'Cabo Trafalgar' (2004)

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Rogorn
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'Cabo Trafalgar' (2004)

Mensaje por Rogorn » Mar May 01, 2012 9:30 am

"No hay derrotas gloriosas"
Entrevista con Tulio Demicheli - Extracto en ABC - 24/08/2004 / Completa en La Voz de Cádiz – 10/10/2004

-Todo el mundo sabía que Arturo Pérez Reverte era un apasionado del mar. Sin embargo, hasta ahora su obra narrativa había tenido una vertiente periodística: las guerras y los corresponsales, el narcotráfico; y otra de vuelo literario: el siglo XVII.
-En realidad, la Marina del siglo XVIII es mi tema. Aunque no lo había tocado hasta ahora, le he dedicado muchos años, tengo una biblioteca enorme y yo mismo navego.

-¿Se trata de una novela o de un reportaje histórico?
-No es novela. La idea era contar la batalla en dos planos. En uno, se daría una visión actualizada; un repaso técnico, riguroso, de cuáles eran la estrategia y la táctica navales y de cómo se entablaba un combate en un barco de la época, para entender por qué se perdió. En el segundo plano se daría una versión personal: cómo veo las causas políticas, sociales e históricas por las que se produjo la derrota. El libro incluye muchos planos, gráficos, mapas... Está lleno de cosas. La idea es que el lector se sienta dentro del barco.

-Los españoles, los ingleses y el emperador culpan a Villeneuve. ¿Por qué sólo a él?
-Era un magnífico capitán de combate y un pésimo almirante. Un tipo muy valiente en lo personal, pero no tenía la capacidad táctica ni estratégica para la misión. Ahora bien, aquí hubo varios niveles de responsabilidad. Primero está Napoleón, que no sabía nada del mar; después, Godoy, que era el valido de Carlos IV y estaba totalmente entregado a las botas del emperador; es el que le dice a Gravina: «Trague todo lo que haga falta». Pero también está Gravina, a quien hago culpable, aunque nunca se le culpó mucho y no sé por qué, pues en vez de imponerse a la orden de salir de Cádiz, que era una barbaridad, sale del puerto y lleva a la gente a esa carnicería, cuando todos sabían que se corría un riesgo muy alto.

-Gravina pide autorización para actuar con independencia y se le niega.
-Pero eso ocurre cuando la batalla ya está desarrollada. Su responsabilidad viene de antes. Durante el combate lo hace bien, claro, como debe de ser. Era un buen marino. Pero él era responsable de la armada española, y si hay miles de viudas y huérfanos, se deben a él, porque no se opuso. Varios de sus hombres le habían avisado de lo que iba a pasar.

-Nelson también parecía conocer el desenlace.
-Su plan era magnífico. Y la victoria cambió la historia, porque le dio a Inglaterra el dominio del mar prácticamente hasta la Segunda Guerra Mundial.

-¿Se explica la derrota sólo por la genialidad de Nelson?
-Los ingleses eran profesionales. La Marina española era una gran marina, con buenos oficiales y buenos barcos, pero sin tripulaciones. Nuestros marinos de carrera eran de origen aristócrata, de familia noble. Pero mandaban tripulaciones de leva forzada, reclutadas en los tugurios, las cárceles, los hospitales y en los hospicios. Otros se hacían a la mar con pagas atrasadas, iban sin cobrar... En Trafalgar se embarcó diez días antes, algunos se mareaban… Aquello fue una escuadra de reclutas forzosos y desgraciados frente a una escuadra de profesionales.

-Entre la marinería se contaban más de setecientos grumetes y casi treinta pajes. ¿Alistaban niños?
-Donde ponía “grumete” no siempre era un niño; un tipo de treinta años reclutado borracho en una taberna era un grumete, simplemente porque no era un marinero cualificado. Claro que había adolescentes, casi niños.

-De haberse mantenido la formación de partida, que era ventajosa, ¿se habría ganado a los ingleses?
-El almirante José Ignacio González Aller, que es amigo mío y una autoridad en el tema, me ha explicado que la batalla estaba perdida de antemano por razones que sería largo detallar. Quizá el desastre hubiera sido menor, pero siempre una derrota.

-¿Hubiéramos podido tener una Marina moderna a la altura de la británica?
-En el XVIII se había logrado reunir a marinos ilustrados: navegantes, cartógrafos, científicos, gentes de élite... ¡Teníamos una Marina cojonuda! Lo que ocurría es que no había tripulación, ni motivaciones, ni experiencia. Era un desastre, como sigue siendo ahora, un caos. El desarrollo de nuestra Marina, que fue la envidia de ingleses y franceses, acaba en 1805; se hundió en la miseria por la incompetencia, la caspa, la cutrez, la ignorancia y la cobardía de los de siempre, de los Godoy... Se suele decir que Trafalgar fue una derrota gloriosa, pero no hay derrotas gloriosas y mucho menos en España.
Última edición por Rogorn el Mié Ene 16, 2013 11:14 am, editado 1 vez en total.

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Aceytuno
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Mensaje por Aceytuno » Mar May 01, 2012 1:36 pm

¡Pedazo de libro! Lo tengo entre el de Galdós y el de Luís Delgado (Bennet está castigado al estante bajo, por inglés). Novela, vale, pero incluso si a alguno le mola la historia naval de la vela es un buen principio. Un barco falso, un capitán falso, el resto clavao.

Y si te va gustando, ya vendrá luego Fernández Duro.

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Victoria
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Mensaje por Victoria » Mar May 01, 2012 5:41 pm

¿Libro? Es mucho más.
A mi me parece un verdadero regalo. Cada vez que lo leo disfruto como una enana.
Hasta mi chico –que es opuesto a mi en todo y en consecuencia jamás coge un libro– se lo está leyendo después de echarle un vistazo a la primera página. Y eso, se lo aseguro, es casi milagroso.
Por no hablar del trabajo de documentación que hay detrás de algo así.
Lo del barco ficticio... se ve que algún miembro de la Junta de Andalucía o la diputación provincial correspondiente se saltó el prólogo, porque el barco en cuestión aparece en los carteles del faro Trafalgar ubicado entre los reales.
:twisted: :twisted: :twisted: :twisted: :twisted:
La única salvación de los vencidos es no esperar salvación alguna.

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Rogorn
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Mensaje por Rogorn » Mié May 02, 2012 10:10 am

La Andalucía de Pérez-Reverte
Antonio Burgos - ABC - 07/10/2004

Siempre envidio a Arturo Pérez-Reverte. Por cómo escribe. Por cómo es. Por cómo se atreve a decir lo que piensa. Por su temple para saber hacerse perdonar el éxito, con sus millones de lectores. Un caballero de la escritura. A quien envidié más todavía la otra tarde. Le acabábamos de dar el premio Romero Murube. Estaba cayendo el sol. Lo llamé al teléfono móvil para felicitarlo. Y lo envidié como nunca lo he envidiado: estaba en Cádiz. A la hora más hermosa de Cádiz, la que marca el reloj del sol que se pone en la mar, horizonte de esa joyería de piedras preciosas que es La Caleta. Lo envidié como aquella mañana que, a bordo del viejo 'J.J.Sister', con Miguel de la Quadra, íbamos por medio del Atlántico rumbo a las Antillas, nos cruzamos con un carguero y le dije a Alfonso Ussía:

-Fíjate la suerte que tienen los de ese barco: van a Cádiz.

El barco de Pérez-Reverte siempre va a Cádiz, siempre viene a Sevilla. Está, como Sanlúcar, como las ruedas del vapor 'San Telmo', entre Sevilla y Cádiz. Ha llegado a la sublimación villaloniana: el mundo se divide en dos grandes partes, Sevilla y Cádiz. Le ha puesto el nombre de una novela a cada una de las dos partes. A Sevilla, 'La piel del tambor'; a Cádiz, 'Cabo Trafalgar'. ¿Qué tienen nuestras ciudades que cautivan a los grandes escritores? No sé si Arturo Pérez-Reverte, de mayor, querrá ser sevillano o gaditano. Una de las dos cosas, seguro. O quizá se ha hecho ya mayor, andaluz esencial. De esta Baja Andalucía donde están las últimas estribaciones de Grecia y Roma. Como un cargador de Indias genovés o un comerciante placentino, Pérez-Reverte se ha sentido en nuestras ciudades como en su propia tierra. Las conoce y las ama. Más que las conocen y las aman muchos sevillanos, muchos gaditanos. Sus novelas son hijas del amor.

Una noche madrileña entré a cenar en Casa Lucio y el famoso Pérez-Reverte estaba en la barra. No lo conocía personalmente. Se me acercó sin darse la menor importancia, y con la generosidad de su nobleza me dijo:

-Yo daría cuanto he publicado por haber escrito tus 'Habaneras de Sevilla'. Te las cambiaría a pelo, sin mirar...

