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'Falcó' (2016)
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Autor Mensaje
Rogorn
Capitán


Registrado: Feb 01, 2007
Mensajes: 13368

MensajePublicado: Jue May 04, 2017 10:53 pm    Asunto: Responder citando

“Nadie pelea como la mujer cuando tiene que hacerlo”
Entrevista de Mariana Arias - perfil.com - 04/05/2017

Su caballerosidad es un rasgo de carácter que, luego confiesa, viene de su educación. Prima junto con su simpatía y la lucidez que lo lleva a escribir novelas como esta última que trae a la Argentina. Su nombre es 'Falcó', como el del protagonista; un hombre peligroso y a la vez entrañable, con valores que para, Arturo Pérez-Reverte, son dignos de admiración: valor y entereza ante su destino.

-¿Cada novela es un ejercicio de entrenamiento?
-Yo soy un lector que accidentalmente escribe novelas. Algunos autores dejan de ser lectores y lentamente mueren, aunque caminen, están muertos. Al hacer una novela te obligas a leer y eso te devuelve la inocencia, descubres cosas y es muy estimulante.

-Oriana Fallaci te dijo poco antes de morir: "Arturo, es que escribir novelas mata más que las bombas". ¿Es un gran esfuerzo también estar permanentemente conectado con la escritura, buscando información, trabajando en la creación?
-Lo que pasa es que, al ser un escritor profesional como yo, una novela es un trabajo. Cada novela es un desafío y un problema de eficacia a resolver. Un trabajo disciplinado. yo me levanto cada día a las 7 de la mañana, hago ejercicio, voy a nadar, y luego trabajo de 8 a 3 de la tarde, todos los días de mi vida. A veces tengo ganas y a veces no. Es un esfuerzo muy agradable y gratificante pero agota. Y Oriana decía eso.

-¿Tu propia vida, tus vivencias están un poco en cada libro?
-A veces me pasa que tengo recuerdos y no sé si sucedieron realmente o los escribí. La vida se mezcla con la literatura, es una situación incómoda pero al mismo tiempo me gusta.

-“El infierno es un poderoso estimulante” es una frase que inicia tu libro. Para Falcó, el protagonista está hecha a medida. La guerra es el ámbito y es el infierno que lo estimula.
-Hay gente que necesita la adrenalina, la aventura, la incertidumbre, incluso el miedo. Gente que necesita caminar por la vida y sentir que está en territorio hostil. Como en el mar, es peligroso y tienes que estar preparado siempre para lo imprevisto. Cuando trabajaba en la guerra a mí no me gustaba la guerra. Me gustaba cómo me sentía yo en la guerra. La guerra me obligaba a estar siempre bien despierto. Esa sensación se la he prestado a Falcó, para quien el peligro significa un estimulo.

-La guerra fue tu universo de vida durante 21 años, estuviste en conflictos armados en Chipre, Líbano, las Malvinas, El Salvador, Nicaragua, Angola, El Golfo. Aunque de todas ellas, la guerra de Eritrea, en 1977 te marcó especialmente, anduviste desaparecido varios meses y te ayudaron tus amigos de la guerrilla. ¿Qué has aprendido en la guerra?
-Aprendí que en la guerra no hay buenos y malos. En Eritrea, los amigos que yo había tenido, los que me cuidaban, en combate, mataban prisioneros, violaban mujeres. Entonces me di cuenta de que el hombre es al mismo tiempo bueno y malo, oscuro y luminoso. Eso me rompió todos los esquemas del bien y el mal. De esa mirada es de donde sale 'Falcó'.

-Es una mirada escéptica, de pérdida de confianza en el ser humano, sin embargo hay ciertos valores, como la grandeza y su capacidad de pelear y enfrentarse a la dureza de la vida, la valentía, que destacas y rescatas…
-Yo fui muy bien educado, para ser un caballero, con reglas, con palabras como: honor, patria, dignidad, bandera, amor. Luego salí a un mundo de canallas y me fueron arrancando esos recursos. Cuando ya no los tuve, me tuve que agarrar de los pocos que me quedaban. Cuando veo en la gente solidaridad y lealtad, eso me reconcilia.

-El escenario de 'Falcó' es la Guerra Civil Española, los años 30 y 40 del siglo XX y la creación de un personaje en el que la fortaleza y el instinto de supervivencia mandan. ¿Te cae bien Falcó? ¿En que se parecen?
-A tí también te cae bien, porque me costó trabajo crearlo para que te cayera bien. Tiene claros y oscuros, el desafío era hacer de Falcó que es un tipo amoral, un criminal, mata, tortura, trata a las mujeres de manera machista. Hacerlo también guapo, simpático, inteligente, seductor y encantador, Un tipo con el que los hombres pudiesen tomarse una copa y las mujeres irse con él a la cama.

