1449 - 11.04.2021 - Forenses de las palabras

Los artículos de la columna de Pérez-Reverte en ‘El semanal’ y otros escritos suyos

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Rogorn
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1449 - 11.04.2021 - Forenses de las palabras

Mensaje por Rogorn » Dom Abr 11, 2021 1:06 am

FORENSES DE LAS PALABRAS

Me van ustedes a perdonar, pero cada vez que leo algo como «Todas las lenguas contarían con una operación binaria del tipo SX+SY-SZ en la que cualquier unidad sintáctica no-simple es descomponible en dos partes» me cisco en los muertos más frescos de los ministros de Educación de las últimas dos o tres décadas. Y tengo motivos. A mi generación escolar y a otras que vinieron luego, que yo recuerde, no nos fue tan mal en afilar la herramienta de hablar con corrección y escribir de modo razonable. Estudiar lengua y literatura en el colegio era conocer la ortografía y la gramática en lo imprescindible de ambas; comprender sus reglas básicas y ejercitarnos en su aplicación práctica. Un poquito de latín, incluso, ayudaba: traducir a César o a Cicerón durante un par de cursos aproximaba mejor a los mecanismos de la lengua española. Ordenaba y serenaba la cabeza.

El otro aspecto eran las lecturas. Tengo en la mesa el libro de Lengua Española de 2º de Bachillerato, 1962, editorial Edelvives: 224 páginas concisas, claras, que explican morfología, sintaxis y prosodia. Desde la oración hasta los períodos gramaticales, todo está contado de forma sencilla. Como complemento, a cada lección la acompañan fragmentos literarios escogidos, situados de modo que cualquier alumno terminaba leyéndolos aunque fuese por puro aburrimiento. Y así, aparte de escribir y hablar bien, obtenías una aproximación clara a los mecanismos de la lengua y a los autores destacados. Pero no sólo Cervantes, Galdós o Quevedo; hasta al más torpe le acababan sonando Pedro Antonio de Alarcón, Garcilaso, Machado, Zorrilla, el duque de Rivas o los Álvarez Quintero. Y, bueno. Vayan a la puerta de un colegio y averigüen lo que a los chicos de esa edad les suena ahora.

Muchos de ustedes tienen hijos, así que no hace falta que les caliente la oreja. Una cosa son las intenciones generales, la teoría de la ley educativa de turno, y otra la realidad cruda. Hay libros escolares excelentes, pero un repaso a otros produce indignación. Más que a escribir, a leer, a disfrutar de la lectura y comprenderla, lo que a veces se busca es convertir a chicos de 14 y 15 años en analistas estériles de la lengua; transformada, a su vez, en cadáver sobre una mesa de disección. De ahí a leer un texto y comprenderlo media un abismo que la estupidez de las autoridades educativas, abducidas por ciertos filólogos de minga fría, talibanes teóricos ajenos al pálpito real de las palabras –conozco a un par de ellos–, no hace sino agrandar. Y si creen que exagero, échenle valor y hojeen esos manuales.

Según ciertos cantamañanas, y tengo un libro de texto delante, a la hora de leer, e incluso aunque ni siquiera lea, lo importante es que un alumno adolescente sepa que el sujeto gramatical y el semántico no deben coincidir sino limitarse a coexistir. Pero mucho ojo: eso ocurre sólo en las oraciones activas, porque en las pasivas la cosa cambia al entrar en juego el complemento agente, que es una función sintáctica u oracional fácil de reconocer –la lengua aprieta, pero no ahoga–, pues suele ser un sintagma preposicional introducido por una preposición o por una locución propositiva. Más claro, imposible. Aunque, cuidadín, no todo el monte es orégano: la cosa lingüística y lectora se nos irá al carajo si el alumno ignora que el sintagma nominal funciona como sujeto o complemento directo, y si a su vez el sintagma aloja en su interior otro sintagma, el muy diablillo, o si eso sólo pasa en el predicado, donde los sintagmas preposicional y adverbial –pero también, que no cunda el pánico, en el sintagma nominal– pueden desempeñar la función de complemento circunstancial, directo, indirecto o mediopensionista. Eso, por supuesto, siempre y cuando el complemento predicativo no se confunda con el atributo, porque entonces la habremos fastidiado. Ambos pueden funcionar, ahí donde los ven, como sintagma nominal y sintagma adjetival, siendo un buen modo de despejar la incógnita acudir a los verbos predicativos. Con dos cojones.

