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'Cachito' (1996)

 
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Autor Mensaje
Rogorn
Alférez


Registrado: Feb 01, 2007
Mensajes: 9459
Ubicación: Campeón del Mundo

MensajePublicado: Mar Oct 27, 2009 7:50 pm    Asunto: 'Cachito' (1996) Responder citando

'Cachito', una historia de aventuras, sirve a Enrique Urbizu como base para un cóctel de cine
José Arenas - ABC - 17/08/1995

Con un guión escrito, entre otros, por Imanol Uribe, una historia basada en un relato de Pérez-Reverte, doscientos cincuenta millones de presupuesto y ocho semanas para empezar y terminar el trabajo, Enrique Urbizu se enfrenta a una película de encargo en la que ha podido modificar el guión todo lo que ha querido, "sin problemas" para encontrarse más a gusto e identificado con lo que iba a filmar.

El productor Antonio Cardenal, tan prolífico en su trabajo como el mismo Urbizu, "había comprado los derechos del relato para llevarlo al cine. En principio estaba pensado para Imanol Uribe, y por eso aparece su nombre en el guión. Posteriormente, Imanol tuvo la oportunidad de preparar otro proyecto que le interesó más. De esa manera llegó la película a mis manos", dice el realizador.

En realidad se trataba de un plano-contraplano, porque ayer el rodaje se desarrollaba en un bar madrileño y para hacer el cambio de escena hubo que cargar con todo el equipo para ponerle al revés.

Amara Carmona, un cañón de actriz, de diecisiete años, descubierta en el "casting" de 'Alma gitana' por la estupenda Chus Gutiérrez; Jorge Perugorría ('Fresa y chocolate'), casi afincado en España, y la morenaza Sara Mora, eran los actores que intervinieron en la filmación. A Sancho Gracia, el malo de la historia, no se le vio el pelo en toda la mañana.

Perugorría, que estrenará 'Guantanamera', de Gutiérrez Alea, dentro de poco tiempo, ha pasado de interpretar al "gay" de 'Fresa y chocolate' a camionero en el filme de Urbizu: "En 'Guantanamera' también hago un camionero. En la profesión de actor nunca hay términos medios -asegura-, aunque el caso es trabajar. He tenido la suerte de caer bien en España y de momento siguen enviándome ofertas".

Urbizu comenta que "la película habría que situarla dentro del cine de aventuras. Una historia rara para el cine español. Digo rara porque en nuestro cine no se suelen hacer películas de aventuras. Además, aparecerán mezclados varios géneros: comedia, cuento casi de terror, algo de farsa, calidad de sentimientos...".

'Todo por la pasta' y 'Cuernos de mujer', los anteriores trabajos del realizador, no tienen nada que ver con 'Cachito', "y en eso no me puedo quejar. Voy cambiando de estilo en cada filme. Por eso en este rodaje quiero centrarme en las aventuras. El cuento original tiene algo de 'La isla del tesoro', por eso me gusta.

También le gusta "su" reparto. "Desde que empecé en el cine quería trabajar con Sancho Gracia, el único actor español que ha hecho aventuras cinematográficas como hay que rodarlas. Es el ídolo de mi juventud. Amara Carmona es una fuerza de la naturaleza. Cuando la gente la vea en la pantalla no tendrá más remedio que enamorarse de ella".

--

Enrique Urbizu lleva al cine 'Cachito', un relato de Arturo Pérez-Reverte
Jorge Perugorría y Sancho Gracia protagonizan el filme
Margot Molina - Tarifa - 19/09/1995

'Cachito', un cuento para adultos salpicado por el género de aventuras y la picaresca española, es el título de la película que está rodando, entre Madrid y Tarifa (Cádiz), Enrique Urbizu. Este bilbaíno, de 32 años, ha partido de 'Un asunto de honor', un relato de Arturo Pérez-Reverte, para adentrarse en el ambiente de un puti-club de carretera. El esquema está muy claro: por un lado, la banda de "malísimos", con Sancho Gracia, Elvira Mínguez y Aitor Mazo; por otro, la bondad, personificada en Amara Carmona y Jorge Perugorría.

Enrique Urbizu se enfrenta a su quinta película con un equipo de actores "que hacen fácil lo difícil". El director -'Todo por la pasta' (1990)- es también autor del guión y, algo que no pasa con frecuencia, ha sabido encontrar la química de la historia. "Es la primera vez que me encuentro un guión de una de mis obras que amplía la historia y no he tenido la tentación de tocar ni una sola coma", confesó Arturo Pérez-Reverte, quien ha congeniado tan bien con Urbizu que viajó a Tarifa el pasado miércoles para presenciar los últimos días de trabajo. El rodaje de exteriores comenzó el 24 de julio en algunas carreteras de la provincia de Madrid y se reanudó el pasado día 9 en el pueblo y las playas de Tarifa. El estreno está previsto para diciembre próximo o para enero de 1996. 'Un asunto de honor', el relato, se publicó por entregas este verano en EL PAÍS. Es una historia de amor entre Toñi, una niña de 16 años, que encarna la madrileña Amara Carmona, y Manolo, un camionero que ha pasado por la cárcel, que interpreta el cubano Jorge Perugorría. La aventura comienza cuando la niña escapa del puti-club con la ayuda del camionero. "'Fresa y Chocolate' ha marcado una etapa en mi vida. Antes era un desconocido, como todos los actores cubanos porque el bloqueo va más allá de lo económico. Ahora tengo que rechazar ofertas por falta de tiempo", comenta Jorge Perugorría, en un descanso del rodaje en Tarifa. Tocado por un tupé y una cicatriz en la cara, producto de los sucesivos altercados con Sancho Gracia -el dueño del puti-club del que rescató a Toñi-, Perugorría asegura que Cuba está llena de grandes actores. "No sólo yo, mi carrera está empezando".