Yo ahora, Arturo, te daría cuanto he escrito sobre Sevilla y Cádiz por tu amor a las dos ciudades que has hecho tuyas. Por tu conocimiento de sus claves. Puedes estar tranquilo. Ya existen la Sevilla de Pérez-Reverte, el Cádiz de Pérez-Reverte. Ayer evocabas tu Sevilla a Pepe Arenzana: «La Semana Santa, la Feria, el Betis, no son la Sevilla a la que me refiero. Cuando digo que la amo, hablo de una conversación sorprendida en un bar, de dos señoras charlando con el carrito de la compra volviendo de la plaza, unos amigos cenando en Casa Becerra o ver amanecer frente a la Maestranza y sentirse como Juncal». Bingo. Una Sevilla sustancial, con mucha América dentro, con mucho río, mucho silencio de cal, de patio, de siesta, de piano de una solterona que llora con un vals de Chopin amores que se fueron a Cuba. Y de Cádiz, más de lo mismo. Un Cádiz de torres miradores desde las que todavía (como en 'Un siglo llama a la puerta' del olvidado Ramón Solís) se están oyendo los cañonazos de la batalla de Trafalgar, entre humaredas de muerte en el 'San Juan Nepomuceno' o el 'Santísima Trinidad'. Cádiz empezó a perder las colonias aquel día de miradores y olor a pólvora. En esas colonias sigue viviendo, caballero indiano, este Pérez-Reverte que nos ha dado el testimonio de amor por ambas ciudades. Tan en nuestras claves, que al mercado lo llama plaza. Y que se sabe de memoria el letrero que Felipe Martín puso en su mesón viñero a la escamada plata caletera, y que inmortalizó en una novela: «Casi tós estos pescaos han trabajado de extras en las películas del Comandante Costró».

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Rogorn
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Mensaje por Rogorn » Jue May 03, 2012 9:54 am

Pérez-Reverte combate en Trafalgar
Jacinto Antón - El País Semanal - 10/10/2004

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¡Pumba pumba! ¡requetepumba! ¡raaaca! ¡raaaca! El cuadro, que muestra un realista panorama de la batalla de Trafalgar, parece una ventana, acaso la porta del cañón de un navío de tres puentes, y uno siente la imperiosa necesidad de agacharse, no le vayan a volar, ¡huy!, limpiamente la cabeza, como al pobre capitán George Duff, del ‘Mars’, de 74 cañones, cuyo hijo de 13 años, que navega de guardiamarina en el mismo barco, se vio obligado a enviar la luctuosa noticia a su madre: “Mi querida mamá, no sabes lo difícil que es comenzar esta melancólica carta...”. Después de leer ‘Cabo Trafalgar’, la nueva, sensacional novela de Arturo Pérez-Reverte (Alfaguara), un cruce de ‘La sombra del águila’ y ‘El húsar’, a la vez jocosa y terrible, que revive como nunca el gran desastre naval -“¡azotar a esos obenques joder!”, “amarrad, me cago en mis muelas!”, “cagüentodo, tirad, coño, tirad; una panda de nenazas es lo que sois”- la coqueta sala del Museo Naval de Madrid dedicada a la batalla parece llena de humo, de alaridos y del acre olor a la pólvora. Por no hablar de que eso ahí en el suelo, junto a la pequeña pirámide de mortíferas balas de hierro recuperadas del pecio del ‘Bucentaure’, el buque insignia francés, donde enarbolaba su insignia el desgraciado -“cenutrio”, escribe Pérez-Reverte- almirante Villeneuve, parecen, Dios no lo quiera, los sesos desparramados del segundo oficial Oroquieta, uno de los personajes del relato (el arrugado objeto resulta ser finalmente un folleto del que se ha desprendido algún irrespetuoso turista).

Pérez-Reverte se ha inventado un barco español de 74 cañones, el ‘Antilla’, y lo ha metido en el fregado de Trafalgar “60 navíos, 5.940 cañones, 40.000 hombres arrimándose candela”- para mostrarnos, a través de los ojos de su tripulación, aquella tremebunda jornada y de paso su visión personal de España (y cabría añadir de la vida, y de los asuntos como el coraje y la cobardía, y la pasta de la que están hechos los verdaderos héroes). “He querido contar la batalla, la tragedia de la muerte de tanta gente y del fin de la marina ilustrada del XVIII, de toda una España que pudo ser y no fue”, dice el novelista. “Y he querido que la pudiera entender todo el mundo”.

No espere el lector encontrar en ‘Cabo Trafalgar’ el mismo material que en las novelas del finado escritor británico Patrick O’Brian: allí, en las aventuras de Jack Aubrey y Stephen Maturin, los capitanes no se hurgan la nariz, ni aparecen los oficiales pegando una meadilla bajo el bauprés, en los jiñaderos de la tripulación; el vigía no afirma desde la cofa que se ve menos que por el culo de un muerto, ni los suboficiales sueltan frases de tanta enjundia como "te quitas de ahí, tontolpijo, o te arranco los huevos y me hago un llavero".

Mientras este enviado especial al desastre del 21 de octubre de 1805 espera en el Museo Naval al escritor para hablar de su novela, los fantasmas conjurados por la misma se materializan de manera estremecedora. Un resplandor espectral parece brotar de la vitrina funeraria de Gravina, en la que pueden verse su macilento bicornio, sus condecoraciones y su espadín. La insignia del mismo almirante -jefe de la división española de la flota hispano-francesa que combatió en Trafalgar- trata de flamear con un hálito postrero, ajada y perforada en otra vitrina. Y arriba, en la pared, los angelitos del lienzo ‘La Santísima Trinidad’ que presidía la cámara de popa del gran barco español del mismo nombre, el navío más poderoso del mundo (¡4 puentes!, ¡136 cañones!), revolotean asustados como tratando de evitar desesperadamente la andanada inglesa que dejó un rotundo agujero en el ángulo izquierdo de la pintura. En el gran cuadro de la batalla, con 60 navíos de línea enzarzados en combate, siguen silbando las balas como en la novela de Pérez-Reverte, ¡raaaaca, raaaaca! Con un poco de imaginación puede avizorarse la sangre que chorrea por los imbornales de los barcos. "Acaban de bahá al guardiamarina má shico; sin piernas iba, el pobrete, shorreando", relata el primer carpintero Garlopa, gaditano, en un pasaje de ‘Cabo Trafalgar’.

Se impone huir de allí; pero, a la altura del patio central del museo, una sombra alargada brota amenazadora, pisando fuerte, con cara de pocos amigos, de detrás de la gran maqueta del ‘San Juan Nepomuceno’, el navío de 74 cañones de don Cosme Churruca. Es Arturo Pérez-Reverte, y viene del dentista. "Vaya mariconada de sable", dice señalando el arma ornamental que le regaló Napoleón al malhadado capitán español, y que se exhibe junto a su barco. Ante Pérez-Reverte, delgado, correoso, con intenso bronceado de navegar y expresión de que le han escatimado la anestesia, los fantasmas del Museo Naval palidecen. "Este salao mandaba el Santa Ana, de 112 cañones", señala ante el cuadro de Ignacio María de Álava y Sáenz de Navarrete. "Pelearon de puta madre, las cosas como son", establece. "Ah, Gravina", apunta hosco ante el retrato del almirante, "a ése le echo yo la culpa del desastre".

Con familiaridad, el novelista se asoma al cuadro de la batalla de Trafalgar y lo descifra. "Los primeros momentos del choque. El mar estaba con algo de marejadilla, soplaba muy poco viento. El cielo tenía ese aspecto desvaído. Ahí, en primer plano, está el ‘Royal Sovereign’ de Collingwood rompiendo por el centro la línea de la escuadra combinada hispano-francesa, y algo más allá puede verse el ‘Victory’ de Nelson en trance de hacer lo mismo. Los dos navíos ingleses más grandes encabezaban las dos columnas de la flota que, con un par, arremetieron perpendicularmente contra el combinado hispano-francés, dispuesto desordenadamente, más que en una línea, en un cruasán. Luego vinieron las melés de barcos; los sartenazos a tocapaños, penal a penal; los abordajes". ¡Raaaaca, raaaaca!, insiste el cuadro. ¿Suenan de verdad así las balas, como se describe en ‘Cabo Trafalgar’? "Por supuesto, como si se rasgase una tela, eso me lo conozco yo bien", asegura el novelista sin apartar la mirada del lienzo. "Lo peor eran las astillas, aguzadas como puñales, que saltaban al impactar un cañonazo contra el barco".

Uno de los navíos que reciben el embate del ‘Royal Sovereign’ es el de 74 cañones francés ‘Fougueux’, que hizo los primeros disparos de la batalla. Lo apresaron los ingleses y acabó hundiéndose. El Museo Naval exhibe algunas piezas recuperadas del pecio bajo el agua: un largo perno, una bomba de achique y ¡la empuñadura de un sable francés! Patrick O'Brian guardaba como una de sus posesiones más preciadas -aparte del whisky- un clavo del ‘Victory’. Pérez-Reverte no se impresiona. Él tiene una reliquia equivalente, recalca: un clavo del casco del ‘Santísima Trinidad’ que le regaló un amigo buzo, y además un tornillo de la torreta Berta del acorazado ‘Graf Spee’ obtenido por un buceador uruguayo, ¡toma ya! No le va a impresionar que su interlocutor posea una insignia de la guerrera del conde Almásy.

Apoyado en una réplica a tamaño natural del palo mayor del Santa Ana, rodeado de maquetas de barcos, cuadros y modelos de cañones y carronadas, el escritor proclama su amor apasionado por el mundo de la navegación a vela de los siglos XVIII y XIX. "Esos barcos son la cima de la ingeniería naval; ni los portaaviones, ni los submarinos nucleares, se les pueden comparar. Eran de una belleza y una grandiosidad inenarrables. Todo estaba en ellos calculado, equilibrado. Y nosotros teníamos los mejores del mundo".

