Alatriste en la canallesca

Comentarios y noticias sobre la saga de novelas ‘Las aventuras del capitán Alatriste’

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Rogorn
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Re: Alatriste en la canallesca

Mensaje por Rogorn » Mié Mar 03, 2021 4:51 pm

La noche de los cuchillos: La inteligencia artificial frente a Arturo Pérez-Reverte
Chema Alonso - zendalibros.com - 03/03/2021

Llegamos al último acto de esta experiencia «literar-IA» con la batalla final. Donde todo termina —al menos por ahora—. Se acaba la versión 1.0 de este juego llamado Proyecto Maquet. Y ya sabes tú, lector, si has sido jugador de los videojuegos de ordenador y máquinas recreativas, que en la última pantalla de la última fase —en el último acto de toda gran epopeya— llega la batalla contra el “Monstruo de final de fase” o lo que muchos llamamos el “Malo final”. Ese punto de la partida donde todo se hace más difícil. Más rápido. Más cuesta arriba. Más adrenalínico. El destino final del héroe. Donde se muere o se transciende.

Cuando yo era niño las máquinas recreativas de videojuegos se encontraban en bares de esos que aún tenían el suelo lleno de boletos de lotería, cabezas de gambas y huesos de pollo, cafeterías de supermercados, o centros recreativos evolucionados de los antiguos billares donde aún se juntaba un OutRun con un tapete de billar español. Yo, como niño bien integrado en mi generación, he jugado a más de un centenar de aquellos videojuegos en esas máquinas recreativas con gráficos y sonidos tan atrayentes.

Entre ellas hay algunas tan míticas como el Ghosts’n’Goblins —que mi compañero Iñaki Ayucar acaba de despiezar pieza a pieza para explicar a los nuevos creadores cómo se hace un juego como este desde cero, el mítico Golden Axe—, el bárbaro Rastan Saga, y una lista infinita de ellos que ya han pasado a nuestra historia, como son Arkanoid, Kung-Fu Master, 1942, Ikari Warriors, Bombjack, o mis favoritos, que sin duda fueron Double Dragon y Street Fighter II. Pero claro, todas costaban dinero. Una moneda de 25 pesetas de la época en mis tiempos, cuando mi asignación semanal eran 100 pesetas. Una partida por cada 25 pesetas. Así que, si querías que el dinero que tus padres te daba como “paga” cada fin de semana durase, tenías que ser diestro en el videojuego y aguantar los envites de alienígenas, chungos, esqueletos o enemigos mitológicos.

Había que estirar el tiempo que estabas conectado al videojuego, por lo que había que aprender bien cómo se jugaba, cómo se las gastaban los enemigos, dónde estaban los premios, cómo se hacían los movimientos especiales y practicar el ritmo en tu mente antes de hacer el famoso proceso de “INSERT COIN”. Eso hacía que nos fuéramos a buscar las máquinas en las que estaban los juegos que queríamos aprender, y viéramos partida tras partida a otros jugadores durante horas. Había que esperar a que llegara un jugador bueno para aprender algo. Y a veces no jugaba nadie, que costaba dinero. En aquel entonces no estaba aún YouTube y sus gameplays, ni los canales de Twitch donde te explican los juegos uno a uno, paso a paso, con todos los trucos. En aquellos años había que hacer cola en la máquina para tener el mejor sitio de visión en uno de los dos laterales donde nos apretujábamos sin molestar al jugador, que no siempre se lo tomaba de buen grado.

Hasta que te considerabas listo. Cuando ya sabías más o menos cómo se jugaba, entonces insertabas tu “coin” e ibas aprendiendo a toda velocidad porque si no, el dinero se acababa pronto. Ibas avanzando en las pantallas más fáciles. Una tras otra. Disfrutando con el juego. Y de repente llegaba el punto clave. Ese “Monstruo de Final de Fase”. Ese “Malo Final”. El punto donde tu moneda de cinco duros podía acabarse de manera abrupta porque la partida acababa de subir varios enteros en dificultad. En ese momento había risas, murmullos, y hasta un “¡flipa, ha llegado al monstruo final!”.

En el Street Fighter II, que era uno de los que me cautivó y con los que seguí a pies juntillas el proceso que os he descrito, el malo final era mítico. Se hizo famoso entre nosotros. Era Mister Bison, o así le llamaron en la versión española, y con unos saltos en los que te pegaba una patada voladora con los dos pies en el jerol desde el otro extremo de la pantalla te dejaba claro si estabas preparado para ganar o no. La prueba del algodón, del nueve, y del carbono 14 todo en uno. Para que te fueras caliente a casa si no estabas listo.

Y en este juego del Proyecto Maquet también teníamos un “Malo Final”. No se trataba de competir contra un escritor mediocre como soy yo, ni contra la opinión de lectores ligeros o profundos. El “Malo Final” con el que había que pelear era con el propio Arturo Pérez-Reverte. A ver si había arrestos.

Si queríamos hacer el trabajo completo, no bastaba con que Arturo revisara el texto original escrito por el mediocre y el texto “revertizado” por Maquet. Había que conseguir que el propio Arturo “revertizara” el texto del mediocre, para poder comparar la diferencia entre un texto hecho al estilo de los libros del Capitán Alatriste por una Inteligencia Artificial llamada Maquet y ese mismo texto hecho al estilo de los libros del Capitán Alatriste pero hecho por el creador de ese estilo en carne y pluma. Es decir, poner en el Street Fighter II a pelear a Maquet frente al Mister Bison de esta lid. No me digáis que no es una pelea callejera en la que merece ponerse a disfrutar alrededor del “Sintasol”.

Además, con Arturo da gusto hacer cosas, y me encanta liarle y que me líe. Un día le propuse hacer Maquet y me dijo “adelante, chaval”. Otro día me propuso escribir en Zenda Libros, y aquí estoy con mi espacio de “El futuro está por hackear”. A la vuelta le “lie” para que se expusiera más al público a través de su buzón público en MyPublicInbox y ahí está. Otro día se animó a participar en una tira de Cálico Electrónico y la hicimos, la publicamos, y yo la tengo impresa y firmada —¡moríos de envidia!—. Otro día le propuse este combate callejero entre Maquet y Mister Bison y me envío el “fatality” con un magnífico: “Ahí lo tienes revertizado”.

