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1243 - 30.04.2017 - Una Historia de España (LXXXIV)

 
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Autor Mensaje
Rogorn
Capitán


Registrado: Feb 01, 2007
Mensajes: 13372

MensajePublicado: Dom Abr 30, 2017 5:20 pm    Asunto: 1243 - 30.04.2017 - Una Historia de España (LXXXIV) Responder citando

UNA HISTORIA DE ESPAÑA (LXXXIV)

Nacionalcatolicismo, es la palabra. Lo que define el ambiente. La piedra angular de Pedro fue el otro pilar, Ejército y Falange aparte, sobre el que Franco edificó el negocio. La Iglesia Católica había pagado un precio muy alto durante la República y la guerra civil, con iglesias incendiadas y centenares de sacerdotes y religiosos asesinados sin otro motivo que serlo; y su apoyo (excepto del de algunos curas vascos o catalanes, que fueron reprimidos, encarcelados y hasta fusilados discretamente, en algunos casos) había sido decisivo en lo que el bando nacional llamó "cruzada antimarxista". Así que era momento de compensar las cosas, confiando a la única y verdadera religión la labor de pastorear a las descarriadas ovejas. Se abolieron el divorcio y el matrimonio civil, se penalizó duramente el aborto y se ordenó la estricta separación de sexos en las escuelas. Sociedad, moral, costumbres, espectáculos, educación escolar, todo fue puesto bajo el ojo vigilante del clero, que en los primeros tiempos –esas fotos da vergüenza verlas– incluía a los obispos saludando al Caudillo, brazo en alto, a la puerta de las iglesias.

Hubo, justo es reconocerlo, prelados y sacerdotes que no tragaron del todo; pero la tendencia general fue de sumisión y aplauso al régimen a cambio de control escolar y social, privilegios ciudadanos, apoyo a los seminarios –el hambre y el ambiente suscitaron numerosas vocaciones–, misiones evangelizadoras, sostén económico y exenciones tributarias. Que no era grano de anís, y en la práctica un sacerdote mandaba más que un general (como dice mi compadre Juan Eslava Galán, «ser cura era la hostia»). Además, las organizaciones católicas seglares, tipo Acción Católica, Hijos de María y cosas así, constituían un cauce conveniente para que se desarrollara, bajo el debido control eclesiástico y político, una cierta participación en asuntos públicos; o sea, una especie de válvula de escape para quienes no podían expresar sus inquietudes sociales mediante la actividad política o sindical tradicionales, abolidas desde el fin de la guerra.

El resultado de todo ese rociamiento general con agua bendita fue que la Iglesia Católica se envalentonó hasta extremos inauditos: duras pastorales contra los bailes agarrados, que eran invento del demonio, contra los trajes de baño y contra todo aquello que pudiera albergar o despertar pecaminosas intenciones. La obsesión por la vestimenta se tornó enfermiza, la censura se volvió omnipresente, lo del cine para mayores con reparos ya fue de traca, y los textos eclesiásticos de la época, con sus recomendaciones y prohibiciones morales, conforman todavía hoy una grotesca literatura donde la estupidez, el fanatismo y la perversión de mentes enfermas de hipocresía y vileza llegó a extremos nunca vistos desde hacía siglos: «El baile atenta contra la Patria, que no puede ser grande y fuerte con una generación afeminada y corrompida», afirmaba, por ejemplo, el obispo de Ibiza; mientras el arzobispo de Sevilla remataba la faena calificando lo de agarrarse con música como «tortura de confesores y feria predilecta de Satanás».