Unas horas después, tras someterse con semblante de corsario a la sesión de fotos en el museo, el novelista se acomoda en una mesa del café Gijón para comer y pide una coca-cola. Como ya se le ha exprimido mucho en el Museo Naval, poniéndole al límite de su paciencia, parece el momento de entregarle un pequeño obsequio propiciatorio: un grabado en el que se ve a un coracero francés muy chulo, sable en mano, en una calle de Madrid, rodeado de una masa de estrafalarios personajes nacionales, malcarados y patilludos, entre ellos varios curas, que tratan de arrojarle del caballo, envidiosos sin duda. A ver si aprecia la metáfora. "Bonito, éste no lo tengo. Pero no es un coracero, amigo, es un dragón". Mecachis, es cierto, vaya fallo. En fin, a la conversación.

"Si cualquier persona de la flota cometiera el desnaturalizado y detestable pecado de sodomía con hombre o bestia, será condenado a muerte", reza el artículo 29 de las ordenanzas navales inglesas de 1749, y que eran la ley en los barcos de Nelson -recuérdese el episodio narrado por O'Brian entre un marinero de primera clase y una cabra-. ¿Teníamos algo por el estilo nosotros? ¿Pudo afectar eso a nuestra armada? Pérez-Reverte hace una mueca. "Las ordenanzas españolas de 1802, las que regían en el momento de Trafalgar, eran muy estrictas en materia de blasfemia. En eso se insistía mucho, como aparece en mi novela. Los oficiales españoles eran muy religiosos. Los ingleses, en cambio, se preocupaban sobre todo de la indisciplina. Eso muestra lo que interesaba a cada cual. Así les iba a los ingleses y así nos fue a nosotros. Lo de la sodomía, en respuesta a tu pregunta, no, no estaba contemplado. Supongo que era algo que resultaba inimaginable en la flota española".

Nelson, el toque Nelson. Se ha dicho que su maniobra en Trafalgar fue muy arriesgada: entrando de frente, ellos no podían disparar, y en cambio recibían todo el fuego de los barcos españoles y franceses. De haberlos inmovilizado, la maniobra se habría ido al garete. Pérez-Reverte chasquea la lengua. "Nelson hace ese ataque porque sabe con quién se juega los cuartos. Sabe que el enemigo no lleva buenos artilleros, que no mantiene bien la línea, que la vanguardia de Dumanoir navega muy lejos". El francés Dumanoir no dio la vuelta, y eso hizo el combate aún más desigual. "En Trafalgar hubo mucho mal rollo. Hubo barcos franceses y españoles que no combatieron nada. Tienes los 205 muertos y los 108 heridos del ‘Santísima Trinidad’, o los 100 y 150, respectivamente, del ‘San Juan Nepomuceno’, y el ‘San Justo’, con sólo siete heridos. En esa batalla hubo hostias para todos, y el que no se las llevó es porque no se acercó bastante, no ayudó a los suyos, y para eso no hay excusa. Cuando estás, tienes que estar".

"He querido meter al lector en la batalla, que la viviera desde dentro, combinando un rigor absoluto en lo histórico y en lo naval con una narración comprensible e interesante para el público no especializado", está diciendo ya el novelista. "Ése era el desafío. Incluyendo también una visión de lo español y de España, de la sombría tragedia de ser español; eso es una constante en nuestra historia desde los iberos hasta el 11-M. Siempre la pobre gente paga el pato, a manos de imbéciles, incompetentes y canallas".

El lenguaje de ‘Cabo Trafalgar’ -lleno de onomatopeyas ("¡garps!", "¡fiu!"), divertidísimas mezclas de idiomas ("grande poutade", "yenesepá", "pocapiché", "gou, gou, jarriap"), anacronismos ("espidigonzález", "fashion")- es una de las grandes bazas de la novela. Hay mucho humor. "He tratado de hacer tragable el pestiño técnico-naval, y el humor era fundamental. Además, el humor es la única manera de hablar de un episodio de España como éste sin llorar; si no, sería insufrible. Te ríes, sí, pero es un humor negro, trágico. Hay un fondo desolador, como lo hay en la serie del capitán Alatriste y en ‘La sombra del águila’. Cada vez que hago novela histórica me pongo de mala leche. Esa mezcla de incompetencia y dejadez... Se le exige todo a la gente y luego se la deja tirada. Cuando uno analiza lo que fue Trafalgar es para pegarle fuego a este país, un país que permite que algo así fuera posible y lo siga siendo. Piénsalo: miles de desgraciados, sin preparación, sin motivación, metidos a la fuerza en barcos y llevados a una carnicería. Pues estaba claro que los ingleses, enemigos implacables y entrenados, nos iban a cortar la línea, y los huevos. Nos iban a dar hostias hasta en el cielo de la boca. Estaba cantado. Todo para que Godoy quedara bien con Napoleón, porque ese hijo de puta que se tiraba a la reina quería estar a bien con el Petit Cabrón. Teníamos barcos cojonudos, los mejores del mundo, y unos oficiales de marina modernos, eficaces, ilustres, científicos reconocidos. Pero, en cambio, no teníamos tripulaciones. Así que se llenaron los barcos de pobre gente con levas forzosas y se los envió a la escabechina. Fue una monstruosidad. Que cojan al hijo de puta que hizo eso y me lo cuelguen. Sin humor es imposible tragar eso".

‘Cabo Trafalgar’ es una novela coral, con un abanico de personajes inolvidables. "Fue una batalla que se desarrolló a lo largo de varias horas, en un arco de cinco millas, casi diez kilómetros. Quería contarla desde varios niveles, y he tomado cuatro puntos de vista. Un marino francés en una embarcación ligera (una balandra o cúter), y, a bordo del navío ‘Antilla’, tres personajes: el capitán De la Rocha, arriba en el alcázar, el guardiamarina de 16 años Falcó, y el recluta a la fuerza Marrajo, un rufián, en la batería".

El capitán y Marrajo son los dos personajes principales. ¿Por dónde van las simpatías personales de su creador? "La cuestión básica es el héroe. Yo he visto héroes. En Beirut Sarajevo, El Salvador, el Sáhara. Sé de dónde salen, dónde se forjan y en qué momento. El héroe verdadero no tiene nada que ver con la iconografía al uso. Yo quería explicar de dónde salen los héroes de Trafalgar. El marino profesional, funcionario, que se limita a cumplir con su deber o un borracho embarcado a la fuerza, en circunstancias determinadas pueden ser lo que la sociedad llama héroes. Quería que el lector asistiera al nacimiento, la eclosión, el cuajar del héroe. Lo que los suele llevar a eso, a serlo, es una mezcla de rabia y vergüenza torera. En ‘Cabo Trafalgar’ se ve cómo un tipo sin motivación puede acabar peleando como una fiera. Decide vender cara su piel y lo hace".

Pérez-Reverte, que ahora ataca un entrecó y se va apaciguando, tiene un flaco por esa gente que dio el callo en Trafalgar. "Trafalgar es un ejemplo de lo peor de España, pero también muestra algo de lo bueno: muestra la dignidad y la decencia con que la gente, la simple gente, actúa en una tragedia. Trafalgar te hace horrorizarte de ser español, pero al tiempo, por esa gente, te reconcilia con el hecho de serlo. Al final la gente es la gente, en Trafalgar, en el Dos de Mayo y en el 11-M. Desde Viriato hasta ahora, los políticos de mierda no se merecen a la gente que les vota".

Trafalgar significa la muerte de la marina ilustrada española del siglo XVIII. "¡Eran militares que leían! Astrónomos, matemáticos, ingenieros, naturalistas. Respetados en toda Europa por sus tratados científicos. Y todo eso se fue pudriendo primero por la dejadez de los Gobiernos, canallas de ministros, bajeza de reyes. Sólo quedaba la fachada, los barcos, que eran cascarones vacíos, como lo era toda España. Las pagas de los oficiales no llegaban. A Churruca, recién casado con un yogurcito joven, le debían nueve, y tenía que dar clases para conseguir algo de dinero. Los comandantes pagaron de su bolsillo, empeñándose, la pintura de sus barcos para no tener que avergonzarse de su estado delante de los franceses. Trafalgar es la lápida sobre el siglo XVIII, la Ilustración, las ideas. Es el fracaso de esa España que pudo ser y no fue. Por eso emana de la batalla una tristeza tan grande, aparte de la derrota y de los muertos. Fue el final de una casta ilustre de marinos valientes, quemados en esa hoguera sin sentido".

Pérez-Reverte describe de una manera estupenda, hilarante en grado sumo, ese espeluznante consejo de guerra en el que los españoles, que consideran muy inteligentemente que no hay que salir de puerto para enfrentarse a la muy superior flota de Nelson, deciden hacerla en última instancia para que no les tachen de cobardes los franchutes. Cuando el almirante francés Magan pone en duda el valor español. Alcalá Galiano, comandante del ‘Bahama’, le invita a salir afuera con una espada en la mano y apunta que a la señora madre del almirante galo se la tiran pagando en el barrio chino de Marsella. Finalmente, Gravina se pone en pie y dice: "A la mar ahora mismo todos. Y maricón el último". Frase no atestiguada por la historiografía al uso, pero elocuente.

"Es mi momento favorito, ese grito de '¡marica el último!'. Saben que van a morir, que no hay la mínima posibilidad de ganar a Nelson, ese jabugo, pata negra de los mares; pero salen por vergüenza torera. Yo culpo a Gravina por eso; debía haber dicho no". Ah, el pundonor... "Es un pundonor que no se apoya en nada. Que se lleva por delante a 5.000 desgraciados y deja un montón de huérfanos y viudas. Haber salido tú solo a que te volaran los huevos". Ejem, la batalla está descrita con un realismo digno de ‘Salvar al soldado Ryan’. "Tengo una ventaja: a mí las batallas no me las tiene que contar nadie. Sé cómo suenan las balas al pasar, cómo suenan al entrar en la carne. Y eso se nota. También sé que el heroísmo nace del cabreo y del compañerismo".

