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Arturo Pérez-Reverte, elegido miembro de la RAE

 
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Rogorn
Capitán


Registrado: Feb 01, 2007
Mensajes: 11001

MensajePublicado: Lun Ago 29, 2011 9:22 pm    Asunto: Arturo Pérez-Reverte, elegido miembro de la RAE Responder citando

Discurso de ingreso de Arturo Pérez-Reverte en la RAE: http://tinyurl.com/hablabravo

Pérez-Reverte, único candidato a ingresar en el sillón T de la RAE
El País - 30/12/2002

El escritor Arturo Pérez-Reverte, de 51 años, es el único candidato a ingresar en la Real Academia Española (RAE) para ocupar el sillón T tras el fallecimiento de Manuel Alvar en agosto de 2001. El plazo para la presentación de candidaturas terminó ayer y, aunque la institución no ofrece información oficial hasta el próximo día 9 de enero, se supone que será la única, si bien hay que esperar a los próximos días ante los posibles envíos por correo. La elección del nuevo académico se celebrará el 23 de enero.

La candidatura de Pérez-Reverte, autor de novelas como 'El Club Dumas', 'La piel del tambor', 'La carta esférica', 'La Reina del Sur' y la serie del capitán Alatriste, ha sido presentada por los académicos Antonio Muñoz Molina, Eduardo García de Enterría y Gregorio Salvador, vicedirector de la RAE. Hasta cumplirse el plazo de admisión era la única candidatura presentada en la sede de la institución, aunque también se reciben por correo.

En la sesión del próximo 9 de enero se comunica oficialmente a los académicos los candidatos para cubrir la vacante de Manuel Alvar, y el jueves siguiente, 16 de enero, uno de los firmantes de la candidatura de Pérez-Reverte hará ante los académicos la exposición de méritos del aspirante a entrar en la Real Academia Española. El 23 de enero se votará su ingreso, que suele necesitar más de una votación, ya que es difícil conseguir en la primera los dos tercios de los asistentes. Según la historia reciente de la Real Academia Española, las candidaturas únicas suelen ser aprobadas en segunda o tercera votación, salvo el caso del escritor José Manuel Caballero Bonald, que le faltó un solo voto en la sesión del 16 de diciembre de 1999, que registró numerosas ausencias.

La última elección de académico se registró la semana pasada al ser elegido el escritor Álvaro Pombo. La RAE quiere cubrir con una cierta urgencia la plaza dejada por el reciente fallecimiento del científico Ángel Martín Municio, con objeto de continuar los proyectos de vocabulario científico y técnico. En estos momentos, en el campo de la ciencia están los académicos Antonio Colino y Margarita Salas, que leerá su discurso de ingreso después de las navidades.

La Real Academia Española tiene otras tareas para el año 2003, como se informó en el reciente congreso de la asociación de las 22 academias, celebrado en Puerto Rico. En la primavera se tiene prevista la presentación del CD-ROM con la última edición del diccionario, que presenta mayores posibilidades de navegación en múltiples usos sobre la versión anterior. Están previstas reuniones de la comisión interacadémica de las siete áreas lingüísticas y del diccionario panhispánico de dudas, que se consultará con los grandes medios informativos. También se publicará el glosario de voces ibero-romances de los siglos VIII al XII.

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Domingo Ynduráin, reelegido secretario de la Academia
EFE - El País - 17/01/2003

Domingo Ynduráin fue reelegido ayer secretario de la Real Academia Española casi por unanimidad, según informaron fuentes de la RAE. Ynduráin (Zaragoza, 1943) es catedrático de Literatura Española en la Universidad Autónoma de Madrid y experto en lengua y literatura castellana de los siglos XV y XVI, y accedió al cargo por primera vez en enero de 1999. Tras su reelección, manifestó su satisfacción y afirmó que la secretaría se encarga de la materialidad diaria del funcionamiento de la Academia, pero también "es una institución que se rige por unos sistemas de tradición y consenso más que por las normas escritas". La mayor parte de las cuestiones que se dirimen en la Real Academia Española "no tienen una precisión escrita, sino que se hacen de manera consensuada para decidir lo que parece más idóneo en cada momento", añadió Ynduráin.

También ayer se pronunció el elogio a Arturo Pérez-Reverte (Cartagena, 1951) durante el pleno de la Academia. El autor de libros de gran éxito, como 'El club Dumas', 'La tabla de Flandes', la serie del capitán Alatriste, o su última novela, 'La Reina del Sur', es el único candidato para ocupar el sillón T, vacante desde el fallecimiento de Manuel Alvar en agosto de 2001. Gregorio Salvador, que junto a Antonio Muñoz Molina y Eduardo García de Enterría presentó la candidatura de Pérez-Reverte, leyó el discurso de elogio, es decir, la exposición de los méritos del aspirante a académico. El siguiente paso es la votación de su ingreso, el próximo jueves 23. En la primera votación son necesarios los votos de dos tercios de los académicos con derecho a voto. En la segunda, de dos terceras partes de los presentes, y en la tercera y última, de la mitad más uno de los mismos.

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Pérez-Reverte, académico
Efe / El Mundo - 23/01/2003

Amante de la literatura y dotado para contar historias apasionantes, Arturo Pérez-Reverte, elegido académico de la Lengua, es sin duda uno de los escritores españoles de mayor proyección internacional, y buena prueba de ello son los numerosos premios que ha recibido en un buen número de países. Pérez-Reverte (Cartagena, Murcia, 1951), ha ganado el Grand Prix de literatura policiaca de Francia, el Premio de la Academia Sueca de Novela Detectivesca por 'La tabla de Flandes', el Palle Rosenkranz de la Academia Criminológica de Dinamarca por 'El Club Dumas', el Premio Jean Monnet de literatura europea por 'La piel del tambor' o el Premio Mediterráneo a la mejor obra extranjera publicada en Francia por 'La carta esférica', entre otros galardones. Traducido a más de 30 idiomas, el escritor murciano ha visto cómo varias de sus novelas eran elogiadas por la crítica de Estados Unidos y disfruta también del favor del público en la mayoría de los países de Hispanoamérica.

El nuevo académico de la Lengua se dedica en exclusiva a la literatura desde hace ocho años, pero antes, entre 1973 y 1994, fue reportero de prensa, radio y televisión y cubrió los principales conflictos internacionales que hubo en ese periodo. Así, contó lo sucedido en las guerras de Chipre, del Líbano, Eritrea, el Sáhara (fue dado por desaparecido en este desierto en 1975), las Malvinas, El Salvador y Nicaragua, y fue espectador directo de conflictos como los de Sudán, Mozambique, Angola, Rumanía, el Golfo, Croacia y Bosnia. Su labor periodística recibió varios premios.

La literatura es una de sus grandes pasiones -la otra es el mar: "Me siento un marino que accidentalmente escribe", ha dicho en alguna ocasión-, que le ha llevado a escribir libros como 'El húsar', 'El maestro de esgrima' o 'Territorio comanche'. Pérez-Reverte ha sabido también acercar a jóvenes y adultos la historia española del Siglo de Oro a través de su famosa serie 'Las aventuras del capitán Alatriste', con la que el autor pretende "luchar contra la desmemoria" y contar a la generación de su hija "aquello que los libros de historia habían dejado de contar". Dentro de esa serie que recrea las peripecias de un soldado veterano de los tercios de Flandes, ha publicado hasta ahora 'El capitán Alatriste', 'Limpieza de sangre', 'El sol de Breda' y 'El oro del Rey'. El escritor prepara en la actualidad la quinta entrega, que en principio lleva el título de 'La venganza de Alquézar' [sic].

Caballero de la Orden de las Letras y las Artes de Francia y premio Grupo Correo a los valores humanos, el escritor mantiene una magnífica relación con el cine y varias de sus novelas han sido llevadas a la gran pantalla, entre ellas 'El maestro de esgrima', dirigida por Pedro Olea; 'La tabla de Flandes', adaptada por Jim McBride; 'Territorio Comanche', firmada por Gerardo Herrero y con guión del propio Pérez Reverte, y 'El club Dumas', dirigida por Roman Polanski.

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Un gran creador de aventuras
Miguel Mora - El País - Madrid - 24/01/2003

El escritor Arturo Pérez-Reverte, de 51 años, es desde ayer nuevo miembro de la Real Academia Española. El popular autor de 'El club Dumas' ocupará el sillón T, vacante tras el fallecimiento de Manuel Alvar en agosto de 2001. El escritor cartagenero, que salió elegido en primera votación por el apabullante resultado de 26 votos a favor y cuatro en blanco, fue apadrinado por Antonio Muñoz Molina, Eduardo García de Enterría y Gregorio Salvador, vicedirector de la RAE. Poco después, en su querido Café Gijón, Pérez-Reverte mostró su emoción por la noticia, anunció que su discurso tratará del lenguaje de los delincuentes del Siglo de Oro y comentó que lo único que aportará a la RAE son sus lectores y sus novelas. "De momento, estaré mucho tiempo callado".

"Esto no es un respaldo a mi literatura, sino a la literatura", dijo Pérez-Reverte, poco después de conocer la noticia de su entrada en la Academia, en una rueda de prensa. "Y demuestra que la Academia no se resigna a ser algo cerrado, a ser una cosa exquisita, sino que prefiere estar en contacto con la calle. ¡Pero hay que ver qué raro se me hace todo esto!". Arturo Pérez-Reverte estaba nervioso, pero se le notaba también orgulloso y muy ilusionado. El escritor había esperado la noticia en el Café Gijón con sus editores de Alfaguara, Amaya Elezcano y Juan Cruz, y otros colaboradores de la editorial. Y cuando hubo fumata blanca, hacia las ocho de la tarde, los primeros en felicitarle fueron los clásicos de un café que el escritor frecuenta "desde hace 30 años: era mi oficina, mi casa, todo, el sitio ideal para enterarme de una noticia tan agradable".

Algunos camareros, Alfonso el cerillero y varios tertulianos habituales como el cineasta Tito Fernández y los actores Manuel Alexandre y Álvaro de Luna, abrazaron aparatosamente al escritor y brindaron con cava. "Este muchacho es como Hemingway", decía 'El Algarrobo' bebiendo una copita a la salud del nuevo académico: "No sólo escribe, sino que cuando era joven nos contaba historias de la guerra, y además le gustan mucho los barcos". Mientras Pérez-Reverte llamaba por el móvil para dar a los amigos el resultado de la votación, varios lectores espontáneos se acercaban, le daban la enhorabuena, le aplaudían, le pedían autógrafos... "¿Y qué hay que hacer para escribir?", le preguntó una joven. "Leer mucho y romper muchísimo".

Antes de la breve rueda de prensa, Pérez-Reverte comentó que "nunca había pretendido, ni esperado", entrar en la Academia, pero que intentará "trabajar con la mayor dignidad posible". ¿Y qué cree que puede aportar? "No tengo ni idea. Lo que haré será estar callado muchos meses, escuchar mucho, y, si luego veo que puedo aportar algo, lo haré". ¿Pero le apetece el plan de ponerse corbata los jueves por la tarde? "Un camarero me ha dicho que antes era más importante la silla del Café Gijón que el sillón de la Academia, y que ahora tengo las dos. Eso está bien. Luego un lector me ha pedido que no me deje domesticar. Pero yo creo que eso es imposible. No hay peligro. Es compatible ser como yo he sido y este honor tan grande que me han hecho". "Pero lo que está muy bien de la Academia", añadió, "es que los académicos son gente educada que ha leído a Galdós, conoce a Quevedo y sabe quién es Ginés de Pasamonte. El oficio de escritor es muy solitario, y que gente así, respetable, mayor, lea tus libros y te vote tan mayoritariamente es muy agradable y muy gratificante".

A una carrera marcada por las ventas de millones de ejemplares -él mismo calculó ayer que hasta ahora ha vendido cinco millones de todos sus títulos-, Pérez-Reverte había sumado ya el reconocimiento de grandes escritores (Juan Marsé habló hace poco de la "gran deuda" que tiene la literatura española con él) y el de la crítica. Pero el reconocimiento de los lectores había sido anterior. Gente de todas las edades y condición, desde jóvenes escolares hasta el propio presidente del Gobierno, José María Aznar, han expresado su admiración por sus novelas de intriga cultural, sus relatos y la serie de Alatriste, personaje nacido en 1996. Sólo de Alatriste se han vendido dos millones de ejemplares.

Esos lectores, insistió el autor de 'El maestro de esgrima', son su único capital. "No soy un renovador del lenguaje, ni de la novela, ni de nada. Sólo soy un tipo que cuenta historias lo mejor que puede. Así que lo único que puedo aportar son mis novelas y mis lectores de aquí, de América y de otros países. Ellos entran conmigo en la Academia. Si tuviera que volver a hacer de periodista y dar un titular del día de hoy, sería ése: 'Mis lectores entran en la Academia'".

"Aunque pienso tomarme muy en serio mi trabajo", añadió. "La Academia es la referencia para 400 millones de hispanohablantes, y tomársela a la ligera es una estupidez. Está en un momento muy interesante, tiene una gran vocación americana. Y no es raro, porque un campesino colombiano usa mejor el idioma que un universitario de aquí. El futuro de la lengua se juega allí, el español es una lengua viva, en transformación, en movimiento, y cualquier apoyo que se pueda dar al español es una tarea muy noble".

Preguntado por si considera que su entrada supone el ingreso de un periodista más, el autor de 'La Reina del Sur' dijo: "Ahora soy menos periodista que antes, pero siempre tengo un pie en cada sitio, y es verdad que en mis novelas está la lengua viva de la calle". Pérez-Reverte se dedica en exclusiva a la literatura, tras vivir 21 años (1973-1994) como reportero de prensa, radio y televisión cubriendo conflictos internacionales. Trabajó 12 años como reportero en el diario 'Pueblo' y nueve en los servicios informativos de Televisión Española.

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"Una elección brillante"
María José Díaz de Tuesta - El País - Madrid - 24/01/2003

Ha sido una entrada espectacular la de Arturo Pérez-Reverte. Si ya en principio no es muy habitual que el candidato logre ser académico en la primera votación -necesitaba 24 votos, dos tercios de los 36 académicos con derecho a voto-, lo verdaderamente inusual es que la totalidad de los académicos presentes voten unánimemente a favor del candidato. Y eso es lo que ocurrió ayer. Acudieron 24 académicos -entre otros, Víctor García de la Concha, Francisco Ayala, Francisco Rico, Mingote, Carmen Iglesias, Fernando Fernán-Gómez, Juan Luis Cebrián, Eduardo García de Enterría, Antonio Muñoz Molina, Gregorio Salvador, Luis María Anson, Guillermo Rojo, Emilio Lledó-, y todos le dieron el sí al único candidato para ocupar el sillón T. Aún le sobraron dos votos favorables de los seis que llegaron por correo. En total, obtuvo 26. "De las votaciones más fáciles que he visto aquí", destacó Muñoz Molina.

"Ha sido una elección brillante", dijo entusiasmado el director de la RAE, Víctor García de la Concha. "Pone muy de relieve que alguien que empezó siendo un periodista de combate se convirtió en unos de los narradores de más éxito de público y de crítica. Con él entra la maestría del contar". Con su ingreso, añadió el director de la RAE, se logra un equilibrio entre los tres sectores de la Academia: el de los creadores, el de los lingüistas y filólogos y el de las ciencias sociales. "¿Cómo no voy a estar contento?", salió diciendo de la sala de votaciones Gregorio Salvador, que fue quien leyó el discurso de elogio del académico electo. "Hace tiempo que pensaba que era un escritor propio de la Academia, porque es el autor español más internacional. La Academia además siempre ha estado atenta a los escritores que rompen con la estricta norma académica". ¿Y qué es eso que se oye fuera?, preguntaban algunos académicos entre risas. Pasaba que unos 10 espontáneos, que se decían del mundo cultural, se instalaron con chufletas y cacerolas en la puerta para protestar y con pancartas a favor de Norma Duval y Chiquito de la Calzada.

