'El húsar' (1986)

Comentarios y noticias sobre el resto de los libros de Pérez-Reverte

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Rogorn
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Mensaje por Rogorn » Mié May 15, 2013 9:44 am

(Rafael Conte) Sólo se trata, por tanto, de superar la tristeza mediante la asunción del dolor, y ello se repite en todas sus obras, tanto en la serie juvenil del capitán Alatriste como en su semiautobiográfico 'Territorio comanche' (uno de sus mejores libros), sus textos breves (desde el ensayo perfeccionista de 'El húsar' hasta el magistral texto de 'Una cuestión de honor' o el más humorístico y explosivo de 'La sombra del águila'); y al final, en sus más célebres y contundentes novelas serias, que con este nuevo título llegan a seis y se presentan ya a estas alturas como los mayores éxitos de ventas habidos en España en los últimos diez años. Y ello no es de extrañar, ya que Arturo Pérez-Reverte es hoy el novelista más perfecto de la literatura española de nuestro tiempo. Y digo el más perfecto en el sentido del más perfeccionista, del mejor profesional de todos.

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(José Perona) Arturo Pérez-Reverte concibe la literatura como una manera de explicarse el mundo, de darle coherencia. Los libros de literatura son libros en los que pasan cosas y esas cosas que pasan tienen que ver, y mucho, con las cosas que pasaron. Historia, vida y literatura se entremezclan a la manera de los palimpsestos (manuscritos antiguos que conservan la huella de una escritura anterior). Sobre las líneas de la memoria se construye el armazón de las tramas contemporáneas. Esa memoria de la historia es, sobre todo, una memoria de la historia de las Españas que se ha olvidado, por lo que trata de recuperarla de manera clásica, a lo Alejandro Dumas: respetar el marco y alterar el cuadro. Eso está presente en obras como 'El húsar', 'El maestro de esgrima', 'Las aventuras del capitán Alatriste', 'La piel del tambor', y 'La carta esférica'.

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Expertos de todo el mundo en la obra del escritor Arturo Pérez-Reverte iniciaron ayer en el Aula de Cultura de Cajamurcia el Congreso Internacional sobre la obra narrativa y periodística de este autor cartagenero. El mensaje fue claro: "Este periodista es un valor seguro que prácticamente todo lo que toca es un éxito". Y esto es así, comenta el catedrático de la Universidad Complutense Santos Sanz Villanueva, porque cuida mucho las formas y a sus personajes, "que son muy interesantes y disciplinados", cuestión que permite que no se quemen y mantengan su atractivo para los lectores". Ésa fue una de las conclusiones de la intervención de ayer de Sanz Villanueva, que analizó en su exposición 'El revertismo y sus alrededores' aspectos de la obra del escritor que le agradan, así como aquellos que rechaza, tal es el caso de la utilización de sus obras como "mecanismo para atacar a los críticos literarios". Pero lo que Sanz Villanueva destaca de Pérez-Reverte "es su profesionalidad", ya que cada uno de los trabajos de investigación para la escritura de sus novelas "los hace a conciencia". Para Sanz Villanueva, 'El húsar', la primera novela del escritor, es el paradigma del atrevimiento que ha dominado en todo momento su obra.

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(José Belmonte) A Arturo Pérez-Reverte le mueve, fundamentalmente, su fe en la vida y también en la literatura. Cualquier otro, después de haber escrito y publicado, en 1986, una de sus mejores novelas, 'El húsar', sin que nadie le hiciera caso (una única reseña fue escrita por entonces, a pesar de tratarse de un reportero de guerra bien conocido), hubiera desistido y arrojado por la borda todas sus esperanzas. Su suerte, su gran suerte, y la suerte de todos los que le seguimos, es que, como él mismo ha reconocido, se trata de un lector que, circunstancialmente, escribe novelas. De ahí que no le preocupara el primer fracaso, el silencio de la crítica, la ausencia de lectores por aquellos años aún no lejanos. No le afectó demasiado el golpe, y continuó escribiendo lo que a él le apetecía, sin tener que rendir cuentas a nadie, sólo a su propia historia, a su propia conciencia, a su mirada de lobo solitario, de héroe cansado.

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(Juan Manuel de Prada) Arturo Pérez-Reverte siempre ha sido un lobo solitario, un exiliado de todas las camarillas. Esta vocación de pureza y hosquedad se transparenta en cada uno de sus libros, transitados por criaturas de lealtades tan ancestrales como discretas, tan desencantadas como inamovibles. «Me limito a vivir con mi sable y mi caballo -me confesó en cierta ocasión-, como el húsar de mi novela. He visto demasiadas cosas perdurables que, de súbito, caen hechas añicos. A lo único que aspiro es a envejecer sin perder las maneras. A morir de manera digna». Ahora que lo han hecho académico tendrá que resignarse a que su epitafio sea cincelado en mármol; pero estoy seguro de que, mientras fluya la sangre por sus venas, rehuirá las solemnidades y pompas inherentes al cargo. En la amistad, como en la literatura, es abrupto y expeditivo, frugal y vehemente, generoso y entusiasta como un personaje de Dumas; con ese punto de aspereza o desabrimiento que caracteriza a los hombres que encubren por pudor sus sentimientos más acendrados. Excelentísimo Señor Don Arturo Pérez-Reverte, ha sido y sigue siendo un honor leer sus libros, esa patria en la que tantos lectores nos reconocemos; pero un placer aún más honroso es haber disfrutado y seguir disfrutando de su amistad, dura y transparente como el cuarzo.

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(Antonio Astorga) Desde 'El húsar' (1986), su primera novela, la crítica española (que no la extranjera) le negó el pan y la sal ganados con limpieza de sangre, sudor a raudales, precisión documental, buen humor y eficaz prosa. En Europa, EE.UU. y medio mundo, donde se traducen y leen sus novelas, se han deshecho en elogios. Hoy, Pérez-Reverte es el escritor español en activo con más presencia en los territorios americanos de nuestra lengua.

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-capitan-alatriste.com: Este año se cumple el vigésimo aniversario de la publicación de 'El húsar', su primera novela. ¿Cómo ha cambiado o evolucionado usted como escritor en estas dos décadas? ¿Su visión de la literatura ha cambiado en este tiempo? ¿Sigue siendo una pasión o ha pasado a ser un oficio?
-Lo de la evolución como escritor corresponde decirlo sobre todo a los lectores, que tienen a su disposición los libros para averiguarlo. Veinte años son muchos años, y en ese tiempo cambia el corazón y la cabeza de cualquiera. Yo no soy el mismo hombre que escribió 'El húsar', y mis novelas tienen que cambiar forzosamente conmigo. Hay una evolución evidente en lenguaje, estructura, técnicas, etc, aunque todo se mantenga dentro de un esquema general, de un territorio común y de una concepción determinada de lo que debe ser la literatura. Digamos que los años cambian (es inevitable) el paisaje, pero siempre es el mismo territorio. De cualquier modo, el ejercicio de la escritura como novelista nunca fue para mí sólo una pasión, ni ahora es sólo un oficio. Creo que ambos factores son necesarios. Sin pasión, un novelista está muerto. Sin oficio, no es un novelista. Recordemos que, pese a lo que afirman algunos cantamañanas, la función principal de un novelista (un escritor es otra cosa) es contar historias eficaces y contarlas bien. Con oficio.

-capitan-alatriste.com: Me encantan sus libros relacionados con la época napoleónica, 'El húsar', 'La sombra del águila' y 'Cabo Trafalgar'. ¿Escribiría una serie de aventuras estilo Alatriste ambientadas en este período?
-No me importaría, de vivir infinitos años. Incluso lo he pensado alguna vez. Pero tenemos un tiempo limitado, y demasiadas cosas quedarán para siempre en el tintero. Todo novelista (me refiero a novelistas de verdad, con cosas que contar) que muere se lleva consigo miles de historias que no tuvo tiempo, ganas u oportunidad de escribir. Pero nadie vive eternamente. Hay que elegir unas y descartar o aplazar otras. Y no crea que siempre es fácil decidirse por ésta o aquélla. Sobre todo a mi edad, cuando ya se sabe más o menos lo que le queda a uno por delante.

