'La Guerra Civil contada a los jóvenes' (2015)

Comentarios y noticias sobre el resto de los libros de Pérez-Reverte

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Postby Rogorn on Fri Feb 05, 2016 6:47 pm

Crónica: presentación de 'La Guerra Civil contada a los jóvenes', de Arturo Pérez-Reverte
Antonio Sanz Egea - elalijo.com - 04/02/2016

El pasado viernes 6 de noviembre tuvo lugar una de esas presentaciones que suelen causar expectación. Citados los principales medios de prensa cultural del país a las 11:00, Arturo Pérez-Reverte llegó a la sala cinco minutos más tarde, disculpándose en nombre de Fernando Vicente, quien llegaría minutos más tarde, debido al atasco.

Todo comenzó cuando Pérez-Reverte leyó en un libro de literatura para jóvenes de instituto que «Antonio Machado, que fue un buen poeta, se fue a Francia y allí murió». En las últimas décadas la Guerra Civil ha sido escamoteada del discurso público, simplificando su discurso hasta niveles vergonzantes. «Hemos querido proteger de nuestro pasado a nuestros propios hijos», afirma el autor de 'El Club Dumas', «hasta tal punto que lo que les llega o son mentiras o bien medio verdades».

La primera novedad de 'La Guerra Civil contada a los jóvenes' es que no se trata de una novela, tal y como nos viene acostumbrando el autor, pero tampoco un libro de Historia. «Lo que he pretendido con el libro es dar unas pinceladas generales sobre lo sucedido en la contienda, evitando discursos partidistas o adjetivos de buenos y malos». Lo ideal, afirma Pérez-Reverte, es que después de leer el libro quieran saber más, y es ahí donde intervienen los libros de Historia.

Fiel a su estilo, la obra se compone de treinta capítulos de un párrafo cada uno, en donde se sintetiza un aspecto o periodo concreto de la Guerra Civil. El modo de trabajo empleado por el escritor ha sido documentar cada apartado con múltiples libros de Historia, destacando los trabajos de hispanistas como Ian Gibson o Antony Beevor, reduciendo al mínimo conceptual las ideas para que tengan la mayor fuerza y objetividad posibles.

Fernando Vicente ha destacado este último año por las ilustraciones de 'Drácula' de Bram Stoker (Editorial Reino de Cordelia, 2014) aclamadas por la crítica en la Feria del Libro de Madrid de 2015. A pesar de que su nombre aparezca empequeñecido en comparación con el de Arturo Pérez-Reverte en la cubierta, es el escritor quien recuerda a los medios de prensa que sin su trabajo y aportación este libro nunca hubiera visto la luz. En pocos trabajos se compaginan tan bien texto con ilustración, acompañándose el uno al otro en todo momento. La ilustración, lejos de ser un residuo secundario del libro, cobra una fuerza especial en 'La Guerra Civil contada a los jóvenes'. La técnica utilizada por el dibujante es en acrílico sobre papel en caballete. El tono de la mayoría de las ilustraciones recuerda al sepia, blancos y negros, azules y verdes, en general tonos apagados. Con ello se busca «transportar al lector a la época, contextualizar lo sucedido».

Ya en rueda de prensa, se hace hincapié en la didáctica del libro. Tanto Vicente como Arturo remarcan los aspectos visuales y educativos, rechazando los detalles rigurosos propios de manuales más avanzados. «Con ello no se busca otra cosa que suplir un vacío que los planes educativos de los últimos años han creado en el conocimiento de nuestra Historia más reciente» afirma Fernando Vicente. Pérez-Reverte añade «que lo fundamental es tener a una juventud preparada, educada y formada, capaz de tener referencias históricas que ayuden a entender nuestro presente, siendo esta la única manera de ser una sociedad seria y respetable».

Al finalizar el encuentro, los autores de 'La Guerra Civil contada a los jóvenes' dedicaron los ejemplares a todos los que quisieron acercarse a la mesa.
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Postby Ada on Mon Feb 22, 2016 9:47 am

La guerra civil contada a los jóvenes - Arturo Pérez-Reverte

Éste es uno de los libros que me cayeron para los Reyes Magos. Se ve que los Reyes estaban muy atentos a las novedades y como saben que Arturo es uno de mis escritores más seguido pues decidieron regalármelo. Gracias de nuevo. Es un libro un tanto raro, pues es un resumen ilustrado de La guerra civil española, como su propio título señala, contada a los jóvenes. Yo la he encontrado demasiado breve y en ocasiones simple, pero supongo que es así como habrá que contárselo a los jóvenes.


El libro -siempre hablando desde mi insustancial punto de vista, pero mi punto de vista al fin y al cabo- es un quiero y no puedo. El autor cartaginés escribe a grandes rasgos de lo que hay que escribir pero profundiza poco, y en lo poco que ahonda es demasiado aséptico. Entiendo que es un tema delicado, sobretodo contando con que el autor ha sido multitud de veces señalado casi por todo lo que dice. De manera que no sé si será porque pretende dejar a todos contentos, o que no quiere una vez más ser tachado por todos los que se puedan sentir heridos, lo cierto es que al ir avanzando en el desarrollo de los capítulos da la impresión de que está contado sin salsa, es como tragarse una insípida pechuga cocinada a la plancha milimétricamente dividida, parte por parte, párrafo a párrafo, completamente mesurado y servido sin acompañamiento de ningún tipo y en un frío plato. Todo demasiado contenido, desde los antecedentes hasta las conclusiones. Al terminar el libro he echado de menos que pusiera eso de: y colorín colorado comieron perdices.

Lo mejor del libro a mi juicio son las espléndidas ilustraciones a cargo de Fernando Vicente. La edición en general está bien cuidada aunque quizás demasiado llamativa y colorida para mi gusto.

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Postby Ada on Wed Apr 13, 2016 10:48 am

El error de Pérez-Reverte
Eduardo López Pascual - elmunicipio.es - 12/04/2016

Mira que siento aprecio por Pérez-Reverte, un novelista que desde sus primeras obras, incluso aquella en que se dio por famoso cuando contaba sus aventuras como corresponsal de guerra en 'Territorio comanche', me causaba una gran simpatía por lo que escribía y cómo escribía. Después sus obras más clásicas, 'La tabla de Flandes', 'La piel del tambor', 'La reina del sur', 'La carta esférica', o qué decir de su 'Cabo de Trafalgar' [sic], o 'El maestro de esgrima', me llevaron a considerarlo como lo que es, un gran escritor que hoy está reconocido como miembro muy importante de la Real Academia de la Lengua. Con lo cual, pienso, no hace falta más referencias para tenerlo como uno de los escritores de moda en España. Además, personalmente y como paisano de esta hermosa región de Murcia, mis simpatías eran francamente muy sinceras.

Sabía, por algunas de sus novelas, la vocación histórica de Pérez-Reverte expresada en títulos tan sugerentes como 'La sombra del águila' o 'El húsar', y desde luego esa larga reflexión que hace sobre 'La guerra civil contada…'. También, cómo no, a su incursión en las páginas de la revista de 'ABC', donde escribe semanalmente sobre nuestra historia. Es decir, que quede bien claro mi buen juicio acerca de este escritor. Pero amigos, toda esta cercanía se ha perdido, mis simpatías se han visto reducidas a la mínima expresión (no mi reconocimiento literario, que eso me pasa con autores de la talla de Hemingway, o Neruda, por poner dos ejemplos clásicos, que ambos me caen mal pero no dejo de alabar su maestría cono escritores y poetas), simplemente porque Pérez-Reverte ha caído como muchos, por otra parte, en el discurso correcto, de la descalificación, calumnia, y mentiras sobre una figura yo creo que universal y ahí están los textos de primerísimos historiadores nacionales y extranjeros, Payne, Pecharromán, Arce, Gibson, Joan María Thomas, y hasta el mismo César Vidal -nada proclive al fundador falangista-, que tendrán sus diferencias pero que nunca intentaron confundir al lector al igualar, perversamente, al humanista José Antonio con el ateo y genocida Hitler. Una confusión que, intelectualmente, no le perdonaré.

Ha sido un golpe muy bajo el que Pérez-Reverte, antaño querido por mí, ha dado a la verdad y a la historia. Su libro 'La guerra civil contada a los jóvenes' contiene, es verdad, muchas anotaciones justas, pero por lo que se ve, ha caído en la trampa fácil y demagógica de ceder al criterio “oficial” de desprestigiar todo lo que huela a falangista, empezando nada menos que falseando la imagen de José Antonio Primo de Rivera en un texto escrito -es un decir-, para los jóvenes que seguramente leerán en los institutos de bachillerato de España. En este sentido, el historiador José Mª García de Tuñón Aza ha escrito un artículo con el que coincido al cien por cien, breve, conciso, pero magnífico que debiera tener la publicidad que se merece; una refutación como la que hace sobre la calumnia que Peréz-Reverte, sin conocer evidentemente al fundador de Falange, escribe sin un atisbo de cotejo, de estudio, de análisis, necesita una contestación de alto rigor y de publicidad. No puede el autor de Cartagena, por gran prestigio que se tenga, venir ahora y afirmar sin más que José Antonio y Hitler eran poco menos que iguales.

Ahí, el novelista Pérez-Reverte ha errado. Y yo creo que por ignorancia o por dejarse llevar por el discurso planeado para la desaparición de todo lo falangista. Pero eso, aunque fuera un deseo por alguna reminiscencia desconocida, no se justifica desde la ética y la probidad política. Y mucho menos si se hace con mala fe, que no creo, pero es que tratar de ignorante a Pérez-Reverte me parece todavía mucho peor. De cualquier forma, espero a que al novelista cartagenero, paisano provinciano mío, le llegue esta nota o la de mi admirado Tuñón de Aza, y le ayude a reflexionar lo que ha escrito sobe un hombre, un español de la talla de José Antonio Primo de Rivera. Quizá, si leyera los textos de José Antonio, desde sus palabras en La Comedia en 1933, o en el Cine Madrid, año 35, en su carta al M. Barrios, o en su Testamento, año 36, Pérez Reverte no se habría equivocado de modo tan lamentable. Más, tiene tiempo para retractarse, ¿lo hará? Me temo que no. Es un signo de los tiempos.
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Postby Ada on Tue Jun 14, 2016 8:28 am

Memoria histórica en viñetas
Peio H Riaño - elespanol.es - 14/06/2016

El producto cultural de la memoria histórica ha encontrado un nuevo filón: viñetas e ilustraciones. Hace meses Alfaguara publicó la controvertida obra de Arturo Pérez-Reverte, ilustrada por Fernando Vicente, ahora, aparece una novela gráfica dibujada por José Pablo García a partir de las investigaciones de Paul Preston, el hispanista de mayor prestigio internacional. Publica Debate, marca compañera de Alfaguara en Penguin Random House. Ambos sellos venden sus obras como acercamiento de la historia de España más reciente “a los jóvenes lectores”.

Paul Preston siempre ha tratado de equilibrar los adjetivos y las matanzas: nunca ha evitado definir la represión contra la República cercana al holocausto, ni olvidado las matanzas de la otra parte. En la batalla de la historiografía, donde los historiadores de un bando silencian a los del otro, Preston aparece como la voz del consenso que no falta al rigor. Quizá por ello su visión de los políticos republicanos durante la guerra sea tan poco amable. Ni Azaña, ni el general Rojo, Preston sólo salva a Negrín, al que perdona por no hablar mal de los demás.

El nuevo título mantiene intacto el rigor del historiador, a lo largo de las casi 250 páginas de tebeo. Por eso es una historia ilustrada, que se detiene en cada acontecimiento para ponerle imagen. Juan Pablo García prefiere llamarlo “ensayo gráfico”, como reconoce a este periódico. Aunque como experimento gráfico recuerda mucho a fórmulas ensayadas hace años, por ejemplo, 'Tina Modotti. Una mujer del siglo XX', de Ángel de la Calle.

Como el propio dibujante explica, su intervención como guionista se ha limitado a “adaptar casi literalmente el ensayo de Preston a las viñetas, intentando captar el tono de su obra”. Asegura que no se ha tomado “ninguna libertad interpretativa” al trabajar con las investigaciones del historiador. No ha abreviado hasta los huesos el relato de la contienda, ni siquiera en los precedentes. La aproximación es amena y eficaz, no hay tijera para lograr una lectura sin interrupciones del relato. La herramienta educativa que propone el ensayo ilustrado de Preston y García no evita la visión crítica de la gestión de nuestra memoria hoy: “Dado que la guerra acabó en fechas muy distintas dependiendo del lugar, para cuantificar el número de muertes que causó la represión en la posguerra, las cifras más fiables son las que corresponden a los que murieron a manos de quienes ejercían el control en cada zona”, leemos en boca del historiador al inicio del último capítulo del libro. Sin ambigüedades.

“El libro de Pérez-Reverte es una álbum ilustrado que puede servir como primer acercamiento a los niños. Mi adaptación de Preston es claramente más densa y se sirve de la narrativa del cómic para ir encadenando acontecimientos”, cuenta José Pablo García a 'El Español'. Sin embargo, su editorial promociona el libro como la supervisión de Preston de “la adaptación de su célebre libro para acerca la historia más reciente de España a los jóvenes lectores”. El autor insiste en que “erróneamente se sigue asociando el formato cómic al lector juvenil e infantil, como un primer paso hacia una lectura, digamos, adulta”.

“Gran parte de los acontecimientos que aparecen, algunos de ellos decisivos, son desconocidos para la mayoría de lectores más curtidos e incluso interesados por la Historia”, asegura sobre el libro que sale a la venta ahora. “Creo que es necesario que la gente conozca bien las causas que nos llevaron a la guerra, que se remontan a varias décadas atrás, no a un hecho puntual. En el libro aparecen expuestas pormenorizadamente”, dice.

En aquel libro de Pérez-Reverte leíamos este remate de la Transición: “Juan Carlos I volvió a legalizar los partidos políticos, procuró la reconciliación nacional, liquidó el régimen franquista y devolvió a España la democracia”. Como explica José Pablo García, citando a Preston, “no se ha acabado de hacer justicia con las víctimas y sus familias”. “Sigue habiendo miles de desaparecidos y sería necesario dignificarlos para un sano funcionamiento de la democracia”.

