17.07.2008 - Los barcos se pudren en tierra

Los artículos de la columna de Pérez-Reverte en ‘El semanal’ y otros escritos suyos

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Amaranta
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17.07.2008 - Los barcos se pudren en tierra

Mensaje por Amaranta » Lun Ago 04, 2008 4:45 pm

Cada día, durante el verano, un gran escritor extranjero ofrece un relato inédito, empezando por la misma frase de La Odisea, de Homero: «Ulises tomó el sendero pedregoso que sube, a través del bosque, desde el puerto al acantilado. Se dirigía al lugar que había dicho Atenea…».

Le Figaro, 17 de julio de 2008

LOS BARCOS SE PUDREN EN TIERRA
Por Arturo Pérez-Reverte


Dio la espalda al puerto y caminó alejándose del mar, sin mirar atrás, consciente de que jamás volvería a pisar la orilla. Dejando atrás las grullas, los desembarcaderos y los grandes barcos amarrados al muelle, se sorprendió al no sentir ni melancolía ni nostalgia. Silbaba una melodía de jazz improvisada, siguiendo la cadencia de sus pasos sobre la gravilla. El camino le resultaba sorprendentemente abrupto e inestable, habituado como estaba a la superficie lisa y oscilante de los puentes de los navíos. Desconfiado, puso un pie delante del otro con la precaución de aquellos que encuentran engañosa la inmovilidad de tierra firme. Buscaba al guardián de cerdos, y ese pensamiento le arrancó una sonrisa interior gesticulante y amarga.

—Este hombre —le dijo Atenea— posee la llave de tu destino. La llave de tu retorno a casa.

—Pero, ¿por qué debo entrar? —le preguntó él mientras se vestía cerca de una ventana desde donde se veía el puerto, el barco anclado y un faro que se elevaba a lo lejos.

—No lo sé —respondió la mujer de ojos verdes cubriendo con una sábana la desnudez de su pecho—. Lo que importa es que tarde o temprano, todos lo hacen.

Mientras se alejaba, aspirando el perfume de los pinos que sombreaban la vertiente, Ulises recordó todos aquellos años pasados. Aquel mismo sendero, en sentido opuesto, hacia el mar. Los hombres jóvenes de sueño inquieto, gotas de lluvia en el corazón y la aventura en la profundidad de los ojos, que descendían la costa con él, inquietos y fragorosos, en grupo, como chiquillos disimulando su incertidumbre, cada uno corriendo tras su particular ballena blanca. Las mujeres, inmóviles en lo alto de la última colina, los miraban alejarse, en silencio, destinadas a una larga soledad, a hacer y deshacer tapicerías mientras crían a niños que tomarán, a su tiempo, el camino de sus padres. Condenadas a envejecer cerca de la chimenea, dando vueltas a sombríos pensamientos mientras que, entre una copa de vino y una canción, ellos tejerán épicos destinos reconstruidos después por poetas, novelistas y directores en la parte visible y duradera, del lado luminoso de la trama.

Ulises perdió el hilo del jazz improvisado, pero lo retomó gracias a la cadencia de sus pasos sobre la tierra. Seguía evocando sus recuerdos al adentrarse en el bosque por el sendero abrupto que serpenteaba a lo largo de las colinas; las noches negras en las que, acorazado en bronce, temblaba de frío sobre el vientre del caballo de madera, esperando junto a sus compañeros el momento propicio para salir a combatir; las tormentas de increíble furor, la mar blanca de espuma y sacudida por el viento; las noches de quietud absoluta, la vela destensada chirriando sobre el mástil, bajo un sol que convertía en plomo fundido la superficie calmada y plana del agua; grutas de cíclopes, de peligrosas guaridas de Circe, muros de Sarajevo al pie de los que centenares de hombres caían, cubiertos de polvo; misiles aplastándose sobre carros de combate, torres gemelas desplomándose, incendios en el horizonte, ojos de esclavos asustados, pasillos de palacios cubiertos de sangre donde, en las rojizas hogueras se cortaban siluetas victoriosas cargadas con sus botines; muslos de mujer entreabiertos en la penumbra; islas lejanas a donde las órdenes de arresto no llegaban jamás. Y el silencio.

