'Línea de fuego' (2020)

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Rogorn
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Re: 'Línea de fuego' (2020)

Mensaje por Rogorn » Dom Feb 21, 2021 4:24 pm

"En la grieta solo ganan aquellos que manipulan"
Entrevista de Jorge Fontevecchia - perfil.com - 21/02/2021

'Línea de fuego', la última novela del escritor español, es la primera que toma específicamente el tema de la Guerra Civil. Pero como sucede con toda la buena literatura, también es una apertura a pensar el presente. Implica una invitación a comprender la realidad de manera matizada, con grises, más allá de la dictadura del blanco o negro. A los 70 años, percibe que la pandemia marca el fin de una época y de una cultura. Sostiene que lo que llamamos Occidente tiende a desaparecer. Y para ello propone sabiduría, capacidad de discernimiento y un estoicismo inteligente.

—'Línea de fuego', tu último libro, es el primero que dedicás a escribir sobre la Guerra Civil Española. Encontramos muchos puntos de contacto entre las divisiones que creó la Guerra Civil y las que creó el proceso de la dictadura militar en los años 70 y 80 en la Argentina. Escribiste: “Llego a esta novela con treinta años de escritor, con muchos libros leídos”. ¿Qué brinda el paso del tiempo para meterse en un tema tan conflictivo?
—Nunca tuve intención de escribir sobre la Guerra Civil. Lo había utilizado en algunas novelas, como 'El tango de la Guardia Vieja', en las novelas de mi espía, Falcó, como telón de fondo, pero nunca había querido entrar en el tema directamente. Pero es una novela que en cierta forma me obligaron a escribir. En los últimos tiempos, en España se polarizó y envileció mucho la vida política. Todo vale como arma política. Uno encuentra a políticos jóvenes, gente que ni ha leído ni ha vivido ni recuerda siquiera, hablando de la Guerra Civil con una inconsistencia estremecedora. Así que pensé que era un buen momento para recordar. No la guerra en su aspecto de retaguardia, que es muy conocido. Lo que hice fue referirme a una parte que no se menciona, la guerra en las trincheras. Los soldados que combatieron en uno y otro bando a veces obligados a estar allí, no por elección. Se habla muy poco de los que de verdad combatieron. Murió más gente en los frentes de batalla que en la retaguardia. Entonces, quise recobrar la memoria de los abuelos. Decir que no es como lo están contando. Que esto también fue la guerra.

—¿Lo que te obligó a escribir es ver que se utilizaba la Guerra Civil como un elemento más en la división política entre amigos y enemigos?
—Sí, toda guerra civil es muy compleja. Es falso eso de una línea que separa buenos y malos, blanco y negro, azul y rojo. No es verdad. De las guerras que hice como reportero, que fueron muchas, siete fueron civiles. Sé su complejidad, la dificultad de situar a los personajes en un lugar o en otro. Incluso en Argentina, sin ser una guerra civil, en el asunto de la dictadura militar tampoco está tan clara la línea. Es una guerra muy compleja. Todas lo son. Hay un montón de matices. En España la están contando como una guerra de cuatro generales, cuatro obispos y cuatro banqueros contra el pueblo español. O una guerra de Cataluña contra España, o al revés. Y eso no fue así. Quise devolver un poco la ecuanimidad. Quería una novela en la cual, al llevar veinte o treinta páginas leídas, al lector no le importase ya si era de un bando o de otro. Contar la peripecia, la realidad humana, la trinchera, el hambre, la miseria, el miedo, el sufrimiento. Eso no tiene ideología, no tiene bandera.

—En la Argentina siempre se marca con razón que no hubo una guerra. Lo que hubo fue un Estado que llevaba adelante un sistema de represión ilegal donde las diferencias eran totalmente desproporcionadas. No obstante, hay una canción muy popular de un músico argentino, Litto Nebbia, que dice: “Si la historia la escriben los que ganan, quiere decir que hay otra historia”. En la Argentina esa "guerra sucia", como la querían llamar, inicialmente la ganó la dictadura, pero en términos políticos la perdió. No hay una historia contada por los que formalmente ganaron la guerra.
—Quizá fuera un error de mi parte mencionar tan enseguida a Argentina como comparación. No hay una comparación exacta. En la Guerra Civil Española hubo dos grandes bandos, dos Españas deliberadamente partidas. Había gente porque quería y otra porque estaba obligada, pero hubo dos Españas realmente que se enfrentaron combatiendo. La guerra argentina, que vi como reportero, y luego sus consecuencias en la Guerra de las Malvinas, fue más bien una guerra desde el punto de vista de una casta militar, un estado militar, y una pequeña parte de la población que lo apoyaba, contra otra parte de la población y una gran masa indiferente llevada por las circunstancias. Sería excesivo hablar de guerra en Argentina. Podemos hablar de guerra sucia, pero no podemos compararla con el gran holocausto español, el más de medio millón de muertos. Hubo veinte mil personas muertas solo en dos meses y medio de combate. La argentina sería una hermana menor de la Guerra Civil Española. No lo digo infravalorándola.

—¿Por qué se suele contar los grandes conflictos sin grises?
—Hay una tendencia en el ser humano a simplificar. Es algo que pasó siempre, también ahora. Es un problema esencialmente de educación. Uno tiene generaciones de ciudadanos educados en colegios en la historia, en la memoria, en el debate, en la reflexión, en el ver que el adversario tiene a veces motivos tan poderosos como los de uno mismo. Hay que ponerse en el lugar del otro. Los colegios y las familias enseñan una aproximación intelectual al conflicto. En el mundo actual, en España, pero también en la Argentina, se tiende a simplificar todo. Es todo una especie de papilla educativa poco nutritiva, que tiende a la simplificación y va poco al detalle y poco al matiz. Frente a grandes conflictos o las grandes tragedias eso es muy peligroso, porque obliga a tomar partido. Te obligan a estar de un lado u otro. Si se es de izquierda, ¿cómo se puede comprender a los de derecha? Aparecen los que dicen que se aprueba a Francisco Franco o a los comunistas. Esa dificultad para buscar el matiz, para discutir, para debatir, para escuchar al adversario, nos hace perder. Eso nos lleva a una peligrosa simplificación. Colocamos etiquetas sin debate. Los chicos llegan a la vida adulta mediatizados, sin capacidad de comprender. Y eso crea unos cortes sociales muy peligrosos, unas grietas imposibles de salvar. Me preocupa mucho. Por eso insisto en la educación, porque se perdió mucho tiempo. La educación hecha por gente sabia y honrada. El objetivo es crear generaciones de ciudadanos críticos que sepan distinguir el contrabando de la realidad, que sepan defenderse ideológicamente. Es algo que ya no ocurre. No pretendo cambiar el mundo con esto, pero con 'Línea de fuego' quiero al menos plantear un poco el debate de que no todo es tan blanco o negro, que hay grises. Es justamente en el gris donde está la inteligencia, la lucidez, el debate, la posibilidad de reconciliación. Solo en el gris.

—¿En España también se utiliza la metáfora de la grieta?
—Es una palabra argentina. La uso porque sigo bastante la realidad argentina, tengo muchos amigos allí, a los dos lados de la grieta.

—En España quien ganó la guerra fue la derecha, en términos militares. Culturalmente, se instauró que los que ganaron eran todos malos y los que perdieron todos buenos. Es una suerte de batalla que se da también en la Argentina.
—En España la guerra la ganó Franco, sus generales, el núcleo impulsor de la guerra. Los banqueros, los obispos. Pero la perdieron los españoles, unos y otros. Los vencedores, los que combatieron, después fueron relegados y enviados a sus casas, a sus arados, a sus campos para trabajar, a sus talleres. Volvieron a ser lo desgraciados que eran antes; los vencidos fueron perseguidos, ninguneados, exiliados y encarcelados. También fueron fusilados. No hubo una España vencedora contra otra. Fue un núcleo vencedor, de derecha o como queramos llamarlo, que se hizo con el país. Mi padre, mi tío y mi abuelo eran personas de la burguesía bien situada, de la costa mediterránea española, de familia acomodada, con medios económicos, con un nivel cultural alto. En esta burda asociación que se hace ahora estarían colocados en la derecha. Sin embargo, combatieron con la República: un tío mío, voluntario, y mi padre, porque le tocó estar, forzoso; mi abuelo porque era marino. Mi suegro, el padre de mi mujer, era un joven campesino izquierdista muy radical, y le cayó estar en el lado nacional. Combatió con el bando franquista y fue herido y fue condecorado por su valor en combate, siendo un joven de izquierda. Ese tipo de contradicciones, de realidades urbanas, es lo que en el discurso actual se olvida. En el momento, todo es mucho más complicado y difuso.