Para Amara Carmona, 18 años y bailaora de flamenco, 'Cachito' será su lanzamiento en la pantalla grande. "Mi papel me fascinó cuando lo leí. La verdad es que me presenté al casting de 'Alma gitana', de Chus Gutiérrez, por casualidad. Esa fue mi primera experiencia en el cine, pero ahora tengo claro que quiero quedarme", afirma. "Cuando me propusieron el papel, pensé que yo no serviría. Es un personaje extraño, sometido a un ritmo febril que pasa de la sonrisa a la rabia y es capaz de llevarse a cualquiera por delante".

"La película tiene una parte grotesca, pero también está llena de ternura", comenta Sancho Gracia. El actor, que para el público es Curro Jiménez, se convirtió en el centro de atracción de los vecinos de Tarifa.


Ultima edición por Rogorn el Vie Jun 29, 2012 5:42 pm, editado 1 vez
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Rogorn
Alférez


Registrado: Feb 01, 2007
Mensajes: 9459
Ubicación: Campeón del Mundo

MensajePublicado: Mar Dic 01, 2009 9:10 pm    Asunto: Responder citando

Enrique Urbizu: "'Cachito' es una película de aventuras"
Lluís Bonet Mojica - La Vanguardia - 22/02/1996

Un retraso en su estreno tornó irreal la presentación, ayer, del filme 'Cachito', con Jorge Perugorría y Amara Carmona. El cubano Jorge Perugorría viajó nueve horas en avión desde La Habana para promocionar su tercera película española, 'Cachito', junto al resto del equipo que la hizo posible. Pero, por azares no de un guionista sádico, sino de los siempre volubles exhibidores, el filme no llegará a las pantallas hasta marzo.

'Cachito' adapta un relato, publicado en forma de folletín en un diario por Arturo Pérez-Reverte y que en seguida llamó la atención de Imanol Uribe, quien firmó un primer guión con Francisco Pino y Jesús Regueira. La historia muestra a un camionero (Jorge Perugorría), aparentemente curtido por la vida, que lleva tatuado en el brazo el nombre de la mujer soñada, Cachito, que algún día se cruzará en su camino. Y lo hace en forma de adolescente (Amara Carmona) que busca el rastro de su madre y llega a un puticlub, regido por un proxeneta (Sancho Gracia, que se autoparodia a conciencia) y su mujer de confianza (Elvira Mínguez). Allí descubrirá que su virginidad tiene un precio.

El primer guión de 'Cachito' —explica Urbizu— “ofrecía una clave realista y mostraba aspectos más sórdidos. Tanto Pérez-Reverte como yo decidimos que había que volver al relato de aventuras genuino y reescribimos el guión. Uribe tenía aparcado el proyecto porque iba a rodar ‘Sí, bwana’. No había reparto, pues Javier Bardem, previsto como protagonista, al aplazarse el rodaje ya no estaba disponible. Fue entonces cuando pensamos en Jorge Perugorría (‘Fresa y chocolate’, ‘Guantanamera’) y en Amara Carmona, de la que había visto unas fotos de su rodaje en ‘Alma gitana’. Me interesaban sus miradas tiernas, la química especial que podía establecerse entre ellos, porque Manolo es un hombre sensible aunque conduzca un camión de 40 toneladas”. El resto del reparto responde asimismo a una búsqueda muy deliberada. “Quería trabajar con Elvira Mínguez —dice Urbizu— desde que la vi en su debut como etarra en ‘Días contados’. Aitor Mazo compone, increíblemente, el personaje de Porky, lugarteniente de Sancho Gracia, un macarra muy especial. Siento gran estima por él, porque la gente de mi generación conoció el cine de aventuras, aunque fuera por vía televisiva, gracias a Curro Jiménez, tan denostado en su momento, pero ha quedado como una apuesta, la única, por un cine de aventuras al margen de los tostones de la época.”

Enrique Urbizu, que ansía llevar a la pantalla la novela de un vasco que transcurre en Cataluña (por las pistas puede tratarse de 'Un hombre solo', de Bernardo Atxaga) y escribe el guión de 'El club Dumas', declara que le gusta una cierta ambigüedad de género: “Darle un punto de perversión a la inocencia, y viceversa. Pero considero que ‘Cachito’ es una película de aventuras con evidentes toques de western, principalmente en la parte final”.
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agustinadearagon
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MensajePublicado: Mar Dic 01, 2009 9:21 pm    Asunto: Responder citando

"...cualquier hermoso trocito de carne y sangre capaz de hacerte sentir como cuando eras pequeño y consolabas la angustia de la vida entre los pechos de tu madre, es la única patria que de verdad merece matar y morir por ella...". Un Asunto de Honor. APR
_________________
"Fuera del perro, el libro es el mejor amigo del hombre. Dentro del perro quizá esté muy oscuro para leer". G.M.
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vetinari
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Registrado: Jul 26, 2007
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MensajePublicado: Mar Dic 01, 2009 9:39 pm    Asunto: Responder citando

"Un asunto de honor" salió publicado por entregas en El Pais en verano del 1994. Me lo bebí literalmente. Ya antes me gustaba Reverte como escritor. Con "Un asunto de honor" me enamoré de él.

