'El pintor de batallas' (2006)

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Rogorn
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'El pintor de batallas' (2006)

Mensaje por Rogorn » Vie Abr 12, 2013 10:45 am

( Este hilo es para noticias y entrevistas sobre la novela 'El pintor de batallas'. Para comentarla y leer comentarios de otros lectores, id aquí: http://www.capitan-alatriste.com/module ... opic&t=821 )

Pérez-Reverte publicará en marzo ‘El pintor de batallas’
Europa Press - El Faro de Murcia - 06/01/2006

La editorial Alfaguara publicará en 2006 los últimos libros de Arturo Pérez-Reverte, Luis Goytisolo y la mexicana Elena Poniatowska. Escritores como Didier Van Cauwelaert, Ali Smith o Daniel Wallace, junto a reediciones de Mario Vargas Llosa y Josefina Aldecoa forman parte de las nuevas publicaciones de esta editorial en los tres primeros meses del año.

Pérez-Reverte publicará en marzo su última novela, 'El pintor de batallas', una historia que combina amor, intrigas, arte y ciencia de la mano de un fotógrafo de guerra que busca captar la imagen que nunca pudo hacer. Le acompañan en este empeño un rostro que regresa del pasado para cobrar una deuda mortal, y la sombra de una mujer desaparecida diez años atrás.

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Pérez-Reverte reflexiona sobre la condición humana en su nueva novela
Ana Mendoza - Efe, reproducida en varios medios – 20/01/2006

El escritor Arturo Pérez-Reverte se aleja, en su nueva novela, 'El pintor de batallas', de las aventuras y acción trepidantes que hay en otros libros suyos para reflexionar sobre la condición humana, el arte y la ciencia y contar una historia “dramática, terrible y desoladora”.

“El ser humano está continuamente bajo la bota del horror, y frente al horror no hay solución posible, sólo cabe el consuelo”, afirma el escritor en una entrevista con EFE, en la que adelanta las líneas generales de esta novela que Alfaguara publicará en marzo, en España y en América, con una tirada inicial de 250.000 ejemplares.

Pérez-Reverte asegura que esta nueva novela “es muy compleja” y no la podía haber escrito con 30 ó 40 años. Es ahora, con 54, cuando ha podido enfrentarse a esa realidad que recrea en ella porque, para hacerlo, necesitaba “una biografía, una manera de ver el mundo y la vida. Nada de cuanto hay en esta novela me lo han contado. Está hecha de lecturas, pero, sobre todo, está hecha de vida”, afirma el escritor, quien en su nuevo libro ha procurado “no tomar partido” y huye de dramatismos efectistas, porque así lo requiere la historia que se cuenta en él, fruto de “una mirada reflexiva sobre el mundo” y narrada “con un lenguaje muy frío”.

Antes de dedicarse de lleno a la escritura, Pérez-Reverte fue corresponsal de guerra durante veintiún años (de 1973 a 1994), y esa experiencia le ha venido bien sin duda para construir el personaje principal de 'El pintor de batallas', el de Andrés Faulques, un fotógrafo de guerra que recorre el mundo buscando “la imagen definitiva” y “la regla oculta que ordenaba la implacable geometría del caos”. Después de 30 años, Faulques comprende que con la fotografía nunca conseguirá lo que busca y se retira a un torreón abandonado de la costa española -por primera vez en una novela de Pérez-Reverte los lugares son imaginarios- a pintar un inmenso mural que resuma su propia experiencia y veintiséis siglos de iconografía bélica. “Intenta pintar la foto que nunca pudo hacer”, indica el escritor.

Un día, recibe en el torreón la visita inesperada de Ivo Markovic, un antiguo soldado croata al que Faulques, sin pretenderlo, había inmortalizado en una fotografía suya que reflejaba el repliegue de una unidad croata tras la derrota. La foto, que ganó un importante premio y se convirtió “en símbolo de todos los soldados de todas las guerras”, acarreó las mayores desgracias al soldado y su familia. Cuando acabó la guerra, y tras emplear años en localizar al fotógrafo, Markovic se presenta en el torreón decidido a ajustar cuentas con el pasado. Con tan sólo esos dos personajes y con el recuerdo de una mujer muerta, Olvido Ferrara, amante de Faulques y experta en arte, Pérez-Reverte construye esta novela, cuyos tres grandes ejes argumentales son la geometría del caos, el arte y la guerra.

El escritor y académico de la Lengua deja claro desde el principio que 'El pintor de batallas' no es una novela sobre la guerra, aunque los enfrentamientos bélicos, “como sublimación del caos”, tiñen de sangre parte de las 300 páginas del libro. “Es una novela sobre la condición humana”, sobre el dolor y la crueldad. “El hombre moderno está en un error gravísimo creyendo que el horror está limitado a la guerra o a ese barrio marginal donde violan y matan. El horror forma parte de nuestra realidad cotidiana y el hombre está continuamente bajo su bota”, señala el novelista. El libro, añade, refleja “mi manera de ver la condición humana y mi manera de salvarme, de protegerme frente a esa realidad que durante 54 años he tenido pegada a la cara”. Pérez-Reverte sabe de qué habla cuando utiliza la palabra “violencia” y alude a la que hay en el ser humano “cuando los mecanismos elementales se disparan y no hay freno que los detenga”. Por eso critica a los intelectuales -prefiere no dar nombres- que “viven de marear la perdiz y de exprimir las palabras como limones”.

En 'El pintor de batallas' hay numerosas reflexiones sobre el arte “como manipulación de la realidad, como enigma y como guía”, y las hay también sobre la ciencia, en especial sobre la teoría de la geometría del caos. “La idea de la novela es que el azar es cuestionable. Todo en el Universo responde a una arquitectura cósmica, por decirlo de alguna forma. De ahí a decir “Dios” nada más que hay un paso, pero no: esto no tiene nada que ver con Dios, está en la naturaleza de las cosas, no es una inteligencia superior”, añade. Por eso, Pérez-Reverte vuelve “a Troya” en la novela y le da la razón a los clásicos griegos y a su creencia de que el hombre “es un juguete en manos de los dioses”. “Homero tenía razón”, asegura el escritor, quien agradece la formación clásica que le dieron sus padres, que le ha permitido “comprender la realidad” a la luz de aquellos textos, “las Torres Gemelas a la luz de Homero”.

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"En 'El pintor de batallas' están muchas claves que explican mis libros anteriores"
Entrevista con José Andrés Rojo - El País - Madrid - 21/01/2006

El escritor y académico Arturo Pérez-Reverte (Cartagena, 1951) ha terminado su nueva novela. Se titula 'El pintor de batallas', aparecerá en marzo en Alfaguara con una tirada inicial de 250.000 ejemplares y ahora el escritor está revisando galeradas, dando los últimos retoques, firmando sentencia sobre la versión que será ya la definitiva. Se trata de una de sus obras más rotundas -tiene 300 páginas-: una pieza destilada que evita cualquier artificio redundante y que va directamente al grano. Estrictamente no pasa gran cosa, lo reconoce el propio escritor, y el peso entero lo sostienen dos personajes ("y medio", dice Pérez-Reverte, refiriéndose a una mujer que está ahí, pero que no participa en la acción, si es que se puede hablar en estos términos) en un texto donde los diálogos son esenciales. No hay mucho movimiento, todo se desarrolla en un espacio prácticamente clausurado. Es una novela que habla del orden y del caos, de la piedad y del horror, de la responsabilidad de cuantos viven de cerca la brutalidad de la realidad, ahí donde las categorías de bien y mal quedan en suspenso, desbordadas por la lógica cruel que gobierna los hechos del mundo.

-Es un libro un tanto diferente en su trayectoria. ¿Cómo surge y cómo lo aborda?
-Era una novela que tenía que escribir. Se la debía a mis lectores y me la debía, sobre todo, a mí mismo. Puede interpretarse como un tablero de ajedrez, como la revelación de las claves que explican mis otras novelas. Aquí muchos personajes y tramas anteriores encuentran su porqué.

-¿Cómo ha trabajado con esta novela, qué es lo primero que surge, qué elemento resulta esencial?
-Una novela podría ser como esta misma habitación, que está llena de objetos. Puedes acercarte a ella a través de cualquiera de las piezas que la llenan. Cuanto más conoces cada objeto, mejor darás cuenta de lo que hay. Hay novelas que surgen de un personaje, otras de la estructura, otras de la historia, hay muchos caminos. Ahora tengo 54 años y una biografía detrás, que te impone unas obligaciones. Hay que correr riesgos. Más aún cuando llevas 15 años escribiendo ficción, y sabes que no eliges tú, que son las novelas las que te eligen.

-Pocos personajes, mucho diálogo, y la guerra como telón de fondo.
-No es una novela autobiográfica, no es una novela de periodistas, no es una novela de guerra. Lo que yo quería contar es la desolación que produce la certeza de descubrir el caos del universo. Lo que ocurre cuando se constata que la naturaleza no tiene sentimientos, y que gobierna el horror. Los hombres antiguos estaban preparados para semejante desorden, pero el hombre moderno ha preferido ignorarlo. Y llega un tsunami y lo arrasa todo. Y se toma como una novedad, cuando ha ocurrido siempre.

-Aun así, la guerra impregna toda la novela...
-Pero eso ocurre únicamente por un detalle biográfico. Conozco las guerras, las he vivido muchos años, pero el eje, lo esencial de la novela, es otra cosa. Para contarlo sirve la guerra, es verdad, pero también podría haberse narrado a través de un médico de urgencias o de un policía de barrio.

-La anécdota es, pues, secundaria...
-Hay tres ejes que arman el libro y que se proyectan en los tres personajes principales. El arte, la ciencia, la guerra: el pintor, la mujer que ama, el visitante que llega de manera sorpresiva. Pero las cosas no son tan simples, todas las cuestiones terminan por mezclarse. Lo escribí en una antigua novela, 'La tabla de Flandes', donde decía que el tablero donde se juegan las cosas es gris, nunca blanco y negro.

-Arte, ciencia y guerra, pero al final lo que está en juego es cómo convivir con el desorden.
-Si cuanto pasa es totalmente casual la existencia resulta insoportable y sin ninguna salida. Cuando se desencadena el horror, caben distintas respuestas. Una es estremecerse, y desentenderse de cuanto pasa. Otra es negar lo que ocurre, y lavarse las manos. Pero también se puede asumir que las cosas son así y aprender a vivir sabiendo cuáles son las reglas de juego. Frente al horror, se puede pensar que existe un orden secreto que desencadena las cosas. Lo ha hecho la ciencia, que ha encontrado que el caos obedece a un cierto orden. Es quizá una postura más optimista que entender que todo se rige exclusivamente por el azar: consuela saber que hay un orden que gobierna el mundo.

-La mujer dice que sólo hay dos maneras de comprender el mundo: la lógica y la guerra.
-La guerra es la manifestación más evidente de la irrupción de esa crueldad innata que forma parte de todos los hombres (y de la naturaleza). Y aunque hablemos de una ficción, y no pueda hacerme cargo de lo que dicen en la novela los personajes, sí estoy de acuerdo con esa observación. La guerra de la que trato no procede de una elaboración teórica. Si me sirvo de sus horrores es porque los conozco de manera real y directa.

-La novela plantea, sin resolverlos, muchos problemas existenciales, morales. Como el de la responsabilidad. ¿Cómo podemos responder de actos y situaciones que nos superan?
-Cualquier novela que tenga una cierta ambición tiene que ser ambigua. El escritor tiene que dejar muchos cabos sueltos para que el lector los amarre cuando lea el libro. La responsabilidad debe entenderse siempre en ese contexto donde mandan las reglas de juego que están detrás del desorden del mundo. ¿Hasta qué punto es responsable el que roba, viola y mata en una guerra? ¿Cuánto hay en lo que hace de ciega respuesta a una vorágine que lo arrastra? ¿Y quiénes somos nosotros para juzgar la situación?

-Los tres personajes fundamentales del libro conocen la guerra de primera mano.
-Creo que es muy importante estar cerca de lo que ocurre para poder contarlo. Sobre todo porque cuanto más te acercas al objeto, más confuso se vuelve el foco de la lente. Todo es más complejo ahí cuando se ve de cerca.

-En la novela, el fotógrafo abandona su cámara y se convierte en un pintor de batallas. Sólo así, a través del arte, puede comprender y expresar lo que ocurre.
-La fotografía sustituyó en su día a la pintura para dar cuenta de la realidad. Pero la sociedad actual lo machaca todo, y las fotos ya no sirven para contar el mundo. Desde que una imagen de guerra ilustra una campaña publicitaria, su eficacia está gravemente cuestionada. Habla ya de un mundo que no es real, que es virtual. El pintor de batallas cree que solamente el arte puede dar respuesta a esas cuestiones que no se pueden responder. Vuelve a los viejos métodos, a los maestros antiguos.

-Quienes observan su trabajo dicen que en su cuadro se mezcla lo viejo con lo moderno...
-El pintor quiere atrapar la esencia de la guerra, de Troya a las Torres Gemelas. Y si hay un regreso a los maestros antiguos es porque ellos sabían que habitamos un mundo hostil, no se hacen ilusiones. Volvamos a las tragedias griegas, a Homero, a Cervantes. Ellos transmiten esa verdad terrible: que la naturaleza es fría, que no hay compasión, que reina el desorden. Basta ver cómo los dioses utilizan a los humanos como piezas que sucumben a un destino que ellos mismos traman. El mundo moderno nos protege de esa verdad, y nos hace frágiles frente al caos de la vida.

-¿Qué sentido tienen los valores de cuantos presumen de buena conciencia ante esa realidad que no se ciñe a categorías simples?
-Es incomprensible que haya gente que pueda dormir tranquila después de decir unos cuantos lugares comunes. Hay que asumir, con estoicismo y lucidez, nuestra naturaleza, y nuestra naturaleza es cruel. Es así, y eso no es bueno ni malo. El mal no es ajeno a nosotros, somos nosotros.

-Los dos protagonistas comentan que esa crueldad del mundo es aún mayor cuando tiene que ver con los hombres, porque son más inteligentes.
-El talento de un hombre brillante al servicio del mal puede ser terrible. Aquello de que la maldad es torpe, y no lo es la bondad, no tiene ningún sentido.

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Un paseo por las guerras
Jacinto Antón – El País Semanal - 26/01/2006

Vio de cerca el horror cuando era corresponsal de guerra. Alejado de aquello, Pérez-Reverte explica, en un paseo por el Museo del Prado, las claves de su nueva novela, ‘El pintor de batallas’.

El soldado francés tiene la garganta abierta de lado a lado. Parece un muñeco roto. Yace, solo y desamparado, en un charco de su sangre, en el ángulo inferior izquierdo del cuadro. "Le han rajado el cuello y los tendones están cortados, por eso presenta ese aspecto de guiñapo. Está muerto de verdad. Goya sabía". Arturo Pérez-Reverte (Cartagena, 1951) recorre el enorme lienzo del ‘Dos de Mayo’ con una mirada apreciativa y dura. Aprieta las mandíbulas. Casi puede uno oírle rechinar los dientes sobre el estrépito pintado de la caballería. "Mira el rostro del mameluco del centro", indica a su interlocutor. "El tipo alza el puñal, pero está aterrorizado; sabe que esa chusma va a acabar con él, que no tiene escapatoria. Y mira ahora la cara del individuo que derriba al mameluco de delante y lo cose a cuchilladas. Observa sus ojos de loco: está matando, está ejecutando el acto más antiguo de la humanidad".

Pérez-Reverte, ex corresponsal de guerra, se encuentra en su salsa, pero acompañarle en este recorrido apocalíptico por el dolor y el espanto de los cuadros de batallas del Museo del Prado resulta un ejercicio, aunque apasionante, angustioso. Hace un rato, pasadas varias masacres, el escritor, cuya última novela se titula precisamente ‘El pintor de batallas’ -de ahí la idea de este paseo por la muerte-, hablaba de minas de fabricación soviética, de carros de combate y de colegas caídos. Confidencias de acero en la sala de las pinturas negras. Uno se siente como el perro de Goya, enterrado hasta el cuello en las historias de Pérez-Reverte, tan abrumado como fascinado; incapaz de huir, pese a que cada frase arroja en el alma un capazo más de arena, de pesar, de tinieblas.

Todo esto, la conversación, las historias, los cuadros, las batallas, es la forma que el escritor ha escogido para explicar su nueva novela y explicarse. ‘El pintor de batallas’ (Alfaguara; a partir del 1 de marzo, primera edición de 250.000 ejemplares) es una novela que condensa hasta una densidad mineral, brutal, ideas y obsesiones esenciales de Arturo Pérez-Reverte. Quizá en ninguna otra obra había mostrado el autor de manera tan precisa, sobria y despojada, existencial, su afilado concepto de la vida (y de la muerte). Un final extraordinario y escalofriante, casi maligno, hace que el relato quede grabado al rojo vivo en la memoria del lector. En el libro, un maduro fotógrafo de guerra que ha abandonado su profesión tras retratar los conflictos bélicos de punta a punta del globo y lograr con su trabajo un gran éxito, trata de resumir todo el horror que ha visto en una enorme pintura mural, la batalla de todas las batallas, que va pintando pacientemente en una torre solitaria en un paraje impreciso. Esa pintura, síntesis de sus tres décadas de capturar imágenes de guerra y de veintiséis siglos de iconografía bélica, de la Columna Trajana al ‘Dos de Mayo’, pasando por el Tapiz de Bayeux, surge paulatinamente ante los ojos del lector hasta hacerse real, y no es ése el menor de los méritos del novelista. La visita de un hombre, un antiguo soldado croata que dice que ha ido a matarle, ofrece al protagonista un interlocutor para reflexionar acerca de su pintura y desgranar sus recuerdos y secretos.

En el Museo del Prado, Pérez-Reverte -un Pérez-Reverte diferente como diferente es su nueva novela, más intenso, más oscuro, sin una brizna de autocomplacencia y con apenas unos detalles de sus habituales ironía y ácido humor- irá hablando ante los cuadros, que parecen abrir ventanas sobre su propio interior. Virgilio en un itinerario de infiernos al óleo, el escritor empieza por Brueghel.

-¿Por qué estamos aquí, ante ‘El triunfo de la muerte'? Pensaba que veríamos cuadros de batallas.
-Estamos donde empezó todo. Desde niño me impresionaba este cuadro en estampas de los libros. A los 16 años lo vi. Es un cuadro recurrente en mis novelas. Hace falta horas para verlo bien. En realidad, es la última batalla.

-Un lúgubre Armagedón.
-Los ejércitos de la muerte combaten a la humanidad, representada en toda su variación: el rey, el prelado, los amantes... afrontando esa hora final cada uno a su manera. Pero lo importante no es lo que hay delante, sino lo que se percibe a lo lejos. De pequeño imaginaba que viajaba al fondo del cuadro, por esa línea de mar hacia esos parajes oscuros con incendios. Ahí debía estar, percibía, la explicación de todo lo que pasa en primer plano. Luego fui allí de verdad, y volví. Y ahora puedo ver las escenas de la pintura con serenidad. Entonces pensaba que no podía ser que todo acabara de esa manera. Pero ahora sé que sí, sé que es normal y que forma parte de la vida. Y sé que a lo más que puedes aspirar es a ser como el caballero pintado en el cuadro, que ante lo que se le viene encima, y sabiendo que no hay ninguna escapatoria, planta firmes los dos pies y tira de espada.

-Ahí se ve un cadáver hinchado, ¡qué asco!
-Está en el agua; en el agua, los cadáveres se hinchan y flotan.

-Decía que este cuadro es muy importante para usted.
-Quien se mueve con soltura por este cuadro no necesita nada más.

Pérez-Reverte se gira, da unos pasos y observa ‘El jardín de las delicias’, de El Bosco. Su mirada se concentra en la parte derecha del tríptico.

-Siniestros incendios allá a lo lejos.
-Es Beirut de noche, y Sarajevo. Esos fondos flamencos... Esos cabrones sabían. Vivían cerca del desastre, de la guerra, de la muerte. Ahora, cuando todas las imágenes modernas han sido explotadas hasta la saciedad, es fundamental volver a esto. La imagen fotográfica no vale. Capa mentía, y ya se mentía mucho antes con las fotos. No se puede meter todo el horror en un rollo de película. Lo único que de verdad vale para entender de lo que hablamos es esto. Hay que volver a esto; con una mirada moderna, pero a esto. El pintor de mi novela pinta la foto que, pese a todo el oficio, no pudo hacer.

Camino del siguiente cuadro, se pasa ante la macabra ‘Las edades de la vida’, de Hans Baldung.

-Esa torre del fondo del cuadro podría ser la de su novela, resplandor infernal incluido. Es que he venido una hora antes y me he fijado.
-Puede. Ya digo que en el fondo de los cuadros está lo que hay que ver. Para eso hay que mirar despacio, no valen las prisas. Cuando la vida te obliga a ver algo mucho tiempo, llegas a entenderlo bien.