Por lo demás, dentro se ocupaban de elogiar a Reverte. "Las novelas son buenas o malas, te cuentan buenas historias o no, y Pérez-Reverte es un buen contador de historias. Es uno de los buenos escritores de Historia que sin pretender contarla la recrea", dijo Carmen Iglesias. "Es una especie de Blasco Ibáñez de nuestro tiempo, un creador del idioma", a juicio de Juan Luis Cebrián, que espera además que el nuevo académico sea aplicado: "Claro que espero que acuda a las sesiones con regularidad".

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Un clásico
José Belmonte Serrano - El País - 24/01/2003

Cuando decidí organizar un congreso internacional dedicado, monográficamente, a la obra literaria y periodística de Arturo Pérez-Reverte, hubo gente que me dijo que estaba loco. Loco de atar. A quién se le ocurre. En este país, alentados, incluso, por las más altas instituciones, estamos demasiado acostumbrados a no hacer ni puñetero caso a los que aún siguen vivos, a los escritores y artistas que están en activo. Y más locos aún si, además, se trata de un creador que vende muchos libros, aquí y en el resto del mundo; un tío famoso al que la gente, incluso la más humilde, la que lee sus artículos periodísticos, suele parar por la calle -yo lo he visto- para decirle: "Dales caña, Reverte, dales caña".

Pero salió bien. Estuvieron los que tenían que estar (incluido Juan Marsé, al que casi nadie suele sacar del exilio voluntario en su propia casa), y se dijo, unánimemente, que, pese a quien pese, incluso yendo en contra de nuestra particular idiosincrasia y nuestra historia cainita y fratricida, Pérez-Reverte ya es un clásico, un autor al que nunca podremos pagar del todo lo que ha hecho por la literatura, creando un nuevo tipo de lector interesado por la aventura, a la vieja usanza, a lo Conrad, a lo Melville; por una historia con principio, medio y fin, como en los tiempos de Galdós y de don Pío; y en cuanto a la forma, sujeto, verbo y predicado, y las comas en su sitio. No hay más secretos para la coctelera revertiana, aunque luego resulte imposible copiar la fórmula, como han intentado hacer tantos otros.

A Arturo Pérez-Reverte le mueve, fundamentalmente, su fe en la vida (su concepto de la vida daría para un capítulo aparte, pero bastaría escuchar con detenimiento las palabras de Lucas Corso en 'El club Dumas', o de Jaime Astarloa en 'El maestro de esgrima' (para darse por enterado) y también en la literatura. Cualquier otro, después de haber escrito y publicado, en 1986, una de sus mejores novelas, 'El húsar', sin que nadie le hiciera caso (una única reseña fue escrita por entonces, a pesar de tratarse de un reportero de guerra bien conocido), hubiera desistido y arrojado por la borda todas sus esperanzas.

Su suerte, su gran suerte, y la suerte de todos los que le seguimos, es que, como él mismo ha reconocido, se trata de un lector que, circunstancialmente, escribe novelas. De ahí que no le preocupara el primer fracaso, el silencio de la crítica, la ausencia de lectores por aquellos años aún no lejanos. No le afectó demasiado el golpe, y continuó escribiendo lo que a él le apetecía, sin tener que rendir cuentas a nadie, sólo a su propia historia, a su propia conciencia, a su mirada de lobo solitario, de héroe cansado. Y fueron surgiendo 'El maestro de esgrima', 'La tabla de Flandes' y 'El club Dumas'. El éxito no le ha cambiado en absoluto. Y eso le honra. Sólo que ahora, gajes del oficio y de la fama, apenas lo dejan -lo dejamos- en paz, cuando lo que a él realmente le gusta es leer, escribir y navegar, charlar con los amigos y tomarse un cortado con sus paisanos.

A Reverte le daba vergüenza que se organizara un congreso a él dedicado. ¿Qué he hecho yo para merecer esto? Asistía, como espectador, sin advertirlo nadie, camuflado entre la gente, mezclado entre los estudiantes. Da la sensación -me decía- de que la cosa no va conmigo, que es de otro escritor del que habláis. Incluso no reconozco del todo lo que yo mismo he escrito. Y lo decía con la misma emoción que un joven que acabara de publicar su primera novela, cuando él ya llevaba a sus espaldas, en apenas quince años, casi una veintena de obras, y sus libros eran leídos y estudiados en los países más remotos, en las universidades más prestigiosas de todo el mundo. De ahí que no sea un advenedizo, un impostor cualquiera al que, de momento, como ha sucedido con tantos otros, le sonríe la fama. Reverte se lo ha currado él solito y nada le debe a nadie. Escribe bien, casi como los ángeles, se deja la piel en cada libro y luego vende montones de ellos. Y, a pesar de todo, aún cree, en los tiempos que corren, en el honor, en la honradez y la amistad, sin dejar de ser generoso, incluso, con sus enemigos. Más no se puede pedir.

José Belmonte Serrano fue presidente del Congreso Internacional ‘La obra narrativa y periodística de Arturo Pérez-Reverte’, que se celebró en noviembre de 2002 en la Universidad de Murcia.

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El sonido de un lector
Juan Cruz - El País - 24/01/2003

Este otoño, cuando Arturo Pérez-Reverte cumplió 51 años, su editora Amaya Elezcano llevó a su casa un regalo muy especial: la música que hay detrás de su último libro, 'La Reina del Sur'. Para hacer 'La Reina del Sur', el escritor de Cartagena no sólo viajó a Sinaloa, sino que hizo una larga excursión por la lengua de un continente que es el español y que en uno de sus trayectos tiene como filón principal lo que da de sí el genio del Siglo de Oro. Cuando Pérez-Reverte concibió su serie más emblemática, la del capitán Alatriste, tuvo en cuenta una obsesión que viene de su padre, de una biblioteca que siempre estuvo en su memoria. Anoche, en medio de las celebraciones que ella le dispuso, la editora de Arturo le ayudó al nuevo académico a entrar otra vez en esa biblioteca, de la cual proviene la música que a él le ha hecho: cinco mil libros en los que se sumergió su abuelo y en los que luego su padre estuvo buceando hasta que él mismo se hizo allí lector.

Entre esos libros que Pérez-Reverte transitó estaban los de Quevedo y los de Cervantes, y también los de Dumas. Accidentalmente, dice, es un escritor de ficciones, porque quiere prolongar con lo que supo lo que los demás le permitieron imaginar. Es un lector, simplemente; la música de la escritura es la que le hizo un narrador. El capitán Alatriste nació de esas lecturas; de la convicción de que nadie sabe nada si no lee antes, y de que es imposible ingresar en la historia de la lectura si uno no ha leído lo que otros han hecho en el remoto pasado en el que los libros no eran de papel, sino de sueños.

Es un lector clásico. En esa jornada en la que la música de 'La Reina del Sur' le despertó en su cumpleaños, los que tuvieron ocasión de ver su casa pudieron observar los libros que en ella han encontrado sitio; y ahí están, en efecto, a veces en ediciones principales, Cervantes, Quevedo y hasta Pérez Galdós, observando una vocación literaria que alcanzó en el periodismo su ámbito de leyenda. Arturo Pérez-Reverte se hizo a sí mismo un escritor transitando entre esos libros y tratando de decir adiós a la ficción que era la realidad. Fue un periodista, y aún lo sigue siendo, pues en 'La Reina del Sur' se halla ese estímulo; pero un día dijo adiós a todo aquello y se sumergió en la aventura. En ella vive. Pero nunca antes de esa novela, 'La Reina del Sur', hubo en su obra tanta música. Acaso porque en esa novela es donde él se propone hacer leer al que no sabe, obligar a la aventura al que dijo que no quiere vivir más, que mejor se halla en la cárcel. No es una metáfora tan sólo, es una apuesta, un libro que define su pasión por narrar, pero no por ser narrador: porque le cuenten. Él ha vivido gracias a que le han contado. La música viene en ese viaje que él mismo propone. En 'Alatriste' el escritor trató de detener el tiempo, de decirnos que el Siglo de Oro sigue hablando. Para escribir su última novela ha tenido que escuchar el sonido de aquella biblioteca. Con él llega a la Academia el sonido de un lector.

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Una justicia poética
José Perona - El País - 24/01/2003

Junto a su primera novela, 'El húsar' (1986), Arturo Pérez-Reverte ha recorrido los ambientes napoleónicos en 'La sombra del águila' (1993), y la memoria emocionada del Emperador late en el nombre del protagonista de 'El club Dumas' (1992), Lucas Corso (de Córcega, la tierra de nacimiento de Napoleón). En las dos primeras novelas citadas existe ya, y se hace explícito en la tercera, la larga sombra de Dumas: entrar a saco en la historia para novelarla. Los ambientes madrileños, galdosianos y valleinclanescos se oyen, se ven y se leen en el fondo de 'El maestro de esgrima' (1988), donde se configura ya una biblioteca originaria y una forma de ser de los protagonistas de todas sus novelas: ser un clásico, tener una cierta estética, no ser de los que huyen, poco sentido práctico, batirse como es debido, mirarse francamente a la cara todas las mañanas. Así se dibujan los personajes como Jaime Astarloa en 'El maestro de esgrima'; Lucas Corso, en 'El club Dumas' (1992); el jugador de ajedrez, Muñoz, que no tiene nombre y detesta ganar, en 'La tabla de Flandes' (1990); el sacerdote cazador de cabelleras que es embrujado en la Sevilla de 'La piel del tambor' (1995); el marino sin barco en 'La carta esférica' (2000), y, por fin, Teresa Mendoza, la sinaloense de 'La Reina del Sur' (2002), que enlaza, salvando las distancias de época, con el ambiente mexicano del 'Tirano Banderas', de Valle-Inclán. Una obra novelística que, si exceptuamos la crónica de la guerra de la ex Yugoslavia, 'Territorio comanche' (1994), se centra en la historia de España de los siglos XIX y XX, y se enmarca alrededor de dos ciudades: Madrid y Sevilla, sin olvidar las salidas esporádicas a Toledo, París y Sintra, que dibujan así las geografías de los saberes cabalísticos, templarios y demoniacos.

Y, cómo no, Flandes, ese territorio histórico de nuestro señor don Felipe II y, sobre todo, Felipe IV, cuyo reinado se describe minuciosamente en la serie 'Las aventuras del capitán Alatriste'. Las dos primeras entregas, 'El Capitán Alatriste' (1996) y 'Limpieza de sangre' (1997), se desarrollan en el Madrid de los Austrias; la tercera, 'El sol de Breda' (1998), en los Países Bajos, y la última, 'El oro del Rey' (2000), de nuevo en Sevilla.

Sin olvidar las colecciones de artículos, 'Patente de corso' (1998) y 'Con ánimo de ofender' (2001), y resaltando el conjunto de sus importantísimas narraciones menores agrupadas en 'Obra breve' (1995), parece una justicia poética que el novelista que ha conseguido que centenares de miles de alumnos y lectores de España y América se apasionen por la España de Felipe IV acabe ocupando un sillón en la Real Academia Española, cuyo edificio está sito en la calle del Rey Nuestro Señor del mismo nombre.

José Perona es catedrático de Lengua Española en la Universidad de Murcia.

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Arturo Pérez-Reverte es desde ayer académico electo de la Española.
T. L.-S. - ABC - 24/01/2003

Gratísimamente sorprendido. Así se encontraba ayer Arturo Pérez-Reverte cuando el reloj rondaba las 20.00 horas. Acababa de recibir la noticia de que había sido elegido en primera vuelta -puede haber hasta tres votaciones- para ocupar el sillón T mayúscula, que ocupó hasta su muerte Manuel Alvar. Obtuvo veintiséis votos de treinta. Arturo Pérez-Reverte se convierte en el segundo académico más joven. El de menos edad es Antonio Muñoz Molina, nacido en Úbeda en enero de 1956. Cuando el autor de 'El jinete polaco' fue elegido contaba sólo 39 años y 40 cuando leyó su discurso de ingreso. El autor de 'La reina del Sur' nació en Cartagena en 1951. Como es habitual le había presentado a la elección una terna de académicos compuesta, en este caso, por Gregorio Salvador, Eduardo García de Enterría y Antonio Muñoz Molina.

La Academia bullía ayer. Era mucha la expectación por conocer la decisión de los miembros de la Española sobre la incorporación de Reverte a la Docta Casa. Y no sólo en España. Baste decir que en 'ABC' se recibieron llamadas incluso de Finlandia preguntando la hora de la votación. Pérez-Reverte convocó a los periodistas, una vez conocida la noticia, a una rueda de prensa en el café Gijón, lugar en el que suele conceder sus entrevistas. El periodista que ganó fama y prestigio como reportero en mil y una guerras hablaba ayer como académico. Es premio Grupo Correo a los Valores Humanos.

Confiesa el autor de 'El capitán Alatriste' que otros confiaban más que él en la candidatura y que su discurso de ingreso versará, probablemente sobre el lenguaje de los delincuentes del Siglo de Oro. Su papel como académico lo cumplirá a rajatabla, ya que «la Academia es la referencia de 400 millones de hispanohablantes. Tomárselo a la ligera sería una arrogancia y una estupidez. Si me han nombrado académico ahora debo corresponder, y lo haré con muchísimo gusto. Lo que pasa es que iré, pero durante mucho tiempo estaré callado. Si luego tengo algo que decir, lo diré. De momento, eso será lo que haga». Declaró que estaba muy agradecido a los académicos mayores, gente a quien respeta de toda la vida. «Los ves como algo muy distante, serio y formal, gente que no has tratado nunca. Gente educada que sabe quién es Galdós, que han leído a Quevedo, que saben quién es Ginés de Pasamonte, el duque de Estrada [sic], y descubres que leen tus libros y te apoyan. Eso hace que te sientas muy bien».

Dada su inmensa popularidad como escritor, todo lo que toca duplica el interés. Pero a Reverte le ha costado ser profeta en su tierra. Y es que el hecho de vender a más y mejor -baste decir que de 'La tabla de Flandes' se hicieron 46 ediciones y de 'El club Dumas', treinta y pico, amén de estar traducido a treinta idiomas- no sirvió para que en España creciera su valía como creador. Mientras que en Nueva York se le consideraba un buen escritor y en Francia, el presidente de la República le nombraba Caballero de la Orden de las Letras y las Artes o conseguía el premio Jean Monet de Literatura europea 1997 por 'La piel del tambor', título que «Time» considera un año después como una de las obras más destacadas en Estados Unidos, la gran mayoría de la crítica española -que ya parece considerarlo de otra manera- no veía en él más que a un «best seller» que sabía atraer a las masas. En julio de 2002, Pérez-Reverte le confiaba a ABC: «Sé que hay dos premios que en España no tendré jamas, el de la Crítica y el Nacional de Literatura». A la Academia nadie se atrevía a mencionarla. Sin embargo, ha sido la Docta Casa la que primero ha reconocido los méritos literarios del autor de 'La carta esférica'.

Ayer, Gregorio Salvador, vicedirector de la RAE, decía que «no es sólo un escritor de «best seller», sino un autor con las ideas muy claras acerca de la narrativa y de lo que el público espera». Añadió que «es el escritor español que tiene más fama en el extranjero. Dentro de las fronteras del mundo hispano es probablemente de los escritores más leídos». Considera que aunque en la actualidad es menos periodista que en el pasado, sí puede afirmarse que hay un periodista más en la Academia. Declara tener un pie en la literatura y otro en el periodismo, y eso proporciona una visión viva del lenguaje de la calle, algo que se nota en las novelas. Es rotundo: «Hasta 'La Reina del Sur' no fui consciente de la enorme dimensión del español en América. Es un idioma en transformación continua».

Un reducido grupo de personas que dijeron pertenecer al mundo editorial protagonizó, ante la Academia y el Café Gijón, una protesta que fue calificada de «acto poético». Rechazaban que Pérez-Reverte hubiese sido elegido miembro de la RAE. Pero el escritor tiene muy clara su elección: «No es un espaldarazo a mi literatura, sino a la literatura en general, a los lectores. Lo que compruebo es que la Española no se resigna a ser algo cerrado, exquisito, aislado del mundo, sino que quiere estar en contacto con la vida real, con la calle. La Academia se preocupa por lo que pasa con el español, y yo estoy en ese mundo».

