'El pintor de batallas' (2006)

Comentarios y noticias sobre el resto de los libros de Pérez-Reverte

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Rogorn
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Mensaje por Rogorn » Vie Abr 12, 2013 3:48 pm

“El soldado serbio que viola a una joven croata también eres tú”
Pedro Ingelmo - Diario de Jerez - 22/03/2006

(Argumento: Un fotógrafo de guerra que ha estado en países donde pasan cosas, es decir, en países donde pasan horrores, se retira a pintar un mural en el que quiere reflejar toda la historia del espanto, desde Troya hasta nuestros días. Un soldado llega. El fotógrafo no lo recuerda, no lo puede recordar porque sólo le miró dos segundos a través del visor de su cámara. El soldado habla: "Usted me aruinó la vida con una foto, y yo le voy a matar". Pero antes de matarle, quiere conversar, quiere saber. La novela es un diálogo entre un futuro asesino y un futuro asesinado).

(Escenario: Bodega Los Apóstoles. A un lado, el plotter con la portada del libro, 'El pintor de batallas', donde parece imaginarse un bombardeo en la oscuridad de una aldea. Se reparten folletos promocionales donde se lee sobre una alambrada: "Hay lugares de los que nunca se vuelve". Al otro lado, una reproducción de 'El triunfo de la muerte', de Brueghel el Viejo, uno de los cuadros más absorbentes pintados nunca, un cuadro sobre el horror).

Cada presentación de un libro de Pérez-Reverte tiene un ritual. Para empezar, "aquí falta alguien", avisa. Ah, sí. Un empleado de González Byass coloca rápidamente una botella de Tío Pepe y tres copas. Ahora estamos todos. Segunda parte del ritual. Arturo Pérez-Reverte no está solo. A sus flancos, dos viejos amigos, los amigos de siempre, el estudioso "y muchas más cosas" Fito Cózar y el novelista Juan Eslava Galán. Tercera parte del ritual. Ellos hablan, no hace falta que nadie pregunte, "a no ser que le queme una pregunta en la boca". El numeroso público que abarrota Los Apóstoles y que da fe de que el escritor cartagenero de 54 años es uno de los pocos que se encuentra en el olimpo del "star system" literario nacional acepta con su silencio las reglas. Hablemos del libro.

Tiene la palabra Juan Eslava, que arranca infringiendo las reglas internas del trío. "Es la mejor novela que has escrito". "Eh, nada de elogios", protesta Pérez-Reverte. Eslava se explica: "La primera obligación de una novela es arrebatarte, hacer que descuides tus obligaciones, que no estés pendiente de tu trabajo, porque sólo estás pensando en soltarlo para regresar a la lectura. Eso ha ocurrido con muchas novelas tuyas anteriores. Esta es distinta. No es una novela que se pueda leer de corrido. Hay que hacerlo a pequeños sorbos porque incluso hay pasajes que te pueden hacer sentir mal físicamente. Es tu mejor novela y esa es tu obligación como escritor. El final de la novela lo he leído veinte veces, y después me ha estado revisitando".

Fito Cózar se somete a la normativa y empieza por contar su primera sensación, sus primeras páginas. "La historia se expone muy pronto, en muy pocas páginas. A partir de ahí, miras el libro y te preguntas cómo va a resolver este puñetero el lío en el que se ha metido. Pero lo logra. Al leerla he intentado independizarme de Arturo. Al fin y al cabo, la novela no deja de tratar sobre un corresponsal de guerra descrito por un corresponsal de guerra. Dicho esto, yo no sabría decir si es tu mejor novela, pero lo seguro es que es distinta, y que ha exigido mucha madurez en su escritura".

Habla Pérez-Reverte como un torrente. Primero, respeta la opinión de sus amigos porque, al fin y al cabo, "una novela la reescribe en un 50% el lector con su propia vida y su experiencia". Segundo, no es una autobiografía -él no es ese corresponsal de guerra-, pero reconoce que si no hubiera sido corresponsal de guerra, no hubiera podido escribirla: "Sin mi biografía, no existiría esta novela". Y, a partir de ahí, la idea. Cózar descuelga la reproducción del cuadro y Pérez-Reverte señala los esqueletos levantándose de la tierra en el primer plano. Es una imagen de su infancia. Miraba una y otra vez el cuadro pensando que esos esqueletos vendrían a por él. Pero creció y fue entrando en el cuadro, miró el segundo plano, las llamas de una aldea saqueada. "Yo he querido viajar allí, al fondo del cuadro, para poder explicarme este primer plano, para explicar cómo hemos llegado al triunfo de la muerte".

Y su conclusión es que nadie es inocente. "El universo es muy cabrón, mata fríamente, tiene unas reglas inmutables y frías. El universo mata sin sentimiento. Pienso que el horror es frío. La primera sensación de horror que recuerdo fue cuando me dijeron que besara a mi abuelo. Mi abuelo estaba muerto, pero no fue su muerte lo que me espantó, sino el contacto de mis labios con su rostro frío. Pero no nos sintamos inocentes: el horror no es tripas ni gore, el horror somos nosotros. El soldado serbio que viola a una joven croata también eres tú. El horror está en la sonrisa de un niño de cinco años que dentro de unos años se convertirá en el verdugo de aquellos que violaron a su madre. Formamos parte de ello. No vale decir "yo soy pacífico y no tengo nada que ver con ello", porque sí tienes que ver con ello. Yo he ido a guerras y no he matado a nadie, pero he sentido remordimientos. Ante esa certeza, he escrito esta novela", que él afirma que ha salido en el momento justo porque "escribir una novela es jugar a las siete y media. Si te pones antes, no llegas, fracasas; si lo haces después, ya no la escribirás nunca".

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La batalla literaria de Reverte
Almudena Doña – Publicaciones del Sur – 22/03/2006

Como si de una tertulia en el café Gijón se tratara, Arturo Pérez-Reverte presentó ayer entre dos amigos escritores su último libro. En el marco incomparable de la bodega González Byass, el autor cartagenero habló de su novela ‘El pintor de batallas’, junto al también novelista Juan Eslava Galán y el profesor universitario y escritor Rafael de Cózar. De reciente estreno, el escrito tiene como eje central a dos personajes fundamentales, un fotógrafo experto en escenarios de guerras y desastres, y un soldado que vuelve a él al cabo del tiempo reclamando venganza por una de sus fotografías, en la que se veía retratado, y cuya publicación le cambió por completo la vida.

Tanto Eslava Galán como De Cózar han coincidido en asegurar que se trata de una novela distinta, algo alejada de lo que ha publicado hasta ahora Pérez-Reverte. El primero de ellos da un paso más afirmando con rotundidad que es “la mejor novela de Arturo, irrepetible”. Una de las principales características de la misma, según sus colegas, radica en que no se puede leer de corrido, sino que lleva a la reflexión y a la lectura una y otra vez las mismas ideas, profundizando en ellas. “Algo -confiesa De Cózar- que yo no había hecho hasta ahora”. Eslava, por su parte, apostilla que “una novela es eficaz porque después de leerla te quedas colgado durante un tiempo. Yo he leído veinte veces el final y me ha estado revisitando”.

Aunque el argumento del libro, en un primer momento, resulta sencillo, la trama, como explican los compañeros de Reverte, se va complicando por momentos, ya que “te preguntas continuamente cómo se resolverá el diálogo entre un futuro asesino y su asesinado”, dado que, efectivamente, el soldado vuelve para matar al fotógrafo, por aquella instantánea que marcó su vida. El ambiente que se recrea es el del horror de la guerra, algo que sin duda el autor domina a la perfección, gracias a sus veintiún años como reportero de guerra. Por ello, a veces es difícil desvincular su trayectoria vital con la de su obra, aunque Pérez-Reverte ha querido dejar claro que no se trata en ningún momento de una autobiografía, sino de “una forma de darle realidad recurriendo a elementos de mi vida”. El protagonista de la obra, que durante muchos años había sido fotógrafo, se encuentra pintando un cuadro en el momento en el que es visitado por el soldado. Reverte aprovecha la ocasión para alabar el arte pictórico antiguo, poniendo de manifiesto que hoy en día, ya no tiene validez el dicho de “una imagen vale más que mil palabras”.

“Hoy todo lo hemos frivolizado, por eso recurro a los pintores antiguos, medievales, que no están desvirtuados”. De esta forma, el autor hace hincapié en el horror como algo natural de la vida, basándose en el cuadro ‘El triunfo de la muerte’, de Brueghel. En esta línea, precisamente, se expresa confesando que para él había supuesto un verdadero problema moral el escribir este libro, “ya que me pregunto hasta qué punto debemos tener compasión. Con hechos como las Torres Gemelas, por ejemplo, la gente se horrorizaba, cuando yo me he llevado veintiún años contando que veía tirarse a muchas personas por las ventanas. Además, siempre ha habido tsunamis, lo que pasa es que ahora hay a pie de playa hoteles de cinco estrellas que antes no había”.

En lo referente a la cultura, también quiso el autor advertir la escasa preparación de los jóvenes a la hora de enfrentarse a la vida que les espera, argumentando que a él sus padres, durante su juventud, le hicieron leer a clásicos como Homero o Jenofonte. “¿Qué pasa con los jóvenes de ahora, hasta qué punto los echamos a territorio enemigo sin armarles? Tenemos recursos para ayudar a comprender y a consolarse, pero estos chicos salen ahora sin referencias, aunque ¿qué se puede esperar, teniendo además unos políticos analfabetos?”

Así, en su línea, Pérez-Reverte habló de literatura, aunque haciendo gala de su habitual mordacidad, para no dejar títere con cabeza. Aunque se nombró en menor medida, los escritores coincidieron en destacar el papel de Olvido, la protagonista femenina de la obra. Muerta desde un principio, sin embargo supone un eslabón fundamental para recrear y comprender las vidas de los dos personajes masculinos a lo largo de toda la historia.

El salón de Los Apóstoles se encontraba repleto de gente dispuesta a disfrutar durante una hora de la verborrea de los tres afamados escritores. Entre la multitud, rostros destacados como el de la alcaldesa de Jerez, Pilar Sánchez, el delegado municipal de Cultura, Julián Gutiérrez o la portavoz local del Partido Popular, María José García Pelayo. Muchos de los asistentes aprovecharon el momento y esperaron pacientemente a que Arturo Pérez-Reverte acabara la presentación, con el fin de acercarse al escritor para que les firmara algún ejemplar de su último libro. El autor, además, no tuvo inconveniente en fotografiarse sonriente con los fans que así se lo pidieron de forma expresa. Entre fino y fino, ofrecido por la bodega González Byass, el colegueo que se dejaba entrever entre los escritores era más que evidente. En otras muchas ocasiones se han unido los tres para presentar el libro de alguno de ellos. Esta vez, eran llamativos los apuntes de Rafael de Cózar, que a cada comentario de Reverte exclamaba “¡cuidado, no vayas a adelantar el final!”
Última edición por Rogorn el Sab Jul 06, 2013 4:38 pm, editado 1 vez en total.

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Mensaje por Rogorn » Vie Abr 12, 2013 5:56 pm

“He escrito ‘El pintor de batallas’ para encontrar consuelos”
José Ángel García – Diario de Sevilla – 22/03/2006

Arturo Pérez-Reverte se acomoda en una silla del Hotel Colón para hablar de ‘El pintor de batallas’. Está relajado. Comienza la entrevista, y muda la postura, pero no el mensaje: ha escrito esta novela cuando ha llegado el momento justo, y no esconde que hay muchos recuerdos en esas páginas que hablan de guerras y de un fotógrafo que intenta reflejar en un cuadro las fotografías que no ha hecho, todo lo que lleva dentro y necesita, de alguna manera, convertir en fantasmas.

–¿Por qué ahora este libro?
–Por muchas razones. En ‘La Reina del sur’ ya había mucha amargura, mucho dolor, el personaje femenino era una mujer que tenía mucha tristeza dentro. Y ahora, bueno, cada novela tiene su momento, y el momento de ésta era éste: tengo 54 años, tengo una forma de mirar el mundo que no es la misma que hace 15 o 20, y había cosas que no había contado nunca. Había incursiones en profundidad que no había hecho nunca en los asuntos de ésta en mi novela. Esta vez quería desarrollar más a fondo reflexiones que en las otras están menos desarrolladas, sobre todo lo que queda cuando uno se da cuenta de lo que está ocurriendo de verdad. El hombre vive ahora en un autoengaño, y además queremos vivir en un autoengaño. Hay que utilizar los 3.000 años de memoria que tenemos, 3.000 justos además, para entender mejor y ser más lúcidos e inteligentes, pero los estamos utilizando para negar la realidad, para engañarnos más. Nuestra sabiduría la ponemos al servicio del engaño y no de la verdad. El ser humano se niega a aceptar las cosas como son. Es una llamada a la lucidez. Los seres humanos debemos ser felices, amarnos, querernos, todas esas cosas, y respetarnos, pero no porque nos quedemos sin ver al parte oscura, sino asumiendo la parte oscura. Amar al prójimo pensando que ser bueno es muy fácil, lo difícil y lo intelectualmente interesante es amar al prójimo sabiendo que puede ser malo. La vida tiene mucho sentido y es más intensa si no nos engañamos. Y ésta es una novela contra el autoengaño.

–En esta obra hay muchas claves para entender su obra, sus artículos... ¿Es como una mirada atrás en este sentido?
–Sí, en esta novela están las claves sobre todo para entenderme a mí, además de mi obra, para entenderme yo. Quiero decir, aparte de que hay muchas claves de mi obra, que el lector también se entenderá a sí mismo, sobre todo la he escrito para entenderme yo, para confirmar sospechas que tenía como escritor, como reportero, como ser humano. La he escrito para consolarme, para encontrar consuelos, para convertir pesadillas en fantasmas. Pesadillas que son cosas que te atormentan y te incomodan, en fantasmas, que son compañía melancólica y triste pero tolerable.

–El protagonista, Faulques, hace su mural de recuerdos que se intuyen que son suyos, incluso las fotografías que se describen de la guerra posiblemente sean suyas...
–Ninguna de mis novelas es autobiográfica, pero uso en todas ellas elementos biográficos, incluso en ‘La Reina del Sur’. Pues aquí utilizo recuerdos, imágenes, incluso fotografías mías que están en el libro. Pero recuerda siempre que es una novela, que es una mentira, que es una historia. Cuento una historia que a algunos les interesará la parte policiaca, de ese fotógrafo y del hombre que va a matarle, a otros la parte estética, y a otros la parte reflexiva.

–Sí, pero ¿se siente en este libro como el pintor de batallas, se siente dentro del cuadro o como el espectador que observa tanto lo que ha pasado como la historia que cuenta?
–Esta novela me sirvió para mirarme a mí mismo desde lejos. Esta novela me ha servido como si me sentara en el bar de enfrente y estuviera mirándome. Y mirara mi vida, mi biografía, mis recuerdos, mi memoria, pero con la distancia que te da trabajar una novela. La ventaja que te da una novela sobre un libro de memorias o un ensayo filosófico es que en ambos intentas ser tú, y una novela te permite distanciarte, te permite verlo con ecuanimidad. Una novela, paradójicamente, es más objetiva que un libro de memorias.

–Faulques, mientras está pintando, parece estar también esperando algo de forma subconsciente. ¿Es así?
–Sí. Está esperando una respuesta. No sabe de dónde le va a venir esa respuesta, cree que pintando va a encontrarla y es verdad, pero no espera que la respuesta venga en forma de hombre que lo va a matar. Pero intuye que hay algo que va a ocurrir en esa torre. La respuesta es que la foto no es inocente, que “usted dedicó dos segundos de su vida a hacer una foto de un tipo que no le importaba, pero esa foto que para usted no tiene importancia destruyó mi vida, y ahora quiero cobrarme el precio de eso y usted va a pagar ese precio”. Él intuye que algo va a pasar.

–¿Qué quería, en resumen, contar en esta novela?
–Yo quería contar la impotencia del ser humano cuando es lúcido, cuando comprendes que es una partida de ajedrez de la que no tienes las claves y tú eres un peón nada más. Y la pregunta es ¿te desesperas o buscas consuelo? Yo quería buscar consuelo. Siempre digo que el ejemplo es la carrera del prisionero, tenemos una pistola, es como si nos apuntan con una pistola en la cabeza. Podemos resignarnos a ser peones en la partida del cosmos o bien decir no, voy a correr, voy a escapar.

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Mensaje por Rogorn » Vie Abr 12, 2013 5:58 pm

No podría enfrentarme a un Sarajevo como en el 92
Aída R Agraso – Diario de Cádiz – 22/03/2006

Confesó ayer Arturo Pérez-Reverte, poco antes de su encuentro con la prensa –en el que estuvo acompañado por dos escritores amigos, Juan Eslava Galán y Rafael de Cózar, que presentarán con él hoy y mañana ‘El pintor de batallas’– que pensaba que la novela "no funcionaría con los lectores" porque "es más dura, más tensa, más amarga, en la cual hay acción pero toda es interior". Pero no ha sido así. Y está contento. "Se entiende. Creía que era más hermética, que tenía claves más difíciles de entender por el público en general, pero estoy contento". Quizá es que los lectores necesitan que algo, o alguien, les haga reflexionar. "Pero una novela no es más que el cincuenta por ciento, el otro cincuenta por ciento lo pone el lector. Es el lector el que, al abrirla, proyecta en él su vida, su idea, sus reflexiones. Es el lector el que escribe el otro cincuenta por ciento. Y me gusta mucho cómo lo está escribiendo".

En su novela, Andrés Faulques, un antiguo fotógrafo de guerra, pinta este gran fresco circular –el paisaje intemporal de una batalla– en la pared de una torre junto al Mediterráneo en busca de la foto que nunca pudo hacer. Allí va a buscarle un hombre al que fotografió y que ahora quiere matarle –Ivo Markovic– y la sombra de una mujer desaparecida diez años atrás, Olvido Ferrara. El mural, que envuelve al lector y al protagonista, refleja todas las guerras desde Troya hasta las Torres Gemelas. Y no hemos aprendido nada. "Eso es lo terrible. Y eso en Cádiz se entiende, que tiene tres mil años de historia documentada. Todo lo que ocurre ha ocurrido ya. Si entiendes el Caballo de Troya entiendes las Torres Gemelas. Si has leído a Virgilio, a Homero, a Dante, a Cervantes, entiendes el presente. El ser humano está renunciando voluntariamente a esa enciclopedia de tres mil años de experiencia y se enfrenta a la realidad presente sin ningún tipo de argumento de reflexión. De ahí la responsabilidad que tienen todos estos ministros y ministras analfabetos y analfabetas que nos están privando de los mecanismos de comprensión. Y la única salvación es comprender y asumir. Sin comprender nunca asumes, y sin asumir nunca te consuelas. El único consuelo posible es la cultura, la que nos están quitando. Hay una salvación, que es la cultura, la memoria. Y ese fresco es el símbolo de tres mil años de memoria y cultura". Criticaría luego a la clase política en general: "Hace 50 ó 60 años cualquier político sabía hablar y conocía los mecanismos de la retórica", pero ahora "cualquiera puede ser cualquier cosa" dentro del mundo de la política.