Y así, nuestros chicos, futuros políticos, periodistas, youtubers o presentadores de televisión y por tanto novelistas en potencia, atrapados en ese mar de los sargazos lingüísticos, no reirán jamás con una ocurrencia del arcipreste de Hita, no se conmoverán con la noble melancolía del Quijote ni se reconocerán en un soneto de Quevedo, ni sabrán que sus vidas son los ríos que van a dar a la mar, que es el morir. Queriendo convertirlos en forenses de la sintaxis les escamoteamos el corazón vivo, caliente, de la lengua y la literatura. Sólo alcanzamos a ponerles delante, sobre una fría mesa de disección escolar, el cadáver desmembrado de una lengua que a menudo ni aman, ni conocen ni entienden. Ni son capaces de interpretar.

XL Semanal, 11 de abril de 2021

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Rogorn
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Re: 1449 - 11.04.2021 - Forenses de las palabras

Mensaje por Rogorn » Vie Abr 23, 2021 9:14 pm

Gramática y nada enseñanza no Arturo Pérez-Reverte de de la la sabe protesta
Fernández de Palleja - ladiari.com.uy - 23/04/2021

Arturo Pérez-Reverte no sabe nada de la enseñanza de la gramática y protesta. Pido disculpas a quienes quisieron resolver el lío y no les di tiempo. No podemos mantener tanto tiempo pensando a alguien mientras lee una nota en el diario. Aunque, si hubiéramos estado en clase, yo habría escrito esas palabras en el pizarrón y habría puesto una consigna simple: hagan lo que quieran. Mi experiencia me indica que un grupo de seres humanos en situación de aula no tolera ese desorden y, cada cual a su ritmo, intentan resolver el entuerto porque necesitan desesperadamente comprender. Entonces, van recurriendo a estrategias como, por ejemplo, llevar el nombre hacia la posición inicial de la oración, porque es la típica de los sujetos animados y humanos, y, de inmediato, lo vinculan a un verbo con el que ese sujeto concuerda. Más tarde o más temprano, encuentran que el núcleo del objeto directo de “sabe” es el indefinido “nada” y que este es complementado por un sintagma término de preposición: “de la enseñanza de la gramática”, estructura que contiene, al modo de las muñecas rusas, un término de preposición que complementa al sustantivo “enseñanza”. Lo probé en clase con la oración “milanesa cubiertos profesor manos de con el una sin las se comió olvidó traer” y funcionó exactamente así, con el agregado de que, además de intentar solucionar el caos, también necesitaban enterarse de qué materia iban a tener, y terminaron comentando cosas sobre verbos y plurales. Acertaban, discutían, querían saber, y les tuve que decir que era una suerte contar con estudiantes que supieran gramática porque, lo tuve que reconocer, yo no les había enseñado nada.

Podría haber puesto, por ejemplo, “a veces se buscamos convertir a chicos de 14 o 15 años en analista estériles de lengua la”. En tal caso, les habría hecho ruido el “se buscamos” tal vez habría propuesto eliminar el “se” para quedarse con una oración activa o bien cambiar la persona del verbo y dejar “busca” inmovilizado en tercera persona, lo cual es característico de ciertas oraciones pasivas. Este ejercicio con la oración proferida por Pérez-Reverte y alterada sintácticamente por mí es mejor para tercero, que es cuando se dan las oraciones pasivas, y este es un apunte para quienes quieran adaptarse a los programas, pero aun en primer año los estudiantes tienen la competencia lingüística suficiente para percibir la agramaticalidad, es decir, la infracción a las reglas que cumplimos todo el tiempo como hablantes nativos de la lengua española. Quienes hayan leído atentamente habrán observado que hay otras regularidades sintácticas trastocadas en la oración, una oportunidad inmejorable para pensar qué relación hay entre dos categorías gramaticales.