-Como la navaja rota que aquel hombre de su historia enterrado en un bombardeo tuvo que ver durante once horas.
-Efectivamente. La gente que ha vivido la guerra tiene algo que les falta a los que no han tenido esa experiencia. Son personas que han estado en el fondo del cuadro, y eso te da una visión de la naturaleza humana más lúcida. Yo siempre digo que las generaciones que pasaron la guerra en este país son mejores que las que no han tenido que vivirla. Sobrevivir a una guerra es una buena escuela, dice el pintor de batallas de mi novela.

La siguiente parada es un Tintoretto, una batalla naval contra los turcos. Pérez-Reverte está esta tarde tan imbuido en el espíritu de su discurso que no parece que le excite nada más, ni los barcos. Antes, al pasar frente a las tablas de ‘La historia’ de Nastagio degli Onesti y comentarle uno que era la pintura que obsesionaba a Patrick O'Brian, ha hecho oídos sordos.

-Si ya es malo luchar en tierra, en el mar...
-Mira la mujer. Es el botín, siempre el botín. No está mal. Pero de los flamencos ya tenemos que pasar a Goya. El siglo XVII es otra historia. Se pintan batallas, sí, excelentes cuadros desde el punto de vista del género; una culminación, posiblemente. Pero se pierde realidad. La pintura se vuelve decorativa. Se trata de no herir la sensibilidad y de alimentar los valores, el orgullo patrio, el honor nacional..., esas cosas. El horror medieval ya no lo encontraremos hasta Goya. Él engarza con los flamencos, pero desde la modernidad, ya es moderno.

Arturo Pérez-Reverte continúa su discurso al paso, deslizándose entre los grupos de turistas con la facilidad oleosa de un guerrillero infiltrándose en un bosque. Claro que él no carga con los útiles del oficio. Ni con el pesado catálogo de ‘Batallas. Pinturas de los siglos XVI al XIX en los museos de Florencia’, que uno ha llevado consigo para tratar (inútilmente) de impresionarle, dejando caer, como quien no quiere la cosa, aseveraciones del estilo de "qué buena es, por cierto, ‘La batalla de Nördlingen’, de Jacques Courtois, llamado El Borgoñón".

-Goya, decía.
-Goya sabe. Goya ha visto la guerra. La sangre en los cuadros de Goya es de verdad. En la historia de la pintura de batallas hay un periodo de carencia de sangre. En los cuadros medievales, esa sangre se huele; en los del siglo XVII, no. Hasta Goya, la guerra no vuelve a ser moderna en la pintura. ¡Ajá!, mira, ahí está el amigo ‘Carlos V en la batalla de Mühlberg’, la célebre pintura de Tiziano, del XVI; tampoco ahí hay batalla, ni se ve: puro atrezzo. Vayamos a ‘Las lanzas’.

Para llegar a ‘La rendición de Breda’ pasamos por varias salas de Velázquez, en las que Pérez-Reverte se encuentra con viejos amigos: el conde-duque de Olivares, o ese enjuto Marte que es un retrato perfecto del capitán Alatriste, que según, dice, le hizo ver un lector. Tras intimar con media corte de los Austrias llegamos a la galería en la que se exponen las pinturas con escenas de batallas que en su día decoraron el llamado salón de Reinos del palacio del Buen Retiro de Madrid. Grandes victorias de las armas españolas, ¡ar!

-Vaya, ‘La victoria de Fleurus', de Vicente Carducho. Aquí hizo usted luchar a Alatriste, con el Tercio Viejo de Cartagena, y fue muy malherido. Los disparos de los mosquetes parecen sonar en una cadencia continua, como si se rasgara tela. Es uno de los cuadros de referencia del protagonista de ‘El pintor de batallas'.
-Sí, me gusta. Una excepción de la época. Aquí hay batalla de verdad y no sólo celebración del general de turno. El español y el holandés que están en un ángulo apuñalándose son pura guerra.

-Qué cosa, la espada del holandés le sale por la espalda al soldado español, precisamente por una de esas aberturas del jubón.
-Se llama jubón acuchillado.

-Recuerda un poco la espantosa escena de ‘Salvar al soldado Ryan' en la que un alemán y un estadounidense -judío- pelean cuerpo a cuerpo en el suelo hasta que el primero consigue clavarle la bayoneta al segundo, ¿no cree?
-Pues si hay algo seguro es que fue primero idea de Carducho. Spielberg la habrá copiado.

-¿Y Goya sigue a Carducho?
-Hay una línea muy clara que va de Brueghel a Carducho y luego a Goya. Junto a su mirada propia, Goya hereda el fondo y los ángulos de todos estos cuadros y los eleva al tema principal. Todo eso se parece a lo que yo recuerdo, y sobre esa pintura está escrita la novela.

-Usted se movía por esos cuadros antes de moverse por la realidad de la guerra.
-Recorría el fondo de los cuadros; lo más interesante, como te he dicho. Y también las viñetas de los tebeos de ‘Hazañas bélicas’. Ahí aprendimos a movernos por territorio hostil.

-Ya hemos llegado a Goya.
-‘El coloso’ también es un cuadro de guerra. Se ve a la gente que vive confiada su vida mientras el gigante, el avión o el tsunami acechan para golpear y acabar la fiesta. ¿Pero cómo es posible, si la fiesta parecía segura?, se dirán esas gentes. No miraban al cielo, no observaban las nubes, no habían visto los cuadros. Parece increíble, pero a la gente aún la pillan descuidada. Y yo pregunto: ¿hay que tener piedad de los que no se prevén, de los que no leen los signos, de los que no quieren saber, de los que no han aprendido la lección? Es como lo del ‘Titanic’. ¿Esperas subirte en ese monstruo y que no se hunda? ¿Hasta qué punto no tiene la humanidad lo que merece, por pereza, por cobardía? Me conmueve más ese perro de Goya enterrado en la arena que un hombre, porque ese perro no podía cambiar su destino.

-Habla usted como su personaje, con una frialdad inmisericorde, y le recuerdo lo que dice de él, del áspero pintor de batallas, la mujer que sube a verle a la torre -y que refleja la mirada externa, del lector-: "Hay algo en usted que no me gusta".
-El personaje tenía que ser así, y la historia debía ser contada de esa manera. No habría sido eficaz una redacción caliente. No puedes analizar esas cosas de manera caliente. Tenía que ser frío, como escrito sobre una mesa de mármol, como el paso de un bisturí sobre el mármol.

-El protagonista está obsesionado por dilucidar las reglas de una cierta geometría del horror, una red oculta, un código.
-Si no conviertes el espanto en algo científicamente observable, no puedes afrontarlo. Hay una norma, una regla, una geometría. Y eso te permite soportarlo. De eso trata la novela. De la única aproximación posible a una realidad gélida y espantosa. Sólo la lúcida y fría observación de la realidad histórica del hombre permite entender. Y en ese proceso es fundamental el arte. Mira ese cuadro en que los dos hombres se enfrentan con bastones, ‘Duelo a garrotazos’; la pelea sólo ocupa media parte del lienzo, el resto es un paisaje geológico inmutable, que lo ve desaparecer todo mientras esos dos idiotas se matan. Hay una carcajada cósmica ahí detrás. El universo inconmovible. La geometría.

-Pero la guerra...
-La guerra es el estado normal del hombre. Se mataba a los niños en Srebrenica como en los tiempos de la Biblia, seleccionando para el paredón a los que ya tenían vello en el pubis; yo lo he visto. Lo anormal es lo otro, la felicidad, la vida, la falta de dolor. Todos vivimos los minutos de antes de la ejecución. Sólo se trata de elegir cómo pasarlos. Si sabes de qué va la cosa y corres con libertad esos metros antes de que te alcance el disparo, la conciencia de lo que viene hace que esos metros tengan un sentido maravilloso. Y eso es todo.

-Es desazonador.
-Es duro, sí. Pero quien después de todo lo visto aún crea que esto es Heidi, que se joda. Creer que no vamos a morir nos hace peores.

-Algún consuelo habrá.
-Queda el amor, la libertad, la amistad, el orgullo, el humor. Cosas para sobrellevar el asunto, para hacer buenos los 15 minutos de que disponemos.

-A su pintor de batallas no le gusta el ‘Guernica'...
-¡No me hables de Picasso, nunca vio una guerra! No hablo de arte, hablo de guerras. En eso no consiento que me pongan a Picasso al lado de Goya, no me cuenten milongas. Mira el busto de Goya, mira qué cara, ¡viejo gruñón!, sabía lo que hacía. No hay nada como sus desastres, ninguna fotografía ni imagen de televisión es tan eficaz como ese ‘Ya no hay tiempo’. Yo he visto caras como la de esa mujer ante los franceses, que sabe lo que va a venir, la violación y la muerte. Y ese otro grabado, ‘¡Gran hazaña!’, con muertos. ¡Qué horror lo de Irak, lo de los marines despiezados!, decían. ¡Si ya lo pintó Goya! Goya sabía.

-¿Pinta usted?
-Nunca he pintado. No tengo mano para eso. Cada uno debe asumir sus limitaciones. Pero en ‘El pintor de batallas’ hay una evolución, en el estilo del protagonista que pinta el mural, que es la mía: yo de joven despreciaba el arte moderno, sólo me gustaba la pintura figurativa, y en la novela el personaje empieza su pintura como un cuadro ortodoxo, y luego ve que ya no le da más de sí y usa técnicas y estilos contemporáneos, incluso algo de cubismo.

-El protagonista de ‘El pintor de batallas' explica en la novela cómo se documentó para su mural. ¿Lo hizo usted de la misma manera para el relato?
-Así lo hice, como él. Pero, de hecho, lo llevo haciendo toda la vida. Déjame advertir que ‘El pintor de batallas’ no es un libro autobiográfico, aunque Faulques se parezca a mí. Uso mi biografía, o mejor aún, mi mirada, lo que yo he visto. Cualquier lector avezado en mis libros encontrará terreno conocido, una trama básica, una línea que conecta con otros libros míos.

-No es una novela de aventuras, aunque lo del individuo que va a matar al otro porque una acción del primero ha supuesto la muerte de su familia en una guerra está en ‘Los cañones de Navarone', de Alistair MacLean.
-Me he contenido mucho. Hubiera sido un error convertir esta historia en una novela de aventuras. Es una historia muy intensa, más corta que las que suelo escribir, la más desde ‘El maestro de esgrima’. Ninguna tengo tan calibrada. Estoy muy contento.

-Hace uso de onomatopeyas, un rasgo muy característico suyo.
-Pocas.

-¡Ziaaang, ziaaang!, las balas perdidas. El ruido de los bulldozers al empujar cadáveres hacia una fosa, ¡zumzumzum! El ¡chac, chac! de los machetes africanos.
-Ese sonido no lo olvidaré en la vida.

-Hay una precisión obsesiva en el armamento. Bala del doce punto siete. AK-47. Fusil de asalto Galil. Rifle de francotirador FR.308. Tanque Merkeva. Lanzagranadas RPG.
-Eso me lo conozco muy bien. Las de armas son las únicas marcas que aparecen en el relato.

-Hay algunas imágenes extraordinariamente bellas, de una belleza sobria y salvaje: la luz del faro como el rastro de una gran bala trazadora, el baño de fuego que se da la fotógrafa desnuda frente al incendio de Dubrovnik, el cielo de Chipre cubierto de paracaidistas turcos...
-Ese cielo lo vi: vi cómo bajaban los paracaidistas, y como los griegos disparaban, en medio del caos, contra los cazabombarderos.

-Podría verse ‘El pintor de batallas', en parte, como una historia de amor.
-¿Amor dices? No. En todo caso hay una historia de amistad entre el pintor y el croata. Ambos saben, frente a los que no saben.

-Curiosa idea la suya de la amistad, en la que uno quiere a matar al otro. Hábleme de ella, de la chica, la fotógrafa de guerra compañera del protagonista que solamente retrata objetos, nunca a personas.
-La novela tiene tres ejes: la ciencia, representada por el pintor de batallas, Faulques; la guerra, que es el visitante croata, Ivo Markovic, y el arte, que es la chica, Olvido Ferrara, el arte como consuelo. Ella tenía que ser muy contenida. Como lo es toda la novela; habrás visto que, pese al tema, no hay casquería, el estremecimiento que provoca no es porque se describa nada.

-El final es diabólico.
-Diabólico [ríe]...

-No parece que crea mucho en la redención.
-¿Por qué ha de haber redención o una solución tranquilizadora? No hay más consuelo que el que te puedas dar tú mismo ante la certeza y la implacabilidad del caos y la geometría. Puedes enamorarte, reírte, tratar de ser digno. Será igual, te vayas como un señor, como Séneca y Quevedo, o gritando en arameo. El pintor de batallas no tiene remordimientos.

-Algunos lectores no lo verán así.
-Y el lector, es cierto, es el 50% de una novela. Yo espero que por lo menos se vea obligado a plantearse cosas, a enfrentarse a su propia biografía, a sus certezas e incertidumbres. Aunque no he escrito la novela para hacerle un bien a nadie.

-Como no debe hacerle bien a nadie ‘El corazón de las tinieblas'.
-No hago alarde del horror. Cualquier adjetivo lo perturba y lo difumina.

-Esas cosas terribles de las que habla el protagonista: sangre en las uñas y la camisa procedente de un niño reventado por una granada de mortero, un frasco lleno de orejas cortadas que parecen melocotón en almíbar, la tierra perversamente removida en el campo de fútbol de Dragovac, la conversación con el francotirador impasible...
-Eso lo he vivido yo. Esta novela no me la han contado. Ésa es mi satisfacción. Sé de lo que estoy hablando.

-Lo de la geometría... El pintor está bajo la influencia de ‘La batalla de san Romano', de Paolo Uccello, con su matemática de lanzas, "una tragedia resuelta con geometría casi abstracta". Con su pintura busca plasmar una fórmula, un teorema científico que contenga el horror.
-Lo creo, lo de la geometría. En la guerra es manifiesto. Hay líneas que definen todo lo que ocurre en un campo de batalla, y la topografía, ángulos muertos, trayectorias. El oficio de un francotirador, por ejemplo, es pura geometría, no hay azar en sus disparos. Cuando has estado en la guerra te queda un sentido espacial propio. Sigues viviendo allí aunque pasees por la ciudad. Repites gestos, actitudes que te ayudaban a no perder la vida. Con la geometría de la guerra, su ajedrez, descubres las líneas maestras de la vida y las asumes. Hay lugares de los que, en realidad, no vuelves nunca.

-¿Y se arrepiente uno de haber estado?
-No, no. Fue un privilegio. Estar en contacto con las certezas que otros pasan toda la vida sin sospechar. Pagas un precio, claro. Yo no era un turista en la guerra como lo han podido ser otros. Lo que adquirí allí lo pagué. Veintiún años. Eso me hizo así, para lo bueno y para lo malo.

-¿Se siente, no sé, más limpio tras haber escrito esa novela? Incluso ha puesto dos versos de uno de los pocos poemas que ha escrito.
-No creo en las catarsis. Eso es un camelo de los escritores. Mi novela no catartiza nada, si es que esa palabra existe.

-Usted dirá, es el académico.
-Habrá que ver [ríe]. El pintor de batallas me ha dado la satisfacción de ordenar intuiciones, reflexiones, pinceladas. No la he hecho para liberarme de nada. Tengo los mismos fantasmas que antes. La diferencia es que ahora todo tiene un orden.

-¿No será que sufre psicosis de guerra?
-Alguien muy cercano dice que soy un soldado, pero yo no estoy de acuerdo. Es cierto que me han quedado unos hábitos de la guerra. Llevo siempre el pelo muy corto, las uñas. Tengo el equipaje siempre preparado. Pero no estoy más afectado psicológicamente que el tipo que va a la oficina en metro cada mañana. Hay metros que pueden desequilibrar más que la guerra.

-Pero habla usted como si hubiera algo que le separara de los demás.
-Eso no tengo que decirlo yo.

-Quizá sea lo que ha visto. Lo de los cocodrilos que cuenta el protagonista de ‘El pintor de batallas', eso de que en Yamena ponían a rebeldes chadianos atados junto al río Chari para que los devoraran, ¿es cierto?
-Eso es verdad, rigurosamente histórico, chaval. Lo viví.

-¿Y lo del bistec que le sirven al fotógrafo mientras oye los alaridos de esos hombres?
-También, ésas son las paradojas. A veces estás allí y nada te sobresalta, y de repente un pequeño detalle, el bistec poco hecho, hace que el espanto aflore, se manifieste. Como pisar un cristal. Te haces consciente de que te mueves por el horror. Déjame advertir que ‘El pintor de batallas’ no es una novela de guerra. Usa la guerra como símbolo, como metáfora, como experiencia. Pero un yonqui enfermo de sida en busca de su dosis o un médico de urgencia en hora punta de Nochevieja podrían contar lo mismo. Sólo que en la guerra todo es más depurado, más evidente, más destilado. Sin embargo, puedes llegar a las mismas conclusiones que el protagonista de ‘El pintor de batallas’ sin haber pisado una guerra jamás.

-Las consideraciones sobre la fotografía hacen pensar en Susan Sontag y aquel libro tan intenso y revelador, ‘Sobre la fotografía', que ahora ha recuperado Alfaguara.
-Sontag, sí, pero ella tenía una tendencia a intelectualizar la cuestión; yo la tengo a mirarla científicamente, a objetivizar. Ella saca conclusiones morales; yo, no, porque sé que no existen. La respeto, ella estuvo en la guerra una temporada; yo, 21 años. En ese terreno, sin querer parecer arrogante, tengo algo más de autoridad que Sontag.

-Hay detalles en la novela que remiten directamente a su experiencia de corresponsal bélico. Lo de que ves el peligro en los ojos del que te va a atacar.
-Sí, eso lo aprendes. En el control, ante el centinela, frente al soldado, el peligro no depende de que te apunte con el arma. Está escrito en sus ojos. Saber quién es realmente el peligroso requiere una vida. De eso está hecha la novela.

-Le va a sorprender, porque ante las batallas me habrá visto algo pusilánime, pero durante un tiempo boxeé. He encontrado en su novela esa sensación curiosa que se experimenta en el ring cuando te están machacando -que es lo que a mí me pasaba siempre- de que te fijas en detalles absurdos: la corbata de un tipo del público, la forma de mariposa de una pequeña mancha de sangre en la lona. Parece que cuando estás en la guerra es parecido.
-[Pérez-Reverte mira a su interlocutor con renovado interés, como si se hubiera perdido algo]. Sí, en la guerra, bajo el fuego, la visión y la percepción se focalizan y se intensifican; percibes el todo de una manera genérica y caótica, y a la vez detalles de una claridad casi irreal. Yo no he boxeado, pero me he pegado bastantes veces. Cuando entras en un bar, a menudo sabes quién es el tipo peligroso. Por los ojos. Generalmente no es el matón musculoso de la barra, sino alguien que está en un rincón y no parece amenazador excepto por algo en la mirada.

La entrevista acaba para que el novelista se haga los retratos de rigor. Ante ‘Los fusilamientos del 3 de mayo’, Pérez-Reverte posa como si lo fueran a fusilar a él. Es notorio el disgusto con el que afronta el cañón de las cámaras. Como el fotógrafo emplea un foco para iluminarlo -en un remedo del fanal que usa el pelotón francés de Goya-, la doble escena parece fundirse en una sola. Dan ganas de ofrecerle un (último) cigarrillo al escritor, pero en el Prado no se puede fumar. Una luz fantasmagórica lo golpea y parece trasladarlo a otro tiempo y lugar. A su espalda, la pintura se anima, los soldados montan sus armas con un chasquido que no es ya el de la cazoleta de los mosquetes, sino el del mecanismo de los fusiles de asalto. Gritos en una lengua extraña. En el fondo del cuadro se abren zanjas que se cubrirán con cal viva. Suenan las ráfagas. El aire se llena de un humo acre. Smell of war. Arturo Pérez-Reverte parpadea al oír el chasquido del obturador. La ilusión se disuelve. Pero el novelista sigue preparado, con el cuerpo tenso y perfilado, la mirada alerta, los pies firmemente clavados en tierra. "Goya sabía".
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Mensaje por Rogorn » Vie Abr 12, 2013 2:17 pm

“El ser humano está perdiendo el control”
Entrevista con Enrique Murillo y David Benedicte - XL Semanal - 19/02/2006

Pérez-Reverte aparca temporalmente las aventuras de Alatriste y reflexiona sobre la condición humana en su último libro, 'El pintor de batallas'. Lo hemos entrevistado en su casa por partida doble. Enrique Murillo ha charlado con él sobre esta sorprendente novela. Y David Benedicte le ha trasladado las preguntas de los lectores de ‘XL Semanal’. Esto es lo que nos ha contado.

La historia de la nueva novela de Arturo Pérez-Reverte es tan sencilla como un balazo letal: un hombre recibe la visita de otro que le anuncia que ha ido a verlo para matarlo. Espléndida en el desarrollo de esa base narrativa, brillante en su capacidad para mantener la incertidumbre hasta el desenlace, 'El pintor de batallas' es un alto en el camino de la vida que Pérez-Reverte utiliza para contemplar con perspectiva de madurez las dos etapas de su desarrollo profesional, la de periodista y la de narrador.

