciones aparentemente sencillas de Iñigo y su compañero.

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Mensaje por Celadus » Mar Sep 19, 2006 10:44 pm

Pues yo creo que es un libro fundamental en la serie para llegar a entender a los personajes principales. No olvidemos que el capitán es ante todo un soldado y es necesario que lo veamos en ese papel para comprender algunas de sus actitudes en la vida civil. Ese tipo de experiencias marcan -como le ocurre a Íñigo- y le hacen a uno mirar la vida de otra manera, con ojos nuevos. Allí Íñigo descubrirá el por qué de los valores que rigen el código moral de Alatriste: la lealtad a los compañeros, el honor, el sentido del deber, la dignidad incluso ante la muerte y los horrores de la guerra...
Pero también descubrirá el chico los lados oscuros de su amo -que serán luego los suyos también como lo fueron de su padre-.
Coincido con algunos foreros sobre la preponderancia del persobaje de Íñigo en este libro. Vemos en él como va madurando como persona -cuando vuelva a España ya no será la misma persona que partió hacia Flandes- pero al mismo tiempo que vemos esa transformación, al ser él quien cuenta la historia, entendemos que ese mismo proceso lo sufrió en su día el capitán, y comenzamos a entender mejor esa visión fatalista y amarga de Alatriste sobre la vida.
Nos gusten más o menos los libros de guerra, creo que El Sol de Breda es un tomo imprescindible en la saga de Alatriste.

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Rogorn
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Mensaje por Rogorn » Lun May 21, 2007 4:45 pm

Años antes de escribir esta escena:

ASESINOS DE LIBROS
4 de julio de 1993

Ver matar a un hombre, escuchar los gritos de una mujer violada o ver cómo arde una biblioteca son tres experiencias dudosamente recomendables. De todas ellas ostento el dudoso honor de haber sido testigo. Mencionadas aquí, en frío, tan bárbaras actividades parecen propias, en exclusiva, de escenarios brutales y distantes. Ya saben, tipos barbudos y sanguinarios. Y, sin embargo, todas pertenecen a la historia de la Humanidad hasta el punto de que a menudo se dan juntas en el mismo tiempo y lugar, a modo de manifestaciones de un horror idéntico y común: el que late en la condición humana. Dejaré el tiro en la nuca y las mujeres que gritan para otra ocasión. A fin de cuentas, los libros que arden son síntoma de lo mismo, y arrancan del impulso infame que pinta la angustia indeleble en los ojos de una mujer o siembra los maizales de hombres con la garganta abierta y las manos atadas a la espalda. Todo es el mismo horror. Todo es la misma guerra.

Hace unos meses vi arder una biblioteca. Ardió durante toda una noche y una mañana,con los papeles y libros como pavesas, volando entre las paredes en llamas en todas direcciones, cayendo sobre la ciudad convertidos en cenizas. La ciudad se llama -todavía- Sarajevo. Para nuestra vergüenza, los siglos de la Humanidad están oscurecidos -valga el dudoso retruécano- por las llamas de bibliotecas que arden: Alejandría, Constantinopla, Córdoba, Cluny, Heidelberg, Zaragoza, Estrasburgo. Uno conocía todo eso por las lecturas, por la historia. Muchas veces había imaginado a los soldados con antorchas, las llamas iluminando los estantes, las piras de libros ardiendo. Pero jamás, hasta Sarajevo, pude imaginar qué impotencia, qué desolación puede sentir un ser humano ante el espectáculo de la destrucción de la memoria de su raza. Destrucción siempre absurda, infame. Irracional. Tengo la imagen grabada, imborrable. Esta vez no fueron soldados con antorchas, sino modernos prodigios de la tecnología. Artefactos diseñados por ingenieros competentes, de esos que tras delinear planos y bocetos se van a casa donde les espera su Maripuri con la cena, satisfechos por haberse ganado el jornal. Aquella noche, en Sarajevo, los cañones no apuntaban a la carne humana sino a la materia que conforma su alma y su inteligencia.

Ya durante la anterior campaña de Croacia -¿recuerdan una ciudad llamada Vukovar?- pude comprobar que en el conflicto de los Balcanes las primeras bombas serbias siempre eran para la iglesia, los archivos, el museo de turno. Y Sarajevo no podía ser la excepción. Manual de instrucciones de uso: primero, desde las colinas cercanas, cañonéense los tejados de la biblioteca. Mejor si es un edificio magnífico, triangular, con atrio en forma de octógono rodeado de columnas de mármol. Después, mientras el fuego prende en los cientos de miles de libros, en las colecciones enteras de publicaciones, manuscritos y ediciones únicas, dispárese con morteros y francotiradores contra los equipos de rescate. Después déjese quemar en su propio fuego hasta que todo arda. Como ven, está tirado de puro fácil. Al alcance de cualquier hijo de puta.