Por supuesto, sabía el desenlace del combate desde antes de abrir el archivo. Pero tenía unas ganas locas de ver cómo un texto mío era transformado en un pasaje del Capitán Alatriste escrito por ÉL. Así que abrí el adjunto y lo devoré con una sonrisa de oreja a oreja que se tornó en una carcajada en forma de exabrupto, con una exclamación final en voz alta, en la que riendo me chillé a mí mismo: “¡Qué cab&$%, jajaja!”. En ese momento me sentí cómo un diabólico malvado disfrutando de la derrota solo porque el baile de estoques ha merecido la pena. Como cuando el Joker es derrotado por Batman al final de La broma asesina y acaban los dos riéndose al unísono. ¡Qué gran Joker me sentí!

Pero ya no os quiero hacer esperar más, que seguro que tenéis ganas de catarle colmillo al texto final. Bueno, solo un último entremés primero. Este es el segundo párrafo del pasaje, escrito por el mediocre, del que escribimos usando Maquet, y el mismo párrafo pero que ha escrito Arturo Perez-Reverte para que lo podamos comparar juntos.

La noche de los cuchillos: Párrafo 2 escrito por un escritor aficionado.

Íñigo Balboa lo sabía tiempo ha. Y desde luego lo aprendió a fuego en virtud de aventuras pasadas, sabiendo que tampoco importa en las noches de luna ausente si eres duque o vienes de un tugurio, si te has criado con vajilla de plata, o si la puta que te parió era o no era de esta España tan maltratada. Si eliges mal la baza que jugar, te puedes topar con una revisión completa de tus pecados.

La noche de los cuchillos: Párrafo 2 escrito por Maquet.

Íñigo Balboa lo aprendió por las malas tiempo ha. Y lo creyó a fuego más aún en virtud de pólvora quemada e higadillos secándose al sol, teniendo muy presente qué diablos importa en las noches de luna invernal, si eres duque o camarada de un tugurio, si has tenido conveniencia con vajilla de plata, o si la puta que te parió era o no era de esta España tan amedrentada. Si designas intuyendo la plaza que aventurar de forma equivocada, te puedes topar con la suerte arrimándose a tus pecados.

La noche de los cuchillos: Párrafo 2 escrito por Arturo Pérez-Reverte

Iñigo Balboa lo sabía de sobra, pese a su juventud. Lo había aprendido a sangre, acero y fuego mediante aventuras pasadas y presentes, seguro de que las noches sin luna, a boca de sorna, no hacían distingos entre un duque o un esportillero; si estabas criado con vajilla de plata, o si la puta que te parió te había dado de mamar entre dos clientes. En aquel Madrid nocturno y peligroso, si salías con naipe de más o menos podía tocarte una revisión rápida de tus pecados, si daba espacio a pedir confesión, que no siempre era el caso. Ni a santiguarse daba tiempo, a veces.

La diferencia es más que apreciable. Mientras que en el párrafo escrito por Maquet se ha conseguido dar ese filtro en el texto que recuerda al estilo de los libros del Capitán Alatriste utilizando palabras, construcciones de frases y expresiones ya utilizadas, Arturo se siente libre de crear a su gusto y antojo sin barreras ni puntos verdes que conseguir. El estilo de las novelas del Capitán Alatriste es suyo, y los secretos escondidos en él no se basan solo en las palabras y las frases, sino en la composición pictórica completa. En cómo juega con ellas para pintar en la cabeza del lector lo que él quiere, y a veces pinta con oscuro, y otras con colores pastel. A veces baja el ritmo de la historia, otras, decide acelerarte el corazón.

Además, todo texto tiene un ritmo, una historia contada, y referencias a otras que solo tienen sentido si se colocan en el sitio adecuado con minuciosidad de cirujano y los términos precisos, o el mensaje oculto no estará ahí. Cuando una IA juega solo con las palabras, las estructuras y las expresiones comunes está jugando un plano, el escrito, pero está perdiéndose otro plano, lo no escrito pero contenido en la narración, que un buen escritor sí sabe conjugar. Aún le queda mucho que leer y aprender a Maquet.

Pero ahora es el momento de que juzgues tú, como lector, el resultado. Y si no quieres juzgarlo, puedes disfrutar de algo tan maravilloso como poder llevarte a la boca un pasaje del Capitán Alatriste, del que aún nos faltan aventuras de su vida que merendar, escrito por el propio Arturo Pérez-Reverte, y que este haga que la espera con la que nos castiga el maestro se haga más llevadera. Os dejo primero el texto de Maquet, y luego el de Arturo, al que, para hacer más suyo aún, ha cambiado hasta el título.

La noche de los cuchillos (Escrita por Maquet)

Las callejuelas de Madrid no son lugar para acuchillarse a estas horas. Espadachines, soldados de acero abrochándose a la vez que huyen de las mancebías, cuchilleros a maravedíes con restos de damajuanas en el cuerpo y escasas mujeres que los hayan sosegado, que hasta a hacerlo en gratitud por benevolencia con el arte están a la orden, o gentuza sin clase a la búsqueda de una bolsa con algo de oro, son gajes de oficio a comprobar, para no llamarse al cielo, o al infierno, por la golilla.

Íñigo Balboa lo aprendió por las malas tiempo ha. Y lo creyó a fuego más aún en virtud de pólvora quemada e higadillos secándose al sol, teniendo muy presente qué diablos importa en las noches de luna invernal, si eres duque o camarada de un tugurio, si has tenido conveniencia con vajilla de plata, o si la puta que te parió era o no era de esta España tan amedrentada. Si designas intuyendo la plaza que aventurar de forma equivocada, te puedes topar con la suerte arrimándose a tus pecados.

Para la gente, no es gran menester dicho momento nocturno, y acechan como serpientes buscando ratones en los rincones más enmascarados, los chaflanes escondidos y los muros de los soportales. Entre el olor del orín mezclado, avizor a los sonidos de las pocas ánimas en decadencia que pierden tierra por estos prados de los arrabales de la corte.

Eso sí, cuando estás al acecho en estas noches, es de ciencia que en este mundo hay que tener don de gente, buen oído, y buen olfato para no toparse con un viejo camarada soldado de esos que dábase por el reino, con mucho rejón encima, poco oro en los bolsillos y muchas voluntades de hacer pagar a alguien todos los pormenores hechos por las vuecencias que los maltrataron.

