Alatriste en la canallesca

Comentarios y noticias sobre la saga de novelas ‘Las aventuras del capitán Alatriste’

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Rogorn
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Re: Alatriste en la canallesca

Mensaje por Rogorn » Mié Mar 03, 2021 4:51 pm

La noche de los cuchillos: La inteligencia artificial frente a Arturo Pérez-Reverte
Chema Alonso - zendalibros.com - 03/03/2021

Llegamos al último acto de esta experiencia «literar-IA» con la batalla final. Donde todo termina —al menos por ahora—. Se acaba la versión 1.0 de este juego llamado Proyecto Maquet. Y ya sabes tú, lector, si has sido jugador de los videojuegos de ordenador y máquinas recreativas, que en la última pantalla de la última fase —en el último acto de toda gran epopeya— llega la batalla contra el “Monstruo de final de fase” o lo que muchos llamamos el “Malo final”. Ese punto de la partida donde todo se hace más difícil. Más rápido. Más cuesta arriba. Más adrenalínico. El destino final del héroe. Donde se muere o se transciende.

Cuando yo era niño las máquinas recreativas de videojuegos se encontraban en bares de esos que aún tenían el suelo lleno de boletos de lotería, cabezas de gambas y huesos de pollo, cafeterías de supermercados, o centros recreativos evolucionados de los antiguos billares donde aún se juntaba un OutRun con un tapete de billar español. Yo, como niño bien integrado en mi generación, he jugado a más de un centenar de aquellos videojuegos en esas máquinas recreativas con gráficos y sonidos tan atrayentes.

Entre ellas hay algunas tan míticas como el Ghosts’n’Goblins —que mi compañero Iñaki Ayucar acaba de despiezar pieza a pieza para explicar a los nuevos creadores cómo se hace un juego como este desde cero, el mítico Golden Axe—, el bárbaro Rastan Saga, y una lista infinita de ellos que ya han pasado a nuestra historia, como son Arkanoid, Kung-Fu Master, 1942, Ikari Warriors, Bombjack, o mis favoritos, que sin duda fueron Double Dragon y Street Fighter II. Pero claro, todas costaban dinero. Una moneda de 25 pesetas de la época en mis tiempos, cuando mi asignación semanal eran 100 pesetas. Una partida por cada 25 pesetas. Así que, si querías que el dinero que tus padres te daba como “paga” cada fin de semana durase, tenías que ser diestro en el videojuego y aguantar los envites de alienígenas, chungos, esqueletos o enemigos mitológicos.

Había que estirar el tiempo que estabas conectado al videojuego, por lo que había que aprender bien cómo se jugaba, cómo se las gastaban los enemigos, dónde estaban los premios, cómo se hacían los movimientos especiales y practicar el ritmo en tu mente antes de hacer el famoso proceso de “INSERT COIN”. Eso hacía que nos fuéramos a buscar las máquinas en las que estaban los juegos que queríamos aprender, y viéramos partida tras partida a otros jugadores durante horas. Había que esperar a que llegara un jugador bueno para aprender algo. Y a veces no jugaba nadie, que costaba dinero. En aquel entonces no estaba aún YouTube y sus gameplays, ni los canales de Twitch donde te explican los juegos uno a uno, paso a paso, con todos los trucos. En aquellos años había que hacer cola en la máquina para tener el mejor sitio de visión en uno de los dos laterales donde nos apretujábamos sin molestar al jugador, que no siempre se lo tomaba de buen grado.

Hasta que te considerabas listo. Cuando ya sabías más o menos cómo se jugaba, entonces insertabas tu “coin” e ibas aprendiendo a toda velocidad porque si no, el dinero se acababa pronto. Ibas avanzando en las pantallas más fáciles. Una tras otra. Disfrutando con el juego. Y de repente llegaba el punto clave. Ese “Monstruo de Final de Fase”. Ese “Malo Final”. El punto donde tu moneda de cinco duros podía acabarse de manera abrupta porque la partida acababa de subir varios enteros en dificultad. En ese momento había risas, murmullos, y hasta un “¡flipa, ha llegado al monstruo final!”.

En el Street Fighter II, que era uno de los que me cautivó y con los que seguí a pies juntillas el proceso que os he descrito, el malo final era mítico. Se hizo famoso entre nosotros. Era Mister Bison, o así le llamaron en la versión española, y con unos saltos en los que te pegaba una patada voladora con los dos pies en el jerol desde el otro extremo de la pantalla te dejaba claro si estabas preparado para ganar o no. La prueba del algodón, del nueve, y del carbono 14 todo en uno. Para que te fueras caliente a casa si no estabas listo.

Y en este juego del Proyecto Maquet también teníamos un “Malo Final”. No se trataba de competir contra un escritor mediocre como soy yo, ni contra la opinión de lectores ligeros o profundos. El “Malo Final” con el que había que pelear era con el propio Arturo Pérez-Reverte. A ver si había arrestos.

Si queríamos hacer el trabajo completo, no bastaba con que Arturo revisara el texto original escrito por el mediocre y el texto “revertizado” por Maquet. Había que conseguir que el propio Arturo “revertizara” el texto del mediocre, para poder comparar la diferencia entre un texto hecho al estilo de los libros del Capitán Alatriste por una Inteligencia Artificial llamada Maquet y ese mismo texto hecho al estilo de los libros del Capitán Alatriste pero hecho por el creador de ese estilo en carne y pluma. Es decir, poner en el Street Fighter II a pelear a Maquet frente al Mister Bison de esta lid. No me digáis que no es una pelea callejera en la que merece ponerse a disfrutar alrededor del “Sintasol”.

Además, con Arturo da gusto hacer cosas, y me encanta liarle y que me líe. Un día le propuse hacer Maquet y me dijo “adelante, chaval”. Otro día me propuso escribir en Zenda Libros, y aquí estoy con mi espacio de “El futuro está por hackear”. A la vuelta le “lie” para que se expusiera más al público a través de su buzón público en MyPublicInbox y ahí está. Otro día se animó a participar en una tira de Cálico Electrónico y la hicimos, la publicamos, y yo la tengo impresa y firmada —¡moríos de envidia!—. Otro día le propuse este combate callejero entre Maquet y Mister Bison y me envío el “fatality” con un magnífico: “Ahí lo tienes revertizado”.

Por supuesto, sabía el desenlace del combate desde antes de abrir el archivo. Pero tenía unas ganas locas de ver cómo un texto mío era transformado en un pasaje del Capitán Alatriste escrito por ÉL. Así que abrí el adjunto y lo devoré con una sonrisa de oreja a oreja que se tornó en una carcajada en forma de exabrupto, con una exclamación final en voz alta, en la que riendo me chillé a mí mismo: “¡Qué cab&$%, jajaja!”. En ese momento me sentí cómo un diabólico malvado disfrutando de la derrota solo porque el baile de estoques ha merecido la pena. Como cuando el Joker es derrotado por Batman al final de La broma asesina y acaban los dos riéndose al unísono. ¡Qué gran Joker me sentí!

Pero ya no os quiero hacer esperar más, que seguro que tenéis ganas de catarle colmillo al texto final. Bueno, solo un último entremés primero. Este es el segundo párrafo del pasaje, escrito por el mediocre, del que escribimos usando Maquet, y el mismo párrafo pero que ha escrito Arturo Perez-Reverte para que lo podamos comparar juntos.

La noche de los cuchillos: Párrafo 2 escrito por un escritor aficionado.

Íñigo Balboa lo sabía tiempo ha. Y desde luego lo aprendió a fuego en virtud de aventuras pasadas, sabiendo que tampoco importa en las noches de luna ausente si eres duque o vienes de un tugurio, si te has criado con vajilla de plata, o si la puta que te parió era o no era de esta España tan maltratada. Si eliges mal la baza que jugar, te puedes topar con una revisión completa de tus pecados.

La noche de los cuchillos: Párrafo 2 escrito por Maquet.

Íñigo Balboa lo aprendió por las malas tiempo ha. Y lo creyó a fuego más aún en virtud de pólvora quemada e higadillos secándose al sol, teniendo muy presente qué diablos importa en las noches de luna invernal, si eres duque o camarada de un tugurio, si has tenido conveniencia con vajilla de plata, o si la puta que te parió era o no era de esta España tan amedrentada. Si designas intuyendo la plaza que aventurar de forma equivocada, te puedes topar con la suerte arrimándose a tus pecados.

La noche de los cuchillos: Párrafo 2 escrito por Arturo Pérez-Reverte

Iñigo Balboa lo sabía de sobra, pese a su juventud. Lo había aprendido a sangre, acero y fuego mediante aventuras pasadas y presentes, seguro de que las noches sin luna, a boca de sorna, no hacían distingos entre un duque o un esportillero; si estabas criado con vajilla de plata, o si la puta que te parió te había dado de mamar entre dos clientes. En aquel Madrid nocturno y peligroso, si salías con naipe de más o menos podía tocarte una revisión rápida de tus pecados, si daba espacio a pedir confesión, que no siempre era el caso. Ni a santiguarse daba tiempo, a veces.

La diferencia es más que apreciable. Mientras que en el párrafo escrito por Maquet se ha conseguido dar ese filtro en el texto que recuerda al estilo de los libros del Capitán Alatriste utilizando palabras, construcciones de frases y expresiones ya utilizadas, Arturo se siente libre de crear a su gusto y antojo sin barreras ni puntos verdes que conseguir. El estilo de las novelas del Capitán Alatriste es suyo, y los secretos escondidos en él no se basan solo en las palabras y las frases, sino en la composición pictórica completa. En cómo juega con ellas para pintar en la cabeza del lector lo que él quiere, y a veces pinta con oscuro, y otras con colores pastel. A veces baja el ritmo de la historia, otras, decide acelerarte el corazón.

Además, todo texto tiene un ritmo, una historia contada, y referencias a otras que solo tienen sentido si se colocan en el sitio adecuado con minuciosidad de cirujano y los términos precisos, o el mensaje oculto no estará ahí. Cuando una IA juega solo con las palabras, las estructuras y las expresiones comunes está jugando un plano, el escrito, pero está perdiéndose otro plano, lo no escrito pero contenido en la narración, que un buen escritor sí sabe conjugar. Aún le queda mucho que leer y aprender a Maquet.

Pero ahora es el momento de que juzgues tú, como lector, el resultado. Y si no quieres juzgarlo, puedes disfrutar de algo tan maravilloso como poder llevarte a la boca un pasaje del Capitán Alatriste, del que aún nos faltan aventuras de su vida que merendar, escrito por el propio Arturo Pérez-Reverte, y que este haga que la espera con la que nos castiga el maestro se haga más llevadera. Os dejo primero el texto de Maquet, y luego el de Arturo, al que, para hacer más suyo aún, ha cambiado hasta el título.

La noche de los cuchillos (Escrita por Maquet)

Las callejuelas de Madrid no son lugar para acuchillarse a estas horas. Espadachines, soldados de acero abrochándose a la vez que huyen de las mancebías, cuchilleros a maravedíes con restos de damajuanas en el cuerpo y escasas mujeres que los hayan sosegado, que hasta a hacerlo en gratitud por benevolencia con el arte están a la orden, o gentuza sin clase a la búsqueda de una bolsa con algo de oro, son gajes de oficio a comprobar, para no llamarse al cielo, o al infierno, por la golilla.

Íñigo Balboa lo aprendió por las malas tiempo ha. Y lo creyó a fuego más aún en virtud de pólvora quemada e higadillos secándose al sol, teniendo muy presente qué diablos importa en las noches de luna invernal, si eres duque o camarada de un tugurio, si has tenido conveniencia con vajilla de plata, o si la puta que te parió era o no era de esta España tan amedrentada. Si designas intuyendo la plaza que aventurar de forma equivocada, te puedes topar con la suerte arrimándose a tus pecados.

Para la gente, no es gran menester dicho momento nocturno, y acechan como serpientes buscando ratones en los rincones más enmascarados, los chaflanes escondidos y los muros de los soportales. Entre el olor del orín mezclado, avizor a los sonidos de las pocas ánimas en decadencia que pierden tierra por estos prados de los arrabales de la corte.

Eso sí, cuando estás al acecho en estas noches, es de ciencia que en este mundo hay que tener don de gente, buen oído, y buen olfato para no toparse con un viejo camarada soldado de esos que dábase por el reino, con mucho rejón encima, poco oro en los bolsillos y muchas voluntades de hacer pagar a alguien todos los pormenores hechos por las vuecencias que los maltrataron.

Hay asuntos donde tener ojo, pues sepa que son casos más peligrosos los que aforan las herramientas sin que suenen demasiado. Esos desgraciados casos tienden y acontecen a ser los que se han rebanado adversarios a antojo y conveniencia en las mil y una guerras por las que las botas con ansia de los odiados aceros tercios españoles pisaron, como el caballo de Atila, para no dejarse crecer la hierba ni parir un maldito adversario hereje, que hiciera deshonor a esta oscura y católica España. Esos fulanos saben degollarse como Dios manda, que en esta España Dios lo dispuso en toda la desgraciada Europa.

Algunos compatriotas regresan a estas horas a sus escondites, después de haber quedado servido su antojo de damajuanas, sus argumentos con la desencuadernada, cuidados de alguna zorra, o vuelven tras sobrevivir una noche más a los aires del vino. Que más tercios españoles ha aniquilado estas noches de Madrid un alarde de un florín, un cuchillo o una pappenheimer, por culpa de la lengua pasada al calor de más encuentros con jarras de las necesarias, que por el abordaje de un hereje.