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Finea
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Mensaje por Finea » Jue May 16, 2013 3:53 pm

No he leido nada de lo que habeis escrito por no crearme expectativas, pero lo estoy leyendo y me esta gustando mucho...como he tardado tanto....

Cuando lo termine os cuento que me ha parecido.

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Rogorn
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Mensaje por Rogorn » Sab May 18, 2013 9:16 am

A mí la crítica me trata muy bien, pero a buenas horas, porque esto me hubiera servido de algo hace muchos años. Ahora me da lo mismo. Cuando empecé, venía del periodismo, tenía el pecado original de no ser del gremio, del que no he sido nunca. Además, mi carácter y mi forma de ser me mantuvieron fuera del circuito. Y empezaron a salir críticas en 'The New York Times', en 'Le Monde'. Y, claro, aquí cogieron recortes: "No me voy a meter con la novela si por ahí dicen eso", lo cual habla mucho del sustrato de la crítica española. A mí las malas críticas me envalentonan, me reafirman más en lo que estoy haciendo, me acentúan esa sensación de soledad inicial. 'El húsar' no tuvo ninguna crítica, apareció una sola en la revista ‘Quimera’, y de 'El maestro de esgrima' salió una columna en 'El País', al lado de una a cuatro columnas de Juan Cruz, el periodista que tenemos aquí delante. La tengo guardada. Eso acentuó mi certeza de soledad personal. Me encastillé, me volví más agresivo, me dio fuerza, porque el orgullo es más importante que el valor. Hay gente que pudo ser cobarde, pero el orgullo le ha hecho valiente. Yo soy un tipo orgulloso, no arrogante. En España se da mucho la osadía con que algunos críticos se atreven a criticar una obra cuyos mecanismos desconocen y cuyos elementos ignoran. Hay un ejemplo que siempre cuento. José Luis Sampedro se leyó todo Homero, todo Jenofonte, y escribió 'La vieja sirena'. Un crítico vio ahí un trasunto de 'Sinuhé el egipcio', que Sampedro ni había leído entonces.

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(José Belmonte) ‘El húsar’, su primera y ya lejana novela, sigue siendo una pequeña joya a la que no se le ha prestado la atención que merece.

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«El ser humano debe pelear para no sentirse vencido. Y siempre hay dos vías: integrarse o retirarse». Así comenzaba la disertación de Pérez-Reverte bajo la rúbrica 'Las letras y las sombras'. Y es que cuenta que el principio del fin de su aventura periodística estuvo motivada por sus lecturas de niño. «Me hice periodista como mero pretexto para vivir las aventuras leídas. A los veinte años, yo era un turista por la guerra, aunque luego se convertiría en mi escuela, pues el haber leído mucho, me permitía interpretar y comprender la realidad. Cuando estuve en Beirut, pensé: ¡Esto es Troya!». Es así como el novelista Pérez Reverte entiende el concepto de cultura como un antídoto ante la ignorancia, pues sólo el bagaje que te proporcionan esas lecturas te ayudan a librar tu lucha personal, a saber quiénes somos. Por ello declaró, bajo el asombro del auditorio, que es «un lector que accidentalmente escribe novela», pues comenzó a escribir tras llegar de un conflicto bélico y como una forma de encontrar consuelo: «De esta forma nació 'El húsar' (1986), mi primera novela».

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-¿Por qué cree que está ahora tan de moda la novela histórica?
-A mí realmente tendría que darme igual porque llevo escribiendo sobre la Historia desde 'El húsar', mi primera novela. Pero es cierto que llevamos unos años en los que han proliferado las obras de componente histórico. Y creo que la razón es porque en España los políticos han sido tan gilipollas que nos han escamoteado la Historia. Desde hace 20 o 30 años, o más, nos han estado robando la Historia de los libros de texto. Y no se dan cuenta de que la gente la necesita, porque es lo que te da la razón de ser, lo que te justifica. Lo que la gente no encuentra en los libros de texto se va a las librerías a buscarlo. La estupidez de los políticos ha hecho la fortuna de los editores. No sabes la cantidad de cartas que me llegan, con el tema de Alatriste sobre todo, en las que me dicen: “Pero es que yo de esto no tenía ni idea”, o “En el colegio no lo he estudiado”. A chicos ávidos de saber les están robando aquello que les justifica.

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(Jesús Ruiz Mantilla) No fueron fáciles sus comienzos. Allá por 1986, cuando publicó ‘El húsar’, el panorama literario español estaba lobotomizado por críticos y grupillos a los que el escritor dedicó una rica lista de epítetos: "Imbéciles y cagatintas analfabetos cuya memoria empezaba ayer, que perdonaban la vida a Conrad y Stevenson, parásitos iletrados y esnobs que estuvieron a punto de haber dejado España sin lectores por los años ochenta". Eran los tiempos en los que se valoraba la pedantería y la paja mental intensa. Todavía impermeables al eclecticismo que empezaron a romper autores como él. Hijos de otras madres, amantes lujuriosos de otros libros: "De los de aventuras, del folletín, de los clásicos y los espadachines", decía Pérez-Reverte. Contrabandistas en bibliotecas donde se hallaban lecturas menospreciadas y mal vistas. Que mezclaban a los grandes clásicos con sus hijos bastardos: "Busco en Stendhal, Homero, Conrad, Dickens, Virgilio, Dumas, Mann, Conan Doyle, Dostoievski, Stevenson, pero también en gente tan maltratada como Agatha Christie y John Le Carré. Y hasta en Ken Follett buscaría si me hiciera falta", aseguró.

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(Bowman) Sostengo que ‘Los mejores años de nuestra vida’ creó un “topos”, categoría o estereotipo narrativo del que Hollywood tiró treinta años después, con ocasión de la guerra del Vietnam, en ‘El regreso’ (Hal Ashby, 1977) con Jane Fonda y el papá de la Angelina, Jon Voight (en un papel que en 1978 le valió el prestigioso premio de interpretación masculina en Cannes). Esta película y ‘Apocalypse now’, del año siguiente, son la punta de lanza de una saga -‘El cazador’ (Michael Cimino, también de 1978), ‘La chaqueta metalica’ (Stanley Kubrick, 1987) y otras- sobre Vietnam y sus consecuencias para el combatiente y para el ex-combatiente. Usado una y otra vez con urgente alegría y sin revisiones personales, el “topos” degeneraría en tópico sin matices -victimista, delirante y subjetivo- y acabaría por dar el descerebrado absurdo que fue la serie de películas de ‘Rambo’.

Llegados a este punto, me permito aventurar la posibilidad de que el “topos” establecido por ‘Los mejores años de nuestra vida’ le haya sido útil a Arturo Pérez-Reverte, conscientemente o no, a la hora de ponerse a ordenar el caos de sus vivencias como reportero de guerra. Cuando se estrena ‘El regreso’, en 1977, Pérez-Reverte tiene veintiséis años, una edad en la que un novelista -este novelista, al menos- se encuentra en plena formación. Nueve años después, en 1986, Pérez-Reverte publicaba su primera novela, ‘El húsar’. Por entonces la visión victimista americana de la guerra de Vietnam -“hay que ver lo que hemos luchado y sufrido sin que nadie se entere ni nos lo agradezca”- es dueña de las pantallas del mundo. Es el año de ‘Platoon’ y de ‘Top Gun’, una época en la que las dos primeras películas de la serie ‘Rambo’ (1982 y 1985) son la sensación mundial, un poco como ‘Titanic’ lo sería en los 90. Sugiero que Arturo Pérez-Reverte podría no haber necesitado ver siquiera ninguna de estas películas para asumir la visión del excombatiente como un superviviente "malgré lui", estresado y con una carga de horrores incomunicables a cuestas. En la época se trataba de un lugar común -y, en gran medida, aún hoy lo es- y aventuro que su huella no debe ser difícil de rastrear en las novelas ‘El húsar’ y, muy especialmente, en la reciente (2006) ‘El pintor de batallas’.