El autor de ‘Alatriste’ trabaja en una cueva. Es la bodega de su casa a las afueras de Madrid, transformada en despacho y biblioteca de trabajo. Apenas 20 metros cuadrados con tres ventanucos ocultos tras unos visillos. En un extremo, unos butacones de cuero, una réplica de un AK 47 en un rincón, un Tintín de un metro de altura con un Milou a juego y libros, montones de libros. Las novedades en una mesita baja y, al fondo, el sanctasanctórum, un pequeño reducto de apenas tres metros de ancho con el ordenador y el escritorio, el lugar donde ha redactado, de la forma concienzuda que le caracteriza, las novelas de los últimos años.

-Su nueva novela empieza con una escena que podría ser de su propia vida: un hombre sale de una torre de vigilancia en la playa, llega hasta el mar y nada más de cien brazadas. ¿Cuándo empezó su relación personal con el mar?
-Yo nazco en Cartagena, una ciudad a orillas del Mediterráneo con más de tres mil años de historia. Y nazco en una biblioteca, en la de mi abuelo, en donde están las historias de ese mar; las historias de las Cruzadas y de los griegos y del Peloponeso y de la batalla de Salamina. De los corsarios, de los berberiscos… Para mí, el mar es escuela, es memoria, es historia. Y es mi casa.

-Además, le gusta navegar.
-A vela y por el Mediterráneo, nada más. A veces, la gente me pregunta que por qué no salgo al Atlántico. Y la respuesta es sencilla, me gusta el Mediterráneo porque para mí es navegar por la historia. Echas el ancla a la vista de un templo romano, buceas junto a un fragmento de ánfora fenicia, los dioses viven por aquí, se pueden ver esos atardeceres homéricos… es la felicidad.

-¿Cómo vive alguien como usted en Madrid?
-Mal. Lo que pasa es que he tenido que montarme una vida profesional aquí, por razones prácticas. Pero en cuanto tengo ocasión, me voy a navegar en mi velero. No voy al mar a oxigenarme, no voy de vacaciones, voy a llevar la vida que considero normal. Lo anormal es esto. A lo mejor llego a la costa, hace mal tiempo y no puedo navegar, pero estoy en el barco, y hago cosas, o leo, o lo que sea. Y es evidente que no esperaré a retirarme para disfrutarlo. Iré dándole cada vez más peso a ese lado de mi vida y restándole peso a mi vida en Madrid.

-Lejos del mundanal ruido.
-Soy un navegante silencioso, eso es importante.

-Además, el mar supone tener la cabeza libre.
-Hay cosas muy importantes para mí respecto a la navegación. El único sitio donde puedo pasar muchos ratos sin sentir la necesidad de leer es el mar. Yo no puedo estar en una parada de autobús o en el tren o sentado en mi casa, diez minutos, sin leer.

-Estos tiempos muertos, que paradójicamente son tan ricos, ¿son una de las cosas que ha perdido el mundo moderno?
-Por supuesto. Hoy en día vas de Madrid a París, coges la autopista y llegas al final del trayecto sin haber mirado nada, sólo las señales de tráfico. El mar, sobre todo si navegas a vela, es caminar despacio por un escenario. Es la recuperación de la antigua lucidez del caminante, del viajero silencioso, y por eso subrayaba antes que soy un navegante silencioso.

-Dice en la novela, a través de la discusión de los personajes, que este mundo ha perdido el sentido de lo sagrado, la conciencia de la muerte.
-El ser humano ha olvidado que no tiene otro remedio que convivir con el espanto de la naturaleza, con la frialdad de la naturaleza, que es como el corte de un bisturí sobre una mesa de mármol. Eso está ahí. Los humanos nos hemos protegido de esa frialdad, nos hemos rodeado de una serie de amortiguadores, tratando de sobrevivir física e intelectualmente ante el hecho de que somos insectos bajo la bota de los dioses. ¿Qué pasa? Que ignorar esa realidad es una mentira. Si tú construyes una urbanización en una cañada, algún día bajará el agua por ahí. Aunque tarde siglos, bajará y se lo llevará todo. Entonces, cada vez que hacemos algo, esto lleva implícito el desastre.

-En un momento de 'El pintor de batallas' se refiere usted a nosotros, los hombres del siglo XXI, como «seres ciertos de su juventud, belleza e inmortalidad», ignorantes de que «cada nuevo objeto técnico» trae consigo «su accidente específico».
-El problema al que me refiero es que no aceptamos que existe esa segunda parte, que la naturaleza algún día será naturaleza. Como dice Heine, un día el dios se despereza, estira los brazos y nos golpea. Viene el tsunami y el hombre se queda, no ante el horror, sino ante la realidad. Antes, el hombre sabía que la naturaleza tiene sus leyes. Ahora lo ignoramos y no queremos pagar el precio cuando llega el maremoto y la naturaleza dice «aquí estoy».

-Creemos que los avances tecnológicos nos protegen. Pero estamos tan desprotegidos como antes.
-O más. Porque el hombre antiguo, y no hablo del hombre de hace dos mil años, hablo de nuestros bisabuelos, sabía que muchos niños morían al nacer, y a veces también sus madres; que había pestes y guerras y virus. El hombre antiguo conocía el sufrimiento, y eso lo hacía mejor. Cosas como la caridad, la compasión, la generosidad, existían porque el hombre que sufre puede ser solidario, sabe que el sufrimiento le puede tocar a cualquiera. Ahora, como creemos que el dolor es para los otros, nadie se preocupa hasta que le toca. Resumiendo: cuando sabes que no hay solución, cuando no te crees eso que dice la gente ahora de «esto no puede ser, esto tiene que terminar», cuando sabes que el horror puede durar lo que dure, cuando recuerdas que Sarajevo puede durar siete años, que el sida aparece y no hay modo de frenarlo, y que lleva ya muchos años y puede seguir muchísimos más, cuando compruebas que no hay solución o que si la hay no está al alcance de los hombres, entonces te enfrentas con otro hecho, que la única solución es el consuelo. La filosofía. Por eso no nos queda otra que ir a los clásicos, a la Antigüedad, a los viejos maestros, que no solucionan, pero te confortan.

-¿La soberbia es, entonces, el mayor pecado del hombre actual?
-Sin duda. Antes, el hombre podía ser soberbio, pero no era estúpido. Ahora, el hombre tiene la soberbia de la ignorancia, la peor de todas. La arrogancia del hombre moderno es inaudita. Por eso, esa cara de pasmo que se le ve a un padre en el telediario cuando saca en brazos a su hijo aplastado por el terremoto, y le notas esa expresión de incredulidad, «¿cómo ha podido pasar esto?». Después de estar tantos años allí y vuelves, como cuando yo volvía de Beirut, por ejemplo, y paseaba por las calles de aquí y veía las caras de la gente, me preguntaba: ¿pero no se dan cuenta? ¡Lo normal no es esto, lo normal es aquello! Y no hablo de pesimismo, sino de asumir las reglas del juego. Mi nueva novela es, precisamente, la historia de alguien que ha estado ahí, en el horror, y regresa y se pregunta dónde puede encontrar el consuelo.

-Insiste también mucho en que, en la guerra, el hombre se comporta igual que en la paz.
-La guerra no es la anomalía, nos comportamos en la guerra como en la paz. Sólo que en la guerra no funcionan los frenos que la sociedad te pone. Pero si a la sociedad en la que estamos le quitas los mecanismos de control, todo es igual que en la guerra.
-A juzgar por el éxito de ciertos libros que emiten mensajes casi exactamente contrarios, ¿diría usted que vivimos en un tiempo de embaucadores, de charlatanes? Empezando por quienes les escriben los discursos a George Bush o a Tony Blair...
-Y siguiendo con los Paulos Coelhos, que son muy peligrosos. Y no lo digo específicamente por Paulo Coelho, que a mí me cae bien en lo personal, sino por todo ese buen rollito, todo ese rollito del «vamos a besarnos todos en la boca y así llegaremos a la felicidad». ¡Eso es mentira! ¡Es mentira! Y crea una alienación muy peligrosa. Prefiero mil veces la lucidez dolorida, que te permite estar alerta, antes que la ataraxia y el sueño de los besitos, que no va a ninguna parte.

-Además, usamos mal las palabras. Por ejemplo decir "guerra contra el terrorismo", cuando eso no es exactamente una guerra.
-Mire, se lo diré así: a mí, Bush me importa un carajo. La guerra de Irak me importa un carajo. Me explico: el problema del que yo hablo es mucho más grave. Vivimos una historia de muchos siglos en la que ha habido una evolución que nos está devolviendo al caos del que procedemos, y la llamada "guerra contra el terrorismo" no es más que una manifestación puntual de la guerra cósmica en la que los seres vivos, no sólo el ser humano, están inmersos desde que pululan por la Tierra. Nos estamos dando demasiada importancia. El humanismo cristiano ha hecho mucho daño. Hemos convertido al ser humano en una especie de maravilla, medida de todas las cosas… y acabamos creyendo, falsamente, que la inteligencia humana es capaz de resolver todos los conflictos de la naturaleza. Y el ser humano es sólo un bicho más que ha tenido más suerte y más astucia y ha evolucionado de una manera que lo ha colocado en una posición privilegiada en relación a los demás seres vivos, pero que no es más que un animal que quiere sobrevivir enfrentándose a los otros.

-Y que tiene, además, una enorme capacidad de destrucción.
-Pero, entiéndame bien, es sólo una criatura más, y como tal tiene instintos de depredación, de poder, de territorialidad, de lujuria, y eso está en contradicción con los principios intelectuales en los que creemos. Lo que pasa en nuestro tiempo es que el ser humano está perdiendo el control y está cargándose un sistema de equilibrios larga y cuidadosamente construido. El mundo se nos está yendo de las manos. La rueda gira cada vez más rápido y no tenemos el tiempo ni la serenidad para ver lo que estamos haciendo.

-Una y otra vez, en la novela, insiste en que el hombre es brutal.
-Es que el hombre es una bestia. No me lo han contado, lo sé porque lo he visto con mis propios ojos. He estado en Sarajevo y en Beirut, y el hombre es un auténtico hijo de puta, sin paliativos, y en la novela pongo ejemplos, sin truculencia. Lo cuento como es.

-Pero el hombre es también capaz de entrega, sacrificio, generosidad…
-Así es, y eso ocurre también en 'El pintor de batallas'. Entre los dos hombres se establece una amistad. El ser humano es capaz también de cosas muy hermosas, sólo que estas últimas son una pequeñez en un océano de horror. La bondad no excluye la maldad, y la mierda de cultura cristiano-humanística nos ha confundido al respecto. Hay ejemplos que yo he visto. En abril del 77, yo estaba con los guerrilleros de Eritrea y atacamos una ciudad. Yo estaba con disentería y entré con ellos. Y se jugaban la vida por traerme agua. Ni mi madre hizo nunca las cosas que esos guerrilleros hicieron por mí, y esos mismos chicos mataron y violaron delante de mis ojos. Y eran mis amigos. Y algunos dirán: «¿Y cómo no interviniste?». Pues porque no. ¿Cómo iba a intervenir? Me callé, y suerte tuve, porque, habiéndolo visto todo, no me cortaron el cuello para que no lo contara. Esos tíos, todavía ahora, cuando pienso en ellos… [Se levanta, descuelga un marco pequeño y me enseña la foto de un crío de 15 años, a la izquierda de la imagen, y me mira]. Era uno de ellos; éste murió. Cuando pienso en ellos, no soy capaz de decir si eran buenos o malos, pero yo los recuerdo con cariño. Esto es la naturaleza humana, creemos que es paradójico, nos cuesta justificarlo intelectualmente, pero así somos.

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Mensaje por Rogorn » Vie Abr 12, 2013 2:24 pm

Arturo Pérez-Reverte: “Me añoro a mí mismo con 20 años, aún con cierta inocencia a cuestas”
Albino Mallo - El Correo Gallego – 20/02/2006

Después de una larga etapa de su vida dedicada al periodismo de acción, ese periodismo de los corresponsales de guerra donde la captación de noticias y la redacción está un tanto unida a la aventura, Arturo Pérez-Reverte fue evolucionando, primero, simultáneamente, y luego, ya con dedicación exclusiva, hacia la novela, con un éxito sin precedentes. Los títulos se van enlazando y cada uno iguala o supera en éxito al anterior. Ahora tiene pendiente de salir a la calle -concretamente Alfaguara la pondrá a la venta el uno de marzo con 250.000 ejemplares- ‘El pintor de batallas’, donde su temática da un giro, algo que, por otra parte, él reconoce lógico porque, como afirma, cada novela es un mundo aparte.

-¿Qué recuerdos le quedan de sus tiempos de reportero?
-No se trata de recuerdos sólo. Veintiún años son muchos años. Es más de un tercio de mi vida. Lo que me queda, sobre todo, es un punto de vista. Una manera de mirar el mundo. Y con este punto de vista miro mi vida presente, escribo cada semana un artículo y escribo novelas.

-¿Añora aquellos tiempos?
-En absoluto. Lo que añoro es mi juventud. Me añoro a mí mismo con veinte o treinta años, aún con cierta inocencia a cuestas. Pero me daría mucha pereza repetir el proceso. Creo que con un viaje, una existencia, es suficiente. Estoy bien como estoy y me conformo con lo que me queda.

-¿La novela le sacó del reporterismo o el reporterismo lo llevó a la novela?
-Ni lo uno, ni lo otro. Es absurdo poder considerar que una cosa es consecuencia de la otra. Yo crecí en una casa con biblioteca grande y leí durante toda mi vida. Por importante que fuera mi vida como reportero, son cosas diferentes. A la novela me llevaron la vida y las bibliotecas.

-En sus novelas, por lo general, la historia está presente. ¿Dedica mucho tiempo a documentarse?
-“Documentarse” suena a algo artificial que se adquiere. Yo escribo sobre asuntos que me interesan, amo o conozco. Una novela me permite ampliarlos y conocerlos mejor, reflexionar sobre ellos. Cuando se vive en una casa con 17.000 libros y en un velero con otros 500 a bordo, la palabra “documentarse” resulta algo ambigua. Si a eso vamos, me documento cada día para todo.

-¿‘Territorio comanche’ es el principio de unas memorias?
-Es lo que más se acerca a unas memorias, pero en realidad mis memorias son cosa mía. Otra cosa es que yo use mi memoria, en parte, para escribir ficción.

-¿Qué supuso su ingreso en la Real Academia Española?
-Un honor y una responsabilidad a los que intento corresponder lo mejor que puedo.

-¿Cuál es su aportación a esa institución?
-Lo que hago desde hace tres años. Aporto mis conocimientos, mi trabajo y mis lectores. Pero en realidad no soy yo quien debo responde a esa pregunta. Posiblemente en alguno de mis libros o en algún artículo semanal se encuentre la respuesta adecuada.

-Esos artículos, que luego recoge en libros como ‘Patente de corso’, ‘Con ánimo de ofender’ o el más reciente, ‘No me cogeréis vivo’, ¿qué los provoca o en qué se inspiran?
-Son un ajuste de cuentas semanal con lo que amo y con lo que detesto. Son un ejercicio de desahogo y casi higiénico. Llevo doce años escribiéndolos y todavía me apetece seguir. Es buena señal.

-Hay en muchas de sus novelas una plástica y una narrativa casi pictórica.
-La pintura es muy importante en mi vida desde niño. Siempre quise viajar al fondo de ciertos cuadros que me fascinaron desde muy jovencito. En realidad me hice reportero para viajar al fondo de ciertos cuadros de Goya o de Brueghel. Además, y de eso arranca preciosamente ‘El pintor de batallas’, en los últimos tiempos he llegado a la conclusión de que la pintura de los viejos maestros explica mejor el mundo que las más modernas fotografías.

-¿Esos cuadros de batallas, como ‘La rendición de Breda’, son sustituidos ahora por las crónicas de televisión?
-No. Frente a un cuadro puede reflexionarse largo rato. Durante días, meses o años. Una imagen de guerra de la televisión la ves en cinco segundos entre la ensalada y el arroz. Un minuto después la has olvidado y zapeas a ‘Gran Hermano’.

-¿Cómo elige los títulos de sus novelas?
-A veces son el origen de lo que se va a escribir y, otras veces, son una consecuencia. Precisamente en ‘El pintor de batallas’, es una consecuencia.

-¿Por lo que se ha adelantado de esta novela, hay periodismo?
-Mi experiencia como corresponsal de guerra quedó agotada en ‘Territorio comanche’. ‘El pintor de batallas’ es otra cosa, pues el protagonista podría haber sido un médico de urgencias o un policía de barrio. Mi experiencia como reportero de guerra no tiene, en ella, otra función que utilizar el punto de vista que esa vida me dio sobre la condición humana, el horror, el caos, la soledad y la muerte. Pero no es una novela ni de periodistas, ni de batallas.

-¿Cómo juzga el tratamiento que le dio el cine a sus novelas?
-Irregular. Desde películas que me gustaron mucho como ‘El maestro de esgrima’, de Pedro Olea, hasta cosas razonables como la que rodó Polanski sobre ‘El Club Dumas’ o bazofias como la que hizo Jim McBride sobre ‘La tabla de Flandes’. Por lo que he visto de ‘Alatriste’, estará entre las mejores o quizás sea la mejor.

-¿Intervino en el guión de ‘Alatriste’? ¿Cómo ve a Viggo Mortensen?
-No intervine más que para algunas frases o cuestiones de diálogo puntuales que me pidieron. En cuanto a Viggo, está que se sale. Hasta a mí me cuesta trabajo imaginar ahora a Diego Alatriste con otra cara.

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Mensaje por Rogorn » Vie Abr 12, 2013 2:29 pm

“No quiero imaginar las guerras que cuadrarán en este siglo”
Entrevista con Iván Estarás - Mercado Sureste – 27/02/2006

Que el creador de la saga de ‘El capitán Alatriste’ es uno de los autores más prolíficos, exigentes y seguidos de nuestra literatura contemporánea es algo fuera de dudas. De hecho, a finales de este año, si nada se tuerce, sorprenderá a sus lectores con la sexta entrega de la saga, y en septiembre se estrenará la adaptación cinematográfica que ha dirigido Agustín Díaz-Yanes sobre el popular personaje de aventuras. No está mal para un cartaginés, vecino de Madrid, que cada día anhela más el mar y pasar las horas en un barco al vaivén de sus reflexiones y vivencias.

-¿Por qué el mar Mediterráneo como fondo de ese lienzo?
-Es pura ambición de abarcar un ámbito cultural e histórico que marcha desde Troya hasta las Torres Gemelas. El Mediterráneo es el mar más viejo que conozco. A través suya vinieron la filosofía, el aceite de oliva, el vino tinto, las legiones romanas y nuestro concepto de los dioses griegos, judíos o musulmanes.

-Dicen por ahí que este es su relato más turbador.
-Supongo que se refieren a que es muy duro, con puntos de vista no siempre tranquilizadores y estructura muy diferente a otras novelas. Al fin y al cabo cada una es un mundo aparte. Aquí partí primero de un punto de vista sobre el mundo, la vida y la muerte para plantear personajes, lenguaje y estructura.

-¿Qué importancia alcanza la pintura en este libro?
-La fotografía y la pintura son las verdaderas protagonistas. Y junto a ellas, la geometría y ciertas teorías del caos. La pintura es importante para mí desde niño. Siempre deseé viajar al fondo de algunos cuadros que me fascinaban. Además algunas de las fotografías que realicé al principio de mi vida profesional y en mis viajes se han incorporado a la novela.

-¿Es una novela consecuencia de su experiencia en narrar conflictos?
-Mi experiencia en esta materia no tiene aquí otra función que usar el punto de mi vista que todo aquello me dio sobre la condición humana, el horror, el caos, la soledad y la muerte.

-De aquellos cuadros bélicos a este periodismo de guerra, la situación ha variado.
-Desde luego. Delante de una pintura se puede reflexionar durante años. Frente al televisor, la imagen dura cinco segundos y se degusta entre la ensalada y el arroz para olvidar todo después al zapear a ‘Gran Hermano’.

-Hace poco aseveró que cada siglo tiene las guerras que le cuadran.
-Así es. Y no quiero imaginar las que cuadrarán en el siglo XXI. Supongo que tenemos las guerras que nos merecemos.

-Hay quien niega que estemos en plena guerra.
-Hay mucho bobo empeñado en ello. Estamos en guerra, aunque más bien habría que decir que estamos ante el final de lo que conocemos como Occidente. Lo peor de todo es que no pertenecemos al bando de los que van a ganar, sino al de los tontos que recibirán todas las bofetadas en el mismo sitio.

-¿Es tan frenético el siglo XXI?
-El protagonista de mi novela se teme que las épocas más brillantes y esperanzadoras de la Humanidad las hemos dejado atrás. Pero sólo es una opinión. Una novela.