Explicó que tardó "año y medio o dos años" en escribir una obra que, en realidad, tenía en la cabeza desde mucho antes, y que "si no la he escrito antes es porque no estaba preparado". Comparó su novela con el juego de las siete y media: "O te pasas, o no llegas. Hay novelas que requieren su momento exacto y ésta es una novela de siete y media". Reconoció que es la "más reflexiva, más compleja" de las que ha escrito. "Con 54 años, el mundo se mira de otra manera". Y afirmó que "no he visto cosas en la guerra que no haya visto en la paz. El mal somos nosotros, y la tristeza, y la muerte", y la guerra "es el ser humano llevado al límite". Pero también fue claro al decir que "no quiero cambiar el mundo para mejor. Soy un puto contador de historias que no pretende cambiar el mundo porque sabe que eso es imposible. Es el ajuste de cuentas personal".

Se resistió a considerar que ésta es, como dice la crítica, su mejor novela –"eso lo deben decir los lectores"– pero apuntó Eslava Galán que "los que le seguimos lo creemos. Puede hacer otra con esta intensidad, pero eso nunca se sabe. Un escritor es la suma de todos los escritores que lleva dentro", y ‘El pintor de batallas’, cree, ha puesto el "listón alto". Pérez-Reverte reconoció que "hay una evolución" en la estructura, además de un esfuerzo por buscar la palabra exacta. Una labor "intensa, ardua, compleja, trabajosa, porque cada matiz era importante".

Su novela, dijo, está hecha "de incertidumbres, de preguntas sin respuestas, de dolorosa certeza". Pretende que el lector se vaya, poco a poco, metiendo en la torre donde vive Andrés Faulques, que se convierta en otro personaje, "que comprenda que él está dentro del cuadro". "Arturo Pérez-Reverte está mucho más patente en estas páginas", afirmó él mismo. Y cuando se le preguntó si volvería a repetir parte de su vida, dijo que "nadie vuelve atrás en las huellas que ha pisado", y reconoció que no podría ahora enfrentarme a un Sarajevo como en el 92, o a un Vukovar". No volvería, afirmó después un periodista que cree que el periodista "ya no existe".

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Mensaje por Rogorn » Vie Abr 12, 2013 6:02 pm

Presentación de ‘El pintor de batallas’ en Jerez
Burnel – iCorso – 22/03/2006

Con un poco de retraso sobre el horario previsto y con una cola de personas, pertrechadas con sus libros, que daba la vuelta a la manzana, bajo una nube de flashes y cámaras de televisión al más puro estilo estrella de rock, que diría aquél, por fin llega Arturo Pérez-Reverte escoltado por sus inseparables Rafael de Cózar y Juan Eslava Galán.

Previamente, y nada más entrar en la sala, los ojos se me fueron para la mesa: ante el primer sobresalto al ver tres copas llenas de agua me fijo y hay también tres catavinos. Respiro profundo. Tranquilidad absoluta al escuchar: “Buenas noches y muchas gracias por ser tantos. Recuerdo a la casa que aquí falta algo”, mientras la voz inconfundible de Fito apuntaba: “El vino, el vino…”. ¡Menos mal! Convencidísima que no se puede presentar un libro con agua, por muy mineral que sea. Y si no, que le pregunten a Barlés.

Para las gallinitas: guapo hasta decir basta. Y, paradójicamente, mucho mejor que otras veces cuando acaba de terminar una novela y se encuentra de gira con el “bombero torero”. Pantalón vaquero, camisa azul claro y chaqueta azul. Muy al estilo Coy. Revuelo entre las muchas Macarenas Bruner y Patricias O´Farrell que se encontraban en la sala. Jerez, por otro lado, es la tierra de ellas. Kilos de gomina en los señores, bien trajeados. Muchos medios y algún que otro político y destacados miembros de la sociedad a los que, más tarde, le dio para ir pasando.

Al hacer esta crónica, aunque muchas veces la palabra quede grande para lo que en realidad hacemos, inevitablemente te obligas a hacer un ejercicio de sinceridad. Y, creedme, no tenía muy claro si realmente me apetecía ir (quitando los problemas laborales, personales, etc, que te pueden surgir en un martes laborable), ni si quería enfrentar esa presentación. El libro en sí te hace pasar por varias fases. No demasiado agradables. No es el libro que esperábamos ni es el libro habitual de APR: es distinto. Y escucharlo decir a Eslava a los pocos minutos de comenzar, esa rotundidad en el “diferente” te hace respirar y relajarte. Indudablemente, todos los libros de APR te arrebatan, “ya que la vida no se puede alargar, al menos, ensanchar”. “Distinto, taxativamente, y eficaz: porque te quedas durante días, chocado”. En ese momento Eslava, pegas un respingo en la silla y te dices: “Ostras, no soy yo”. Yo estuve chocada. Yo aún estoy chocada y después de días de haber cerrado la última página. Raro es el día que no vuelvo una y otra vez a alguna escena del mural… a algún pasaje del libro. APR me ha secuestrado en esa puta torre. Hay algo de ti que lo quiere justificar, con un síndrome de Estocolmo importante. Pero hay otra parte que dice: “Ostias, que me estás agobiando, Pájaro”.

Fito te cuenta que esa novela no se puede leer de un golpetazo. Estamos acostumbrados a “libro gordo, quinientas páginas, y atracón”. Y piensas en las veces que te has dicho: “De buena gana te dejaba esta noche ahí, quietito, en la mesilla… ¡si no fuera por ser vos quién sois…!” Y te das cuenta que no sólo tú has vuelto sobre lo leído. Que, probablemente, no has sido tú la única que te has sentado como una posesa delante del Google a buscar un cuadro, una foto, un artículo, un dato, algo que te diera el consuelo necesario para entender lo que estabas leyendo. Como bien dijo Eslava, “una lectura fascinante, aunque a veces incómoda”. APR se defiende argumentando el cincuenta por ciento que pone en la novela el lector. “Yo no soy Faulques”, a lo que Eslava le responde: “Uno en una novela pone lo que tiene. De dos fuentes: lo que lees más lo que vives”. “Más lo que sueñas”, apunta APR. “S,i pero leyéndote”, -explica de nuevo Eslava-, dices: “Éste ha pisado muchos cristales rotos”. Y eso acojona porque viene de lo que vives”.

Entonces llegamos al punto de la historia de amor. Tanto para Fito como para Eslava “es la historia de amor más densa de su producción”. Y tocan a Olvido Ferrara. APR reconoce que en su proceso de creación, le salía una “niña pija, una snob, inteligente pero snob”. Pero cuando decide que Olvido sólo fotografíe objetos, el personaje cambia. Es cuando Fito apunta al puntito de mala leche que va desarrollando Olvido y que la hace diferente al resto. Quizá el puntito desagradable y distinto que le hemos visto como personaje femenino dentro de la obra de APR; aunque él se siente muy satisfecho de ese personaje. “Una gran historia de amor cuajada con todos sus elementos”. Ella es fundamental, en este caso más que en otras novelas. Sin ella, no sería posible ni el cuadro ni la novela. Y por agrupar aquí los personajes, ¡por fin hablan de Carmen Elsken! Comentan que el personaje de Carmen, la guía turística, es la mirada desde fuera de la persona que no ha estado allí. Y yo sentí un gran alivio. A mí Carmen me encantó, seguramente, porque Carmen hizo en la historia lo que yo no fui capaz de hacer como lectora: salir corriendo de aquel espanto, de ese horror. Yo me había preguntado una y otra vez por qué todos hablaban de dos personajes y medio o de tres (Faulques, Ivo y Olvido) pero, ¿y Carmen Elsken? ¿Por qué nadie habla del personaje de la guía turística?

Volvemos al 50% que pone cada lector, y cuentan que a través de algunos lectores le han llegado interpretaciones de que Ivo nunca existió. Que Ivo estaba también muerto, a lo que APR nos confiesa que aunque nunca lo pensó así, sí que lo reconoce posible, por lo que haría una relectura desde ese punto de vista. Es una lectura que considera buena y fascinante. Así que tranquilidad en los foreros que, me consta, así lo han interpretado: de entrada, ni todos están palmera ni el pintor está sonaja. Que quieras que no, es otra tranquilidad.

Volviendo a la lectura del libro, nos encontramos con que ‘El triunfo de la muerte’ horrorizaba al pequeño niño Arturo cuando entraba en la biblioteca de su abuelo. Presidía la estancia, y se horrorizaba de ver los cadáveres saliendo de la tierra y llevándose a los reyes, los obispos, a la gente. Hasta que un día vio que al fondo, había casas y un incendio. Y decidió ver qué había allí. Pero salió bien preparado, con una mochila llena de lecturas que a la vuelta, le hacían sentir orgulloso de no hablar de oídas, de haber salido con la formación adecuada y la cultura suficiente, no como elemento de presunción social, sino como herramienta de supervivencia. También este libro le creó un problema moral de si debemos tener compasión. Ahora nadie puede decir “yo no sabía”. Y cuando ocurre un tsunami, una Torre Gemela, la gente dice “qué horror, qué espanto, no me lo puedo creer”, cuando él y otros llevan años contándonos lo mismo. En el libro, el lector se encuentra metido en la torre y le afecta, aunque ya se lo habían ido contando en otras novelas, en otros artículos. ¿Hasta qué punto habría que tener compasión con gente que se niega a pagar el riesgo de sus comodidades? Y cuando llega el horror, tendríamos que ser el que, cuando se cae el avión, no grita. Reconoció APR que se había sentido solo, frío, insolidario, preguntándose “¿es que no se dan cuenta?”

Es por todo esto que el libro, a palabras de Fito, más que darte las claves y sugerencias para opinar, te da las sugerencias para pensar. Y se fustigaba pensado “¿y yo que voy a decir cuando nos juntemos?” Casi lo mismo que nos pasa ahora a nosotros, que vamos terminando el libro, vemos el foro limpio de opiniones personales, y nos decimos “¿y yo qué digo ahora?”

Esta argumentación de Fito me decidió a llamar esta crónica como “reconfortante”. Así me he sentido yo. Efectivamente, el lugar es inmejorable, no tiene la frialdad de un paraninfo o un local similar, y allí estaban unos amigos demostrándose su amistad, su lealtad y su sinceridad, para hablar de la nueva obra de ese amigo querido. Una obra sorprendente, diferente, a veces, incómoda, donde muchas veces te hace sentir mal contigo mismo, con tu cultura, con tus conocimientos, con tu mundo, el cercano que conoces y aún conociéndolo te clava el cuchillo cada vez que puede y el lejano, con esa hijaputez fría, desmesurada y lejana. Entonces ellos tres se encargan de acercarte a la mesa, hacerte partícipe de su charla, ver la obra desde el punto de vista de un lector cualquiera, con sus dudas, con sus lagunas, con sus miedos. Con esa negación continua de no querer ver el mundo con ese juego de espejos de la puta torre. Y reconforta. Una especie de bálsamo para aliviar la tensión a la que te somete. No es que te haga sentir bien pero sí que te da algunas herramientas para que tú, lector, cojas los pocos acontecimientos de los que dispones y los muchos sentimientos y te dispongas a hacer tu propio trabajo de orfebrería. No sin antes, educadamente, darle la bienvenida a los muchos fantasmas que este libro nos deja en herencia.

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Rogorn
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Mensaje por Rogorn » Vie Abr 12, 2013 6:05 pm

“El hombre lúcido debe tener claro que no es ajeno a lo que ocurre en su entorno”
Entrevista con María Eugenia Ibáñez - Diario de Córdoba – 26/03/2006

Arturo Pérez-Reverte acaba de publicar 'El pintor de batallas', novela que rompe con la línea de su bibliografía anterior. Nada que ver con las aventuras del capitán Alatriste, ni con la intriga de 'La carta esférica', ni con la reconstrucción novelada de la historia de Trafalgar. La obra es una reflexión sobre la violencia, la guerra y la naturaleza humana a través del diálogo entre dos hombres, un fotógrafo testigo de mil horrores y un croata víctima de ellos y de una imagen anterior. Un tercer personaje, una mujer, hace de liviano contrapeso. El cambio de registro no ha retraído a los lectores de Pérez-Reverte, convertido desde hace tiempo en un fenómeno literario que vende todo aquello que lleva su marca: 250.000 ejemplares de 'El pintor de batallas' despachados en 15 días y una segunda edición en marcha.

-Desde ‘Territorio comanche’, en 1994, no trataba el tema de la guerra ¿por qué ha vuelto a él?
-La guerra es un escenario, una excusa para contar cosas sobre la condición humana en un territorio hostil. No hay nada en la guerra que no haya visto fuera de ella.

-¿Puede la mente almacenar el horror sin secuelas?
-Frente a los malos recuerdos, o los remordimientos, sólo hay dos opciones: negarlos, anestesiarlos o aceptarlos y convivir con ellos. Yo escribo para esta segunda opción; 'Alatriste' y 'La Reina del Sur' son formas de hacer más tolerables los fantasmas. Tenemos necesidad de ordenar muchas cosas y se trata de tolerar tu condición humana y tu memoria.

-¿Es real el horror que describe el libro o, simplemente, puede serlo?
-Los episodios son verídicos, pero podrían ser falsos. Sólo es una novela, no es un ensayo o un tratado filosófico y no pretende cambiar nada. He contado una historia porque a mí me resultaba higiénico hacerlo.

-¿Por qué higiénico?
-A diferencia de otros que no lo saben, yo sé que me voy a morir y eso me hace más lúcido. Sé también que el proceso final es muy duro para el ser humano y escribir me ayuda a serenar los remordimientos, las cosas que hice mal -por defecto o por exceso-, la gente a la que no pude ayudar, o no quise, mi estupidez, mi ignorancia, mi juventud... Cuando llegue el momento de hacer balance quiero que todo eso esté ordenado.

-No parece usted una persona que arrastre arrepentimiento.
-Soy un tipo duro por biografía, por las cosas que he vivido, porque me hecho así, pero eso no significa que no tenga fantasmas que me acompañan. He sido cruel e hice muchas cosas que no me gustan, porque yo me recuerdo mirando el reloj y dando prioridad al envío de una crónica para televisión antes que ayudar a los que tenía al lado. Estoy seguro de mi vida, sé que hago lo correcto y vivo como quiero vivir, pero miras hacia atrás y hay cosas que te gustaría no haber vivido.

-Los dos personajes de la novela parecen apocalípticos, terminales.
-Lo son, todo hombre lúcido es terminal, porque el hombre debe tener claro que forma parte del engranaje, de que no es ajeno a lo que ocurre, y debe asumir que el tío que mata en Sarajevo es él también, o podría serlo. No hay malos ni buenos, no hay que juzgar, hay que saber por qué ocurren las cosas. Es falso que los buenos chicos de hoy quieran comprender, lo que quieren es ser buenos samaritanos, quieren horrorizarse ante el mal y sentirse limpios, lavarse las manos, pero lo cierto es que somos una cuota del mal.

-¿También es culpable del horror el ciudadano que lo único que puede hacer es votar cada cuatro años?
-Puede hacer muchas cosas. Está la amistad, el amor, los hijos, los libros, la memoria, los museos, el mar, el sexo. Hay un montón de razones para ser digno. No hace falta irse a la guerra para vivir la épica. Se puede encontrar en el trabajo y en la vida personal.

-Rebaja mucho el nivel de soluciones, ¿dónde queda la responsabilidad de los políticos?
-Occidente se ha convertido en una puta ONG y la gente también es culpable. Hitler no era un político, era un reflejo de la sociedad alemana de los años 30 y el franquismo en Cataluña lo fue de la burguesía catalana de los años 40. Que no me cuenten historias, todos somos cómplices del horror, por activa y por pasiva.

-La obra hace una reflexión ideológica que parece situarse por encima del bien y del mal. ¿Tenía necesidad de adoctrinar?
-Yo no adoctrino jamás, sólo he contado una historia que requería entrar en ese tipo de reflexiones para sentirme yo bien, y si además se sirve al lector, pues mejor.

-Olvido, la mujer de la novela, no retrata la violencia, fotografía cosas. ¿Le ha asignado usted ese papel por su condición femenina?
-Las mujeres son más lúcidas que los hombres y Olvido ve cosas que su compañero no ve: la huella de los objetos, el rastro que las personas dejan en la vida.

-¿Dejó usted el periodismo por una cuestión ética?
-No lo dejé por hastío, ni por una cuestión moral, ni por sentimientos, ni por hartazgo psicológico ni por una insoportable carga de fantasmas. Lo dejé porque el periodismo de guerra ya no me servía para nada, no era la herramienta adecuada para ordenar mi vida.

-¿Y cómo logró ordenar su vida?
-Necesitaba otra cosa, como navegar, escribir y leer, y tuve la suerte de poder hacerlo. Desde pequeño tuve la sensación de vivir en un territorio hostil, en territorio enemigo, y la sigo teniendo por cuestiones culturales, genéticas o por lo que sea. He adaptado las herramientas disponibles a mi supervivencia; el periódico lo fue, también la televisión, y lo es la escritura. Hay que sobrevivir.

-¿También hay que defenderse?
-No, porque el animal que sólo se defiende termina por desaparecer. Hay que agredir porque ningún territorio se mantiene sólo con defensa. Mi ventaja es que he leído sobre 3.000 años, porque la cultura no es un barniz para quedar bien en las reuniones, es un elemento de supervivencia. Son 3.000 años de libros, de cuadros, de edificios, y sabes lo de Troya y lo de las Torres Gemelas y descubres los hilos invisibles que vinculan todo eso y comprendes lo que está ocurriendo.

-El protagonista de la novela afirma que la guerra devuelve al hombre al caos del que procede. ¿No es al revés, no es el hombre quien genera el caos?
-No, el universo es un lugar frío e injusto con reglas inmutables que incluyen el mal y el horror, y el hombre es fiel a lo que ese universo le impone. El hombre es un depredador que necesita comer y territorio, y eso genera mecanismos defensivos y ofensivos que responden a lo que el universo con sus volcanes y terremotos le ha impuesto.

-¿Y dónde queda el horror que tiene su origen en el abuso del poder, en los intereses económicos o en la explotación del hombre?
-Eso es una anécdota.