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Mensaje por El_Curioso_Impertinente » Sab May 18, 2013 4:41 pm

A mí El húsar me gustó mucho. O sea, mucho. Es una película en technicolor, las circunstancias por las que pasan los personajes están muy bien descritas: compartes con ellos el madrugón tras pocas horas de sueño poco profundo, el lingotazo de coñac en el estómago vacío, su desconcierto en una situación que lo envuelve, lo rodea, pero que no llega a abarcar ni mínimamente; el nerviosismo y el tedio de horas y horas esperando entrar en combate, los últimos y eternos segundos de la carga contra la infantería enemiga, el miedo cerval de Frederic cuando huye de las lanzas de la caballería española y, quizás, su lucidez final segundos antes de la muerte. Pese a que Reverte ha dicho más de una vez que es su peor novela, me parece un inicio muy prometedor, como así fue. Cualquier editor espabilado podía prever que el fulano que había escrito esas pocas docenas de páginas tenía futuro como novelista, aunque tal vez la situación a mediados de los ochenta no estaba para novelas "de asunto", con su argumento, planteamiento, nudo y desenlace. No lo sé, siempre he leído lo que me ha apetecido, sin reparar en las modas, y no tengo ni idea de qué estaba leyendo yo en aquellos entónceses. Tal vez es un primer Reverte un poco envarado, tenso, qué sé yo, pero pienso que fue una estupenda ópera prima. Casi todo lo que escribirá en el futuro ya está o se entrevé en El húsar.
Todos los seres humanos cometen errores, pero algunos seres humanos cometen más errores que otros y a ésos se los llama "tontos" (Fray Guillermo de Baskerville).

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Rogorn
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Mensaje por Rogorn » Sab May 18, 2013 5:22 pm

Reverte ha dicho más de una vez que es su peor novela

¿Cuándo? ¿Dónde? :?

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El_Curioso_Impertinente
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Mensaje por El_Curioso_Impertinente » Sab May 18, 2013 5:44 pm

Rogorn escribió:
Reverte ha dicho más de una vez que es su peor novela

¿Cuándo? ¿Dónde? :?


Pues no me acuerdo... :? pero le preguntaron por su peor novela y eso dijo. Que tampoco significa que sea mala, sino que las otras son mejores :roll:
Todos los seres humanos cometen errores, pero algunos seres humanos cometen más errores que otros y a ésos se los llama "tontos" (Fray Guillermo de Baskerville).

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Mensaje por Rogorn » Sab May 18, 2013 6:37 pm

Alguna vez dijo que 'La piel del tambor', pero más en plan "la que menos satisfecho me dejó".

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Mensaje por aik » Sab May 18, 2013 6:40 pm

A mí el Húsar (que ya he dicho que fue lo primero que leí de él) me gustó porque era tremendamente creíble.
Te pintaba la guerra de una manera como no mucha gente antes había hecho.
Y ano me pareció para nada belicista, sino todo lo contrario.
Como ha dicho Curioso, podías acompañar a los soldados en la batalla, sentir lo que ellos sentían, el miedo, el odio, la indiferencia, el terror.
y estaba bien escrita. Se leía fácil y rápido.
"De este tengo que leer más", me dije. Y lo hice.
"Son Españoles los que no pueden ser otra cosa". (Cánovas)

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grognard
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Mensaje por grognard » Sab May 18, 2013 8:35 pm

aik escribió:"De este tengo que leer más", me dije. Y lo hice.


Tal cual.

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Entonces miró a la izquierda y los vio.


Frederic sabía que el hombre, desde tiempo inmemorial, había luchado con sus semejantes por conceptos a menudo materiales e inmediatos: comida, mujeres, odio, amor, riqueza, poder... Incluso simplemente porque se le ordenaba, y el miedo al castigo, hecho curioso, se sobreponía con frecuencia al miedo a la muerte que podía aguardar agazapada en la guerra. Muchas veces se había preguntado[Frederic y Arturo] por qué soldados de sentimientos groseros, poco confortados por motivaciones de índole espiritual, no desertaban en mayor cantidad, o se negaban a acudir al ser llamados a quintas. Para un campesino que ni veía más allá de su pequeña tierra, su choza y la comida indispensable para mantener a su familia, acudir a tierras lejanas a defender intereses de monarcas no menos lejanos debía de constituir una empresa estéril, absurda, en la que nada había por ganar y mucho que perder, incluyendo el bien más preciado: la propia vida.

Escribe la novela en 1983 "entre dos reportajes de guerra"; lleva como reportero desde 1973. Tiene 32 años; llegó a la guerra a los 22, un poco más mayor que Frederic, con el mismo ímpetu y con las mismas dudas (supongo).


Frederic se preguntó sobre la edad del veterano: cuarenta y cinco, cincuenta años. (...) Había en él esa inmovilidad serena, esa economía de movimientos superfluos, ese abstraído aislamiento del hombre que sabía con lo que iba a enfrentarse. No parecía un húsar que esperase, impaciente, conquistar otra parcela de gloria; más bien daba la impresión de ser un profesional que se concentraba antes de pasar un mal rato, con la calmadel que había salido de muchos trances similares con la piel indemne y sólo esperaba, revestido con el resignado fatalismo de quien conocía lo inevitable, que el trabajo por el cual le pagaban pudiera hacerse en poco tiempo, con rapidez y la mayor limpieza posible,(...)

¿Un honrado mercenario?


Yo no hice la mili. Me hice objetor de conciencia. Un poco (del todo) como el campesino de más arriba. En otra época, en la que "el miedo al castigo" hubiera sido mayor, hubiera ido, "simplemente porque se me ordenaba".
Como Thomas Thomson, el protagonista Pandora en el congo, de Sánchez Piñol, soy medio pacifista: "en realidad, yo era demasiado blandengue como para militar contra las guerras. Sólo estaba en contra de participar en ellas."

También Sánchez Piñol, esta vez en Victus, dice que hace falta ser muy valiente para ser cobarde en medio de valientes (o algo parecido).

En cualquier caso, a la guerra se va con dos disposiciones de ánimo básicas: ser capaz de matar y ser capaz de dejarse matar.
Cada uno tendrá sus razones.

Me gusta como Arturo trata al personaje de Frederic: diecinueve años, un pollo recién salido de la academia, con ganas de convertirse en un Aquiles. Frederic no es cobarde, pero es consciente de lo que puede suceder, y se va haciendo preguntas. Preguntas que me imagino que son las mismas que se hizo Arturo en su momento, y que cuando encontró respuestas que le parecieron suficientemente adecuadas, las compartió con los gentiles.
No ha dejado de hacerse esas preguntas, y de buscar respuestas: ahí están Alatriste y El pintor de batallas.

Coincido con Aik en que "Te pintaba la guerra de una manera como no mucha gente antes había hecho."

De hecho, leyendo El húsar, en 2001, por ejemplo, a uno le parece estar leyendo una crónica de Afganistán: Unos tipos que intentan imponer por las armas ("a la bayoneta") unas ideas en una sociedad que las necesita, pero a las que se muestra abiertamente hostil, no tanto por lo que representan (sí en el caso de los talibanes), sino por la forma.
Nosotros traeremos la luz, el orden nuevo. [Nuevo Orden Mundial] Ya está bien de curas y beatas, de supersticiones y de Inquisición. Vamos a sacar a estos salvajes de las tinieblas en que viven, aunque para eso tengamos que arcabucearlos a todos.
Ese desprecio que demuestran Frederic y Juniac, hasta Philippo, el soldado fanfarrón, aunque diga: "cuando los degüello, tengo la impresión de estar degollando a mi padre."

La escena con don Álvaro de Vigal es muy didáctica.

Y también la del fin de Philippo (lo de los caballos galopando sin jinete es una imagen muy, muy...)


–¿Sabes, Michel? He descubierto que la guerra es un poco de acción y un mucho, demasiado, de espera.

Otra respuesta que Arturo ha ido repitiendo aquí y allá.

La desconfianza hacia los altos mandos, reflejada en la preciosa imagen de los soldaditos de plomo.

¿Arturo hizo la mili?
No sé si recuerdo mal, pero dijo alguna vez que se sentía atraído, en su juventud, por la milicia, pero que tenía (tiene) un grave problema de disciplina (en la acepción de: "Especialmente en la milicia y en los estados eclesiásticos secular y regular, observancia de las leyes y ordenamientos de la profesión o instituto.")

