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Pérez-Reverte, Duke of Corso del Reino de Redonda
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Autor Mensaje
Lenka
Alférez


Registrado: Sep 21, 2005
Mensajes: 17668
Ubicación: Reino Astur

MensajePublicado: Lun Jul 09, 2012 6:03 pm    Asunto: Responder citando

Anda que no hay burros con deliberación. Y nocturnidad. Y alevosía.
Al final también a mí me terminará gustando el Marías. Guiño
_________________
Me alegro de no haberte matado todavía...
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nexus6
Alférez


Registrado: Oct 01, 2008
Mensajes: 6139

MensajePublicado: Dom Jul 15, 2012 3:47 pm    Asunto: Responder citando

Hojeando el periódico
15 de julio de 2012

Así como tenemos una capacidad asociativa, también poseemos una disociativa, y me temo que los espa­ñoles cada vez más recurrimos a ésta a fin de sopor­tar nuestro país y ver las noticias y hojear el periódi­co sin caer en la tentación de exiliarnos o meter la cabeza bajo la almohada y echar el cierre. Sólo tomando aisladamente cada noticia, sólo haciendo el inverosímil esfuerzo de creer que cada una es una excepción, es posible mantener la espe­ranza. Sólo disociando. Pero a veces no se puede. Veamos unos cuantos titulares de EL PAÍS de un día cualquiera, el 29 de junio (ayer, cuando escribo esto). “El Poder Judicial inves­tigará las presiones al juez del ‘caso Fabra”. “Marina Castaño se asoma al banquillo. Cela y su viuda absorbían las devolu­ciones del IV A”. “El Poder Judicial sólo detallará sus gastos a las Cortes y si se los piden”. “El juez cita como imputado a Bárcenas por el fraude fiscal de su esposa, que ingresó 500.000 euros en billetes de 500 en su cuenta”. “Un juez cita a Julio Iglesias por el ‘caso Ivex”. “Arranca el juicio contra Isabel Pan­toja y el ex-alcalde marbellí Muñoz por el caso de blanqueo”. “El juez Ruz cita al ex-diputado Martín Vasco y a su hermano”. “El re­cibo de la luz sube más del 70% en 6 años sin frenar el déficit tarifario”. “El jefe de Barclays, acorralado por manipular ti­pos” . “Ya nacionalizada, la UNNIM regaló viajes a Turquía a sus clientes con nómina”. “El presidente de Novacaixa dimite antes de que lo echen. Anticorrupción denunció a Gayoso, que llevaba 60 años en la entidad”. “El desfase del BFA alcan­zaba los 15.000 millones”. “Anticorrupción investigará al ex­consejero del Banco de Valencia, Parra, por presunto delito de estafa”. “Expediente a los notarios de Ceuta”. “Dimite Prat por los escándalos en la sanidad catalana”. “Cientos de miles de empleadas domésticas siguen sin estar de alta al expirar hoy el plazo”. “La SGAE debe 120 millones a los bancos; sus clientes le adeudan 115″. “Rajoy da por concluido el boicot a Ucrania para acudir a la Final de fútbol”. “La red del ‘falso jeque’ se extendía por el fútbol catalán”. Sí, todo esto en un solo día.

No se libra una sección. Hasta en Sociedad, Cultura y De­portes -por lo general, las más benignas y amables- hay noti­cias deprimentes de escándalos, estafas, imputaciones, graves sospechas, impagos, abusos, robos, blanqueo, manipulacio­nes, fraude. Políticos, jueces, banqueros, notarios, pero tam­bién gente que ha ganado mucho y que no debería verse en apuros: Julio Iglesias, Isabel Pantoja, la viuda de Cela (y sin duda éste, de estar vivo). Si a uno, en vez de por disociar, como hace diariamente para respirar, le da por asociar una mañana, llega a la rápida conclusión de que este país -y parte del mundo- tienen muy mal remedio. Pero lo más preocupante de todo es otra noticia aparecida en estas fechas: una multitudi­naria red de espionaje vendía datos de 3.000 personas al mes, tanto conocidas como desconocidas. “Un obsceno comercio de datos de todo tipo”, según Jesús Duva: “estado civil, domi­cilio, teléfono, propiedades, vida laboral, actividades empre­sariales, llamadas, correos, informaciones de la Agencia Tri­butaria y del Inem, disco duro de ordenadores, historial clínico, etc.”. Hay involucrados 150 sospechosos. Ciento cincuenta. Entre ellos, detectives privados (lo cual no sorprende), pero también, y esto es lo decisivo, funcionarios de Hacienda, de la Seguridad Social y del Inem, policías, guardias civiles, mossos d’esquadra, bancarios, abogados de importantes bufetes de Madrid y Barcelona, directivos y empleados de Movistar, Vodafone y Orange… No sólo emplea­dos, oigan, directivos. Quienes a su vez compraban toda esa informa­ción ilegal eran sobre todo bancos, aseguradoras, agencias de cobros de morosos, canales de televisión, despachos de abogados y grandes empresas. Aunque no se mencionan, es de suponer que entre los clientes no faltarían bandas de delincuentes, a las que vendría de perlas saber cuánto tiene en su cuenta o cuánto paga a Ha­cienda cualquier individuo. O quién se ha comprado reciente­mente una caja fuerte, para ir a asaltar su casa con la acertada suposición de que en ella habrá dinero en metálico.

Este entramado ya no es posible verlo como” excepciones”. Lo componen personas, aparentemente honorables, con las que todos tratamos. La gente de los bancos, de Hacienda, de la Seguridad Social, de las empresas, los diversos policías, los empleados y directivos de nuestras compañías telefónicas. Ya no son artistas ávidos de mayor fortuna, ni jueces que presio­nan para lograr el sobreseimiento de un caso contra un políti­co afín, ni ex-alcaldes y ex-diputados envueltos en asuntos de corrupción. Es el tejido social entero el que parece dispuesto a trapichear con lo que sea y a vender al vecino. Les ruego que no envíen cartas diciéndome que hay muchos funcionarios y empleados honrados. Sin duda, sólo faltaría que todos fueran chorizos vocacionales u ocasionales. Pero 150 personas “nor­males”, a las que vemos y saludamos a diario, involucradas en esa “obscena” red descubierta, son ya de­masiadas para que lo normal no sea anóma­lo, y encima no se perciban estas gigantescas anomalía y podredumbre.
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Yo he visto cosas que vosotros no creeríais. Atacar naves en llamas más allá de Orión. He visto Rayos-C brillar en la oscuridad cerca de la Puerta de Tannhäuser. Todos esos momentos se perderán en el tiempo como lágrimas en la lluvia.Es hora de morir
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Ada
Alférez


Registrado: Aug 17, 2007
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Ubicación: Madrid

MensajePublicado: Mar Jul 17, 2012 11:50 am    Asunto: Responder citando

EL ESPEJO DEL MAR – Joseph Conrad
(Reseña publicada en Hislibris)

Abordar una obra de Joseph Conrad es algo siempre harto complicado. Estamos hablando de un personaje ambiguo, de origen mestizo entre la Europa más progresista de su tiempo, Inglaterra (su país de adopción) con el este menos avanzado y tradicional, su Polonia natal. A ello hay que sumarle la extravagante contraposición de un hombre capaz de luchar contra los elementos en la soledad de alta mar, el medio más hostil que nadie pueda imaginar, con la muy a menudo elitista (por no decir snob) vida de un autor literario. Tan difícil cohesión muy a menudo fue llevada a cabo en su cabina de a bordo, pues es bien conocido que el señor Conrad vivió largos años enfrascado en el negocio náutico. Sí, porque a diferencia de otros autores, cuya relación laboral con el mar fue más bien circunstancial, o sino enmarcada en un período limitado de tiempo (véase el caso de Melville, Stevenson, London o el mismo Conan Doyle), el caso de Conrad es una relación de por vida. Sin lugar a dudas, pues, casi se puede afirmar que éste es el autor marino por excelencia (con el permiso del ilustrísimo Don Arturo Pérez-Reverte y de sus paseítos por el mediterráneo con su balandra…).


La desigual producción del señor Conrad se mueve por diferentes terrenos, tales como una ficción muy próxima a las historias que tan bien conocía en su propia carne (Lord Jim, Nostromo, etc.), como en el propio ensayo o análisis de la realidad náutica de su tiempo. Y en este segundo bloque se enmarca El espejo del mar, quizás la obra más puramente conradiana. Sí, es cierto que Conrad se permitió analizar pragmáticamente la realidad que lo envolvía, siendo harto conocido su implacable análisis crítico de los sucesos del Titanic, pero en este caso parece dejarse llevar por la más pura e ingenua emoción, y el resultado es realmente magistral, alejado del pragmatismo, mucho más próximo a un romanticismo nostálgico del buen hacer marino de antaño. Sí, porque aunque Conrad nos hable de la realidad de su tiempo y no pretenda elaborar un ejercicio de recreación histórica, en este trabajo podemos recabar amplia documentación de cómo era y se llevaba a cabo el trabajo a bordo de un barco velero, en tiempos en que éstos veíanse ya totalmente desplazados por los buques de vapor.

Medio atrincherado en un lenguaje abigarrado y poco académico, algo en lo que quizás también contribuyó su reconocido poliglotismo, el libro va desgranando uno por uno todos los procedimientos, quehaceres y claroscuros propios del negocio marino. El libro se abre con el capítulo «partidas y recaladas», sobre la simple labor de acondicionar un buque para marchar de ruta y del siempre esperado regreso. En breves párrafos, el lector en seguida se ve inmerso en ello, cual partícipe casi directo del negocio, empatizando completamente con la enjundiosa mente del propio Conrad.

Sus más que detalladas y minuciosas descripciones procedimentales tienen mucho del hacer marinero de su tiempo. Entre líneas, podemos leer a un carácter casi monolítico, algo costumbrista o supersticioso incluso, tal como era de esperar en los hombres de mar de su tiempo. En los siguientes capítulos, las vivencias personales van y vienen sin un orden coherente o un hilo argumental definido. Diferentes temas van saliendo al pairo, cual si fueran apareciendo lentamente en una larga conversación en la tasca portuaria más oscura y encantadora de un sucio serrallo, a hora intempestiva y bajo una profusa ración de grog.

Especial hincapié recae sobre determinados temas de índole geográfica. Un capítulo completo dedicado a los vientos del Oeste es algo realmente extraordinario en la historia de la literatura, la verdad. Pero es sumamente magistral, una disertación sobre la importancia del hombre de adaptarse a las circunstancias, y no al revés, como la ciencia ha ido imponiendo paulatinamente en un negocio como el náutico. De ahí puede tal vez especularse sobre la pasión que Conrad sentía por el barco velero, su auténtico amor, en deferencia con los ya muy extendidos vapores en aquellos tiempos.