Hay asuntos donde tener ojo, pues sepa que son casos más peligrosos los que aforan las herramientas sin que suenen demasiado. Esos desgraciados casos tienden y acontecen a ser los que se han rebanado adversarios a antojo y conveniencia en las mil y una guerras por las que las botas con ansia de los odiados aceros tercios españoles pisaron, como el caballo de Atila, para no dejarse crecer la hierba ni parir un maldito adversario hereje, que hiciera deshonor a esta oscura y católica España. Esos fulanos saben degollarse como Dios manda, que en esta España Dios lo dispuso en toda la desgraciada Europa.

Algunos compatriotas regresan a estas horas a sus escondites, después de haber quedado servido su antojo de damajuanas, sus argumentos con la desencuadernada, cuidados de alguna zorra, o vuelven tras sobrevivir una noche más a los aires del vino. Que más tercios españoles ha aniquilado estas noches de Madrid un alarde de un florín, un cuchillo o una pappenheimer, por culpa de la lengua pasada al calor de más encuentros con jarras de las necesarias, que por el abordaje de un hereje.

Hay que apañar la víctima adecuada. Un desvalido adversario perdido revolviéndose entre faldas ajenas. Un aristócrata cegado por la avidez de hacer ocasión a cualquier momento, a cualquier valor, incluso si ese instante pudiera costarle encontrarse con un billete directo a ver a San Pedro. Un ánima en amargura que ha llevado a ahogar sus cadenas en una taberna de mala muerte que esté pidiendo a gritos abandonar este mundo. Dejarlo, por supuesto, sin un maravedí, que allá adonde vaya no le va a hacer ninguna necesidad, que el acceso ni al cielo ni al infierno se paga allí. Si alguien quiere ganarse el cielo en esta España tiene que pagar los peajes con tintineo de dinero en bolsillos que dan la absolución. En este imperio español que se duerme, el oro tanto abre las piernas de una dama de calidad como las puertas del cielo con el perdón de un obispo.

Íñigo Balboa lo creyó así, e iba con sumo cuidado. Pegado a los muros recorriendo las sombras callejas. Pisando como había aprendido de muy criatura para dejarse de lugares donde su vida tenía menos valor que la de un becerro herido. Lejos de las agujas de luz. Lejos de los mil peligros que él sabía que aforan ahí pese a que él no los viera. Escuchando los gemidos de una estancia, los ronquidos, risas o ruidos de alguna guitarra herida en una corrala. O a los argumentos de los gatos callejeros mientras tienen sus más y sus menos en un tejado. Buscando el sonido, el bulto o el acontecimiento que fuera que no encajara en ese paisaje para hacerle correr como espíritu que lleve el diablo de vuelta con el Capitán Alatriste.

Lo había dejado dormido después de una larga jornada, y él necesitaba cerciorarse si era cierto que el demonio con rizos dorados que le había hecho prisionero estaba de vuelta a la corte. Quería ir a comprobar si en la mansión de su tío, Luis de Alquézar, podía tomarse algún indicio de su presencia otra vez. Si Angélica había regresado de su viaje, sus problemas comenzarían a buscarlo una vez más. Pero la presión y la ausencia de noticias le había tenido en vigilia sin poder dormir los últimos tres días. Y hoy era el momento en el que ella debía regresar.

En brazos de esos pensamientos andaba, viendo los rizos y la visión de Angélica de Alquézar en sus pensamientos cuando advirtió los dos canallas. Confiados ambos, salieron moviéndose sin mucha prisa de sus rincones oscuros. Con sonrisas amplias en sendas bocas vacías de dientes. Con mechones de bozo sucios que daban aspecto de llevar mucho tiempo sin haber querido pasar por una buena tina. Iban pertrechados con sendos cuchillos jiferos, que tanto te pueden matar por que te atraviesen con ferocidad los adentros adecuados, que por la infección que te pueden causar. No eran más que ladrones en busca de botín fácil.

Íñigo Balboa los tenía frente a sus ojos y sabía que sus opciones eran escasas para contarlo. Iba a tener que pensar cómo zafarse de los aceros que sin duda iban a acercarse mucho a su gañote, ya fuera para forzarle a dar todo lo que tenía, ya fuera por el malhumor que les daría ver que no tenía nada, o por la venganza que tomaran en él. Así que entretanto aún se regodeaban como el gato que tiene capturado al ratón, se lanzó de cabeza contra el estómago del más enclenque para derribarlo, sorprendido, y hacerle sangrar la cabeza del golpe contra el suelo.

El otro, con menos dientes que el primer adversario, pero más peso en el cuerpo, tardó en actuar unos segundos, pero cuando su camarada estaba en tierra e Íñigo Balboa estaba aún recuperando la verticalidad de su cuerpo, se apañó para levantar a Íñigo por la pechera y ponerle uno de los cuchillos en el cuello al zagal. La boca del maleante estaba tan cerca del rostro de Íñigo Balboa que éste sintió que se iba a morir quemado por el aliento o los bocados que le iba a dar para castigarle por intentar huir.

Sin embargo, antes de que pudiera siquiera cerrar los ojos entornados para no ver su fea y sucia cara, un chorro de sangre le salpicó por el rostro, al tiempo que el maleante se quedaba mudo e inmóvil. Del cuello de éste salía el filo de una hoja que le había atravesado el cuello de lado a lado. Le llegó la solución a todos sus problemas en un momento. Ya no tendría que acechar en la noche a niños indefensos con matachines. Ya no tendría que respirar. Ahora sus problemas habían quedado atrás, amontonados en un charco de sangre que se extendía debajo de él a medida que su cuello perdía fuerza en la fuente en que se convirtió.

Íñigo Balboa seguía plantado muerto de miedo, pues no sabía a quién diablos pertenecía el rejón divino que le salvó la vida y vio tan cerca de su propia faz. Pero sus dudas iban a verse resueltas de inmediato cuando en la oscuridad de la noche sus ojos vieron el rostro que temía y conocía tan bien. La apariencia de Gualterio Malatesta, que sin inmutarse limpiaba el remate de su espada en la ropa de la víctima.