¿A la mayoría de los tíos nos ha atraído en un momento u otro de la vida la milicia?

Esa duda de saber si serias bastante rápido desenfundando el arma...

Además de lo que dice, acertadamente, Bowman sobre no sé qué de un topillo de Vietnam, Arturo, como la mayoría de (parafraseo a Arturo) varones normalmente constituidos, se ha educado sentimentalmente con pelis de vaqueros, con héroes homéricos, con mucho tiro y mucha espada.
En ese aspecto, este libro es esencial, para mí, para Aik y para muchos más. De hecho, las obras de Arturo, son esenciales en varios aspectos, pero en los relativos a la guerra como fenómeno intrínsicamente humano y desgraciadamente inevitable, y a todo lo que ésta saca del ser humano, bueno y malo, son trascendentales. A lo mejor una lectura exhaustiva de los clásicos me haría pensar que ya todo está escrito, él mismo lo ha dicho, y repite constantemente (¿uso demasiados 'mentes'?) lo de Troya, pero habiendo leído algo de lo básico: Homero, Jenofonte, Herodoto, Julio César... [(i]El húsar[/i] tiene un poco también de La cartuja de Parma) Arturo le da una vuelta de tuerca. ¿No os parece? No sabría concretar más...

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Mensaje por El_Curioso_Impertinente » Sab May 18, 2013 8:53 pm

Rogorn escribió:Alguna vez dijo que 'La piel del tambor', pero más en plan "la que menos satisfecho me dejó".


A lo mejor lo de El húsar lo dijo antes de escribir La piel del tambor :wink:
Todos los seres humanos cometen errores, pero algunos seres humanos cometen más errores que otros y a ésos se los llama "tontos" (Fray Guillermo de Baskerville).

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grognard
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Mensaje por grognard » Sab May 18, 2013 9:19 pm


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Rogorn
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Mensaje por Rogorn » Mar May 21, 2013 9:36 am

(Jacinto Antón) El paseo nocturno trae confidencias. Hablamos de la hipótesis de que los húsares se trenzaran el largo cabello para proteger el cuello de los golpes de sable. Pérez-Reverte apunta que la coleta de los marinos servía para lo mismo.

Eso de las geometrías, esa forma de ver la vida, tan fría, matemática, inhumana. Líneas, trayectorias... "Es la guerra", responde Pérez-Reverte sin mirarme. "Yo nunca presumo de la guerra, pero he pasado 21 años en países en guerra. Y la guerra es geometría. Ángulos seguros e inseguros, enfilaciones, parábolas, impactos. Los que hemos estado allí sabemos que la guerra es geometría y aritmética. No es algo nuevo en mi obra. Está en 'El maestro de esgrima' -la esgrima es todo ángulos, como bien sabes-. En 'El húsar': la geometría de la carga de caballería contra la línea. Hay una geometría de la catástrofe que se ha infiltrado en mi manera de mirar. Y es una paradoja porque yo soy de letras, lo contrario a la mirada científica, pésimo estudiante de química, física, matemáticas.

-

-Juan Cruz: Si se ve junta toda su obra hay un leitmotiv: los héroes solitarios y fatigados. Están en 'El club Dumas', en 'La piel del tambor', en 'La reina del sur'... En todos los libros aparece un personaje al que le ocurren un montón de cosas y que generalmente está solo. Incluido Alatriste.
-Sí, es cierto. Ese es mi héroe. Es el mensaje que me interesa. A todos nos marca lo que leemos de jovencitos. Hay algo que me marcó muchísimo. Estudiaba griego y traduje la 'Anábasis', de Jenofonte. Y me marcó esa imagen del soldado retirándose por territorio enemigo en un medio hostil, sabiendo que únicamente tiene su escudo y su espada para defenderse y que si es derrotado no podrá llegar al mar ni a casa. Sabiendo que derrota significa aniquilación. Es la mejor metáfora de lo que es la condición humana, de lo que realmente es el hombre en el mundo. Ese tipo de héroe es el que interesa. Todo héroe que regresa está fatigado. No es lo mismo cuando va que cuando vuelve. Cuando va está lleno de vigor, es joven, es Aquiles, es Patroclo, es el joven que se va a la aventura, es 'El húsar'. Pero todos los héroes que vuelven, después de incendiar Troya, de violar, de matar, de estar en el caballo de madera, de ensangrentarse, y de ver morir a la gente, están cansados. Solo quieren volver a casa y descansar. Y eso no me lo han contado, lo he visto. Yo mismo me he sentido así montones de veces. He sido Patroclo y he sido Ulises.

-

-Jacinto Antón: Yo tenía vuestra edad y estaba estudiando, aquí precisamente, cuando leí el primer libro suyo, 'El húsar'. He intentado buscar mi ejemplar en los fondos de la biblioteca, la edición antigua de Akal, que prácticamente es inencontrable ahora, y no la he encontrado. Pero he traído una edición más moderna con una portada preciosa.
-Esa portada es un cuadro, que a ti te sonará, de Maisonniere, o no, de Taille, que se llama 'Húsar en descubierta', que un pintor amigo mío me hizo una copia poniéndole el uniforme del húsar de mi novela. Es, digamos, un plagio o una adaptación del cuadro original al personaje de la novela.

-Cuando leí el libro no lo conocía para nada y me conmovió profundamente, y sigo aún pensando que es probablemente la mejor novela de guerra que se ha escrito nunca. Así de bestial lo digo.
-Ya os he dicho que somos amigos.

-Para mí fue una revelación, y desde entonces he seguido todo lo que ha escrito Arturo y he tenido la suerte de conocerlo bien y de que me honre un poco con su amistad. También he traído otra pequeña cosa, un húsar que tengo siempre al lado de mi ordenador donde trabajo en el diario 'El País', en la sección de Cultura, que ha perdido el dormán, el pobre, esta chaqueta que llevaban muy chula. Y siempre que lo veo pienso en Arturo. Es una persona que me ha iluminado como periodista -sabéis que él tiene una gran trayectoria como periodista- y me ha iluminado como escritor. Por citar solo algunas cosas en las que para mí Arturo es referente: guerra, amistad -que aparece en todas sus novelas-, aventura, amor -a pesar de que él tenga un aspecto así como un poco recio y al que no se le imagina uno enamorado, hay mucho amor en sus novelas, como sabéis todos los que las habéis leído- y sobre todo muchos libros, que creo que es una de las cosas sobre las que él tiene muchas ganas de hablaros: el amor a los libros y lo importante que es tener una biblioteca en estos momentos en los que parece que todo se vuelve evanescente, que los libros simplemente desaparecen y con ellos su contenido.

-

-¿Por qué es tan celoso de su vida íntima?
-Hay cosas más interesantes que el yo literario. De todas formas considero que 'El húsar' es mi gran novela del yo y mi madre suele decirme que Lucas Corso, el bibliófilo de 'El club Dumas', soy yo con gabardina.

-

(Santos Sanz) Escasa acogida tuvo en su salida de 1986 la ópera prima de Arturo Pérez-Reverte, 'El húsar', una magnífica novela breve de acción evidente y pensamiento disimulado. Quienes entonces advertimos su mérito subrayamos que venía a rescatar el viejo gusto de contar, el que, como una determinación antropológica, ha mantenido vivo el interés por el relato de historias atrayentes desde las leyendas fundacionales y hasta nuestros días. Luego, a medida que el autor iba ampliando su obra, obteniendo gran difusión y mereciendo respeto crítico, él mismo proclamó los fundamentos sobre los que ha ido levantado el ya elevado edificio de su narrativa. Por una parte, una retadora beligerancia contra lo que Manuel Vázquez Montalbán llamaba por aquellas mismas fechas "literatura catatónica". Pérez-Reverte mete en ese cajón a Joyce y a Benet, la novela ensimismada y formalista, los libros herméticos y aburridos. Por otra, una defensa de la narración popular, de la que él se considera heredero, en la órbita de Dumas y los folletinistas decimonónicos. Para Pérez-Reverte una novela ante todo ha de contar una buena historia. Y él lo hace con placer y buscando atrapar al lector en la telaraña de sucesos que sustenta sus libros. Aventuras, acción, misterios y sorpresas son los hilos con que la teje. Lo hace más o menos así en casi todos ellos.