Y ese párrafo que cita Agustina me hizo llorar a lágrima viva. Gracias por citarlo, guapa.
_________________
"...Efialtes aparecerá finalmente,
y pasarán los persas" Cavafis
"No hay quien pueda comprar el ser marino cuando estás en el mar." APR
"Freedom is just another word for nothing left to loose" Janis Joplin
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Trinidad



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MensajePublicado: Mar Dic 01, 2009 10:12 pm    Asunto: Responder citando

Pufff... Ese párrafo lo he leído mil veces y me sigue emocionando. Es genial. Gracias por recordarlo, Agustina. Guiño
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nexus6
Alférez


Registrado: Oct 01, 2008
Mensajes: 6142

MensajePublicado: Mar Dic 01, 2009 10:29 pm    Asunto: Responder citando

Gracias Rogorn. Y gracias por recordar el párrafo agustina. Guiño
_________________
Yo he visto cosas que vosotros no creeríais. Atacar naves en llamas más allá de Orión. He visto Rayos-C brillar en la oscuridad cerca de la Puerta de Tannhäuser. Todos esos momentos se perderán en el tiempo como lágrimas en la lluvia.Es hora de morir
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Rogorn
Alférez


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Ubicación: Campeón del Mundo

MensajePublicado: Mie Dic 09, 2009 3:32 pm    Asunto: Responder citando

COMO 'UN ASUNTO DE HONOR' SE CONVIRTIO EN 'CACHITO'

Todo empezó en una comida con el productor de cine Antonio Cardenal y su machaca ejecutiva Marta Murube, que son mis amigos desde que Antonio se jugó el patrimonio para meterle mano con Pedro Olea a 'El maestro de esgrima'. Antonio es un tipo grandullón, feo, entrañable y valiente, que tiene la extraña fijación patológica de adquirir, a poco que me descuido -otros coleccionan llaveros-, la mayor parte de los derechos cinematográficos de mis novelas. Acababa de contratarme 'El club Dumas' y habíamos estado manteniendo reuniones con el guionista Anthony Shaffer -aquel de 'Sommersby' y 'La huella' de Mankiewicz-, para ver cómo se planteaba el asunto en términos cinematográficos. Shaffer es un inglés encantador pero minucioso, y además no habla una palabra de español; así que después de dos sesiones en el hotel Villamagna de Madrid estábamos hechos polvo, y nos fuimos los tres a reponernos comiendo algo.

Fue a los postres cuando se me ocurrió la cosa. Antonio, a quien le encanta complicarse la vida, acababa de decirme que tenía ganas de producir una película de mediano presupuesto, con acción y jóvenes y música y cosas así, y mientras él hablaba y yo le daba vueltas a un tocino de cielo y un cortado vi de pronto la historia mirándome allí, sobre el mantel: un fulano en un camión, hacia el sur, con camiseta y tejanos, y un yogurcito joven de ojos grandes, a su lado. Bares de carretera y faros de automóviles, una persecución, y una playa con el viento agitando el cabello de ella. Antonio seguía contándome no se qué, pero yo no lo escuchaba. Se me había ido la olla junto al camionero y la niña, y acababa de agregarles tres malos muy de caricatura, que los perseguían para darle emoción a la cosa. Muchas peripecias, peleas, entradas y salidas, la niña tierna que era sabia como todas las mujeres lo son, por instinto; y el chico duro que en el fondo era un infeliz buscándose la ruina. Algo así como érase una vez un yogurcito dulce por fuera y un camionero tierno por dentro que se enamora de ella y se la lleva -o en realidad la sigue-, hasta el final, sabiendo de antemano que el precio va a ser condenadamente alto. Una historia de amor, de carretera. Y de soledad, y ternura. Y de valor, y de coraje, y de muerte. Pero con final feliz.

"Era la más linda Cenicienta que vi nunca...", pensé. Y de pronto miré a Antonio y le dije que iba a escribirle una película. Un relato corto para que alguien le hiciera un guión y lo llevara a la pantalla. Y me puse a improvisar. Recuerdo muy bien la cara de Antonio y Marta cuando empecé a contarles la historia, construyéndola a medida que lo hacía. Al terminar, Antonio me miró a través de sus gafas siempre torcidas y dijo, muy serio:

-Escríbemela ahora mismo, cabrón.

Y me puse a ello, dispuesto a hacer por primera vez en mi vida algo directamente destinado al cine. Se daba la feliz casualidad de que por aquellas fechas Juan Cruz, mi editor de Alfaguara, quería un relato corto, por entregas, para publicar en agosto en el diario 'El País'. El año anterior ya nos habíamos estrenado con 'La sombra del águila', y Juan estaba dispuesto a repetir folletín, con intención de sacar después la historia en forma de libro. La experiencia de 'La sombra del águila', con sus pobres desertores españoles oficiando de héroes a la fuerza en la campaña napoleónica de Rusia, había resultado una experiencia divertida, y no me dolía repetir. Pero acababa de empezar 'La piel del tambor', y le calculaba unas quinientas páginas por término medio. Así que, consciente de que acababa de autosentenciarme a dos años de galeras, le daba largas a mi editor. Lo malo es que cuando a Juan se le mete algo en la cabeza no te lo despegas ni con agua caliente, y el maldito me despertaba de noche fingiendo voces, enviaba anónimos amenazantes y me acorralaba en callejones oscuros. Así que terminé por claudicar, y un día que me desperté más espabilado que otros resolví matar ambos pájaros de un tiro. La historia del camionero se publicaría por entregas, y luego servíría de base para el guión de la película. De ese modo cobraba dos veces por el mismo trabajo, y todos contentos. Así que me puse a trabajar.

