'Un día de cólera' (2007)

Comentarios y noticias sobre el resto de los libros de Pérez-Reverte

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Rogorn
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Mensaje por Rogorn » Sab Sep 13, 2014 9:44 am

Efectos propios del amor: ‘Un día de cólera’
José Belmonte Serrano - La Verdad - 21/12/2007

[cortesía del autor, para el foro iCorso. Este artículo será publicado en la Revista ‘Ágora’ (Murcia) en enero de 2008]

Es, para empezar, una verdadera lección magistral para los pocos que aún ponen en duda el exhaustivo y meticuloso trabajo previo de un escritor como Arturo Pérez-Reverte que jamás ha improvisado su labor, sujeta siempre a ese difícil juego con el que trata de poner en equilibrio la realidad y la ficción. Estamos, como él tantas veces ha manifestado en sus comparecencias, ante un lector que escribe novelas. Y un lector privilegiado, muy particular, conocedor de los clásicos y también de la literatura de su tiempo, con una portentosa imaginación, pero con los pies sobre la tierra. Hasta el punto de que incluso cuando inventa se atiene a las más estrictas reglas de la verosimilitud.

Cuando el escritor se aproxima aún más a la realidad histórica, como es el caso que nos ocupa, con los tristes sucesos del 2 de mayo de 1808 en Madrid, la complejidad va en aumento, porque se corre el serio riesgo de caer en lo puramente descriptivo, en lo convencional, con lo que entraríamos de lleno en el trabajo propio de los historiadores, quienes, con tozudez e insistencia, suelen pedir la cabeza de ciertos escritores al no resistir la competencia. En la novela que ahora sale a la luz de Pérez-Reverte no hay tesis. Ni tampoco pedagogía al uso, aunque ésta se pueda desprender de la lectura que cada uno pretenda hacer. El autor intenta ponerse al margen. Actuar como si su ojo fuera una cámara objetiva que se limita a dar fe de los acontecimientos. Y, sin embargo –ahí radica la mayor virtud de este relato–, la voz del propio Reverte no se halla ausente en ningún instante, aunque sabe refrenarse a tiempo para que sea el lector quien se comprometa y tome partido, mientras saca sus propias conclusiones, sin intermediarios. Estamos, en definitiva, ante el Reverte de siempre, con un producto marca de la casa, destilado, genuino, que lleva el inconfundible sello de su autor, que no sólo domina a la perfección las más enrevesadas técnicas narrativas, sino que, asimismo, parece divertirse mientras teclea sobre su ordenador. Pérez-Reverte sabe atenerse a un espacio limitado –el centro de Madrid y algunas calles y plazas aledañas– y a un tiempo preciso: el que va desde las siete de la mañana del día 2 de mayo de 1808, hasta las primeras luces del día siguiente. En esas pocas horas caen casi medio millar de personas abatidas por las soberbias armas del ejército invasor, que no duda en emplear los métodos más disuasorios para poner fin a esta revuelta espontánea del pueblo llano y sencillo.

Para empezar, Pérez-Reverte deja claro –como ha hecho en tantas otras ocasiones tanto en sus obras de ficción (la saga del capitán Alatriste sería un buen ejemplo), como en sus desenfadados y contundentes textos periodísticos– que el pueblo llano, la gente de a pie, la fiel infantería, a la hora de la verdad, cuando es preciso partirse la cara, batirse el cobre, siempre ha estado por encima de quienes lo gobiernan. En esta ocasión, en esta espléndida obra titulada ‘Un día de cólera’, hay un claro mensaje no sólo para quienes ostentan (¿o sería más correcto decir detentan?) el poder, sino también para el resto de las fuerzas vivas de nuestro país, que nunca han sabido estar a la altura de las circunstancias, como los intelectuales o la propia Iglesia, como queda reflejado, con absoluta precisión, en la elocuente pastoral escrita en su día por don Marcos Caballero, obispo de Guadix, quien no duda a la hora de calificar el 2 de Mayo de “sedición o alboroto del ciego y necio vulgo”. Por su parte, el llamado Consejo de la Inquisición no se queda mucho más atrás: “Semejantes movimientos tumultuarios –se afirma en otra histórica pastoral, que Pérez-Reverte reproduce en letra cursiva– , lejos de producir los efectos propios del amor y la lealtad bien dirigidos, sólo sirven para poner la Patria en convulsión, rompiendo los vínculos de subordinación en que está afianzada la salud de los pueblos”.

La novela va creciendo en emotividad conforme avanzamos en sus páginas. Y los nombres de Luis Daoíz y de Pedro Velarde van tomando cuerpo a través de breves pero certeras y magistrales pinceladas en las que se nos refiere la actitud heroica de cada uno de ellos, actuando al margen de sus superiores y poniéndose al frente de un nutrido grupo de ciudadanos que jamás ha tenido un arma de fuego en sus manos. El primero, Daoíz, es un auténtico héroe cansado, como Corso, como Astarloa o Alatriste. El otro, Velarde, un tipo carismático, entusiasta, impetuoso y enérgico. La emotividad llega a su máxima expresión cuando Pérez-Reverte ralentiza la trepidante acción de su novela y relata, con cierto detenimiento, el destino final de los cuerpos, ya sin vida, de estos dos personajes: “Daoíz será puesto en la cripta misma, bajo el altar de la capilla de Nuestra Señora de Valbanera, y Velarde enterrado afuera, con otros muertos de la jornada, en el lugar llamado El Jardincillo. Años más tarde, Herrero atestiguará: “Tuvimos la precaución de dejar ambos cuerpos de los referidos D Luis Daoíz y D Pedro Velarde lo más inmediato posible a la superficie de la tierra, por si en algún tiempo se trataba de ponerlos en otro paraje más honroso a su memoria”.

A la manera barojiana de novelas como ‘La busca’, estamos ante un sinfín de historias de corta extensión, pero de una intensidad sobrecogedora. Relatos de gentes humildes, rescatadas ahora del anonimato, pero comprometidas con ese tiempo que les tocó vivir y morir por una causa que ellos consideraron justa. Gente como José Peña, zapatero de diecinueve años, José Juan Bautista, criado del marqués de Perales, el oficial herrero de cuarenta años Julián Duque o el impresor Cosme Martínez del Corral, quien, tras recibir cuatro balazos, confundido entre un montón de ensangrentados cadáveres, pudo ser rescatado y puesto a salvo: “Peleó con los franceses, fue fusilado y regresó de entre los muertos”.

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Rogorn
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Mensaje por Rogorn » Lun Sep 15, 2014 3:17 pm

“A veces, cabrearse es hasta higiénico”
Entrevista con Daniel Pérez - La Voz de Cádiz – 23/12/2007

-¿Cuál fue su último día de cólera?
-Cuando vi las reacciones del Gobierno al informe PISA. Por lo visto, aquí nadie tiene la culpa de nada.

-¿Cabrearse es sano?
-A veces es hasta higiénico. Conviene echar fuera muchos malos humores.

-¿Y odiar, aunque sea moderadamente?
-Depende de lo que odies. Si se trata de odiar la ignorancia y la incultura, por ejemplo, ese odio también es sano.

-¿Hay algo que le quite el sueño?
-No.

-Elija: escribir o navegar.
-Navegar.

-Navegar o hacer el amor.
-Navegar.

-¿Qué es lo más importante que le ha dado el éxito?
-Libertad.

-¿De qué se declara enemigo?
-De muchísimas cosas. Más que nada de la estupidez, sobre todo cuando está aliada con el poder.

-¿Sigue enganchado a ‘Camera Café’?
-Sí. Aunque también conservo la costumbre, desde hace quince años, de ver cada noche una película diferente.

-«El periodismo es una buena profesión, si se sabe dejar a tiempo». Lo dijo Hemingway. ¿Está de acuerdo?
-Cada día estoy más convencido de ello.

-¿De qué le ha salvado la literatura?
-De la desesperación a la que puede llevarte la lucidez.

-¿La vida de algunos perros vale más que la vida de algunos hombres?
-La vida de todos los perros vale más que la vida de todos los hombres.

-¿Hobbes tenía razón?
-Sí.

-¿Le duele España?
-Cada mañana, cuando desayuno, me duele España.

-¿Por qué no es usted un caballero, «aunque le educaran como tal»?
-Perdón. Sí soy un caballero. Yo puedo decir lo contrario, pero usted no puede decirlo.

-¿Cuándo pensó “así que la vida era esto”?
-Cuando vi el primer muerto.

-¿Qué opinas del “por qué no te callas”?
-Fue útil.

-¿A priori, desconfía más de un concejal o de un crítico?
-No veo la diferencia.

-¿Recuerda su primer titular?
-Sí. ‘Primero fue ‘Príncipe Alfonso’ y luego ‘Libertad’’. Era un reportaje sobre un crucero que iba a ser desguazado.

-¿Usted también guarda una moneda para Caronte?
-Siempre llevo una en el bolsillo.

-¿Alguna duda existencial?
-Desde el momento en el que descubres que te vas a morir, todas las dudas se vuelven relativas.

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Mensaje por Rogorn » Mié Sep 17, 2014 9:48 am

El espesor de la sangre
Enrique Turpin - El Periódico de Aragón - 29/12/2007

Si las novelas incluyeran instrucciones de uso, las que acompañasen a ‘Un día de cólera’, el nuevo libro de Arturo Pérez-Reverte (Cartagena, 1951), advertirían sobre la necesidad previa de extender el mapa que se adjunta con la edición, aconsejarían encender un puro habanero, servirse un brandi añejo gran solera, colocar en el tocadiscos cualquier grabación de la música anfetamínica producida por la Fanfare Ciocarlia e imprimir el abdomen el tiempo que durase el proceso de lectura, para contrarrestar la somatización de la cólera que viene disuelta en la tinta de estas páginas.

Que nadie espere encontrar la carga subjetiva que trascienden las columnas de opinión de Pérez-Reverte. La bilis negra, amargosa y abrojuda que supura la novela viene de las mismas entrañas de la historia que se relata. El escritor resuelve el dilema del tono adoptando una perspectiva distanciada, externa, que evita cualquier atisbo de implicación emocional, lo que aquí ya es un verdadero triunfo, dada la sana tendencia al caldeamiento del académico. La técnica recibe los parabienes de los grandes cronistas de la historia, de algunos artistas de la ficción documental y de pocos periodistas del reportaje.

En ese afán por dotar de fuerza vital los sucesos del Dos de Mayo, Pérez-Reverte se obliga a convertirse en narrador objetivo, con la veracidad de la mirada del testigo pero sin la omnisciencia que diluiría la estrategia documental. Se muestra lo que pasó con todo lujo de detalles, sesudamente escrutados y religados, ajenos a cualquier intento de falacia. El lector asiste desde las primeras horas del alba a la condensación de energía que se va apoderando de la villa hasta el estallido final y los rescoldos de la sofocación por parte de las fuerzas de Napoleón.

Fue aquel un encuentro entre dos formas dispares de entender el honor, de apreciar el espesor de la sangre y de tratar de hacer historia: la bravura del gentío madrileño, armado con navajas cachicuernas de dos palmos de hoja, sartenes, tijeras oxidadas o tiestos, contra la de los adiestrados jóvenes soldados franceses y los expertos mamelucos egipcios. El resultado fue medio millar de bajas.

La mirada narradora traza agresivos movimientos zigzagueantes, presentando todos los frentes, como si el narrador complementara sus palabras con la imagen procedente de una cámara plantada en una grúa de poderoso brazo articulado. De la Puerta de Toledo a Fuencarral, del Buen Retiro al parque de Monteleón, deteniéndose en cada esquina, compendiando centenares de legajos en sus 400 páginas. La novela "huele a entrañas rotas y vísceras abiertas", pero también a osadía, a vileza y a ocasión perdida. Pocas veces se estuvo tan cerca de una renovación social en España, pocas veces un pueblo estuvo más cabreado. ¡Feu!

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Mensaje por Rogorn » Jue Sep 18, 2014 9:50 am

‘Un día de cólera’, retrato colectivo de España
José Antonio López – Milenio – 30/12/2007

En entrevista con ‘Milenio’, el artista hispano Arturo Pérez-Reverte habla sobre su último libro, en el que narra la guerra de independencia de su país, ocurrida el 2 de mayo de 1808, la cual —dice— no fue un movimiento patriótico sino un día de cabreo.

“Es que fui puta antes que monja. Muy puta. 21 años dan para mucho”, es una de las primeras frases que dice Arturo Pérez-Reverte, que sigue sin acostumbrarse a las entrevistas y que prefiere las “charlas entre colegas”, esas pláticas interminables de cantina que tanto le gustan. Mira con curiosidad la grabadora y hasta juguetea con ella. Recuerdos de una profesión que no echa de menos porque sigue considerándose —“faltaba más”— periodista.

Hace casi dos semanas salió a la venta en España ‘Un día de cólera’ (Alfaguara), la nueva novela del escritor murciano que narra “desde adentro”, con base en testimonios reales —registrados en los archivos— de las víctimas y testigos, los hechos del 2 de mayo de 1808 en Madrid, fecha en la que se produjo la rebelión contra la ocupación francesa de la ciudad, y que se extendió por toda España. Es el origen de la Guerra de la Independencia Española.

-¿De verdad, a partir de ahí, surge el germen de las dos Españas?
-Es casi de las tres, como bien me decía un buen amigo hace unos días. Están las dos Españas, la España reaccionaria de sacristía y de defender la monarquía y la iglesia, la España moderna, la España irreverente, y también está la gran España indiferente que ese día se quedó encerrada en sus casas para mirar desde allí quién era el ganador. El 2 de Mayo no fue un movimiento patriótico, fue un día de cabreo.

-Qué decepción tan grande para los que han hecho del 2 de Mayo un símbolo patrio, ¿no?
-Sigue siendo un símbolo patrio. Lo que pasa es que la patria vino después. La patria vino el día 3 de mayo. Fue cuando la nación realmente tomó conciencia de ello y se echó a la calle a pelear. Creo que en la calle no hubo más de 3 mil personas combatiendo. Se nos ha vendido como la nación entera en la calle, y no es verdad. La gente humilde, los albañiles, las putas de Lavapiés y los chulos del Rastro, pero la gente de orden y de alta clase se quedó en sus casas. Todas esas personas, que pelearon con dos cojones para que después viniera un rey hijo de puta como Fernando VII y unos curas fanáticos… Qué pena, la falta de cultura, de buen gobierno y de decencia de España. Podría haber sido una guerra de liberación constitucional, y sin embargo trajo el absolutismo y el olor a rancio de la sacristía cerrada. Todo lo estamos pagando, todavía lo estamos pagando.

-Lo que está claro es que no se ponen de acuerdo en el relato, en la lectura de los hechos históricos, no solamente en España sino en todas partes.
-Es que la historia en España se ha convertido en un arma arrojadiza. Fíjate en el 2 de Mayo, que ha sido una fecha manipulada: el absolutismo lo hizo suyo, también lo hizo suyo el carlismo, la primera y segunda república, el franquismo… Pero realmente pasa algo muy importante: te das cuenta de que esta fecha la puede hacer suya todo el mundo, que estés donde estés puedes considerar el 2 de Mayo como una fecha importante en la historia de España. Algo bueno tendrá el agua cuando la bendicen.

-En la novela, llama mucho la atención la forma de narrar historias de personajes desdibujados que son protagonistas, algo similar a lo que hiciste en ‘Cabo Trafalgar’. He contado al menos unos 400, con nombre y apellido.
-Es que hay una ventaja, porque después de la guerra cada familia tenía al menos dos testigos de lo que había pasado, y por lo menos se conservan 409 expedientes de muertos y 160 de heridos. Entonces, ha sido fácil obtener la información, manejarla y estructurarla. Esa era la idea.

-Algo que también resalta son los cameos de lujo, por ejemplo el de Goya, que tiene una posición valiente y ceñuda, como dices, ante los hechos.
-Es una paradoja muy singular: ese día la tragedia gorda fue la de esa gente, la gente culta que sabía que la modernidad venía por Francia y que echarse a la calle era defender una monarquía corrupta, una iglesia fanática y atrasada, y a una España vil e infame, pero ¿qué haces si están matando a los tuyos?... Esa tragedia fue terrible. Por eso intenté irme a Goya. Cuando miras sus grabados te das cuenta de que fue un pintor políticamente incorrecto. Sus cuadros no gustaron entonces, porque eran demasiado crudos, no había buenos ni malos. Ese Goya que pinta al español tan salvaje como al francés, ese Goya que pinta al español con recelo de él, que dice “este español que amo, porque es mi compatriota, pero al mismo tiempo qué oscuro, qué salvaje, qué reaccionario”, este hombre está luchando por una causa equivocada. Ese Goya contradictorio y atormentado es muy indicativo. Por eso llamo a la novela ‘Un día de cólera’.

-De todas formas, la modernidad, por mucha que sea, cuando te la traen con los fusiles por delante y a caballo, cuesta más trabajo digerirla, ¿no?
-Esa es la tragedia. Que vino así, y así se rechazó Lo malo es que esa gesta, que fue épica y sin duda admirable, hizo posible después que llegara un rey como Fernando VII, el rey más infame de la historia de España.

-Por cierto, entre Fernando VII y Francisco Franco, ¿con quién te quedas?
-No lo sé. Pero Fernando VII fue quien hizo posible a Franco. Para mí ahí está la mayor maldad del personaje.

-Desde la ignorancia, en cuanto a la lista de personajes ¿qué es un “Manolo” y un “sangrador de la calle”?
-Un “Manolo” era un chulo castizo, un chuleta, un madrileño de estos de ahora, con navaja, de clase baja. Y un sangrador era un tipo que hacía sangrías, era un barbero. Antes los barberos también hacían sangrías a los enfermos, que consistían en punzar las venas o aplicar sanguijuelas para extraer sangre, y con eso se aliviaba la tensión, varios males.

-¿Qué habrías hecho el 2 de Mayo?
-Pues esa es la duda terrible. Yo fui educado, como casi todos aquí, con los libros de Luis Vives, pero sin duda habría salido a pelear con los españoles, porque eran mis compatriotas. Lo que pasa es que ahora que te das cuenta por quién luchabas, pues está jodido. Lo cierto es que los dejaron solos, la gente humilde fue la que luchó. ¿Qué hago yo?... Con la lucidez que tengo ahora, pues cómo no vas a pelear si estaban matando a tus vecinos, al quiosquero, al panadero...

-Explícame el grito popular en el libro de “¡Vivan las cadenas!”
-Pues es el terrible grito que zanja esta historia. Demuestra que la gente no se levanta para defender la libertad, sino para defender a un rey y a una iglesia. La gente es inculta, ignorante de la época. Cuando vuelve Fernando VII después de la guerra y se carga toda la Constitución y machaca todo lo que es libertad y nación independiente, el mismo pueblo que luchó contra los franceses ese día acoge a Fernando VII diciendo “¡vivan las cadenas!”, “¡viva la sumisión!”, “¡viva la monarquía!”. Esto demuestra que el pueblo no lucha, insisto, por la libertad, sino por cabreo. Eso es lo terrible. Insisto, lo seguimos pagando.

Durante más de dos décadas, Arturo Pérez-Reverte estuvo en el campo de batalla, como reportero y literalmente: Chipre, Líbano, la guerra de Eritrea, la campaña de 1975 en el Sahara, las Malvinas, El Salvador, Nicaragua, el Chad, las guerrillas del Sudán, etc, aunque toda aquella experiencia prácticamente sólo la ha contado en ‘Territorio comanche’, un libro que oscila entre la crónica y el manual de supervivencia. Quizá por ello su literatura oscila entre la realidad y la ficción, porque la saga del capitán Alatriste, por ejemplo, ha logrado que muchos españoles se interesen de nueva cuenta por su pasado, al grado de convertirse casi en un libro oficial en las escuelas de aquel país.

Su más reciente título, ‘Un día de cólera’ –que aparecerá en México a fines del primer trimestre de 2008–, no es considerado ficción ni libro de Historia, y tampoco tiene un protagonista, sino trae el presente a los hombres y mujeres envueltos en los sucesos del 2 de mayo de 1808 en Madrid. Informes militares y memorias sacadas de los archivos, de lo que busca convertirse en un retrato colectivo, su propia mirada acerca de hechos ocurridos hace dos siglos, algunos de hechos encabezados por seres que se perdieron en el anonimato, como una especie de continuación de esa especie de rescate de la historia española que compartido con las aventuras de Alatriste, que ya llegó a su sexta entrega con ‘Corsarios de Levante’. Una saga que aún no termina, pues Pérez-Reverte ya anunció que todavía quedan dos entregas más del capitán.

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Mensaje por Rogorn » Sab Sep 20, 2014 12:43 pm

Arturo Pérez-Reverte: 'Un día de cólera' (Alfaguara, 2007)
Justo Serna - ojosdepapel.com - 08/01/2008

'Un día de cólera' (2007), la nueva novela de Arturo Pérez-Reverte, es la crónica del 2 de mayo de 1808. Desde luego, crónica y novela no son el mismo género. La primera pertenece a la tradición historiográfica y periodística: parte del principio de fidelidad factual, del criterio de verdad como principio regulador. La segunda pertenece al dominio de la ficción: supone, pues, la invención de hechos para personajes que también pueden ser puramente imaginarios. De entrada, verdad e invención no parecen compatibles. Y, sin embargo, Arturo Pérez-Reverte lo intenta. Por eso, son muy interesantes y discutibles las revelaciones del autor: el párrafo inicial que Pérez-Reverte pone como frontispicio de la obra y el repertorio bibliográfico final en el que el escritor revela las fuentes de sus datos. Un novelista no está obligado a presentar sus fuentes, porque en el género que cultiva se tolera la imaginación: la invención, la pura fantasía, incluso. Y, sin embargo, Pérez-Reverte nos ayuda y nos aclara su función.

Ese primer párrafo funciona como un introito informativo: como una declaración de principios epistemológicos y metodológicos. Interesa leerla para comprobar de qué manera Pérez-Reverte fundamenta el conocimiento y de qué modo salta la barrera que separa la novela histórica de la disciplina histórica. El párrafo inicial y la bibliografía son propiamente paratextos (palabras externas que rodean al texto): al autor le sirven para mostrar y para enmarcar. Allí se reúnen explícitamente las marcas de historicidad, por decirlo con Krzysztof Pomian ('Sobre la historia'). Pero, atención, no es raro que los paratextos informativos sean inventados; es decir, no es infrecuente que en ciertas novelas puedan tomarse como parte misma de la ficción: véase, si no, el texto introductorio “explicativo” que Umberto Eco colocara al inicio de 'El nombre de la rosa' –'Naturalmente, un manuscrito'–, texto ficticio que le sirvió para justificar el uso de un expediente literario mil veces empleado: el del manuscrito hallado. Sobre eso ya escribí en 'El País'.

“Este relato no es ficción ni libro de Historia”, dice Pérez-Reverte en ese párrafo inicial. “Tampoco tiene un protagonista concreto”, añade, “pues fueron innumerables los hombres y mujeres envueltos en los sucesos del 2 de mayo de 1808 en Madrid”. El autor ha reunido multitud de testimonios y fuentes históricas, instrumentos que “aportan datos rigurosos para el historiador y ponen límites a la imaginación del novelista”. Es decir: al documentarse, Pérez-Reverte habría obrado más como historiador que como novelista. Según se establece convencionalmente, el creador de ficciones no está obligado a justificarse (pudiendo entregarse, pues, a la invención); el investigador, por el contrario, precisa confirmar la autenticidad de sus informaciones (excluyendo, por tanto, lo puramente imaginario). Entonces, ¿qué es lo que convierte en novela (en relato con elementos imaginados) el libro de Pérez-Reverte? Entre otras cosas, novela es licencia para imaginar. ¿Qué es lo imaginado, pues, en 'Un día de cólera'? Básicamente, sólo es novela “la humilde argamasa narrativa que une las piezas”, exhumadas con fidelidad factual (personas, lugares, sucesos narrados “y muchas de las palabras que se pronuncian”). O, en otros términos, las licencias propias de novelista son la escritura que da forma a todo ese material, la ordenación narrativa y parte de las palabras pronunciadas por sus protagonistas históricos. La mera suma de los documentos no daría como resultado la misma obra: sólo una gavilla de datos. Pero si la novela se consuma por la intervención del autor que ordena y narra, entonces ese acto parece igualmente contradictorio: al concebir el libro como una crónica, la sucesión de lo contado se atiene a una estricta cronología, a lo acontecido y en el orden de lo ocurrido. ¿Qué sentido hay que darle a esto último?