Miró sus manos arrugadas, marcadas, el reverso salpicado de las primeras manchas de la vejez. Manchas, arrugas y cicatrices parecidas a aquellas que deterioraban la piel de su rostro bajo su cabellera gris y su barba entrecana. Recordaba que otros no habían tenido tiempo de envejecer, como él. Habían llegado al final del camino antes de tiempo, cuando las preguntas tenían su respuesta, cuando todo era aún virgen, simple y fácil. Navegar, sobrevivir, matar y morir. En solitario se adentraba ahora en el camino de retorno, porque la mujer de ojos verdes se lo había pedido y porque los otros habían desaparecido uno tras otro, la mayoría en la plenitud de la vida, héroes de corazón tan puro como ambicioso, conscientes de que la gloria, la aventura y su propia reputación los había dilapidado. Sabían que de una u otra manera, serían famosos para los dioses, los poetas y los hombres. Vengados por sus amigos. Era fácil perecer tanto por la tormenta como por las armas de la batalla, extinguirse sobre la sangre derramada por el enemigo. Simple y directo, sin vacilaciones ni atajos que tomar. Hola y adiós. Mármol, fotos, posteridad. Sin importar qué imbécil podía aún aspirar a eso en aquellos tiempos remotos. Llorados por sus compañeros y sus mujeres, y por centenares de generaciones venideras.

Seguía mirando sus manos y le pareció observar rastros de sangre bajo las uñas. Intentó situar esa sangre en su memoria y acabó por renunciar, desalentado. Demasiados mares, demasiados abordajes, demasiadas ciudades asediadas, demasiada Troya ardiendo a sus espaldas, demasiados oleajes surcados bajo un cielo abandonado por los dioses, desde lo alto del que ya no molestaban a nadie con sus odios y favores. De hecho, podría tratarse de sangre de cualquiera. De un enemigo o de un camarada. Quizá incluso de la suya propia.

Frotó sus dedos sobre las piernas del pantalón.

—Y, ¿qué sucede cuando no se muere? —se preguntó de repente— Cuando se sigue viviendo, se marcha lejos, cuando se recuerda, cuando los cabellos encanecen mientras se recuerda. ¿Qué pasa cuando Patroclo y Héctor sobreviven y acaban por llamarse Ulises y llegar a mares y tierras gobernadas por aduaneros, funcionarios y ciudadanos ejemplares, por cíclopes racionales? En cavernas donde para subsistir hay que llamarse Nadie.

»El mundo se divide —reflexionó— entre los hombres que tienen sangre bajo las uñas y entre aquellos que no la tienen, o que no la ven. La sangre de otros o la de uno mismo. La sangre de lo que hemos sido. De lo que somos.

Continuó caminando, perdido en sus pensamientos. Ya no silbaba ninguna melodía. El sendero se volvía más arduo, más duro de subir. Se detuvo de medio soslayo, cansado, sin ceder a la tentación de volverse para mirar tras él, hacia la relumbrante ola que conocía detrás de él, visible a través de la copa de los árboles. Permaneció así un momento, mirando el sendero que serpenteaba ante él, preso de una inmensa desgana ante la idea de proseguir. Su desinterés por el camino que aún le quedaba por recorrer hasta la cabaña del guardián de cerdos, toda una imagen de porvenir inmediato, por el palacio de Ítaca y por todo lo que Atenea, la mujer de ojos verdes, había dispuesto a su atención, no era debido a lo que él abandonaba. No tenía esa molesta sensación, compuesta a la vez de pereza e incertidumbre, porque se alejaba del puerto, sino más bien a medida que se iba introduciendo en tierras que se le habían convertido completamente en indiferentes al cabo de tantos años.