—No gana nadie en la guerra. Llevado al siglo XXI, en el que el valor de la vida es diferente, las guerras hoy son más simbólicas que militares. Quizá no gana nadie en la grieta.
—Nadie. Solo ganan los que manipulan. En España llegó al poder una clase política bastante analfabeta con escasa formación intelectual, con una escasa capacidad ideológica, por decirlo educadamente. Son viscerales. No son cerebrales. Son agresivos y demagógicos, no intelectuales. Es gente joven, y alguna no tanto, que al no contar con bases ideológicas solventes, al no tener una capacidad dialéctica para poder plantear la política en términos nobles o en términos clásicos, recurren a clichés, a lugares comunes, a tú y yo, a buenos y malos, blancos y negros. Están tanto en el arco de la extrema derecha como en el arco de la extrema izquierda. Suplen sus carencias intelectuales con clichés. Si estabas allí, eras malo; si estás aquí, eres bueno. Nada de lo que diga el otro bando me interesa. No quiero escuchar. Es terrible. No quiero oír. En España ocurre que a lo mejor va un político de derechas o de izquierdas a una universidad, algo que ocurre más con los de derechas, y no le dejan hablar. Lo escrachan para que no hable, y eso es muy interesante. Imaginen ustedes que ahora estuvieran vivos Jorge Rafael Videla o Leopoldo Galtieri, o un torturador de la ESMA, y fuera a una conferencia. Sería interesantísimo. Sentarse a ver por qué lo hizo, qué tenía en la cabeza cuando torturaba. Si me pusieran adelante a Josif Stalin, a Adolf Hitler, al doctor Josef Mengele, a Joseph Goebbels, los escucharía. Después los fusilas, ejecutas, golpeas, insultas, encarcelas, pero antes escuchas. Hasta al malo hay que saber escucharlo. De todo se aprende. Aprendí en la vida mucho más de los malos que de los buenos. Ahora a todo el mundo que no piensa como uno se le tapa la boca. Las redes sociales están para hacer el linchamiento inmediato. Es tan grave, tan triste, es tal la orfandad intelectual a la que nos condena, que el mundo se está tornando un lugar peligroso. Eso, más allá de mi novela.

—La gente de derecha es la que más padece ese escarnio.
—Sucede por una parte que la gente de derechas tiene una especie de complejo. Saben que ser de derechas hoy en un mundo tan injusto como este no es del todo éticamente sólido. Pero el de izquierdas cree que su identidad ideológica justifica todo. Frente al complejo de la derecha, tenemos también la certeza de que la izquierda se cree con derecho a todo, aunque alguno sea analfabeto. Ese complejo y esa superioridad moral de la izquierda hace que la izquierda sea más agresiva en estas cosas que la derecha, tanto en España como en Argentina.

—En este mismo ciclo de reportajes, la diputada del Partido Popular Cayetana Álvarez de Toledo dijo que había que dar una batalla cultural contra lo que llamaba, siguiendo a Mario Vargas Llosa, “la superioridad moral de izquierda”.
—La superioridad moral de izquierda es algo histórico, frente a una derecha basada más en los poderes fácticos, en el ejército, en la banca, en la Iglesia, cosas que no requieren una gran base intelectual. Son elementos muy poderosos por sí mismos. La izquierda siempre tiene como tradición mayor capacidad intelectual, un mayor debate. La izquierda siempre se caracterizó porque leía libros, porque leyendo el libro cambias el mundo. Antes tenía una capacidad de debate dialéctica muy superior a la de la derecha. Y eso es lo que durante mucho tiempo hizo que la izquierda tuviera mayor peso mediático y cultural, tenía más argumentos evidentes que plantear. Pero ahora no. Ahora la izquierda moderna, que es analfabeta tanto como la derecha, vive de la herencia moral de cuando la izquierda era culta todavía. Ahora hay verdaderos analfabetos, españoles o argentinos, que hablan con alegría y superioridad moral. Eso hizo mucho daño. Bajo el paraguas moral de la izquierda, que es noble y tradicionalmente necesario, porque cambió para bien muchas cosas en el mundo, se está cobijando en la actualidad, vía redes sociales, demagógica, una serie digamos de políticos analfabetos, de populistas, demagógicos, que no tienen soluciones. Y eso nos lleva a polarizaciones peligrosas.

—En tu libro hablás de una de las brigadas como “anarquistas, trotskistas, supervivientes de las purgas hechas del POUM pasados al otro bando, gente de unidades disciplinarias y chiquillos de la última quinta organizados a toda prisa para reconstruir un batallón”. ¿Hay una sutil descripción de Podemos en alguno de estos párrafos o de una izquierda más analfabeta?
—No quiero hablar de partidos concretos. Procuro mantenerme al margen de eso. No por miedo ni por nada. Lo hago porque es un debate tan sucio, tan desagradable, que no quiero personalizar.

—Otro texto tuyo del libro dice: “Cuando te acercas, ves seres humanos”. Recuerdo el célebre texto del etólogo Konrad Lorenz “Sobre la agresividad, ese pretendido mal”. Había sido primero reclutado por los nazis, prisionero y después prisionero y reclutado por los rusos. Por azar del destino, estuvo de un lado y después del otro. Decía que todos los generales se cuidaban muy bien de que sus soldados no tuvieran contacto con la población a la que iban a atacar. ¿La comunicación y el conocimiento verdadero reducen el poder simbólico o real de la guerra?
—'Línea de fuego' aborda este aspecto. Mientras que hay unos poderes que están tanto en el bando republicano como en el bando nacional, demonizando al enemigo, hablando de lo malos, lo perversos, lo inhumanos que son unos u otros, en la trinchera el enemigo está cerca. Aquel con el que se mata todos los días, se dispara, se grita, se insulta, se habla, se separa, cambia tabaco, mira, escucha, le canta una canción, habla de su pueblo, que es el mismo, se crea una suerte de complicidad entre bandos que molesta mucho al que está manejando los hilos. Eso es muy propio de una guerra civil. La Guerra Civil fue muy española; muy de confraternizar y de matarse al mismo tiempo. Eso destruye el discurso. Cuando uno está, se da cuenta de que el adversario no es el diablo, que es un ser humano, un hombre como él, que tiene miedo, hambre, hijos, familia. En una guerra en tu propia lengua, es tu pueblo, tu memoria la que está enfrente. La gran tragedia fue la guerra. De ahí la infamia de quienes quisieron hacer una línea divisoria. Está claro que la República era lo correcto frente al franquismo. Pero en el frente no había hijos de puta de un lado y ángeles del otro. Es una barbaridad. La trinchera no marca una diferencia entre lo bueno y lo malo.

—Hay un ensayo de Sigmund Freud que habla del narcisismo de los pequeños detalles. Dice que las enemistades eran mayores entre aquellos que tenían pequeñas diferencias. En la Guerra de los Balcanes se peleaba un vecino con otro atrozmente. Pero años antes habían compartido enorme cantidad de elementos comunes. Si se quiere algo más trivial, como la rivalidad entre las selecciones de fútbol, los brasileños con los argentinos o entre los escoceses y los ingleses. El grado de cercanía requiere que se haga diferencia de pequeñas cosas que en realidad no existen.
—Lo vi en los Balcanes, por ejemplo. Aparecen los viejos rencores del pueblo. Ese tipo de rencores se dan, pero también aparecen otras cosas. En la guerra civil se equilibran ambas cosas, tanto el rencor como el conocimiento vecinal. Por eso es tan influyente el trabajo de manipulación que hacen los poderosos. Hay que espabilarse y matar al otro antes de que lo mate a uno. Eso pasa en los Balcanes: “Cuidado, que los croatas os van a matar, y a por ellos antes”. Y fueron. Cuando alguien tiene cultura en el sentido noble de la palabra, en el sentido generoso, cuando tiene una educación intelectual, es capaz de advertir, de identificar la manipulación de los canallas. Cuando uno no tiene elementos, no tiene antídoto frente a eso, se ve arrastrado por la propaganda, la manipulación, el populismo y la consigna elemental. Eso pasó en España. Buena gente, vecinos que podían ser nobles, que se habrían ayudado en otras circunstancias, que habrían ido juntos contra enemigos si hubieran invadido España, se mataron entre ellos. Y en Argentina lo veo. No una guerra civil, pero la incultura, la falta de formación intelectual, crea perfectos instrumentos para los canallas. Se da en la Argentina como en España. Me sorprende mucho que no lo vean.

—Se siembra odio aprovechando las frustraciones que los seres humanos tenemos. Así se crean batallones, reales o simbólicos, en el sentido de redes sociales o en el sentido de líneas de opinión o construcción de un colectivo político basado en la división.
—Deme dos vecinos que se lleven bien y conocimiento de ambos; con capacidad de manipular conseguiré que se enfrenten. Siempre hay manera de hacerlo: el ascensor, la puerta que no limpias, la gotera de la maceta que riegas y cae en el piso de abajo, el ruido que haces por la noche cuando estás con tu señora o se mueven los muebles. Si esos dos vecinos tienen poca capacidad intelectual, no están preparados, serán más fácilmente enfrentables utilizando esos pequeños elementos. Es lo que hacen los políticos en España, en Argentina y en tantos otros sitios. Es lo que hizo Donald Trump, y otros tantos: utilizar esas pequeñas contradicciones para generar conflicto. Eso es continuo.