Fue una semana de tecla. La historia salió de un tirón, sin más dificultades que las normales, y elegí un tono que permitía escribirla de modo coloquial, rápido, sin detenerse mucho en correcciones ni florituras. La idea era que el papel de Manolo, el protagonista, encajara con Javier Bardem, a quien Antonio Cardenal quería en el papel de camionero. María, el yogurcito, sería una chica joven, de casting. En cuanto al malo, la posibilidad de que el papel recayera sobre Joaquim de Almeida -el magnífico marqués de los Alumbres de 'El maestro de esgrima'- me sugirió la idea de convertirlo en el Portugués Almeida, con diente de oro incluido. Antonio estaba dispuesto a que la película la dirigiera Imanol Uribe, que por aquellas fechas acababa de terminar el rodaje de 'Días contados' con adaptación libre de la novela de Juan Madrid. Así que a la hora de describir el personaje de Nati lo dejé abierto para una eventual interpretación a cargo de María Barranco. En lo demás me olvidé por completo del cine y escribí la historia disfrutando muchísimo con ella, y convirtiéndola, de modo ya más personal, en un pequeño homenaje al lenguaje y el mundo carcelario, marginal y cutre, de los amigos y compañeros -macarras, lumis, presidiarios, trileros y prendas varias- que durante cinco años me habían acompañado cada noche de viernes en el programa de RNE 'La ley de la calle'.

La trama la planteé desde el principio como una especie de cuento de hadas de la Cenicienta y el Caballero de Limpio Corazón, con bruja mala, dragón y final feliz. Lo del final feliz era importante, porque Antonio Cardenal me había hecho jurarle por mis muertos más frescos que la gente saldría sonriendo del cine, en plan oye qué bien. Sin embargo, a medida que tecleaba el asunto iba cobrando vida propia; y ocurrió lo que pasa a menudo con este tipo de cosas: algo que te planteas como una simple diversión superficial va encarnándose en otro plano más profundo, y terminas por implicarte a fondo. De ese modo, y sin pretenderlo, el relato se fue llenando de ángulos menos evidentes y de ese humor desgarrado y amargo que ya figuraba en 'La sombra del águila. Y Manolo Jarales Campos, un personaje plano al servicio de la idea de una película, se transformó poco a poco en la encarnación de muchas otras cosas a medida que su autor le iba dejando, en riguroso préstamo, ciertos personales puntos de vista sobre el mundo, la mujer, el Destino, y lo que Manolo habría definido como puta vida.

El cuanto a los malos, quise salvar un poco al portugués Almeida. Los cinco años en permanente contacto semanal con chorizos de variopinto pelaje me enseñaron un par de cosas sobre ellos, así que decidí dotarlo de un retorcido sentido del honor, en forma de ese peculiar código que a veces tienen ciertos malandrines. Y en homenaje, sobre todo, a uno de mis mejores amigos: Angel Ejarque Calvo, ex boxeador, ex delincuente profesional, trilero y estafador callejero a base de arte y labia, que dejó la calle hace seis o siete años y fue, tanto en su vida choricil como en la honrada que lleva desde entonces, uno de los hombres más cabales y cumplidores que he conocido nunca. De ese modo, lo que cuenta en el relato para el Portugués Almeida no es ya tanto el dinero o la virginidad de la niña -el tesoro que codician los piratas- sino ajustar cuentas con su honor mancillado por la pareja fugitiva. El honor del portugués, el honor del camionero, la honra de la niña. El título estaba claro: 'Un asunto de honor'.

Pero, mientras le daba a la tecla, lo del final feliz cada vez lo veía menos claro. Tampoco es que a esas alturas de la historia me preocupara mucho, así que me consolaba diciendo que a la hora de hacer el guión ya se las apañarían otros para que la cosa resultara. Yo tenía clarísimo el final en la playa, Manolo y la niña, la navaja, y la ruina patatera que le había caído encima a mi protagonista. Andaba ya en las últimas líneas, buscando que se me perfilara el toro para rematar. Sin tener muy claro si mi héroe se cargaba al Portugués Almeida e iba al talego, o si el pobre Manolo palmaba allí, en la playa, defendiendo a Trocito y a esa cierta idea de la vida y de sí mismo que había descubierto gracias a ella. De pronto, cuando llegué al momento de la arrancada, me dije: para, muchacho. Has llegado al final. Ahí está. Ya no hay nada más que decir, y lo que cuentes a partir de ahora importa un carajo. Y pensé bueno, pues vale, pues me alegro. Que los guionistas se las arreglen como puedan.

Se publicó el relato. Entusiasmado con la historia, con ese calor que pone en todo cuanto se le mete entre ceja y ceja, Antonio Cardenal se la pasó a Imanol Uribe para que éste hiciera el guión, y me desentendí del asunto, decidido a mantenerme al margen. Todavía tuvimos una comida Imanol, otro guionista y yo, en El Escorial, para discutir un poco el asunto e intercambiar ideas. Si hay algo que aprendí en el rodaje de 'El maestro de esgrima' es que los autores sólo servimos para incordiar en los rodajes, salvo que seas expresamente requerido para resolver tal o cual situación. Hasta tal punto llega la desconfianza de los directores respecto al padre de la criatura, que algunos incluso ven con malos ojos que sus actores lean el texto original; prefieren que se limiten a la visión de la historia que viene en el guión, a salvo de perniciosas influencias exteriores. No fue ese el caso de Pedro Olea cuando el rodaje de las andanzas de Jaime Astarloa (Omero Antonutti) y Adela de Otero (Assumpta Serna), guión que me fue sometido y en cuya redacción final participé gustoso; pero sí el del productor Ricky Posner y el director Jim MacBride, que rodaron 'La tabla de Flandes' con un guión de Michael Hirst que convertía la segunda mitad de la historia de mi restauradora de arte, el anticuario César y el ajedrecista Muñoz, en un tebeo barato con una trama infantil propia de un telefilme de sobremesa norteamericano. De todas formas, como suelo decir siempre, uno corre esos riesgos cuando le vende una historia al cine. Y cuando vas de remilgado y estrecho, siempre queda el digno recurso de no dejar que nadie haga películas con ella. Así nadie te macula la cosa.