La observancia del tiempo real y su puntual precisión (calculando cuándo hay que decir la hora de los hechos para así informar al lector) son convenciones de la crónica, pero sobre todo le sirven al narrador omnisciente de 'Un día de cólera' para provocar un efecto de realidad. Es una crónica en tiempo real, pero en la que el cronista ya sabe cuál es el resultado, lo que pasa y su futuro, las consecuencias de los hechos. Por ejemplo, en la página 13 son las 7 horas; en la 41, ya son las 8; en la 89, son las 10:30 horas; en la 175, son “sobre las doce y media”; en la 195, aún no es la 1 de la tarde; en la 281, ya es esa hora; en la 294, nos hallamos “entre la una y las dos de la tarde”; en la 319, el narrador nos dice que es “poco antes de las tres”. Etcétera, etcétera. ¿Para qué sirve esa precisión horaria? Por ser crónica, el tiempo es el principal protagonista (algo que ya subrayara Mijaíl Bajtin): vemos cómo trascurre y cómo devora a esos títeres que son los humanos que se enfrentan; y vemos cómo se desenvuelven los hechos sin que la arbitrariedad del autor, la licencia del novelista y la libertad del creador puedan frenar lo que es un proceso ineluctable y ya ocurrido. Por un lado, Pérez-Reverte demuestra ser disciplinado con lo que documenta y narra, algo que pertenece a la historia y no a la imaginación. Pero, por otro, con esas precisiones cronológicas le da fatalidad a su relato, como los clásicos, como en las crónicas tradicionales: la verdad de la vida es lo inexorable del tiempo.

En este sentido, la novela de Pérez-Reverte es un interesante experimento… algo anacrónico: en parte recrea los procedimientos del cronista, repite fórmulas ya ensayadas por Heródoto, por Tucídides o, más modernamente, por Daniel Defoe (por ejemplo en 'Diario del año de la peste') y por Leopold von Ranke: y tras ellos por tantos y tantos historiadores y reporteros. Sabe hacerlo bien, sabe simplificar y sabe salir airoso de una prueba que, tal vez, convenga aprobar: que el público lector se entere de que los heroicos madrileños del 2 de Mayo eran en buena medida un populacho corajudo y desorientado que se entregaba a una lucha desigual y condenada, reprimida con dureza literalmente inenarrable. Que el público lector se entere, ésa es la clave de este relato. De entrada, esta técnica tradicional de narrar refuerza lo relatado, dado que la voz que detalla y confiesa es escrupulosamente informativa. Pero en 'Un día de cólera' lo excesivamente informativo peca en ocasiones de didactismo: así podemos leer precisiones sobre el porvenir de los personajes después de aquel 2 de Mayo. Dicha operación, muy frecuente en esta novela, le quita a lo sucedido esa circunstancia imprevisible y azarosa que el lector espera descubrir en esta… ¿ficción?: sabemos hacia dónde vamos, cuál es el fin y cuáles los principales elementos del drama.

Pero lo significativo de este relato no es su artificio, sino su protagonista: esa masa popular que se amotina. Con la novela averiguamos qué hace y cómo se conduce. Contar las vicisitudes de los numerosos personajes que aquí se exhuman podría ser un acto de justicia reparadora hacia tantas vidas olvidadas. En la microhistoria, el investigador se interesa, por ejemplo, por un individuo: alguien ignorado por la gran historia. El microhistoriador rastrea su nombre en los archivos y, si hay suerte, nos informa quién fue ese tipo, qué hizo, incluso qué pensó o declaró ante sus contemporáneos. ¿Para qué regresar a esas vidas menores? ¿Qué enseñanzas podemos extraer? Documentar lo pequeño nos permite averiguar qué significa vivir ordinariamente; nos permite comparar: cualquier existencia es interesante observada de cerca. Por eso, de una biografía siempre aprendemos… ¿Generaliza la microhistoria? En cada caso hay un elemento irrepetible, incomparable; y, en cada muestra, hay otro ingrediente propiamente universal. Cuando el microhistoriador echa un vistazo a un personaje modesto del pasado se pregunta cómo se planteó aquél los problemas esenciales de la vida, cómo resolvió sus retos, cómo fracasó finalmente. No puede generalizar sin más dicha experiencia, pero tampoco puede tomar al individuo humilde como comparsa de un universo más vasto y significativo. No somos marionetas: en cada uno de nosotros se da el hecho de existir irrepetiblemente acumulando a la vez experiencias propias, enseñanzas ajenas, legados de la tradición, influencias del contexto. Somos capaces de decisiones audaces o previsibles. En principio, que Pérez-Reverte quiera “devolver a la vida a quienes, durante doscientos años, sólo han sido personajes anónimos en grabados y lienzos contemporáneos, o escueta relación de víctimas en los documentos oficiales” es algo que le aproximaría al microhistoriador.

Pero, quizá, cuando leemos su obra tenemos la impresión de que lo que se propone –exhumar tantas vidas— es una proeza excesiva. El microhistoriador reduce su campo de observación y, por decirlo así, desentierra a muy pocos personajes históricos. ¿A qué se debe? A la dificultad de documentar la vida de individuos modestos (que generalmente dejan escasa huella de sí) y a la complejidad significativa de cualquier existencia personal, algo que no se resume en un hecho o acontecimiento, por importante que sea. ¿Cuál es el significado de nuestras acciones? ¿Se resume nuestra vida en un acto que da sentido a todo lo que precede? Con su exhumación, Pérez-Reverte básicamente se preocupa de insertar a cada uno en contexto. Salvo algunos caracteres que cobran cierta hondura (como Luis Daoíz y Pedro Velarde), los restantes acaban teniendo un papel escaso o instrumental, plano (en la acepción que le diera EM Forster a esta palabra en 'Aspectos de la novela'): su vida o su protagonismo podrían resumirse en una frase y en un párrafo o párrafos. ¿Por qué obra así? Porque no todo puede contarse, porque no todo puede documentarse, porque empujan el tiempo que transcurre y los otros que tendrán sus minutos o sus párrafos de gloria o abyección. En realidad, más que la vicisitud de este o de aquel, lo que al autor parece interesarle es la acción colectiva, el pueblo frente a las tropas napoleónicas: Francia y los actos airados de esa muchedumbre que se siente vejada, esa turba que se levanta contra quienes ve como usurpadores. Reflexionemos sobre este hecho.

Para todos nosotros y para nuestros antepasados, Francia ha sido un símbolo ambivalente y simple. Por un lado, encarnaba y aún encarna la Ilustración intelectual, la libertad civil, la cultura milenaria, ese refinamiento civilizado de lo parisino; por otro, la historia contemporánea de Francia representa la violencia política, el alboroto urbano, las revoluciones de 1789, de 1830, de 1848, la Comuna obrera, el Mayo del 68 o, más recientemente, la agitación de las "banlieues". Con la obra de Pérez-Reverte estamos en 1808: Madrid está invadido por las tropas imperiales y Napoleón impone su dominio sobre el Continente. Estamos a 2 de Mayo. Un cerrajero levanta la voz frente al Palacio Real y con su grito desgarrado expresa el malestar de la muchedumbre madrileña, ese oprobio que provoca la ocupación francesa: lo que se ve como una ocupación. Sin guía, con espontaneidad y con pasión, quienes allí están secundan su protesta. Comienza un choque sangriento y, sobre todo, se consuma el sentimiento antifrancés que desde tiempo atrás muchos padecen. En Madrid, un 2 de mayo, la multitud se reúne y se levanta. Murat, el ocupante francés, emplea unos treinta mil soldados para contener, desarmar y liquidar a los amotinados y a los resistentes. ¿Quiénes son? Militares españoles del Parque de Artillería Monteleón, encabezados por Daoíz y Velarde, y por el populacho. Así lo califica Murat. Su decreto es terminante y las consecuencias de su represión, sangrientas. Se dictan sentencias de muerte contra el pueblo en armas, pero también serán ejecutados numerosos civiles que no participan en el motín.

A lo largo del tiempo, lo que más ha llamado la atención de aquella mañana de mayo es el desigual combate: la firme oposición del pueblo frente a un ejército invasor, el Ejército napoleónico, portador de las ideas revolucionarias, pero también usurpador. En la mañana del 2 de Mayo de 1808 comienza un fiero combate de gentes desarmadas o mal armadas contra unas tropas bien pertrechadas, mayores en número y duchas en tácticas y estrategias. El bajo pueblo alborotándose contra un poder ilegítimo o avasallador es una imagen muy llamativa. La algarada o la revuelta son algunas de las acciones colectivas más antiguas y son, a la vez, el origen de los modernos movimientos de masas. Es curioso: lo que en Madrid se emprende en 1808 –fundacional y creador– no es algo nuevo, pues los alborotos ya se conocían en la España y en la Francia del Setecientos, de Esquilache a la Bastilla. Pero es un acto cargado de futuro, un tipo de acción colectiva que marcará el devenir de la política, francesa y contemporánea: la movilización de masas, movilización intensa o extensa, bajo la forma de motín o de mitin.

Todo el debate contemporáneo gira en torno a la masa y a la movilización. La aglomeración es el dato distintivo de lo reciente… “Las ciudades están llenas de gente. Las casas, llenas de inquilinos. Los hoteles, llenos de huéspedes. Los trenes, llenos de viajeros. Los cafés, llenos de consumidores. Los paseos, llenos de traseúntes. Las salas de los médicos famosos, llenas de enfermos. Los espectáculos, como no sean muy extemporáneos, llenos de espectadores. Las playas, llenas de bañistas. Lo que antes no solía ser problema, empieza a serlo casi de continuo: encontrar sitio”, decía José Ortega y Gasset con tono sorprendido y lastimero. “Ahora, de pronto”, todas esas masas de población “aparecen bajo la especie de aglomeración, y nuestros ojos ven dondequiera muchedumbres”, añadía. Pero lo significativo no es el número, sino la cualidad, el impulso que todos esos individuos dan a la acción colectiva: la movilización. El número importa, ya lo creo que importa: como importan las acciones sumadas. La cosa no tiene remedio. Ya no lo tenía cuando Ortega deploraba el estado masivo (1930): las masas son imprescindibles para traer la democracia (aunque también los regímenes totalitarios); pero ahora, además, se añaden los "mass media", cuya importancia el filósofo no pudo diagnosticar.

En 1808, como dice el narrador omnisciente de 'Un día de cólera', es el rumor aquello que moviliza a la masa urbana y menestral: la especie o el chismorreo más o menos fantasioso. En efecto, la acción colectiva –es decir, política– comienza cuando una noticia más o menos documentada o probada justifica las decisiones de una muchedumbre, cuando espolea su rabia o su orgullo. Quizá las masas tengan objetivos racionales, metas lógicas o preferencias que se pueden fundamentar, pero esas mismas masas no obran racionalmente cuando actúan de consuno, se nos ha dicho mil y una veces. Y, mal que nos pese, hay mucho de cierto en ello. Individualmente somos capaces de discernir con objetividad y distancia: igual que somos capaces de perder la razón cuando nuestras epidermis se rozan y los fluidos se nos mezclan. En la masa, en efecto, hay algo de carnal y placentero, de comportamiento hedonista, de mutuo libramiento. Lo dijo Elías Canetti. Colectivamente, reunidos en un espacio físico, sometidos a los mismos estímulos, nos desindividualizamos: es fácil perder el sentido de la medida; es frecuente dejarse arrastrar por lo simple, por lo inmediato, por lo pasional. Como he dicho, un rumor puede ser una noticia más o menos documentada, pero lo que da fuerza a ese murmullo es el acicate emocional que provoca, si hay sentimientos en juego: una especie que los hechos parecen corroborar totalmente. En la mañana de 1808, los acontecimientos en parte desconocidos se explican por rumores que se difunden en la Villa y Corte: los chismes son medianamente ciertos, pero sobre todo esas habladurías, certezas y embustes alivian la incertidumbre. La información acalla y enerva a la vez.

Una muchedumbre físicamente congregada en un espacio es eso: una masa. Pero un público diseminado que responde a los mismos estímulos o a la misma información… también lo es. Lo masivo no es sólo el número, algo relativo: lo masivo es aquello que une a distintos individuos, esa emoción de la que son copartícipes, estén o no juntos. En el Madrid de 1808 había una muchedumbre de amotinados, gentes vinculadas por una misma pasión. En el Madrid de 2008 (como en otras ciudades) hay también una masa de espectadores que quizá no coincidan en el foro, en la plaza. Ahora bien, se expresan emocionalmente viendo los mismos programas televisivos, leyendo los mismos periódicos, escuchando las mismas cadenas de radio, visitando los mismos sitios electrónicos… y compartiendo después sus impresiones. ¿Quién de nosotros no vive bajo ese efecto?

En la descripción de la masa que hay en 'Un día de cólera' se repite una clave que ya conocemos, que ya le conocíamos: aquel argumento que procede del 'Cantar del Mío Cid' según el cual «Que buen vasallo si oviese buen señor…» Ése es el subtexto interpretativo que constantemente aparece en sus novelas históricas: desde 'El capitán Alatriste' hasta 'Cabo Trafalgar'. Podría resumirse así: el coraje o el heroísmo españoles son algo admirable pero desorientado. Hay una crisis; hay una situación extrema que exige algún tipo de intervención; hay una circunstancia que obliga. ¿Y qué nos encontramos? Unos gobernantes que siempre acaban traicionando al buen pueblo, al "menu peuple" (por decirlo a la francesa); unas clases dirigentes que abdican de su condición y que, como mucho, ejercen la pura, la estricta dominación; un estamento intelectual que, lejos de comprometerse, se contiene reflexiva o cobardemente, etcétera. ¿El resultado? Generalmente, un desastre: un Imperio en quiebra ('El Capitán Alatriste'); una Armada desarbolada y hundida ('Cabo Trafalgar'); una Nación política aún incipiente y ya saqueada ('Un día de cólera').

En 'Cabo Trafalgar', el mensaje histórico que había implícito, finalmente explícito, era una exaltación del pueblo, esa celebración del buen vasallo sin buen señor, quizá una adulación tópica que confirma estereotipos de la historia española: los políticos miserables que gobiernan una nación corajuda y engañada. En 'El capitán Alatriste' hay algo de esto: un vasallo intrépido que perece por el mal gobierno. “No era el hombre más honesto ni el más piadoso, pero era un hombre valiente. Se llamaba Diego Alatriste y Tenorio, y había luchado como soldado de los tercios viejos en las guerras de Flandes”, nos dice Íñigo Balboa al comienzo de la serie novelesca que Pérez-Reverte le dedica. Ese "incipit" es el final de la película 'Alatriste', de Agustín Díaz Yanes. De individuos valientes está poblado el mundo de Pérez-Reverte, de personajes, tal vez brutales, pero con un punto de honradez que los hace, en el fondo, varones decentes, gente de fiar. Ese elemento forma parte de la novela de aventuras (del género de aventuras): desde Dumas hasta Stevenson. En efecto, John Long Silver es, por ejemplo, ese bucanero brutal en el que puede confiar Jim Hawkins. Pero dicho motivo, la rudeza decente de la amistad, suele tener en Pérez-Reverte una derivación más o menos patriótica. En sus novelas, lo nacional no aparece de manera enfática (al modo de Pérez Galdós), pues es el bajo pueblo quien cobra protagonismo. Pero esa fatalidad y ese arrojo con que los españoles, ciertos españoles, se enfrentan a sus enemigos pueden y suelen sobreinterpretarse en clave nacional.

Por ejemplo, cuando se estrenó 'Alatriste', el film de Díaz Yanes, su personaje sirvió para hacer metáfora de la historia y del presente. En una Tercera de 'ABC' (3 de septiembre de 2006), José Antonio Zarzalejos se lamentaba de que lo español se hubiera convertido, al igual que el Estado y la Nación, en algo residual. “La cuestión no consiste en la formulación de ese supuesto catastrofismo según el cual España se rompe, sino en un proceso mucho más sutil y pernicioso: España se evapora. O, por ser más exactos, a España la están evaporando, en el sentido de hacerla desaparecer sin que se note la dilución”. Y añadía: “esta situación carencial -la desaparición por evaporización de lo español- no se va a remediar mediante políticas públicas para las que no hay voluntad sino a través de los nuevos medios y modos de conocimiento con un alcance masivo. Me refiero, por ejemplo, al cine, que ha jugado un papel determinante en el patriotismo estadounidense, y me refiero también a la literatura histórica que ha acertado a relatar -enhebrando ficción y realidad- los pasados, buenos y malos, de las naciones en las que sus dirigentes repudian su pretérito común. Digo todo lo cual, para agradecer a Arturo Pérez-Reverte, escritor, académico y periodista, su hallazgo literario de un personaje”: Diego Alatriste. Algo semejante se ha dicho del protagonista colectivo de 'Un día de cólera': la Nación en armas.

Querer convertir la literatura (o el cine) en instrumento de nacionalización, en lección para colectividad, es algo que ya se ha dado en la propia España y en otros países. Pero es una operación anacrónica: algo que hoy contradicen el sentido de los tiempos y la marcha de la cinematografía y la novela. Aunque, más que eso, me resulta raro el uso de la analogía histórica con la que operaba Zarzalejos. De algún modo, al capitán Alatriste le duele España, el mal gobierno al que él se somete irreparablemente, pero también le duele ser español, a pesar del Imperio, ya en decadencia. No obstante, Zarzalejos añadía algo más en su analogía. Con iniciativas patrióticas como ésta –en la que se funden lo literario y lo cinematográfico–, se puede enseñar divirtiendo a la sociedad española. Y concluye: “Alatriste, que no es, según su feliz partero, ni «el más honesto ni el más piadoso», es todo un héroe -y un héroe español- construido con materiales que ahora no se llevan. No es un Harry Potter, tampoco es un Indiana Jones, y resultaría imposible que lo representase Tom Cruise. Arturo Pérez-Reverte ha elaborado un personaje de leyenda con denominación de origen: español. O en otras palabras: Alatriste es, también, un desafío a lo políticamente correcto porque se fragua en todo aquello que la corrección impugna, esto es, el limo del lecho de un río histórico con tantos siglos de fluencia en la cuenca del tiempo como es España y su pasado”.

Lo que el director de 'ABC' olvida en su moraleja es que aquel soldado de fortuna era en buena medida un bribón, tenía mucho de rufián, un matón que se vendía al mejor postor: “cuando lo conocí en Madrid malvivía, alquilándose por cuatro maravedís en trabajos de poco lustre, a menudo en calidad de espadachín por cuenta de otros que no tenían la destreza o los arrestos para solventar sus propias querellas”, añadía Íñigo Balboa, el narrador. ¿Es en ese espejo en el que hemos de mirarnos, el de un soldado de la decadencia, de cuando en Flandes remitía la grandeza imperial de la Monarquía Católica?

¿O deberíamos mirarnos ahora en aquel pueblo de 1808 que, según dicta la tradición, se levantó con patriotismo contra el Usurpador? Las tropas napoleónicas avanzaban por el Continente bajo las enseñas revolucionarias. El pueblo madrileño que se levanta era corajudo y feroz. “Los madrileños luchan en el bando equivocado ese día”, dice Pérez-Reverte en una entrevista concedida a 'El País'. ¿Para qué luchan? “Para restituir el viejo orden, casposo, ruin. Esa épica callejera nos metió en una pesadilla que arrastramos hasta hoy, ahí nacen las dos Españas. Insisto: ¡maldito sea el día! El drama del Dos de Mayo no es sólo el de los 400 muertos españoles censados. Es el de la inteligencia, el drama de los lúcidos. De la gente que sabe que la razón, el progreso, está del lado de los franceses, que el futuro es ése. Y que combatir a los franceses es defender a unos reyes incapaces y a unos curas fanáticos”. Ése es el drama del que aún no nos habríamos repuesto: el del español mal orientado y rabioso, el del “español tan peligroso”, concluye Pérez-Reverte. De todos modos, por mucho que el autor se exprese así -por mucho que interprete los hechos que él narra-, sus novelas facilitan esa interpretación patriótica de la que él mismo desconfía. 'Un día de cólera', también. A mí me permitirán, sin embargo, que la haya leído sobre todo como una reflexión sobre la masa, como el relato de la muchedumbre alborotada, como la crónica de una multitud cuya perturbación la provocan el rumor, la mala información, las emociones primitivas, la realidad vivida como ultraje.

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Mensaje por Rogorn » Dom Sep 21, 2014 10:33 am

¿Error en 'Un día de cólera'?
capitan-alatriste.com - 08/01/2008
http://www.capitan-alatriste.com/module ... pic&t=2124

'Un día de cólera' - Comentarios de los foreros
capitan-alatriste.com - 11/01/2008
http://www.capitan-alatriste.com/module ... pic&t=2129

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Mensaje por Rogorn » Lun Sep 22, 2014 9:41 am

Se habla de... el Dos de Mayo, con Arturo Pérez-Reverte
Entrevista de Daniel Méndez - XL Semanal - 13/01/2008

Nació en Cartagena (Murcia) en el año 1951. Su última novela, 'Un día de cólera', repasa el alzamiento madrileño del Dos de Mayo de 1808. ¿Objetivo? En este bicentenario, establecer los argumentos que contribuyan al debate contando los hechos con rigor histórico.

-Su libro se ha convertido en el primer acto del bicentenario del Dos de Mayo. ¿Por qué se ha adelantado?
-Quería llegar antes de que empiece todo el ruido de apropiaciones y manipulaciones y establecer unos puntos generales.

-¿No se fía?
-Es una fecha muy golosa. Llevamos 200 años manipulándola. Todos la han querido hacer suya: el absolutismo, la Primera y la Segunda República, la Restauración, el carlismo, el franquismo...

-¿Qué tiene el Dos de Mayo que nos vuelve locos?
-Unos ven el alzamiento de una nación frente al enemigo; otros, al pueblo en pie contra la tiranía. Es la única fecha de la que tanto izquierdas como derechas se quieren apropiar ideológicamente. Esto demuestra que es válida para todos.

-¿Y qué pasará allá por mayo de 2008?
-Estaría bien que surgiera un consenso y no una discrepancia. Es la única fecha en torno a la cual podrían estar abrazados unos y otros. No lo harán, porque son así de estúpidos, pero se podría.

-Ha dicho que es el día en que nacen las dos Españas...
-No, no nacen ahí. Es el día en que uno detecta esa terrible duda que dividirá a las dos Españas: «¿quiénes son los míos?»

-¿Quiénes son los suyos?
-Los míos no son el pueblo inculto y supersticioso que está defendiendo a una monarquía corrupta y a una Iglesia caduca y reaccionaria. Tampoco son los franceses que los están matando. Sin embargo, me siento cerca de ellos porque representan la modernidad. El dilema de la inteligencia; la tragedia de tener que elegir es lo que se pone de manifiesto ese día.

-¿Qué lectura harían Zapatero o Rajoy?
-Pregúnteselo a ellos. Dudo mucho que ninguno haya leído suficiente como para enjuiciar el Dos de Mayo. En cualquier caso, si hablaran sobre la fecha, lo que dijeran me parecería sospechoso.

-¿Cuál es su interpretación de aquel día?
-Siempre se ha vendido que fue una nación que se levantó entera; una ciudad al completo contra los franceses. No es verdad: eso vino después, a partir del 3 de mayo. El día anterior lucharon cuatro gatos. Y fue la gente humilde. La gente de orden se quedó en sus casas.

-Políticos y militares no salen bien parados en su libro.
-No, claro: se mantuvieron a la expectativa. Sólo hubo dos militares de alta gradación que participaron, Daoíz y Velarde. La aristocracia se quedó en sus palacios y los militares, en los cuarteles. Salió el pueblo llano a la calle: el mozo de cuadra, el panadero, la prostituta, el carpintero, el criado de mesón...

-¿Fueron héroes?
-Depende de lo que entienda por "héroe": si es el que se levanta y pelea, lo fueron franceses y madrileños. Pero no fue un día de patria: eso vino después. Éste fue un día de cólera, de cabreo. Fue un día de Intifada.