Foto: http://www.abc.es/hemeroteca/historico-24-01-2003/abc/Cultura/arturo-perez-reverte-fue-elegido-miembro-de-la-real-academia-espa%C3%B1ola-por-aplastante-mayoria_157688.html

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Pongamos que hablo de Reverte
Julia Navarro - diariodeleon.es - 25/01/2003

Algunos días también hay buenas noticias, y por eso merece la pena pasar por alto las estupideces de algunos políticos, pongo por caso a Donald Rumsfeld, secretario de Defensa de Estados Unidos, que ha intentando proferir un insulto al referirse a Francia y Alemania como representantes de la «vieja Europa». No sé si Rumsfeld es uno de esos norteamericanos que creen que España está más o menos cerca de Argentina, y a los que también cuesta situar a Francia en el mapa. Lo que sí sé es que representa a una Administración en la que desde el presidente hacia abajo no defiende los intereses generales sino los de las grandes compañías petrolíferas en las que estaban trabajando antes de ocupar sus actuales cargos. No se me ocurre mayor perversión política que esa.

Pero me estoy desviando de la cuestión. Porque hoy no quiero analizar la situación política, ni contar qué pasa en el Partido Socialista o en el Partido Popular, o qué se cuece en el Parlamento, y no quiero hacerlo por lo que comentaba al principio: algunos días también hay buenas noticias. A mí, al igual que al resto de sus millones de lectores, me parece una gran noticia que Arturo Pérez-Reverte entre en la Real Academia Española. Hace muchos, muchos años que conozco Arturo. Éramos amigos en los tiempos en que los que él volcaba su pasión vital yendo a cualquier lugar del mundo donde hubiera un conflicto para luego contarlo a los lectores. Entonces era un tipo de una pieza. Me explico: Arturo era una persona que sabía hacer honor a la amistad, era el amigo con el que siempre se podía contar, de los que tienen una sola palabra, y eso sí, no se muerden la lengua. En aquellos tiempos en que ejercía fundamentalmente de corresponsal de guerra jamás se le ocurrió darse mayor importancia, ni mucho menos ponerse medallas porque corría auténtico riesgo con tal de hacer un buen reportaje. Era generoso, además de audaz e intuitivo, y como es un tipo tierno y pelín tímido, aunque ponga todo su empeño en disimularlo, e incluso consiga hacerlo, pues ya entonces cultivaba la media sonrisa administrando el silencio. Hace tiempo que no le veo, pero sé por lo que me cuentan que continúa siendo más o menos igual: sincero, valiente, con su código de andar por la vida intacto y, sobre todo, sin permitir que el éxito alcanzado le haya embotado el cerebro. Que Arturo Pérez-Reverte haya entrado en la Real Academia de la Lengua es de justicia porque son millones los lectores que le avalan, porque este hombre, lo puedo asegurar, no le debe nada a nadie, porque se ha hecho a sí mismo. Arturo pertenece a una raza especial de escritores y de periodistas de esos que no se conforman con contemplar la realidad, sino que la tocan y la sienten, estén donde estén, con quién quiera que estén, en cualquier circunstancia. Seguramente Donald Rumsfeld no haya leído nunca un libro de Pérez-Reverte, porque un tipo que se refiere a la Vieja Europa con desprecio es sencillamente un idiota. Así que no me imagino a Rumsfeld leyendo las aventuras del capitán Alatriste, ni emocionándose con ‘El húsar’, ni empaparse de vida sumergiéndose en la lectura de ‘La Reina del Sur’, su última gran novela.

Verán, no es que quiera aprovechar el éxito de Arturo para arremeter contra Rumsfeld, es que a veces la actualidad coloca en paralelo a dos personajes y entonces uno ve con claridad dónde anida la grandeza y dónde la estulticia y la mediocridad. Para terminar, les contaré que en estos años en que no he visto a Arturo, sin embargo me he encontrado con él a través de sus personajes, de los protagonistas de sus libros, de esos tipos valientes, aparentemente descreídos, llevados por el vaivén de la vida, abiertos a lo que pudiera pasar, sinceros, haciendo siempre honor a la amistad y a la palabra dada. Y es que Arturo es también un personaje de libro, por eso un tipo como él se ha hecho con el santo y seña y ha entrado por la puerta grande en la Academia. ¡Felicidades!

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“La Academia me ha reservado una trinchera en la defensa del castellano”
Entrevista con Miguel Ángel Trenas - La Vanguardia - Madrid - 25/01/2003

El lenguaje de los delincuentes en el siglo de oro será el tema del discurso de ingreso del novelista Arturo Pérez-Reverte, elegido el jueves para ocupar el sillón T de la Real Academia Española (RAE). Será un importante hito en una meteórica carrera literaria, apenas doce años, en los que, en solitario, el otrora reportero de guerra se ha convertido en uno de los autores españoles más leídos en todo el mundo.

–¿Un éxito más en su carrera?
–Un honor. Es un regalo inesperado, y lo que me hace más ilusión es que me lo ha hecho gente que no conocía, académicos de los que tienes una referencia lejana, que te llaman y te dicen: "Te leemos, nos interesas". Conmigo, en la Academia, se sentarán mis lectores.

– ¿Qué destaca hoy de la Academia?
–Su papel en la batalla con el castellano en América. Se da la paradoja de que un campesino mexicano o colombiano habla con más propiedad, con más limpieza y con un lenguaje mejor que un universitario español. El castellano está muy vivo y la Academia hace esfuerzos cada vez mayores por abrir la puerta y por seguir esa evolución. El que en esa batalla me reserven una trincherita pequeñita para que yo haga algo es un honor grande.

–¿Qué piensa del lenguaje?
–Es, sobre todo, una herramienta al servicio de lo que se quiere contar. Debe ser el mejor posible, pero sin olvidar que está al servicio de algo. No es el objeto en sí, no se trabaja para que esté muy bonito guardado en una vitrina, es una herramienta que debe evolucionar. En mis novelas ha sido siempre una herramienta para contar historias.

–La suya es una historia de éxitos. ¿Siente vértigo al mirar atrás?
–No siento vértigo. Mi suerte es que he hecho un camino en solitario. Cuando me decían que este tipo de novelas no interesaba me importaba un bledo, porque era lo que quería hacer y no necesitaba palmadas en la espalda. Hoy no observo grandes cambios y sigo bajando cada día a la bodega a escribir, que es lo que me gusta. La decisión de los académicos confirma dos cosas: la primera, que la Academia respeta a mis lectores, y la segunda, que la Academia cree que América es importante.

–¿Su nueva condición va a modificar su escritura?
–Va a seguir siendo la misma. Me han aceptado como soy, no me aceptan para cambiarme. Ayer me decía un lector: “No te dejes domesticar”; y yo le dije que si me han elegido es por ser como soy.

–¿Qué hay que hacer para tener lectores?
–La falta de lectores en España es una gran mentira. Si al lector le das lo que quiere, te corresponde de forma afectuosísima. Se ha dicho que la novela tiene que ser profunda y aburrida o superficial y divertida, y eso es una falacia. Tiene que ser profunda, intensa, y al mismo tiempo divertida y amena. Y hacer compatible eso es difícil.

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«La putada de todo esto es que ahora me obliga a ser más humilde»
Antonio Astorga - ABC - 25/01/2003

Un camarero le dice a Pérez-Reverte: «Don Arturo, en otro tiempo un sillón en el Café Gijón era más importante que uno en la Academia. Ahora tiene usted los dos». Y el novelista los paladea.

-¿Con usted ingresa el «espectáculo» en la Academia?
-¿Espectáculo? ¿Por qué? Mi literatura no es espectáculo; es literatura.

-Como agitador cultural...
-No voy como agitador. Van mis novelas y mis lectores. Yo soy lo que son mis lectores y a la Academia llevo ese capital. Si cada libro lo leen 400.000 personas, son ellas las que se sientan en la RAE. La putada de todo esto es que ahora me obliga a ser más humilde.

-Usted es uno de los escritores que más vende. ¿Con Pérez-Reverte entra la literatura popular en la RAE?
-¡Es que la literatura si no es popular no existe! La literatura elitista solamente existe en tesis doctorales y estudios exquisitos. La literatura es una inmensa biblioteca donde caben desde Agatha Christie a Dostoyevski, desde Proust a Balzac o Dumas y todo eso forma un tejido inmenso y riquísimo en el cual estamos cada uno haciendo nuestro papel. En ese sentido, es y debe ser popular. Solamente los cretinos y los arrogantes piensan que debe ser un producto exquisito para paladares exquisitos. Y esa es la gente que le ha hecho muchísimo daño a la Literatura. Es contra lo que yo he peleado toda mi vida. Y es la batalla que pienso seguir librando.

-¿Tendrá ahora más «patente de corso» para «acuchillar» literariamente hablando, claro?
-Mis artículos están ahí. Son durísimos y van a seguir siéndolo. ¿Por qué voy a cambiar? Es mi forma de escribir.

-Usted ha creado mucho «lenguaje popular». ¿No cree que podría incluirse en el Diccionario?
-De momento, lo que voy es a sentarme, a oír y a callar. Y si tengo algo que decir lo diré después. Allí hay muchas cosas que escuchar y que aprender.

-¿Cuando se le tilda de «best-sellerista» se le está acuchillando?
-Pero eso no es malo. Hay «best-sellers» que son absolutamente dignos. Follett y 'Los pilares de la tierra'; Umberto Eco es un «best-seller» y ya ve los libros que escribe. No voy a defender yo el género. El problema es mitificar el lenguaje. Hacer del lenguaje el becerro de oro es un grave error. El lenguaje no es más que una herramienta para comunicarse, para amar, para conversar, para escribir, para leer.

-Como diría Marsé, usted detesta la «prosa sonajero»...
-Por supuesto. Por cierto, cuando me propusieron para la Academia lo primero que dije es: «¿Y Marsé?». Me respondieron que a Marsé se lo propusieron, pero que no quiso estar. En ese caso, dije, puedo aceptarlo dignamente.

-Tampoco está en la Academia Umbral (con quien usted ha tenido trifulcas sonadas), que ha dicho que está bien que entre usted en la RAE, pero que sus libros no le interesan.
-Creo que Umbral también debería estar en la Academia. Umbral y yo no tenemos nada que ver. Su literatura y la mía son muy distintas. Umbral es más de prosa; yo soy más de historias, aunque mi prosa la intento cuidar tanto como él cuida la suya.

-Fue una trifulca sobre si usted insultó o no a Borges allá en la pampa.
-Fue una trifulca durísima en la cual acuchillé sin piedad a Umbral porque él se metió conmigo, evidentemente. Pero ya se resolvió: nos dimos la mano, nos llevamos muy bien y no hay ningún problema. A Umbral se lo contaron mal. Yo dije que Borges (muy presente en mis libros) era un escritor inmenso, pero como persona era absolutamente intratable y esnob. Y lo dije, pero distinguiendo entre persona y obra. Y aquí lo mezclaron.

-En Estados Unidos se le considera a usted un «buen» escritor. En Francia, el presidente de la República le nombra Caballero...
-...Etcétera, etcétera, etcétera.

-¿Aquí no se entiende su obra?
-Sí se entiende. Si me leen y me acaban de nombrar académico, se supone que se me entiende. Lo que pasa es que hace una década, cuando empecé, no estaba de moda contar historias. Entonces el modelo era Faulkner, la literatura que no cuenta cosas. Y se decía que la literatura tenía que ser profunda, incomprensible, exquisita y de pocos lectores. Y que si la leía mucha gente eso no era literatura. Yo dije que no, que la literatura tenía que ser al mismo tiempo profunda y entretenida, con trampas al lector. Intenté siempre combinar esas cosas y al principio no lo entendían; me ignoraban y después me sacudían. Ahora la gente me acoge muy bien y críticos que me denostaban se han templado bastante. Ya no tengo cuentas especiales que saldar.

-¿Sigue pensando que el analfabetismo de los críticos ha hecho mucho daño? ¿A usted también?
-A mí no, en general, porque apartó muchos lectores. Mire, José Luis Sampedro escribió 'La vieja sirena' y me dijo un día: «¿Sabes qué ha ocurrido? Yo he pasado la vida leyendo a Jenofonte, a Tucídides, a Tito Livio, y un crítico dice que en mi novela se ve la influencia de 'Sinuhé el egipcio'. Claro, ese crítico sólo ha leído 'Sinuhé el egipcio', y me está juzgando el libro según su limitado conocimiento de la literatura». No puedes juzgar 'El nombre de la rosa' si no eres un tipo que ha leído mucho; no puedes juzgar 'El Club Dumas' si no eres un tipo que conoce bien esa literatura. Y a eso me refería. A veces ha habido críticos con poca preparación cultural o cuya memoria cultural empezaba en Kundera o en los libros de ayer. Y eso hizo mucho daño. Pero afortunadamente también pasó.

-Usted logró ayer algo inaudito: que la gente se plantara ayer ante la RAE con pancartas del estilo: «Algo huele a podrido en la Academia».
-Hombre, la gente no. Fueron exactamente once, que yo creo que eran familiares, además, porque iban todos juntos. Eso fue una anécdota absolutamente irrelevante. Por lo menos me hicieron comprender que hay once personas que no me leen, con lo cual eso es una cura de humildad. Tiene gracia esto porque me dijo Víctor García de la Concha que hasta acudió la Policía, por si acaso. Y que el oficial le dijo: «Mire usted, don Víctor, yo soy lector de Alatriste, ¿les echo a la tropa?» A lo que Víctor respondió: «¡No, no, no, por Dios! Déjelo, déjelo...».

-Ya sólo le faltan los premios de la Crítica y Nacional de Literatura.
-No, no me faltan. Mi premio es ir en el metro, en un avión, viajar a México o llegar a Nueva York y comprobar que la gente está leyendo mis libros. Lo otro va por añadidura.

-¿Por qué el público español ningunea a los clásicos?
-Es que los hemos aburrido. Por ejemplo, en Francia la gente sí va a ver cine francés. ¿Por qué?... Porque hacen cine interesante, cuentan historias, recuperan clásicos mezclados con los modernos y ese es el futuro.

-Allí dedican tres días de homenaje a Dumas mientras aquí se deshuesan cadáveres exquisitos una vez muertos y bien muertos.
-Naturalmente. Allí no reniegan del pasado, y lo adaptan al presente. En España hace diez o quince años nadie leía. Y gracias a Marsé, a Muñoz Molina, a Sampedro, a Gala, a Terenci... a gente que está hoy denostada y otros no, se ha conservado el hilo conductor y las historias. Y ahora hay una eclosión de gente que cuenta historias, desde Cercas a Zafón. Mire, un escritor que escribe 500 páginas sobre lo amarga que es su vida en el café, sobre el polvo que echó o no echó, no puede pretender que eso lo quieran leer 400.000 personas.

-Usted ha sido reportero de guerra desde principios de los setenta hasta mediados de los noventa. ¿Por qué lo dejó?
-Porque estaba cansado. Porque llené la mochila y ya tenía cosas que contar. Tenía una visión del mundo que no podía resolverla en minuto y medio de telediario o en un folio. Necesitaba reflexión, tranquilidad y muchas páginas para contar esas historias. Yo escribo novelas con el punto de vista que me dejó la vida. He navegado mucho, he estado casi tres décadas en países en guerra, he estado solo y mis novelas no las escribo con lo que me han contado, sino con lo que he vivido. Yo no soy Alatriste, pero mis personajes ven el mundo como yo lo veo.

-¿'Territorio comanche' era una «vendetta» contra alguien?
-Contra mí. Yo era un mercenario honesto, pero un mercenario. Yo era un hijo de puta que trabajaba en la guerra durante más de veinte años. Y ese libro era un ajuste de cuentas con mi propia memoria y con mi vida. Pero tampoco hablaba mal de la gente. Los que estaban en ese mundo lo entendieron muy bien; los que no estaban en ese mundo fueron los que no lo entendieron. Alfonso Rojo, Leguineche... Las viejas putas del oficio lo entendieron todo perfectamente y nadie se molestó.

-Usted disfruta con la jácara, los rufianes de la época, con el quinto Alatriste, ¿No le domesticarán ahora, como le advirtió otro lector?
-Ya soy muy viejo para que me domestiquen. Tengo una ventaja importante. No debo nada a nadie más que a mis amigos. Cuando estaba solo estaba solo y eso me ha hecho muy libre. Desde esa libertad puedo elogiar libremente a quien quiero elogiar y puedo callar frente a quien quiero callar. Y en la Academia no me van a cambiar por eso, ni pretenden cambiarme. Soy uno de los pocos hombres libres que conozco.