Hay que apañar la víctima adecuada. Un desvalido adversario perdido revolviéndose entre faldas ajenas. Un aristócrata cegado por la avidez de hacer ocasión a cualquier momento, a cualquier valor, incluso si ese instante pudiera costarle encontrarse con un billete directo a ver a San Pedro. Un ánima en amargura que ha llevado a ahogar sus cadenas en una taberna de mala muerte que esté pidiendo a gritos abandonar este mundo. Dejarlo, por supuesto, sin un maravedí, que allá adonde vaya no le va a hacer ninguna necesidad, que el acceso ni al cielo ni al infierno se paga allí. Si alguien quiere ganarse el cielo en esta España tiene que pagar los peajes con tintineo de dinero en bolsillos que dan la absolución. En este imperio español que se duerme, el oro tanto abre las piernas de una dama de calidad como las puertas del cielo con el perdón de un obispo.

Íñigo Balboa lo creyó así, e iba con sumo cuidado. Pegado a los muros recorriendo las sombras callejas. Pisando como había aprendido de muy criatura para dejarse de lugares donde su vida tenía menos valor que la de un becerro herido. Lejos de las agujas de luz. Lejos de los mil peligros que él sabía que aforan ahí pese a que él no los viera. Escuchando los gemidos de una estancia, los ronquidos, risas o ruidos de alguna guitarra herida en una corrala. O a los argumentos de los gatos callejeros mientras tienen sus más y sus menos en un tejado. Buscando el sonido, el bulto o el acontecimiento que fuera que no encajara en ese paisaje para hacerle correr como espíritu que lleve el diablo de vuelta con el Capitán Alatriste.

Lo había dejado dormido después de una larga jornada, y él necesitaba cerciorarse si era cierto que el demonio con rizos dorados que le había hecho prisionero estaba de vuelta a la corte. Quería ir a comprobar si en la mansión de su tío, Luis de Alquézar, podía tomarse algún indicio de su presencia otra vez. Si Angélica había regresado de su viaje, sus problemas comenzarían a buscarlo una vez más. Pero la presión y la ausencia de noticias le había tenido en vigilia sin poder dormir los últimos tres días. Y hoy era el momento en el que ella debía regresar.

En brazos de esos pensamientos andaba, viendo los rizos y la visión de Angélica de Alquézar en sus pensamientos cuando advirtió los dos canallas. Confiados ambos, salieron moviéndose sin mucha prisa de sus rincones oscuros. Con sonrisas amplias en sendas bocas vacías de dientes. Con mechones de bozo sucios que daban aspecto de llevar mucho tiempo sin haber querido pasar por una buena tina. Iban pertrechados con sendos cuchillos jiferos, que tanto te pueden matar por que te atraviesen con ferocidad los adentros adecuados, que por la infección que te pueden causar. No eran más que ladrones en busca de botín fácil.

Íñigo Balboa los tenía frente a sus ojos y sabía que sus opciones eran escasas para contarlo. Iba a tener que pensar cómo zafarse de los aceros que sin duda iban a acercarse mucho a su gañote, ya fuera para forzarle a dar todo lo que tenía, ya fuera por el malhumor que les daría ver que no tenía nada, o por la venganza que tomaran en él. Así que entretanto aún se regodeaban como el gato que tiene capturado al ratón, se lanzó de cabeza contra el estómago del más enclenque para derribarlo, sorprendido, y hacerle sangrar la cabeza del golpe contra el suelo.

El otro, con menos dientes que el primer adversario, pero más peso en el cuerpo, tardó en actuar unos segundos, pero cuando su camarada estaba en tierra e Íñigo Balboa estaba aún recuperando la verticalidad de su cuerpo, se apañó para levantar a Íñigo por la pechera y ponerle uno de los cuchillos en el cuello al zagal. La boca del maleante estaba tan cerca del rostro de Íñigo Balboa que éste sintió que se iba a morir quemado por el aliento o los bocados que le iba a dar para castigarle por intentar huir.

Sin embargo, antes de que pudiera siquiera cerrar los ojos entornados para no ver su fea y sucia cara, un chorro de sangre le salpicó por el rostro, al tiempo que el maleante se quedaba mudo e inmóvil. Del cuello de éste salía el filo de una hoja que le había atravesado el cuello de lado a lado. Le llegó la solución a todos sus problemas en un momento. Ya no tendría que acechar en la noche a niños indefensos con matachines. Ya no tendría que respirar. Ahora sus problemas habían quedado atrás, amontonados en un charco de sangre que se extendía debajo de él a medida que su cuello perdía fuerza en la fuente en que se convirtió.

Íñigo Balboa seguía plantado muerto de miedo, pues no sabía a quién diablos pertenecía el rejón divino que le salvó la vida y vio tan cerca de su propia faz. Pero sus dudas iban a verse resueltas de inmediato cuando en la oscuridad de la noche sus ojos vieron el rostro que temía y conocía tan bien. La apariencia de Gualterio Malatesta, que sin inmutarse limpiaba el remate de su espada en la ropa de la víctima.

Íñigo Balboa se convirtió en estatua como si hubiera visto a la misma medusa en lugar de al espadachín que tanto miedo infligía sobre él. Su cuerpo había dejado de responder, y cuando Malatesta guardó su espada y lo miró amostazado, el frío se hizo con todo su cuerpo. Podría haberse quedado así hasta el fin de los días. Hasta que le tocara irse con el barquero. No era cuestión de pensar en nada, sólo estar convertido en estatua.

Con su apariencia de hielo, y su sonrisa peligrosa, Gualterio Malatesta lo miró. Lo observó unos segundos y luego le dijo, con un tono de voz que le hizo sentirse envejecer varios años y que se mantuvo en la memoria hasta el último día de su existencia, “Vete. Hoy no.”

En ese instante, Íñigo Balboa y Aguirre escuchó cómo el primero de los malhechores, al que había tumbado con el cabezazo, se retorcía para levantarse. Malatesta miró al pobre caído en el suelo, y luego a Íñigo. Le hizo un ademán con la cabeza para que desapareciera de escena, e Íñigo no necesito una nueva indicación para correr como alma que lleva el diablo por las callejas de Madrid de vuelta a la habitación del capitán.

Esa noche ni siquiera durmió. Tampoco pudo concebir el sueño bien. Pero no fue porque pensara en los rizos dorados de Angélica de Alquézar, sino por esa hoja que vio tan cerca y de la que estaba seguro volvería a ver en algún momento más adelante.

******

Y ahora sí, la misma historia de este pasaje, pero escrita por Arturo Pérez-Reverte.

La noche de los aceros, por Arturo Pérez-Reverte

Las callejuelas de Madrid no son lugar para aventurarse a según qué horas: hormiguean maleantes, viejos soldados saliendo de las mancebías y matarifes a sueldo con muchos azumbres entre pecho y espalda. También, corsarias de medio manto en busca de abordaje fácil y rufianes de poca monta a la caza de alguna bolsa que haga ruido. Motivos de sobra, todos ellos, para que a uno le tajen la gorja al menor descuido, en un Jesús.

Íñigo Balboa lo sabía de sobra, pese a su juventud. Lo había aprendido a sangre, acero y fuego mediante aventuras pasadas y presentes, seguro de que las noches sin luna, a boca de sorna, no hacían distingos entre un duque o un esportillero; si estabas criado con vajilla de plata, o si la puta que te parió te había dado de mamar entre dos clientes. En aquel Madrid nocturno y peligroso, si salías con naipe de más o menos podía tocarte una revisión rápida de tus pecados, si daba espacio a pedir confesión, que no siempre era el caso. Ni a santiguarse daba tiempo, a veces.

Caminar por aquel barrio era como sortear serpientes acechando ratones en los rincones más ocultos, los zaguanes oscuros y los muros en sombra de los edificios, entre olor de rancias vejigas vaciadas y vino vomitado, atento a los pasos que podían acabar en relumbrar de aceros. Aquél, había aprendido Íñigo a su propia costa, era negocio que requería buen oído, buen pulso y olfato para identificar, en las sombras con las que se cruzaba, a uno de esos soldados licenciados que abundan por la Corte, con mucho hierro encima, poco sonante en la bolsa y gana de cobrarse, en terceros, antiguos desprecios hechos por las vuecencias que lo maltrataron en Flandes, Italia o los presidios de África. Evitar a tales marrajos exigía buen ojo, sobre todo a los más peligrosos, inofensivos sólo en apariencia, que tal vez cargaban herramientas que no sonaban demasiado y las manejaban con veterano silencio y eficacia. Gente hecha a degollar como Dios manda; a acuchillar herejes allí por donde las botas de los tercios españoles pisaron recio haciendo que, como con el caballo de Atila, no volviese a crecer la hierba tras su paso.

Todo era cuestión, pensó Íñigo, de reconocerlos y esquivarlos cuando, como animales de vuelta al cubil, semejantes caimanes regresaban a estas horas a sus guaridas tras su ración de damajuanas, sus envites con la descuadernada, las caricias de alguna daifa del arroyo, o sobrevivir a dimes y diretes con otros bravos de vino espeso y acero fácil, que más españoles ha matado en noches así un cuchillo jifero, un estoque de Solingen o una espada de Juanes por culpa de la mojarra suelta por el vino, que un escuadrón hereje o una galera turca. O el ansia de un reluciente doblón, capaz de abrir lo mismo las piernas de una dama que las puertas del cielo mediante el perdón de un obispo.

Consciente de todo eso, el joven vascongado se movía con mucho tiento, pegado a los muros y buscando las sombras, tal como había aprendido desde muy niño para escabullirse de lugares donde la vida no valía ni el hierro que la quitaba. Lejos de las hachas de luz, de los mil peligros que sabía estaban aunque no los viera; escuchando los gemidos de una alcoba, los ronquidos, risas o ruidos de alguna guitarra tañida en una corrala, o a los gatos callejeros buscándose querella un tejado. Atento al sonido, el bulto, el indicio amenazante para correr como alma que lleva el diablo de vuelta con el Capitán Alatriste.

Íñigo había dejado dormido a su amo después de una larga jornada, y ahora necesitaba comprobar si era cierto que el demonio con rizos dorados que le había apresado el corazón estaba de vuelta en la corte. Quería ir a ver si en la casa de su tío, Luis de Alquézar, podía advertir algún indicio de su presencia otra vez. Y también de futuras amenazas. Si Angélica había regresado de su viaje, sus problemas aumentarían una vez más. Pero la incertidumbre y la ausencia de noticias lo había tenido en vela durante los últimos tres días. Y hoy era la fecha en la que ella debía regresar.

En esos pensamientos andaba absorto, viendo los rizos y la mirada de Angélica de Alquézar, cuando le asaltaron dos rajabroqueles. Confiados, en busca de presa fácil, ambos salieron sin mucha prisa de sus rincones oscuros a la luz de un farol cercano, con sonrisas amplias en sus bocas escasas de dientes, con guedejas de pelo sucio bajo los sombreros grasientos, sin duda posada de liendres. Esgrimían cuchillos jiferos tan sucios que no brillaban, de ésos que lo mismo matan por el tajo que por la infección de su mugre.

—Vaya, vaya —dijo uno de ellos, aguardentoso y ronco—. Tenemos un palomo en el garlito.

—Pues vamos a desplumarlo —añadió el otro.

Todo ocurrió muy rápido. Íñigo los vio delante y supo que sus opciones de poner pies en polvorosa sin más daño eran pocas. Los hierros le buscaban la calle del trago, y aun peor sería su rencor cuando viesen que nada tenían que robarle, pues iba ayuno de dineros. Así que, cuando menos lo esperaban, se tiró de cabeza contra el estómago del más flaco para tumbarlo sorprendido y hacerle sangrar la cabeza del golpe. El consorte, con menos dientes pero más arrobas, agarró a Íñigo del jubón y le arrimó la hoja al gaznate, su boca tan cerca del mozo que éste creyó morir más del aliento que de la cuchillada. Sin embargo, antes de que pudiera cerrar los ojos y encomendarse a Dios, un chorro de sangre que no era suya le salpicó la cara mientras el malandrín se quedaba mudo e inmóvil; con una espada, salida de la noche, atravesándole el cuello de lado a lado.

Ignoraba Íñigo a quién pertenecía el hierro oportuno que así le salvaba la vida. Miró a un lado, y en la penumbra advirtió un relucir de ojos y el brillar de una sonrisa carnicera. Después, el dueño de ojos y sonrisa retiró la espada y el cuerpo del malhechor se derrumbó, muerto. Era Gualterio Malatesta, que sin inmutarse limpiaba la hoja de su espada en la ropa del caído, e Íñigo se quedó quieto como una estatua, cual si hubiera visto a la mismísima Medusa en vez de al siniestro espadachín siciliano. Con su mirada de hielo y su sonrisa peligrosa, Gualterio Malatesta lo miraba despacio. Lo observó unos instantes casi con curiosidad, y luego le dijo, con un tono de voz que hizo al mozo envejecer varios años y que conservaría en la memoria hasta el último día de su vida:

—Vete, zagal… Hoy no toca.

En ese momento, Íñigo Balboa escuchó cómo el primero de los bandidos, al que había derribado con el cabezazo, se removía para levantarse. Malatesta le dirigió una mirada y luego, mientras desenfundaba la daga y se inclinaba sobre él, hizo al mozo un ademán con la cabeza para que desapareciera de escena.

No necesitó más Íñigo para correr sin detenerse por las callejas de Madrid, de vuelta a la taberna del Turco y la habitación del Capitán. Esa noche tampoco durmió. No pudo conciliar el sueño, y esta vez no fue porque pensara en los diabólicos rizos dorados de Angélica de Alquézar, sino por esa espada que vio tan cerca y que, de eso estaba seguro, volvería a ver más adelante.

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Re: Alatriste en la canallesca

Mensaje por Rogorn » Dom Mar 21, 2021 11:13 pm

'El capitán Alatriste', de Arturo Pérez-Reverte
Raquel G. Osende - ruidodecanicas.com - 08/11/2020

Es difícil remedar el género admirado de forma original, pero Pérez-Reverte lo consigue con creces. No estamos ante una copia de D’Artagnan. 'El capitán Alatriste' es otra cosa, más castiza y más austera: una auténtica novela de aventuras moderna y española.