Arturo Pérez-Reverte, el escritor y columnista, miembro de la Real Academia Española, se encontró con un libro de lengua cuya terminología no comprendió, o que tal vez era sencillamente malo o inadecuado. El hallazgo lo motivó a redactar un artículo en el que se preocupa por la pérdida del disfrute de la lectura y se cuestiona si el estudio de la gramática (que conlleva el manejo de cierta terminología técnica) contribuye a la comprensión de los textos. Sobre lo segundo, podría decirse que a cualquiera le sería imposible hacer los ejercicios de sintaxis que se han mostrado en esta nota sin comprender y, además, que la atención requerida para resolverlos favorecería no sólo entender sino también recordar (la memoria puede ser importante en el aprendizaje, suele activarse al razonar). Además, como cada vez que manipulamos algo, hay que poner nombres, y es allí donde entran términos como sujeto, verbo, objeto directo, concordancia, determinante, sustantivo y todos los que sean necesarios; los términos técnicos de una disciplina, como existen en todas, creo que en el periodismo también. Claro, puede costar aprenderlos.

El articulista, enojado con las autoridades, recuerda con añoranza un manual de la editorial Edelvives de 1962. Es posible, hay que decirlo, que se tratara de un buen libro y que, como bien dice el antiguo cronista de guerra, los fragmentos literarios presentados en esa publicación didáctica pudieran inducir a la lectura a alguna parte del alumnado. Sin embargo, difícilmente pueda achacarse a unos ejercicios de gramática actuales el desinterés por la lectura que suele adjudicarse a las generaciones jóvenes, si es que existe. Es bastante posible que la lectura se enfrente a una competencia un poco más fuerte que los ejercicios de gramática, por malos que sean. Seguramente este autor de algunos libros muy exitosos tenga motivos para estar molesto con las autoridades –siempre es fácil enojarse con las cosas que hacen y dicen casi siempre–, pero también es posible que su mirada sobre la enseñanza de la gramática esté impregnada del modo tradicional de hacerlo, el que me pregunto si no estaría en ese mismo manual de la época franquista que añora.

Es bastante posible que muchos de quienes llegaron leyendo hasta aquí hayan debido enfrentarse a una enseñanza de la gramática en la que debían limitarse, con desesperación, a rotular partes de la oración (sujeto, objeto directo). La mera acción de poner etiquetas no resulta, en general, estimulante. Ahora bien, la necesidad de comprender, para la cual hay que buscar estrategias, investigar, preguntar –y hasta protestar–, puede desencadenar procesos de aprendizaje que quitan el foco de la verdad revelada y provista por un adulto aburrido y lo colocan en el propio deseo de una persona en formación que va a comprender porque lo necesita, que va a pensar porque quiere. Eso es la ciencia: buscar saber.

Hay que dejar sentado que con la ortografía se puede hacer más o menos lo mismo para que incorporen sus reglas imprescindibles. “Hablar con corrección y escribir de modo razonable”, dice en la columna el escritor. Por supuesto, aunque siempre nos podremos preguntar con respecto a qué es correcto, pero la norma, y sus orígenes socioculturales y políticos, es un tema que va aún más allá de lo que cabe en esta nota. Al respecto, la propia reflexión gramatical puede ser un disparador para la producción escrita, como lo atestigua el texto “70 verbos”, de Leo Maslíah, o un instigante poema erótico de Oliverio Girondo hecho de verbos en plural. Porque perfectamente podemos pedir a los estudiantes que escriban un cuento en el que todas las oraciones tengan sujeto y objeto directo. Hay que ver lo que sudan haciendo un ejercicio de ese tipo, algo que se llama análisis inverso y que, igual que el trabajo con secuencias agramaticales del principio, le copié al gramático español Ignacio Bosque, también miembro de la RAE, y a la lingüista argentina Ángela Di Tullio. Por último, pero no menos, es de rigor reconocer que, si me vuelvo famoso contando lo que hago en clase y mi ego se inflama un poco más de lo que ya está, me voy a sentir muy tentado de escribir un editorial sobre el periodismo de guerra.

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