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“La guerra civil para jóvenes de Pérez-Reverte es acaramelada, un relato de Walt Disney”
Peio H Riaño - elespanol.es - 14/06/2016

La adaptación al cómic de la obra de Paul Preston no será la última réplica a la divulgación del conflicto para los más jóvenes: a finales de junio, la editorial Akal pondrá en venta una contestación al de Arturo Pérez-Reverte publicado por Alfaguara hace unos meses. El filósofo Carlos Fernández Liria es el autor y David Ouro ilustra. “Gráficamente será un libro muy comparable, pero el tono del libro irá por otro lado. No será tan descafeinado”, explica Tomás Rodríguez, director editorial de Akal. “Lo de Reverte es un síntoma que debería hacernos saltar las alarmas”, añade.

Juan Pablo Fusi aclara que el propósito del historiador debe ser la precisión y la verdad, aunque sea en formato breve. El Premio Nacional de Historia Roberto Fernández, cuenta que todos los ciudadanos tienen derecho a una verdad inalienable. Los historiadores reconstruyen los hechos con método, independencia y libertad, y reclaman la creación de un espíritu crítico común. Para todos, jóvenes y adultos. “La responsabilidad que tienes cuando haces un libro para jóvenes es muy grande, porque marcas la pauta con la que se asomarán al mundo”, cuenta el autor de la réplica y profesor. “El libro de Pérez-Reverte no miente, pero no es objetivo por todo lo que calla”, añade.

Al presentarse en sociedad 'La guerra civil contada a los jóvenes' (Alfaguara) fue aplaudida por una aplastante mayoría de medios de comunicación, pero no por Fernández Liria (Zaragoza, 1959) ni por la novelista Belén Gopegui (Madrid, 1963), que llamó a su amigo para invitarle a escribir una contestación al autor de 'El capitán Alatriste'. “La idea del libro me la dio Belén. Tras leerlo me pareció que no es un disparate de libro, pero es tan equidistante que olvida que la guerra fue provocada por un Golpe de Estado contra la voluntad popular. Eso cambia por completo el relato. Siempre caben relatos alternativos, pero la equidistancia tiene el inconveniente de parecer objetiva cuando no lo es. El resultado es que la guerra para jóvenes de Reverte es acaramelada, un relato de Walt Disney”, cuenta a este periódico el filósofo. “Belén no quiso hacer el libro conmigo porque es novelista y no historiadora”.

Fernández Liria explica que todo lo que no se dice, todo “eso que callas”, en realidad “es una mentira”. Tampoco él es historiador, como Pérez-Reverte o Gopegui, pero reconoce que se puso en contacto con asociaciones de Memoria Histórica para que le ayudaran en la documentación. Entre ellos, Emilio Silva. Están valorando un título: “La guerra civil sin cuentos”. “La mejor manera de denunciar la estafa de Pérez-Reverte es sacar el mismo libro, pero contándolo de otra manera. Él no mete la pata en errores, pero el nuestro también es verdad. Es una visión totalmente distinta, cuento lo que él no cuenta”, dice.

Le llama la atención cómo resolvió el académico el capítulo dedicado al final de la dictadura, en una página y con Juan Carlos como salvador de la democracia. “Es lo más escandaloso de todo”, dice. Asegura que dedicarán a ese momento cinco páginas en vez de una, que hablarán del papel del rey en el 23F y sobre la creación del bipartidismo en España (“Con mucho dinero extranjero”).

Explica que le gustaría tener un debate con Pérez-Reverte cuando el libro esté en la calle, aunque lo cree imposible. El libro será el doble de largo. “Los jóvenes no necesitan leer tan poco, tan poco, tan poco. Necesitamos explicarles bien las cosas”, cuenta el que fuera guionista de 'La bola de Cristal', en los años ochenta. “Que los lectores sean jóvenes no quiere decir que sólo puedan escuchar discursos blandos y cuentos de hadas. Los jóvenes pueden reflexionar como los adultos y después hacerse cargo de mensajes políticos muy realistas”, añade. “Se puede hablar a los jóvenes respetándoles. Eso hicimos con 'La bola de Cristal' y tengo alumnos nacidos en los noventa que saben qué es, porque lo ven en internet”.
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Postby grognard on Tue Jul 19, 2016 9:22 pm

Un remedo de libro
Ángel Viñas - revistadelibros.com - 18/07/2016

Este libro tiene 127 páginas con treinta capitulitos (en realidad, epígrafes) más anexos (figuritas de uniforme, mapas, términos esenciales, momentos clave y biografías del autor y del dibujante). La longitud del texto es ínfima: veintisiete páginas cubren el período 1931-1945 y lo que queda se despacha en cinco. Ninguna es completa y varían sólo entre la mitad y tres cuartos con tipo de letra grande e interlineado generoso. El resto son ilustraciones y páginas en blanco.

Para no inducir a error, y gracias a la ayuda de Jordi Grau, profesor de enseñanza secundaria y bloguero, el texto puede expresarse en páginas de ordenador en Word, Times New Roman 12, con interlineado normal y doble para separar párrafos. El no titánico esfuerzo se ha reflejado en solo diez páginas y un tercio. Un total de 4.547 palabras. Los expertos determinarán su equivalencia en páginas de periódico. No creo que dé para más de dos o tres. El número de palabras por epígrafes es el siguiente: prólogo, 109; las causas políticas, 126; los modelos extranjeros, 112; las fuerzas enfrentadas, 134; la sublevación, 131; el comienzo de la guerra, 116; las atrocidades, 124; el avance sobre Madrid, 111; los asedios, 97; éxodo y tragedia, 122; represalias en la zona republicana, 123; la intervención exterior, 120; el gobierno de Burgos, 110; el Jarama, 90; Guadalajara, 98; guerra en el mar, 105; la retaguardia nacional, 120; la republicana, 101; las mujeres, víctimas frecuentes, 128; Unamuno, 112; Barcelona, 103; Guernica, 120; Brunete, Belchite, Teruel, 137; el Ebro, 118; el comienzo del desastre de la República, 121; la sublevación de Casado, 145; el exilio, 106; la España franquista, 134; la Segunda Guerra Mundial, 125; el maquis, 114; y el retorno a la democracia, 130. El glosario da para 715 y los momentos claves para 175. Los dos epígrafes más largos son los de las fuerzas enfrentadas y la sublevación de Casado. La exigüidad se comenta por sí sola, sin tener en cuenta que a veces los epígrafes incluyen temas más amplios. El de Guernica, por ejemplo, comprende toda la campaña del Norte.

La terminología utilizada es significativa. Los sublevados aparecen siempre como «nacionales» Sus oponentes como «republicanos». Los términos «fascistas» o «rojos» hacen acto de presencia una sola vez y entrecomillados. El oprobioso fascismo se reserva para alguna que otra referencia a Italia y Alemania en el glosario. A Falange se la presenta como uno de los «movimientos más extremistas de derecha». Entre las izquierdas, a los socialistas sólo se les menciona una vez; a los anarquistas, dos, y a los comunistas, siempre ligados a Rusia, tres. La guerra se dirimió entre dos «bandos», término que aparece nueve veces. «Rebeldes», trece.

Salvo Franco, citado ocho veces, no abundan los personajes. Mussolini, García Lorca, Muñoz Seca, Millán-Astray, Picasso, Capa, Antonio Machado, José Antonio Primo de Rivera, Alfonso XIII o Adolfo Suárez se mencionan una sola vez; Casado, dos, como Juan Carlos I; solamente Unamuno tiene derecho a tres. (En el glosario, Hitler aparece cuatro veces y en dos momentos clave se mencionan a Alcalá-Zamora y Azaña).

Lo que antecede no sugiere nada sobre la calidad. Un artículo corto puede ser rompedor. Menos aún cabe pensar que el autor haya pretendido escribir un articulito de historia «pseudoestructural». Se trata de una muy somera descripción de acontecimientos y episodios en un estilo que se supone conviene a chavales de entre doce a dieciséis años. Es decir, de sexto de Primaria a cuarto de la ESO y, quizás, el primer año de Bachillerato. Chavales, tal vez, que no están acostumbrados a leer y que padecen del lamentable estado de la enseñanza de la historia contemporánea en tales segmentos educativos. Ciertamente, para una gran parte, el conocimiento del pasado es una mezcla heterogénea de elementos de procedencia diversa, herencias de la experiencia familiar, anécdotas, prejuicios, informaciones no contrastadas y mistificaciones. La escuela española no ha logrado reedificar un conocimiento de la historia reciente desde una perspectiva inequívocamente democrática. Los diseños curriculares y los libros de texto, reconociendo el enorme esfuerzo de actualización desplegado en los últimos decenios, no han escapado a la acomodación al canon historiográfico de la «equidistancia». En la práctica docente no es raro que se liquide este período de manera superficial y superacelerada, con voluntad de obviar episodios controvertidos o, simplemente, molestos.

La idea del autor, ya que no original, es muy loable. Conviene que las generaciones del siglo XXI sepan algo del pasado. Si la enseñanza reglada no lo hace, el equivalente de un articulito, ilustrado profusamente, quizá pueda competir con YouTube o con esos libros de texto que, si bien han experimentado transformaciones vanguardistas en lo que a diseño y recursos gráficos se refiere, siguen adoleciendo de la falta de transposición al ámbito didáctico de los resultados de investigación historiográfica actualizada sobre elementos clave, tales como la urdimbre de la trama del golpe de Estado, la internacionalización del conflicto, la dinámica política y social y, sobre todo, la etiología de la violencia y la represión.

En declaraciones a la prensa, el autor afirma haber leído extensamente. Se echa de menos una mínima bibliografía que pudiera dar pistas sobre qué obras haya hojeado. Para información, al menos, de los papás y mamás. Su articulito no contiene, ni lo pretende, abordar ninguna idea o interpretación que no se hayan repetido de forma recurrente en la literatura (ni tampoco en las contraideas o contrainterpretaciones en un campo que en los últimos treinta años ha sido objeto de innumerables tratamientos científicos apoyados por evidencias de toda índole).

Menos loable es que Pérez-Reverte presente, nada menos, su trabajo afirmando que, «para evitar que tan desoladora tragedia vuelva a repetirse nunca, es conveniente recordar cómo ocurrió». Esta manidísima y oculta referencia a Santayana no viene a cuento en absoluto. También figura en la contraportada por si a algún eventual lector le asaltaran dudas. Ahora bien, tal y como aborda la Guerra Civil, parece difícil que en el presente o en el futuro puedan darse cita las «causas políticas» que identifica. Si su propósito didáctico estriba en extraer «conclusiones útiles sobre la paz y la convivencia que jamás se deben perder. Lecciones terribles que nunca debemos olvidar», en mi modesta opinión, fracasa estrepitosamente.

¿Cuáles son las causas que, según él, llevaron al conflicto? Atraso social y económico, mucha pobreza, incultura, desigualdades sociales, insatisfacción con el estado de cosas, la tierra no era de quien la trabajaba, las condiciones laborales (en las fábricas) eran «a menudo» injustas. En consecuencia, se producían disturbios, algaradas y alteraciones del orden público. Todo ello impedía la estabilidad política. Si estas fueron las causas, ¿no podrían pensar los chavales que tales fenómenos también se producen hoy en día?

De lo que no tendrán experiencia es de otros rasgos: «derechas e izquierdas se organizaban para lo que, tarde o temprano, parecía confrontación inevitable» y, además, «las revueltas callejeras, sublevaciones e incidentes diversos [...] alteraban el orden público y contribuían a crear [sic] esa sensación». Esto último, afortunadamente, ya no ocurre en la España de nuestros días, como incluso las mentes infantiles o en proceso de formación pueden comprobar a diario.

También podrán pensar, si lo hacen, que no existen muestras del chispazo que se atribuye a «buena parte de los jefes y oficiales del ejército», en connivencia con ciertos movimientos extremistas de derecha (eludiendo cualquier responsabilidad que no sea la de Falange). ¿Y por qué se sublevaron los militares? Pues simplemente porque «se creían marginados por la República». Los chavales más despiertos podrán comprobar, si preguntan a sus papás y mamás, que tal no es el caso en nuestros días.

Aparte de la debatida cuestión de la «inevitabilidad» de la guerra, lo poco que dice el autor sobre el contexto exterior permite remachar que el «santayanismo» ofrece una pista errónea. Como es frecuente en la literatura hispanocéntrica, abundan las falsas afirmaciones (lo que dentro de la parquedad informativa es revelador). Italia no envió una fuerza terrestre de cincuenta mil soldados. No es cierto que Mussolini, avergonzado por la derrota de Guadalajara, no perdonase nunca a sus tropas aquel desastre. Los tanques soviéticos no actuaron con mucha eficacia, pero al autor ni se le ocurre mencionar los aviones. Insiste en la especie (franquista y de la Guerra Fría) de que Rusia intervino confiando en que una victoria republicana terminase convirtiendo a España en un país comunista. Atribuye mucha importancia a los que, contradictoriamente, denomina «disturbios en Barcelona» (mayo de 1937), pero los liga a la intervención directa «de los agentes soviéticos que actuaban en España». Es una tergiversación afirmar que la guerra «se convirtió en motivo de estudio y experimentación para los regímenes europeos que pronto se enfrentarían en la Segunda Guerra Mundial». Lo fue, sobre todo, para el Tercer Reich, pero bastante menos para la Unión Soviética. Salvaré al autor por reconocer que el bombardeo de Guernica se hizo con «autorización del Estado Mayor de Franco» en un «ensayo despiadado de lo que después serían las tácticas aéreas nazis». Es algo que siguen negando, todavía hoy, historiadores de derechas, incluso en obras destinadas a la enseñanza universitaria.

La parte militar es de pena. Sin duda es muy complicada para las mentes infantiles: «Las ofensivas republicanas se vieron obstaculizadas por los problemas políticos de retaguardia» es hasta punto cierto, pero se omiten la carencia de recursos, la dificultad de crear un ejército capaz de enfrentarse a otro dirigido y encuadrado por profesionales, la incapacidad de formar masas de maniobra y los obstáculos tácticos y estratégicos a la hora de obtener recursos del exterior, también soviéticos. Así que no se explica la tenaz resistencia frente, y esto sí está bien visto, a un Franco «que no dudaba en sacrificar a las propias tropas en una larga guerra de desgaste, mientras que con la represión de los vencidos aseguraba las zonas conquistadas». Tampoco esta es una afirmación que compartan numerosos autores franquistas. Evidentemente, Pérez-Reverte va de «progre».