Así transcurren páginas y más páginas en su casi poético lenguaje, traducido por el siempre brillante Javier Marías, cuya labor es reconocida en el mundo editorial por lo muy exhaustivo de su trabajo. No en balde, la traducción de textos de Conrad es siempre una tarea complicada de llevar a cabo (tal como Santiago Posteguillo nos aseguró en su charla, en las jornadas de Cornellá, esta primavera), por lo abigarrado del lenguaje de este autor.

Una obra, pues, tal vez destinada sólo a aquellos amantes del mar que, de un modo u otro, esperan algo más que simples recreaciones de pomposas batallitas navales, travesías imposibles luchando contra los elementos, grandilocuentes almirantes ejecutando gestas militares a bordo de sus navíos… Algo más, mucho más, ofrecen estas páginas. Puedo decir con orgullo o vergüenza que El espejo del mar es como mi libro de cabecera, cuya relectura cada cierto tiempo me resulta del todo obligada.
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Adeletheresa61
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Registrado: May 04, 2011
Mensajes: 1466
Ubicación: Madrid

MensajePublicado: Sab Jul 21, 2012 1:01 am    Asunto: Responder citando

Cita:
Abordar una obra de Joseph Conrad es algo siempre harto complicado


'Abordamos' Conrad en el instituto, comenzando con 'El Agente Secreto', y luego por puro placer 'Lord Jim' y 'Nostromo', aunque me parece que mucha gente habla de Conrad sin haberle leído.

A mi me parecía con los 16/17 años una maravilla. 'El Agente Secreto' es mi favorito. , además esta basado en hechos reales que ocurrieron en 1909 en Londres, un atentado anarquista/terrorista. Era su último libro y quizás el mejor...

Aquí pongo un resumen hecho por Mario Vargas Llosa de una serie de radio que hizo, 'Mi Novela Favorita', con un pedazo de la novela también...

http://www.youtube.com/watch?v=MMUo3A62Ns8


Cita:
Sobre El Programa

Mi Novela Favorita es una serie que transforma en sonido 52 novelas clásicas de la literatura universal, devolviéndole su vieja vigencia al género del audio de ficción. La selección ha estado a cargo de Mario Vargas Llosa, quien comenta cada novela y conduce los programas. Las novelas -transmitidas una por semana- tienen una duración de 54 minutos netos.
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nexus6
Alférez


Registrado: Oct 01, 2008
Mensajes: 6139

MensajePublicado: Dom Jul 22, 2012 3:56 pm    Asunto: Responder citando

Desmemoria y aire
22 de julio de 2012

He expresado a menudo mi preocupación y mi cre­ciente angustia por la manera en que se vive hoy el tiempo, o su transcurso. Lo que me resulta más descocertante es lo lejos -lo antiguo- que queda todo en seguida. Lo he dicho otras veces: en cuanto algo se hace presente, por el mero hecho de suceder o existir se convierte al instante en pasado, y además en pasado remoto. Todo se tor­na viejo nada más nacer: los libros, las películas, las revueltas, los derrocamientos, las guerras, los nuevos rostros y los nue­vos talentos, lo esperado y lo inesperado, lo sorprendente y lo consabido. Quizá el campo en el que este extraño fenómeno se hace más manifiesto es el de las competiciones deportivas, que para una gran parte de la población jalonan el año como antes el santoral y las estaciones: cuando colean la Liga y los torneos europeos, llega Roland Garros; luego hay Eurocopa o Mundial de selecciones, en los años pares; a continuación vie­ne Wimbledon, y por último el Tour de Francia (por mencio­nar las citas más populares). Y cada cuatro años, en los bisies­tos, la propina de las Olimpiadas.

El viernes siguiente al domingo en que España se proclamó cam­peona de fútbol europeo frente a Italia (4-0), un amigo al que me encontré me preguntó: “¿Qué, disfru­taste mucho el domingo?” Recono­cí que, pese a mis prevenciones, soy también víctima de esa percep­ción anómala que tenemos del tiempo, porque no sabía de qué me hablaba. “¿El domingo? ¿Disfrutar?” Y cuando me aclaró a qué se refería, mi perplejidad fue enorme, pues tenía la sensación de que aquella Final (que vi por televisión, y con la que disfruté sin duda) se había jugado hacía al menos tres semanas, si es que no la sentía ya tan lejana como las de 2008 y 2010, que España ganó asimismo contra Alemania y Holan­da. Sí, el efecto de las cosas cada vez dura un soplo más breve. Tal vez por eso una de las primeras e irritantes preguntas de los periodistas a los jugadores, nada más concluir el partido y cuando aún no habían recogido su trofeo, era esta invariable­mente: “y ahora, ¿qué será lo próximo? ¿Otro Mundial, el de Brasil en 2014?” Los futbolistas son pacientes y educados, y no vi a ninguno contestar de mala manera, como se merecían esos periodistas sádicos: “No me hable de lo próximo, imbécil, que acabo de revalidar una Eurocopa y me ha costado mucho esfuerzo. Alégrese por lo de ahora y no me maree con el futuro. ¿Es que no le basta con la actualidad más rabiosa?”

No, nunca basta hoy en día, porque el presente ha sido abolido y el pasado no importa ni nadie es capaz de recordar­lo, no digamos de apreciarlo, menos aún de agradecerlo. Quien adquiere conciencia de esta forma perversa y frenética de relacionarnos con el tiempo, no puede evitar dar el siguiente paso, y ver también lo futuro como inminente pasado y por tanto como inminente olvido. Como algo que está ya a punto de resultar irrelevante, de ser desecho, como las sobras de un festín una vez recogidas las mesas. Las Olimpiadas son entretenidas (hablo por mí), y puede uno llegar a apasionarse con algunas pruebas, sobre todo con las carreras. El número de sus competiciones va siempre en aumento, porque la gente exige que sean “disciplinas olímpicas” desde el póker hasta la rana, y las autoridades ceden, presionadas por las televisiones, que ven la posibilidad de ganar espectadores entre los tahúres y los jubilados. Creo haber leído que son 4.800 las medallas acuñadas para su entrega en estas semanas. Tengo la idea de haber contemplado bastantes pruebas de los anteriores Jue­gos en Pekín. Sin embargo, si me pusieran una pistola en la sien y mi vida dependiera de mencionar diez medallistas de entonces, me temo que la perdería: sólo estoy seguro de que Usain Bolt venció en los 100 metros. Me arriesgaría a afirmar que también en los 200 y en el relevo de 4×100 (o como se llame). Y, para salvar el pellejo, aventuraría el nombre de Phelps como ganador de unas cuantas carreras de nata­ción, sin la menor certeza de si sus sonados triunfos fueron en Pekín o en la anterior ocasión, quien re­cuerda dónde. Moriría si me exigieran saber cuántas medallas consiguió España, y eso que en su momento fueron contadas y cantadas con minuciosidad por la sonrojante y patriotera prensa de aquí, aunque se obtuvieran en deportes esotéricos que no conocía nadie y que siguen sin conocerse, pese al efímero éxito cosechado en ellos: en realidad les importan tan sólo a quienes se colgaron la dicho­sa medalla, olvidada por los demás a los tres días.

Las ciudades pugnan por albergar unos Juegos (Madrid sigue dando la lata, abocada de nuevo al fracaso, o eso espe­ro). Se ponen patas arriba durante un montón de años, se tornan aún más invivibles, los políticos y los constructores y los banqueros (esto es, los de siempre) hacen suculentos ne­gocios y crean entre la población una excitación ficticia en torno a unas lejanas disputas semi deportivas que veremos pasar como quien mira anuncios, y que están condenadas a no ser nada -desmemoria, aire- en cuanto se hagan presentes. Es decir, en cuanto acontezcan y sean despreciable pasado re­moto.
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El_Curioso_Impertinente
Alférez


Registrado: Dec 07, 2008
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Ubicación: Regne de Mallorques

MensajePublicado: Dom Jul 22, 2012 4:23 pm    Asunto: Responder citando

Pues yo espero que a Madrid le den las Olimpiadas de una puta vez, porque el nieto de Tebib Arrumi, la Lideresa, la Botellesa y sus compadres están dispuestos a seguir arruinando la Villa y la Comunidad antes que rendirse Loco
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Todos los seres humanos cometen errores, pero algunos seres humanos cometen más errores que otros y a ésos se los llama "tontos" (Fray Guillermo de Baskerville).
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Ada
Alférez


Registrado: Aug 17, 2007
Mensajes: 3789
Ubicación: Madrid

MensajePublicado: Dom Jul 22, 2012 9:21 pm    Asunto: Responder citando

Mira que no acordarse de que en Pekin llegamos a la medalla número 100 de España en unos Juegos Olimpicos y que se lallevó José Luis Abajo Pirri, convirtiendose en la unica medalla de la esgrima para nuestro país. Bronce
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nexus6
Alférez


Registrado: Oct 01, 2008
Mensajes: 6139

MensajePublicado: Dom Jul 29, 2012 4:23 pm    Asunto: Responder citando

¿Hay de qué extrañarse?
29 de julio de 2012

Uno se empeña en extrañarse, cuando no tendría por qué. Ya fue bastante sintomático que el Gobierno de Rajoy, mientras agravaba la crisis día sí y día también, anunciara una amnistía fiscal para los grandes de­fraudadores so pretexto de hacer aflorar ingentes sumas ocul­tas y lograr con ello una ridícula recaudación: a cambio de abonar el 10% de esos bienes mayúsculos, los evasores quedarían en paz y en la legalidad, sin ni siquiera deber explicar la procedencia de sus fortunas escamoteadas a Hacienda durante años. Al mismo tiempo, algunos ciudadanos cumplido­res están tributando un gravamen de hasta el 43%. O lo que es lo mismo: “Si usted es honrado y atiende a sus obligaciones, lo vamos a brear a impuestos y le vamos a reducir sus ingresos casi a la mitad; pero si es un chorizo y se ha dedicado a enga­ñar y robar al Estado, lo vamos a premiar con una extraordi­naria rebaja impositiva y le vamos a dar toda clase de facilida­des; no sólo no lo vamos a castigar, sino que va a descubrir que su estafa le trae mucha cuenta, le aporta beneficios y nuestro parabién”. Al Ministro Montoro sólo le ha faltado cuadrar­se ante los defraudadores con un taconazo y decirles con su voce­zuela: “A sus pies, señores, estamos para lo que gusten”.