-¿Quién le cuida de sus enemigos?
-De esos me ocupo en mis novelas. Yo he vivido mucho en territorio comanche -incluso literariamente- y siempre desconfié de las palmadas y de los abrazos, porque cuando te abrazan te buscan para clavarte el puñal.

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El académico Pérez-Reverte
Juan Manuel de Prada - ABC - 25/01/2003

Arturo Pérez-Reverte me ha profesado siempre un insensato cariño. Recuerdo que la primera vez que nos vimos, me expuso, sin ánimo sermoneador, las vicisitudes de toda carrera literaria; desde entonces, aquellas palabras me han servido de brújula en este mar carnívoro que es la escritura: «Hay tres etapas en la vida de un escritor -me dijo-. La primera corresponde a su debut; entonces todo son parabienes y palmaditas en la espalda, a poco que el principiante sepa juntar las letras. Enseguida llega la segunda: las cañas se vuelven lanzas, y las manos de los que antes te aplaudían sostienen súbitamente un puñal; la hospitalidad se transforma en hostilidad, quienes creías amigos son tus más enconados odiadores, todas las noches rezan antes de acostarse para que te descalabres. Muchos escritores flaquean en esta segunda etapa; no son capaces de digerir el encono y los espumarajos; aún son ingenuos y vulnerables. Pero si logras sobrevivir alcanzarás la tercera etapa, cuando por fin te hayas abierto un hueco; seguirás recibiendo varapalos, pero también te habrás ganado la confianza de un puñado de lectores que esperan tus libros; esos lectores, pocos o muchos, serán tu justificación y tu acicate. Tus detractores, para entonces, seguirán lanzando mordiscos, pero con dientes cada vez más mellados. Conque aguanta, chaval, aguanta».

¿Se habrá acordado Pérez-Reverte de sus detractores de dientes mellados en la hora de su apoteosis académica? Imagino que sí: lo habrá hecho con un poco de piedad socarrona, con un poco de benigno sarcasmo, con un poco de enternecida melancolía incluso, porque lo cierto es que los detractores de Pérez-Reverte se han ido convirtiendo en sombras errabundas, a medida que crece el brío de su escritura. Quizá Pérez-Reverte, en aquella somera arenga que me endilgó sobre las vicisitudes de toda carrera literaria, se olvidó de referirse a una cuarta etapa que sólo alcanzan los elegidos, en la que los detractores se quedan desdentados de tanto morder en hueso y acaban comiendo, cabizbajos y mohínos, en la mano del escritor al que en otro tiempo quisieron despedazar. Y el escritor, que podría pisarlos desprevenidamente, como a cucarachas que patalean panza arriba, les dedica una sonrisa conmiserativa y hasta se inclina para ayudarles a dar la vuelta. Así podrán seguir hozando en la mierda que les da sustento.

Arturo Pérez-Reverte siempre ha sido un lobo solitario, un exiliado de todas las camarillas. Esta vocación de pureza y hosquedad se transparenta en cada uno de sus libros, transitados por criaturas de lealtades tan ancestrales como discretas, tan desencantadas como inamovibles. «Me limito a vivir con mi sable y mi caballo -me confesó en cierta ocasión-, como el húsar de mi novela. He visto demasiadas cosas perdurables que, de súbito, caen hechas añicos. A lo único que aspiro es a envejecer sin perder las maneras. A morir de manera digna». Ahora que lo han hecho académico tendrá que resignarse a que su epitafio sea cincelado en mármol; pero estoy seguro de que, mientras fluya la sangre por sus venas, rehuirá las solemnidades y pompas inherentes al cargo. En la amistad, como en la literatura, es abrupto y expeditivo, frugal y vehemente, generoso y entusiasta como un personaje de Dumas; con ese punto de aspereza o desabrimiento que caracteriza a los hombres que encubren por pudor sus sentimientos más acendrados. Excelentísimo Señor Don Arturo Pérez-Reverte, ha sido y sigue siendo un honor leer sus libros, esa patria en la que tantos lectores nos reconocemos; pero un placer aún más honroso es haber disfrutado y seguir disfrutando de su amistad, dura y transparente como el cuarzo.

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Sabina a la Academia
Fernando Iwasaki - ABC de Sevilla - 26/01/2003

Decía Julio Camba en 'Sobre casi nada' (1928) que las Academias suelen ser lugares donde hay muchos obispos y generales, y de vez en cuando algún escritor. Resulta que en este país se asume como algo normal que cada individuo tenga en la mente su propia selección de fútbol o su propio ganador de 'Operación Triunfo', pero cuando uno deja caer sus preferencias sobre la selección de los académicos siempre te tildan de mezquino y envidioso.

Creo que un escritor debe de serlo hasta cuando escribe e-mails, mas si el valor de sus libros consiste en reproducir el habla de la calle, supongo que las mejores aportaciones lingüísticas del acervo barriobajero siempre las haría un propio del barrio de Malasaña o de las Tres Mil Viviendas, según. ¿Cuál ha sido la docta reacción del flamante académico al enterarse de la noticia?: «La putada de todo esto es que ahora me obliga a ser más humilde».
Ni Valle Inclán ni Blasco Ibáñez fueron académicos, aunque los dos por distintas razones: Valle Inclán era un autor de minorías, de primoroso estilo y de miniada prosa, cuyo prestigio e influencia entre los jóvenes despertaba una envidia violácea entre los académicos. Blasco Ibáñez era un escritor exitoso, millonario y mundialmente célebre gracias al interés de Hollywood por sus novelas, cuyo resplandor contrastaba con la penumbra en que vivían los sombríos académicos. La literatura de Pérez-Reverte no tiene nada que ver con Valle Inclán ni mucho menos con la de Blasco Ibáñez.

Cualquiera que haya leído 'La araña negra' (1928) o 'La vuelta al mundo de un novelista' (¡Que en 1924 tuvo una primera edición de doce mil ejemplares en tres tomos!), podrá comprobar que hay una distancia sideral entre los espadachines del valenciano y el cartagenero, o las navegaciones de Blasco y Pérez-Reverte. Los antecedentes literarios de Pérez-Reverte habría que buscarlos más bien en otro Pérez, Rafael Pérez y Pérez, quien entre los años 30 y 40 escribió medio centenar de novelas galantes y de aventuras que se vendieron como roscas. A saber, 'El monasterio de la Buena Muerte' (1932), 'El último cacique' (1933), 'Cien Caballeros de Isabel la Católica' (1934) o 'El conde maldito' (1949), entre otros títulos. Así, el antecedente literario del capitán Alatriste no es 'La Araña Negra' sino 'El señor de Albarracín'.

A mí me llama la atención que la globalización sea perversa para algunas cosas y bienhechora para otras, de acuerdo con el interés empresarial o político del mismo grupo de comunicación. ¿Que las novelas de Pérez-Reverte se reseñen en 'The New York Review of Books' es bueno para la lengua española, o para el grupo de comunicación que posee sus derechos? ¿En qué sentido se enriquece nuestra lengua cuando las novelas de Pérez-Reverte se venden en Barnes & Noble? Si los grupos de comunicación hubieran existido a comienzos de siglo, seguro que 'El caballero audaz' o Felipe Trigo hubieran sido académicos.

No conozco a Pérez-Reverte, y debo decir que quienes le conocen aprecian y ponderan su lealtad, pero uno sólo le juzga a través de sus libros, artículos y declaraciones, y no comprendo en qué podría contribuir el nuevo académico al estudio y conocimiento de nuestra lengua. A no ser que la Academia Española se convierta en otra sucursal del «show business» y que a partir de ahora puedan ser académicos quienes más vendan en los supermercados. ¿Cuándo serán académicos Alberto Vázquez Figueroa, Elvira Lindo, Antonio Gala y Joaquín Sabina?

Leo que Pérez Reverte disertará sobre el habla de la cárcel en su discurso de ingreso. Me parece bien, pues si la cárcel no puede ir a la Academia, que vaya la Academia a la cárcel.

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Espectros en la Academia
Alfonso Ussía - ABC - 26/01/2003

Me turbó la imagen de esas once sombras fantasmales, espectros del resentimiento, caceroleros de la envidia, que se reunieron en torno a la Real Academia Española para protestar, en nombre del aire, por la admisión del escritor Arturo Pérez-Reverte, que fue recibido por los académicos por abrumadora mayoría. ¿Qué hacían ahí esas estantiguas dolientes y entrepadas? En las entreluces de la calle de Felipe IV se antojaban a veces, espantos coléricos, almas en pena vocingleras, trasgos tontos del culo. Más dibujo sindical que literato. Parecían acampados de Sintel fuera de tiempo y de sitio. Quizás escritores sin libro, o críticos sin lectores, o simplemente esforzados de la amargura. Pudiera ser que también laringes al cobro, mercenarios a cincuenta euros pagados por un eterno aspirante de los muchos eternos aspirantes que se mueven por los alrededores de la literatura. Todo muy chungo, espeso y cutre.

Los académicos, tan difíciles y bromistas en algunas convocatorias, no se tiraron en esta ocasión los diccionarios a la cabeza. Con pasmosa mayoría admitieron el ingreso y compañía de un joven novelista que va por libre y no trajina en las trastiendas literarias. Que se ha ganado a pulso de talento y trabajo a millones de lectores. Que tiene sus libros en los escaparates de las mejores librerías de Nueva York, Londres, París, Roma, Sydney e, incluso, Madrid. Y que probablemente se pueden leer sus aventuras medievales también en zulú. Arturo Pérez-Reverte es de los pocos escritores que no le tienen miedo a su verdad. Ha armado follones prodigiosos con su sinceridad descarnada. Todos bebemos de Borges, pero tuvo que ser Pérez-Reverte el que nos recordara que Borges, como persona, era un esnob y un tanto gilipollas. Un argentino que presumía de leer el 'El Quijote' en francés, merece el cariñoso adjetivo. Y lo de Borges no fue nada comparado al terremoto que regaló a la retroprogresía tópica cuando se atrevió a decir que Manuel Azaña no pasó de mediocre en la literatura y calamidad en la política. Que Azaña había sido un desastre. Las cosas que tuvo que oír y leer Pérez-Reverte de todos los santones de los lugares comunes sobre su persona.

Pero Arturo Pérez-Reverte no ha sido elegido miembro de la Real Academia Española por decir que Borges se comportaba en ocasiones como necio y que Azaña fue un mamotreto desdeñoso y un político pésimo. Pérez-Reverte es académico por sus méritos, por conseguir que decenas de miles de españoles hayan adquirido, gracias al capitán Alatriste, el hábito de leer. Por recuperar la novela bien escrita, que además enseña, y para más pecado, entretiene, engancha y divierte. Por desmontar la teoría de que la literatura coñazo es la buena, cuando en realidad, sólo es la coñazo. Todo esto le ha servido a Pérez-Reverte para ser libre, parcial, subjetivo y, en algunas ocasiones, distante e intemperante con los pelmazos y con los tontos. Su popularidad es real porque nace de su obra y no de su personalidad. Se ha pasado media vida en el riesgo físico y la crónica espantada. La otra media huyendo de sus peores recuerdos y haciendo buenas palabras. Ha ganado muchísimo dinero y es un triunfador. Y, para colmo, en un país de envidiosos, en una profesión con más envidiosos todavía y en una actividad artística en la que no cabe un envidioso más, se topa con sólo once espectros detractores.

La Real Academia Española se rejuvenece y se justifica con su presencia. Siempre hay voces y plumas disidentes, que establecen comparaciones y se preguntan por qué uno y por qué no los otros. Ese es un problema de los otros. Los once espectros sindicales han desaparecido y la calle de Felipe IV ha amanecido más risueña después de ver cómo los académicos saludaban al capitán Alatriste.


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MensajePublicado: Mie Mar 07, 2012 11:34 am    Asunto: Responder citando

Académicos en bluyín
El Semanal - 09/02/2003

Bienvenidos al clan de los inmortales. Arturo Pérez-Reverte y Antonio Muñoz Molina. 'El Semanal' ya cuenta con dos académicos entre sus firmas. Forman parte del relevo generacional en una institución que defiende con gallardía sus tradiciones desde 1713. Les invitamos a dar un paseo por los secretos de la Academia.

"He venido a escuchar". Pérez-Reverte prepara su discurso sobre el vocabulario de rufianes y busconas en el Siglo de Oro. Después de pronunciarlo guardará silencio. Claro que una cosa es atender a los sabios y otra dar estopa a los necios. Y para lo último la veda sigue abierta. "En español se dice "Finisterre", no "Fisterra", por mucho que se empeñen las televisiones en prescindir de este hermoso topónimo que proviene del latín "finis terrae"".

El sol se asoma a la calle Felipe IV de Madrid. Calienta poco, pero a fe que se agradece. Atrincherado hasta las orejas en un abrigo azul marino, el académico Pérez-Reverte pasea despacio. El gabán, de buen corte y mejor paño, bien pudiera alojar un florete o un Colt Doble Águila con cachas de nácar, pero en sus pliegues sólo oculta un móvil que no deja de sonar, mensajero de plácemes y palmaditas en el tímpano. "Pues sí, a la primera. Y por aplastante mayoría. 26 votos de 30. Quién lo iba a decir".

Tez curtida, barba escueta y corte de pelo a lo guardiamarina, el académico Pérez-Reverte se planta en mitad de la calle y contempla la noble fachada de la Academia. Cualquiera diría que se perfila para un duelo. Pero no. La mirada es larga, pero no retadora. Así sólo se mira a una novia con trenzas. O al hotel Holiday Inn después de todo un santo día tragando metralla en Sarajevo. Sonríe. Se acomoda la bufanda y reanuda su caminata en dirección al paseo del Prado. No puede pisar la Docta Casa hasta el día en que pronuncie su discurso de ingreso. Lo dicta la tradición. Y aquí la tradición manda romana. Que Perez-Reverte no pueda entrar mientras no haga los deberes no es impedimento para que los lectores de 'El Semanal' echen un vistazo. El propio autor de 'La Reina del Sur' dijo nada más conocer la noticia: "Mis lectores entran conmigo en la Academia". Sirva este reportaje para que empiece a cumplir su palabra.

El flamante dueño de la T mayúscula va con la humildad por delante. "Nunca pretendí este honor. Es una sorpresa que no me esperaba. Me voy a tomar muy en serio la tarea, porque esta institución es la referencia para 400 millones de hispanohablantes. No puedes tomártela a la ligera. Y más en un momento en el que se está jugando el futuro del castellano en el mundo. Es grave que un campesino colombiano use mejor el idioma que un universitario español. El momento es tan crucial como el que siguió a las independencias de los países latinoamericanos en el siglo XIX, que no hicieron de su capa un sayo en cuestiones de gramática y ortografía ni adoptaron cada uno sus propias reglas, gracias al prestigio de la Academia. Sin ella, ahora nos entenderíamos con argentinos, ecuatorianos o chilenos en la medida en que nos entendemos con italianos y portugueses: con buena voluntad y mucha mímica".

Por cierto, que un lector, parroquiano como Pérez-Reverte del café Gijón, le encomendó encarecidamente: "Que no le domestiquen, don Arturo". Pero el escritor cartagenero sabe que la Academia no es una casa que se pliegue a los mandatos de los poderosos. Nunca lo ha hecho. Ha capeado algunas épocas inclementes, mal que bien, pero ha salvaguardado su integridad, y por eso han sobrevivido 290 años, que se dice pronto. "Los tienen bien puestos. ¿Sabe lo que hicieron en la etapa más dura de la posguerra?... Les guardaron los sillones a los académicos exiliados". Pérez-Reverte habla con admiración. "Franco quiso aherrojar la Academia colocando a poetastros afectos al régimen. Como no pudo, la asfixió retirándole los ingresos por los libros de texto. Sólo le faltó mandar a la Legión a ocupar sus bibliotecas al grito de "Muera la cultura"". Los académicos se fajaron para defender su independencia y no permitieron que se corrompiera una institución que se remonta a 1713. El edificio se caía a trozos, pero en su interior se siguió redactando fichas, fatigando incunables, fijando, limpiando y dando esplendor entre las goteras. Madariaga regresó del exilio en 1976, y tomó posesión del sillón M mayúscula, que le reservaban desde 1936, con 90 años.