Íñigo Balboa se convirtió en estatua como si hubiera visto a la misma medusa en lugar de al espadachín que tanto miedo infligía sobre él. Su cuerpo había dejado de responder, y cuando Malatesta guardó su espada y lo miró amostazado, el frío se hizo con todo su cuerpo. Podría haberse quedado así hasta el fin de los días. Hasta que le tocara irse con el barquero. No era cuestión de pensar en nada, sólo estar convertido en estatua.

Con su apariencia de hielo, y su sonrisa peligrosa, Gualterio Malatesta lo miró. Lo observó unos segundos y luego le dijo, con un tono de voz que le hizo sentirse envejecer varios años y que se mantuvo en la memoria hasta el último día de su existencia, “Vete. Hoy no.”

En ese instante, Íñigo Balboa y Aguirre escuchó cómo el primero de los malhechores, al que había tumbado con el cabezazo, se retorcía para levantarse. Malatesta miró al pobre caído en el suelo, y luego a Íñigo. Le hizo un ademán con la cabeza para que desapareciera de escena, e Íñigo no necesito una nueva indicación para correr como alma que lleva el diablo por las callejas de Madrid de vuelta a la habitación del capitán.

Esa noche ni siquiera durmió. Tampoco pudo concebir el sueño bien. Pero no fue porque pensara en los rizos dorados de Angélica de Alquézar, sino por esa hoja que vio tan cerca y de la que estaba seguro volvería a ver en algún momento más adelante.

******

Y ahora sí, la misma historia de este pasaje, pero escrita por Arturo Pérez-Reverte.

La noche de los aceros, por Arturo Pérez-Reverte

Las callejuelas de Madrid no son lugar para aventurarse a según qué horas: hormiguean maleantes, viejos soldados saliendo de las mancebías y matarifes a sueldo con muchos azumbres entre pecho y espalda. También, corsarias de medio manto en busca de abordaje fácil y rufianes de poca monta a la caza de alguna bolsa que haga ruido. Motivos de sobra, todos ellos, para que a uno le tajen la gorja al menor descuido, en un Jesús.

Íñigo Balboa lo sabía de sobra, pese a su juventud. Lo había aprendido a sangre, acero y fuego mediante aventuras pasadas y presentes, seguro de que las noches sin luna, a boca de sorna, no hacían distingos entre un duque o un esportillero; si estabas criado con vajilla de plata, o si la puta que te parió te había dado de mamar entre dos clientes. En aquel Madrid nocturno y peligroso, si salías con naipe de más o menos podía tocarte una revisión rápida de tus pecados, si daba espacio a pedir confesión, que no siempre era el caso. Ni a santiguarse daba tiempo, a veces.

Caminar por aquel barrio era como sortear serpientes acechando ratones en los rincones más ocultos, los zaguanes oscuros y los muros en sombra de los edificios, entre olor de rancias vejigas vaciadas y vino vomitado, atento a los pasos que podían acabar en relumbrar de aceros. Aquél, había aprendido Íñigo a su propia costa, era negocio que requería buen oído, buen pulso y olfato para identificar, en las sombras con las que se cruzaba, a uno de esos soldados licenciados que abundan por la Corte, con mucho hierro encima, poco sonante en la bolsa y gana de cobrarse, en terceros, antiguos desprecios hechos por las vuecencias que lo maltrataron en Flandes, Italia o los presidios de África. Evitar a tales marrajos exigía buen ojo, sobre todo a los más peligrosos, inofensivos sólo en apariencia, que tal vez cargaban herramientas que no sonaban demasiado y las manejaban con veterano silencio y eficacia. Gente hecha a degollar como Dios manda; a acuchillar herejes allí por donde las botas de los tercios españoles pisaron recio haciendo que, como con el caballo de Atila, no volviese a crecer la hierba tras su paso.

Todo era cuestión, pensó Íñigo, de reconocerlos y esquivarlos cuando, como animales de vuelta al cubil, semejantes caimanes regresaban a estas horas a sus guaridas tras su ración de damajuanas, sus envites con la descuadernada, las caricias de alguna daifa del arroyo, o sobrevivir a dimes y diretes con otros bravos de vino espeso y acero fácil, que más españoles ha matado en noches así un cuchillo jifero, un estoque de Solingen o una espada de Juanes por culpa de la mojarra suelta por el vino, que un escuadrón hereje o una galera turca. O el ansia de un reluciente doblón, capaz de abrir lo mismo las piernas de una dama que las puertas del cielo mediante el perdón de un obispo.

Consciente de todo eso, el joven vascongado se movía con mucho tiento, pegado a los muros y buscando las sombras, tal como había aprendido desde muy niño para escabullirse de lugares donde la vida no valía ni el hierro que la quitaba. Lejos de las hachas de luz, de los mil peligros que sabía estaban aunque no los viera; escuchando los gemidos de una alcoba, los ronquidos, risas o ruidos de alguna guitarra tañida en una corrala, o a los gatos callejeros buscándose querella un tejado. Atento al sonido, el bulto, el indicio amenazante para correr como alma que lleva el diablo de vuelta con el Capitán Alatriste.

Íñigo había dejado dormido a su amo después de una larga jornada, y ahora necesitaba comprobar si era cierto que el demonio con rizos dorados que le había apresado el corazón estaba de vuelta en la corte. Quería ir a ver si en la casa de su tío, Luis de Alquézar, podía advertir algún indicio de su presencia otra vez. Y también de futuras amenazas. Si Angélica había regresado de su viaje, sus problemas aumentarían una vez más. Pero la incertidumbre y la ausencia de noticias lo había tenido en vela durante los últimos tres días. Y hoy era la fecha en la que ella debía regresar.

En esos pensamientos andaba absorto, viendo los rizos y la mirada de Angélica de Alquézar, cuando le asaltaron dos rajabroqueles. Confiados, en busca de presa fácil, ambos salieron sin mucha prisa de sus rincones oscuros a la luz de un farol cercano, con sonrisas amplias en sus bocas escasas de dientes, con guedejas de pelo sucio bajo los sombreros grasientos, sin duda posada de liendres. Esgrimían cuchillos jiferos tan sucios que no brillaban, de ésos que lo mismo matan por el tajo que por la infección de su mugre.