-¿La explotación del hombre por el hombre es una anécdota?
-En el contexto en el que hablo sí, es una pequeña manifestación física de algo más profundo. Al universo, al volcán, eso le importa un carajo. En mi libro no hablo de justicia, no hablo de guerras justas o injustas, hablo de que estamos en un cosmos que no tiene sentimientos.

-En su novela no hay fenómenos físicos, hay actos de violencia muy concretos y muy explícitos que provocan los hombres.
-El interés económico no es otra cosa que el resultado natural del hombre. Bush y Hitler son manifestaciones de una realidad mucho más compleja. El hombre necesita sobrevivir y al final lo que hay es un cosmos que le lleva a hacer guerras con intereses económicos. Hablar de Bush o de los Balcanes es simplificar de una manera bastarda lo que yo trato en el libro, es quitarle importancia a la novela.

-No se trata de la novela, se trata de lo que ocurre hoy en el mundo.
-El universo no cambió cuando cayeron las Torres Gemelas; Bush, los Balcanes y la conquista de América son todo anécdotas; somos peones y la guerra de Irak es sólo una casilla de un juego de ajedrez inmenso. ¿Importa? Sí, claro, pero es que yo he escrito sobre otras cosas.

-A vueltas con el fotógrafo de su libro, Susan Sontag, en 'Sobre la fotografía', decía que la exhibición repetida de horror anestesia la percepción de quien lo contempla, ¿Está usted de acuerdo?
-Es cierto, sí, pero ella se refería al público, no al fotógrafo. Mi novela es un ajuste de cuentas muy serio con mis espectadores en televisión de hace 20 años; ahora sé que lo que tienen, tenemos, es lo que nos merecemos. El hombre antiguo tenía excusas porque le faltaban medios para conocer la realidad, pero ahora todo el mundo tiene acceso a la educación gratuita.

-Supongo que se refiere usted a algunos países ¿no?
-Sí, porque a mí el problema que tengan los chinos me preocupa menos que el que tengo yo aquí. Eso de la multiculturalidad no lo entiendo; la cultura asiática y la de los suahilis me atraen como anécdota, como complemento, pero lo que me interesa es mí cultura la de Occidente, y en ese contexto soy eurocentrista.

-La novela es muy reflexiva ¿va a mantener esa línea narrativa?
-No hay línea, es que la historia era ésa, y la siguiente será un Alatriste que quizá no tiene nada que ver con esto.

-¿Por qué mata el hombre?
-Porque le gusta y porque lo necesita, son dos buenos motivos. Mata también porque tiene que comer, por mujeres, para defenderse, por un espacio, por tener calor. Mata porque, a veces, no puede sustraerse a las reglas del juego que imponen que los seres humanos maten, y esa es una pauta de la que sólo hemos conseguido erradicar la idea, camuflarla y disimularla.

-La paz es una utopía.
-Sí, es un estado transitorio, no es el estado natural del ser humano porque entras y sales de ella.

-¿Y qué deben hacer quiénes no tienen capacidad para escribir una novela que les permita ajustar cuentas consigo mismo?
-Cada uno se lo monta como puede, con el sexo, con el amor, con la amistad, con el orgullo, con el cine, con la literatura o con los hijos. No hay por qué buscar soluciones espectaculares, hay que ajustar esos mecanismos en la intimidad. El hombre occidental ha hecho dejación de cosas propias en los gurús de turno, los políticos o los curas. Y así nos va.

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Mensaje por Rogorn » Vie Abr 12, 2013 6:09 pm

“La guerra me ha dado paz”
Entrevista con Gema Veiga - Elle – 04/2006

Hoy es jueves. Por eso Arturo lleva corbata. En cuanto acabe esta entrevista para hablar de su nuevo libro, ‘El pintor de batallas’ (Alfaguara), acudirá a su tregua semanal en el sillón T que ocupa desde hace tres años en la Real Academia de la Lengua. De lejos, un pantalón beis de pinzas, un chaleco de franela y un cronógrafo Rolex conjugan su pretérito de niño bien amamantado por la literatura, la música y el arte. «Cuando era joven creía que una foto detendría el mundo, que un reportaje pararía una guerra, que los hombres eran buenos», dijo hace tiempo. De cerca, su pelo al cero, sus uñas cortas y la moneda de Caronte que siempre lleva en el bolsillo para que la muerte no le pille sin propina delatan su pasado de reporterismo bélico. «El ser humano es una bestia, lo he visto con mis propios ojos. No me lo han contado», comenta estos días en los que si le pides que salve una sola imagen de sus recuerdos en la guerra se queda con una calle de una ciudad en ruinas, desierta, llena de cristales rotos y el ruido que hacían sus botas al caminar, sobre esos mismos cristales, en completa incertidumbre. Quizá desde ese día Arturo Pérez-Reverte —escéptico, callado, desarraigado, irónico, meticuloso y con algo de mala leche— jamás pudo desclavar de sus pasos la certeza de que la existencia es un territorio comanche. Tal vez gracias a esa lucidez dolorida —a veces pluma, a veces florete, a veces brújula— consiga escribir como los ángeles, batirse en duelo con los demonios del mundo, y saber dónde encontrar a los dioses para retarlos a una partida de ajedrez en su velero. Siempre y cuando no sea jueves.

-Cómo llevas eso de desaparecer entre novela y novela para volver al ruedo público con una tirada inicial de ¡250.000 ejemplares!
-Con mucho cuidado. Cuando saco una obra acudo a algunos encuentros con la prensa a lo largo de unos quince días y luego desaparezco. Asumo que hay que acompañar durante un trecho a la novela. En mi caso: el mínimo.

-Ni siquiera acudes a la Feria del Libro.
-No, no. Ya no voy. Si acaso, a la de Guadalajara, en México, pero porque son amigos o tengo compromisos personales con mis editores. Entonces, digamos, hago el esfuerzo.

-Con ‘El pintor de batallas’ aparcas tus geniales novelas de aventuras para reflexionar sobre el ser humano. ¿Cuál es tu objetivo?
-Quería contar una visión personal, no biográfica, del mundo a través de la ciencia, la pintura y la geometría. Como consecuencia, los lectores entenderán mis libros anteriores.

-¿Qué es una novela?
-Una propuesta narrativa.

-¿Sólo eso?
-Un libro es tinta y papel.

-Pero más interactivo que un ordenador.
-Sí, justamente por esa libertad que tiene el lector para reinterpretar con su imaginación y su memoria el texto que tiene delante. El libro que he escrito no es el mismo que tú has leído, eso es lo hermoso y lo mágico de la literatura. Yo sólo le presto mi mirada.

-¿Y qué te devuelven a cambio las novelas?
-Orden. Es un billete de ida y vuelta que me permite mirar mi biografía y mis recuerdos, contrastarlos con la realidad y ordenarlos. Escribir me da lucidez. Mis novelas nunca son autobiográficas, pero nadie puede poner lo que no tiene. Yo no puedo poner amores que jamás pueda imaginar y no puedo imaginar nada que no haya vivido. Por eso, el mal novelista es aquel que tiene la osadía inaudita de escribir sobre lo que desconoce.

-Por eso tu último protagonista es un gran fotógrafo de guerra desencantado.
-Sí. He usado mi experiencia en la guerra como material de trabajo, incluso le he prestado algunos datos de mi vida.

-Y más allá de tu literatura, ¿la guerra sigue viviendo en ti?
-Sí. Pessoa dice: «Hay lugares de los que no se vuelve nunca». La guerra, tener un hijo, un amor trágico o la UCI de un hospital son lugares de los que nunca se vuelve. He estado en la guerra, pero en mi caso no hay traumas, ni paranoias.

-¿Cuál ha sido tu antídoto?
-La formación intelectual, cultural y literaria. La guerra encajó en una plantilla que yo ya tenía preparada por mi familia y mis 3.000 años de memoria grecolatina-islámica-cristiana o como quieras llamarla. Eso me ayudó a asimilarlo todo. Pero es evidente que lo que viví me ha marcado para siempre.

-¿En qué?
-En lo más simple. Hay hasta un sentido de la topografía que da la guerra y no da la paz. Yo me muevo por una ciudad y, desde hace años, busco instintivamente el lado bueno de la calle: el lado de la sombra. Eso es la guerra. Cuando salgo de algún sitio ordeno los cajones por si no regreso. Mi hija dice que parezco un soldado. Y es verdad.

-«La guerra es una continua vigilancia del paisajes”, escribes en tu nueva novela.
-Es que en la guerra tu vida puede depender de que haya o no una colina. Es como el mar, por eso soy marino. Hay que observarlo continuamente, tener una precaución instintiva por si viene la ola o la tormenta. Esa vigilia ante la supervivencia me mantiene alerta y, con 54 años, todavía me hace ver los coches, la gente que pasa o el viento que sopla al doblar la esquina como elementos ante los que no puedo ir de cualquier manera. He pasado 21 años en territorios extraños, es evidente que he desarrollado una manera de ver el mundo que no tiene mi vecino, que sale a las siete para ir a la oficina. Con eso es con lo que escribo mis novelas y con eso he escrito ‘El pintor de batallas’.

-Al final ¿escribir es un privilegio?
-Los primeros meses de una novela son increíbles. Tienes que redescubrir el mundo. El privilegio del novelista es repetir la sensación de enamoramiento una y otra vez. El comienzo siempre es genial, el final es como un matrimonio mal avenido.

-¿Y cómo te llevas con tus ex?
-No me llevo.

-Pero te cuesta trabajo despegarte de cada personaje...
-Sí. Es un esfuerzo, pero hay un aspecto técnico que es muy útil para mí: la corrección. Después de una novela paso meses releyendo, vigilando las comas... llego a aburrirme de mi propio texto, y ese hastío técnico contagia el hastío sentimental y psicológico. Ese proceso de desdén por la obra es lo que hace que me pueda alejar de mis personajes.

-Menos de Alatriste. En septiembre repites entrega. ¿Qué tiene él que no tengan los demás?
-Con Alatriste es diferente. Con él me divierto mucho, es una cosa más personal, más íntima. Sé que tras cada novela larga haré un Alatriste. No, de él no me libro. Lo dejo un momento a un lado, lo veo al pasar, lo saludo... Mira, en el despacho del sótano de mi casa en la sierra madrileña tengo muchos libros para documentarme. Casi todos son itinerantes. Pues fíjate que los de Alatriste siempre están encima de mi mesa.

-Una curiosidad. ¿por qué te incomoda tanto que te hagan fotos?
-Por muchas razones. Me parece que es una incursión en mi intimidad. Además, trabajé con imágenes y sé lo falsas que son. Ninguna imagen es inocente. Hay mucha hijoputez y poco escrúpulo en este mundo. La famosa foto del miliciano de Robert Capa es mentira. Ese tío no se está muriendo y quien lo diga es que no ha visto una guerra en su puñetera vida. La imagen cada día es más falsa.

-Ante esa certeza, el fotógrafo de tu novela se convierte en pintor y vuelve hacia los viejos maestros para entender la realidad. ¿Cualquier tiempo pasado fue mejor?
-Antes, los viejos maestros sabían que el hombre era frágil y vulnerable, que el horror está ahí y nos golpea. El ser humano actual se rodea de confort para que la realidad de la vida no impacte, y cuando impacta decimos: «¡Ay, qué espanto, qué horror, Dios mío!». En otros tiempos, la gente moría de hambre, de pestes, de guerras, tenía más cerca el horror, lo tocaba. El sufrimiento hacía al ser humano más solidario, más caritativo, más comprensivo. Ahora somos arrogantes, estúpidos e inconscientes. Hacemos hoteles de 5.000 plazas donde hay tsunamis desde hace siglos, pensando que la tecnología puede protegernos. Hacemos Titanics que se hunden al tocar un iceberg o Torres Gemelas inteligentes que cuesta evacuarlas cinco horas cuando sólo aguantan el fuego durante dos. Los viejos maestros sabían cosas que nosotros hemos olvidado, y eso los hacía mejores, a ellos y a quien miraba sus obras. Siempre me han interesado mucho.

-¿Quizás porque tu aproximación al sufrimiento de la guerra te identifica con sus miradas y te alivia para poder vivir en paz?
-Eso sin duda. De las tres cosas que tengo seguras en la vida, ésta es una de ellas. El haber vivido la guerra, no como aventura, sino como reflexión, me permite administrar mucho mejor mi vida. Tengo más referencias sobre lo que merece la pena y 10 que no. Ahora sé que casi todo es prescindible.

-¿Casi todo?
-Y todo. La juventud, la belleza, el coche y la familia. El día de mañana un virus, un semáforo que te saltas... te lo arrebata todo. Vivir con la certeza de que el despojo, el expolio puede ser fácil hace que no me apegue demasiado a las cosas. El día que descubrí que me iba a morir perdí el miedo. Es una paradoja, pero Virgilio ya lo dice, y cuando los guerreros troyanos saben que van a morir piensan: «Pues vale, muramos matando». La única salvación es no esperar salvación ninguna. De eso me di cuenta también yo. Cuando sabes que todo puede terminar en una señora con una guadaña que te corta el cuello, dices: «Voy a vivir de una manera diferente, no voy a guardar las cosas, me las voy a comer».

-¿Y después qué?
-La muerte no me asusta, pero me da cierto reparo, porque es una aventura muy singular. Es la oscuridad y después no sabes si hay alguna cosa o no la hay. Yo sólo espero que cuando llegue me encuentre con la ecuanimidad. La vida es un restaurante. La muerte es el camarero con la factura. ¿Has comido a gusto? ¡Pues a pagar y a tomar por saco! Hay gente que termina de comer en los postres y gente que termina de comer en el primer plato. Así es la vida.

-«Una excursión hacia la muerte», según dice tu pintor de batallas. ¿Cómo afrontas el inevitable peaje de vejez que hay que pagar por ese trayecto?
-Con angustia. Pero me angustia la vejez como mutilación de lo que has sido. Yo creo que lo peor en la vida es perder las maneras. Lo malo es cuando eres digno y te obligan a ser indigno, cuando eres valiente y te obligan a ser cobarde. Lo que me angustia es pensar hasta qué punto la vida me va a quitar la compostura. Cuando un chaval joven me diga: «¡Viejo de mierda!» y yo no pueda romperle la cara porque ya no tendré fuerzas para sostener con hechos lo que toda mi vida he dicho. A nada le temo más que a eso.

Reverte dixit…

«En mi velero hay 200 libros. Cuando navego no escribo, sigo derrotas de antiguos mapas, usando sextante... ¡Es lo que más me gusta hacer!».

«Para mí, estar con un amigo es estar callado. Una botella entre ambos y no decir nada».

«En literatura no creo en el estilo, creo en el tono».

«Con mi nueva obra quería que el lector se parase estremecido sin efectos de sangre. Creo que es mejor ser lúcido, aunque duela, a no conocer la realidad».

«En septiembre se estrena el filme ‘Alatriste’, con Viggo Mortensen. He visto la película y me gusta mucho. Con 4.000 millones de pesetas, es la producción más cara del cine español».

-¿Para leer?
-El parque del Retiro una mañana de sol de invierno [creado en el siglo XVII, hoy alberga 23.000 árboles y está considerado jardín de valor histórico artístico (Plaza de la Independencia, s/n)].

-¿Para disfrutar del arte?
-El Museo del Prado [una de las mayores y mejores pinacotecas del mundo. En sus salas se encuentran muchos de los geniales cuadros de guerra en los que Pérez-Reverte se ha inspirado para contar el horror en su última novela ‘El pintor de batallas’ (Paseo del Prado, s/n) y el Reina Sofía [el Museo Nacional Español de Arte del Siglo XX. Su obra más conocida es el ‘Guernica’ (Santa Isabel, 52)]

-¿Para una buena sobremesa?
-Casa Lucio, un restaurante castizo en el que se sirven platos sencillos como sus famosos huevos estrellados de toda la vida (Cava Baja, 35, tel 913 65 82 17), Lhardy, uno de los restaurantes con más solera, famoso por su excelente cocido (Carrera de San Jerónimo, 8, tel. 915 21 33 85), Landó, un clásico en hacer callos a la madrileña. Tiene una exposición permanente de fotos de míticas estrellas del cine y la música. (Plaza Gabriel Miró, 8, tel. 913 66 76 81)

-¿Para perderse?
-El Madrid de los Austrias [es el nombre que se da al Madrid de la época en la que reinó la dinastía de los Habsburgo. El escritor siente debilidad por este pícaro escenario donde ambienta sus famosas aventuras de Alatriste].

-¿Para enseñar?
-La Plaza Mayor [día tras día, decenas de artistas exponen sus obras en esta imponente ágora repleta de arcos y también de historia].

-¿Para ver a los amigos?
-El café Gijón [mítico por las tertulias de los intelectuales de posguerra, todavía rezuma cultura. Pérez-Reverte celebró allí su ingreso en la Academia de la Lengua (Paseo de Recoletos, 21, tel. 915 21 54 25)] y el café del Nuncio [una taberna de madera, terciopelo rojo y espejos con el amable charme de otras épocas (Segovia, 9, tel. 913 66 90 06)]

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Mensaje por Rogorn » Vie Abr 12, 2013 6:20 pm

Pez, cocodrilo, asesino
José Belmonte Serrano - Ababol / La Verdad - 01/04/2006

La buena literatura, la que permanece -no me atreveré a decir «para siempre», porque hasta el planeta Tierra tiene fecha de caducidad-, además de hacernos la vida más llevadera, tiene la virtud de contribuir eficazmente a conocernos a nosotros mismos, ese otro lado misterioso que nunca terminaremos de entender del todo. Honoré de Balzac, por ejemplo, en 'La piel de zapa', asegura que «cuando el hombre cree haber mejorado lo único que ha hecho ha sido cambiar las cosas de sitio». Si echamos mano a la Historia de la Humanidad, la balanza termina por inclinarse del lado más perverso y negativo. Ha prevalecido nuestro lado animal, de depredador incorregible.

'El pintor de batallas' es la novela en la que, con mayor profundidad y lucidez, su autor, Arturo Pérez-Reverte, analiza al ser humano, hasta el punto de adentrarse en sus más recónditas entrañas, como si hubiera logrado introducir una microscópica cámara que pusiera al descubierto, como una rara geografía inédita, cada uno de los pliegues de nuestro cerebro. Es un relato sobrecogedor en el que el lector, al contrario de lo que sucedía en la mayoría de sus libros precedentes, tiene que detenerse en cada página para meditar, para tomar aire, como un submarinista que se adentra en los abismos a pleno pulmón.

Un soldado croata, Markovic, conversa largamente, con abundantes e inevitables pasajes retrospectivos, con un viejo y cansado fotógrafo de guerra, Andrés Faulques, que consume sus últimos días pintando en el interior de un faro un enorme fresco con escenas relacionadas con su antiguo oficio, sobre cuya sombra revolotea el fantasma de una dama, Olvido, nombre clave en todo este complejo entramado.