—El Nostos de los héroes —pensó sarcástico. El retorno.

La idea de dirigirse hacia un hogar del que había olvidado el calor, de tocar la piel marchita de una mujer convertida en extraña, de escuchar los pasos de un hijo al que no había visto crecer, le resultó de repente insoportable.

Concluyó que ninguno de los fantasmas que transportaba consigo estaba relacionado con todo aquello.

Indeciso, oyó a lo lejos el ladrido de perros. Eran ladridos de perros jóvenes, nacidos después de su marcha, insensibles al olor de su cuerpo, al contacto de sus caricias y a la disciplina de sus palabras. Los perros viejos como Argos seguramente habían muerto, pensó, o son demasiado viejos para oler en él al joven y vigoroso amo que un día partió hacia lejanas comarcas, tras un sueño que, periódicamente, arrojaba a centenares de barcos al mar y a miles de hombres a la aventura, la bella Helena, El Dorado, la caza de la ballena, no eran más que pretextos para llevar a cabo el viejo ritual.

—Me he convertido en lo que esos perros no conocen —se dijo.

De repente se imaginó el futuro. Días de lluvia interminables cerca de la chimenea y de una mujer de senos marchitos, desde ese momento desconocida, tejiendo en silencio mientras él, apoyado en la ventana, observaría el paisaje gris recordando otros lugares, mares azules, cielos luminosos, el viento que trae olores de resina y de miel, jóvenes muchachas asombradas por su cuerpo desnudo en la playa, entre los restos del último naufragio; fuego hecho de la madera que flotaba al lado de los navíos embarrancados en la arena, rostros enrojecidos ante el resplandor de las llamas, recuerdos de camaradas vivos o muertos, relatos de proezas, batallas, peligros, bellas diosas besando la frente de los que agonizan, jóvenes dioses que se interponen entre las flechas para proteger a sus elegidos. La irresponsabilidad del guerrero y del marinero que lo dejan todo para atravesar una tras otra las líneas de sombra sucesivas. «Los barcos y los hombres se pierden sobre todo en tierra, le había dicho un día un viejo capitán. Se hacen pedazos contra las rocas o se pudren».

Observó de nuevo un instante el camino y sonrió al cabo de un momento. Era una sonrisa irónica, sin humor, desesperada, que se dirigía sólo a él. Entonces se desvió del sendero que subía y giró lentamente para admirar el mar centelleante más abajo, cerca del puerto. Permaneció así un instante, después agachó la cabeza y dio media vuelta, descendió hasta que el olor de la brisa salina hubo escondido el de los pinos y él dejó de escuchar a los perros.

Permaneció toda la tarde en el puerto y no regresó al barco que pasó a medianoche. Avanzó con paso torpe y canturreó sin despegar los dientes una vieja canción de amor, de mar y de guerra, que le habían enseñado hombres muertos veinte años atrás ante las murallas de Troya.

—¿Has bajado a tierra, por fin? —le preguntó uno de sus compañeros.

—Sí —respondió él encogiéndose de hombros—, pero sólo he ido hasta el primer bar.


(traducción cortesía de Mar de … dudas “hecha por Alba, una joven estudiante de 1º curso de francés y futura traductora e intérprete” ;-) para el foro Icorso.)
Porque hay cosas que te estallan dentro y comprendes que estaban escritas en tu destino.

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Alberich
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Mensaje por Alberich » Lun Ago 04, 2008 6:00 pm

Pues me encanta. Me ha gustado mucho,la verdad. :D
"And now I know how Joan of Arc felt
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rheya
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Mensaje por rheya » Lun Ago 04, 2008 7:38 pm

Muchas gracias. :wink: Está fantástico.
Así que algo habré pagado, pensó. Ignoro cuánto y cuándo, pero sin duda lo hice, si ahora la vida me concede este premio. Si merezco, aunque sea por unas noches, que una mujer así me mire como ella me mira.