—En la guerra hay cuerpo, la diferencia entre la guerra simbólica, que podríamos decir hoy es lo que llamamos la grieta o la polarización del siglo XXI, en la Guerra Civil directamente lo que había eran cuerpos en contacto. La vecindad era muy importante. ¿Qué sucede en el mundo de las redes sociales?
—Cualquier herramienta puesta en manos nobles es positiva. Cualquier herramienta puesta en manos infames es negativa. Las redes sociales son un vasto campo de ajuste de cuentas. Dan la posibilidad del linchamiento fácil, sin riesgo, hasta anónimo. En una parte está el impulso de la gente que las utiliza para desahogar su rabia, su rencor. En otra está el manejo interesado y nada espontáneo de quienes las utilizan como herramienta de combate político. Tengo muchos amigos argentinos. Un muy amigo mío es Jorge Fernández Díaz. Es como mi hermano en Argentina. Tengo amigos que están en posiciones políticas diferentes a las de Jorge. Cuando en algún momento menciono a Jorge en las redes sociales, saltan sus adversarios de una manera absolutamente violenta. Las redes sociales son una suerte de multiplicador de ese tipo de situaciones. Antes eran los periódicos, la radio ahora. Otro problema es que cualquiera tiene voz. Eso es bueno y es malo, porque hay gente que tiene voz por motivos no intelectuales sino absolutamente fáciles, populistas y demagógicos. Tengo una edad en que estoy un poco fuera, terminando el recorrido. El mundo que viene ahora, el de los próximos veinte años, será muy difícil en este sentido. No será agradable.

—Hace veinte o treinta años, antes del surgimiento de las redes sociales, la mayoría de los medios de comunicación de calidad y prestigiosos tenían periodistas generalmente de centroizquierda. En Estados Unidos, por ejemplo, la mayoría de los periodistas, dos terceras partes, eran demócratas. ¿Qué pasó en la Guerra Civil Española? ¿Por qué la prensa se fue tornando reaccionaria luego del Watergate?
—La prensa en la Guerra Civil Española, la parte intelectual más solvente, se llevaba bien con la izquierda. También sucedía con las derechas. Hubo intelectuales muy potentes en la derecha, como Rafael Sánchez Mazas, como Dioniso Ridruejo. José Antonio Primo de Rivera fue un intelectual bastante potente. Era un hombre culto, leído, que hablaba idiomas. No era una mala bestia, no era un estúpido como Benito Mussolini, un payaso, ni un gánster asesino como Adolf Hitler. Tenía una formación intelectual sólida. Había gente con elementos culturales, políticos y sociales muy interesantes en la derecha, y también en la izquierda. Pero todo eso desapareció cuando vino la democracia. La izquierda, esa izquierda moderada o esa izquierda culta o razonable, se enseñoreó del panorama. Ahora esa izquierda culta y razonable desapareció y la sustituyó el ruido de las redes sociales y una izquierda mucho más elemental.

—¿Cuánto se parecen a vos los periodistas de tu novela?
—Necesitaba meter la mirada no española, extranjera. Cómo se veía desde afuera la Guerra. Por eso introduzco tres periodistas extranjeros que están viendo la batalla con la mirada del no español. Me interesaba mucho eso. Es un homenaje a mis compañeros reporteros de guerra, tanto a los vivos y algunos de los muertos como a los que cubrieron la Guerra de España en los dos bandos.

—Usaste la Guerra Civil Española para hacer una novela del presente.
—No soy un historiador; soy un novelista, cuento historias. Pero soy un ciudadano. Intento que a veces mis novelas conecten con la realidad. Mis novelas históricas son falsamente históricas. Si hablo del mundo de Alatriste o del Cid, de la Edad Media, estoy intentando buscar conexiones. Intento explicar el presente. Intento que expliquen lo que somos ahora. Somos lo que somos porque fuimos lo que fuimos. Mirando hacia atrás podemos intuir el presente. La historia para mí es fundamental; es madre de cualquier tipo de compromiso y de cualquier proceso intelectual. Pero fue borrada de los planes de estudio. Hay generaciones de ministros de Cultura y Educación absolutamente analfabetos o absolutamente sesgados. Apartaron la historia, convirtieron la historia de España en una especie de covacha, sin ningún tipo de peso en la vida de la formación de un chico. Un chico que crece sin memoria intelectual está perdido. No puede identificar. Lo nuevo no es más que lo olvidado. Todo ya ocurrió. La historia nos enseña a identificarlo. Nos enseña a reaccionar. Nos explica cómo nuestros abuelos o bisabuelos o architatarabuelos solucionaron problemas que hoy seguimos teniendo. Haber arrasado la historia, haberla borrado de los planes de estudio, dejó a los españoles en una posición de absoluta indefensión frente a quienes manipulan, a quienes utilizan la historia como arma arrojadiza de la política.

—¿A qué atribuís esa exclusión de lo histórico en los planes de estudio?
—No es conspiración, es simple estupidez. A menudo buscamos maldad en lo que a veces no es más que estupidez. Yo creo que es un proceso de comodidad. Es más cómodo. Ni siquiera es deliberado. Hace mucho más daño un estúpido que un malvado.

—Walter Benjamin decía que la historia era como un relámpago de un instante, que no se podía volver a ver nunca más, porque uno nunca podía tener los ojos de ese momento. Y antes de la discusión sobre la objetividad en el periodismo, hubo la discusión en la historia respecto del grado de objetividad. Si la historia la cuentan los que ganan, el argumento que muchas veces se escuchó es que si hubiese ganado Hitler la Segunda Guerra Mundial no se enseñaría la Revolución Francesa porque las repúblicas no habrían triunfado y no tendría relevancia. ¿Puede haber en ese deseo de omitir la historia permitir alguna intención ideológica de manipular a la gente con la historia, de convertir la historia en captura para discusión del presente?
—La historia no la escriben los que vencen. Es una frase bonita, pero no es cierto. La historia de la Guerra Civil Española fue escrita por los vencidos durante mucho tiempo. Hay muchos más libros publicados sobre el bando perdedor que sobre el vencedor. Hay muchos más libros publicados contra Franco que a su favor. A veces, cuando una guerra acaba de terminar, es normal que el vencedor haga su manifestación escrita o gráfica o visual, pero el tiempo sitúa cada cosa en su sitio. Cuando uno está educado para identificar, puede saber perfectamente cómo fueron las cosas. El problema no es ese. El problema está en el teléfono móvil. Mi teléfono móvil es un Nokia antiguo, vale solo para hablar. Pero en los teléfonos que la gente normal lleva en el bolsillo, hay 3 mil años de cultura, de ciencia, de historia, de memoria, de literatura, de moral, de ética, de filosofía. Pero no recurrimos a ello. Lo usamos para mandar whatsapps, para jugar a matar marcianos o para hacer chorraditas. Lo usamos muy poco para lo que realmente puede valer. No es que la historia la escriben los vencedores; es que no tenemos el menor interés por reconstruirla.

—Debés de ser uno de los periodistas con más experiencia en guerras que quedan hoy en el planeta. ¿Hay menos guerras hoy o se libran de manera más simbólica y no de la manera militar del siglo XX y comienzos del siglo XXI?
—No. Hay las mismas guerras. Si uno se pone a mirar en África, encuentra guerras en todos sitios. En Asia también. Pero en este momento el hombre occidental está más volcado hacia sí mismo. Cuando empecé, en los 70, una guerra en Eritrea, en el Golfo Pérsico, en Filipinas, en Nicaragua, en El Salvador, interesaba. En este momento el interés de Occidente está más volcado en sí mismo. Nos hemos vuelto más egoístas. Nos interesan menos los filipinos, angoleños, malienses. Pero los conflictos siguen siendo los mismos. El mundo sigue siendo un lugar peligroso, hostil y muy mal estructurado. La gente sigue muriendo en mil sitios, en mil guerras diferentes. Cambió nuestra percepción del mundo. Es una paradoja: en un mundo global debería ser al revés. El ser humano entró en un proceso que no voy a analizar porque tampoco soy un sociólogo. Solo soy un ex reportero que ahora escribe novelas. No pretendo analizarlo, pero es curiosa la enorme contradicción. Lo que pasa en realidad es que estamos en el final. La historia nos demuestra que todos los imperios nacen, crecen, se desarrollan, fenecen, se caen y mueren, y después llega otro imperio que los sustituye, los devasta, los arrasa y sobre sus ruinas erige un nuevo imperio. Lo que llamamos nuestro mundo, hablo de Platón, Aristóteles, Homero, Dante, Borges, ese mundo de Cervantes, Shakespeare, Montaigne, Montesquieu, Voltaire, está desapareciendo. Llegamos al final de un largo y rico proceso de tres mil años. Estamos en ese momento de ruido, de caos, de derrumbe, de decadencia, y en una transición que puede durar a lo mejor un siglo. No sé cuánto tiempo durará, y vendrá otra civilización, otro imperio, que nos sustituirá, que sobre nuestras ruinas hará uno nuevo. Habrá monjes que en sus monasterios conserven los restos, como ocurrió en el siglo IV y V. Pero esto se va. Se está terminando. Lo digo sin dramatismos. Tenía que ocurrir, la historia lo enseña y estamos llegando al final. Y todos los finales son caóticos.

—¿Qué responsabilidad tienen los medios en todo este proceso?
—Soy fundamentalmente pesimista. Lamento no dar un mensaje de esperanza. Fui reportero y periodista mucho tiempo. Iba y contaba: la guerra, el muerto, la tragedia. No creo que la prensa vaya a salvar nada ni a nadie. La prensa hace un papel necesario, sobre todo la prensa libre. Pero esto no tiene salvación. Lamento comunicarlo. No hay salvación, no hay solución. Es una batalla perdida. Esto se fue a un lugar ya oscuro, turbio, una descomposición de un cuerpo cultural, social, en el que la prensa noble y honrada, como los intelectuales honrados, como los escritores honrados, pueden hacer un papel de retaguardia, de último combate, de mantener todavía pequeños focos de resistencia donde se refugien los buenos. La prensa honrada, los escritores, los intelectuales decentes, son los monjes medievales que todavía dan un pequeño asilo, un pequeño resguardo, a los restos de ese mundo que se está destruyendo entre nuestros dedos de una manera absolutamente visible. La historia no se soluciona, se vive. No hay solución. Es un proceso que llegó a su fase terminal.