—Vaya, vaya —dijo uno de ellos, aguardentoso y ronco—. Tenemos un palomo en el garlito.

—Pues vamos a desplumarlo —añadió el otro.

Todo ocurrió muy rápido. Íñigo los vio delante y supo que sus opciones de poner pies en polvorosa sin más daño eran pocas. Los hierros le buscaban la calle del trago, y aun peor sería su rencor cuando viesen que nada tenían que robarle, pues iba ayuno de dineros. Así que, cuando menos lo esperaban, se tiró de cabeza contra el estómago del más flaco para tumbarlo sorprendido y hacerle sangrar la cabeza del golpe. El consorte, con menos dientes pero más arrobas, agarró a Íñigo del jubón y le arrimó la hoja al gaznate, su boca tan cerca del mozo que éste creyó morir más del aliento que de la cuchillada. Sin embargo, antes de que pudiera cerrar los ojos y encomendarse a Dios, un chorro de sangre que no era suya le salpicó la cara mientras el malandrín se quedaba mudo e inmóvil; con una espada, salida de la noche, atravesándole el cuello de lado a lado.

Ignoraba Íñigo a quién pertenecía el hierro oportuno que así le salvaba la vida. Miró a un lado, y en la penumbra advirtió un relucir de ojos y el brillar de una sonrisa carnicera. Después, el dueño de ojos y sonrisa retiró la espada y el cuerpo del malhechor se derrumbó, muerto. Era Gualterio Malatesta, que sin inmutarse limpiaba la hoja de su espada en la ropa del caído, e Íñigo se quedó quieto como una estatua, cual si hubiera visto a la mismísima Medusa en vez de al siniestro espadachín siciliano. Con su mirada de hielo y su sonrisa peligrosa, Gualterio Malatesta lo miraba despacio. Lo observó unos instantes casi con curiosidad, y luego le dijo, con un tono de voz que hizo al mozo envejecer varios años y que conservaría en la memoria hasta el último día de su vida:

—Vete, zagal… Hoy no toca.

En ese momento, Íñigo Balboa escuchó cómo el primero de los bandidos, al que había derribado con el cabezazo, se removía para levantarse. Malatesta le dirigió una mirada y luego, mientras desenfundaba la daga y se inclinaba sobre él, hizo al mozo un ademán con la cabeza para que desapareciera de escena.

No necesitó más Íñigo para correr sin detenerse por las callejas de Madrid, de vuelta a la taberna del Turco y la habitación del Capitán. Esa noche tampoco durmió. No pudo conciliar el sueño, y esta vez no fue porque pensara en los diabólicos rizos dorados de Angélica de Alquézar, sino por esa espada que vio tan cerca y que, de eso estaba seguro, volvería a ver más adelante.

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Re: Alatriste en la canallesca

Mensaje por Rogorn » Dom Mar 21, 2021 11:13 pm

'El capitán Alatriste', de Arturo Pérez-Reverte
Raquel G. Osende - ruidodecanicas.com - 08/11/2020

Es difícil remedar el género admirado de forma original, pero Pérez-Reverte lo consigue con creces. No estamos ante una copia de D’Artagnan. 'El capitán Alatriste' es otra cosa, más castiza y más austera: una auténtica novela de aventuras moderna y española.

Lo de española está claro. La historia se ambienta en Madrid, siglo XVII, al albor de la decadencia del Imperio español, y es una fiesta de grandes personajes que los legos solo hemos conocido con el rígido corsé de los libros de historia. Desde el Cuarto Felipe (rey aclamado en sus años mozos) hasta Velázquez y su tímido acento andaluz, pasando por Quevedo, famoso por sus buenos versos y su mala leche. Describe una España punzante, cuyos poetas no cantaban a las flores y los pájaros, sino que afilaban versos como lanzas que esgrimir en tabernas y mentideros, toledana en mano. Tras tantos años soñando con el París de los mosqueteros, fue grato descubrir una añoranza aventurera similar y más propia.

Lo de moderna quizá sorprenda a quien conozca el estilo particular de Alatriste. Un estilo lleno de arcaísmos, de voto a tal, de vuestras mercedes y otras zarandajas. Melodioso. Acompasado. Relatado casi al ritmo de espadas. No era el hombre más honesto ni el más piadoso, pero era un hombre valiente. Pérez-Reverte juega el lenguaje con maestría trilera, como ya no se hace y en el siglo de Oro se respiraba, casi. La literatura española llegó a ser así de incisiva, antes de embarrarse con exceso de palabras, como casi todas las latinas.

A propósito de esto, esa es una de las diferencias clave con 'Los tres mosqueteros'. Mientras que Dumas hacía gala de cierta verborrea, en 'Alatriste' no hay una coma de más. Tiene la virtud anglosajona de condensar el mensaje en pocas palabras. La mejor literatura francesa es larga y un poco difusa (Victor Hugo, Flaubert, Proust…); en cambio, la lengua de Shakespeare y Oscar Wilde borda el arte de la brevedad. 'Alatriste' te sumerge en una atmósfera de chapeos y poetas satíricos en apenas doscientas páginas, donde Dumas emplearía cuatrocientas.

Volviendo a la modernidad, 'Alatriste' no es una simple novela de aventuras. Aquí hay aguas profundas y tienen mucho que ver con lo español. Pérez-Reverte nos sitúa en un imperio decadente que todavía no es consciente de su decadencia. En boca de Quevedo, lo ataca con fiereza, con verdadera ferocidad, impotente porque la caída es ya imparable: "No entendía aún, por mis pocos años, que es posible hablar con extrema dureza de lo que se ama, precisamente porque se ama, y con la autoridad moral que nos confiere ese mismo amor. A don Francisco de Quevedo, eso pude entenderlo más tarde, le dolía mucho España".