Resulta singular eso de que en Trafalgar combatieran 60 navíos -33 en la combinada hispano-francesa-, y Pérez-Reverte, como si no tuviera bastante con ellos, haya tenido que inventarse uno más, el susodicho ‘Antilla’, para contar la historia. "Paradójicamente, el rigor me hacía imposible usar uno de verdad", explica el novelista armador. "Hay datos que no figuran en los documentos, y para no falsear lo que hizo tal o cual barco, para no estar encorsetado, me tenía que inventar el mío. Ofrezco un relato tan pormenorizado -tantos agujeros en las velas, el color del pelo del timonel, la caída del mesana- que no podía achacar todas las acciones que describo a un navío verdadero sin traicionar la realidad. Por ser riguroso, no he podido usar un barco de verdad". Vaya, pues Galdós en su ‘Trafalgar’ escogió el ‘Santísima Trinidad’ -"Escorial de los mares", decía-, nada menos. "El relato de Galdós es excelente, pero comete errores navales y técnicos. Aunque hay que recordar que él no disponía de todos los datos".

El ‘Antilla’ -la ‘Surprise’ de Pérez-Reverte- no existió, "pero está construido de otros muchos barcos que sí estuvieron en la batalla. Es un destilado de todos ellos". Pérez-Reverte mete su barco inventado en la vanguardia de la flota porque así puede ver la batalla en sus inicios desde fuera. Luego, en un arranque de gallardía de su comandante, lo hace navegar en apoyo del centro y caer en el peor de los fregados. "Paso del plano general, metiendo un 200m, al plano corto". La perspectiva obliga a que uno de los grandes héroes populares de Trafalgar, Churruca, apenas salga en la novela. "Estaba a la cola, en mi relato es sólo un barco al final de la línea" .

Es triste pensar que aquel episodio legendario en que Churruca metía la pierna mutilada en un barril de pólvora para aguantarse de pie en el alcázar, en realidad corresponde a un capitán francés, Dupetit-Thouars, del ‘Tonnant’, que introdujo las dos piernas, destrozadas por un cañonazo, en un tonel en la batalla de Aboukir. Al menos sí será verdad que Churruca ordenó clavar la bandera del ‘San Juan Nepomuceno’ para que nadie pudiera arriarla, o lo de la manzana de Collingwood, que el almirante inglés lanzó a la cubierta del ‘Santa Ana’, de tan cerca como pasaron al romper la línea. "Todas esas cosas..., en fin, si non é vera... La historia se hace con esos materiales. A mí me impresiona esa imagen de los fuegos que se van apagando; los barcos que dejan de disparar, que caen en poder del enemigo. Yo he visto eso. Los amigos rodeados a los que no puedes ayudar, el fuego que se debilita hasta que cesa. En Etiopía, en 1977. Yo estaba con los eritreos". Pérez-Reverte se sumerge en recuerdos que lo llevan muy lejos.

La mención de Patrick O'Brian es un buen cabo para traerle de nuevo al presente, a Trafalgar. El principio de su novela, con el cúter de 16 cañones ‘Incertain’ encontrando al enemigo tras una cortina de niebla y recibiendo una andanada, recuerda al inicio de la película ‘Master & Commander’. "Lo mío estaba escrito antes de que se estrenara la película, una película que por otro lado me parece sensacional y con la que me solazo cada día", replica, de nuevo en plena forma, Arturo Pérez- Reverte. "En todo caso, ése es un episodio frecuente en el mar y que usa cualquiera". O'Brian nunca describió en sus novelas la batalla de Trafalgar y siempre prefirió los combates de pocos navíos. "No sé qué hubiera pasado si hubiera descrito Trafalgar. O'Brian, espléndido narrador, el mejor literariamente hablando en el terreno naval, no era bueno en navegación ni en la descripción del combate. Alexander Kent [el autor de la serie del marino Bolitho (editorial Noray)] es superior en ambas cosas, siendo muy inferior en escritura. Trafalgar es una batalla muy complicada, hace falta conocer muy bien las maniobras navales y la estructura de los buques, no sé si O'Brian hubiera salido con bien de una gran batalla naval". Parece que, de experiencia bajo el fuego, Patrick O'Brian no tuvo mucha. "Te juro yo que no. ¿Has leído a Monsarrat? [Nicholas Monsarrat, el autor de ‘Mar cruel’ (Península), el mejor relato que se ha escrito sobre la batalla del Atlántico, la lucha de los convoyes contra los submarinos nazis]. Ése sí que estuvo en combate. También te aseguro que O'Brian jamás manejó las velas de un barco". Dan ganas de defender a O'Brian, pero, en fin, que lo haga la escuadra inglesa. Es cierto que sus marinos no hablan como los de Arturo Pérez-Reverte, pero es que O'Brian prefería ser Jane Austen, y Jane Austen no hubiera escrito nunca: "Vamos a disparar este puto cañón para darles bien por el culo y que no vuelvan a joder. Se la vamos a endiñar hasta las pelotas, y con metralla, que a esta distancia es mano de santo y lo que más cunde" (‘Cabo Trafalgar’, página 236).

Pérez-Reverte, que ha tardado seis meses en escribir su libro y otros tantos en preparado, ha acumulado una cantidad ingente de documentación sobre Trafalgar. "De hecho, es un libro que llevo preparando toda la vida. Está anunciado ya en ‘La carta esférica’, en el que aparece el sable de abordaje del capitán De la Rocha, y en ‘La Reina del Sur’, en el que la protagonista tiene un cuadro donde aparece el combate del ‘Antilla’ con el ‘Spartiate’ del capitán sir Francis Laforey. Siempre he estado interesado por la navegación a vela de la época, enamorado de los navíos de 74 cañones y obsesionado con Trafalgar. Tengo y he leído todos, todos los documentos sobre la batalla. Sé los quintales de pólvora que llevaba cada buque, la cantidad de judías secas, el nombre de los tripulantes. Pero escribir una novela es como construir una casa: cuando acabas has de retirar el andamiaje. Ése es el error de mucha gente al hacer novela histórica, que quieren que les luzca el trabajo y no quitan el andamiaje".

¿Y qué ha sido de los barcos hundidos? "Están ahí. El ‘Santísima Trinidad’ está perfectamente localizado. Pero estamos en España y no se ha hecho nada. Somos el único país europeo que parece como si se avergonzara de su pasado. Imagínate que esos barcos los tuvieran los ingleses. Los habrían excavado. El año que viene es el 200º aniversario de la batalla de Trafalgar -al que yo me adelanto-; seguro que los ingleses preparan un programa apabullante de actos. En cambio, aquí no dudes de que no se va a hacer nada. En España, la historia no da votos ni dinero".

En la novela de Pérez-Reverte aparecen retratados con admiración algunos franceses. Es verdad que el minúsculo capitán Lucas (1,45 metros) se portó como un león con su ‘Redoutable’. "Se abarloó con el ‘Victory’, un navío muy superior, con la cubierta mucho más alta, ¡y hasta trató de abordarlo usando de puente el penol principal que había atravesado la barandilla enemiga! Si lo hubiera tomado, hubiera sido una gran hazaña. Sus tiradores mataron a Nelson. Pero el ‘Temeraire’ inglés fue en ayuda del ‘Victory’ y le endilgó al ‘Redoutable’ una andanada de aquí te espero con todos sus cañones, que le causó 200 bajas instantáneas al francés". ¿Qué le parece al novelista la revisión que se ha hecho en Francia de la relación de Napoleón con el mar? "A Napoleón le interesaba el mar sólo como medio de transporte. En realidad, nunca lo entendió. La operación que condujo a Trafalgar es un ejemplo claro. Bonaparte diseñó una estrategia global estupenda, con un engaño, un amago genial, para propiciar el desembarco de sus tropas en Inglaterra; pero falló en que no entendía que la fortuna de guerra en el mar es otra, tiene sus propias reglas, diferentes a las de tierra. Napoleón vio el mar como estratega, no como marino. y se rodeó de pelotas incompetentes".

El tiempo pasa, pero la pasión de Pérez-Reverte por Trafalgar no disminuye. Las andanadas por popa, tan destructivas -de una sola, el ‘Victory’ le causó 400 muertos y heridos, y le desmontó 20 cañones, al ‘Bucentaure’-; había dos parejas de barcos que se llamaban igual en Trafalgar, dos por cada bando -un ‘Achilles’ francés (que explotó) y uno inglés, y otros tantos ‘Swiftsure’-; el teniente Smith, del pequeño ‘Africa’, de 64 cañones, subió al ‘Santísima Trinidad’ para hacerse cargo de la presa creyendo que se había rendido, pero resultó que no y tuvo que salir por piernas... Las historias siguen y siguen, fascinantes. Es cierto que aún no ha tenido que prodigarse en promocionar su libro.