—¿Se acaba el mundo occidental y viene China?
—Se acaba Occidente en el sentido noble de la palabra. Se acaba Homero, Montaigne, Dante, Leonardo, Velázquez. Viene otra cosa. El concepto de ser humano que hay en Asia no es el mismo que en Europa. Allí no existe el individuo. Es la colectividad la que cuenta. Son las hormigas, hormigas rojas cuando era China comunista. Ahora no lo es, pero bueno... Estoy muy orgulloso de ser occidental, de lo hecho en la historia de la humanidad durante tres mil años, desde Homero hasta ahora mismo. Todo eso no encaja en otras civilizaciones, en otras miradas sobre el ser humano, en otros conceptos del ser humano. Nuestros valores están en retroceso o están siendo asfixiados, aniquilados o apagados o marginados por otros mundos que vienen, por otras culturas que vienen. No digo que sean mejores o peores. No es una tragedia, es un proceso. No creo que exista una salvación, una solución. No vamos a cambiar el curso de la historia. Son muchos los autores que hablan de la decadencia de las civilizaciones, como Oswald Spengler y Arnold Toynbee. Es lo que nos tocó. Disfrutemos cuanto se pueda. Hay una frase mía que repito de vez en cuando: todavía podemos pensar como griegos, luchar como troyanos y, si hace falta, morir como romanos. Pero hay que asumirlo. Vivamos de acuerdo con nuestra época, manteniendo lo que podamos la herencia maravillosa de tantos siglos de progreso, de derechos humanos, de libertades. Pero fíjense en lo que viene. El islam es la mujer con velo, la ablación, la sumisión de la mujer, la sumisión a un Dios. China es la colectividad, el ser humano no existe. Es el colectivo. Te sacrificas ante un colectivo. Son otras concepciones, mejores o peores. Para mí son peores, porque fui educado en la mía.

—El modernismo se caracterizó por un positivismo que podríamos decir tiene a Hegel con la idea del espíritu de la historia como una flecha ascendente. La humanidad va siempre progresando, siempre en una tendencia ascendente. ¿Lo que llega será peor o mejor?
—Se acabó.

—¿Se acabó también Hegel?
—La curva ascendente ahora ya está en la descendente. Se acabó. Es algo irreversible, pero no pasa nada. No es dramático. Mi esfuerzo es hacer comprender que no es dramático. Nos tocó como le tocó al romano del siglo IV vivir en Roma, o al bizantino cuando cayó ante los turcos. Vivamos de acuerdo a nuestro tiempo con coronavirus, con mascarilla, con lo que sea, con analfabetos políticos. Vivamos de una manera decente y honrada, pero sabiendo, y eso es lo importante, sabiendo siempre dónde estamos, sin engañarnos. Eduquemos a los niños no en el cuento de Blancanieves, no en la fábula estúpida que los hace vulnerables frente a los lobos y los canallas. Eduquémoslos en la lucidez, en asumir que es una época de destrucción, de demolición de un mundo. En las demoliciones hay momentos hermosos, hay vidas, hay amor, hay lealtad, hay compasión y camaradería, hay cultura. El futuro maravilloso que jamás va a llegar. Por eso mi obsesión siempre es la educación, los niños, preparémoslos, vacunémoslos, que se preparen, insisto, no para la estupidez buenista, sino para la lucidez crítica.

—¿El coronavirus resulta un síntoma de esa bisagra?
—Para mí es diferente. Tengo 70 años. No voy a ver el mundo normal. Lo que me quede, que serán no sé cuántos años, el mundo, mi mundo, el mundo en el cual yo crecí, viajé, me crie, me eduqué, leí, viví, amé, peleé, desaparece. Esto se lo ha llevado. Es el final de ese mundo, lo que decía Stefan Zweig, "el mundo de ayer". Ahora viene otro. La pandemia no es un accidente puntual, es un cambio de manera de entender el mundo, la vida, y es un barrer ciertas cosas del mundo pasado. No voy a ver los resultados, soy demasiado mayor, pero los jóvenes sí los verán. Haya vacuna o no, pase o no pase, dure un año o dure cinco, el mundo ya no va a ser exactamente igual. Esta pandemia es como la caída de Bizancio o de Roma. No es el final del mundo. Es el final de mi mundo. Mi educación me permite asumirlo. Y además la vida como reportero me enseñó que las cosas arden y se queman y la gente muere, y que el mundo es un lugar hostil y peligroso. Estoy psicológicamente preparado para asumirlo. Ojalá cuando vengan los momentos duros los jóvenes de ahora estén preparados para hacerles frente sin enloquecer. He visto sociedades enloquecer por guerras, epidemias, catástrofes. Perder todas las referencias morales, éticas, y el egoísmo humano. Más nos vale educar niños que el día de mañana sean capaces de afrontar con esa serenidad el mundo difícil que vendrá.

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Re: 'Línea de fuego' (2020)

Mensaje por Rogorn » Lun Feb 22, 2021 2:20 pm

El emocionante álbum de la Guerra Civil de los lectores de Pérez-Reverte
Fernando Goitia - xlsemanal.com - 21/02/2021

Nació de forma natural. Como todas las buenas historias. Arturo Pérez-Reverte acababa de sacar su nueva novela, ‘Línea de fuego’, sobre la Guerra Civil, y sus lectores empezaron a enviarle por Twitter imágenes de familiares combatientes. El resultado es un álbum fotográfico virtual, un homenaje donde no hay buenos ni malos. Y, aunque cueste creerlo, tampoco odio ni rencores…

Esta es la historia de Juan, oficial anarquista que tras salvar la vida de un falangista lo hizo su asistente para el resto de la guerra. Es la historia de Francisco, reclutado en caballería por los nacionales con 18 años que sirvió en Belchite, Brunete y la batalla del Ebro mientras pasaba hambre y sed y se caía dormido por el cansancio desde el lomo de su caballo. Y también la de Eleuterio, abatido en la Casa de Campo por encender un cigarrillo en plena noche; y la de José, comunista, sindicalista y antifranquista, obligado a luchar por Franco, que comía latas caducadas para enfermar y evitar así matar a nadie…

Vicenta y Félix, abuelos de @es_jv. «Ella se fue al frente detrás de él». Amador Carrascosa, abuelo de @JMCarrascosa. «Fue mecánico (sargento) de aviación hasta que cayó la capital». Germán Vila Castedo, abuelo de @Katanajanso. «Él me decía que no mató a nadie».

Son todos ellos combatientes de nuestra Guerra Civil, hombres que, pese a vivirla en primera línea, se negaron a transmitir a hijos, sobrinos, nietos y bisnietos el odio cainita que arrastró a todo un país al mayor de los horrores. Sus historias emergen ahora en un álbum fotográfico virtual que obliga a reescribir la memoria de un conflicto con el que, pese a declararse vencedores y vencidos, España entera salió perdiendo. Así lo entiende, al menos, el promotor de la iniciativa, el escritor y académico Arturo Pérez-Reverte.

«Aquella tragedia devoró a toda una generación -lamenta-. Arquitectos, médicos, ingenieros, músicos, pintores, escritores, obreros masacrados que, en manos de otros políticos, hubieran hecho cosas extraordinarias. Miro sus rostros en estas fotos e imagino esa juventud puesta al servicio de la inteligencia, del trabajo; qué no hubieran podido hacer. Y no me importa si combatieron en un bando o en el otro, todos fueron españoles envueltos en una confrontación horrorosa de la que fueron culpables muchos, pero no ellos».

Pérez-Reverte habla emocionado del álbum 'Línea de fuego', nombre que toma prestado de su última novela. Al fin y al cabo surgió de ella. Esta es la cronología. A principios de 2020, el escritor se lanzó a dar forma a la novela número 29 de una carrera literaria que se halla hoy en su 35 cumpleaños. «He tocado el tema de refilón varias veces, pero nunca quise escribir una novela específicamente sobre la Guerra Civil. Hasta que me han obligado a ello -sentencia-. Harto de este ambiente enrarecido que respiramos y de ver cómo analfabetos de cualquier signo y color lo convierten en herramienta política, me dije: ‘Es el momento de contar mi manera de ver todo esto y aclarar un par de cosas’».

Surgió así 'Línea de fuego', la novela, en la que Pérez-Reverte entrega el protagonismo a los combatientes para recrear con pulso detallado y cinematográfico los primeros diez días de la batalla del Ebro, disputada entre el 25 de julio y el 18 de noviembre de 1938. «Pretendía contar esa historia de una forma objetiva, sin buenos ni malos -explica el autor-. Es un relato de soldados y de trincheras, no de asesinos en la retaguardia, que es de lo que siempre se habla. En el frente, las cosas no eran blanco y negro, no estaba todo tan claro».

Publicada la novela en octubre, sus lectores comenzaron a enviarle mensajes vía Twitter, donde el escritor se acerca a los 2,3 millones de seguidores. «Recibí historias y fotografías de personas que en el libro vieron reflejadas las de sus abuelos, tíos, padres… Fue muy emocionante -rememora-. El problema es que, a medida que se añadían nuevos tuits al hilo, los testimonios anteriores iban bajando y se perdían». Es decir, Twitter había cumplido su función de propiciarlo todo, pero, por su carácter trepidante, efímero, fallaba como lugar para anclar la memoria. Todo lo contrario a, por ejemplo, un álbum de fotos. «Es justo lo que necesitaba: un lugar donde todas estas historias y retratos quedaran de forma fija para ser consultados por quien quiera y cuando quiera».