-¿Las novelas son como las mujeres?
-Sí, siempre te eligen ellas. Lo he dicho alguna vez. Viajas con un mundo personal y de repente una historia te mira a los ojos y si es bastante seductora parte de ese mundo que llevas en la mochila te da palmaditas en la espalda y se suma a la faena.

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Mensaje por Rogorn » Vie Abr 12, 2013 2:45 pm

El padre del capitán Alatriste presenta una obra de corte reflexivo: “El pintor de batallas”
Entrevista con Óscar López - Qué Leer – 03/2006

Ya sea con su serie del capitán Alatriste, con sus libros de artículos, como el recientemente publicado ‘No me cogeréis vivo’, o sus novelas, lo cierto es que Arturo Pérez-Reverte (Cartagena, 1951) siempre está presente en los aparadores de las librerías. ‘El pintor de batallas’ (Alfaguara) es la última aportación a un currículum literario que no deja indiferente.

Viaje a los madriles. A la segunda casa del escritor y académico Pérez-Reverte: el café Gijón. Quedan pocos días para la publicación de su última novela, y es inevitable pensar en la reacción de sus lectores, sus críticos, de todos aquellos que han seguido su exitosa carrera en estos últimos años. El motivo: ‘El pintor de batallas’ es un cambio, un punto de inflexión literario algo arriesgado, donde solo tres personajes asumen la responsabilidad de tener a los fans del escritor con la mirada fija en la página.

El adelanto argumental: un fotógrafo de guerra aparca la cámara y decide pintar un gran mural que resuma lo vivido en esos conflictos de Dios, y que muestre aquello que no pudo captar con sus fotografías. Y en eso que llega un tipo del pasado y lo invita a reflexionar sobre la desolación. Luego está ella, porque casi siempre hay una mujer, de la que mejor no descubrir nada en esta entrevista.

El aviso: la guerra está presente, pero no es ‘Territorio comanche segunda parte’, y la acción se muestra a cuentagotas porque no hay aventura, ni héroes, ni protagonistas desalmados. Esta es una historia sobre el horror intrínseco al ser humano. Pura reflexión. Con semejantes argumentos, la cita con este escritor, que aparece encorbatado y con la barba cada vez más canosa, se prevé emocionante.

-Un volcán de lava fría. ¿Es un salto adelante?
-Para mí no. Ni es un cambio. Yo tengo un mundo narrativo, que es el mío, hecho de libros, de vida y de una manera de ver el mundo. Tengo novelas donde prima la acción, la aventura, el espadachín, y en esta se puede decir que sobresale el aspecto reflexivo, descarnado. Es una novela con tratamiento de choque.

-¿A qué te refieres?
-Porque me corresponde por edad, por biografía. Creo que ha llegado el momento de desarrollar ciertos temas con más intensidad de lo que lo había hecho hasta ahora. Esta novela es como un tajo que llega al hueso.

-¿Por eso es una novela más dialogada que de costumbre, con menos personajes?
-Claro. Sin embargo, cualquier lector mío reconocerá los mismos temas que siempre me han obsesionado. Es como una tarjeta codificada que explica muchos aspectos de mis novelas anteriores. Pero sin ser una repetición.

-¿Te preocupa la reacción de los lectores antiguos y de los nuevos?
-No. El lector nuevo puede huir espantado o quedarse seducido. Espero que le guste. A fin de cuentas llevo muchos años en este oficio, sé cómo escribir una novela y he procurado ser honrado con lo que yo necesitaba explicar, utilizando los recursos técnicos disponibles para que el lector se enganche con la historia. Yo inventé el género que ahora está tan de moda. Acuérdate de ‘La tabla de Flandes’, ‘El Club Dumas’ o del mismo Alatriste. Podría estar publicando historias parecidas cada seis meses, pero no es eso lo que quiero.

-Imagino que siempre has escrito lo que te ha dado la gana, pero da la sensación de que esta novela te la pedía el cuerpo.
-Mucho. Ha salido de muy adentro, pero a la vez está muy calibrada. Tono, personajes, guiños... Es evidente que he utilizado partes de mi vida, pero sin caer en el relato autobiográfico ni en el relato gore. Hubiera resultado muy fácil recrearme en el tremendismo, sacar vísceras y sangre a borbotones. Pero yo no quiero hablar de la guerra, sino del Universo, que no tiene sentimientos, y mostrar que el mundo es como carne puesta sobre una mesa de mármol, y un bisturí la está cortando. Yo necesitaba mostrar el espanto, un volcán de lava fría, como se dice en el libro. Por eso es una novela contenida, narrada en un tono muy gélido. Y eso refuerza más el horror. Un horror que he vivido, que no me han contado como a otros, que luego le sacan rendimiento.

-¿No se puede escribir sobre el horror o la guerra si no se ha vivido?
-No me refiero a escritores, sino a esos intelectuales que intentan explicarnos el horror. Novelistas los hay mejores y peores. Me refiero a esos pensadores que, sin meter nunca la mano en la sangre y en la mierda, se pasan años teorizando sobre el tema. Yo, que sí he estado años metido hasta las cejas, solo he sido capaz de publicar esta novela donde intento buscar un camino de salvación y consuelo.

-Que nadie crea que estamos frente a un libro de memorias.
-Es que no lo es. Es una fabulación. Claro que lo podría haber escrito, hablar de Sarajevo, Líbano, Eritrea, matar o morir, y tal. Por biografía podría haberlo hecho, pero no me ha dado la gana. Es una novela, que quede claro.

-Pero hay mucho de tu pasado en el libro.
-No necesito que me expliquen nada del horror, porque lo he visto durante veintiún años. Podría haber recurrido a un médico de urgencias o profesión similar para explicar lo mismo, pero mi experiencia ha sido la guerra y he recurrido a aspectos que me son útiles.

-¿Sin esa experiencia bélica no habrías podido escribirla?
-Naturalmente, pero la guerra no es más que una manifestación intensa, brutal, desaforada de lo que el ser humano lleva en sus genes, en la sangre. Lo vemos en las peleas de los conductores en los semáforos, en las disputas domésticas, las torres gemelas, el sida: no son más que indicios de lo que la guerra muestra en forma global. La única diferencia es que en la guerra todo es mucho más evidente. Cada línea de la novela es aplicable a la vida cotidiana. Eso es lo que he querido reflejar.

-¿Es la que más te ha costado escribir?
-Probablemente sí. Hacer esta novela ha sido como moverme por un campo de minas. Todo está muy calculado. Es más corta que las anteriores. Solo salen marcas de cámaras de fotos y de armas, y hay un montón de símbolos que espero que los lectores descubran.

-Por eso es una historia descorazonadora, donde los protagonistas sueltan afirmaciones del tipo: "Los hombres somos animales carniceros", "El hombre mata y tortura porque le gusta", "Cuando el desastre devuelve al hombre al caos del que procede, salta el barniz y otra vez es lo que era: un riguroso hijo de puta".
-El ser humano se ha dado demasiada importancia. Hemos llegado a tal grado de arrogancia y estupidez, que cuando al ‘Titanic’ se lo lleva por delante un iceberg, o el tsunami mata a 300.000 personas, nos preguntamos cómo es posible, y lo es porque el tsunami ha existido siempre, pero antes no había hoteles a pie de playa. Estamos violentando las reglas de la naturaleza. Nunca hemos estado tan indefensos, por estúpidos, como lo estamos ahora. Ocurre lo de las torres gemelas y todo el mundo se lleva las manos a la cabeza. ¿Pero de qué se espantan? Lo he estado contando durante veinte años. Han matado a muchos compañeros míos para contaros eso mismo. ¿De qué os sorprendéis?

-El tema de la responsabilidad de cada individuo aparece a lo largo de la historia.
-Tiene que ver con el hecho de que el hombre moderno no es responsable de nada. Sale a la calle con la pancarta de la ONG, se pone el pin de no a la guerra, da dinero para salvar a las focas y así se siente solidario y tranquilo. Y no es verdad. Es tan responsable como el que asesina o viola, y más hoy en día. Si hasta se utilizan imágenes de guerra para anunciar marcas de ropa. Hemos trivializado tanto el horror que forma parte de nuestra vida como si fuera un cuadro, una mesa, un coche. Hemos llegado a tal nivel de disparate que nos hacemos merecedores de cualquier desgracia.

-Por eso en la novela hay una cierta falta de piedad.
-Porque es muy útil. Te alivia. Cuando uno descubre que el ser humano tiene lo que se merece, sufre menos por él. Cuando te has pasado muchos años atormentado con cantidad de fantasmas subidos en la chepa, llegas a la conclusión de que el ser humano tiene lo que se merece, que el niño que ahora es víctima cuando sea mayor será verdugo. Cuando aprendes esto por vía empírica, te sientes mejor. Por eso esta novela es un ejercicio de consuelo.

-¿Y esa falta de piedad te ayuda a disfrutar más de la vida?
-Naturalmente, porque todo se hace mucho más simple; aunque entramos en terrenos filosóficos que no tienen nada que ver con la novela.

-Creo que sí tienen que ver...
-Todo es más simple porque es la carrera del prisionero. Sabes que no hay salida, que te van a fusilar, y puedes caminar mansamente a esperar la ejecución o echar a correr y durante esos quince segundos ser libre. Recuperas palabras perdidas: valor, coraje, dignidad, libertad. Son solo quince segundos, pero es lo que nos queda. Cuando sabes que solo dispones de ese tiempo, lo valoras todo de una manera muy intensa. Para que me entiendas, en esta novela he querido destruir ese estereotipo de humanidad y de justicia que es absolutamente falso, y animar a recuperar de las ruinas aquello que aún puede salvar al ser humano.

-Y para contar todo esto te sirves solo de tres personajes, los dos hombres y la mujer que fue el amor del fotógrafo.
-Suelo decir que son dos personajes y medio, porque ella no está físicamente.

-Pero es un personaje fundamental.
-Lo es, sin duda. Desde un inicio tuve claro que no quería más personajes.

-Uno de ellos es un antiguo soldado croata. ¿Tiene que ver con el hecho de que el conflicto de los Balcanes fue tu último trabajo como reportero de guerra?
-Claro que hay guiños personales en esa elección, pero por encima de todo está Vukovar, que aparece en el libro, donde murieron muchos amigos míos croatas. Los mataron a todos. Fue mucho más duro que Sarajevo. Los tengo grabados en vídeo. A veces los miro y ya no queda nadie. Yo estaba con Márquez en la ciudad cuando los serbios entraron, huimos por los maizales, y no salió nadie más. Los mataron a todos. No sé si recuerdas una película que se llama ‘Las flores de Harrison’.

-Sí, con Adrian Brody y Andie MacDowell.
-Pues ese último equipo que salía de la ciudad éramos nosotros. Eso es real. Para mí, muchos de mis fantasmas balcánicos, como diría Kaplan, vienen de Vukovar.

-Toda esa desolación aparece en el mural que pinta el fotógrafo en la torre circular. Una metáfora de la historia. Todo regresa al principio.
-Es el bucle de la historia. Ahora estamos viviendo el fin de un ciclo imperial. Pero, como muchos políticos no leen historia, no se enteran. Estamos viviendo punto por punto el final del imperio romano, o el bizantino.

-La pintura y la fotografía juegan un papel destacado en la historia.
-Fíjate que toda la acción está relegada a lo inmóvil. Todo son imágenes estáticas.

-Y esas escenas del mural... impacta la imagen del niño que es exactamente la misma que la del soldado que se encuentra un poco más allá.
-Porque los he visto crecer.

-O ese otro niño con la pistola de madera, que en medio de la barbarie muestra una sonrisa que pone los pelos de punta.
-Esa es auténtica. Pero espanta la desnudez, no el chof chof de la sangre.

-O la escena del manicomio en Centroamérica donde los internos se pasean medio desnudos entre los combatientes.
-También la viví, y te aseguro que hay miles de imágenes tan fuertes como estas o más, que me parecieron simbólicas.

-Para comprender mejor ese horror y aceptarlo, en la novela se reivindica el papel de los clásicos.
-Al escribir esta novela me he dado cuenta de lo bueno que fue haber traducido de joven a Homero y a los griegos. En general, la gente no conoce a los clásicos.

-Hace tiempo que lo dices.
-Pero con esta novela es más evidente. Virgilio, el Bosco, Goya y muchos más estaban en contacto con la vida, no como ahora que los artistas están más pendientes del diseño, la pasarela. Picasso no vio una guerra en su vida, pero Goya sí la vio y se nota en su mirada. Por eso hay que revisitar a los antiguos, saber qué es Troya, el Olimpo, el destino del héroe. Cuando los sinvergüenzas que hacen los planes de estudio nos alejan de ellos, nos privan del mecanismo de comprensión, ergo del mecanismo de consuelo, ergo del mecanismo de salvación. Nos están jodiendo, nos dejan indefensos frente al horror. No quiero ni pensar qué habría sido de mí si estos tíos me hubieran pillado de jovencito y no de mayor. ¡Qué suerte he tenido al estar en todas esas guerras con un equipaje que me permitió asimilar y comprender lo que vi! Por eso no me volví loco.

-Lo tuyo con la pintura viene de lejos.
-Siempre me ha gustado mucho y mis amigos saben que de arte entiendo algo.

-¿Le das a los pinceles?
-No, ni lo intento. Me interesa la pintura, entre otras cosas, porque creo que actualmente es más valiosa que la fotografía o la televisión, que han sido prostituidas por el sistema. El único arte moderno que es útil es el que mantiene los eslabones con el viejo arte. Por eso en esta novela explico cómo se puede hacer una transición del arte clásico figurativo al arte moderno. A mí me ha costado mucho saber diferenciar el arte moderno basura y oportunista del que es una manera de mirar el mundo. Durante años estuve confuso y lo condenaba todo.

-El fotógrafo habla de la foto perfecta, esa que todo artista busca. ¿Es algo inherente al creador?
-Depende, hay de todo. Con la edad te das cuenta de que no existe la obra perfecta. La buscas a los 20 años, y es bueno que sea así porque esa fe te hace progresar.

-Ese artista comenta que sobrevivió al horror concentrándose en el trabajo y diciéndose a sí mismo que el resto era mejor dejarlo para más tarde. ¿Ese más tarde sería, en tu caso, esta novela?
-Sin duda. Cuando yo tenía un minuto y medio para explicar lo que pasaba en Sarajevo o en el Líbano, no me podían pedir que denunciara el horror de la condición humana. Yo era un mercenario mostrando mi trabajo y punto. Ahora ya no es así. Esta novela es esa reflexión que nunca había podido hacer de forma tan intensa. Ni siquiera en Territorio Comanche, por mucho que algún tonto quiera verlas iguales.

-Es una obra distinta, incluso en el tema del amor. No recuerdo una relación amorosa como la de este libro.
-El marinero en ‘La carta esférica’ está muy enamorado, pero no es una relación como esta. Déjame pensar un poco... porque en ‘El maestro de esgrima’ tampoco acaba de ser una historia correspondida... No me había parado a pensar en esto.

-Es que esta es una relación muy especial, muy austera, intensa.
-Como amor lúcido, quizás es verdad que es la novela donde la relación es más completa, donde el amor es más importante, pero de una manera sobria.

-El ajedrez también vuelve a tener presencia.
-Es tradicional en mis novelas. Me gusta mucho. Ahí está la torre donde vive el fotógrafo en la esquina del mapa, los pasos en el tablero o la comparación del ajedrez con la guerra por la importancia de conocer la jugada...

-Y el papel estelar que le das a la geometría: en los cuadros, en las imágenes bélicas con las líneas que marcan las trazadoras, el recorrido de la sangre en el rostro de las víctimas...
-Es que lo veo así, es otra conclusión a la que he llegado por culpa de las guerras: que están llenas de líneas, de formas geométricas, planos, calles paralelas que se juntan y se vuelven peligrosas. Y todo eso te marca profundamente. Todavía ahora, mi hija me dice que me comporto como un soldado: costumbres de higiene, pelo corto, uñas cortas, la manera de dormir, la mochila, la manera como busco los ángulos de sol y sombra, del viento y el frío, como hablo por el móvil cerca de la pared. Son comportamientos defensivos pero sin ser paranoicos. Es propio de quien ha estado en territorio hostil durante mucho tiempo. y eso te deja una manera de ver. La geografía de la guerra es muy peculiar. Y pasa en la vida en general. Te paras en la gasolinera dos segundos más y eso tiene que ver con que choques o no en el primer cruce que encuentres. Son trayectorias que el falso azar hace que coincidan o no. Te estoy hablando de un entramado geométrico complejísimo del que dependen nuestros destinos.

-Tú hablas en la novela del orden del caos. Nada que ver con el azar austeriano.
-Yo estoy en el lado opuesto, aunque respeto mucho la opinión de Paul Auster. Yo tenía esta intuición pero no tenía la certeza científica. Al documentarme para esta novela, descubrí, para mi sorpresa, que existen teorías científicas muy serias sobre el caos.

-¿Se echa de menos la adrenalina de entonces?
-No. Quizás los primeros cinco o diez años, pero después ya no. La adrenalina tiene que ver más con la juventud que con la guerra. La buscas escalando una montaña o lanzándote en paracaídas, cosa que también hice. No cambio la adrenalina por la lucidez.

-Ha pasado el tiempo, llegan los jueves y entras en la Academia. ¡Quién te lo iba a decir hace solo diez años!
-He tenido mucha suerte. Pero, sobre todo, porque salí al mundo con la mochila llena. Y eso me salvó. Si no, ahora seguiría siendo un reportero en un bar de mala muerte en Saigón o Hong Kong, o estaría muerto. A mí me ha salvado saber de dónde venía. No sé qué será de mí dentro de unos años, pero sé muy bien de dónde vengo.

-¿En ese futuro imprevisible cabe otra novela de estas características?
-Me temo que esta novela está agotada en sí misma, así que, otra como esta, creo que no.

-Dice el croata que hay lugares de los que nunca se vuelve. ¿De cuáles no has regresado tú?
-De varios, de muchos. Y lo digo sin ningún dramatismo, pero es así. Yo no tengo pesadillas por las noches, pero tengo fantasmas, que es distinto. Cuando tienes asumido lo que has vivido, la pesadilla deja el lugar al fantasma, que es más soportable, pero es más triste. La pesadilla es una cuestión de sueño inconsciente, es temporal, pero el fantasma lo llevas permanentemente. Yo tengo remordimientos, tengo imágenes en mi cabeza que no se van a borrar nunca. Cosas malas que he hecho, cosas malas que he visto hacer y que están ahí. Que me producen una sensación de angustia y soledad muy intensa. No son recuerdos que me atormenten, es compañía que llevo.

-Imagino que debe haber muchos rostros inolvidables, como los que aparecen en el gigantesco mural de la novela.
-Hay rostros que no puedo imaginar de otra manera. Caras de niños que nunca voy a poder imaginar sonriendo, gente que me ha mirado reclamando ayuda y a la que no pude ayudar. Y vives con eso. Es cierto, hay lugares de los que nunca he regresado, pero no es malo que sea así.

Muy personal

-Una escena cinematográfica.
-El final de ‘Perdición’, cuando E.G. Robinson le enciende el cigarrillo a Fred McMurray.

-Algo que te subleve.
-La estupidez unida al poder y a la arrogancia. Es decir, los gobernantes españoles del siglo XX.

-Televisión.
-Casi no la veo. La utilizo para ver películas.

-Deportes.
-Practiqué muchos de joven pero ahora no me interesan nada, ni como espectador.

-Aficiones.
-Ya no, antes hacía barcos de madera, pero ahora no tengo tiempo.

-Canciones.
-Me gustan las que cuentan historias: los boleros, los tangos, las coplas y los corridos mexicanos.

-Un objeto del que nunca te desprenderás.
-Tengo asumido hace años que la vida me desprenderá de todos. Pero, si te refieres a si le tengo cariño a alguno, te diré que a mi colección de libros de Tintín con lomo de tela.

-Supersticiones.
-No tengo, e incluso deliberadamente he hecho cosas para comprobar si era cierto eso de que provocaban mala suerte.

-Fobias.
-A los políticos españoles sin distinción de color.

-El peor conflicto bélico que has vivido
-Los Balcanes y el Líbano al principio.

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Rogorn
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Mensaje por Rogorn » Vie Abr 12, 2013 2:55 pm

“Me retiré de la guerra cuando me di cuenta de que a la gente le importaba un carajo”
Entrevista con Elisa Silió – Man – 03/2006

Cuando el novelista Arturo Pérez-Reverte (Cartagena, Murcia, 1951) se encierra en la bodega de su casa a trabajar, su familia dice que “baja a la mina”. Y en esta mina, rodeado de 300 libros de consulta (su biblioteca está compuesta por 12.000 volúmenes), el escritor cartagenero se ilustró durante dos años en teoría del caos y pintura histórica para escribir ‘El pintor de batallas’, una novela con tres ejes: el arte, la ciencia y la guerra que él ha vivido en primera persona. Andrés Faulques, un fotógrafo bélico retirado, intenta recomponer su vida pintando un mural de los horrores vistos, pero todo cambia cuando le sorprende en su torre un ex soldado croata.