-

(José Belmonte) El personaje Diego Alatriste tiene su germen, tan tempranamente, en las páginas de 'El húsar', su primera novela, en 1986, cuando Pérez-Reverte, que aún no pensaba ni remotamente en la invención de su criatura, describe a uno de los soldados con una cicatriz perpendicular en la mejilla, nariz aguileña y fuerte como un halcón, y la piel del rostro tostada por miles de soles.

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Rogorn
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Mensaje por Rogorn » Sab May 25, 2013 9:20 am

El escritor Arturo Pérez-Reverte ha sido galardonado con el Premio de Honor de Novela Histórica 'Ciudad de Zaragoza', con el que se reconoce su papel percusor de este género en España en la época actual, su calidad literaria, el "gran poso de documentación" en sus trabajos y su "esfuerzo" por divulgar la historia. Así lo ha expuesto en rueda de prensa el escritor, periodista y miembro del jurado, Juan Bolea, quien ha calificado a Pérez-Reverte de "padre de la novela histórica contemporánea", con su primera obra de este género publicada en 1986, 'El húsar'. Además, en 1988, publicó 'El maestro de esgrima', cuando "casi ningún autor hacía novela histórica en España", ha apuntado Bolea.

-

-Enric González: ¿Planeaste la transición del periodismo a la literatura, o simplemente ocurrió?
-Nada estaba planeado. Yo soy un escritor tardío. Empecé a escribir novelas con 35 años. No tenía vocación literaria. Para mí los libros eran una compañía, una herramienta que me permitía comprender el mundo y consolarme de un montón de cosas. Y un día, a la vuelta de uno de esos viajes largos y duros, me puse a escribir. Pero en vez de escribir una experiencia autobiográfica, que estuve en Eritrea, que me pasó esto y lo otro, dado que me causaba cierto pudor hablar de mí (de hecho tardé muchos años en hablar de mí como escritor) lo que hice fue situar una acción y unos personajes en la guerra de la Independencia, y mi historia, las cosas que yo había vivido y sentido, las volqué en la novela. Me pareció una forma púdica de dar salida a esa mirada. La novela (‘El húsar’, 1986) me hizo sentir bien, aunque nadie la leyó.

-

(Bowman) Nadie ha hablado nunca, o yo no lo he oído, de un ‘simbolismo’ revertiano. Y ya me extraña. Al Genio de Cartagena le gusta subrayar los acontecimientos de sus novelas estableciendo paralelismos, más o menos explícitos, entre esos acontecimientos y algún elemento implicado en la acción, que así se convierte en mucho más de lo que es, en elemento significante, en símbolo, digamos, de los tales acontecimientos. Pienso en ‘La isla del Tesoro’, la novela que lee Cachito en un ejemplar desmochado y que convierte la historia de la princesa prisionera de los piratas en una gasolinera de carretera en posible relectura de las aventuras de Jim Hawkins. O en los ‘tintines’, en la colección de libros de Tintín que posee Tánger Soto (la nena de ‘La carta esférica’) y que para ella constituyen, como para el joven que fue Pérez-Reverte en 1970, cuando aún creía "en la virginidad de las madres", un estímulo, una sugerencia y una guía. Y, sobre todo, pienso en la esgrima de Jaime Astarloa, el primer revertiano (con permiso del joven oficial de húsares llamado Glüntz, protagonista de ‘El húsar’, ópera prima de nuestro autor). La esgrima es para Astarloa, protagonista de ‘El maestro de esgrima’, tanto actitud vital y muestra de carácter como maneras irrenunciables y norma de comportamiento, del mismo modo que para Glüntz lo son la guerra y la condición de húsar. Lo que pasa es que, al contrario de lo que le sucede a Astarloa, Glüntz no necesita reivindicar su condición ni su actitud ante nadie. Glüntz es un héroe bien aceptable y honorable en su ambiente y en su tiempo mientras que Astarloa es un bicho raro, un perdedor, una reliquia, un náufrago de otra época que se siente constantemente obligado a justificar ante los demás por qué hace lo que hace y vive como vive. Y, aún así, nunca está muy seguro de que lo entiendan. Astarloa, como el propio Arturo Pérez-Reverte, es un héroe y está ‘cansado’.

-

(Rogorn) En 'El húsar' la musa casi dulcineica del pobre Frédéric Glüntz no llega a pasar de ser una imagen mental idealizada recordada desde una Andalucía cabrona y guerrillera. Al final ella pasa de ser premio futuro a parte del aprendizaje guerrero del garçon, que le llega demasiado tarde.

-

–Se recrea en los detalles. La marca de los relojes y las camisas, la distribución de espacios en el barco...
–Una novela es un artefacto que uno tiene que montar con meticulosidad relojera. La documentación no es decorativa, tiene una función narrativa. El lector puede no saber que llevar una camisa de Charvet es un lujo, pero todo eso va creando un estado de ánimo adecuado para incorporar los personajes. Si a un húsar que va a cargar le pongo un mechero de butano en el bolsillo, me he cargado al húsar.

-

Aseguró que, desde que publicó 'El húsar', a mediados de los ochenta, siempre escribe "la misma novela, la de un soldado perdido en territorio enemigo, cansado de caminar", y que la mujer es ese soldado en tierra hostil que "sabe que cada derrota puede ser la última". "El hombre tiene más capacidad de autoengaño: el fútbol, el sexo, la guerra, los amigotes... La mujer ha estado callada durante siglos viendo la estupidez del hombre y ha generado un montón de certezas amargas".

-

-Afirma: “Vivo de lo que encuentro en el camino”. Y me recordó al capitán Alatriste cuando dice: “Sólo tengo mi sable y mi caballo”. Porque, igual que ese espadachín a sueldo, Max lo dice sin ansiedad ni afán. Constata lo que es la vida sin inmutarse, como de vuelta.
-Hay una fina línea que va del valor a la indiferencia. En mi última línea en ‘El húsar’, cuando se sienta en el barro, solamente esperando ya la muerte, decía: “Y no sentía más que una cansada indiferencia”. Yo esa indiferencia la he conocido en mi vida profesional.

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Mensaje por Rogorn » Lun Jun 03, 2013 2:56 pm

Como saben ustedes, gazapo, además de conejo, significa mentira o embuste; y también error que, a menudo no por ignorancia sino por inadvertencia, deja escapar quien escribe o habla. Cualquiera que trabaje con palabras impresas sabe a qué me refiero. En la oratoria pública las metidas de gamba se disimulan más; y como en España suelen darse en boca de nuestra infame clase política, llaman menos la atención. Sabemos a qué atenernos. Entre gente culta, sin embargo, la cosa es diferente. Suele haber más pundonor. El gazapo es la pesadilla constante de periodistas y escritores, y ni los grandes maestros están a salvo de un texto revisado con descuido o de una galerada corregida entre prisas. Por lo general, todo gazapo como Dios manda permanece al acecho en un texto, no importa cuánto se revise y corrija, y sólo salta el día que, impresa la obra, el autor abre una página al azar y allí está el gazapo gordo y lustroso, arteramente camuflado durante meses o años de trabajo. Otras veces se debe a ignorancia del autor, a error de documentación o a generalizaciones rápidas y peligrosas. En todo caso, puede tenerse la certeza de que, publicada la obra, siempre habrá un lector que, incluso en las materias más extrañas, sea autoridad en el asunto. Y ese lector, por supuesto, escribirá una carta apuntando el detalle. Hay auténticos monstruos en eso, sabios implacables a quienes no se les escapa una. Gente para todo. Lo he vivido en mis carnes, y acojona. Empecé a enterarme con mi primera novela, cuando situé a un húsar junto a unos eucaliptos, y apenas publicado el libro recibí una amable carta de un lector experto en botánica, comunicándome que mi novela transcurría en 1808, y que esos árboles no fueron traídos a España desde Australia hasta cincuenta y siete años después.