Pero he aquí que la cosa no ha acabado de complacer a los evasores. Según la información de Sérvulo González en este diario, “Algunos despachos de abogados y asesores fiscales han manifestado dudas sobre la oportunidad de acogerse al proceso de regularización fiscal. Consideran que no existen suficientes garantías jurídicas para los que decidan aflorar su patrimonio oculto… y sostienen que hay otras vías para legalizar el dinero opaco de forma más barata. De hecho, ninguna gran fortuna se ha acogido aún a este proceso desde su entrada en vigor”. (Las cursivas son mías.) En vista de lo cual, Vocezuela ofrece a los defraudadores regularizar su situación pagando menos del 10% previsto y aclara que no comprobará sus declaraciones. ¿Cuánto menos? Sérvulo González pone un ejemplo: “Así, si un individuo tenía un millón de euros en negro en 2007, y le ha sacado una rentabilidad de 30.000 anuales (en torno al 3%) en 2008, 2009 y 2010, en la amnistía fiscal le bastaría pagar el 10% de esos 90.000 (esto es, 9.000) para blan­quear 1.090.000. En vez de tributar el 10%, valdrá con que pa­gue menos del 1 % del total del capital aflorado”. Si esto es así, la recaudación que obtendrá Vocezuela -la excusa era conseguir grandes cantidades- es de una ridiculez tan extrema que hay que buscar a la indecente medida alguna otra explicación.

Lo más llamativo del asunto es que Hacienda está en con­tacto con los abogados y asesores de los evasores, y que tanto a éstos como a aquéllos la amnistía no les parece lo bastante ven­tajosa y la desprecian, no la quieren. Y Hacienda, en vez de de­jarse de componendas y decirles a esos defraudadores: “Vamos por ustedes y se les va a caer el pelo; sabemos quiénes son” (pues es obvio que lo sabe: trata con sus asesores), se pliega a las exigencias de los delincuentes mientras machaca con subi­das desaforadas de impuestos a los ciudadanos corrientes y no les tose ni a la Iglesia ni a las mayores fortunas. Salvando las distancias, es como si a los asesinos no capturados se les propusiera: “Entréguense -nos conviene dar casos por resueltos- y ya verán qué bien les va. No tendrán que cumplir penas supe­riores a dos años de prisión y podrán reincorporarse limpios a la sociedad”. Y los asesinos respondieran a través de sus defensores: “Ay, no sé, dos años es mucho. Ya sé que me he cargado a una persona, pero me sale más a cuenta seguir huido. Lo más que estoy dispuesto a pasar en la cárcel es un mes, en celda para mí solo, con móvil, televisión y ordenador”.

Todo esto es inaudito, como lo es también que el Gobierno de Rajoy amnistíe de facto a los constructores y promotores inmo­biliarios que arruinaron las costas al amparo de la Ley del Suelo de Az­nar, y les permita sacar beneficios de sus desmanes e ilegalidades. En esa Ley está el origen de la catastró­fica burbuja inmobiliaria. Zapatero no osó o no quiso pincharla, pero el origen de esta crisis se remonta a Aznar. Suya es en gran medida esa “herencia recibida” a la que apelan con cinismo a diario Rajoy, sus ministros, Aguirre y Cospedal.

Sí, a estas amnistías obscenas hay que buscarles explica­ción, tal vez sea esta: el PP trata con comprensión y delicadeza, siente respeto y aun fascinación por los corruptos y defrauda­dores de alto rango porque hay todos los indicios de que la ma­yoría le son afines y no pocos son miembros (o ex-miembros, tanto da: lo eran cuando se corrompieron) de su partido. Gürtel, las Comunidades de Valencia y Madrid, Matas, Bárcenas, Ban­kia, la CAM, Novagalicia, quienes negociaban con Urdangarin, Carlos Fabra, Canal Nou… Hay probables o seguros corruptos en el PSOE, en Unió Mallorquina, en CiU, en Esquerra, en ID. Pero no hay formación con un número de imputados y sospe­chosos que se asemeje remotamente al alcanzado por el PP, ese partido al que tantos hoy damnificados ex­tendieron un cheque en blanco (eso es una mayoría absoluta) hace sólo ocho meses. No, no hay de qué extrañarse, en realidad.
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Alférez


Registrado: Oct 01, 2008
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MensajePublicado: Dom Ago 05, 2012 11:25 am    Asunto: Responder citando

“Cada vez leo menos novedades, se pierde mucho tiempo en eso”

En octubre saldrá en España Mala índole. Cuentos aceptados y aceptables, volumen que reúne los relatos de Javier Marías, y que Alfaguara publicará aquí en noviembre. Mientras tanto, trabaja en una nueva novela y no se resigna a que el castellano deje de ser “un instrumento preciso y lleno de matices”

Aaliya frisa los setenta años. Trabaja en una librería de Beirut y complementa su pasión literaria con encargos de traducción. Aaliya es la voz de La mujer de papel, el libro nuevo del jordano Rabih Alameddine, y ella cita a Javier Marías entre sus autores preferidos junto a titanes como Faulkner, Magris, Calvino y Bolaño. La historia emocionante de Aaliya, que coincide en los anaqueles con un monográfico de la revista Ínsula dedicado a Marías, se antoja la prueba más reciente de la jerarquía del escritor español en la cima de la literatura actual en castellano. Autor de largo recorrido, dueño de una obra de enjundia que tuvo su primer episodio en la publicación en 1971 de la novela Los dominios del lobo, escrita durante una estadía en París, Javier Marías entregó en 2011 la novela Los enamoramientos. Una trama hilvanada con sentido de intriga en la que, ya es costumbre, las reflexiones éticas juegan un rol primordial. El libro ya ha sido traducido al alemán y, en breve, será editado en otros veintiséis países, entre ellos Estados Unidos, Reino Unido, China, Australia, Rusia, Sudáfrica e Israel.

A Javier Marías (Madrid, 1951) las letras lo encontraron en el domicilio familiar. Educado con el sistema liberal krausista impartido por la Institución Libre de Enseñanza, Marías flirteó primero con el comunismo en su etapa juvenil en la Universidad Complutense, donde cursó Filosofía y Letras, aunque luego marcó distancias ideológicas para reivindicar la libertad individual de no pertenecer a grupo político alguno. Hijo del filósofo y discípulo de Ortega y Gasset Julián Marías, creció entre viajes y domicilios distintos. En Estados Unidos su familia se alojó en la casa del poeta Jorge Guillén. En el piso de arriba residía Vladimir Nabokov, que con los años se iba a convertir en referencia obligada para aquel niño que aún no sabía que sería escritor y traductor, entre otros, del autor ruso, y de Updike, Yeats, Dinesen, Browne, Hardy, Faulkner, Stephenson, Salinger y Conrad. Ya en 1979 obtuvo el Premio Nacional de Traducción por su versión en español de The Life and Opinions of Tristram Shandy, de Laurence Sterne.

Diez años y dos novelas después (El siglo y El hombre sentimental), la carrera de Javier Marías concitó atención mayoritaria con Todas las almas, novela en la que varios estudiosos de su obra sitúan un punto de inflexión, un no retorno confirmado un trienio después por Corazón tan blanco y, en 1994, por Mañana en la batalla piensa en mí. Rara vez una novela escrita en castellano obtuvo tal unanimidad. Fue el primer español que obtuvo el Rómulo Gallegos, y también logró el premio Fastenrath, el francés Fémina y el italiano Ciudad de Palermo. Cuatro hitos que coincidieron tiempo después con el descubrimiento de Marías por la crítica y los lectores alemanes. De él, el pope Reich-Ranicki afirmó sin ambages que “es uno de los mayores autores vivos del mundo, está a la altura de García Márquez, su nivel literario no tiene comparación actualmente con otros autores contemporáneos”. En 1997, la ciudad Dortmund le concedió el premio Nelly Sachs por toda su obra “a favor de la tolerancia y la reconciliación de los pueblos”. Y en 2011 recibió en Austria el premio de la literatura europea.

Pero no todo ha venido derecho en la carrera de este escritor zurdo. Autor de una columna semanal en el diario español El País, referencia obligada para las mañanas de domingo, Marías no recurre a zarandajas al opinar sobre casi todo lo humano. No escurre el bulto al abordar asuntos de política, de economía o de religión, e incluso en el ámbito deportivo, él, quizá uno de los más críticos aficionados del Real Madrid. Tampoco ha tenido suerte con el cine. En 1996 se sintió tan defraudado por la adaptación de su novela Todas las almas que llevó el pleito a tribunales, y ganó, para que se eliminara cualquier mención a su nombre en la película El último viaje de Robert Rylands.

Monarca regente del ficticio Reino de Redonda, ubicado en la isla homónima que Colón descubrió en su segundo viaje y cuyo trono, según el propio Marías, se hereda por “ironía y por letra y nunca por solemnidad y sangre” en defensa de la nobleza y la dignidad intelectuales, el escritor español ya lleva vendidos más de seis millones de libros (sólo en Alemania, Corazón tan blanco alcanzó 1,3 millones), entre ellos más de 175.000 ejemplares de Los enamoramientos en países de América Latina. Para calibrar el calado de su obra basta con recordar que durante un homenaje que le hicieron recientemente en Madrid, críticos españoles y extranjeros especializados en su obra -traducida a más de 40 idiomas- lo consideraron uno de los novelistas europeos más renovadores y que sus propios pares, en más de una oportunidad, han pedido para él el Premio Nobel.

-Eduard Punset rebatía el otro día la afirmación de que “cualquier tiempo pasado fue mejor” y lo hacía para poner en solfa la esencia de esta crisis. ¿Está usted de acuerdo?

-No sé qué dijo exactamente el señor que usted menciona, pero es mi creencia (en este campo sólo se pueden tener creencias e intuiciones) que ningún tiempo pasado fue mejor, ni peor. Yo me imagino que en todas las épocas los seres humanos han sentido parecidos grados de temor y esperanza, de sensación de plenitud y de decadencia, de amenaza y de ilusión. Parecidos, ya digo, con algunas excepciones. Yo trato de pensar, ahora que la gente está muy angustiada, que más angustiada y sin horizonte se hubo de sentir entre 1939 y 1945, por no irnos demasiado lejos. Y quizá la gente de entonces se quejó menos y tuvo más entereza. En lo único en lo que estoy casi seguro de que nuestra época es peor que otras anteriores es en el nivel de infantilización de las personas y en el nivel de tontería. O quizá sea sólo que a los idiotas se les prestaba menos atención y se los podía tachar de idiotas sin que eso supusiera un cataclismo social.

-¿Qué puede, o qué debe, hacer un escritor en estos tiempos de miedo y furia?

-Deber no debe hacer nada. Poder, lo que pueda para ayudar. Pero, en fin, hay una frase de Edmund Burke que no recuerdo con exactitud pero que viene a decir algo así como “en tiempos de desesperación, seguid trabajando”. Intento recordármela a menudo, y creo que todo el mundo debería aplicársela, se dedique a lo que se dedique.

-¿Y un escritor que, además, es el hijo de un filósofo?

-No veo que eso cambie en nada la cosa. Da lo mismo de quién sea uno hijo, ¿no cree? Hay hijos de filósofos que son unos verdaderos zotes, e hijos de albañiles que son lumbreras.

-Sus columnas semanales reflejan, con frecuencia, no poco hartazgo por cómo la mediocridad campea a sus anchas, aun más en tiempos difíciles. ¿Cómo hace para compartimentar su obra literaria de la labor como columnista de opinión?