Llegado el café, y como su interlocutor tampoco arría el pabellón, el novelista vuelve al principio de todo, no nos hayamos perdido algún detalle. Con un gesto digno del general Feversham explicando en ‘Las cuatro plumas’ su decisiva intervención en Balaclava -"cañones, cañones, cañones"-, Arturo Pérez-Reverte aparta de un papirotazo una patata frita y dispone sobre el arrugado mar blanco del mantel tenedores y cucharas que ha cogido a puñados de la mesa de servicio. Ahí está la línea hispano-francesa y por ahí llega Nelson. Vamos a ello. ¡Pumba, pumba! ¡Requetepumba! ¡Raaaaca, raaaaca!

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Mensaje por Adeletheresa61 » Jue May 03, 2012 10:56 pm

Gracias Rogorn. Merece la pena una visita. El original esta en Portsmouth.
Pongo un enlace

http://www.charterworld.com/news/wp-con ... ictory.jpg

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Mensaje por Violette » Sab May 05, 2012 9:16 am

Adeletheresa61 escribió:Gracias Rogorn. Merece la pena una visita. El original esta en Portsmouth.
Pongo un enlace

http://www.charterworld.com/news/wp-con ... ictory.jpg


Cuánto mundo me queda por ver...

¡me han regalado este libro ayer! estoy deseando acabar con los que tengo entre manos para empezarlo...
¿Para qué sirve un libro sin imágenes ni diálogos?

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Mensaje por Adeletheresa61 » Sab May 05, 2012 3:17 pm

Violette escribió:Cuánto mundo me queda por ver...

¡me han regalado este libro ayer! estoy deseando acabar con los que tengo entre manos para empezarlo...


Mucho mundo me queda también....Tengo unas fotos de yo y mi hermano en el Victory. Tenía 15 y el 13 y fuimos en familia. Mirando a las expresiones en nuestras caras habíamos tenido una bronca monumental con mis padres ó entre nosotros.

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Mensaje por Violette » Dom May 06, 2012 6:56 am

Adeletheresa61 escribió:
Violette escribió:Cuánto mundo me queda por ver...

¡me han regalado este libro ayer! estoy deseando acabar con los que tengo entre manos para empezarlo...


Mucho mundo me queda también....Tengo unas fotos de yo y mi hermano en el Victory. Tenía 15 y el 13 y fuimos en familia. Mirando a las expresiones en nuestras caras habíamos tenido una bronca monumental con mis padres ó entre nosotros.


Quizá sea momento de intentar volver y recuperar otra expresión para aquel lugar... personalmente algunas veces me enfada que algunos lugares que me gustan mucho se queden asociados a un sentimiento pesaroso.
¿Para qué sirve un libro sin imágenes ni diálogos?

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Mensaje por Rogorn » Dom May 06, 2012 10:25 am

A bordo de la Historia
Luis Domingo - ABC - 10/10/2004

Arturo Pérez-Reverte. Escritor, periodista y académico. El autor ha propuesto en 'Cabo Trafalgar' no sólo una revisión de la histórica batalla, sino una reflexión sobre lo que llevó a España a una derrota trágica. Entre ficción y ficción, entre artículo y artículo, el escritor Arturo Pérez-Reverte ha encontrado en la historia española lo que la historia, en general, suele ofrecernos si le damos una mínima oportunidad: motivos para reflexionar sobre lo que somos y por qué lo somos, además de un estimulante desafío para la imaginación. Vivimos entre los vestigios del pasado, pasamos entre paredes que ocultan documentos ignorados, que tal vez nos iluminarían. Nos observan desde sus retratos personajes grandes o patéticos, colgados en los pasillos oficiales y en las esquinas menos transitadas de los museos. Hasta podríamos rastrear entre nuestras palabras de todos los días las que incorporaron acontecimientos de los que ya no tenemos recuerdo.

No es que Pérez-Reverte se haya apuntado a la moda -legítima- de la «novela histórica», sino que, hace años, consideró la posibilidad de investigar la historia que realmente fue, y ofrecérsela a sus lectores como una obligación personal, harto, tal vez, -lo de tal vez es una tontería: quien siga sus artículos sabe de la firmeza de ese hartazgo- de ver y oír bobadas a costa de la ignorancia de nuestro pasado, de soportar tópicos ramplones, y el azote de lo «políticamente correcto».

El resultado de esa primera incursión histórica fue la serie del capitán Alatriste. Debió de conectar con una necesidad latente, porque, además de alcanzar un éxito notable de ventas, los libros de Alatriste se han convertido en lectura escolar, lo que no es pequeño honor, teniendo en cuenta qué autores han abierto tradicionalmente las puertas de la literatura a los más jóvenes.

'Cabo Trafalgar' es otra cosa. Aquí su autor no ha lanzado sus criaturas imaginarias a batirse con las calles verídicas del Siglo de Oro. Aquí los personajes que invoca Pérez-Reverte fueron alguna vez de carne y hueso, aunque sus méritos y sus errores los hayan convertido, con la perspectiva que da el tiempo, en figuras fronterizas entre la leyenda y la realidad implacable: son formidables, trágicas, heroicas, brillantes, desdichadas...

Pérez-Reverte ha investigado la batalla de Trafalgar a fondo, y ha establecido su propio balance de lo que se produjo antes, durante y después de un combate decisivo para la historia europea. Como marino que es, el escritor tiene la ventaja de poder entender mucho mejor que un esforzado erudito lo que se jugaba en los puentes, lo que significaba intentar tal o cuál táctica en un mar que no se levantó demasiado propicio a nadie aquel octubre de 1805. También dirige un foco sobre los protagonistas de la jornada, con más de una sorpresa: Pierre de Villeneuve no es un villano algo ridículo, sino «un magnífico capitán de combate y pésimo almirante», incapaz de abordar una desastrosa situación que había contribuido a crear, según señaló Pérez-Reverte a 'ABC' mientras ultimaba la aparición de su libro. El valeroso Gravina, a cambio, no sale muy bien parado en «Cabo Trafalgar», no por cómo actuó durante el combate -lo hizo bien-, sino por no oponerse a una intervención disparatada que le iba a costar muy caro a España, mucho más caro que a Francia, aprovechada aliada de Carlos IV. Nelson, con un final de héroe a la antigua, ofreció a Inglaterra el dominio del mar hasta la II Guerra Mundial en una batalla desigual, donde tuvo más importancia la suma de audacia y estrategia que el número de barcos que tenía...

Arturo Pérez-Reverte no puede -no quiere- evitar la crítica, que, en su caso, siempre tiene algo de ajuste de cuentas con el presente. Aquella derrota de España no fue casual. Había marinos, había científicos, había cabezas, «pero faltaba preparación: no había tripulación, ni motivaciones, ni experiencia... Sí cutrez, incompetencia, cobardía de los de siempre. En Trafalgar se pone de manifiesto todo lo malo de este país, de entonces, y de este momento. La gente (viudas, huérfanos, lisiados) quedó en la miseria. Los dejaron tirados. Qué desgracia de país»

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Mensaje por Adeletheresa61 » Dom May 06, 2012 9:51 pm

Había marinos, había científicos, había cabezas, «pero faltaba preparación: no había tripulación, ni motivaciones, ni experiencia... Sí cutrez, incompetencia, cobardía de los de siempre. En Trafalgar se pone de manifiesto todo lo malo de este país, de entonces, y de este momento. La gente (viudas, huérfanos, lisiados) quedó en la miseria. Los dejaron tirados. Qué desgracia de país


Nunca tendrían que haber salido de Cádiz. Gracias Ro por poner el artículo

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El_Curioso_Impertinente
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Mensaje por El_Curioso_Impertinente » Lun May 07, 2012 8:22 am

A mi amigo el mercenario (un tipo que se alistó en la Legión "para estar tranquilo", qué vida habría llevado antes) lo desahuciaron de su vivienda militar tras treinta años en el Ejército Español, después de pedir la baja por incapacidad por un accidente en Bosnia. Legalmente no le correspondía, pero con un sueldo y una jubilación de miseria no podía buscar otra cosa y el Ejército no tenía ninguna necesidad de vaciar su vivienda.

Qué bonito cómo se conservan las viejas tradiciones :roll:
Todos los seres humanos cometen errores, pero algunos seres humanos cometen más errores que otros y a ésos se los llama "tontos" (Fray Guillermo de Baskerville).

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Rogorn
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Mensaje por Rogorn » Lun May 07, 2012 9:42 am

Un día en que cambió la historia
capitanalatriste.com - 13/10/2004

[capitanalatriste.com, no confundir con este foro, era la página oficial de Arturo antes de abrirse perezreverte.com]

¿Quieren vivir la batalla naval más famosa de todos los tiempos? Pues entonces suban a bordo del 'Antilla', el navío de setenta y cuatro cañones que surca las páginas de 'Cabo Trafalgar', el espectacular relato naval donde Arturo Pérez-Reverte recrea el combate que el 21 de octubre de 1805 enfrentó a la armada francoespañola contra la inglesa.

Para escribir esta intensa y vibrante novela, que Alfaguara publica un año antes del bicentenario de esta decisiva contienda, el novelista y académico ha partido de una extensa bibliografía y de una amplísima colección de documentos directos sobre Trafalgar. Con ese bagaje y con un escrupuloso rigor histórico, técnico y naval, ha narrado lo que sucedió cuando treinta y tres navíos de línea, cinco fragatas y dos bergantines francoespañoles batallaron contra veintisiete navíos de línea, cuatro fragatas, una goleta y una balandra ingleses. Cuando cinco mil novecientos cuarenta cañones y cuarenta mil hombres entraron en combate.