--

'Campos de batalla':
http://www.capitan-alatriste.com/module ... pic&t=2226

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Mensaje por remolina » Mar Jun 25, 2013 1:04 pm

Pues ya están los deberes hechos y el Húsar releído de nuevo. Cada vez que lo leo me gusta más. Así que ya me he lanzado y me he puesto otra vez con La Sombra del Águila. Hala. :wink:
"Aprecio a esos cabrones" APR

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viveDios
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Mensaje por viveDios » Jue Jun 27, 2013 8:15 pm

ahora lo que más apetece es reirse y si no es con un libro..... :cry:
"La magia de la vida son los encuentros"
Alberto García-Alix

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Rogorn
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Mensaje por Rogorn » Dom Jul 07, 2013 9:33 am

Musaraña 1 : La mujer en 'El húsar'

Al volver la vista atrás a la primera novela de un autor, siempre existe la tentación de verla como un germen en pequeño de todo lo que después desarrollaría el mismo escritor en el resto de sus novelas. No sé si esto siempre se aplica, pero voy a referirme a un tema en concreto que ha ido ganando importancia en la obra de Arturo, además confirmado expresamente por él mismo en entrevistas: la mujer.

Arturo tiene cinco novelas digamos "de guerra" ('El húsar', 'La sombra del águila', 'El sol de Breda', 'Cabo Trafalgar' y 'Corsarios de Levante') donde las mujeres aparecen de poco a nada, ya que hay algo más urgente que tratar, y es el mantenerse vivo en medio de balas, espadas y demás objetos que hacen pupa. Sin embargo, aún así, en 'El húsar' hay un rinconcito para al menos tres mujeres que se puede decir que prefiguran un par de motivos que Arturo asocia a la mujer en relatos posteriores.

Puede que muchos lectores ni siquiera recuerden a estas mujeres. De hecho, el propio Frederic Glüntz, imaginándose una bella y heroica muerte digna de un cuadro en el Louvre, piensa para sí mismo que "No. Para nada hacía falta allí una presencia femenina." Claro que, a renglón seguido, continúa: "Si acaso, unos hermosos ojos como lejanos testigos del drama heroico, velados por dulces lágrimas al ser su linda poseedora puesta al corriente de los acontecimientos, al conocer la muerte del húsar."

¿Para eso han de servir las mujeres, para llorar a héroes caídos? Pues no, no necesariamente "han de", pero sí lo han hecho durante toda la existencia del ser humano, y en esto sí que volvemos al motivo de que las raíces de nuestra literatura (en nuestro caso la Grecia de Homero) ya habían tratado un tema que luego los escritores siguientes han retocado según sus épocas. Y recordemos también que el propio Arturo lo siente de esta misma forma al respecto: los clásicos ya lo dijeron todo y lo único que ha cambiado es la tecnología. Pero sigamos con el "stream of consciousness" de Frederic:

"Frederic, incluso, ya conocía esos ojos. Los había visto en Estrasburgo dos días antes de su partida, durante la recepción en casa de los señores Zimmerman. Un vestido azul, un perfecto óvalo de cara enmarcado por cabello rubio y suave como seda, unos ojos azules como el cielo de España, una piel blanca y tersa, de apenas dieciséis años. La hija de los señores Zimmerman, Claire, había sonreído graciosamente al guapo húsar en uniforme de gala que se inclinaba ante ella con gesto marcial, juntando los tacones de las lustradas botas, balanceando con donaire la pelliza escarlata colgada con estudiada desenvoltura del hombro izquierdo. Fue una conversación breve y desusadamente tierna por ambas partes. Él, rogando a Dios para que ella atribuyese al calor aquel violento rubor que subía incontenible a sus mejillas. Ella, no menos ruborizada, saboreando el placer de atraer la atención de un oficial de caballería tan apuesto y elegante en el ceñido uniforme azul con pelliza roja, de quien sólo la decepcionaba el hecho de que fuese demasiado joven para lucir un bello mostacho que acentuase su viril aspecto. De todas formas, él partía para una guerra lejana, en un país meridional y caluroso, y eso era suficiente. Después, cuando Frederic tuvo que alejarse requerido por un anciano coronel amigo de la familia, Claire bajó los ojos, jugando con el abanico para disimular su azoramiento, adivinando fijas en ella las miradas de (mal contenida) envidia que le lanzaban sus primas. Eso fue todo. Diez minutos de conversación y un delicado recuerdo que un día, cuando él regresase —quizá con una cicatriz gloriosa que sustituyera al rubor en sus mejillas—, podría ser comienzo, ahora insospechado, de una hermosa historia de amor. Pero aquella noche, bajo un cielo español que no era azul como los ojos de Claire, sino amenazador y negro como la puerta del infierno, Estrasburgo y el salón de los señores Zimmerman se encontraban demasiado lejanos para Frederic Glüntz."

Más tarde, Frederic nos recuerda más detalles sobre Claire:

"Las notas musicales, creía recordar que de un clavicordio, volvieron a sonar, lejanas, en sus oídos. Ante él se inclinaba un delicado rostro de niña desde el que dos grandes ojos azules lo contemplaban con tímida admiración. Había un gran candelabro dando tonos de oro a los dos bucles dorados que descendían sobre las sienes de la muchacha. Frederic había mirado con deleite el fino y blanco cuello, la piel tersa que, interrumpida su casi conmovedora naturalidad por una cinta de terciopelo azul en torno a la garganta, descendía, fresca y arrebatadoramente atractiva, hacia el escote del vestido azul. El abanico, desplegado con gracia, había ocultado el rubor de la niña cuando sus miradas se encontraron por primera vez; pero los ojos azules sostuvieron el inocente duelo un par de segundos más de lo establecido por las normas sociales al uso. Aquello bastó para despertar en el joven húsar un sentimiento de intensa ternura. (...) Entonces fue al encuentro de la dueña de la casa, la señora Zimmerman, y con circunspecta corrección le rogó el honor de ser presentado a su hija. (...) Dos jóvenes estrasburgueses amigos de la familia, que hacían la corte a las tres primas, se apartaron unos pasos con el ceño fruncido, mirando de soslayo el vistoso uniforme que, otorgándole abrumadora ventaja, cubría la apuesta figura de su rival. (...)
Los dos jóvenes paisanos se mantenían alejados, y las primas -Frederic sólo retuvo de ellas una risa (absolutamente) estúpida y un cutis martirizado por el acné- lo cercaron materialmente con preguntas de todo tipo sobre el ejército, la caballería, Napoleón y la guerra. Cuando Frederic les confirmó que se disponía a unirse a las tropas destacadas en España, las primas palmetearon emocionadas. Pero el joven húsar sólo atendía en aquel momento, con absoluta concentración de todo su ser, a la apenada e inquieta sonrisa que aleteó en los labios de Claire Zimmerman.
-España está demasiado lejos —dijo ella, e inmediatamente Frederic la amó por eso.
-¿Teme a la muerte un oficial de caballería? -interrogó con morbosa ansiedad la prima Magda.
-No -respondió Frederic sin dejar de mirar a Claire-. Pero hay momentos cuyo recuerdo puede convertir el hecho de morir, la imposibilidad de revivirlos, en algo extremadamente penoso.
Aquella vez, el abanico se alzó de nuevo para velar el rubor, pero no pudo ocultar la emocionada humedad que inundó los ojos azules. (...)
-Tiene que prometer que volverá a visitarnos, subteniente Glüntz. Estamos seguras de que tendrá muchas cosas interesantes que contar, ¿verdad? Diga que lo promete. (...)
-Volveré a verlas -prometió con espontáneo arrebato- aunque para ello tenga que abrirme paso a sablazos desde la misma puerta del Infierno.
Las dos primas cloquearon, escandalizadas por el impetuoso fervor del joven húsar. Pero cuando Frederic, pendiente de los ojos azules, los vio humedecerse de nuevo, supo que Claire Zimmerman no albergaba duda alguna sobre el motivo de su promesa."

