'Hombres buenos' (comentarios de los foreros)

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Siana
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Mensaje por Siana » Lun Ago 24, 2015 3:16 pm

Hombres Buenos
Arturo Pérez-Reverte

El lector entra en la historia desde el primer momento. Con el mismo enfoque y trazo personal con el que nos presentó a Coy (Ismael) de “La carta esférica”, don Arturo dirige ahora nuestra mirada hacia dos hombres a punto de batirse en duelo y nos hace preguntarnos qué les ha llevado hasta allí. Contemplamos la escena, y nos metemos de lleno en esta nueva fascinante aventura.

En 1780 llegó a la Real Academia Española la Encyclopédie ou dictionaire raisonné, editada e impresa en París casi tres décadas antes por Diderot, D’Alembert y Le Breton. Dos siglos y unos cuantos años después, en un momento que suponemos muy reciente, el académico Arturo Pérez-Reverte, o alguien que se le parece mucho, la descubre casualmente en la biblioteca de la RAE, y se pone a investigar para conocer la historia que hay tras esos 28 volúmenes, una de las obras más importantes de nuestro tiempo, símbolo del triunfo de la razón sobre la oscuridad. Eso le lleva a descubrir el periplo de don Hermógenes Molina, bibliotecario, traductor de clásicos y profesor, y de don Pedro Zárate, brigadier retirado de la Real Armada, llamado almirante por sus compañeros y reconocido por su ilustre Diccionario de la Marina. Dos hombres buenos, honestos y valientes que tuvieron la misión de traer una primera edición de la Encyclopédie a la España de Carlos III en condiciones difíciles, pues no todos estaban conformes en que esa obra luminosa –prohibida entonces tanto en Francia como en España– llegara a esta tierra en la que algunos luchaban por seguir el camino de la Europa ilustrada, y otros trataban de impedirlo a toda costa. Precisamente esos otros hombres, los que odiaban o temían esos cambios, procuran complicar al máximo el ya de por sí difícil viaje de los dos académicos, de modo que el ultraconservador Manuel Higueruela, y el arrogante Justo Sánchez Terrón –ambos compañeros en la RAE de los dos héroes de esta aventura– envían a un sicario, Pascual Raposo, para seguirles los pasos y boicotear su misión. . Lo que simboliza esto es, ni más ni menos, España. La de entonces, y la de ahora. En esa sala de reuniones medio clandestina de la RAE, se estaba decidiendo el futuro. Y se apostó por tirar adelante con la razón, el progreso, la educación, y, en cierto modo, la libertad. Pero maldita la gracia que a otros ese futuro no les gustara porque iba a implicar la pérdida de sus privilegios y de su poder, basado en el miedo. Y entre éstos, la desidia y la indiferencia de los cómplices silenciosos, ese camino que se abría y que nos hubiera puesto en la cresta de la ola –porque aquí ha habido y siempre habrá gente brillante- se ha ido esfumando.

Pero antes había mencionado un duelo con el que arranca la novela, y es que en Paris los personajes van a encontrar, o más bien reencontrar, algo de sí mismos. Y no todos los tesoros están en los libros que buscan. Hay otras cosas por las que vale la pena batirse. Por honor, por una mujer. O sencillamente, porque sí. Porque “no queda sino batirse”.

A pesar de que España atravesaba entonces un buen momento, uno de esos pocos en los que pudo haber cambiado de rumbo, con un buen Rey que se rodeaba de ministros ilustrados, y había marinos que leían (como Jorge Juan), el peso de la fe, las tradiciones y el rechazo al cambio desequilibraban la balanza. Los malos siempre tuvieron demasiado poder, y demasiados amigos. En las conversaciones de don Pedro y don Hermógenes veo también a una España que se parece bastante a la actual en la que, como dice el almirante “nos gusta ser menores de edad”. Faltaron más Hombres Buenos, menos temerosos, capaces de defender las nuevas ideas que los herederos del Dios de Trento temían. Arturo Pérez-Reverte y su álter ego en la novela hacen un análisis fascinante de su tiempo, imaginando cómo hablarían los hombres ilustrados de aquellos años (Jovellanos, Feijoo, etc.). Recorremos librerías, barrios bajos donde se gestaba la revolución de los sans-culottes y también escenarios como el Café Procope, donde estaba la crème de la crème de París. El siglo en el que nos mete es el de un mundo a punto de estallar, el del Paris prerrevolucionario. Nuestros personajes van a conocer los ambientes y las personas que iban a protagonizar ese cambio. Su maestría narrativa hace que el lector esté viendo literalmente ese mundo y asistiendo a las tertulias donde se debatían las ideas que iban a cambiar el destino de todos. O de casi todos.