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lansquenete
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Mensaje por lansquenete » Lun Ago 04, 2008 7:52 pm

Gracias, Amaranta.
"El grog es una mezcla secreta que lleva uno o más de lo siguiente: Queroseno, glicol propílico, acetona, ron, endulzantes artificiales, ácido sulfúrico, tinte rojo nº 2, scumm, ácido para baterías, grasa para ejes y/o pepperoni."

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Trinidad
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Mensaje por Trinidad » Lun Ago 04, 2008 8:43 pm

¡Jur, jur! ¡Gracias Amaranta! Me lo imprimo.

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Rogorn
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Mensaje por Rogorn » Lun Ago 04, 2008 11:12 pm

¿Sería posible saber si el original de Arturo está escrito en francés o si se tradujo del español para Le Figaro? ¿Y si el original fue en español, hay manera de acceder a él?

Gracias

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Quercus
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Mensaje por Quercus » Mar Ago 05, 2008 9:34 am

Como mola!, gracias Amaranta!

Me ha recordado un poco" El Pintor de Batallas", no?

Edito: Acabo de releerme y me he dado cuenta que, usando expresiones como "mola" o "chachi", estoy ya totalmente desfasadísima, y se ve claramente la edad que tengo :oops: snif...

Así que supongo que cambio el "como mola", por algo así como que "lo peta"... :?

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Siana
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Mensaje por Siana » Mar Ago 05, 2008 5:03 pm

Rogorn escribió:¿Sería posible saber si el original de Arturo está escrito en francés o si se tradujo del español para Le Figaro? ¿Y si el original fue en español, hay manera de acceder a él?

Gracias


Es una traducción:

http://www.lefigaro.fr/livres/2008/07/1 ... verte-.php

Me ha gustado mucho también, gracias Amaranta.

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Rogorn
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Mensaje por Rogorn » Mar Ago 05, 2008 7:03 pm

Gracias. Lo que yo quería saber es si habría manera de leer el texto original de Arturo en español, porque lo que tenemos es una traducción del español al francés al español otra vez.

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bowman
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Mensaje por bowman » Mar Ago 05, 2008 7:24 pm

Felicidades efusivas, sinceras y entusiasmadas a la traductora. Su texto "parece" talmente el original (que, salvo broma monumental, no es y que, de momento, no tg manera de saber tampoco como pueda ser "de verdad". Pero lo mismo al sr Duque lo da un pasmo de sana envidia al ver que la impecable traducción "mejora" su propio original. ¿Es esto posible? Bonito juego de espejos que haría las delicias de Borges...) :lol:

PD: No me digáis q el principio no es puro y duro Reverte: "Dio la espalda al puerto y caminó alejándose del mar, sin mirar atrás, consciente de que jamás volvería a pisar la orilla".

Olé.
<div>El último que apague la luz.</div>

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Siana
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Mensaje por Siana » Mar Ago 05, 2008 7:34 pm

Rogorn escribió:Gracias. Lo que yo quería saber es si habría manera de leer el texto original de Arturo en español, porque lo que tenemos es una traducción del español al francés al español otra vez.


No sé, Ro. La traducción ha sido cosa de los de Icorso, no? tal vez ellos lo sepan.

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Mensaje por lansquenete » Mar Ago 05, 2008 9:03 pm

Quercus escribió:Como mola!, gracias Amaranta!

Me ha recordado un poco" El Pintor de Batallas", no?

Edito: Acabo de releerme y me he dado cuenta que, usando expresiones como "mola" o "chachi", estoy ya totalmente desfasadísima, y se ve claramente la edad que tengo :oops: snif...

Así que supongo que cambio el "como mola", por algo así como que "lo peta"... :?


Sin complejos, Quercus: "mola mogollón" :lol: :wink:
"El grog es una mezcla secreta que lleva uno o más de lo siguiente: Queroseno, glicol propílico, acetona, ron, endulzantes artificiales, ácido sulfúrico, tinte rojo nº 2, scumm, ácido para baterías, grasa para ejes y/o pepperoni."