Equipos de rescate. Eso suena organizado, eficiente. En realidad eran los vecinos del viejo Sarajevo, los infelices muertos de hambre, flacos y agotados, que salían de sus casas, desafiando el fuego, intentando salvar los restos de su biblioteca. Corrían bajo las balas y las bombas, entrando en el edificio y saliendo con manuscritos y libros en brazos. Los filmamos llorando sobre páginas hechas cenizas, inútiles y patéticos en su esfuerzo. No había agua con que apagar las llamas. Y todo ardió hasta los cimientos. Como ardió también el Instituto Oriental, con mil años de trabajo caligráfico reunidos desde Samarcanda hasta Córdoba, desde El Cairo hasta Sarajevo. Ediciones únicas de incalculable valor. El esfuerzo, la vida de miles de hombres que dejaron en ellos sus pestañas, su inteligencia, sus sueños. Todo fue borrado en una sola noche, y ya no existe. Ya nadie podrá volver a leerlo nunca. Jamás.

Déjenme contarles un secreto. Cuando un libro arde, cuando un libro es destruido, cuando un libro muere, hay algo de nosotros mismos que se mutila irremediablemente, siendo sustituido por una laguna oscura, por una mancha de sombra que acrecienta la noche que, desde hace siglos, el hombre se esfuerza por mantener a raya. Cuando un libro arde mueren todas las vidas que lo hicieron posible, todas las vidas en él contenidas y todas las vidas a las que ese libro hubiera podido dar, en el futuro, calor y conocimientos, inteligencia, goce y esperanza. Destruir un libro es, literalmente, asesinar el alma del hombre. Lo que a veces es incluso más grave, más ruin, que asesinar el cuerpo. Hay homicidios conscientes, voluntarios, ejecutados con plena conciencia. Crímenes que pueden resultar, tal vez, explicables o discutibles en un momento de pasión, de ignorancia, de ira, de patriotismo, de odio, de celos, de utopía. Pero rara vez la muerte de un libro, la destrucción de una biblioteca, puede beneficiarse de atenuante o explicación alguna. Por el contrario, éste suele ser un acto voluntario, consciente y cruel, cargado de simbolismo y maldad. Ningún asesinato de libros es casual. Ningún asesino de libros es inocente.

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Gentleman
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Mensaje por Gentleman » Jue Sep 22, 2016 7:52 pm

Buenas tardes:

Me leí los primeros libros de El Capitán Alatriste hace años, cuando era un mozo, comprendiendo lo que leía, pero aun así perdiéndome muchos detalles. Esta segunda lectura me la estoy tomando con calma, con la RAE y Google siempre a mano. Pero me he topado con algo que no logro encontrar, que corresponde a este capítulo. No sé si tal vez debería estar publicando este mensaje en otro hilo. Ya me diréis.

La cosa es que en un momento de capítulo se dice:

"Pues tal vez recuerden vuestras mercedesque yo estaba familiarizado con la letra impresa desde mis tiemposen la Villa y Corte de las Españas, debido a la amistad de don Francisco de Quevedo - que me había regalado un Plutarco-, a las lecciones de gramática y latín de Dómine Pérez [...]"

¿Qué es un Plutarco? Está claro que es algún tipo de herramienta para escribir pero... ¿Una pluma, un lápiz... qué? Imagino que Plutarco sería, tal vez, la marca del fabricante. Lo cierto es que no lo sé y me corroe la curiosidad. Si es de verdad un fabricante de bolis, plumas o lo que sea, me encantgaría poder adquirir una.

Jrasias ed hantebraso

EDITO: después de varios días buscando y encontrando siempre la misma información y otro pasaje en el que también se menciona a Plutarco, estoy pensando que puede que se refiera a un libro escrito por éste. Si es así, qué bajón.

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aik
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Mensaje por aik » Dom Sep 25, 2016 8:17 am

Un Plutarco era una máquina de escribir de la época.
Los hermanos Plutarco y Virgilio Olivetti-Machinaria trabajaron en los primeros modelos. El modelo "Plutarco" fue muy aceptado en su tiempo, aunque fueron las Olivetti las que finalmente llegaron a nuestros tiempos. Bueno, al tiempo de algunos, porque los más jóvenes nio sabrán a que me refiero.
Muy pocos podían permitírsela, dada la complejidad de su funcionamiento y construcción.
Alatriste la obtuvo como botín en Flandes.
Aquí se puede ver una de las pocas que quedan aún de aquel entonces.

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De nada.
"Son Españoles los que no pueden ser otra cosa". (Cánovas)

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Ada
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Mensaje por Ada » Lun Sep 26, 2016 10:57 am

A tus pies Aik
Consuela saber que nadie a quien amas se quema en lo que arde. http://adacaramelada.blogspot.com.es

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Gentleman
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Mensaje por Gentleman » Mié Sep 28, 2016 6:39 pm

Muchísimas gracias por la respuesta, aik. Pero, ¿dónde has obtenido la información? No es que desconfíe, lo que ocurre que no me acaba de concordar lo que explicas con el contexto.

Disculpa y gracias de nuevo.

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