La modernidad a la que me refiero —sus aguas profundas—, es el homenaje que supone 'El capitán Alatriste' a una España muy mal comprendida en la actualidad. Somos la única nación que se avergüenza de las glorias de su pasado, y esta novela es como una terapia, un intento de reconciliación con nuestra propia historia. Pérez-Reverte nos pide que alcemos las cabezas con orgullo por la gran nación que fuimos, igual que lo hacen Inglaterra, Francia o incluso la diminuta Holanda. Y no tanto por la política —que también—, como por el arte. Aquella España de finales del siglo de Oro ya caía, sí, pero lo hacía con garbo, sostenida por pintores y poetas, tanto mejores cuanta más decadencia había por combatir. 'Alatriste' reflexiona sobre el sacrificio estéril de aquella España agusanada por dentro; pero también señala a Velázquez, a Lope, Calderón o Quevedo para sugerir, con cierta timidez, que quizá mereció la pena. Algo que —y aquí me interno en la pura conjetura—, tal vez Pérez-Reverte lamenta que no exista hoy en día. Un mundo también en decadencia que él denuncia semana a semana en sus artículos, pero sin artistas excelentes que compensen la caída. ¿A quién le duele hoy España? Los que más alto hablan de ella con dureza no lo hacen ni con ingenio ni por amor.

Eso convierte a 'El capitán Alatriste' en un canto de nostalgia, más que una simple novela de aventuras. Y a los que damos nuestros primeros pasos en el mundillo literario, nos llena de ganas de demostrar que, si bien no habrá otro Quevedo… como dicen en Valencia, toda piedra hace pared.

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Re: Alatriste en la canallesca

Mensaje por Rogorn » Dom May 02, 2021 9:53 pm

«Hay idiotas que dicen que glorifico la España imperial, otros que la destrozo. Yo soy realista»
Entrevista de Manuel Llorente - elmundo.es - 30/04/2021

Se cumplen 25 años del primer Alatriste, la serie que el académico inventó para reflejar el Siglo de Oro "ante el desmantelamiento de la Historia y la Literatura en los plantes de estudio". "Tengo aún dos 'alatristes' en la reserva", desvela en esta entrevista.

El capitán Alatriste nació hace 25 años tras el enfado de Arturo Pérez-Reverte al ver que en un libro de texto de su hija Carlota sólo se dedicaba una página a comentar el Siglo de Oro. Puso remedio a su modo, con las únicas armas de la escritura. Las de la imaginación y las del conocimiento. Y se vengó con un éxito inesperado. Desde 1996, las aventuras del capitán Alatriste, se han vendido sin interrupción a través de la editorial Alfaguara: más de cinco millones de ejemplares en español, 1.100.000 en otras lenguas y ha llegado a 44 países. En las librerías ahora se pueden encontrar un estuche con todos los libros en bolsillo y, a final de mayo, en un solo tomo con un estudio del catedrático Alberto Montaner.

Hubo también película, la dirigida por Agustín Díaz Yanes, serie de televisión, versión en cómic, sello de Correos y sobre todo un eco en miles de colegios, en los que de modo divertido los muchachos aprendieron la historia y la literatura del Silgo de Oro. Y todo a través de las aventuras de un soldado, diestro con la espada, que luchó en los tercios de Flandes y cuenta entre sus amigos con el poeta Francisco de Quevedo y asoma un joven pintor de apellido Velázquez. De aquella aventura, aún sin acabar y de la Historia con mayúsculas tercia en conversación telefónica el académico Arturo Pérez-Reverte. Como su criatura, sin pelos en la lengua.

-¿Cómo surgió el capitán Alatriste?
-Surgió en un viaje por avión, de España a México, iba pensando en que en un libro de texto de mi hija el Siglo de Oro se limitaba a sólo una página. Viajaba con mi editor de entonces, Juan Cruz, y le pregunté qué le parecía una novela con un capitán de los tercios como protagonista. Le gustó la idea y me puse, en el mismo vuelo, a anotar las primeras escenas y a esbozar algunos personajes.

-¿Cómo participó su hija?
-El libro se escribió para ella. Tenía 11 o 12 años y como quería que ella se interesara por la Historia le dije «vamos a escribir el libro juntos. Quiero que te ocupes de la documentación. Vete al Museo del Prado, lee libros de Historia, mira ropa, armas, situaciones, escenas... Y luego dime cómo ve esto un niño de 12 años, como verías tú a un capitán». Yo le iba contando las acciones y ella me iba diciendo. Me acuerdo que la pagué 25.000 pesetas. Está muy orgullosa de ello. Ella me dio esa mirada de respeto, de admiración de Íñigo Balboa [paje, al inicio, de Alatriste y narrador de la saga], de asomarse a los lugares oscuros desde fuera y ver cuándo matan, cuándo se emborrachan, los silencios...

-¿Va a resucitar al capitán?
-Mi intención es sí. Tengo pendientes dos episodios antes de cerrar el ciclo. Lo que pasa es que la vida da muchas vueltas y nunca se sabe. Lo tengo ahí como último cartucho, como recurso. Por si un día no se me ocurre nada los tengo ahí como una especie de reserva. Cuando encuentre la serenidad y el tiempo necesario mi intención es hacer los dos alatristes que me quedan, sí.

-Tal como está el panorama político igual necesitamos un Alatriste.
-No lo sé. La idea era esta: yo he visto seres humanos buenos ser malos al mismo tiempo y seres humanos malos ser buenos al mismo tiempo. Y he visto al mismo ser humano por la mañana hacer una cosa horrorosa y por la tarde una cosa magnífica. El ser humano nunca es compacto ni las historias que hay en este tipo de héroes de corazón oscuro, ambiguo. El héroe tiene ángulos negros, es capaz de lo mejor y lo peor. Yo quería que estuviera eso, que fuera real. También quería que fuese la imagen de aquel que ha tenido fe en palabras como patria, Dios, bandera y la vida le ha quitado esas palabras. Qué queda, qué queda de la vida cuando te despoja de todo eso, qué hace el héroe para sobrevivir moralmente en un mundo en el que ya no queda eso. Es un conflicto muy interesante.

-Hay una palabra a la que usted tiene ley, lealtad, que tenía su valor hace 400 años, cuando transcurren las aventuras de Alatriste, y que hoy..
-Algunos la seguimos manteniendo como código de amistad, todavía creo en ella. Cuando palabras como honor, bandera o incluso amor ya no tienen sentido, cuando ya no se reconocen hay una palabra con la que no te confundes, lealtad. O eres leal o no lo eres, no hay término medio. El ser humano puede engañar, pero no en eso. Por eso cuando todo se va al diablo, cuando quedan los hombres desnudos, lo que los salva, lo que los dignifica es la palabra lealtad. Yo puedo tolerar que alguien sea asesino, delincuente, que sea oscuro, violento. De hecho he visto a mucha gente así en mi vida, pero la lealtad hace soportable lo otro. En mi código personal, la única palabra que se escribe con mayúsculas todavía es lealtad. Por eso estoy tan a gusto con mis amigos, por eso procuro ser leal a mis amigos. Por eso la palabra más triste para mí es lealtad, la traición.