El relato elude todas las cuestiones claves, de difícil comprensión para los chicos y chicas del siglo XXI: ¿cómo se distribuyen las responsabilidades en la preparación de la sublevación y por qué? ¿Qué convirtió la sublevación a una guerra civil? ¿Por qué se hizo la guerra? ¿Por qué duró casi tres años? ¿Qué fue la guerra? ¿Por qué duró tanto el franquismo? Aquí, la imprecisión terminológica es notable: de «férrea dictadura», sin otro calificativo, se pasa a régimen de «carácter autoritario». Un régimen, al parecer, muy limitado, porque lo habría sido en tanto que «represor de libertades políticas y ciudadanas».

Eso sí, todos «pelearon con crueldad y también con valentía» (aparentemente, la guerra debería haber sido «florida», como entre los mesoamericanos anteriores a la conquista, y el valor se supone a todos los españoles por el mero hecho de serlo). Con todo, se reconocen similitudes y diferencias: «Las tropas rebeldes tomaron terribles represalias contra la población partidaria del legítimo Gobierno de la República», pero «en la zona republicana ocurrieron también innumerables atrocidades». El autor carga la siniestra contabilidad contra las primeras. Ahora bien, es difícil que el número de asesinados entre los leales a la República fuera ciento ochenta mil. Más acertada es, en los causados en esta zona, una cifra en torno a los cincuenta mil.

Choca la forma en que Pérez-Reverte termina el equivalente de sus ocho páginas y un tercio de texto (sin glosario y momentos clave): «A la muerte del dictador, España se convirtió en una monarquía parlamentaria por decisión personal del rey Juan Carlos I [...] [que] volvió a legalizar los partidos políticos, procuró la reconciliación nacional, liquidó el régimen franquista y devolvió a España la democracia». La tímida contextualización del comienzo del relato desaparece. La responsabilidad monárquica en la preparación de la guerra se omite cuidadosamente.

Debo felicitar efusivamente al autor y a la editorial por el éxito económico que supone haber vendido cuatro ediciones en menos de tres meses de un articulito de cuatro mil quinientas palabras. Es algo que no está al alcance del común de los mortales. Mucho menos en un país en el que, casi todas las semanas, se publica algún libro sobre un aspecto u otro de la guerra y en el que las autoridades han cortado la desclasificación de documentos de índole militar.

Alfaguara afirma en la contraportada que se cuenta la guerra «de forma escueta, objetiva y rigurosa, sin clichés partidarios ni etiquetas fáciles». Publicidad barata. Me pregunto si hubiera aceptado un texto parecido caso de haberlo escrito algún exprofesor de enseñanza secundaria. Sugiero el nombre de Fernando Hernández Sánchez, a quien agradezco sus observaciones sobre el ámbito en que se educan esos jóvenes para los que escribe nuestro estimado novelista.
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Postby remolina on Fri Aug 05, 2016 4:12 pm

remolina wrote:Éste sí lo tengo que comprar. ¿Todavía soy joven, no? ¿O me van a pedir el carnet? :lol:


Jo, hace tropecientos meses de éste, que creo que fue uno de mis últimos mensajes. Lo más triste es que el libro lo compré, pero aún no he tenido ni un segundo libre para leerlo. :cry: En algún momento de este lustro creo que se me arreglará.

Por cierto, ¡hola de nuevo! :lol: :oops:
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Postby Copons_de_la_Baraja on Fri Nov 04, 2016 12:36 pm

Alguien me podría aclarar una duda que tengo...acabo de ver que se acaba de publicar una 'edicion escolar' en tapa blanda. Tiene el mismo contenido que la edicion original en tapa dura?

Gracias :)
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Postby Rogorn on Sat Nov 12, 2016 11:53 am

Los políticos
José Manuel Pedrós García - eleconomico.es - 11/11/2016

«El político es un ser inculto, desconocedor de todo, y convierte en política y mecanismo de poder cualquier argumento que se ponga a tiro». Estas son algunas de las palabras que dijo Arturo Pérez-Reverte con motivo de la publicación de su libro 'La Guerra civil contada a los jóvenes'.

Personalmente, y para contar la historia sobre la Guerra civil, yo prefiero a Paul Preston, me parece más riguroso y más objetivo, porque imprime a la historia una categoría y una autoridad diferentes, las de alguien que conoce la materia con la que trabaja como nadie, y aporta a sus palabras una documentación exhaustiva que avala sus postulados; pero ése no es el tema que ahora nos ocupa, y yo no quería hablar de la Guerra civil española, sino de los políticos.

Tampoco estoy de acuerdo con los comentarios de Pérez-Reverte sobre la clase política, o mejor dicho, no estoy totalmente de acuerdo, aunque le reconozco una determinada veracidad a sus palabras, producto —como en el caso de Paul Preston— de una documentación estudiada. Él es demasiado drástico, demasiado contundente y demoledor, incluso muy incisivo o cáustico; y algunas veces esa aparente seguridad que algunos muestran no se corresponde con la realidad, y puede ser una máscara que oculte nuestros sentimientos más íntimos o más personales, o un maquillaje para encubrir nuestra debilidad y nuestras carencias, incluso para camuflar todo aquello que quisiéramos que fuese (o que hubiera sido) y no es (o no ha sido). Que todo eso que Pérez-Reverte dice sea cierto no es cuestión de ponerlo en duda, porque cuando él lo dice será porque sabe que es verdad; pero a veces no es suficiente con decir la verdad, si ésta enmascara un poso de rabia o enojo hacia esa clase de la que se está hablando, y la mayor parte de las veces actuar con serenidad supone una credibilidad añadida. Aun así, analizar la actuación de determinados políticos, en función de lo que conocemos por los medios de comunicación y de lo que se habla en el Congreso no es demasiado complicado; pero hay que tener mucho cuidado, porque a veces las apariencias engañan, y bastan con que algún medio de comunicación se cebe con alguien para llegar a desacreditarlo sin motivo ni razón.

Yo no creo que «todos» los políticos sean incultos, o ambiciosos, o que les atraiga el poder por encima de todo; pueden serlo algunos, incluso muchos, como ocurre en otras profesiones, como ocurre con el resto de la población, pero los hay muy cultos, como los hay muy inteligentes, aunque también creo que la mayoría poseen una gran verborrea que explotan, hablando mucho pero diciendo poco, y lo que es peor sin hacer nada que beneficie a una mayoría; y cuando lo hacen, lo hacen de una forma lenta, casi a salto de mata, explotando ideas que antes han desechado por venir de otros con diferente ideología.

La demagogia, la elocuencia, la oratoria, y ese aparente dominio de cualquier situación es algo que, a menudo, les caracteriza, y les acompaña —y no voy a generalizar— como algo unido a la argucia o al embuste, porque en las campañas electorales despliegan una simpatía y un don de gentes que después les es impropio, y algunos llegan a ser aduladores (y hasta babosos) con el electorado durante la campaña, para después olvidarse de sus promesas y de su estima.

Lo que sí creo es que los políticos no son objetivos, y sus votos en las cámaras no son los que debieran ser si actuaran en conciencia; pero no lo son porque muchas veces no pueden. Se deben, fundamentalmente, a la disciplina de su partido, a las normas y directrices de su grupo, y tienen que votar propuestas que, en algunas ocasiones, no suscriben personalmente, pero que no tienen más remedio que acatar por el hecho de pertenecer a ese partido. Creo que ése es el mayor de los problemas que conlleva la clase política, la falta de independencia que tienen por separado cada uno de los individuos que se dedican a ella; y yo no creo que los políticos sean una clase despreciable, porque creo todo lo contrario. Me parece que una mayoría no está en política para enriquecerse o por ansias de poder, aunque hay muchos con estas pretensiones.

Quiero creer que la mayoría aspira con su actuación suavizar los problemas de la población a la que se debe, bien sea a nivel local, a nivel provincial o a nivel nacional, intentando hacer más fácil la convivencia y la vida de sus congéneres, e intentando que exista menos desigualdad económica y social; pero, claro, eso es lo que yo quiero creer, porque hay otra realidad, lamentablemente; y en más ocasiones de las que debería darse no es así; y tenemos políticos corruptos a nuestro alrededor, que están en la política única y exclusivamente para enriquecerse; políticos mediocres que sólo buscar escalar puestos cada vez más altos dentro de sus respectivos partidos, aun a costa de poner zancadillas o pisar a sus compañeros; políticos que están ahí para beneficiar a sus familiares y, de paso, beneficiarse ellos mismos; políticos que utilizan la política como trampolín para cuando salgan de ella posicionarse en las esferas económicas más altas; etcétera.

Pero no quiero terminar de la misma forma que he empezado, porque no quiero suscribir la frase de Pérez-Reverte; y no quiero, como muchos periodistas o escritores pueden hacer, meter el dedo en la llaga, y buscar un titular demoledor para atraer la atención de los lectores con su ironía, su desprecio o su incisiva acritud, y con esto no quiero decir que yo sea mejor que nadie, ni mucho menos. Sólo pretendo actuar de una forma diferente, quizá menos contundente, y por lo tanto menos llamativa, pero de una forma que, moralmente (o anímicamente), me es más natural.

Quiero suavizar los contornos y alisar las formas, aunque se me tilde de melifluo, de remilgado, o incluso, estirando el hilo, de servil; porque en el fondo, y como he oído en más de una ocasión, «se saca más besando que mordiendo». Reconozco que algunas veces hay que morder, está claro; pero también es cierto que hay que morder con mucho cuidado, sin hacerle al otro sangrar, porque a veces al clavar los dientes destilamos el veneno que se alberga en nuestro interior y se lo inoculamos a nuestro rival, y con ello nos convertimos en simples reptiles que sólo ven a los demás como posibles adversarios a los que hay que eliminar, o como posibles presas a las que hay que devorar.
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Postby Rogorn on Fri May 05, 2017 12:20 pm

Ofensiva por la Guerra Civil para jóvenes: un libro responde a la versión de Arturo Pérez-Reverte
Peio H Riaño - elespanol.com - 05/05/2017

'La Guerra Civil contada a los jóvenes' ya tiene contestación: '¿Qué fue de la Guerra Civil? Nuestra historia explicada a los jóvenes'. Un año y medio después de la aparición de la equidistante obra del novelista Arturo Pérez-Reverte, publicada por Alfaguara, aparece la contestación del filósofo Carlos Fernández Liria y la historiadora y profesora Silvia Casado Arenas, en Akal. Y las diferencias son abismales, a pesar de que la novedad es una réplica editorial al original.

Han planteado un interesante debate para caldear los escaparates de las librerías y el conocimiento de los lectores juveniles: mismo tamaño, similar estructura y extensión, una fórmula didáctica clavada. La ofensiva es llamativa a simple vista, y al abrirlos aparecen dos visiones muy enfrentadas. Una amable y otra cruda. Con el libro de Akal, la visión de Pérez-Reverte se descubre limitada a la guerra, mientras que la contestación abarca hasta nuestros días. Porque, como asegura su editor Tomás Rodríguez, “nuestra democracia es hija de esa Guerra Civil, nos guste o no”.

Cuenta el editor que cuando apareció el libro del académico reaccionaron en contra, porque su idea es mostrar que en esta guerra no hubo inocentes, que todos fueron culpables. Cada libro defiende posturas distintas: uno defiende el consenso, el otro que el consenso es inviable. “Nuestra versión obedece a la necesidad de poner en cuestión el relato establecido”, asegura Rodríguez. Carlos Fernández Liria explicó en su día a este periódico que “el libro de Pérez-Reverte no miente, pero no es objetivo por todo lo que calla”.

Así que han publicado el mismo libro, pero contándolo de otra manera. Para Fernández Liria lo más peligroso es la equidistancia. “Lo que cuenta el libro de Pérez-Reverte es, en general, muy cierto. Ante todo, pretende ser equidistante, sin renunciar, desde luego, a denunciar el Golpe de Estado de Francisco Franco y sus aliados, el fascismo italiano y el nazismo alemán”, se puede leer en el prólogo. “Sin embargo, la equidistancia respecto a los acontecimientos históricos no depende tan sólo de lo que se dice. También depende de lo que no se dice”. Reclaman menos azúcar, en la revisión de los hechos.

El principal objetivo de esta nueva Guerra Civil contada a los jóvenes es, precisamente, “sacar a la luz algunos aspectos de la guerra que también son ciertos y deben ser tomados en cuenta”. Y añaden que “ser equidistante, cuando se trata de víctimas y de verdugos, consiste en identificar a las víctimas y señalar a los verdugos”. En el prólogo del libro de Pérez-Reverte, el novelista escribe: “Todas las guerras son malas, pero la guerra civil es la peor de todas, pues enfrenta al amigo con el amigo, al vecino con el vecino, al hermano contra el hermano”.

La historiadora Silvia Casado también señala en la equidistancia el mayor problema del libro de Pérez-Reverte. “La Guerra Civil no se puede contar desde la equidistancia ni desde la llamada tercera España, porque no hubo dos bandos: fue un Golpe de Estado contra la democracia y no una guerra entre hermanos. A los españoles no nos da por matarnos cada cierto tiempo. Pérez-Reverte, al que admiro como novelista, no falta a la verdad, pero obvia hechos trascendentales”, cuenta a este periódico.

Ambos volúmenes coinciden en divulgar para no repetir, contar para no enfrentar, dar luz sobre hechos que no deberían haber ocurrido nunca. El nuevo es también mucho más crudo en las ilustraciones. El arte de Fernando Vicente y el de David Ouro son tan distintos, como el enfoque de los escritores. Las ilustraciones del primero tratan de templar la revisión del pasado, las del segundo son más amargas. La misma portada del primero es un hermanamiento entre bandos, la del otro, un enfrentamiento entre Manuel Azaña y Franco-Millán Astray. “El ilustrador sólo responde al encargo. He utilizado una línea rota, que lo hace más duro. El trabajo de mi admirado Fernando Vicente es mucho más delicado, un estilo excepcional. Yo después de leer el libro opté por la línea más dura, porque era algo más beligerante”, cuenta Ouro.