Reverte no improvisa nunca. Recurre a su propia experiencia, cómo no, de casi un cuarto de siglo como reportero de guerra, pero, al mismo tiempo, pone sobre el tablero su inequívoca sensibilidad, sus conocimientos sobre el mundo del arte y la fotografía. Es la novela que Pérez-Reverte nos debía y se debía a sí mismo. Una obra que marca un antes y un después, y que pone ante los lectores a un escritor que, cuando es preciso, sabe prescindir de la acción -aunque en estas páginas no se halla ausente del todo- y medita sobre el tiempo, sobre el azar, sobre las reglas del juego, sobre la belleza de lo efímero, sobre el talento, sobre el dolor, sobre la infame condición humana, sobre las ruinas del mundo: “Curiosa evolución la del hombre, opinaba Faulques: pez, cocodrilo, asesino, con su propio cadáver interpuesto en cada etapa”.

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Mensaje por Rogorn » Sab Abr 13, 2013 10:16 am

El paisaje que queda después de la batalla de Arturo Pérez-Reverte
David Gistau – El Mundo - 01/04/2006

Pongamos que hablo de Sarajevo. Una casa en llamas. Gente quebrada que se arrastra por el suelo. Y llegan dos periodistas, una cámara. Algún miembro de la estirpe actual de reporteros de guerra, en la que Arturo Pérez-Reverte identifica una vocación samaritana que ahonda en la distancia generacional, tal vez habría dudado qué hacer, si arremangarse para socorrer a los dolientes, olvidada la cámara junto a una piedra, o buscar primero el mejor plano para abrir el informativo, demorando unos minutos ese instante en que la compasión entorpece el periodismo. No así la generación de Arturo: “Éramos mercenarios eficaces” sin otra causa que la de contar cuanto ocurriera, poco reclamados por compromisos de los que se escriben con letras mayúsculas: la Verdad, lo de Cambiar el Mundo. Eran visitantes con billete de vuelta de otros mundos que están en éste, que parecían obligados por el único consejo que Yor-El dio a su hijo, Supermán, antes de enviarlo al espanto del planeta Tierra: “No te inmiscuyas en los asuntos de los humanos. No trates de cambiar las cosas”.

De esa casa en llamas, de tantas casas en llamas como ha visto, Arturo Pérez-Reverte salió llevando en brazos a alguien que tal vez llegara al hospital a tiempo. Pero antes consiguió algo con lo que abrir el informativo: “Si tan solo te dedicas a socorrer y no consigues la imagen, tu redactor jefe elogiará tu calidad humana, tus esfuerzos, tu implicación. E inmediatamente después, te despedirá”. Suena cruel, ¿verdad? Pero es que “incluso los que aman a las focas son crueles: sólo necesitan una oportunidad”. Como Faulques, su personaje de ‘El pintor de batallas’. Arturo se ha pasado demasiadas veces al otro lado de la delgada línea roja como para no haber aprendido que lo normal, lo propio de la naturaleza humana, no es llevar corbata y probar el vino con el meñique tieso para calibrar su temperatura, sujetos los instintos por un frágil barniz de civilización. “Lo normal sería arrojarnos sobre el tenedor en el cuello. Eso es algo que siempre estamos a punto de hacer. Y si algo nos detiene es sobre todo el miedo al castigo. En la guerra no ocurre nada que no esté pasando cualquier tarde en Madrid. La diferencia es que en la guerra sucede a lo bestia.

Arturo Pérez-Reverte vive ahora replegado. No forzosamente en una torre junto al mar, como ésa en la que Faulques no elige la escritura, sino la pintura, para hacer más tolerable la memoria de todos los fantasmas que son la estela de lo vivido y de lo perdido. De lo visto: naves ardiendo en la constelación de Orión. Atrincherado detrás de un carácter fuerte que le permite decidir las distancias sin sumisiones protocolarias, no frecuenta los cenáculos literarios ni, atado a mástil como Ulises, se deja tentar por los neones de las vanidades urgentes. Como mucho, los jueves se viste de académico en la habitación de un hotel como los toreros, y saluda a Neptuno mientras va a la plaza a lidiar gramática: “Siempre fui así, también cuando era periodista de guerra. Siempre fui el tipo que miraba, no el que se integraba en un grupo. Apenas tengo unos cuantos amigos escogidos a los que no necesito ver continuamente pero a los que nunca fallaré. Porque uno de mis principios es no traicionar jamás a quien te ayudó. Otro consiste en responder a todos los desafíos.

El “no queda sino batirse”, obligación casi heráldica de su Quevedo, de su Alatriste, que por fin será cine encarnado por Viggo Mortensen: “Viggo me preguntó cómo preparar el papel. Es un tipo muy leído que conoce el Siglo de Oro. Yo le dije que se tomara un tiempo para viajar por Castilla y que fuera alguna tarde a los toros. El torero es el último ejemplar de la casta a la que pertenece Alatriste”.

Hubo un tiempo, y ese impulso le llevó a la guerra, en que Arturo venía a ser como esos grumetes de Stevenson que buscan en el muelle dónde embarcarse, cómo escapar de la posada familiar, del destino minifundista. Como es costumbre en los viajeros que cargan en la mochila un cuaderno con las páginas en blanco, la llamada de lo salvaje, que decía Jack London, la escuchó en las lecturas: “Yo quería ver si los libros leídos contaban la verdad. Quería comprobar, amueblar el mundo con una imaginación literaria que me servía incluso para volver fascinante a la gente. Nunca me costó descubrir un personaje en cada persona. Y claro, la guerra era la aventura máxima. Una promesa de chicas, whisky y viajes que me debían todos los libros que llevaban en la mochila”.

Contaminado de literatura y todavía limpio de vivencias personales, de cicatrices de las que no se llevan en la piel sino que se dejan escritas, Arturo salió al mundo. Y necesitó muchos descensos al infierno para descubrir que, al final, la guerra corrompe la aventura, la ensucia. Ocurre, dice, cuando el rostro de una niña muerta te recuerda demasiado al de tu hermana, que está a salvo en alguna parte, tan lejos pero tan cerca. Ocurre, dice, cuando al editor le parece demasiado crudo abrir el informativo del mediodía con la morgue del hospital de Sarajevo después de una escabechina en un mercado, y entonces qué hago aquí. O cuando, como decía Manu Leguineche, importa más qué equipo alcanza puesto de UEFA que el horror en el que uno se está vaciando el alma con tal de contarlo, y entonces qué hago aquí: “No se puede envejecer como reportero de guerra. No debes convertirte en este veterano cínico que en un burdel cuenta sus batallitas a los novatos” y que igual, de tanto enajenarse, luego no sabe ni cómo acomodarse de nuevo al barniz de cavilación en el que se prueba el vino en vez de degollar al prójimo.

Terminada la fase de aventura, hastiado de pelear con las redacciones por una concepción descarnada del periodismo, Arturo se encerró en su torre para pintar su propio mural literario con todas esas historias que “me revolotean como moscardones que hay que ir capturando”. Toda una memoria de horrores de los que regurgita unos cuantos en El pintor de batallas, donde no falta ni una visita procedente del pasado que irrumpe en su espacio final para arrojarle toda la culpa de haber hecho periodismo: de haber entendido que un doliente no era sino la fría búsqueda del mejor plano. Tiene un modo particular de digerir el drama, de dejarse golpear por lo sutil más que por lo explícito: “Es que lo peor no es patinar en la sangre o ver un cuerpo desmembrado. Lo peor es un pueblo vacío en lo que antes vivía gente. Lo peor es ese perro cojo que te sigue porque eres el único humano que ha visto en semanas. Me ocurre lo mismo cuando veo imágenes del Holocausto. Mucho más terrible que la pala del bulldozer cargando cadáveres me parece el montón de gafas y de muelas arrancadas”.

Están también en su mural literario, que contiene todas las guerras, una sola guerra que es siempre la misma: “Aunque, de las que yo he vivido, ninguna tan espantosa como la de los Balcanes. Beirut le andaba cerca. Pero había algo en los Balcanes, con todos los odios soterrados, con el tío que antes te servía el café ahora torturándote. Y todo tan cerca de nuestro mundo. En ninguna otra parte he tenido, como allí, la sensación de que nadie se redimía, de que no había más que hijos de putas”.

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Mensaje por Rogorn » Sab Abr 13, 2013 10:20 am

"La muerte tiene las rodillas sucias"
Entrevista con Víctor Manuel Amela - La Vanguardia - Barcelona - 02/04/2006

Un fotoperiodista se retira en una vieja torre vigía sobre el Mediterráneo, en cuyos muros intenta una pintura que resuma todas las guerras, que plasme la imagen que se le escapó como fotógrafo. Es el argumento de ‘El pintor de batallas’ (Alfaguara), última novela de Pérez-Reverte, en la que condensa sus ideas sobre la guerra y la condición humana. Es un relato frío, que él ha querido así para estremecer al lector no con escenas truculentas, sino con el fondo glacial de su propio rostro en un espejo. Es un ensayo de bolsillo sobre la guerra, con esas frases sentenciosas que le salen a Pérez-Reverte, un tipo que siempre me parece que viene de batirse en duelo con alguien y que dentro de un momento tiene otro duelo... y que tú ya le sirves.

Tengo 54 años y nací en Cartagena. No quise ser escritor, pero hoy escribo novelas y estoy en la Academia de la Lengua. Tengo una hija, Carlota (22 años): para enseñarle cosas de la historia de España empecé a escribir las novelas de Alatriste. ¿Ideología? ¿Creencias? Son asunto mío. Nada me gusta más que navegar por el Mediterráneo. ¿El nombre de mi velero? Eso también es asunto mío.

-¿Qué le hace feliz?
–Los 17.000 libros de mi biblioteca.

–¿Algo más?
–Un viento de 15 nudos con toda la vela arriba, en un atardecer ante la costa que navegó Ulises. ¿Qué más se puede pedir?

–Nada.
–Por ese mar llegó todo, el latín y el vino: eso sí es una patria. Tres mil años de patria: no está mal.

–¿Por qué dejó el periodismo?
–Descubrí palabras cuyo sentido ignoraba antes: caridad, compasión, remordimientos...

–¿No conocía todo eso antes?
–Antes era joven. Y cruel, como todos los jóvenes.

–¿Desprecia el periodismo?
–A los jefes. Hasta el más infame periodista firma y da la cara, y es siempre alguien singular: desprecio a los emboscados que mueven hilos.

–Ante un telediario, ¿qué piensa?
–Que ya no hay imagen fiable. Que ninguna imagen vale ya más que mil palabras. Al contrario, ahora es cuando más necesitamos las palabras, para explicar las imágenes.

–¿Por qué nos atrae ver espantos?
–No lo son de verdad: una tele emite a uno degollando a otro, y no pasa nada. En Occidente no pasa nada.

–Pasa eso: que no pasa nada.
–Pasa que vivimos anestesiados. Hemos preferido el anestésico al analgésico: no calmar el dolor, sino olvidar que existe. Y por eso nos asombra tanto cuando asoma: ‘Titanic’, 11-S, tsunami, 11-M...

–Nos sacude.
–Creemos que nuestra tranquila vida en Occidente es lo normal, y es al revés, es lo anormal. Olvidamos que, estadísticamente, lo normal es la miseria, el dolor, el hambre, la injusticia, la opresión, la guerra...

–¿Es la guerra la madre de todas las cosas, como decía Heráclito?
–Las generaciones que han vivido guerras son intelectualmente más lúcidas y moralmente más sanas. La guerra es una escuela de lucidez.

–Pero embrutece.
–No: la guerra no pone nada en el hombre que el hombre no tenga. En ella el bruto será más bruto; la buena persona, aún mejor persona.

–Qué bien que hoy vivamos en democracia, siendo corteses.
–Estupendo, pero olvidamos que podemos perderlo todo de golpe.

–¿Y qué hacer para no olvidar eso?
–Leer a Homero y a Cervantes, a Quevedo y a Dante, haber visto los cuadros de Goya y haber estado en las ruinas del Coliseo. La cultura, lo que están robándole a los jóvenes.

–¿Es por eso por lo que algunos van quemando mendigos?
–Sí, porque ya ni saben qué merece quemarse: la Bastilla, a los Milosevic, la injusticia, la impunidad...

–¿Ver fotos de guerra enseña algo?
–Hay una de Robert Capa que enseña todo: una mujer francesa ha tenido un hijo con un soldado alemán, y lo lleva en brazos. Alrededor, sus vecinos, que la han rapado, se mofan de ella, la insultan y ríen. Ellos, que cuatro días antes lamían las botas de los alemanes, ahora ríen. Es la risa de las ratas. Vuelcan en esa mujer su cobardía, su abyección. Esa es la condición humana: la risa de las ratas.

–¿En esa foto estamos todos?
–Sí, somos nosotros.

–Hay otra famosa foto de Capa: el miliciano español abatido.
–Ahí Capa mintió.

–¿Por qué?
–Fíjese en el miliciano: lleva las rodillas limpias. Yo he estado donde mueren los soldados, y no mueren así, con las rodillas limpias y la ropa planchada. La muerte es mucho más sucia y arrugada... La muerte tiene las rodillas sucias.

–Mira, ya tengo un titular.
–Sí, ja, ja. Capa preparó esa foto, mintió. No importa: ¿quién no ha mentido alguna vez? Esa foto es ya todo un icono, y eso es lo que cuenta.

–¿Alguna foto o reportaje suyo perjudicó a alguien?
–Sí, y a otros les benefició. Es así: nadie que camine no tiene cadáveres en la cuneta. Nadie es inocente.

–¿Nadie?
–Los que tienen buena conciencia son los peores. Hay pasividades más culpables que el mal activo: hay gobernantes europeos, ministros en Bruselas y Solanas más culpables que el carnicero Milosevic.

–Leo en su novela: “Mientras hay muerte hay esperanza.¿Por qué?
–De chaval, leí en la Eneida: “La única salvación de los vencidos es no esperar salvación ninguna”. Y entendí: la certeza de que te vas a morir es tu salvación. Dejas de tener miedo, y vives bien. La tragedia de Occidente es creer que no morimos. Y por eso vivimos mal, por eso ni luchamos. Y hay que luchar.

–¿Es usted antipacifista?
–No deseo la guerra, es odiosa, pero hay ocasiones en que hay que pelear: por una mujer, unos amigos, unos hijos, por aquello en lo que crees. No por imponer nada a otro, ni por robar, ni por vanidad. Hay que saber por qué luchar y eso lo enseña la cultura, y es trágico que se la estén quitando a los jóvenes.

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Mensaje por Rogorn » Sab Abr 13, 2013 10:21 am

“Es un intento ambicioso de explicar el mundo”
Europa Press / La Verdad – 03/04/2006

El escritor y académico Arturo Pérez-Reverte reconoció hoy que quiere "ser el que no grita cuando se cae el avión" lo que, a su juicio, se logra teniendo la cultura como "mecanismo de compensación" para "convertir las pesadillas en fantasmas". Así se pronunció hoy el autor, en la que fue su última rueda de prensa promocional, sobre su novela 'El pintor de batallas' (Alfaguara), que desde que salió al mercado el pasado 1 de marzo ha superado los 200.000 ejemplares vendidos y está ya en segunda edición.

"Es un intento ambicioso de explicar el mundo", describió Pérez Reverte, quien negó que se trate de una obra pesimista, aunque sí de una "novela como consuelo". Y es que en 'El pintor de batallas' se muestra el horror cotidiano de la vida real a través de la mirada de un fotógrafo, Andrés Faulques, que decide sustituir la cámara por los pinceles. El escritor considera que "el mundo es una trampa peligrosa en la que la gente está cada vez menos preparada para vivir", pues "es injusto", ya que cuando las cosas parecen ir bien hay una "regla cósmica" por la que al final todo se tuerce. "El mundo está mal desde su origen, no por el hombre", agregó. En este entorno la palabra "cultura" se convierte en esencial. "Sólo a través de ella se puede soportar ese dolor. La cultura permite que el hombre intelectualice el horror que forma parte de su vida", explicó.

El vehículo para conseguir este objetivo ha sido la pintura, que en este libro es el "elemento simbólico" por el que se visualiza la acción de la novela y que ayuda a Pérez-Reverte a narrar los hechos. Andrés Faulques, un antiguo fotógrafo de guerra, pinta un gran fresco circular (el paisaje intemporal de una batalla) en la pared de una torre junto al Mediterráneo en busca de la foto que nunca pudo hacer. Lo acompañan en la tarea un rostro que regresa del pasado para cobrar una deuda mortal (Ivo Markovic) y la sombra de una mujer desaparecida diez años atrás (Olvido Ferrara).

Arturo Pérez-Reverte se refirió a varias de sus experiencias siendo reportero durante la Guerra de los Balcanes, tras lo que afirmó que "lo de los buenos y los malos es relativo". "Somos cómplices y tan malos como cualquiera", remachó el autor, para quien "el ser humano es un hijo de puta y eso es una certeza absoluta". Precisamente, al ser preguntado sobre la muerte del ex presidente serbio, Slodoban Milosevic, acusado de genocidio y crímenes contra la humanidad por el Tribunal de La Haya, en cuya prisión falleció por un fallo cardiaco, afirmó: "Me habría gustado hacerlo a mí. Se me escapó. Un hijo de puta menos". No obstante, lamentó que "haya sido así, pues me hubiera gustado otra muerte, no tan cómoda". En su opinión, éste y otros criminales de guerra "lo pagan un ratito nada más", como los políticos corruptos que "pasan seis meses en la cárcel y después a vivir de lo que han robado".

Pérez-Reverte conversará esta tarde, a las 20.00 horas, sobre 'El pintor de batallas' con su amigo Pepe Perona, en una presentación abierta al público que tendrá lugar en el salón de actos de Cajamurcia, en la calle Puerta Nueva de Cartagena, su ciudad natal.

Sobre la posibilidad de que 'El pintor de batallas' sea llevada al cine, Pérez-Reverte indicó que "si dejo que lo hagan, es porque creo que merece la pena", aunque reconoció que "nunca estoy contento con el cine, mi me hago ilusiones; es un complemento". Tampoco soltó prenda sobre si podría protagonizarla Carmelo Gómez, a quien se refirió como "un amigo mío y es jugar en casa. E Imanol [Arias] también". Finalmente, Pérez-Reverte indicó que aunque ya ha visto un primer montaje de 'Alatriste' y "está muy bien" pues es "extraordinario", su novela "es otra cosa". "Lo asumo, pero es divertido", concluyó.

