1238 - 26.03.2017 - Ángel Ejarque Calvo

Los artículos de la columna de Pérez-Reverte en ‘El semanal’ y otros escritos suyos

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Rogorn
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1238 - 26.03.2017 - Ángel Ejarque Calvo

Mensaje por Rogorn » Dom Mar 26, 2017 4:50 pm

ÁNGEL EJARQUE CALVO

Era duro y bravo de verdad. Era pequeño y musculoso, con cara de boxeador. Era inequívocamente masculino, al estilo de cuando serlo no tenía connotación peyorativa como ahora. Era un hombre sólido, fiable, compacto, leal a sus amigos y a su modo de ver el mundo y la vida. Era de los que, también como se decía antes, se vestían por los pies. Pocas veces estuve tan seguro de la palabra lealtad como cuando, teniendo el privilegio de estar a su lado y de que me llamara colega, sentía su presencia cercana, noble y silenciosa. La sonrisa irónica y un punto chulesca de quien mucho ha vivido, mucho ha luchado y mucho sabe. Y se lo calla.

Cuando lo conocí, hace más de treinta años, Ángel entraba y salía por talegos y comisarías como si fueran su casa. Había crecido de golfo madrileño sin estudios, buscándose la vida en mercados, estaciones de tren y ambientes prostibularios, a punta de navaja y de echarle huevos. La ley no era más que una frontera imprecisa que él cruzaba a conveniencia. Su sangre fría, su aplomo legendario lo convirtieron en jefe de cuadrilla de trileros, y con ellos hacía la ronda de España, forrándose con la borrega, los cubiletes y los pringaos que le entraban incautos, y quemando luego la viruta en juergas y mujeres. Había sido boxeador de jovencito –tengo una foto en la que pelea como un jabato, maltrecho y derrotado pero nunca vencido–, y de esa época, afilada por la vida peligrosa que llevó después, conservaba una dureza física increíble y unos puños de acero. Una vez, cuando un animal como un armario nos buscó bronca en un bar de la Ballesta, Ángel lo tumbó sin darme tiempo a agarrar por el gollete la botella que yo buscaba con urgencia, dándole un solo y limpio izquierdazo en el hígado que tiró a aquel orangután sobre la lona. Era de los que están callados en un rincón de la barra, y si no sabes detectar ciertas cosas, nunca los identificas hasta que te parten la cara. Sí. Era tranquilo y letal.

Juntos hicimos durante cinco años, con un equipo de gente formidable, aquel programa mítico de RNE que se llamó 'La ley de la calle', y él era el alma de esa tertulia irrepetible, anterior a cuanto se hace ahora, cuando las noches de los viernes nos sentábamos a comentar la vida un policía, Manolo, una puta, Ruth, un yonqui, Juan, y un delincuente, Ángel. A veces él no podía asistir porque se estaba comiendo unos días de talego, y entonces le dedicábamos canciones de Los Chunguitos o La Mora y el legionario, que le ponían la piel de gallina oyéndolos en el chabolo. Paradójicamente, fue aquel programa el que lo retiró de la calle, pues un oyente le ofreció un empleo –una empresa de seguridad, lo que tenía su guasa–, y Ángel, alentado por una familia maravillosa que supo ser paciente, esperar y convencerlo, se volvió un hombre honrado. Los años, colega, decía. Los años.

Mantuvimos la relación. Muy estrecha. Nos juntábamos de vez en cuando para comer o calzarnos unas birras. Me hizo padrino de su nieta, y a la primera comunión de ésta acudí con los supervivientes de la vieja banda. Me seguía llamando doble, jefe, igual que en los viejos tiempos, como aquel día en que tuvo un desafío con un policía, incidente que transcurrió con nobleza por ambas partes, y tras unos dimes y diretes se juntaron para un combate de boxeo en La Ferroviaria –que ganó Ángel–, el madero con sus colegas jaleándolo y mi amigo con su público de choros dándole ánimos. Lo utilicé de modelo para el personaje del Potro del Mantelete en 'La piel del tambor', y siempre se mostró orgulloso de ello.

La suya fue, como suele decirse, una larga y penosa enfermedad, que arrostró con el mismo cuajo y la misma calma con que había encarado la vida. Acudí a visitarlo en los últimos tiempos, y la última vez estaba en el hospital, flaco y apergaminado, la piel pálida pegada a los huesos. Sonreía débilmente llamándome colega, y supe que estaba listo de papeles. Lo besé y me fui. La noche antes de morir, me contó su yerno, pidió que le llevaran un canuto y se lo fumó despacio en el cuarto de baño. Quiero pensar que mientras despachaba ese último truja, antes de abrirse de una vida que exprimió como un limón de paella, sonrió para sí, recordando al crío que se buscaba la vida en el mercado de Legazpi, al joven boxeador que nunca se rendía, al golfo que tangaba incautos en Atocha, al macarra que quemaba billetes con mujeres guapas, al buen padre de familia que supo ser en el último tercio del asunto. Y también a los amigos fieles que tanto lo respetaron, y que hoy darían cualquier cosa por volver a acodarse a su lado en la barra de un bar y pedir unas cervezas.

El Semanal, 26 de marzo de 2017
Última edición por Rogorn el Jue Abr 06, 2017 2:41 pm, editado 1 vez en total.

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Mensaje por agustinadearagon » Lun Mar 27, 2017 8:30 am

:cry:
"Fuera del perro, el libro es el mejor amigo del hombre. Dentro del perro quizá esté muy oscuro para leer". G.M.

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Rogorn
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Mensaje por Rogorn » Mar Mar 28, 2017 4:02 pm

El amigo de Pérez-Reverte
Vicente Torres - periodistadigital.com - 28/03/2017

Es decir, del que habla esta semana, que respondía al nombre de Ángel Echarque [sic] Calvo, viene a demostrar algo que se nos olvida muchas veces y es que delincuente no es sinónimo de mala persona.

En cuanto la vida le dio una oportunidad a este señor para vivir honradamente la aprovechó. En cambio, hay otros que es muy difícil que vayan a la cárcel alguna vez, pero que hacen todo el mal que pueden. Disfrutan haciendo daño al prójimo o, al menos, no les importa hacerlo. Por motivos obvios, muchos de ellos van a la política y allí cierran el paso a las buenas personas, a quienes tienen ideas que pueden beneficiar a la sociedad. Los malos bichos buscan lo contrario, beneficiarse de ella, exprimirla, y para ello necesitan sus votos, que consiguen con malas artes, generalmente excitando los bajos instintos de los votantes de más bajo nivel moral.

En este grupo habría que situar, sin duda, a los nacionalistas, a pesar de que entre ellos, en un principio, pudiera haber gente razonable, pero han llegado a un punto en que esto último es imposible. Pero no sólo a los nacionalistas, la política española se ha degradado tanto ya que el Parlamento parece, a ratos, un burdel.

Pero, volviendo al personaje, que es lo que importa hoy, cabe decir que el legislador español es un tanto banal. Aquella idea de que las penas de cárcel han de estar orientadas hacia la reinserción es muy apropiada en el caso de reclusos como este amigo de Pérez-Reverte, pero absolutamente contraindicada en el los delincuentes que además son unos malos bichos, como es el caso de los etarras.

La función de las leyes es la de proteger a la sociedad, cosa que consigue si son compasivas con quienes lo merecen, pero si lo son con quienes no deben serlo le hacen mucho daño.

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