Lo de española está claro. La historia se ambienta en Madrid, siglo XVII, al albor de la decadencia del Imperio español, y es una fiesta de grandes personajes que los legos solo hemos conocido con el rígido corsé de los libros de historia. Desde el Cuarto Felipe (rey aclamado en sus años mozos) hasta Velázquez y su tímido acento andaluz, pasando por Quevedo, famoso por sus buenos versos y su mala leche. Describe una España punzante, cuyos poetas no cantaban a las flores y los pájaros, sino que afilaban versos como lanzas que esgrimir en tabernas y mentideros, toledana en mano. Tras tantos años soñando con el París de los mosqueteros, fue grato descubrir una añoranza aventurera similar y más propia.

Lo de moderna quizá sorprenda a quien conozca el estilo particular de Alatriste. Un estilo lleno de arcaísmos, de voto a tal, de vuestras mercedes y otras zarandajas. Melodioso. Acompasado. Relatado casi al ritmo de espadas. No era el hombre más honesto ni el más piadoso, pero era un hombre valiente. Pérez-Reverte juega el lenguaje con maestría trilera, como ya no se hace y en el siglo de Oro se respiraba, casi. La literatura española llegó a ser así de incisiva, antes de embarrarse con exceso de palabras, como casi todas las latinas.

A propósito de esto, esa es una de las diferencias clave con 'Los tres mosqueteros'. Mientras que Dumas hacía gala de cierta verborrea, en 'Alatriste' no hay una coma de más. Tiene la virtud anglosajona de condensar el mensaje en pocas palabras. La mejor literatura francesa es larga y un poco difusa (Victor Hugo, Flaubert, Proust…); en cambio, la lengua de Shakespeare y Oscar Wilde borda el arte de la brevedad. 'Alatriste' te sumerge en una atmósfera de chapeos y poetas satíricos en apenas doscientas páginas, donde Dumas emplearía cuatrocientas.

Volviendo a la modernidad, 'Alatriste' no es una simple novela de aventuras. Aquí hay aguas profundas y tienen mucho que ver con lo español. Pérez-Reverte nos sitúa en un imperio decadente que todavía no es consciente de su decadencia. En boca de Quevedo, lo ataca con fiereza, con verdadera ferocidad, impotente porque la caída es ya imparable: "No entendía aún, por mis pocos años, que es posible hablar con extrema dureza de lo que se ama, precisamente porque se ama, y con la autoridad moral que nos confiere ese mismo amor. A don Francisco de Quevedo, eso pude entenderlo más tarde, le dolía mucho España".

La modernidad a la que me refiero —sus aguas profundas—, es el homenaje que supone 'El capitán Alatriste' a una España muy mal comprendida en la actualidad. Somos la única nación que se avergüenza de las glorias de su pasado, y esta novela es como una terapia, un intento de reconciliación con nuestra propia historia. Pérez-Reverte nos pide que alcemos las cabezas con orgullo por la gran nación que fuimos, igual que lo hacen Inglaterra, Francia o incluso la diminuta Holanda. Y no tanto por la política —que también—, como por el arte. Aquella España de finales del siglo de Oro ya caía, sí, pero lo hacía con garbo, sostenida por pintores y poetas, tanto mejores cuanta más decadencia había por combatir. 'Alatriste' reflexiona sobre el sacrificio estéril de aquella España agusanada por dentro; pero también señala a Velázquez, a Lope, Calderón o Quevedo para sugerir, con cierta timidez, que quizá mereció la pena. Algo que —y aquí me interno en la pura conjetura—, tal vez Pérez-Reverte lamenta que no exista hoy en día. Un mundo también en decadencia que él denuncia semana a semana en sus artículos, pero sin artistas excelentes que compensen la caída. ¿A quién le duele hoy España? Los que más alto hablan de ella con dureza no lo hacen ni con ingenio ni por amor.

Eso convierte a 'El capitán Alatriste' en un canto de nostalgia, más que una simple novela de aventuras. Y a los que damos nuestros primeros pasos en el mundillo literario, nos llena de ganas de demostrar que, si bien no habrá otro Quevedo… como dicen en Valencia, toda piedra hace pared.

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Re: Alatriste en la canallesca

Mensaje por Rogorn » Dom May 02, 2021 9:53 pm

«Hay idiotas que dicen que glorifico la España imperial, otros que la destrozo. Yo soy realista»
Entrevista de Manuel Llorente - elmundo.es - 30/04/2021

Se cumplen 25 años del primer Alatriste, la serie que el académico inventó para reflejar el Siglo de Oro "ante el desmantelamiento de la Historia y la Literatura en los plantes de estudio". "Tengo aún dos 'alatristes' en la reserva", desvela en esta entrevista.

El capitán Alatriste nació hace 25 años tras el enfado de Arturo Pérez-Reverte al ver que en un libro de texto de su hija Carlota sólo se dedicaba una página a comentar el Siglo de Oro. Puso remedio a su modo, con las únicas armas de la escritura. Las de la imaginación y las del conocimiento. Y se vengó con un éxito inesperado. Desde 1996, las aventuras del capitán Alatriste, se han vendido sin interrupción a través de la editorial Alfaguara: más de cinco millones de ejemplares en español, 1.100.000 en otras lenguas y ha llegado a 44 países. En las librerías ahora se pueden encontrar un estuche con todos los libros en bolsillo y, a final de mayo, en un solo tomo con un estudio del catedrático Alberto Montaner.

Hubo también película, la dirigida por Agustín Díaz Yanes, serie de televisión, versión en cómic, sello de Correos y sobre todo un eco en miles de colegios, en los que de modo divertido los muchachos aprendieron la historia y la literatura del Silgo de Oro. Y todo a través de las aventuras de un soldado, diestro con la espada, que luchó en los tercios de Flandes y cuenta entre sus amigos con el poeta Francisco de Quevedo y asoma un joven pintor de apellido Velázquez. De aquella aventura, aún sin acabar y de la Historia con mayúsculas tercia en conversación telefónica el académico Arturo Pérez-Reverte. Como su criatura, sin pelos en la lengua.

-¿Cómo surgió el capitán Alatriste?
-Surgió en un viaje por avión, de España a México, iba pensando en que en un libro de texto de mi hija el Siglo de Oro se limitaba a sólo una página. Viajaba con mi editor de entonces, Juan Cruz, y le pregunté qué le parecía una novela con un capitán de los tercios como protagonista. Le gustó la idea y me puse, en el mismo vuelo, a anotar las primeras escenas y a esbozar algunos personajes.

-¿Cómo participó su hija?
-El libro se escribió para ella. Tenía 11 o 12 años y como quería que ella se interesara por la Historia le dije «vamos a escribir el libro juntos. Quiero que te ocupes de la documentación. Vete al Museo del Prado, lee libros de Historia, mira ropa, armas, situaciones, escenas... Y luego dime cómo ve esto un niño de 12 años, como verías tú a un capitán». Yo le iba contando las acciones y ella me iba diciendo. Me acuerdo que la pagué 25.000 pesetas. Está muy orgullosa de ello. Ella me dio esa mirada de respeto, de admiración de Íñigo Balboa [paje, al inicio, de Alatriste y narrador de la saga], de asomarse a los lugares oscuros desde fuera y ver cuándo matan, cuándo se emborrachan, los silencios...

-¿Va a resucitar al capitán?
-Mi intención es sí. Tengo pendientes dos episodios antes de cerrar el ciclo. Lo que pasa es que la vida da muchas vueltas y nunca se sabe. Lo tengo ahí como último cartucho, como recurso. Por si un día no se me ocurre nada los tengo ahí como una especie de reserva. Cuando encuentre la serenidad y el tiempo necesario mi intención es hacer los dos alatristes que me quedan, sí.

-Tal como está el panorama político igual necesitamos un Alatriste.
-No lo sé. La idea era esta: yo he visto seres humanos buenos ser malos al mismo tiempo y seres humanos malos ser buenos al mismo tiempo. Y he visto al mismo ser humano por la mañana hacer una cosa horrorosa y por la tarde una cosa magnífica. El ser humano nunca es compacto ni las historias que hay en este tipo de héroes de corazón oscuro, ambiguo. El héroe tiene ángulos negros, es capaz de lo mejor y lo peor. Yo quería que estuviera eso, que fuera real. También quería que fuese la imagen de aquel que ha tenido fe en palabras como patria, Dios, bandera y la vida le ha quitado esas palabras. Qué queda, qué queda de la vida cuando te despoja de todo eso, qué hace el héroe para sobrevivir moralmente en un mundo en el que ya no queda eso. Es un conflicto muy interesante.

-Hay una palabra a la que usted tiene ley, lealtad, que tenía su valor hace 400 años, cuando transcurren las aventuras de Alatriste, y que hoy..
-Algunos la seguimos manteniendo como código de amistad, todavía creo en ella. Cuando palabras como honor, bandera o incluso amor ya no tienen sentido, cuando ya no se reconocen hay una palabra con la que no te confundes, lealtad. O eres leal o no lo eres, no hay término medio. El ser humano puede engañar, pero no en eso. Por eso cuando todo se va al diablo, cuando quedan los hombres desnudos, lo que los salva, lo que los dignifica es la palabra lealtad. Yo puedo tolerar que alguien sea asesino, delincuente, que sea oscuro, violento. De hecho he visto a mucha gente así en mi vida, pero la lealtad hace soportable lo otro. En mi código personal, la única palabra que se escribe con mayúsculas todavía es lealtad. Por eso estoy tan a gusto con mis amigos, por eso procuro ser leal a mis amigos. Por eso la palabra más triste para mí es lealtad, la traición.

-En el prólogo del volumen que recogía hace cinco años los siete alatristes, y que se recuperará este mes, usted escribió: «Hacia 1995, cuando empecé la serie, estaba ya muy avanzada en los planes de estudio la consigna del desmantelamiento cultural, incluida la ignorancia contumaz de la Historia y la Literatura españolas». ¿Ha cambiado algo?
-Ha ido a peor. La Historia fue tan contaminada por el franquismo que cuando llegó la democracia en vez de limpiarse lo que se hizo fue esconderla. En vez de separar el grano de la paja, nadie se tomó el trabajo de limpiarla. Pasó a estar mal vista. Tercios, América, Historia. Yo quise hacer una historia realista. Yo quería reconciliar al español con lo bueno y lo malo. Sin ocultar lo malo, que es mucho, también mencionar lo bueno. No hay nadie que haya escrito cosas tan amargas por España como las que están escritas en los alatristes. Al mismo tiempo he procurado resaltar la parte luminosa. Hay idiotas que dicen que glorifico la España imperial, otros que dicen que Reverte destroza esa España. Yo soy realista, recojo la España como fue. La cuento mirándola cara a cara, sin esconder nada. Relato, narro a través de un soldado viejo, que ha luchado lleno de cicatrices, de marcas. Que sabe lo que es la vida y lo que es España. Alatriste es muy muy amargo como lectura. Y también es analgésico como lectura. Quería las dos cosas. Quería que fuese verdad, ni la leyenda negra ni la blanca. Esa España infeliz, maltratada por los reyes, por curas y por ministros durante tantos siglos donde siempre los buenos vasallos rara vez tuvieron buen señor, esa España quería contarla.

-Y que tuvo tan buena acogida, las cifras cantan.
-Hombre, está en muchos colegios, lo leen, los profesores me mandan trabajos sobre ellos... Alatriste ha conseguido una cosa de la que me siento muy orgulloso: cuando el personaje trasciende, cuando la gente que no ha leído Alatriste le suena y algunos creen que fue real. De hecho lo hice pensando en los chicos.

-Los chicos también verán que la picaresca y la corrupción de entonces siguen igual.
-Para escribir los alatristes leí muchos libros de la época y sobre todo planea la sombra de Quevedo. Por una parte la melancolía de Cervantes y la amargura de Quevedo. Son los dos padrinos de Alatriste. Y ese Quevedo que yo leía para documentar Alatriste vale para ahora, sus versos parece que están hablando de la España de hoy. España ha cambiado, evidentemente, pero todavía tenemos muchos viejos vicios, muchas viejas deformaciones. Quevedo seguiría hoy escribiendo como escribió, eso es lo triste. Y Cervantes seguiría siendo melancólicamente amargo como era, tan sarcásticamente amargo como era.

-En esa época se iba mucho al teatro.
-El teatro era la televisión de la época, la gente hablaba y se comportaba según lo que oía en misa y en el teatro. El teatro era la gran pasión de un público analfabeto. Era un teatro asombroso, magnífico, que aparece mucho en 'El caballero del jubón amarillo'.

-¿Le gustó la versión cinematográfica de Agustín Díaz Yanes?
-Es un noble intento de acercarse al libro. Lo que pasa es que no es perfecta, quizá porque Díaz Yanes quiso meter todos los alatristes dentro. Era demasiado libro para una sola película. Pero [el actor] Viggo [Mortensen] está magnífico y Echanove está magnífico. Fue una muy digna aproximación a la historia del personaje.

-Diego Alatriste es un héroe cansado, no está en derrota, pero...
-En mis novelas es un personaje recurrente. El héroe tiene dos fases, una es cuando cree, sueña, tiene fe en la gloria, en la patria, en los dioses, en la bandera; el héroe inocente e ingenuo. Yo los he visto de verdad. Cuando el héroe sobrevive, la vida te quita esas cosas que consideraba importantes. Entonces el héroe se cansa. Es cuando es héroe incluso a su pesar. Se limita a ser fiel a sí mismo. No es leal a nada salvo a sí mismo, a sus amigos y a lo que ama. El héroe ingenuo no me interesa. Héctor, Aquiles, Eneas... no me interesan. Me interesa Ulises cuando ya vuelve de Troya, cuando tienes la sangre en las uñas, cuando has matado, has degollado, has violado, has esclavizado, has arrasado ciudades. Me interesa el héroe que tiene remordimientos, que tiene imágenes en la cabeza que no le dejan dormir, se despierta de noche y ve en la oscuridad los fantasmas de quienes mató. Alatriste es el prototipo perfecto de ese héroe cansado.