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Mensaje por Rogorn » Sab Abr 13, 2013 10:27 am

Presentación de ‘El pintor de batallas’ en Cartagena
Fierabrás y Duquesa de O – iCorso - 03/04/2006

Día despejado, veintitantos grados, manga corta o camisa fina de primavera. Aunque digan que todos los comienzos no son iguales, en este caso pareció repetirse el ritual (¿tendrá que ver con parte del argumento del libro? ¿Realmente no existen las casualidades? ¿Todo está sujeto a una serie de reglas que no alcanzamos a ver por lo limitado de nuestro punto de vista? Quizás) con la espera en la puerta del edificio de la casa Pedreño (la misma que en la conferencia del 5 de octubre del pasado año) hasta que unos 45 minutos antes abrieron las puertas para la entrada del respetable.

Con el aforo completo y una vez acomodada la concurrencia, entraron en la sala D. Arturo Pérez-Reverte y D. José Perona. Las presentaciones mutuas fueron bastante informales y ambos se tildaron de viejos amigos. Tras su acomodo personal, agua para Pérez-Reverte y Cacique con cola para Perona, hablaron de cómo iban a comenzar, hasta que Pérez-Reverte instó a José Perona a preguntarle lo que quisiera saber sobre el libro, que para eso él era el lector y el que desconocía o tenía dudas sobre el mismo. Estuvieron hablando sobre una hora y como ya advirtió Pérez-Reverte, prácticamente todo ya lo había dicho en el tiempo que lleva de promoción de la novela. Y sí, un presente que ha leído todo lo que le ha caído en las manos, puede dar fe que muchas de las cosas que dijo ya están escritas, la mayoría de las cuales se han colgado en el foro de iCorso. Pero siempre hay detalles, bien porque han pasado desapercibidos al leer otras conferencias/entrevistas, bien porque oírlas en directo hace que suenen de otra manera (quizás por la fuerza e intensidad con la que transmite) o bien porque realmente no las había dicho antes, que hacen merecer ir a sus charlas.

Dijo que casi todas las escenas que se describen en el libro las ha vivido personalmente, que el horror no es entrar en una ciudad y ver cuerpos destrozados, que el horror es entrar en una casa, haber visto una familia muerta en el patio, entrar en lo que resta del salón, sentarse en el sofá, mirar al techo y ver el cielo mientras llueve sobre un álbum de fotos con fotos de navidad, con fotos de un abuelo besando a los nietos, pasar las páginas con el pie mientras caen las gotas de lluvia sobre él, mirar la pared con los cuadros torcidos… Que el horror no es ver los restos de los cuerpos de aquéllos que fueron atados para que se los comieran los cocodrilos, que el horror es mientras cenas un filete de carne oír los gritos de desesperación y dolor mientras clavas el tenedor, cortas la carne y escuchas el ruido que hacen los cubiertos sobre ella. Que el horror es más que el calentón que se sufre al ver cuerpos mutilados, que el horror es frío. En esto hizo mención también al cuadro de Goya en el que se ve el duelo a garrotazos y que según su punto de vista lo que más le llama la atención es el paisaje de la derecha cuando se ve el mundo, desolador, solitario y frío. Es como si el mundo mirase al hombre sabiendo que es un simple grano de arena aunque se crea el centro de todo.

Hablo sobre lo ciego que vive el mundo hoy, que cómo es posible que la gente se espante cuando hay un tsunami si se construyen hoteles en primera línea de playa donde siempre hubo maremotos, que cómo se sorprende la gente cuando se cae un avión y se matan doscientas personas, que cómo se sorprende la gente cuando ve tirarse a la gente de la torre gemelas mientras ardían y se preparaban para su derrumbamiento. Cómo puede ser que no se respeten las normas y luego no se quiera pagar por ello el precio.

También habló sobre, lo que él ha llamado, esos quince metros de libertad. Que vivimos como si nunca fuéramos a morir que si hay algo cierto es que nacemos y morimos, que sólo tenemos un tiempo para consolarnos, para hacer que todo valga la pena. Hay que vivir de manera que valga la pena, el amor, la amistad, los libros, sentir la libertad; de lo efímero que es todo, la certeza de que todo terminará. En esta parte de la charla hizo mención a un fragmento de ‘La carta esférica’ para explicar la certeza de que todo es transitorio, que todo terminará, que todo amor verdadero termina (con la muerte, con la separación, que cada uno lo interprete como quiera) que sólo nos queda el consuelo de la carne, el haberlo tenido, ese recuerdo del calor de haber estado con ella, su olor… Y que reproduzco a continuación:

“XV. Los iris del Diablo

…Entonces Coy, desde abajo, todavía recostado, la vio ascender desnuda por la escala como si se marchara para siempre. Pese al calor sintió un escalofrío recorrerle la piel, exactamente en aquellos lugares que conservaban su huella; y de pronto pensó: un día será la última vez. Un día me dejará, o moriremos, o envejeceré. Un día desaparecerá de mi vida, o yo de la suya. Un día no tendré más que imágenes para recordar, y después no tendré ni siquiera vida con que recomponer esas imágenes. Un día se borrará todo, y quizás hoy mismo sea la última vez. Por eso la estuvo mirando todo el tiempo ascender por la escala del tambucho hasta que desapareció en cubierta, mientras grababa hasta el último detalle en su memoria. Lo hizo con mucha atención, y lo último que retuvo de aquella imagen fue una gota de semen que se deslizaba lenta por la cara interior de uno de sus muslos, y que al llegar a la rodilla reflejó de pronto la luz ámbar de un rayo de sol. Luego ella desapareció de su campo de visión, y Coy escuchó el rumor de una zambullida en el mar…”

Entre tanto, en la conferencia hizo algunas bromas, como cuando dijo que de tanto hablar de amor y sentimientos parecía Antonio Gala, o algo sobre que Borges, que se había quedado en las ideas y que no había llegado a la carne, que si lo escuchara Umbral… Siempre poniéndose límites y hablando de todo el mundo asumiendo sus limitaciones “a los que saben” y que si él un reportero con intuición había llegado a unas conclusiones a las que ya habían llegado antes que él no iba muy desencaminado.

Desde luego, no podían faltar las citas de Troya, los griegos, los romanos, que todo está ya escrito, que lo que pasa ahora pasó antes y que la única manera de evitar que vuelva a pasar es conocerlo. Puso de ejemplo que un romano (no sé si escritor, ni siquiera me acuerdo del nombre que dijo) ya se quejaba de que los jóvenes romanos se pasaban las noches en las plazas bebiendo y tocando música y claro, cuando vinieron los invasores bárbaros, todos se preguntaban que cómo podía pasar aquello, con esos bárbaros, tan incultos y poco refinados ellos.

En fin, que estuvo muy interesante y que siempre vale la pena acercarse a escucharlo. Para terminar como siempre, firma de libros, fotos y saludos y recuerdos para sus paisanos conocidos, siempre con una atenta y correcta amabilidad.

P.D.: lo escrito está basado en las palabras de Pérez-Reverte, mis impresiones y la influencia de sus otros libros y las entrevistas escuchadas hasta el día de hoy sin poder distinguir el porcentaje que hay de una cosa u otra en el presente.

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Mensaje por Rogorn » Sab Abr 13, 2013 10:35 am

“Me hubiera gustado matar a Milosevic personalmente”
Antonio Arco – La Verdad – Murcia – 04/04/2006

«Me hubiera gustado matar a Milosevic personalmente, pero se me escapó. No se puede tener todo en la vida, pero ya hay un hijo de puta menos», dijo ayer con rotundidad y aspereza Arturo Pérez-Reverte (Cartagena, 1951), durante el encuentro con periodistas -frío como un témpano- que el escritor y periodista mantuvo ayer en Murcia horas antes de presentar en Cartagena, donde concluyó su gira de promoción, la novela ‘El pintor de batallas’ (Alfaguara), que se lee como el agua y se saborea como el brandy Constitución (reserva especial).

Pérez-Reverte, vestido de oscuro, distante, lucidísimo, conferenciante bendecido por no sé qué dioses, llegó a su Región con su ego de escritor finamente alimentado con los más de 250.000 ejemplares que ya se han vendido de su novela más descorazonadora y extraña. Reverte -«soy un marinero que accidentalmente escribe»- llevaba desde hace años en su cofre de pirata académico de la Lengua una historia hermosa y desgarradora, rebosante de dolor y de alivio, cuyo germen es una frase que se instaló en la cabeza del joven lector que fue y que un día lejano pronunció mientras charlábamos en la Calle Mayor de Cartagena: «Llueve en las orillas de Troya mientras zarpan las naves».

Apareció el escritor como recién aterrizado en el mundo de los vivos tras un viaje fantástico, ideal para soñar, al cuadro de Arnold Böcklin ‘La isla de los muertos’, y el tono general de sus palabras, lanzadas como dardos, durísimas, sombrías, certeras, recordaban en su oscuridad y en la riqueza del lenguaje utilizado a ‘La tierra baldía’ de TS Elliot. Ahí estaba el escritor, jugando todo el rato con la chapa de una botella de agua, con millones de libros vendidos en varios idiomas a sus espaldas y una biografía que es una aventura y un delirio. Entretanto, «la aurora del océano surgiendo estaba» (Virgilio). Pérez-Reverte, que admira a Conrad, sabe que le da un aire al personaje del capitán Marlow, porque ambos pueden confesar en igualdad de condiciones: «Y sabéis que no soy particularmente tierno; he tenido que golpear y que esquivar golpes».

Pérez-Reverte indicó ayer, a propósito del cambio de giro en las profundidades y en la atmósfera de ‘El pintor de batallas’ con respeto a sus novelas anteriores, que «más que miedo, tenía la incertidumbre de que al ser un libro más complejo, con un registro diferente a los otros, podría ser peor acogido por los lectores. Pero ha ido como todos los demás; estoy contento». «Hecha de recuerdos personales y de imaginación», ‘El pintor de batallas’ es «un intento ambicioso, complejo y doloroso de explicar el mundo». «Se trata -añade el autor- de convertir las pesadillas en fantasmas. Las pesadillas son algo incómodo, que no te dejan dormir, que te inquietan, que te atormentan. Los fantasmas son más tolerables, te acompañan, pueden ser incluso tus amigos, no duelen...».

Rechazó la etiqueta de pesimista para su novela, porque, comentó, «es una novela sobre el consuelo, precisamente. Lo que no puedo hacer a estas alturas, con la biografía que tengo a mis espaldas y con mi manera de mirar el mundo, es pensar que Paulo Coelho va a salvar el mundo con un besito en la boca. Ya tengo canas en la barba y marcas en la cara, y creo que el mundo está mal, que está en una trampa peligrosa, y que la gente está cada vez menos preparada para sobrevivir. Lo que pasa es que con esta novela lo que busco son mecanismos de compensación: la cultura, el amor, el arte, la amistad. La cuestión es que la cultura es la única solución realmente. El mundo es un lugar peligroso e injusto, y además hay una especie de regla cósmica malvada que hace que la felicidad, la esperanza, un montón de cosas, de pronto se vean aniquiladas en un momento: un semáforo en rojo que te saltas, una enfermedad, una guerra. Ese es el horror del mundo, y el mundo está mal no por el hombre, sino porque el mundo es así; pero, justamente, la cultura te ayuda a comprender eso y asumirlo como parte de la naturaleza, y a valorar las cosas que tienes: la amistad, el amor, la vida, la alegría, el humor. Siendo lúcido se puede soportar mejor esta realidad». Y, claro está, «el que es un estúpido es el imbécil que es feliz porque es idiota, la mala bestia analfabeta que como no se entera de nada es feliz».

«Este libro», asegura, «es un alegato contra la estupidez, porque no es lo mismo un analgésico que la anestesia. Este libro es un analgésico, sabes que hay dolor, eres lúcido en el dolor pero lo soportas. He escrito esta novela porque quiero ser el que no grita cuando se cae el avión. Si te subes en un avión, es normal que pueda caerse algún día». «Hay cosas que son insoportables», recuerda Pérez-Reverte. Ejemplo: «La injusticia, el dolor, ¿por qué un niño de tres años muere quemado y un hijo de puta vive 70 años o a un concejal de Urbanismo que se está forrando el cabrón lo meten en la cárcel seis meses y luego sigue viviendo toda la vida de lo que ha robado? Es vivir en el autoengaño pensar que el ser humano está en el camino de la perfección, que cada siglo que pasa nos hace mejores, más bondadosos, más demócratas y más sociables; y no es verdad, el hombre es un animal depredador».

Hace unos años, Pérez-Reverte, solemne en mitad de una brisa marina de las que te sanan las heridas -siempre veo al escritor como un héroe que, incansable o agotado, ensalzado o demoledoramente solo, arrastra consigo una herida abierta, misteriosa e impenetrable-, aseguraba: «Yo, sobre todo, soy lector, ante todo lector; además, escribo, y si tuviera que elegir entre una cosa u otra elegiría leer. Yo podría vivir el resto de mi vida sin escribir, pero no sin leer. Si yo no pudiera leer me pegaría un tiro». «Es la única cosa», concluyó entre risas, «por la que me pegaría un tiro». Esa pasión por la lectura y esa forma de estar en este mundo hostil y canalla, que consiste en imaginar todo el tiempo, en convertir hasta los gérmenes que no vemos en carne de narración, sigue viva en él, ahora que ya puede hacer prácticamente todo lo que le venga en gana, así en la tierra como en el cielo (en el que no cree).

El salón de actos de Cajamurcia, en Cartagena, se llenó anoche para asistir a la presentación de la última novela del escritor cartagenero Arturo Pérez-Reverte, El pintor de batallas. En un ambiente distendido y en el que la literatura brilló con luz propia, el novelista conversó con su amigo José Perona, maestro de Gramática de la Universidad de Murcia y colaborador de Opinión de ‘La Verdad’. Una charla jugosa.

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Mensaje por Rogorn » Sab Abr 13, 2013 10:38 am

“Mi última novela plantea una lucha contra la estupidez”
Mariano Pérez Ródenas - El Faro de Murcia – 04/04/2006

El escritor Arturo Pérez-Reverte (Cartagena, 1951) protagonizó ayer en la Región sendos actos de presentación de su novela ‘El pintor de batallas’. Por la mañana se reunió con los medios de comunicación en una conferencia de prensa en la que mostró su faceta más sincera y descarnada.

La última novela de Pérez-Reverte, que en tan sólo un mes en los expositores ya ha vendido 20.000 ejemplares, relata las vicisitudes de Andrés Faulques, un antiguo reportero de guerra que ha recorrido medio mundo de conflicto en conflicto, y que ahora busca refugio en una torre costera, antiguo refugio de piratas, en cuyo interior pinta un gigantesco fresco en el que refleja los horrores de las guerras. Allí recibe la visita de un protagonista de su pasado más olvidable, el soldado croata que quiere matarle para vengar una turbia deuda del pasado. Entre ambos personajes se interpondrá la figura de la fotógrafa Olvido Ferrara.

Pérez-Reverte mantuvo un tono escéptico y decepcionado con la condición humana a lo largo de su conferencia de prensa. “Esto no es una presentación propiamente dicha, sino el fin de una campaña de bombero-torero para promocionar la novela. Quería pasar por aquí antes de terminar y venir a veros”, reveló. “Estoy muy satisfecho de cómo se está vendiendo el libro, que es más complejo que los anteriores”, comentó. El escritor cartagenero confesó que la idea de la novela le rondaba por la cabeza desde hacía años. En cuanto a qué tiene este libro de experiencia personal comparado con ‘Territorio comanche’, aseguró que “este libro es una historia ficticia, falsa de principio a fin, hecha de recuerdos personales. Hasta lo que es verdad en esta novela, es al final ficción”.

Para Pérez-Reverte, su último libro “es un intento ambicioso y complejo de explicar el mundo, y los lectores son los que dirán si he tenido éxito”. “Las pesadillas que tengo en el coco y te inquietan, que te tiran de los pies, se convierten en fantasmas, una compañía más tolerable, en el sentido virgiliano u homérico del término, ya que los fantasmas son como viejos amigos”. “No es una novela pesimista, sino un consuelo”, subrayó. “Lo que no se puede esperar es que, con la biografía que tengo a mis espaldas y mi manera de ver las cosas es pensar que Paulo Coelho va a salvar el mundo”, afirma. “El mundo es una trampa peligrosa, y la gente está cada vez menos preparada para vivir en él, por eso, en esta novela, hablo de esos mecanismos de compensación que hacen que merezca la pena vivir: el amor la amistad y la cultura, que es la única solución a los males del mundo”, desveló.

“Esta novela es un alegato contra la estupidez”, avanza Pérez-Reverte, para quién es sorprendente que mucha gente no entienda cómo funciona el mundo. “Ya no hay nadie inocente, ni siquiera nosotros. Si lees, si piensas, si reflexionas”, entonces cabe la esperanza. “Con el tiempo descubres que ya no hay buenos ni malos y todo es relativo, porque el ser humano es un hijo de puta, esa es la certeza absoluta. Negar eso es el principio del engaño”, sentencia, mientras anuncia con alegría que prepara una nueva aventura de su querido capitán Alatriste, “una especie de vacación para mí”.

Ante un público entregado, un puntual Arturo Pérez-Reverte presentó al público de su ciudad natal su última obra, por medio de una conversación con el catedrático de Gramática de la Universidad de Murcia José Perona en el Aula de Cultura de Cajamurcia. El escritor, que encandiló a los presentes con sus anécdotas, declaró que “la pintura es la única imagen que vale la pena, porque vivimos en el mundo de la manipulación de la imagen, que hace que el receptor no sepa a lo que se enfrenta”. Se refirió a los viejos pintores como “aquellos que más cerca estaban de la realidad”. En cuanto a la novela, aseguró que “alude mucho a la esperanza porque vivimos en un mundo que es un territorio hostil lleno de trampas sin salida. Hay que buscar cómo arreglar esas situaciones complicadas, para no ser un rehén del cosmos en el que vivimos”. Por ello califica ‘El pintor de batallas’ como un libro “lleno de soluciones”. Para él, una novela “es un ejercicio de documentación”, por lo que elige temas que son de su predilección. “Mi obra es un poco cabronceta, porque juega sucio con el lector al utilizar frases sobre las que no da ningún tipo de explicación”. Por su parte, José Perona, calificó el libro como “una novela griega en un mundo posmoderno”.

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Mensaje por Rogorn » Sab Abr 13, 2013 10:40 am

Arturo Pérez-Reverte presenta en Murcia su última novela ‘El pintor de batallas’.
Nueva Línea – 04/04/2006

“Creo que el mundo está mal, es una trampa peligrosa e injusta”. Así planteó ayer Arturo Pérez-Reverte su visión sobre el mundo durante la presentación de su última novela, ‘El pintor de batallas’. Una obra con la que, precisamente, busca el “consuelo” con el que enfrentarse a la vida: “Con esta novela lo que busco son mecanismos de compensación para vivir. Está el amor, la amistad... y sobre todo la cultura”.