-Bueno, he explicado muchas veces que las columnas de prensa las escribe sobre todo el ciudadano, el cual ni entra ni sale en las novelas que escribo, que, por así decir, son más salvajes e irresponsables. Si uno escribe en prensa, con su propio nombre, se siente responsable de lo que opina, y también intenta no ser tan pesimista como pueda uno serlo en una ficción, en la que uno se enfrenta con lo que le parece verdadero sin responsabilidad ninguna y a través de voces ficticias, sean la del narrador o las de los otros personajes. No me cuesta separar al ciudadano del novelista: el día es largo y hay horas para los dos.

-¿No ha sentido el riesgo de que una labor crítica contamine su veta creativa?

-No. Si hay tal riesgo (que puede ser), yo no lo he sentido nunca.

-¿Puede un escritor reputado y de éxito llegar a un punto en el que no tema por las consecuencias tras ofrecer su opinión sobre un determinado asunto?

-No he temido nunca las consecuencias de decir lo que opino de verdad, porque si las temiera no tendría sentido que escribiera en prensa y expresara opiniones. Ni siquiera cuando no era “escritor reputado y de éxito”, como dice usted. Me he creado muchos enemigos, claro que sí, en particular en mi país. Pero si uno no quiere creárselos en modo alguno, mejor que se limite a sus novelas, y aun así podría creárselos igualmente, en España a uno le salen sólo por el mero hecho de existir. Por otra parte, las “consecuencias” en mi caso no sé cuáles pueden ser, aparte de antipatías e inquinas. No me trato con políticos, no acepto invitaciones ni premios de ministerios, Institutos Cervantes, embajadas. No tengo nada que ver con instituciones oficiales de mi país. Eso me da libertad mayor que a otros autores, supongo.

-¿Aun a riesgo de lo que llamen agorero, pesimista o pedante?

-Si uno publica, se expone a ser llamado cualquier cosa. Y debe aceptarlo, son gajes del oficio. Me parece un riesgo mínimo. Y además, los pedantes son a menudo graciosos, si es que se me llama eso con frecuencia, que no lo sé.

-Hablemos de literatura. ¿Cuántos escritores hay en Marías escritor?

-No soy quién para responder esa pregunta. Yo me veo como el mismo en toda ocasión, pero seguramente no lo seré.

-Pregunto esto porque, en su obra, muchos sitúan un ecuador definitivo a partir de la publicación en 1989 de Todas las almas . ¿Existe esa línea divisoria o es más una convención de la escena literaria?

-Insisto, no soy yo a quien debe preguntar al respecto. Lo último a lo que me dedicaría sería a auscultarme y examinarme, mi obra menos aún. Nada hay tan aburrido como la introspección o la autoobservación. A muchos autores les encanta mirar lo que han hecho, y hasta se releen. A mí me aburriría infinitamente. Sé que algunos de mis libros aún se leen (porque se reeditan) pese a ser ya antiguos. Lo cual me alegra infinitamente. Pero yo los leí al escribirlos, y tengo muchas otras cosas de las que ocuparme, y que leer o releer.

-¿Y ha cambiado también el hombre?

-Sin duda habrá cambiado, o sería un caso clínico, teniendo en cuenta que mi primera novela la publiqué a los diecinueve años. Así que más me vale haber cambiado, como cualquier hijo de vecino, por lo demás. Si ha habido algo en lo que he intentado no cambiar, o lo menos posible, es en conservar cierto grado de ingenuidad y de confianza en las personas que uno trata, porque sin eso no se puede vivir, en mi opinión. Uno se lleva muchos desengaños y sufre traiciones, claro está, pero eso no sería motivo para retirarle la confianza al mundo entero, ¿no le parece?

-¿Cuándo se percata de que ha dado con la voz adecuada para narrar una historia?

-No me percato. ¿Cómo puedo yo saber si una voz es “la adecuada”? Es como si me preguntara: ¿cuándo se percata de que ha escrito una buena novela? No me toca a mí decirlo ni saberlo. Uno avanza, cruza los dedos confiando en que le esté saliendo algo aceptable o digno, y nunca tiene la seguridad de haberlo conseguido. Ni siquiera si el libro en cuestión es celebrado y elogiado por muchos. Lo que uno nunca pierde es la inseguridad: antes de empezar, durante la escritura y tras concluir. Es una lata.

-¿Y qué ha ocurrido para que sea María quien narre Los enamoramientos?

-Era una historia que sólo podía contar una mujer. Pruebe a cambiar el sexo de los principales personajes, verá que sería inverosímil todo. Ésa es la razón, no hay otra, no es un “experimento” ni un “reto” ni nada de eso. Es sólo que lo que ocurre en la novela lo tenía que contar una mujer.

-¿Por qué muchos de los protagonistas de sus novelas son personas que, en cierto modo, han abdicado de su voz propia para decir lo que muchos no se atreven a decir o a escribir?

-La mayoría de mis narradores son intérpretes en un sentido amplio del término. No intervienen ni actúan mucho; ven, observan, son testigos a menudo pasivos. Y tienen profesiones en las que transmiten saberes (un profesor) o sirven a la voz de otros (un “negro”, un intérprete en el sentido de traductor, un intérprete de vidas como en Tu rostro mañana). En cierto sentido son fantasmas, y he dicho en muchas ocasiones que el punto de vista de un fantasma me parece un excelente punto de vista para narrar: uno ya no está, ya nada puede pasarle, pero a la vez no es indiferente a los hechos (por eso los fantasmas vuelven y rondan).

-Sin embargo, hay quienes reprochan su, y permítame el término, “buenismo” al desarrollar los personajes femeninos en sus novelas. ¿Se equivocan?

-Es la primera vez que lo oigo. Me han reprochado que sean con frecuencia víctimas, si es eso a lo que se refiere. Bueno, aunque hay mujeres espantosas y despreciables, creo que ellas, como sexo, y en conjunto, siguen llevando la peor parte en la vida. Así que sólo reflejaría un poco lo que sucede en la realidad. Mire, lo pensaré.

-Ya que hablamos de sexos, y quizá de amores, ¿es mejor, más productivo, escribir en tiempos de zozobra emocional? Dicho en plata: ¿son la tristeza y el desasosiego íntimos dos buenos combustibles para la creación literaria?

-No lo creo, como tampoco lo son la euforia o la felicidad exultante. Hablo de mí, claro está. Cuando mejor escribo es cuando la realidad no me sacude con demasiada fuerza, en un sentido o en otro. Cuando, digamos, estoy razonablemente contento y tranquilo. Si está uno muy alterado por lo que sea, puede llegar a ocurrir, para empezar, que sentarse ante la máquina le parezca ya una frivolidad y un engorro, ¿no?

-Háblenos, por favor, de los duques del Reino de Redonda, de Coetzee y Eco, de Cabrera Infante y Lobo Antunes, de Magris y Max Sebald?, ¿por qué ellos?

-Bueno, algunos de ellos son “Duques” porque ganaron el Premio Reino de Redonda que se convoca anualmente y en el que yo no voto, sin embargo, sólo lo organizo y financio. Es el caso de Eco, Coetzee o Magris. Autores a los que admiro mucho, por lo demás (el jurado de “Duques” suele elegir bien). Los que yo nombré (Cabrera, Sebald y otros), bueno, eran autores con los que yo tenía algo de trato (aunque fuera sólo epistolar como en el caso de Sebald) y que admiraba mucho. Todos entraron en el juego divertidos, y yo me limité a continuar una tradición redondina, iniciada por los anteriores reyes locos y borrachos, sobre todo John Gawsworth, el segundo “monarca”. La idea de una “aristocracia intelectual” no es mía, sino de él, que tuvo entre sus “Duques” a Dylan Thomas, Durrell, Henry Miller o Arthur Machen. También a Vincent Price.

-¿Podría pedirle unas recomendaciones de lectura de, digamos, los últimos tres o cuatro años? ¿Qué destacaría en letras y autores en esa última temporada?

-No mucho. Cada vez leo menos novedades, se pierde mucho tiempo en eso, ya lo hice durante demasiados años con resultados poco satisfactorios en general. Claro que cuando se insiste mucho en lo maravilloso que es algún contemporáneo, acaba uno asomándose a su obra, por si acaso, para llevarse frecuentes decepciones. Hay que desconfiar de los ditirambos del presente. Desde luego, si no me viera obligado (ya que los escribo), no iría a leer los libros míos. ¿Quién es ese Javier Marías para quitarles horas a Dickens o a Tucídides, a Montaigne o a Conrad? Pero en fin, me han gustado las últimas novelas de John Banville y alguna de Colm Tóibín, que recuerde ahora. En español, El ruido de las cosas al caer de Juan Gabriel Vásquez y Un día de cólera de [Arturo] Pérez-Reverte. Pero no me haga caso por las ausencias: he leído poco contemporáneo en años recientes.

-Disculpe la impertinencia y la curiosidad, ¿en qué está trabajando ahora? ¿Tiene fecha de publicación prevista para nueva obra?

-No, nunca tengo fechas previstas. Bueno, en octubre saldrá un volumen que reunirá mis cuentos, los aceptados y los aceptables (dejaré fuera los inaceptables), pero en él no habrá nada estrictamente inédito, aunque sí algunos relatos nunca antes recogidos en libro. Intento empezar a escribir una nueva novela posible. Intento empezar a…, los dos verbos son exactos. Ni siquiera sé aún si el proyecto cuajará o no.

-Cambio de tercio. ¿Qué estado de salud atraviesa la lengua española?

-Malo, ya lo sabe usted. Hace poco se han reunido en un volumen todos los artículos que a lo largo de años he escrito sobre ese asunto, Lección pasada de moda se titula. Me temo que, lo abra por donde lo abra, la respuesta a su pregunta será: malo.

-¿Existen diferencias en la evolución de la lengua entre España y los países americanos? En España siempre se tuvo la impresión de que son los latinoamericanos quienes mejor utilizan nuestra lengua común?

-Eso tal vez era antes, hace unos años. Ahora tengo la impresión de que la utilizamos igual de mal. Me temo que los países americanos están aún más colonizados que nosotros por los anglicismos absurdos e innecesarios. Quizá nos llevan ventaja en cierta capacidad para iniciar y completar frases con sentido, algo que los españoles -con excepciones- son cada vez más incapaces de conseguir. Pero me temo que tenemos la lengua igual de “invadida”, si no los países americanos más.

-¿Cuáles son los retos pendientes para la promoción del español en el exterior?

-Ni idea. Nada me preocupa menos que la promoción de la lengua, o incluso de la literatura, para el caso. Todo eso es un asunto de marketing, a lo que no me dedico.

-Se suele creer que los jóvenes son los primeros agresores del idioma, pero también esos jóvenes siempre han sido los que han liderado la evolución de cualquier lengua. ¿Quién lleva razón en este pleito?