Pero la diferencia más llamativa entre el libro de Akal y el de Alfaguara -guerra editorial en las librerías- es, curiosamente, lo que vino después. Para Pérez-Reverte todo se arregló con la llegada de Juan Carlos I y la Transición, para Fernández Liria y Casado Arenas “todavía estamos esperando una condena explícita del golpe militar y del franquismo por parte de la derecha”. Alargan el relato dirigido a los jóvenes -con una adenda biográfica- hasta la aprobación de la Ley de Memoria Histórica y su olvido.
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Postby Ada on Fri May 19, 2017 11:23 am

La Guerra Civil que Pérez-Reverte no te contó
Alejandro Torrús - publico.es - 18/05/2017

Cuentan Silvia Casado Arenas y Carlos Fernández Liria que el libro de Arturo Pérez-Reverte 'La Guerra Civil contada a los jóvenes' (Alfaguara) es una obra que dice cosas "muy ciertas", pero que peca de "equidistante". Critican que el cómic venga a decir únicamente algo así como que la guerra española fue un enfrentamiento entre dos bandos rivales que provocó un enorme sufrimiento. Y así fue. No cabe duda. Pero la Guerra Civil ─dicen Casado Arenas y Fernández Liria─ fue otras muchas cosas también "muy ciertas" que se omiten en el relato de Pérez-Reverte. Este es el motivo por el que se han lanzado a publicar '¿Qué fue la Guerra Civil? Nuestra historia explicada a los jóvenes' (Akal).

"Intentamos sacar a la luz algunos aspectos de la guerra que también son ciertos y deben ser tomados en cuenta. Será el lector, por joven que sea, quien tendrá que preocuparse de interpretar qué es, entonces, lo que realmente sucedió", explican los autores en el prólogo de la obra, ilustrada por David Ouro. Así, lo primero que intentan explicar Silvia Casado y Carlos Fernández es qué y quién está detrás del golpe de Estado. Si bien Pérez-Reverte señala que hay una sublevación militar contra el legítimo Gobierno republicano, Casado y Fernández ponen el énfasis en explicar quién está detrás de los militares. Explican que "los banqueros y los militares más simpatizantes del fascismo italiano y alemán se aliaron contra la democracia", "recibieron apoyo de la jerarquía de la iglesia" y que estuvieron financiados por Juan March, mayor banquero de España, y por los grandes terratenientes.

Por otro lado, si Pérez-Reverte dibuja la Guerra Civil como una especie de "confrontación inevitable" en "tiempos exaltados", la réplica editada por Akal explica que la causa de fondo es que "los capitalistas comprendieron que la democracia misma era una amenaza para sus intereses económicos y comenzaron a apoyar a partidos y sindicatos de extrema derecha con programas antidemocráticos". "Hoy, el cine y los libros de texto de historia nos lo pintan como monstruos aberrantes, racistas y genocidas (y, sin duda, lo eran) pero en aquellos tiempos fueron tolerados, apoyados o financiados por las élites económicas europeas", inciden los autores en su texto.

Una diferencia radical entre ambos libros es la manera de contar la intervención de las potencias extranjeras en la Guerra Civil y el Comité de No Intervención. Pérez-Reverte cuenta que Francia e Inglaterra "prefirieron mantenerse neutrales", mientras que la Alemania nazi y la Italia fascista "tomaron partido por las tropas rebeldes" y la Rusia soviética intervino activamente "confiando en que una victoria republicana acabaría convirtiendo a España en un país comunista". La obra '¿Qué fue la Guerra Civil?' explica que la participación soviética en la Guerra Civil española se produjo una vez que se comprobó que alemanes e italianos estaban saltándose la no-intervención pactada y que fue menos relevante que la prestada por las potencias nazis. Así, esta obra también explica que EEUU se mantuvo neutral, pero que sus empresas vendieron el petróleo a los militares sublevados vulnerando el contrato firmado con el Gobierno de la República. Llama la atención, no obstante, la afirmación de Pérez-Reverte de que la Rusia comunista creía en una próxima España comunista. Una afirmación difícilmente contrastable. En este aspecto, entra en muchos más detalles la obra editada por Akal, que entra a explicar las diferentes posturas dentro de la España republicana sobre la necesidad de defender la República o realizar una revolución.

La obra de Casado y Fernández Liria denuncia la aparición de historiadores "revisionistas", que se visten de "neutrales". Estos revisionistas se sirven de que en el bando republicano hubiera revolucionarios para mantener que en la Guerra Civil se enfrentaron dos fuerzas igualmente radicales y que solo una minoría luchó por la legalidad del orden republicano, por lo que los dos bandos serían igualmente culpables. La pieza fundamental de esta argumentación es la conocida como Revolución de 1934, que tuvo su epicentro en la cuenca minera asturiana. No obstante, Fernández Liria y Casado Arenas recuerdan en su obra que "el llamamiento a la insurrección por parte de la izquierda tuvo que ver con la llegada al gobierno de ministros fascistas que admiraban a Hitler y Mussolini". Asimismo, también denuncian que la "simetría" que busca el revisionismo es "completamente falsa" ya que "los comunistas y los socialistas lucharon por la legalidad democrática, ganaron las elecciones y fue entonces cuando se produjo el golpe de Estado, con la ayuda de los nazis y los fascistas italianos". "Los partidarios del golpe de Estado, los que lo apoyaron y lo financiaron, eran las élites más ricas del país, dispuestas a aliarse con Mussolini y con Hitler, las mismas que luego sostuvieron la criminal dictadura de Franco durante 40 años. Los protagonistas de los intentos revolucionarios eran las clases populares, inmersas por aquel entonces en una pobreza terrible, obreros y campesinos que luchaban por un poco de de justicia social", explican.

Un matiz nada desdeñable que diferencia radicalmente ambas obras es el énfasis que se dedica a esclarecer que la represión del bando sublevado estuvo organizada, controlada y alentada por los dirigentes del golpe de Estado, mientras que la vivida en la parte controlada por el Gobierno republicano se debe al "desorden y a elementos incontrolados" y que las autoridades republicanas, con Azaña a la cabeza, hicieron reiteradas llamadas al orden social. Así, Pérez-Reverte da buena cuenta en su libro, en el capítulo dedicado a "las atrocidades", de que "en los dos lados se sucedieron las denuncias, los encarcelamientos y las ejecuciones" y hay que esperar hasta el capitulo de la represión republicana para leer que la diferencia entre las represalias franquistas y las republicanas es que las primeras estaban organizadas desde los altos mandos. Casado y Fernández, por su parte, inciden con mucha más fuerza en el hecho de que el Gobierno republicano trató en todo momento de dominar el caos y poner fin a los "ajusticiamientos y venganzas personales".

Carlos Férnandez y Silvia Casado incluyen en su edición para jóvenes de la Guerra Civil un buen número de temáticas que apenas sí son mencionadas en el libro de Pérez-Reverte. Un ejemplo de ello es el papel de los intelectuales. Si en el caso de Pérez-Reverte se limita a recordar el "¡Viva la Muerte!" de Millán Astray a Unamuno y los asesinatos de García Lorca y Muñoz Seca, la obra de Akal dedica un capítulo entero para incluir los casos de mujeres como María Zambrano, Clara Campoamor o Ernest Hemingway.

No obstante, no es el único ejemplo. El libro '¿Qué fue la Guerra Civil?' incluye las diferencias en la política cultural de ambos lados, da más información sobre las Brigadas Internacionales y compara con mucho más detalle el protagonismo de las mujeres y la lucha feminista. Así, Pérez-Reverte escribe que los abusos a mujeres fueron más frecuentes en la zona sublevada y que los avances para la mujer que había traído la República fueron eliminados en el franquismo. Por su parte, Casado y Fernández Liria reconocen el papel de la mujer durante los primeros compases de batalla también como miliciana y prestan una especial atención a mujeres notables como Federica Montseny, ministra de Sanidad en 1936 que defendió el derecho al aborto y llegó a desarrollar un proyecto para su legalización. También recuerda que el ideal femenino del franquismo es el de "servir de perfecto complemento del hombre".
Consuela saber que nadie a quien amas se quema en lo que arde. http://adacaramelada.blogspot.com.es
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Postby Rogorn on Sun May 21, 2017 10:27 pm

Ad Absurdum: "Nadie se va a morir por cambiar la Constitución, no supone quemar el país"
Lorena G Maldonado - elespanol.com - 21/05/2017

Desempolvan los libros de Historia. Cuentan los entresijos humanos -sin afán institucional, sin aires oficiales ni tediosos- del lugar del que venimos, de los recuerdos no vividos en común. Nos hablan de cómo fue España antes de nuestro insignificante paso: al menos, desde los Reyes Católicos a los albores de la democracia imperfecta. Son David Omar Sáez Giménez, Juan Jesús Botí Hernández e Isaac Alcántara Bernabé, historiadores serios y divulgadores cachondos que sueñan con quitarle hierro a las cadenas del tiempo. Se han bautizado a sí mismos como Ad Absurdum, y en 'Historia absurda de España' (La esfera de los libros) hacen asequible el relato oficial de los últimos 500 años y, a la vez, lo trufan de esas anécdotas deliciosas que le dan salsa a la vida: lo mismo descubren a los monarcas que escribieron y produjeron películas porno o regalan la curiosidad de que el padre de Franco se enteró de que iba a tener a Paquito mientras se daba la fiesta en un prostíbulo. Leyéndolos se acerca uno a la belleza y la abyección de la sobornable naturaleza humana. Aquí Ad Absurdum reflexiona sobre la vida secreta de un país, la memoria, la Constitución, la legitimidad histórica -¡o no!- de la independencia catalana y la carga emocional de hoy que ayer significaron otra cosa.

-¿Por qué nadie cuenta esa Historia de España que, como decís en el libro, se hizo en casas de putas, barras de bar y celdas?
-Nosotros creemos que durante mucho tiempo la Historia ha tenido una especie de halo especial, ceremonioso, pomposo... La gente habla de Historia con un respeto inusitado, y claro que hay que respetarla, pero también quitarle ese velo, porque tiene más cosas aparte de lo solemne. Tiene humor, tiene ridículo, tiene absurdo, y no siempre se gesta en Consejos de Ministros. Nuestra idea es normalizarla, acercarla a la gente de un modo en el que hasta pueden sentirse identificados con sus protagonistas o situaciones.

-¿Qué trato cree que se le está dando a la memoria histórica en España?
-Se ha politizado muchísimo, ya desde sus proyectos iniciales en el gobierno de Zapatero. Ha entrado en un bucle sin sentido y se está utilizando como arma arrojadiza, es una pena, porque todos esos elementos históricos forman parte de lo que somos, de lo que hemos sido. Lo que hay que hacer es asumir las cosas como son, como han sido, porque hay estudios serios sobre las partes más problemáticas: II República, Guerra Civil, franquismo... pero los políticos los ignoran.

-¿Con qué postura se identifica Ad Absurdum, como historiadores? ¿Con el inmovilismo del Partido Popular o con iniciativas de cambio como sacar a Franco del Valle de los Caídos?
-Ad Absurdum es consciente de que el problema que ha habido con la Historia de los últimos 60-80 años en España es que en su momento el tratamiento de todas las víctimas lo llevó a cabo un bando ganador, y obviamente trató mejor a las suyas que a las otras. No es ningún disparate decirlo. Pero cuando la gente entra en este debate y alude a comparaciones con Alemania o Italia, olvida algo: que no pueden compararse, por algo muy sencillo. En Alemania o Italia hubo una ruptura del régimen que se produce cuando son derrotados tras la Segunda Guerra Mundial. La sociedad hace una recesión en conjunto -política y socialmente- y salen de ahí, reflexionan todos. Pero en España no ocurre así. En España hay un continuismo, y es lógico que las víctimas del bando contario -aunque debería ser toda la sociedad- reclame un tratamiento acorde a la situación que vivieron sus abuelos. Ya no es reabrir heridas, es cerrarlas. La Transición tuvo luces y sombras, y la sombra es que lo que se reclama como una amnistía positiva no lo fue.

-¿Cómo hay que explicarle la guerra civil a los jóvenes? En el libro sois críticos con la versión de Pérez-Reverte, diciendo que "el cartagenero tiene la ocurrencia de escribir: 'A la muerte del dictador, España se convirtió en una monarquía parlamentaria por decisión personal del Rey Juan Carlos'". E ironizáis diciendo "'¡Aleluya! ¡Venga a nosotros tu reino! Oh, el bueno de Juancar. ¿Qué habríamos hecho de no ser por él? ¿Y qué decir de Adolfo Suárez? Cambiar el nombre a un aeropuerto es un gesto que se queda corto para el hacedor supremo de democracias".
-(Risas). Yo lo único que reclamaría es que no se caiga en las simplificaciones en las que cae Pérez-Reverte. En el libro comete, a nuestro juicio, dos grandes errores. El primero, utilizar ese argumento tan manido de "no hubo buenos ni malos". Y el segundo, su visión del rey Juan Carlos I. A esa generación de jóvenes les estás dando un mensaje directísimo, algo que no tiene vuelta de hoja: Juan Carlos I como elector de la democracia. Y ahí desaparece el trabajo de los partidos políticos, de los del exilio y de los que no, y el trabajo de movimientos sociales, de manifestantes... de todos los que pusieron su granito de arena. En cuanto a lo de "no hubo ni buenos ni malos" es un argumento que te encuentras en España cada día. Pero que lo diga Pérez-Reverte duele más, porque es una personalidad relevante en este país y vende muchos libros, por lo que va a llegar a mucha gente... Está lanzando un mensaje que no es correcto.

-Entonces, ¿cómo se hace? ¿Cómo resumiría el conflicto de la guerra civil en un párrafo, para que un chaval que nunca ha oído hablar de ella lo entendiera, sin contaminarse?
-"Había una República, y, llegado un momento, un grupo de militares se pone de acuerdo para dar un golpe de Estado contra un gobierno legítimo. El problema es que se desencadena una guerra terrible para España". Esta es una definición sencilla y muy aséptica... pero suficiente para que la persona entienda que Franco no salvó a España. Franco no vino elegido por Dios para salvar España. No hay que caer en el maniqueísmo, hay que ser realista, no otorgar adjetivos.