-A él le gustan las mujeres valientes como Eva Rengel, que tenia algo sólido y oscuro que Falcó puede reconocer, porque está hecho de la misma materia: frío, desarraigo... Y ahí pierde un poco los estribos. ¿Siempre las mujeres son tu debilidad? ¿La obsesión?
-El hombre no es interesante en términos narrativos, desde Homero hasta acá está todo contado, pero la mujer tiene distintos ángulos: lucidez, estragos, amarguras, sombra, coraje. Son fascinantes. Por eso en mis novelas siempre están las mujeres. Mujeres capaces de pelear. Nadie pelea como la mujer cuando tiene que hacerlo, ese es el tipo de mujer que me interesa, la mujer capaz de defender lo suyo. Nadie como una mujer puede desmontar a un hombre. Lo hace minuciosamente. Esa capacidad implacable de lucidez y de análisis es propia de la mujer.

-En la guerra, Falcó ve enfrentados, en las calles de España, a falangistas, socialistas, comunistas, anarquistas, matándose entre ellos, muchos se conocían de las universidades, habían sido hasta amigos. No se sabía bien cuáles eran los bandos. La diferencia es que su guerra era otra y en ella, los bandos estaban claros, de un lado él y del otro todos los demás, esa era su ideología. ¿Este cuento es como develar la confusión, la incoherencia, el escepticismo respecto a las grandes ideas?
-Hice varias guerras civiles como reportero y una cosa que aprendí ahí es que cuando estás lejos se ve todo claro. En España, Franco era el malo y los republicanos eran los buenos, aquí los milicos eran los malos, los Montoneros eran los buenos. Cuando te acercas y estas con ellos, te fumas un cigarrillo, te das cuenta de que son humanos, entre un chico de 16 años que es comunista y otro que es falangista no hay ninguna diferencia, la vida los ha puesto ahí. Ver esto es bueno porque te cura de las etiquetas.

-¿Se están perdiendo las ideologías en el mundo?
-Algunas no es malo que se pierdan. Creo que se están diluyendo, el problema está en que está llegando el populismo, que no es una ideología sino un estado de ánimo. La ideología tiene un fundamento, el populismo no lo tiene. El populismo esta lleno de impulsos, siempre recurre al pueblo al que dice representar. Me preocupa la sustitución de algunas ideas por el populismo.

-Para Falcó la palabra patria no tiene valor. El populismo usa esa palabra.
-En latín, "patria" significa "la tierra de tus antepasados". No es una bandera. es el lugar de la memoria donde están tus ancestros. Lo otro, esa patria de bandera por la que hay que morir o matar, es peligrosa porque los canallas utilizan la palabra patria para envolver sus negocios sucios.

-Nicolás Maduro usa la palabra patria en Venezuela.
-Maduro es un sinvergüenza que usa palabras nobles para fines perversos.

-¿Qué pensás de la llegada de Trump a Estados Unidos?
-Es justo lo que hablamos de la llegada del populismo, Trump no es republicano ni demócrata, es populista. la utilización de la ideología para una aventura personal.
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Rogorn
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Registrado: Feb 01, 2007
Mensajes: 13368

MensajePublicado: Vie May 05, 2017 9:09 am    Asunto: Responder citando

"Nunca he visto a nadie morir por ideas ni por la patria"
Entrevista de Laureano Debat - clarin.com - 04/05/2017

“La noche es neutral. Es de quien la utiliza, no ayuda ni a unos ni a otros”, piensa Falcó, insomne en su habitación, fumando y planeando una operación comando. Una frase que es la esencia del personaje que Arturo Pérez-Reverte ha creado para su último libro: un tipo sin otro bando que el suyo personal y que actúa en una España polarizada como nunca en toda su historia. Un aventurero en busca de adrenalina y que se basta de sí mismo para torcer el destino a su favor. 'Falcó' (Alfaguara) transcurre en el otoño de 1936, unos meses después del levantamiento franquista que da comienzo a la Guerra Civil. Y con un protagonista que, tras viajar por el mundo traficando armas, ahora trabaja para los nacionales en plena insurgencia. Un mujeriego, bon vivant y con un sentido de la moral opuesto a los valores de Dios, patria o familia. Pérez-Reverte lo presenta mañana en la Feria del Libro, a las 20, en la sala Borges.

Antes, el escritor recibió a Clarín en su casa del barrio de Las Matas, en la urbanización de Las Rozas (a 17 kilómetros de Madrid). En la charla muestra su biblioteca, distribuida en tres plantas, por géneros, países y épocas: libros de historia, enciclopedias, diccionarios, escritores argentinos, siglo XVII en España y, así, hasta superar los 32 mil ejemplares. Se detiene en el estante reservado a Joseph Conrad, el único escritor en toda la casa de quien hay una fotografía colgada. “Cuando estoy trabajando y me encuentro en un momento difícil, narrativamente hablando, vengo aquí y digo: a ver, maestro, ¿qué hago? Cojo cualquiera de sus libros y leo. Y es como tomarte una aspirina. De pronto, todo otra vez se pone en su lugar y parece sencillo, todo se ordena”. En un rincón, hay una carta naval desplegada para su próxima incursión como navegante en el Mediterráneo. En varias galerías, su colección de más de 120 sables de caballería, todos originales. Por donde haya una mesa, hay libros encima. Coloco mi grabador sobre las tapas duras del tomo completo del 'Borges', de Adolfo Bioy Casares.