Pérez-Reverte también se refirió a la novela como “un intento ambicioso y doloroso de explicar el mundo y de convertir, así, pesadillas en fantasmas”. Unas pesadillas que, reconoció el autor, vienen del propio mundo y de su propia sensación de “responsabilidad” e, incluso, “remordimientos”. Unos sentimientos que se hacen más tolerables y se convierten en una compañía (los fantasmas) gracias a la comprensión de ese mundo. Pérez-Reverte describe un proceso al que se llega, principalmente “mediante la cultura”. El escritor se refiere a la lectura como medio para comprender ese mundo y vivir en él. Por eso dice, “esta novela es una lucha contra la estupidez” y, añade, “es un analgésico”, con lo que, asegura, “sabes que hay dolor, pero lo soportas”.

Entre sus particulares “consuelos” para enfrentarse a un mundo donde “hay cosas insoportables si las analizas con lucidez”, se encuentra escribir, el Mediterráneo y la cultura. Con ‘El pintor de batallas’ Arturo Pérez Reverte nos invita a descubrir el lado más lúcido y más ambicioso intelectualmente sobre el que, según los críticos, nunca ha escrito.

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Pérez-Reverte se refugia en la cultura como mecanismo de compensación para "ser el que no grita cuando se cae el avión"
04/04/2006

El escritor y académico Arturo Pérez-Reverte reconoció ayer que quiere "ser el que no grita cuando se cae el avión", lo que, a su juicio, se logra teniendo la cultura como "mecanismo de compensación" para "convertir las pesadillas en fantasmas". Así se pronunció ayer el autor, en la que fue su última rueda de prensa promocional, sobre su novela 'El pintor de batallas' (Alfaguara), que desde que salió al mercado el pasado 1 de marzo ha superado los 200.000 ejemplares vendidos y está ya en segunda edición.

"Es un intento ambicioso de explicar el mundo", describió Pérez Reverte, quien negó que se trate de una obra pesimista, aunque sí de una "novela como consuelo". Y es que en 'El pintor de batallas' se muestra el horror cotidiano de la vida real a través de la mirada de un fotógrafo, Andrés Faulques, que decide sustituir la cámara por los pinceles. El escritor considera que "el mundo es una trampa peligrosa en la que la gente está cada vez menos preparada para vivir", pues "es injusto", ya que cuando las cosas parecen ir bien hay una "regla cósmica" por la que al final todo se tuerce. "El mundo está mal desde su origen, no por el hombre", agregó.

En este entorno la palabra "cultura" se convierte en esencial. "Sólo a través de ella se puede soportar ese dolor. La cultura permite que el hombre intelectualice el horror que forma parte de su vida", explicó. El vehículo para conseguir este objetivo ha sido la pintura, que en este libro es el "elemento simbólico" por el que se visualiza la acción de la novela y que ayuda a Pérez-Reverte a narrar los hechos. Andrés Faulques, un antiguo fotógrafo de guerra, pinta un gran fresco circular (el paisaje intemporal de una batalla) en la pared de una torre junto al Mediterráneo en busca de la foto que nunca pudo hacer. Lo acompañan en la tarea un rostro que regresa del pasado para cobrar una deuda mortal (Ivo Markovic) y la sombra de una mujer desaparecida diez años atrás (Olvido Ferrara).

Arturo Pérez-Reverte se refirió a varias de sus experiencias siendo reportero durante la Guerra de los Balcanes, tras lo que afirmó que "lo de los buenos y los malos es relativo". "Somos cómplices y tan malos como cualquiera", remachó el autor, para quien "el ser humano es un hijo de puta y eso es una certeza absoluta". Precisamente, al ser preguntado sobre la muerte del ex presidente serbio, Slodoban Milosevic, acusado de genocidio y crímenes contra la humanidad por el Tribunal de La Haya, en cuya prisión falleció por un fallo cardiaco, afirmó: "Me habría gustado hacerlo a mí. Se me escapó. Un hijo de puta menos". No obstante, lamentó que "haya sido así, pues me hubiera gustado otra muerte, no tan cómoda". En su opinión, éste y otros criminales de guerra "lo pagan un ratito nada más", como los políticos corruptos que "pasan seis meses en la cárcel y después a vivir de lo que han robado".

Sobre la posibilidad de que 'El pintor de batallas' sea llevada al cine, Pérez-Reverte indicó que "si dejo que lo hagan, es porque creo que merece la pena", aunque reconoció que "nunca estoy contento con el cine, ni me hago ilusiones; es un complemento". Tampoco soltó prenda sobre si podría protagonizarla Carmelo Gómez, a quien se refirió como "un amigo mío y es jugar en casa. E Imanol Arias también".

Finalmente, Pérez-Reverte indicó que aunque ya ha visto un primer montaje de 'Alatriste' y "está muy bien" pues es "extraordinario", su novela "es otra cosa". "Lo asumo, pero es divertido", concluyó.

Pérez-Reverte conversará , a las 20.00 horas, sobre 'El pintor de batallas' con su amigo Pepe Perona, en una presentación abierta al público que tendrá lugar en el salón de actos de Cajamurcia, en la calle Puerta Nueva de Cartagena, su ciudad natal.
Última edición por Rogorn el Vie Jul 12, 2013 9:30 am, editado 1 vez en total.

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Rogorn
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Mensaje por Rogorn » Sab Abr 13, 2013 10:45 am

“Mi obra es un alegato contra la estupidez”
La Opinión de Murcia – 05/04/2006

“El ser humano es un hijo de puta, y negar eso es el principio del engaño”, sostiene Arturo Pérez-Reverte (Cartagena, 1951) a propósito de la vida. El afamado escritor estuvo ayer en Murcia, no para presentar 'El pintor de batallas' -"por suerte estoy terminando la campaña", suspira-, sino para "dar las gracias y venir a veros", dice a los periodistas congregados en la cafetería La Muralla, donde el literato diserta en voz alta de sus pareceres.

Sobre la novela -que sus editores definen como "turbadora historia" que mana de "la compleja geometría del caos del siglo XXI"-, el cartagenero reconoce que "tenía la incertidumbre de quien hace un libro con un registro diferente, y pensé que sería menos acogido que los otros, que iba a vender mucho menos. Pero estoy satisfecho". En cuanto a la trama -en una torre junto al Mediterráneo, el fotógrafo Andrés Faulques trata de pintar la foto que nunca pudo hacer-, el autor confiesa que "hasta lo que es real en esta novela es falso".

Escribir, explica, "es un intento ambicioso, complejo, doloroso, de explicar el mundo, de convertir pesadillas en fantasmas". En este sentido, Arturo Pérez-Reverte considera que "un fantasma es como una compañía, como un viejo amigo, es tolerable, no duele".

'El pintor de batallas', además, "es una novela sobre el consuelo", afirma su autor, a lo que añade que "lo que no puedo, a estas alturas, es pensar que Paulo Coelho va a salvar al mundo. El mundo está muy mal, y la gente cada vez menos preparada para sobrevivir". A juicio del escritor, "el mundo es un lugar peligroso e injusto, con una regla cósmica malvada que hace que la felicidad se vea truncada por un semáforo en rojo o por un tsunami".

La pretensión del cartagenero, materializar "una obra que es un alegato contra la estupidez", ya que "cuando olvidamos el dolor nos volvemos idiotas, nos volvemos carne de tsunami". "Yo quiero ser el que no grita cuando se cae el avión", subraya, "porque, si me subo al avión, me arriesgo a que se caiga".

Preguntado por cuál sería el consuelo para tanto pesimismo, Pérez-Reverte especifica que "en la biblioteca tengo 17.000 libros, y luego tengo el Mar Mediterráneo", así que "los consuelos no se van a acabar". "Luego me llegará la enfermedad, el alzheimer, y que me quiten lo 'bailao'; al final es una cuestión de lucidez, y eso no lo eliges, la vida te hace lúcido", puntualiza el autor de 'Territorio comanche'.

En la misma línea, el literato comenta que "hay cosas que, si las analizas con lucidez, son insoportables. Pero si lees, si piensas, si reflexionas y escribes, no es que lo cambies, pero al menos comprendes y puedes vivir con ello", recalca. "El tsunami, Troya, llegarán, siempre llegan", tiene claro el cartagenero, quien lamenta que "lo terrible es que la lección del 11-S no sirvió para nada".

Preguntado por qué sintió cuando murió Milosevic, Arturo Pérez-Reverte asevera que "me hubiera gustado matarlo a mí personalmente", al tiempo que destaca que "tenía que haber muerto de otra manera, no tan cómodamente". "Un hijo de puta menos", sentencia.

Respecto a sus proyectos, el escritor prepara la sexta entrega de las aventuras de Alatriste, lo que para él implica "un respiro intelectual que me doy". Al manejar un estilo "clásico, ortodoxo y canónico, me lo estoy pasando muy bien", indica.

'El pintor de batallas' es una novela de más de 300 páginas, editada por Alfaguara, que salió a la venta el pasado 1 de marzo y de la que ya se han vendido más de 200.000 ejemplares, por lo que la editora prepara la segunda edición del libro. Entre las sentencias que el autor de obras como 'Cachito' y 'La carta esférica' deja caer en éste, su último trabajo, se encuentra la que dice que "nadie puede esquivar su destino. No hay salida, pero hay consuelos". Para Pérez-Reverte, la cultura es la verdadera redentora de un mundo marcado por el pesimismo.

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Mensaje por Rogorn » Sab Abr 13, 2013 10:48 am

Esa crítica literaria que nunca aprende
Víctor Moreno - Gara - 23/04/2006

Entiendo, y hasta comprendo, que, quienes se inician en el contubernio éste de la crítica literaria, se enfanguen una y otra vez en las arenas inmóviles del tópico y del lugar común, signos inequívocos de que quien los usa tiene la inteligencia en barbecho o en formol. Pero ya me resulta menos comprensible que tipos como Noguera, Sánchez Ron, Pozuelo Yvancos y Ángel Basanta, los tres últimos más bragados y bregados en estas lides críticas que Menéndez y Pelayo juntos, caigan y recaigan en la frase hecha para, encima, poner en las alturas un producto literario que debería estar situado en las bajuras de la bondad narrativa.

No tengo nada contra Pérez-Reverte y sus espadachines y sus batallas y sus cojones por banda y garañones urbi et orbi. Sencillamente, no es escritor de mi devoción por unas cuantas razones que no desarrollaré, porque éste no es el objetivo de mi artículo. Para mí, Pérez-Reverte representa esa literatura mediocre, tan exitosa y tan abundante por estos pagos, y que tanto bien hace, no sólo a los lectores que la leen, sino a las mismas estadísticas. Sin escritores como Pérez-Reverte, Corín Tellado y Marcial Lafuente, también Muñoz Molina y Marías, por supuesto, el número de lectores oficiales de este país se reduciría a un 25%. Así que, bendita sea la cofradía de esta literatura mediocre e insignificante que consigue poner a los ministros del ramo en estado catatónico cada vez que hablan de las estadísticas lectoras.

Lo curioso es que, hace unos años, ningún crítico de esos que algunos llaman «solventes críticos», daba un euro por Pérez-Reverte, y, menos aún, Umbral. Ahora, en cambio, desde que al ilustre reportero lo apelmazaron con la vitola de académico, sus adjetivos y sus sustantivos cotizan en la bolsa de la literatura mucho más que, pongo por caso, los verbos y metáforas incluidas de Sánchez Ostiz, Manuel Lope o Juan Eduardo Zúñiga, escritores que, según mi punto de vista, dan sopas con sapos al comentado.

Así que, mira tú por dónde, resulta que la última novela de Pérez-Reverte, 'El pintor de batallas', es calificada por los mentados, casi habría que decir más adecuadamente mentirosos, críticos, como si se tratara de un nuevo Balzac, Stendhal o, qué narices, Galdós.

Desde luego, las perdigonadas de mostaza que estos sesudos depurasílabas largan a propósito de dicha novela no son originales. Las vienen disparando desde hace tiempo, y les da igual que la diana de las mismas sea Nabokov, Auster, Dexter o ‘Mortadelo y Filemón’.

Según Noguera, «no se puede decir más en menos papel». ¡Qué gracioso! Hace años, unas de las memeces más habituales que soltaban ciertos críticos consistía en decir que a tal o cual novela, que no se habían leído, le sobraban cincuenta o setenta o cien páginas. Ni que decir tiene que nunca señalaban cuáles eran tales intrusas que afeaban tanto el conjunto. Ahora, como puede comprobarse, se ha dado un pequeño salto de rana, advirtiendo que en la novela de Reverte cabe lo que cabe y no se puede decir más. Como se ve, un juicio analítico de una claridad absoluta que dice al lector todo lo que hay que decirle en una crítica.

Claro que lo de Sánchez Ron, firmado en el periódico de Polanco, resulta todavía más enigmático. Asegura que Pérez-Reverte «ha dado probablemente lo mejor y lo más íntimo, de sí mismo». ¿Probablemente? Me conmueve este matiz de incertidumbre. ¿Y qué es, probablemente, lo mejor y lo más íntimo del susodicho espadachín marítimo? Me resulta incomprensible que este crítico caiga en la ramplonería psicologista e impresionista para juzgar un texto. Un texto es lo que hay, y hay que juzgarlo por lo que ofrece en sus vestidos significantes. No en si el autor ha dado lo mejor o lo peor de su bazo sintagmático, que eso, además de inútil, es imposible de aquilatar.

Al crítico Pozuelo Yvancos, en 'Abc', por el contrario, le atrae más la física del movimiento y así dirá que «Pérez Reverte da un paso más allá». No añade si al abismo, al precipicio o al barranco más profundo de los despropósitos literarios. Con la cantidad y calidad de pasos que puede dar el ser humano, Pozuelo se queda en la simple enumeración. Aunque, justo es reconocer, que, según él, estamos ante «el libro de mayor calado de su autor». Banal apreciación donde las haya. No sólo porque no aporta ningún dato significativo en la evolución de su autor ¬ignoramos de qué naturaleza es dicho calado¬, sino que resulta hasta peligroso, porque coloca al crítico en la onerosa situación de hacer una evolución comparativa en los calados realizados por el escritor a lo largo de su andadura. Y así, tendría que decirnos cuántos centímetros de altura o de profundidad alcanzó el calado de la primera novela de Pérez-Reverte, la segunda, la quinta, y así hasta la última. La verdad es que Pozuelo, sin quererlo, nos proporciona un apasionante método de validación de los escritores mediante el análisis de sus calados. Seguro que la crítica actual, tan anquilosada, se animaría un chiste si comenzara a comparar los calados de los escritores entre sí.

Termino con la reflexión de A. Basanta, en 'El Mundo'. No sé cuántas críticas habré leído de Basanta en mi vida. Lo que no sabría asegurar es cuántas veces habrá dicho de un escritor que «su obra nos conmueve y desasosiega haciendo pensar con lucidez», que es lo que dice de Pérez-Reverte. Lo que sí sé, es que Basanta ha leído a tantos escritores que piensan con lucidez que él ha acabado escribiendo con tanta lucidez que parece tan transparente que ya no dice.

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Mensaje por Rogorn » Sab Abr 13, 2013 11:05 am

“La pasividad también es un crimen, aunque eso no se reconoce en occidente”
José Martí Gómez - Magazine de ‘El Mundo’ – 30/04/2006

En ‘El pintor de batallas’, un ex fotógrafo de guerra pinta un fresco circular en el que trata de fundir todo el horror de las guerras de las que ha sido testigo. Es la última novela de Pérez-Reverte, donde rescata sus recuerdos y los fantasmas de su pasado como reportero. Sinopsis según la solapa del libro: “En una torre junto al Mediterráneo, en busca de la foto que nunca pudo hacer, un antiguo fotógrafo pinta un gran fresco circular en la pared: el paisaje intemporal de una batalla. Le acompañan en la tarea un rostro que regresa del pasado para cobrar una deuda mortal y la sombra de una mujer desaparecida diez años atrás”.

Arturo Pérez-Reverte ha estado dos años trabajando en la novela -editada por Alfaguara-. Quería una narración desnuda, de periferia estática, en la que hubiese más reflexión que acción o, dicho de otro modo, donde la acción llegase al lector a través de la tensión en los diálogos que mantienen los personajes a partir del rebobinar continuo de su memoria. Si ese era el propósito del autor, lo ha logrado. El croata Ivo Markovic es el personaje que un día llega a la vieja torre en la que el ex fotógrafo pinta en la pared una batalla en la que trata de fundir todo el horror de las guerras de las que ha sido testigo. Ésta es una entrevista en la que el entrevistador asume en parte el papel de Ivo Markovic, formulando a Arturo Pérez-Reverte algunas de las cuestiones que él pone en boca de sus seres de ficción.

-Como el pintor de batallas, también usted ha sido testigo de revoluciones y guerras. Su novela, ¿es un resumen de lo que ha visto o una conclusión? ¿Se limita a reproducir lo que vio? ¿Intenta explicarlo? ¿Es la resaca de la memoria?
-He llegado a un momento de mi vida en el que trato de reflexionar sacando de la mochila recuerdos, remordimientos incluso, memoria, fantasmas… Ese ruido está en la cabeza y uno no puede dejar de oírlo. Escribir es justamente una forma de apagarlo, una forma de ordenar todo eso, de reflexionarlo, de convivir con ello. Es convertir pesadillas en fantasmas. La pesadilla es algo que te horroriza, que te despierta de noche, que te atormenta, que te da desasosiego. Lo segundo, el fantasma en el sentido clásico, homérico, es el espectro que te acompaña, a veces melancólico, triste, pero con el que convives porque es una compañía tolerable, a veces incluso grata. ‘El pintor de batallas’ me ha permitido convertir pesadillas en fantasmas.

-¿Es el sedimento final, la culminación de un proceso personal, profesional?
-Tengo 54 años, pero sí diferente a la que hubiese tenido de ser arquitecto, abogado o contable de una empresa. Un día cargué con una mochila y a partir de ese día me pasaron cosas e hice cosas que de niño eran sueños que quería ver convertidos en realidad al hacerme mayor. Crucé esas líneas de sombra que todo joven intenta cruzar de una u otra forma. He vivido pagando el precio correspondiente; tengo canas en la barba y marcas en la cara. ‘El pintor de batallas’ es una novela que creo he escrito en el momento justo. Antes no hubiese podido escribirla porque no tenía la serenidad de espíritu necesaria para poder mirar hacia atrás, y más adelante quizá ya me hubiese resultado indiferente.