-En el libro decís que no hay que confundir equidistancia y objetividad.
-Exacto. La frase "los dos bandos hicieron cosas malas" es cierta, porque es una guerra. Hasta ahí, bien. El problema es que utilizando esa frase se intenta argumentar que, como todos hicieron cosas horribles, pues bueno, pasó lo que tuvo que pasar y ya está. Elimina eso de "todo lo inició un bando haciendo algo que está mal, que es dar un golpe de Estado y desencadenar una guerra, y el otro bando se comió el pastel". Quienes utilizan estas frases son equidistantes pero creen que son objetivos, y esto lo enlazo con Pérez-Reverte: ese argumento no debería ser utilizado. Pertenece a un discurso falso y malicioso.

-Decíais que -otra- victoria del bando franquista es quedarse con la palabra "nacional", como identificándose con todo el pueblo. Yo pregunto: ¿por qué la palabra "nacional" sigue sin tener ninguna connotación peyorativa pero la palabra "rojo", sí?
-Mira, te pongo un ejemplo interesante. Hoy en día la palabra "rebelde", aplicada al bando franquista, no se usa casi nunca. Se usa por parte de algunos historiadores, claro, que tienen claro que el rebelde era el bando militar. Sin embargo, en el día a día de la gente hablando de Historia, no se le pone tan fácilmente la etiqueta de "rebelde" a los militares. Me han llegado a decir que los rebeldes eran los republicanos, y no es una exageración. En su momento, Celia Gámez tenía una canción en la que ella misma colocaba la etiqueta de "rebelde" al bando franquista. Se lo decían a sí mismos. Los rebeldes, con orgullo. Sin embargo, hoy día ser "rebelde" está feo. En cuanto a lo de "nacional" y "rojo", hay que tener muy en cuenta la influencia de los divulgadores históricos. Mira Pío Moa, divulgador histórico por llamarlo de laguna manera. Lo que hace él es repetir constantemente un mensaje que ya se daba en el franquismo. Un mensaje que emitían Ricardo de la Cierva y otros historiadores franquistas que no se ocultan, que dicen que eran del Régimen. Moa repite eso, y vende muchísimos libros, por lo que la gente que está leyendo eso absorbe sus adjetivos. No es ningún disparate decir que los treinta y pico años de educación franquistas siguen vigentes, por eso ser o haber sido "rojo" parece algo despectivo.

-¿Podemos desprendernos de esa mochila? ¿O esa herencia franquista hace de España un país esclavo?
-El bagaje siempre está ahí, pero se le puede dar la vuelta. No me gusta lo de "el gen español"... Pérez-Reverte siempre dice que España tiene el gen cainita, y la gente lo repite. Aunque a veces sea gracioso decirlo, es absurdo. No creo en el determinismo, tenemos una mochila pero podemos tirarla al suelo sin problema mejorando la educación, haciendo ciudadanos críticos y personas que sepan pensar por sí mismas.

-En el libro decís que la producción cultural que se ha hecho de la guerra civil pone el foco en fenómenos afectivos y morales y no en "lo importante". ¿Por qué creen que está siendo deficiente?
-Fíjate que en cuanto sale alguna película o un libro de la guerra civil siempre están los típicos que saltan con "ya estamos con el mismo cuento", y nosotros vamos y decimos que no se está haciendo bien (risas). No es que tratar lo afectivo sea negativo, pero habría que hacer productos que tengan carga crítica y que aborden la guerra desde el punto de vista de los intereses económicos y políticos, la intolerancia, la emancipación, la intelectualidad, etc. Puntos con más carga crítica y menos sentimental.

-¿Hasta cuándo se va a decir en España "sí, pero es que Franco inventó la Seguridad Social"?
-Es una justificación, como cuando dicen que si Hitler acabó con el paro o hizo las autopistas de Alemania... ¿y qué? A nosotros nos hacen muchísima gracia esos argumentos. En cuanto a Franco, está claro que más de 30 años de gobierno no pueden basarse sólo en matar a gente, pero obviamente no es una razón valiosa.

-¿Qué dice de un país el hecho de que venga de una guerra y lo primero que retome sea la Liga de Fútbol, como en el 39?
-No creo que eso sea cosa de España. Los romanos decían pan y circo, en el XVIII y XIX, pan y toros, y en el siglo XX, pan y fútbol. Es lógico que un gobernante que toma el poder después de un conflicto así, teniendo el país lleno de hambre, de muertos... busque un entretenimiento, algo para que la gente tenga algo más en la cabeza que el desastre. Yo estuve de Erasmus en Sicilia y un profesor de Historia de allí me explico que Mussolini promovió dos productos para lograr ese mismo efecto en la gente: una bebida parecida a la Fanta, a base de pomelo; y la Nutella.
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Postby Rogorn on Fri May 26, 2017 12:45 pm

Carlos Fernández Liria y Silvia Casado: “Es importante que nuestros jóvenes no recuerden la historia de forma injusta”
Salvador López Arnal - cuartopoder.es - 26/05/2017

—¿Un nuevo libro sobre la guerra civil? ¿No hay ya muchos libros sobre nuestra guerra civil? ¿No hay qué mirar para adelante y no para atrás?
—SILVIA: Hay numerosos e importantísimos estudios e investigaciones sobre la Guerra Civil. Ahora bien, es evidente que nuestro libro no tiene pretensiones investigadoras, para eso ya tenemos los magníficos trabajos de Ángel Viñas o Julián Casanova, entre otros. Es un libro de divulgación que hemos considerado necesario por varias razones. En primer lugar el objeto del libro es servir de réplica al que publicó el año pasado Pérez-Reverte porque ese libro, si bien es cierto que no faltaba a la verdad, guardaba demasiados silencios, y sobre todo presentaba la guerra civil como una suerte de fenómeno fatal que cada cierto tiempo se da entre los españoles, sin atender a las causas políticas, sociales y económicas, de manera que el hecho histórico de la guerra queda completamente despolitizado, convirtiéndolo en un especie de absurdo enfrentamiento entre hermanos. La segunda razón es que ochenta años después de la guerra civil española no hay un acuerdo en torno a las causas de la misma, lo que es motivo de encendidas polémicas, ya sea por el cumplimiento de la Ley de memoria histórica, en torno a la retirada de calles dedicadas a franquistas o en torno a qué hacer con el Valle de los Caídos. Aún hoy, nos encontramos historiadores, tanto en la academia como en la caverna mediática que no paran de repetir el mantra franquista (40 años repetido) de que la guerra fue inevitable y vino a poner fin al caos de la II República y a librar al país del comunismo soviético. Recientemente tenemos un ejemplo de ello.

—¿Qué ejemplo?
—SILVIA. La publicación del libro '1936. Fraude y violencia en las elecciones del Frente Popular', tesis nada novedosa (es uno de los mitos más repetidos en los cuarenta años de dictadura franquista) y que no busca otra cosa más que crear confusión histórica permanente en torno al golpe del 36 y sus consecuencias. Ahora bien, ¿cuál es la raíz de que aún a estas alturas nos encontremos con “el todos fueron iguales” y las equidistancias, cuando no las puras mentiras históricas? Pues una vez más tiene que ver con cómo se hizo la (modélica) Transición. La política fue la del olvido, la desmemoria, la amnesia respecto a nuestra historia más reciente, respecto a nuestra última experiencia democrática que no era otra que la democracia de la II República. El gobierno socialista liderado por Felipe González decidió, en efecto, “no hablar del pasado”. Y cuando desde la sociedad, al margen de los partidos políticos, se iniciaron los trabajos de recuperación de nuestra memoria más reciente, se puede decir que ya era tarde para cortocircuitar algunos mitos y mentiras. Porque, mientras tanto, mientras la izquierda mantenía el principio de “no hablar del pasado”, el “revisionismo” hacía su labor, sobre todo a nivel mediático, hablando por los codos. No es correcto llamarles “revisionistas”, porque, en realidad, no aportan ninguna revisión, sino que mantienen la burda visión franquista de nuestra historia. Pero han sido muy eficaces y han marcado una diferencia fundamental entre la actitud española y la que tienen el resto de los países europeos respecto al fascismo y la II Guerra Mundial. Eso de que “mirar al pasado” “mirar para atrás” es malo es una idea que no ha dejado de hacer el juego a la derecha. Los nazis también habrían estado encantados de que en Alemania no se hubiera mirado al pasado y se les hubiese dejado en paz, permitiéndoles conservar altas cotas de su poder e incluso de su prestigio.

—Un compañero, amigo y maestro, José Luis Martín Ramos, un historiador y profesor de la UAB, ha respondido adecuadamente -hemos publicado su trabajo en 'Rebelión'- al libro que acabas de hacer referencia, '1936. Fraude y violencia en las elecciones del Frente Popular'. Acabáis de mencionar el libro de Arturo Pérez-Reverte, 'La Guerra civil contada a los jóvenes' y comenzáis el vuestro hablando de él. ¿No os ha gustado? ¿Por qué? ¿Es un asunto de equidistancia, como señaláis?
-CARLOS: Sí, leímos el artículo de Martín Ramos, que era magnífico. En cuanto a nuestro libro, es intencionadamente una réplica calcada del libro de Arturo Pérez-Reverte. Ese libro nos pareció, la verdad, mucho más peligroso de lo que aparenta a simple vista. Parece un libro de divulgación para jóvenes, que intenta darles una visión neutral y equidistante sobre la guerra civil. Pero, por eso mismo, porque la cosa parece más o menos intrascendente, es mucho más preocupante. Es a este nivel de discurso (y no en las grandes obras eruditas para especialistas) en el que se delimitan los relatos que luego nadie se atreve a poner en duda, donde quedan enraizados en el sentido común, y luego no hay manera de discutirlos porque se consideran evidencias. El libro de Reverte es muchísimo más peligroso que todos los libros de los Pío Moa o los César Vidal. Es verdad que el mal llamado revisionismo sobre la guerra civil (que en realidad es obra de pseudohistoriadores franquistas) ha calado muy profundamente, porque ha contado con algunos altavoces mediáticos importantes, como en su momento la cadena COPE. Pero un libro como el de Reverte, mucho más aséptico, es más capaz de crear hegemonía cultural, tanto más cuanto que opera a nivel de la juventud. En su momento ya alertaron sobre ello Juan Carlos Monedero y David Becerra. En sus diagnósticos, tenían básicamente mucha razón. Escribieron algunos artículos memorables al respecto, alguno de los cuales fue respondido por el propio Reverte. Nosotros hemos seguido otra táctica: escribir un libro idéntico al de Reverte en su forma y modelo editorial, pero con otro contenido. Creemos que esto puede ser muy útil para torcer al bastón, dando otra versión de nuestra historia, pero utilizando las mismas armas editoriales y dirigiéndonos al mismo público.

—El subtítulo de vuestro libro: “Nuestra historia explicada a los jóvenes”. ¿Qué jóvenes? ¿En quién, en quiénes estáis pensando? ¿A quiénes va dirigido vuestro libro?
—CARLOS: Obviamente, nuestro libro no tiene nada que ver con una investigación historiográfica, no se sitúa en ese plano, es un libro de divulgación para jóvenes. Lo que sí que pretendemos es intervenir activamente en la realidad de la Memoria histórica. Tan importante como hacer justicia a los desaparecidos de la guerra civil es velar porque nuestros jóvenes y los jóvenes venideros no “recuerden” su historia de una forma injusta, que su “memoria” no sea un ejercicio inconsciente de mala fe. Los dos somos profesores y -lo hemos comentado muchas veces- hemos notado que en los institutos y la Universidad, los jóvenes empiezan a decir cosas que hace una década eran impensables.

—Por ejemplo…
—CARLOS. Por ejemplo, nos hemos encontrado con alumnos muy convencidos de que, en realidad, la guerra la comenzó el PSOE en el año 34. Esto quiere decir que la caverna mediática ha tenido un cierto éxito a la hora de conformar la conciencia de nuestra juventud. Una pandilla de pseudohistoriadores ideológicamente muy marcados ha suplantado a la comunidad científica de los historiadores gracias unos altavoces mediáticos muy potentes. Y eso no se contrarresta publicando artículos en las revistas académicas. El problema no está entre los historiadores, está en la conciencia ciudadana en general. Nuestro libro es una intervención a ese nivel divulgativo y, sin embargo, esencial. No podemos perder la batalla sobre el relato que ha de considerarse obvio para nuestros adolescentes. Es un respiro, desde luego, que la editorial Akal siempre esté dispuesta a plantear la batalla en ese sentido. En seguida comprendieron que no se trataba de escribir un libro en tanto que historiadores (que no lo somos), sino de plantear una batalla política imprescindible en el terreno de la divulgación, y además, de la divulgación para jóvenes.

—¿Y en el ámbito escolar de la educación secundaria?
—SILVIA: Conviene tener en cuenta la configuración del curriculum de Ciencias Sociales e Historia en el Bachillerato. Es un curriculum tan amplio que casi tienes que pasar de puntillas por los temas de la II República, el golpe de Estado y la guerra, la dictadura y la Transición, de manera que depende del profesor (y no siempre se puede porque es el curso de la selectividad) profundizar más o menos en la cuestión. Es curioso que el curriculum de 2º de bachillerato se modificó durante el primer gobierno de Aznar y siendo ministra Esperanza Aguirre. Empezaron a repetir que los alumnos salían del bachillerato sin saber quién era Felipe II, lo que a su criterio debía ser más importante que conocer la Constitución de 1931. El programa de Historia de España de 2º de bachillerato pasó de ocuparse del siglo XIX y XX, a abarcar toda la historia de España (desde Atapuerca a la actualidad) y se ajustó el modelo de la PAU a un temario disparatado por su amplitud. De manera que, actualmente, el primer trimestre se emplea en repasar la historia de España hasta el siglo XVIII y el resto al XIX, XX y la actualidad. ¿Cuál es la consecuencia?

—¿Cuál es en tu opinión?
—SILVIA. Pues que, efectivamente, no puedes profundizar en ese amplio período de las fallidas revoluciones liberales que van marcando el deficit democrático de este país. Y cuando quieres llegar a la II República, te queda muy poco para terminar el curso y tienes que ir a toda prisa. La consecuencia es que los alumnos salen a veces con mucho batiburrillo de contenidos y poca profundización en hechos históricos tan relevantes como la Guerra Civil. Y por cierto, cuando Zapatero llegó a la Moncloa y se aprobó la LOE el curriculum de Aznar se mantuvo.