-¿Por qué novelar la operación para liberar a Primo de Rivera? ¿Qué lo cautivó de este hecho?
-No me apetecía el hecho en sí, yo quería contar una historia en la Guerra Civil que no fuera la típica novela de buenos y malos, con un personaje que no fuera ni de unos ni de otros. Lo de Primo de Rivera me daba un pretexto narrativo muy bueno, no se había novelado y era un territorio donde se podía mover la novela con tranquilidad. Lo de José Antonio, en realidad, me es indiferente. Pero sí era muy eficaz como pretexto narrativo, por eso lo elegí a él.

-¿Le hubiese gustado cubrir la Guerra Civil Española como lo hace un cronista de guerra?
-La verdad que no. Una de las ventajas que tenían mis guerras era que no eran mías. Me iba a Sudán, Angola o Bosnia y siempre tenía el consuelo de que aquella Troya que ardía no era mi Troya. Después con los años descubrí que siempre es tu Troya, ¿no? Que el muerto, aunque sea sudanés, angoleño, bosnio o croata, siempre tiene el rostro de un amigo tuyo, de tu hijo, de tu hermano...

-Falcó podría parecer de antemano un personaje antipático. Pero luego nos seduce.
-Es un hijo de puta, mujeriego y golfo, pero gusta a las mujeres y cae bien a los hombres. Y esas son armas que él utiliza para sobrevivir y medrar. Es un tipo encantador, socialmente. Lo que pasa es que, moralmente, no lo es. Falcó puede caer antipático a aquellos que creen que la ideología es imprescindible. Cuando uno mira las cosas de lejos, con la historia o la ideología como marco, es muy fácil distinguir las cosas buenas de las malas. Es evidente que la República era buena y que los otros eran malos, eso está claro ¿no? Pero, como dice mi amigo el pintor de batallas Augusto Ferrer-Dalmau, “yo no pinto ideologías, pinto seres humanos en la guerra”. Cuando te acercas a los seres humanos, la cosa ya no está tan clara. Yo he estado en guerras civiles como la de Nicaragua, por ejemplo, donde el bando somocista era el malo. Y cuando te acercas y estás con ellos, te das cuenta que son unos pobres desgraciados que están ahí con el fusil intentando sobrevivir. Yo nunca he visto a nadie morir por ideas ni por la patria. La gente lucha por sus amigos, porque le ha tocado, porque no tiene más remedio o por sobrevivir.

-“El mundo es una aventura formidable que no estoy dispuesto a perderme”, dice Falcó. Pareciera que lo mueve más un deseo por saciar su sed de viajes, mujeres y acción, más que el dinero.
-Sí, porque Falcó es un aventurero. Yo he conocido a gente así, que no la mueven ni ideologías ni ambiciones ni dinero. Les va la marcha, la tensión y la adrenalina. Hay asesinos, torturadores, criminales que son gente interesante. Yo pasé ocho horas en la terraza de un hotel en Sarajevo junto a un francotirador, al que había pagado para que me dejara estar y hablar con él. Me contó cómo lo hacía y por qué disparaba y a quién. Ese tío no estaba ahí por Serbia ni por dinero, sino porque le gustaba disparar. Era un cazador y cazaba seres humanos. Por eso que poner etiquetas es estúpido y peligroso, porque impide acercarte a la naturaleza de las cosas. Si quitas la etiqueta y te acercas al que está al lado y le dices “venga, tómate una copa conmigo, hijo de puta”, a lo mejor estás horrorizado moralmente, pero fascinado intelectualmente.

-El narrador de su novela es una tercera persona omnisciente que, por momentos, pareciera fundirse con la voz de Falcó, como si fuera el propio personaje quien narre.
-Se asoma un poco a su monólogo interior sin asomarse demasiado. Esta vez, quería crear un artefacto que fuese fluido, eficaz, con un ritmo preciso, con un lenguaje más cortante y con diálogos más secos. Aquí empleé todo lo que he aprendido como novelista en estos 30 años. Es una novela más cortada y sincopada, con mucha acción y menos descripción. Hay un producto mucho más afinado. Porque una novela si no es eficaz no es buena, sin peros. Y eficaz ¿qué es? Que produzca en el lector exactamente lo que el escritor quiere que se produzca, más las cosas que se deriven de ello. Si la novela no funciona, es una mala novela.

-¿Cuáles son sus escritores argentinos favoritos?
-Roberto Arlt es el mayor escritor argentino. Lo gracioso es que cuando yo empecé a ir a Argentina, hace ya 40 años, era considerado un escritor menor. Y todos estos gilipollas que ahora le hacen prólogos a Arlt, entonces lo despreciaban y no hablaban de él. Como también despreciaban a Soriano, al que mataron de pena por no reconocerle su talento. Nadie entiende la Argentina mejor que si lee a Soriano o a Arlt. Leer a Borges no, porque Borges no es argentino sino universal, es otra cosa.