-En algún foro de Internet le acusan de antipatriota.
-La lucidez no está reñida con el patriotismo. Uno puede admirar mucho su país y ser crítico con él. La izquierda y la derecha en España comparten un error común: piensan que es imposible ver las cosas desde dos puntos de vista al mismo tiempo. Creen que todo es blanco o negro, azul o rojo y olvidan que hay muchas gamas intermedias.

-¿Qué queda de aquella ciudad alzada en armas?
-Muy poco: por eso he escrito este libro. La novela fundamental, que es la de [Benito Pérez] Galdós, ya está escrita. Yo he querido hacer otra cosa, un documento que, sin dejar de ser una novela, mantenga el rigor de un libro de historia.

-¿Le hubiese gustado a él?
-Espero que sí. Al escribirla se la estaba dedicando mentalmente al buen abuelo Galdós. Si no hubiera leído sus 'Episodios nacionales' cuando era pequeño no creo que habría escrito este libro.

-¿Le duele ver el botellón en la plaza del Dos de Mayo de Madrid?
-En Francia o Inglaterra sería un monumento nacional... Por otro lado no me molesta ese carácter popular de la plaza, las pintadas, la chusma, las peleas con la Policía, los botellazos... Es una forma inconsciente de homenaje: sigue siendo un sitio bronco, de insurrección. Cada vez que se monta una bronca se da una cierta justicia histórica.

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Mensaje por Rogorn » Vie Sep 26, 2014 4:37 pm

Pérez-Reverte sostiene que el 2 de mayo fue «una auténtica Intifada»
Gerardo Elorriaga - El Correo - 14/01/2008

La sublevación popular del 2 de mayo de 1808 en Madrid, preludio de la guerra de Independencia, será objeto de análisis por parte del escritor Arturo Pérez-Reverte en un nuevo encuentro del Aula de Cultura de 'El Correo', de la Fundación Vocento. El autor acaba de publicar 'Un día de cólera', un relato que «no es ficción ni libro de Historia» y que ha confeccionado recurriendo a informes rastreados en archivos y memorias de sus actores principales y secundarios.

La obra menciona medio millar de sujetos que tomaron parte en la tragedia, descrita como «una algarada, algo no razonado, hecho con las tripas, muy español» frente a la interpretación historiográfica tradicional, que defendía la puesta en marcha de un motín bien planificado, consecuencia de una previa estrategia militar. El acto, que cuenta con la colaboración de la Editorial Alfaguara, se celebrará a las 20.15 horas, en la Sociedad Filarmónica de Bilbao, y tendrá la forma de un diálogo entre el escritor y la periodista Almudena Cacho.

El pueblo se echó a la calle impulsivamente ante la noticia de que las tropas francesas pretendían llevarse al infante don Francisco, aviso propagado a gritos por el cerrajero Blas Molina. El creador de Alatriste explica el levantamiento como una reacción visceral de la clase urbana menestral, la más humilde, aliada con individuos del lumpen. «Fue una auténtica Intifada», proclama. Unos y otros se enfrentaron sin armas a los treinta mil soldados, bien pertrechados y con larga experiencia militar en Europa, en lo que fue una batalla breve y desigual. Napoleón había manifestado su desprecio hacia los españoles, «una chusma de aldeanos embrutecidos e ignorantes, gobernada por curas», y su corrupta monarquía borbónica, a la que pretende reemplazar por otra dinastía encabezada por alguno de sus hermanos.

El libro retrata una lucha encarnizada y cruel, en la que se recurrió a cuchillos de cocina, tijeras de coser y navajas, una batalla cuerpo a cuerpo que se saldó con la muerte de unos cuatrocientos civiles. La novela relata los avatares, en un escaso número de horas, de los personajes implicados. A menudo, se trata de meros apuntes en el devenir de las escaramuzas, planteadas en tiempo real, aunque también recorre las vicisitudes de algunos de los artífices más destacados, caso de los oficiales Daoíz y Velarde, o el teniente Arango, representantes de los grados medios y soldados españoles del parque de Artillería de Monteleón, también sumados a la rebelión y contrarios a la capitulación, a pesar de la abrumadora superioridad gala.

Al día siguiente, los ocupantes castigaron la iniciativa con ejecuciones ejemplarizantes que Goya inmortalizó en una de sus obras fundamentales. Según declaraciones del narrador, los artesanos, chulos y prostitutas que se alzaron carecían de estrategia o liderazgo, y no contaron con el apoyo del grueso del Ejército nacional, acuartelado y sin suministros. La Iglesia, pese a la participación de algunos sacerdotes, se mostró, al principio, partidaria del orden que significaba Napoleón, y cambió posteriormente de bando. Según sus palabras, la actitud de la autoridad eclesiástica fue «vergonzosa e infame». Para el escritor, fue la pugna entre una población recelosa de los invasores y su fidelidad a la Corona, al Antiguo Régimen, y la ideología liberal, herencia de la Revolución de 1789, que acompaña a las tropas imperiales en su expansión. «Aquel día los españoles lucharon en el bando equivocado», lamenta.

La tragedia del Dos de Mayo no se circunscribe a las víctimas y los represaliados, sino que también alcanza a los personajes locales adscritos al nuevo pensamiento, conocidos como "afrancesados" y considerados traidores por el pueblo, y condenados al exilio. Pero, a juicio del conferenciante, incluso las masas que colaboraron en la posterior reacción nacional, apoyada por Inglaterra, fueron traicionadas, ya que su esfuerzo y victoria final propiciaron la instauración en el trono de un rey oscurantista y represor.

--

Presentación de 'Un día de cólera' en Bilbao
Transcripción de la conversación con Almudena Cacho
14/01/2008

-'Un día de cólera' es un día de rebelión, es un día de venganza, es un día especialmente para el recuerdo, ahora que se van a cumplir los 200 años. Pero, ¿qué es 'Un día de cólera' exactamente para Arturo Pérez-Reverte?
-Bueno, es sobre todo... Para mí es el poner a punto un mito que me ha acompañado desde pequeño. Yo nací en el año 51, estudié con libro de texto de la Editorial Edelvives, en los Maristas, y yo crecí con el mito del Dos de Mayo como el día en el que una nación entera se sublevó contra el invasor francés; un día de independencia, un día de gloria, un día de patria, un día de solidaridad colectiva, y demás. Entonces, bueno, crecí con eso que en aquel momento los textos de aquella época planteaban como elemento educativo. Después, con el tiempo, he ido leyendo, me he hecho adulto, he visto días de cólera en otros sitios, he aprendido sobre el ser humano, sobre la gente, sobre cómo la gente hace las cosas y, en la última etapa, estuve leyendo las relaciones de bajas, de muertos y de heridos y los acontecimientos que hubo en torno a esa fecha. Con lo cual saqué unas conclusiones que eran diferentes a aquellas que yo había creído desde pequeño; o sea, descubrí un Dos de Mayo distinto, un Dos de mayo mucho más limitado, mucho más localizado, mucho más individual, mucho más personal; menos heroico y menos patriótico, en el sentido que me habían estado vendiendo cuando niño. Entonces, dije “¡ah, pues aquí hay una historia!” Entonces empecé a investigar, a bucear en ello. Hay una ventaja fundamental y es que, después del Dos de Mayo, después de la guerra, hubo una petición de dar indemnizaciones a las familias de los que habían muerto o sido heridos en el alzamiento, en el Dos de Mayo. Entonces, todos tienen que presentar dos testigos de lo que pasó, y entonces existen los expedientes con nombres y apellidos y testigos de 409 muertos y 160 heridos. Anduve por ellos al recorrer esos expedientes y ver las historias: María Fernández, pescadera; Paco Sánchez, mendigo; Fulano de Tal, albañil; Pepe Fernández, carpintero... No había ricos, no había militares; todos eran desertores o gente que se había unido a la sublevación por su cuenta. Me di cuenta que era un Dos de Mayo distinto a aquel que me habían contado. Entonces, dije “voy a hacer una historia” y me puse a escribir.

-Respecto a tus otras obras, esta es muy diferente.
-Bueno, no. Es distinta, porque un escritor es un tipo que tiene un territorio y cada libro es una parcela de ese territorio. Lo que pasa es que cualquier lector mío que me conoce sabe descubrirme en cualquier cosa que haga, dice “bueno, aquí está tal”. Todos tenemos nuestras obsesiones y nuestros esquemas, que repetimos, o que vamos persiguiendo ideas, hasta que la centras, como el torero que al final le da el espadazo al toro. Lo que pasa es que es distinto por otras razones, porque cada libro es una aventura diferente, cada libro requiere un tratamiento distinto. Un libro es un problema narrativo que hay que resolver aplicando fórmulas específicas para ese. No valen las mismas para todos. Esta vez yo no podía contar la historia. Yo tenía varios problemas que eran ventajas también, técnicos, quiero decir. Ya estaba escrita la gran novela, que era la de Galdós, con lo cual, yo ya no tenía que hacer esa novela, porque estaba hecha. Yo no podía reescribir a Galdós. Entonces, por otra parte, yo tenía una información que Galdós no tenía. Porque desde Galdós han pasado cien años de investigaciones, de avances científicos, cosas que sabemos, documentos y demás. Yo manejaba información concreta, específica sobre franceses y españoles, que Galdós no tuvo, y además yo tenía los nombres y los apellidos de los muertos españoles. Entonces, la cuestión era cómo lo planteaba, como novela imaginativa o como libro documento. Entonces, tras darle muchas vueltas y buscar, por razones de las que luego hablaremos, quería despojarlo de un montón de cosas -que luego hablamos de esas si quieres- y decidí darle la forma de libro documento, de falso libro de historia. No "falso", porque todo lo que cuento es verdad y lo que sale es auténtico, pero darle una apariencia. Me acordé de lo que había hecho Daniel Defoe con 'El diario del año de la peste' o lo que había hecho John Reed con 'Diez días que estremecieron al mundo' o 'México insurgente', lo que había hecho Larry Collins y lo que hicieron Collins y Lapierre con '¿Arde París?', o lo que hizo Cornelius Ryan con 'El día más largo', que son libros documento, libros reportaje, digamos, donde los testigos hablan y los seguimos en la historia. Y dije “voy a darle esa forma”. Una novela con material real y con una forma de libro documento, un falso documento.

-¿ Y eso fue previo a la investigación documental, a los dos años y medio de trabajo, o surgió mientras se estaba haciendo?
-Surgió mientras lo estaba haciendo. Yo, cuando dije "quiero hacer esto, quiero contar esta historia" bueno, ahora a ver cómo la cuento. Entonces, mientras leía, mientras iba a los archivos, miraba documentos; leí todo lo que existe -francés o español- sobre esa fecha. Al mismo tiempo, iba perfilando, me iban dando la información, me iban dando material. Dije “bueno esto voy a contarlo”. Entonces fui montando mi mecano, que fue muy complejo porque, claro, son 450 o 460 personajes, que tenía que tenerlos controlados cronológicamente: dónde estaba cada uno de ellos, en qué momento, en qué lugar de Madrid, qué hacían, dónde muere, si vive,... Desplegué un montón de paneles grandes en mi lugar de trabajo, con los nombres, con la cronología. Digamos que es una cocina muy compleja, pero ahí está el aliciente, ahí está la gracia del trabajo, claro.

-Sí. En varias entrevistas has descrito el trabajo, la elaboración previa del libro, como muy interesante, porque ha sido un trabajo en el que se ha aprendido mucho y también decías una cosa sobre la que a mí me gustaría hablar un poco: que si antes admirabas lo sucedido como hecho histórico, ahora lo entiendes desde la perspectiva de los que se echaron a la calle. ¿Qué tipo de entendimiento es ese?
-Claro. Como te decía antes, nos dijeron que había sido la nación española la que ese día había luchando por la libertad, y es mentira. De momento, la gente no luchaba por la libertad: estaba luchando por un rey y por una religión, por una patria antigua, reaccionaria. O sea, la causa, digamos, no era especialmente moderna, sino todo lo contrario. La libertad, todo eso, vino después. Entonces, empecé a mirar los textos y me di cuenta que, bueno, esta fecha la han manipulado todos. Resulta que en un momento de la historia de España todo el mundo se ha apropiado del Dos de Mayo para algo. El absolutismo se apropió de ella, dijeron que lucharon por la patria, por el rey y por la religión. Los carlistas, que lucharon por la tradición. Los liberales, que luchaban por la libertad y por la nación de ciudadanos. La Primera República, que no luchaban, porque cada uno decidió hacer su lucha por su cuenta. El franquismo, que los militares guiaban al pueblo. La Segunda República, que luchaban para defender el pueblo de los militares. Es decir, me di cuenta -bueno, ya se había dado cuenta mucha gente- y aprendí yo también viendo eso, que ha habido una apropiación indebida durante dos siglos del Dos de Mayo. Cada uno ha utilizado esa fecha en su propio beneficio, despojándolo de su realidad. La realidad es que Manolo, Paco o Fernando, Luis y Manuela, cabreados porque un francés no les pagaba el dinero, le piropeaba a la novia, andaba con esa arrogancia del francés que se sabía el nombre más poderoso en su momento de Europa, estaban cabreados. Entonces, no fue un día de gloria ni de nación, fue un día de cólera, un día de furia local. Ese día en Madrid había 160.000 habitantes, pero no lucharon en la calle más de 3.000 o 4.000 personas; luchar de verdad. Al día siguiente fue toda la nación: el 3 de Mayo. Ahí, ahí fue donde ya una nación entera, cada uno en su lugar, tomó conciencia del asunto y, digamos, que hubo una guerra cruel, larga, solidaria -hasta cierto punto lo que puede ser solidaria en España-, una guerra de verdad colectiva. Pero el Dos de Mayo fueron cuatro gatos, cuatro "mataos", en Madrid, furiosos, con la navaja y la maceta como armas fundamentales del combate. Ahí quedó todo: cuatro horas de cólera. Yo quería contar eso -lo que hizo posible lo otro-, pero quería contar eso; nada más.

-La narración sigue un orden cronológico: comienza a las 8 de la mañana, termina a las 4 de la madrugada del día siguiente. Tú has dicho en alguna entrevista que no es un libro periodístico, pero aquí se ve mucho la mano del periodista.
-No, se ve la experiencia del periodista, que es distinto. El libro es una novela, es un falso libro documental, porque una novela puede adoptar mil formas, como lo del 'Diario del año de la peste' de Defoe. Lo que pasa es que es literatura, lo que pasa es que está tratado de una manera donde el periodista siempre ha sido útil, ha sido donde yo tenía que contar una insurrección en unas calles de Madrid, donde está la gente, pues yo quería contar la historia de esa gente huérfana de gobierno, huérfana de todo, que corre por la calles buscando quién los dirija para pelear, el desconcierto de gente que se junta y se separa según viene la carga de la caballería, la incertidumbre, el miedo, el todo eso. Entonces, yo fui reportero muchos años, yo no estuve en el Dos de Mayo en Madrid, pero he estado en lugares donde pasaron cosas parecidas o similares: Sarajevo, o el Bucarest de Ceaucescu. Lo que sí ha sido es darle mi experiencia personal, mis recuerdos, mi manera. Yo he corrido por las calles no con caballos, pero sí con otros detrás y, entonces, ahí sí es donde el periodista mozo fue a acudir en mi socorro. Esas escenas son realistas, son creíbles, porque el que las contó las vivió antes, y sabe de qué está hablando, pero es una novela, sin duda, es literatura.

-Yo ya sé que te han preguntado por esto, pero seguramente la gente no lo ha escuchado y le gustaría saber si a ti te hubiera gustado estar allí para contarlo, o estás mucho más cómodo contándolo desde aquí. Obviamente, la realidad es la que es, pero haber sido testigo de un acontecimiento como aquel, quizás más parcial, porque la visión que uno tiene desde entonces es más limitada.
-Bueno, si yo hubiera sido reportero, no me habría gustado perdérmelo en aquel momento. Perderte eso es como perderte la Guerra del Golfo, o perderte Sarajevo. Es un baldón en tu carrera profesional. Tenía que haber estado. Hubiera sido terrible no ver eso, pero realmente, ahora que estamos mirándolo desde aquí, desde la perspectiva actual, no lo tengo muy claro, porque ten en cuenta una cosa: ese día, sobre todo lo que es, es la tragedia de la inteligencia. Ese día, además -es que el asunto es complejo-, ese día la gente sale a la calle no a defender la libertad ni la nación, sale a la calle a defender a un rey que era un hijo de la gran puta -y después lo demostró-, a defender a una iglesia, que estaba de parte de los franceses, como se demostró en las pastorales escritas por los obispos, que hablaban del ciego y necio vulgo que debe someterse al poder constituido, decían los obispos en ese momento -el de 3 de mayo dijeron eso los obispos españoles-, a defender unos valores aristocráticos y tradicionales que tenían al pueblo agarrado por el pescuezo... Es decir, ese pueblo analfabeto e inculto salió a la calle a pelear. Hay una frase de Ángel Ganivet, que cito en el epígrafe del libro, que define muy bien lo que fue el Dos de Mayo y lo que fue el pueblo español entonces. Dice: “Los que dieron la cara no fueron, en verdad, los doctos -esos pasaron todo el sarampión napoleónico, y en nombre de las ideas nuevas se hubieran dejado rapar como quintos e imponer el imperial uniforme-, los que salvaron a España fueron los ignorantes, los que no sabían leer ni escribir”. El único papel decoroso que España ha representado en la política europea lo ha representado ese pueblo ignorante que un artista tan ignorante y genial como él, Goya, simbolizó en aquel hombre o fiera que, con los brazos abiertos, el pecho salido, desafiando con los ojos, ruge delante de las balas que lo asedian. Eso es el Dos de Mayo, eso fue la Guerra de la Independencia y Goya, que era un tipo inteligente, lo vio muy bien. Goya era afrancesado, era liberal. Cuando miras los cuadros de Goya, cuando miras los grabados de Goya, te das cuenta de que no hay buenos ni malos, de que Goya no está con ninguno de los dos. Por eso Goya fue un pintor políticamente incorrecto. Goya no fue bien visto hasta mucho después. Preferían cuadros heroicos, cuadros con actitudes neoclásicas, serenas, héroes que van a morir por la patria con la bandera en alto. Goya estuvo proscrito, en ese sentido, como te digo. Entonces, cuando miras a Goya con detalle, cuando lo estudias despacio, te das cuenta de que hay un pueblo cruel, ignorante y bestial que está matando a un enemigo cruel y bestial. Entonces te das cuenta de que ese día la inteligencia se quedó fuera. Ese día los cultos, los doctos, sabían que lo suyo no era ni uno ni otro, que ese pueblo defendía una causa equivocada y que el enemigo, que era la modernidad, no podía ser abrazado, porque era el enemigo. Esa es la gran tragedia, lo que después Unamuno repitió. Yo creo que ese día es donde, por primera vez, el intelectual español tiene que elegir entre: el pasado rancio y oscuro, y el futuro abierto y teóricamente luminoso. Todo eso es lo que... Pero claro, yo quería despojarlo, yo quería irme a ese tipo; yo quería ponerle cara y motivaciones al que está gritando en el cuadro de Goya.

-El que está gritando no pertenece al que siente traicionada su inteligencia y que no sabe en qué lugar colocarse. Es un pueblo llano, muy distinto, en el que hay putas, rufianes, hay gente que pide salir de prisión para luchar y promete volver a ella -y de hecho lo hacen-, es un pueblo que está muy bien descrito, en el sentido de que uno lo vive muy cerca cuando lee cómo, armados con palos o con cuchillos de cocina, con agujas de hacer punto, se lanzan al francés, a clavarles la chaira por detrás de la coraza, y cómo se dejan la vida en el intento con una despreocupación que llama mucha la atención.
-Era otra gente, era otro mundo. Además, iban al cielo. Eso es muy importante: iban al cielo si se morían. Entonces, no era como ahora. Entonces, claro, era más fácil morir antes que ahora, en ese sentido. Pero, fíjate, hay una cosa que es muy singular: cuando 18 años después viene el ejército francés -los Cine Mil Hijos de San Luis, con el Duque de Angulema-, vienen a España a reponer en el trono a Fernando VII y a cargarse la Constitución, y ese mismo pueblo lo recibe con abrazos, lo que demuestra muy bien por qué luchaban ese día, por la nación. Ahí se equivocaron los liberales. Es que lo terrible del Dos de Mayo, lo asombroso, es que todo ese coraje, todo ese valor, toda esa locura de la gente, lo que hace en la calle, es por defender lo rancio, lo oscuro, lo peor, lo peor que hemos tenido en España, las sombras, la sacristía, la monarquía, esa monarquía que, entonces, era infame y corrupta absolutamente. Entonces, pregunta: ¿qué habría sido de este país con otra gente?... Todo ese sacrificio generoso, toda esa gente, ese coraje que demostró esa gente; esa gente educada, bien gobernada, ¿qué no habría sido capaz de hacer en un país más decente que este?... Y después, claro, no puedes evitar sentirte conmovido cuando hablas, las mujeres: en la puerta de Toledo había un coracero francés -era un tipo que llevaba un caballo que medía dos metros- y el tipo medía 1,70 como mínimo, e iba además rebozado de acero; bueno, pues a esos tíos los pararon las Manolas del barrio de la Paloma con tijeras de pescadero y con navajas, a agarrarse a los caballos. Fue la segunda oleada la que por fin rompió la barrera de gente que había delante. Entonces, cuando estás moviéndote por ellos y les ves cara -Manola Sánchez, pescadera, mató a un francés y murió acuchillada a golpes; Paco Fernández, carpintero-, entonces, por una parte estas horrorizado, porque dices “¡qué bestias y que mal empleado ese valor y ese coraje!” y por otra parte dices “yo el valor lo sigo admirando, y prefiero un tipo equivocado, valiente a un tipo de razón y cobarde”. No lo puedo evitar, en eso soy muy elemental. Creo que el valor sigue siendo una virtud. No podía evitar conmoverme ante todos estos ejemplos de nombres y apellidos que tenía delante, cuando estaba trabajando en el libro.

-Las mujeres tienen bastante presencia en el libro. Hay un fragmento, en las páginas 221 y 222, que dice: "La maja, lo sabrán más tarde los artilleros, se llama Ramona García Sánchez, tiene 34 años, vive en la cercana calle de San Gregorio. Al poco rato la releva un artillero. No es la única que en este momento participa en el combate: la inquilina del número 11 de la calle de San José, Clara del Rey, de 47 años, ayuda al teniente Arango y al artillero Sebastián Blanco a cargar y a apuntar uno de los cañones en compañía de su marido Juan González y sus tres hijos. Otras mujeres traen cartuchos, vino o agua para los que pelean, y entre ellas está la joven de 17 años Benita Pastrana, vecina del barrio, que salió a la calle al saber herido a su novio, Francisco Sánchez Rodríguez, cerrajero de la plazuela del Gato. También combaten la malagueña Juana García, de 50 años, la vecina de la calle Francisca Olivares Muñoz, Juana Calderón, que pasa fusiles a su marido José Beguí y una muchachita quinceañera que cruza a menudo la calle sin inmutarse por las descargas francesas, llevando en el delantal munición para su padre y el grupo de paisanos que disparan contra los franceses desde el huerto de las Maravillas, hasta que en una descarga cerrada cae muerta por una bala. El nombre de la joven nunca llegará a saberse con certeza, aunque algunos testigos y vecinos afirman que se llama Manolita Malasaña". Aquí hay una relación de muchas mujeres que están, junto o no, a sus maridos, peleando, y hay como un afán por dejar sentado quiénes eran, lo que hacían, con quién convivían y en qué situación se encontraban en ese momento. Tuviste ese prurito de buscar cada nombre, cada situación y dejarla escrita.
-Sí, sí, sí. Todo eso es auténtico. Ocurrió así. No sé si ella le dice el piropo al capitán o no; eso ya es la literatura. Pero el hecho es así. Porque realmente era asombroso: es que estaba estremecido. O sea, ver todas esas mujeres en la calle. Además, el 20% de los muertos fueron mujeres ese día, luchando, además, en la calle.