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emiwan
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Mensaje por emiwan » Mié Ago 06, 2008 7:51 am

Eso. Reivindiquemos nuestra edad con un 'chachi piruli'!!!! :lol: :lol: :lol:

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Celadus
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Mensaje por Celadus » Mié Ago 06, 2008 10:32 am

Gracias, Amaranta. A mi también me ha recordado EPDB, pero es que esa novela es puro Reverte, como este relato.
Quercus, el "mola mogollón" no es tan grave. Peor hubiese sido un "mola mazo", :lol: :lol: :lol:
"Morir, ¡que cosa tan estúpida! Yo ya estuve muerto antes de nacer, ahora respiro."

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Quercus
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Mensaje por Quercus » Mié Ago 06, 2008 10:36 am

Celadus escribió:.Quercus, el "mola mogollón" no es tan grave. Peor hubiese sido un "mola mazo", :lol: :lol: :lol:


Ay Dios mío, mola mazo, jajaja es verdaaad :lol: :lol:
Ese sí que es Chupi !!! :lol: :lol:

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Siana
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Mensaje por Siana » Mié Ago 06, 2008 12:45 pm

Di que sí Quercus, mola mogollón!

Este relato me ha recordado a muchas novelas y patentes de don Arturo, esas referencias al mar y a los marineros sin barco….

Un poemilla a propósito del tema:

Rafael Alberti
Marinero en tierra

El mar. La mar.
El mar. ¡Sólo la mar!
¿Por qué me trajiste, padre,
a la ciudad?
¿Por qué me desenterraste
del mar?
En sueños, la marejada
me tira del corazón.
Se lo quisiera llevar.
Padre, ¿por qué me trajiste acá?

Gimiendo por ver el mar,
un marinerito en tierra
iza al aire este lamento:
¡Hay mi blusa marinera!
Siempre me la inflaba el viento
al divisar la escollera.

...Y ya estarán los esteros
rezumando azul del mar.
¡Dejadme ser, salineros,
granito del salinar!
¡Que bien, a la madrugada,
correr en las vagonetas,
llenas de nieve salada,
hacia las blancas casetas!
¡Dejo de ser marinero,
madre, por ser salinero!

Branquias quisiera tener,
porque me quiero casar.
Mi novia vive en el mar
y nunca la puedo ver.
Madruguera, plantadora,
allá en los valles salinos.
¡Novia mía, labradora
de los huertos submarinos!
¡Yo nunca te podré ver
jardinera en tus jardines
albos del amanecer!

Me alegro de que este Ulises decidiera dar media vuelta.

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Mensaje por lansquenete » Mié Ago 06, 2008 4:12 pm

Supongo que recordaría cómo las ballenas van a tierra para morir, y él aún se sentía vivo. Debe de ser cierto que el mar cambia para siempre a quien lo conoce. Gracias por el poema, Siana.

Yo creo que el mar hay que verlo por primera vez de niño, cuando todo es inmenso y desconocido. Es la única edad en la que se puede comprender bien lo que es el mar, y cuando deja ese poso de misterio en azul marino en la memoria, que invita a volver. Mis primeros recuerdos del mar son de Buenos Aires, en el puerto del Mar del Plata, en agosto, con 6 años, con ese tono azul grisáceo del invierno austral y entre barcos atracados, viejos de orín, que se pudrían lentamente esperando volver a navegar. Desde entonces, miraba con más respeto la cera de color azul marino de mi estuche de Pelikan.
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Mensaje por Celadus » Mié Ago 06, 2008 4:30 pm

lansquenete escribió:Yo creo que el mar hay que verlo por primera vez de niño, cuando todo es inmenso y desconocido. Es la única edad en la que se puede comprender bien lo que es el mar, y cuando deja ese poso de misterio en azul marino en la memoria, que invita a volver.