Felipe Cano, abuelo de @felipcano. «Junto a su amigo al que le escribía las cartas dirigidas a su novia y que falleció en el frente». Antonio, abuelo de @rojas_narciso. «Hablaba de la guerra y siempre terminaba con un silencio y diciendo. ‘Buf, buf, buf’». Rafael Belchí, tío abuelo de @jmigualada. «un mando lo vio escribiendo una carta con buena caligrafía y lo mandó a oficinas». Ángel García López, abuelo de @cafernan_. «Sufrió una herida de metralla en la pierna».

Pérez-Reverte habló con sus compañeros del portal literario Zenda, que él mismo creó hace cinco años, y con Alfaguara, su editorial, para idear zendalibros.com/albumlineadefuego, un espacio en la Red donde mostrar e ir añadiendo nuevas historias y fotografías. «Yo pensaba: ‘Llegarán, como mucho, 40 o 50 historias interesantes’ -admite-. Así que lo anuncio en Twitter, arranco yo con fotos de mi padre y de mi tío Lorenzo, que combatieron en el bando republicano, y empieza el aluvión. Docenas y docenas y docenas y docenas…».

No es la cantidad, sin embargo, lo que más le impactó. «No me llegó un solo mensaje envenenado, cainita, agresivo, lo habitual en Twitter; al contrario, todos fueron positivos, respetuosos. Y hablaban de gente que combatió en los dos bandos, de muchos que cambiaron de lado o que lucharon donde no les correspondía; porque la guerra fue una tragedia en la que muchos se vieron envueltos y de formas muy distintas. Esa línea que muchos trazan, poniendo de un lado a todos los buenos y del otro a todos los malos, es falsa. Y estos testimonios son la mejor prueba de ello».

Testimonios que provienen de firmas tuiteras como @fernand_aragon, nieto de Teodoro Ibáñez, que adjunta foto de su abuelo, un pastor movilizado por los nacionales. «Pensaba que matarse entre españoles no es un motivo de orgullo, a pesar de que luchara en el bando que ganó. Falleció en 1980 creyendo que dejaba un país que había sido capaz de reconciliarse», escribe.

«Es conmovedor -dice Pérez-Reverte-. Soy un tío que no se emociona con facilidad, pero se me remueven las entrañas ante estas pequeñas tragedias resumidas en el espacio de un tuit: estas miradas, estas caras juveniles, infantiles algunas de la tristemente célebre Quinta del Biberón, chicos que apenas empezaban a usar pantalón largo llevados de la mano por sus madres en llanto hasta el cuartel… Las miro y pienso en el amor y el orgullo con que estos hijos, sobrinos y nietos los recuerdan».

Conmueve también el silencio recurrente de los combatientes, certificación de que la guerra enmudece a quienes la libran, a quienes matan o son empujados a matar. Al fin y al cabo, ¿quién quiere recordar el horror, el odio, la muerte violenta? «El verdadero enemigo no es quien te dispara desde la trinchera de enfrente -sentencia Pérez-Reverte desde su experiencia como reportero en 18 guerras, civiles 7 de ellas-. El enemigo es el político, el ideólogo, el que dirige desde la retaguardia en uno y otro bando, manipulando argumentos y mandando a la gente al matadero. Por eso, tantos mensajes hablan de personas que decidieron callar; comprendían que todos fueron seres humanos atrapados en una barbaridad y no quisieron envenenar a las siguientes generaciones. Callaron para protegernos».

Son silencios como los de Teodoro, abuelo de @Elobatovigo, que sirvió como zapador-minador en el bando nacional y, pese a recibir cuatro medallas, nunca contó lo que vivió o cómo se sintió. O los de José, abuelo de @_PaulaCastro_ y artillero en el bando nacional, que prefería «desgranar historias de compañerismo» a explicitar detalles de batallas o acciones de combate.

@jralfranca, de su abuelo Blas en Belchite. «Siempre recordaba la guerra como un tiempo terrible». Julio, abuelo de @jmsanzgu, combatió en el Ebro: lo hizo «sin convicción, Desertó y volvió andando hasta Guadalajara». Pepe, abuelo de @pepa_sastre, fue jefe de máquinas en el submarino C3, hundido en Málaga. «Sus restos yacen a 70 metros de profundidad». Manuel Cortés González, padre de @juan_cf, combatió en el frente de córdoba. «Por suerte, nunca tuvo que herir a nadie».

Gracias a ellos, este álbum, dice su promotor, «es un canto a la reconciliación y a la decencia, la más digna y contundente respuesta a toda esa gentuza manipuladora que intenta perpetuar el encono y el odio». Gracias a ellos, además, un lugar tan asociado a la polémica y la agresión como Twitter se ha convertido en una vía de paz y reconciliación. «En manos de gente decente puede ser una herramienta útil y humana para asuntos dignos y serios», señala, asombrado ante la madurez intelectual e ideológica con la que los tuiteros han entendido el sentido de su proyecto. «Espero que gracias a él y a mi novela la gente empiece a ver la guerra de otra manera», concluye. Porque, así lo cree, esto demuestra que la inquina cainita que devoró España, cuyas secuelas se arrastran hasta hoy, no es herencia de quienes de verdad combatieron.

Fotos:
https://www.xlsemanal.com/conocer/histo ... ilias.html

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Re: 'Línea de fuego' (2020)

Mensaje por Rogorn » Sab Abr 03, 2021 10:43 am

“La clase política española está intentando darle vuelta a la historia”
Entrevista de Pablo Retamal - latercera.com - 03/04/2021

Ya se encuentra en Chile el último libro del periodista y escritor español, 'Línea de fuego', vía Alfaguara. En él ficcionaliza la batalla del Ebro, la más grande de la Guerra civil española, pero desde una perspectiva ecuánime. Ello, como su respuesta personal a la clase política ibérica. En conversación con 'Culto', cuenta los entretelones tras esta novela.

Si hay un tema que cada cierto tiempo vuelve de tanto en tanto a la palestra en España, es la guerra civil que dividió al país entre republicanos y nacionales, entre 1936 y 1939, con triunfo de los últimos y la posterior dictadura de Francisco Franco. Al periodista y escritor español Arturo Pérez-Reverte (69) el asunto le llamó la atención debido al uso que se le da al tema. “La clase política española, que como buena clase política es analfabeta, a falta de argumentos intelectuales de peso para su lucha política, ahora utilizan los lugares fáciles, y están intentando darle vuelta a la historia para utilizarla como arma arrojadiza, y la historia de la guerra civil es perfecta como herramienta. Han entrado en ella manipulando los recuerdos, la memoria de las víctimas”, explica a 'Culto' el oriundo de Murcia. “En vez de apoyarse en la parte ya conseguida de reconciliación nacional, han ido a resucitar divisiones, y eso ha creado un ambiente tan sucio. Por eso, esta novela me ha obligado a escribirla la clase política española”, añade al teléfono. Eso sí, reconoce su simpatía por el bando de la República. Así, Pérez-Reverte se lanzó de lleno a escribir 'Línea de fuego', su última y voluminosa novela de 680 páginas, y que está disponible en Chile vía Alfaguara.

El peninsular añade que no solo fue el deseo de contestarle a la clase política española. También pesó su propia historia familiar. “Yo nací en 1951, hacía pocos años que había terminado la guerra. Mi padre, mi tío, mi abuelo la hicieron. Yo crecí entre gente que la hicieron y me contaron sus recuerdos personales. Yo conozco la guerra civil porque me la contaron sus protagonistas, no porque me la haya contado un político”. Pérez-Reverte cuenta que se tardó un año en escribir la novela, durante el encierro que provocó el coronavirus. Metódico, tenía una organizada rutina de trabajo. “Me levantaba temprano, hacía ejercicio, a las 8 estaba trabajando hasta las 2 o 3 de la tarde. De ahí leía, corregía, y me acostaba pensando en el día siguiente. Como quien va a una oficina, el cocinero que va a su restaurante o el militar que va a su cuartel. Lo hago como una rutina diaria, escribir es una actividad profesional. Hay días mejores, peores, pero lo asumo como un trabajo”. “Para mí escribir no es un arte, es una actividad profesional con la que me gano la vida hace 35 años”, añade.

Línea de fuego trata básicamente sobre la batalla del Ebro. Una larguísima batalla ocurrida hacia la parte final de la guerra, en 1938, en una zona cercana al río del mismo nombre, en Tarragona, región de Cataluña. Duró cinco meses, entre julio y noviembre de ese año. Como Gettysburg en la guerra de Secesión, la del Ebro fue la batalla decisiva que inclinó definitivamente el curso del conflicto a favor del bando sublevado.

-¿Por qué eligió esa batalla?
-Murieron 20 mil personas, fue la más sangrienta de la guerra civil y de la historia de Europa. Creí que era bastante significativa. Utilicé documentos, experiencias, memorias de soldados y de batallas. Aunque los personajes son de ficción, todo lo que la documenta son cosas reales.