-En el prólogo del volumen que recogía hace cinco años los siete alatristes, y que se recuperará este mes, usted escribió: «Hacia 1995, cuando empecé la serie, estaba ya muy avanzada en los planes de estudio la consigna del desmantelamiento cultural, incluida la ignorancia contumaz de la Historia y la Literatura españolas». ¿Ha cambiado algo?
-Ha ido a peor. La Historia fue tan contaminada por el franquismo que cuando llegó la democracia en vez de limpiarse lo que se hizo fue esconderla. En vez de separar el grano de la paja, nadie se tomó el trabajo de limpiarla. Pasó a estar mal vista. Tercios, América, Historia. Yo quise hacer una historia realista. Yo quería reconciliar al español con lo bueno y lo malo. Sin ocultar lo malo, que es mucho, también mencionar lo bueno. No hay nadie que haya escrito cosas tan amargas por España como las que están escritas en los alatristes. Al mismo tiempo he procurado resaltar la parte luminosa. Hay idiotas que dicen que glorifico la España imperial, otros que dicen que Reverte destroza esa España. Yo soy realista, recojo la España como fue. La cuento mirándola cara a cara, sin esconder nada. Relato, narro a través de un soldado viejo, que ha luchado lleno de cicatrices, de marcas. Que sabe lo que es la vida y lo que es España. Alatriste es muy muy amargo como lectura. Y también es analgésico como lectura. Quería las dos cosas. Quería que fuese verdad, ni la leyenda negra ni la blanca. Esa España infeliz, maltratada por los reyes, por curas y por ministros durante tantos siglos donde siempre los buenos vasallos rara vez tuvieron buen señor, esa España quería contarla.

-Y que tuvo tan buena acogida, las cifras cantan.
-Hombre, está en muchos colegios, lo leen, los profesores me mandan trabajos sobre ellos... Alatriste ha conseguido una cosa de la que me siento muy orgulloso: cuando el personaje trasciende, cuando la gente que no ha leído Alatriste le suena y algunos creen que fue real. De hecho lo hice pensando en los chicos.

-Los chicos también verán que la picaresca y la corrupción de entonces siguen igual.
-Para escribir los alatristes leí muchos libros de la época y sobre todo planea la sombra de Quevedo. Por una parte la melancolía de Cervantes y la amargura de Quevedo. Son los dos padrinos de Alatriste. Y ese Quevedo que yo leía para documentar Alatriste vale para ahora, sus versos parece que están hablando de la España de hoy. España ha cambiado, evidentemente, pero todavía tenemos muchos viejos vicios, muchas viejas deformaciones. Quevedo seguiría hoy escribiendo como escribió, eso es lo triste. Y Cervantes seguiría siendo melancólicamente amargo como era, tan sarcásticamente amargo como era.

-En esa época se iba mucho al teatro.
-El teatro era la televisión de la época, la gente hablaba y se comportaba según lo que oía en misa y en el teatro. El teatro era la gran pasión de un público analfabeto. Era un teatro asombroso, magnífico, que aparece mucho en 'El caballero del jubón amarillo'.

-¿Le gustó la versión cinematográfica de Agustín Díaz Yanes?
-Es un noble intento de acercarse al libro. Lo que pasa es que no es perfecta, quizá porque Díaz Yanes quiso meter todos los alatristes dentro. Era demasiado libro para una sola película. Pero [el actor] Viggo [Mortensen] está magnífico y Echanove está magnífico. Fue una muy digna aproximación a la historia del personaje.

-Diego Alatriste es un héroe cansado, no está en derrota, pero...
-En mis novelas es un personaje recurrente. El héroe tiene dos fases, una es cuando cree, sueña, tiene fe en la gloria, en la patria, en los dioses, en la bandera; el héroe inocente e ingenuo. Yo los he visto de verdad. Cuando el héroe sobrevive, la vida te quita esas cosas que consideraba importantes. Entonces el héroe se cansa. Es cuando es héroe incluso a su pesar. Se limita a ser fiel a sí mismo. No es leal a nada salvo a sí mismo, a sus amigos y a lo que ama. El héroe ingenuo no me interesa. Héctor, Aquiles, Eneas... no me interesan. Me interesa Ulises cuando ya vuelve de Troya, cuando tienes la sangre en las uñas, cuando has matado, has degollado, has violado, has esclavizado, has arrasado ciudades. Me interesa el héroe que tiene remordimientos, que tiene imágenes en la cabeza que no le dejan dormir, se despierta de noche y ve en la oscuridad los fantasmas de quienes mató. Alatriste es el prototipo perfecto de ese héroe cansado.

-Como Falcó.
-Pero Falcó tiene una diferencia, Falcó disfruta. Falcó es un aventurero nato. Le gustan las mujeres, las lecturas. Se mete en los líos porque le va la marcha. Alatriste está en los líos porque no le queda más remedio, porque la vida le ha llevado allí, es el resultado de una España determinada. Alatriste mata como los lobos viejos, sin hambre, porque tiene que matar, porque es su oficio. Falcó mata por diversión, porque es cruel, porque es divertido. Alatriste es un héroe serio. Falcó es una canalla luminoso.

-Tanto en los libros de Alatriste como los de Falcó hay detalles de las espadas, de las pistolas que...
-Las armas no me gustan mucho, lo que tengo en casa son sables de caballería auténticos. Lo importante es conocer los detalles, cómo matan, cómo se defienden. Además, yo tiré esgrima cuando era joven y tengo buenos recuerdos de aquella época.

-¿Está vacunado?
-No, estoy en ese grupo... No soy ni demasiado joven ni demasiado viejo. Me va a pasar como a Ana Frank, que dos meses antes de que la liberaran...

-Pero, ¿es partidario de las vacunas?
-Por supuesto, sin duda.