Pues yo discrepo en eso lans, al menos en parte. Yo no tengo recuerdo de cuando vi el mar por primera vez, probablemente er aún un bebé. El mar es algo que siempre ha estado ahí, formando prte de mi paisaje y de mi vida. Por eso creo que ver el mar cuando eres adulto debe ser una experiencia inolvidable. Algo comparable a esa escena de la película "Los dioses deben estar locos", cuando dos niños bosquimanos caen dentro de un coche cisterna y se vuelven locos porque nunca habían visto tanta agua junta.
Cuando eres demasiado pequeño no tienes aún ese concepto de inmensidad y sobre todo, de lo infinitamente insignificante que es el ser humano comparado con el mar -no digamos ya con el cosmos-.
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Alberich
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Mensaje por Alberich » Mié Ago 06, 2008 7:22 pm

Lo triste es morir sin ver el mar...

cuando lo veas importa menos. :wink:
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mambo
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Mensaje por mambo » Mié Ago 06, 2008 7:44 pm

Hola, dejo aquí otra traducción del relato. También se puede descargar gratis y rápidamente en la dirección: http://rapidshare.com/files/136032231/R ... 7-2008.pdf | 32 KB. Cuando se abre la dirección hay que pinchar en Free user y después en Download.


Cada día, durante el verano, un gran escritor extranjero ofrece un relato inédito empezando por la misma frase de la Odisea de Homero: «Ulises tomó el sendero pedregoso que sube, a través del bosque, desde el puerto al acantilado. Iba al lugar que había dicho Atenea…».
Le Figaro, 17 de julio de 2008