-Algunas a macetazos, ¿no?
-Sí, sí. Hombre, de hecho hay un caso concreto, al subteniente Legrand, francés, -es el hijo del general Legrand-, un joven guapo, apuesto -hay un retrato suyo por el que lo conocemos-, guapo, rubio, lo mató un macetazo en la calle del Barquillo. Una mujer le dio un macetazo, murió de esa manera tan poco gloriosa. Una gloria del imperio francés, allí en la calle. Entonces, bueno, la maceta y la navaja fueron las armas. Entonces, bueno, el objetivo era justamente lo que tu dices. Yo recordaba, cuando traducía a Virgilio o Homero, que hacían los catálogos de las naves, y de los guerreros, y vienen Tal y Tal, y entonces cuando peleaban sabías que era Fulano y era Mengano y era hijo de Áyax, o hijo de Tal. Pues lo mismo, el citarlos a todos con nombres y apellidos y saber quiénes eran, sus profesiones, sus domicilios, puede parecer reiterativo, pero al final termina haciendo que el lector sepa que estamos hablando de seres humanos, no de entes abstractos, no de cuadros, no de grabados, no de épica, sino de vecinos, de gente que conoces.

-En las cuadrillas que se iban formando ya hemos mencionado que era la gente del pueblo, 3.000 ó 4.000 personas que salen a la calle. Sólo hay un aristócrata que se involucra, el Marqués de Malpica, y hay un grupo, un puñado de militares que deciden hacerse fuertes y que son los que han pasado a la historia, y de los que seguramente conocemos los nombres, que son Luis Daoíz, Pedro Velarde -ambos son capitanes- y el teniente Jacinto Ruiz. Esta gente ¿por qué se mete en este fregado, sabiendo como sabían que no tenían el respaldo de la gente que portaba armas, de los suyos?
-Hay dos casos. Ellos habían preparado una conspiración. Los artilleros, una conspiración para sublevarse contra los franceses, pero la conspiración había sido frustrada porque el ministro de la guerra era afrancesado y frenó el asunto y lo deshizo. Lo estropeó.

-Pero había alguien con vergüenza torera, creo que...
-Claro, pero lo que pasa es que ese día, cuando se monta el lío, ellos no pueden evitar, por honor, digamos -para hoy en día es difícil de entender, pero entonces era más fácil de entender- unirse al pueblo que está luchando, y para mí son además dos personajes muy diferentes. Porque Velarde es el militar -los dos eran tipos cultos, eran tipos viajados, no eran malas bestias cuarteleras, eran militares de élite, digamos-, pero uno es exaltado, uno es el patriota exaltado, que es Velarde, que es el tipo al que le hierve la sangre, que dice “no puedo tolerar esto, hay que luchar, hay que morir con ellos”, y Daoíz es el reflexivo, el tranquilo, le llamaban "el abuelo", porque él tenía fama de ser un hombre muy sereno, muy equilibrado y muy frío. Pero, claro, ese día comprenden que había una orden de que el ejército no saliera a la calle -y no salió-, de no dar armas al pueblo y de mantenerse en los cuarteles. Al pueblo se le dejó abandonado y solo en la calle. Ese pueblo huérfano en la calle, como me conmueve a mí cuando pienso en él, conmovió a Daoíz y a Velarde, y dijeron “ese pueblo que va buscando quién los dirija”, y fíjate que era la época cuando se iban buscando al cura y al aristócrata y al militar que para ellos eran la autoridad, que los dirigieran. Pero buscaban aristócratas y militares para que los dirigieran en el combate, porque, claro, ellos solos no se veían con fuerza. Y entonces, Daoíz y Velarde ven eso y dicen "bueno, qué diablos, pues si hay que morir, pues se muere y se muere". Y entonces, El Álamo, porque es nuestro Álamo. Además, lo he dicho alguna vez, es otra cosa que también me movió a esto: todo el mundo sabe quién fue Davy Crockett y el coronel Travis, y todos hemos oído hablar de El Álamo, hemos visto las películas, y este fue nuestro Álamo, este sí que es un Álamo de verdad: 30 militares, desertores prácticamente y 200 paisanos, durante tres horas aguantan en un patio que no tiene ni siquiera protección al ejército más poderoso del mundo. Le hacen cien prisioneros y le hacen un montón de bajas, y parece que hasta nos avergonzamos de ello. Entonces, decidí recuperar el tema. Este es nuestro Álamo, pues vamos a hablar de él; y he contado el Álamo del Dos de Mayo. El Dos de Mayo es una fecha, como te he dicho, que ha sido durante 200 años muy manipulada y muy apropiada por unos y por otros. Todos han mojado en ella, de hecho. Fíjate, mientras Franco, mientras mi libro de texto franquista decía que Daoíz y Velarde eran los militares que llegaban al pueblo y el Dos de Mayo la fecha heroica, en Buenos Aires, en el año 56, los republicanos exiliados españoles -donde hay, por cierto, un montón de vascos- llamaban al Dos de Mayo ellos también una fecha de libertad y de lucha del pueblo. Fíjate como puede la misma fecha verse de dos formas distintas. Pero ¿qué pasó?... Que cuando vino la democracia, al cargarnos todo el aparato ideológico franquista, todos los símbolos que estaban contaminados de franquismo -aquí uno le puso camisa azul al Cid y a Daoíz y a Velarde, los hizo falangistas prácticamente y tal-, entonces, al cargarnos eso, la democracia española de la Constitución del 78, en vez de limpiar los símbolos de la memoria, en vez de limpiar la historia de la basura y dejarla otra vez válida para nuevas generaciones, dijimos “bueno, como está contaminada, por la ventana, y olvidamos”. Entonces, el Dos de Mayo empezó a gozar de mala prensa, una fecha para franquistas. Parece que el Dos de Mayo lo hizo Franco, el patrioterismo barato. Entonces, fuimos olvidando, fuimos marginando, fuimos denostando una fecha absolutamente noble y legítima e interesantísima, además porque da a pie a mucho debate y a mucha discusión, como se ha demostrado en los distintos enfoques políticos del asunto. Entonces, pues lo que quise fue eso, quise recuperar la fecha. Voy a recuperar, voy a intentar limpiar, en la modesta parte que me toca a mí como novelista, dejar otra vez el mito disponible para que el lector vaya, lea, comprenda y, a partir de ahí empiece, otra vez, si quiere, a discutir y a hablar. Entonces, bueno, quería que no se me olvidara decir que durante 20, 30 años hemos olvidado partes de nuestra historia que son fundamentales para comprendernos ahora. El Dos de Mayo explica muchísimas cosas de la Historia de España. La gente, el saber por qué luchaban y quiénes eran los que lo hacían y quién no luchó y qué hizo cada cual. Entonces, bueno, creo que ahora el Dos de mayo, ahora viene la fecha, y yo no soy partidario de la conmemoración patriotera, bandera, tal, España. Eso no vale para nada, pero sí de que valga para debate, para discutir, para comprender que ese día empiezan a marcarse las dos Españas. Ese día el pueblo estúpido, ignorante, inculto, como todavía lo somos en cierta forma, ahora se bate por una causa equivocada. O sea, hay un montón de ángulos interesantísimos para discutir y debatir desde la lucidez, que deberían ser debatidos el Dos de Mayo. Y he querido, en cierta forma, contribuir a que el libro ayude a crear ese territorio, a limpiar ese territorio para hablar de él de nuevo.

-En ese sentido, nos vamos acercando rápidamente a la conmemoración al bicentenario, y por lo tanto van a surgir muchos acontecimientos culturales en torno a él. Yo no sé si tú esperas también que el debate sea abierto, o que también haya malas interpretaciones o manipulaciones de la fecha en esta España de hoy.
-Partiendo de una base: los políticos son analfabetos todos -pon que haya un 10% que no es analfabeto de los políticos-. Entonces, me daba mucho miedo esto en manos de los políticos. Imagínate de los que hemos estado hablando. Son temas muy delicados. hablamos de la ignorancia del español, la evolución de la historia, el concepto de nación, el concepto de patria, la lectura liberal o absolutista de un hecho glorioso objetivamente... Imagínate eso en manos de un político baratero: "No, eso tal". Me da terror. Cómo va a ser interpretada una fecha en la cual hay la palabra patria, la palabra España, la palabra nación, la palabra libertad, la palabra valor, la palabra coraje, la palabra honor, la palabra dignidad... Son moneda corriente, se manejaban, porque realmente forman parte, son ingredientes del Dos de Mayo. Pon eso en boca de un político que sabe que va a salir en el telediario a mediodía o por la noche y va a durar 30 minutos su intervención. Me da terror. Entonces, bueno, eso, digamos que ojalá sean los historiadores quienes hagan esa lectura y no los políticos, porque entonces estamos listos.

-Además de todo lo que has dicho, hay además una sensación terrible de pérdida en lo que pasa en las calles de Madrid cuando la gente cae, cuando los cadáveres se amontonan en las esquinas, cuando se ve esa vergüenza torera que hace a la gente lanzarse a la muerte con un poco... como con indiferencia, como el suicidio lúcido de Daoíz: "Bueno, sé lo que va a pasar, aquí voy a decir mis últimas palabras, pero voy a ello". Pero también siente uno un poco esa impotencia de la guerra y la muerte por la muerte.
-Pero, claro, es que pasa una cosa: lo que no podemos tampoco es juzgar los motivos de esa gente con la visión ética, moral, social, actual, que tenemos en el año 2008, porque era otro mundo. Por ejemplo, iban al cielo, que eso es fundamental. Es que hay que entenderlo, entender eso, entender otras cosas: iban al cielo al morirse, eso era fundamental.

-¿Tu a esto lo has llamado "intifada"? Algo tendrá que ver.
-Al principio dije "kale borroka", pero "kale borroka" no es el término, no es lo bastante noble para usarlo. Así, utilicé la palabra "intifada", me parece más noble "intifada" que "kale borroka". Es una intifada en realidad: es el pueblo furioso haciendo valer lo que cree que son sus derechos y, bueno, pero claro, insisto en la palabra "horror", lo que estaba diciendo antes de irme a lo otro: no podemos juzgarlos, morir entonces era muy fácil. La gente con una expectativa de vida alta eran los cuarenta, cuarenta y cinco, cincuenta años, eso ya era llegar muy bien, llegar a mayor. Montaigne, en sus ensayos, -que ahora me estoy releyendo otra vez la edición estupenda que ha hecho Acantilado-, dice “yo tengo 35-40 años y ya he llegado al final de mi vida”. Es que era otra manera de ver la vida. Entonces, claro, que la gente estuviera dispuesta a morir con facilidad, a sacrificarse, a pelear, a matar y a morir, ahora lo vemos de forma muy distinta. Depende. A veces no lo vemos tan distante, pero entonces sí, y por eso tenemos que juzgarlos como eran ellos.

-La carnicería en que se convirtieron las calles y las plazas de Madrid. Hay una descripción de la muerte de unos de los presos de la Cárcel Real. Cuéntalo cómo fue, lo de la Cárcel Real.
-Es que eso fue maravilloso. En mitad del jaleo, en la Cárcel Real hay unos 90 presos, y entonces mandan una carta al director diciendo que ellos, en vista de que la patria está en peligro, que quieren salir a la calle a luchar por la patria, y que piden permiso para salir, prometiendo volver todos si los dejan salir. Y el director, acojonado porque se le sublevan, los deja salir. Y salen a la calle la mitad de los presos, salen unos 50, pelean, toman un cañón francés, matan franceses y vuelven, menos dos que mueren. Uno desaparecido en el combate: se supone que murió. Uno solo no regresa. Y los demás, todos se presentan al día siguiente por la mañana. Me los imagino volviendo -menuda foto- con dientes de oro de los franceses, con todo el botín, los tatuajes. Imagínate a gente saliendo y entrando. A veces, pienso que si esta historia hubiese sido una historia francesa o inglesa o americana tendríamos películas, tendríamos series de televisión sobre todo esto. Pero, claro, era española.

-Habrá película.
-Hay una película. La está haciendo Garci, pero no sé nada de ella. Hay una exposición que me han encargado sobre el Dos de Mayo. No puedo contarte mucho, porque todavía no se ha presentado oficialmente. Una exposición audiovisual, muy moderna y muy potente, con muchas cosas y tal, sobre todo pensando en chicos y en colegios, y me han hecho comisario de ella. Así que, me supongo, la voy a vigilar un poco hasta que se inaugure en mayo. Pero, bueno, eso es otra cosa.

-Bueno, y hablando de chicos y de educación y de lo que se puede aprender o no, o lo que se ha ignorado o lo que estamos ignorando o lo que ignoramos: ahora mismo, para mucha gente, generaciones muy jóvenes, probablemente el Dos de Mayo no es ni un recuerdo mítico.
-No es nada, no está ni en los libros de texto.

-Probablemente ni exista. Y a todos esos chavales que a lo mejor pasan por esa exposición que estas montando tú, ¿que les dirías del Dos de Mayo?
-Pues lo que les digo a los que ahora me escriben con esto: que España está llena de episodios interesantes, y que España solamente la entiendes así. O sea, España es un lugar muy complejo. Lleno de españoles, que lo hace más complejo todavía. No, no, el español es un ser complejísimo, es un ser muy peligroso. Napoleón estaba acostumbrado: llegaba a Alemania, ganaba la batalla, la batalla que fuera, llegaba el policía alemán, “a sus órdenes, Emperador, ¿qué hay que hacer, a quién tengo que detener?”, decía el policía alemán. “Pues detenga a esos”. Entonces, el país entero estaba derrotado, al servicio del ocupante. Pero en España no. No se dio cuenta dónde se metía: aquí cada uno va por su cuenta, la navaja es facilísima. Aquí derrotabas a uno y te salía otro, y el que derrotabas se rendía, pero al día siguiente se subleva otra vez. Además, no había dos españoles de acuerdo en nada, ni siquiera en rendirse. Con lo cual, “me rindo”, “pues eres un traidor”, “pues yo no me rindo, te jodes”. Eso fue, entonces. Claro, esto era imposible de controlar. Yo me imagino, además, la guerrilla. Esa es otra, la guerrilla. Se nos ha vendido también una guerrilla heroica, una guerrilla patriótica; echados todos al monte a luchar por la libertad. La guerrilla era la pera: bandidos, saqueadores, llevaban a la gente forzosa, se llevaban el ganado, mataban, violaban. También hacían atrocidades. Caer en manos de la guerrilla debía de ser espantoso, peor que te cogieran los indios comanches, horroroso. Claro, esto era España, una España muy bronca, muy de navaja, muy puñetera. Entonces, claro, es una fecha muy interesante, y entender esta España de ahora es posible cuando miras hacia atrás. Por eso yo le doy tanta importancia a la Historia. Yo creo que hay dos tipos de Historia, de libros de Historia, los dos respetables: uno es la historia tipo Walter Scott, por citar a un no español, la historia pastiche: cómo eran las Cruzadas, Ana Bolena... Otra es la Historia que te permite comprender el presente, la que vincula pasado y presente. Y esa es la historia útil de verdad, porque te evita entender. Cuando yo hago Alatriste, estoy intentado explicar la España de ahora a través de la memoria. Una cosa que me gusta mucho, cuando me llegan las cartas de los chicos que leen los libros, es la sorpresa agradecida de chicos con ganas de saber que no disponen de los medios. Me pregunta esta mañana un periodista por qué hay tanta novela histórica. Pues porque la han borrado de los colegios, porque la gente que necesita saber de dónde viene, necesita saber que no es huérfana. Si no tiene en el colegio, tiene que ir a buscarlo a El Corte Inglés.

-Y por poner un ejemplo, ¿cuál sería alguna de las cuestiones que a través de las claves aprendidas un Dos de Mayo, explican cómo somos hoy?
-El Dos de Mayo inició un proceso muy complejo contra un enemigo equivocado. O sea, el Dos de Mayo, la paradoja es que es una fecha de lo más glorioso, de lo más admirable en lo épico, de lo más conmovedora en lo social y en lo humano, pero de lo más terrible en lo ideológico, porque ese día nos echamos la losa encima. El Dos de Mayo en España se manifiesta una España oscura y reaccionaria que al final se terminaría imponiendo, y que todavía hoy la estamos viviendo. El Dos de Mayo se frustra la modernidad. Tuvimos un XVIII estupendo. Cuando miras el siglo XVIII te das cuenta de que España estaba saliendo de toda aquella historia de los Austrias: teníamos gente culta, las ideas nuevas que venían, ministros, reyes como Carlos III, ministros como Floridablanca, marinos ilustres, pensadores, Jovellanos, Jorge Juan, gente brillantísima. Había una modernidad que estaba a la vuelta de la esquina, estaba a punto de llegar. En Francia hubo una guillotina -ahora ya no es momento de guillotinas-, pero entonces sí lo fue. Si esa guillotina hubiese en su momento actuado y hubiera seccionado las cabezas de tanto obispo, de tanto rey, de tanto aristócrata que estaba frenando esa modernidad, España sería diferente. Pero fallamos. No hubo suerte, no hubo cojones, no hubo lo que fuera, no lo hubo. Pero aún así, ese mundo venía. De una u otra forma hubiera llegado, tarde o temprano, y estaba asomando tras la esquina. Esa burguesía liberal que empezaba a necesitar a aceptar el credo calvinista de que ser burgués y ganar dinero es bueno para un país y al mismo tiempo Dios te bendice. Había una modernidad que estaba, como te digo, llegando ya, y que hubiera llegado, tarde o temprano, y esa gente, gente como Moratín, como Jovellanos, como el propio Goya, lo hubiera hecho posible tarde o temprano. Pero esta guerra maldita cuando vino Napoleón obligó a elegir. Entonces, esa gente culta, esa gente preparada, que estaba mirando hacia el futuro ya, tuvo que elegir entre ser traidor a sus vecinos que luchaban por volver atrás o ser traidor a sus ideas que venían por el horizonte. Entonces claro, el hombre de honor elegía su Daoíz, elegía a sus vecinos, cómo no. Si pelea Paco y Mariano cómo no vas a salir a luchar tú. Eso es lo terrible. Entonces, claro, esa modernidad quedó frustrada, esa esperanza de que España fuera diferente desapareció a partir del Dos de Mayo y esa guerra terrible. Fíjate que la Constitución del 12 en cuanto llegó Fernando VII se la cargó y terminó con ella. Entonces, lo terrible de ser lúcido y leer libros es que te das cuenta de la tragedia que tiene el ser español. Cuando estamos a punto de levantar la cabeza, a punto de abrir la ventana, llega Napoleón y nos revienta el futuro. Entonces, hoy, todavía hoy, esta España todavía feudal, permítanme "foral", insolidaria a veces, esta España que no ha sido de ciudadanos sino que ha sido de pueblos y de caciques, que lo sigue siendo siempre de aristócratas, de curas y de todo lo demás -no quiero meterme en jardines complejos- hoy, esta España, digamos, que no es como Francia o no es como Inglaterra o no es como Alemania, para lo bueno y para lo malo, quizá hubiera sido diferente, quizá hoy no habría problemas que tenemos ahora, quizás no estaríamos hablando de nación ni de nacionalidades, quizá estaría todo muy claro hoy en día. Quizá no, quizá habría una bandera española en los colegios. Da igual en qué colegios. Como en Francia: tú estas en Bretaña y hay una bandera española en el colegio francés, qué más da. Estamos hablando de otra cosa, estamos hablando de la plaza pública, el lugar donde ocurren cosas, donde estamos todos. Ese tipo de cosas. Yo es que soy jacobino. Como es evidente, yo soy más de los de ahí. Desde mi punto de vista, que puedo estar equivocado, por supuesto. Yo creo que esa España posible, esa España nación de ciudadanos conscientes, cultos, libres, fue imposible a raíz de la Guerra de la Independencia. Entonces, paradójicamente, esta gesta heroica, admirable, que me conmueve, que me pone la piel de gallina cuando pienso en Manola Fernández o en Paco Sánchez, cuando los miro desde lejos, cuando los miro como conjunto de animales de recua analfabeta, luchando por un rey que era incapaz y corrupto, por unos curas que los traicionaban, por una España oscura y feudal, me doy cuenta de que no. Entonces, ese dolor que tengo como paisano de esta gente me dura todavía ahora, y digo “¡qué lástima, quizás sin esa guerra España sería un país decente y normal, y no lo que es ahora!”.

-Las nacionalidades. Ha salido la palabra, nación, nacionalidades, quizás las cosas fueran diferentes. La España de los pueblos o de las nacionalidades o de las naciones, depende de quién lo diga, ¿cómo contemplarán el Dos de Mayo?
-Harán sus lecturas. Justamente lo que me temo, que cada uno hará una lectura según el interés político del momento. Hay unas elecciones ahora, después un resultado electoral, pero la certeza, estoy seguro que hablarán del Dos de Mayo. Quienes no saben qué es el Dos de Mayo ni siquiera habrán leído este libro ni ningún otro. Lo terrible es que hablar del Dos de Mayo, quien no tiene el menor interés por el tema, únicamente un interés concreto, táctico, digamos... Pero será una fecha, ya verás, habrá muchísimo ruido en torno al tema, pero ruido malo, confusión.

-¿Este libro se puede llevar a las escuelas?
-No sé, según cada profesor.

-Pero alguno hay que ya lo ha preguntado.
-Sí, sí, sí. De hecho, hay profesores que ya lo están utilizando en las escuelas. Porque vale como punto de partida. Este libro, o cualquier libro que tenga que ver con eso, en ese tipo de lectura. Porque es un libro limpio, es decir, es un libro no contaminado ideológicamente. He procurado que no lo sea. No puedo evitar en algún momento sentir la simpatía instintiva por gente que hace lo que hacen estos tíos, pero es un libro que no se implica, no es un libro patriotero ni patriótico. Es un libro limpio, en ese sentido justamente, porque lo que he querido ha sido evitar lo que ha ocurrido en este tiempo. Digamos que, en ese sentido, si me permites la cosa, es más limpio, y espero que entiendan bien lo que quiero decir. No es una pedantería, es más limpio que el de Galdós, en el sentido de que Galdós sí está hablando de una nación de ciudadanos que pelean, Galdós tiene fe, Galdós cuando exhibe este libro es cuando España está en un debate político muy interesante. Entonces, Galdós hace profesión de fe liberal en este libro, Galdós cree en las virtudes del pueblo cuya gesta está contando, Galdós tiene fe. Yo no tengo la fe que tenía Galdós, yo no creo en esas virtudes, con lo cual en ese sentido, digamos, esta historia... Han pasado cien años. Yo tengo la ventaja que tengo cien años más que Galdós para plantearme el asunto. Yo tengo peor concepto del español que el que tenía Galdós. Y esto hace que este libro sea, en ese sentido, insisto, entiéndalo como lo quiero decir, más objetivo, más incontaminado de ideología en ese momento que el de Galdós, dicho de alguna forma.

-¿Algunos de los episodios narrados, investigados, documentados, te impresionó más que otros?
-Las mujeres, mucho. Los niños. Hay dos niños de 12 años que son cadetes de guardia, que mueren luchando, y uno de 11 años que muere con sus hermanos, luchando con ellos. Un combate en el cual están luchando niños de 11 y 12 años, mujeres, ancianos de 80, militares desertores, mercenarios... Hay guardias valonas -que son suizos, soldados suizos-, húngaros, alsacianos que desertan, que estaban con los españoles y luchan con los españoles... Pero sobre todo, lo que me conmueve es la ingenuidad: creían que eso servía para algo. "¿Cuándo vienen los militares, cuándo se sublevan?". Estaban todos esperando que toda España los apoyara, y se van quedando solos. Van pasando las horas, y se van quedando solos, como en las películas, pero es que es verdad: se van quedando solos en El Álamo. “¿Cuándo vienen?” “Pronto, pronto”. Y no viene nadie, y van cayendo, y van cayendo, y al final están solos. Entonces, ese valor ingenuo, ese coraje ingenuo, ese pensar que no estaban solos cuando lo estaban, que la gente de orden y de dinero se quedó en sus casas, todo el mundo se quedó allí mirando. Es decir, lucharon 3.000, 4.000 como mucho. Eso es lo que conmueve. Insisto, el pueblo, equivocado o no -y por eso hago una distinción muy clara, me da igual en ese terreno la ideología, por qué lucharon o no-, el coraje, el valor individual me conmueven, y sobre todo me hace pensar lo que siempre pienso: “qué buen vasallo si tuviera buen señor”. ¿Qué habría sido de esa gente si hubiera sido culta, si hubiera sido educada, si hubiera sido bien gobernada, si ese esfuerzo en lugar de en destripar franceses, se hubiera orientado hacia el progreso, trabajar, comerciar, vivir, engrandecerse hacia la vida?... ¡Qué diferente sería España con esa misma gente, pero con otros dirigiéndolos, gobernantes! Y eso es lo que más me conmueve, lo que más me entristece.