-¿Trata de ser exacto con los detalles de lugares reales que describe en sus novelas?
-No trato de ser exacto: debo serlo. Siempre hay un margen de ficción y de manipulación, pero intento ser exacto, más que nada por honor profesional. Me gusta que mis novelas estén muy bien documentadas. Por ejemplo, en 'El tango de la Guardia Vieja', si digo que al salir de la estación de Barracas camina y cruza a la derecha donde está el colegio tal, el manicomio, la fábrica de cerveza tal, me gusta que los argentinos que saben eso y que a lo mejor son tres digan "qué cabrón, se lo ha preparado". Es una especie de vanidad personal.

-Me mostró el primer manuscrito de la nueva entrega de 'Falcó'. ¿Cuánta vida tiene este personaje?
-No sé cuántos haré, es un experimento. Ha ido tan bien que por eso me animé a hacer el segundo. Por lo menos haré tres, todos ambientados en la Guerra Civil. También puedo hablar de historias retrospectivas anteriores a esto. Todo puede ocurrir.
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Rogorn
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Registrado: Feb 01, 2007
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MensajePublicado: Dom May 07, 2017 7:13 pm    Asunto: Responder citando

"Escribir novelas es la forma que encontré de calmar las huellas que me dejó la guerra"
Entrevista de Walter Duer - El Mercurio - 07/05/2017

¿Es posible sentir cariño por un asesino y mercenario, que en medio de la Guerra Civil española puede tomar partido por cualquiera de los bandos sin el menor remordimiento? Devoto de la transgresión y cronista de guerra durante más de dos décadas, el novelista español Arturo Pérez-Reverte, de 65 años, estuvo en la Feria del Libro de Buenos Aires para presentar a Falcó, protagonista de su última novela: un hombre capaz de torturar y matar, pero también ingenioso, guapo y seductor. Un antihéroe brutal y, a la vez, encantador.

-¿Qué característica tiene Falcó que te gustaría tener?
-Veinte años menos. Por lo demás, estoy muy satisfecho con mi vida. Todo me salió bien, tuve mucha suerte. Si bien no nos parecemos en muchísimas cosas con Falcó, coincidimos en nuestra forma de mirar el mundo. Al parirlo, además, le hice un inmenso favor: no le coloqué ninguna mochila de tormentos o remordimientos. Es un aventurero, un niño que juega en un mundo peligroso con reglas peligrosas. Gracias a esa ausencia de conciencia y de escrúpulos es que puede cometer atrocidades, y transitar sus peripecias entre la adrenalina y las mujeres, sin que eso le genere pesadillas.

-¿Es posible escapar de esa mochila? Faulques, de 'El pintor de batallas', por ejemplo, parecía incapaz de librarse de esos tormentos.
-El caso de Faulques es diferente, porque si bien 'El pintor de batallas' tiene el formato tradicional de novela, es una autobiografía. Sus recuerdos son mis recuerdos. Es cierto, es difícil escapar de la mochila que te deja la guerra. Lo mismo ocurre cuando trabajas en la guardia de un hospital o eres el abogado de un criminal. Todo lo que implica proximidad con la parte más cruel y sangrienta del ser humano, te va cargando de imágenes que te acompañarán toda la vida. Y sientes que has participado de ese dolor, de ese mal. Pero el ser humano es capaz de montar cualquier coartada para no tener remordimientos. Apuesto mi reloj a que cualquier asesino tiene veinte razones que le permiten dormir tranquilo. Yo mismo he dejado de hacer cosas que debí haber hecho en medio de un campo de batalla y, al día de hoy, me digo a mí mismo que ya eran las tres de la tarde, que necesitaba mandar la información... Siempre encuentro una excusa. En fin, escribir novelas es la forma que encontré de calmar las huellas que me dejó la guerra.

-¿Por qué has elegido la Guerra Civil como escenario?
-Cuando el ser humano es inculto, la complejidad le repele, por lo que apela a las etiquetas para simplificar la situación. España ha abusado de las etiquetas con la Guerra Civil: Franco es malo y los republicanos buenos, o viceversa, de acuerdo a dónde esté parado cada quien. En mi época de reportero aprendí que si bien de lejos todo se ve claro, cuando uno se acerca al ser humano las cosas cambian. ¿O acaso un falangista de 17 años es más detestable que un comunista de 17 años? Hacer pasear a Falcó por ese espacio tan ambiguo fue una provocación. Tuvo una buena acogida en España, así es que asumo que los lectores la entendieron.

-Dentro de ese mundo oscuro en el que se mueve Falcó, parecería que tiene en claro determinados códigos que jamás traiciona. ¿Cómo se construye esa suerte de ética paralela?
-En mi caso, y el de Falcó es parecido, fui un chico educado para ser un caballero, como lo habían sido mi padre y mi abuelo. Luego la vida me llevó por lugares en los que ser un caballero no servía para nada y sufrí un despojo de los valores que me habían inculcado. El vacío es muy grande y si uno no es capaz de llenarlo con algo, se vuelve loco. "De toda esta porquería que veo acá, ¿qué es lo único que no falla?", me pregunté. Recurrí entonces a una serie de elementos que no se devalúan para construir una nueva moral, una nueva ética: lealtad, dignidad, coraje, valor, solidaridad. Ese mecanismo, que tanto me sirvió, se lo transmití al personaje.