LOS BARCOS SE PUDREN EN TIERRA
Por Arturo Pérez-Reverte
Volvió la espalda al puerto y se alejó del mar sin mirar atrás, consciente de que nunca más volvería a pisar la orilla. Dejando tras él las grúas, los desembarcaderos y los grandes barcos amarrados a los muelles, se sorprendió de no experimentar ni melancolía ni nostalgia. Silbaba una melodía de jazz improvisada, siguiendo la cadencia de sus pasos sobre la gravilla. El camino le parecía asombrosamente escarpado y estable, habituado como estaba a la superficie lisa y oscilante de los puentes de los navíos. Desconfiado, ponía un pie delante del otro con la precaución de los que encuentran engañosa la inmovilidad de la tierra firme. Buscaba al guardián de cerdos, y ese pensamiento le arrancó una sonrisa interior gesticulante y amarga.
«Este hombre ―le había dicho Atenea― guarda la llave de tu destino. La clave de tu retorno a casa.
Pero… ¿por qué debo regresar? ―le había preguntado él vistiéndose cerca de una ventana desde donde se veía el puerto, el barco anclado y un faro que se elevaba a lo lejos―.
No sé ―había respondido la mujer de los ojos verdes cubriendo con una sábana la desnudez de su pecho―. Lo que importa, es que tarde o temprano, todos lo hacen».
Mientras caminaba aspirando el perfume de los pinos que sombreaban la vertiente, se acordaba de todos aquellos años pasados. Aquel mismo sendero en sentido contrario, hacia el mar. Los hombres jóvenes de sueño inquieto, gotas de lluvia en el corazón y la aventura en el fondo de los ojos, que descendían la cuesta con él, traviesos y ruidosos, en grupo como muchachos disimulando su incertidumbre, cada uno corriendo tras su particular ballena blanca. Las mujeres inmóviles en lo alto de la última colina, que los miraban alejarse en silencio, prometidas a una larga soledad, a hacer y deshacer tapices criando hijos que tomarán a su vez el camino de sus padres. Condenadas a envejecer cerca de la chimenea rumiando sombríos pensamientos mientras que entre un vaso de vino y una canción ellos tejerán épicos destinos reconstruidos después por poetas, novelistas y realizadores en la parte visible y duradera, del lado luminoso de la trama.
Perdió el hilo del jazz improvisado, después lo encontró gracias a la cadencia de sus pasos sobre la tierra. Evocaba aún sus recuerdos internándose en el bosque por el sendero abrupto que serpenteaba a lo largo de las colinas. Las noches negras en que, acorazado en bronce, temblaba de frío en el vientre del caballo de madera, esperando con sus compañeros el momento propicio para salir y combatir. Las tempestades de un furor increíble, el mar blanco de espuma y sacudido por el viento. Las noches de quietud absoluta, la vela destensada chirriando en el mástil, bajo un sol que convertía en plomo fundido la superficie calmada y plana del agua. Grutas de cíclopes, de peligrosas guaridas de Circe, muros de Sarajevo al pie de los cuales centenares de hombres caían, cubiertos de polvo. Misiles aplastándose sobre carros de combate, torres gemelas desplomándose, incendios en el horizonte, ojos de esclavos asustados, corredores de palacios resbaladizos de sangre donde, en las hogueras enrojecidas se recortaban siluetas victoriosas cargadas con su botín. Muslos de mujer entreabiertos en la penumbra. Islas lejanas a donde las órdenes de arresto no llegaban nunca. Y el silencio.
Miró sus manos arrugadas, marcadas, al dorso salpicado de primeras manchas de vejez. Manchas, arrugas y cicatrices parecidas a aquellas que deterioraban la piel de su rostro bajo su cabello gris y su barba entrecana. Otros no habían tenido tiempo de envejecer como él, recordó. Habían llegado al final del camino antes de tiempo, cuando las preguntas están surtidas de respuestas, cuando todo era aún virgen, simple y fácil. Navegar, sobrevivir, matar y morir. En solitario, se internaba ahora por el camino del retorno porque la mujer de ojos verdes se lo había pedido y los otros habían desaparecido uno tras otro, la mayoría en la plenitud de la vida, héroes de corazón tan puro como ambicioso, conscientes de que la gloria, la aventura y su propia reputación los engullían. Sabían que serían de una manera o de otra célebres para los dioses, los poetas y los hombres. Vengados por sus amigos. Era fácil, perecer así en la tormenta o los fuegos de la batalla, apagarse en medio de la sangre derramada por el enemigo. Sencillo y directo, sin vacilaciones ni atajos que tomar. Buenos días y adiós. Mármol, fotos, posteridad. Sin importar qué imbécil podía aún aspirar a eso en aquellos tiempos remotos. Llorados por sus compañeros y sus mujeres. Y por centenares de generaciones venideras.
Miraba todavía sus manos y le pareció observar rastros de sangre bajo sus uñas. Trató de situar esa sangre en su memoria y terminó por renunciar, desalentado. Demasiados mares, demasiados abordajes, demasiadas ciudades sitiadas, demasiada Troya ardiendo a su espalda, demasiados oleajes surcados bajo un cielo abandonado por los dioses, desde lo alto del cual no molestaban ya a nadie con sus odios y favores. En realidad, podía tratarse de la sangre de cualquiera. De un enemigo o de un camarada. Quizá incluso de la suya.