-Como Falcó.
-Pero Falcó tiene una diferencia, Falcó disfruta. Falcó es un aventurero nato. Le gustan las mujeres, las lecturas. Se mete en los líos porque le va la marcha. Alatriste está en los líos porque no le queda más remedio, porque la vida le ha llevado allí, es el resultado de una España determinada. Alatriste mata como los lobos viejos, sin hambre, porque tiene que matar, porque es su oficio. Falcó mata por diversión, porque es cruel, porque es divertido. Alatriste es un héroe serio. Falcó es una canalla luminoso.

-Tanto en los libros de Alatriste como los de Falcó hay detalles de las espadas, de las pistolas que...
-Las armas no me gustan mucho, lo que tengo en casa son sables de caballería auténticos. Lo importante es conocer los detalles, cómo matan, cómo se defienden. Además, yo tiré esgrima cuando era joven y tengo buenos recuerdos de aquella época.

-¿Está vacunado?
-No, estoy en ese grupo... No soy ni demasiado joven ni demasiado viejo. Me va a pasar como a Ana Frank, que dos meses antes de que la liberaran...

-Pero, ¿es partidario de las vacunas?
-Por supuesto, sin duda.

-¿Cómo le ha cambiado la vida en la pandemia?
-No me ha cambiado mucho y para trabajar casi me ha venido mejor porque tengo más tiempo para trabajar. Aunque me ha cambiado en dos cosas: he podido navegar menos y para mí el mar es muy importante y, sobre todo, yo no he estado nunca, desde que tengo 20 años, un mes o mes y medio sin viajar. No moverme por territorios desconocidos; no coger trenes, aviones se me ha hecho raro. Pero no me puedo quejar porque tengo una biblioteca de 32.000 libros y jardín. Sería un estúpido si me quejara.

-¿Y cómo ha cambiado a la sociedad?
-No lo sé, yo soy un tipo que escribe novelas, no estoy mirando mucho afuera, la verdad. He estado metido en una novela que acabo de entregar hace una semana y aún estoy con las pruebas. Imagino que saldrá a final de año. Y no puedo hablar de ella. No quiero opinar. Todo el mundo es experto en las pandemias.

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Re: Alatriste en la canallesca

Mensaje por Rogorn » Dom Jul 04, 2021 10:03 am

La peor de mis pesadillas
David Rubio - lanuevacronica.com - 04/07/2021

Es ya casi una leyenda rural de los pueblos leoneses, o al menos yo la he escuchado de distintas voces y con distintos matices. Cuentan que Viggo Mortensen llegó a la montaña del Curueño cuando le encargaron interpretar al Capitán Alatriste para ir metiéndose en el papel. Arturo Pérez-Reverte había situado en esta comarca los orígenes de su personaje y el actor norteamericano vino con el objetivo de pulir su castellano, que resultaba demasiado porteño (vivió varios años en Buenos Aires) para la pureza del lenguaje que se suponía al Dartacán español. Al parecer aquí, si quitamos la entonación en forma de cántico y la mala baba, se habla un español muy puro. Mortensen se alojó en un hotel de la capital, alquiló un coche y se adentró por las hoces, primero las del Torío y luego las del Curueño, por esa carretera que las une, a través de Valdeteja, y que es una de las más espectaculares de esta provincia. Vio un bar y paró. Dentro había cuatro individuos echando una partida de cartas que no respondieron a su «buenas tardes». Uno de ellos se levanta, se pone detrás de la barra y le hace un gesto con la cabeza preguntando qué es lo que quiere. El actor pide un café con leche, el camarero se lo pone y le cobra sin dirigirle una sola palabra. «Menos mal que vine hasta aquí para que me dieran conversación», debió de pensar Aragorn, como le llaman muchos por su papel en ‘El señor de los anillos’. A veces se le acusa de ser un tanto excéntrico, pero cualquiera lo sería mucho más si hubiese tenido las mismas compañeras de trabajo que ha tenido él. Como además también debe de ser bastante necio, y como había quedado maravillado por el paisaje, el actor repitió al día siguiente el mismo recorrido, la misma escena, en el mismo bar y a la misma hora y, claro, se encontró a los cuatro mismos, quién sabe si jugando la misma partida. Esta vez no es que no le dieran conversación, es que ni siquiera tuvo que hablar él porque el camarero se levantó, se puso detrás de la barra y le puso el café con leche sin preguntar y sin que lo hubiera pedido.

La película fue bastante regular pero el asunto salió bien porque Viggo Mortensen trabó amistad en aquel bar, quedó cautivado por la montaña leonesa y durante algún tiempo fue algo así como un embajador de esta provincia. Luego se le pasó y se vio seducido por otros destinos (en San Sebastián se hizo hincha de la Real Sociedad y en Granada se enamoró de La Alhambra). Aunque a pequeña escala y de forma metafórica, aquello fue otra oportunidad perdida para hacer de esta tierra un refugio del castellano, algo que se han planteado muchos dirigentes políticos a lo largo de los últimos tiempos, por lo general cuando sienten que el mundo de la cultura les resulta demasiado incontrolable. Por suerte, el lenguaje y el paisaje siguen ahí a pesar de ellos. En Madrid, Isabel Díaz Ayuso se ha lanzado también a industrializar el idioma, o al menos esa es la excusa que ha encontrado para darle un puesto a Toni Cantó, quien «afirmaba impunemente que era actor», en palabras de Carlos Boyero. Dice la presidenta de Chamberí que la Oficina del Español no es un chiringuito: «He creado un organismo político para un político, no lo veo tan descabellado».

De entre todas las reacciones a la maniobra, llama especialmente la atención la de Gonzalo Santonja, que ha sido durante veinte años el titular del mismo chiringuito en su versión castellana (que no leonesa, a la vista del trato que ha dado a esta provincia y a sus escritores). Este salmantino que, a su vez, afirma impunemente ser escritor aseguró que «yo esperaría ahí una persona más relacionada, como es lógico, con lo que se pretende defender», al tiempo que se lamenta de que Madrid le haya ganado la carrera a Castilla y León por ser la capital de español. Como le ha pasado también al ya ex director del Musac, coincide que a Gonzalo Santonja el arrebato de valentía le llega justo cuando acaba de ser cesado en su tan bien remunerado puesto al frente del Instituto Castellano y Leonés de la Lengua, a sus 68 años y después de veinte decidiendo todos los jurados y los premios culturales de esta comunidad y asumiendo como propios los méritos de otros (en 1997 llegó poco menos que a autoconcederse el Premio Castilla y León de las Letras). Haber facilitado una foto entre José María Aznar y Rafael Alberti, cuando el poeta gaditano era ya nonagenario y no sabría si tenía al lado a un guiñol o a un político en despiadada campaña electoral, fue su principal aval.

Empezamos por economizar el lenguaje, por moda, por vagancia o por las nuevas tecnologías, pero ahora parece que se han lanzado a rentabilizarlo. Viendo la cantidad y la calidad de los personajes que velan por la salud del castellano, que lo quieren convertir en otra industria que entre en su cadena de licitaciones, adjudicaciones y presentaciones, siento pánico a que la política nos siga colonizando el idioma. Cualquier día gravan el uso de los adverbios, le ponen un peaje a algunos verbos o nos prohiben las oraciones subjuntivas. Es la peor de mis pesadillas: que subasten las letras, que coticen en sus mercados y solo digan lo que ellos quieren.

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Re: Alatriste en la canallesca

Mensaje por Rogorn » Mar Jul 27, 2021 5:07 pm

'Las aventuras del capitán Alatriste: El puente de los Asesinos', de Arturo Pérez-Reverte
soyleyendacharlie.blogspot - 16/11/2011

Acaba de publicarse el séptimo volumen que recoge las aventuras del personaje más famoso del antes corresponsal y ahora escritor Arturo Pérez-Reverte, uno de los autores más vendidos en nuestro país y allende sus fronteras: don Diego Alatriste, para sus amigos y congéneres llamado capitán Alatriste, aunque carezca de dicho título oficial.

Pérez-Reverte vive un momento dulce en su carrera literaria, avalado por el éxito de sus más de veinte novelas –desde la publicación de El húsar en 1986, hace ya veinticinco años- y sus seis volúmenes recopilatorios de sus artículos periodísticos y algún que otro relato breve y escritos varios. Ahora, a las puertas de la campaña navideña –apuesto lo que sea a que el autor es uno de los escritores más regalados de nuestro país- vuelve con su serie más exitosa apenas un año después de su última novela. Serie que comenzó allá en el año 1996 y que refleja la visión muy personal del autor del Siglo de Oro español, a través de los ojos de un joven Iñigo Balboa, al cuidado de un veterano de los tercios de Flandes que hace lo necesario para sobrevivir, la mayoría de las veces alquilando sus habilidades de asesino y buen soldado por una buena suma.

El siglo XVII español le permite a Pérez-Reverte explotar sus puntos fuertes como escritor en un ambiente inigualable donde se siente cómodo y confiado: un Madrid algo oscuro, pobre, formado por callejones peligrosos y tabernas repletas de gente de lo más variopinta; donde la monarquía, los nobles y la iglesia maquinan y planean, usando la mayoría de las veces a gente como Alatriste y sus amigos como meros peones en diversos y peligrosos juegos. Aparte las tramas del escritor, que no suelen ser especialmente complicadas, sino todo lo contrario, se aprecia un cierto cuidado a la hora de plasmar el habla de los habitantes, así como las descripciones de los lugares por los que se mueven. Juega también Pérez-Reverte con algunos hechos históricos, a los que añade pequeñas pinceladas de ficción que dan a todo el conjunto un acabado mucho más interesante. De esa forma Francisco de Quevedo es un personaje recurrente de esta saga y no faltan las menciones a Lope de Vega o Miguel de Cervantes, ni a su obra en verso. El Conde-Duque de Olivares o el mismísimo Felipe IV han aparecido alguna que otra vez con cierta importancia y algún que otro hecho probado, como la rendición de Breda, acaecido en el tercer volumen de la saga y con un giro de guión interesantísimo, ya que según el escritor sería el mismo Íñigo Balboa el que años después narraría dicha rendición a Velázquez, para que este pudiera pintar su famoso cuadro.

Mientras que las dos primeras aventuras transcurrían en Madrid y la tercera en los Países Bajos –publicadas además en años consecutivos: 'El capitán Alatriste' (1996); 'Limpieza de sangre' (1997) y 'El sol de Breda' (1998)-, 'El oro del rey' (2000), la mejor de todas hasta la fecha transcurría la mayor parte de sus páginas en Sevilla. En algún momento de estos años Pérez-Reverte decidió cambiar los planes iniciales para su criatura. Lo que estaba planificado como cinco o seis entregas –de las que en un principio estaban anunciadas todavía quedan dos por publicar- se ha cambiado sobre la marcha, dando a luz a nuevas aventuras cada cierto tiempo. 'El caballero del jubón amarillo' (2003) es para mí la menos lograda de su autor, de nuevo ambientada en Madrid, aunque tres años después volvería a la senda que a mí más me gusta con 'Corsarios de Levante' (2006) uniendo en un solo libro dos de las pasiones del autor: el mar y Alatriste. Como curiosidad, 'El puente de los Asesinos' ha supuesto la espera más larga ante un nuevo capítulo en la vida de Alatriste desde que este naciera hace ya quince años.

Hablo de las pasiones del autor porque, al igual que podríamos dividir su actividad pública en tres diferentes esferas –y al hilo de un artículo recientemente publicado en su columna semanal tendríamos al escritor superventas, al columnista polémico, ¿un personaje como cualquiera de sus novelas, tal vez? y al correcto personaje público, miembro de la Real Academia- su carrera literaria también podría ser objeto de una división parecida. Si dividiésemos su producción en prosa en dos grandes categorías, éstas serían sin duda la novela actual y la histórica. El primer grupo lo tiene algo olvidado desde 2006 cuando publicó 'El pintor de batallas', la cual no he leído.

Dentro de sus novelas históricas –la guerra es una de las constantes del autor, así como cierto tipo de héroe resignado a su suerte- se podría arriesgar uno a una cierta subdivisión: aquellas ambientadas en la época de las campañas napoleónicas en suelo patrio: 'El húsar', la mejor de ellas hasta la fecha; 'La sombra del águila' –que junto con 'Cabo Trafalgar' y relatos como 'Jodía Pavía' podrían clasificarse a su vez dentro de un estilo muy particular del autor donde el sentido del humor es muy importante y donde los tópicos propios y ajenos están exagerados hasta lo risible, sin dejar de lado la crítica veraz y sincera-, 'Un día de cólera' o la más reciente 'El asedio', la menos lograda para mi gusto, por mucho que se dijera en su momento que era su proyecto más ambicioso. Y es que cuando Pérez-Reverte viaja hacia esta etapa de nuestra historia es mucho más crítico, demasiado para mi gusto, y su visión de la España de la época no acaba de convencerme. Simplemente no me creo que fuéramos tan malos ni tan mezquinos como nos dibuja el escritor en sus páginas.

Es por eso que tengo cierto aprecio por la serie de Alatriste, donde la visión de España, sin dejar de tener un tono crítico en muchos de sus momentos, no deja de mostrar cierto orgullo. En palabras del propio autor, de boca de Íñigo Balboa: "conocerán vuestras mercedes el modo en que el nombre de mi patria era respetado, temido y odiado […] y cómo, para crear el infierno en el mar o en la tierra, no eran menester más que un español y el filo de una espada".