En el caso de Imanol Uribe, procuré no mezclarme para nada, limitándome a discutir las posibilidades de ampliación de los personajes y de la estructura. Antonio Cardenal y él estaban de acuerdo en que la trama venía definida, y sólo quedaba ampliarla para cubrir la hora y media necesaria para la película. Así que me dediqué a otros asuntos. Al cabo de un tiempo, Antonio me dijo que el título 'Un asunto de honor' era poco cinematográfico, y yo sugerí 'Trocito'. Por fin la cosa quedó en 'Cachito' a instancias de Imanol, por aquello de la canción. Me pareció un buen título.

Pasaron varios meses, y el productor me llamó un día para decirme que el guión estaba listo, pero que había un problema. El problema me lo contaron Imanol y él durante una comida en el restaurante La Ancha de Madrid. Tras el éxito de 'Días contados', Uribe acariciaba el proyecto de 'Sí, bwana': una película sobre el racismo que pensaba rodar con Andrés Pajares y María Barranco.

-Ahora me apetece mantener una línea como de más seriedad -dijo-, a tono con 'Días contados'. Quizá 'Cachito' tenga un tono de acción, de thriller, demasiado ligero para mí, en este momento.

Antonio Cardenal me miraba sin decir palabra, angustiado, pues Imanol había estado con el guión varios meses antes de comunicarle su cambio de intenciones, y el tiempo se nos echaba encima.

-Pues ten cuidado con el cine trascendente -le dije a Uribe-. Cierto cine demasiado trascendente del que se hace en España suele ser más peligroso que el frívolo. Sobre todo en taquilla.

Imanol aseguró que eso no significaba que él se fuese del proyecto. Iba a seguir trabajando en el guión, cuya primera versión ya estaba lista. Y proponía un nombre para hacerse cargo de la historia: Enrique Urbizu. Un director vasco, joven, que había rodado la excelente 'Todo por la pasta' y después un par de encargos sobre las historias de Carmen Rico Godoy. A Antonio, que a tales alturas se le echaban las fechas encima, le pareció una buena opción. Y a mí también. Así quedaron las cosas.

A los dos días recibí la primera versión del guión, que venía firmada por Imanol Uribe y otros dos guionistas. Lo leí muy despacio, página a página, y me quedé estupefacto. Nada de aquello tenía que ver con la historia que yo había escrito. La tierna historia de amor del camionero y su yogurcito se convertía allí en una sórdida y confusa historia de racismo y puterío, de hijas ocultas, de abuelas y de madres, con fantasmas incluidos, que terminaba con un camión cayéndose -lo juro- desde lo alto del peñón de Gibraltar. Para más inri, la tierna Trocito se había convertido en una pequeña zorra maliciosa con muy mala leche, y en el guión de Imanol, mi ingenuo héroe Manolo no sólo no era ingenuo, sino que estaba a punto de casarse con una novia a la que tenía preñada, y no contento con eso, se calzaba a la niña protagonista la noche antes de su boda, y además borracho.

Leí el texto por segunda vez, porque tal vez me había equivocado y no sabía captar la esencia cinematográfica del evento. Luego cerré el guión y cogí el teléfono para hablar con Antonio Cardenal:

-Ahora ya sé por qué Imanol no quiere hacer la película -dije-. Ha intentado convertir 'Cachito' en una cosa seria, grave, trascendente, con mucho mensaje, y se ha cargado la historia. No tiene nada que ver con la que escribí para ti.

El pobre Antonio estaba hecho polvo.

-¿Y qué hacemos? -preguntó (luego supe que mientras hablábamos intentaba autoestrangularse con el cable del teléfono, sin éxito).

-Pues no sé -dije-. Igual a Imanol le sale una película buenísima, que no lo dudo. Pero para ésto no me necesitabais a mí. De la historia original no ha quedado ni rastro.

Tiene que arreglarse, decía Antonio. Una reunión. Discutir el asunto. Cuéntales lo que no te gusta. El rodaje empieza dentro de tres meses y nos pilla el toro.

Se celebró la reunión en la productora Origen, con asistencia de Imanol, sus dos coguionistas, Antonio Cardenal y sus asesores, y Carmen Domínguez, ex colega de TVE en representación ahora de Antena 3, que coproducía en una pequeña parte y compraba los derechos de antena. Yo expuse mis razones sobre el guión, precisé los puntos en que la historia podía, a mi juicio, recuperar parte de lo perdido, y el equipo de Antonio y los de Antena 3 estuvieron de acuerdo. Imanol y sus guionistas tomaron nota de todo y juraron tenerlo en cuenta. Dos semanas después enviaban otro guión absolutamente idéntico al anterior. Estaba claro que a Imanol, ya pendiente de su otra película, 'Cachito' lo traía al fresco. Entonces me cabreé, y mucho.