-¿Por qué este libro es una “deuda” con sus lectores?
-Cada novela exige un tratamiento, un lenguaje, unos personajes y un ritmo narrativo diferentes para contarla. Y en ‘El pintor de batallas’, además de todo esto, se desprende un montón de claves que tienen que ver con mis héroes desgastados de obras anteriores como ‘El capitán Alatriste’, ‘El maestro de esgrima’, ‘La carta esférica’ o ‘La Reina del Sur’. Es, de alguna forma, el libro de códigos que permite situar y explicar muchas otras cosas.

-300 páginas de reflexión. ¿Es su novela más ambiciosa?
-Todas lo son. Este libro quiere calar en aspectos de la vida, la muerte, la guerra, la pintura, la ciencia o mi propia biografía. Había llegado el momento de escribirlo. Es el libro del que estoy más orgulloso, sobre todo porque al escribirlo miré hacia atrás y estoy satisfecho de mi biografía, aunque no sea una novela autobiográfica.

-Parece un testamento de alguien que ya lo ha hecho todo.
-No es que sea un testamento. Tengo ya 54 años y, al mirar atrás, veo cosas que he aprendido, otras de las que me alegro y otras que lamento. Cuando escribo del horror, el dolor, la muerte, la guerra, la enfermedad, no tengo que recurrir a libros, ni imaginarlo en la barra de un bar. Lo he vivido personalmente.

-¿Ha sido, como ironizan los protagonistas de El pintor de batallas, “un turista de la guerra con billete de vuelta”?
-El horror nunca tiene billete de vuelta. Hay sitios de los que no se vuelve nunca. Y no lo digo como un drama. Hay cosas que se pegan a tu piel, como el olor de una guerra.

-¿A qué huele?
-A casa incendiada, a carne que se pudre, a suciedad… Esta novela justamente trata de esos sitios de los que no tienes billete de vuelta. Y de cómo hacer convivir esa falta de regreso con la vida normal. Te das cuenta que la vida real no es ésta, la de España, sino aquella, la de la guerra. La normalidad no es el ser humano de “pase usted primero”, el que vota en las elecciones. Lo normal es el hijo de puta que lucha por su supervivencia. A veces el hombre se vuelve anormalmente civilizado, pero cuando el horror le golpea, la protección se rompe y aparece el tsunami, la guerra de Sarajevo, el virus del sida, el hundimiento del ‘Titanic’. Aquello que devuelve al hombre a su realidad, que es convivir con el horror y el terror.

-Argumenta que socialmente está mal visto mostrar en primer plano el horror. Sin embargo, las víctimas y familiares del 11-M reprocharon lo contrario a los medios de comunicación.
-La gente no quiere saber qué está pasando. Ve el telediario, pero enseguida hace zapping para otra cosa. Antes el ser humano tenía más contacto con la realidad. Todo el mundo había estado en una guerra, ocho de cada diez niños no llegaban a mayores… Al habernos rodeado de confort, al negar el horror, al evitar que el niño vea al muerto, al no querer ver en el tanatorio, hemos perdido la capacidad de reaccionar cuando llega la realidad. La sociedad no está preparada para afrontar Torres Gemelas, ni Titanics, ni tsunamis … Ahora hay una tragedia, como la del 11-M, y ya están psicólogos para tratar a la familia, para asumir la realidad. Eso hace 50 años hubiese sido impensable. Y la novela habla de eso, de cuando no te puedes autoengañar.

-¿Qué hacer entonces?
-Hace falta otra actitud para afrontar la vida. Una lucidez intelectual y una actitud moral gélida para poder soportar el horror y sobrevivir. En el libro la ciencia, el arte y la memoria son un mecanismo de salvación frente al horror. Porque el ser humano moderno no puede engañarse, esa mentira está desapareciendo.

-¿El hombre cierra los ojos por ignorancia o por irresponsabilidad?
-Por ambas cosas. Es como cuando hay un problema y se niega para no solucionarlo. Por eso vivimos en un mundo virtual, el de Bambi.

-Un mundo en el que, según los protagonistas de la novela, la fotografía bélica ya no cuenta la realidad.
-La fotografía está manipulada. Sirve para un anuncio de ropa, se utiliza Sarajevo para presentar la colección de primavera… Hemos trivializado tanto el horror que el fotógrafo del libro vuelve a los maestros antiguos que sí tenían contacto con él.

-¿No será que los gobernantes no ocultan el horror?
-No, los políticos son nuestro reflejo, como Hitler era reflejo de la mentalidad de la alta burguesía alemana de los años treinta. Se supone que tengo que sentir pena por los miles de muertos del tsunami. Pero, si se analiza intelectualmente, los tsunamis existen desde que existe la humanidad, sólo que antes no se construían hoteles en primera línea de playa. Ahora el hombre cree que puede desafiar a la naturaleza, mantenerla a raya, pero un día ésta habla y lo destroza todo. Entonces, ¿tengo que tener pena por los muertos? ¿Pena por el hombre estúpido que viola la naturaleza y luego no quiere pagar el precio? Es el hombre el que provoca el horror, el que construye el ‘Titanic’ que dice insumergible y se hunde, unas Torres Gemelas que teóricamente se pueden evacuar durante cinco horas y que desploman a las tres. Somos nosotros los culpables, no los terroristas, no es el azar. Estamos violentando la normalidad de la naturaleza.

-¿Su mural del horror se parecería al de Faulques?
-Sí, porque lo que hago es recurrir al horror que conozco, que es el de la guerra, pero lo mismo podría contar una prostituta de la calle Montera de Madrid, un jefe de policía o un médico de urgencias. La guerra en la novela es accidental y lo poco de periodismo que sale no tiene que ver con lo samaritano. Ahora se lleva el periodista que dice: “Yo estoy aquí para ayudar a la humanidad”. No, tú estás allí porque es tu trabajo.

-¿En el reporterismo de guerra hay ética?
-Yo me retiré de la guerra hace 12 años porque me di cuenta de que mi trabajo no valía para nada. Estaba contando la guerra a unos señores a los que les importaba un carajo, que cambiaban para ver el partido. Estaban como anestesiados por propia decisión y no era culpa de los políticos. En Sarajevo la guerra duró casi cinco años por mis espectadores, que decían “¡qué horror!” y luego hacían zapping. Me dije, ¿qué estoy haciendo aquí?

-Y se centró en la literatura.
-Sí. La diferencia es que en una novela puedo contar de verdad lo que pasa o lo que creo, hablo el tiempo que dura la lectura a un tipo interesado. Puedo explicar sin que el director de los informativos me diga: “¡Qué horror, con cuántos muertos! ¡Qué espanto, se les va a cortar la digestión!” En minuto y medio entre un partido de fútbol y un desfile de moda no puedes contar nada.

-Sin embargo, en la novela no se recrea en la descripción de las atrocidades de las que se lamentaba el director de informativos.
-No, hay mucha sangre, pero no adjetivos ni hipérboles. Estoy contando lentamente cosas que yo he visto. Que la lea quien quiera saber cómo es el horror del universo. Es un volcán de lava fría.

-Tras esta mirada atrás, ¿qué le queda por hacer?
-Muchos libros por leer y mares por navegar, algunos libros por escribir… Y me queda asistir mi propio final. Ver cómo llevo la vejez, la enfermedad, la decadencia… Me queda la parte más interesante, que es el final de la película. No hablo como un viejo, pero no niego lo que acecha. Aunque, cuidado, sé que las mayores experiencias ya las he pasado: la pasión, las locuras, los viajes…

Un año de cine. 2006 va ser su año. Tras la publicación de ‘El pintor de batallas’, para septiembre se espera el estreno de la superproducción ‘Alatriste’, dirigida por Agustín Díaz-Yanes, y, si le dejan, pretende escribir en otoño la sexta entrega de las aventuras de su personaje más célebre. “Fui un día de turista al rodaje y lo que he visto en bruto es deslumbrante. Viggo Mortensen de Alatriste está inmenso”, cuenta. “Me preguntó qué me parecía que pusiese acento leonés y le dije que bien. Y como actúa con maneras muy taurinas, vamos a ver a un torero leonés de Alatriste”. Pero ahora tiene un problema: “No sé cómo voy a escribir de Alatriste. Pienso en él e imagino a Viggo”.

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Mensaje por Rogorn » Vie Abr 12, 2013 2:59 pm

A la venta en las librerías ‘El pintor de batallas’, la última novela de Pérez-Reverte
Efe – 01/03/2006

La certeza de que el hombre "vive como si fuera invulnerable y es más fácil que nunca", llevó a Arturo Pérez-Reverte a escribir su novela 'El pintor de batallas', una obra que llega hoy a las librerías y en la que el escritor vuelve a Troya y trata de comprender "la realidad de las Torres Gemelas a la luz de Homero". La novela, publicada por Alfaguara, guarda "un cierto parentesco" con otros libros suyos como 'La carta esférica' o 'La Reina del Sur', aunque, como le decía Pérez-Reverte a Efe en una reciente entrevista, entra "en el fondo de ese mundo" para reflexionar sobre la condición humana, el dolor, la crueldad y el horror.

Un horror, opina el escritor, que no se limita a la guerra, aunque ésta sea una de sus máximas expresiones, sino que "forma parte de nuestra realidad cotidiana: el ser humano está continuamente bajo la bota del horror, y la única solución es asumirlo como parte de la naturaleza y de la condición humana".

La nueva novela de este académico de la Lengua, que en España sale con una tirada de 250.000 ejemplares y que a lo largo de marzo y abril se pondrá a la venta en Hispanoamérica, "no es más que un ejercicio de consuelo" y la forma que tiene el escritor de defenderse "frente al horror y frente a esa realidad que durante 54 años" ha tenido "pegada a la cara". Porque Arturo Pérez-Reverte sabe de lo que habla y nada de lo que hay en 'El pintor de batallas' se lo han contado. El libro "está hecho de lecturas, pero, sobre todo, está hecho de vida", afirma el escritor, que durante 21 años fue reportero de guerra y las experiencias que acumuló en ese tiempo le han servido sin duda para construir la historia "dramática, terrible y desoladora" que cuenta en la novela.

Los tres grandes ejes argumentales de la obra son la ciencia -en especial la geometría del caos-, el arte y la guerra, y el protagonista de la misma es Andrés Faulques, un fotógrafo de guerra que recorre el mundo "en busca de la imagen definitiva e intentando confirmar una sospecha: que el caos tiene reglas". Después de 30 años, Faulques sustituye la cámara por los pinceles y se retira a un torreón abandonado de la costa española a pintar un inmenso mural que resuma su visión de todas las batallas y que "permita explicar las reglas geométricas que rigen el caos". Pero el pasado "viene a pasarle factura" a Faulques, y un buen día se presenta en el torreón Ivo Markovic, un antiguo soldado al que el fotógrafo había inmortalizado en una instantánea sobre el repliegue de una unidad croata tras la derrota. Aquella imagen dio la vuelta al mundo y las consecuencias fueron terribles para Markovic, "el rostro de los separatistas croatas": violaron y mataron a su mujer y asesinaron también a su hijo. Con esos dos personajes y con el recuerdo de una mujer muerta, Olvido Ferrara, experta en arte y amante de Faulques, Pérez-Reverte desarrolla la trama y lo hace sin efectismos, de una forma "serena, fría y tranquila".

"No podía ser una novela visceral ni de aventuras ni de pasiones, porque el horror de verdad es frío como una mesa de mármol y el universo mata fríamente", aseguraba el escritor en la entrevista en la que adelantaba a Efe algunas claves de un libro en el que abundan las reflexiones sobre el arte "como manipulación de la realidad, como enigma y como guía". Con 'El pintor de batallas', Arturo Pérez-Reverte ha vuelto a Troya y a los clásicos y ha comprobado "el privilegio" que supone poder entender el mundo actual a la luz de Homero, Virgilio o Jenofonte. Un privilegio que "ahora están negando a los jóvenes", y por eso el escritor se pregunta "cómo ellos van a poder entender lo de las Torres Gemelas cuando la palabra Homero desaparezca de los libros".

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Mensaje por Rogorn » Vie Abr 12, 2013 3:01 pm

Ninguna foto es inocente
Carles Barba - La Vanguardia - 01/03/2006

La literatura está llena de encuentros decisivos, de historias que se surten de un cara a cara entre dos personajes que se autodescubren en relación al otro. En 'El idiota' de Dostoievski por ejemplo Mischkin y Rogozhin coinciden en un expreso a San Petersburgo, y ahí sellan su destino. También Bruno y Guy en 'Extraños en un tren' de Highsmith quedan unidos por un casual encaramiento en un compartimento ferroviario. En el relato 'Sí' de Bernhard el narrador no logra salir de sí mismo hasta que se cruza con la persa en una oficina inmobiliaria, y a partir de ahí establece con ella un fructífero diálogo. En 'La víctima' de Bellow la vida de Asa Leventhal da un giro cuando es abordado en un parque neoyorquino por un tal Allbee, que le acusa de haber arruinado su carrera, y él ya no puede deshacerse de ese doble.

La decimosexta y última novela de Arturo Pérez-Reverte (Cartagena, 1951) podría insertarse en esta línea de ficciones a dos voces, de personajes que se toman la medida mutuamente. Su estructura y tono de hecho recuerdan los de 'El último encuentro' de Márai donde, tras cuarenta años de no verse, un general recibía la visita de Konrad, un amigo de la juventud. Aquí el protagonista de la obra es Andrés Faulques, un ex fotógrafo bélico que se ha retirado a pintar en una solitaria torre vigía de la costa, y quien emerge de su pasado se llama Ivo Markovic, un antiguo combatiente croata al que él fotografió en pleno repliegue, en una imagen que dio la vuelta al mundo. Han pasado quince años, y el miliciano en ese lapso ha movido mar y tierra para localizar al cámara que tomó su instantánea. Ivo, como el Konrad de Márai, viene al torreón a saldar una cuenta –la foto que a Faulques le dio fama y dinero, a él le ha traído consecuencias funestas–, y el cañamazo de la novela se sustenta en los tête-à-tête entre dos hombres cuyas vidas se tocaron sólo por unos segundos y que ahora van a dirimir una serie de asuntos pendientes que exigen despaciosas conversaciones.

¿Con qué derecho –pregunta el croata– el reportero le captó en un momento comprometidísimo de su existencia (con los chetniks serbios pisándole los talones, él indefenso en su retirada) y luego se lucró con esa imagen, y cosechó premios, sin importarle un carajo a quien había retratado, y cuál era su verdadera identidad, y qué secuelas podía comportarle la foto en cuestión? Por otro lado, Andrés Faulques, que ya ha colgado sus Nikon y sus Leicas, y lleva siete años empeñado en pintar en el propio torreón un mural sobre la guerra, se inquiere: ¿con qué legitimidad irrumpe ahora en su nueva vida uno de los tantos miles de seres con los que se rozó en su periodo de fotoperiodismo bélico, y le pide responsabilidades por su trabajo, y hasta se quiere cobrar con su vida una presunta deuda moral para con él?

'El pintor de batallas' es un pulso entre dos individualidades, una novela conversacional, un toma y daca entre dos interlocutores en apariencia antipódicos y hostiles pero que, a medida que ventilan el pasado y desentierran episodios tremendos de barbarie, van comprendiendo que el vendaval de la historia les ha arrastrado a ambos por igual, y que por tanto les interesa más indagar juntos en ese caos que enconarse en rencillas personales. Significativamente Ivo Markovic entra en el ámbito de Andrés Faulques cuando la vida de éste ha hecho crisis de un modo radical, porque se ha dado cuenta de que la fotografía ya no le sirve para interpretar la realidad, y confía en que la pintura (y en este caso un mural de una batalla que es una síntesis de todas las batallas) le dé las claves que rigen el desorden del cosmos. En sus sucesivos diálogos Faulques consigue interesar a Markovic en su obra pictórica, y éste descubre con sorpresa que el arte puede auscultar con plausibilidad los enigmas del universo. Pero en el curso de estas charlas el croata a su vez enseña a Faulques que, tanto con la cámara como con los pinceles, él está lejos de ser sólo un hombre que mira, “un tercer hombre indiferente”, y que, tanto los miles de fotos que tiró como el mural en el que trabaja, le contienen a él, y le interconectan además con la corriente general del mundo. Markovic, al desvelarle la cadena de desgracias que le deparó la foto que tomó de él en su retirada de Vukovar, le afianza en su sospecha de que “hay una red oculta que atrapa el mundo y sus acontecimientos, donde nada de cuanto ocurre es inocente y sin consecuencias”.

'El pintor de batallas' en este sentido se desarrolla en tres planos: el tiempo en el que Faulques tarda en completar la pared cóncava; el tiempo –la cuenta atrás– que le da su visitante croata para que ponga en claro sus asuntos pendientes; y el tiempo de sus recuerdos, que van desplegándose al hilo del mural y de los coloquios con su interlocutor, y en la mayoría de los cuales anda presente una mujer, colega y amante, cuya pérdida ha hecho mella en su carácter. Olvido Ferrara (tal es el nombre de esta atractiva modelo de padre italiano y madre española) deviene una presencia tan real y obsesiva como la del propio Markovic y, a través de la evocación de días compartidos en México DF, Venecia, Roma o Atenas, y en escenarios bélicos como Dubrovnik, Kuwait, Sarajevo o Mogadiscio, Faulques va comprendiendo cuánto le debe a ella en la nueva mirada con que ahora ve las cosas, y en qué modo sus comunes experiencias (sobre todo frente al horror de la guerra) han curtido su alma y le han arrojado más luz en su sondeo de la existencia.

La propia Olvido ha sido en su momento la primera en darse cuenta de que si se pegaba a Faulques –“necesito un Virgilio y tú eres bueno para eso”, le dice en una ocasión– iba a aprender a ver el mundo en su dimensión auténtica, sin los enmascaramientos en que transcurren las existencias de cada cual. Entre ambos, y a lo largo de tres años de correrías por los puntos más calientes del planeta, descubren que el mundo está ahí como un jeroglífico insondable, y que la guerra es una buena escuela para ponerse en situación de descifrarlo. Aprende uno en esos escenarios (en Beirut lo mismo que en Pnom Penh, en los Balcanes igual que en El Salvador) que el hombre es un animal carnicero tan pronto se le aflojan las tuercas civilizadoras, y que la Naturaleza por ende es un monstruo indiferente, que puede desatarse y mostrar su faz más devastadora sin el más mínimo respeto con todo lo que palpita y respira.

El croata que acude a la torre para pedir cuentas a Faulques conoce en carne propia con qué encono puede golpear la vida, y al principio quiere arrojar a la cara del otro las tremendas heridas que arrastra. Gradualmente sin embargo va percibiendo que el pintor de batallas esconde sus propios tajos, y que del “pulso terrible de la vida” sabe tanto como él. “¿Sabe, señor Faulques?”, le confiesa en un momento dado: “Cuando después del campo de prisioneros fui a un hospital de Zagreb, lo primero que hice fue sentarme en un café. Y no daba crédito a lo que oía: la conversación, las preocupaciones, las prioridades... Oyéndolos, me preguntaba: ¿Es que no se dan cuenta? ¿Qué importa el abollado del coche, la carrera en la media, la letra del televisor?... ¿Comprende a qué me refiero?”. Por supuesto, Andrés Faulques entiende perfectamente de qué le habla el otro. Él ha colgado las cámaras y se ha retirado a pintar precisamente para sustraerse de una vez a la maraña de nimiedades con que nos enreda la cotidianeidad, y para ir a lo esencial de la vida, y tratar de reflejar en el mural el orden secreto que desencadena las cosas.

Éste no es el Pérez-Reverte de 'El maestro de esgrima' o 'La tabla de Flandes'. A sus 54 años, y con sillón en la Academia desde hace tres, da una fuerte inflexión en su trayectoria. Aquí no hay golpes de sable, ni una cascada de aventuras, ni acción a chorros. 'El pintor de batallas' es su obra más destilada y despojada. Rinde homenaje a los grandes maestros antiguos de la pintura (y a algún moderno). Y pone en pie a dos personajes –a tres, si contamos a esa mujer en la lontananza del recuerdo– que básicamente intercambian ideas, en un encarnizado afán de desentrañar las reglas de juego de la vida y la muerte. La torre de vigía a la que se retira Faulques es una buena metáfora del sentido de la obra: aunque en su origen fue un lugar para atalayar corsarios y defenderse de ellos, y tiene por tanto un aire de baluarte romántico, al terminar el libro parece más bien un espacio en donde su ocupante se ha encerrado a repensar el mundo. Como el torreón de Montaigne, la torre Martello de Joyce o la torre Muzot de Rilke.