Frotó sus dedos sobre las perneras del pantalón. «¿Y qué sucede cuando no se muere? ―se preguntó de repente―. ¿Cuando se continúa viviendo, se marcha lejos, se recuerda? ¿Cuando el cabello encanece mientras se recuerda? ¿Qué pasa cuando Patroclo y Héctor sobreviven y acaban por llamarse Ulises y llegar a mares y tierras administradas por aduaneros, funcionarios y ciudadanos ejemplares? ¿Por cíclopes razonables? ¿En cavernas donde, para subsistir, hay que llamarse Nadie?».
«El mundo se divide ―reflexionó― entre los hombres que tienen sangre bajo las uñas y los que no la tienen. O que no la ven. La sangre de los otros o de uno mismo. La sangre de lo que hemos sido. De lo que somos».
Continuaba caminando, perdido en sus pensamientos. Ya no silbaba ninguna melodía. El sendero se volvía más arduo, más duro de subir. Se detuvo en la mitad de la cuesta, cansado, sin ceder a la tentación de volverse para mirar tras él, hacia la lámina centelleante del mar que él sabía a su espalda, visible a través de la cima de los árboles. Permaneció así un momento, mirando el sendero que serpenteaba ante él, asqueado por la idea de proseguir. Su desinterés por el camino que aún le quedaba por recorrer hasta la cabaña del guardián de cerdos, todo un símbolo de porvenir inmediato, por el palacio de Ítaca y todo lo que Atenea, la mujer de ojos verdes, había dispuesto a su consideración no era debido a lo que abandonaba. No tenía aquella sensación molesta, compuesta a la vez de pereza e incertidumbre, porque se alejaba del puerto, sino más bien a medida que se internaba más tiempo en unas tierras que se le habían vuelto completamente indiferentes al cabo de tantos años. «El Nostos de los héroes» ―pensó, sarcástico―. El retorno. La idea de dirigirse hacia un hogar de donde había olvidado el calor, de tocar la piel marchita de una mujer convertida en extraña, de escuchar los pasos de un hijo que no había visto crecer se volvió bruscamente insoportable.
Concluyó que ninguno de los fantasmas que transportaba consigo estaba ligado con todo aquello.
Indeciso, escuchó a perros ladrar a lo lejos. Eran ladridos de perros jóvenes, nacidos después de su partida, insensibles al olor de su cuerpo, al contacto de sus caricias y a la disciplina de sus palabras. Los perros viejos como Argos estaban muertos seguramente ―pensó― o demasiado ancianos para olfatear en él el amo joven y vigoroso que había partido un día en comarcas lejanas, tras un sueño que, periódicamente, echaba centenares de barcos al mar y a millares de hombres a la aventura. La bella Helena, El Dorado, la caza de la ballena, sólo eran pretextos para cumplir el viejo ritual. «Me he convertido en el que sus perros no conocen» ―se dijo―.
De pronto, se representó el porvenir. Días de lluvia interminables cerca de la chimenea y de una mujer de senos marchitos, en lo sucesivo desconocida, tejiendo en silencio mientras que él, apoyado contra la ventana, miraría el paisaje gris acordándose de otros lugares, mares azules, cielos luminosos, el viento trayendo olores de resina y de miel, muchachas asombradas por su cuerpo desnudo en la playa, entre los restos del último naufragio. Fuego hecho de madera que flotaba al lado de los buques embarrancados en la arena, rostros enrojecidos ante el resplandor de las llamas, recuerdos de camaradas vivos o muertos, relatos de proezas, batallas, peligros, bellas diosas besando la frente de los que agonizan, jóvenes dioses interponiéndose entre las flechas a fin de proteger a sus elegidos. La irresponsabilidad del guerrero y del marino que lo dejan todo para atravesar una tras otra las líneas de sombra sucesivas. «Los barcos y los hombres se pierden sobre todo en tierra, le había dicho un día un viejo capitán. Se hacen pedazos contra las rocas o se pudren».
Miró todavía un instante el camino y sonrió al cabo de un momento. Era una sonrisa de medio lado, sin humor, desesperada, que se dirigía sólo a él. Entonces se desvió del sendero que subía y giró lentamente para admirar el mar centelleante más abajo, cerca del puerto. Permaneció un instante así, después ladeó la cabeza y volvió sobre sus pasos, descendió hasta que el olor de la brisa salina hubo enmascarado el de los pinos y que hubo dejado de escuchar a los perros.
Se quedó toda la tarde en el puerto y sólo regresó al barco pasada medianoche. Andaba con paso mal asegurado y tarareaba sin despegar los labios una vieja canción de amor, de mar y de guerra, que le habían enseñado hombres muertos veinte años antes delante de las murallas de Troya.
«¿Has bajado a tierra, para terminar? ―le preguntó uno de sus compañeros―.
―respondió él encogiéndose de hombros― pero sólo he ido hasta el primer bar».
Última edición por mambo el Sab Ago 09, 2008 2:06 pm, editado 13 veces en total.

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