-Paso del tema -le dije a Antonio-. La película es vuestra, así que rodad con este guión lo que os dé la gana, pero yo no quiero saber nada de ella. Y os prohíbo que utilicéis mi nombre ni siquiera en los créditos. No tiene nada que ver conmigo. Así que agur. Que os vayan dando.

Antonio, siempre fiel y buen amigo, hizo un último intento. Enrique Urbizu, a quien yo aún no conocía, estaba dispuesto a reescribir él solo todo el guión, y un encuentro entre ambos podía, quizás, enderezar el asunto. Me mandó la cinta de 'Todo por la pasta', que aún no había visto. La vi y llamé a Antonio:

-Oye, ese Urbizu sabe mover la cámara en escenas de acción como muy poca gente en España. Y en este país, donde a menudo se emplean veinte minutos para contar lo que un director norteamericano resuelve en cuarenta y cinco segundos, la acción no es precisamente estrella de las pantallas.

-Qué me vas a contar a mí -se lamentaba Antonio-. Qué me vas a contar.

Coincidía conmigo en que Urbizu había visto mucho cine norteamericano y lo había visto bien, pero al mismo tiempo era muy español. Así que me picó la curiosidad, fuimos a cenar juntos a un restaurante de Chamberí, y desde el primer momento congenié con aquel joven de pelo recogido en una coleta y botas tejanas, que tenía muy claro el cine que le gustaba hacer y, habiendo leído la historia original, me explicó detalladamente sus proyectos sobre 'Cachito'. Para alivio de Antonio Cardenal, que andaba poniéndole velas a la Virgen y rezando novenas a Santa Gema para salir del punto muerto -habíamos perdido a Javier Bardem con tanto retraso y malentendidos, y sospecho que también porque le hicieron llegar el guión en su primera o segunda versión-, Enrique Urbizu y yo salimos del restaurante tan de acuerdo que al día siguiente emprendíamos en plan Pili y Mili un viaje de tres días en mi coche, para que se ambientara en la historia antes de reescribir el guión maldito.

En realidad, la película 'Cachito' surgió de aquel viaje. Durante mil quinientos kilómetros, basándonos de nuevo en el texto original de 'Un asunto de honor', recorrimos carreteras, bares de camioneros, puticlubs extremeños, hablamos con los guardias de Tráfico, comimos caña de lomo, tomamos copas a lo largo de la geografía andaluza, y nos lo pasamos, como hubiera dicho Manolo Jarales Campos, de cojón de pato. Un día llegamos a las playas de Tarifa y comprendimos que era allí donde iban a amanecer Cachito y Manolo para que ella viera el mar. Y Enrique, que no conocía Tarifa, se enamoró de aquella ciudad y la metió, por el morro, en su película.

Pocos viajes han dado tanto de sí. De ese salieron escenas, ideas, situaciones cómicas que a veces nos hacían estallar en carcajadas y nos obligaban a detener el coche para no estamparnos contra un camión. La idea del Correcaminos y el Coyote-Portugués-Rafael, el "Ahí estáis, cabrones" del radar de la Guardia Civil, la escena de Rafael con el picoleto de la pantera rosa, el desguace de Lucas, Tarifa de noche, el Mercedes hecho polvo, los muertos más frescos y el clavel y la campana, la impagable escena del señor escuchimizado de la barra poniéndole al malo el pistolón en el careto... Cuando en el amanecer del cuarto día arrié a Enrique en un semáforo de Madrid, supe que 'Cachito' se había salvado.

La prueba me llegó a los pocos días, en el guión magnífico que, tomando como partida el de Uribe, pero manejando todos los ingredientes y recursos presentes en el texto de 'Un asunto de honor', Enrique Urbizu escribió en un tiempo récord. Antonio Cardenal me envió el tocho y corrió a rezarle al Cristo de Medinaceli, supongo, mientras yo lo leía. Apenas lo hube terminado, lo telefoneé:

-Hay una cosa -dije-. Un chorizo que ha estado en la cárcel no diría nunca "me cago en la sota de oros", sino "me cago en la puta de oros".
-¿Y lo demás? -preguntó Antonio, con un hilo de voz.
-Lo demás es buenísimo. Nunca había leído un guión tan estupendo en mi vida.

Y era cierto. No sentí necesidad de tocar ni una sola coma del texto conseguido por Enrique. Una historia que te enganchaba tanto como una road movie norteamericana bien planteada, pero al mismo tiempo profundamente española, con un humor oportuno, soberbio. Incluso había tenido momentos, durante su lectura, en que la interrumpí riéndome a carcajadas en escenas que eran hallazgos exclusivos de Enrique, como la cocaína en la olla de sopa o cuando el guardia civil lo detiene y empieza a pedirle papeles en plena persecución. Uno de esos guiones que le habría gustado escribir a uno. Y firmarlos.