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Mensaje por Rogorn » Vie Abr 12, 2013 3:03 pm

La razón de la desesperanza
José Manuel Sánchez Ron - El País - 04/03/2006

El pintor de batallas - Arturo Pérez-Reverte - Alfaguara, Madrid, 2006, 301 páginas, 19,50 euros

Arturo Pérez-Reverte analiza y pregunta, en 'El pintor de batallas', cuáles son las reglas que sostienen los conflictos armados y el destino del ser humano. Se sirve de la ciencia y la pintura para explicar el horror de la guerra. Una nueva novela de Arturo Pérez-Reverte (Cartagena, Murcia, 1951) es siempre un acontecimiento literario. ¿Qué historia habrá imaginado esta vez? ¿Una situada en algún momento del pasado, un pasado que podemos reconocer y que nos resulta, por alguna razón -tal vez por formar parte de nuestro patrimonio cultural más conocido, más popular-, especialmente atractivo? Y si la ambienta en el pasado, recurriendo en ocasiones a datos históricos, ¿será con una historia plenamente de ficción, como en 'El maestro de esgrima', o dando vida, imaginada también, claro, que pero que muy bien pudo ser así, de la manera que él nos la cuenta, como sucede con 'Cabo Trafalgar', y tal vez en la serie de 'Las aventuras del capitán Alatriste'? ¿Acaso mirará al pasado, pero desde el presente, construyendo apasionantes historias de intriga; el caso de 'El club Dumas'? Puestos a preguntarse, ¿habrá elegido una historia inventada que leemos cada vez con más avidez, esperando, ansiosos, el desenlace de la trama, o una historia dura, seguramente verídica, en la que pasamos con rapidez las páginas, pero no sólo para conocer su final, sino también para librarnos de ella, de su amarga realidad o verosimilitud? La nueva novela de Pérez-Reverte, 'El pintor de batallas', pertenece a esta última clase, la de una historia ambientada en nuestro tiempo, el de finales del siglo XX y comienzos del XXI. Es pariente cercana de 'Territorio comanche', pero va mucho más allá. En ella y con ella, su autor ha dado probablemente lo mejor, y lo más íntimo, de sí mismo.

'El pintor de batallas' es, en mi opinión, el libro más descorazonador, más duro y más triste de Pérez-Reverte. Y también seguramente el más lúcido, además del más ambicioso, intelectual y literariamente. En él, no se deja ni un resquicio a la esperanza, a una visión amable y compasiva del mundo, del mundo poblado y protagonizado por nosotros, los humanos, que con frecuencia son caracterizados o calificados en sus páginas con frases como: "Los hombres no son equiparables a los lobos. No insulte a los lobos. Son asesinos honrados: matan para vivir"; o "cuando el desastre devuelve al hombre al caos del que procede, todo ese civilizado barniz salta en pedazos, y otra vez es lo que era, lo que siempre ha sido: un riguroso hijo de puta". El único consuelo -doloroso y mezquino consuelo- es "el alivio de saber, cuando todo arde, que no hay gente querida quemándose en las ruinas del mundo". Claro que a ese consuelo sólo acceden unos pocos; no, por ejemplo, esas mujeres vestidas de luto que se mencionan en algún momento, arrodilladas ante míseros féretros que contienen los cuerpos de sus hijos o maridos, canturreando, como si fuese una oración, una de las frases más tristes que recuerdo, una que tardaré mucho tiempo en olvidar (si es que lo logro, porque me gustaría olvidarla): "Es oscura la casa donde ahora vives".

El fotógrafo de guerra convertido en pintor. La historia se centra en un antiguo fotógrafo de guerra, laureado con numerosos premios, que se retira a una destartalada torre al borde del mar para componer, "un panorama mural que desplegase, ante los ojos de un observador atento, las reglas implacables que sostienen la guerra -el caos aparente- como espejo de la vida", él que siempre supo que aunque conocía la manera y controlaba la técnica de la pintura, "carecía del rasgo esencial que separa la afición del talento". Faulques, que así se llama el protagonista, y al que la muerte acecha a través de un croata, Ivo Markovic, al que un día lejano fotografió, ha llegado al convencimiento de que existe una "red oculta que atrapaba el mundo y sus acontecimientos, donde nada de cuanto ocurría era inocente y sin consecuencias". Y quiere saber "si hay una base científica para toda esa carne racional tendida al sol, en espera de que la despachen. Unas leyes ocultas en la vida o en el mundo". "Somos producto", ha llegado a creer, "de las reglas ocultas que determinan casualidades: desde la simetría del Universo hasta el momento en que uno cruza la sala de un museo". Desentrañar ese misterio, encontrar las reglas que gobiernan el destino de los hombres, es lo último que ya tiene, porque en su informada y racional desolación a Faulques, resignado que no endurecido, no le queda nada, ni siquiera amor, o respeto, por su antigua profesión: "Mostrar hoy el horror en primer plano ya es socialmente incorrecto. Hasta al niño que levantó las manos en la foto famosa del gueto de Varsovia le taparían hoy la cara, la mirada, para no incumplir las leyes sobre protección de menores. Además, se acabó aquello de que sólo con esfuerzo puede obligarse a una cámara a mentir. Dejaron de ser un testimonio para formar parte de la escenografía que nos rodea". "El mundo", añade -¡y cuánta razón tiene!-, "está saturado de malditas fotos".

En su búsqueda de las leyes que rigen todo aquello que sucede, la ciencia se convierte en uno de los pivotes sobre los que se asienta 'El pintor de batallas'. La ciencia del caos, de los sistemas que dependen fuertemente de las condiciones iniciales (de manera que una variación, aunque sea ínfima, de éstas modifica radicalmente su historia posterior), adquiere un notable protagonismo. Los lectores comprenderán. ¿Quién, efectivamente, no recuerda aparentemente pequeñas circunstancias que le llevaron por caminos completamente diferentes a los previstos? "El aleteo de una mariposa en Brasil producirá un tornado en Tejas", según la afortunada y conocida frase de Edward Lorenz, el meteorólogo y principal responsable del descubrimiento del caos. Quien escribe estas líneas piensa hace tiempo que para llevar la ciencia a la gente, a los legos, no basta con enseñarles algo de sus contenidos, sino que es preciso insertarla en todo aquello que más apreciamos y con lo que más a menudo nos relacionamos, como la literatura, la buena literatura. Al recurrir a la ciencia en su novela, y hacerlo de una forma tan justificada como informada, al igual que hábil, Pérez-Reverte ha prestado un buen servicio a la causa de la culturización científica de nuestra sociedad.

Como su propio título sugiere, otro de los ejes sobre los que se articula 'El pintor de batallas' es la pintura. Al fin y al cabo lo que Faulques ambiciona es plasmar en un gran mural, que exprese todos los horrores de la guerra, la oculta clave científica del mundo. Mostrando unos, más que sólidos, profundos conocimientos de la historia y la técnica pictórica, Pérez-Reverte supera con éxito la difícil prueba que es engranar las numerosas reflexiones artísticas de Faulques -con constantes referencias a obras de artistas como los dos Brueghel, Paolo Uccello, Goya u Orozco- en la lógica interna de la novela, haciendo que el lector sienta que ahí radica, efectivamente, un elemento fundamental de esta intrigante y desesperanzadora historia.

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Mensaje por Rogorn » Vie Abr 12, 2013 3:06 pm

Arturo Pérez-Reverte, en el corazón de las tinieblas
José María Pozuelo Yvancos - ABC - 04/03/2006

Arturo Pérez-Reverte ha dado con esta novela un enorme giro a su trayectoria de artista, que había cumplido ya altas cotas de buen hacer narrativo, en el oficio de contar historias, algo que sabe hacer como muy pocos. Hasta los más reticentes (que quedan) en considerarlo un buen escritor, tal cosa sí le conceden. Pues esos mismos han de quedarse perplejos ante 'El pintor de batallas', porque Pérez-Reverte da un paso más allá, quizá el decisivo de su carrera de escritor, al haberse propuesto a sí mismo el salto hacia un gran asunto universal, que supera con mucho las historias base de su literatura anterior, para entregarnos una novela reflexiva, de ideas.

En un estadio de madurez que alcanza su sazón, la novela se enfrenta a dos grandes cuestiones: la guerra y la representación. Como si fuese un diálogo platónico (creo que el griego está en el fondo de esta novela), muestra otra vez el mito de la caverna, pero para plantearse nada menos que si son decibles, representables, el horror, la iniquidad, la barbarie de todas las guerras, que acaban por resultar siempre una y la misma. Es el rostro de la derrota, pero también es la pregunta sobre si ese rostro puede ser representado, fotografiado.

No resulta suficiente decir que hay elementos autobiográficos en el protagonista, el fotógrafo de guerra apellidado Faulques. Bastará con el guiño que nos hace en la página 82 sobre su nacimiento en una ciudad minera del Mediterráneo, sus reflexiones posteriores ante el desolado paisaje de Portman, etc., y el hecho por todos conocido de los muchos años que gastó el autor como reportero de guerra, que parecen haberle esperado hasta ahora, para darle la oportunidad de su sedimento artístico. Todos los detalles enumerados bastan para trazar una familiaridad posible entre el autor y el protagonista. Pero es lo externo y quizá sea lo de menos.

Más importante parece que el personaje Faulques, uno de ésos, como Jaime Astarloa, bien creados, de los que le salen redondos, está enfermo, cansado, desengañado, todo lo ha visto, y quiere, en el umbral de su final, explicarse el horror, trazar la geometría del caos, la partitura de la maldad humana, dibujar el perfil del límite, bajar otra vez al corazón de las tinieblas, y como hizo Conrad (y luego Coppola), preguntar por el sentido.

Es aquí donde interviene el otro gran ingrediente de la novela: la reflexión sobre el sentido de la representación, en una época dominada por la técnica de la designación, por la dimensión mostrativa. ¿Cómo decir la iniquidad? ¿Se puede mostrar todo? Y si se hace, ¿desde qué legitimidad? Hay algo maligno en la fotografía de guerra. O en la de cualquier expresión de lo horripilante. ¿Recuerdan ustedes la fotografía del buitre asediando al niño africano a punto de expirar? ¿Qué hizo el fotógrafo? Un clic que le llevó a la fama y al Premio Pulitzer.

Faulques, el personaje de esta novela, ha recibido muchos premios semejantes, por fotos de rostros derrotados, de horrores sintetizados, apresados en una instantánea, como la que le hizo en la guerra serbo-bosnia al otro personaje, Markovic, quien años después viene a pedirle cuentas, establece con él un diálogo sobre el sentido y responsabilidad de su gesto, y le anuncia que por aquella foto, que le destruyó la vida, ha venido a matarle.

Ésa es casi la única tensión que la novela se permite. Ésa y las memorables páginas con escenas de guerras fotografiadas; algunas hay de verdadera antología, que pasarán a ser recordadas por las mejores salidas de su pluma. Recuerdo como ejemplo el capítulo 15, los muchachos croatas con su maestro, o poco después el niño serbio en el estadio, ¡qué soberbia pincelada! Tales escenas son retrospectivas, se van entrometiendo entre el diálogo de Faulques con Markovic, diálogo que se convierte así en una estructura marco y cuyos antecedentes contados sirven para ofrecernos la historia personal de ellos, y de Olvido, la amada del protagonista. He de lamentar que ese personaje esté bien trazado sólo a partir del capítulo 12, en que cobra su dimensión verdadera, habiendo pagado antes un precio excesivo, cedido al estereotipo, y al dibujo de una idea de mujer, más que una mujer, de la entidad de Teresa Mendoza, por ejemplo. Pero tal personaje y algún declive por exceso didactista en el diálogo entre el yugoslavo y el fotógrafo (págs. 216-217) son máculas menores, en el conjunto de una novela que me parece la más importante de las suyas.

He ido hablando de pincelada, dibujo, pintura, etc., porque quizá el ingrediente que explica toda la novela está por reseñar: Faulques y el narrador, que ha ido repasando las obras maestras que ha dado el arte de la fotografía (pág. 226), se preguntan por la razón de que, salvo excepciones (el 'Guernica' de Picasso), la pintura de la guerra no vaya más allá cronológicamente de Goya, y que la fotografía asestara un golpe de muerte a la representación pictórica de las batallas, que tenía en su haber muchas obras pictóricas clásicas aquí recorridas, saboreadas, perseguidas, desde Ucello hacia adelante, con esa precisa información que el autor muestra tener sobre las artes de la pintura y la fotografía.

Faulques ha decidido volver del fotograma al pincel, y trazar con él lo que no pudo hacer la fotografía, la geometría del caos, pintando un gran fresco, donde se representa aquello que la fotografía mostrativa, la designativa, no ha podido alcanzar, y sí quizá pueda hacerlo el arte pictórico (metonimia del literario). Pérez-Reverte, con estas reflexiones sobre el arte de la representación, ha pasado a ponerse a él y a su oficio como tema. Su oficio antiguo, el de reportero de guerra, y su oficio nuevo, el de artista. ¿Cómo contar el mal, cómo designarlo, cómo hacerlo arte? Y ¿cómo comprenderlo? ¿Hay una ética posible en la representación del mal? En ese sentido he dicho diálogo platónico sobre la guerra y sobre la representación. Porque en ambas se comprometen las raíces profundas de lo humano, incomprensible, sin otra geometría posible que la que el arte sea capaz de ordenar.

Me parece su libro de mayor calado. No será desde luego el que más guste a la inmensa mayoría, pero sí servirá para confirmar lo que ya se veía venir, quizá desde 'El maestro de esgrima', su progresiva pesquisa en la dimensión de autoconciencia, de saberse artista. A Pérez-Reverte parece que se le ha ido quedando pequeño el oficio de ser el mejor narrador de aventuras que tenemos. Ahora ha querido serlo también de otra aventura distinta, la decisiva: la de quien ha escrito sobre la guerra y se ha metido en el cuadro, para que el caos tenga su geometría, su tablero de ajedrez y su sentido. Porque el artista sabe que ciertas cosas solamente desde el arte pueden decirse.

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Mensaje por Rogorn » Vie Abr 12, 2013 3:10 pm

“'El pintor de batallas’ no la podrían haber escrito Marías, Marsé o Vargas Llosa”
Ana Mendoza – Efe / El Mundo - 08/03/2006

Arturo Pérez-Reverte ha prestado retazos de su vida y de su memoria al protagonista de su nueva novela, 'El pintor de batallas', una obra, asegura, que si hubiera caído en manos de Mendoza, Marías, Marsé o Vargas Llosa hubiera sido muy distinta "porque les falta mi biografía. Serían sin duda unas magníficas novelas, pero no serían como 'El pintor de batallas', afirmó en una entrevista el escritor, que durante 21 años fue reportero de guerra y conoció de cerca el horror, el dolor y la desolación.

Esa realidad que tuvo pegada a la cara durante tanto tiempo le ha servido para darle vida a los personajes de 'El pintor de batallas', una obra sobre la cultura como arma para "asumir el horror" y sobre "los mecanismos de consuelo" que el hombre tiene para superar la realidad que le rodea. "El que ha estado en contacto con el dolor, la guerra y la realidad de la vida, nunca vuelve de allí, queda marcado para siempre", afirma el escritor murciano, cuya nueva novela, editada por Alfaguara, se vende desde hace una semana en las librerías españolas con una tirada inicial de 250.000 ejemplares.

Le esperan unos meses intensos, porque las obras de Pérez-Reverte (Cartagena, 1951) se publican en 50 países, y el escritor tiene intención de promocionar su novela en Hispanoamérica, donde se distribuirá a lo largo de marzo y abril, y en países como Francia, Italia, Gran Bretaña y Estados Unidos. Este novelista y académico asegura que en 'El pintor de batallas' "no hay ruptura" con sus anteriores obras. Cualquier lector suyo reconocerá los temas de sus anteriores libros, pero en el nuevo "están tratados más en profundidad" y ha querido ahondar en cuestiones como "el cansancio del héroe, la aventura, la amistad, el viaje como peligro, la muerte como último desafío, la cultura y la memoria como salvación". Pero cada novela tiene sus exigencias, su ritmo y lenguaje, y en 'El pintor de batallas' el autor ha "sacrificado" la acción y la aventura que recorren otros libros suyos para llegar al fondo de las cosas. "Si pusiéramos a hervir las otras novelas, después de mucho hervir se iría quedando la sustancia, desaparecería la forma y lo que quedaría sería el contenido más íntimo, el tuétano de las otras historias", dice el escritor al definir de forma gráfica su nuevo libro.

El protagonista de su novela, el fotógrafo de guerra Andrés Faulques, es, de todos los personajes que ha creado Pérez-Reverte, el que más posee la mirada del autor y el que "más contaminado está" de su biografía. "Es un personaje hecho de recuerdos, de reflexión, y hay en él cosas que otros novelistas no podrían escribir. Esta novela la cogen Eduardo Mendoza, Javier Marías, Marsé o Vargas Llosa, y harían una magnífica novela sin duda, pero nunca sería como ésta porque les falta mi biografía", asegura.

'El pintor de batallas', la obra "más compleja" de Pérez-Reverte, está construida tan sólo sobre tres personajes. Faulques, que recorrió el mundo durante 30 años buscando "la imagen definitiva" y "la regla oculta que ordenaba la implacable geometría del caos", simboliza "la visión lúcida del mundo y la ciencia". Ivo Markovic, el soldado croata al que Faulques inmortalizó en una fotografía, representa "la violencia, la guerra como símbolo", y Olvido Ferrara, amante del fotógrafo, "es el arte, la memoria, el consuelo, la solución", señala el escritor. Las reflexiones que contiene la novela sobre el arte, la ciencia y la condición humana "desembocan en la palabra “cultura”, clave en este libro. Es lo que te permite comprender la realidad, soportar el dolor, saber quién eres y qué es el mundo", añade el escritor.

La conclusión de "esta novela desoladora", como la califica su autor, es que "estamos creando generaciones de jóvenes sin mecanismos defensivos frente al horror. Todos estos ministros de Cultura ignorantes, que están bajando la cultura a su nivel, están dejando a la gente desprovistas de mecanismos de salvación, de consuelo frente al horror. Eso es gravísimo", asegura sin tapujos.

'El pintor de batallas' es una novela "llena de símbolos y de referencias cruzadas a los clásicos griegos y latinos" y una novela que lleva al autor a decir que "la inteligencia nos hace peores; hay exquisiteces de la crueldad que sólo son comprensibles a la luz de la inteligencia". Aunque, añade, "la estupidez aliada con el poder también es muy peligrosa", como a su juicio se demostró con la guerra de Irak, que desencadenó el presidente George Bush y que "sus palmeros finos, incluida España, han estado apoyando".

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Mensaje por Rogorn » Vie Abr 12, 2013 3:12 pm

Pérez-Reverte en el campo de minas
El Mundo – 09/03/2006

Da toda la impresión de que Arturo Pérez-Reverte ha cambiado de calibre en 'El pintor de batallas' (Alfaguara) no menos que de diana. Y ya de paso también ha cambiado al francotirador. Pocas o ninguna concesión al entretenimiento distraído, a la intriga, a la aventura y a la complicidad del lector. Más bien parece que se ha empeñado en lo contrario, una especie de solitaria y destemplada mirada a la entraña de su escritura y de sus temas. En esta bastante insólita novela –y desde luego lo es atendiendo a la trayectoria del autor- se cruzan dos asuntos anejos ya de por sí bastante terribles: la búsqueda de una simetría histórica y metafísica del horror humano, y una reflexión desnuda sobre las justificaciones y falsos compromisos de quienes se creen únicamente testigos y observadores de ese horror.

El tratamiento de este material es intempestivo y honesto a partes iguales: el narrador no se ahorra nada, no hay pactos con el lector, no se espera comprensión ni aplauso y se llega hasta el final por un escarpado y enderezado camino al que no se invita a nadie (como el que conduce a la torre del pintor de batallas). La digresión histórica o plástica, el testimonio feroz de las víctimas, los verdugos o los testigos, el diseño casi documental de escenas atroces que se suceden con una implacabilidad monótona y heladora, el análisis de los sentimientos como objetos dudosos e inauténticos, el desarrollo lento y voraz de una enfermedad que se lleva por delante a las sociedades y a los individuos, indiferentes y hastiados del clamor sangriento que recorre todas las vidas y todas las historias… Éste es el cuadro que sin piedad ninguna pinta verdaderamente esta novela.

Y en rigor no queda más remedio que asegurar que Pérez-Reverte se ha jugado el todo por el todo en estas páginas y que no ha eludido un solo palmo del campo de minas por el que ha decidido atravesar. Pero también en rigor hay que decir que las mayores virtudes de 'El pintor de batallas' son también sus mayores defectos (lo cual, por cierto, no es síntoma de error, sino síntoma de lo que supone escribir novelas a pecho descubierto llevando el mundo por montera). El caso es que late todo el tiempo una fatalidad oscura, un algo indeterminado que propende al horror, algo ciego que impulsa el caos y la desgracia, que cierra demasiado herméticamente la emoción y el sentido de la novela sobre la insania de la especie humana. Y los cierra casi desde el principio, sin que permitan avanzar o iluminar en otra dirección.

A causa de ello otras posibilidades de esclarecimiento se diluyen. No todas las guerras son iguales, ni tampoco lo son las sociedades que las organizan (ya dijo Rousseau aquello de que muchas veces se achacan a la especie humana pecados que son exclusivos del hombre civil). Fuera de esto, la novela es una celebración del riesgo literario y de la aventura de escribir. Y, de continuar por esta senda, aún tendremos más ocasiones de contentarnos con lo que salga de Pérez-Reverte.