-¿Qué hace querible a Falcó?
-El desafío técnico para mí fue muy importante: necesitaba que el lector aceptase a un tipo que era un torturador, un asesino, un inescrupuloso. Así es que lo hice guapo, le di elegancia, encanto... A diferencia de lo que ocurre en muchas novelas, que leemos "era inteligente y simpático", y debemos creerle al autor bajo palabra, porque nada de lo que ocurre o de lo que dice ese personaje lo demuestra, aquí trabajé en que quedara claro que era inteligente y simpático sin necesidad de decirlo. Además, en las formas, Falcó es un caballero con la certeza de que no lo es. Dicen que las mujeres se casan con los caballeros, pero se enamoran de los canallas, por lo que la dualidad de Falcó lo hace en este sentido muy atractivo.

-¿La segunda historia de Falcó está en pleno proceso, verdad?
-Sí. En principio iba a ser una novela más larga, pero mientras la escribía lo pasaba tan bien con ella que decidí que dure, al menos, dos entregas más. Es que me permite vivir inmerso en revistas, en el cine, en la literatura, en la moda y en los objetos de los años 30, un mundo diferente al vulgarmente mediocre que tenemos hoy. Si la novela elige al escritor, en este caso, Falcó lo hizo, además, en el momento exacto.
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Rogorn
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Registrado: Feb 01, 2007
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MensajePublicado: Mar May 09, 2017 9:27 am    Asunto: Responder citando

“La cultura occidental está condenada a muerte”
Entrevista de Nicolás Lucca - noticias.perfil.com - 09/05/2017

Pocos novelistas pueden ostentar la etiqueta “Ha roto el molde” pegada en la solapa del saco. En el caso de los periodistas, el número se reduce a cuantos dedos tenga una persona en una mano. Arturo Pérez-Reverte puede darse el lujo de mostrar la misma medalla en ambos terrenos. Por creativo, por provocador, por indomable. Una mentalidad que deja a quienes coinciden con sus ideas, como a quienes no, chiquititos ante el ¿coraje? ¿falta de filtros? ¿honestidad imprudente? del cartaginés que no tiene ningún problema en gritar sin levantar la voz que Europa está vieja y es cobarde frente al avance de los extremistas religiosos. Viniendo de él, la provocación se convierte en una afirmación incómoda: a lo largo de toda su vida ha ejercido el periodismo como corresponsal de guerra en tantos conflictos bélicos que hace practicamente imposible una refutación. Él no sólo sabe de qué habla: lo vivió.

Desde el lobby de un hotel de la Recoleta porteña, don Pérez-Reverte recibe a 'Noticias' y este periodista se siente microscópico sin saber si no resulta una exageración tratarlo como colega, dado que su labor como novelista ya lo ha trascendido, pero nunca se deja de ser periodista…

–Sí, se deja de ser periodista –afirma Pérez-Reverte y, mientras soluciona el enigma de su entrevistador, dispara su primer balazo de incorrección–, lo que pasa es que es como cuando uno ha sido puta o ha sido sacerdote: queda algo que ya no se puede borrar. Se puede dejar de ser periodista pero nunca se pierde la mirada que te da el periodismo, una especie de lucidez extrema, de escepticismo oculto. Una cultura no hecha de libros, sino hecha de conocimientos del ser humano. Y uno ya nunca puede mirar a la gente igual cuando uno ha sido periodista, como cuando ha sido puta o ha sido sacerdote. O policía. Uno nunca puede olvidar el periodista que fue, aunque no ejerza como tal. Y hay cosas que ya no se creen como tal, hay fes imposibles, hay palabras con mayúsculas que ya son imposibles y tienen minúsculas todo el tiempo.

–¿El escepticismo le ha jugado en contra?
–No, me ha jugado a favor. El escepticismo hace el mundo más frío, más gris, más hostil. Uno desearía encontrar en la gente virtudes que sólo encuentra en los perros o en los niños. El problema está en que el haber sido periodista –o haber sido puta, o sacerdote o policía– hace que uno vea cosas que no querría ver. Yo puedo ver un joven educado, bien vestido, con chaqueta, camisa blanca, las manos cuidadas, bien peinado, una barba recortada, pero mi especie me dice que ese joven a la vez puede ser un hijo de puta absoluto. Pone siempre una cierta distancia y eso es bueno, es práctico, es útil, pero también es desolador, porque uno quisiera que el chico que se sienta confiara tu vida. Pero la experiencia hace que uno se frene.

–Sus afirmaciones desde lo que está pasando en Europa con los conflictos migratorios…
–(Interrumpe) No es un conflicto de migraciones: es un conflicto de historia. La historia está cumpliendo su inevitable rigor de siglos.