Después de aquello, el equipo de Origen se lanzó a una frenética actividad para poner en marcha la película: ocho semanas y media de rodaje en Madrid y el sur de Cádiz y un presupuesto de 250 millones, con dos tercios de la película en exteriores. El casting decidido entre Antonio y Enrique resultó excelente: Jorge Perugorría, que arrasaba con 'Fresa y chocolate' y a punto de estrenarse 'Guantanamera', encarnaría a Manolo en lugar de Bardem. Trocito-Cachito salió de una ardua selección realizada por Enrique hasta dar con los ojazos gitanos de Amara Carmona, que llenaban la pantalla en las pruebas -contar cómo se pactaron las escenas eróticas, bajo estricta supervisión familiar, sería suficiente para escribir una novela-, y daba el aspecto de yogurcito, o petisuis, como quieran, apropiado para la historia. El papel de Nati, para quien Enrique había pensado en Kity Manver ('Todo por la pasta'), no pudo ser encomendada a ésta porque se hallaba rodando una serie para televisión, pero encontró una extraordinaria intérprete en Elvira Minguez, de quien yo le había hablado con entusiasmo a Cardenal tras verla bordar su papel de etarra en 'Días contados', y que en 'Cachito' supo dar un contenido perfecto con su personaje hastiado, bronco, a la parte femenina del triángulo de malvados. Un Trío Calaveras maravilloso, que Enrique completó con Aitor Mazo como Porky, y con el que a mi juicio es el hallazgo más genial de la película: Sancho Gracia en el papel tragicómico, violento, estremecedor, hilarante, desaforado, esperpéntico, del Portugués Almeida transformado en Rafael.

Hay que decir en honor de Sancho -y de Enrique Urbizu- que, en cuanto leyó el guión, aceptó hacer el personaje del Portugués-Rafael. La decisión no era baladí, pues Curro Jiménez no había hecho nunca de malo en la pantalla, salvo en la aparición televisiva de 'El Jarabo'. Pero según me contó más tarde, la fuerza del personaje, sus contradicciones, la solidez y el humor del guión lo decidieron a aceptar el desafío.

-Es que este hijoputa de Urbizu -contaba- lo tiene muy claro.

Enrique y él se entendieron de maravilla, lo que no deja de ser singular en un actor veterano con más conchas que la tortuga D'Artacán y un director que aún no ha cumplido los treinta años. En cuanto a Enrique, con mucho cine clasico de acción norteamericano visto y asimilado de modo impecable, y con una intensa admiración por los también clásicos de la pantalla española, rescatar a Curro Jiménez para el personaje de Rafael en una historia como 'Cachito' le permitía bordear -de ese modo peligroso y entrañable que tanto le gusta- la épica cinematográfica, la acción, el humor, el guiño al espectador, la amalgama de todos los matices y homenajes a nuetro cine de todas las épocas, refundidas y relanzadas en una lectura inteligente que de nada reniega y de todo aprende. No es casual que en esa línea pensara en Sancho para el papel, encomendase a Luis Cuenca el de vigilante del puticlub de Tarifa, o rescatase a la bella y magnífica Sara Mora del cine erótico de los setenta para convertirla, con una cicatriz en la cara, en madre de Cachito veinte años después.

No asistí mucho al rodaje, fiel a mi propósito de autor que debe mantenerse a prudente distancia. Acudí alguna vez al estudio donde Luis Valle, el director artístico que realizó para Pedro Olea los maravillosos interiores de 'El maestro de esgrima', había construido el burdel donde transcurre la primera parte de la película. Luis, alias Koldo, no era el único miembro del equipo de 'El maestro' que repetía historia mía, y también tuve el placer de encontrar a Alfredo Mayo como director de fotografía, y a Antonio Guillén como machaca de producción sobre el terreno, siempre al borde del agotamiento nervioso. En cuanto a Jorge Perugorría, simpatizamos en seguida cuando lo conocí en plan camionero, encantador, profesional, paseándose con el tatuaje de Cachito en el brazo, como recién salido de las páginas de mi relato, con ese acento cubano que Enrique Urbizu resuelve en la película con una sola frase de Cachito, de modo genial. Y recuerdo la timidez de Amara Carmona cuando me contaba lo impresionada que estaba el primer día que tuvo que rodar una escena con Sancho Gracia:

-Me puse nerviosísima, imagínate... ¡Tenía delante de mí a Curro Jiménez!

Antonio Cardenal iba y venía, disfrutando de todo aquello como disfruta en cada película en la que se mete: como un crío con videoconsola nueva. A fin de cuentas, quien pagaba toda aquella maravillosa locura era él. El rodaje prosiguió en una presa de la sierra de Madrid, donde Sancho, colgado del un abismo tras negarse a ser doblado por un especialista, se empeñó en interrumpir una escena para llamarme a su lado y recitarme, sobre el vacío, una escena del Don Juan Tenorio que tenía previsto estrenar el primero de noviembre en un teatro de Madrid:

-¿No es verdad, ángel de amor...?

La última semana transcurrió en Tarifa, rodando de noche, donde la gente acudía en masa a ver a Curro Jiménez -los niños le preguntaban dónde estaban los caballos-, y Antxón, el ayudante de dirección, se veía obligado a rogar continuamente al público con un megáfono que no aplaudiesen a Sancho después de cada escena hasta que el director dijese "corten".

Por fin, una mañana en que el viento levantaba espuma a las olas, vi a Jorge Perugorría y a Amara Carmona amanecer en la cabina del camión, en una playa del sur. Y ella abrió esos ojos grandes y negros que tiene y dijo: "El mar". Y Manolo Jarales Campos la miraba con la misma ternura que en el texto que yo había escrito año y medio antes, imaginando esa misma mirada. Y Trocito sonreía con una sonrisa idéntica a la que yo había puesto en sus labios. Y me dije que sí, que el cine te gasta a menudo bromas pesadas. Pero a veces una mujer, una actriz, una mirada, un amanecer filmado por un equipo de gente silenciosa tras una cámara, pueden encarnar con absoluta precisión, con fidelidad, el momento mágico, fugaz, de la historia que una vez soñaste.