La novela transcurre como una cámara que va mostrando la batalla desde diferentes ángulos. No escatima en detalles como el sonido de las armas, la manera de hacerse cigarrillos, la vida en las trincheras. Como un DT que busca ganar una final, Pérez-Reverte no solo echó mano a sus vivencias familiares, también a una nutrida biblioteca que posee en su casa.

-¿Cómo fue el proceso de documentación?
-Tengo una biblioteca de 30 mil volúmenes, acumulé la de mis padres y la que he ido haciendo yo durante mi vida. Unos 900 de esos deben ser sobre la guerra civil, no todos los utilicé, pero debo de haber usado unos 300. Memorias, documentos, material y tecnología militar, táctica militar, explosivos, vehículos blindados.

-¿Puede mencionar algunos que haya usado?
-Ha sido un conjunto de libros, toda novela es un pretexto para leer. Como fuentes directas: 'Las armas de la guerra civil española', de Manrique y Molina; 'La batalla del Ebro', Luis María Mezquida; la 'Historia militar de la guerra de España', de Manuel Aznar; 'Empleo táctico del armamento', de Fernando de Salas; 'Partes oficiales de guerra', del Estado mayor del Ejército; 'Falangistas', de Gustavo Morales. Un montón, y súmale libros de fotografías.

-¿Y pudo acceder al armamento de la época?
-Recurrí a amigos coleccionistas de armas antiguas, de la época de la Guerra Civil, de colección, inutilizadas. Les pedí que me prestasen algunas de ellas para manejarlas. Ver cómo se corre el cerrojo, cómo se cargan. No es lo mismo contar una escena cuando sabes que el arma que llevas pesa 3 kilos y medio, que un soldado camina, combate, lucha y muere con 30 kilos de equipo a la espada.

-Al leerlo, es notoria una cierta influencia de Joseph Conrad en su prosa...
-¡Ya me gustaría escribir como Joseph Conrad! Pero, no, no llego a esa altura ni muchísimo menos. Lo que pasa es que de los muchos autores que yo venero, Conrad es el que más quiero, el que más me gusta, el autor que envejece conmigo. Es evidente que en mi literatura hay un cierto soplo conradiano siempre, de mayor o menor medida. También leo mucho 'La Iliada' y 'La Eneida'.

Con una nutrida carrera como corresponsal de guerra, Pérez-Reverte fue testigo de 18 conflictos armados en diferentes lugares del mundo: Chipre, Líbano, Eritrea, el Sáhara, las Malvinas, El Salvador, Nicaragua, Chad, Libia, Sudán, Mozambique, Angola, el golfo Pérsico, Croacia, Bosnia. De ellos, 7 fueron guerras civiles, y esa experiencia se coló en las páginas de 'Línea de fuego'. "Fue uno de los tres factores que ayudaron a escribir la novela, junto con la documentación y los recuerdos familiares", explica Pérez-Reverte. "Cuando hablo de los disparos, el frío, el hambre, el miedo, la tensión, la suciedad, el ruido del combate, eso no me lo invento, no lo he visto en el cine. Son recuerdos personales. Tengo una experiencia personal sobre guerras que me ha ayudado a darle esta dosis extra de realismo a esta novela".

-En la novela aparecen corresponsales de guerra extranjeros, Phil Tabb, inglés, Vivian Szerman, estadounidense, y Chim Langer, checo. Quisiera detenerme en Vivian, ¿se inspiró en alguien en particular para construir ese personaje?
-Eso fue bien especial. Conocí muchas cuando fui reportero y hay otras que no conocí, pero que ejercieron antes que yo. Es una imagen subcliché que he hecho con muchas mujeres distintas, de épocas distintas y recuerdos distintos. No se basó en nadie particular. Quizás Chim Langer se basó en Robert Capa, un poco.

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Re: 'Línea de fuego' (2020)

Mensaje por Rogorn » Vie May 21, 2021 5:02 pm

Línia de fuego.
Enric Cantín - enriccantin.medium.com - 21/05/2021

Cuando en 2008 vi 'Gran Torino' protagonizada y dirigida por Clint Eastwood me pasó algo parecido, si no igual. ¿Qué tiene que ver el viejo Clint con 'Línea de fuego'? Se lo intento explicar.

Ya les comenté una vez que me considero un humilde Pérezrevertiano para lo bueno y para lo malo. Así que leer 'Línea de fuego' ha resultado de acometida fácil (por personal inercia), lectura apasionante (por una historia que toca a todos) y digestión pesada (por el mismo motivo). Un libro que aborda la guerra civil española o, de entrada, te incomoda un pelín y lo empiezas a leer con ojos apretados o eres de Hamilton, Nueva Zelanda. A nadie le gusta que le nombren la soga en casa del ahorcado, además con sogas tan dispares, verdugos de todos los colores y ahorcados en todas las familias.

Pero Pérez-Reverte lo explica con la maestría de quien ha sido corresponsal de guerra. Sabe del olor dulzón y pegajoso de un muerto en descomposición, y que hay que abrir la boca para que un bombazo no te reviente los tímpanos. Y ese vacío vibrante de una bala que te pasa rozando, o de la mueca absurda de los muertos, tan alejada de las poses cinematográficas. Pérez-Reverte aplica a todo ello la pedagogía oportuna para que nadie se quede ni indiferente ni asqueado, ni complacido ni satisfecho, en un conflicto que tocó a todos. Que habla de todos. Y hay respeto en eso. Esa misma didáctica y consideración se nota incluso en las fotografías de las guardas anterior y posterior del libro: soldados en blanco y negro, de tipos normales y miradas entre lo risueño y escéptico. Parece que interpelan descarados: adivina el bando, prenda.

En la contraportada la pista es aplastante: “Es lo malo de estas guerras. Que oyes al enemigo llamar a su madre en el mismo idioma que tú”. Y claro, si usted no lee el libro con ansia y saña ideológica, lo que diría mucho de usted, no del libro, es difícil desde lo humano amigarse con bandos o personajes. Y creo humildemente que el libro está escrito con esa sana intención: que al lector le dé igual, en lo doctrinal, un requeté que un brigadista o un alférez del tercio. Porque esa lectura que le ofrece a uno esa visión privilegiada de espectador de tan histórico y cabrón escenario es la necesaria.

Permítanme la confidencia. Mi padre luchó en esa batalla, la del Ebro. Era de Mazarrón, Murcia. Pertenecía a una familia acomodada, y por el capricho geoestratégico del momento le tocó luchar en un bando que era la contraposición ideológica de lo que había vivido y le habían enseñado. Le pegaron una patada en su culo murciano, rompiéndole la carrera de ingeniería electrónica y agregándolo, sin comerlo ni beberlo, a un regimiento de brigadistas de puño en la sien y famélica legión. Yo soy el spoiler de que joven, perdido y acojonado, mi padre sobrevivió.

Y por todas esas historias que se repiten en todos nosotros, los descendientes de esa generación, el libro de Pérez-Reverte es de imprescindible lectura. Sobrio, áspero, crudo, sucio, huele a tomillo y putrefacción de cadáver, a sopa de habas y leña. A grasa de arma, y pólvora. Resuena, estalla, rasga el aire. Explota y duele. Te ríes y asombras. Lo esperas y sigues con avidez, saltas trincheras, te jodes las piernas y avanzas. Es un libro canalla y educado. Denso, rápido. Sucio de tierra, sangre, vísceras y cascotes. Es lo que pensé cuando vi 'Gran Torino' de Clint Eastwood. En esa película están todos los Eastwoods. 'El sargento de hierro', 'Banderas de nuestros padres', 'Los puentes de Madison', 'Sin perdón', 'Bronco Bill'… 'Gran Torino' es una maldita obra maestra porque resume, participa y condensa lo mejor de tío Clint. Y en 'Línea de fuego' están todos los Revertes. Los Alatristes, los territorios comanche, los pintores de batallas, 'Sidi' y la madre que parió a rojos y azules. Están todos. Lo mejor y lo peor de nosotros. Caballeros y rufianes. La mejor infantería. La peor de las gentuzas. Por eso no leer 'Línea de fuego' es desperdiciar una lección magistral privilegiada y muy necesaria para mirarnos a los ojos. Para entendernos. Para no repetir calamidades. Para odiarnos civilizadamente.

Solo un apunte, más allá del libro. Es interesante e independiente ver, y a modo de complemento, la película 'Ebro, de la cuna a la batalla' (2016) de Román Parrado.

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Re: 'Línea de fuego' (2020)

Mensaje por Rogorn » Dom Jun 06, 2021 9:20 am

https://www.lne.es/opinion/2021/06/06/g ... 66138.html
https://www.lne.es/opinion/2021/06/06/d ... 66135.html
https://www.lne.es/opinion/2021/06/07/v ... 91143.html

Arturo Pérez-Reverte gana el Premio de la Crítica por ‘Línea de fuego’, su retrato de la guerra en la trinchera
Jacinto Antón - elpais.com - 05/06/2021

El Premio de la Crítica, promovido por la Asociación Española de Críticos Literarios, ha distinguido este año al académico y escritor Arturo Pérez-Reverte (Cartagena, 69 años) por 'Línea de fuego' (Alfaguara), su novela sobre la trágica batalla del Ebro. El galardón también tiene una categoría lírica, que ha ganado Ramón Andrés (Pamplona, 66 años) por su poemario 'Los árboles que nos quedan' (Hiperión).