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Mensaje por Rogorn » Vie Abr 12, 2013 3:16 pm

“Ya no tengo pesadillas sobre la guerra gracias a mis libros”
Tomás García Yebra – Colpisa – 09/03/2006

«La naturaleza se cobra vidas sin inmutarse, no conoce el daño que causa; el hombre, en cambio, utiliza la inteligencia para refinar la maldad, y con esa inteligencia se puede llegar a ser exquisitamente cruel», afirmó Arturo Pérez-Reverte (Cartagena, 1951) durante la presentación de ‘El pintor de batallas’ (Alfaguara), su novela más filosófica e introspectiva. «No hay cambio en mi forma de ver la realidad, lo que hay, lógicamente, es evolución», argumentó. «El ojo de ahora está más experimentado que cuando tenía treinta años, pero el ojo sigue siendo el mismo». Ese ojo, en buena medida, es el del protagonista de la historia, Andrés Faulques, un fotógrafo de guerra que recorre muchos escenarios para captar la imagen definitiva, una imagen que concentre y resuma la tragedia que subyace en cualquier enfrentamiento bélico. «En el protagonista, por supuesto, he puesto mucho de mí, pero también hay mucho de todos los fotógrafos y fotógrafas que he conocido», precisó. Ante la imposibilidad de recoger el horror en una sólo instantánea, Faulques renuncia a su empeño y se refugia en un torreón, junto al mar Mediterráneo, para plasmar en un fresco lo que no pudo reflejar la cámara fotográfica.

«Lo siento por mis amigos fotógrafos, pero la fotografía ya no vale. Desde el momento en que una imagen de guerra sirve para publicitar moda, la desnaturalización es absoluta», dijo. «Ni siquiera son fiables los grandes iconos que todos tenemos en la cabeza; por ejemplo, la fotografía del miliciano que captó Robert Capa en Cerro Muriano está trucada: la hizo durante unas maniobras; y la del soldado del casco en la playa de Omaha, durante el desembarco de Normandía, tiene ese efecto borroso por un defecto del revelado, no porque a Capa le saliese así».

Ante el fiasco de la fotografía como herramienta para bucear en las entrañas del ser humano, el protagonista de ‘El pintor de batallas’ centra sus esfuerzos en ese gran mural. «Se da cuenta de que las miserias del hombre están en los cuadros de El Bosco, de Brueghel El Viejo y, sobre todo, de Goya, y tiene el convencimiento de que la pintura es capaz de resolver sus intuiciones filosóficas». En opinión del escritor y académico de la Lengua, la inteligencia, si se utiliza perversamente, puede convertirse en «una bota que aplasta y humilla», pero si se utiliza con buen sentido «es capaz de crear cultura, el único consuelo al que podemos aferrarnos en esta vida».

Un día, mientras Faulques está pintando el mural, recibe la visita de Ivo Markovic, un soldado croata a quien fotografió durante la guerra de Bosnia. Esa fotografía le reportó fama y prestigio a Faulques, pero supuso la ruina del croata. Markovic quiere hablar de aquel episodio y también ajustar cuentas. Estos dos personajes, más una antigua novia del fotógrafo y la propia pintura, forman el eje de la historia. «Hay quien piensa que es una novela muy distinta a las anteriores, pero yo creo que mis obsesiones siguen ahí: la amistad, el amor, el viaje como peligro y la cultura como salvación».

Pérez-Reverte insistió en que no es una novela de guerra, ni tampoco sobre la guerra. «He aprovechado mis experiencias de reportero en decenas de conflictos para hablar, simplemente, del hombre. Ya no tengo pesadillas sobre la guerra: las tuve, pero ya no las tengo; gracias a los libros que he escrito he transformado mis pesadillas en fantasmas». Y volvió a asociar -como una más de sus obsesiones- inteligencia con maldad. «Los hombres más malos que he conocido en este mundo eran todos muy inteligentes». Dijo que nunca escribirá sus memorias. «Podrían llevar el título de ‘Os vais a enterar’», comentó riendo. «Pero no, no tiene sentido que yo escriba mis memorias; eso lo puede hacer Winston Churchill, no yo; lo que soy está en lo que escribo».

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Rogorn
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Mensaje por Rogorn » Vie Abr 12, 2013 3:17 pm

"La guerra es la destilación extrema de la realidad más cotidiana del hombre"
Entrevista con Tulio Demicheli - ABC - 09/03/2006

El escritor publica 'El pintor de batallas' (Alfaguara), novela políticamente incorrecta sobre la naturaleza humana. «Esto es la ficción; lo real, lo verdadero y cotidiano es la guerra», afirma. 'El pintor de batallas' cuenta la historia de un corresponsal de guerra que abandona la cámara fotográfica por la pintura y que se ha propuesto pintar, aislado en una torre junto al mar, la madre de todas las batallas. Allí se enfrenta al recuerdo amoroso de Olvido Ferrara y allí le encuentra Ivo Markovic, un croata al que retrató huyendo del horror de Vukovar y que viene a recordarle la implacable omnipresencia de la muerte.

-Se trata de una novela escrita en un tono muy reflexivo, ¿significa un salto adelante en su obra?
-No, no es un salto, esa reflexión ya estaba en mis otras novelas, pero de otra forma. No es un salto, es que esta vez la historia que cuento requería de ello y además, de un tratamiento más simbólico. No es un paso adelante, es una incursión diferente en materias sobre las que llevo escribiendo desde hace quince años, una visión de las cosas, digamos, menos horizontal y más vertical.

-También es menos coral que sus obras anteriores. Apenas tres personajes cruzan sus páginas.
-Bueno, tres y medio. Y un lugar. El pintor de batallas, Faulques, es la ciencia, la lucidez, la mirada y la experiencia. El análisis crítico, frío y objetivo, de las cosas. Ivo Markovic es la guerra, el horror, el símbolo de todo lo oscuro que hay en el ser humano, la guerra como realidad que viene para imponerse y pasar factura. Olvido es el arte, el consuelo, la memoria, la salvación... el «analgésico». Ante la imposibilidad de poder hacer nada, ella dice: «Tenemos la belleza, el amor, la dignidad, el sexo, la amistad». También está la guía turística, que es el personaje exterior, la mirada del que no sabe y que no quiere saber. Y, por último, la torre como símbolo de tantísimas cosas: la torre en la esquina del ajedrez, la torre como caverna de Platón, la torre como refugio, baluarte, defensa... Y además es el «personaje» del que más contento estoy.

-Y la guerra de fondo... ¿No son las guerras humanísimas, tanto que nunca van a acabarse, nos acompañan desde el principio de los tiempos y lo harán hasta el Juicio Final?
-La guerra no es más que la destilación llevada hasta el máximo extremo de lo que es la realidad cotidiana del hombre. En la guerra no ves nada que no veas en la vida cotidiana. Sólo que en la guerra lo ves todo el mismo día, en el mismo sitio y a lo bestia. En los 21 años que cubrí como periodista muchas guerras nunca jamás vi nada que no hubiera visto ya. La guerra abre la espita, rompe el dique, hace saltar los barnices de la civilización y la cultura, las maneras del mundo civilizado, y devuelve al hombre a su estado normal. Y es que el estado normal no es éste sino aquél. La ficción es esto que nos rodea. El ser humano ha construido durante siglos, con mucho esfuerzo y con mucho mérito, un mundo en el cual ha relegado a lugares oscuros cosas tradicionales como la depredación, la lujuria ostensible, la caza, moverse en territorio enemigo, matar y sobrevivir. Y eso lo hemos vestido con autoengaño. La guerra pone al hombre frente al espejo para que se vea a sí mismo. Y es, también, una escuela de lucidez.

-¿Será que no hemos abandonado la horda primitiva de la que hablaba Freud en 'El malestar en la cultura'?
-El hombre sigue vinculado con esa horda primitiva original. El error moderno es negar esa vinculación. Vivimos como si la memoria genética, como si nuestros caracteres biológicos, como si nuestra condición humana animal, también en su sentido más noble, no existiera. Cuando la realidad se impone, nos quedamos espantados, sin mecanismos para asimilarla y nos decimos: «No puede ser». Naturalmente que puede ser. Ese tío violó, mató, saqueó. Sí, en efecto, claro que todo eso es malísimo, pero... ¿de qué nos sorprendemos? Ojo, yo no digo que eso sea aceptable, ni que tal fulano no tenga que ser capturado, juzgado y condenado. Digo que no me sorprende que el hombre sea capaz de eso y de muchísimo más. Como se dice en la novela, la guerra no es gente normal haciendo cosas anormales, sino gente normal haciendo cosas normales. Lo anormal es esto.

-Los occidentales cuando salimos de casa por la mañana estamos seguros que esa noche volveremos sanos y salvos. Eso no ocurre ni en las guerras ni allí donde la naturaleza se manifiesta en toda su magnitud: terremotos, tsunamis, etc.
-Por eso la novela también replantea el tema de la piedad y la compasión. ¿Hasta qué punto debemos apiadarnos de aquéllos que niegan la realidad y, cuando ésta se impone, se desmoronan con ella? ¿Hasta qué punto hay que apiadarse de quien viaja en avión a nueve mil metros de altura y se cae? ¿Hasta qué punto hay que apiadarse de los que abordan el 'Titanic' y naufragan al chocar con un iceberg? ¿Hasta qué punto hay que apiadarse de los que se van de vacaciones a una playa barata porque allí azotan los tsunamis y se produce uno? ¿Hasta qué punto debes apiadarte de aquél que no asume que es mortal y que vive en un mundo sin sentimientos y muy peligroso? ¿Por qué apiadarse de quien no asume que la vida es corta y dura, y que somos una piltrafa vista desde el cosmos? Esa pregunta -que es una pregunta literaria- ilustra el proceso que sufre el pintor de batallas: cuando la gente tiene lo que se merece, se sufre menos por la gente. Cuando la certeza de eso te quita el dolor ¿no eres más libre?

-El universo de autoengaño también se sustenta en la sobreabundancia de información, de imágenes cuya insistencia y banalidad desposee a la realidad de sentido...
-Claro, en un mundo como el nuestro la pregunta es hasta qué punto una imagen vale más que mil palabras. Ahora la imagen necesita mil palabras que la expliquen. Sin palabras la imagen ya no se sabe si es un anuncio, si es un reclamo para una ONG o una escena que ocurrió ayer en Irak. Es tal la profusión de imágenes encadenadas y superpuestas que ya el criterio visual no basta: es necesario el pie de foto. Eso demuestra que la imagen ha dejado de tener el valor documental que tenía antes. Por eso el pintor de batallas decide volver a los grandes artistas antiguos, a los que aún no habían manipulado la imagen, a los que se demoraban y acometían la tarea con gran reflexión, para recomponer su visión del mundo.

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Mensaje por Rogorn » Vie Abr 12, 2013 3:18 pm

"La guerra me dio lucidez"
Entrevista con Miguel Ángel Trenas - La Vanguardia - Madrid - 09/03/2006

En la novela 'El pintor de batallas', recién publicada por Alfaguara, Arturo Pérez-Reverte quiere despertar al lector de un ensimismamiento que le impide ver una realidad en la que convive con el horror y la muerte. El relato enfrenta dos personajes que se van a matar pero que durante cuatro días son amigos, “porque hay algo que les une, la certeza de que el horror forma parte de la naturaleza humana”.

–¿Era ésta una novela pendiente?
–Sí. Ésta es una novela que requiere de toda una vida para escribirla. No es que sea autobiográfica, aunque sí es necesario tener una biografía determinada para escribir novelas de este tipo.

–¿Le ha costado más que otras?
–Sí. El problema era dejar fuera información, seleccionar sólo lo estrictamente necesario, un material que me permitiera contar una historia fría, desnuda, seca. Es la obra que más he reelaborado. El desafío de cada día fue conseguir que cada personaje dijera lo que yo quería que dijera, en el sentido más desnudo y limpio.

–¿Es también una novela de silencios?
–Sí. De alguna manera, es una novela escrita a partir de silencios. El silencio era fundamental y trabajar con ese silencio es muy difícil en una novela. Es, sobre todo, una novela de personajes e ideas, que no renuncia a la acción, pero donde la acción está en la tensión de los diálogos, en las imágenes que muestra, en lo que cuento, no en cómo lo cuento.

–¿Es también un ejercicio de catarsis?
–Detesto la palabra “catarsis”. Se trata de otra cosa. Gracias a esta novela no tengo pesadillas, sino fantasmas; la pesadilla es aquello que te despierta, que te horroriza, que te hace sufrir. El fantasma es algo con lo que convives. Algo que a mí me enseñaron los clásicos, la importancia de asumir el fantasma, el espectro, tanto simbólica como realmente, cual compañía serena e instructiva.

–¿Cuál es el gran tema de la novela?
–El 11-S, cuando la gente se tiraba por las ventanas de las torres. Yo miraba alrededor y oía que era espantoso, inconcebible… Me pregunté: pero bueno, ¿de qué se extrañan? Si llevo veinte años contándoles esto, yo y otros como yo. Acaso se pensaban que lo que les hemos contado no iba con ellos, pero aquí estamos todos en el mismo sitio, éste es nuestro universo. Reforcé entonces mi convencimiento de que la gente vive en el autoengaño ante el horror y el dolor, y que no estamos preparados cuando éstos irrumpen y te golpean. La novela habla sobre eso, de cómo convivir con el horror, de cómo asumirlo como parte de la realidad cotidiana del universo, del cosmos y del mundo. De cómo hacer que el horror sea un fantasma y no una pesadilla.

–Pero ahora parece que nos han traído el horror a la puerta de casa.
–El horror estaba ahí, no se había ido, estaba en cada accidente de coche, en cada cáncer, en cada mujer violada, en cada niño apaleado. No queremos verlo, pensamos que es una excrecencia de nuestra sociedad, pero es mentira, forma parte de nosotros. La gente es tan idiota que lo había olvidado, lo que te lleva a preguntar hasta qué punto debes apiadarte de gente que se niega a aceptar que el horror existe. El que ahora piensa que lo de Iraq no tiene nada que ver con él, merece que Iraq se le meta en el salón de su casa.

–Parece que la gente no está por la labor.
–El hombre ha llegado a un estado de arrogancia y soberbia intelectual que le hace pensar que es especial, pero la guerra es la gente normal haciendo cosas normales. Lo anormal es que estemos aquí hablando civilizadamente, en vez de pelearnos. Hay un trabajo cultural importantísimo que ha hecho Occidente, pero nos ha llevado a olvidar de dónde venimos.

–¿Qué enseñan las guerras?
–Pues caridad, compasión. La gente que las ha vivido sabe que le puede tocar a él, que el que sufre no es un extraño, y eso te hace mejor. Como creemos que podemos engañar a la enfermedad y al dolor, no tenemos ninguna compasión ni solidaridad con los que sufren y están desvalidos. Por eso el horror nos sorprende indefensos y solos en la escalera.

–¿Qué sitio queda para la paz?
–Es una aspiración buena y legítima. Puedes luchar toda la vida para que el hombre sea mejor, debes luchar por eso, pero no hay que olvidar que la mayor parte del mundo no es así, que el ser humano es lo que es. No hemos conseguido nada, no tenemos conquistas irrenunciables, después de un Bizancio, vino la invasión turca; después de Roma, la noche medieval. Creemos que hemos dado pasos sin retroceso y no estamos preparados para cuando viene el retroceso.

–¿Qué le llevó a la guerra como periodista?
–Quería ir al fondo de los cuadros que había visto de niño. Cuadros como 'El triunfo de la muerte' de Brueghel. Ya no me horrorizan sus esqueletos. La guerra me dio lucidez, fue una escuela, me enseñó a mirar al ser humano con lo bueno y con lo malo, saber que no son otros, que soy yo. Pero hay un momento en el que tu trabajo ya no es suficiente, como le ocurre a mi protagonista, que agota las posibilidades de la fotografía y recurre al arte, a la pintura. En mi caso fue la novela la que transformó mis pesadillas en fantasmas, y le puedo asegurar que tuve unas cuantas.

–¿Descubrió entonces la geometría del caos?
–Es curioso, pero lo que para mí fue una intuición, un símbolo, es una certeza científica para muchos sabios, lo que dio un refuerzo argumental, técnico e ideológico a la novela. Si miras un tablero de ajedrez, ves el caos de las piezas, pero si te alejas, ves que hay unas reglas a las que algunos llaman dios. Existe un orden mineral, geológico, cósmico y, cuando se impone, no hay historia que valga.

–¿Se refiere al efecto mariposa?
–Sí, pero hay un ejemplo más claro, los tributos que exige la naturaleza. Siempre hubo tsunamis, pero el hombre no era tan gilipollas como para poner hoteles de cinco mil plazas en primera línea de playa. El error es del hombre, no de la naturaleza.

–¿En qué se parecen sus personajes?
–Son las dos caras de la misma realidad. La prueba es que se hacen amigos durante cuatro días. Los dos han vivido las mismas cosas.

–¿Qué piensa del antibelicismo?
–A mí no me gustan las guerras, pero hay guerras inevitables. A la guerra no hay que ir a poner el otro carrillo. Los tanques no se paran con flores. El diálogo de las civilizaciones y el buen rollito no llevan a ninguna parte. Todos estamos con una pistola en la cabeza y podemos elegir entre quedarnos parados o correr quince metros. Quince metros que son toda una vida de amor, de libertad, de dignidad, de cultura.

Foto:
http://hemeroteca.lavanguardia.es/previ ... 8/pdf.html

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Mensaje por Rogorn » Vie Abr 12, 2013 3:24 pm

“Escribir ayuda a convertir pesadillas en fantasmas”: Pérez-Reverte
Abundio Nobelo – DPA (México) – 10/03/2006

El español Arturo Pérez-Reverte presenta estos días su novela más compleja y ambiciosa, ‘El pintor de batallas’, una obra que le sirvió para ajustar cuentas con su pasado y desplegar ante el lector su visión filosófica del mundo.

Faulques, fotógrafo de guerra durante treinta años, lo deja todo para encerrarse en una torre a pintar un mural que pretende resumir las reglas por las que se rige todo el horror del que fue testigo. Su aislamiento, en el que no deja de recordar a la mujer que amó durante tres años y que murió al pisar una mina, se ve interrumpido por la llegada de un croata al que sacó una foto en medio de la guerra.

Pérez-Reverte (Cartagena, 1951) fue corresponsal de guerra durante 21 años, antes de iniciar una exitosa carrera en la literatura. "Hay una trasposición. Esta novela me ayuda a ordenar el confuso bagaje de mi vida como corresponsal de guerra y ser humano, de la misma manera que al pintor le ayuda el mural", admitió en entrevista con un grupo de periodistas en Madrid. ‘El pintor de batallas’ (Alfaguara), que entre marzo y abril se distribuirá en toda Latinoamérica y que en España salió a la venta con una primera edición de 250.000 ejemplares, no es un libro autobiográfico, pero ayudó a Pérez-Reverte a lidiar con sus pesadillas.

"El libro me ayudó a convertir mis pesadillas personales, no sólo las de la guerra, sino las que tengo como ser humano que ha amado, que ha hecho daño, que tiene marcas en la cara y 54 años, en fantasmas, en una compañía serena, y no en un tormento. Tengo ahora más serenidad y más paz conmigo mismo". En ese sentido, subraya que el tema de la guerra es casual. "El protagonista podría haber sido una prostituta, una mujer violada durante veinte años, un niño apaleado, un drogadicto. El infierno es igual. No hace falta irse a la guerra para vivirlo".

El escritor, miembro de la Real Academia Española, resume el mensaje central de la novela en que "el mundo es territorio enemigo y el cosmos no tiene compasión. El cosmos no tiene sentimientos. Mata sin compasión con tsunamis, terremotos, virus, bombas. El horror real del mundo es la fría implacabilidad con la que el cosmos mata. El universo es injusto por definición y eso sólo se puede soportar asumiéndolo", explicó. Para enfrentar esta realidad, el único consuelo es la cultura. "El mundo actual vive en busca de anestésicos. Pero se trata de buscar analgésicos. El analgésico es la cultura. No te impide saber que existe el dolor, pero la capacidad de soportarlo".

El escritor, conocido por no tener pelos en la lengua, añadió: "El mayor pecado contra la humanidad es el que cometen aquellos hijos de puta que pudiendo dar cultura para que la gente pueda soportar esas cosas no la dan. Por eso fusilaría. Ese es el gran pecado de los políticos. Con su analfabetismo, su incultura, nos están privando de los mecanismos de defensa. Lo terrible es que los jóvenes de ahora, cuando venga el nuevo Sarajevo, el nuevo tsunami, estarán menos preparados para sobrevivir intelectualmente. Nos están dejando inermes a todos ante el horror".