Tarifa, septiembre de 1995
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Rogorn
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MensajePublicado: Mar Jun 26, 2012 9:09 am    Asunto: Responder citando

Cuentos de la isla del tesoro
Pilar Castro - ABC - 24/03/1995

Varios autores, 261 páginas, 1.600 pesetas.

Sólo hay una verdad que no necesita confirmación en el origen del gran reino de la imaginación creadora, y es que se instaló en un mundo que aprendió a hablar antes que a escribir. Primero fue el cuento, después llegó la novela. Y por muchas razones, le confiscó terreno y sirvió de término de comparaciones improcedentes que obligaron a considerarlo como al hermano menor del que no se sabe muy bien qué esperar. Parece que va quedando claro que son distintas parcelas del mismo reinado y empiezan a proclamarse sus diferencias en un tiempo que no oculta la necesidad de distraerse con historias que mientan la vida y le inventen posibilidades insólitas. No es mala idea que tal suministro de ficciones venga favorecido por iniciativas periodísticas como en este caso la de 'El País Semanal', que se propuso el pasado verano un doble cometido: celebrar en sus páginas el primer centenario de la muerte de RL Stevenson con historias que rindieran homenaje a 'La isla del tesoro' y dejar constancia de la peculiar mirada con que varios autores contaban "su ciudad". En total diez nombres de lo más representativo -aunque hay notables ausencias- de nuestro inventario de novelistas fueron apareciendo entre las crónicas habituales del periódico. Alfaguara, que siempre ha simpatizado con este género, los presenta hoy en forma de libros: uno de "cuentos" y otro de "relatos". Y no es arbitraria la colocación de estas dos palabras en la cabecera de cada uno, aunque en muchas otras ocasiones sorteemos su significado a la hora de clasificar un libro o de ilustrar su portada. Algo hay que las distingue, no de forma tajante, cierto, pero al cuento acudimos pensando hallar en él esa mezcla de lo mítico y fabuloso y el relato nos acostumbró a la historia breve emparentada con la novela corta. Quizá lo que propicia este habitual empleo caprichoso sea lo que les une: la selección de un motivo inesperado, el hecho de que ante todo importa la densidad del ritmo narrativo, el laborioso manejo del detalle, la complejidad de concentrar en un breve espacio esos ingredientes que no dicta preceptiva alguna, pero que fue imponiendo la costumbre, consolidada por los maestros.

Una buena ocasión para mantener viva esa manía por confiarnos a las mentiras de la imaginación son los cinco 'Cuentos de la isla del tesoro', que bien podrían comenzar por un "Érase una vez...": la historia de amor "enterrada debajo de un montón de tiempo", imaginada por Julio Llamazares, o la inaudita situación en que Juan José Millás coloca a un hombre y una mujer que juegan a cambiar de cuerpo porque éste es como una "isla" cuyo tesoro hay que saber encontrar. Érase una vez el increíble "caso" perseguido por Juan Marsé: un escritor de ficciones llamado RLS (¿RL Stevenson?) cuyo rechazo a los medios de comunicación le conducirá al olvido anticipado. O la absurda escena en que a un personaje de Antonio Muñoz Molina, versado en crítica textual, se le impone la extravagante narración de otro modo de narrar va analizando hasta que acaba absorbido por su historia. Y érase una vez un cuento de verdad con el que Arturo Pérez-Reverte acabará envolviendo al más frío espectador: un asunto de honor, de buenos y malos; un fulano cojo y un loro, un camionero y una niña amarrada a un libro cuya portada muestra el mapa de la isla del tesoro. Un muestrario precioso de fábulas sin parafernalias líricas ni desgarramientos expresivos. Son sólo historias que obligan a sustituir el ritmo cotidiano por la velocidad de realidades imaginarias.
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Rogorn
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MensajePublicado: Mie Jul 04, 2012 8:51 am    Asunto: Responder citando

Amara Carmona: autopista adelante
Joaquín Albaicín - ABC - 11/10/1995

Su piel es del color de la tierra de Panjab e iba para bailaora, mas ahora tiene tan claro que lo suyo es el cine que hasta se ha puesto a estudiar inglés por si suena el teléfono desde América. Quienes han visionado el montaje de 'Alma gitana' aseveran que Chus Gutiérrez no se equivocó y que Amara Carmona posee la fuerza de un imán, el don de la natural soltura ante la cámara y una personalidad que hechiza. En suma, que le aguarda un envidiable futuro en el planeta de la farándula.

Su segundo papel, también de protagonista, se lo ha dado Enrique Urbizu en 'Cachito', combinación de sordidez y sentido del humor basada en un relato de Arturo Pérez- Reverte, el autor de 'El maestro de esgrima' y 'La tabla de Flandes'. Amara Carmona es una adolescente cuya virginidad el dueño de un puticlub mesetario ha apalabrado con un cliente habitual. Sancho Gracia, todo autenticidad y firmeza siempre, el malvado proxeneta. Jorge Perugorría, un ex-presidiario reciclado por el evangelio de la carretera, hombre oscuro, roto y sin destino que un día aparca su camión junto a la whiskería y tras su encuentro con la doncella prometida, impelido a convertirse en héroe por una misteriosa fuerza que bulle en su interior, resuelve rescatarla de las garras del chulo y las babas del rijoso, desencadenando con su gesto una aventura de persecuciones y ansiedades autopista adelante.

Un caballo -aunque sea mecánico-, una mujer hermosa y un enemigo. Los tres vértices del triángulo de una existencia digna de ser contemplada por el Altísimo. ¡Buena conducción!
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