-Yo creo que las lenguas son maltratadas por igual por gentes de todas las edades. A mí me hieren los oídos (o la vista) muchas barbaridades y expresiones, muchos términos ridículos y superfluos, pero entiendo que nací en 1951 y que además soy escritor, y los escritores somos muy maniáticos con las palabras, tenemos fobias y filias, etc. Mire, si un día el castellano o español es sustituido por otra cosa, qué se le va a hacer, más grave fue lo del latín. Ahora bien, mientras yo viva, no renunciaré a la mayor riqueza posible para la lengua en que me expreso. Lo contrario me parecería una claudicación. Y sería una lástima que un instrumento que ha llegado a ser preciso y lleno de matices se volviese primitivo.

-¿Cuáles son los riesgos de la expansión de ese lenguaje metatecnológico que ahora reina en Internet, en teléfonos móviles, sobre todo en las redes sociales?

-No sé si eso es un verdadero riesgo. Una cosa es cómo la gente escribe cuando lo hace rápida y escuetamente, otra cómo lo hace en general. Más peligro veo en las televisiones, donde en general se dicen cosas disparatadas y ridículas y erradas, y que contaminan a los hablantes a gran velocidad.

-Porque usted, por lo que sé, carece de teléfono móvil y no utiliza el correo electrónico. ¿Le puedo preguntar por qué?

-Escribo a máquina porque me gusta hacerlo sobre papel. Sacar luego el papel y corregirlo a mano, con mis tachaduras, mis flechas, mis rectificaciones. Luego lo paso a limpio a máquina otra vez, y así cuantas veces juzgue conveniente. Cada vez que tecleo la página me acostumbro a ella, la asumo, la hago más mía. En el ordenador ese proceso no sería posible, a menos que imprimiera cada borrador, y la verdad… En cuanto al móvil, es un instrumento de control, y aun de esclavización de quienes trabajan. Casi nada es nunca tan urgente que no pueda esperar a que uno regrese a casa y oiga sus mensajes, como sucedía antes del móvil. No deseo recibir llamadas mientras paseo, o voy en tren, o estoy en un restaurante, o en el cine. Estar ilocalizable me parece una bendición. Estar siempre localizable, por tanto, la mayor maldición

CARLOS FUENTES

La Nación, ADN Cultura, 3 de agosto de 2012
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MensajePublicado: Dom Sep 02, 2012 9:37 pm    Asunto: Responder citando

Las crueldades pequeñas
2 de septiembre de 2012

Muy ingenuos o fatuos han de ser los políticos para no haberse hecho a la idea de que nadie los quiere y en general caen fatal. De que, si dejan de gober­nar, es porque los votantes están hartos de ellos y ya no los pueden ni ver; y de que, si gobiernan, no es porque los ciudadanos les tengan confianza y les encuentren méritos, sino por el mero deseo de quitarse de encima a los anteriores. Es cierto que hay muchos políticos que, pese a todo, son fa­tuos (ingenuos me temo que no), pero hasta los más engreí­dos deben saber, a estas alturas, lo antipáticos que caen a la mayoría de la población. En vista de lo cual, parece como si casi todos hubieran decidido que de perdidos al río. ¿Resulto antipático? Pues se van a enterar los electores de lo que es la antipatía personificada.

Y sin embargo es curioso lo que le ocurre al Partido Popu­lar: de tarde en tarde, sus dirigentes se sorprenden y asustan del odio que han llegado a concitar. Se palpan la ropa, se ahuecan el cuello de la camisa para respirar, les entran sudores fríos, ponen cara de perplejos, se sienten ofendidísimos y, si los abuchean o les cae algún huevo, echan a correr y se escabullen por la puerta de atrás de donde estén. Les sucedió tras sus mentiras del 11-M de 2004, y durante varios años concentraron sus esfuerzos en dejar de dar miedo y en intentar atenuar su antipatía natural (esto último con escaso éxito, hay empresas que trascienden la voluntad de quienes las aco­meten). Si algo los ayudó, fue la antipatía o estupidez de de­masiados subordinados de Zapatero, que diluyó levemente las suyas. Ahora bien, en pocos meses el nuevo Gobierno del PP ha recuperado con creces el terreno perdido, y sus minis­tros se nos han hecho insoportables: la que no es una pava como Ana Mato, es un chuleta incongruente como Arias Ca­ñete; el que no es un metepatas como García Margallo (muy adecuado para la diplomacia), es un vaina como Soria, que convoca a los españoles a veranear aquí porque en el extran­jero hay mosquitos (!); el que no es un incompetente despec­tivo como Montoro, se torna un beato sádico como Gallardón, que quiere obligar a llevar una vida de sufrimiento constante a criaturas que maldecirán el día de su nacimiento, con toda probabilidad.

Pero a los gobernantes se los llega a odiar también -tal vez más- por los daños pequeños y gratuitos. El PP no se da cuen­ta de cuántas personas tienen una existencia tan limitada y modesta que para ellas es de suma importancia la televisión, y en particular la estatal, que consideran propia, con razón. Entre los aciertos de Zapatero estuvo el de convertirla en algo más que decente. Su director había de ser elegido por dos ter­cios del Parlamento, es decir, por consenso, y por tanto no podía ser un energúmeno ni un fanático ni un cobista, de un bando u otro. Se consiguió que los informativos fueran impar­ciales y dependieran más de los profesionales que de los polí­ticos que, sobre todo en la tenebrosa época de Aznar, los ha­bían sesgado a su favor. Eso se tradujo en que fueran los más seguidos con diferencia, recibieran elogios y premios interna­cionales, y que en alguno de éstos se los juzgara mejores que los de la BBC. En vista del éxito, el Gobierno ha cambiado por las bravas el método de elección de su director, y ha llenado sus informativos de esbirros de Telemadrid: el canal con peor fama, con más protestas abochornadas de sus trabajadores, hartos de su desfachatada parcialidad, y que menos gente ve. Como en TVE había periodistas que daban confianza a los es­pectadores -Xabier Fortes o Ana Pastor-, se ha prescindido de ellos a toda velocidad. Pero no es sólo eso: a los ciudadanos les complacían mucho tres o cuatro series de ficción: Águila Roja, Cuéntame, La República y la cotidiana Amar en tiempos revuel­tos. Pues fastidiémosles eso tam­bién. En cuanto se emitan los epi­sodios atrasados de esta temporada, Amar ya no se verá en TVE, sino, con variaciones forzosas (ay), en Antena 3, y algo semejante va a ocurrir con las demás. Todo con el pretexto de ahorrarse el chocolate del loro. Supongo que se trata de la operación habitual: se deteriora deliberadamente lo público para luego poder argüir que no es viable, se hace de lo decoroso una porquería para que las audiencias se hundan y “convenga” privatizar o eliminar lo público. Es el método de Aguirre y también fue el de Thatcher, que condujo. a Gran Bre­taña a su mayor decadencia. Pero la gente normal no se fija en esto: repara en que ya no puede ver unos informativos impar­ciales y sin censura, ni a sus favoritos Fortes o Pastor, ni oír a los de Radio Nacional, Lucas, Garrido o Pepa Fernández. Comprueba que la han privado de lo que para muchos era su único consuelo diario, las entregas de sus series preferidas. Ancianos, jubilados, parados, pobres, enfermos, individuos con vidas ingratas, tristes o solitarias, son numerosos los que sólo disponían de eso. Al PP se lo odiará de nuevo, quizá más que por sus otras despiadadas medidas, por estas crueldades pequeñas y gratuitas. Y lle­gará el día en que sus dirigentes volverán a sorprenderse, y se asustarán.
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MensajePublicado: Dom Sep 09, 2012 6:10 pm    Asunto: Responder citando

Un héroe de 1957
9 de septiembre de 2012

Durante mi infancia, como a otros chicos de mi gene­ración, me acompañaron y educaron los tebeos o historietas de la editorial mexicana Novaro, que se vendían en España. Aún no se llamaban “cómics” ni “novelas gráficas”, esos términos inventados por quienes se avergüenzan de escribir o dibujar aquéllos: de haber sido, por tanto, fuente de placer y de fantasías para numerosos mucha­chos y adultos, y parciales responsables de la vocación litera­ria de muchos escritores, entre los que me incluyo. Porque pese a haber empezado a leer libros pronto, hacia los ocho años, por entonces no hacía apenas distingos entre las nove­las de Salgari y Verne, Stevenson y Dumas, Crompton y Blyton, y los tebeos de El Capitán Trueno, Tintín, Hazañas bélicas o mis favoritos Rip Kirby y Big Ben Bolt. O los que albergaba No­varo: Roy Rogers, Gene Autry, Hopalong Cassidy con su pelo blanco, Superman, Batman e incluso Aquaman (un superhé­roe ridículo con un uniforme naranja y verde de escamas y aletas, si no recuerdo mal).

El castellano de aquellos tebeos era, naturalmente, de variante mexi­cana, de modo que aprendí vocablos en desuso en la Península, como “abigeo”; que los malos y villanos eran “pillos” (“Una banda de super­pillos planea atacar Metrópolis”, así podría empezar una aventura), y que no se solía “matar”, sino “ultimar” o “liquidar”. Muchas de las aventuras de Novaro debían de ser adaptaciones de la televisión, pero esto se hizo del todo patente cuando empe­zaron a publicarse cuadernos con dibujos en el interior, cla­ro está, pero cubiertas con fotos en color de actores disfraza­dos de detectives o pistoleros. Fue en una de esas portadas donde vi por primera vez a Clint Eastwood, quien, antes de Sergio Leone, había coprotagonizado una serie titulada Rawhide en inglés y en español no sé. Y estaba Maverick, mi preferida, con James Garner; Caravana, de la que dirigió ca­pítulos el mismísimo John Ford; Cheyenne, con Clint Walker; Pólvora, con Chuck Connors; La ley del revólver y Relatos de la Wells Fargo. Y Revólver a la orden, que es la que me impe­le a estas evocaciones.

Algunas de esas series se exhibieron en España con retra­so, pero yo no las pude ver, porque mis padres, estrictos en “lo intelectual” como solían serlo los seguidores de la Institu­ción Libre de Enseñanza, decidieron no tener televisión… hasta mis diecisiete años o así, cuando ya trasnochaba. Me perdí todos aquellos programas de los que mis compañeros hablaban sin parar, incluidos El Santo, El fugitivo, Bonanza y Los intocables. Es una espina que se me ha quedado clava­da, de modo que, al regalarme mi hermano Fernando (el historiador del arte) las dos primeras temporadas de Revól­ver a la orden en DVD, no me he resistido a vérmelas este verano. El título original era Have Gun, Will Travel (Tengo arma, dispuesto a viajar), que es lo que se lee en las tarjetas que su protagonista, Paladin, envía para ofrecer sus servi­cios mercenarios. La serie se inició en 1957 -hace cincuenta y cinco años, la prehistoria en verdad- y llegó hasta 1963. El actor era Richard Boone, un hombre sin asomo de juvenilidad, vestido siempre de negro en sus misiones, con bigote levemente curvado hacia arriba y mentón partido, un rostro leñoso. La música era de Bernard Herrmann, admirado por sus partituras para Hitchcock (Vértigo, Con la muerte en los talones, Psicosis), Sam Peckinpah escribió un guión o dos, y en algunos capítulos aparecen Charles Bronson, Angie Dickinson, Vincent Price o John Carradine. Unos son más divertidos o ingeniosos que otros, pero lo mejor es el perso­naje de Paladin y lo que no se sabe ni se cuenta de él.