Pero Pérez-Reverte no ha escrito un libro de historia, aunque relate incidencias reales y revele cómo combatieron y murieron los marinos españoles, franceses e ingleses, a los que define como «hombres de hierro en barcos de madera». 'Cabo Trafalgar' es una novela, una narración que atrapa al lector con un ritmo ágil, con giros inesperados, con intriga, con corrosivo humor negro y con un lenguaje contemporáneo y coloquial lleno de sorpresas. El protagonismo de esta novela recae en el mar, en los navíos que combaten, en las gentes que se baten a cañonazos o en despiadados abordajes. Para conseguirlo, Arturo Pérez-Reverte muestra el combate desde cuatro visiones, distintas y complementarias, encarnadas en estos personajes:

- El teniente Louis Quelennec, de la Marina Imperial francesa. Comanda la balandra 'Incertain', de dieciséis cañones. Es un testigo privilegiado -y alejado, porque no interviene- de lo que ocurre durante la batalla. Por ejemplo, describe así al vicealmirante Nelson: "Es un fantasma y un tocapelotas, vale; pero también, manco, tuerto y todo, un marino de pata negra, como dicen los aliados hispanos".

- El capitán de navío don Carlos de la Rocha y Oquendo. Comandante del navío de línea de setenta y cuatro cañones 'Antilla', es justo, seco e inflexible. Tiene cincuenta y dos años de vida y treinta y ocho de mar a las espaldas. A bordo, es Dios. Gracias a su mirada contemplamos una panorámica global del combate y leemos comentarios como éste: «Tenemos un rey abúlico e incapaz, una reina más puta que María Martillo, y su amante, Godoy, príncipe de la Paz, el niño bonito de Madrid, el héroe de la guerra de las Naranjas, jefe máximo de las fuerzas navales y de las otras, lamiéndole un día sí y otro también el ciruelo a Napoleón con los tratados de San Ildefonso».

- El guardiamarina Ginés Falcó. Lleva ocho meses a bordo. Nacido hace dieciséis años en Cartagena de Levante (casualidades de la vida: el mismo año y en la misma ciudad en cuyo arsenal fue construido el 'Antilla', su barco), conoce el oficio y sabe batirse. «En mitad del desmadre -concluye-: patria es una palabra desprovista de sentido».

- El marinero Nicolás Marrajo Sánchez. Patillas de boca de hacha y marca de navajazo en la cara, reclutado a la fuerza en Cádiz hace tres días. Ignora qué está ocurriendo durante la batalla, salvo que va a vender cara su piel. Él más que nadie sabe que, desde que suena el primer cañonazo, el resultado final del conjunto deja de importar, y lo que cuenta es el dar y el recibir, el tú a tú que se establece entre los tripulantes de un navío y aquellos enemigos a los que disparan y de quienes reciben el daño.

Con estos personajes, Pérez-Reverte muestra con rigor y crudeza las muchas sombras y las tenues luces de uno de los episodios más vergonzosos de la historia española. Por un lado, nos sumerge en una España vieja y maltratada, donde la corrupción y la ineptitud ocasionan una decadencia imparable. En el año I del Imperio napoleónico, España es una potencia naval venida a menos: cuenta con los mejores navíos del mundo, pero tiene que salir a la mar con oficiales expertos pero desmotivados y con marineros esclavizados, reclutados a la fuerza en Cádiz y sus alrededores. Además, la flota española, que dirige el almirante Gravina -«un tiñalpa cortesano, un político antes que un marino, que va a llenar España de viudas y de huérfanos»-, debe obedecer las órdenes del indeciso e incapaz almirante francés Villeneuve. Por otro lado, sin embargo, al poblar el libro de «infelices buenos vasallos que nunca tuvieron buenos señores», demuestra, como confirma en la entrevista que sucede a estas líneas, que "la dignidad no la tienen los gobiernos, sino los pueblos". A la vez, ofrece una cruda y realista visión de la batalla.

Los amantes del mar y de la historia naval están de enhorabuena. Pérez-Reverte reconstruye con precisión la batalla de Trafalgar. Al hilo de la narración, expone las sorprendentes tácticas de Nelson y las erróneas decisiones de Villeneuve. Al mismo tiempo, muestra cómo "un buque de guerra es una máquina compleja, un taller flotante hecho para luchar, sujeto a reglamentos y a ordenanzas, donde los hombres trabajan y mueren como autómatas sin otra responsabilidad que la lealtad y la competencia".

Además, vemos a los barcos elegir entre la disciplina y la conciencia, entre la indecisión y la cobardía. Vemos a los mandos españoles salvar la honorabilidad, a falta de otra cosa. Porque se nos presenta un mundo en el que el honor se calcula en arrobas de sangre. Porque, sobre todo, vemos cómo luchan y cómo mueren los marinos españoles. Vemos que la patria se circunscribe a la propia piel, a la vida que alienta en el corazón y la cabeza, a los camaradas que caen al lado gritando su estupor, su locura y su rabia. Vemos que, cuando uno muere cumpliendo con su obligación, no se equivoca nunca. Y que hay días que redimen toda una vida.

-¿Éste es un libro de encargo?
-No, pero digamos que se juntaron el hambre con las ganas de comer. Alfaguara sabía que tenía previsto escribir algo sobre Trafalgar, porque es un tema que conozco y que me gusta y me divierte. Me preguntaron si lo quería escribir ahora y les dije que sí. Alfaguara me animó a hacer lo que tenía previsto a un plazo más lejano.

-La batalla de Trafalgar sigue de actualidad, ¿no?
-En este país se confunde historia con derechas y se cree que conmemorar una batalla es celebrarla. Pero conmemorar es recordar. En momentos como éstos de guerra en Irak y en muchos más lugares, cuando se cuestiona la Historia de España y las jóvenes generaciones están creciendo sin la menor referencia histórica porque les han desmantelado la palabra "historia" de los planes de estudio, palabras como Trafalgar o la Guerra de la Independencia son pretextos estupendos para mirar hacia atrás. Para comprobar que este sitio llamado España tiene una historia rica, variada, llena de desgracias y de cosas también hermosas y luminosas. Siempre digo que somos lo que somos porque fuimos lo que fuimos. Sin conocer la historia, lo que nos ha pasado, no se entiende lo que nos está pasando ahora. Por eso es tan útil, al margen de este libro, recuperar la historia. Lo triste es que los chicos tengan que recuperar en las librerías lo que ministros analfabetos les han quitado en los planes de estudio.

-¿Los historiadores se ocuparán de Trafalgar con motivo del bicentenario de la batalla?
-Estaría muy bien. Éste es un país con una memoria de mierda, pero sería excesivo que el año que viene no se recuerde Trafalgar. Los ingleses y los franceses van a hacerlo. La batalla no puede pasar inadvertida. Y no sólo por el combate, sino por lo que significa, por lo que implica sobre nosotros mismos, sobre nuestra historia, sobre nuestra memoria, sobre nuestro presente.

-¿Qué lugar ocupa Trafalgar dentro de la historia española?
-Trafalgar es una ignominia, es uno de los puntos de mayor abyección y bajeza española. Godoy, que es un político miserable y servil, manda a la muerte a un montón de hombres que no tienen nada que ver con él para complacer a Napoleón. Eso es tan español que da asco reconocerlo. Pero Trafalgar también demuestra que la dignidad no la tienen los gobiernos, sino los pueblos. Incluso con políticos indignos y canallas hay pueblos que dan lecciones de dignidad. Eso ocurrió en el 11-M y ha ocurrido un montón de veces, como en Trafalgar. Esa gente que ha subido a los barcos sin tener experiencia, reclutada en las tabernas, en las cárceles y en los hospitales como carne de cañón, luego pelea con una habilidad y un coraje increíbles.

-¿Qué muere en Trafalgar?
-En Trafalgar termina el siglo XVIII, el de la Enciclopedia y la Ilustración, y muere una cierta España que pudo ser algo, una España ilustrada y culta que echaron a perder los curas fanáticos, los ministros incapaces y corruptos y los reyes estúpidos. Contábamos con marinos estupendos, con un prestigio extraordinario, y con barcos magníficos, pero no teníamos tripulaciones porque el sistema político de entonces había hecho que la gente no tuviera ninguna motivación para estar en el mar: te engañaban, te manipulaban, no te pagaban... Cuando fueron al matadero, a muchos marinos les debían seis o siete pagas atrasadas que después las viudas tardaron años en cobrar.

-¿Desde cuándo le atrae la batalla de Trafalgar?
-He nacido junto al mar, en Cartagena, y toda mi vida ha estado relacionada con los barcos y con la historia naval. He hecho maquetas de esos barcos, debo de tener trescientos o cuatrocientos libros de la época... En realidad, de lo que yo sé de verdad es de navíos del siglo XVIII, aunque hasta ahora no había escrito nunca sobre ello.

-"Es privilegio del novelista manipular la historia en beneficio de la ficción", aclara al final del libro. Sin embargo, ¿no es éste uno de sus libros mejor documentados y más rigurosos con los hechos históricos?
-Todos lo están. Lo que pasa es que hay libros que te permiten mayor juego, mayor libertad. En 'Cabo Trafalgar' estoy más limitado que en la serie de Alatriste, por ejemplo, porque durante la batalla todo ocurrió de una manera concreta y está documentado. Combinar el rigor histórico y náutico con un relato asequible a un público de ahora ha sido muy divertido, pero también muy duro.