-¿Cómo le ha cambiado la vida en la pandemia?
-No me ha cambiado mucho y para trabajar casi me ha venido mejor porque tengo más tiempo para trabajar. Aunque me ha cambiado en dos cosas: he podido navegar menos y para mí el mar es muy importante y, sobre todo, yo no he estado nunca, desde que tengo 20 años, un mes o mes y medio sin viajar. No moverme por territorios desconocidos; no coger trenes, aviones se me ha hecho raro. Pero no me puedo quejar porque tengo una biblioteca de 32.000 libros y jardín. Sería un estúpido si me quejara.

-¿Y cómo ha cambiado a la sociedad?
-No lo sé, yo soy un tipo que escribe novelas, no estoy mirando mucho afuera, la verdad. He estado metido en una novela que acabo de entregar hace una semana y aún estoy con las pruebas. Imagino que saldrá a final de año. Y no puedo hablar de ella. No quiero opinar. Todo el mundo es experto en las pandemias.

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Rogorn
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Re: Alatriste en la canallesca

Mensaje por Rogorn » Dom Jul 04, 2021 10:03 am

La peor de mis pesadillas
David Rubio - lanuevacronica.com - 04/07/2021

Es ya casi una leyenda rural de los pueblos leoneses, o al menos yo la he escuchado de distintas voces y con distintos matices. Cuentan que Viggo Mortensen llegó a la montaña del Curueño cuando le encargaron interpretar al Capitán Alatriste para ir metiéndose en el papel. Arturo Pérez-Reverte había situado en esta comarca los orígenes de su personaje y el actor norteamericano vino con el objetivo de pulir su castellano, que resultaba demasiado porteño (vivió varios años en Buenos Aires) para la pureza del lenguaje que se suponía al Dartacán español. Al parecer aquí, si quitamos la entonación en forma de cántico y la mala baba, se habla un español muy puro. Mortensen se alojó en un hotel de la capital, alquiló un coche y se adentró por las hoces, primero las del Torío y luego las del Curueño, por esa carretera que las une, a través de Valdeteja, y que es una de las más espectaculares de esta provincia. Vio un bar y paró. Dentro había cuatro individuos echando una partida de cartas que no respondieron a su «buenas tardes». Uno de ellos se levanta, se pone detrás de la barra y le hace un gesto con la cabeza preguntando qué es lo que quiere. El actor pide un café con leche, el camarero se lo pone y le cobra sin dirigirle una sola palabra. «Menos mal que vine hasta aquí para que me dieran conversación», debió de pensar Aragorn, como le llaman muchos por su papel en ‘El señor de los anillos’. A veces se le acusa de ser un tanto excéntrico, pero cualquiera lo sería mucho más si hubiese tenido las mismas compañeras de trabajo que ha tenido él. Como además también debe de ser bastante necio, y como había quedado maravillado por el paisaje, el actor repitió al día siguiente el mismo recorrido, la misma escena, en el mismo bar y a la misma hora y, claro, se encontró a los cuatro mismos, quién sabe si jugando la misma partida. Esta vez no es que no le dieran conversación, es que ni siquiera tuvo que hablar él porque el camarero se levantó, se puso detrás de la barra y le puso el café con leche sin preguntar y sin que lo hubiera pedido.

La película fue bastante regular pero el asunto salió bien porque Viggo Mortensen trabó amistad en aquel bar, quedó cautivado por la montaña leonesa y durante algún tiempo fue algo así como un embajador de esta provincia. Luego se le pasó y se vio seducido por otros destinos (en San Sebastián se hizo hincha de la Real Sociedad y en Granada se enamoró de La Alhambra). Aunque a pequeña escala y de forma metafórica, aquello fue otra oportunidad perdida para hacer de esta tierra un refugio del castellano, algo que se han planteado muchos dirigentes políticos a lo largo de los últimos tiempos, por lo general cuando sienten que el mundo de la cultura les resulta demasiado incontrolable. Por suerte, el lenguaje y el paisaje siguen ahí a pesar de ellos. En Madrid, Isabel Díaz Ayuso se ha lanzado también a industrializar el idioma, o al menos esa es la excusa que ha encontrado para darle un puesto a Toni Cantó, quien «afirmaba impunemente que era actor», en palabras de Carlos Boyero. Dice la presidenta de Chamberí que la Oficina del Español no es un chiringuito: «He creado un organismo político para un político, no lo veo tan descabellado».

De entre todas las reacciones a la maniobra, llama especialmente la atención la de Gonzalo Santonja, que ha sido durante veinte años el titular del mismo chiringuito en su versión castellana (que no leonesa, a la vista del trato que ha dado a esta provincia y a sus escritores). Este salmantino que, a su vez, afirma impunemente ser escritor aseguró que «yo esperaría ahí una persona más relacionada, como es lógico, con lo que se pretende defender», al tiempo que se lamenta de que Madrid le haya ganado la carrera a Castilla y León por ser la capital de español. Como le ha pasado también al ya ex director del Musac, coincide que a Gonzalo Santonja el arrebato de valentía le llega justo cuando acaba de ser cesado en su tan bien remunerado puesto al frente del Instituto Castellano y Leonés de la Lengua, a sus 68 años y después de veinte decidiendo todos los jurados y los premios culturales de esta comunidad y asumiendo como propios los méritos de otros (en 1997 llegó poco menos que a autoconcederse el Premio Castilla y León de las Letras). Haber facilitado una foto entre José María Aznar y Rafael Alberti, cuando el poeta gaditano era ya nonagenario y no sabría si tenía al lado a un guiñol o a un político en despiadada campaña electoral, fue su principal aval.

Empezamos por economizar el lenguaje, por moda, por vagancia o por las nuevas tecnologías, pero ahora parece que se han lanzado a rentabilizarlo. Viendo la cantidad y la calidad de los personajes que velan por la salud del castellano, que lo quieren convertir en otra industria que entre en su cadena de licitaciones, adjudicaciones y presentaciones, siento pánico a que la política nos siga colonizando el idioma. Cualquier día gravan el uso de los adverbios, le ponen un peaje a algunos verbos o nos prohiben las oraciones subjuntivas. Es la peor de mis pesadillas: que subasten las letras, que coticen en sus mercados y solo digan lo que ellos quieren.

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