—Las ilustraciones son de David Ouro. ¡Están muy bien, pero que bien! Me gustaría felicitarle. Lo hago ahora. ¿Quién es David Ouro?
—SILVIA: Lo eligió la editorial y nos mandó unas ilustraciones para ver si nos gustaban. Nos encantaron. Y el resultado ha superado lo previsto. Pensamos que la estética que David Ouro ha elegido es muy acorde con el sentido del libro, con una mezcla de belleza y dramatismo muy impactante.

—Habláis también en el prólogo de memoria histórica. Lo hemos comentado ya pero insisto un poco más. ¿Qué es la memoria histórica en vuestra opinión?
—SILVIA: Es una cuestión de verdad, justicia y reparación hacia la víctimas. Durante toda la Transición, como ya hemos comentado, se gestó la política del olvido. La amnistía de 1977 fue la verdadera ley de punto final para el franquismo y los partidos (cada uno por diferentes razones) decidieron no mirar atrás. La política del olvido propició que la historia de los vencidos sobre la guerra y la represión se mantuvieron en el ámbito privado. Yo misma me pasé mi adolescencia escuchando a mi abuelo contar dónde estaban las fosas comunes y los asesinados enterrados en las cunetas en mi pueblo, al sur de Ávila, donde no hubo guerra, sino ocupación y exterminio, como en toda Castilla y León. Durante la Transición y los catorce años de gobierno de González, memoria era sinónimo de rencor y reconciliación de olvido. Pero la sociedad no quería olvidar. Esto lo expresó muy bien Tomás y Valiente a finales de los años 80 en unas jornadas sobre la Justicia en la guerra con las siguientes palabras: “nadie tiene mentalidad de revancha, ni de venganza, pero no nos engañemos, nadie tiene mentalidad de olvido”. El hecho de que no se haya podido recuperar, dignificar y reparar en la medida de lo posible la memoria de los vencidos tiene consecuencias políticas y sociales. La memoria es la base de la democracia y, mientras se siga diferenciando entre víctimas de primera y víctimas de segunda sepultadas en cunetas, la calidad democrática dejará mucho que desear. Tras 80 años de Guerra Civil sigue existiendo una tensión entre dos memorias, la predominante heredera del franquismo y la minoritaria, para quien la República representa el último referente democrático frustrado por un brutal golpe militar, una guerra, una dictadura fascista de 40 años y una transición que supuso una de las más delicadas reformas de gran parte del franquismo. Y que existe esta tensión entre memorias históricas no cabe duda, pues, fíjate, aún hoy, tras décadas de investigaciones históricas, hay que seguir insistiendo en que no todos fueron iguales; de hecho, nuestro libro es un ejemplo de esto, un intento de recuperación de nuestra historia y de nuestra memoria democrática frente a los relatos equidistantes.

—En nombre de mi abuelo, un cenetista asesinado en mayo de 1939 llamado José Arnal, te agradezco mucho tus palabras. ¿Qué opinión tenéis de la Ley de Memoria histórica por cierto?
—SILVIA: Llegó tarde y el PSOE no se atrevió a recoger las reivindicaciones más elementales. Por ejemplo, no se hace una sola mención a la experiencia democrática ni a la Constitución de la II República. Pero no sólo eso. El Estado debe hacerse cargo del problema de los desaparecidos, alrededor de 114.000 personas, una cifra que sólo es superada por Camboya. Francisco Espinosa, uno de los más brillantes historiadores de este país que lleva décadas estudiando la guerra civil y el exterminio que se produjo en muchas zonas, propone desarrollar una política de la memoria que abra la historia a la sociedad para regenerar nuestra memoria colectiva y que nos ayude a la construcción no sólo de la verdad histórica, sino también de una verdadera cultura democrática. Ahora bien, con el PP en el gobierno, estamos muy lejos de estos objetivos. El PP se ha encargado de boicotear la ley de la Memoria desde el primer día. Como derogarla era un escándalo y se hubieran notado demasiado sus anhelos franquistas, decidieron vaciarla de contenido con una dotación presupuestaria de cero euros. Por no hablar de las burdas declaraciones de algunos miembros del PP sobre la Memoria y la víctimas de la guerra y el franquismo.

—Cada capítulo se cierra con recomendaciones de libros, documentales o películas. ¿Con qué objetivo hacéis estas recomendaciones?
—CARLOS: En algunas ocasiones, como cuando recomendamos 'Soberanos e Intervenidos' de Joan Garcés, se trata de citar libros que hemos tomado como referencia o bibliografía. Pero, normalmente, el objetivo es citar obras de calidad, normalmente películas, que a nuestro entender hacen justicia a la historia de la guerra civil. Uno podría imaginar que un joven que viera todas esas películas tendría una visión bastante buena de lo que ocurrió. Muchas veces, lo que ves en una película o lees en una novela se comprende mejor y se olvida menos que lo que se estudia en los libros de texto. Pensamos que si un joven llega a leer, por ejemplo, 'La forja de un rebelde' de Arturo Barea (o incluso a ver la excelente serie que hizo Mario Camus), aprenderá mucho más que en incansables horas de estudio en los libros de texto.
—SILVIA: El libro está compuesto de capítulos muy breves, de manera que el propósito de estas recomendaciones es que también sirva de guía didáctica para profundizar en los temas que el lector elija. Si te fijas, una gran parte de los libros que recomendamos son muy accesibles para un público joven, hay, por ejemplo, algunos cómics.

—Sí, sí, me he fijado, una decisión excelente. Yo mismo he recomendado en mis clases de Economía para ciclos formativos de grado medio y superior 'El Capital en Manga'.
—SILVIA. Antiguos compañeros del instituto me han comentado que esto les ha gustado mucho del libro y, de hecho, estoy contenta porque en varios centros están programando meterlo como lectura en la programación del próximo curso.

—Por cierto, si tuvierais que escoger una sola película sobre nuestra guerra, ¿qué película escogeríais?
—SILVIA: 'Canciones para después de una Guerra', de Basilio Martin Patino. Retrata muy bien lo que fue el franquismo; ese mundo de vencedores que humillan continuamente a los vencidos hasta puntos inimaginables. Ese mundo en el que, como explica el protagonista de 'Las bicicletas son para el verano', “no ha llegado la paz, hijo, ha llegado la victoria”. Por otro lado creemos que esa música, esas canciones, están tan metidas en nuestro subconsciente que incluso en los más jóvenes siguen resonando.

—Lo mismo si hablamos de libros. ¿Cuál es vuestro libro sobre nuestra guerra?
—SILVIA: Hay numerosos estudios de la Guerra. De los más completos los del profesor Viñas. Pero si tengo que destacar un libro para todos los públicos diría 'La Forja de un Rebelde', de Arturo Barea. Debería ser de obligatoria lectura en el instituto.
—CARLOS: Yo también recomiendo leer a Chaves Nogales. No es cosa de permitir a Arturo Pérez-Reverte apropiarse de él.

—Los capítulos son breves, tres, cuatro páginas, lo ha comentado Silvia pero permito insistir. ¿Por qué? ¿Se pueden tratar temas tan complicados como los que tratáis en tan pocas líneas?
—CARLOS: Bueno, no hay que olvidar que el libro se concibe como una réplica del de Arturo Pérez-Reverte, que era todavía más corto. Pero, en todo caso, la idea es buena, es un reto muy interesante (y el mérito es de Reverte, por supuesto): asumir la tarea de contar en pocas palabras unos acontecimientos sin los cuales los jóvenes no podrían entender nada del país en el que están viviendo. Ahí está lo interesante del asunto y también el mayor de los peligros. Al condensar tanto, se hace necesario elegir, distinguir lo más relevante, cribar lo secundario. Se presupone que ni Reverte ni nosotros vamos a mentir sobre nada en particular, así a las claras. Pero en la selección de lo que se cuenta, de lo que se elige poner en primer plano o en segundo, o de lo que sencillamente se calla o se silencia, la historia se juega mucho políticamente. Es posible falsear enteramente la verdad si necesidad de mentir ni una sola vez. De hecho, es la táctica que siguen normalmente nuestros medios de comunicación, desde la llegada de la democracia. El periódico 'El País', por ejemplo, se especializó en eso desde el primer momento y llegó a un nivel de maestría insuperable en esto de mentir sin mentiras. Con la llegada de la democracia, se suprimió la censura franquista. Pero se instaló una censura mucho más poderosa, la censura propia de nuestras democracias, que tiene que ver con el hecho de que llamamos libertad de expresión al monopolio que detentan unos cuantos oligopolios para seleccionar de qué se habla y de qué no. Es raro que se censure a periodistas. Pero sólo porque los periodistas a los que habría que censurar están en paro, no encontrarán trabajo jamás. Y los que están trabajando ya saben ellos la línea editorial a la que tienen que ceñirse si no quieren ser despedidos. Comparado con este modelo de censura estructural, la censura franquista era un ejercicio prehistórico de principiantes. La diferencia entre el libro de Reverte y el nuestro, es un problema de este tipo. No se trata de que haya desacuerdos concretos sobre nada en particular. Todo depende de qué se cuenta y de qué no, de en qué orden y con qué prioridades se cuenta lo que se cuenta, y de cómo se enmarca el problema general.

—Por ejemplo…
—Por ejemplo, se ha insistido con razón en el hecho de que el tema de la guerra civil suele ligarse al tema de la Segunda República y que eso ya encierra un cierto sesgo historiográfico. Al hacerlo así se está ya transmitiendo un mensaje muy importante, la idea de que fue el caos republicano el que condujo a una guerra más o menos inevitable. Nosotros hemos intentado compensar esto dando mucha importancia a los cuarenta años de dictadura e incluso a ciertas coyunturas de la Transición. La guerra no es la continuación de la República; es su interrupción golpista y violenta, que se continúa con un dictadura brutal y con una Transición marcada por cuarenta años de miedo y represión.

—El primer capítulo se titula “El problema de fondo”. ¿Cuál fue el problema de fondo en vuestra opinión?
—CARLOS: Pues es lo que estamos diciendo: cuando se reinstaura la democracia tras una sangrienta dictadura no se devuelve el gobierno legítimo a los que lo detentaban antes del golpe de Estado. Se convocan elecciones para una población que ya está digamos que suficientemente escarmentada. Es una especie de ley de hierro a la que se sometieron todas las democracias del siglo XX, no sólo la española. Carl Schmitt, un nazi al fin y al cabo, que sabía lo que se decía, lo resumió muy claramente en los años veinte: “seguro que no hay nadie ya en Europa que esté en contra de las libertades y el parlamentarismo. Pero me imagino que no habrá tampoco nadie tan ingenuo como para pensar que esas libertades y ese parlamentarismo se van a mantener en el caso de que algún día osen con tocar los intereses de los que detentan el poder real”. Esa advertencia ha pesado siempre sobre la democracia bajo condiciones capitalistas. Las izquierdas anticapitalistas tuvieron siempre derecho a presentarse a las elecciones, faltaría más, pero no a ganarlas. Y cada vez que una pizca de anticapitalismo ganó las elecciones, un golpe de Estado, una invasión o una guerra acabaron con la democracia. Pinochet lo resumió perfectamente cuando, al fin, se decidió a permitir que se convocaran elecciones: “estoy dispuesto a respetar el resultado de las elecciones, con tal de que no ganen las izquierdas; si tocan a uno solo de mis hombres, se acabó el estado de derecho”. Recuerdo un editorial de 'El País' que calificaba de pintoresca esta peculiar concepción de la democracia. No tenía nada de pintoresca, es lo que ocurrió durante todo el siglo XX, fue la norma, no la excepción. Así ocurrió en Guatemala, en 1944; en Brasil, en 1961; en Indonesia, en 1963; en Irán, en 1953; en República Dominicana, en 1963; en Chile, en 1973; en Haití, en 1990 (y en el 2004); en Colombia (entre 1985 y 1995); en Nicaragua, entre 1979 y 1990; en Rusia, en 1993; en Venezuela, en 1935 y también en 2002…, hay al menos treinta casos que demuestran que durante todo el siglo XX jamás se dejó al socialismo avanzar por la vía democrática. El siglo XX jamás dejó a la izquierda elegir entre Allende o Fidel Castro. A los anticapitalistas se les dio a elegir entre Allende muerto o Fidel Castro vivo. Y luego se decía que el socialismo no respetaba la democracia, que tenía tendencias totalitarias. No, es que a los que no las tenían, se les mataba. Se llamó democracia al paréntesis entre dos golpes de Estado. Se permitió la democracia mientras que no ganaran las izquierdas. Y el caso español fue uno de los más paradigmáticos. Los chilenos que según Kissinger se equivocaron al votar en 1973 (y en 1970), lo pagaron con dieciséis años de dictadura y de represión, con decenas de miles de desaparecidos y represaliados. Pero es que en España, por lo visto, habíamos cometido un error muy grave al votar: hubo que pagarlo con cuarenta años de dictadura. Es el modelo exacto de lo que Santiago Alba llamó la pedagogía del millón de muertos: cada cuarenta años más o menos, se mata a casi todo el mundo y luego se deja votar a los supervivientes.

—¿Es por eso por lo que unos pocos capítulos van más allá de la guerra y de la larga dictadura fascista?
—SILVIA: Por supuesto. Las dictaduras son, en efecto, muy pedagógicas para las generaciones futuras, dejan muy claro que está permitido votar a los partidos de derechas y a los partidos de izquierdas que apliquen programas de derechas. La alternancia entre PP y PSOE es la aplicación perfecta de este modelo. Por eso, nos ha parecido que un libro sobre nuestra guerra civil tenía que extenderse a esta consecuencia crucial que ha marcado nuestra vida democrática. También nos ha parecido imprescindible marcar la diferencia respecto del final del libro de Pérez-Reverte, para quien la llegada de la monarquía parlamentaria, con los Borbones, supuso la vuelta a la democracia sin más.

—Os pregunto sobre algunos personajes de nuestra contienda, en dos o tres líneas, no más. Os pregunto por Juan Negrín.
—SILVIA: Un hombre que supo entender con enorme lucidez el carácter internacional del conflicto y que apostó por una España integrada en Europa. Una de las grandes figuras del siglo XX español, desdichadamente poco reconocida.

—Toca ahora hablar de Manuel Azaña.
—SILVIA: Un político de esos que ya quisiéramos tener hoy en día.