-¿Por qué?
-En toda novela, como dice mi amigo Juan Eslava Galán, hay que construir un andamio, como al hacer una casa. Un andamio técnico, histórico y de documentación muy sólido y complejo. Y debajo de esta historia hay muchísimos datos y muchísima información que sostienen la novela, pero que no se ven. Durante un año una investigadora muy eficiente, Eva de Blas Martín-Merás, estuvo buscándome en los archivos de marina españoles todos los documentos directos sobre Trafalgar: los partes de batalla, los estados de fuerza, las provisiones de cada barco, las tripulaciones... Y en Francia, la librera Michele Polak me proporcionó muchas obras fundamentales para conocer la visión francesa de la batalla. Con ese andamio, he hecho una novela de doscientas cincuenta páginas y he quitado todo lo que no era imprescindible para la historia.

-Da la impresión de que ha querido que el léxico naval empleado no constituya un obstáculo para la lectura.
-Claro, ésa es la cuestión: mantener el toque novelesco y utilizar toda esa terminología, correcta y en su sitio, pero al mismo tiempo lo bastante trufada con el lenguaje coloquial para que ningún lector se vea entorpecido. Para hacer que toda esa información histórica y náutica fuese más digerible para el lector, recurrí sobre todo a un humor negro, desgarrado, con mucha mala leche.

-¿Por qué el narrador utiliza palabras como "espidigonzález"?
-Este libro está lleno de anacronismos deliberados, es muy informal, muy contemporáneo. Yo quería que fuese un relato muy ameno. La historia es terrible, desolada, tremenda, tan española y tan negra que da náuseas pasear por ella; toda la podredumbre y la demagogia de este país tan desgraciado a veces se manifiesta en Trafalgar. Recurrí a ese tono anacrónico, contado con palabras y con guiños de ahora, para que el ritmo fuese fluido. El lector dirá si funciona o no.

-El lector, además, podrá comprobar que el autor de este libro fue corresponsal de guerra.
-Hay algo evidente: a mí no me han contado cómo es un combate, cómo es el olor de la sangre o el ruido de las balas. Sé cómo habla, cómo respira, cómo se mueve la gente en combate. Y he visto que el héroe no es más que una mezcla de cabreo y de dignidad. En Trafalgar, hombres engañados y manipulados pelearon de forma tan heroica que los partes ingleses después de la batalla elogiaron su valor.

-Sin embargo, también hubo cobardes.
-Sí, no todo el mundo se portó igual. Cuando miras los documentos y estudias la batalla ves que varios barcos franceses no pelearon, porque se largaron sin combatir, y que un par de barcos españoles y alguno más francés apenas combatieron. Basta comparar los cuatrocientos ochenta y siete muertos del barco francés 'Redoutable', el que se enfrenta con el 'Victory', o los cien muertos que tiene a bordo el 'San Juan Nepomuceno', que manda Churruca, con los siete heridos que tiene el 'San Justo', que manda el capitán de navío Gastón. Hubo leña para todos, y el que no tuvo leña fue porque no quiso. Aunque la mayoría de los españoles se batió con una bravura increíble.

-¿'Cabo Trafalgar' es una novela coral?
-Sí. Hay cuatro puntos de vista para dar un panorama de la batalla y para que el lector se sienta dentro de un barco, para que sienta la compleja forma de manejar un navío de guerra y vea cómo se desenvuelve cuando llega el combate: el de un capitán francés que manda una balandra de señales y ve la batalla prácticamente desde fuera; después, en el navío protagonista de la novela, el punto de vista del comandante, para dar la visión de conjunto, elevada de la batalla; el de un guardiamarina, para ofrecer la visión media, del joven en combate; y el de un marinero de la chusma, reclutado a la fuerza, que no se entera de nada más que de los cañonazos que están disparando.

-En esta novela, ¿sigue la estela del 'Trafalgar' de Galdós o de Patrick O'Brian?
-Las novelas de O'Brian me encantan, como he dicho muchas veces, y por supuesto están en el imaginario de cualquiera que se ponga a escribir un libro naval. Pero O'Brian, que habla de la marina inglesa, que no tiene nada que ver con la nuestra, nunca ha escrito sobre Trafalgar. Galdós sí que tiene una gran influencia en este libro. La suya es la obra maestra sobre Trafalgar. Cualquiera que escriba sobre la batalla tiene que tenerla presente. Aunque Galdós hizo un libro más completo en cuanto a costumbrismo: habla de Cádiz, de la vida de entonces, de la política nacional..., y la batalla la cuenta de una manera más general. Yo quería contar el combate naval, técnica e históricamente. Me circunscribo a un pedazo más pequeño de lo que aborda Galdós, y así puedo intensificar más la dosis de rigor histórico y técnico en la batalla.

-Y después de este relato naval, ¿qué viene?
-Tengo una novela en marcha. Hace tiempo que estaba con ella en la cabeza y he empezado a escribirla.

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Mensaje por Violette » Lun May 07, 2012 11:23 am

El_Curioso_Impertinente escribió:A mi amigo el mercenario (un tipo que se alistó en la Legión "para estar tranquilo", qué vida habría llevado antes) lo desahuciaron de su vivienda militar tras treinta años en el Ejército Español, después de pedir la baja por incapacidad por un accidente en Bosnia. Legalmente no le correspondía, pero con un sueldo y una jubilación de miseria no podía buscar otra cosa y el Ejército no tenía ninguna necesidad de vaciar su vivienda.

Qué bonito cómo se conservan las viejas tradiciones :roll:


Algunas veces los papeles, normas y decisiones se olvidan de que detrás del nombre hay una persona de carne y hueso, que ha dedicado su vida y su interés a un beneficio común y que no todo se paga con dinero. Por encima de todo, debería estar la dignidad y el respeto. Pero eso, a menudo, no solo está infravalorado sino que incluso se olvida de cuantificar. (el hacer proyectos de carácter social me ha ayudado a ver que los resultadso no solo se pueden cuantificar, sino que, sobre todo, se pueden cualificar... si lo aplicáramos a todos los ámbitos de la vida posible, otro gallo nos cantaría... )

Qué asunto más triste nos ha dejado Curioso.
¿Para qué sirve un libro sin imágenes ni diálogos?

Adeletheresa61
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Mensaje por Adeletheresa61 » Lun May 07, 2012 1:45 pm

Aunque Galdós hizo un libro más completo en cuanto a costumbrismo: habla de Cádiz, de la vida de entonces, de la política nacional..., y la batalla la cuenta de una manera más general. Yo quería contar el combate naval, técnica e históricamente. Me circunscribo a un pedazo más pequeño de lo que aborda Galdós, y así puedo intensificar más la dosis de rigor histórico y técnico en la batalla.


En esto estoy de acuerdo. Y también con

En este país se confunde historia con derechas y se cree que conmemorar una batalla es celebrarla. Pero conmemorar es recordar


Genial la entrevista Ro.

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aik
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Mensaje por aik » Lun May 07, 2012 4:56 pm

Publicado hoy en Twitter por el jefe.
Cabo Trafalgar.

http://mvalera.com/?p=432

No sé a vosotros, pero a mí aun me pone la carne de gallina esta parte... :wink:
"Son Españoles los que no pueden ser otra cosa". (Cánovas)

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Rogorn
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Mensaje por Rogorn » Mar May 08, 2012 5:39 pm

El fragor de la batalla
Suplemento del Diario de Cádiz – 13/10/2004

Arturo Pérez-Reverte recibe a su interlocutor con un apretón de manos intenso, cálido, fuerte, que invita a la confianza y da buena muestra de su personalidad. Los cuadros marinos del Hotel Atlántico de Cádiz sirven como telón de fondo a un encuentro centrado en su nuevo libro, ‘Cabo Trafalgar’, un relato naval en el que el autor cartagenero embarca al lector en un barco ficticio desde donde seguir, en primera línea, una batalla crucial en la Historia de España. Habla rápido, se implica en la charla con la convicción de quien sabe lo que dice, con la seguridad de quien ha vivido la batalla cientos de veces. Y habla de ella, de la España de entonces y ahora, de los españoles que lucharon y luchan, con algo de fuego en la mirada.

Reconoce haber disfrutado, pero también haber sufrido con la escritura de su libro, que sale hoy a la venta. "Es cierto que he disfrutado en la parte de la escritura, porque es muy libre, muy gamberra, muy informal, pero al mismo tiempo lo he pasado mal porque realmente reflexionar sobre este tema es sufrir mucho. Cuando uno echa la mirada atrás a la Historia de España las alegrías son pocas y los disgustos muchos", dice. Por eso, recordar cómo fue la batalla de Trafalgar, que enfrentó a la armada hispano-francesa con la británica, dirigida por el almirante Nelson, "ha sido, es, de lo más doloroso, pero al mismo tiempo también es muy ilustrativo, también te enseña muchas cosas del presente. La España puñetera, sombría, cutre, casposa y miserable y ruin que vivimos a veces muy a menudo la reconoces en nuestra Historia, y Trafalgar es un caso clásico, clásico, de esa historia, de españolidad miserable que tanto daño nos ha hecho y nos sigue haciendo".

En la contraportada del libro se avisa de que en vísperas del bicentenario de la batalla -ocurrida el 21 de octubre de 1805- Alfaguara, la editorial, le pidió un relato sobre su particular visión del combate naval. "De lo que yo sé de verdad es de marina del siglo XVIII. Tengo una biblioteca náutica de ese siglo bastante amplia", asegura. Y confiesa que hizo de niño las maquetas de casi todos los barcos que participaron en la batalla, "pero nunca había escrito nada sobre eso, precisamente porque es mi afición. Tenía intención algún día de hacer alguna cosa", y se había pertrechado para la ocasión con documentación sobre Trafalgar de todos los archivos navales de España. "Y un día, hablando con Alfaguara, les dije que quería hacer algo sobre ello, y me dijeron que hiciera un libro corto coincidiendo con el aniversario. Y lo que tenía pensado hacer más adelante, una novela de mil páginas, ha quedado en este libro, que hasta es mejor que haya sido así".