Dejo fuera de esta rápida clasificación 'El maestro de esgrima', novela histórica aparte.

Centrándome ya y por fin en 'El puente de los Asesinos', éste entronca directamente con el estilo empleado en 'El oro del rey', si bien su resolución no me ha parecido tan acertada como la misión que tenía lugar en tierras andaluzas. Alatriste, Íñigo y sus mejores y más fieles compañeros son requeridos, mediación de Quevedo, para realizar una peligrosa misión en Venecia, de forma que tendrán que lograr penetrar en la ciudad y allí realizar una serie de estropicios que pongan de rodillas a la ciudad de comerciantes más importante de la época, contraria a los intereses españoles en la zona. Una delicada misión que vive sus mejores momentos en los prolegómenos de la misma, en su preparación y primeros pasos, que llevarán a un nutrido grupo de soldados de diferentes procedencias e intereses a través de Nápoles, Milán y la propia ciudad de los canales. Todo ronda alrededor de la navidad de 1627 y personajes ya conocidos por los lectores como Copons o Gurriato tendrán sus momentos de atención por parte de su creador.

Aprovecha Pérez-Reverte para profundizar en la relación entre Alatriste y su protegido Íñigo, el cual sigue siendo el verdadero testigo de esta historia. No queda muy claro por parte del autor la diferencia entre Íñigo y su amo cuando ambos aparecen separados en la novela. Utilizando la primera persona –nos encontramos leyendo las memorias de Íñigo Balboa en su vejez- teóricamente el joven no tendría manera de acceder a los pensamientos y acciones íntimas de su maestro, pero es un recurso narrativo que se le perdona, aunque atente contra la coherencia de un relato en clave de diario personal.

En un principio tampoco me pareció buena idea la recuperación de uno los mayores enemigos del capitán, reverso de la misma moneda, aunque luego la cosa queda bien explicada y se le saca un buen partido, con unos diálogos entre ambos muy logrados y estableciendo una nueva clase de relación entre ellos.

Se anota un punto el escritor a la hora de hacer accesible para toda clase de público una novela que en realidad es el séptimo capítulo de una saga que como mínimo alcanzará las nueve entregas. De los recuerdos de Íñigo tomamos buena cuenta los lectores del pasado distante e inmediato de los protagonistas, así como de apuntes futuros de lo que les espera, a veces revelando un poco más de lo debido a costa de perjudicar el suspense, ya que tomamos buena nota de la batalla final del capitán Alatriste y de las circunstancias de su muerte. Como dato curioso, también se ofrece lo mismo en referencia a su enemigo.

Si a ello añadimos un don para la elaboración de los títulos de sus capítulos y para la invención de los nombres de sus protagonistas, Arturo Pérez-Reverte logra sumergirnos con acierto en un mundo pasado que necesariamente no fue mejor, en una aventura trepidante y entretenidísima que continúa una saga de un altísimo nivel y que esta vez nos lleva por varias importantes ciudades europeas. No es la mejor de todas, pero tampoco es la peor y anda más cerca de las primeras que de las últimas, las menos si somos francos.

De nuevo se acerca el de Cartagena a uno de sus autores favoritos, Dumas, auténtico maestro de la literatura de aventuras de capa y espada y uno de mis creadores idolatrados. Quién sabe si dentro de unos pocos años, el propio Pérez-Reverte abordará una novela de similares características a las realizadas por el genio francés, legándonos una última gran aventura. Hasta entonces seguiremos expectantes, leyendo el resto de su obra –aunque sea regalada-.

Sobre la edición, poco que añadir. Continúa el mismo color temático de las anteriores entregas, en tonos ocres y con una serie de ilustraciones por capítulo a cargo de Joan Mundet, artista que llegó sustituyendo a Carlos Puerta en 'El oro del rey'. No me acaban de gustar las ediciones de Alfaguara. La presentación está muy bien, pero me parece que inflan el tamaño de las letras y ajustan demasiado el ancho de los márgenes para así añadir unas páginas más al tomo y poder subir algo más el precio. Se lee bien y fácil, es verdad, pero a coste de encarecer un producto que ya lo es de por sí. Cuestión de gustos esta última opinión.

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Re: Alatriste en la canallesca

Mensaje por Rogorn » Sab Ago 07, 2021 7:29 pm

«Alatriste nace de un gesto de chulería»
Entrevista de María José Solano - zendalibros.com - 07/08/2021

Arturo Pérez-Reverte callejea por el viejo Barrio de las Letras de Madrid con soltura de curtido capitán. Buscamos un lugar apropiado para la sesión fotográfica a cargo de Jeosm, pero el autor tiene la rara habilidad de tomar iniciativas, como si emprendiera una campaña de aproximación táctica. El muro de ladillos del Convento de las Trinitarias es el lugar elegido, pues alivia del intenso sol primaveral, levantándose, escenográfico, en una zona extrañamente desierta del barrio que arranca en la esquina de la antigua casa de Quevedo —aquella que compró para dejar a Góngora sin techo— y baja por la vieja Costanilla hasta Huertas. Luego, sentados en la terraza de una de las pequeñas tascas castizas del Madrid del Diecisete, iniciamos esta charla.

Caballeroso, serio, lúcido, profesional, con un suave tono de melancolía que prácticamente se esfuma tras el primer Actrón disuelto en agua, lo observo admirada y pienso que sentarme a entrevistar por primera vez a Arturo Pérez-Reverte y hacerlo sin coraza es un riesgo que asumo, pero no del todo. Bajo las enaguas, en la liga izquierda —soy zurda—, llevo escondida una afilada daga. Con cierto tipo de hombres a los que, dependiendo del momento, mataría, besaría o defendería hasta la muerte, es mejor andar prevenida.

—Comenzamos por la pregunta obligada: ¿por qué dejó de escribir la saga de Alatriste?
—Yo era muy feliz escribiendo Alatriste, pero había cosas que quería escribir también. El problema con un personaje fijo o una historia fija es que se adueña de ti y corres el riesgo de quedar atrapado en ella. Vi el peligro de quedarme envuelto en Alatriste y no ver, leer o pensar más que en Alatriste y su mundo, y había historias que me acompañaban y también deseaba darles salida, así que decidí parar por un tiempo indefinido dejando pendientes las dos últimas entregas. Sigo queriendo volver a Alatriste.

—Seguimos con la pregunta inevitable: ¿habría alguna razón por la que Pérez-Reverte se decidiera a volver al mundo alatristesco?
—No. El azar. La cabeza de un novelista es puro azar, e igual que de pronto hay situaciones, ideas, relámpagos que desencadenan historias, un día veré claro que el siguiente año de mi vida me quiero dedicar a Alatriste y entonces me pondré a ello; pero eso no me ha pasado todavía. Hace poco tuve un amago, creí que sí, pero no estaba lo bastante firme y entonces se cruzó otra historia tan poderosa como para adueñarse de mi cabeza y superponerse a Alatriste, y ahí quedó. Pero sé que un día ocurrirá; veré clara la aventura y me pondré a ello de nuevo. Es que, como he dicho en otras ocasiones, son las historias las que eligen al escritor y no al contrario.

—¿Veinticinco años después, qué queda de Alatriste en su autor?
—Hombre, queda mucho, porque Alatriste sale de mí y está dentro de mí. Lo que ocurre es que las aventuras del capitán han pasado por tantas manos en estos años (películas, series, lectores…) que ahora lo veo distante, ajeno, como si no fuera mío. Es singular, pero el tiempo me ha llevado a mirar al personaje como un lector y no como su autor; es decir: ahora, 25 años después, soy capaz de verlo desde afuera.

—¿Y eso es bueno o malo?
—Pues fíjese, no es una sensación mala, porque me permite, quizás, ser algo más objetivo con el personaje; mirarlo con más limpieza. Es curioso, no lo había pensado nunca, pero cuando lo aborde de nuevo, si lo abordo, este periodo de acercamiento a Alatriste como lector podría resultar bastante útil a la parte creativa del autor.

—Usted tenía 46 años cuando escribió la primera aventura del capitán. ¿Cómo sería el Diego Alatriste recuperado por su creador con la mirada de los 69 años?
—No lo sé, pero es muy cierto que Alatriste responde a una mirada mía en un momento determinado siendo el resultado coherente de aquella vida y aquella edad. Alatriste está muy lejos del autor que soy ahora, por lo que mi principal temor es que renazca de mí un Alatriste contaminado por mi edad. Realmente ese es mi único miedo.

—Pero Alatriste evolucionó a lo largo de las diferentes aventuras hacia un lugar más matizado, más complejo, se adensó como personaje con claroscuros.
—Es verdad, se fue volviendo más sombrío porque seguía un proceso de oscurecimiento natural, libro por libro. Pero este corte tan largo puede haberme situado a mí en un lugar más esquinado con una densidad más sombría de la que ocupaba cuando interrumpí la escritura, y al sentarme de nuevo a escribir Alatriste, temo que ese salto temporal mío se note en el personaje. No sé si me explico.

—Perfectamente.
—Insisto, no es una certeza; es un temor, una aprensión.

—Bueno, tal vez ese temor se convierta en reto, sirviéndole como motivación suficiente como para sentarse a escribir otra vez.
—Sobre todo, la parte de reto reside en averiguar si seré capaz de retomarlo donde lo dejé; de no imponerle un salto temporal relacionado con mi vida, sino mantenerme firme como escritor siendo consecuente con la suya; comenzar una nueva aventura con naturalidad como si solo hubiesen transcurrido seis meses desde el último episodio, como hacía entonces.

—Como decíamos ayer.
—Exactamente. «Como nos batíamos ayer…». Es que ese, justamente, es el punto. Para el tipo de escritor que yo soy cada inicio de escritura es un desafío; comenzar cada novela planteándome la duda “voy a ser capaz de hacer esto o no voy a ser capaz”. En el caso de Alatriste uno de los móviles, cuando decida sentarme de nuevo a escribir, será: “¿Seré capaz de retomar Alatriste tal y como era y no hacer un Alatriste diferente, estropeado, alejado del imaginario del lector y del mío propio de entonces?”. Esa es justamente la incógnita, y posiblemente si lo hago será para comprobar si soy lo bastante buen escritor como para conseguir que el lector no note una ruptura entre el séptimo y el octavo episodio de la serie. Porque no es lo mismo continuidad, incluso oscurecimiento, que ruptura.

—En ese sentido recordemos que usted mismo declaraba entonces que Alatriste nace, entre otras cosas, como un acto de rebeldía frente al sistema educativo del momento, que dedica en los libros de Historia de los chicos de primaria un escueto hueco al fundamental Siglo de Oro español. Podríamos decir, si me permite, que Alatriste, más que de un reto, nace de un gesto de chulería revertiano.
—Ya que usted tiene la amabilidad de definirlo así, no la voy a desmentir.

—Pues entonces sigo con el término “chulería”, que me parece bastante adecuado porque se extiende también a la forma de abordar la narración, que incluye un vocabulario amplísimo, singular y casi olvidado, que es la lengua de germanía; su profundo conocimiento de esta lengua marginal y su habilidad para rescatarla y actualizarla haciéndola entender a un lector actual lo colocaron en el camino que finalmente lo llevó a ser nombrado Académico de la Lengua. ¿Usted cree que esa chulería de Alatriste le abrió las puertas de la RAE?
—Estoy seguro, convencido de que fue así aunque, sobre todo, abrió las mías, pues inicialmente yo no quería ir a la Academia cuando me lo plantearon, primero Santos Sanz Villanueva y luego Gregorio Salvador a instancias de Domingo Ynduráin. En la primera llamada dije que no, pero Gregorio me convenció justamente diciéndome algo que nunca olvidaré: “Es que el hombre que ha escrito el Capitán Alatriste debe estar en la Academia”. Eso fue lo que me hizo aceptar.

—¿Y por eso escribió su discurso de ingreso en la RAE, “El habla de un bravo del siglo XVII”, recuperando el habla de germanía?
—Bueno es que, vamos a ver. Alatriste me produjo varios placeres personales; uno fue recuperar una narración de espadachines al estilo de lo que yo había leído de jovencito, otro fue moverme por el Siglo de Oro y meter en la novela a Calderón, Lope, los Tercios y demás. La tercera fue el lenguaje. El habla de germanía es un lenguaje extraordinario; yo siempre he dicho que sólo son capaces de crear lenguaje los jóvenes y los delincuentes. El lenguaje de germanía es un lenguaje creado por delincuentes; por soldados y delincuentes. Solamente el habla de los narcos norteña, del norte de México, es comparable en riqueza y osadía a la de germanía. Esa mezcla de cultismo y vulgarismo, de latín de iglesia, jerga de cárcel y galeras producían unos resultados fascinantes. Cualquiera que se haya asomado a los versos de Quevedo, al patio de Monipodio de Rinconete y Cortadillo, o a cualquier texto de la época no puede menos que quedar fascinado por el léxico.

—Pero además de satisfacción, ahí había un desafío tremendo para el escritor, porque la lengua de germanía es difícil no solo de manejar, sino también de entender.
—Precisamente ese era el interesante desafío: hacer que los personajes de Alatriste manejasen ese lenguaje con naturalidad y que a la vez éste fuese comprensible para el público de ahora. Había que trabajar tomando el habla de germanía crudo, pasarlo por el tamiz de mi forma de escribir y de mis personajes, y salpicar con él de tal manera que no fuese una jerga ilegible, sino que el lector de este siglo pudiese acercarse a ella sin dificultad, o casi sin dificultad. Justamente, la parte más bonita de la escritura fue ese trabajo, muy apreciado por los Académicos. Por eso decidí que mi discurso de ingreso en la RAE debía recuperar para aquella casa esta jerga.