-La Iglesia, antes lo decías, no se comportó, no estaba al lado.
-Estaba contra ellos.

-Sí, hubo alguno en la revuelta, y algunos murieron.
-Uno fusilado. Goya lo pinta. Se llamaba Ignacio Gallego Díaz. Fue fusilado en la noche del Dos de Mayo y otros dos fueron heridos en combate. Que yo sepa, hubo cuatro luchando ese día.

-Hay uno que muere dando la extremaunción, eso está documentado.
-Ah, no, perdón, sí, ese es el cuarto. Ese estaba dando la extremaunción a un preso. No luchó, salió a darles los oleos a un muerto que estaba en la puerta, y un francés le pegó un tiro y lo mató. Vio una sotana y le tiró. La iglesia, es muy interesante, la iglesia estaba con Napoleón. Napoleón había restaurado ya la monarquía y la Iglesia en Francia. Napoleón estaba ya bien visto por la Iglesia, entonces. Los obispos españoles pronapoleónicos estaban con el poder, con el que mandaba, como siempre. Entonces, al día siguiente del Dos de Mayo, hay dos pastorales hablando del “ciego y necio vulgo”, diciendo que el vulgo debe estar sometido y que es Dios solamente quien pone y quita reyes. Sólo que después, cuando la guerra empieza, empieza todo el follón, y entonces la iglesia se va pasando poco al poco al bando de los que van venciendo, como suele hacer también. Aun así, después de la guerra, 16 obispos fueron acusados de afrancesados y se les abrió proceso. Nunca se les hizo nada, pero se les hizo investigación porque habían sido 16 obispos claramente afrancesados. El alto clero estuvo de parte del poder, cuando hubo otro poder, y el bajo clero sí terminó…

-Pero era un poder, efectivamente, de parte, no era esa idea que anima a los intelectuales de estar con aquello que podría traer la luz a la oscuridad.
-No, no, todo lo contrario. Era porque Napoleón garantiza el orden público, el culto, la estabilidad. La Iglesia quería eso: "a mí quien me garantiza es esto, y el Rey mejor, pero ya que no está el Rey, viene otro Rey. Bueno, pues el que sea". Sobre todo, ten en cuenta que la Revolución Francesa había ocurrido hacía nada. Tenían verdadero terror. Por eso la gente no salió, por eso cuando la gente salió a la calle a luchar -las clases bajas, como te digo-, las clases altas se quedaron en sus casas, porque este es el mismo vulgo que ha hecho una Revolución Francesa. “¡Ojo, a ver cómo termina esto!” Hay un ejemplo clarísimo, que es el de Antonio Alcalá Galiano -que luego fue liberal de Cádiz, constitucionalista, hijo del que murió en Trafalgar, Dionisio Alcalá Galiano-, que él cuenta en sus memorias: que tenía 17 años, salió a la calle a luchar, que tenía una novia y quería hacer algo heroico esa jornada. Se junta con un grupo que era todo gente del pueblo y dice “¿qué hago yo con esta gente?” y se fue a su casa y dijo “estos no son los míos”, y estuvo buscando y no vio a nadie de su clase para luchar. Eso es muy significativo. Entonces, en el Dos de Mayo luchó la gente que luchó, y los dos desconfiaban de ello. Era demasiado puro, demasiado vulgo, demasiado “ciego y necio vulgo”, y eso fue lo que hizo que se quedaran solos.

-Y luego, además, los intelectuales de la época, los ilustrados, sabían bien quién era el ejército francés, pero no parecían saberlo los que salieron a la calle en Madrid.
-Es que creían, por eso digo, que no fue un impulso racional. Pensaban que saliendo a la calle a matar franceses toda España se iba a sublevar y los iban todos a acompañar, y se equivocaron.

-Eso es muy español.
-Muy español: la Intifada esa de navaja y…

-Es muy cinematográfico también las descripciones de algunos de los acontecimientos en los que cae gente. A mí me impresionó mucho leer, yo creo que eso fue en Monteleón, cómo le alcanza la cadera una bala francesa a uno de los combatientes franceses y se oye el chasquido de la cadera.
-Bueno, es que las balas cuando te pegan hacen ruido.

-Y también el chas, chas de las navajas.
-En los combates hay muchos ruidos, y yo, quizá por la costumbre profesional, los asocio con... Por ejemplo, tú cuando oyes un tiro, un herido, tú no oyes el tiro que le pegan. Si tú estas con un tipo al que hieren, tú no oyes el tiro, como en las películas: hay algo que tú oyes, chac, y hay un chasquido, y ese tío se cae al suelo. La bala ha sonado lejos, o la oyes lejos o apagada, lo que oyes es el crujido del hueso al romperse, o el chasquido de la bala al pegar en la carne y el gemido, o el tipo que normalmente se desmaya con la bala en el cuerpo. Eso, que lo he visto, entonces lo traslado ahí. Por eso tiene ese aspecto, digamos, realista. Bueno, porque no me lo han contado, eso no se puede contar.

-Hablamos de los españoles de Madrid, pero ¿y los franceses que estaban en Madrid, cómo reprimieron la revuelta?
-Con mucha crueldad. Ten en cuenta que los españoles éramos unas malas bestias, éramos despreciables. Ahí nos subestimaron, claro. Pero los franceses, para ellos el español era un animal al que había que exterminar ese día. Y salieron a exterminar, y de hecho las ejecuciones fueron crudelísimas. Además, Murat era una mala bestia, era una bestia cuartelera. Había generales de Napoleón que eran tipos inteligentes -mira Bernadotte, que al final terminó siendo rey de Suecia-, pero este era un animal de bellota, y este tío hizo una represión brutal. Dijo “esto lo paro yo con dos mosquetazos”, y ya ves la guerra que tuvo, a la que dio lugar.

-¿Qué atracción tiene para ti este tipo de relatos, este tipo de episodios bélicos que enmarcaron de tu vida profesional?
-Bueno, no todas mis novelas tocan temas bélicos. Lo que pasa es que, primero, yo he pasado 21 años en países en guerra. Dicho aquí suena raro, pero la guerra forma parte de mi vida. Es decir, yo todavía me muevo por reflejos profesionales. Es decir, hay sol y sombra, hay frío y viento, y me muevo igual que me movía en Sarajevo. Busco en lo bueno y en lo malo. Y, bueno, todavía tengo reflejos, actitudes y mecanismos personales que tienen que ver con esa vida que tuve durante tanto tiempo. Y hay días que todavía me despierto o sueño en aquellos sitios. Que bueno, eso es algo que está muy presente en mi vida. Pero, aparte de eso, que es concreto y es específico, no es la guerra, es la Historia. Pero es que la Historia está vinculada a la guerra, es que la Historia antes se hacían con guerras. También ahora se hacen con guerras, lo que pasa es que ahora nos negamos a aceptarlo, ahora la guerra es políticamente incorrecta, con lo cual procuramos -la palabra guerra- no utilizarla. Pero la Historia se ha hecho con guerras siempre, con conflictos armados entre naciones, entre países y entre gentes. Nos hemos unido y desunido. Con guerras y con matanzas. Y bueno, hay que asumirlo como tal, y sobre todo además, un país tan complejo como España solamente se explica con su Historia. Entonces, bueno, recorriendo esa Historia me entiendo mejor a mí mismo. Entiendo mejor el lugar en el que estoy. Aparte, es muy interesante poder mirar esta España a la luz de aquella España. O sea, no entiendo cómo la gente que puede hacerlo no lo hace, cómo hay gente capaz de privarse de ese placer y de ese enriquecimiento personal: mirar cada piedra, cada nombre de calle, cada monumento, cada paisaje a la luz de todo lo que ocurrió ahí, de todo lo que tuvo lugar en torno a eso. "Calle Paco Martínez". ¿Quién fue Martínez?. "Y aquí fue la Batalla de Tal". ¿Y por qué fue la batalla? ¿Y por qué hubo 7.000 muertos? El Dos de Mayo yo iba por la calle de Madrid con varios mapas, de ahora y de antes, y decía “a ver, calle Toledo, está en cuesta”. Ahora, claro, entiendo por qué murieron tantos. Tenían que huir cuesta arriba con los caballos detrás. Entonces, claro, me paraba allí y me quedaba estremecido. Claro, es que corrían, corrían cuesta arriba con los caballos detrás, y por eso les pillaron. O por qué en la esquina tal murieron 7 tíos. Voy allí, y era un callejón sin salida. Claro, los acorralaron. Es conmovedor. Vas viendo lo que ocurrió gracias a los libros que te permiten entenderlo, y eso vale para ir a Waterloo, para ir a Roma, o a la Muralla de China. Los libros es algo que nos permiten comprender, y amueblamos lugares con ellos. Es maravilloso. ¿Cómo se puede ser tan gilipollas de no hacer eso, que además es tan barato?... Porque basta la imaginación y basta un libro. Para mí escribir es también lo mismo: escribir es amueblarme el mundo actual. Cuando escribo Alatriste me entiendo a mí, entiendo la España actual, entiendo por qué la Inquisición, los curas, por qué somos como somos. Cuando leo a Jovellanos, cuando leo a Virgilio, entiendo lo que pasó. Y escribir es una forma de hacerlo más intenso, obligarme. Durante dos años estoy obligado a aprenderlo todo sobre aquello en lo que estoy trabajando. Entonces, claro, salgo de eso vitaminado de una forma maravillosa. Digo “a ver, la siguiente”. Es una felicidad, es una forma estupenda de vivir. ¡Soy un privilegiado!

-Señoras y caballeros, pues: 'Un día de cólera', de Arturo Pérez-Reverte.

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Pérez-Reverte dice que la guillotina francesa nos hubiera librado de la ignorancia
EFE - 14/01/2008

El escritor Arturo Pérez-Reverte ha asegurado hoy que "una buena guillotina por la que hubieran pasado reyes, curas y generales nos hubiera librado de la España negra, la ignorancia y el fanatismo", ya que, en su opinión "el 2 de Mayo este país cerró la puerta a la modernidad" que venía de Francia.

En la presentación en Bilbao de su último libro, 'Un día de cólera', el autor ha lamentado que "se haya vendido" aquella sublevación "desde el concepto de patria rancio" en que toda España se enfrentó contra el Ejercito invasor de Napoleón cuando, sin embargo, "fueron cuatro, y de las clases más bajas, quienes en una especie de intifada, en una lucha callejera" se levantaron "en un acto de furia" contra los franceses. En su opinión, "aquel día, España cerró la puerta a la modernidad y al aire fresco" que venía de Francia y posteriormente, con la Guerra de la Independencia este país se puso sobre sí mismo "una losa" que "lo enterraría con la Iglesia de la Inquisición, los monarcas incapaces y corruptos, y la ignorancia".

Así, ha expresado "admiración por la gente que es valiente, aunque no tenga razón, y desprecio hacia los cobardes, aunque la tengan", ya que aquel alzamiento supuso "una tragedia de los intelectuales" que anhelaban las idea de libertad que representaba la República Francesa, pero veían cómo morían sus compatriotas por las calles y a los invasores saqueando su país. Ha puesto a Goya como ejemplo de "los lúcidos" que "sabían que el francés tenía razón en lo ideológico pero no en lo visceral, y que tuvieron que optar con quién combatir". En los cuadros de Goya "no hay buenos ni malos, porque tan crueles y salvajes pinta a los franceses como a los españoles", ha descrito. El mismo Pérez-Reverte ha confesado que no hubiera sabido a qué bando unirse porque "el impulso de aquella guerra fue noble, el resultado fue vil" y "nos dejó incapaces" para afrontar el desarrollo del país.

El 2 de Mayo "se definieron los comportamientos de la España liberal y la reaccionaria, que comenzaron separarse" y así ese día España firmó su sentencia de oscurantismo, que todavía estamos pagando", según ha dicho. Sin embargo, ha imaginado Pérez-Reverte, "una buena guillotina en la Plaza Mayor de Madrid por la que hubieran pasado reyes, obispos y generales, había cambiado mucho el panorama del país".

Ha explicado que escogió ese tema para su novela para, en base a los escritos y documentos históricos, relatar lo que ocurrió aquel día "siendo completamente objetivo", ya que entre las próximas elecciones generales de marzo y el próximo 2 de mayo, cuando se cumple el bicentenario del alzamiento, "vamos a vivir mucho ruido mediático y político" en torno a esa fecha. Por ello, "he querido poner a disposición del lector hechos concretos y documentos históricos, para devolver el protagonismo de ese día a la gente más humilde de Madrid que se levantó contra los franceses" y así, confeccionar "una novela, pero de tipo documental o como un reportaje".

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Pérez-Reverte reconstruye la jornada que "cerró la puerta a la modernidad"
Eva Larrauri - El País - Bilbao - 15/01/2008

Arturo Pérez-Reverte (Cartagena, 1951) se ha propuesto despojar a los sucesos del 2 de mayo de 1808 en las calles de Madrid de la manipulación que han sufrido a lo largo de dos siglos. Ni la interpretación de los liberales, ni de los carlistas, ni la de los republicanos ni la que se apropió el franquismo, dice el escritor. En su novela 'Un día de cólera' (Alfaguara) ha bebido de documentos originales para devolver el protagonismo a los "pocos y de clase baja", "huérfanos de todo, sin líderes, ni armas", que se rebelaron contra los franceses y marcaron el comienzo de la Guerra de Independencia. El día de cólera en las calles de Madrid que Pérez-Reverte reconstruye en el libro, a medio camino entre la ficción y la Historia, fue también para el escritor la jornada en que "se cerró la puerta a la modernidad", con una guerra "que nos dejó anclados en la sacristía y en el absolutismo más infame".

En las 400 páginas de la novela aparecen cerca de 300 personajes, la gente que se echó a la calle. No están entre ellos ni los miembros del ejército ni la jerarquía de Iglesia. "Fue una pequeña intifada", dice el escritor. Y lo llamaría kale borroka "si no fuera un término tan vil". Pérez-Reverte cree que las consecuencias de "combatir por un rey caduco y una patria rancia y apolillada" ha pesado como una losa en la historia de España. "Ese día se trazó la frontera entre las dos Españas, la liberal y la reaccionaria".

La tragedia del Dos de Mayo, defiende el escritor, fue que la gente lúcida y los intelectuales tuvieron que elegir entre uno de los dos bandos enfrentados. "La tragedia todavía se mantiene y los españoles discuten qué son, qué les une y qué les separa", añadió. Después de estudiar la historia y cruzarla con la información de los periódicos, Pérez-Reverte se declara pesimista. "Hay cosas que no cambian: la España unida, de ciudadanos solidarios, es imposible".

Más allá de la descripción rigurosa de los sucesos del día del levantamiento popular, Pérez-Reverte ha querido poner en manos de lector una herramienta para que el lector sea capaz de interpretar qué ocurrió el 2 de mayo de 1808 y descubrir el debate de ideas que enfrentaba a los dos bandos.

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Rogorn
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Mensaje por Rogorn » Sab Sep 27, 2014 11:08 am

“El pueblo se equivocó de causa”
Iñaki Esteban - El Correo - 15/01/2008

Arturo Pérez-Reverte y la periodista Almudena Cacho dialogaron en el Aula de Cultura de 'El Correo' sobre la última obra del autor, 'Un día de cólera', basada en el 2 de mayo de 1808.

"Cada uno ha intentado hacer un Dos de Mayo a su medida para usarlo de propaganda. Los absolutistas interpretaron esa fecha de victoria del rey contra el invasor francés. Para los carlistas venció la tradición. Los liberales vieron en las calles de Madrid la urgencia de la libertad y los franquistas se apoderaron de la efeméride para demostrar la inveterada gallardía de los militares". Incluso los republicanos exiliados en Argentina, contó ayer Arturo Pérez-Reverte en Bilbao, celebraban el Dos de Mayo como símbolo de la España oprimida.

El escritor estuvo ayer en el Aula de Cultura 'El Correo', de la Fundación Vocento, para dar su versión de los hechos, los mismos que ha recreado en su última novela, 'Un día de cólera' (Alfaguara). Pérez-Reverte dialogó con la periodista Almudena Cacho, directora de Punto Radio en Bilbao, sobre este libro, que trata de ver la historia desde abajo, desde los cuatro mil madrileños que salieron a la calle, armados con navajas, para expulsar a las tropas napoleónicas. «Quería poner a punto un mito de mi infancia. Nací en 1951, estudié en los Maristas, y me enseñaron un Dos de Mayo como un gran triunfo patriótico. Para preparar esta novela estuve leyendo la relación de muertos y heridos de ese día y, como se anunció una indemnización para las familias de las bajas, también leí los testimonios de la gente. Había albañiles y carpinteros, no grandes militares», comentó ayer el escritor en la Sociedad Filarmónica de Bilbao, que ayer estaba prácticamente llena para la sesión del Aula de Cultura 'El Correo'.

Para escribir 'Un día de cólera', Pérez-Reverte tuvo en cuenta la novela de Benito Pérez-Galdós sobre este "episodio nacional", como inspiración, pero también para no repetir el mismo esquema. Así que optó por narrar como si fuera un libro de historia, una novela-documento o un gran reportaje que cuenta «el valor de un pueblo ignorante que se equivocó de causa». Según Pérez-Reverte, el pueblo de Madrid «defendió lo peor, lo rancio, lo oscuro, las sombras, la sacristía». «Ahora prefiero lo valiente equivocado a lo cobarde, aunque es verdad que los luchadores de entonces iban al Cielo, y así era más fácil morir», añadió el autor. Los «doctos, los cultos», prefirieron no tomar partido ese día. Lo mismo que Goya, en cuyos cuadros «no hay buenos ni malos. Por eso fue proscrito».

El autor lamentó que la llegada de la democracia demonizara la fecha. «En vez de quitar la basura de la historia, se tiró todo por la ventana, porque se vio en el Dos de Mayo el patrioterismo barato, cuando de ese día hay mucho que aprender, porque ahí empiezan las dos Españas, la ilustrada y la oscurantista». A la pregunta de Almudena Cacho de qué esperaba el escritor de las celebraciones previstas para conmemorar la histórica fecha, respondió: «De los políticos, nada, porque son todos analfabetos, menos un 10% que es culto pero no lo ejerce en público». La respuesta arrancó los aplausos del público. «Si hubiéramos sido franceses, ingleses o estadounidenses, seguro que habría unas cuantas películas. Pero, claro, estamos en España», agregó.

Pérez-Reverte atribuyó en parte al carácter español la derrota de Napoleón. «Pensó que iba a ser como en Alemania, que cuando conquistaba una ciudad se rendían todos y se ponían a su disposición. Aquí no pasó eso, cada uno siguió yendo a su aire». La victoria del Dos de Mayo supuso para el escritor el «triunfo de la España feudal y foral, la de los caciques, los curas y los aristócratas». Él se definió como «jacobino». Y remató: «Si hubiéramos sacado la guillotina a tiempo, quizá hoy tendríamos otro país».

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“El Dos de Mayo no luchó toda la nación como dicen, sino que fueron cuatro gatos
Entrevista de Tamara de la Rosa - Noticias de Álava - 20/01/2008

De corresponsal de guerra a escritor de best sellers. El creador de 'Las aventuras del capitán Alatriste' y reciente miembro de la Real Academia Arturo Pérez-Reverte, visitó Bilbao para presentar su nuevo libro, en el que da vida a los protagonistas del Dos de Mayo de 1808. Amante de la lectura y del mar, espera poder pasar más tiempo navegando por el mediterráneo en su velero. Aprovechando su visita, hablamos con él sobre su nuevo trabajo, del que ya ha vendido 300.000 copias e incluso profesores lo usan como referente en las clases de historia. A Reverte se le ve realmente contento.

-¿Por qué un libro sobre el Dos de Mayo de 1808?
-La historia de esta fecha ha sido muy manipulada a lo largo de la Historia, y por eso he querido despojar a esta historia, en su segundo centenario, de toda manipulación, dando voz a los verdaderos protagonistas del Dos de Mayo, toda esa gente, con nombres y apellidos que se sublevó contra los franceses. Ese día España cerró las puertas a la modernidad.

-¿A qué se refiere cuando habla de manipulación?
-Me refiero a que durante 200 años todas las fuerzas políticas españolas han procurado hacer suyo el Dos de Mayo. Para los absolutistas se habían levantado por el rey y por la religión; para los liberales por la nación y por la libertad; para los carlistas por la legitimidad, para la I República por la independencia de cada uno... Todos y cada uno de ellos han hecho su lectura. Lo cual también es bueno, porque significa que todo el mundo ha querido verse reconocido en el Dos de Mayo. Es un tema común, que sirve para discutir, para que todos puedan hablar de él. Nadie lo rechaza, solo los estúpidos e incultos. Aquel día no luchó toda la nación sino cuatro gatos. La nación reaccionó más tarde.

-Según la editorial, "nadie lo había contado así". ¿Cómo lo cuenta Pérez-Reverte?
-Yo quería despojar la historia de esa manipulación patriotera que se ha hecho después. Quería limpiar el material y ver a las personas, a los protagonistas, a la gente que hizo aquello en la calle ese día. La forma más segura era hacer un libro con un tono documental. No inventar nada, sino utilizar material que ya había. Lo que he hecho ha sido ordenarlo de una forma novelesca en la que tanto nombres, personas y hechos son verdad. Así, los lectores podrán sacar sus propias conclusiones de aquel día.

-¿Qué material ha manejado para escribirlo?
-Bueno, por suerte hay muchísimo material. Por una parte tenemos todas las relaciones de muertos y heridos de aquella jornada. Pero además hay memorias de testigos que estuvieron allí, como son Mesoneros Romanos, Alcalá Galiano, el conde de Toreno... que contaron su recuerdo de ese día. También franceses. Si uno sabe reunirlo y estructurarlo hay mucho material. Lo que he hecho ha sido unir todos los testimonios de los testigos con el material documental para tener todo ese cuerpo de realidad con la que trabajar la novela.

-¿Su experiencia como reportero de guerra le ha ayudado a la hora de escribir 'Un día de cólera'?
-La experiencia como corresponsal de guerra me ha ayudado a plantear el aspecto documental del libro. Me ayudó mucho a reconstruir la escena de lo que sucedió. Yo no estuve el Dos de Mayo en la calle pero he estado en guerras, con lo cual he podido trasladar mi experiencia, mis recuerdos, el ambiente, el olor, lo que se respira en la calle, y llevarlo con más realismo a la novela. A mí no me han contado el Dos de Mayo, lo he vivido, porque he vivido otros Dos de Mayos en otros lugares. Esa experiencia personal es mi ventaja sobre el historiador. Este está limitado a los textos y a las fuentes que maneja. Yo, como novelista y ex reportero tengo una libertad y una serie de conocimientos extrahistóricos muy útiles para la historia, de los que el historiador carece. Por eso procuro que los valores principales del libro sean el documento y el testimonio.

-Si hubiese vivido ese Dos de Mayo, ¿qué habría hecho?
-Cuando era joven creía que lo tenía claro. Hubiese luchado contra los franceses. Pero ahora, con la distancia y la lucidez que te dan los años y los libros, comprendo que no está tan claro. Si hubiese podido me habría quedado en mi casa ese día. Pero no siempre es fácil quedarse en casa. ¿Qué pasa si matan al vecino o si queman tu casa? Al final, tienes que decidir. Esa es la tragedia de la gente lúcida.

-¿Qué conclusión saca de esta fecha después de haber escrito el libro?
-Que España es un país muy difícil y muy peligroso. Y sobre todo, que es una pena que toda esa gente, tan generosa, tan dispuesta a sacrificarse y a pelear con fe, hubiese sido capaz de hacer muchas cosas bien gobernada, orientada y dirigida. Esa gente llena de coraje, que el Dos de Mayo se enfrentó a los más poderosos del mundo, con navajas y macetas y los tuvieron a raya, era gente ignorante, fanática, cruel, inculta. Si hubiera sido culta, educada para una convivencia y para un futuro y bien gobernada hubieran podido hacer muchas cosas buenas. La conclusión es la tristeza profunda como español al ver mal empleada tanta energía, tanto coraje, tanto valor y generosidad. Verla mal empleada de mano de los obispos de siempre, de los ministros corruptos de siempre...