Naturalmente, la gran culpable de todo era la mujer, engendro del demonio, y a mantenerla en el camino de la castidad y la decencia, apartándola del tumulto de la vida para convertirla en ejemplar esposa y madre, se encaminaron los esfuerzos de la Iglesia y el régimen que la amparaba. Era necesario, según el Fuero del Trabajo, «liberar a la mujer casada del taller y de la fábrica». Ella, la mujer, era el eje incontestable de la familia cristiana; así que, para devolverla al hogar del que nunca debía haber salido, se anularon las leyes de emancipación de la República, destruyendo todos los derechos civiles, políticos y laborales que la habían liberado de la sumisión al hombre. La independencia de la mujer, su derecho sobre el propio cuerpo, el aborto, la sexualidad en cualquiera de sus manifestaciones, se convirtieron en pecado. Y el pecado se convirtió en delito, literalmente, vía Código Penal. Había multas y encarcelamientos por «conductas morales inadecuadas»; y a eso hay que añadir, claro, la infame naturaleza de la condición humana, siempre dispuesta a señalar con el dedo, marginar y denunciar –esos piadosos vecinos de entonces, de ahora y de siempre– a las mujeres marcadas por el oprobio y el escándalo (las que, para entendernos, no se ponían el hiyab de entonces, metafóricamente hablando). Por no mencionar, claro, la sexualidad alternativa o diferente. Nunca, desde hacía dos o tres siglos, se había perseguido a los homosexuales como se hizo durante aquellos tiempos oscuros del primer franquismo, y aún duró un buen rato. Nunca la palabra "maricón" se había pronunciado con tanto desprecio y con tanta saña.

[Continuará].

XL Semanal, 30 de abril de 2017
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Rogorn
Capitán


Registrado: Feb 01, 2007
Mensajes: 13372

MensajePublicado: Lun May 01, 2017 9:04 pm    Asunto: Responder citando

Autocrítica y tomas de conciencia. Matices a un artículo de Arturo Pérez-Reverte
Santiago Panizo - periodistadigital.com - 01/05/2017

El uno de mayo. Día internacional del Trabajo. Fiesta de San José obrero y exaltación cristiana del valor del trabajo. Fecha de manifestaciones reivindicativas de los trabajadores, y, a la vez, de interrogantes críticos, de tomas de conciencia, de temores y esperanzas. Reconocimientos al "homo faber", porque se los merece, como también el "sapiens", el "ludens" o el "religiosus": componentes ilustres de la condición humana son todos ellos. Aunque a la fiesta del Trabajo, a la dignidad del trabajo, a los derechos de los trabajadores, a las injusticias que se siguen dando en este sustancial campo humano, etc, no sean ajenas mis reflexiones de hoy, sin embargo, a la hora de preferir y optar, me incita más la referencia crítica -no podrá ser más que esto- a una de mis lecturas más recientes.

Me refiero al ensayo de Arturo Pérez-Reverte, publicado en el 'XL Semanal' de ayer, 30 de abril, que bajo su rótulo general -'Patente de corso'- constituye su entrega LXXXIV de 'Una historia de España'. Leído ayer mismo, esta mañana lo he vuelto a leer para verme en condiciones de mayor objetividad al referirme a él. Me atrae con esta urgencia al intuir que en él, al filosofar con la historia y componer valores, se apunta excesivamente hacia lo negativo y se solapan hábilmente partes importantes de verdad que se dejan en la sombra, tal vez por no aquejar esa personal filosofía sobre esta historia. Porque da la casualidad de que esa historia se compone de otras caras o perspectivas. Una de ellas la que se pudiera perfilar con algunas citas.

En uno de sus venerables ensayos -'De la crítica personal' se titula- Ortega y Gasset, hablando de la "imparcialidad" del crítico (de todo crítico, y no sólo del que valora la historia pasada), defiende que, "mirando al trasluz la palabra imparcialidad quiere decir impersonalidad. Ser impersonal es salirse fuera de sí mismo, hacer una escapada de la vida, sustraerse a la ley de gravedad sentimental". Y es también luchar. No hay buena crítica sin lucha por la verdad y la justicia. Es afanarse por todas las caras de la verdad y no sólo por una de ellas. Por todos los lados de la justicia y no sólo por el fácil, el populachero o el que conviene. Pero esta lucha... no es de las que se hacen adiestrando sólo "soldaditos de plomo". Concluye Ortega esta parte del ensayo diciendo: "Por lo demás, la justicia es una divinidad tan aburrida, de un culto tan poco ameno...". Los puntos suspensivos de Ortega -pienso yo- hablan con vigor del valor y esfuerzo que en ocasiones se requiere para ser justos y hacer una verdadera justicia.