–¿Qué es lo que le preocupa de la situación actual de Europa?
–A mí no me preocupa nada porque tengo 65 años. Mi vida está hecha, he vivido como he querido, he tenido una vida muy satisfactoria, he tenido mucha suerte, todo me ha salido bien, estuve donde quise estar, escribo libros, navego, soy dueño de mi vida, de mi tiempo, de mi dinero. En ese sentido no me preocupa. Lo que pasa es que observo la realidad. Y la realidad es como es. Cuando has vivido la historia en primera persona, has sido testigo de ella, o tienes la edad suficiente para que las pasiones, los impulsos y las etiquetas fáciles no pesen tanto como la lucidez, el análisis y el conocimiento del ser humano, te das cuenta de que hay cosas que ocurren inevitablemente. Es complicado responder esto, pero voy a utilizar un ejemplo. Hay una novela que se llama 'El cazador de barcos', de Justin Scott, que es una obra maestra, el mejor libro de barcos que se ha escrito en el siglo XX. Y en ese libro hay un punto en el cual dice el protagonista: “En el mar puedes hacerlo todo bien, pero aún así el mar te matará. Pero si eres buen marino, al menos tendrás el consuelo de saber en qué latitud-longitud estás cuando el mar te mate”. Pues eso es lo que yo quiero. Lo que intento es, a mí mismo y a mis lectores, situarlos en que latitud-longitud están. Que sepan dónde están y por qué el mar los mata. Pero matarlos, los va a matar igual.

–No hay solución.
–La historia no se soluciona, se vive. La cultura occidental está condenada a muerte. Aristóteles, Homero, Dante, Virgilio, Shakespeare, Borges, Cervantes, Rembrandt, Bioy, todo eso se va al carajo. Porque ha pasado su época, porque ahora viene otra época distinta. Tardará a lo mejor un siglo, dos siglos o tres, pero eso pasará y vendrá otra cosa, otra cultura diferente, mezclada, mestiza, no lo sé, no me importa, no voy a estar aquí para verlo. Pero es evidente que hay un sistema de valores, que son la Ilustración, la Revolución Francesa, las ideas, los derechos del hombre, que están en cuestión. Yo me limito a ser notario, a contarlo. Y también a decir “frente a eso no hay solución”. Hay analgésicos: no quitan la causa del dolor, pero ayudan a soportar el dolor. La única forma de asistir al final de un mundo es tener la lucidez bastante para comprender que ese mundo tiene que acabar. Mi actitud es esa. Todo responde a lo mismo: es una actitud ante un final de época.

–¿No hay una falta de comprensión de los ciudadanos de occidente sobre la gravedad de este tema?
–Hay una diferencia que es para mí muy importante: nuestros abuelos, la generación que precedió a la mía y todavía parte de la mía, tenía también la certeza de que el mundo es un lugar peligroso, hostil y donde las cosas son caducas, donde se muere con facilidad, donde el ser humano es un hijo de puta depredador. Pero eso lo hemos olvidado, porque somos tan estúpidos… Educamos a nuestros hijos diciendo “el 'Titanic' es insumergible”. El 'Titanic' tiene siempre un iceberg delante. Siempre lo hay. Pero les hemos hecho creer que el 'Titanic' nunca se hunde. Estamos creando generaciones ajenas a la realidad, incapaces de comprender. Entonces, cuando viene el golpe, cuando viene la dictadura de Videla, cuando viene la bomba del montonero, cuando viene la guerra civil española, cuando viene el tsunami, cuando viene la guerra de Aleppo, cuando viene el meteorito, la gente dice “no puede ser”. Claro que puede ser, idiota: son las reglas, solamente que lo habíamos olvidado. Occidente ha olvidado de dónde viene, ha olvidado su historia. Parece que es nuevo, pero en realidad es sumamente olvidado. Mis artículos, toda mi actitud intelectual -si se le puede llamar intelectual a mi actitud, ya que solo soy un tipo que cuenta historias-, se encamina a gritar, repetir, recordar a aquellos que quieren o que entienden “mira, chico, esto es un lugar muy jodido”. No es que ahora estemos peor. Habíamos creído que nunca íbamos a estar mal. Lo habíamos olvidado.

–¿No estamos equivocando la puntería sobre los problemas reales, como si quisiéramos pintar la pared cuando está en riesgo que se caiga?
–Eso es propio de todo final de época. Hay un escritor romano llamado Amiano Marcelino que se queja de los últimos tiempos de Roma: “Ahora las calles están llenas de jóvenes tocando el tambor vestidos como los bárbaros y cantan hasta la madrugada y molestan a los vecinos”. Fue en el siglo IV y ya se quejaba de lo mismo. Hay una cosa que está clara, para mí: el mundo occidental, sin cultura, sin la médula espinal de la cultura, no es nada. Nosotros somos lo que somos porque tenemos derechos humanos, tenemos Platón, Virgilio, Arístoteles, Dante. Pero ese mundo está sentenciado a muerte. Platón está muerto, Virgilio está muerto, Cervantes está muerto, Borges está muerto. El mundo actual no tiene herramientas defensivas. Todo el sistema educativo, argentino, español, occidental actual está encaminado a destruir la inteligencia, no a potenciarla. Antes, la élite se consideraba necesaria para tirar del carro. Élites culturales, científicas, políticas, de todo tipo. Antes, la educación era una vía adecuada para localizar y destacar aquellos brillantes que podían ser útiles a la sociedad en distintos aspectos. Ahora es al revés: la mediocridad. En un colegio un niño de siete años brillante será machacado por el sistema para no dejar atrás al torpe de la clase. Esa inversión de valores, esa falta de respeto por la ciencia y la élite como mecanismo motor de la sociedad, es propia de los finales de época: cuando todos los mediocres creen ser iguales que los que no lo son. ¿Qué es Twitter? Todos los mediocres intentando hacerse oír para callar la voz de los que realmente sí son brillantes. No hay salvación. No hay solución, es un problema de cultura. La cultura que crea occidente, la que nos nutrió, está desapareciendo.