-Asegura que en este libro ha usado tanto trucos de novelista como de periodista. ¿No echa de menos el periodismo?
-No, hace ya muchos años que me retiré, y ahora estoy muy bien como estoy. Ya no tengo jefes. A veces tengo nostalgia de mi juventud, pero bueno, eso no es por el periodismo, es por la edad. Soy dueño de mi tiempo y de mi trabajo. Tengo libertad absoluta, y eso no lo tenía con el periodismo. Sería una estupidez renegar de esta situación.

-Siempre se ha definido como un gran lector. ¿Cuántos libros tiene en casa?
-Ahora hay unos 20.000 libros en casa, de los cuales unos 12.000 ó 13.000 son de Historia.

-Reportero, corresponsal de guerra, escritor de best sellers, miembro de la Real Academia, ¿qué le queda por hacer a Pérez-Reverte?
-Nada. Quizá navegar más. Tengo un velero y me gustaría pasar más tiempo en él. Eso es lo que espero hacer, pasar más tiempo en el mar y menos en tierra.

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Rogorn
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Mensaje por Rogorn » Dom Sep 28, 2014 11:39 am

Presentación de 'Un día de cólera' en Vigo
Crisand – capitán-alatriste.com - 21/01/2008

Recién acabo de llegar del viaje relámpago a Vigo. A pesar de la pequeña paliza que nos hemos metido, ha merecido la pena. Como preveo que el contar todo lo que fue me va a quedar bastante extenso, hago aquí un pequeño preliminar-resumen, por si no os apetece leerlo todo, y luego lo iré detallando: ha superado con creces mis expectativas; la presentación no fue excelente, ni mucho menos, pero a mi me supo a gloria oír en directo a Don Arturo. Tuve la posibilidad de acercarme a él y presentarme como del foro y se portó maravillosamente con nosotros. Por supuesto conseguí firma en dos libros, pude hacerme alguna fotillo con él, hablamos del tema de Chateaubriand (jejeje) y me presentó, más bien me invitó a conocer, a una persona genial.

Tras un viajecito de marras, con retención incluída por un brutal accidente (afortunadamente, no vi que llevaran a nadie envuelto en papel albal) que nos hizo temer que no llegáramos a tiempo, llegamos a Vigo a las 18:15. Fuimos directos al Auditorio y ya había gente esperando en la puerta, aunque ésta no se abría hasta las 19:30. Como no teníamos otra cosa que hacer, salvo comprar tabaco y tomar un café, nos pusimos a la cola y allí estuvimos más de una hora. Llegó la hora de entrar, cogemos un buen sitio tras las filas que estaban reservadas para los del Club Faro de Vigo y llega Don Arturo en medio de una gran ovación. Afortunadamente quien dirigía el acto (que no se presentó, por cierto; ni idea de quién era, el payo) nos ahorró detalles biográficos del invitado, y comenzó diciendo que, ya que había estado allí hacía 2 años, retomaba la conversación mantenida entonces, de modo que, ayudado de una pantalla, empezó a comentar las publicaciones habidas desde esa fecha, apoyándose fundamentalmente en cuadros y grabados que pasaba a comentar con Arturo, algunos de los cuales iban acompañados por citas recogidas de diversas entrevistas.

Comenzó APR diciendo que "me hice reportero para ver el fondo de los cuadros". Contaba que en casa de sus padres había muchos cuadros que eran reproducciones o litografías de cuadros famosos, como el de ‘Las lanzas’, y que él siempre se fijaba en lo que había en el fondo, no en esos señores tan importantes que siempre salían en primera fila, como los políticos actuales cuando posan para la foto. Estableció una relación entre su trabajo como reportero y sus numerosas lecturas "veía Troya en Sarajevo, en Beirut...", y que tras eso "no puede ser optimista la visión de la vida cuando has visto y has leído".

Empezaron a repasar obras como ‘Cabo Trafalgar’ y ‘El pintor de batallas’ (“pintor de las batallas”, como decía el presentador) mientras seguían con el paralelismo con los cuadros, deteniéndose especialmente en el cuadro de Durero ‘El caballero de la muerte y el diablo’, pero muy especialmente en ‘El triunfo de la muerte’ de Brueghel, donde Reverte se detuvo a explicar las escenas que veía en el fondo de ese cuadro, escenas de todo tipo de personas que vivían su vida tranquilamente, estando la muerte al lado suyo. También se reconoció gran aficionado al ajedrez, juego en el que él ve un símil muy fiel de la vida, que supone una lucha (él se considera peón) en la que hay bajas, pero que se sobrelleva porque miras alrededor y ves que no estás solo, que hay más peones, hasta que poco a poco, se va diezmando. Dice que es un mero aficionado pero que no juega bien, porque intenta hacer estrategias bonitas pero que al final cae, y que el contrario sólo tiene que esperar y así termina venciéndole. Siguiendo con la importancia que le da a observar cuadros, dijo que "antes el hombre se paraba a mirar cuadros; ahora sólo vemos la televisión". Vamos muy rápido, no nos dejamos tiempo para pensar; antes se entendía la mortalidad, éramos consciente de ella, mientras que ahora parece que la hemos olvidado. Aquí mencionó materias que ya ha plasmado en diversas patentes, como lo relativo a la imbecilidad del ser humano al construir en los cauces de los ríos, en las islas donde suele haber tsunamis (resulta que se ponen a hacer hoteles en islas paradisíacas... joder, por algo son paradisíacas y así deberían seguir, porque cada x años llega un tsunami y lo barre todo, leches), el hacer Torres Gemelas enormes que tardan 4 horas en evacuar a la gente mientras que sólo resisten el fuego dos, hipotecarnos hasta las cejas sin tener en cuenta que luego viene una crisis económica y nos tumban... "¿Hasta dónde debemos tener compasión de las personas que sucumben ante las anteriores catástrofes?... Sabías a lo que te exponías". Resumiendo, "porque somos gilipollas".

Continuó explicando diferentes cuadros de Goya, entrando ya en materia sobre UDDC (nótese que, a pesar de pretender repasar su producción literaria de los últimos dos años, el presentador del evento pasa ampliamente de ‘Corsarios de Levante’), considerando al pintor "políticamente incorrecto en su tiempo, porque era demasiado brutal. Para Goya no hay ni buenos ni malos, lo cuenta como lo ve, pero no se siente solidario con ningún personaje". En diferentes cuadros de batallas nos llama la atención sobre los perros que aparecen entre las patas de los caballos, o al lado de los guerreros. Dice que cuando estaba de reportero lo que más le impresionaba siempre eran los perros y las miradas de los niños porque "el que sabe por qué sufre (las personas adultas que se ven involucradas en una guerra) tienen más soportable el dolor, aunque sea injusto; el problema es cuando no se sabe qué pasa, como le ocurre a los perros y a los niños". Hizo mucho hincapié en el tema del perro fiel, que no se plantea nada pero que sigue al lado de su amo. Llegados a este punto define la vida como "algo que nos prepara para morir", afirmando que no le tiene miedo a la muerte, es consciente de que llega y la ha visto de cerca, pero le parece importante el "bien morir" y es lo que él intenta, prepararse para ello; aquí se da cuenta de que el discurso que está haciendo es de mal agüero. "No vayáis a pensar que este tío es un cenizo" (la verdad es que se le nota un pelín más "deprimido" que de costumbre...).

Continúan con ‘Un día de cólera’; para Reverte, el tratar de acercarse al 2 de mayo le supuso un cambio de perspectiva respecto a lo que a él le habían enseñado en la escuela acerca de ese momento. Descubre que se produce un conflicto entre una Monarquía corrupta y el francés invasor, lo que hace que se pregunte: "¿Quiénes son los míos?". Explica que para la preparación de UDDC contaba con muchísimo material documentado, y que para encajarlo todo se fabricó unos grandes paneles donde iba poniendo los personajes y luego los distribuía conforme a la cronología de aquel día; luego la argamasa que puso él, que fue en lo único que metió mano (tal y como cuenta en el preliminar del libro) no sabe si lo hizo bien o no, ahí es donde está el talento del autor.

Mete una frase de las suyas: "Fernando VII fué el mayor hijo de puta que ha gobernado España nunca, incluso más que Franco. Bueeeeno, lo dejaremos en tablas". Comenta otra vez que el levantamiento fue de las clases más populares, en contra de lo que suponía que era la liberación entonces, la ilustración de los franceses que nos libraría del encadenamiento de los gobernadores corruptos y de una Iglesia rancia que nos tenía atados y atemorizados bajo el yugo de la Inquisición, aún vigente entonces, pero que, a pesar de eso, siempre ha admirado el valor del pueblo aún siendo perdedor y a pesar de que ese valor nos condenó a 2 siglos más de atraso. Todo esto lo comenta ante la visión del hombre de la camisa blanca del cuadro de ‘Los fusilamientos del 2 de Mayo’ de Goya.

Al explicar su frase de que "el 2 de mayo de 1808 fué nuestro Álamo" remarca que el complejo de siempre de nuestro país es que nos avergonzamos y minusvaloramos cosas nuestras que en otros admiramos. El franquismo se apropió con fines propagandísticos de todos estos símbolos y cuando llegó la democracia a España, decidió borrarlo todo, sin separar y sin descontaminarlos, de ahí que ya no se pueda decir sin miedo a que te llamen facha ni siquiera el nombre de España (declamó la letra de una canción popular franquista en la que se decía que el Cid cabalgaba vestido de azul, jejeje), lo que explicaba que ahora quede poco "progre y democrático" hablar siquiera de la figura del Cid, porque en vez de intentar separar la morralla franquista de las figuras históricas, se ha optado por eliminarlo todo, y que por todo ello es por lo que ha querido recuperar nuestro "Álamo".

Más o menos en eso consistió la presentación. En mi opinión, la forma de llevarla a cabo (dejando obviamente a un lado la siempre, para mí, magistral exposición de Arturo) fue bastante pobre; más bien parecía un comentario de textos realizado en una escuela. Aparte de los cuadros que iba explicando Reverte, se plasmaban en pantalla frases del libro, sobre todo las cartas que aparecen en cursiva en el libro, y otras citas, así como extractos de entrevistas que le han hecho. El que dirigía la presentación de vez en cuando interrumpía a Arturo, lo que hizo que a éste se le fuera la olla al menos 4 veces, haciéndolo notar él ("joder, ya no sé de qué estaba hablando"), lo que hizo que a la hora en punto de comenzar la presentación, dijera "ya hemos acabado. Por favor, los que tengan algún libro para que les firme que se acerquen, que se los dedicaré como mucho gusto".

Aquí llegó la avalancha, y nueva cola para esperar que nos tocara acercarnos a él. Cuando por fin llegó nuestro turno (omito los detalles acerca de mi temblor de piernas, risa nerviosa y demás), mi marido se apartó un poco para poderme sacar alguna foto con él y yo comencé diciendo que soy del foro del capitán Alatriste
-¿Ah, sí? Encantado. Ya me extrañaba que no estuviérais ninguno por aquí.
-Pues ya ve, Don Arturo, aquí estamos. Somos de León pero venimos de Lugo ex-profeso para verle.
-Vaya, pues os doy las gracias por el detalle. ¿Él es también del foro? (dirigiéndose a mi marido)
-No, no está registrado.
-Ah, entonces es friki consorte, jeje. Muchas gracias por haber venido.
-Don Arturo, por un momento pensé que, ya que estaban con las citas, iban a llegar a lo de Chateaubriand. Ya sabe, bueno, es que en el foro me han pedido que le saque el tema, si no le parece mal.
-Jaja, claro, ahí me pasé de listo, porque lo que tenía que haber hecho era simplemente decir que esa cita era de Chateaubriand sin decir de qué obra, porque claro, de esta manera, enseguida se ha comprobado el anacronismo, pero es que ¡me venía tan bien la cita, recogía exactamente lo que quería yo expresar! Bueno, en fin, qué se le va a hacer, jeje.

Antes de que nos acercáramos a él para las firmas, durante la presentación, al hablar de la cantidad de nombres y apellidos, profesiones, domicilios etc, que recoge en el libro, dijo que reconocía que era una cantidad ingente de personajes. "Hmmm, no sé cuántos ¿cuántos eran?", dijo dirigiéndose a alguien de la primera fila. "571", contestó alguien. "Jeje, menos mal que siempre hay un friki que se ocupa de estas cosas". Ante esto, deduje que, ya que no me constaba que nadie más de este foro fuera a acudir a la presentación, debía tratarse de algún forero de iCorso. Cuando estaba Arturo firmándome los libros me dijo: "Ya que no ha venido nadie más del foro, deberías conocer a ése, de iCorso, que es una bellísima persona; te encantará conocerle". Me indicó quién era de los que estaban en las primeras filas, y, después de despedirnos de él, hacia ese chico me dirigí. Lo que pasó a continuación fue uno de los mejores momentos de la jornada. Estuve charlando muchísimo rato con ese forero que, tal y como me dijo Arturo, era encantador y majísimo. Allí estábamos los dos, haciendo patria de nuestros respectivos foros, comentado las diferencias y similitudes que había entre ambos, y se nos fueron uniendo algunas personas más de los que le acompañaban, entre ellos un chico de Ponferrada que dijo que había participado como extra en la peli de ‘Alatriste’, en el rodaje en Uclés, y ahí seguimos, comentando la peli, cosas de Viggo (no pude por menos que enseñarle la foto que llevo en el móvil de "Los Mortensen", jeje), intercambiamos experiencias vígguicas y críticas más o menos constructivas de la película. También se unió a nosotros una estupendísima y bellísima señora, miembro del Club Faro de Vigo, profesora de Arte, con la que disfruté recordando diversas frases de la saga de Alatriste y ella dándome diversas explicaciones acerca de ellas y de los libros, terminando con la conclusión, mirando todos a mi marido de que "es dura la vida del friki, pero más la del consorte" (aquí debo aclarar que mi santísimo no fue a estos menesteres obligado, ni demostrando que el Santo Job es un cualquierilla a su lado, que mi contrario es, de siempre, un seguidor de Reverte y que aún está por demostrar quién de los dos ha disfrutado más de la experiencia de hoy).

Bueno, éste es sin duda el post más largo que he escrito en mi vida. Disculpadme por ello; he tratado de contároslo lo más fielmente posible para que lo viérais como si hubiéseis estado todos allí, ya que gracias a vosotros he disfrutado de una tarde inolvidable. Gracias.

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“Los españoles somos violentos, puñeteros y de bronca fácil”
Rafa López – farodevigo.es – 22/01/2008

“Los españoles somos violentos, crueles, envidiosos, puñeteros y de bronca fácil". Así se expresaba ayer en el Club Faro el escritor Arturo Pérez-Reverte al hilo de su última novela, ‘Un día de cólera’, un relato documental por el que desfilan medio millar de personajes reales de la sublevación contra las tropas napoleónicas del 2 de mayo de 1808.

El novelista utilizó el cuadro ‘La carga de los mamelucos’, de Goya, para explicar su parecer en torno a la revuelta que dio origen a la Guerra de la Independencia contra los franceses (1808-1814). "Son incultos, defienden a un rey infame, a una España atrasada y a una Iglesia caduca -resaltó, en referencia a los ciudadanos del cuadro que asaltan a los franceses en sus monturas- Pero no puedo evitar admirar el valor". "A veces me quema la sangre este país puñetero, pero aun así a veces me veo conmovido", añadió.

No fue la del genial pintor aragonés la única obra pictórica que fue objeto de comentario durante la charla, conducida por Manuel Ángel Candelas, profesor de Literatura Española de la Universidad de Vigo. Sobre ‘El triunfo de la muerte’, de Pieter Brueghel el Viejo, aseguró que fue el que le animó a ser reportero. "Yo quería ir al fondo de ese cuadro", dijo, después de explicar que se crió entre pinturas y que siempre se interesó por la gente misteriosa que ocupaba el último plano de las escenas pictóricas, como la tropa de ‘La rendición de Breda’ (‘Las lanzas’), de Velázquez: "Los generales salen en primer plano, son como los políticos de la época que quieren salir en la foto; en cambio, la gente que hacía el trabajo sucio, que sufría y que moría, salía al fondo. Me hice reportero para irme al fondo de los cuadros que veía de pequeño".

El escritor, nacido en Cartagena, comentó aspectos de sus libros más recientes, como ‘Cabo Trafalgar’, otra novela histórica, y ‘El pintor de batallas’, además del citado ‘Un día de cólera’. Reconoció que en su quehacer literario han influido sus lecturas y su bagaje de veinte años como corresponsal de guerra. "Había leído ‘La Ilíada’ y veía Troya en Sarajevo y en Beirut", ejemplificó. Señaló que con veinte años fue a la guerra por aventura, "para conocer mundo, chicas guapas, borracheras, acción y adrenalina", pero que luego empezó a sentirse como parte de esa tragedia humana: "La guerra es la vida normal llevada al extremo, un espectáculo fascinante para un joven con ganas de aprender".

Así como ‘Territorio comanche’ ajustó cuentas con su labor periodística y cerró su etapa como reportero, ‘El pintor de batallas’ (2006) pone un punto y aparte pasado el medio siglo en la vida del escritor: "Empiezo a enfilar la puerta de chiqueros y `El pintor de batallas´ es una reflexión sobre mi forma de ver la vida, que no es muy optimista". Antes había publicado ‘Cabo Trafalgar’ (2004), una novela que describe una España "en el buen camino, el de la Ilustración". "España estuvo a punto de ser algo en el siglo XVIII -apuntó-, pero todo se torció. Empezó con Trafalgar y terminó con el Dos de Mayo". En torno a esa ocasión perdida versa también su último libro, ‘Un día de cólera’, sobre una fecha, a su juicio, "muy manipulada". "El franquismo le puso camisa azul a Daoiz y Velarde", recordó Arturo Pérez-Reverte, que auguró que se repetirá la utilización política de la efemérides en el segundo centenario, este año. "Estamos en manos de la clase política más infame del mundo -opinó-. Antes de que empezara la manipulación del Dos de Mayo quería sentar unas bases mínimas".

Foto: http://www.icorso.com/colera/COLERA/PRE ... 20vigo.pdf

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Mensaje por Rogorn » Mar Sep 30, 2014 9:50 am

La cólera del pueblo
Antonio Garrido - Sur Digital - 01/02/2008

Cuando un escritor es famoso, lo he escrito alguna vez, y publica en una editorial importante que puede hacer un gran montaje publicitario en todos los frentes, insisto en todos, no es fácil hacer la crítica del libro porque son muchos los condicionantes y no el menor el quedar apabullado por las montañas de ejemplares que se encuentran en todo espacio en el que se venden libros. La invasión del volumen es inevitable y claro, se dirá que una crítica negativa es la lógica consecuencia de la envidia del crítico, esa criatura de piel verdosa que se muerde las uñas desde la impotencia. Les garantizo que no es mi caso, me alegro muchísimo de los éxitos de los escritores y de que las editoriales vendan muchos ejemplares, siempre que el producto tenga el suficiente nivel de dignidad, y la novela del cartagenero la tiene aunque no es una obra maestra. Pérez-Reverte frecuenta con un éxito extraordinario la novela histórica y ahí está su capitán Alatriste.

No faltó a la cita del aniversario de Trafalgar y ahora no lo hace tampoco a la del bicentenario del 2 de mayo; en ambos casos, aunque no se insiste en ello, la figura de don Benito está muy presente y eso es bueno. Los 'Episodios nacionales' del canario son un monumento muy difícil de superar. ¿Qué debe esta novela a Pérez Galdós? La decisión de que el personaje principal sea colectivo; ese fue el gran hallazgo del autor de 'Misericordia'. En este caso, el carácter coral es aún más radical porque Pérez-Reverte recurre en gran parte de la novela a la presunta objetividad del informe. Se dice más que se siente con el efecto contrario, se siente más que se dice, precisamente, por la aparente frialdad y objetividad de la prosa que deja el hecho que se cuenta en la pura osamenta, sin matices, sin opiniones. Ya digo que no es la única técnica porque a lo largo de las cuatrocientas páginas del volumen el autor recurre a diversas formas de expresión narrativa pero insisto en que el personaje coral y el lenguaje casi burocrático en muchos momentos son los dos rasgos más relevantes utilizados a la hora de montar la historia.

Otro mérito de la novela, externo a ella pero que es preciso valorar, es que, aunque parezca mentira, muchos lectores se van a enterar lo que fue el 2 de Mayo y hasta la Guerra de la Independencia. Por razones que serían de otro lugar es una penosa realidad la ignorancia de la historia, hasta de la más reciente; de manera que la novela cumple una función didáctica que no le es propia pero que también cumplió en su momento el gran proyecto de Pérez Galdós, sobre todo en las ediciones populares que se hicieron de los 'Episodios'.

El autor de Cartagena acierta cuando en cientos de instantáneas nos transmite la tremenda crueldad de la jornada, una crueldad que anticipa lo que sería la tónica dominante de una guerra en la que no hubo cuartel por ambas partes, que significó la primera derrota de Napoleón y una terrible ruina en todos los órdenes para España, empezando por la economía y acabando con la terrible destrucción y expolio de su patrimonio histórico.

La sublevación del 2 de mayo fue popular; nació de los niveles sociales menos favorecidos y no fue secundada por la mayoría de las clases dominante, de los intelectuales y del ejército. La cobardía de estas clases, encarnada en algunos de sus representantes como Moratín o el Ministro de la Guerra es uno de los mensajes más claros del texto. El autor recurre a las nóminas de víctimas y se centra, es lógico, en la resistencia del Parque de Monteleón y en sus protagonistas. Con lujo de detalles, el libro va acompañado de un mapa de Madrid, se narra la heroica defensa, sí, es necesario emplear la palabra que significa en este caso la fama que se consigue con acciones extraordinarias.

Son centenares los personajes de la novela, lo que puede lastrar su lectura en algunos momentos por la acumulación de nombres. El autor recurre a la tradición para caracterizar a Daoíz y a Velarde, tradición que se ajusta a los testimonios de los testigos: los dos militares no obedecieron las instrucciones de sus superiores y sacaron los cañones a la calle y armaron al pueblo como vemos en el cuadro de Sorolla en el que se resume la fuerza brutal del choque de doscientos valientes frente a fuerzas muy superiores.

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Mensaje por Rogorn » Dom Oct 05, 2014 9:40 am

“Hay que limpiar la historia de manipulación y estupidez”
Entrevista de Rafa López – El Faro de Vigo – 10/02/2008

El autor de ‘Un día de cólera’ dice que esa guerra sucia del iraquí contra el americano es la que "hicieron los madrileños contra los franceses y luego los españoles contra los franceses".

Da la impresión de estar permanentemente en posición de guardia, sobre todo cuando te mira con ese gesto de navegante avezado que ha cruzado el cabo de Hornos sin despeinarse y esa nariz afilada como un sable que parece retar a su interlocutor. A Arturo Pérez-Reverte (Cartagena, 1951), escritor y capitán de yate, le ha dado por atar los cabos de una de las jornadas más dramáticas de nuestra historia, y su empeño ha llegado a buen puerto en ´Un día de cólera´ (Alfaguara). Su vehemencia y el brillo de su mirada transmiten la fascinación que le produce hablar de la historia, unos hechos cuyas consecuencias alcanzan nuestros días.

-Dice que en la jornada del 2 de mayo de 1808 se formaron las dos Españas, pero que a la vez se tomó conciencia de nación.
-Más que se formaran, ese día empezaron a advertirse en la gente actitudes que serán las de las dos Españas. Desde esa jornada hay que empezar a tomar partido. Esa necesidad de elegir con quién estoy de los dos es lo que va marcando las dos Españas. Por eso mucha gente no interviene y se queda en sus casas mirando, porque no se sienten implicados ni con unos ni con otros. Eso por un lado, ¿y la segunda parte de la pregunta era?

-¿Se tomó conciencia de nación?
-No ese día, porque de una ciudad de ciento setenta mil habitantes combaten no más de tres o cuatro mil personas, y todo clase humilde: pescaderos, mendigos, putas, rufianes, carpinteros, albañiles… Gente del pueblo bajo. La gente bien, la gente de orden, no interviene, se queda en sus casas mirando. Ese día en sí no es nada, es una intifada, pero al siguiente la noticia corre como un reguero de pólvora y la nación toma conciencia. La gente salió a la calle por furia, por cabreo. Por eso he titulado el libro ‘Un día de cólera’, no ‘Un día de gloria’ ni ‘Un día de patria’.