—Ahora de Casado y Besteiro.
-SILVIA: Nos pica la curiosidad saber por qué eliges precisamente a estos dos personajes.

—Por los últimos acontecimientos de la II República en Madrid, por el golpe de ambos. En el caso de Besteiro, también porque era catedrático de lógica y un filósofo muy notable.
—SILVIA: Pensamos que Besteiro fue una persona honesta que se dejó engañar por Casado. Y Casado por Franco. El objetivo de Franco era exterminar a la izquierda de Madrid y así lo hizo con una durísima represión.

—La Pasionaria, en último lugar.
—SILVIA: Una personalidad gigantesca en la que, además, se cruzan todas las aporías de la condición femenina.

—Me olvidaba: el asesinato de Lluís Companys.
—SILVIA: Un héroe y un político imprescindible de la segunda república. Su papel para frenar la violencia descontrolada en los primeros meses de la guerra fue crucial. Su trágico final fue un adelanto de la monstruosidad que se apoderaba de Europa.

—El capítulo más extenso es este: “Protagonismo de las mujeres y lucha feminista”. ¿Por casualidad o por alguna razón especial?
—SILVIA: Por supuesto, no es casual. Se trata de hacer justicia y de rendir homenaje a todas esas mujeres conocidas y anónimas que lucharon no sólo por la democracia en España y por ganar la guerra, si no por construir un mundo donde las mujeres estuviéramos en igualdad de condiciones en todos los aspectos de la vida. Las luchas feministas fueron violentamente aplastadas por la dictadura fascista, imponiéndose un modelo de mujer sumisa y abnegada. Las mujeres desaparecieron del espacio público durante cuarenta años, y la que se asomaba, corría el riesgo de ser estigmatizada o catalogada como una ramera. Nuestras abuelas y madres sufrieron esa educación y ese modelo femenino del franquismo, mujeres nacidas para servir a los hombres, y las consecuencias de esa violencia patriarcal y fascista han llegado hasta nuestros días. Por otro lado, en los libros de texto escolares, la presencia de las mujeres y su protagonismo en la guerra es mínima. Y eso tiene que cambiar. Normalmente aparecen como víctimas de la guerra y de su condición femenina, y que no cabe duda de que lo fueron, pero también fueron unas luchadoras contra el fascismo y a favor de un mundo más democrático e igualitario. De hecho, creo que en este sentido también hay una marcada diferencia entre nuestro libro y el de Reverte.

—Lo hay, desde luego. Finalizáis con una referencia al Valle de los Caídos. ¿Qué habría que hacer con ese monumento fascista en vuestra opinión?
—SILVIA: Hay que identificar los restos allí depositados y entregárselos a sus familiares para que puedan recibir digna sepultura. Sin duda, habría que sacar de ahí los restos de Franco y Primo de Rivera y entregárselos también a sus familiares. Y después, una posibilidad es la demolición, y desde luego que deje de recibir dinero público. Otra posibilidad, bastante controvertida, es convertirlo en un museo, tal y como se ha hecho con Auschwitz.

—¿Hay muchos restos fascistas en nuestras calles y ciudades? ¿Qué habría que hacer con ellos?
—SILVIA: Cumplir la Ley de Memoria Histórica y cambiar los nombres ya. En ningún país de Europa, salvo en España donde triunfó el fascismo, se permitiría que se dedicasen calles a criminales de guerra. Pone los pelos de punta cuando aún en pueblos de Castilla te encuentras con todo un callejero franquista: calle 17 de julio, 18 de julio, mártires de España, Caudillo, etc. Esas calles antes del golpe y la dictadura tenían otros nombres. Sencillamente se trata de volver a ellos, de hecho, aún queda gente viva que los recuerda.
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Postby Rogorn on Mon Jun 19, 2017 8:05 pm

La Guerra Civil como reto didáctico
Sebastiaan Faber - ctxt.es - 18/06/2017

Si en España hubiera un Museo de la Guerra Civil y del franquismo, ¿qué relato contaría? Como sabemos, no hay narración que no tenga principio y final. Pero, ¿dónde arrancaría esta historia, y dónde terminaría? ¿Quiénes serían los protagonistas y qué papel se les asignaría? Es fácil imaginarse los enconados debates que se desatarían en torno al tema. Como señaló hace poco Antonio Muñoz Molina a propósito del Valle de los Caídos, los españoles siguen “sin alcanzar la clase de acuerdo básico de conmemoración y convivencia” que sería necesario para, por ejemplo, convertir el Valle en un monumento a la memoria de los presos, de la resistencia y de las víctimas de la dictadura y “albergar en ese espacio el gran archivo y el relato histórico preciso de todos esos años”. Irónicamente, las contribuciones polémicas sobre memoria e historia del propio novelista -incluida su afirmación de que el renovado interés ciudadano por la República y la Guerra Civil ha sido una “gratuita fantasmagoría”- no han servido, precisamente, para fomentar ese acuerdo básico.

¿Es posible imaginarse un Museo de la Guerra Civil? Tal vez el mayor desafío no sería precisamente historiográfico, sino didáctico. ¿Cómo contar medio siglo de historia a una visitante joven de forma que comprenda ese pasado en toda su complejidad al mismo tiempo que el relato museológico pueda informar su comprensión del presente? Fue un reto de esa misma índole el que se propuso Arturo Pérez-Reverte en 'La Guerra Civil contada a los jóvenes' (Alfaguara, 2015), y que han retomado, año y medio más tarde, Carlos Fernández Liria y Silvia Casado Arenas en un libro que adopta el mismo formato que el del novelista: '¿Qué fue la Guerra Civil? Nuestra historia explicada a los jóvenes' (Akal, 2017). Los límites autoimpuestos en los dos proyectos son importantes: pretenden contar más de medio siglo de historia española en una treintena de capítulos breves, escritos en un lenguaje claro y sencillo e ilustrados con imágenes de cómic (de Fernando Vicente en el primer libro y David Ouro en el segundo).

El libro de Pérez-Reverte se presentó como respuesta a una doble ausencia. Primero, un déficit de conocimiento sobre la historia del siglo XX entre la juventud española (un “agujero de enormes proporciones”, como afirma Fernando Hernández Sánchez). Segundo, una falta de material apropiado, de fácil acceso, que pudiera remediar ese déficit. El libro de Liria y Casado es, a su vez, una respuesta a ciertas lagunas en el de Pérez-Reverte, que, en su opinión, deja cosas importantes fuera. “Si bien es cierto que no faltaba a la verdad”, afirmaron en una entrevista, “guardaba demasiados silencios, y sobre todo presentaba la Guerra Civil como una suerte de fenómeno fatal que cada cierto tiempo se da entre los españoles, sin atender a las causas políticas, sociales y económicas, de manera que el hecho histórico de la guerra queda completamente despolitizado”.
La enorme semejanza a nivel de presentación, formato y diseño de los dos libros -hasta en los colores de la portada- hace que resalten sus diferencias.

Las dos mayores afectan al encuadre narrativo y al tono empleado. Pérez-Reverte subraya desde el comienzo la dimensión dramática de una “guerra entre hermanos” (“Todas las guerras son malas, pero la guerra civil es la peor de todas”). Es una premisa narrativa que lleva implícita la promesa del único final feliz posible: la reconciliación familiar. Es un final que, según el novelista, se consiguió de forma limpia y relativamente sencilla mediante una Transición magistralmente orquestada por el Rey. (“A la muerte del dictador, España se convirtió en una monarquía parlamentaria por decisión personal del rey Juan Carlos”, escribe; fue él quien “volvió a legalizar los partidos políticos” y “procuró la reconciliación nacional”.) No es casual que el libro de Pérez-Reverte termine en 1978. Liria y Casado, en cambio, señalan como motor principal de los acontecimientos la tensión entre los sectores que buscan modernizar España, luchando por la democracia, la igualdad y la justicia social, y otros sectores que ven sus intereses amenazados por esas aspiraciones y están dispuestos a cortarlas de raíz por todos los medios posibles. Para Liria y Casado, además, esta lucha por la democracia y la justicia continuó durante una Transición nada perfecta y todavía no amaina. Si Pérez-Reverte ubica su final feliz en 1978, para Liria y Casado aún está por llegar. Después de sendos capítulos sobre el golpe de Tejero, el “régimen del 78” y la Ley de Memoria Histórica, su cronología termina con la crisis del bipartidismo, el 15M y la entrada al Parlamento de Podemos y Ciudadanos.

El tono que emplean los dos libros también es marcadamente distinto. Pérez-Reverte nos habla desde una posición cómodamente centrista, que asume como dado un sentido común tardoliberal que rechaza toda forma (visible) de violencia política y cree en el orden como un bien de por sí. Aunque señala que en los años treinta había “mucha pobreza, incultura y desigualdades sociales” describe la manifestación social de la insatisfacción “con aquel estado de cosas” de “buena parte de los españoles” como “disturbios y algaradas” que llegan a trastornar “el orden público”. De modo similar, divide las actitudes políticas adoptadas entre “moderadas” y “extremistas” e identifica, entre éstas, al fascismo y al comunismo. “Eran tiempos exaltados, y a quienes pedían sensatez, diálogo y entendimiento mutuo para salvar la democracia no se les escuchaba demasiado”. Liria y Casado, en cambio, se mantienen lejos de cualquier insinuación de equidistancia. “No es, ni mucho menos, lo mismo defender un golpe de Estado que una insurrección revolucionaria”, escriben, rechazando la “simetría” abrazada por el revisionismo de derechas, que pretende situar el comienzo de la guerra en 1934. Por un lado, los “partidarios del golpe de Estado, los que lo apoyaron y lo financiaron, eran las élites más ricas del país, dispuestas a aliarse con Mussolini y con Hitler”. Por otro, los “protagonistas de los intentos revolucionarios eran las clases populares, inmersas por aquel entonces en una pobreza terrible, obreros y campesinos que luchaban por un poco de justicia social”. “Algunos dirán”, agregan, “que tenían el apoyo de dictadores como Stalin. Esto no es verdad, pues el Partido Comunista Español no era partidario de la revolución…”.

Dadas sus limitaciones autoimpuestas, sería demasiado fácil criticar estos dos libros por lo que dejan fuera o rechazar sus resúmenes por simplificadores o esquemáticos. La claridad y la concisión son virtudes de por sí, muy necesarias para alcanzar e interesar a un público joven y general. El libro de Liria y Casado es un poco más largo, pero mucho más sustancial en su información sobre la ideología del franquismo, sobre el exilio republicano, el papel de la Iglesia y las largas secuelas sociales de la dictadura, como el “no te signifiques” como factor de desmovilización ciudadana, o la persistencia actual de actitudes machistas y homófobas. Curiosamente, ninguno de los dos libros menciona la Guerra Fría como factor en la consolidación del régimen franquista.

Aun así, cabe preguntarse si la decisión de Liria y Casado de adoptar el mismo formato que Pérez-Reverte no ha supuesto una concesión innecesaria: una oportunidad perdida para repensar este proyecto -valiente y necesario- de forma más fundamental. Cuando salió el libro de Pérez-Reverte, señalé que el novelista fracasaba como pedagogo porque había adoptado un tono de maestro omnisciente que no explica cómo ha llegado a saber lo que cree saber: “Presenta hechos, no enseña a pensar. Invita a la aceptación pasiva del relato presentado, no a su cuestionamiento, ni mucho menos a un proceso de reflexión crítica que dé sentido a ese pasado. Todo lo contrario: da la impresión de que la historia es una serie de actos y eventos claramente definidos, y congelados en ilustraciones de cómic, que piden que los evaluemos moralmente desde un presente superior, con el fin de sacar lecciones fáciles -y por tanto inútiles- de convivencia democrática y sentido común”.
Me temo que algo de esto también hay en el libro-respuesta de Liria y Casado. Es verdad que, en su prólogo, hacen referencia a “numerosos estudios [que] han trabajado para devolver la dignidad a todas las personas que lucharon por la democracia en España, durante la guerra y durante la dictadura”; también subrayan la necesidad de estudiar el pasado y “hacer el esfuerzo de pensar y decidir qué es lo que realmente ocurrió”. Pero en realidad no llegan a ilustrar en ningún momento cómo es este proceso de búsqueda de verdad. Así como Pérez-Reverte, acaban presentando los “hechos” y su significado con el aplomo de un viejo catedrático -un catedrático de izquierdas, eso sí; pero no por ello menos categórico-.

Una excepción (relativa) son los dos capítulos dedicados a la “versión revisionista” de la guerra, donde admiten que “todo es discutible”. Pero incluso allí la disputa se presenta en términos de verdad y mentira. En este sentido, también el uso de dibujos al estilo de una novela gráfica realista, por bien ejecutados que estén, sirve para incrementar la distancia entre los lectores y los acontecimientos narrados. ¿No habría sido más interesante reducir el nivel de mediación e incluir alguna que otra fuente documental para ilustrar el trecho historiográfico entre archivo e interpretación, entre las huellas del pasado y el relato que de él construimos en el presente? En mi propio trabajo con alumnos de secundaria y estudiantes de universidad, he notado que hay poco que le entusiasme más a esta generación, cuyo mundo es digital y virtual, que el contacto directo con las fuentes.

Que Liria y Casado hayan adoptado la misma postura profesoral que Pérez-Reverte es una lástima. Porque uno de los aspectos más interesantes del surgimiento del movimiento de la memoria en España ha sido que ha servido para modificar -y desmitificar- el papel de los historiadores profesionales como los únicos autorizados para hablar sobre el pasado. También ha servido para forjar nuevas alianzas entre expertos y movimientos ciudadanos, y para revalidar el testimonio como fuente histórica. Así, ha acabado por reivindicar una mayor participación de la ciudadanía en lo que Ricard Vinyes llama la construcción de la imagen pública del pasado. Que este proceso de construcción de la imagen del pasado nunca termina, que es necesariamente controvertido y que es un proceso democrático en que hay un papel para la sociedad civil, es algo que quizás habría convenido dejar más claro precisamente en un libro pensado para un público joven. No porque todos los jóvenes lectores tengan que convertirse en filósofos de la historia, sino para recordarles que no hace falta ser filósofos o historiadores para estudiar el pasado como forma de comprender el presente y -sobre todo- de cambiarlo.
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Postby Rogorn on Sat Jul 08, 2017 11:38 am

“La visión equidistante de Pérez-Reverte de la guerra civil es más peligrosa de lo que aparenta a simple vista”
Natalio Blanco - diario16.com - 08/07/2017

Desde que se publicó el libro de Arturo Pérez-Reverte 'La Guerra Civil contada a los jóvenes' (Alfaguara), los profesores Carlos Fernández Liria y Silvia Casado Arenas no se pudieron quedar cruzados de brazos para dejar pasar la cosa como si tal. Estaba en juego algo probablemente tan importante como rescatar a miles de víctimas anónimas de la dictadura franquista que aún se encuentran diseminadas por innumerables cunetas de este país, se trataba de rescatar también la Memoria Histórica cultural de un país que aún en parte se complace en mirar al futuro sin querer cerrar heridas todavía sangrantes.