Pérez-Reverte se ha mostrado feliz a su manera con el reconocimiento. “Cuando llevas tantos años, un premio, cualquier premio, no tiene demasiada importancia”, ha dicho a este diario, con su tono de corsario carrasposo, curtido y escéptico, y leal. “Pero soy consciente de que amigos míos llevaban años luchando para que me lo dieran. Mi agradecimiento a ellos, y lo acepto en su nombre”. De la novela galardonada, “muy coral”, señala: “Mi intención era que, al llevar 20 páginas, al lector le diera igual en qué bando combatieran los personajes. No es una novela de guerra, sino de seres humanos”. Ha recalcado que es asimismo una novela “de frente de batalla” y que de esas sobre nuestra Guerra Civil hay pocas. “Hay muchas de retaguardia, pero no de primera línea de fuego, y las que hay están escritas solamente desde un bando o el otro”.

El escritor se ha manifestado contento porque el libro “ha sido muy valorado por los lectores y por la crítica en general, excepto algún caso muy puntual”. Sobre el hecho de que se ofrezca un retrato muy equilibrado de los combatientes, con valientes, cobardes, gente decente y miserables en ambos bandos, ha señalado que “en las trincheras todos son iguales”. Ha puntualizado: “Por razones familiares sé que lo de buenos y malos en el campo de batalla es muy relativo. Por supuesto, todos sabemos que el de la República era el lado correcto y el de los franquistas el incorrecto”.

Eso mismo ha destacado el presidente del jurado, Fernando Valls, al explicar a este diario las razones por las que 'Línea de fuego' ha resultado ganadora en esta edición: “Dentro de todo lo que se ha escrito sobre la Guerra Civil española, destaca por la pluralidad de voces que aporta. Muestra el horror de la batalla desde el aspecto humano, con personajes que a veces están en un bando u otro por azar, todo muy bien contado. No es que sea equidistante, pues la narración parte de la legalidad de la República, pero los franquistas tampoco aparecen como monstruos. En definitiva, es compleja, plural y múltiple”.

Cualquier lector de 'Línea de fuego' —y en realidad cualquier fan desde 'El húsar'— sabe que Pérez-Reverte lleva como nadie al corazón de la batalla; de hecho, lees la historia agachando la cabeza ante los obuses y los disparos de fusilería y ametralladora como si estuvieras en el fregado. “He tratado de contar la guerra en la trinchera, he visto muchas guerras, la única forma de contar la batalla desde dentro es haberla vivido”, ha dicho el autor. Aunque las unidades y los personajes protagonistas son inventados, el realismo es sobrecogedor. Pérez-Reverte utiliza con extrema pertinencia y conocimiento de causa el lenguaje militar y describe con exactitud tácticas, uniformes y armamento. Escogió la batalla del Ebro, ha explicado, “porque es la más dura de nuestra guerra, con 20.000 bajas, chavales de 16 años y abuelos llamados a filas; es la batalla más sangrienta y la más estúpida. A la semana ya se sabía quién iba a ganarla. Fue un choque de carneros, de tozudez. Ambos bandos echaron carne, carne y más carne al asador. Fue una carnicería inútil”.

Al preguntarle por su personaje favorito del intenso y amplio reparto, ha dicho que le tiene cariño a muchos, pero de manera especial al moro Selimán: “Me robó el corazón”. Del protagonismo de las mujeres en 'Línea de fuego' ―la unidad de transmisiones de la corajuda joven Patricia Monzón, Pato―, ha señalado que quiso homenajearlas pese a que su presencia es ficticia. “Las he visto combatir como guerrilleras en muchos sitios, en Nicaragua, en Salvador, en los Balcanes. La mujer siempre paga un precio más alto en la guerra. En nuestra Guerra Civil fue la gran perdedora, en tres años se quedó sin todo lo que había ganado durante la República. Es normal que las mías luchen tan esforzadamente: saben que de perder van a volver al siglo XIX. Las mujeres perdieron dos veces la guerra, la primera en el frente de batalla, la segunda en casa. Son las grandes víctimas”.

De 'Línea de fuego' se prepara una serie televisiva de ocho episodios que realizará la productora Boomerang TV. Pérez-Reverte no va a intervenir: “Se han hecho muchas películas de mis novelas y sé que tienes que permanecer lo más saludablemente lejos que puedas; el autor molesta”. La próxima novela del autor se publicará en octubre y la guerra, otra guerra, jugará también un importante papel en ella. Ha asegurado que a sus lectores les va a chiflar (él lo ha expresado con más contundencia, como suele).

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Re: 'Línea de fuego' (2020)

Mensaje por Rogorn » Lun Jun 21, 2021 12:45 pm

Troya conquistada
Ignacio Echevarría - elcultural.com - 21/06/2021

Cinco años atrás dediqué una de estas columnas al Premio de la Crítica que concede anualmente la Asociación Española de Críticos Literarios (AECL). Decía entonces que la lista de los libros distinguidos con este galardón (sin dotación alguna) “revela un criterio más bien convencional, conservador, poco amigo de riesgos”. Y añadía: “No parece que los críticos reunidos sumen una mirada particularmente escrutadora ni exigente, como cabría tal vez esperar”. Terminaba mi columna declarando no saber qué cosa sea ni para qué sirve la Asociación Española de Críticos Literarios, de la que no consta ninguna otra actividad que la de conceder el dichoso premio. “¿Quiénes y cuántos son los críticos literarios españoles? ¿Con qué objeto se asocian? ¿Recuerda alguien que la AECL se haya pronunciado alguna vez a propósito de nada, ni siquiera en lo relativo al campo específico de la crítica y de los ocasionales conflictos que tienen lugar en él o a su propósito?”, preguntaba, sin obtener respuesta.

Días atrás el jurado del Premio de la Crítica distinguió, en el apartado de narrativa, a Arturo Pérez-Reverte por 'Línea de fuego', su celebrada novela sobre la Guerra Civil española. Al parecer, la declaración del jurado calificaba esta novela como “la Ilíada del siglo XX” (juro que esto mismo ponía, entrecomillado, en la nota de agencia que reprodujeron la mayor parte de los medios), destacando su “calidad técnica contada en presente para hacer más vivo el relato y el uso de técnicas como el simultaneísmo, la concentración de tiempo y espacio, la plasticidad descriptiva de las escenas, la detallada documentación y la fuerza de los diálogos que retratan a personajes sólidos” (por fraseología, que no quede).

Por su parte, el actual presidente de la AECL, Fernando Valls, abundaba en las razones de la elección: “No solemos premiar obras como la de Pérez-Reverte, tan conocidas, pero en esta ocasión nos ha encantado y hemos creído que lo merecía. Dentro de todo lo que se ha escrito sobre la Guerra Civil española, 'Línea de fuego' destaca por la pluralidad de voces que aporta. Muestra el horror de la batalla desde el aspecto humano, con personajes que a veces están en un bando u otro por azar, todo muy bien contado. No es equidistante, pues la narración parte de la legalidad de la República, pero los franquistas tampoco aparecen como monstruos. En definitiva, pensamos que es una novela compleja, plural y múltiple”.

¿Asumir la legalidad de la República supone no ser equidistante? ¿Alguien esperaba que en una novela de Pérez-Reverte sobre la Guerra Civil aparecieran los franquistas como unos monstruos? ¿Estamos hablando del mismo territorio histórico, narrativo y moral ya reflejado con técnicas “simultaneístas” y “pluralidad de voces” por autores tan dispares como José María Gironella y Camilo José Cela, décadas atrás? ¿Se trata de la misma novela a la que Jordi Gracia, en la reseña que hiciera de ella, objetaba, entre otras cosas, proponer una visión de la Guerra Civil entendida poco menos que como “un ‘choque de cabreros’ [sic], donde unos y otros luchan bravamente”, todos repitiendo a modo de estribillo eso de que los del otro bando son, mira por dónde, unos “tíos de pelo en pecho”?

Claro que antes, en la reseña publicada en esta misma revista, se saludaba 'Línea de fuego' como “la gran novela a favor de la reconciliación nacional”. ¡En 2020! ¡Y veinte años después de la publicación de 'Soldados de Salamina'! El Premio de la Crítica, en el apartado de narrativa, distinguió en su día novelas como 'Herrumbrosas lanzas' de Juan Benet o 'La leyenda del César Visionario' de Francisco Umbral. También un libro de relatos como 'Capital de la gloria' de Juan Eduardo Zúñiga. Qué tiempos. Ya he dicho que su trayectoria revela, en general, un criterio más bien prudente. El año pasado pareció amagar –y recuperar– cierta voluntad de contraste, o de contrapunto al menos, destacando 'Nuestra parte de noche', de Mariana Enríquez. Premiando este año 'Línea de fuego', sin embargo, confirma su tendencia a suscribir con cada vez más entusiasmo precisamente aquella literatura que menos precisa de la crítica para abrirse paso e imponerse. Con lo que el premio no hace más que agravar su lamentable irrelevancia.