-No fueron lances honrosos los que se libraron. Llegaron a disparar un cañón cuando ambos bandos estaban parlamentando bajo bandera blanca.
-Tenga en cuenta que era un pueblo sin preparación militar, que combatía como podía y de cualquier manera, sujeto a sus vaivenes y pasiones. No había eso del honor, dispare usted primero, ríndase... No. Se degolló, se acuchilló, se mató, se rompieron palabras y un montón de cosas más. Es lo que está ocurriendo ahora en Irak. No puedes pedirle a un país ocupado por un ejército poderoso que se comporte según las leyes de la guerra, porque eso sólo beneficiaría al invasor. No pelean como los americanos, porque no tienen los medios. Esa guerra sucia del iraquí contra el americano es la que hicieron los madrileños contra los franceses y luego los españoles contra los franceses.

-Parece sacada de una película de Berlanga la peripecia del cerrajero Blas Molina, que es quien enciende la chispa de la sublevación y al final se va de rositas.
-Así es. Pero es que España es una película de Berlanga. Berlanga no es un accidente, recoge la caricatura que somos muy a menudo. Y en esa jornada trágica, cruel y violenta también hubo momentos esperpénticos y hasta divertidos.

-Entre esos momentos divertidos están los de Murat, no sé si corresponden más a la ficción que a la historia.
-Los hechos son todos reales. He tenido la ventaja de que había mucho material previo, expedientes de 409 muertos y 160 heridos, memorias de franceses y de españoles... Todo lo que cuento es real. Lo que hace el novelista es trazar, hilar las relaciones entre los personajes, meter diálogos donde no se sabe lo que se dijeron...

-Pero los diálogos de Murat, chapurreando el español con acento francés, funcionan a modo de válvula de escape humorística.
-Sí, hay un pequeño desahogo en un par de situaciones, como cuando la monja está diciendo “¡Al cielo todos!”. Como válvula de escape, aunque la historia fue una desgracia.

-El siglo XIX español fue muy convulso y complicado políticamente. ¿Un reflejo de ese espíritu que afloró el Dos de Mayo?
-Ese día tiene dos lecturas: una es la visceral, admiras a esa gente por lo que hizo. Gente digna, con coraje, que se enfrentó a un ejército poderoso sin armas y sin dirección competente e hizo levantarse a un país después. Pero, por otra parte, la modernidad eran los franceses. Produjo una reacción a favor de un rey corrupto y una monarquía corrupta, de una Iglesia reaccionaria y antigua, de una España casposa de cerrado y sacristía... Te das cuenta de que los españoles lucharon contra el enemigo que no era. El enemigo estaba dentro. Una guillotina hubiese arreglado a ese enemigo con mucha facilidad, pero no tuvimos guillotina, por desgracia. El enemigo real era ese rey, y esos curas, y esas instituciones caducas, antiguas y rancias del Antiguo Régimen, y eso no se supo ver. Fue una lucha admirable y a la vez estremecedora, porque con eso nos echaron encima una losa que todavía, doscientos años después, sigue pesando y nos sigue haciendo la puñeta.

-¿Teme que ahora se haga otra lectura equivocada, coincidiendo con el segundo centenario del Dos de Mayo?
-Seguro, ya se está haciendo. Por eso he sacado este libro. El franquismo contaminó el Dos de Mayo de fanfarria patriotera, se apropió de él; les puso camisa azul a Daoíz y a Velarde, y eso hizo que después la democracia, al quitar los símbolos franquistas, se cargase también eso. Lo que hay que hacer con la historia es limpiarla de estupidez y de manipulación, y el libro es un intento por recuperar aquello. La izquierda, con la democracia, olvidó que el Dos de Mayo fue una fecha reivindicada también por los liberales. Los militares liberales que se pronunciaban en el siglo XIX, Riego y demás, recordaban que Daoíz y Velarde se habían sublevado contra órdenes superiores y a favor del pueblo.

-Como otras obras suyas, se trasluce la idea de que no hay guerra limpia, cuando ha hecho fortuna la idea de que antes del bombardeo de Guernica los conflictos eran más nobles, se respetaba a la población civil...
-Eso son cuentos chinos. No ha habido una guerra noble jamás. Todas las guerras son sucias, turbias y puercas. Y siempre están sacando partido de ellas los mismos sinvergüenzas, los que nunca se arriesgan. Las guerras de antes eran igual de sucias que ahora, sólo que antes el pueblo era más inculto y era más fácil engañarlo con cuadros, con discursos, con himnos, con monumentos, con banderas... Ahora el pueblo se deja engañar con menos facilidad, aunque todavía se deja engañar.

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Mensaje por Rogorn » Vie Oct 10, 2014 10:33 am

El Cornelius Ryan español y la jornada de honor que despertó España
Manuel R Ortega - elsemanaldigital.com - 25/02/2008

Fue una fecha en que la sangre labró su hazaña en los mármoles. El recuerdo aún está vivo en ese Madrid del siglo XXI. Arturo Pérez-Reverte tan sólo se ha parado a escucharlo.

Yo, damas y caballeros, luché a las sombra de las flechas persas en las Termópilas tras peinar nuestros cabellos. Conocí las tempestades de acero del frente occidental en la Primera Guerra Mundial. Hice frente a las oleadas del Vietminh en Indochina y vestí el uniforme atigrado de los paras en Argelia. Sé lo que es luchar en los confínes de Britania y he cabalgado, Colt en ristre, bajo la bandera de la Confederación. Vi caer al coronel Dunford en Isandhlwana y aguanté las arremetidas zulúes, con el hombro destrozado por el retroceso salvaje del recalentado Martini Henry, bajo los gritos de mando de los tenientes Chard y Bromhead, en Rourke's Drift.

Todo eso se lo debo a Steven Pressfield, Jean Mabire, Ernst Jünger, Erwan Bergot, Jean Larteguy, Simon Scarrow y muchos otros. Escritores que me han abducido a los escenarios de sus libros y han conseguido que me sintiese como uno más de los personajes de sus libros. Muchos de ellos mezclaron los hechos históricos con la ficción. Y les dio resultado. Sin ir tan lejos como aquel entrañable sinvergüenza y grandísimo escritor que fue Alejandro Dumas. "Me acusan de violar a la Historia, pero reconocerán que le hago bellos hijos", decía. Con toda la razón.

En esa cofradía mencionada más arriba ha entrado Arturo Pérez-Reverte por derecho propio. 'Un día de cólera' es difícil de calificar. No porque no sea bueno, que lo es, sino por la categoría en que incluirlo. Aquella jornada en que la sangre corrió a raudales por las calles de Madrid, descrita por el escritor cartagenero, sólo tiene parangón con aquellos libros míticos de Cornelius Ryan sobre la Segunda Guerra Mundial. Tanto Ryan como Pérez-Reverte forman parte de esa hermandad ya descrita. Y si el español se jugó el tipo durante veinte años en lugares poco recomendables, el irlandés tampoco le fue a la zaga. Ryan, corresponsal de guerra en la Segunda Guerra Mundial, voló en catorce misiones aéreas de bombardeo –cuando lo difícil no era llegar al objetivo, que lo era, sino regresar–, acompañó a Patton hasta el final de las hostilidades en Europa y después se marchó al Pacífico. Cuando acabó aquel conflicto, cubrió desde Jerusalén el terrorismo judío contra las tropas británicas. Años después, retirado del periodismo activo, escribió 'El día más largo', que daría lugar a la célebre película. Inagurando, por cierto, una forma de relatar hechos de guerra, aunando todas las perspectivas posibles y recurriendo a todos los protagonistas, desde el más importante al más insignificante. Años más tarde, repetiría el éxito de su primera obra con 'Un puente lejano'.

¿Y por qué esta explicación sobre Ryan? Pues porque Pérez-Reverte se ha convertido en el Cornelius Ryan español en esta obra. 'Un día de cólera' es un reportaje de 400 palabras [sic], escrito en un estilo ágil y plagado de nombres y datos. Echando mano de relaciones de muertos y heridos, informes militares, memorias y una generosa bibliografía, Pérez-Reverte pone negro sobre blanco la fecha más emblemática de Madrid. Hay dos formas de leer este libro, que son perfectamente complementarias. Una, a toda mecha, quemando etapas gracias a la agilidad y al estilo. Otra, lentamente, mascando las palabras y ayudándose con el mapa de la capital en 1808 que se incluye y que permite seguir los acontecimientos. Quienes conozcan la capital –y ahí está una de las claves de este libro– podrán hacerse a la idea de cómo miles de soldados franceses tuvieron que pelear en una parte de la ciudad actual que hoy nos parece mínima. Y aunque muchos de los edificios de la época fueron remodelados, y la mayor parte datan de mediados del siglo XIX, basta darse un paseo después de leerlo para tomar algo de conciencia de cómo transcurrieron aquellos acontecimientos.

¿Lo mejor de 'Un día de cólera'? Sin duda episodios como el impresionante combate de la Puerta del Sol, la carga de caballería pesada en la Puerta de Toledo y todos esos madrileños salidos del pueblo llano –sólo unos pocos nobles y militares se unieron a la revuelta–, armados con palos, espetones de asar, navajas y otras armas de ocasión, dispuestos a vengar las afrentas recibidas. O la desesperación de Murat, con el mejor ejército de Europa desbaratado por civiles mal armados. E incluso la cobardía de las autoridades políticas y militares españolas. "Los que salvaron a España fueron los ignorantes y los que no sabían leer ni escribir", dijo Ángel Ganivet.

Sin lugar a dudas, hay momentos de gran dramatismo. En ese sentido, las partes dedicadas a glosar el combate en el Parque de Monteleón, con Daoíz y Velarde al frente, son más que dignas. En algunos casos, se conjuga un peculiar sentido del honor. Pérez-Reverte describe un acontecimiento real y documentado: cómo un gran número de presos de la cárcel de la Villa pidieron permiso, so pena de amotinarse, para luchar contra los franceses bajo promesa de regresar a las celdas al final del combate. Lo mejor de todo es que, efectivamente, lucharon como leones y volvieron todos, salvo los muertos. Los que no lo hicieron fueron dados por desaparecidos, probablemente muertos en las refriegas y no identificados.

Incluso la portada ya dice bastante de cómo debió de ser aquella orgía de sangre, pólvora y acero: una ilustración de Eugenio Álvarez Dumont, 'Malasaña y su hija', fechada en 1827. En ella se ve a Manuela caída muerta en el suelo, mientras su padre, ataviado con el traje madrileño de la época, clava su navaja entre las juntas de la coraza de un jinete francés. Cuyo sable, por cierto, está mellado –es de imaginar por qué– y cuyo rostro, con los ojos desencajados y expresión de terror, lo dice todo. "Los españoles en masa se condujeron como un hombre de honor". La frase, de Napoleón, puede leerse en el 'Memorial de Santa Helena'. Pérez-Reverte ha plasmado cómo esos españoles, esos madrileños, se batieron en una jornada de furia que despertó a un país entero frente a la invasión.

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remolina
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Mensaje por remolina » Vie Oct 10, 2014 11:01 am

Yo, y me vais a perdonar, es el último libro de APR con el que disfruté de verdad, de principio a fin. :?
"Aprecio a esos cabrones" APR

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Rogorn
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Mensaje por Rogorn » Sab Oct 11, 2014 9:52 am

Perdonada :twisted:

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Entrevista en escritoresvascos.com - 02/2008

Trescientos mil ejemplares vendidos en poco más de un mes con 'Un día de cólera' (Alfaguara), su nueva novela. Números que asustan si tenemos en cuenta que, hoy por hoy, el escritor Arturo Pérez-Reverte sigue siendo el autor español que más lectores concita. Capaz no sólo de crear un personaje como Alatriste que ya es referente en la Literatura o de mantener durante varios largos años una sección fija en 'El Semanal', el autor mantiene amigos y enemigos, pero seguramente no deja indiferente a nadie. Puede que sea su vehemencia a la hora de hablar, con ese toque de chulería del que cree en lo que dice, pero sobre todo del que ha visto y ha leído mucho. En 'Un día de cólera' recrea con cierto toque documental y periodístico una jornada que cambió la historia española y que sirvió para separar “los comportamientos de la España liberal y la reaccionaria”.

-En muchas de sus novelas ahonda en la Historia. ¿Una forma de entender la realidad de hoy?
-Siempre. Hay dos tipos de libros de historia. Uno es la historia pastiche, tipo Walter Scott, que es muy respetable pero que sólo recrea una serie de acontecimientos, y otra es la que vale para entender el presente, contada desde la lucidez del presente. Mi historia tiene que ver con comprender la España de ahora. Somos lo que somos porque fuimos lo que fuimos. Por eso para mí es tan importante el rigor cuando hablo de novela histórica, porque no puedes inventártelo todo: al hacerlo falseas también el presente.

-¿Por qué cree que está ahora tan de moda la novela histórica?
-A mí realmente tendría que darme igual porque llevo escribiendo sobre la Historia desde 'El húsar', mi primera novela. Pero es cierto que llevamos unos años en los que han proliferado las obras de componente histórico. Y creo que la razón es porque en España los políticos han sido tan gilipollas que nos han escamoteado la Historia. Desde hace 20 o 30 años, o más, nos han estado robando la Historia de los libros de texto. Y no se dan cuenta de que la gente la necesita, porque es lo que te da la razón de ser, lo que te justifica. Lo que la gente no encuentra en los libros de texto se va a las librerías a buscarlo. La estupidez de los políticos ha hecho la fortuna de los editores. No sabes la cantidad de cartas que me llegan, con el tema de Alatriste sobre todo, en las que me dicen: “Pero es que yo de esto no tenía ni idea”, o “En el colegio no lo he estudiado”. A chicos ávidos de saber les están robando aquello que les justifica.

-En su novela refleja la sublevación de unos pocos contra los franceses, en especial el pueblo llano. ¿España tiene capacidad de sublevación?
-Ya no. El ciudadano español es muy broncas, muy peligroso, pero no hay que confundir una cosa con la otra. Siempre ha sido un tipo insolidario, esquinado, atravesado, muy de navaja fácil. La Historia de España está llena de ejemplos, desde los romanos hasta ahora mismo. Conservamos la mala hostia, somos capaces de acuchillarnos los unos a los otros pero en pequeño comité. Los cabreos colectivos han pasado porque el mundo ha cambiado, afortunadamente. Un 2 de Mayo hoy en día sería imposible. Ahora la gente saldría a la calle a ver si le han abollado el coche.

-¿Habría sido diferente sin la sublevación contra los franceses?
-Si ves lo que hizo toda esa gente analfabeta, manipulada por curas y frailes, por políticos corruptos, te preguntas qué no habría hecho esa gente con esa capacidad de sacrificio, esa generosidad y ese coraje si hubiera estado bien gobernada, educada como debe ser. Qué país sería éste si todas esas virtudes, incluso su mala leche, se hubiera encauzado hacia cosas de trabajo o de futuro. Qué sería España si en vez de gastar tanto tiempo y dinero con todas esas chorradas sobre las veinte Españas lo invirtiéramos en hacer un bien común para todos.

-¿Qué le queda a usted de sus investigaciones sobre la Historia de España?
-Una melancolía tremenda. Qué buenos vasallos habríamos sido si hubiéramos tenido buenos señores. La losa que tenemos al cuello es la incultura. Esta gente, si hubiera sido culta, no se habría sublevado por una monarquía corrupta sino por la libertad y por la decencia. Lo terrible es que aquello fue un impulso generoso por una causa equivocada. Y la historia de España está llena de estos impulsos. Por eso hay hijos de puta que se aprovechan de ellos. Aquí mismo, en el País Vasco, chicos generosos utilizados como en otras partes. Pero si supieran en dónde están y en qué contexto el mundo sería muy diferente.

-En 'Un día de cólera' aparece Monteleón, que usted ha definido como El Álamo español. Sin embargo, conocemos la historia del segundo y no la del primero.
-Espero que este libro sirva para conocerla mejor. Treinta militares desertores y doscientos paisanos tuvieron en jaque al ejército más poderoso del mundo, y además hicieron cien prisioneros. Y sí, cayeron como chinches, pero murieron peleando. Eso es El Álamo. Lo que son las cosas: he oído decir a tipos que se emocionan con la historia de Davy Crockett pero que no saben nada de los que cayeron en Monteleón. Y estos eran nuestros, coño. Y he querido recuperarlos. Pero no de una forma patriótica, y quiero que la gente se dé cuenta de ello. Porque este es el daño que se le ha hecho al 2 de Mayo: envolverlo en patrioterismo. Cuando la derecha se apropió de todos estos símbolos los jodió, los llenó de fanfarria, le puso camisa azul al Cid. Y luego, todos estos hechos históricos en vez de limpiarlos de esa pátina de patrioterismo hemos preferido tirarlos.

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Rogorn
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Mensaje por Rogorn » Dom Oct 12, 2014 10:27 am

Pérez-Reverte narra estallido español contra Napoleón
Víctor Valenzuela - La Tercera (Chile) - 11/03/2008

Llega a Chile la novela del "best seller" español, que cuenta, con buenas dosis de documentación, la rebelión en la España invadida por Napoleón. Contra el mito instalado en el imaginario, el libro cuestiona la gloria de su propio pueblo. A partir de esta semana se encuentra disponible en el país 'Un día de cólera', el último libro de Arturo Pérez-Reverte (56), quien narra con agilidad y buena documentación uno de los días más sangrientos de la historia española: el 2 de mayo de 1808, en plena invasión francesa, los madrileños desafiaron a 30 mil hombres del ejército de Napoleón. Pero estaban desarmados. Así, una turba popular expresó su rabia con palos, navajas, piedras y lo que tuvieran a mano. El resultado respondió a la lógica de los enfrentamientos desiguales: mil españoles tiñeron de rojo los charcos que la llovizna nocturna había dejado en las calles.

Uno de los aspectos que más ha llamado la atención de este nuevo libro de Pérez-Reverte, uno de los autores más populares en nuestra lengua, es la capacidad para cuestionar los mitos de heroísmo y gloria que flotan en el imaginario cultural español. "No fue un día glorioso", ha dicho el propio escritor, quien también ha subrayado que no fue Madrid entero el que se alzó contra el invasor: "Se rebeló sólo el pueblo bajo, pero la burguesía y las clases altas se quedaron en casa porque temían más al populacho que a los franceses". Pérez-Reverte, que trabajó 21 años como corresponsal de guerra, también ha dicho que este es un período de la historia de España que conoce bien. De hecho, no es primera vez que escribe sobre la Guerra de Independencia de su país (1808-1814): 'El húsar' (1986), 'La sombra del águila' (1993) y 'Cabo Trafalgar' (2004) responden a la misma temática.

Si Mario Vargas Llosa dijo en 'Cartas a un novelista' que el escritor inventa ficciones que en su propio mundo no pudieron existir, entonces Pérez-Reverte realiza un gesto inverso: 'Un día de cólera' está compuesto sobre la base de informes militares, crónicas y memorias de personas que sudaron y se desangraron en las veredas de Madrid ese 2 de mayo. Porque el escenario del relato es el centro de Madrid, con sus calles descontroladas, el aire cortado a navajazos y el sudor frío del miedo y el descontrol. Es el clima que, de seguro, el novelista experimentó en las calles de Beirut, Sarajevo o cualquier otro sitio que visitó cuando era corresponsal de guerra.

“He querido eliminar adjetivos, contar los hechos en vez de calificarlos. Mi intención es que se sienta la acción, ver cómo corría la gente en la calle. Por eso no aparecen palabras como glorioso o heroico”, ha dicho el autor. Con más de 400 páginas, 'Un día de cólera' no tiene un protagonista, sino muchos protagonistas. Son los sujetos anónimos que no figuran en los libros de Historia con mayúscula, pero que ahora pasan a engrosar las filas de la literatura.

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Mensaje por remolina » Mar Oct 14, 2014 11:44 am

APR escribió: Un 2 de Mayo hoy en día sería imposible. Ahora la gente saldría a la calle a ver si le han abollado el coche.


Eso mismo lo dijo el año pasado en el programa de Jordi Évole acerca del 15M y, a día de hoy, no sé ya si darle la razón. Sí, hay mucha gente que sólo se asomaría a ver si habían dañado lo suyo, pero hay gente que sí saldría a la calle a luchar. ¿Cuántos? Ahí ya no tengo ni idea.
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Rogorn
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Mensaje por Rogorn » Jue Oct 16, 2014 5:37 pm

Aniversario del 2 de Mayo: Así fue el día más largo
David Benedicte - XL Semanal - 06/04/2008

Un recorrido con Pérez-Reverte por el lugar de los hechos, retrato de sus protagonistas y semblanza de un testigo, Francisco de Goya. "Fue una "intifada" con navajas que al final, se convirtió en una gesta admirable". Así define Arturo Pérez-Reverte la rebelión madrileña del Dos de Mayo, de la que se cumplen ahora 200 años. Hemos recorrido de su mano los lugares clave de aquel Madrid. Les invitamos a un apasionante itinerario histórico con un narrador de excepción. Un relato recogido por David Benedicte.

Palacio de Oriente. Aquí se gesta todo. El entorno del palacio no es el mismo que ahora. La plaza no existía, como tampoco muchas de las viviendas que actualmente rodean el edificio principal. Aquí es donde empieza a juntarse la gente para manifestar su repulsa ante lo que está sucediendo. Imaginad la escena. Primera hora de la mañana, casi amaneciendo. En Madrid había llovido durante la noche. Ambiente de frialdad natural. La gente se fue juntando de manera espontánea hasta convertirse en una verdadera multitud. Corre el rumor por las calles de que van a llevarse a los príncipes a Francia. El gentío ve cómo los soldados franceses sacan del palacio a la reina de Etruria (hija de Carlos IV), cuya salida apenas produce conmoción.

La presencia de otro coche hace deducir que se trata del infante Francisco de Paula. Y ahí empieza todo. Pero la gente se había acercado a mirar. No tenía intención de amotinarse. Estaba cabreada, eso sí, pero puede decirse que en un principio lo único que la mueve hasta allí es la curiosidad. Los franceses están en España y la gente está molesta. Previamente a todo esto hay un par de intentos de sublevaciones, pero fracasaron. El ministro de la guerra era afrancesado. El Gobierno estaba con los franceses en plan Estado pasivo. Por eso nadie se quería mojar. Esa mañana amanece con un gentío callejero que ha venido desde el día anterior a montar bulla. Pero a eso. Sin ánimo de insurrección. Se trata de montar bronca. La cosa queda en una algarada nocturna.

Los franceses son torpes. Actúan con una torpeza que acabará siendo su ruina este Dos de Mayo. Les pierde su arrogancia. Están acostumbrados a ganar siempre, a no encontrar apenas resistencia. Además, España para ellos es, al parecer, un país con muy mala prensa. Gente analfabeta guiada por curas. Un Gobierno corrupto. Una Administración corrupta. «¡Éstos no cuentan!», pensarían ellos. La gente se va juntando allí a ver qué pasa. Empieza entonces a funcionar el factor sentimental. Que si el niño no se quiere ir y está llorando.

La gente se empieza a calentar. Comienza la bronca. Gente que sale en mi libro, como el grupo que lidera el cerrajero Molina, monta bulla. Al parecer, el infante se asoma a un balcón aumentando el bullicio en la plaza. Al deseo de impedir la salida del infante, se une el de vengar los muertos y deshacerse de los franceses.

La lucha se extiende por la ciudad y dura horas. Ahí se lía. Ahí se lía. Entonces, la gente se cabrea. Siempre, en principio, en torno al palacio de Oriente. Hay bastantes muertos y la gente se arremolina. El general francés Murat está en su residencia, en el palacio del marqués de Grimaldi, que es donde está el edificio del Senado.