Ortega era diputado por el socialismo en las Cortes constituyentes de la 2ª República. Con ocasión del tratamiento constitucional de la llamada "cuestión religiosa en España", el año 1931, tuvo una intervención en la Cámara. Calificó al "problema eclesiástico" de una "cuestión de tacto histórico", una cuestión, más que de derecho o de justicia, de "intuición política". Sabía Ortega dónde estaba y a quiénes hablaba. De hecho, comenzó su discurso resaltando que "los diputados de esta Cámara, en su mayoría, son ilimitadamente anticlericales". En la intervención, a pesar de su criterio sobre las convicciones íntimas de los diputados en materia religiosa, consciente incluso de sus personales aprecios del auténtico poder o influjo social de la Iglesia católica en España -correctos o no, para este caso da lo mismo-, defendía la separación de los dos poderes, religioso y secular; recomendaba "desarraigar del Estado a la Iglesia, hacer un poder público aséptico de credos" religiosos; y pedía que esta labor se realizara "enérgicamente", pero "limpiamente", haciendo "lo justo y lo debido", porque "es preciso que nos limitemos a lo debido". Y "no es necesario para nada -añadía- agregar a ese limpio laicismo una faena vulneratoria, no es necesario dejar herida a la Iglesia".

Manifiesta su criterio del derecho del Poder público civil de "dejar exento y en su pureza al Estado y nivelar lo que siglos de privilegio han añadido al efectivo Poder de la Iglesia". Pero, a la vez, exige que la Iglesia "quede indemne, atenida a sí misma, siendo lo que por sus propias fuerzas y no prestadas pueda seguir siendo. Otra cosa sería falsificar con nuevo estilo pero con igual delito la desdichada historia de España" (J. Ortega y Gasset, Estado-Iglesia, Obras Completas, Taurus Madrid 2.008, t. VIII, 1.929-1.932, pp. 512-518)

Pocos años antes del memorado discurso en las Cortes republicanas, en 1927, escribió Ortega otro de sus ensayos magistrales, el que se titula 'El espíritu y la letra'. En el mismo se dicen cosas como las que a continuación se trascriben. "Nunca he comprendido cómo falta en España un núcleo de católicos entusiastas dispuesto a libertar el catolicismo de todas las protuberancias, lacras y rémoras exclusivamente españolas que en aquel se han alojado y deforman su claro perfil. Ese núcleo de católicos podría dar cima a una doble y magnífica empresa: la depuración fecunda del catolicismo y la perfección de España. Pues tal y como están las cosas, mutuamente se dañan: el catolicismo va lastrado con vicios españoles, y viceversa, los vicios españoles se amparan y se fortifican con frecuencia tras una máscara insincera de catolicismo." "Como yo no creo que España pueda salir decisivamente al alta mar de la historia si no ayudan con entusiasmo y pureza a la maniobra los católicos nacionales, deploro sobremanera la ausencia de ese enérgico fermento de nuestra Iglesia oficial." "Y el caso es que el catolicismo significa hoy, dondequiera, una fuerza de vanguardia, donde combaten mentes clarísimas, plenamente actuales y creadoras". "Señor ¿por qué no ha de suceder lo mismo en nuestro país? ¿Por qué en España ha de ser admisible que muchas gentes usen el título de católicos como una patente que les excusa de refinar su intelecto y su sensibilidad y los convierte en rémora y estorbo para todo perfeccionamiento nacional?" "Se trata de construir España, de pulirla y dotarla magníficamente para el inmediato porvenir. Y es preciso que los católicos sientan el orgullo de su catolicismo y sepan hacer de él lo que fue en otras horas un instrumento exquisito, rico en todas las gracias y destrezas actuales, apto para poner a España "en forma" ante la vida presente". "Déjense, pues, de ser aldeanos y pónganse a trabajar en las cosas, y no a decir previamente su Fulano es de la derecha o de la izquierda (cuando no usan de una triste frase tomada al lenguaje presidiario: "Ese es de la otra cuerda".