-¿Llega uno a endurecerse lo suficiente?
-Cualquier periodista, sea redactor de sucesos o de política nacional, se endurece. El endurecimiento es una consecuencia lógica del oficio de periodista, y si no tienes unas condiciones iniciales de dureza, no es soportable trabajar como corresponsal de guerra. Me han preguntado muchas veces si no he sufrido viendo morir niños en hospitales desbordados o viendo llegar a una morgue decenas de cadáveres. Claro que sufro, respondo. Pero el mío no es el sufrimiento que tiene un ama de casa o un señor en el metro. Es un sufrimiento profesional tamizado. No puedo estar llorando, sufriendo por cada niño muerto, y no es por falta de sensibilidad. El corresponsal de guerra necesita crear una actitud profesional, una técnica ante el horror que le permita hacer su trabajo. No se le puede pedir que cada víctima inocente sea para él un agobio sentimental.

-¿Cuándo dejó de dolerle lo que veía?
-Curiosamente, me empezó a doler cuando dejé de convivir con el horror. A los 20 años, con la cabeza llena de aventuras, quería viajes, chicas, adrenalina, peripecias que contar. Tenía la ambición que tiene cualquier joven por el mundo fascinante que es la guerra, porque digan lo que digan la guerra es eso, un mundo fascinante para un joven que la vive sabiendo que está de paso y que igual que entra en ella se puede ir. Cuando pasó el tiempo fui dándome cuenta de que aquella niña muerta tenía la cara de mi hermana pequeña, vi a un abuelo que me recordó el rostro del mío y a un hombre y a una mujer con las caras de mi padre y de mi madre, llorando desconsolados ante su casa en ruinas. Poco a poco fui descubriendo que todo ese dolor ajeno tenía algo que ver conmigo. A partir de entonces, las guerras me fueron doliendo más.

-Conversando con veteranos corresponsales de guerra, Robert Fisk, Tomás Alcoverro y Bru Rovira, percibes que en el plano personal su balance es desolador.
-Es la verdad. Al principio, todo lo que ves en una guerra te es ajeno. Al final, todo te resulta próximo. ¿Cómo solucionar esa inesperada complicación? Asumiendo el horror. El problema es no asumirlo, es repetirte que lo que has visto has sido horrible, intolerable. No puedes seguir viviendo inmerso en ese mundo de recuerdos. Debes decirte que todo ese horror que has vivido forma parte de la vida. Yo partí hacia las guerras con una ventaja: había leído mucho. Cuando salí de mi casa con una mochila ya había traducido a Homero y a Virgilio y a Jenofonte y sabía lo que era Troya y quién fue Ulises y cómo eran los dioses a los que no se les pueden pedir responsabilidades. Con ese bagaje, cuando empecé a formularme preguntas sobre las guerras de las que era testigo, cuando empecé a ser permeable, a contaminarme de la guerra en el sentido de que percibo que empieza a afectarme en lo personal, recurro a los clásicos y me digo: no te horrorices, macho, que esto es Troya, es que todo esto ya pasó hace tres mil años. Mi formación no actuó como anestesia, sino que me ayudó a asumir la realidad. ¿Cómo asumirán la realidad del horror los jóvenes que no llevan Troyas en sus mochilas? Es una pregunta interesante.

-¿Cómo cree que la asumirán?
-Con una desolación enorme. ¿Qué les pasa a esos chicos cuando caen las Torres Gemelas, cuando Milosevic golpea, un terremoto asola?... ¿Qué pasa por sus cabezas cuando ven que toda su familia, sus juventud, toda su vida se van al carajo en un ¡pum!?... ¿Con qué mecanismos de salvación van a protegerse del horror de la realidad, del campo de minas en el que vive el ser humano?... Les estamos dejando desnudos, vulnerables frente a un mundo que es muy peligroso, muy hijo de puta, un territorio muy hostil, simplemente malvado. El universo no tiene sentimientos, mata sin pasión, que esa es otra. El ser humano mata por lujuria, por ambición. Pero el universo mata porque ese día toca volcán, terremoto, tsunami, y a tomar por saco, ¡pum!, y Pompeya se hunde en la miseria.

-La guerra del reportero de guerra es como la del soldado: una pequeña parte de acción y el resto tedio y espera. ¿Cómo le pesaba el tedio? ¿Cómo mataba la espera?
-Leyendo. Toda mi vida he llevado libros en la mochila. Hay esperas en que lo malo es pensar. La espera no se hace más soportable leyendo, pero sí más normal: leía y me decía que todo forma parte de un proceso que se repite desde hace miles de años.

-¿Somos producto de reglas ocultas que rigen el universo?
-Sin duda.

-¿Qué relación existe entre simetría, caos y destino? ¿Las manos del hombre, la naturaleza y el destino se funden en un mismo magma?
-Estamos en un tablero y solamente vemos peones que se mueven, caballos que nos pasan por encima, reinas que cambian de casilla, y nos decimos: “Esto es un caos”. Pero en el momento en el que los libros, la cultura, la reflexión o la inteligencia te dan la capacidad para alejarte del tablero, ves que hay muchas casillas y piezas blancas y negras, y un movimiento armónico de las piezas, que existe una regla. Con los años he ido adquiriendo la certeza personal de que en el tablero del universo hay armonía, unas reglas cósmicas ineluctables. No vemos el pictograma, pero está ahí y se impone por mucho que queramos ignorarlo. ¿Sabe una cosa? A mí, la caída de las Torres Gemelas me consoló.

-¿…?
-Estoy hablando a una persona inteligente.

-Yo lo pondría en duda.
-De pronto…

(Me he sumido en el silencio esperando la explicación del porqué de su consuelo ante la caída de las Torres Gemelas)
-Las Torres Gemelas me dieron la razón. Yo llevaba veinte años viendo torres gemelas, contando su desaparición. Occidente, acostumbrado a sus torres de cristal, a sus edificios inteligentes y al autoengaño maravilloso con el que vivimos, repetía que eso sólo podía pasar entre negros y moros. Oye, perdona: las reglas son para todos. Que hasta el 11-S Occidente hubiese tenido suerte, privilegios o inteligencia para mantener a salvo sus torres gemelas no quería decir que fuera inmune a la destrucción. El horror ha llegado de pronto a Nueva York, Madrid o Londres, pero yo sabía que ese horror era normal. Sabía que lo anormal era que no pasara nada. “¡Qué horror, es increíble!”, repetía la gente viendo tanta muerte. “Pero no seáis gilipollas”, les decía yo. “¿Cómo va ser increíble si llevo veinte años contando horror? Leed a los clásicos, repasad visualmente la historia de la pintura, de la fotografía”. El cosmos me da la razón.

-Arthur Koestler escribió que una escritura invisible rige la vida. ¿Estamos hablando de lo mismo?
-No lo sé. Creo que la palabra “autoengaño” es fundamental. El ser humano hace mucho tiempo que ha negado su naturaleza. Llevamos tres mil años de cultura escrita y en vez de utilizarla para adiestrarnos en la cotidianidad del horror, para asumirlo como parte del juego en el que estamos inmersos, la utilizamos para negarlo. La ruptura con el vínculo de la realidad es reciente, de hace medio siglo, cuando en Occidente se inicia un periodo de bonanza, sin guerras.

-La Europa que se ha definido como “el balnerario”.
-Exactamente. Vivir en ese oasis de paz y prosperidad nos ha perjudicado en lo intelectual, nos ha hecho perder el contacto con la realidad que tenían nuestros abuelos. ¿Quién de ellos no vivió una guerra, una peste, una epidemia que les mantenía despiertos?... La reflexión sobre el autoengaño lleva a una pregunta interesante y también peligrosa: ¿hasta qué punto se debe tener piedad?

-¿Piedad o compasión?
-Esa es la cuestión. Es mucho más difícil tener compasión que piedad. ¿Hasta qué punto debes compadecerte de un mundo que se niega a utilizar tres mil años de utilísima memoria escrita?... La reflexión te lleva a un lugar muy peligroso, incómodamente intelectual. Dices: puedo sentir piedad por usted, pero no me pida que le compadezca. En este mundo, lleno de ONG y tonterías, ¿cómo explicas la diferencia entre piedad, caridad y compasión?

-¿Cuándo las imágenes dejaron de ser testimonio para pasar a formar parte de la escenografía que nos rodea?
-He visto cuanta fotografía se puede ver, y he confirmado una sospecha: una imagen ya no vale más que mil palabras. Eso es mentira, porque hoy ves la fotografía de un hombre muerto en Angola y no sabes si se publica porque ese hombre es realmente una víctima de la guerra o por ser el anuncio de una marca de ropa o la imagen que ilustra la petición de dinero de una ONG. Hacen falta palabras para interpretar una foto. Antes, no. Quizá antes también estuviésemos engañados y no supiésemos ver que la famosa foto de Robert Capa captando el instante en el que un miliciano muere mientras salta desde una trinchera es mentira.

-Usted también desmitifica el ‘Gernika’ de Picasso.
-Sí. La iconografía occidental pierde el rumbo a partir de Goya. Él es el último que nos asoma de verdad al horror. Tras Goya ya todo es mixtificación, el horror pasa a formar parte del mecanismo del mercado. El ‘Gernika’ es una obra maestra desde el punto de vista pictórico, pero bélicamente es un fraude. No niego su valor artístico, pero como autoridad en guerras puedo afirmar que ese cuadro no refleja el horror de la guerra, que sí está presente, sin ser una pintura bélica, en el ‘Duelo a garrotazos’ de Goya: a un lado del cuadro, unos que se matan; al otro lado, el paisaje impasible.

-¿Las atrocidades que se cometen en toda guerra las llevan a cabo anormales o gente normal?
-Gente normal haciendo cosas normales, como torturar, violar o matar a sangre fría. Uno de los lugares sin salida a los que nos ha llevado el proceso del humanismo cristiano es a hacernos creer que todo tiene solución, que el hombre evoluciona hacia el bien. Es un proceso que nos lleva a creer en el diálogo y que todo tiene solución.

-Y usted no cree que eso sea cierto.
-No.

-Hay en su novela un párrafo que impresiona: antes de ser asesinada junto a su hijo, la mujer serbia es violada toda la noche por soldados croatas, pero pese a sus gritos ningún vecino sale a la calle para ver qué pasa, nadie enciende una luz.
-Eso enlaza con lo que estamos hablando: tendemos a pensar que el mal está fuera. “Ha muerto Milosevic, el malvado”. No, oiga, perdone: Milosevic somos nosotros. Quien no se asoma a la puerta cuando oye los gritos de una mujer soy yo. Quien hace posible que existan Milosevics soy yo. El niño palestino al que hoy dispara el soldado israelí, mañana será el que con una carga explosiva matará a veinte personas en un autobús. El cristianismo nos dio una excusa excelente: la del bien y el mal, los buenos y los malos, pecadores y santos. Una falacia, porque la pasividad, la complicidad del silencio, también es un crimen aunque eso no se reconoce en Occidente. Aquí vivimos instalados en la buena conciencia del “yo no he hecho nada”. Tú no has hecho nada, pero has dejado que a tu vecino judío lo llevasen a un campo de exterminio y has sido tan culpable como el cabrón que se lo ha llevado. “Es que yo no sabía”, “¿Cómo podía yo imaginar?” “Yo pensaba que”. La puta buena conciencia de la gente bondadosa. A veces las buenas gentes son más culpables que los carniceros del horror que sostienen en sus manos cuchillos ensangrentados.

-El arte, ¿impasible herramienta para contemplar la vida una vez se está de vuelta en muchas cosas?
-Sí.

-Su novela describe la belleza de algunas armas. Nunca había pensado que las armas pueden ser bellas…
-Creo sinceramente que la obra de arte que simboliza el siglo XX no es el urinario de Duchamp, sino el kalashnikov, símbolo de toda una época. Tengo uno en mi casa, que me traje de Yugoslavia cuando me retiré del periodismo. Yo pienso que las armas pueden ser bellas, de la misma manera que una guerra puede ser útil en lo personal. Hay guerras que son higiénicas, purifican a un pueblo al provocar cataclismo y reordenación social, traumas y debates, al tiempo que forjan en el sufrimiento, la solidaridad y la lucidez que la paz no hace posible.

-Leyendo ‘La Casa Rusia’, me enamoré de Katya y…
-Yo también.

-Le pregunté a John Le Carré en qué modelo de mujer se inspiró. Me respondió que no habiéndolo encontrado en la mujer rusa se inspiró en la belleza clásica de la mujer inglesa. ¿De dónde sale Olvido, personaje femenino de su novela?
-De mis 54 años de vida.

-Ojos verdes, grandes y líquidos. Esbelta, flexible, piernas largas. Una mirada compuesta de ironía e insolencia. Pelo trigueño, unas veces sujeto a trenzas y otras recogido en la nuca. Y una frase definiéndose: “ya no hay mujeres como la que yo quise ser”. Uno se enamora de Olvido Ferrara.
-Me alegra saberlo. Cuando empecé a escribir la novela, era un personaje que se me resistía. Quedaba como una pija redicha. Un día le hice decir que ella fotografiaba cosas, nunca personas, y el personaje cobró vida.

-¿Muchas Olvidos?
-Muchas lecturas, muchos seres humanos y, sobre todo, una forma de mirar el mundo. Olvido Ferrara es el producto destilado de cuantas mujeres, reales o literarias, se funden en mi memoria. Al final, ¿sabe?, te das cuenta de que la mujer es la piedra de toque, el único contraste que al hombre le da la medida de lo que es. Ningún hombre sabe lo que es o lo que ha sido si no se mira desde los ojos de una mujer. Ella te define como héroe o villano.

-¿Y cómo se ha visto usted en los ojos de una mujer?
-Eso ya… Una cosa le puedo decir: tengo buenos amigos, y cuando estoy con ellos pienso que algo bueno debo de haber hecho en mi vida para tener amigos que me quieren.

-¿Por qué el ejemplo de amigos y no el de mujeres?
-(Riendo). Es menos comprometedor. Pero, hablando sólo de miradas, cuando las mujeres destiladas en Olvido Ferrara me han mirado pienso que algo bueno debí de hacer para que me mirasen de aquella forma. Estar orgulloso de la mirada de una mujer es a lo máximo que puede aspirar un hombre, igual que la mirada despreciativa es el peor juicio que puede llevarse a la tumba.

-¿Le han dicho alguna vez que es soberbio?
-Sí. Pero están equivocados. Soy arrogante, orgulloso, que no es lo mismo. Como estoy en la Real Academia Española, sé de estos matices.

-¿Moral o amoral?
-¿Yo o las guerras?

-Usted.
-Moral. Y con pudor. El despojo de muchas moralidades convencionales hace que sea intransigente con las moralidades que me quedan.

-¿Qué cree usted que hay en mar abierto, más allá de las trescientas brazadas?
-Lo sabré cuando llegue allí.

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Mensaje por Rogorn » Sab Abr 13, 2013 11:12 am

”A cualquier persona lúcida la acechan fantasmas”.
Entrevista con Ángel Berlanga - Página 12 – 03/05/2006

El escritor español Arturo Pérez-Reverte, uno de los más leídos de habla hispana, vino a la Argentina a presentar su último trabajo, en el que el personaje central es un pintor que durante muchos años fue corresponsal de guerra: tiene el mismo pasado que el autor, que aquí relata qué conserva de aquellas horribles visiones.

Andrés Faulques ahora pinta, pero durante treinta años fue fotógrafo de guerras y vio, y registró, y supo, de la capacidad del hombre para producir horror. Lleva unos meses instalado en una torre vigía, frente al Mediterráneo, solo, concentrado en un gran mural circular con el que se propone plasmar “las reglas implacables que sostienen la guerra –el caos aparente– como espejo de la vida” y, a la vez, su propia experiencia. Un día se le aparece alguien que lo busca desde hace mucho, un ex soldado croata al que fotografió una década atrás, en medio de unos maizales, en plena retirada. Por esa foto, con la que había conseguido un premio importante, recibe una promesa del visitante: “Voy a matarlo”, le anuncia. “El rostro de la derrota”, habían titulado las revistas, y los serbios, al reconocerlo en la publicación, lo torturaron durante seis meses y masacraron a su familia. Ivo Markovic, además, le potencia otro recuerdo feroz: él vio cuando Faulques fotografió a Olvido Ferrara, su mujer, minutos después de haber pisado la mina que la mató. Este es el argumento central de ‘El pintor de batallas’, la última novela de Arturo Pérez Reverte, sobre la que también hablará esta tarde, cuando la presente en la Feria del Libro. Difícil no relacionar directamente al personaje con la propia experiencia de este escritor español que, durante veintiún años, fue corresponsal de guerra. “Mientras la escribí fui consciente de cosas propias que no veía –dice, en un hotel bastante lujoso de la Recoleta–. Fue un ejercicio interesante de introspección y análisis sobre mis lados oscuros y luminosos, sobre mi pasado, mis fantasmas y mis pesadillas. Aunque no me ha cambiado la vida, me ha hecho más lúcido.

–¿Coincide con los pronunciamientos de Faulques en torno de la guerra?
–Sí. No del todo, porque yo no soy tan radical ni pesimista, ni veo al mundo tan turbiamente como él, ni he tenido exactamente su biografía: me refiero a lo que ocurre con su mujer. Pero es cierto que nadie pone lo que no tiene, y menos en este tipo de libros: una historia como ésta requería una biografía previa, que fue fundamental como base, como trama básica para construirla. Muchos de sus puntos de vista son los míos: se los he prestado, digamos.

–¿Y usted se ha cruzado con alguien que desde el pasado le viene a ajustar cuentas?
–Es muy peligroso identificar autor con novela, pero en mi caso hay lectores que hacen inevitablemente esa asociación, y bueno, no la ocultaría. Si está allí, ¿no? Pero cualquiera que tenga una biografía, y no hablo de la guerra solamente, sino del trabajo, del periodismo, la medicina, la cárcel, la delincuencia, tiene detrás cadáveres, fantasmas, cosas que ha hecho, gente que ha matado –lo digo simbólicamente– por ignorancia, descuido o muchas otras razones. Cuando uno tiene conciencia de sí mismo y del mundo en el que está, a veces esos fantasmas vienen y te ajustan cuentas. Cualquier ser humano lúcido tiene pesadillas, recuerdos que lo atormentan; escribir novelas, como tocar música, como el sexo, o muchas otras cosas, son formas de convertir las pesadillas en fantasmas. El fantasma es tolerable, se puede vivir con él, es melancólico y no incomoda, es tu compañía; la pesadilla perturba. Por la vida que he llevado –tengo 55 años, canas en la barba, cicatrices en la cara– yo también tenía pesadillas, y con esta novela he intentado convertirlas en fantasmas tolerables.