—La presencia de Alatriste en las escuelas ha sido determinante para lograr el hondo calado social del personaje. ¿Qué cree usted que les aporta a los chicos esta saga?
—A esa pregunta no puedo responder porque no he estado en las aulas con ellos, no tengo el retorno ni de alumnos ni de padres ni de profesores. Sé que se ha hecho y sé que de vez en cuando me llegan resultados satisfactorios.

—Pero usted ha dado charlas para alumnos en colegios y asistido a encuentros de chicos de distintas edades con Alatriste como eje temático. Algo tendrá que decir.
—Hombre, si yo no fuese el autor diría esto: Alatriste es una buena herramienta. Un profesor con un Alatriste en la mano puede entrar en la aventura, en la Literatura, en la Historia y también abordar ciertos valores éticos y morales, es decir, hay un montón de elementos didácticos extraíbles de los Alatristes. Yo entiendo que un profesor al que le gusta Alatriste pueda usarlo como manual de trabajo y que eso esté funcionando. Supongo que también habrá niños que me odien porque los obliguen a leer Alatriste en el colegio. En cualquier caso, evidentemente es un honor y un orgullo el que estas novelas figuren en los libros de texto no solo españoles, sino también en manuales extranjeros para el estudio del español. Todo esto hace que, como autor, me sienta orgulloso de haber dado vida al capitán, naturalmente.

—Es que, de alguna manera, Alatriste trasciende la mera aventura.
—Supongo que todo lo anterior en parte se debe precisamente a eso, a que Alatriste no es una novela de aventuras ni de espadachines, sino que es algo más. Tiene fondos éticos, morales, históricos, conceptuales y, sobre todo, es lo más amargo que se ha escrito sobre España, realmente. Pero bueno, esto último no vale para esta respuesta.

—Pero me lleva a la siguiente cuestión: Alatriste es ya un personaje que supera lo literario saltando a la vida; me consta que hay chicos que creen que Diego Alatriste fue un personaje histórico.
—No solo críos. Tengo una carta de la Casa de Velázquez en París de varios historiadores extranjeros que en su momento se pusieron en contacto conmigo para que le diera más pistas sobre los datos reales de Diego Alatriste e Íñigo Balboa. O sea, que hay gente que se ha tragado el anzuelo hasta adentro.

—Dada esa relevancia del personaje, ¿usted cree que le trascenderá? ¿Que cuando usted muera se dirá: «Ha muerto el padre de Alatriste»?
—Supongo que el día que muera lo dirán, seguramente. A la semana ya nadie se acordará de mí, como ocurre con todos los demás. Pero es cierto que, dado que Alatriste es mi personaje más conocido en España y también fuera de España en muchos sitios, será el primero que le venga a la cabeza al encargado de la necrológica.

—Porque decir “Ha muerto el autor de 'El tango de la Guardia Vieja'” no es lo mismo.
—Hombre, quizás 'El Club Dumas'… no sé. Hay una cosa que está clara, y eso me gusta como autor, y es que cuando un taxista que te das cuenta de que no ha leído Alatriste, o un camarero, o alguien que se acerca a saludar te habla de Alatriste es porque ya ha trascendido los libros y es un personaje que está en el imaginario no ya del lector, sino de la gente. Alatriste ha pasado esa barrera, a lo que ha ayudado el cine, la televisión, los colegios… pero sí, en ese sentido, es evidente que si yo fuese un necrologista de Pérez-Reverte elegiría a Alatriste como despedida.

—¿Y usted lo considera su personaje más importante?
—No, pero entiendo que sin duda es el que más ha trascendido, el que más fama ha alcanzado, el que más lectores ha sumado, pues son siete libros en muchos idiomas. Y realmente, es un buen personaje del que estoy muy orgulloso, pero tengo personajes que son tan vigorosos como Alatriste.

—Me gustaría, si me lo permite, volver sobre aquella amargura que mencionó antes. ¿A qué se refería?
—Vamos a ver. Hay estúpidos que afirman que Alatriste es un canto a la España Imperial; eso se ha dicho durante mucho tiempo y aún hoy hay quien afirma esa idiotez, pero lo único que demuestran es que no lo han leído. Yo dudo que nadie haya escrito cosas tan amargas sobre España como las que están escritas en Alatriste, pues a la hora de plantearme al personaje decidí que iba a hacer una obra honrada; que iba a hablar de la luz y de la sombra, de la gloria y de la miseria, del oro y de la basura. No he escatimado orgullo español, que lo tengo por aquello que lo merece, ni tampoco he escatimado horror por la parte oscura de nuestra historia. Alatriste tiene las dos cosas, y en ese sentido creo que las aventuras del capitán son interesantes porque no son en absoluto maniqueas; ni el autor lo es, ni lo es el personaje. Las historias del Capitán Alatriste nos acercan de una manera, creo, muy real a esa esencia trágica, heroica, cruel, tierna, leal, traidora, amarga, que es el hecho de ser español y en ese sentido Alatriste es, sin duda, mi personaje más español. Un español lúcido, que, por eso mismo, no puede ser alegre, pues está forzado a lo amargo.

—Luego esa amargura no es un recurso literario, es simplemente contexto.
—Claro. No fue el propósito del autor hacer un personaje amargo, le salió amargo porque hablaba de la España del Diecisiete y nadie que vea esa España con una mirada lúcida, leyendo a Cervantes o Quevedo, puede ser optimista o épicamente patriótico-glorioso; tiene que ser realista. Y es evidente que la sombra de Quevedo planea sobre Alatriste todo el tiempo. La melancolía de Cervantes y la amargura de Quevedo son los dos factores capitales en la creación del personaje. Si yo no los hubiese leído, jamás podría haber creado al Capitán Alatriste.

—Y usted que encadena novelas, ¿cree que hay algo de Alatriste en otros personajes como, por ejemplo, Falcó?
—No, no, no. Justamente Falcó es lo opuesto; es un jeta, un sinvergüenza, un canalla, un vividor, un hombre al que la aventura le seduce. Alatriste es el resultado de una España, y paradójicamente, no es un personaje solitario, sino que forma parte de un conjunto de héroes cansados, españoles traicionados y vencidos, sí, pero un conjunto. Alatriste es componente orgánico de una españolidad colectiva, y por eso él puede reconocerse entre sus amigos e incluso entre sus enemigos.

—¿Cuál es el más revertiano de los dos?
—Los dos lo son, pero Falcó es individual, no tiene colectividad; caza solo, y en ese sentido es más revertiano en cuanto a cercanía al autor. Es que, claro, Alatriste es un soldado del Tercio de Cartagena y muere con sus compañeros. Aunque se sienta solo, como todo lúcido, Alatriste está dentro de un grupo y tiene camaradas con los que comparte recuerdos y amarguras y peligros y finales. Falcó no tiene ni un solo amigo, no los necesita. Alatriste necesita morir entre compañeros, sentir el calor, incluso en la soledad, de los que están solos como él; Falcó no necesita nada, es un tipo sin afectos, es la aventura pura: el sexo, los enemigos, la crueldad. Es admirablemente independiente, frente a Alatriste, que no es independiente en absoluto.

—Le he puesto el ejemplo de Falcó porque es la otra saga que usted ha escrito, junto con la de Alatriste.
—Pero no se parecen en nada.

—¿Alatriste nace con vocación de saga o se convierte en saga?
—Pues ahora no me acuerdo. Yo creo que nace con la idea de historia contada en varios episodios. En realidad, nace con vocación de personaje más que de saga, que es una palabra que no me gusta; se abusa mucho de ella.

—¿Tiene usted una aventura favorita de entre las siete aventuras del Capitán?
—Eso es muy difícil de establecer. Para mí Alatriste es una sola historia que he partido en trozos de manera práctica o táctica; la división es artificial, pensada para los lectores. En mi cabeza no está dividida en episodios, sino que es una continua historia que posteriormente ha sido dividida por razones editoriales para que sea más asequible al lector. Dicho eso, hay dos… bueno… es que no son dos, son más… No, la verdad es que no sabría decirle.

—Bueno, le puedo contar al hilo de esto que cuando hice la entrevista a Mundet, el ilustrador, para este mismo número de FD Magazine, me dijo que para él sin duda 'Corsarios de Levante' era la historia predilecta, pues era la primera vez que, por razones editoriales, tuvo que simultanear el trabajo de ilustración con el de escritura. Confiesa que tenía sus recelos iniciales, pero enseguida vio que el autor, usted, no intervenía en su trabajo para censurarlo o modificarlo; al contrario, se volvió una colaboración muy enriquecedora.
—Muy cierto, así fue. Sobre eso, y dicho todo lo que he dicho anteriormente, si tuviera que elegir un trozo de Alatriste, decidir en un momento determinado “que todo se destruya pero que esto se conserve”, creo que el fragmento alatristesco elegido serían las páginas finales de Corsarios de Levante; el combate de las galeras en las Bocas de Escanderlu son lo mejor que he escrito de Alatriste. Y posiblemente, incluso de algunas otras novelas.

—Alatriste ha sido ilustrado y llevado al cine y a la televisión. Tiene rostros más que reconocibles. ¿Está satisfecho con las imágenes de su personaje?
—En realidad, tanto los ilustradores como los actores fueron lo bastante fieles al patrón original como para no contradecirse entre sí; todos ellos están muy cercanos a mi Alatriste, aunque también es verdad que el texto describe muy bien al personaje, muy detalladamente.

—También me comentaba Mundet que estaba muy orgulloso de su Gualterio, porque hizo una prueba, se la envió y a usted le gustó mucho que lo hubiese dibujado “guapo”.
—Sí, así es.

—Gualterio es el antagonista perfecto, sin el que Alatriste no se sostendría.
—Alatriste no se sostendría sin enemigos. A un hombre como él ya solamente lo justifica la lucha; ni la bandera, ni Dios, ni la religión, ni el Rey, ni ninguna palabra con mayúsculas lo sostienen, pues se las ha ido arrancando la vida. Solamente el combatir lo justifica, pues es lo que lo mantiene despierto, lúcido y peligroso; lo que le confiere la dignidad personal, lo que le hace sentirse vivo. Alatriste necesita sentirse peligroso, y para eso hacen falta enemigos. Malatesta en ese sentido es una bendición de Dios para el capitán, porque sin él solo le quedaría envejecer borracho en una barra de bar, en la cama de una amante, en la taberna contando sus batallitas, o sin contarlas, esperar la muerte caminando por las calles recordando o leyendo o lo que fuera. Pero justamente tener a Malatesta y lo que éste simboliza le permite cada día acostarse con un ojo abierto y la daga debajo de la almohada. Esa daga garantiza que Alatriste siga siendo Alatriste. Mi cariño por el personaje me llevó a darle un antagonista a su altura: esa clase de enemigo al que respetas pero matas. Sí. Me gustan esos enemigos, precisamente porque suelen ser difíciles de encontrar.

—Alatriste está muy bien arropado por unos magníficos secundarios que sobreviven con tanta fuerza como él; ahí está Íñigo, que equilibra la balanza y que, inevitablemente, crece. ¿Qué pasará con él cuando descubra que Alatriste ya no es aquel héroe imbatible de su infancia?
—Bueno, lo hemos visto crecer, y en 'Corsarios de Levante' y en 'El puente de los Asesinos' es un Íñigo ya respondón, que se enfrenta a Alatriste, le discute decisiones, se pelea con él, se enfada; está matando ya a su segundo padre. Pero hay algo claro: Alatriste será un héroe hasta el final. Lo que pasa es que ya no se notará, porque no tendrá ocasión de ejercer.

—¿Alatriste nunca cambiará a los ojos de Íñigo?
—Íñigo lo conoce lo bastante como para saber que, aunque Alatriste sea un anciano cansado metido en una taberna, si en la puerta aparece Malatesta, el viejo capitán volverá a ser Alatriste. Al menos mis héroes son así. Los héroes nunca dejan de serlo; la gente deja de verlos, que es distinto. ¿Cómo va un hombre, por envejecer, a perder su biografía?

—Y hablando de héroes, ¿qué pasa con las mujeres alatristescas?
—Bueno, son todas mujeres de armas tomar, ahí sí que las feministas no tendrán nada que objetar. Lo que pasa es que muchas no habrán leído a Alatriste, claro. Pero cualquier feminista que lo lea se dará cuenta de que mi visión de la mujer incluso va más allá de donde creen estar muchas de ellas. Angélica de Alquézar, Caridad la Lebrijana, la cortesana de Venecia, todas son, en distintos órdenes de la vida, mujeres densas, personajes reales; de verdad. No son muñecos en manos de los hombres, ni siquiera compañeras de aventuras, sino entidades de mucho peso que condicionan las historias, como en todas mis novelas, por otra parte.

—En estos 25 años alatristescos le han preguntado todo lo preguntable. ¿Hay algo que desearía que le preguntaran y nunca nadie le ha formulado?
—“¿Es Alatriste el personaje que usted quisiera ser y no puede ser?”. Esa pregunta nunca me la han hecho.

—Porque nadie se ha atrevido, supongo. Yo desde luego no me atrevo. ¿Cuál sería la respuesta?
—Mi respuesta sería: a mis 69 años, tras 35 escribiendo novelas, con una biografía que está en internet, es el lector quien debe decidir qué hay o no hay de mí en el Capitán Alatriste.

Entrevista publicada en el Nº 25 de 'FD Magazine', un especial de 86 páginas que conmemoran el 25º aniversario del Capitán Alatriste. La revista puede ser adquirida en quioscos, historicaloutline.com, Galland Books y Librería Tercios Viejos.