El edificio se ha renovado a fondo. Y más profunda ha sido la renovación tecnológica de los departamentos. Pero es interesante comprobar que las liturgias permanecen, que los académicos siguen colgando sus abrigos en el viejo perchero, que el pleno de los jueves lo prologa la merienda en la Sala de las Pastas, que en las comisiones se consulta el Diccionario de Autoridades y se maneja el ordenador portátil... Se sigue estirando hasta el último céntimo, viviendo de las magras subvenciones públicas, las cuotas de los benefactores privados (desde 60 euros) y las ventas de diccionarios. Se colabora más que nunca con las academias hispanoamericanas. Se estrechan lazos con gallegos, vascos y catalanes. Las viejas fichas de papel de hilo, plagadas de tachaduras, se van sustituyendo por potentes programas informáticos. Una consulta que precisaba meses de roer archivos ahora se resuelve en diez minutos. En fin, conviven la vanguardia y la continuidad.

Las plantas nobles donde los 39 académicos tienen bula de la Inquisición para consultar libros prohibidos (¡aquí está la primera edición de la 'Enciclopedia' francesa!) dan prestigio a las oficinas donde se baten el cobre filólogos de infantería. El personal del banco de datos anda embelesado con un locutor argentino que canta goles "maradonianos". Los lingüistas computacionales le hacen la autopsia a palabras como "fletán", que estaba en boca de todos y ahora se extingue por falta de uso. Una comisión de lexicógrafos le abre la puerta a "punterazo", rescatada del patio colegial a la hora del recreo. Y los encargados de atender el consultorio de dudas se la cierran a "recepcionar", innecesaria porque "recibir" se basta solita. Atento a la actualidad, el personal husmea la raíz caribeña de "chapapote", que procede de la voz nahua "chapopodi". O acompaña en el sentimiento a García Márquez por no lograr que "condoliente" acabe en el Diccionario.

Isabel, la ordenanza de siempre, que se desvive con los académicos más veteranos, se descompone con cada fallecimiento. La institución lleva una racha nefasta: diez vacantes en lo que va de siglo. Las altas se sopesan teniendo en cuenta una doble responsabilidad: apuntalar el relevo generacional y mantener el delicado equilibrio entre escritores u lingüistas, entre creadores y eruditos. Hay científicos, abogados, economistas, poetas, dramaturgos, ensayistas, militares, historiadores, filósofos... Cada rama del saber necesita un experto capaz de tamizar su vocabulario.

Entrar en la Academia es como penetrar en la cámara acorazada de un banco. No hay divisas ni lingotes de oro, pero lass 88.000 entradas del Diccionario y los 300 millones de registros que tendrá pronto la base de datos (hay vestigios digitalizados de que ya se hablaba castellano en el año 800, siglo y medio antes de las glosas de San Millán) son un tesoro. No obstante, sus cuatro bibliotecas están abiertas a los estudiosos, sin las trabas de otros archivos y centros de saber. Antonio Muñoz Molina, el académico más joven, resume bien el ambiente que se respira en este "parlamento" del idioma. "Es un honor que te elijan. Un honor que trae consigo responsabilidades. Eres libre de ejercer o no como académico. Pero uno da su consentimiento para que le propongan como candidato. Y si eres consecuente, aquí vienes a trabajar".

Portada y fotos:
http://www.icorso.com/hemeroteca/RAE/PRENSA/EL%20SEMANAL.pdf

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Tartufos y academias
José F de la Sota - El País - 15/02/2003

Se equivocó la Academia, se equivocaba, igual que la paloma de Rafael Alberti, pacifista, y un sí es no es desnortada y veleidosa. Eso gritaban estos días, al unísono y como un solo hombre, como una sola empresa de comunicación, los titulares de la prensa y las televisiones y las radios. Todo eran alusiones al ninguneo supuesto de Almodóvar en los premios Goya, esa versión autóctona y raquítica de los Oscar de Hollywood. Todo eran más o menos solapadas denuncias; más o menos regocijadas burlas. Todo bastante fácil y bastante cutre. Tocaba lanzar piedras y los españolitos nos hemos aplicado a la lapidación, o cuando menos al apedreamiento de las lunas de la baqueteada Academia del cine.

La industria americana ha puesto en evidencia, se supone, la autarquía y la incuria nacional en materia cinematográfica. Los académicos hollywoodienses, se supone también, han dejado en pelotas a sus homólogos españoles. Lo que hay aquí, parece, es mucha envidia y poco fundamento. Lo de la envidia puede ser verdad, pero me temo que lo del fundamento es algo universal y, desde luego, nada en lo que los cómicos de Hollywood puedan darnos lecciones, y menos en los tiempos de Eddie Murphy. Francamente, no me creo el bagaje y la excelencia crítica de los americanos como dogma de fe. Me parece muy bien que en Norteamérica hayan querido distinguir la última película de Pedro Almodóvar, pero igual me parece y tan legítimo que aquí no se haya hecho.

Con el cine de Pedro Almodóvar me sucede lo mismo que con las greguerías de Gómez de la Serna, que terminan cansándome. Es curioso: el manchego y Ramón, además, se parecen como gotas de agua. Almodóvar con pipa y sin mechas y sobre un elefante es ya casi Ramón. Es gracioso observar cómo personas a las que el cine de Pedro Almodóvar ha parecido siempre una ofensiva muestra de mal gusto alaban ahora, sin rebozo ninguno, su cine oscarizable. Algo muy parecido sucede con los aplausos que estos días recibe por su ingreso en la Real Academia de la Lengua el novelista Arturo Pérez-Reverte. Si alguien fue despreciado y ninguneado por el establecimiento literario español fue él. Ahora los mismos que le despreciaban le aclaman como auténticos tartufos desde sus suplementos de cultura.

Nadie se atreve ya a decir que Reverte y sus espadachines y sus trescientos pares de cojones (nadie da más cojones por página que el bragado Reverte) no es para tanto, venda mil o cien mil o un millón de ejemplares. Nadie se atreve ya, sencillamente, a escribir que Reverte (o Almodóvar, o cualquier cineasta o escritor avalado por el éxito masivo) no le gusta. Por eso fustigar a la Academia por la nominación de Almodóvar al Oscar como director me parece, en el fondo, un ejercicio hipócrita. Las academias están para eso, para equivocarse. La de la Lengua ha cerrado sus puertas a uno de los prosistas españoles, además de notable poeta, más importantes del último medio siglo. Caballero Bonald no entrará en la Academia como Pérez-Reverte o Luis María Anson. Mal asunto el de las academias. Y no digamos nada si son suecas.

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"La Academia es un honor, pero no hubiera vendido mi alma por entrar"
Entrevista con Amelia Castilla - El País - Madrid - 07/06/2003

El próximo jueves, el escritor Arturo Pérez-Reverte (Cartagena, 1951) leerá su discurso de ingreso en la Real Academia Española para ocupar el sillón T. El autor de 'La Reina del Sur' ha elegido como tema de su alocución el habla de germanía en el siglo XVII, que hoy día es el equivalente a lo que se denomina golfaray, es decir, el lenguaje de los delincuentes y de las cárceles. Pero lo plasmará en forma novelada. A partir de la vida cotidiana de un soldado veterano de Flandes que malvive alquilando su espada, desgranará los diferentes nombres y giros lingüísticos de las personas, las cosas y los acontecimientos, algunos de los cuales han llegado hasta la actualidad.

-¿Qué cree que pudo ser más determinante al proponer su ingreso en la Academia, los millones de libros vendidos o las veintiocho lenguas a las que han sido traducidas sus novelas?
-Todo eso ha influido, especialmente los Alatriste y la novela americana. Desde luego, no he entrado por mi trayectoria académica, pero me gustaría destacar, sin que esto signifique establecer grupos entre sus miembros, que en la Academia hay dos categorías: una, el grupo de los sabios, la gente imprescindible, los lingüistas, filólogos o lexicógrafos. Hablo de Lázaro Carreter, Gregorio Salvador, Francisco Rico, ellos son los generales; y luego está la fiel infantería, los prescindibles, entre los que me cuento, que aportamos el contacto con la realidad. Yo llego con mis lectores y mis novelas, pero soy prescindible. Siempre he sabido cuál era mi lugar.

-Usted adaptó el lenguaje marino en 'La carta esférica', el argot de los narcotraficantes en 'La Reina del Sur' y, de forma más acusada, el del siglo XVII en la serie de Alatriste. ¿Puede esto contribuir a lo que se espera de usted en la Academia?
-El lenguaje es una herramienta al servicio de una historia, y no al revés; ésa es la lucha con la que empecé a escribir y siempre fue mi campo de batalla. El lenguaje debe ser el mejor y el más hermoso, pero la palabra "eficacia" es fundamental. De nada me sirve tener un martillo de cabeza de marfil y mango de ébano si no vale para clavar clavos. He procurado que el lenguaje se adapte a las exigencias de cada una de mis novelas. Cada una ha sido un experimento, pero con el tiempo yo también me he enriquecido y he afilado mis herramientas profesionales. Entraré en la Academia como un profesional que todos los días trabaja con el lenguaje y cuyo trabajo se lee, pero el magisterio, la ortodoxia y el aspecto venerable lo dan personas muy respetables a las que seguiré llamando de usted aunque me siente a su lado.

-¿Por qué eligió el habla de germanía para su discurso?
-Yo cuento historias y voy con lo que soy. No me ha cambiado ni el éxito de mis novelas ni haber sido elegido académico. El lenguaje del siglo XVII lo he trabajado muchísimo por mis novelas de Alatriste. Tengo incluso mi propia biblioteca. El habla de germanía, esa lengua paralela, funciona todavía, mientras que el habla de la gente honorable se reduce cada día más. La manera de hablar de los delincuentes en las cárceles, lo que hoy llamamos golfaray, es de una gran riqueza expresiva y muestra la contundencia verbal que tiene una jerga. Podría haber escrito mi discurso sobre el argot de las cárceles -lo conozco bien-, pero me gustó la idea de que Alatriste entrara en la Academia. Calderón incorporó el habla de germanía a sus obras y eso le dio una potencia y una gran riqueza literaria.

-¿Serán compatibles su trabajo de escritor y sus viajes con la disciplina académica?
-Cumpliré con todas mis obligaciones, pero soy lo que soy y sé lo que voy a seguir siendo. Si acepté estar en la Academia fue porque no perturbaba mi vida. Si me impidiera escribir, leer o navegar no habría aceptado. Es un honor estar ahí y estoy muy orgulloso, pero nunca hubiera vendido mi alma por entrar.

-La visión que da en sus novelas de la España del XVII es un tanto descorazonadora.
-La historia casi siempre es objetiva, no es ni buena ni mala; sin embargo, el franquismo se apoderó de esa memoria, la contaminó y la corrompió. Con la llegada de otros, en vez de purificar esa historia lo que hicieron fue depurarla, y eso es un error. Si no asumimos lo que fuimos nunca podremos saber lo que somos. Con Alatriste rescaté esa historia contaminada por el franquismo para que uno no se avergüence al oír la palabra España, tercios o Quevedo. He tratado de contar el Siglo de Oro con todo lo sucio y lo negro que fue, y mucho, pero también con todo lo luminoso. Que España siempre haya estado gobernada por reyes incapaces, ministros corruptos y curas fanáticos no borra el hecho de que tengamos un lenguaje que hablan 400 millones de personas. Creo que debemos asumir nuestra memoria sin complejos. De todo lo que he hecho hasta ahora, Alatriste es de lo que estoy más orgulloso.

-En el marco de la Academia, ¿se sentirá como un soldado perdido?
-No, al contrario. Me ha sorprendido el cariño y el afecto de los académicos. Que Lázaro Carreter, Francisco Rico o Domingo Ynduráin te apoyen hace que te sientas bien. Tengo 52 años y he hecho muchas de las cosas que quería hacer en la vida. Uno ya tiene el colmillo muy retorcido y no hubiera soportado estar en un sitio donde no estoy contento. Si acepté fue porque sabía que no me equivocaba. Sentarse con gente educada a charlar sobre un lugar como España, en el corazón de un país donde los iconos son Yola Berrocal y Pocholo Martínez Bordiú, alivia mucho las posaderas.

-¿A quién le gustaría dedicar su entrada en la Academia?
-A Manuel Alvar, que me precedió en el sillón que voy a ocupar, y a Domingo Ynduráin, que fue la primera persona que me propuso. Lamento de veras que no esté allí el jueves.


Ultima edición por Rogorn el Mie Ene 23, 2013 12:01 pm, editado 1 vez
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MensajePublicado: Jue Mar 22, 2012 11:04 pm    Asunto: Responder citando

«En la Academia, seré de la fiel infantería»
Rosa María Echeverría - ABC - 07/06/2003

Arturo Pérez-Reverte ingresará el 12 de junio en la Real Academia Española con un discurso titulado 'El habla de un bravo del siglo XVII', un brillante recorrido del hampa del Siglo de Oro.

-"El «bravo», el valentón, se levanta tarde. La noche, que él llama «sorna», es su territorio; y a veces, para su gusto y oficio, algunas «clareas» (algunos días) tienen demasiada luz. Ya empieza a bajar el sol sobre los tejados de la «ancha», la ciudad (que en este caso es Madrid), cuando nuestro hombre se echa fuera de la «piltra», carraspeando para aclararse la «gorja»." Así comienza su discurso. ¿Pudo alguna vez imaginar un académico que un compadre «de la carda» iba a refrescar con el habla de la germanía las vetustas paredes de la docta casa? ¿Cómo surgió esta maravillosa idea?
-Yo trabajo con este lenguaje hace mucho tiempo porque el capitán Alatriste vive en ese mundo, es un espadachín a sueldo y forma parte del hampa del Siglo de Oro. Además, por gustos personales, conozco bien el teatro de la época y los textos que he leído desde que era niño, así que me resultaba muy familiar. Por otra parte, hay una cosa importante para mí y es que la jerga de los delincuentes del Siglo de Oro está documentada en Quevedo, en Lope, en todos los grandes autores, pero aparte de eso, el español de ese momento tiene unas posibilidades expresivas brillantísimas, con una riqueza y una potencia extraordinarias.

-En nuestro mundo poblado de sombras de anglicismos, ¿nos sigue alumbrando todavía la luz de ese lenguaje?
-Por supuesto, yo intento expresar en mis novelas que esa lengua todavía vale, aún funciona. En un texto debidamente utilizado, si le quitas el polvo y lo limpias y lo pones en su sitio, posee una riqueza y una potencia verbal que no tenemos ahora. He intentado demostrar que puede construirse perfectamente un discurso con este lenguaje y que no pierde su fuerza.

-El «golfaray», el lenguaje carcelario, ¿conserva todavía palabras de oro del siglo XVII resonando en el eco de las celdas?
-El delincuente, desde Grecia o desde Roma, siempre intentó que la gente honrada no supiera lo que estaba diciendo, y en el XVII ese lenguaje pasa a la literatura. Los grandes autores como Cervantes, Quevedo o Calderón, escriben jácaras donde aparece gente del hampa y se convierte casi en un género literario. Y en la medida en que Quevedo realiza una obra de teatro con ese lenguaje, el delincuente lo cambia por otro. Pero hay expresiones como «gomarrero» que es ladrón de gallinas, «juanitero» que es el que roba los cepillos de las iglesias, «calcos» por zapatos que todavía utilizan hoy los delincuentes.

-¿Quedó también atrapado Pérez-Reverte por la belleza de estas palabras clandestinas?
-Es que por mi vida como reportero me he encontrado con gente marginal, con traficantes, delincuentes, ladrones y carteristas, y también ellos se expresaban así, y siempre me fascinó su habla. Resulta divertido observar como mientras la sociedad ha empobrecido su modo ortodoxo de expresarse, el mundo de la delincuencia lo ha enriquecido. Paradójicamente te encuentras más riqueza lingüistica en una cárcel que en una universidad. Por ejemplo, el cheli es ese lenguaje tontorrón, pobre y limitado, pero el «golfaray» requiere un esfuerzo creativo. Mientras que el lenguaje de los jóvenes es reductivo, el de los delincuentes es creativo. Yo he encontrado una serie de de palabras de germanía que están introducidas en nuestro lenguaje. Ahora las utilizan las señoras, pero antes la gente del hampa.