En otras novelas de Arturo hemos visto a hombres metidos en problemas que no les concernían por causa de mujeres a quienes sus reglas les impedían decir no. Astarloa, Corso, Coy, Pepe Lobo, Íñigo, Max Costa, etc. Es un leitmotiv constante en su obra. Aquí no se llega a tanto, dado que Frederic ya se había alistado y Claire no tiene nada que ver con lo que le fuera a pasar al joven húsar, pero es un primer ramalazo de uno de eso motivos que habíamos mencionado: la mujer por cuya admiración un hombre se encontraría en "la misma puerta del Infierno". En muchos casos, además de la mera admiración también se llega al disfrute sexual de dicha mujer, pero no siempre ocurre, por ejemplo aquí y (spoiler) en el caso de un par más de los otros protagonistas antes mencionados.

Otra sutil variación, de la que podríamos sacar otra musaraña diferente, es que mientras que los demás protagonistas de Arturo son todos hombres hechos y derechos, Frederic es aún lo que llamaríamos hoy un adolescente. Puede que tenga 19 años, lo cual hace dos siglos significaba más que hoy, pero el lenguaje que usa al hablar de Claire, donde "ternura" es la palabra clave, está estudiadamente desprovisto de sexualidad explícita. Hay rubores, calores, miradas, labios, bucles y ojos luminosos, pero todo en medio de un encuentro, aunque tenso y contenido, muy formal incluso en el vestir, casi también propio de retratista de familias adineradas. Uno incluso se los puede imaginar posando en medio de su conversación.

De vuelta en España, una vez más aparece el recuerdo de Claire:

"Deseó que sus padres y Claire Zimmerman pudieran verlo ahora, erguido sobre la silla de montar al frente de su pelotón, escoltando a hombres camino del combate en el que pronto participaría directamente."

Todavía no hemos entrado en combate, y la gloria aún es para Frederic no solo el vencer sino que su familia lo vea. Su familia y ahora Claire, su ¿amada? ¿prometida? ¿Dulcinea?

Sin embargo, todo empieza a cambiar una vez que se acerca el combate y se sufren las incomodidades del terreno:

"La imagen de Claire Zimmerman volvió a pasar un instante frente a sus ojos, y la apartó irritado. Al diablo. Al diablo la señorita Zimmerman, al diablo Estrasburgo, al diablo todos. Al diablo Michel de Bourmont, que estaba allí como un pasmarote, mirando estúpidamente hacia la cima, calándose hasta los huesos, sin preguntar a gritos por qué infiernos no salían ya al galope. Al diablo Philippo, el fanfarrón, ahora callado como un muerto, mirando también en la misma dirección con la boca ridiculamente entreabierta. ¿Es que se habían vuelto todos unos cobardes? Al otro lado había tres batallones de infantería enemiga; a este lado, dos escuadrones de húsares. Dos centenares de jinetes contra mil quinientos infantes. ¿Y qué?"

Y finalmente, cuando los franceses sufran una sonora derrota, esta es la imagen que le queda a Frederic:

"La guerra. ¡Qué lejos estaba de las enseñanzas de la escuela militar, de los manuales de maniobra, de los desfiles ante una multitud encandilada por el brillo de los uniformes...! Dios, si es que había un Dios más allá de aquella siniestra bóveda negra que rezumaba humedad y muerte, concedía a los hombres un pequeño rincón de tierra para que ellos, a sus anchas, creasen allí el infierno. La gloria. Mierda de gloria, mierda para todos ellos, mierda para el escuadrón. Mierda para el estandarte por el que había sucumbido Michel de Bourmont, que en aquel momento estaría siendo paseado como trofeo por uno de esos lanceros españoles. Que se quedaran todos ellos con su maldita gloria, con sus banderas, con sus vivas al Emperador. Era él, Frederic Glüntz, de Estrasburgo, el que había cabalgado contra el enemigo, el que había matado por la gloria y por Francia, y que ahora estaba tirado en el barro, en un bosque sombrío y hostil, aterido de frío, con hambre y sed, la piel ardiéndole de fiebre, áolo y perdido. No era Bonaparte quien estaba allí, por el diablo que no. Era él. Era él. La calentura le hacía dar vueltas la cabeza. Ay, Claire Zimmerman, con su lindo vestido azul, con los bucles dorados que relucían a la luz de los candelabros. ¡Si vieras a tu apuesto húsar!... Ay, Walter Glüntz, respetable cabeza de honrado comerciante que miraba con orgullo a su hijo oficial. ¡Si lo pudieras ver ahora!... Al diablo. Al diablo todos ellos con su romántica y estúpida idea de la guerra. Al diablo los héroes y la caballería ligera del Emperador. Nada de eso se sostenía a la luz de aquella terrible oscuridad, entre los matorrales, junto al resplandor del incendio cercano. Lo acometió un violento cólico. Desabotonó el pantalón y se quedó allí en cuclillas, sintiendo la inmundicia deslizarse entre sus botas, angustiado ante la idea de que los españoles lo sorprendieran así. Barro, sangre y mierda. Eso era la guerra, eso era todo, Santo Dios. Eso era todo."

Claire resulta ser, pues, una más de las idealizaciones que tenía Frederic en su cabeza. La pobre no tiene culpa de nada, pero es el propio joven quien la coloca en sus visiones gloriosas de desfiles, recepciones de gala y muertes heroicas. Todo eso se desvanece cuando llegan el barro, la sangre y la mierda, sobre todo cuando las dos últimas son las tuyas propias. Si alguna vez Frederic lograra volver a Estrasburgo, ya no tendría la misma imagen, y una segunda conversación con Claire sería muy diferente de la primera.

Esto por lo que respecta a la primera de las mujeres del relato. La aparición de las otras dos es muy breve, pero significativa.