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Rogorn
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Re: Alatriste en la canallesca

Mensaje por Rogorn » Jue Sep 23, 2021 8:16 pm

Cuando los españoles redescubrieron el Siglo de Oro
César Cervera - abc.es - 23/09/2021

Ni siquiera necesitó ser honesto ni piadoso ni presumir de una cara limpia de cicatrices. Bastó que Diego Alatriste fuera un hombre valiente para encandilar a millones de lectores, para que le dedicaran una película protagonizada por el mismísimo Viggo Mortensen, varios cómics, juegos de rol, una serie de televisión pensada para distribuirse por el mundo y –aquí reside su mayor éxito– para reconciliar a una parte importante de los españoles con su historia. Ya fuera por desconocimiento, sobre todo entre los jóvenes, o porque todo lo que tenía que ver con la España imperial sonaba a rancio, la mayor parte de los lectores rehuía imaginarse el Siglo de Oro como la gran aventura que fue, hasta que la saga del Capitán Alatriste llegó para poner orden entre tantos malandrines y bandidos.

Veinticinco años después de que se publicara la primera serie de 'Las aventuras del Capitán Alatriste', que en total ya lleva siete libros, son un puñado de iniciativas culturales las que conmemoran un hito de la literatura patria. Entre ellas, el mapa que el Ayuntamiento de Madrid ha preparado para revisitar los lugares que aparecen en las novelas de Reverte o el especial que su amigo el pintor Augusto Ferrer-Dalmau le dedica en la revista 'FD Magazine'. Sin embargo, quien hasta ahora ha faltado a la cita con el matarife es el público, la masa de lectores que descubrió con esta obra de Arturo Pérez-Reverte que las historietas de los mosqueteros y D'Artagnan se quedan en mantilla con el material que atesoraba la historia de España. Esos lectores que han crecido con las aventuras del veterano de los Tercios de Flandes aún no han encontrado su espacio popular para celebrar la efeméride al puro estilo de la pirotecnia anglosajona.

Si en vez de Alatriste se llamara Alan Sad, y si en vez de espada ropera llevara varita, es evidente que una multitud de lectores británicos y de todo el mundo habrían surgido de debajo de las piedras para mantener viva la memoria ficticia de este capitán llamado a caer muerto en la batalla de Rocroi. Falta el entusiasmo de la comunidad de aficionados para poner la guinda a esta saga que muchos leímos en el colegio con ojos como platos y que nos sirvió para comprender que los espadachines españoles no eran unos sanguinarios fanáticos dedicados a saquear de Roma a Amberes por diversión, sino personas de su tiempo, con su propios códigos de valores, que creían algo tan maravilloso como que honor y honestidad eran la misma cosa.

¿Dónde está el homenaje de los lectores que de Alatriste pasamos a Julio Albi de la Cueva, de él a Fernando Martínez Laínez y así hasta la fiebre actual por los tercios? Digo yo que habrá que devolver el favor a su autor. A Arturo Pérez-Reverte le debemos los españoles que prendiera la llama de la infinidad de libros sobre la España imperial que pueblan hoy las librerías y que han buscado Alastristes por todas partes, de Julián Romero a Blas de Lezo. Una entrada lateral a la Historia con mayúscula a través de un personaje que sangra, maldice y encima se codea con grandes poetas como Quevedo a Lope de Vega.

Hoy, un cuarto de siglo después se conoce infinitamente mejor esa época y otras de la historia de España. Imposible que sea una casualidad. Porque se puede conceder que la obra de Reverte solo fue el detonante de un anhelo pendiente, la querencia por una historia sin tópicos ni mitos por parte de una sociedad cada vez más madura, o que algunos planteamientos de la novela no son estrictamente históricos, pero no cabe duda de que fue esta obra quien logró un foco que ha iluminado a otras novelas, otros ensayos, otros documentales y a un movimiento hostil a las leyendas negras y también a las blancas.

Las aventuras del Capitán Alatriste no fueron simples novelas, sino un bofetón de historia para los españoles más olvidadizos. Fue un comienzo para que lectores de derechas o de izquierdas compartieran trincheras en Breda y mala vida en Sevilla. Una llama que la generación Alatriste debe mantener viva.

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Viento de levante hacia la historia
Jesús García Calero - zendalibros.com - 23/09/2021

Pocos saben que Diego Alatriste y Tenorio nació con blasón de navegante. Lo hizo para los lectores en una taberna, la del Turco, donde tanto se aprende del líquido elemento, y las primeras frases con las que lo conoció el mundo, antes incluso de que nos llegaran noticias de sus hechos de armas, semejan, con poca duda, un rumbo sobre una carta de marear: «No era el hombre más honesto ni el más piadoso, pero era valiente». ¡Hala! ¡Y con ellas a ceñir vientos cambiantes y capear temporales!

En la vida de un soldado español del Siglo de Oro —siglo también de pólvora y de sangre— la mar entraba y salía muy naturalmente. Los veteranos de los tercios se movían, al igual que las mercancías, los secretos y los corsarios. El imperio era marítimo, así que aunque hubiera que pelear con el pie en tierra más frecuentemente, llegar a Nápoles, a Cartagena o a las plazas de la Berbería solo podía hacerse por barco. Y en el mar se hacían fortunas o se convertía uno en esclavo. Y todo eso le ocurrió a Alatriste. La novela en la que Arturo Pérez-Reverte se adentra en este mundo peligroso, fronterizo, es 'Corsarios de Levante', publicada en 2006.

En ella, el autor no sólo relata las aventuras de Alatriste e Íñigo Balboa a bordo de una pestilente galera, mientras el silbato y el látigo del cómitre ejecutan feroces contrapuntos en la espalda de los galeotes. Sobre la cubierta avanza la narración trepidante de continuos y cruentos abordajes, entrechocan espadas, vuelan saetas, astillas, cañonazos, balas de arcabuz, mana la sangre… Pero hay mucho más, mucho más. La magia consiste en que Arturo Pérez-Reverte es capaz de poner al lector, con toda la profundidad de campo que sea capaz de apreciar, porque le ofrece un tapiz con los datos históricos y las coordenadas mentales del momento, primer tercio del siglo XVII, en aquellos lugares. Primero, gracias a la documentación más que rigurosa sobre los hechos de aquel periodo histórico y el conocimiento extenso y meticuloso de la ciencia y la historia náutica propios del escritor y navegante. Pero en segundo lugar, y mucho más importante, por la manera tan lúcida de seleccionar personajes y episodios que puedan arrastrar la conciencia de los lectores a un lugar difícil de alcanzar, desde el cual podamos comprender perfectamente lo que era vivir allí, la experiencia humana, política e histórica de ser un español en medio de todo aquello, en el «mediterráneo» de los pueblos que se miran desconfiados o desafiantes, con muchas cuentas pendientes, en el de los tercios y los validos, el Consejo y los virreyes, los cautivos, los piratas, los renegados; un mar de alegría y de fiereza cuya temperatura cambia por un sí o por un no, el temperamento inflamable de un pueblo orgulloso, peleón y maltratado. Esto no es fácil, pero roza el virtuosismo cuando además la lección de vida y de historia viene vestida de aventura, de esas que no te deja levantar los ojos de la página.

La acción externa de la novela —de todos los Alatristes pero especialmente de 'Corsarios de Levante'— no resta perspectiva sobre el sentir de la historia. En esta España de hoy pacata y polarizada muchos achacan a Pérez-Reverte tanto un sospechoso entusiasmo por la historia del imperio como un derrotismo imperdonable que solo conduce a la amargura retrospectiva. Ni unos ni otros se han enterado de la misa la mitad, no saben o no se quieren enterar de lo indómita que suena esta música bélica con los instrumentos originales. Los lectores de Alatriste, cientos de miles que están muy por encima de los tontos que señalan esos defectos o excesos, según se mire, saben que la amargura del capitán está más templada que el acero de su espada, y que los entusiasmos bélicos no vuelan jamás más alto que la camaradería en el fragor del asalto o el abordaje, ni menos que el honor de los combatientes. Tal vez, algunos personajes reales —Quevedo significativamente, o el Duque de Osuna, don Pedro Téllez Girón, en la novela que nos ocupa—, que existieron y aparecen en Alatriste, sirven precisamente por la lucidez de sus palabras y el ejemplo de sus tristes destinos como un antídoto de los ardores estultos o el pesimismo retroactivo. Leales y valientes a los que su libertad estrechaba el campo, precisamente por serlo, españoles a los que no les iba demasiado bien nos advierten: abrid bien los ojos al presente.

De Osuna describió Fernández Duro en su 'Armada Española' sus grandes logros y miserias. Desde que se atrevió a decir en el Consejo que el rey no tenía de la soberanía sobre Sicilia más que el título porque todo lo demás lo disfrutaban los corsarios turcos, momento en el que le hicieron virrey, hasta la decisión de armar sus propias flotas y plantarles cara. Pronto los mismos urdieron la prohibición que se le hizo poco después para impedirle el corso con galeras propias, a pesar de sus buenos resultados. O su final tras la cárcel y la deshonra a la que le sometieron las intrigas. Como virrey había marcado la diferencia y terminado con la impunidad de aquellos temibles corsarios turqueses que saqueaban las costas de Italia cada año, lo mismo que los berberiscos incursionaban en el levante español como el sultán por su casa. Las plazas del norte de África se mantenían por reputación, la política de contención no era tan firme como los brazos de quienes tenían que sobrevivir en ellas. Pero por aquel entonces, para crear un infierno «no eran menester más que un español y el filo de una espada», nos dice el novelista.

La lucidez de quien conoce tan bien la época es, precisamente, lo mejor de este Alatriste levantino. La historia y la literatura del Siglo de Oro, real (y a veces, con mucha gracia, apócrifa), presente en cada entrega, obligan a reconocer como un acierto el cuadro que pinta Pérez-Reverte de este Mediterráneo: «Pasado el tiempo de las grandes flotas corsarias y los jaques en el ajedrez naval de los imperios, había quedado a modo de frontera difusa en manos del pequeño corso de los países ribereños, actividad que, pese a cambiar el signo de muchas vidas y fortunas, no alteraba el pulso de la Historia…» Berberiscos, pero tmbién renegados, así como agentes ingleses y holandeses recorren el mar ayudando con todas sus fuerzas en el acoso a las plazas y las naves españolas. Llegaron a tener su propia república en Salé.

La política de los Austrias menores —lo mismo que el grueso del presupuesto imperial— tenía que centrarse en las guerras de Flandes y la expansión en América. Los historiadores defienden que a las plazas españolas del Mediterráneo nunca les faltaron bastimentos, porque el imperio era una eficaz maquinaria, aunque las dotaciones nunca fueron sobradas, ni bien pagadas, ni relevadas a tiempo. El autor de Alatriste nos lleva con ellos a los fuertes y a sus calles. Hallamos a soldados varados durante décadas en ellas, media vida. Esa es también la grandeza de esta entrega, permitirnos sentir lo mismo que aquellos españoles tras las murallas de Orán, Ceuta, Melilla, rodeadas de mar y de piratas, de tribus hostiles que a menudo se revolvían, que asediaban y saqueaban en todas y cada una de las ocasiones en las que se presentara la oportunidad. Gente que ya no contaba con la llegada de refuerzos y que luchaba a brazo partido, porque conocía a su vecino igual de bien el día que mercaban que el que debían matarse. Españoles, turcos, berberiscos, venecianos, moriscos, holandeses, florentinos, griegos, dálmatas, albaneses, moros, renegados, corsarios… Agentes todos del «viejo y sólido odio mediterráneo. Pues nadie se degüella mejor y más a gusto que quien harto se conoce», comenta Balboa en la novela.

Alatriste tiene más mili en galeras de lo que parece. Por lo que se sabe y consta en diferentes momentos, en 1609 regresó a España con 27 años tras la tregua de Amberes. Llega por mar a Cartagena y participa en la expulsión de los moriscos, entre otras represiones, después de lo cual decide borrarse de su tercio y alistarse en el de Nápoles como soldado raso. Allí es embarcado en galeras, lucha con los turcos, berberiscos y venecianos. Navegará por todo el Mediterráneo y sufrirá en sus propias carnes la lotería del destino que sólo era posible en aquella frontera caótica del tamaño de un mar sin ley: su galera es apresada por los turcos frente a los Dardanelos en 1613 y él es herido grave en una pierna. Llevado como cautivo a Constantinopla, la Orden de Malta captura el bajel turco y lo libera milagrosamente. Participa después en incursiones en la Berbería y, tras ganar un buen botín, regresa a Nápoles a darse, en lo posible, la gran vida. Dos años después, en 1615, con los 33 años cumplidos, tanto de lo mismo: incursiones, batallas contra los turcos, botín y regreso a Nápoles hasta que acaba con el amante de su barragana y tiene que salir por pies de la ciudad con el orgullo humillado, humeante como el Vesubio.

En 1626 también había embarcado en Barcelona y navegado la campaña completa desde Nápoles, haciendo el corso por la Berbería. Y llega la campaña de la novela, la de 1627, a bordo de la Mulata, galera de 24 bancos. Alatriste es soldado plático, es decir experto y de confianza, que ocupa un puesto entre los arcabuceros que defienden el esquife. Cerca está Íñigo Balboa, que allí se encuentra junto a él, en el mismo puesto que el bisoño Cervantes ocupó en la Marquesa de Lepanto.

«La vida de la galera déla Dios á quien la quiera», dice Fernández Duro en sus 'Disquisiciones náuticas', un refrán que resuena en esta la novela. Describe el alimento pobre: con el vino que beben en la mar pueden comerse lechugas en tierra, el privilegio es que todos deben comer el pan que llaman bizcocho, con la condición de que sea «tapizado de telarañas y que sea negro, gusaniento, duro, ratanado, poco y mal remojado». El agua es tan turbia e insalubre que el capitán da permiso «a los muy regalados» para que la beban tapándose la nariz con la otra mano. Hasta las heridas cicatrizan peor así que se tratan con vinagre y sal. Todos los detalles están en este Alatriste, porque entramos a vivir en la poderosa y pestilente embarcación, donde los galeotes bogan, esclavos moros, condenados, renegados, moriscos, con la esperanza de ser liberados si una galera turca apresa el convoy. Hay incluso desesperados que reman solo por un sueldo. Y los que no mueren aplastados por el espolón de la nave enemiga que parte cuadernas, remos y costillas, se ahogan encadenados al duro banco o se extinguen con los ojos desorbitados después de la endiablada boga larga en largas batallas de varias jornadas.