Desde allí puede seguir los acontecimientos, asomado a la ventana. Tiene tropas desplazadas muy cerca. Se corre la voz de que los franceses están matando gente por todo Madrid. El cerrajero Molina mata a un imperial a garrotazos. Otros usan hachas, hoces, agujas, lo que sea. El motín empieza a extenderse de la plaza de Oriente a todas las casas adyacentes. La chusma aprovecha para vengarse de todos los franceses que estaban alojados en pensiones y casas de españoles. Desalojan un cuartel y la gente empieza a lincharlos por la calle. Se monta el chocho. Lo demás ha cambiado. Pero el escenario es muy parecido. Y es un escenario que hoy se puede visitar. Aquí empezó todo. Aquí podemos hablar de la grandeza del motín. La chispa del levantamiento. Si la torpeza francesa no hubiera sido tanta, la cosa habría quedado seguramente en un pequeño motín. Pero el personal estaba caliente. Y la ineptitud francesa hizo el resto.

Puerta de Toledo. Murat, que asiste a los primeros minutos del motín desde el palacio de Grimaldi, se dice: «¡Esto hay que pararlo!». Él no tiene antidisturbios ni policía, sino soldados. Y hablamos de los peores soldados del mundo. Gente joven, pero que ha participado en alguna que otra campaña. Gente durísima, implacable. Madrid es una rueda con radios cuyo centro es la puerta del Sol.

Caballería en el Retiro y en los carabancheles. Se trata de cortar como los radios de una rueda e impedir que se propague el motín. Murat manda mensajeros, desde el palacio de Grimaldi, donde él está, para decir a las tropas francesas que entren hasta el centro para cortar el motín. Se trae a la caballería y a los coraceros de los carabancheles. Se trae por otro lado a los mamelucos que están en el Retiro, desde Fuencarral, la carretera del Pardo y la casa de Campo. ¿Qué pasa? Que los españoles se dan cuenta y deciden cortarle el paso a esa gente. En la puerta de Toledo, cuando llegan los coraceros, se encuentran allí a la gente más dura de Madrid. Son los artesanos de El Rastro, de La Paloma, Lavapiés... Los barrios más duros y castizos. Que ahora son de inmigrantes.

Ahí se da el segundo enfrentamiento. La puerta de Toledo era entonces menos bonita, más simple. Por ahí suben los coraceros, por el sur. Y tampoco es que sean unos pipiolos. Son durísimos. Imaginaos la escena. Tipos que saben lo que es una guerra y son recibidos con barricadas por mujeres, hombres y niños que luchan con tijeras, palos, navajas, cuchillos y todo lo que han ido cogiendo por ahí. Valía cualquier cosa. La lucha es a muerte, claro. Les salen al paso.

Mujeres, pescaderas, putas, rufianes, mendigos, algunos con trabucos, otros con macetas, y paran la primera oleada por el factor sorpresa. La segunda, ya no. Los coraceros rompen eso. La gente corriendo cuesta arriba con los caballos detrás. Están muertos. Ahí, al instinto patriótico se une el de venganza. «¡Han matado a los nuestros! ¡Pues que lo paguen!, ¡que lo paguen!» Pelean por la plaza de la Cebada, por la iglesia de los jesuitas. Van peleando hasta la plaza mayor y sus inmediaciones. Épica, poca.

Puerta del Sol. Aparecen los mamelucos. Bajan por San Jerónimo y por Alcalá. Cuando llegan a Sol, no sabemos cuánta gente les está esperando aquí. Mil o dos mil. Lo que sí está claro es que esa gente está más que dispuesta a pararlos. Además, son moros. No os digo más. Se corre la voz: «¡Son moros hijoputas!». Clac, clac, clac, clac, se abren las navajas de muelles y a por ellos.

La iglesia del Buen Suceso, en la esquina de Alcalá, ya no está, pero se convierte en el lugar en el cual se refugian los españoles. Lo que hay allí es una especie de guerrilla urbana que se dedica a juguetear con las tropas francesas. Se sabe que la infantería gabacha está subiendo por la Casa de Campo y por eso el motín se acelera. Se dan por toda la zona del centro combates parciales.

Queda en pie el edificio de Correos, que sigue ahí todavía, con una placa conmemorativa que está puesta en la puerta. Tenemos un retrato fidedigno de la que se monta aquí gracias a Goya. Él no tenía ninguna simpatía por el pueblo. Pinta tan bestias a unos como a otros. Cuenta, pero no tomó partido. Por eso no gustaron, en principio, sus cuadros sobre el tema. Pero hay también grabados anteriores que son los que inspiraron a Goya. De López Enguídanos.

Plaza del Dos de Mayo. Empieza a correr el rumor de que están dando armas en el cuartel de Monteleón. Son partidas que vienen al fuerte a por armas. Aquí coinciden dos militares que habían estado conspirando y aprovechan esta ocasión. Daoiz, un tipo tranquilo al que llamaban El Abuelo, y Velarde, que era bastante más exaltado. Son dos tíos que deciden ponerse del lado del pueblo, vulnerar las órdenes establecidas, abrir el cuartel y dar armas a la gente. Lo paradójico es que el cuartel no tiene defensa posible. Solamente una tapia. Se trata de un antiguo palacio reconvertido en cuartel. Lo hacen pensando que el resto de los cuarteles también se van a sublevar. Pero los dejan solos. La realidad es que los dejan totalmente solos, abandonados a su suerte. Aquí se juntan unos 12 artilleros con unos 30 militares del Estado. Cuarenta soldados y estos capitanes. Más el teniente Ruiz. Unos 60 militares con unos 200 vecinos. Con muchas mujeres, por cierto. Curiosamente, aguantan. Eran calles estrechas. Mucho más que ahora. Montan la defensa y aguantan durante varias horas. Hacen hasta prisioneros. Una defensa como Dios manda. Es como en las películas. Como el Álamo. Muere Velarde, muere Daoiz. Cuando Monteleón cae, los franceses ya se han hecho con la ciudad.

Plaza de España. A la Casa de Correos de la puerta del Sol ha llegado una comisión que se dedica a sentenciar a muerte a todo amotinado que se les pone a mano. Matan a unos 40 esa misma tarde y a otros 40 por la noche. En el Buen Suceso fusilan directamente a una docena. Al resto lo bajan al paseo del Prado. Detrás de donde está la iglesia de Medinaceli. Cibeles, Neptuno, el Jesús y la Bolsa. Al caer la noche, llevan a 44 más a la montaña del Príncipe Pío, que es este punto de la plaza de España en el que nos encontramos. Los fusilan y uno de ellos se escapa vivo. Consigue huir. Se llama Juan Suárez. Los militares sólo fusilan a uno, que es soldado. Fusilan sobre todo a gente humilde. ¿Quién palma en esa lista? Carpinteros, albañiles, mendigos...

Cosa curiosa. Aquí, en este lugar en el que estamos, a unos pasos de la estatua del Quijote y Sancho, se pone el punto final a lo que yo llamo una intifada. Porque aquello fue una intifada con navajas. Y qué navajas. Grandes y de las de muelles. Sería también una "kale borroka" si este último término no fuese tan vil. Por eso prefiero hacer un paralelismo con la intifada. Un pueblo desarmado machaca a un ejército. Eso es algo que critican mucho los franceses. Hablan de la crueldad de aquellos españoles. Es lo que hay. Es una guerra. Yo te mato con mis uñas y con mis dientes y con una botella rota. Por ambas partes. A los franceses les perdió la chulería. Ser los amos de Europa. Imaginaos al tabernero madrileño callado, mirándolos y pensando «¡Hijoputa, cabrón!» mientras los sirve vino. Así fue. No fue un día de gloria ni un día de patria. Fue un día de cólera. La guerra es discutible. El Dos de Mayo no lo es. El Dos de Mayo se resume en 4.000 "mataos" en Madrid que vivieron su día de cólera. Que por un malentendido sentido de la patria y de la libertad, por culpa de la incultura y la ignorancia, se echan a la calle a pelear. Y lo más curioso de todo es que se convierte en una gesta admirable.

Es terrible porque te das cuenta de que no los mueve el corazón, sino los cojones. Yo quería contar eso. La historia de esa gente tan peligrosa que un día se pone a degollar franceses. Pero el enemigo real no eran los franceses, sino aquellos a quienes estaban defendiendo estos pobres desgraciados. Cuando analizas el comportamiento del Dos de Mayo y la guerra que vino después, te das cuenta de que es incultura lo que predomina aquí. O sea, la gente culta no se echa a la calle a pelear. Prefieren quedarse en casa, en espera de lo que ocurra. Se echa después. Esto es muy importante. La chispa salta con la gente inculta, con los ignorantes, con las bestias pardas. Fanáticos del rey y de la religión. El pueblo inculto bajo. Muy poca gente ilustrada se pone ese día de parte de los combatientes en contra de los franceses. Cuando el proceso inicia la guerra, la gente de honor ya se plantea tomar partido.

Es la tragedia de la inteligencia. Los incultos han de pelear por los cultos que quieren la modernidad. Luego está también el miedo. La nación entera se sublevó, sí, pero también hubo muchos guerrilleros que no eran más que pobres campesinos reconvertidos en crueles hijos de puta y sanguinarios asesinos. La guerrilla aprovechaba el falso patriotismo para saquear casas y matar gente. Es jodido que el país entero tuviese que elegir. Se eligió. La tragedia española, que nos cerró la puerta y nos echó encima 200 años de oscurantismo, fue ésa. Precisamente ésa.

En pdf:
http://www.icorso.com/colera/COLERA/PRE ... .04.08.pdf

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Rogorn
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Mensaje por Rogorn » Vie Oct 17, 2014 8:55 am

Pérez-Reverte en el campo de batalla
Jaime Collyer - El Mercurio (Chile) - 06/04/2008

Fiel a sus temas de siempre y su tratamiento pormenorizado de las grandes gestas históricas, incluido el trasfondo de miserias que suele rodearlas, Pérez-Reverte aborda en 'Un día de cólera' la sublevación del pueblo madrileño ante la ocupación napoleónica, brindando un pretexto inmejorable para reconsiderar su propia estrategia de ficcionador, la mecánica siempre tan huidiza del "best seller".

En entrevista concedida en los 90, José Donoso postulaba su empeño de ser un "long seller" antes que un "best seller", vale decir, un autor perdurable antes que uno masivo, aclamado por las multitudes. A estas alturas, no está claro si consiguió una u otra cosa, pero la disyuntiva sigue siendo de interés. Una disyuntiva habitual dentro del oficio: al autor que conecta con el gran público se lo tilda de superficial, algo escasea en sus intentos; al minoritario -y presuntamente más complejo-, se le confiere un valor literario que el otro no alcanza o hasta anhela secretamente.

Cuestiones varias que deben tener sin cuidado a Arturo Pérez-Reverte (Cartagena, España, 1951), el escritor de habla hispana más difundido hoy en todo el mundo, incluidos el ámbito de habla inglesa y el francófono. "Sus novelas, de apariencia ligera -ha dicho un crítico-, de lectura grata y apasionante, poseen un espesor que puede no percibirse a primera vista. Pero, a estas alturas de la obra del creador de Alatriste, con una docena de títulos publicados, se ve con claridad que dicho fondo responde a unas inquietudes, a una visión del mundo, persistente a lo largo de su trayectoria entera". Los datos provenientes del sector editorial hablan por sí solos: desde mediados de los 80, Pérez-Reverte ha publicado de manera incesante varias novelas que invariablemente superan los 250 mil ejemplares de tirada, traducidas a una treintena de idiomas, adaptadas varias de ellas, con inequívoco éxito, al cine. En escasos veinte años de trayectoria ha conseguido, en suma, luego de abandonar a voluntad el periodismo de trinchera (en un sentido literal), lo que muchos escritores anhelan aunque rara vez lo confiesen: ser leídos masivamente y contar con un público fiel, multiplicar sus esfuerzos en varios frentes, ser incluso aplaudido por la crítica.

Todo esto lo transforma hoy en una suerte de poder fáctico dentro del mundillo editorial. Basta echar un vistazo a los aportes y reseñas en torno a su obra, más de 600 mil entradas en internet, para entender que al autor español no se lo toca, a riesgo de quedarse sin tribuna, o incluso sin amigos. Pareciera, así pues, que en este asunto hay que irse piolita, como se dice, o actuar con delicadeza, pero en América Latina importa menos quedarse sin amigos o sin tribuna (es, de algún modo, consustancial al oficio), así que puede uno hablar con mayor largueza, sin tantas prevenciones.

En rigor, soy de los que han leído varios de sus títulos fundamentales con esa mezcla de avidez y renuencia que siempre provocan los empeños literarios colectivamente aclamados, las hazañas editoriales que terminan legitimándose en las conversaciones de café. La gente sensata parte por arriscar la nariz ante Isabel Allende o Pérez-Reverte, ante sus entregas novelísticas tan regulares, para terminar proclamando en voz baja que por algo será: "Por algo será que venden tanto". Es la premisa residual, el eslogan que queda en pie. Entiendo que comparar a ambos autores no es del todo acertado. Sus áreas temáticas suelen ser muy diversas: la una profundiza en su propia biografía y su acervo emocional menos visible; el otro en la historiografía y el pasado bien documentado, en las grandes vacilaciones de los líderes históricos, en el valor compensatorio de los ciudadanos de a pie, entendido como sinónimo último de la dignidad personal. Hay algo que ciertamente convence en su labor, aunque más no sea por la minuciosidad que delata en cada intento (su labor personal de documentación en torno a cada tema suele extenderse por años), por la obsesividad con que trata cada episodio ambiguo de la historia oficial, por la estrategia neo-periodística con que despliega episodios históricos que de otro modo resultarían áridos, enturbiados por la conveniencia patriotera y las crónicas enciclopédicas. Además, se deja leer con fluidez y eso es ya un mérito, considerando los temas de suyo complejos que aborda, la camisa de fuerza histórica en que suele meterse con cada novela, el entramado detectivesco del que acostumbra rodearlos.

Pero hay, a la vez, algo que falta, un déficit solapado, que es a la vez un estupendo pretexto para desmenuzar los mecanismos siempre tan desconcertantes del "best seller". Ocurre, de hecho, en 'Un día de cólera' (Alfaguara, 2008, 408 páginas, $14.160), su última entrega, que rememora la sublevación popular habida en Madrid el 2 de mayo de 1808, tras las humillaciones impuestas por las tropas napoleónicas a su paso por España. El 2 de Mayo es para los españoles lo que el Combate Naval de Iquique en nuestro propio imaginario fundacional. Una escaramuza no prevista en sus consecuencias, en la que, pese a todo, brilla la honra incuestionable de sus protagonistas, la reserva aislada de coraje del David madrileño frente al Goliat bonapartista, eso y su vocación sacrificial, capaz de movilizar luego a sus contemporáneos. El tema es en sí grueso, abrumador, no era fácil abordarlo. Goya inmortalizó sus consecuencias en su famoso cuadro 'Los fusilamientos de Príncipe Pío'. Innumerables cronistas narraron luego sus vicisitudes, ésas en que la turba encolerizada de Madrid plantó cara a las tropas francesas -a la sazón, el mejor ejército del mundo- y lo tuvo en jaque durante horas, en incontables y desiguales combates callejeros, a lo cual se sumó un único grupito de soldados españoles (los hoy recordados Daoíz, Velarde, Ruiz) que en el actual barrio de Malasaña resistieron a la arremetida francesa hasta su total aniquilación. El libro es exhaustivo en la documentación de los hechos, puntilloso en su entrega del asunto y la enumeración de nombres involucrados, algunos de los cuales salen por primera vez a la luz. Era, de hecho, la intención explícita del autor en el prólogo: "Devolver a la vida a quienes durante doscientos años sólo han sido personajes anónimos en grabados y lienzos contemporáneos, o escueta relación de nombres en los documentos oficiales".

Y es aquí donde muy probablemente topa el intento o encuentra sus mayores dificultades: a medio camino de la crónica, uno ha leído varios centenares de cruentos asesinatos, episodios de heroísmo deliberado y otros fortuitos, gestos abyectos y otros de grandeza, una sumatoria que debiera sobrecogernos, hacernos sangrar con los participantes, pero no sucede, o no siempre sucede. Salvo quizás hacia el final del relato, cuando éste profundiza introspectivamente en el desconcierto y las tribulaciones de Daoíz, de Velarde, al comprobar todos esos militares atrincherados en el parque de artillería de la actual Malasaña que están solos, que nadie más los ha seguido en su gesto. La acumulación de datos, eso que Norman Mailer designaba como "datografía", aporta información indispensable, pero perjudica de algún modo el resultado, confiere al episodio tan pormenorizado cierta aridez expositiva que relega a un segundo plano la emoción, o la conmoción que naturalmente debiera suscitarnos.

Es un punto a considerar. Uno puede leer cien, doscientas páginas de esta crónica sembrada de cadáveres y no experimentar ningún desgarro, asistiendo -sólo asistiendo, desde una distancia infranqueable- al caleidoscopio inagotable de sangre y horrores. Uno puede, en cambio, leer un solo fragmento de Stephen Crane en 'La roja insignia del valor', su crónica a la vez tan personal de la guerra civil norteamericana, algún fragmento donde expone la postura resignada y expuesta de un cadáver anónimo, sus llagas resecas, sus labios entreabiertos (donde se refocilan las moscas), y sí se conmueve, aunque desconozca el nombre del soldado en cuestión, aunque nunca llegue a saberlo. George Orwell decía haber estado en los mismos escenarios de guerra que ha visitado y enumera Pérez-Reverte, una experiencia que el autor inglés resumió en una frase reveladora: "No hay heroísmo allí, sólo mal olor, siempre mal olor". La conclusión ética de Pérez-Reverte es -queda claro por sus declaraciones- la misma, pero la "datografía" incorporada al recuento, su oficio inequívoco de periodista, su propia meticulosidad, terminan en algún sentido devorando los matices, la individualidad de esos cadáveres rescatados del olvido. No es un asunto menor y sí un déficit atribuible al género épico-histórico con pretensiones didácticas, o incluso moralizantes. El problema es que igual entra, al final, quiérase o no, en una lógica dicotómica, heroica, de buenos y traidores. Frente a estos madrileños vociferantes y tan resueltos a morir, al heroísmo que los redime, el cadáver aquel de Stephen Crane tenía desde luego menos dignidad, menos grandeza, pese a lo cual persiste con mayor obcecación en nuestra retina, ese muerto anónimo. Ese cadáver único y rodeado de moscas.

El best seller como género: tres procedimientos habituales

A cualquier autor en activo parece sobrevenirle alguna vez el afán de escribir un "superventas". Y si no lo asalta a él, alguien más se lo sugiere, de preferencia algún pariente endeudado o su editor, su agente literario si lo tiene, el vecino, un colega de la universidad. La intención o la propuesta son claras, no tanto por desgracia -o quizá por fortuna- las estrategias para desarrollarla. ¿Cómo se hace un best seller? Es la pregunta del millón de dólares, que nadie ha conseguido nunca responder cabalmente, si no seríamos todos, mutatis mutandis, millonarios desbordantes de derechos de autor.

A la documentación exhaustiva del tema -muchos cultores del género operan confesadamente con equipos enteros de investigadores y rastreadores de datos, lo que no es un defecto en sí mismo- cabe sumar otras opciones habituales dentro del asunto. La corrección política es una de ellas. O, más bien, la corrección en todo sentido. Sus novelas denuncian la corruptela política, el soborno, la traición histórica, pero eso es algo que hoy por hoy no suscita resquemores en nadie, más bien al contrario. Le granjea automáticamente al autor el apoyo de sus lectores y los ciudadanos de a pie. John Grisham denuncia las maquinaciones a hurtadillas de las grandes transnacionales, pero esa denuncia es hoy tan consensual como hablar contra la administración Bush, nadie se ofende con ella, al contrario.

Otro factor puede ser la forma en extremo convencional en que se perfilan, en las historias de llegada masiva, los roles masculino y femenino. Los hombres son resueltos, corajudos, consecuentes con su doctrina, no dudan nunca más de la cuenta. Es un poco el discurso bien "machoco" que hacía Hemingway, una postura que sus propios autores adoptan en su vida pública, a la hora de las entrevistas. Las protagonistas femeninas, en cambio, son sensibles, emotivas, vulnerables, y a pesar de todo decididas, maternales, un bastión último frente a la desidia masculina. Y en las entrevistas lo mismo, cuando habla la autora.

En última instancia, se evidencia cierta propensión elusiva del relato, una tendencia quizá deliberada del autor-autora a evitar ciertos asuntos que puedan suscitar discrepancias ético-morales en la audiencia. Como el sexo en detalle o las escenas de alcoba, como la homosexualidad o el consumo desaforado de estupefacientes (una pizca de estupefacientes puede ser). El best seller opera, en suma, desde el status quo, incluso desde la verdad; desde algunas certezas que poca gente discute: todo el mundo abomina de los gobiernos corruptos, ama a sus hijos o mínimamente a su país, valora los gestos de coraje y deplora la cobardía. El status quo y el orden, aunque parezca, en una primera lectura de sus productos, que sus héroes y adalides irreprochables, arquetipos del bien, se meten de frente con el poder y el gran dinero. O sea, con los malos habituales de la película.

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Rogorn: La estructura formal de UDDC es algo que hay que tomarse como parte del libro. Si no se hace así es como decirle a Quevedo que por qué dice las cosas en endecasílabos rimantes o que por qué en 'West Side Story' se ponen a bailar en vez de darse de navajazos. Claro que podría contarse todo eso de una forma más novelada, más estudiada, más familiar para el público, pero entonces sería Ken Follett con su ejército de asesores y retocadores, no APR.

Quizá venga uno entrenado ya de la 'Ilíada' y del 'Silmarillion' (que no tienen nada que ver lo uno con lo otro, pero comparten el recurso de los muchísimos nombres), pero yo al menos entendí desde el principio lo que Arturo quería hacer y por eso me dejé llevar. No hace falta recordar cada nombre. A cada uno se le quedarán en la mente los que salgan a menudo (el cerrajero Blas Molina), los que ya eran famosos (Daoíz y Velarde) o el que se apellida como uno (en el libro los franceses matan a alguien con mis mismos dos apellidos, por ejemplo). O nadie en absoluto, o los dos primeros que caigan. Es simplemente otra manera de contarlo, y muy efectiva. No son doscientos en una zanja. No es un sólo cadáver que representa todo el asco de la guerra. Es uno tras otro tras otro tras otro. Es más, precisamente con tal acumulación de gente, cada uno con sus datos y biografía, que eso somos todos, al final el lector acaba embotado y ya no tiene capacidad de emocionarse por otro más. ESO exactamente es un efecto de la guerra. El primer muerto te afecta. El 125º no, o mucho menos. Eso lo vivió Arturo, se vive en cada guerra, y es una deshumanización que él nos hace compartir precisamente con tantos datos.

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Mensaje por Rogorn » Sab Oct 18, 2014 1:00 pm

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Alfaguara publica una edición conmemorativa de 'Un día de cólera', de Arturo Pérez-Reverte
alfaguara.com - 11/04/2008

La edición incluye 'Memorias del 2 de Mayo', una recopilación de testimonios reales de sus protagonistas. 'Memorias del 2 de Mayo' recoge los testimonios de quienes vivieron los sucesos del 2 de Mayo de 1808 en Madrid: el comandante Vantal de Carrère, cuyas memorias no habían sido publicadas en España; el general Marbot; el barón Jean-Baptiste Grivel; liberales españoles como el conde de Toreno, José María Blanco White, Antonio Alcalá Galiano y el militar y escritor José Mor de Fuentes; el maestro del costumbrismo romántico Ramón de Mesonero Romanos; militares españoles que no pudieron intervenir porque tenían órdenes de no actuar, como Manuel María Esquivel; otros que sí participaron como José Navarro Falcón y Rafael de Arango; y el cerrajero Blas Molina Soriano, ferviente seguidor de Fernando VII, que fue uno de los instigadores del comienzo de la insurrección y responsable de la primera víctima francesa.

'Memorias del 2 de Mayo', con selección y prólogo del teniente coronel José Manuel Guerrero Acosta, permite al lector conocer cómo se vivió aquel lunes por parte de sus protagonistas. Nombres que, con mayor o menor peso, fueron testigos de esa jornada y cuyas vivencias conformaron el material documental de la obra de Arturo Pérez-Reverte. Recordemos que 'Un día de cólera' convierte en historia colectiva las pequeñas y oscuras historias particulares registradas en archivos y libros. Con las licencias mínimas que la palabra novela justifica, su obra pretende devolver la vida a quienes durante doscientos años sólo han sido personajes anónimos en grabados y lienzos contemporáneos, o escueta relación de nombres en los documentos oficiales.

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