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Re: 'Línea de fuego' (2020)

Mensaje por Rogorn » Mar Jun 22, 2021 4:53 pm

Línea de fuego
Méndez Vides - elperiodico.com.gt - 22/06/2021

Las novelas españolas desde la segunda mitad del siglo XX han venido girando sobre el asunto de la Guerra Civil y sus secuelas, así como ha sido el tema favorito de las películas peninsulares. Lo cual es entendible. Autores afines a los nacionalistas o a los republicanos se turnaron la elaboración de novelas memoriosas adoptando posiciones políticas imperativas. En ‘Soldados de Salamina’, de Javier Cercas, hay una primera gran ruptura, porque deslumbra el relato de cómo se salvó del fusilamiento Rafael Sánchez Ferlosio, el autor de El Jarama', que perteneció a la directiva de la Falange, y logró por suerte salvarse de la muerte tras romper su palabra. El fugitivo escapa, se esconde, y es nuevamente apresado y vuelto a mandar a fusilar, pero se las ingenia para esconderse entre cadáveres, huye, lo persiguen y un soldado republicano que le da caza le perdona la vida sin razón, en un momento tan dramáticamente conmovedor que hizo de la obra un clásico español del principio del milenio. No volvió Cercas a escribir nada igual. La obra transita por el lindero de lo real con ficción, revela el sentimiento de culpa y las dudas infinitas. Y a dicha novela extraordinaria se suma ahora ‘Línea de fuego’, de Arturo Pérez-Reverte, que es autor de pura acción, que no pierde el tiempo en descripciones excesivas ni en elucubraciones, solo verbo.

Pérez-Reverte se hizo popular por sus novelas históricas y crónicas de aventura, y quizá cruzó el umbral de la literatura mayor al escribir ‘Sidi’, donde planteó al Cid Campeador como mercenario cobrando por pelear contra moros o a su favor, en su carrera de exilio antes de emprender la Reconquista. El escritor español alteró la imagen oficial del héroe, siempre honorable, acompañado por peleadores dispuestos a morir y aceptar la decapitación por sus transgresiones, si el Cid así lo ordenaba. Lo plantea dirigiendo una campaña para extender los dominios del rey musulmán de Zaragoza, Mutamán. Y de tal obra saltó un año más tarde a la gran novela sobre la Guerra Civil sin tomar partido, porque republicanos y fascistas eran españoles, hermanos, y en la página 45 (la novela tiene 682 páginas) nos deja congelados cuando dice: “—Es lo malo de estas guerras —va diciendo Olmos, a su espalda—. Que oyes al enemigo llamar a su madre en el mismo idioma que tú, y como que así, ¿no?… Se te enfrían las ganas”.

La novela elabora en la ficción, a partir de investigación de la batalla del Ebro, las indecisiones, temores, fanatismos, obstinación o duda de combatientes que se enfrentan a muerte y a la masacre por ideas o circunstancias. Un conato de desertor se salva como gato panza arriba una y otra vez, almas generosas se sacrifican sin más, españoles peleando contra españoles en una guerra que los dejó plagados de cicatrices que no sanan. La experiencia de no saber cómo reaccionar al escuchar a los heridos dolientes, que se quejan en su mismo idioma, los espanta. Y la sensación que va quedando a medida que la lectura transcurre es que no se trata de buenos contra malos, desde ninguna de las dos perspectivas, sino de la lucha entre hermanos.

El debate reventó en España, y abundan los ataques de críticos evidentemente republicanos o nacionalistas que se indignan, porque no pueden ver otra realidad sino la suya, pero los lectores comunes caen fascinados ante la novela magistral que se ha vendido en la Península como pan caliente. Nosotros no tenemos vela en ese entierro, pero el Ebro se nos presenta como un espacio universal donde se sucedió una guerra violenta, radical, con pérdida de vidas humanas y gran profundidad escénica. El protagonismo es múltiple, muchos personajes combatientes alternan de un lado al otro de las ideas, del río al poblado, y son caracteres inolvidables viviendo pasajes crueles con gran sentido del humor. La novela se lee con fluidez y se disfruta. Una gran obra literaria que nos hace pensar en lo que aún no se ha escrito en Guatemala sobre nuestro conflicto armado.

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Rogorn
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Re: 'Línea de fuego' (2020)

Mensaje por Rogorn » Mar Jun 22, 2021 10:52 pm

Línea de fuego
Félix Martín Sánchez - leyendolavidaenpapel.blogspot - 22/06/2021

Cada vez que Pérez-Reverte publica novela el mundo editorial español sufre una convulsión. Es de esos autores aclamados por público y crítica, y cuyas novelas conllevan una ingente campaña de promoción antes, durante y después de la publicación. Es todo un acontecimiento literario y mediático que hace que el autor aparezca en periódicos, radios y televisiones hablando de su última novela y también aprovechando para echar pestes sobre el sistema político actual español y añorando una revolución con guillotina en el siglo XVIII que por suerte o por desgracia nunca se produjo. No es para menos que se monte todo este circo para promocionar al que quizá es el escritor más vendido fuera de nuestras fronteras, porque es un muy buen novelista, quizá el que mejor conoce su oficio en España y el que sobre temas más variados y diferentes escribe. Pero en su última novela ha pinchado en hueso para mí. Atreverse a novelar la Guerra Civil española son palabras mayores y esta novela no creo que sea lo que se ha vendido que es.

'Línea de fuego' narra en casi 700 páginas y valiéndose de un gran puñado de personajes, un episodio ficticio durante la ofensiva del Ebro en el verano asfixiante del 38: la toma de Castellets del Segre por el ejército republicano y su posterior recaptura por parte del ejército sublevado. 700 páginas de descripciones de escaramuzas, defensas, ataques, repliegues, emboscadas, matanzas, bombardeos, tendido de comunicaciones, estrategias… 700 páginas en las que no pasa nada más que eso: la guerra. En definitiva, 700 páginas que se me han hecho muy largas, insulsas y por momentos pesadas y aburridas. A Pérez-Reverte le pido más, porque sé de lo que es capaz, porque he disfrutado con sus libros enormemente, porque es un escritor de mucho talento capaz de atraparme en las páginas de un libro. Pero en esta ocasión ha fallado.

Para mi gusto no se pueden dedicar tantísimas páginas a no contar nada sino a simplemente describir una batalla englobada en una ofensiva crucial como fue la del Ebro durante la guerra civil. Si se quiere hacer una novela sobre nuestro conflicto fratricida hay que hacerla con valor, no simplemente como excusa para demostrar una vez más que eres un crack y el único que sabe a qué huele, sabe y se siente una guerra; el único que sabe de táctica militar entre los escritores españoles; y el único que es capaz de nombrar en un mismo libro decenas de tipos de armas, tanques, aviones y demás elementos bélicos. 'Línea de fuego' es una novela simplona pese a su extensión, maniquea y altamente engañosa. No es ni de lejos la gran novela sobre la guerra civil que he leído en algunas críticas.

Probablemente lo que más me ha cabreado de esta novela es la falsa sensación de ecuanimidad que transmite. Y es que Pérez-Reverte es muy hábil narrando cuando le conviene. 'Línea de fuego' no hace juicios de moral, ni éticos, ni políticos sobre la guerra civil (y aquí está uno de los grandes problemas de la novela, ya que la Guerra Civil es un período histórico que necesita de crítica leal desde el presente) sino que muestras con fingida equidistancia a ambos bandos sumergiéndolos en el horror de la guerra. Que en una guerra se mata y se muere y más en una civil es una perogrullada, algo tan obvio como que el agua moja; para mostrar no se necesitan 700 páginas.

Si en la guerra civil española equiparas bandos en horror y odio y obvias las motivaciones de cada uno para matar y morir, inmediata e indiscutiblemente te estás posicionando con el bando ganador de la contienda y por tanto con quien más ha matado. El cinismo con el que se ha publicitado 'Línea de fuego' vendiéndola como una novela que no gustará ni a los que minimizan lo hecho por un bando ni a los del otro me da rabia. Y más rabia me da, hasta el punto de decepcionarme profundamente, es ver cómo Pérez-Reverte se yergue como el defensor de la cordura y denunciante de los terrores y horrores de la guerra civil, cuando en esta novela las críticas más abiertas y directas son hacia el bando republicado, mientras que para el bando sublevado solo hay sucintos y sutiles ataques camuflados por páginas y páginas de descripciones permanentes sobre la guerra.

Podría intentar decir algo bueno de 'Línea de fuego', pero es que pocas cosas pueden salvarse, quizá las últimas páginas en las que Pérez-Reverte demuestra porqué es uno de los mejores narradores de aventuras y acción. Pero poco más podría añadir. Ni tan siquiera los múltiples y variados personajes pertenecientes a todas y cada una de las facciones de los diversos bandos en la guerra marcan al lector, porque todos y cada uno no son más que burdas y simples representaciones de los prototipos de los combatientes tantas veces aireados y mitologizados en novelas, series, documentales y películas. No, tampoco aquí se salva nada del fuego.

Procuro ser lo más sincero posible siempre que escribo sobre un libro intentando que la crítica sea lo más pegada a lo que me ha hecho sentir un libro, pero también al contexto del libro en general. 'Línea de fuego' se presentó como la gran novela bélica de la guerra civil y no lo es. Como tampoco es ecuánime ni objetiva. Tengo la impresión que Pérez-Reverte ha querido emular a su admirado y loado Chaves Nogales, pero siento decir que lejos está de haberlo logrado. Las casi 700 páginas de esta novela escasean de interés y gancho porque, aunque la acción se desarrolla durante la ofensiva del Ebro en una localidad que no existe pero que bien pudo hacerlo, podría desarrollarse en Vietnam, Corea, las Ardenas o el Peloponeso y lo único que habría que cambiar serían fechas, nombres, topónimos y armas. Falta valentía y sobra arrogancia por parte de Pérez-Reverte. Esperemos que su próxima novela oculte la tremenda decepción que me he llevado con esta última.

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