-¿Qué tenemos que envidiar al siglo XVII?
-Es el momento en que el español se enriquece. Hay dos hombres que eran enemigos pero que tuvieron un papel decisivo, Góngora y Quevedo. Introducen en el castellano el latín y el griego. Tienen tal osadía lingüistica que jugando con la lengua la enriquecen. Es un duelo mortal entre dos gigantes que nos ha beneficiado a todos los españoles. Por eso me da tanta pena y tanta rabia ver cómo se empobrece la lengua. Es como si tuvieras un capital que lo malgastaras corrompiéndolo. Tenemos la lengua más hermosa y más potente del mundo y la estamos dejando pudrirse de esta manera tan infame.

-¿Cuáles son las razones de esta degradación generalizada?
-En el Siglo de Oro hasta el más analfabeto iba a misa los domingos y oía hablar en latín. La gente acudía con gran frecuencia al teatro y hasta el más tonto tenía un contagio de formas cultas. Ahora el icono es Yola Berrocal o Pocholo Martínez Bordiú o el cronista deportivo. Donde entonces había dosis de cultura, ahora hay dosis de envilecimiento.

-¿Mantienen también vivo los políticos el lenguaje del hampa?
-Es una vergüenza cómo hablan los políticos españoles, la incultura, la falta de lecturas, la ausencia de sintaxis, la ignorancia de las más elementales normas de la expresión. Es absolutamente vergonzoso. Estás todo el día oyendo coletillas y coletillas... Además dice uno una cosa y todo el mundo se apunta a esa expresión. Utilizan la palabra "escenario" por "situación" y ya sólo se habla de «escenario», o el «apostamos por...». Todos lo imitan igual que imitan esas horribles corbatas fosforito. Lo mismo hacen con la lengua, y eso contamina tanto como lo otro.

-Su «rufo» y sus amigos «matachines» y «rajabroqueles» ¿se expresan con mejor cordura?
-Es que oyes discursos que son auténticos farfullos de juzgado de guardia. ¡Para abuchearlos! De ellos, Gaspar Llamazares se expresa muy bien, quizá es el mejor de todos, aunque no hablo del contenido, sino de formas expresivas. Julio Anguita también lo hacía bien, lo mismo que Aznar. Y el resto... ¡hay auténticos animales de bellota!

-¿Qué papel puede desarrollar con su espada «centella» o «durindana» en esa institución tan tradicional como la Real Academia Española?
-En la Academia están los sabios, que son la gente imprescindible. Hablo de Alvar y de Ynduráin, que en paz descansen, de Rico, de Salvador, de Lázaro Carreter, de García de la Concha, de la gente sin las cuales la Academia no tendría razón de ser. Y después está la fiel infantería, en la que me encuentro y que asumo con absoluta dignidad. Lo que hacemos es aportar un contacto con la calle, pero somos prescindibles. Sin nosotros la Academia seguiría estando y si en vez de ingresar yo lo hace Juan Marsé o Javier Marías, todo se mantiene igual. En cambio ellos son pilares fundamentales. Voy a apoyar con mi buena voluntad a los sabios que de verdad llevan sobre sus hombros el peso decisivo.

-¿Alguna vez pensó que podía llegar a ser académico?
-Hubiera sido un perfecto imbécil si lo hubiera pensado.

Y ahora, cuando pasen estos reales sobresaltos académicos, el capitán Alatriste volverá a la vida en otoño, mientras ese otro espadachín de la lengua llamado Pérez-Reverte confía en que los amigos, los críticos o los enemigos puedan advertirle el día en que en la sombra de su horizonte vital empiece a asomarse su final literario, aunque «espero darme cuenta de cuando ya no tenga nada que decir, para poder retirarme con dignidad».

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«Me sumaré al pelotón de los académicos de infantería»
Miguel Lorenci - diariodeleon.es - 09/06/2003

«Me sumaré al pelotón de los académicos de infantería». Lo dice Arturo Pérez-Reverte, el rey Midas de la narrativa española, que este jueves ingresa en la Real Academia Española (RAE). Pérez-Reverte (Cartagena, 1951) propondrá a sus colegas en la docta institución un paseo por la rica jerga del Siglo de Oro, esa germanía que le es tan cara y familiar desde que abordó su serie del capitán Alatriste. Les conducirá por el habla de los delincuentes del XVII, por el fascinante y marginal “golfaray”, de la mano de este soldado de fortuna y de sus coetáneos Lope, Calderón, Quevedo y Cervantes. Sobre ellos pivota un discurso de ingreso -«breve y divertido», promete- que ha titulado ‘El habla de un bravo del siglo XVII’ y al que contestará el filólogo Gregorio Salvador Caja. Será en una solemne sesión que presidirá el Príncipe de Asturias, Felipe de Borbón, en el salón de actos del noble caserón de la calle Felipe IV. Hace nada que ha regresado de un viaje promocional a Francia y ya se ha probado el frac que lucirá en la ceremonia.

Dice Pérez-Reverte que llega a la docta institución «sorprendido y muy horado» por su elección y el gran respaldo cosechado y por un honor que «nunca imaginé ni ambicioné». Llega con ánimo de «aprender y colaborar», y su alocución arrancará con una pequeña glosa de su antecesor en el sillón T que se dispone a ocupar, Manuel Alvar. Discrimina Pérez-Reverte entre dos tipologías de académicos, la oficialidad y la infantería. Él se sumará al segundo pelotón. «Manuel Alvar estaba entre los altos oficiales, entre los coroneles, que son imprescindibles: los filólogos, los sabios, como Gregorio Salvador, Francisco Rico o García de Enterría. Yo estaré entre los colaboradores, la tropa».

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Pérez-Reverte rinde tributo a la jerga de rufianes en su ingreso, hoy, en la RAE
Miguel Ángel Trenas - La Vanguardia - Madrid - 12/06/2003

Con un discurso sobre ‘El habla del bravo en el siglo XVII’ ingresa hoy en la Real Academia Española (RAE) el novelista Arturo Pérez-Reverte, que ocupará el sillón T, vacante desde la muerte de Manuel Alvar. El autor de 'La piel del tambor' ofrecerá un discurso atípico, novelado, en el que recrea un ambiente y un lenguaje que conoce muy bien, materia de trabajo de su serie 'El capitán Alatriste'. Un texto lleno de jerga y germanías que le permite mostrar la riqueza y vitalidad de una lengua con muchos vocablos que aún perviven instalados en el “golfaray del siglo XXI”. Pérez-Reverte justifica el discurso en su interés por el lenguaje de los delincuentes, “siempre rico y vigoroso”, y explica: “Las jergas están presentes en muchas de mis novelas. Por mi trabajo de reportero he tratado con chorizos y traficantes, que manejan esta parte del idioma, y alguno, ya reconvertido, asistirá a mi ingreso en la Academia”.

El escritor tiene muy claro su papel en la Academia. “Hay dos clases de académicos –explica–. El primero es el filólogo, el lingüista, el lexicógrafo... el sabio, que es como el general de ‘Las Lanzas’ en cuyo trabajo se apoya la Academia y cuya labor es fundamental para la lengua. Luego está la fiel infantería, formada por abogados, economistas, médicos, químicos, escritores, que aportamos el contacto diario con la realidad de la calle. Un segmento donde casi todos somos sustituibles”.

Pérez-Reverte comenta, hablando de su novelística, que actualmente el desafío al que se enfrenta no es el lenguaje, sino el tema: “Siempre he contado la misma historia, la de un soldado en territorio enemigo. Para mí, la vida es un territorio enemigo, un territorio hostil por excelencia, lo que no nos impide poder disfrutarla”.

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Miguel Lorenci - diariodeleon.es - 13/06/2003

El escritor y periodista Arturo Pérez-Reverte (Cartegena, 1951) fue recibido ayer a lo grande en la Real Academia Española (RAE). En presencia del Príncipe de Asturias, Felipe de Borbón, y en un abarrotado salón de actos, Pérez-Reverte ingresaba en la docta casa a través una intensa y pormenorizada inmersión en el habla de los delincuentes del Siglo de Oro de la mano de Cervantes, Lope, Calderón y Quevedo. Una germanía, una jerga de rufianes, un golfaray que mantiene aún hoy su vigor, como demostró el nuevo académico con la lectura de su discurso ‘El habla de un bravo del siglo XVII’. Un recorrido por esa jerigonza de malandrines a la que admitió aproximarse «como corsario de un rico botín que saqueo sin escrúpulos».

Le contestó el académico Gregorio Salvador Caja, quien avaló su candidatura en diciembre pasado, junto a Eduardo García de Enterría y Antonio Muñoz Molina, y que se refirió a Pérez-Reverte como “el quinto mosquetero”. El autor de ‘La piel del tambor’ o ‘La Reina del Sur’ era académico electo desde el pasado 23 de enero y con un amplísimo respaldo y era ayer admitido en cónclave de sabios como «un académico cabal». Se palpaba la expectación en el salón de actos del viejo caserón neoclásico cuando comenzó la solemne sesión académica, en la que hubo más gentes del cine y el periodismo que de la literatura. Presidía la sesión el Príncipe de Asturias, confeso admirador de la serie del capitán Alatriste, el soldado de fortuna que inspiraba el discurso del nuevo titular del sillón T, en poder del filólogo Manuel Alvar hasta su fallecimiento. Pérez-Reverte ingresó en la sala ataviado con el preceptivo frac y flanqueado por los dos académicos más recientes, Luis Ángel Rojo y Margarita Salas.

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Pérez-Reverte ensalza el habla rufianesca del Siglo de Oro al entrar en la Academia
Jesús Ruiz Mantilla - El País - Madrid - 13/06/2003

El creador del capitán Alatriste y novelista de más éxito popular de los últimos tiempos en España ya es académico. Ayer, Arturo Pérez-Reverte leyó su discurso en la RAE y deleitó a un salón repleto de amigos y admiradores con un discurso que fue más bien un despliegue ágil y novelesco inspirado en la jerga carcelaria del Siglo de Oro. Su relato sobre un día en la vida de un rufián de la época de Cervantes, Lope y Quevedo maravilló a los asistentes, hizo reír y se salió de la ortodoxa norma que suele acompañar a estos actos. Con la presidencia del príncipe Felipe, y entre escritores y gente del cine y la cultura, Pérez-Reverte tomó posesión del sillón T, que ocupara el filólogo Manuel Alvar.

Arturo Pérez-Reverte (Cartagena, 1951) llevó ayer a la Real Academia Española (RAE) el habla viva, voraz, imparable de las germanías, las voces de las cárceles en las que estuvieron Miguel de Cervantes y Mateo Alemán, los tugurios de naipes y las mancebías. Fue su prueba de entrada en una institución en la que el autor de 'El capitán Alatriste' ocupa desde ayer el sillón T, en el que se sentaba Manuel Alvar. Lo hizo ante un auditorio lleno, que celebró las ocurrencias y las aventuras y desventuras de un bravo buscapleitos, a quien Pérez-Reverte llevó de reyerta y jolgorio entre las risas y el regocijo de los asistentes.

Presidió el acto el príncipe Felipe, que entró a las siete en punto de la tarde. Le escoltaban la ministra de Educación, Cultura y Deporte, Pilar del Castillo, y el director de la RAE, Víctor García de la Concha. Hacía calor de tormenta y sonaban las varillas de los abanicos que revolvían un aire expectante cuando Felipe de Borbón instó a los más recientes académicos, Luis Ángel Rojo y Margarita Salas, a acompañar al nuevo miembro.

Entró Pérez-Reverte por la sala, bien moreno, con la barba y el pelo recortados y andar tranquilo. Sonó un aplauso generoso de los asistentes, amigos, compañeros, admiradores, entre los que había escritores como José María Guelbenzu y Juan Eduardo Zúñiga; gentes del cine como Alfredo Landa, Sancho Gracia, Agustín Díaz Yanes, Imanol Uribe o María Barranco; empresarios y editores, como Jesús de Polanco, presidente del Grupo PRISA, editor de 'El País'. Se dirigió Reverte al estrado, donde le esperaban sus nuevos colegas, con eminencias como Emilio Lledó, Fernando Fernán-Gómez, Francisco Rico, Luis Goytisolo, Carmen Iglesias, Luis Mateo Díez, entre otros. Enfrente tenía a Gregorio Salvador, que leyó su discurso de respuesta 45 minutos después, justo lo que el escritor tardó en realizar su viaje a las calles del Madrid del siglo XVII.

Pero antes hubo palabras de recuerdo para el sabio que ocupó el sillón T, Manuel Alvar, a quien Reverte dedicó estas palabras: "Es difícil contar todo lo que hizo. Sería más fácil hacer recuento de lo que no hizo, al mencionar la obra de este pionero en la globalización de la filología española". Luego justificó su decisión de abrir hueco en la Academia al lenguaje de los gañanes, los delincuentes y los carcelarios, que vivían a partes iguales de alquilar su espada y del comercio de sus mujeres. Esta afición suya creció al adentrarse en las aventuras de Alatriste: "El habla de esta gente quedó recogida en una abundante literatura contemporánea, incluidas brillantes páginas realistas de los más grandes autores de aquel tiempo", dijo. Una manera de hablar inagotable, imparable, viva: "Han transcurrido cuatro siglos y esa jerga del hampa, riquísima, barroca, salpicada de rezos y blasfemias, no está muerta ni es una curiosidad filológica", aseguró. "Además de su influencia en el español que hablamos hoy, la germanía del siglo XVI y XVII es un deleite de ingenio y una fuente inagotable de posibilidades expresivas. A menudo recurro a ella en mis novelas sobre el Siglo de Oro español y les aseguro que, debidamente contextualizada, todavía funciona”. Pero lo ha querido hacer huyendo de las pretensiones filológicas o lexicográficas. "Ha sido una aproximación como lector. Como lector, insisto, que, accidentalmente escribe novelas. Como corsario ante un rico botín que saqueo sin escrúpulos, a fin de narrar con la mayor eficacia posible".

El autor, maestro en las lides de la tensión, creó así la expectación debida y comenzó su discurso: "El bravo, el valentón, se levanta tarde...". Todo fue rodado después. El Príncipe reía ante las ocurrencias y el auditorio disfrutaba y soltaba también sus carcajadas ante las descripciones y los palabros, que dejaron atónita a la misma diosa Elocuencia, presente en un grabado de una de las ventanas de la sala, y a Don Miguel de Cervantes, cuyo retrato, que preside el aula, parecía certificar su magisterio y los pasos por las cárceles que recordó Reverte, donde el autor de 'El Quijote' chupó para gloria de la literatura todo ese tesoro de lengua paralela. Reverte, que habló con temple y dominio de las tablas, sobre todo a la hora de los juramentos, tuvo que enjuagarse el gaznate con siete sorbos de agua, por el calor, y, aparte de homenajear a Cervantes también tuvo recuerdo para Quevedo, Góngora, Calderón y Lope, los andamios sobre los que el autor ha construido buena parte de su gracia y su obra, y que ayer, con toda seguridad, se sintieron más vivos que nunca.

Mucha de la sangre literaria de Arturo Pérez-Reverte está en el Mediterráneo y en los territorios hostiles. El escritor de Cartagena ha sido siempre fiel al mar y a los hombres en peligro, pero también a todos los que han buscado el agua y la tierra firme y amiga en sus letras desde el inicio de los tiempos. Ayer lo recordaba Gregorio Salvador en su discurso de contestación, cuando contaba cómo uno de los primeros despertares del autor a la literatura fue la época en la que traducía y leía con avidez a César, a Virgilio, a Horacio, a Homero y, sobre todo, a Jenofonte: "Su prosa se va haciendo con las traducciones de la ‘Ilíada’ y la ‘Odisea’, con la que su imaginación se va poblando de aquellos héroes del mundo antiguo. Pero es la ‘Anábasis’ el libro que más lo influirá y que marcará decisivamente toda su obra", aseguró.