Creo que -ante la claridad del relato- innecesario ha de ser comentario alguno. Habré de excusarme -creo yo- por la holgura de las citas. Pero las veo tan bien avenidas con las reflexiones de hoy que confío en obtener fácil perdón. De todos modos, me siento confortado pensando que, leyendo a Ortega y a Marías o a Marañón y Américo Castro o a otros que, hasta sin ser católicos alguno de ellos o amantes de lo católico en España, aún hay quien brinde más amor a la verdad y a la justicia que a sus propias vísceras. Porque sabido es que, si el ejercicio de la libertad puede dar para todo en el hombre, no todo ejercicio de la libertad hace siempre los debidos honores a la libertad. Esto, en estos tiempos, hay quien lo sabe y quien no.

Bien. Reconociendo todo lo reconocible y echando sobre los hombros de la Iglesia en España -en ese duro, difícil, lamentable y complejo momento al que se refiere al citado artículo del 'XL Semanal'- los cargos a que se hicieron acreedores sus "hombres" en España en ese tiempo, me parece que la implacable carga de los epítetos que se vierten contra el grueso de la Iglesia española ni es imparcial ni objetiva siquiera, al faltarle matices, precisiones, complementos, y omitirse muchos datos que contrapesan, aunque no eximan de culpas y responsabilidades, pero las atenúan y por eso mismo dan más imparcialidad y algo menor animosidad. Dos o tres muestras pueden ser suficientes.

Clara Campoamor, diputada socialista en la IIª República, vió descartada su proposición a favor del derecho al voto de la mujer por los mismos socialistas, y una de las razones del rechazo estuvo en "resabios anticlericales". El clero -ni el alto ni el bajo- fue en su totalidad franquista o falangista. Don Mateo Múgica -con el que hablé más de una vez de estas cosas en su retiro de Zarauz- fue exiliado y perseguido tanto por la República como por el franquismo (convendría alguna vez matizar la diferencia que puede haber entre "Franco" y el "franquismo" para no caer tanto en simplificaciones). Otros Obispos como Pildain, Barraquer y alguno más mantuvieron serias reservas. El cardenal Segura no fue condescendiente para nada con el Caudillo. El "caso Añoveros" habla claro de que las adhesiones no eran tan unánimes. Y lo de "¡Tarancón, al paredón!" revela algo más profundo que la voz mitinesca de unos cuantos exaltados.

En cuanto al concordato de 1953, deberían enterarse algunos de que fue algo más que una mera baza franquista arrancada a la Santa Sede. Desde 1939 a 1953 iban transcurridos 14 años y no fue un impulso de la primera hora de la victoria. No fue un cheque en blanco ni del Estado a la Iglesia, ni de la Iglesia al Estado. Fue resultado de una larga, fuerte y dura negociación. Y la finalidad, en lo que atañe a la Iglesia, fue normalizar sus relaciones con el nuevo régimen. La Santa Sede -como es objetivo para quienes lo quieran ver y no se doten de orejeras- aceptó la República y respetó el derecho del pueblo español a cambiar monarquía por república. Cosa, por otro lado, nada nueva en la Historia de la Iglesia, que se ha prestado a cohabitar pacíficamente con cualesquiera regímenes políticos, siempre que se le deje respirar y vivir. En el caso de España, a los veinte días más o menos de proclamada la República, ardían a cientos las iglesias y los conventos. ¿Era justo, era normal, era digno que la Iglesia respondiera dando el parabién o bendiciendo a los pirómanos?

Estas cosas enunciadas solamente, ¿no son atenuantes? Nada más formulada la pregunta, me planteo su ingenuidad, porque es de ingenuos pensar que abunden los seres humanos -"admirables hombres", como también los califica Ortega- que "se dedican seriamente a la caza de la verdad". No será una eximente, ni se pide que lo sea, pero indudablemente es un atenuante, y lo que atenúa disminuye culpas y reparte responsabilidades. Por lo demás, que conste que leo todas las semanas, con fruición, estos relatos de la Historia de España del citado autor en el 'XL Semanal'. En este concreto caso -al ver lo que dice, cómo lo dice, lo que omite o no matiza, la implacable severidad de los epítetos y las calificaciones, las fuentes que maneja (tengo a la mano la 'Historia de España para escépticos' que el autor parece acoger en su relato y me parece una frivolidad como fuente histórica de fundamento; en muchos de sus ensayos más que Historia e ideas se perciben ocurrencias)-, en este caso, repito, confieso haberme sentido defraudado, solamente defraudado. ¡Para qué ir más allá...!
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