–Tanto usted como su personaje han pasado desde profesiones “periodísticas”, que se posicionan como dando cuenta de “la realidad”, hacia el arte. ¿Cómo se dieron esos pasajes?
–En este caso el periodismo es accidental. Yo creo que cualquier persona que se ponga en contacto con el lado oscuro y duro de la vida –el médico de urgencias, quien se relaciona con mujeres maltratadas–, necesita mecanismos de consuelo, de confort, analgésicos que le levanten el ánimo y lo ayuden a soportar el horror de la vida. Mecanismos de consuelo para soportar. El arte, la cultura, son eso. Sin cultura no podemos comprender que el dolor o el horror forman parte de la vida. En la novela el arte simboliza esa idea, pero podría ser otra cosa.

–¿La literatura funcionó así con usted?
–Sí, escribir fue una forma de comprender y de soportar cosas que no me gustaban que había vivido. Pero ésta no es una novela de guerra, por eso dije que el personaje podría ser también un médico de urgencias. Pero como yo conozco bien la guerra, y mi biografía me da un montón de elementos de conocimiento, ejemplos de situaciones, recurrí a ella como uno de los símbolos. Yo no he visto nada en la guerra que no haya visto aquí.

–La singularidad de la guerra está en que se extreman las situaciones.
–Tú lo has dicho. La guerra no es más que el ser humano concentrando en un lugar extremo todos los odios, rencores, dolores, ambiciones, lujurias, frustraciones, amarguras, memoria genética, agresividad y depredación, que el ser humano tiene en la vida normal. Es más: la guerra permite liberar, justamente, lo que la vida social durante muchos siglos ha limitado. El ser humano, que en el fondo es un hijo de puta, ha sido durante años controlado por la evolución social. Cuando la guerra hace saltar esos mecanismos de control, el hombre vuelve a su estado primitivo, a lo inmediato y lo elemental. Por eso es tan horrible y fascinante observar al ser humano en la guerra. Y no digo solamente ahí: en la represión, en la tortura, en los piquetes, en el corralito... Esta novela es fruto de esa reflexión, de toda una vida mirando al ser humano en lugares donde saltan los mecanismos de control social y queda el hombre desnudo frente a sí mismo.

–Pero el abanico es más amplio, ¿no? Porque también tiene otro tipo de inteligencias, constructivas.
–Y sentimientos también nobles, sí. Ahí está la novela: en ella también están el amor, la amistad, la lealtad. Dos tipos que teóricamente se van a matar dialogan cuatro días. Está el amor como memoria, como salvación y como consuelo. Porque la novela habla también de lo otro, de las cosas que salvan al ser humano. Lo que pasa es que no puedo, a estas alturas, después de la vida que he llevado, creerme que Paulo Coelho va a salvar al mundo. Yo no me puedo creer lo del mecherito, lo de “vamos todos juntos de la mano a darnos besos en la boca y así seremos felices”. Hay gente que cree eso: felices de ellos. Pero yo no tengo más remedio que reunir los restos del naufragio y montarme a un lugar donde sobrevivir. Las palabras son ésas: amistad, amor, dignidad, lealtad, coraje. Es una trinchera sin demasiadas pretensiones, modesta.

–Las preguntas que Markovic le hace al pintor, ¿constituyen un examen para la conciencia de Faulques?
–Exactamente. Lo está sometiendo a un cuestionario, le está haciendo una entrevista. Un lector que me escribió me hizo una apreciación interesante: me preguntó si había pensado en Markovic como un desdoblamiento del propio Faulques. “No fue mi intención”, le contesté, “pero esa lectura es posible”. Le hace revisar su propia vida y lo somete a un intenso trabajo psicoterapéutico sobre su propia existencia. Que, por supuesto, me ha servido a mí. Esta novela empezó, como otras, como una historia, y me ha permitido reflexionar mucho sobre mí.

–¿Qué significan las mujeres que aparecen en la novela?
–La intérprete, la guía turística que ve el mural, es la mirada exterior. El que no sabe y ve la pintura dice “esto es maligno”, y se incomoda. Y eso nos lleva al tema fundamental: la gente no quiere saber. Tenemos tres mil años de memoria escrita, documentada, desde Homero hasta ahora, y todavía nos asombra que haya Torres Gemelas. “Qué horror, es imposible”. Troya, Sarajevo, Constantinopla: está ahí. La gente prefiere pensar que el horror es una cosa extraña, algo que les pasa a otros, que ellos no son culpables de nada. La mirada de esta mujer es la de la falsa inocencia, la peligrosa o estúpida inocencia, que cree que no está allí cuando en realidad sí está. Cada tanto algo lo recuerda: Argentina lo recordó en los ’70, España el 11 de marzo de hace dos años. Cada vez que la humanidad olvida eso, el despertar cuesta muchos años y dolor.

–¿Y la otra, la mujer del fotógrafo-pintor?
–La mirada de Olvido Ferrara es otra cosa, es el amor. Es la primera vez que en una novela mía hay una historia de amor redonda y perfecta. Y es muchas cosas, pero sobre todo el amor como consuelo, justificación. Tenemos un tiempo limitado para vivir, para hacer hijos, tener juventud, vigor, belleza, inteligencia. Es bueno haber dicho “yo amé”, “yo viví”. Y después está la lucidez de la mujer, claro. Ningún hombre llega a nada sin la mirada de la mujer como intermediario. La mujer es fundamental, sin ellas no vemos. Faulques, que ha estado en guerras por todo el mundo, no entiende nada hasta que la conoce a ella, que le da sentido a todas las imágenes. Eso sí es personal: mi visión del mundo se debe a las mujeres. Sin ellas no hay progresión ni lucidez.

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Pilar Wolffelt – laprensa.com.ar – 03/05/2006

Uno de los eventos más recordados y comentados de esta Feria del Libro será la presentación de la nueva obra de Arturo Pérez-Reverte que se realizó ayer en el salón María Esther de Miguel del predio. El nombre de la novela es ‘El pintor de batallas’ y, sin ser autobiográfica, tiene mucho contacto con la experiencia del autor como corresponsal de guerra durante 21 años. El lanzamiento se realizó en el marco de un diálogo entre el célebre escritor y periodista español y su colega argentino, Jorge Fernández Díaz.

Fernández Díaz realizó una breve introducción a la obra del autor creador del personaje capitán Alatriste, de quien dijo: “Arturo abordó géneros menores como la novela policial y de aventuras e inauguró una nueva etapa en ellos porque los dotó de nobleza”. Asimismo, aseguró que el nuevo libro de Pérez-Reverte es “una novela amateur y un acto de ternura” de parte del autor “porque en ella expone su alma y nos muestra su corazón”.

“En este libro nos muestra, a través de una historia entre un fotógrafo y un soldado croata al que él retrató y que quiere matarlo porque publicó su fotografía en una portada, causándole -sin saberlo- muchos trastornos en su vida, al hombre como depredador, a un ser que mata por placer y al lector como parte del espanto del mundo”, dijo Díaz Hernández [sic]. A su vez, Pérez-Reverte definió ‘El pintor de batallas’ como “una novela que escribí para ajustar cuentas con parte de mi memoria y de mi remordimiento. Es un intento por asumir mi responsabilidad. Porque ningún niño es inocente. El niño que hoy es víctima, mañana puede ser verdugo y yo soy culpable de esta cadena por ser humano”, asumió desde un punto totalmente crítico a la sociedad occidental y hacia él mismo como parte de la humanidad. Según el autor, “el ser humano occidental vive desde hace siglos en un sueño humanista negando realidades evidentes y quiere creer que la paz es el estado natural del hombre. Eso es mentira y el periodismo contribuye a la creación de esa ilusión. Porque en realidad el ser humano es un animal peligroso y cruel como el mundo en que vive”.

El autor de ‘La Reina del Sur’ expresó que “nadie nos puede salvar, pero la cultura nos puede ayudar porque nos permite saber que las cosas ya pasaron y estar alertados de las consecuencias. Hay que educar a la gente para que pueda sobrevivir moral y culturalmente a la realidad, la guerra en sus diversas manifestaciones”, concluyó este español que confiesa tener un vínculo especial con la Argentina, país en el que se siente “como en casa”.
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Mensaje por Rogorn » Sab Abr 13, 2013 11:18 am

“No existe ninguna posibilidad de un “nunca más””
Entrevista con Hernán Brienza – Clarín – 03/05/2006

Sentado en un sillón de pana, frente a un gran ventanal, Arturo Pérez-Reverte, un hombre magro y de cara angulosa, de barba entrecana y voz decidida sentencia con crudeza: "No hay posibilidad de un “nunca más”. El que piensa eso es un imbécil. El mundo no ha aprendido nada: pasó el Holocausto y aquí estamos, seguimos en guerra". Recién llegado a Buenos Aires, el autor de la saga ‘El capitán Alatriste’ viajó a la Argentina para presentar en la Feria del Libro —hoy a las 19.30 en la sala María Esther de Miguel— ‘El pintor de batallas’, una novela diferente a las que había escrito a lo largo de su carrera literaria. Se trata de una obra más íntima y alejada de la literatura de aventuras que lo hizo célebre.

La historia de la novela es mínima: un fotógrafo corresponsal de guerra pinta en una torre frente al mar un cuadro en el que intente explicar el principio y fin de todas las guerras. Hasta que es interrumpido por un soldado croata que llega para matarlo. La razón: una fotografía tomada por Faulques —el pintor— en la ex Yugoslavia arruinó su vida. El libro —tal vez el más acabado de la producción de Reverte— es también un tratado sobre la inquietante moral que lo caracteriza e incluye sus obsesiones: la guerra, la miseria humana, el mal, la culpa y la responsabilidad.

—¿Por qué en este libro usted utiliza reiteradamente la palabra "lucidez" y la convierte en central para su obra?
—Es la única virtud intelectual útil. El mundo se divide entre lúcidos y no lúcidos. Entre gente consciente de lo que es la realidad de la vida y gente estúpidamente anestesiada. La lucidez no se elige, es como un virus, la tomas o no. Es un don doloroso y esta novela es un ejercicio de esto.

—¿La lucidez no lleva al escepticismo y al cinismo?
—No. El cinismo es una patología de la lucidez.

—¿Reducir el hombre a la situación de guerra no lo simplifica?
—Al contrario, yo no he visto nada en la guerra que no haya visto en la paz. En la guerra todo se da con mayor intensidad. Hace hervir al ser humano hasta dejar su esencia más espesa, con lo bueno y con lo malo, evidentemente. En mi novela digo que si quieres saber cómo es un hombre hay que enfrentarlo a la guerra como símbolo del extremo. Argentina vio lo que era como país recién cuando se enfrentó al extremo. Pero no ha sabido llegar hasta el final.

—¿Cómo sería llegar al final?
—Hay un momento en mi novela que digo que cada vez que veo un superviviente me pregunto qué hizo para seguir vivo. La gente piensa que es bueno olvidar y no hablar de los momentos duros. Pero los momentos duros hay que apurarlos hasta el final y asumirlos. ¿Qué hiciste para sobrevivir al campo de concentración, abuelito?... ¿Qué hiciste para sobrevivir a la guerra sucia, papá?... Cuándo no asumes lo que hiciste, te estás engañando a ti mismo y a tu entorno. La Argentina no se hizo esa pregunta y en España tampoco. Toda supervivencia es sospechosa. El ser humano debe asumir su lado oscuro, sus complicidades, sus claudicaciones. La palabra "perdón" enmascara mucha cobardía.

—En su novela usted muestra la peligrosidad de mostrarse a uno mismo como bueno. ¿Por qué?
—No hay nada más peligroso que un hijo de puta convencido de que es bueno y que tiene buenas intenciones. Sospecho de la bondad. Ya nadie es inocente. Antes podía haber incultura, pero ahora con Internet y con la televisión ¿que alguien me diga que no sabía, que no lo pudo prever, que no lo puede entender?... Pues si tenemos tres mil años de memoria documentada. ¿No sabe usted que hubo una Troya y un Bizancio? No puede creer lo de las Torres Gemelas: ¿pero usted es gilipollas? La gente quiere creer que es buena. Y la realidad es que ni el mundo ni el universo tienen sentimientos.

—En ‘El pintor de batallas’ no hay lugar para el perdón ni la compasión.
—La pregunta del millón es hasta qué punto es legítimo compadecerse de un gilipollas que sabe que hay tsunamis y se va a veranear a un hotel de lujo en una playa o de quien vive en el piso 56 de una Torre Gemela porque tiene una vista cojonuda. ¿Por qué quién no quiere aprender de la historia debe ser compadecido?... ¿Occidente no tiene lo que se merece?... Hasta qué punto los Bush, los Bin Laden, los Videla, los Franco o los Hitler no son sino consecuencias de nuestra propia estupidez e ignorancia y el no querer ver la realidad?... Eso te lleva a un consuelo técnico extraordinario ¿Por qué debo sufrir si el niño al que veo padecer hoy mañana será el verdugo?... Si el niño que veo en la foto del Gueto de Varsovia más adelante estará rompiéndole un brazo a un palestino. O el niño palestino se cargará a 20 tipos en un mercado.

—¿Con este argumento no se disemina la culpa y se elude encontrar responsables?
—Yo soy responsable del tipo de la picana y tú también. Porque somos parte del tejido. Es más, tú y yo, debidamente mentalizados o ideologizados, podemos usar tranquilamente la picana o el cuchillo de degollar. Hitler, Bush, Perón o Rodríguez Zapatero no son más que las manifestaciones simbólicas de la sociedad que los genera. Toda sociedad tiene sicarios. Y después se los condena y la sociedad dice: "No, yo no sabía nada, llévenselo, que era éste". No hay líneas que separen el mal del bien. En el mal puede haber bien y decencia y dignidad y coraje y en el bien puede haber lecciones de cobardía absolutamente abyectas.

—¿Su libro es una justificación de por qué usted es un sobreviviente de la guerra?
—Sí, también. Me estoy justificando, pero parto de la asunción lúcida de mi memoria, no de la negación. No es lo mismo un analgésico que un anestésico.

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Mensaje por Rogorn » Sab Abr 13, 2013 11:23 am

“Escribir sobre Alatriste me divierte”
La Razón – 04/05/2006

"Las novelas son como jugar al siete y medio con las cartas. Si la escribes demasiado pronto es fallida o incompleta, si la esperas demasiado tiempo, a lo mejor ni siquiera la escribes porque ha pasado el momento". Así definió el español Arturo Pérez-Reverte su visión acerca de cómo hacer literatura, al presentar en la Feria del Libro su última obra, ‘El pintor de batallas’, que trata sobre un fotógrafo de guerra que se encierra en una torre a pintar un gran fresco sobre una batalla.

En este marco, tampoco faltó una evocación a su personaje más famoso. "Alatriste para mí es muchas cosas. Aparte de que es un placer, me divierte mucho", reveló el autor nacido en 1951 en Cartagena, que actualmente se encuentra trabajando en el sexto tomo de la serie. "Además, es un pretexto estupendo, porque me hace volver otra vez a los maestros del XVI y XVII, a los clásicos. Es una especie de cura, es como meterse en una clínica de esas que te renuevan la sangre y te dejan estupendamente", declaró.

Pérez-Reverte, miembro de la Real Academia Española (RAE), confesó que gasta mucho dinero en libros antiguos y ha montado una gigantesca biblioteca. "Otros van por el sexo, pues yo voy por los libros", bromeó respecto de lo que definió como su "única pasión desordenada".

Pérez-Reverte, corresponsal de guerra durante 21 años antes de iniciar una exitosa carrera en la literatura, precisó respecto de ‘El pintor de batallas’ que "pensé que era el momento de ajustar cuentas con una parte de mi memoria de la que no estoy muy orgulloso y de la que tampoco estaba muy tranquilo. Una novela no soluciona las cosas, pero ayuda a asumirlas".

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“A menudo disfrazamos de perdón la cobardía”.
Susana Reinoso - La Nación – 04/05/2006

"Mi abuela es fanática de Pérez-Reverte y le compré un libro para que él se lo firme. ¿Tengo que hacer esta fila?" Fue la pregunta a los organizadores de una estudiante jovencísima empeñada en que su abuela tuviera su ejemplar de ‘La Reina del Sur’ autografiado. Y la fila aludida era, a las 19 de ayer, una sucesión interminable de personas que esperaban ingresar en la sala María Esther de Miguel de la Feria del Libro, para asistir al diálogo abierto entre el escritor español Arturo Pérez-Reverte y Jorge Fernández Díaz, secretario de Redacción de ‘La Nación’. Le cupo al autor de ‘Fernández’ (Sudamericana) introducir a los más de 500 asistentes en ‘El pintor de batallas’ (Alfaguara), la flamante novela de Pérez-Reverte presentada anoche.

El autor confiesa un escepticismo empecinado y dice cosas como ésta: "El perdón es peligroso. No digo malo. A menudo disfrazamos de perdón la cobardía. Nos quitamos de en medio y decimos que eso es perdón. Yo venía acumulando remordimientos y de algún modo tenía que justificarlos. Esta novela no me ayuda a perdonar, pero nació de un remordimiento por mi falta de compasión". Pérez-Reverte admitió también su desconfianza de la compasión. “Es que después de tantos miles de libros vendidos el hombre se da el gusto de decir: "Tener memoria te permite saber que las Torres Gemelas se han caído muchas veces en 3000 años. Que Sarajevo ocurrió y seguirá ocurriendo”. La cultura no resuelve nada, pero es lo que te permite no gritar cuando se cae el avión. Y afrontarlo con serenidad".

Fernández Díaz dijo: "Sin jactancias y sin desmayo, Arturo ha venido convenciéndonos de que es un autor profesional y un tipo muy duro. Ha estado efectivamente 21 años en la guerra. Ha entrevistado a los delincuentes más peligrosos de España...". Y allí matizó el escritor: "Incluidos los políticos", lo que provocó la carcajada general de la concurrencia. Completó Pérez-Reverte su idea sobre la clase política: "Yo antes pensaba, cuando era más joven e ingenuo, que era un plan. Decía que a los políticos no les convenía que la gente fuera culta. Pero después me di cuenta de que es mera estupidez. Un ministro analfabeto quiere que todo el mundo tenga la cultura a su nivel. De ahí mi desconfianza de la clase política".

Y completó su idea con un recuerdo sobre la Guerra de las Malvinas, que cubrió como corresponsal. "Vi salir en una ocasión a los pilotos de la Fuerza Aérea Argentina, con su bigote, su pelo engominado, su rosario en la muñeca, al ataque de los barcos ingleses. Salieron seis y volvieron tres. Me emocionó ver a aquellos héroes que quedaron sepultados por toda la mierda de la guerra que hizo olvidar a aquellos tipos." Y generó un aplauso emocionado del público.
Última edición por Rogorn el Lun Jul 22, 2013 8:02 am, editado 1 vez en total.

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