"Soldados perdidos en territorio enemigo, sin retaguardia que los proteja, es un tema recurrente en sus relatos, porque ésa es la gran metáfora de la vida para Pérez-Reverte. El hombre no es más que un soldado perdido en territorio hostil. Aquel muchacho que traducía el relato de Jenofonte recuerda ahora, recordará siempre, la más fuerte impresión literaria de su vida", decía Salvador, que glosó toda la trayectoria de este escritor y dejó clara la intención de la Real Academia Española de no caer en el mismo error que la francesa, "que no incorporó nunca a Alejandro Dumas, con quien tan vinculado se siente nuestro novelista, al que algún crítico ha llamado afectuosamente el quinto mosquetero". Y de los clásicos toma Reverte, según Salvador, su Biblia en la escritura: "El novelista que recibimos explica así su literatura: 'Mi único secreto es muy simple y está al alcance de cualquiera: planteamiento, nudo y desenlace, las comas en su sitio, y sujeto, verbo y predicado’". Unos mandamientos que Reverte, según Salvador, resume en uno: "Escribo como lector". Y los temas: "El honor, la amistad, la aventura, el mar, el peligro, el tesoro, el laberinto, el enigma", resumió Salvador.

Son los ingredientes con los que Reverte ha cocinado siempre su forja literaria, que empezó tarde, a los 35 años, tras un paso famoso por el periodismo. Desde 'El húsar', que se acogió con discreción y que Salvador reivindicó como alegato contra la guerra, hasta 'La Reina del Sur', su última obra, Reverte ha forjado una carrera insólita y ha sido traducido a 28 lenguas. Gregorio Salvador repasó todas sus novelas, pasando por 'La tabla de Flandes' y 'El club Dumas', y deteniéndose en la serie de 'El capitán Alatriste', que aún no ha terminado. "Con él, Reverte llena de alguna manera el hueco dejado por el destierro de la historia en los planes de estudio", aseguró.

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Arturo Pérez-Reverte ingresa en la RAE glosando el «golfaray», el habla de los hampones del Siglo de Oro
Antonio Astorga - ABC - Madrid - 13/06/2003

Hubo un tiempo en que un sillón en el Café Gijón era más importante que uno en la Academia, le comentaba un camarero camarada del Gijón (no el Sporting) a Pérez-Reverte. Ahora el novelista tiene los dos. Y los paladea, los disfruta como cuando escuchaba anoche a Gregorio Salvador en el discurso de contestación. Arturo Pérez-Reverte no va como «agitador»; ingresan sus novelas y sus lectores. Y no la «prosa sonajero», que detesta. «Yo soy lo que son quienes me leen y a la Academia llevo ese capital. Si cada libro lo leen 400.000 personas, son ellas las que se sientan en la RAE. La putada de todo esto es que ahora me obliga a ser más humilde», confesaba el escritor nada más ser elegido académico en una tarde de enero cuando una decena de «bravucones» «valentones», «jaques» o «bravoneles» (no del siglo XVII, sobre lo que versó su discurso de ingreso, sino de la harina del XXI) se atrevieron a plantar cara al «Capitán Alatriste» a las mismísimas puertas de la Academia. Tuvo que acudir hasta la Policía, por si las moscas. En esas, el oficial le dijo al director de la RAE:
-«Mire usted, don Víctor, yo soy lector de Alatriste, ¿les echo a la tropa?»
A lo que don Víctor respondió:
-«¡No, no, por Dios! Déjelo, déjelo...»
Este anecdótico episodio viene muy a cuento porque ayer lo rescataba Gregorio Salvador. Al parecer se citaron por internet. Diez «bravos» acudieron. Con sus pancartas y su desacuerdo, con sus ruidos de hojalata y ese desangelado fondo acústico de charanga, pandereta y cencerrada se celebró la votación. Y bastó una, la primera. Ayer, seis meses después, no había rastro de tamaños «bravucones».

Don Felipe abre la sesión a las siete de la tarde. Le acompañaban en la mesa la ministra Pilar del Castillo y el director de la RAE, Víctor García de la Concha. A continuación, Luis Ángel Rojo y Margarita Salas introducen en el Salón al nuevo académico, que pasó a decir con profundo respeto y reconocimiento: «Estar aquí esta tarde es favor altísimo y honra siempre codiciada». El autor de 'El húsar' ocupará el sillón «T», vacante desde la muerte de Manuel Alvar, a quien rindió un emotivo tributo. Desde 'El húsar' (1986), su primera novela, la crítica española (que no la extranjera) le negó el pan y la sal ganados con limpieza de sangre, sudor a raudales, precisión documental, buen humor y eficaz prosa. En Europa, EE.UU. y medio mundo, donde se traducen y leen sus novelas, se han deshecho en elogios. Hoy, Pérez-Reverte es el escritor español en activo con más presencia en los territorios americanos de nuestra lengua. Escribe novelas históricas ambientadas en el XVII para explicar a la generación de su hija la España de hoy: «Somos lo que somos porque (a menudo más para mal que para bien) fuimos lo que fuimos».

En ese intento por recuperar una memoria «ofuscada por la demagogia, la simpleza y la ignorancia» eligió como protagonista a un soldado veterano de Flandes que malvive alquilando su espada. La ambientación histórica le trasladó a los fascinantes vericuentos del habla de germanía, «esa lengua marginal en continua interacción con la general, el «golfaray», argot de los delincuentes y las cárceles». Esa germanía del XVI y XVII es un deleite y una fuente inagotable práctica, actual de posibilidades expresivas.

Tomen nota si no de parte de su discurso: «El bravo se levanta tarde. La sorna (noche) es su territorio. Su zorra (borrachera) está a medio desollar. Nuestro jaque se lava poco y tras mirarse en el azogue la zanja que le santigua la cara (recuerdo de una cuchillada, o jiferazo de seis puntos, porque a veces es uno quien madruga y otras veces nos madrugan otros) se compone los bigotes, que son fieros, que entre la gente de la carda o de la hoja la valentía se estima según el tamaño de los bigotes (...) El valentón se pone una lima (camisa) y enfunda luego las gambas en las cáscaras, las medias. Completa su indumento con unas grullas o polainas sobre los calcos; después se pone el apretado, o jubón. Mira por la ventana. El tiempo no es malo; mejor capa que herreruelo (...). Requiere el chapeo (sombrero), cruza la plaza y su ojo advierte los trajines de la vida que late alrededor. El sitio es de posadas: bullen foranos, buscavidas, daifas de medio manto, acechonas encubiertas que traen dueñas para florear a incautos, ociosos y mendigos o capachas con mutilaciones reales o fingidas (...). Llega hasta una taberna porque el vino es turco (no ha sido bautizado con agua). Entra el rufo en la bayuca retorciéndose los bigotes, piando de la bufia (bebiendo) y se sienta con otros dos matachines que, como él, viven a lo de Dios es Cristo y cargan sobre el hígado más hierro que la cárcel de Sevilla (...). Mientras azumbran, los tres bravotes garlan de la vida y de sus cosas (...). Y puesto a hablar de bravos con hígados no podía olvidarse a Nicasio Ganzúa, prestigioso archimandrita de la Heria, azote de garitos y pinares (mancebías) que despachó a su propio padre y a dos que pasaban por allí, sólo porque el padre le dijo «mientes por la barba» (...). Nuestro Roldán decide que peñas y buen tiempo. Y le dice al mozo de la puerta: «...Por vida del rey de espadas que no hay bastantes hombres aquí para quien, como yo, ha reñido cien veces y matado a quinientos, y eso en ayunas. A fe de quien soy, y no digo más. Y quien dijese lo contrario, miente»... Y luego, encontinente, caló el chapeo, requirió la espada, miró al soslayo, fuese y no hubo nada».

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Cosecha de los cincuenta
Màrius Carol - La Vanguardia - 29/06/2003

Son hijos de los cincuenta, cuando la cultura era un manual de SM y la tecnología se limitaba al biscúter. Un tiempo de tantas escaseces ha dado tipos muy fecundos.

Arturo Pérez-Reverte es el mejor desmentido a Oscar Wilde, que sentenció que el periodismo no se lee y la literatura es ilegible. Como reportero de guerra estuvo en cien guerras antes de describir el territorio comanche como ese lugar que sólo la intuición delimita y donde han concluido tantas carreras de enviados especiales. Con 35 años, colgó su chaleco de Coronel Tapiocca y le hizo una pedorreta a la televisión más española para refugiarse en la literatura, que empezó como placer solitario antes de producir satisfacción pública. Desde entonces las únicas balas que ve pasar son los acentos, las únicas trincheras en las que se refugia son las tildes. Quince años más tarde vende libros en medio mundo y es traducido a las lenguas más exóticas. Y la Real Academia le ha abierto sus puertas para que se siente en el sillón T, la letra por la que principia "talento". Ahora deberá defender, más si cabe, el diccionario como implacable constitución y sus 29 letras como si fueran las 50 estrellas de la bandera americana.

El autor de 'La tabla de Flandes', 'El Club Dumas' y 'La Reina del Sur' se reconoce influido por la 'Anábasis'. En el fondo, Pérez-Reverte podría ser Jenofonte reencarnado, porque su biografía guarda paralelismos, pues el griego empezó en el ejército de Esparta para acabar retirado en Escilonte escribiendo libros de historia. El académico, a quien le gustan los libros de caballerías más que al Quijote, ha visto cómo sus novelas pasaban al cine, cómo sus sueños se cumplían sin esperar a los tiempos de la artrosis, el bastón y la Viagra.


Ultima edición por Rogorn el Vie Sep 13, 2013 1:46 pm, editado 5 veces
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Rogorn
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MensajePublicado: Mie Ene 23, 2013 11:42 am    Asunto: Responder citando

Hoy se cumplen diez años de la elección de Arturo como miembro de la RAE.

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El_Curioso_Impertinente
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MensajePublicado: Mie Ene 23, 2013 12:25 pm    Asunto: Responder citando

Recibiendo la felicitación de Álvaro de Luna, el Algarrobo, en el café Gijón.


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agustinadearagon
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MensajePublicado: Mie Ene 23, 2013 1:08 pm    Asunto: Responder citando

Buena gente, buen sitio.
Se me ocurre que el Algarrobo, es un señor honrado que representó el papel de un bandico, al contrario que los políticos y banqueros que son bandidos que representan el papel de gente honrada.

Por otra parte, la foto me recuerda que me gustan los saludos de los hombres. PAlmotazos en la espalda, abrazos sentidos, fuertes...Incluso algún insulto cariñoso, en plan, ¡¡¿qué tal te va, cabrón!?. LAs mujeres nos saludamos como sin ganas, como por compromiso. ¿Os imaginais?. Dos mujeres que se encuentran y se abrazan a palmotadas, y exclamando: ¡¡¿qué tal puta?!!, ¡cuánto sin verte! Confundido
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El_Curioso_Impertinente
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MensajePublicado: Mie Ene 23, 2013 2:39 pm    Asunto: Responder citando

¿Tienen que ser dos mujeres? Si te vale hombre más mujer, la próxima vez que te vea te arreo unos cuantos palmetazos y te suelto alguna burrada de ese estilo Risa Risa Risa
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bowman
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MensajePublicado: Jue Ene 24, 2013 12:46 am    Asunto: Responder citando

Pero que bestia eres
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agustinadearagon
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MensajePublicado: Jue Ene 24, 2013 10:10 am    Asunto: Responder citando

Tampoco te vayas a pasar, Curioset, Risa Risa
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vetinari
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MensajePublicado: Jue Ene 24, 2013 5:16 pm    Asunto: Responder citando

agustinadearagon escribió:
¿Os imaginais?. Dos mujeres que se encuentran y se abrazan a palmotadas, y exclamando: ¡¡¿qué tal puta?!!, ¡cuánto sin verte! Confundido


Pues yo, la verdad, menos lo de puta, si que lo hago con la amigas que no hace tiempo que no veo. Y a las que hace poco, el par de besos con ganas no se lo quita nadie.
Y a los amigos, si se dejan, también!!!! Guiño
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Rogorn
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MensajePublicado: Vie Sep 13, 2013 1:33 pm    Asunto: Responder citando

Pongamos que hablo de Reverte
Julia Navarro - diariodeleon.es - 25/01/2003

Algunos días también hay buenas noticias, y por eso merece la pena pasar por alto las estupideces de algunos políticos, pongo por caso a Donald Rumsfeld, secretario de Defensa de Estados Unidos, que ha intentando proferir un insulto al referirse a Francia y Alemania como representantes de la «vieja Europa». No sé si Rumsfeld es uno de esos norteamericanos que creen que España está más o menos cerca de Argentina, y a los que también cuesta situar a Francia en el mapa. Lo que sí sé es que representa a una Administración en la que desde el presidente hacia abajo no defiende los intereses generales sino los de las grandes compañías petrolíferas en las que estaban trabajando antes de ocupar sus actuales cargos. No se me ocurre mayor perversión política que esa.

Pero me estoy desviando de la cuestión. Porque hoy no quiero analizar la situación política, ni contar qué pasa en el Partido Socialista o en el Partido Popular, o qué se cuece en el Parlamento, y no quiero hacerlo por lo que comentaba al principio: algunos días también hay buenas noticias. A mí, al igual que al resto de sus millones de lectores, me parece una gran noticia que Arturo Pérez-Reverte entre en la Real Academia Española. Hace muchos, muchos años que conozco Arturo. Éramos amigos en los tiempos en que los que él volcaba su pasión vital yendo a cualquier lugar del mundo donde hubiera un conflicto para luego contarlo a los lectores. Entonces era un tipo de una pieza. Me explico: Arturo era una persona que sabía hacer honor a la amistad, era el amigo con el que siempre se podía contar, de los que tienen una sola palabra, y eso sí, no se muerden la lengua. En aquellos tiempos en que ejercía fundamentalmente de corresponsal de guerra jamás se le ocurrió darse mayor importancia, ni mucho menos ponerse medallas porque corría auténtico riesgo con tal de hacer un buen reportaje. Era generoso, además de audaz e intuitivo, y como es un tipo tierno y pelín tímido, aunque ponga todo su empeño en disimularlo, e incluso consiga hacerlo, pues ya entonces cultivaba la media sonrisa administrando el silencio. Hace tiempo que no le veo, pero sé por lo que me cuentan que continúa siendo más o menos igual: sincero, valiente, con su código de andar por la vida intacto y, sobre todo, sin permitir que el éxito alcanzado le haya embotado el cerebro. Que Arturo Pérez-Reverte haya entrado en la Real Academia de la Lengua es de justicia porque son millones los lectores que le avalan, porque este hombre, lo puedo asegurar, no le debe nada a nadie, porque se ha hecho a sí mismo. Arturo pertenece a una raza especial de escritores y de periodistas de esos que no se conforman con contemplar la realidad, sino que la tocan y la sienten, estén donde estén, con quién quiera que estén, en cualquier circunstancia. Seguramente Donald Rumsfeld no haya leído nunca un libro de Pérez-Reverte, porque un tipo que se refiere a la Vieja Europa con desprecio es sencillamente un idiota. Así que no me imagino a Rumsfeld leyendo las aventuras del capitán Alatriste, ni emocionándose con ‘El húsar’, ni empaparse de vida sumergiéndose en la lectura de ‘La Reina del Sur’, su última gran novela.