Estos profesores se dirigen a los jóvenes con su obra '¿Qué fue la guerra civil? Nuestra historia contada a los jóvenes' (Akal), a nuevas generaciones de españoles que la guerra civil les evoca algo ya más lejano que las propias historietas de sus abuelos, más bien una nueva y simple historia, una más, de los pesados libros de texto. No quieren dejar pasar la oportunidad que les ha brindado el académico cartaginés para poner los puntos sobre las íes sin complejos y sí con mucho sentido del compromiso a modo de homenaje a los miles de españoles que aún merecen una reparación histórica más de 80 años después.

-Este libro va dirigido a los más jóvenes, como también otro de la misma temática escrito por el académico Arturo Pérez-Reverte. Pero sus diferencias son palpables. ¿En qué se pueden notar más?
-Silvia: Nuestra réplica ha consistido en escribir un libro idéntico en su forma editorial al de Reverte, pero no en su contenido. Tenemos la clara intención de reivindicar otra memoria histórica de los hechos. Porque es muy importante no perder la batalla cultural de la Memoria Histórica. Desde luego, hay que hacer justicia a las víctimas de la guerra civil, pero no sólo buscando a los desaparecidos en las cunetas. Es todavía más importante que no quede un relato injusto en la memoria de las nuevas generaciones. Lo mínimo que merecen las víctimas es que no se cuenten mentiras sobre ellas.
-Carlos: El libro de Arturo Pérez-Reverte pretende ofrecer una visión neutral y equidistante sobre la guerra civil. En principio este hecho puede resultar intrascendente, pero es mucho más peligroso de lo que aparenta a simple vista. Se trata de un libro de divulgación para jóvenes y es a ese nivel de discurso (y no en las obras académicas) donde se delimitan los relatos que después nadie se atreve a poner en duda, quedando enraizados en la memoria colectiva. Reverte ahonda en la idea del “todos fueron iguales”, “hermanos que se matan entre hermanos” descontextualizando históricamente las causas políticas, como si se tratara de un fenómeno natural inevitable.

-La Guerra Civil fue solo una, hubo vencedores y vencidos, buenos y malos… Entonces, ¿por qué el empeño en mantener la equidistancia 80 años después?
-Silvia: La equidistancia respecto de los acontecimientos históricos no depende sólo de lo que se dice, sino también de lo que no se dice. Es evidente que el libro de Reverte no dice ninguna mentira, lo que dice es básicamente cierto, lo que pasa es que se puede mentir sin mentiras, sencillamente no diciendo toda la verdad, priorizando unos temas, silenciando otros.
-Carlos: Como decimos en el libro, ser equidistante, cuando se trata de víctimas y de verdugos, consiste en identificar a las primeras y señalar a los segundos.

-¿Por qué es injusta y manipuladora la equidistancia en el tema de la Guerra Civil?
-Silvia: La idea de que hubo dos bandos enfrentados y que todos fueron culpables y todos sufrieron por igual no responde a la realidad. Esencialmente, ni siquiera fue una guerra, fue un golpe de Estado que puso fin de forma violenta a la experiencia democrática más importante de España. En muchas zonas de España ni siquiera hubo “guerra” ni “campos de batalla”, hubo sencillamente exterminio y represión. Como dice Josep Fontana, la II República fue una “República de maestros” y los militares golpistas aliados con la oligarquía, banqueros y altas jerarquías de la Iglesia promovieron el golpe de Estado, al que le siguió una guerra y una dictadura que puso fin a la democracia y al Estado de Derecho. No podemos poner al mismo nivel a los defensores de la democracia que a los que sometieron a España a una cruel dictadura durante cuarenta años.
-Carlos: Además, no hay que olvidar que el bando franquista contó con el apoyo de Alemania y de Italia, los dos países que provocaron la II Guerra Mundial. En la presentación del libro que hicimos en la Sala Mirador, Juan Carlos Monedero propuso que en lugar de Guerra Civil la llamáramos “Guerra de España”, puesto que se trató también de una invasión del fascismo italiano y alemán. La diferencia con Europa es que ahí, tras la II Guerra Mundial, se volvió a la democracia. Aquí no. Fueron cuarenta años. Cuarenta.

-¿Por qué según quien cuente la historia ofrece puntos de vista totalmente enfrentados e irreconciliables?
-Carlos: Las guerras no sólo se ganan en las trincheras. Ochenta años después todavía se juega una dura batalla en el terreno de la divulgación y del sentido común. Esto es algo mucho más importante que lo que pueda derivarse de las polémicas de los eruditos y los historiadores, que son desde luego imprescindibles. Pero el nivel divulgativo tiene mucho más peso político. Cuando se consolida un relato oficial y se plasma en el sentido común de la población, en los libros de texto, en las tertulias, en las televisiones, se está haciendo algo importantísimo. Quien gane la batalla del sentido común habrá ganado una de las batallas más definitivas de la guerra civil. Y en los últimos tiempos hemos visto, como profesores que somos, algunos signos inquietantes: de pronto hemos empezado a tener alumnos que afirman que la guerra civil comenzó en el año 34 a raíz de un golpe de Estado perpetrado por el PSOE. El revisionismo mediático de la caverna ha ganado, pues, una partida muy importante. Y eso no se puede refutar sencillamente con un artículo en una revista científica. Hay que operar en el campo de la divulgación.

-Este libro va dirigido a los más jóvenes, como también el de Pérez-Reverte. Son una generación a la que este conflicto bélico les pilla muy lejos en el tiempo, y por tanto son más fácilmente manipulables. ¿No creen?
-Carlos: Efectivamente, ahí está el mayor de los peligros. Lo que estaba diciendo sobre la necesidad de presentar batalla en el nivel de la divulgación es mucho más importante cuando se trata de jóvenes y adolescentes. Los relatos más básicos sobre lo que ocurrió, cuando se aprenden a esa edad, luego es más difícil cuestionarlos.

-¿Por qué su visión de la Guerra Civil es más creíble y veraz que la que ha escrito el académico murciano?
-Silvia: Eso tendrán que decidirlo los lectores. Pensamos que por eso es un experimento editorial muy bonito el que nos ha brindado la editorial Akal. El lector va a tener dos libros de idéntico formato entre las manos, pero que cuentan un relato muy diferente. Eso, por lo menos, será un buen incentivo para la reflexión y para seguir investigando. Y para preguntarse a uno mismo cuál es la versión que parece más convincente.

-¿El revisionismo y la apariencia de neutralidad están haciendo mucho daño a una verdadera reconciliación nacional?
-Silvia: Podríamos distinguir dos tipos de revisionismo. Hay una versión extraacadémica, protagonizada por Pío Moa, César Vidal y la caverna mediática. Esto es puro franquismo encubierto y no es más que una manera más de continuar con la guerra civil poniéndose del lado de los vencedores. Hay otro revisionismo académico, como el que representan Manuel Álvarez Tardío y otros, a veces, incluso, Santos Juliá, que es antifranquista, aunque se critique muy duramente la II República. En ese terreno es posible la discusión. Y luego, hay también, como dices, una apariencia de neutralidad en cierta manera de plantear las cosas que opera al nivel de la divulgación. Ahí inscribimos el libro de Arturo Pérez-Reverte.

-Su libro incide en el protagonismo de la mujer en un momento en que sus derechos adquiridos durante la República fueron destrozados tras la guerra. ¿Por qué han subrayado este aspecto que normalmente pasa desapercibido a buena parte de los historiadores?
-Silvia: Hemos intentado hacer justicia y rendir homenaje a todas esas mujeres conocidas y anónimas que lucharon no sólo por la democracia en España y por ganar la guerra, sino por construir un mundo donde las mujeres estuviéramos en igualdad de condiciones en todos los aspectos de la vida. Las luchas feministas fueron violentamente aplastadas por la dictadura fascista, imponiéndose un modelo de mujer sumisa y abnegada. Las mujeres desaparecieron del espacio público durante cuarenta años, y la que se asomaba corría el riesgo de ser estigmatizada o catalogada como una ramera. Nuestras abuelas y madres sufrieron esa educación y ese modelo femenino del franquismo, mujeres nacidas para servir a los hombres, y las consecuencias de esa violencia patriarcal y fascista han llegado hasta nuestros días. Por otro lado, en los libros de texto escolares, la presencia de las mujeres y su protagonismo en la guerra es mínima. Y eso tiene que cambiar. Normalmente aparecen como víctimas de la guerra y de su condición femenina, y que no cabe duda de que lo fueron, pero también fueron unas luchadoras contra el fascismo y a favor de un mundo más democrático e igualitario. De hecho, creo que en este sentido también hay una marcada diferencia entre nuestro libro y el de Reverte.

-Su versión de la guerra civil incide en desentrañar quiénes estaban detrás de los militares sublevados. ¿Por qué creen tan importante este aspecto para explicar el conflicto?
-Carlos: Es un aspecto crucial de la tesis que ponemos en juego. El nazismo, el fascismo, al igual que el golpe de Estado en España tienen que ver con una especie de ley de hierro de la democracia que ha presidido todo el siglo XX. Los grandes poderes económicos se llevan bien con la democracia siempre y cuando esta no atente contra su intereses. En el momento en el que la clase obrera empezó a tener un cierto poder parlamentario, saltaron todas las alarmas. Y entonces, la democracia misma se vio como un peligro. De hecho, la historia se ha repetido muchas veces en el siglo XX. Cada vez que las izquierdas han atentado contra intereses económicos importantes, un golpe de Estado, una invasión o una guerra ha dado al traste con el orden constitucional. Nuestro libro llega hasta el 15-M porque nos ha parecido imprescindible marcar la diferencia respecto del final del libro de Pérez-Reverte, para quien la llegada de la monarquía parlamentaria, con los Borbones, supuso la vuelta a la democracia sin más. Pero no es así. La vuelta a la democracia vino marcada por cuarenta años de escarmiento que fueron muy pedagógicos para los votantes. Ya había quedado claro que las izquierdas tenían derecho a presentarse a las elecciones, pero no a ganarlas. Se podía votar a los partidos de centro, a los de derechas y a los de izquierdas dispuestos a aplicar políticas de derechas. Los límites de la democracia habían ya quedado claros y ahí estaba el Borbón para recordarlo por si acaso.
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Re: 'La Guerra Civil contada a los jóvenes' (2015)

Postby Rogorn on Mon Jul 24, 2017 12:27 pm

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Re: 'La Guerra Civil contada a los jóvenes' (2015)

Postby Rogorn on Tue Oct 03, 2017 4:27 pm

Arturo Pérez-Reverte y la neutralidad
Eduardo López Pascual - latribunadecartagena.com - 03/10/2017

Digamos que hablo de Arturo Pérez-Reverte, ese cartagenero que ha subido al parnaso de la literatura con obras que han dejado en varias generaciones de españoles un sabor a verdad, a hechos tan ficticios como reales, y que personalmente descubrí hace ya tiempo leyendo su título de cabecera, 'Tierra de comanches' [sic], para dar testimonio de las contradicciones de los hombres, o regalarnos con un lenguaje directo y sin concesiones las aventuras imaginadas en 'La tabla de Flandes', el misterio en 'La carta esférica' o una visión especial en 'La piel del tambor', en los que traspone personajes de su imaginación pero reflejados siempre en protagonistas que pueden ser reales como la vida misma, así vienen los Falcó de sus novelas, lobos -como dice el mismo-, porque en este mundo el buenismo no solo es falso (una deducción solo mía), sino que nos llevaría a nuestra propia destrucción.

Digamos entonces que admiro a este escritor, de aquí, de Cartagena, por la fuerza de sus historias, que no se reducen a ser buenas, además las cuenta muy bien y de ahí sus premios, su reconocimiento general, su inclusión en la Real Academia de la Lengua. Pero es que Pérez-Reverte, con esa necesidad de ser testimonio de una época, se aventura en la obligación de decirnos en modo sencillo los avatares y encrucijadas de un hecho transcendental en la España de hace tres tardes (una licencia de redacción), como fue la Guerra Civil y los sucesos inmediatos, creo yo, que con un afán y un deseo de ser objetivo, de trasladarnos a esos años de manera neutral, aunque esto a veces decepcione a unos y a otros. Porque es verdad, o eso parece, que exagera en adjetivar o calificar, mas lo hace con todo y con todos, y por ello neutraliza el relato.

Y es aquí dónde me sitúo al lado de mi admirado Pérez-Reverte -y conste que de su novela 'Falcó' tengo mis reservas ante el personaje creado-, frente a la opinión de dos ilustrados autores, el filósofo Fernández Liria y la historiadora Silvia Casado, que con su libro '¿Qué fue de la Guerra civil?' [sic], defienden que no es posible un relato neutral de aquella tremenda y trágica contienda. En esto, y aunque pienso que tienen algo o bastante razón, porque quien escribe de historia siempre lleva un componente subjetivo, parcial, incluso sectario, lo cierto es que Pérez-Reverte, con su obra 'Una Historia de España', que podíamos ver en las páginas de un semanario, trata de decir lo que pasó sin inclinaciones extrañas, sin concesiones partidistas, y reparte glorias y ruindades a partes iguales, aunque eso sí, en ocasiones se le adivina un exceso descalificador en los falangistas, que personalmente relativizo. Y en eso sí que me siento “arturiano”, en contra de lo que proclaman otros doctores. La Guerra Civil española como la Historia misma sí puede y debe escribirse desde la neutralidad; por lo menos para mí que bebí de las palabras de aquel gran español fusilado en Alicante por querer unir a los hombres y tierras de España, vivo en ese noble intento.
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