En ‘Cabo Trafalgar’ quería contar la batalla, "que el lector normal que no sabe de mar ni es aficionado a la historia entendiera Trafalgar, por qué se perdió, por qué tuvo lugar, por qué murió tanta gente, que sintiera lo que era estar dentro de un barco". Pero quería hacerlo "ameno y asequible". Y esa combinación "de rigor y amenidad la hice con el lenguaje, con muchos anacronismos -entre los que se encuentra una referencia a Rocío Jurado-, con mucho humor negro".

José Manuel Caballero Bonald comentó cierto día que cuando pasaba por Trafalgar aún le parecía escuchar el retumbar de los cañonazos. "A mí me ha pasado", reconoce. "He navegado por Trafalgar, por dentro, y he estado en el cabo, mirando al mar, muchas veces. ¿Sabes qué pasa? Que lo bueno de leer mucha historia -él es ávido lector-, de que te guste desde niño, es que cuando vas a los sitios los amueblas con tu memoria, con tu
imaginación, con tu lectura. Y cuando vas a Trafalgar... Yo muchas veces he imaginado esa batalla. He estado en el cabo de Trafalgar y me ha parecido... Recordaba que desde ahí estaba la gente escuchando el bum, bum, porque no se veían los barcos desde el cabo de Trafalgar, no se veía la batalla físicamente, pero la gente sí oía el retumbar de los cañonazos".

"Imaginaba” -explica- “a todas esas familias. Imagínate el rato, la gente de Cádiz corriendo por la costa a ver qué pasaba, la madre con los hijos pequeños oyendo a lo lejos pumba, pumba... Tuvo que ser horroroso. Y luego el temporal, los barcos viniendo, hundiéndose en la costa, la gente ahogándose. Tuvo que ser terrible. Y fue en toda la costa, desde Trafalgar a Cádiz. Recorría esta costa siempre imaginando esto. Eso es lo bueno y lo malo que tiene leer historia. No, no, lo bueno; recordar, la memoria, siempre es bueno". Tuvo que ser, ciertamente, una carnicería humana, y así lo refleja en su libro. "Cádiz, España, no se merecían esto. Pero estábamos en manos de una banda de hijos de puta", dice enfadado, recordando a un "rey incapaz", a "una reina más puta que María Martillo, que era Luisa de Parma, a Godoy que era su chulo, que sólo quería estar bien con Napoleón", y también echa la culpa del desastre al almirante Gravina, "porque tuvo que haber dicho que no. Tuvo que decir 'yo no echo sobre mi conciencia salir con toda esta pobre gente a que la maten, yo me niego a eso'. Pero lo hizo por el deber, la patria, ese tipo de cosas, y al final los que pagaron fueron las viudas y los huérfanos que ni siquiera cobraron las pagas, porque ésa es otra: años y años después las viudas de los que murieron ahí estaban en la miseria sin cobrar las pagas. España, España".

La mirada parece oscurecérsele cuando habla de la contienda naval. "Lo terrible es que ni siquiera nos interesaba, no ganábamos nada. Fue una cosa de pura política. Fuimos a una batalla que no les importaba ganar o perder, y la perdimos, y perdimos para nada". Pero "la gente se portó muy bien". Y los representa en el libro Nicolás Marrajo, un barbateño reclutado a la fuerza en una taberna gaditana.

"No hay héroes. El héroe es una mezcla de cabreo y dignidad. El héroe no es un personaje de monumento, es un tipo normal; he conocido a muchos en mi vida con mi trabajo de reportero, y puedes ser tú, yo, cualquiera al que un día le dan en las narices, le insultan, le maltratan, y por tus hijos, por tus compañeros, por tu dignidad personal, te levantas y peleas". Y "esa gente allí peleó muy bien. Es asombroso cómo esas personas reclutadas uno o dos días antes de las tabernas, los hospicios, los hospitales, gente que no había ni navegado, gente mareada, peleó de una forma que los ingleses estaban admirados de lo bien que lo hicieron”.

"En fin, fue un alarde de dignidad y vergüenza. Y un alarde de indignidad por parte de los gobernantes, lo que demuestra que los gobernantes en España casi nunca se merecen la gente que tienen. Se vio en el 11-M: siempre es la gente al final la que salva la dignidad, siempre es la pobre gente la que da la cara y salva la dignidad de los hijos de puta que a menudo, no siempre, a menudo, nos gobiernan y no la tienen. La historia de España es un continuo desprecio por los que nos gobiernan y una continua admiración por los gobernados que en momentos como éste demuestran que por lo menos tienen vergüenza. Pero es una batalla que nunca tuvo que ocurrir. Pero ocurrió, y es admirable cómo la gente se portó en ese desastre, pero nada más. Admiro a la gente, pero eso fue una vergüenza. Lo que te he dicho antes: España. España".

Para retratar la lucha creó un navío, el ‘Antilla’, el barco en el que todos los que han imaginado en algún momento la batalla ha subido alguna vez. "Esa es la idea. El ‘Antilla’ es el barco en el cual yo he embarcado a los lectores". Recurrió a él por "muchas razones": porque "tenía que contar con mucho rigor" una batalla ampliamente documentada "y eso me daba poco margen de invención", y porque "si cogía un navío no podía contar otras cosas que quería contar de otro, con lo cual decidí meter un barco imaginario en el cual concentrar todo lo que quería contar de la lucha, que fuera su símbolo", y en él "el lector está reclutado a la fuerza para estar entre nosotros porque la idea era ésa, que el lector se sienta como si estuviera allí".

Recuerda a Benito Pérez Galdós, "que es la gran referencia; cualquiera que hable de Trafalgar tiene que hablar de Galdós". Pero él quería hacer un libro "sólo sobre la batalla", y eso requería "un tratamiento bruto, brusco, de shock, y una técnica narrativa diferente. De ahí el humor, que era fundamental, insisto, un humor negro, retorcido, sobre todo muy amargo". Y en eso tuvo su importancia que la acción transcurriera en Cádiz, cuyo habla ha reproducido. "Si hubiera sido una batalla en Barcelona, o en La Coruña, habría sido diferente. Es la forma de hablar del miedo, del temor, la soledad o la venganza, es como habla la gente".

Le dedica el libro a Juan Marsé, escritor al que respeta y quiere, "sobre todo porque sé que si él, que es antibelicista y antimilitarista hubiera estado en Trafalgar habría peleado como pelearon los de Trafalgar". Y habla del final del libro, un final lleno de dignidad, también del enemigo. Los tiempos han cambiado. "Bien es cierto que la España de ahora es menos digna", comenta al respecto. "El mundo es peor. Vivimos mejor en muchas cosas, pero hay un par de ideas morales que se han perdido en el camino y ese par de ideas, paradójicamente, nos salvaban moralmente más de lo que parece; y al haberlas perdido ya no nos queda ni siquiera esa dignidad, ahora somos bajunos sin dignidad. Esa quizá es la gran diferencia: España siempre fue bajuna, y cruel, y miserable, y triste, y mediocre, y desgraciada, y desdichada y mal gobernada, pero a veces había dignidad. Ahora es muy raro; a veces ocurre, pero es muy raro que se dé esa dignidad".

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Mensaje por aik » Mar May 08, 2012 9:35 pm

APR escribió:Y lo que tenía pensado hacer más adelante, una novela de mil páginas, ha quedado en este libro, que hasta es mejor que haya sido así".

Puede, pero a mi me hubiera gustado mucho la de 1000 paginas. Seguro.
Gracias Ro.
"Son Españoles los que no pueden ser otra cosa". (Cánovas)

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Mensaje por Ada » Mié May 09, 2012 10:09 am

Recuerdo que dijo en la cena que este libro era el único al que no había concedido los derechos de traducción a otros idiomas
He visto también por twitter (acabo de comprobarlo en Amazon) que alguna persona preguntaba por qué no está en Ebook. No entiendo por qué únicamente se vende en cartoné y rústica.

¿Puede que los nombres sean intraducibles o se pierda el "sentido del humor" si se traduce?

¿Alguien sabe?

pero a mi me hubiera gustado mucho la de 1000 paginas.


Aik, para novelas de mil páginas tenemos a Galdós
Y a Luis Delgado Bañón
Consuela saber que nadie a quien amas se quema en lo que arde. http://adacaramelada.blogspot.com.es

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Violette
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Mensaje por Violette » Mié May 09, 2012 1:41 pm

Ada escribió:Recuerdo que dijo en la cena que este libro era el único al que no había concedido los derechos de traducción a otros idiomas
He visto también por twitter (acabo de comprobarlo en Amazon) que alguna persona preguntaba por qué no está en Ebook. No entiendo por qué únicamente se vende en cartoné y rústica.

¿Puede que los nombres sean intraducibles o se pierda el "sentido del humor" si se traduce?

¿Alguien sabe?


pues es posible que el asunto de los nombres sea el motivo, o que no está dispuesto a dar ese gusto a lso británicos, con lo mal que se portaron...
¿Para qué sirve un libro sin imágenes ni diálogos?

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