El pistolero vive permanentemen­te en un lujoso hotel de San Francisco, donde revisa los periódicos de provin­cias para ver dónde se puede requerir su concurso, por el que suele cobrar mil dólares. Allí no viste de negro, sino como un caballero distinguido, juega al póker y va a la ópera con diferentes damas a las que aborda en el vestíbulo y no hace mucho caso después. Se infiere que es bostoniano y estudió en West Point, que dejó el Ejército siendo oficial, tal vez tras la Guerra Civil. Sabe de estrategia (su emblema es un caballo de ajedrez) y ha viajado lo suyo: conoce bien Londres, París y hasta Madrid; habla chino y español, es capaz de tocar al piano un aria de Verdi; ha montado en camello y abatido tigres. Quizá demasiado para su edad, así son los héroes. Es soltero, aunque lo vemos enamoriscarse de una brava doctora de las praderas. Lo más gracioso y llamativo, al menos para mí, es que es un pistolero leído: en medio de sus peleas y tiroteos, cita a Shakespeare, Ben Jonson y el Eclesiastés, a Homero, Sófocles y Plinio, a Montaigne, a Lamartine y a Cervantes, recita poemas de Donney Browning, Byron y Keats, y en un episodio salva a OscarWilde. Hombre duro pero bien humorado, alter­na una expresión implacable con una risa generosa. A veces cambia de bando, si no le gustan los métodos o las intencio­nes de quien lo contrató. Hoy se habla mu­cho de la edad de oro de la televisión. Ya había pequeñas joyas, modestas y sin pretensiones, en 1957 .
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MensajePublicado: Dom Sep 16, 2012 6:27 pm    Asunto: Responder citando

Adiós a una esperanza
16.09.2012

Teníamos una esperanza, los que antes de las elecciones no sufrimos un ataque de amnesia y recordábamos cómo gobierna el PP cuando posee mayoría absoluta, a saber: con cinismo y autoritarismo, a golpe de decretos-ley que nadie puede rechistar, favoreciendo siempre a los más ricos, a nuestra cavernosa Iglesia Católica, a la Confederación de Empresarios sin Escrúpulos (CESE), al franquismo sociológico en general; y perjudicando a las clases bajas y medias, a los más desprotegidos, a los ancianos y enfermos, a los “culpables” de no haber ganado lo bastante (cómo, qué más da, vista la connivencia de ese partido con los corruptos y los defraudadores). La esperanza era la crisis: pensábamos que, dada su magnitud, les ocuparía todas las energías y el tiempo y que, hasta que no cesara, dejarían de lado sus retrocesos en materia de “moral”, de ideología y de religión. No ha sido así. Como no han hecho sino ahondar y empeorar la crisis, parecen haberse despreocupado lo bastante de ella como para dedicar grandes esfuerzos a recuperar la España preconstitucional, y lo que aún nos queda por ver.

Es la televisión y la radio públicas, de las que hablé hace dos semanas; es la “reforma laboral” que deja a los asalariados en la indefensión; es la nueva y cruel ley del aborto impulsada por Rajoy y Gallardón; es el recurso al Constitucional –sostenido– contra los matrimonios homosexuales; es la abyección ante un individuo turbio de Las Vegas cuyos negocios en otros sitios están siendo investigados, y a quien los católicos PP y CIU se pelean por poner alfombras bajo los pies. Ahora, en vista de que el Tribunal Supremo ha dictaminado que no deben recibir subvenciones los colegios concertados que niegan la educación mixta y admiten sólo alumnos de un sexo (masculino o femenino), el servil Ministro de Educación, Wert, ha anunciado que cambiará la ley vigente para que tales centros sigan percibiendo dinero del Estado, es decir, de usted y de mí. No en balde la mayoría de ellos están vinculados al Opus Dei, secta cómplice de Franco en los años sesenta y a la que el Vaticano actual tiene en alta consideración.

Esos colegios tienen derecho a existir, claro está, pero no a sufragarse con dinero público en un Estado aconfesional, menos aún cuando practican la discriminación por sexo, como ha establecido el Supremo. ¿A quién quieren engañar? Lo disfracen de lo que lo disfracen, sus responsables segregan a chicos y chicas exactamente por las mismas razones por las que lo hacía el franquismo, con la diferencia de que éste, además, no toleraba la existencia de centros mixtos. Yo tuve la fortuna, pese a mi edad, de ir a uno de éstos, “Estudio”, el único en Madrid entonces junto con los extranjeros (el Instituto Británico, los Liceos Italiano y Francés), fuera de la jurisdicción de la dictadura. “Estudio” debía engañar, desde luego: he contado más de una vez cómo, cuando venía un inspector, los chicos y las chicas que solíamos estar juntos teníamos que correr a separarnos en diferentes aulas, para hacerle creer al enviado franquista que, aunque el colegio admitiera alumnos de ambos sexos, no coincidíamos en el mismo espacio físico ni nos rozábamos. Esa era la intención del régimen, que no hubiera contacto ni trato ni “tentación”, como lo es también la de los actuales centros que continúan su política puritana y retorcida. Así como los que iban a escuelas no mixtas se educaron en el temor y la desconfianza hacia los del otro sexo; así como las chicas consideraban a los chicos unos brutos y unos salidos y éstos a ellas unas idiotas, unos objetos o un misterio, los que disfrutamos la suerte de educarnos juntos pudimos tratarnos unos a otros con entera naturalidad. Los chicos veíamos que muchas chicas eran extremadamente inteligentes, y ellas que no pocos de nosotros éramos excelentes compañeros y civilizados. Nos acostumbramos desde el principio a convivir, como convivirán mujeres y hombres durante el resto de la vida.

Muy mojigato hay que ser (como sólo lo puede ser todavía la Iglesia, tan parecida al Islam más retrógrado) para juzgar conveniente que niños y niñas no se conozcan apenas; que se tengan miedo y recelo; que carezcan de la oportunidad de “pecar”. (Dicho sea de paso, la separación de sexos ha fomentado siempre los experimentos homosexuales a partir de la pubertad, algo que la Iglesia condena con ahínco, pese a contar en sus filas con tantos “experimentadores” adultos.) Esa tajante segregación gozó de cuarenta años de franquismo eclesial para demostrar su nocividad, y de muchos más en los países árabes, hasta el día de hoy. Bien está que esa separación no se prohíba, allá cada familia con el daño que inflige a sus vástagos. Pero que la paguemos todos … El señor Wert ya no será ministro algún día. Quizá le quede una pensión vitalicia o entre en alguna compañía adinerada (por ejemplo el Opus Dei); no tendrá problemas financieros. A lo que malamente podrá volver será a sus anteriores actividades: ¿quién lo creerá como articulista, tertuliano o estadístico, tras tanto servilismo a sus amos de hoy?
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MensajePublicado: Dom Sep 23, 2012 5:12 pm    Asunto: Responder citando

LA ZONA FANTASMA. 23 de septiembre de 2012. Con los pies

Créanme si les digo que no tengo interés en convertir esta columna en una monótona crítica al Gobierno del PP. Es más, la perspectiva me aburre, luego supongo que a ustedes también. Qué más quisiera yo que contar con un Presidente y unos ministros inteligentes y justos, que hicieran lo posible por beneficiar al país y a sus habitantes. Pero es todo lo contrario, y además, como comen­té el pasado domingo, la célebre crisis no les ha absorbido todo su tiempo, sino que aún les sobra para ir de desmán en despropósito y de despropósito en tropelía, y son ya tantos que muchos pasan inadvertidos y se quedan sin respuesta. Sale la noticia al respecto y el siguiente impide (el inmediato) que nadie se pare a denunciado.

En pleno mes de agosto, la Ministra de Fomento, Ana Pas­tor, presentó la llamada “nueva ley de Medidas de Flexibiliza­ción y Fomento del Alquiler de Viviendas”, que, como su pomposo y absurdo nombre no indica, pretende “dar gas al raquítico mercado del alquiler en España, muy por debajo de la me­dia de la Unión europea”. La idea no sería mala en sí misma (si fuera cierta): más de una vez he criticado la obsesión de los españoles por tener una vivienda en propiedad. Es una de las causas de nuestros males; es lo que ha llevado a millones de ciudadanos a hipotecarse durante treinta, cuarenta y hasta cincuenta años para comprarse un piso, con el beneplá­cito y las tentadoras ofertas de crédito de todos los bancos. La gente tiene la noción primaria y estúpida de que, si alquila, “está tirando el dinero”, porque destina a satisfacer la renta mensual “más o menos” lo que destinaría a pagar la hipoteca, con la diferencia de que, en el segundo caso, al final la vivien­da sería suya y se la dejaría a sus hijos. Como sabemos dema­siado bien ahora, son centenares de miles las familias que, al no poder hacer frente a su hipoteca, han perdido su piso y su dinero. En los años de la burbuja inmobiliaria yo me pregun­taba: “Dada la precariedad actual del empleo, ¿cómo hay tan­tos individuos dispuestos a endeudarse para toda su vida –y quizá parte de su muerte-, con los trágicos riesgos que com­porta, en vez de alquilar sin más problemas?” Uno no “tira el dinero” por hacer esto último: lo gasta a cambio de algo, de la misma manera que gasta en comer o en vestirse. La obsesión por la compra del piso es propia de país atrasado y supersti­cioso. Menos del 20% de los españoles viven en alquiler mien­tras que en Francia, Gran Bretaña o Alemania el porcentaje ronda o supera el 50%, si no estoy mal informado.

La Ministra Pastor, sin embargo, o es muy cínica o es muy corta (o en fin, no son cosas que se excluyan). Porque vea­mos: con esta nueva ley bastará con que el inquilino se retra­se diez días en el pago de una mensualidad para que la justi­cia apruebe su desahucio (“desahucio exprés”, lo llaman); y, a diferencia de lo que ocurría hasta hoy, el abono de la deuda -pongamos en el undécimo día- ya no pondrá fin automática­mente a ese procedimiento de desahucio, sino que éste seguirá adelante sin vuelta de hoja. Así que si uno está de viaje dos semanas y no satisface la mensualidad cuando toca; o se produce un fallo en la domiciliación bancaria; o tiene un momentáneo e involuntario apuro económico (normal cuando el propio Estado, las autonomías y los ayuntamientos son morosos crónicos que incumplen con sus funcionarios y proveedores), uno se verá expulsado de su casa sin poder hacer nada para remediarlo. Otra alentadora medida de Pastor es que “tanto inquilino como arrendatario podrán pactar de mutuo acuerdo la actualización de las rentas, en lugar de la revisión automática acorde a la inflación”. Es decir, que si el case­ro decide arbitrariamente subir el alquiler un 50%, y no hay “mutuo acuerdo” -¿cómo puede haberlo?-, al inquilino no le restará sino hacer el petate. Por último, la reforma permitirá al propietario “recuperar en todos los casos la vivienda si la necesita para sí o sus familiares directos”, con un mero prea­viso de dos meses. Hasta ahora ese supuesto debía constar en el contrato, ya no. ¿Y quién va a comprobar si ese propietario utiliza el piso “recuperado” para lo que ha anunciado?