Verán, no es que quiera aprovechar el éxito de Arturo para arremeter contra Rumsfeld, es que a veces la actualidad coloca en paralelo a dos personajes y entonces uno ve con claridad dónde anida la grandeza y dónde la estulticia y la mediocridad. Para terminar, les contaré que en estos años en que no he visto a Arturo, sin embargo me he encontrado con él a través de sus personajes, de los protagonistas de sus libros, de esos tipos valientes, aparentemente descreídos, llevados por el vaivén de la vida, abiertos a lo que pudiera pasar, sinceros, haciendo siempre honor a la amistad y a la palabra dada. Y es que Arturo es también un personaje de libro, por eso un tipo como él se ha hecho con el santo y seña y ha entrado por la puerta grande en la Academia. ¡Felicidades!
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Ada
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MensajePublicado: Mar Jul 08, 2014 4:54 pm    Asunto: Responder citando

Crónica de primera mano del magno evento:



Cuaderno de lengua: crónicas personales del idioma español n.º 19, 22 de julio de 2003. Majadahonda (Madrid)

Pérez Reverte en la Real Academia(yo estuve allí y lo puedo contar)

Victoriano Colodrón Denis



Yo estuve allí y lo puedo contar. Quiero decir cuando Pérez-Reverte ingresó en la Real Academia. ¡Y qué calor hacía, qué sofoco! Lo que vi, lo mejor que pueda lo voy a contar, en orden y con detalle, y sin inventarme nada. Lo de Pérez-Reverte en la Academia, digo. Pero es que lo primero es lo primero, y lo primero fue la calorina, el bochorno, el arreón del calor en esa tarde infernal de junio, antes y después del discurso, y también durante, porque en el salón de actos de la docta corporación no había aire acondicionado y nos asfixiábamos, sudando la gota gorda, mientras el nuevo académico de la lengua no terminaba nunca de leer su discurso larguísimo, y quienes no llevábamos abanico teníamos que confiar en que María volviera a agitar el suyo, de color rojo, para aprovechar el poco airecillo que así nos mandaba, y cuando no, agitábamos sin mucha fe, aturdidos de calor e incredulidad (¡cómo es posible que no tengan aire acondicionado!), los tarjetones de la invitación: La Real Academia Española invita a D.... a la junta pública...

Pero lo que se promete hay que cumplirlo, y yo he dicho que iba a proceder en orden. A las seis de la tarde del jueves doce de junio, en Madrid, la calle hervía a treinta y nueve grados, igualito que en la canción de Quique González, no hay nadie que se atreva a salir. Pero yo tenía que salir, no podía llegar tarde, no quería perdérmelo: ¡Pérez-Reverte en la Real Academia! Camino de la Castellana en busca del autobús, me acordé de los versos de Pablo García Baena, Bajo tu sombra, Junio, salvaje parra (“y tan salvaje”, no pude menos de asentir mentalmente), ruda vid que coronas con tus pámpanos las dríadas desnudas, y ruda también me parecía la tarde, o algo peor, y bien consciente era de lo que me separaba de la desnudez, es decir, de mi impecable traje azul marino de verano, que estaba claro que no debía de ser tan de verano como yo creía que era o como en ese momento habría querido que fuera, el pantalón qué caliente y cómo se me pegaba a la piel, y la chaqueta tampoco, de verano nada, sin caer en la cuenta de que lo de verano de verdad es ir sin chaqueta, y quién me mandaba a mí querer ponerme elegante para la ceremonia, con mi corbata brillante de listas celestes y marrones bien ajustada al gaznate y que ahora, bajando a la Castellana para coger el autobús, me tuve que desaflojar, ya me ajustaré el nudo cuando me acerque a la Academia.

Que las lenguas, o mejor dicho los idiomas, tienen también su vida social y hasta sus actos oficiales, me había dicho mi amigo Alonso hacía una semana. Que en primer lugar está su vida de todos los días, compuesta de episodios ordinarios, que es la vida que viven las lenguas cuando los hablantes las utilizan sin más, en cualquier circunstancia y ocasión. Que en segundo lugar sucede que algunas veces esa normalidad se altera un poco, cuando a las lenguas se les ocurre asomarse al espejo, y entonces se ponen serias o tal vez se sonrojan, pilladas in fraganti jugando al metalenguaje. Que esto ocurre –había seguido Alonso- cada vez que en la charla o en la página surge la duda lingüística, por ejemplo, o en las clases de idiomas o cuando se busca un significado en el diccionario: las palabras entonces se dan cuenta –y dan cuenta- de sí mismas, pasan a ser tema de conversación, se dicen. Y que por último están también los momentos en que las Instituciones del Idioma dirigen un potente foco de luz sobre el Idioma entendido como Institución, lo visten de gala, le diseñan un protocolo a medida, lo convierten en protagonista de un acto oficial y convocan a los medios de comunicación a su alrededor, y entonces, inevitablemente, todo suena un poco como en mayúsculas, aunque no por ello esas ocasiones dejen de brindar la oportunidad de pasárselo bien y a veces hasta de aprender, que hay que estar siempre atento a la lección barthiana, “Sapientia: ningún poder, un poco de prudente saber y el máximo posible de sabor”.

Todo esto me había dicho mi amigo Alonso hacía una semana, al saber que yo iba a ir a lo de Pérez-Reverte, recordé en el autobús, Recoletos abajo, camino de la Academia. Y, la verdad, no se estaba mal en el autobús, Recoletos abajo, camino de la Academia, con el aire acondicionado en su punto, a salvo de la calura, pero ya nos acercábamos sin remedio a Neptuno y poco después tuve que volver al ambiente abrasador, más propio de julio o agosto que de los amenes de la primavera en Madrid. Cruzando el Paseo del Prado, no pude evitar preguntarme qué pensarían de aquella ardentía insoportable los turistas que deambulaban por allí, empuñando sus botellas de agua. Tenía que ser perplejidad o franca incredulidad (del tipo “¿será verdad esto o lo estaré soñando?”), y un aturdimiento creciente. Como el que cundía en la fila de elegantes invitados (¡todos los hombres con chaqueta y corbata!) que se había formado a la sombra del caserón de la Academia, esperando a que se abrieran las puertas. Sin descomponer la figura, los invitados se abanicaban con la invitación de cartulina (... a la junta pública que celebrará el jueves 12 de junio para dar posesión de su plaza de número al académico electo, Excmo. Sr. D....), soñando con escapar de aquel chaparrón de bochorno sólido y compacto y con buscar refugio en las que imaginaban sombrías, marmóreas, frescas dependencias académicas. Lo que es yo, vuelto a apretar el nudo de la corbata, recorrí la fila un par de veces para buscar a María, fingiendo indiferencia al sofocón y simulando que mi impecable traje azul marino de verano sí que era de verano, pero de verano de verdad, más de verano imposible.

Una vez dentro, cuando hubimos coronado, tras lenta y mesurada ascensión, la noble escalera de alfombra mullida y pasamanos reluciente que conduce al piso principal, María y yo, junto con otros invitados, trepamos ya sin tanta compostura por una estrecha escalerilla para coger un buen sitio en el gallinero del salón de actos, donde nos correspondía sentarnos. Y no tuvimos mala suerte. Delantera de lateral, junto a la barandilla, con vistas a la parte derecha del patio de butacas (donde distinguimos enseguida al lingüista Juan Ramón Lodares -¿cuándo saldrá su próximo libro?- y al magnífico escritor Juan Eduardo Zúñiga) y con vistas también a los asientos que ocupaban los académicos en el estrado. Buena visión de la mesa presidencial y de los retratos del fondo (el de Felipe V, más grande, y debajo el de Cervantes, casi imperceptiblemente inclinado a la izquierda), y no mala de la mesita desde la que Pérez-Reverte leería su discurso, aunque nos íbamos a tener que inclinar un poco hacia delante, apoyándonos en el barandal, y girar el cuello...

Pero ¡qué calor!, ¿cómo es posible que no haya aire acondicionado?, con la que está cayendo..., y todavía queda media hora para que empiece esto, no sé si voy a aguantar, y mira que es duro el banco de madera en delantera de lateral del gallinero académico, pero lo peor es la chicharrera, y yo con esta manta encima, quiero decir con mi elegante chaqueta azul marino, digo yo que me la podré quitar, claro que como queda bonita la corbata de listas celestes y marrones es con la chaqueta, pero qué más da, y menos mal que ahora María ha sacado su abanico rojo, en el patio de butacas no, pero en el gallinero, donde se han instalado también los chicos de la prensa, no pasará nada por quitarse la chaqueta, digo yo, aunque si ya he aguantado casi media hora, no me la voy a quitar ahora, justo cuando va a entrar el príncipe Felipe, y entonces María: “¿Pero tú no decías que eras republicano?”, y yo: “¿Eso qué tiene que ver?”, y entró el príncipe cuando me acababa de quedar en mangas de camisa y el nudo de la corbata me colgaba a un lado del cuello, ya marchito.

Así es que así es como por fin empezó la ceremonia, con el príncipe recorriendo la larguísima alfombra por el estrecho pasillo central, camino de la mesa de la presidencia, acompañado por la ministra de cultura y el director de la Academia. “No te pierdas detalle del protocolo”, recordé que me había dicho Alonso, “que es lo que de verdad importa en esos actos, el mero hecho de celebrarse y la forma en que se desarrollan, el ritual: lo de menos es lo que se diga, porque muy bien tendría que decirse, y de mucha enjundia o ingenio habría de ser, para arrebatarle el protagonismo a lo que de verdad importa, las fórmulas, la parafernalia...”. Ya sentado en la presidencia, Felipe de Borbón invitó a los dos miembros más recientes de la corporación, Luis Ángel Rojo y Margarita Salas, a “introducir” en la sala al académico electo, y allá que se fueron con su encomienda el economista y la científica, abandonaron sus sillas para recorrer el pasillo alfombrado en dirección contraria a la del príncipe un minuto antes, a buscar al novelista, que les esperaba fuera.

Cuando entraron, el dúo se había tornado trío, y a su frente avanzaba Pérez-Reverte entre los aplausos entusiastas de la concurrencia, inusuales, al parecer, en estas sesiones. Sonriente, con gesto de confianza, casi confianzudo, avanzaba el escritor, y a grandes pasos, muy rápido, tal vez queriendo apurar cuanto antes ese mal trago, y por eso a demasiada distancia de sus “introductores”, que se veían incapaces de acompasar la marcha a las zancadas del cartagenero, que además andaba con la cabeza ladeada, “columpiando la estatura y meciendo la persona” -como luego diría él del jaque setecentesco protagonista de su discurso-, quizá con una campechanía exagerada para restarle solemnidad al paseíllo o desmentirla de alguna manera. Acomodado el nuevo académico en su silla, ante una mesita minúscula y un micrófono, el príncipe le dio la palabra para que empezara a leer sus folios.

El discurso de Pérez-Reverte

Y tan entretenido que estaba yo, cómo no iba a estarlo con ese venga a levantarse y sentarse gente, ese traspaleo de excelentísimos y altos magistrados del idioma alfombra arriba y abajo, tan ricamente que se me habían pasado esos dos o tres minutillos, y hasta se me había olvidado el calor. Pero aymé, que todavía tenía que discursear el discurseador, y ya sabemos que son rarísimos quienes hacen caso de lo que decía Cervantes, aquello de que no hay razonamiento que, aunque sea bueno, siendo largo lo parezca, y no había por qué esperar que estuviera entre ellos Pérez-Reverte. Que empezó a leer quizá demasiado rápido, con dicción por momentos imprecisa, sin llegar a ser atropellada pero tampoco del todo clara, y de esa manera, tras el recuerdo de rigor del gran don Manuel Alvar, el académico que le precedió en el sillón de la letra T, encaminó el discurso a su meollo, El habla de un bravo del siglo XVII, ¡aymé!, y qué calor que empezó a hacer otra vez.

Sin inventarme nada, dije al principio que lo iba a contar. Así es que así es como tengo que contarlo ahora, y no puedo dejar de declarar que el discurso de Pérez-Reverte, si al principio me sorprendió y al breve rato me aburrió, después de media hora larga y sin visos de terminar (y yo venga a mirarle las manos, para ver cuántos folios quedaban en el mazo de los aún no leídos, y cómo iba menguando), después de todo ese tiempo, digo, me resultó francamente cargante. Y María que no se prodigaba con el abanico rojo. “Enfunda luego las gambas en las cáscaras, las medias, y después se calza lo que algunos germanes llaman duros, o pisantes, pero que él prefiere denominar calcos...”. Narrativamente chato, amén de eterno, me pareció el relato de un día en la vida del rufián español del siglo diecisiete, mera excusa para demostrar su dominio de la germanía de la época. “Pero si no hacía falta que justificara de esta manera su elección como académico”, decíame yo para mí, “si para todos está claro que se le ha elegido por su éxito como novelista, y que esa sea razón suficiente para entrar en la Academia ya pocos lo discuten; si no necesitaba exhibir ningún mérito lingüístico o filológico –y este desde luego no lo es- más allá del buen uso que haga del español para contar historias...”.

“...tachonado de cuero, que así llama él al cinto, con espada, o mejor toledana, de cazoleta y grandes gavilanes, larga de seis o siete jemes, casi palmos..”. Después de diez o quince minutos, esto a mí ya casi no me dolía, estaba insensibilizado, y hasta daba en sonreír cuando el texto intentaba alguna gracia, aunque sólo fuera para acompañar la sonrisa contagiosa y muy simpática del príncipe, allá abajo en la mesa presidencial, y a veces me echaba para atrás en el banco y dejaba de ver al novelista unos segundos, luego me inclinaba hacia delante otra vez y apoyaba la cabeza en la mano derecha, vuelto a la izquierda para verle de nuevo, y entonces el abanico rojo de María, en rápido parpadeo que se superponía al de mis ojos, me lo ocultaba y me lo volvía a mostrar con intermitencia eléctrica, ahora sí ahora no ahora sí ahora no ahora sí ahora no, y eso era entretenido también y además refrescante, aunque parecía que algo de aire corría desde hacía unos minutos, no podía venir sólo del abanico rojo de María, tal vez llegaba del patio de butacas, y mientras tanto Pérez-Reverte continuaba inmisericorde su monótono despliegue de los términos y las expresiones que conformaban la jerga de jaques y rufianes en el Siglo de Oro español, para eso igual le habría valido una lista de equivalencias, un vocabulario, cada palabra con su significado, en lugar de armar este cuento aburridísimo a base de “el siete o la sota en forma de teja o boca de lobo, astillarlo con una marca o un raspado o hacerle la ceja para reconocerlo, despluman a chapetones incautos con barajas a las que también llaman huebras...”

“Muchas gracias”, dijo por fin el novelista, y tras una ovación atronadora, tomó la palabra Gregorio Salvador, uno de sus padrinos en la Academia, para contestarle y hacer su elogio. Con un discurso bien hilado, claro y ameno, en el que afirmó que el que acabábamos de escucharle a Pérez-Reverte de seguro nos habría dejado “entre admirados y estupefactos” por su “maestría”. Ahora, lo hiperbólico de verdad fue el final. Salvador había recordado hacía unos minutos la fascinación del escritor adolescente por aquel pasaje de Jenofonte en que los soldados griegos alcanzan la cumbre de una montaña y avistan el mar (“¡Zalasa, zalasa! ¡El mar, el mar!”), y volvió a ese motivo para terminar su discurso, tal vez sin calcular el ligero efecto de... ¿vergüenza ajena? que podría causar en ánimos tan susceptibles como el mío tras casi dos horas de sesión académica, fogaje ambiente y sobredosis de germanía: “Estás ya en tu sitio, Arturo, estás donde debías, en la Real Academia Española. El camino ha sido arduo, los trabajos muchos, duro el vivir. Pero has alcanzado la cumbre, como los soldados griegos de Jenofonte (¡zalasa!, ¡zalasa!), y has llegado a esta casa, que va a ser la tuya...”. María y yo nos miramos atónitos.

Pero volvamos al rito, al protocolo, que ya me había dicho mi amigo Alonso que era lo que merecía la pena, y vayamos concluyendo. Aplausos para Salvador, el príncipe invita al nuevo académico a ocupar su sillón, Pérez-Reverte cruza el estrado y se sienta con sus compañeros, y sin más se levanta la sesión. Sencillo, sin adornos, preciso y eficaz. Luego, por último, abrazos y apretones de manos, en medio de más aplausos, y paseíllo final hacia la salida por la larga alfombra. Aglomeración humana por salas y escaleras, y calor de nuevo, mucho calor, y no sólo porque, claro, he vuelto a ponerme la chaqueta, que así luce más la corbata de listas celestes y marrones, mientras intentamos avanzar hacia la mesa donde, en el recibidor de abajo, se reparten ejemplares del librito con los discursos, y allí la tarde va a terminar con la alegría del reencuentro con Álex Grijelmo, sólo un minuto de conversación pero hace cuánto que no le veía, más de medio año ya. En la calle, en busca del coche de María, el fuego del resistero se se había calmado. Así es que así es como viví yo esa alta ocasión y episodio singular en la vida oficial del idioma, y en orden creo que lo he contado, y con detalle, y sin inventarme nada.

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