En esta composición pictórica cada pieza ocupa su lugar en el cuadro. Y ese mismo duelo entre fe y progreso que colisionaban en España está presente aquí con los dos protagonistas, Molina y Zárate, el primero más conservador, el segundo más escéptico y más científico, nuestros dos Hombres Buenos, pero con una notable diferencia respecto a esa España: ambos viajan juntos. Fe y razón de la mano, un mismo objetivo. El almirante Zárate conoció en combates pasados la naturaleza humana y sus miserias, y comprende bien las reglas del juego de la Naturaleza (omnipresente en el universo Artúrico) carente de sentimientos, lo que le otorga cierto escepticismo y quizá hace algo opaca su mirada, y luego está don Hermógenes, el bondadoso y amable, que ha llevado siempre una vida más sosegada y apacible. En algo nos puede recordar este viaje a la aventura de don Quijote y Sancho, solo que aquí yo veo a dos Sanchos elocuentes buscando un bien tangible. En mi opinión Zárate es el Alatriste de la novela. Eso sí, más parlanchín, con más suerte en la vida y, al igual que le sucediera al Bailarín mundano del “Tango de la Guardia Vieja” en su último acto, parece rejuvenecer cuando entra en acción.

Como lectora he disfrutado lo indecible de este viaje por los viejos caminos de Europa para llegar a Paris. Acompañamos de forma entusiasta a los académicos de posada en posada desde Aranda, Tolosa, Irún hasta adentrarnos en Francia. Notamos el traqueteo del carromato, el frío de las sencillas estancias, la comida de las hospederías y los caminos reconstruidos por don Arturo con la ayuda de mapas antiguos y la documentación rigurosa que va adquiriendo. Con un punto de vista originalísimo este maestro de la pluma mezcla presente con pasado, ficción con realidad (aunque sepamos que también se trata de ficción), trayéndose a la novela a personas reales y conocidas, como el experto en Cervantes don Francisco Rico. Una aparición, por cierto, divertidísima.

Para mi gusto el autor roza la genialidad en esos impagables diálogos entre los dos protagonistas, diálogos en los que no se trata de pisar argumentos, sino de ampliar miras. Amenísimas conversaciones mientras su amistad se va fraguando y consolidando, sin perder jamás el respeto mutuo y la inteligencia del saber estar. Una partida y regreso como la que emprendiera el Hobbit del Tolkien del que ambos regresarán sabiendo más de sí mismos. Charlas sosegadas, no exentas de humor sobre todo por la presencia impagable del guía de ambos por París, y uno de los personajes más originales de cuantos he conocido leyendo a Reverte: El abate Bringas, un estrafalario, brillante, fanático e ilustrado radical lleno de rencor y odio por no verse reconocido como un Voltaire o un Rousseau, que además está inspirado en un interesantísimo personaje real, el abate Marchena. En la novela, un guerrero que llevó a la guillotina a mucha gente durante el Terror, y luego acabó él mismo en el cadalso, junto a Robespierre. En su búsqueda de una primera edición de la Encyclopédie nuestros protagonistas conocen también a Madame Dancenis, Margot, inspirada en Teresa Cabarrús. Otra superviviente revertiana presa de esa lucidez propia de las mujeres que saben qué cartas les ha repartido la vida. Con ella conocemos lo que fue el mundo de las salonnières de París, mujeres cultas que organizaban reuniones distendidas con las personas más distinguidas de su tiempo para hablar de política, literatura o filosofía. El almirante don Pedro Zárate va a sentir por ella una auténtica fascinación, hasta el punto que eso es lo que él se lleva de la capital francesa, más importante que el propio encargo encomendado por la RAE. Al cabo, él cumple con su deber, pero viajando con “la melancolía de que la vida le haría perder las cosas más hermosas que iba a descubrir”, tal y como nos cuenta don Arturo.

Siempre ha habido hombres buenos y siempre los habrá. Como dice don Arturo, no siempre van a ganar los malos y yo añado que no todo van a ser horas grises en maizales. Eso ya llegará. Siempre llega. La cultura y el respeto del que hacen gala nuestros queridos protagonistas son valores que ensalza esta novela conciliadora. En este relato, que también es un homenaje a la RAE y a lo que ésta simboliza, logra transmitir lo mucho que nuestro autor ha disfrutado componiendo la pieza. Homenaje también a la esperanza que aún se puede depositar en algunos seres humanos, buenos, íntegros y anónimos. La ausencia de rincones oscuros, que aunque traten de asomar a lo largo de toda la novela no te llevan de cabeza a un cuadro de Brueghel, más bien encienden miradas cansadas, como la del almirante. Y sabemos que tras este breve espacio de calma algunos volverán a incendiarlo todo, pero, como reflexiona en un momento de la novela el autor-protagonista de esta historia, “por lo menos aquellos hombres formidables lo intentaron”. Y merece mucho la pena conocerlo. Y no olvidarlo.
Última edición por Siana el Vie Sep 04, 2015 8:44 pm, editado 1 vez en total.

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koora_linax
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Mensaje por koora_linax » Mié Ago 26, 2015 10:00 pm

Una reseña redonda Sianeta :wink: Me quedo con esta frase:

En esta composición pictórica cada pieza ocupa su lugar en el cuadro.

:idea:
"Al final lo que está en juego es como vivir con el desorden". Arturo P-R

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Siana
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Mensaje por Siana » Jue Ago 27, 2015 12:01 pm

Mil gracias Camarada :)

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