El resultado de esta nueva ley es el siguiente: no hay nin­guna garantía ni protección para los inquilinos, a los que se podrá echar sin causa justificada en cualquier momento. ¿Es así como Rajoy y Pastor van a animar a la gente a que alquile pisos? ¿Son tontos o nos toman por tales (tampoco esas dos cosas se excluyen)? ¿Quién diablos se va a meter en una vi­vienda arrendada si queda totalmente a merced de los capri­chos del dueño? ¿Quién va a amueblarla y mudarse si mañana el casero puede echarlo? No, con esta ley no va a darse “un equilibrio entre el arrendador y el arrendatario”, como ha di­cho esa Ministra que parece pensar con los pies. Más bien se limita a dejar al ciudadano común indefenso y a favorecer a los propietarios: Por lo de­más, lo que hace siempre este Gobierno, en todos los ámbitos.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 23 de septiembre de 2012
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MensajePublicado: Dom Sep 23, 2012 6:00 pm    Asunto: Responder citando

aik escribió:
más de una vez he criticado la obsesión de los españoles por tener una vivienda en propiedad. Es una de las causas de nuestros males; es lo que ha llevado a millones de ciudadanos a hipotecarse durante treinta, cuarenta y hasta cincuenta años para comprarse un piso, con el beneplá­cito y las tentadoras ofertas de crédito de todos los bancos. La gente tiene la noción primaria y estúpida de que, si alquila, “está tirando el dinero”, porque destina a satisfacer la renta mensual “más o menos” lo que destinaría a pagar la hipoteca, con la diferencia de que, en el segundo caso, al final la vivien­da sería suya y se la dejaría a sus hijos.


La idea es menos estúpida de lo que, simplonamente, piensa Marías. Además, si quienes ahora no pueden pagar una hipoteca se ven en la calle, sin dinero y sin vivienda también se verían si hubieran vivido de alquiler y ya no pudiesen pagarlo. No es una idea estúpida sino inadecuada a las circunstancias. Antes, la diferencia entre pagar alquiler o comprar estaba solamente en la capacidad de pagar la entrada, que podía ser el equivalente al precio de un coche pequeño; luego en unos pocos años pagando lo mismo o poco más que de alquiler, el piso era tuyo. Mis padres tuvieron esa, según Marías, estúpida idea a principio de los años setenta y antes del 1980 dejaron de pagar cuotas. Treinta y tantos años sin pagar nada, pero sería más inteligente llevar cuarenta años pagando alquiler. Como Marías, que habrá pagado su propio piso varias veces y no hoy no posee una alacena que pueda decir que es suya. O algo asín.

Pero, desde luego, la idea está anticuada. Nadie paga ya un piso en un número razonable de años, vamos a poner que 10, y en tal caso la opción del alquiler es más interesante que encadenarse a hipotecas eterna. Si uno posee algo cuando acaba de pagarlo, la diferencia entre una hipoteca a medio siglo y un alquiler es mínima.
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MensajePublicado: Lun Oct 01, 2012 9:52 am    Asunto: Responder citando

“Hay que”
30 de septiembre de 2012

Hace veinte años, en mi novela Corazón tan blanco, in­venté una figura a la que llamé “intérprete-red”: sería un segundo intérprete que, en las cumbres entre líderes, controlaría que el primero estuviera traduciendo como es debido, con competencia, exactitud y buena fe, sin tergiversaciones involuntarias o malintencionadas. Eduardo Mendoza, que fue intérprete profesional en la ONU, me dijo al leer el libro: “Esa figura sería necesaria, en efecto, pero lo cierto es que no existe”. No sé si las cosas han cambiado y ahora sí existe. Mi razonamiento para inventarla en la novela no era insensato: una infidelidad flagrante, un falseamiento de lo dicho por un alto cargo a otro, podrían desembocar, en el más exage­rado de los casos, en una declaración de guerra entre dos paí­ses decidida por un traductor irresponsable o maligno.

Lo curioso es que hoy estas malas “traducciones”, estas de­formaciones son el pan nuestro de cada día y lo que en gran medida condiciona y mueve el mundo. No tienen lugar entre dirigentes políticos, sino -lo que sin duda es más grave, por imparable e incontrolable- entre la gente. Es una de las aportaciones nefastas de la globalización, de las nuevas tecnologías, de Internet, de los SMS enviados masivamente. Se produce un hecho -o ni siquiera, a veces no hay nada-, y en pocos mi­nutos su noticia alcanza, exagerada, distorsionada, adulterada, a millo­nes de individuos que por lo general no se molestan en compro­bar nada, ni la autenticidad de lo rumoreado o denunciado. Reciben una consigna: “Hay que protestar contra la blasfemia estadounidense”, o “Hay que estar a favor de la independencia, no cabe otra cosa”, o “Hay que insultar a una concejal desconocida” (o, por el contrario, “Hay que defenderla”), o “Hay que boicotear tal marca”, o “Hay que arremeter contra los taurinos”, da lo mismo. Algunas de estas consignas no tienen consecuen­cias trágicas, aunque todas acarreen molestias o agravios para quienes se decide que “hay que castigar o perseguir”. Pero otras traen muertes como las del pobre embajador estadounidense en Libia y otros funcionarios, acaso víctimas -acaso- de esa fal­ta de “red” en las comunicaciones actuales. Se difunde que hay por ahí una película que denigra a Mahoma. Nadie la ha visto, sólo existe un tráiler (tal vez apócrifo, o con doblaje apócrifo) que corre por YouTube. Lo más probable es que ni lo pincharan los millares de manifestantes que se lanzaron a asaltar embaja­das occidentales en treinta países más o menos musulmanes. Bastó con que les llegara esto: “Dicen, cuentan, al parecer, por lo visto hay tal película y la han hecho en América”. Suficiente para montar en cólera, dar la “traducción” por buena y formar turbas con intenciones asesinas. Nunca lo que se conoce como “presión social” fue tan fuerte. Es fácil que quien no suscriba la consigna de turno, o simplemente no le dé crédito inmediato, o ponga en tela de juicio su veracidad o su justicia, sea insultado salvajemente en las redes sociales, por no estar “con lo que hay que estar” en cada momento. Si las masas anónimas resuelven “linchar” a alguien, lo único que le queda a ese alguien es no asomarse a un ordenador ni a un iPhone y esperar a que escam­pe. Nunca manipular, influir, engañar, amedrentar, intimidar o convertir a la población en títeres fue tan fácil, y nunca se gozó de tanta eficacia para conseguirlo.

Y esa presión social aplastante afecta a todos los ámbitos, hasta al del gusto. Pese a considerarme bastante inmune, este pasado verano sucumbí a ella. Después de que en un absurdo torneo de series televisivas que montó este diario The Wire estuviera a punto de ganarlo como mejor producto de la historia, y de que incontables personas (algunas dignas de mi confian­za) me insistieran en sus incomparables bondades, me impuse la obligación de seguir viéndola (lo había intentado dos veces y sólo había aguantado cinco episo­dios). Noche tras noche, disciplina­damente, me puse todos los capítu­los de las dos primeras temporadas, es decir, le dediqué veinticinco ho­ras de mi vida, que no son pocas. “La segunda es mejor”, me habían asegurado, aguanté con paciencia hasta su término. Lo más probable es que esté equivocado, frente a tantas opiniones no sólo exta­siadas, sino sesudas, pero esas dos temporadas me parecieron tostoníferas, convencionales, planas, confusas y mal rodadas (cámara temblorosa en mano hasta la náusea), previsibles, con personajes insípidos y algunos actores pésimos (en particular Dominic West, uno de los principales, que ni siquiera sabe ha­cerse el borracho y sale borracho en la mitad de sus escenas). Hubo un momento en que empecé a sentir agresividad contra cuantos la califican de obra maestra. “No puede ser”, me decía. “Mienten. Hay una consigna de que esto es genial, y muchos no se atreven a desobedecerla, sino que la propagan, lo mismo que una traducción errónea o tergiversada”. Ahora bien, com­pruebo en mí mismo cuán fuerte es esa presión social, porque aún no he descartado del todo seguir tragándome pausadamente las restantes tres temporadas, no vaya a ser que la buena de verdad sea la última, y además ilumine retrospectivamente mis tantas horas desper­diciadas. Vengan los insultos, que no me enteraré de ellos.
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MensajePublicado: Lun Oct 01, 2012 1:02 pm    Asunto: Responder citando

Marías escribió:
Hubo un momento en que empecé a sentir agresividad contra cuantos la califican de obra maestra

Eso me pasó a mí con Corazón tan blanco Twisted Evil

Por lo demás, bastante de acuerdo. Por desgracia.
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MensajePublicado: Lun Oct 01, 2012 2:07 pm    Asunto: Responder citando

quemeplace escribió:
Marías escribió:
Hubo un momento en que empecé a sentir agresividad contra cuantos la califican de obra maestra

Eso me pasó a mí con Corazón tan blanco Twisted Evil


A veces no entiendo a Marías. ¿Seguro que a la gente a quien le gustó The wire fue sólo por haber recibido la consigna? Y los que disfrutaron con Negra espalda del muermo o Coñazo tan blanco o no se murieron de aburrimiento con Tu rollo mañana ¿no seguirían otra consigna? Bueno, digo que a veces no lo entiendo y creo que es tan sencillo como que le da rabia que se consideren buenas cosa que no le gustan a él.
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MensajePublicado: Mar Oct 09, 2012 8:04 pm    Asunto: Responder citando

El conveniente regreso de Mr jingle
7 de octubre de 2012

Habrá lectores que se acuerden. Más que no, y muchos más a los que esto traerá sin cuidado y no se expli­quen a qué viene. Confío en que todos lo entiendan y aprecien como lo que es: la tentativa de darles y dar­me una tregua. No que no haya motivo, pero hablar un do­mingo tras otro de la crisis y de los desafueros del Gobierno puede cansar hasta a los más aguerridos.