‘El pintor de batallas’ no es una novela de acción como las que integran la saga de ‘Las aventuras del capitán Alatriste’ o los best sellers ‘La tabla de Flandes’, ‘La piel del tambor’ y ‘La Reina del Sur’, que convirtieron a Pérez-Reverte en uno de los escritores en castellano más leídos. En esta ocasión, la trama está basada sobre todo en diálogos y reflexiones. "No podía contar el horror con tripas, vísceras, gritos y sangre. Ese es un horror para tontos. El lúcido se conmueve con el horror frío. Por eso, es una novela muy contenida. Procuré que el estremecimiento no fuera por cómo cuento las cosas, sino por lo que cuento".

La novela comenzó a gestarse a partir de un cuadro del pintor mexicano Dr. Atl, que Pérez-Reverte, que considera a México "su ojito derecho", descubrió en el Museo Nacional: ‘Erupción del Paricutín’. El escritor quedó atrapado por la "amoralidad geológica, las fuerzas telúricas sin sentimientos, el universo desnudo", que muestra el cuadro. "Aprovecho para protestar, porque lo han retirado. Es el cuadro más bueno y más bestial del Dr. Atl. Es una canallada cultural que ya no esté expuesto en el museo".

Pérez-Reverte niega cualquier relación entre ‘El pintor de batallas’ y ‘Territorio comanche’ (1994), un libro en el que relataba sus experiencias como corresponsal de guerra. ‘El pintor de batallas’ es una ficción que ahonda en cuestiones mucho más serias y más profundas. 'Territorio comanche' era mi despedida del periodismo, un pequeño libro autobiográfico".

En los próximos meses, Pérez-Reverte escribirá el esperado sexto tomo de ‘Las aventuras del capitán Alatriste’, que saldrá a la venta entre diciembre y enero. Antes, el 29 de agosto, se estrena en España la película ‘Alatriste’, dirigida por Agustían Díaz-Yanes y protagonizada por Viggo Mortensen.

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Mensaje por Rogorn » Vie Abr 12, 2013 3:29 pm

“Es lamentable el poco interés de los gobernantes por la cultura”
Notimex – 10/03/2006

El escritor español Arturo Pérez-Reverte lamentó hoy que gobernantes de muchos países con la posibilidad de promover la cultura, no lo hagan, durante la presentación de su nueva novela ‘El pintor de batallas’. En declaraciones a la prensa, el escritor español se pronunció a favor de un "Nüremberg cultural", porque "merecen ser fusilados aquellos políticos que no sólo no promueven la cultura, sino que la destruyen y la desmantelan. Eso es el mayor pecado del mundo, y aunque yo soy contrario a la idea de fusilar personas, a ellos sí los fusilaría, estaría a favor de un Nüremberg cultural", apuntó al hacer referencia al juicio que se realizó contra los oficiales nazis tras la II Guerra Mundial. Explicó que los jóvenes deberían tener una serie de elementos culturales para entender los horrores actuales del mundo y "quienes nos gobiernan, no los están dando con su analfabetismo y con su incultura".

Señaló que lo que intenta con ‘El pintor de batallas’ es hablar del "horror real del mundo, pero es algo que no puedo contar con sangre, con vísceras, con tripas, con gritos, con alaridos, porque entonces hubiera sido una novela falsa. Si el horror real del mundo del que hablo es frío, ésta tenía que ser una novela fría, es una novela contenida, que todo el estremecimiento fuese no de cómo cuento las cosas, sino por lo que cuento", añadió. Pérez-Reverte, quien durante muchos años fue corresponsal, aseguró que todos los seres humanos "estamos inermes e indefensos ante el horror y es por eso muy necesario tener una memoria y una cultura que nos eduque y forme". De lo contrario, agregó el autor de ‘El Club Dumas’, "los seres humanos nos convertimos en una especie de juguetes en manos del horror".

El también miembro de la Real Academia Española dijo que su nueva novela fue concebida a partir del cuadro ‘Erupción del Paricutín’ (1943) del mexicano Gerardo Murillo, "Dr. Atl", tras la impresión que le dejó cuando lo vio en una visita a México. "Tengo la sospecha de que mi nueva novela nace de verdad a partir de que me encontré el cuadro de Dr. Atl", comentó Pérez-Reverte, quien aseguró que dos de los personajes centrales de su libro se conocen observando esa obra de Murillo. El prolífico escritor español, de 55 años, dijo que el cuadro es su favorito y lamentó que ya no se exhiba en el Museo Nacional de Arte de la Ciudad de México. "Ahora han puesto otro del Dr. Atl y ‘Erupción del Paricutín’ es el cuadro más bueno y más bestial que había y lo han quitado, por lo que quiero protestar", dijo. Destacó que México "es mi ojito derecho, por muchas razones, y por eso México tenía que estar en la novela de una y otra forma". En sus declaraciones, recordó que a partir de conocer ‘Erupción del Paricutín’, ha leído varias biografías de Murillo, así como de su Nahui Ollín, a quien calificó como "la mujer más hermosa que he visto en la vida".

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Mensaje por Rogorn » Vie Abr 12, 2013 3:30 pm

Arturo Pérez-Reverte traza el horror de la guerra en un mural
Amelia Castilla - El País - Madrid - 16/03/2006

El público les recibió con un fuerte aplauso apenas habían traspasado el umbral de la puerta del auditorio del Museo Reina Sofía de Madrid. Arturo Pérez-Reverte y José Manuel Sánchez Ron. El escritor y el científico, académicos ambos, sorprendidos por la espontaneidad del público, se dirigieron al escenario donde estaba prevista la presentación de 'El pintor de batallas' (Alfaguara), la nueva novela del escritor cartagenero. Arropados por las obras de Ucello, Goya y Brueghel, hablaron de la vida, de los cuadros y de la guerra, los tres ejes en los que se articula la novela.

Media hora antes del comienzo del acto, más de un centenar de personas hacían cola bajo la cubierta diseñada por Jean Nouvel para asistir a la presentación de 'El pintor de batallas'. En el flamante y abarrotado auditorio del Reina Sofía, con capacidad para más de 400 personas, compartieron butaca el director y el vicedirector de la Real Academia Española, Víctor García de la Concha, respectivamente; Emiliano Martínez, presidente del Grupo Santillana; la editora Amaya Elezcano; los escritores Javier Marías y Ray Loriga; los cineastas Pedro Olea y Agustín Díaz-Yanes y el fotógrafo Gervasio Sánchez.

Empezaron en broma disculpándose por llevar corbata. Pérez-Reverte, para defender su reputación, y Sánchez Ron, para disculparse porque iba a hablar de algo a lo que no está acostumbrado, de literatura. Lo de la broma estuvo bien porque la cosa se puso seria nada más arrancar el diálogo que sostuvieron con algunas de las obras que se citan en la novela como testigos reflejados en una pantalla. 'El triunfo de la muerte', de Brueghel, fue el primero de los cuadros que salió a colación para hablar del horror. "El cuadro refleja el núcleo central de la novela, donde no queda resquicio para la esperanza", empezó Sánchez Ron. Del lienzo contó luego Pérez-Reverte que era uno de los grabados que tenía su abuelo guardados en la biblioteca de su casa. "Me impresionaba el paisaje desolado del primer plano, pero con el tiempo empecé a fijarme en el fondo del cuadro, en los incendios, la torre junto a la playa, y descubrí que allí se encontraba la clave del horror", aseguró. Después se hizo corresponsal de guerra y decidió conocer directamente todo lo que representaba la imagen reflejada en la pintura. "Mi vida ha sido un viaje por ese cuadro. Ahora entiendo lo que pasa en primer plano; lo que cuando era niño eran pesadillas ahora se han convertido en fantasmas. La guerra es el símbolo de la vida, nunca he visto allí más horror o sufrimiento que no haya visto aquí", añadió el escritor.

De la pintura pasaron a la fotografía y a los artículos periodísticos. "El mundo está lleno de malditas fotos", asegura el protagonista de la novela, y Pérez-Reverte parece estar de acuerdo con esa opinión. Él lo argumenta así: "Ahora ves un niño destripado en Angola y puede tratarse de un anuncio de moda o de las fuerzas armadas estas que se han inventado ahora. Yo no pretendo hacer justicia ni que el mundo sea mejor, lo que pretendo es desahogarme". Al hilo de esta reflexión, el escritor expresó su desprecio por los cobardes, los que callan y los que acaban convirtiéndose en cómplices de lo que ocurre. Para finalizar, los dos académicos hablaron sobre el papel del hombre y las reglas implacables que sostienen la vida y la guerra. Como científico, Sánchez Ron parece tener una visión menos desesperanzadora que Pérez-Reverte.

Fe de errores: Víctor García de la Concha y Gregorio Salvador, director y vicedirector de la Real Academia Española, respectivamente, estuvieron entre los asistentes al acto de presentación de 'El pintor de batallas', de Arturo Pérez-Reverte, celebrado en el Centro Reina Sofía; en la reseña publicada ayer se omitió el nombre del vicedirector.

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Mensaje por Rogorn » Vie Abr 12, 2013 3:39 pm

Crónica de la presentación de ‘El pintor de batallas’ en Madrid
Barlés – iCorso – 16/03/2006

El acto empezó con algo de retraso ante un abarrotado auditorio del Museo Reina Sofía. Muy moderno y muy bonito todo, pero si te descuidabas, en lugar de en el auditorio terminabas en el baño. De haberla habido, el lleno sería hasta la bandera. Se cubrieron las 400 plazas del aforo y algunas más, ya que se arriesgó ocupando pasillos y escaleras, y aún así se dice que quedaron fuera otras 300 personas.

La crónica de ‘El País’ es bastante precisa en cuanto al comienzo del mismo. Efectivamente, Arturo empezó bromeando acerca del hecho de que si llevaba corbata era por culpa de José Manuel Sánchez Ron, y que lo dejaba claro para defender su reputación, y Sánchez Ron dijo que la llevaba siguiendo el ejemplo de un científico que en un discurso había empezado diciendo que si llevaba corbata es porque se lo había dicho su mujer porque iba a hablar de filosofía y de filosofía no tenía ni idea y que, como él iba a hablar de un tema del que no era experto como era la literatura, por eso la llevaba.

La charla se apoyaba en la presentación a través de PowerPoint de algunos de los cuadros que aparecen en ‘El pintor de batallas’, cosa que dio algún que otro problema al inicio, pues el ordenador -o el que lo manejaba- se volvió loco y hubo sus más y sus menos para que el primer cuadro apareciese en pantalla. Este primer cuadro era ‘El triunfo de la muerte’, de Brueghel, y, por no repetirme, lo que aparece en la noticia de ‘El País’ es lo que se dijo.

Acerca de lo que en esa misma noticia se dice sobre las fotos y los artículos, hay que matizar algunas cosas. Sánchez Ron se acogió a la frase que aparece en la novela de que a fuerza de usarlas las imágenes han dejado de valer más que mil palabras, a lo que Arturo respondió que incluso las imágenes sin palabras ya no servían, y que ahora lo que hacía falta era, en algunos casos, más de mil palabras para explicar una imagen, y puso ese ejemplo que aparece en la noticia de ‘El País’ de que puedes ver una foto de un niño destripado en Angola "y no sabes si es un anuncio de moda, o de una oenegé, o de las fuerzas armadas desarmadas éstas que nos hemos inventado ahora en las que vas a ganar un pastón dando el biberón a los niños, que es lo que se lleva ahora".

También por parte de Sánchez Ron se eligió una frase de la novela, la de que “el mundo está lleno de malditas fotos”, a lo que añadió que si no estaba también lleno de malditos artículos de opinión, a aumentar los cuales venía a contribuir Arturo, el valiente, el justiciero, el paladín de la Justicia que buscaba arreglar el mundo con sus artículos. En esto Arturo le corrigió diciendo que él no pretendía arreglar el mundo con sus artículos, porque sabía que eso era imposible, ya que el mundo no tenía arreglo y que con sus artículos no iba a conseguir nada, pero que para él eran un desahogo, un ajuste de cuentas, una venganza. Salió aquí a relucir la ya vieja teoría revertiana de que él puede entender a un asesino que ha recibido la suficiente dosis de fanatismo, de ideología o de incultura. Que no lo justifica, pero le permite comprender y explicar, pero que lo que Arturo no soporta son los cómplices pasivos, los que ven y callan. A tenor de la actualidad, puso el ejemplo de Milosevic, con el que, mientras se mataba a miles de personas "la vieja, vil y despreciable Europa" pactaba y miraba para otro lado. E incluso Javier Solana se daba, casi literalmente, besos en la boca con Milosevic. Por eso, según Arturo, él escribe sus artículos; porque no quiere ser un cómplice pasivo y permanecer callado.

El siguiente cuadro en ser comentado fue el de ‘La batalla de San Romano’, de Paolo Ucello. Este cuadro se destacó sobre todo desde el punto de vista científico y el manejo que en el mismo se hace de los volúmenes. Otro cuadro que se comentó fue ‘La victoria de Fleurus’, de Vicente Carducho, sobre el que tanto Arturo como Sánchez Ron convinieron que era un cuadro falso y miserable por la perfección geométrica con la que muestra el desarrollo de una batalla y que lo único real de ese cuadro es la escena en la que un español y un holandés luchan y se apuñalan cuerpo a cuerpo. Arturo empezó a hablar aquí de lo que ya ha podido leerse en las entrevistas que se han ido publicando sobre la novela de que los hombres medievales eran más conscientes de lo transitorio de la vida humana y del dolor y el horror, y que por eso los pintores de esa época lo reflejaban fielmente, mientras que en la pintura de batallas del XVII se buscaba el magnificar las gestas y a los capitanes.

El siguiente cuadro en ser comentado fue ‘Duelo a garrotazos’, de Francisco de Goya, cuadro que a ambos les encantaba por la esclarecedor muestra que, en su opinión, da de la naturaleza humana. A Arturo lo que más le impresionaba de este cuadro es el paisaje que se representa, el cual permanecerá ahí, frío e inmutable “hagan lo que hagan los dos imbéciles” que aparecen en el mismo.

Entre cuadros, la charla pasó a hablar de la condición humana y de hasta qué punto el hombre no hace más que ser arrastrado por ella. Hasta qué punto el hombre es culpable cuando mata, viola o hace atrocidades semejantes y que si el hombre es un componente de un universo frío, despiadado y que actúa sin compasión por qué no puede asimismo ser frío, despiadado y sin compasión al igual que ese universo del que el hombre es parte. En este punto hubo una discusión entre Sánchez Ron y Arturo en la que el primero acusaba al segundo de tener una visión muy pesimista y que no dejaba resquicio a la esperanza, a lo que Arturo respondió que eso no era cierto, que sí había esperanza, que quizá no había soluciones, pero si remedios, como, por ejemplo, la cultura, que no permite solucionar nada, pero sí permite entender y tener ciertas claves que permitan asumir las cosas y resignarse a que determinadas cosas son como son y que siempre han sido así. Por eso lamentó el despojo cultural que se está haciendo en la juventud actual, no sólo de España, sino también de otras partes, a la que se le está privando de esas claves necesarias.

El cuadro que se comentó a continuación fue el de ‘El Coloso’, de Goya. Arturo lo puso como ejemplo de cómo el horror golpea cuando menos te lo esperas, algo que el ser humano ha olvidado gracias a una actitud de autoengaño que se ha fabricado él mismo. Nos hemos olvidado de que el horror existe, que está ahí y que ha estado siempre. Que es la misma historia desde Troya a las Torres Gemelas, hecho sobre el cual comentó que cuando ocurrió y veía cómo la gente no daba crédito y le parecía imposible que pudiese estar sucediendo eso, él pensaba que “¿cómo estos gilipollas no se dan cuenta? ¿Pero que se creen?”. El horror siempre ha estado y está ahí, a pesar de que el hombre, en su soberbia se olvide de él. En este punto Arturo expresó la idea de ante ese tipo de hechos hasta qué punto se debe sentir compasión de quienes, teniendo las claves para saber que eso puede suceder no las interpretan. Si se construye un hotel con capacidad para 5.000 personas en una zona en la que siempre ha habido tsunamis, un día el tsunami llegará y acabará con las 5.000 personas. Por eso hasta qué punto se puede tener compasión. No caridad o piedad ayudándolas en lo que se pueda, que eso hay que tenerlo siempre, pero sí compasión.

El último cuadro fue uno del doctor Atl, que, por otro fallo de la organización no fue el de ‘Erupción del Paricutín’, que es el que debería haber sido. Por premura de tiempo, ya que el acto tenía que terminar ya, sólo se comentó del mismo lo bien que reflejaba el universo tan cruel, frío y despiadado como es.

Para terminar, debo hacer la crítica de que la presentación no fue amena. De hecho, hubo gente que abandonó la sala antes de que la misma terminase. Quizá esta sea la novela más difícil de presentar debido a su densidad y temática y, aparte de ello, Sánchez Ron, con todos mis respetos, no fue precisamente la alegría de la huerta e incluso, en algunos momentos, pareció que robaba protagonismo a Arturo.

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Mensaje por Rogorn » Vie Abr 12, 2013 3:40 pm

Pérez-Reverte admite usar todos sus "trucos nobles" para implicar al lector
Jesús Álvarez - ABC de Sevilla - 21/03/2006

Arturo Pérez-Reverte define su última novela, 'El pintor de batallas', que acaba de publicar Alfaguara, como "la más personal" de las que ha escrito hasta ahora. No en vano su protagonista, llamado simplemente Faulques, es un reportero que retrata con su cámara los horrores de la guerra, desde la actuación de paramilitares y guerrillas latinoamericanas a "limpiezas étnicas" como la de Bosnia. Todas esas "batallas" fueron visitadas y narradas por el autor en su época de periodista y casi quince años después de volver a Sarajevo e iniciar su prodigiosa carrera literaria se ha visto con ganas y aptitudes de llevarlas al papel. La novela, de cuidada factura literaria (dos años de trabajo y mirando y remirando "cada palabra y cada coma", admitió ayer el autor) logra mantener desde la página 31 hasta la 300 la terrible pero contenida tensión que se establece entre el reportero, retirado en una torre y dedicado a la pintura de un enorme mural bélico, y un soldado croata que culpa a una foto que le hizo Faulques diez años atrás del asesinato de su mujer.

Pérez-Reverte reconoció que hasta ahora "no estaba preparado" para escribir esta historia y que ha intentado implicar al lector "a través de todos mis trucos nobles" en el mundo del arte y de la guerra. La narración comienza con la intención del antiguo fotógrafo de lograr "la foto que nunca pudo hacer" a través de una pintura circular en la pared, un conflicto personal con el que el autor ha querido poner de relieve "que la fotografía ya no es verdad, y ha perdido la batalla frente a la pintura". Según Pérez-Reverte, al que ya no le gustan los telediarios en los que antes trabajaba, y que a menudo abrían con sus arriesgadas crónicas de la guerra, "hoy día cualquier imagen miente. Ya no vale la imagen. Antes conmovía el relato del horror, ahora sólo cumplimos nuestra cuota".

Tampoco le gustan los políticos ("tenemos la clase de políticos más despreciable que existe, auténticos analfabetos; cualquier mala bestia puede llegar a cualquier cosa en política"; "los políticos de hace cien años podían ser tan golfos como los de ahora, pero por lo menos sabían hablar", dice) ni los periodistas, sus ex colegas ("el periodismo me ha decepcionado, está muerto, y las secciones de cultura de los periódicos abren con pasarelas de moda porque una exposición de Goya les parece a sus responsables que no interesa a la gente"). Pero sí disfruta, sin embargo, con la lectura y la literatura, y lamenta por esa razón que haya escritores de novelas históricas que no estudien lo ya publicado sobre el tema: por algo el también académico de la lengua se considera uno de los autores españoles que más se documenta a la hora de recrear épocas pasadas e incluso presentes. "Antes de escribir 'El pintor de batallas' viajé por todo el mundo visitando los museos donde están los cuadros de las guerras que se mencionan y compré un montón de libros sobre ellos para ambientarme".

El resultado ha sido una novela muy bien recibida por la crítica y de la que Rafael de Cózar y Juan Eslava Galán, sus compadres y consejeros desde hace años, definen como una de las mejores y más duras que él ha escrito. "Pretendo que el lector visualice la novela y se meta poco a poco en ella, que se dé cuenta que ha leído una novela que ha estado hablando de él. Se trata de una novela absolutamente contenida", afirmó también, recordando el "simbolismo cruzado" que encierran las palabras, los sentidos y los juegos de luz narrativos.

A pesar de que aseguró que lleva 54 años escribiendo esta novela y que "sin vivir lo que he vivido hubiera sido imposible escribirla", su escritura le llevó unos dos años. Incluso llegó a interrumpirla para hacer 'Cabo Trafalgar', obra menor en su dilatada y exitosa carrera literaria, que le llevó muy pocos meses escribir.

Pérez-Reverte se mostró sincero y elocuente con los periodistas, como en él es habitual. Reconoció que no volvería a primera línea de batalla como periodista, "a un Sarajevo", por ejemplo, "porque ya no soy el mismo que cuando era corresponsal de guerra, ni haría allí las cosas que hice". Tampoco cree que exista riesgo de balcanización en España. "Quien dice eso no tiene ni idea de lo que son los Balcanes", dijo.

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