También es 'Corsarios de Levante' un catálogo de estrategias navales de las flotas de galeras. Con el remo pueden acelerar, virar o incluso navegar contra los vientos, que en el Mediterráneo además tienen nombres muy sonoros: gregal, mistral, jaloque, labeche… En los episodios que vive Alatriste vemos cómo se pliegan los mástiles para no ser divisados en la lejanía al atardecer. Esto ocurre en Lampedusa, isla tan de actualidad en el siglo XXI como en el XVII, cuando llegaban a sus costas los cautivos de ambos bandos que podían huir, casi sin fuerzas como los inmigrantes de hoy. Otras veces vemos cómo se tunean los barcos —acortando el árbol mayor, entre otras cosas— para cambiar su apariencia y camuflarse como galeras turcas. Logran así ganar millas en el acoso al enemigo, que al final lo descubre y dispara con todo. Incluso vemos cómo se preparan para una dura y provechosa pelea cerca de Patmos —la isla desde la que, según San Juan, se ve el Apocalipsis— para dar caza a una valiosa flotilla que sale de Rodas cargada de riquezas y bellas odaliscas. Toda aventura con estos elementos resulta cervantina.

Pero si hay un combate sin igual, narrado prodigiosamente, donde la épica resuena, el lenguaje es transparente, la precisión descriptiva muestra las tácticas y los movimientos, mucho menos caóticos de lo que pudiera parecer, sobre la galera donde aprietan los dientes hombres erizados de acero y sedientos de sangre, que luchan hasta morir porque con el turco no hay cuartel posible; si hay una batalla espectacular, larga, extenuante, que hay que leer, no solo en la novela, o en Alatriste, sino en las páginas escritas por Pérez-Reverte hasta la fecha, esa es la brutal refriega de las bocas de Escanderlu, que bien podría ser el golfo de Esmirna, donde las tres galeras cristianas y un patache se enfrentan a toda una flota turca, muy superior en fuego y hombres. La lucha está contada con maestría, oleada tras oleada, con imágenes imborrables, que permiten hacerse una ligera idea de lo que tuvieron que afrontar aquellos ancestros casi olvidados.

En esta ocasión también hay un episodio real en el que probablemente se inspira. Como en este de la ficción, la desesperada audacia y el valor inconcebible permitieron vencer a Fancisco de Rivera, capitán de la escuadra que se batió en la batalla de Cabo Celidonia, que aconteció realmente en 1616. Cinco naves mancas, de vela, sin remos, y un patache, pudieron con 55 galeras turcas y por tanto con más de 11.000 hombres, en proporción de 10 a 1. Algunas fueron al fondo, 17 quedaron malbaratadas, gracias a la pericia y el valor de aquellos marinos y soldados españoles, de los que Alatriste y Balboa, el moro Gurriato, Copons y el capitán Urdemalas serían perfectos compañeros. Fue un combate largo y desigual cuyo resultado se hizo famoso en todo el mundo y tras el que cambió la historia de la guerra naval. Como Pérez-Reverte escribió en el reverso de El último combate del Glorioso, de Augusto Ferrer-Dalmau, el cuadro del Museo Naval de Madrid: «Solo, contra todos. También eso, a menudo, fue España».

Después de tantos años de aventuras con Alatriste, que me permitieron, como a tantos, mirar con asombro la historia propia, emocionarme con las peripecias de aquellos personajes en un siglo terrible y maravilloso, sé que no los recordamos como merecen. Antepasados nuestros, hechos que no se estudian en las escuelas, de los que tanto tendríamos que aprender. En mi caso, además, el deslumbramiento por conocer mejor la historia acabó sirviendo después para cultivar la afición por el patrimonio subacuático español, otro gran olvidado. Estos episodios inspiraron mi lucha contra el expolio continuo de los galeones. Por eso quiero recordar aquí que el Cabo Celidonia es el lugar exacto en el que nació como ciencia la arqueología subacuática. Ni más ni menos. Seguramente no muy lejos de donde se hundieron algunas de aquellas galeras turquesas, en los años sesenta del siglo XX se realizó la primera excavación científica de un pecio. Era un barco de la edad de bronce hallado junto al cabo, entre cuyos restos aparecieron lingotes necesarios para la fundición de cobre y estaño, así como un horno. Aquella embarcación metalúrgica que se hundió en una tormenta en la misma época de la Guerra de Troya, tal vez sirvió metales para construir las armas de los contendientes que vieron la cólera de Aquiles o la muerte de Héctor y Patroclo. Y como toda historia es continua, a pocas decenas de millas de allí, en Uluburun, se excavó años después otro pecio asombroso, restos de un barco de 1.400 a. C., en el que viajaban regalos de los reyes de Egipto en los tiempos de Tutankamón. Las tormentas y las batallas van sumando capas de historia al fondo del mar, páginas de la misma novela de aventuras e infortunios, que tiene largos y formidables capítulos españoles. No debemos dejar que se olviden, hay que luchar por que se estudien.

En realidad la costa de Anatolia es la cuna de esta ciencia que investiga restos naufragados, culturalmente relevantes, de los que España, pionera de la navegación oceánica, dejó testimonios esenciales para conocer la historia del mundo en los siete mares. Es una pena que en nuestro país de validos, corruptelas, intrigas burocráticas y sueños inconclusos no hayamos logrado aún impulsar con proyectos científicos dignos de nuestra historia naval la arqueología subacuática. No se ha excavado Lepanto, ni Trafalgar, ni los galeones de Indias, ni las galeras de levante. Siguen todos en el fondo, codo con codo con los héroes de otras épocas, griegos, romanos, portugueses, venecianos, berberiscos, compartiendo olvido en el fondo como compartieron los vientos sobre el mar, o la sangre tiñendo el agua salada. La historia de todos aquellos valientes aún no se ha contado completamente, por tanto. El olvido es menos abrumador gracias a Alatriste, porque esta serie de novelas ha permitido que lo hagamos más pequeño. Pero sigue siendo un síntoma de lo que cuenta muy bien Pérez-Reverte: que todo depende de la fuerza de nuestros sueños, de nuestros brazos, porque nuestros nobles, reyes y validos tuvieron a menudo otras prioridades. Cuando se trataba de premiar a los leales o atender a las posibilidades que ofrecía el mar, como ocurrió con el duque de Osuna, miraron para otro lado. Pero nosotros resistiremos. Seguiremos leyendo una y otra vez las historias de Alatriste donde se aprende, sin duda, a navegar. Sus páginas son las velas que se hinchan con el viento de levante de la historia, el mismo con el que españoles de hace cinco siglos dieron la vuelta al mundo y que hoy parece adormecernos.

Artículo publicado en el Nº 25 de 'FD Magazine', un especial de 86 páginas que conmemoran el 25º aniversario del Capitán Alatriste. La revista puede ser adquirida en quioscos, historicaloutline.com, Galland Books y Librería Tercios Viejos.

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Rogorn
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Re: Alatriste en la canallesca

Mensaje por Rogorn » Jue Sep 23, 2021 11:22 pm

Pasea aquí por las páginas del especial que la revista de Ferrer Dalmau le ha dedicado a Alatriste
abc.es - 23/09/2021

Veinticinco años después de que Arturo Pérez-Reverte publicara el primer libro de las aventuras del Capitán Alatriste, hay muchas formas de homenajear a una saga que cambió la forma de los españoles de aproximarse al Siglo de Oro. En su revista mensual, el pintor Augusto Ferrer-Dalmau ha dedicado un especial a Alatriste, que cuenta con una entrevista de María José Solano al autor de la saga, otra al director de cine Agustín Díaz Yanes y artículos que abordan aspectos concretos de la saga, como son el lenguaje, las espadas y el arte en tiempos de Felipe IV.

La revista 'FD Magazine' nació en el 2016, impulsada por el espíritu histórico y artístico, y es hoy un espacio de periodicidad mensual conformada por artículos que abordan temas y secciones muy variadas, desde entrevistas, historia, literatura, noticias, a actualidad. De esta forma, el magazine se caracteriza por el acopio de contenidos, tratamientos y enfoques en los que se combinan tanto espacios informativos, como espacios de mero entretenimiento; orientándose, por consiguiente, a un público muy amplio. Ilustrada por diversos autores, su contenido está cuidado y estudiado al milímetro, haciendo de ella una revista cuya estructura se piensa con esmero y cuyos apartados se combinan con cuidado y meticulosidad; dándoles así a cada uno su protagonismo.

Para ver la revista: https://www.abc.es/historia/abci-pasea- ... ticia.html

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Re: Alatriste en la canallesca

Mensaje por Rogorn » Sab Sep 25, 2021 8:54 am

Los 15 enclaves del Madrid del capitán Alatriste
Marilyn dos Santos - larazon.es - 25/09/2021

Atesora el título de serie de novelas más exitosa de la literatura contemporánea en español y, sin embargo, sus historias sumergen a quien las lee en la España de la Edad Moderna. Y es que Arturo Pérez-Reverte eligió como escenario para 'Las aventuras del capitán Alatriste' el Madrid del XVII o, lo que es lo mismo, el Madrid del Sigo de Oro. Para ello, el escritor utilizó el plano de la ciudad que el cartógrafo portugués Pedro Teixeira trazó en 1656 por encargo del rey Felipe IV, resucitando 350 años después la fisionomía de aquella villa en la que vivieron Lope, Calderón, Cervantes, Quevedo y Góngora. Y ahora, cuando se cumplen 25 años de la publicación de la obra de Reverte, el área de Cultura del Ayuntamiento ha editado un nuevo mapa ilustrado, esta vez de la mano de Raúl Arias, que hace un recorrido por los principales escenarios en los que vive y batalla el capitán Alatriste.

Son 15, empezando por la plaza Mayor, inaugurada en 1619 tras el derribo 50 años atrás de las modestas viviendas que la rodeaban cuando allí se instalaba el mercado de abastos antes de convertirse en el corazón de la capital y del mundo por deseo de Felipe II cumplido por su hijo Felipe III. Alatriste suele pasear por sus soportales en compañía del alguacil Saldaña. Seguidamente, las localizaciones 2 y 3 del mapa se corresponden con moradas del capitán: la cárcel de la Corte en la plaza de la Provincia, que hoy es la sede del Ministerio de Asuntos Exteriores; y la calle de San Bruno, entonces calle del Arcabuz, donde el protagonista vivía y bebía, como rememora la actual Taberna del Capitán Alatriste en el número 7 de la calle de Grafal.

El trayecto continúa por la calle de Toledo que, como entrada natural a la Villa y Corte por el sur, en el siglo XVII era una de las más animadas de la capital y acceso más directo al mercado principal, y las cavas Alta y Baja, memoria de una antigua muralla islámica por las que en tiempos de Alatriste abundaban mesones y posadas. Con el número 6, otro de los puntos clave de este mapa ilustrado lo constituyen la plaza de la Villa y la primitiva casa consistorial, en el casco histórico de la ciudad y uno de los principales núcleos del Madrid medieval. Es aquí donde se emplaza la casa y torre de los Lujanes, uno de los conjuntos arquitectónicos más antiguos de la capital, así como la casa de Cisneros, que da a la que para el capitán de Reverte es la calle de los Azotados, actual calle del Cordón, por donde pasaban los penados de la cárcel de la Villa. Después, la calle Mayor, la principal del Madrid de Alatriste, pues por ella discurren procesiones cívicas y religiosas, así como comitivas de los visitantes ilustres.

Llegando a la Puerta del Sol, se encontraba el lugar de tertulia por excelencia de Madrid, la lonja del hoy desaparecido convento de San Felipe el Real y, a menos de 300 metros andando, la iglesia de San Ginés, donde se refugiaban los perseguidos por la Justicia en época de Alatriste. Con el número 10, el Teatro del Príncipe, que así se conocía en el XVII al Teatro Español, en torno al que al capitán le gusta observar el bullicio de los aficionados. También habla Reverte en sus novelas de las Descalzas Reales, el convento aristocrático en el que los nobles ingresaban a sus hijas para que crecieran conforme a su rango y condición, o de la casa de las Siete Chimeneas en la plaza del Rey, un edificio al más puro estilo del Madrid moderno en el que fue recibido por el embajador inglés en 1623 el príncipe de Gales Carlos Estuardo cuando vino a la capital de incógnito para conocer a María de Austria, con quien había concertado un matrimonio que nunca llegó a producirse, episodio recogido en la primera novela de la serie del capitán Alatriste.

La ruta propuesta por el Ayuntamiento continúa por el Puente de Segovia, una obra monumental excesiva para el río sobre el que se erigía y, a continuación, el Alcázar Real en el solar que hoy ocupa el Palacio de Oriente, que Felipe IV se esforzó por desempolvar contratando a pintores de renombre para que decoraran con frescos alegres las sombrías estancias y colocando en los muros cuadros de autores con el reconocimiento de Velázquez, Tiziano, Rubens y Murillo. Por último, la parada número 15 se corresponde con la Casa de Campo, en cuyo bosque existía entonces una fuente de acero a la que acudían las damas contemporáneas al capitán para tratarse una rara enfermedad que no era otra cosa que un tipo de anemia. Así que el barrio delimitado por la pluma de Arturo Pérez-Reverte para un tal Diego Alatriste ocupa nada más y nada menos que la Villa moderna al completo.

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