Bien. A los más memoriosos quizá les suenen tres colum­nas de hace casi tres años, tituladas “Cuento de Cecil Court”, “La bailarina reacia” y “Cuento de Carolina y Mendonça” (es­tán recogidos en Ni se les ocurra disparar, de 2011). Acaso recordarán cómo en una tienda de antigüedades modestas del callejón Cecil Court, de Londres, compré la figurita de bronce de un gracioso señorín, al que luego llamé Mendonça; cómo desdeñé, en cambio, otra figura con la que hacía pareja, una bailarina con tutú a la que más tarde bauticé Carolina; cómo, una vez en Madrid, me arrepentí (sentimental y puerilmente) de haberlas separado y encargué al señor Sullivan que me mandara a la abandonada; cómo ésta no llegaba y pensé si no era lo conveniente, las dos estatuillas podían estar hartas de soportarse y veían su divorcio con alivio; cómo, perdida ya la esperanza, la bailarina apareció por fin en Ma­drid y se reunió con el señorín; cómo, una vez aquí, ella me gustó bastante más que cuando la desprecié en la tienda (tiene un escote de buen gusto y de lo más sugerente). Por último, conté la re­lación de ambos con las otras estatuillas con las que conviven: Conan Doyle, un busto de Laurence Sterne, otro de Sherlock Holmes, un capitán inglés de navío. Desde entonces se les ha añadido otro pequeño busto que en realidad es un portaceri­llas de 1885: representa al General Gordon con su fez, muerto aquel año en Jartum, tras largo asedio, por las huestes del Mahdi, e interpretado en el cine por Charlton Heston. Pero su presencia no alteró la vida del grupo; cómo podía hacerla la de un héroe imperial de guerra, respetuoso y mitificado.

Ahora sí ha habido cambios. Hace unas semanas volví a Londres y a Cecil Court, y entré en Sullivan sin creer que esta vez vería nada que me hiciera gracia. Pero me la hizo una boni­ta figura de marfil, más o menos del mismo tamaño que el se­ñorín y la bailarina de bronce: era Mr Alfred Jingle, uno de los personajes más queridos de Los papeles de Pickwick, de Dickens, desde hace ya ciento setenta y cinco años. Dado que este es el del bicentenario del nacimiento del autor, y tras du­darlo un poco, me animé a llevármelo, no sólo porque la esta­tuilla (de finales del XIX) estuviera lograda, sino porque juzgué que algo de zozobra y peligro necesitaban Carolina y Men­donça. Jingle es un cómico de la legua, un bribón de lo simpático, un seductor consumado pese a carecer de apostura. Es flaco y desgarbado, viste de manera pretenciosa y levemente grotesca: sombrero de copa, levita, pantalones estrechos, con un peinado entre romano y napoleónico. Pone en situación embarazosa a los circunspectos miembros del Club Pickwick al fugarse con una solterona, por su dinero y muy cómicamente, y luego han de rescatarlo de la cárcel, acusado de estafa. De él dice Dickens que tenía “un indescriptible aire de desenvuelta desfachatez y perfecto dominio de sí mismo”. Pero es gracioso y encantador. Habla muy rápido con frases brevísimas, telegrá­ficas y acaba por caerle bien a todo el mundo. No se me esca­paba que Jingle le tiraría los tejos a la bailarina en cuanto la viera, pero más vale eso, pensé, que una existencia demasiado apacible de ella con su pareja en España.

Lo que no recordaba al comprar a Jingle es que, en la pri­merísima escena en que aparece en Pickwick, y tras repasar con la mirada a una moza que le agrada, le dice al concupis­cente, gordezuelo y tímido Mr Tupman: “Las muchachas in­glesas no tan primorosas como las españolas; nobles criatu­ras; pelo azabache; ojos negros; preciosas formas; dulces criaturas; hermosas”. Tupman le pregunta: “¿Ha estado usted en España, se­ñor?” Y Jingle: “Vivido allí; siglos”. y Tupman: “¿Muchas conquistas, señor?” Y Jingle: “¡Conquistas! Mi­llares. Don Bolaro Fizzgig; Grande de España; hija única; Doña Cristi­na; espléndida criatura; me amó hasta el aturdimiento; padre celoso; hija vehemente; inglés apuesto; Doña Cristina desesperada; ácido prúsico; bomba gástrica en mi maleta; opera­ción realizada; viejo Bolaro en éxtasis; consiente en nuestra unión; manos enlazadas y torrentes de lágrimas; historia ro­mántica; mucho”. Y Tupman: “¿Vive ahora la dama en Inglaterra, señor?” Y Jingle: “Muerta, señor; muerta. Nunca se re­cuperó bomba gástrica; le minó la constitución; sucumbió”.

Así que ya ven: a Mr Jingle le tocaba regresar a España, es­cenario de sus mayores conquistas, reales o imaginarias. Aquí está ahora en marfil, junto a Carolina, cuyo escote acecha sin cesar de reojo, para sobresalto y temor de Mendonça. Algo de agitación ha de haber en sus plácidas vidas continentales. Sterne se aliará sin duda con Jingle, son caracteres afines; pero Conan Doyle, Sherlock Holmes y el General Gordon ve­larán seguramente por que la cosa no pase a mayores, y el salaz y simpático bribón de Dickens no se fugue (o no para siempre) con la bailarina.
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MensajePublicado: Jue Oct 11, 2012 8:12 am    Asunto: Responder citando

Entre el cuento y el olimpo literario

Javier Marías ingresa en el selecto club de autores publicados en la serie Modern Classics de la editorial británica Penguin.

http://cultura.elpais.com/cultura/2012/10/10/actualidad/1349897789_590101.html
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MensajePublicado: Dom Oct 14, 2012 4:44 pm    Asunto: Responder citando

La imaginación recortada.
14 de octubre de 2012

El dicho podría adaptarse así a los políticos y a los tiempos que corren: “Dime de qué recortas y te diré quién eres”. Al Gobierno del PP le ha llevado poco definirse con exactitud y -como les encanta subrayar a sus miem­bros más memos- “sin complejos”. Ya señalé en época de Az­nar cuál era la traducción fidedigna de esto: “sin escrúpulos”. Ahora, con los presupuestos de 2013, inútiles para amortiguar la crisis pero dañinos para la población, la cultura se ha queda­do a dos velas, con un tijeretazo del 30% que lo mina todo, des­de el Prado y el Reina Sofía hasta el Teatro Real, la Biblioteca Nacional y el Liceo, por mencionar instituciones principales. Sin embargo, lo que me ha resultado más hiriente, quizá por­que afecta a algo esencial y modesto y que además pertenece a mi campo, es que las cincuenta y dos bibliotecas públicas del Estado contarán el año que viene con… cero euros. Esto es, no habrá ni un penique para que compren un solo título antiguo ni nuevo, en el momento -la austeridad obliga- en que los es­pañoles han decidido acudir a ellas más que nunca. Una bi­bliotecaria de Guadalajara se lamentaba en este periódico: en 2007 había contado con 150.000 euros del Gobierno para adquirir ejemplares; en 2012 recibió 56.000. En 2013 no tendrá ni uno.

Nunca cambian las cosas. En periodos difíciles, cuando escasea hasta lo básico, los políticos tien­den a considerar -pero unos más que otros, y ahí se retratan- que la cultura en general y la literatura en particular son superfluas, un lujo del que se debe prescindir. Ni siquiera desde una pers­pectiva estrictamente monetaria esto es cierto: lo que se en­tiende por “cultura” supone un 4% del PIB de nuestro país y genera 600.000 empleos, pese a lo cual, en los últimos cuatro años, el sector ha sufrido un recorte acumulado del 70%. Y, como les digo a veces en broma a Antonio y Alberto, de la Librería Méndez, los escritores, en estos tiempos de precarie­dad, somos de los pocos que aún podemos “acuñar moneda”, hacer que surja dinero de donde no había nada -una página o pantalla en blanco-. Si un libro que cuesta 20 euros vende 150.000 ejemplares, habrá “acuñado” 3 millones de euros, que se repartirán entre el distribuidor, el librero, el editor, el autor, su agente y Hacienda, y que ayudará a que todos man­tengan sus infraestructuras y paguen los sueldos de sus empleados. ¿No se dedica este Gobierno -igual que el Tea Party- ­a ensalzar a los “emprendedores” y “creadores de riqueza”, en detrimento de los despreciables asalariados? Parece que haga distinciones según lo que se cree, y la literatura es para él ornamento y entretenimiento, a diferencia de los científi­cos y fundamentales casinos de Adelson.

Incluso se suscita esta cuestión: en época tan dura, ¿qué diablos hacen los literatos ocupándose de gente y de mundos que no existen? ¿Cómo pueden abstraerse de lo que ocurre a su alrededor? Siempre cabría responder con la cita de Burke en la que siempre me insiste una mujer muy querida: “No desesperéis jamás; y si desesperáis, seguid trabajando”. Pero no es sólo eso: cuanto más ardua la cotidianidad, más se necesita evadirse… durante un rato al día. Hora y media de una pelícu­la, una hora de lectura al final de la jornada. Si leemos de tiempos de guerra, recordamos que los hubo peores y que acaso no debamos quejarnos tanto; si de tiempos apacibles y prós­peros, nos damos cuenta de que también los hay y de que siempre han vuelto tras los aciagos. Nos metemos en vidas y circunstancias que no son las nuestras, descansamos de no­sotros mismos con otros conflictos, y sí, merced a eso nos eva­dimos un poco. La evasión estaba mal vista por los marxistas más dogmáticos en mi juventud, porque según ellos había que ser continuamente consciente de la situación dictatorial en la que nos encontrábamos. Como si uno olvidara la realidad por apartarla de los ojos brevemente. Los que escriben y hacen cine, los que interpretan y componen música, todos ellos dan consuelo al término de la jornada. Lo dan incluso a quienes no fre­cuentan sus obras, porque el arte y las ficciones acaban por permear las existencias de todos, aunque sea indirectamente. Son parte de nuestra formación como personas y, si no otras cosas, nos enseñan a pasar por la tierra con una dimensión imaginativa, a mi modo de ver necesaria para comprender lo que nos pasa, y útil para aguantarlo. Poco a poco aprendemos a vivir nuestras vidas contándonoslas. A la vez que las vivimos, las imaginamos, y así les damos el carácter de “historias”. Como tales, sabemos o creemos saber que todo puede cambiar, que puede haber un giro de la fortuna, que tal vez haya mejora. Dotar a lo que nos sucede de esa di­mensión es una ayuda enorme contra la realidad que nos apesadumbra. Por eso tantos buscamos esos mundos imagina­rios y leemos, para ejercitarnos en ello. Lo dijo Isak Dinesen, y la he citado muchas veces: “Todas las penas pueden soportar­se si se convierten en una historia”. El Gobierno de Rajoy, siguiendo una vez más el ejemplo de Franco, que siempre des­preció la cultura y trató de reducirla al mínimo, nos priva ahora de las bibliotecas vivas, lo cual equi­vale a privar, a los que las necesitan, de su descanso y su consuelo diarios, y a mermar su imprescindible dimensión imaginativa.
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