"—Me pregunto —comentó Philippo al cabo de un rato— cuánto tardaremos en regresar a Córdoba.
Frederic lo miró, sorprendido.
—¿Le gusta Córdoba? Yo encuentro esa ciudad calurosa y sucia.
—Las mujeres son guapas —respondió Philippo con ojos soñadores—. Conozco allí a una preciosidad, con pelo de azabache y una cintura que haría perder la cabeza hasta a ese maldito témpano de Dombrowsky —era evidente que el capitán polaco no gozaba de la simpatía del italofrancés—. Se llama Lola, y tiene unos ojos como para tirar a Letac del, ejem, caballo.
—Lola significa Dolores, ¿verdad? —preguntó De Bourmont—. Creo que se trata de un diminutivo, de un nombre familiar.
Philippo suspiró ruidosamente.
—Dolores... Lola... ¿Qué más da? ¡Cualquier nombre le sentaría bien!
—Me gusta —comentó Frederic, repitiendo varias veces el nombre en voz alta—... Lola. ¿Suena bien, verdad? Es algo elemental, salvaje. Muy español, sin lugar a dudas. ¿Es hermosa?
Philippo emitió un suave quejido.
—Ya lo he dicho. ¡Hermosísima! Pero lo que no saben ustedes es que ella fue, indirectamente por supuesto, la culpable de...
—Su último duelo —señaló De Bourmont.
—Ah, ¿conocen la historia?
—Todo el Regimiento conoce la historia —indicó De Bourmont con fastidio—. La ha contado usted veinte veces, querido.
—¿Y qué? —repuso Philippo, amostazado—. Aunque la haya contado cien, la historia sigue siendo la misma, y Lola sigue siendo Lola.
-A saber con quién estará ahora -comentó De Bourmont, guiñándole furtivamente un ojo a Frederic.
Philippo volvió a dar unas palmaditas en la empuñadura de su sable.
-Con quien seguro que no está es con aquel imbécil del Undécimo de Línea al que sorprendí una noche rondando la verja de su casa... Le dije que me acompañara a solventar la cuestión en un lugar discreto, y respondió que en el ejército francés está prohibido batirse. Eso a mí, ¡al teniente Philippo! Entonces lo seguí hasta su acuartelamiento y monté en la puerta tal escándalo que al pobre diablo casi lo sacaron a rastras sus compañeros para que no quedase deshonrado el nombre del Regimiento.
—Le dio usted un buen sablazo —recordó De Bourmont.
—Le di varios. Cayó como un saco de patatas, y se lo llevaron más muerto que vivo.
—Me informaron sólo de uno. Y de que se fue por su pie.
—Le informaron mal.
—Si usted lo dice...
Se quedaron un rato callados, escuchando el lejano fragor del combate que se desarrollaba tras los cerros. Los de infantería debían de estar pasando un mal rato, pensaba Frederic, atento a los estampidos.
—Una vez maté a una mujer —murmuró inesperadamente De Bourmont, como si hubiese decidido de pronto confesarse en voz alta. Sus compañeros lo miraron, sorprendidos.
—¿Tú? —preguntó Frederic, incrédulo—. ¡Esas de broma, Michel!
De Bourmont negó con la cabeza.
—Hablo en serio —dijo entornando los ojos azules como si le costase recordar—. Fue en Madrid, el día dos de mayo, en una de las callejuelas que hay entre la Puerta del Sol y el Palacio Real. (...) Los madrileños se habían amotinado y atacaban a nuestras tropas con lo que tenían a mano: pistolas, fusiles, esas navajas españolas largas... Había una barahúnda espantosa por toda la ciudad. Desde las ventanas nos descerrajaban tiros, echaban tejas y macetas, hasta muebles. Yo estaba de camino con un despacho para el duque de Berg cuando me sorprendió el tumulto. Unos chicuelos empezaron a apedrearme, y casi me derriban del caballo. Los espanté con facilidad y troté hacia la Plaza Mayor para dar un rodeo, pero allí, sin saber cómo, me vi atrapado entre el populacho. Eran una veintena de hombres y mujeres, y por lo visto unos mamelucos les acababan de matar a alguien a quien llevaban en brazos, chorreando sangre por la calle. Al verme se abalanzaron como fieras, blandiendo palos y navajas. Las mujeres eran las peores, gritaban como arpías y se agarraban a las riendas y a mis piernas, intentando derribarme del caballo...
Frederic escuchaba con suma atención, pendiente de (los labios de) su amigo. De Bourmont hablaba despacio, casi monótonamente, deteniéndose a veces como si se esforzara en ordenar unos recuerdos que jamás, hasta aquel momento, había sentido necesidad de expresar.
—Desenvainé el sable —prosiguió— y en ese momento recibí un navajazo en el muslo. El caballo se encabritó y por poco me tira de espaldas, con lo que habría sido hombre muerto en pocos instantes. Tengo que reconocer que yo estaba espantado. Una cosa es enfrentarse al enemigo, y otra muy distinta a una turba enloquecida y vociferante (que levanta hacia ti sus manos crispadas por el odio)... Bueno, el caso es que piqué espuelas para lanzar el caballo entre ellos y abrirme paso, mientras atizaba mandobles a diestro y siniestro. En ese momento, una mujer a la que apenas vi el rostro, pero de la que recuerdo perfectamente su toquilla negra y sus gritos, se agarró al bocado de mi caballo como si le fuese la vida en impedir que me largara de allí. Yo estaba aturdido por los golpes y el dolor del navajazo en el muslo y empezaba a perder la cabeza. Mi montura arrancó, sacándome de entre la gente, pero aquella mujer seguía agarrada, no me soltaba aunque la arrastré cuatro o cinco varas... Entonces le di un sablazo en el cuello y cayó bajo las patas del animal, echando sangre por las narices y la boca.
Frederic y Philippo, intrigados, aguardaron la continuación de la historia. Pero De Bourmont había terminado. Se quedó en silencio, contemplando las nubes con el cigarro humeante entre los dedos.
—A lo mejor también se llamaba Lola — añadió al cabo de un rato.
Y se echó a reír con una mueca amarga."

Dos mujeres, una belleza extrema, racial, meridional, vista y disfrutada una vez y puede que nunca más, pero de las que se quedan en el recuerdo (y llamada Lola, además), y otra anónima, de las de armas tomar (literalmente), de las que se remangan cuando los indios atacan el fuerte (o los franceses la honra de las españolas) y cogen el fusil en vez de chillar pidiendo que sea otro quien las salve. También ellas dos son tipos de mujeres que hemos visto más tarde en otras obras del territorio Reverte.

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Mensaje por grognard » Mié Ago 21, 2013 8:43 pm

—Una vez maté a una mujer —murmuró inesperadamente De Bourmont, como si hubiese decidido de pronto confesarse en voz alta. Sus compañeros lo miraron, sorprendidos. [...]
[...]En ese momento, una mujer a la que apenas vi el rostro, pero de la que recuerdo perfectamente su toquilla negra y sus gritos, se agarró al bocado de mi caballo como si le fuese la vida en impedir que me largara de allí. Yo estaba aturdido por los golpes y el dolor del navajazo en el muslo y empezaba a perder la cabeza. Mi montura arrancó, sacándome de entre la gente, pero aquella mujer seguía agarrada, no me soltaba aunque la arrastré cuatro o cinco varas... Entonces le di un sablazo en el cuello y cayó bajo las patas del animal, echando sangre por las narices y la boca.

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Mensaje por grognard » Mié Ago 21, 2013 8:45 pm

Grande hazaña, con muertos.
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Mensaje por Ada » Mar Sep 23, 2014 10:46 am

"El húsar" de Arturo Pérez-Reverte

Título: El húsar
Autor: Arturo Pérez-Reverte
Editorial: ALFAGUARA
Páginas: 219
Categoría: Novela histórica
Fecha de edición: 2004


Magnífica, ya está hecho el comentario, simplemente magnífica. Miren yo puedo andarme con florituras y filigranas variadas para engrandecimiento de la presente novela. Sobran, sobran todas. Fíjense la siguiente secuencia. compro el libro el viernes en una librería de ocasión de Cádiz. El sábado lo comienzo y me leo del tirón, ojo, del tirón las sesenta primeras páginas. Vuelvo a cogerlo esta mañana y a la hora de la comida estoy en la página 142. Y como el que no quiere la cosa, esta tarde me leo las 75 páginas que me faltan y concluyo las 217 páginas de novela.

Debo hacer pública admiración por la obra literaria de Pérez-Reverte, hasta el extremo que cada vez que me cruzo con él, suele venir de vez en cuando por Cádiz, no me paro ha molestarlo de admiración que siento.

La madrugada del viernes al sábado, a eso de las 0:17 subí una entrada hablando de la Guerra de la Independencia Española y de su segundo centenario. No es casual que, acto seguido, sobre las 0:58 subiera una entrada con una figura de una miniatura de un húsar. Es mucho menos casual que hoy comente esta novela, ya que también responde a mi intención de subir artículos dedicado a la Guerra de la Independencia.

Mi primera aproximación a la obra de Pérez-Reverte fue con la novela La sombra del águila (1993). Novela histórica sobre las guerras napoleónicas, Sobre la guerra de la independencia ha escrito, además de la hoy comentada, Un día de cólera (2007) y El asedio (2010). De la época napoleónica, a las cuatro mentadas, tenemos que añadir Cabo Trafalgar (2004)

"El húsar" es la primera novela de Arturo Pérez-Reverte compuesta y publicada en 1983. La presente edición, bien presentada en tapa dura y con la bonita sobrecubierta que he reproducido en esta entrada, es de 2004. Se trata de una edición revisada y corregida por el autor.

La sinopsis es una visión de la guerra, la de nuestra independencia en esta ocasión, a través del personaje principal el subteniente Frederic Glüntz, de 19 años, perteneciente al Primer Escuadrón del 4º de Húsares (por la descripción revertiana del uniforme, coincide en mucho con la figura que subí ayer).

Hay un personaje secundario, don Álvaro de Vigal, aparece en la página 128 y sale de la novela en la página 139. El discurso de este personaje tendría que ser materia obligatoria de estudio en 2º de ESO (antiguo, al menos por edad del alumno, 8º de EGB). Qué brillantez, qué capacidad de análisis sale de boca de don Álvaro, o si se quiere de la escritura de Pérez-Reverte.

La obra es intensa, dinámica y entretenida. Las escenas de las cargas de caballería, yo las imaginaba en "travelling" como en las pelis de Hollywood.

Advertencia para los aprensivos, algunas escenas, no es que sean "gore", es la crudeza de la maldita guerra.

Un saludo a todos/as.


Publicado por Manuel Martínez

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