La conversación vira hacia 'Falcó' (Alfaguara, 2016), su última novela, que ha convertido en apasionante un triste período del siglo XX, y a lo que rodea a la obra en sí. Cada lector habrá tenido su percepción, pero bueno, la tiranía del entrevistador lleva a preguntar por las propias.

–¿Qué es lo que hace que nos resulte agradable consumir tragedias viejas y nos resulten insoportables las tragedias de hoy?
–La pregunta es muy inteligente, pero no estoy de acuerdo. Nos llevaría a un debate ajeno a la entrevista, pero creo que no es así. La historia, la memoria, nos permite soportar cosas que en el presente nos serían insoportable. Es sencillo: la película que yo vi recientemente de Ricardo Darín, 'Capitán Kóblic', es una película insoportablemente sórdida porque está muy cerca en el tiempo. La historia contando como tiraban a la gente del castillo a los fosos a los prisioneros sarracenos de las cruzadaas es soportable. Al tenerlo tan cerca nos sentimos afectados. Cuando al horror lo sentimos cerca, nos hace reaccionar. Pero cuando lo sentimos distante, lo podemos soportar. Por eso el ser humano prefiere olvidar que el horror pertenece al ahora. Y es el error grave que comete. No es que el libro sea romántico. Al hablar de otra época hace que sean soportables cosas que hoy son insoportables. Hay una escena de tortura en el libro. Si esa escena la contáramos aquí en la ESMA, sería completamente inaceptable que un protagonista torture de esa manera. Pero al haber pasado un siglo, es más tolerable. El ser humano es así de estúpido.

–Las mujeres que he consultado sobre la percepción que tienen de Lorenzo Falcó han respondido que es “adorable”.
–(Sonríe) Es que las mujeres son unas cabronas. Todas lo son. Está clarísimo: Falcó es un hijo de una gran puta. Si ese hijo de una gran puta hubiera sido un tipo sucio, feo, vulgar, mediocre, habría sido intolerable por todos. Pero no. Ahí está la habilidad técnica del autor, que no es tonto y conoce su oficio. Decidí dotarlo de otras cosas: inteligencia, simpatía, gracia, pero sobre todo el descaro del sinvergüenza simpático. Y eso con las mujeres no falla jamás. Las mujeres se casan con los caballeros pero se enamoran de los canallas. Es una constante histórica, no es una expresión mía. No es que yo diga “yo pienso qué”. Está probado históricamente y cualquier persona con canas en la barba sabe muy bien a qué me refiero. Yo cuando iba al colegio y tenía amigas, tenía 14 años y era un chico bien educado. Iba a ser un caballero. Me di cuenta que a las chicas el que las besaba era el malote, el sinvergüenza de la clase. Ahí empecé a entender eso. Una novela es un artefacto narrativo que debe funcionar con eficacia.Yo recurrí a todo aquellos que yo sé de la vida para que mi héroe fuese aceptado por lectores hombres y lectores mujeres. Debo haberlo hecho bien.

–¿A los hombres nos pasa lo mismo?
–No exactamente. Los hombres somos muy elementales, somos de piñón fijo. La mujer es diferente, es mucho más inteligente que nosotros, tiene unas percepciones de la vida mucho más reales que las nuestras. La mujer sabe que está en el Titanic, el hombre lo ignora. Por razones históricas, genéticas, la mujer tiene una lucidez de la que el hombre carece.

–¿Qué satisfacciones le trajo Falcó?
–Yo detesto escribir. Lo que me gusta es imaginar. Hay algo que para mí es muy importante: un escritor tiene una fecha de caducidad, como los yogures. Depende de su talento, se agota. Es un escritor muy lindo pero está muerto. Y el que ha muerto y no lo sabe, es tristísimo, porque va por la vida sin saberlo. Hay escritores que mantienen el vínculo y siguen vivos. Al escribir Falcó descubrí una cosa: yo no estoy muerto porque sigo siendo lector. Y cuando un escritor pierde de vista al lector que fue, muere. Me puse a leer libros antiguos, ver Hitchcock, leer revistas de la época. Me he dado cuenta que sigo teniendo el impulso inocente, candoroso del lector que descubre cosas. Por eso sé que aún no estoy muerto. Paradójicamente es más sencillo que los otros, más escueto, más lacónico, más canónico, más adelgazado, pero justamente por eso, al obligarme a hacer un ejercicio de literatura intelectualmente mucho más sobrio, me ha puesto en un lugar de lector. Y he descubierto que todavía soy lector, lo he confirmado y eso me hace muy feliz.
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Rogorn
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MensajePublicado: Jue May 18, 2017 1:43 pm    Asunto: Responder citando

“La historia no es más que un pretexto para mostrar al personaje”
Entrevista de Máximo Soto - ámbito.com - 17/05/2017

Desde 1986, en 30 años, Arturo Pérez-Reverte lleva publicados 34 libros, de los cuales 19 son novelas, más 7 de la saga del Capitán Alatriste, y 8 libros de ensayos. De ellos, 11 pasaron al cine o la televisión, y 5 al comic. Su fama internacional la debe principalmente a 'El club Dumas', 'La piel del tambor', 'La reina del sur', 'El tango de la vieja guardia' [sic] y 'Hombres buenos', entre otros; desde 2003 es miembro de la Real Academia Española. Volvió por Buenos Aires para participar de la Feria del Libro y presentar 'Falcó', su nueva novela. Dialogamos con él:

-Falcó es su nuevo personaje, háblenos un poco de él.
-Mis novelas son pretextos para hablar de personajes. A mi no me interesa la guerra, me interesan los hombres en la guerra. El sexo no me interesa como tal, me interesan los seres humanos en el sexo. Falcó es un pretexto para hablar de personas que no tienen fe pero sí principios de los que no hablan y les sirven para vivir. Falcó es un hijo de puta, un aventurero simpático, una espía, un vividor, un tipo amoral, elegante, mujeriego, políticamente incorrecto. En un mundo dominado por las ideologías él no tienen ninguna, sólo está condicionado por su propio interés. Sabe que al final todo se puede comprar menos un puñado de ideas. Se puede comprar belleza, sexo, aventuras, objetos, pero no se puede comprar dignidad, orgullo, lealtad, coraje. Eso se tiene o no se tiene. Eso está en el código genético. Mis héroes pueden ser unos cabrones pero tienen ese tipo de virtudes que los redimen ante el lector y ante mí mismo. Y Falcó es uno más de esa cadena.

-A Falcó lo contratan para liberar a José Antonio Primo de Rivera, líder de la Falange, de la cárcel de Alicante, en la que lo tienen encerrado los republicanos.
-Necesitaba un episodio de la Guerra Civil que fuera bueno para una operación de espionaje, y sobre ese hecho no se había novelado nunca nada. Siguiendo a Hitchcock, pensé que el rescate de José Antonio podía ser un excelente macguffin [un elemento de suspenso como pretexto, que hace que los personajes avancen en la trama]. Mi objetivo no era ni por asomo explicar la Guerra Civil, ni comentarla, ni juzgarla. Lo que me importaba era y es Falcó, su forma de ver el mundo, sus convicciones.

-¿Se justifica que se vuelque al bando falangista?
-Es que él no es falangista, él no es nada. O, mejor, es un cínico oportunista. Es un tipo que se está moviendo en ese territorio por interés, no por ideología sentimental. Él caza solo. Es un degenerado, violento, cruel, pero atractivo. Un mercenario de sí mismo. No tiene una fe que lo ampare, va por las suyas. Sabe que amparado por una fe, una bandera, hasta un imbécil puede hacer cosas que parezcan heroicas. Y lo que da grandeza al ser humano es la capacidad de pelear y enfrentar por sí mismo la dureza de la vida, como creo que bien lo expone el capitán Alatriste.

-¿Falcó es, además de mercenario, un dandy en medio de la contienda?
-El de esa época era un mundo de hambre, miseria, violencia, pero también de un glamour que no permite alcanzar a vislumbrar hasta dónde llegarán los totalitarismos que están emergiendo. Pero el infierno en que las ideologías terminaron sumiendo a Europa en los 30 y los 40 no debe impedirnos ver que en su origen, antes de que fueran envilecidas por la puerca condición humana, fueron soluciones que mucha gente honrada creyó adecuadas. Fueron supuestas ideas de avanzada antes de que se supiera que terminarían en los Auschwitz y los Gulag, y se certificara el fracaso de las ideologías por el horror, la tragedia mundial a la que llevaron. Falcó no sólo goza la adrenalina de las aventuras y es capaz de matar sin remordimientos, también goza del glamour de su época, los trajes ingleses a medida y la caza de las mujeres más guapas, mientras se pasea por un mundo donde cada vez pareciera más que la vida no vale nada.

-¿Qué tiene en común el capitán Alatriste, que lo llevó a escribir una saga de ocho novelas, con las aventuras de Lorenzo Falcó, niño bien pasado a la marginalidad, ex contrabandista de armas, agente de los servicios de inteligencia al mejor postor?
-Falcó es un sinvergüenza, Alatriste un soldado perdido. Falcó tiene principios pero no códigos. Alatriste ha perdido su fe, pero tiene códigos, lealtades, un canon que le sirve de guía para la vida. Con Falcó me resulta interesante, un amigo de copas, Alatriste alguien fraterno en quien siempre puedo confiar.

-Dejó la historia de Falcó abierta, ¿continuará?
-Estoy concluyendo la segunda novela que transcurre en Tánger en 1937, y creo que llevará nombre de mujer.
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